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ICAIC: when I’m sixty five

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Ilustración: Brady

I

Aunque vivía relativamente cerca, mi primer recuerdo del ICAIC proviene de mi adolescencia y corresponde a una apreciación, digamos, tangencial del arte cinematográfico: un conocido de mi año en la vocacional Lenin me reveló que, con tozudez de arqueólogo, excavaba con regularidad en los latones de basura del céntrico edificio para agenciarse fragmentos de película de 35 mm. «Se ven cuadritos de películas que uno conoce, y, si tienes suerte —añadía bajando la voz—, encuentras los trozos que cortan, trozos con mujeres encueras».

Técnicamente, nunca he trabajado en el ICAIC, aunque algunas veces he trabajado para él; así, no tengo el mismo sentido de pertenencia de los fundadores y los veteranos. Sin embargo, recuerdo muy bien esa sensación de acceder a un sitio diferente, a un sitio en que se trabajaba en serio, que tuve al entrar por primera vez al edificio allá por 1987. Para empezar, los carteles que empapelan el lobby hablan de memoria atesorada, jalonan su recorrido desde aquel remoto 24 de marzo de 1959 mejor que un montón de trofeos apiñados en una repisa, pues no evocan tanto aplausos y resultados en taquilla como el lado invisible, cotidiano, de la industria. Allí están el póster de una pieza de Kurosawa al lado de otro que nos propone un documental de Enrique Colina, Chaplin junto a Wajda, Ettore Scola no lejos de Glauber Rocha; allí se codean el filme de culto con el comercial, lo sonoro con lo silente, el universo y el patio, en los inconfundibles diseños de Muñoz Bachs, Azcuy, Reboiro, Ñiko, Rostgaard… Ese lobby trae a tu memoria una película de Truffaut que viste en la Rampa y lo que sentiste la primera vez que Por primera vez te saltó encima.

La mayoría de mis cortometrajes han sido realizados de manera independiente, pero alguna vez filmé (y utilicé elementos prestados por el almacén) en los estudios del ICAIC en Cubanacán, y en una ocasión en la entrada misma del edificio en 23 y 12. También la institución me facilitó permisos para filmar en sitios que lo requerían. Y hay más: todo realizador guarda una lista de proyectos que, por una razón u otra, no llegó a realizar, y no es inusual que dicha lista sea más larga que la de obras felizmente terminadas. Yo trabajé en guiones, sinopsis o al menos ideas nunca materializadas con Julio García Espinosa, Rolando Díaz, Melchor Casals, Rogelio París, Guillermo Centeno… El abuelo de Silvio habrá hablado con Martí, pero yo lo hice alguna vez con Tomás Gutiérrez Alea y Enrique Pineda Barnet, y muchas con Juan Carlos Tabío. A través del ICAIC viajé en numerosas ocasiones a festivales y eventos, a impartir seminarios o disfrutar una beca. Me hice habitual en los ciclos de la Cinemateca en la Rampa o el Chaplin. Algunos presidentes de la institución me han caído mejor que otros. En todo caso, queda bastante claro que no solo mi trayectoria profesional, sino también emotiva, ha estado vinculada a ese edificio blanco del Vedado.

 Allí estaba la épica.

II

Que haya sido fundado apenas tres meses después del triunfo de la Revolución es muy significativo. A la entrada del cine de la Lenin estaba inscrita la frase de Vladimir Ilich Ídem: de todas las artes, el cine es para nosotros la más importante. En términos de difusor de ideas, de vía para lanzar mensajes a las grandes masas, el aserto resulta indiscutible, y tanto o más lo sería en boca de David O. Selznick o Dino de Laurentiis. En los años sesenta el cine cubano, que no surgió con el ICAIC ni mucho menos pero renació con él, encontró su tono y fue una novedad saludable que ganó su lugar en festivales y revistas de cine. 

Cuando desapareció el campo socialista, el cine nacional perdió desde espacios de exhibición hasta el suministro de película alemana ORWO, la más usada hasta entonces. Debió reinventarse y abrirse, en el proceso, a compromisos y concesiones: coproducir obras a menudo de baja valía, prestar servicios a empresas foráneas que aprovechan tanto el clima como la mano de obra barata… La institución se convirtió para muchos en trampolín, en atajo para la realización de intereses individuales, con frecuencia alejados de la creación artística. La emergencia del cine independiente generó una competencia de todo menos saludable, pues si a menudo el propio ICAIC contrata a profesionales autónomos que tienen suficiente know how y tecnología superior a la suya, si de cuando en cuando apoya o financia proyectos no generados en el mismo organismo, también es verdad que sigue controlando todas las salas y los principales circuitos de distribución y exhibición. Por otra parte, dicha dualidad ha afianzado, en quienes miran desde las gradas, la idea reduccionista e históricamente incorrecta de que el único cine novedoso y crítico lo hacen los independientes, en tanto el Instituto solo produce encargos oficialistas.    

Sin embargo, el principal escollo es la concepción del séptimo arte y sus mecanismos (y, un poco más arriba, de todo el sistema de la cultura) según los mismos criterios que fueron revolucionarios seis décadas atrás. Con las mejores tecnologías, ganchos de todo tipo y colosales campañas publicitarias, los cines allende los mares las pasan moradas para atraer público, para seducir a un espectador para el cual una película es vieja a los seis meses de estrenada y que encuentra perfectamente normal, y más cómodo y barato, ver los nuevos estrenos en sus ordenadores e incluso en el móvil. Y eso en el Primer Mundo; en Cuba el problema se ramifica porque el mal estado y la precariedad tecnológica de muchas de sus instalaciones, sumada al auge de la distribución de audiovisuales en formatos digitales, han vaciado los lunetarios, que solo se llenan a medias durante el FINCL y algunas muestras internacionales, y también porque es difícil llegar hasta la sala si no hay transporte, porque se va la luz, no venden golosinas en el lobby, los sistemas de audio son malos y las copias peores…

La distancia ennoblece, la memoria reviste de niebla las aristas incómodas. El ICAIC de los Grupos de Creación, de los debates y el cine móvil, del Noticiero y tantas películas que hurgaban en la realidad (no tanto como querrían algunos pero ciertamente más de lo que deseaban otros), de 24xSegundo, de Titón, Santiago Álvarez, Julio García Espinosa, Solás, Daniel Díaz Torres y Fernando Pérez, es también el de la censura a P.M, la exclusión de Guillén Landrián y otras tantas víctimas de suspicacias y ostracismos, del engavetamiento de centenares de títulos sucintamente enumerados por la Asamblea de Cineastas Cubanos, de la asfixia a la Muestra de Cine Joven, etcétera. Cualquier análisis que escore hacia un extremo o el otro pecará, pues, de simplificador de una realidad harto compleja, aunque el saldo final de la trayectoria de esa entidad que cumple sesenta y cinco años sea indudablemente positivo. Es más: al día de hoy, si alguna institución de la cultura cubana tiene todavía el potencial para hacer viable el diálogo entre artistas y autoridades, es en mi opinión el ICAIC. Sin embargo, ¿cuál es la situación objetiva? El edificio blanco por un lado, una buena parte de los cineastas por otro. Una presidencia que parece más interesada en pequeños golpes de efecto que en transformar lo que debe ser transformado. Una Ley de Cine largo tiempo reclamada y aún incierta. Una Asamblea tal vez minada de radicalismos pero que hace gala de espíritu democrático, una paciencia admirable y un espléndido civismo.

El ICAIC debe existir, el ICAIC no es el problema. Lo que hay que hacer es impedir que se siga haciendo eco del problema.

De apagones, mosquitos revolucionados y soluciones mágicas

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Foto: Néster Núñez

Sentado en el contén del barrio, con la espalda pegada al poste, espero que pasen las horas, el calor y la vergüenza de esta noche a oscuras. CarlitosMal, o Jotafinley, como le decimos desde chamas, llegó un rato después y se sentó al lado mío sin decir ni una palabra… Total ¿para qué? Una palabra no dice nada, y al mismo tiempo lo esconde todo, cantó el otro Carlitos, el Varela, y nosotros ya aprendimos que la quejita a nivel de CDR, uno con otro ahí, es por gusto; hazme caso.

Así que seguimos tranquilos, tratando de encontrar en lo oscuro algo donde fijar la vista. Pero lo único que logramos ver es que estos apagones son la continuidad de aquellos de 1994. Es increíble. Entonces siento una columna de aire a mi alrededor:

—Como si fuese poco, llegaron los bichos —le aviso a Carlitos̶̶̶—. Lo tengo posado en el cuello, en el mismo medio de la cicatriz.  

Noto la presión de sus seis patas y el olor que emana de la totalidad de su ser repugnante. Se mueve despacio. Me acerca la trompa.

—Ahora me va a picar. Es un mosquito.

—No fastidies, brother —me responde Jotafinley̶̶̶—. Eso mide menos de diez milímetros, si es de los grandes, y no pesa nada.  

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Foto: Néster Núñez

Será el estado de insomnio que padezco desde que los apagones… Será la falta de pan y el hambre de algo más que comida… Será que ya el pollo indigesta, o la falta de transporte, los zapatos que se rompen, el llanto de un niño sin juguetes, el dolor de un viejo sin medicinas o el resto de los sentidos que se despabilan cuando pierdes la capacidad de ver…

—Te juro que lo siento, no se ha ido. Últimamente no sé por qué tengo esta hipersensibilidad hacia los bichos —respondo.

—¿Hipersensible? Estás embarcado, bro. Te cogió la epidemia de Beriberi, pero al revés. Debe ser el pase de picadillo.  

—Psss, calláte ahora. Ya me está picando.

La trompa del mosquito me perfora la piel. Siento dolor cuando el vaso sanguíneo se rompe, y cuando el mosquito por fin succiona sé la cantidad de células, la cantidad de vida exacta que pasa de mi cuerpo al suyo.

—Ya terminó. Está que se revienta de gordo.

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Foto: Néster Núñez

Después percibo la inmediata reacción alérgica al anticoagulante que el mosquito me inyectó, la inflamación en la epidermis, la formación de la roncha donde mismo me picaron otros y otros mosquitos a lo largo de mi vida. No se lo digo a Jotafinlay para que no crea que me volví loco. De todos modos, él sospecha algo:

—Si eso es verdad, brother, tú te has vuelto masoquista o comemierda  ̶̶—me dice̶̶̶—. No hiciste ni por espantarlo.

—Prefiero que me pique a mí a que se cuele en casa de la vieja Fefa y la pique a ella, la pobre, con lo chismosa y anémica que es; o en la tuya, y que pique a tu chama. Yo entiendo que de algo tienen que vivir los mosquitos. Es la ley natural. Qué vamos a hacerle.

—Sí, eso sí… Mosquitos siempre va a haber.  Lo que pasa es que de un tiempo para acá se han vuelto muy glotones.

—¡Ni que lo digas! A este bicho que me picó me faltó nada para decirle: «Men, con todo el respeto que tú te mereces, retírate y dale un chance a que otro venga a sorber también, anda. Acuérdate que eres un mosquito, no quieras engordar como una garrapata».

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Foto: Néster Núñez

Carlitos se ríe.

—¿Te ríes? ¿Cuántos milenios estuvo ese ahí sacándome la sangre?

—Los mosquitos nos meten el abuso porque nosotros los dejamos. Si tú sabías que no le ibas a tirar ni un manotazo hubieras venido pa acá afuera envuelto en una sábana con la cabeza metida adentro y todo, brother, como un fantasma.

—Ay, CarlitosMal, parece mentira que precisamente tú me digas eso. Es imposible ser más fantasmas de lo que ya somos. Así y todo, los mosquitos nos ven y nos encienden.

Las luces de un carro nos encandilan de pronto. Cuando termina de pasar, vemos que es un Lada blanco. A unos pocos metros le sigue un camión de militares, y una patrulla se encarga de cerrar el desfile.

—¿Tú sabes de qué me acordé ahora? —le digo a Carlitos—. Del zumbido insistente de los mosquitos pegados ahí, al oído. Era como una sirena que te avisaba del peligro, y tú tenías la opción de defenderte. Este de ahorita llegó, se tragó lo suyo y se fue volando, todo el tiempo calladito. Muy raro eso.

CarlitosMal mira hacia la «boca de lobo» donde se metió la comitiva de carros:

—Imagínate que la genética les tuviera cambiando, o que se hayan inventado un silenciador de alas.

—Igual, los prefiero silenciosos a que se me pegue uno a la oreja y lo que me susurre sea: «Tú y yo deseamos lo mismo, ¿oíste? Lo estoy haciendo por tu bien. Resiste creativamente para salir de esto lo más rápido posible. Siembra tu pedacito».

—Brother, hablando de ser autosostenibles, yo más nunca doné sangre. ¿Por casualidad tú sabes si todavía siguen dando la jarra de yogurt y aquellos panes con jamón buenísimos?

—Jotafinley, hermano. ¿Cómo tú vas a hablar de comida a esta hora?

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Foto: Néster Núñez

Pero cuando él se monta en una cadena de pensamientos interesante, no hay quien lo pare:

—Nosotros los humanos deberíamos exigirles a los mosquitos que abran un banco popular de sangre. Las personas más cercanas a ellos, los que más le descarguen a esa especie, que vayan y hagan donaciones. Así nos quitamos de arriba el problema de la transmisión de enfermedades. Ya no más fiebre amarilla, dengue, ni chikungunga… ¡Sangre bancarizada! Me partiría de la risa ver a un mosquito haciendo cola para sacar un litro de plasma de un cajero automático.

Pasa un niño con la madre, a las 5 am. Probablemente se le haya acabado la carga al ventilador recargable y no puedan dormir. Eso, y que cada segundo de estas siete horas sin electricidad se me ha acumulado en el cuello y en los párpados, me cambia el humor:

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Foto: Néster Núñez

—Jotafinley, te voy a pedir una cosa. Como mismo dijimos una vez que aquí, a nivel de acera, no vale la quejita, tampoco vamos a permitirnos inventar soluciones mágicas, como si el problema con los mosquitos fuera una bobería. Los memes y los chistecitos nos relajan un momento, pero yo creo que esto hay que tomárselo en serio.

—Perfecto, bro. Vamos a hacer como los mosquitos, que se toman en serio tu sangre.

—¡CarlitosMal, hermano, que no estoy jugando! Es más, si ahora mismo me encontrara aquí de frente con el jefe de todos ellos, le digo: «Mira, cerebro de mosquito, para que funcione más o menos bien esta relación inevitable entre ustedes y nosotros, los humanos tenemos que cubrir todas las necesidades básicas, y además de eso estar seguro de que podemos, con el esfuerzo propio de cada cual, llegar a donde queramos. Yo sé que ustedes lo saben, y hasta les conviene mantenernos contentos, pero es evidente que no está en sus alas darnos lo que necesitamos…»

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Foto: Néster Núñez

—¿Y por qué tú hablas así, mirando hacia arriba?

—¡CarlitosMal, carajo, tenías que interrumpirme! Miro para arriba, no sé, porque es por donde ellos siempre andan, en los tanques de agua de las azoteas…

—Bueno, también viven en las cloacas, pero entiendo la referencia. Dale, sigue.

—Nada… Que si me encontrara al jefe de ellos lo miraría a los ojos y le dijera: «Asere, de ser vivo a ser vivo, respóndeme con sinceridad esto que voy a preguntarte, porque ya no aguanto más: Si tú fueras yo, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías?».

—¿Y tú eres el que dices que no valen las soluciones mágicas? Estás muy mal, brother. El de nosotros y el de ellos son dos idiomas absolutamente distintos. Aparte, si hubieran querido comunicarse, ya lo hubieran hecho.

—Sí, ¿eh? Tienes razón en eso. Lo mismo pasa con los extraterrestres. También pensé que la solución era tirarle un sapo arriba. Dicen que por Oriente hay algunos buenos.

—Yo respeto todo eso, brother, pero lo mío es terminar de largarme. ¿Que allá afuera hay bichos más grandes y más peligrosos? Ok, lo acepto. Pero cuando se te acercan al oído te recitan los derechos que tienes como humano y te dicen «Esquiusmi, Sr, amsorri», y te la clavan igualitico, pero antes te inyectan anestesia de verdad, aunque más tarde te la cobren.

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Foto: Néster Núñez

—¿Entonces para el verano voy a estar solo aquí con la espalda recostada a este poste? Tú no sirves, asere. En el verano es cuando se ponen guapos de verdad los mosquitos y los apagones.

—Na, bro, yo no te voy a dejar así embarcado… Mira, cuando llegue allá montamos una Mipyme entre los dos. Imagínate: Mipyme «El Espray Redentor». Vamos a importar toneladas de repelente, y hasta un barco de petróleo para volver a fumigar con las bazucas esas.

—Te agradezco, Jotafinley, pero no. Los mosquitos pudieran entender que el enemigo exterior está financiando la contra, y eso es más peligroso que dejar que te piquen.

Unas luces se encienden de pronto, y duelen los ojos. El Lada blanco nos tiene enfocados. El chofer nos hace una seña para que nos vayamos a casa, que despejemos. Como Jotafinley y yo no le hacemos caso, el tipo toca el claxon que, casualmente, suena como la sirena de una patrulla. La chismosa de Fefi habrá dado un brinco en la cama y ya estará lista mirando a través de una rendija. Jotafinley señala al chofer del Lada:

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Foto: Néster Núñez

—¿Te explico qué cosa es ese? —dice mientras se quita la camisa y se acuesta en la acera, relajado, como si estuviese en una playa esperando el amanecer—. Ese ya pasó por el ciclo completo: huevo, larva, crisálida, y ahora es un mosquito revolucionado. 

—Entonces, también es un agente transmisor de enfermedades…

El chofer-agente-mosquito revolucionado se baja del Lada sin apagar las luces, por supuesto, y empieza a desandar los metros que lo separa de nosotros.

Cómo CarlitosMal, yo también me quito la camisa y me acuesto, todo pacífico.

Mirando al cielo, no puedo evitar la comparación entre la oscuridad de allá arriba con la que padecemos aquí abajo, en esta tierra nuestra. 

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Foto: Néster Núñez

—Brother, ¿tú crees que en algún planeta haya mosquitos? Y Dios, ¿por fin existirá?

—¡CarlitosMal, carajo, no metas en una misma frase a Dios y a los mosquitos que, mira, estoy hipersensible y yo me erizo!

El agente ya está muy cerca. Más que verlo, siento que también quiere posarse en mi cuello, sobre la cicatriz donde tantos y tantos mosquitos ya me han picado.

—Sin quejitas a nivel de CDR —dice bajito Jotafinlay, y yo agrego:

—Sin quejitas ni soluciones mágicas.

Así que no viene la luz, como deseamos. El agente cruza las alas sobre el pecho y, como no decimos ni una palabra ni nos movemos, hace uso de su trompa portátil, el walkie talkie, el intercomunicador de toda la vida:

—Central, aquí tengo a un par de ciudadanos…

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Foto: Néster Núñez

Fefa abre la puerta. Está flaca y con las canas desgreñadas. No me equivoqué en pensar que estaría despierta. Le da su teléfono a Jotafinley:

—Ay, mijo. Yo no sé mucho de esto… Pon a grabar el trate este, que hay un mosquito enorme que no me dejó dormir en toda la noche. A ver si yo logro hacerle un video y mandárselo a mi hija, porque yo le digo las cosas que pasan aquí y ella no me cree.

Después hace como que ve al agente:

—Eh, ¿qué tal, oficial? ¿Quiere un poquito de agua o algo? No han traído el café a la bodega, así que no puedo brindarle. Y con este apagón, el agua está caliente…

La trompa portátil del mosquito revolucionado emite un sonido inentendible.

CarlitosMal me dice:

—Te lo dije, que son dos idiomas distintos.

Después le da el teléfono a Fefi y le avisa que ya está grabando.

Las protestas más allá de «corriente y comida»

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protestas en el iceberg
Ilustración: Félix M. Azcuy

El 17 de marzo en varios lugares de Cuba volvieron a estallar protestas. Las manifestaciones iniciales ocurrieron en Santiago de Cuba, la misma ciudad en la que en 1953 se realizara la primera gran acción armada de la Revolución Cubana, y que desde entonces se ha asociado a una identidad política de apoyo cuasi incondicional al proceso revolucionario y al nuevo Estado creado a partir de este.

En aquel Santiago, donde la mayoría de la población vivía en esa pobreza —que fue el principal alimento de la rebeldía popular transformada luego en fervor revolucionario— la vida cambió de forma radicalmente positiva a partir de 1959. Por tanto, era comprensible tal apoyo en un territorio bien alejado de la vitrina batistiana que el exilio, y una parte nada despreciable de los cubanos en la Isla, aún recuerda como «La Maravillosa Habana de los años 50», rodeada grandes «construcciones capitalistas», hoteles, casinos y coca cola.

En el Santiago de hoy, la cada vez más exigua canasta familiar normada —de la que dependen muchas familias pobres para mal alimentarse— tenía meses de atraso en varios productos esenciales y los apagones superaban las 12 horas diarias. Por tanto, era también de esperar que fuera ahí, o en un lugar con condiciones similares, donde el descontento popular se hiciera eco.

En la capital habanera, donde los cortes de electricidad apenas llegan las 10 horas semanales y empresas capitalistas vuelven a construir rascacielos para turistas, cubanos emigrados o dueños de mipymes exitosas que puedan pagar cientos de dólares por una noche en sus habitaciones, de manera general, reinó la tranquilidad. 

A diferencia de como ocurrió en varios sitios durante el 11 de julio de 2021, hasta donde es posible ver en los vídeos que circulan en las redes sociales, en el pasado 17 de marzo los participantes evitaron atacar edificios, funcionarios o agentes del orden. Las protestas también tuvieron un alcance mucho más limitado; no obstante, las causas principales son muy parecidas.

Las causas

Desde 2021 el panorama general del país no ha sido mejor. Se mantiene un deterioro sostenido de las condiciones de vida del llamado «pueblo trabajador» cuyo salario —al menos en las organizaciones del sector presupuestado— se ha visto reducido a casi dos cartones de huevo, obligándolo a depender de las remesas de sus familiares, a delinquir, o a sobrexplotarse en dos y tres empleos, dejando un espacio mínimo para el disfrute personal.

También avanza «y eso nos duele» la privatización informal y desordenada de servicios públicos nombrados «conquistas históricas de la Revolución», como es el caso de la salud, con tiendas virtuales donde están, sin control de calidad y precios, los medicamentos que no aparecen en ninguna farmacia, por solo poner un ejemplo.

Las causas de las causas también siguen intactas.

  1. El contexto de subdesarrollo que nos tocó vivir en un continente saqueado durante siglos, lo que ha sido también base de otras protestas y estallidos llevados a cabo en democracias liberales, administradas tanto por gobiernos de izquierda como de derecha.
  2. Medidas económicas opresivas por parte de un gobierno extranjero que tiene el cinismo de afirmar preocupación por el pueblo cubano mientras sanciona bancos por aceptar las transacciones que permiten comprar su comida, persigue barcos petroleros, financia grupos opositores antidemocráticos, y limita el comercio hasta con ese «sector privado» que en algún momento nombraron como «el salvador del comunismo».
  3. La pésima gestión del gobierno cubano que ha demorado reformas impostergables en la economía, como el establecimiento de un mercado cambiario funcional que permita combatir la especulación, el verdadero despegue de la autonomía empresarial, y un marco regulatorio para las empresas —estatales y privadas— que estimule el desarrollo de las áreas productivas, más que el rentismo.
    Asimismo, desoyendo las recomendaciones de la mayoría de los economistas, los «gurúes» de nuestra administración pública han desbalanceado la estrategia inversionista y descuidado sectores elementales como el agroalimentario y el energético, para apostar por la construcción de hoteles —la gran mayoría mediante contratos a empresas extranjeras— que desde hace varios años nunca han superado el 30% de ocupación.
  4. La duración en el tiempo de estructuras autoritarias y antidemocráticas que prácticamente anulan ejercicios cívicos elementales como la posibilidad de revocar desde la ciudadanía a un funcionario cuando incumple con su deber de servidor público, o fiscalizar y participar —directamente o mediante un representante que responda a sus intereses— en el trazado y gestión de políticas.
  5. El anquilosamiento del discurso político incapaz de reconocer con sinceridad los problemas estructurales internos, con «cuadros» que justifican con las agresiones externas su ineficiencia y su corrupción, mientras, piden «resistencia» desde mansiones en Miramar, con sus hijos viajando el mundo en Mercedes Benz y vestidos de Chanel.

El orden de prioridad estos factores dependen de la cosmovisión o posición política de cada cual, pero un ejercicio mínimo de honestidad intelectual debería al menos reconocerlos.

Si bien algunas figuras han hecho del extremismo político un modus vivendi, y por tanto resulta ingenuo pedirles que cambien el discurso que sostiene sus privilegios, en muchos de los cubanos este sesgo no constituye un acto de perversidad consciente.

Si bien algunas figuras han hecho del extremismo político un modus vivendi en muchos de los cubanos el sesgo no constituye un acto de perversidad consciente.

Entre quienes niegan el entramado de sanciones violatorias del derecho internacional, condenadas cada año en Naciones Unidas, que configuran el llamado «bloqueo» o «embargo» —la terminología es irrelevante para mí en este caso— hay muchos cubanos que, dentro o fuera de Cuba, las padecen. Ya sea por las vicisitudes que generan o agravan en la Isla, o por tener que destinar parte de lo que obtienen con el sudor de su trabajo —con la desventaja adicional de ser emigrantes— a ayudar a sus familiares.

También hay «cubanos de a pie» entre los que evitan ver los problemas internos, o se los callan en público, ya sea por miedo, por desinterés y apatía, por un compromiso partidista de «no darle armas al enemigo» o porque confían en los «mecanismos establecidos» para «canalizar las inquietudes».

Creer que todos sacan partido de lo que dicen o están ciegos es simplificar el complejo proceso polarización, que, si bien hace mella especial en Cuba, es cada vez más visible en varios lugares del mundo y tiene como principal consecuencia el deterioro de las capacidades críticas para ver más allá de las fronteras ideológicas o los afectos políticos. 

Además de las causas estructurales antes mencionadas, hay otro elemento clave que ambos polos evitan mencionar. Pese a la narrativa de consolidación del «Estado totalitario» o la «unanimidad del pueblo» la sociedad cubana hoy, es mucho más abierta, y por tanto, diversa que la de hace algunos años.  

La sociedad cubana hoy, es mucho más abierta, y por tanto, diversa que la de hace algunos años.  

Esto se debe, principalmente a que el Estado ha perdido el monopolio absoluto en dos ámbitos esenciales sobre los que ejercía el control: el empleo y los medios de comunicación.

Según las últimas cifras disponibles, en 2022 al aproximadamente 1 010 900 personas (casi un 22% de los trabajadores) se empleaban en el sector privado de la economía, eso sin contar el trabajo informal. Hoy presumiblemente este porcentaje debe ser aún mayor. Estos espacios en la mayoría de los casos están totalmente desprovistos de los mecanismos de refuerzo ideológico del aparato estatal/partidista —como los núcleos del PCC o los sindicatos.

Asimismo, la diversificación del panorama comunicacional a partir de la expansión del acceso al Internet, con la entrada de otros medios han hecho converger —y competir— los mensajes del PCC, los de la oposición, los de Estados históricamente enemigos —como los Estados Unidos—, y los de Estados aliados, pero abiertamente capitalistas y neoliberales —como Rusia—; los últimos hasta son trasmitidos en televisión nacional.

En estos ámbitos digitales existen espacios claramente propagandísticos de alguno de los bandos, y otros que intentan mantener una postura de neutralidad o al menos acercamiento crítico a la realidad más allá de su afiliación ideológica. Pero sin dudas, todos complejizan la conversación ciudadana, como también lo hacen las redes sociales digitales en las cuales, más allá de la propaganda vertida, existe debate y confrontación de ideas con mayor o menor respeto.

Hoy un cubano tiene muchos más sectores de influencia que pudieran estar convidándolo a protestar o no que hace 20 años, también muchas más formas de organizarse o afiliarse a grupos —que trascienden la sociedad civil estatalmente reconocida— para militar políticamente.

La protesta

La protesta puede ser síntoma de salud cívica, porque implica una autoconciencia por parte de la ciudadanía de la necesidad de transformar su realidad, pero también presupone la incapacidad de la política institucional para resolver las contradicciones de forma natural.

Específicamente la protesta callejera es una de sus expresiones más confrontativas. Tiene un fin claro de incomodar para llamar la atención sobre un problema o demanda, pero también una alta sensibilidad a volverse violenta, pues tanto los que la llevan a cabo, como los representantes del Estado —dígase funcionarios o agentes policiales— están en una constante tirantez.

Esta forma de respuesta cívica a los problemas, si bien ha estado naturalizada en occidente, vuelve a hacerse recurrente —con más o menos violencia— en la Isla durante los últimos años. Sus exponentes más llamativos han sido el 11m de 2019, 27n de 2020 y 11j de 2021, aunque hay otros ejemplos puntuales de menor alcance.

En todos los casos, la tensión de quienes intentan volverla violenta desde afuera, y hasta utilizarlas como pretexto para una «intervención humanitaria» —forma «hipócrita» de decir invasión extranjera—, se entrelaza con un Estado que no está habituado a lidiar con el disenso y una ciudadanía que tampoco está acostumbrada a organizarse para hacer demandas cívicas en la calle.

La tensión de quienes intentan volver violenta la protesta se entrelaza con un Estado no habituado a lidiar con el disenso.

La constitución cubana, si bien protege los derechos de reunión, manifestación y asociación, aclara que estos deben ejercerse «con fines lícitos y pacíficos», algo que se dificulta al no existir una Ley de Manifestaciones que permita organizar mejor estos derechos, además de que en el Código Penal y otros instrumentos jurídicos tienen artículos que directa o indirectamente criminalizan la disidencia frontal. 

Pueden darse diversos tipos de protestas con diferentes objetivos. Académicos relevante cubanos y extranjeros también ha realizado análisis sobre el tema.  Para este caso, me permitiré sintetizarlos en tres grandes bloques que de una forma u otra estuvieron presentes en casi todos los casos de manifestaciones:

  • La protesta cívica: está encaminada a presionar al Estado para lograr una reforma o acción concreta. Por lo general se extingue totalmente cuando dicho objetivo fue conseguido. Por ejemplo, una protesta por la demora en arreglar una rotura que impide el abastecimiento de agua o corriente, o una para garantizar derechos a la comunidad LGBTIQ+ como el matrimonio igualitario.
  • Protesta antigubernamental: implica la demanda por reestructuración del gobierno, puede ir directamente encaminada contra un funcionario puntual —gobernador, ministro, presidente— o contra un gabinete completo, mas no necesariamente contra el sistema político. Pudiera resolverse remplazando el funcionario o el grupo de funcionarios que genera la incomodidad.
  • Protesta antiestatal/antisistema: implicaría la transformación del Estado y las estructuras del sistema político, objetivos que rara vez se logran con una protesta. Para el caso cubano pudiera verse en las consignas de «abajo el comunismo».

Si bien en las manifestaciones del 17m se ven representaciones de los tres tipos antes expuestos, la mayoría de las demandas apuntaban a entenderlas como una protesta cívica con dos reclamos claros y concretos «corriente y comida».

Las respuestas

Las protestas fueron informadas en primera instancia por los perfiles en redes sociales de algunos manifestantes, pronto se volvió una noticia de interés nacional e internacional. Aunque analizar el discurso a raíz de estas sería objetivo de otro trabajo, apuntaré datos puntuales:

  • Si bien la estrategia discursiva de los medios no estatales fue diversa, era claro y recurrente el llamado era a extender las manifestaciones por todo el país de forma similar a como ocurrió el 11 de Julio.
  • Los medios estatales llegaron tarde al acontecimiento y con una cobertura sumamente deficiente que violaba las reglas más elementales del periodismo. Cero entrevistas a los manifestantes, cero preguntas incisivas a los decisores.
  • En la Florida, congresistas de origen cubano pronto intentaron capitalizar lo ocurrido a favor de sus intereses. La embajada norteamericana también emitió un comunicado «preocupándose» por la difícil situación que vive el pueblo cubano. Como era de esperar ambos evadieron hablar del impacto que tiene en esta situación la política del Estado al que representan.  
  • Los funcionarios del Estado cubano, por su parte evitaron hablar de las causas internas en el debilitamiento de la situación de bienestar en el país.

Nada nuevo bajo el sol. No obstante, lo que sí constituye un cambio importante con respecto al tratamiento de las protestas anteriores del 11j fue el discurso en torno a los manifestantes. Lejos de intentar presentarlos como vándalos, lumpen, confundidos o «grupúsculos pagados por la CIA», por lo general periodistas de medios oficiales y funcionarios reconocieron el derecho a hacer reclamos en el espacio público ante una situación asfixiante. 

Constituye un cambio importante con respecto al tratamiento de las protestas anteriores el discurso en torno a los manifestantes.

La figura política que encaró a los primeros manifestantes fue Beatriz Johnson Urrutia, antes gobernadora y actual secretaria del Comité Provincial del PCC en Santiago de Cuba, también diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular con el menor porciento de votos en su territorio y la octava candidata menos votada en todo el país en las elecciones de 2023.

La funcionaria dialogó con los presentes de forma respetuosa desde la difícil postura de quien no tiene más nada para ofrecer que no sean explicaciones, algunos de sus interlocutores respondieron con la frase «no queremos muela».

Lo cierto es que la intervención de Johnson Urrutia y la promesa de completar inmediatamente los faltantes en la canasta familiar normada lograron aplacar las protestas en el municipio cabecera, aunque luego hubo réplicas visibles en los territorios de El Cobre (Santiago de Cuba), Santa Marta y Los Mangos (Matanzas) y Bayamo (Granma). El presidente cubano y varios periodistas más tarde expresaron que esta misma actitud había sido seguida por el resto de los representantes del gobierno y el Partido, aunque hay menos evidencia del manejo en estos otros lugares.

Las soluciones

Cuatro días después de las manifestaciones el canal de la presidencia publicó una entrevista de la periodista Arleen Rodríguez Derivet al presidente cubano Miguel Díaz-Canel junto al ministro de Energía y Minas Vicente de la O Levy. En el espacio se intentó explicar las razones de las protestas y las posibles soluciones a la inestabilidad del Sistema Electroenergético Nacional.

Si bien es válido el intento de comunicación política, el mandatario cubano, volvió a centrarse en las causas externas y evitó analizar frontalmente las problemáticas internas, incluso cuando la periodista se lo preguntó directamente y algunas —como los desaciertos en el diseño e implementación de la llamada «Tarea Ordenamiento— han sido reconocidas públicamente por él mismo y su primer ministro en ocasiones anteriores.

El mandatario cubano, volvió a centrarse en las causas externas y evitó analizar frontalmente las problemáticas internas

Tampoco se mencionó el recientemente escandaloso caso de corrupción e ineptitud del ex ministro de economía y viceprimer ministro Alejandro Gil, ni qué hará su sucesor para solucionar los problemas que dejó en el Ministerio y el país.

Reducir las causas más complejas de las protestas a solo «bloqueo y apagones» es un ejercicio de limitadísima autocrítica que no ayuda para nada a la «confianza» que el gobernante pide al pueblo mientras se encuentran las soluciones. Si no se es capaz de, en momentos de crisis, reconocer con sinceridad y precisión los problemas, es poco probable que puedan solucionarse.

En el otro bando, la mayoría de los activistas opositores recalcaron como única salida el desmantelamiento del sistema político cubano. Sin embargo, casi ninguna manifestación destruye por sí sola un sistema político en la actualidad. Si bien las protestas pueden lograr ciertas reformas, o incluso de manera muy puntual y asilada, la renovación de un gabinete de gobierno, los Estados en casi todo el mundo tienen la suficiente tecnología para ahogar, ya sea militarmente o por otras vías, la insurrección ciudadana que pueda poner en peligro su conservación. Cuba no es la excepción.

La mayoría de los activistas opositores recalcaron como única salida el desmantelamiento del sistema político cubano.

Por tanto, una transición forzada solo podría lograrse mediante una guerra civil o la intervención extranjera, en ambos casos implicarían derramamiento de sangre y heridas en la nación cuyos efectos serán devastadores para la construcción de un desarrollo democrático posterior.  

Asimismo, más allá de que el nuevo sistema debería responder a las reglas de la democracia liberal, la oposición tiene muy poco sobre la mesa que explique cómo piensan garantizar, bajo esas reglas, la soberanía nacional, y más importante aún, el bienestar y la justicia social en un contexto de subdesarrollo que trasciende a quién gobierne. 

Puerto Rico —también con sus apagones— nos recuerda que ni la anexión ni el capitalismo neoliberal son el camino, por más lindo y próspero que se nos vendan. No funcionan igual en el llamado primer mundo que en el tercero, por tanto, recordar nuestra posición geopolítica es primordial para pensar de forma certera cualquier proyecto de país.

Por otro lado, es una fórmula condenada al fracaso afianzar el autoritarismo de Estado y el anacrónico intento de control ideológico, a la par que se privatizan los espacios públicos sin licitación visible ni control, se entregan terrenos al capital extranjero sin ninguna transparencia o rendición de cuentas y se descuidan algunos servicios públicos básicos y garantías ciudadanas. No funcionó en la mayoría de las exrepúblicas del llamado campo socialista, menos que menos funcionará a 90 millas de Estados Unidos.

El Estado cubano para mantener el consenso que necesita, incluso para conservar en el poder, tarde o temprano tendrá que:

  1. reconocer sus errores, ineficiencias, autoritarismos y el impacto que han tenido en el agravamiento de la crisis,
  2. cambiar el discurso de resistencia y sacrificio por una estrategia que permita desarrollar bienestar en el mediano plazo,
  3. asumir que las sanciones norteamericanas son una constante, y por tanto, centrarse en las variables que sí puede transformar,
  4. dinamizar la economía y para eso es también imprescindible mecanismos de transparencia y control popular que permitan revocar de forma rápida a los corruptos e ineptos de sus cargos, así como recuperar la confiabilidad para inversores y trabajadores,
  5. iniciar un proceso de diálogo y reconciliación nacional que posibilite sanar las heridas, para esto resulta esencial dejar de criminalizar el disenso y metabolizarlo con mecanismos para una verdadera participación de todos los cubanos —o al menos de los que apuesten por el desarrollo y soberanía de su país— más allá de sus formas de pensar.

Mientras eso no ocurra seguiremos peleándonos entre nosotros, y con los que sacan partido de la miseria de Cuba —ya sea poniéndola de ejemplo para asustar al mundo de «lo que provoca la izquierda» o aprovechando sus privilegios para enriquecerse en medio del caos— mirando el panorama con palomitas.

El inmovilismo por el que vamos no nos llevará a otra cosa que al agravamiento de las condiciones que están estimulando las protestas y que podrían conllevar a un estallido mayor. Si la hecatombe ocurre, podremos culpar al comunismo o al imperialismo, pero ya poco se podrá hacer.

Querella diplomática ante las protestas y más noticias

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Sede diplomática de Estados Unidos y Ben Ziff
Ilustración: Félix M. Azcuy

Preocupación sin ocupación

La noticia es que cuando creíamos que las relaciones entre Cuba y Estados Unidos no podían andar peor, una nueva disputa diplomática crece entre ambos gobiernos a raíz de un mensaje en la red social digital X de la Embajada estadounidense en La Habana.

Hasta ahora es un intercambio de declaraciones, veamos quién dijo qué, cuándo.

El mensaje que desencadenó la disputa precisa que [en la Embajada de Estados Unidos] «somos conscientes de los informes de protestas pacíficas en Santiago, Bayamo, Granma y otros lugares de Cuba, con ciudadanos que protestan por la falta de alimentos y electricidad. Instamos al gobierno cubano a que respete los derechos humanos de los manifestantes y atienda las necesidades legítimas del pueblo cubano».

La declaración siguió a las protestas del pasado fin de semana en el este de Cuba, por los continuos apagones y la falta de alimentos a través de la libreta de abastecimiento

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba reaccionó con un comunicado en el que informó sobre una reunión sostenida con el encargado de negocios de Estados Unidos, Ben Ziff, luego de que este fuera llamado para «protestar por la conducta injerencista y los mensajes calumniosos del gobierno estadounidense y su Embajada en Cuba ante asuntos internos de la realidad cubana».

Si bien no es inusual que sean llamados a contar los diplomáticos representantes de países occidentales que tienen una reiterada opinión crítica sobre el actuar del gobierno cubano, lo diferente en este caso es que se haya hecho de manera pública.

El comunicado afirma que durante el encuentro —la declaración fue escrita posteriormente— «se llamó la atención sobre la responsabilidad directa del gobierno de los Estados Unidos ante la difícil situación económica por la que atraviesa Cuba […] bajo el peso e impacto del bloqueo económico diseñado para destruir la capacidad económica del país».

«El plan desestabilizador y su ejecución son evidentes a la vista de todos» afirma el comunicado y acusa a Washington de respaldar a personas radicadas en el sur de las Florida «cuyo único modo de vida es la industria de la agresión a Cuba».

El Departamento de Estado reaccionó al encuentro con Ziff afirmando que «Estados Unidos no está detrás de las protestas en Cuba y esa acusación es absurda», afirmó el portavoz adjunto principal.

También el subsecretario de Estado para asuntos del Hemisferio Occidental, Brian Nichols, opinó que «el gobierno cubano no podrá satisfacer las necesidades de su pueblo hasta que adopte la democracia y el estado de derecho y respete los derechos de los ciudadanos cubanos».

Esto significa que la llamada de atención pública muestra el agravamiento de la situación entre ambos Estados, y el agotamiento por parte del gobierno cubano de todas las vías amistosas de petición de diálogo.

No es la primera vez que un encargado de negocios es llamado a contar. Ya pasó en diciembre de 2019 durante el período de Mara Tekach —representante entonces del gobierno de Donald Trump—, tras acusaciones de supuestas violaciones de derechos humanos en Cuba, a lo que el Minrex respondió con similares preocupaciones sobre el mismo tema en Estados Unidos.

Más recientemente, en abril de 2021, el Director General de Estados Unidos del Minrex, Carlos Fernández de Cossío, convocó al entonces Encargado de Negocios, Timothy Zúñiga-Brown, a quien expresó rechazo por las valoraciones de Washington en un informe del Departamento de Estado sobre Derechos Humanos de 2020. Zúñiga-Brown había sido llamado antes por su abierto apoyo al movimiento opositor San Isidro.

Esta vez el comunicado del gobierno cubano menciona la Convención de Viena de Relaciones Diplomáticas, alegando que la Embajada la viola de alguna manera, con ese mensaje. Sin embargo, si se observan con detenimiento las publicaciones de los últimos años de la sede diplomática estadounidense en esa red digital, salta a la vista que esta última se queda por debajo, en términos de crítica al gobierno cubano.

El Minrex podría referirse al artículo 41. 1 de esa Convención el cual afirma que «todas las personas que gocen de esos privilegios e inmunidades deberán respetar las leyes y los reglamentos del Estado receptor. También están obligadas a no inmiscuirse en los asuntos internos de ese Estado».

Sin embargo, cabe la pregunta de si un mensaje en X cuenta como tal, o el llamado responde a la necesidad del gobierno cubano de explicar públicamente la responsabilidad que tienen las sanciones reforzadas contra Cuba en la actual situación económica de la Isla.

A la persecución a las transacciones internacionales, se suma el asedio a navieras y barcos que transporten combustible cubano, una vigilancia que puede terminar en multas o limitaciones comerciales para esas compañías, a las que solo le quedan dos opciones: o encarecer los envíos o no realizarlos del todo. Esta limitación, junto a la falta de divisa para importar el combustible, así como el pésimo estado técnico de las termoeléctricas cubanas, resultan en una crisis energética que impacta todos los sectores de la vida de los cubanos, así como cada una de sus industrias.

El comunicado también hizo hincapié en la posición de varios voceros en Miami que llamaron a más manifestaciones y a violencia. Sin embargo, la militancia política del llamado exilio es una maquinaria sobre la que Washington tiene poco control —al menos de forma pública—, y sería inexacto culpar a la actual administración de un ambiente de odio que se ha venido instrumentalizando y auspiciando desde hace varias décadas.

Nuestra opinión es que el mensaje de la Embajada en X ha sido visto por el gobierno de Cuba como una oportunidad para reiterar el peso de las sanciones sobre la actual crisis, lo cual algunos medios y voceros políticos afirman que es una forma de distraer la atención de la responsabilidad doméstica sobre los problemas que perturban la vida de los cubanos.

En el caso de la posición de la Embajada estadounidense, el mensaje responde a su línea de discurso habitual, que también mantiene una permanente vigilancia sobre cualquier expresión de disenso con el gobierno, para brindar rápidamente apoyo —de forma pública o privada— a los que protestan. Algo que sí viola claramente la Convención de Viena.

Tanto las llamadas de violencia junto a alaridos del más clásico discurso de odio, como el sobreinterés de medios de comunicación internacionales y de la oposición a cualquier acción que pueda desestabilizar al gobierno cubano, son un legado de años que consiste en alimentar voces extremistas o radicales contra el sistema político de la Isla.

Asimismo, hay evidente contradicción por parte del gobierno de Estados Unidos afirmar que «apoya al pueblo cubano mientras ejerce su derecho a reunirse» mientras no elimina o al menos flexibiliza las medidas que agravan sus carencias.

Un buen gesto de preocupación —y ocupación— sería prescindir de las restricciones sobre las navieras que transportan petróleo a Cuba o permitir que las empresas norteamericanas vendan a Cuba las piezas necesarias para la reparación de las termoeléctricas.

Estos pasos, al alcance de la administración Biden, mostrarían un genuino compromiso con el bienestar del pueblo cubano más allá de discursos vacíos y medidas que nos alejan de una paz democrática más que acercarla.

¡Petróleo ruso en camino! ¿Déjà vu?

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Petrolero ruso, imagen de referencia / Foto: Maritime Optima-Lennart Rydberg

La noticia es que 650 mil barriles de petróleo ruso donados a Cuba viajan a la Isla y deben arribar a finales de este mes, mientras que esta semana emprendió una apretada agenda de trabajo el ministro cubano de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, Ricardo Cabrisas.

La donación de petróleo en momentos de severa crisis energética, entre otras razones, debido a la falta de combustible, debe aliviar por unos días la pesada carga de apagones que oscurecen las noches de millones de cubanos cuando se reportan déficits de 1000 megawatts en horario pico.

Mientras tanto, de la larga lista de encuentros y reuniones que se reportan desde Moscú, el resultado más concreto que puede leerse de las notas de prensa es el compromiso de que Cuba recibirá créditos y será prioridad para el suministro de petróleo, trigo y fertilizantes, lo cual fue confirmado por el viceprimer ministro ruso Dmitri Cernyshenko.

Cabrisas lideró la delegación cubana a la vigésima primera sesión de la Comisión Intergubernamental para la colaboración económica-comercial y científico-técnica entre Cuba y Rusia.

Otra de las reuniones reportadas por Prensa Latina fue la que sostuvo con Daniel Algulyan, vicepresidente del banco estatal ruso VEB.RF, un encuentro en el que también estuvo la presidenta del Banco Central de Cuba, Juana Lilia Delgado Portal.

El sistema MIR de tarjetas está vigente en la Isla hace varios meses, y de acuerdo a varios reportes funciona sobre todo para turistas rusos que visitan los balnearios cubanos.

Esta noticia significa que Cuba continúa fortaleciendo el vínculo con Rusia en momentos de severa crisis económica. Moscú es un socio que puede ofrecer un salvavidas, como ya lo ha hecho antes, y es lo que parece ser ahora el envío de la donación petrolera, valorada en unos 50 millones de dólares.

El ministro cubano de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, afirmó en una declaración a la televisión cubana que Cuba está importando lo que tiene la capacidad de pagar, de acuerdo a las reservas de divisas. Si Venezuela está entregando combustible o no como parte de los acuerdos entre ambos países, no queda claro.

Nuestra opinión es que la ayuda de Rusia es de gran utilidad para Cuba, aunque las relaciones comerciales no se acercan a los niveles de las relaciones políticas. Para la inversión y las certezas de su retorno, se necesita la confianza de un sector privado ruso que aún mira desde cierta distancia la realidad cubana.

Anticomunistas contra la propiedad privada

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Mario Díaz Balart y María Elvira Salazar

La noticia es que los congresistas republicanos a cargo de la redacción de la ley de apropiaciones (ley del presupuesto federal en Estados Unidos) intentan prohibir el uso de fondos del gobierno de Estados Unidos para la promoción del sector privado cubano, ni para el empresariado, ni para las reformas económicas, ni para ninguna otra asistencia que no sea de construcción democrática.

El texto de lo que se conoce como la Ley de Apropiaciones, porque es el dinero público que se autoriza a apropiar para los gastos del gobierno, fue publicado hoy, y fue redactado en su mayoría por congresistas republicanos miembros del Comité de Apropiaciones, y esa línea específica podría adjudicársele a Marío Díaz Balart, congresista cubano con un largo historial en el negocio de los «comercios» de votos para impulsar una agenda con Cuba que empuje lejos de todo tipo de intercambio con la isla.

La noticia fue denunciada por Erik Sperling, del medio estadounidense Just Foreign Policy: «Los republicanos de la Cámara son tan crueles y extremos con Cuba, que realmente quieren dificultar para Cuba implementar reformas de libre mercado y el empoderamiento de los dueños de negocios privados».

El proyecto de ley estipula el uso de 1.2 trillones de dólares para solventar los gastos del gobierno, y fue negociado por la Casa Blanca y los líderes de ambos partidos, para así evitar un cierre parcial del gobierno ante la posibilidad de quedarse sin dinero para su funcionamiento.

El documento de más de 1000 páginas detalla cómo se gastaría ese dinero en su gran mayoría, y muestra cómo el apartado de fondos para el «apoyo económico» no puede usarse para contribuir con el sector privado cubano, cuya existencia ha demandado por décadas el exilio y la migración cubana en el sur de la Florida que puso en su asiento a Mario Díaz Balart y a otros.

El director ejecutivo de la organización no gubernamental, y no partidista estadounidense Cuba Study Group escribió en la red digital X que «lo último que quiere el gobierno de Cuba es que los programas de promoción de la democracia de Estados Unidos promuevan las reformas económicas en Cuba, y ahora el Rep. Mario Díaz-Balart (para salvaguardar su red) lo ha hecho sólido al declarar esa práctica como ilegal».

Por su parte, el ex congresista y líder cubano americano, estrechamente ligado con el sector privado miamense y cubano, Joe García se suma al rechazo a esta iniciativa y afirma en la misma red social: «En el tema Cuba, los extremos se encuentran para promover el status quo. Cuba, que critica el apoyo de Estados Unidos a los empresarios, y el Congreso de Estados Unidos sigue por la misma línea haciendo ilegal ayudar a las empresas privadas».

Esto significa que los representantes republicanos de origen cubano, que están en el Congreso estadounidense buscarán todas las vías posibles para cerrar toda posibilidad de vínculo entre Cuba y Estados Unidos incluso cuando ese vínculo sea coherente con lo que ellos han exigido que debe pasar en Cuba.

Hace algunas semanas, la colega de Díaz Balart, María Elvira Salazar, presidió una audiencia en el Congreso cuyo solo título indicaba su posición al respecto: «el mito del emprendimiento privado en Cuba».

El lobby cubano-americano mantiene una política de cierre de cada hendija de cercanía entre ambos países, y etiquetan prohibir y limitar el acercamiento como legados básicos de su trabajo en Washington.

Al tratar de prohibir el uso de dinero federal para la promoción del sector privado cubano, que en las claves de la política estadounidense es una forma más solapada de impulsar las agendas de cambio de régimen, los congresistas impiden que la Embajada organice eventos de capacitación para los emprendedores en Cuba, ya que sería con el uso de dinero público.

Una economía más abierta al mundo capitalista, podría ser el sentido en el que se dirige el sector privado cubano que ya suma unas 10 mil empresas privadas y emplea más de la tercera parte de la fuerza laboral del país. Esta ha sido una demanda añeja de los voceros políticos de Miami y sus representantes en Washington, sin embargo, ya han encontrado una excusa para no encontrar en esto progreso y oportunidad: afirman que algunas de las 10 mil están vinculadas a familias del gobierno o del liderazgo de la Revolución Cubana. No obstante, en la audiencia de hace algunas semanas María Elvira Salazar no pudo mencionar más de 3 que supuestamente pertenecen a familias cercanas al poder real en Cuba.

Nuestra opinión es que de esta prohibición implementarse y llevarse a cabo, además de afectar el desarrollo de un sector que pudiera contribuir al bienestar al pueblo cubano, sería otra oportunidad perdida por parte de Estados Unidos de observar de cerca, ofrecer acompañamiento, y apoyo, y «de paso» ejercer influencia sobre personas clave para el futuro de Cuba, algo que sí están haciendo sus rivales en el terreno internacional como el Club de economistas rusos Stolypin.

En adición, habría que preguntarse qué intereses personales están detrás de impulsar una medida que contradice cualquier análisis desde el realismo político. El odio y la venganza ha sido un negocio rentable para muchos políticos y figuras del exilio que, aunque han fracasado durante más de 60 años el afán «de cambiar el régimen» se han visto beneficiados de los fondos aprobados para estos fines que salen de los contribuyentes norteamericanos.

Coloquio Patria: mirando la luna pero no el dedo del pie

coloquio patria
Patricia Villegas, Miguel Pérez Pirela y Freddy Ñáñez en el Coloquio Patria

La noticia es que unos 200 participantes de 31 países se reunieron en La Habana durante tres días en la tercera edición del Coloquio Patria, organizado por la Unión de Periodistas de Cuba y el auspicio y apoyo del Comité Central del Partido y del gobierno.

Paneles sobre inteligencia artificial, el uso de la tecnología para la desinformación, así como las formas de articulación de la izquierda dentro de la ofensiva de las fuerzas de extrema derecha fueron algunos de los temas debatidos en este evento, que coincidió con la Feria de Informática.

La presidenta de Telesur, Patricia Villegas, el ministro del Poder Popular de la Comunicación e Información de Venezuela, Freddy Ñáñez, el comunicador venezolano Miguel Pérez Pirela, influencers de izquierda de argentina, entre otras personalidades de la comunicación de la región, repitieron asistencia a este evento, que comenzó con un pequeño formato hace tres años y ha desbordado sus márgenes iniciales.

Los organizadores afirmaron que los eventos eran públicos y abiertos para quien quisiera asistir, un cambio con respecto a las ediciones anteriores. Sin embargo, la gran mayoría de los asistentes fueron periodistas o profesionales de la comunicación de los medios oficiales o públicos, académicos, y funcionarios del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel Bermúdez visitó el recinto ferial, e intercambió con los asistentes, además de organizar un encuentro privado en el que recibió a los delegados del Coloquio, en el Palacio de la Revolución.

Esto significa que el gobierno cubano refuerza sus vínculos con movimientos de izquierda en la región, e intenta continuar la imagen de Cuba como anfitriona segura y propicia para eventos que aglutinan a medios, influencers y militantes de la izquierda de la región, siempre que esa izquierda no sea crítica frontalmente a sus políticas.

El evento sucedió después de las protestas que sacudieron varias provincias de Cuba, sin embargo, al menos públicamente, no hubo declaraciones sobre la evidente crisis más acentuada en los territorios fuera de La Habana. Solo el presidente Díaz Canel entrevistado por NBC se refirió brevemente a los sucesos.

Nuestra opinión es que, si bien estos eventos contribuyen a la formación de los profesionales cubanos, y a crear vínculos de trabajo y aprendizaje con quienes tienen un largo camino recorrido en la línea de la contrainformación, debería ser también una oportunidad para que la prensa nacional aprenda de otras experiencias, en un contexto en que los medios cubanos sufren una crisis por falta de recursos económicos y credibilidad.

Tras la reunión en el Palacio de la Revolución, el presidente cubano afirmó: «Vamos a organizar la verdad de los pueblos del mundo y cuenten con Cuba para eso». Cabe preguntarse cómo podrá Cuba hacerlo cuando los medios públicos y oficiales cubanos tienen el desafío pendiente de contar responsable y periodísticamente la propia verdad de Cuba.

Presupuesto del Estado: inversiones y otras cifras del pasado para entender el presente

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presupuesto
Ilustración: Félix M. Azcuy

La ejecución del presupuesto del Estado cubano es una preocupación de muchos ciudadanos. Aunque de momento no contamos con toda la data actualizada sino la disponible sobre el tema en la Oficina Nacional de Estadística e Información, una mirada a los últimos años, así como reportes de prensa, pueden ofrecer a nuestros lectores la perspectiva de cómo se ha gastado el dinero público en la última década.

Lo primero que debe aclararse es que las cifras oficiales siempre se dan en pesos cubanos, que es la moneda de curso legal en la Isla, aunque desde los años 90 tanto empresas y organizaciones estatales, como actores domésticos, han operado con divisas o sustitutos «espejo» de estas —como el CUC o la MLC.

La Joven Cuba consultó a varios economistas sobre cómo se registran estas divisas en la estadística del presupuesto y la respuesta, básicamente, es que no hay un registro público sobre la ejecución de la moneda fuerte desagregada, con respecto a la moneda nacional.

Por tanto, se supone —aunque nunca se ha confirmado así por una fuente oficial— que las divisas sean registradas a su conversión oficial para las empresas y organizaciones estales 1 USD/CUC = 1 peso hasta 2021 y 1 USD/CUC = 24 pesos a partir de 2021. Por lo cual, la cifra final incluiría de forma indivisible la moneda nacional + la divisa convertida según la tasa antedicha, vedando de esta forma la posibilidad de saber cuánta divisa se invierte en cada sector.

De forma oficial, encontramos que el presupuesto del Estado suele ejecutarse de manera similar año tras año. Destacan tres sectores de los gastos que durante la última década, reciben especial atención:

  • Educación
  • Salud pública y asistencia social
  • Seguridad social

Aquí, algunos elementos que podemos destacar para una mejor comprensión del fenómeno y que salen directamente del análisis de las visualizaciones. Tenemos en cuenta los Gastos de la Actividad Presupuestada de 2012-2022:

¿Qué diría Chibás?: corrupción y sacrificio en Cuba

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Eduardo Chivás, corrupción
Ilustración: Félix M. Azcuy

Eduardo Chibás ha sido considerado dentro de la historiografía revolucionaria el paladín por antonomasia de la lucha contra la corrupción en Cuba. Su lema de filas Vergüenza contra Dinero y como emblema una escoba para barrer del mosaico nacional la mugre de la corruptela, fueron armas y tesis en su via crucis; iconos por lo que su figura ha trascendido —vale precisar que no ilesa de convencionalismos y recelos dado su cariz anticomunista— como la prosopopeya de moralidad cívica y rectitud militante a rases de fanatismo.

Nacido en Santiago de Cuba en 1907, en una familia acomodada, Chibás debutó en la gran escena política hacia 1925 opuesto a la dictadura machadista mientras estudiaba Derecho en La Habana, estuvo en la huelga de hambre de Mella, integró los directorios estudiantiles universitarios de 1927 y 1930, formó parte del Gobierno de los Cien Días, sufrió prisión y exilio. Fue miembro del Partido Auténtico, electo delegado a la Asamblea Constituyente de 1940, representante a la Cámara y senador de la República desde 1944. Desmarcado del autenticismo, en 1947 fundó el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y se lanzó a las carreras presidenciales de 1948 y 1952; en la última se perfilaba como candidato favorito.

Con el radicalismo de un cruzado y acento peculiar, a lo largo de la década de 1940 fue cristalizando como un vigoroso líder de opinión pública, usando de plataformas una hora radiofónica en la CMQ, e inspirados artículos en la prensa escrita, principalmente en Bohemia, revista con la que guardó una relación muy estrecha. Desde esas tribunas fustigaba —lo mismo que una metralleta en parapeto— el latrocinio de cuello y corbata, los chanchullos y prebendas ministeriales, el abuso de poder, la puja de intereses, los entresijos de la burocratización, el despilfarro palaciego, el ultraje a la ley y el orden, el gansterismo rampante y el insuficiente progreso en materia de bienestar social. Las audiencias le reciprocaban con admiración y respaldo. Era, ante los ojos comunes, un «político diferente».

Fustigaba el latrocinio de cuello y corbata, los chanchullos y prebendas ministeriales, el abuso de poder, la puja de intereses, los entresijos de la burocratización.

Según Chibás, era una irresponsabilidad traicionar las esperanzas de muchos cubanos que habían puesto su fe patriótica en el gobierno. El 18 de mayo de 1947 declaró en ese sentido: «Lo que el pueblo quiere y lo que demanda la nación, cada día con mayor urgencia y de un modo mucho más decidido y más claro, es un Partido que sea realmente leal a esta fe, un Partido que sea capaz de cumplir desde el poder lo que promete en la oposición, un Partido político limpio, con líderes capaces». En más de una ocasión insistió que Cuba no alcanzaba su verdadero destino «debido a la venalidad de sus líderes».

Así que prometió liderar un partido con una plataforma libre de corrupción y basada en los cánones de dignidad, justicia y pulcritud que sus adversarios habían abandonado. Como mantra invocaba casi a diario su confianza en los valores y reservas morales de sus partidarios, sobre todo jóvenes. En El Crisol del 19 de marzo de 1949 reprochó: «[…] diríase que la política ha dejado de ser en Cuba una función pública y un patriótico ministerio para convertirse en el más cínico juego de ambiciones y codicias que pueda concebirse […] Cuando la política decide abjurar de toda ideología, y los partidos se convierten en simples cooperativas de aspirantes para alcanzar una porción más o menos grande del poder, la vida pública se llena de confusión y el ciudadano se siente desorientado».

En el propio periódico comentó el 4 de diciembre de 1949: «Rompiendo con las costumbres públicas del momento, respondemos a nuestros detractores con el siguiente apotegma de Martí: “Urge ya, en estos tiempos de política de mostrador, dejar de avergonzarse de ser honrado. La vergüenza se ha de poner de moda y fuera de moda la desvergüenza… Los líderes no pueden dejarse deslumbrar por las cosas superficiales, por estados emotivos circunstanciales de sectores más o menos impresionables de la opinión pública; no pueden ser demagogos que se dejen arrastrar por la corriente, sino que están en la obligación de encauzar la opinión colectiva, de dirigirla por el buen camino”».

Su actitud intransigente y estridente conllevó que para algunos de sus contemporáneos ―incluida la bancada del PSP― y estudiosos posteriores, no pasara de ser un personaje locuaz y osado, excéntrico y totalitario, rodeado siempre de una multitud de devotos seguidores, con cierta veta de irracionalidad y neurótica persistencia que exteriorizaba en discursos cada vez más cargados de histeria que de genial oratoria, en los que no se cansaba de instigar sin escrúpulos a las multitudes contra la legitimidad.

Su actitud intransigente y estridente conllevó que para algunos de sus contemporáneos y estudiosos posteriores, no pasara de ser un personaje locuaz y osado, excéntrico y totalitario.

Sin embargo, como bien definió el sobresaliente investigador y ensayista Julio César Guanche, en Eduardo Chibás y el reformismo populista en Cuba: «A lo largo de su trayectoria política, Chibás mostró, ciertamente, bastante coherencia a la hora de defender la tríada de la plataforma política del reformismo social cubano, fuese en su versión del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), en el que militó varios años, o del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), que el mismo Chibás fundó en 1947. Esa tríada estaba integrada por acepciones específicas del antimperialismo, el nacionalismo y el socialismo, nucleadas en torno a un ideario que, de inicio, no resulta peyorativo calificar de populista».

En materia ideológica y programática, el tino del Gran Acusador radicó en estimular la vigilancia sobre la corrupción, lo que debía traducirse en evoluciones raigales de la ideología de masas. Su misión para hacer realidad los grandes objetivos históricos, como él mismo definiera en su línea discursiva y modo de actuación, consistía en despertar la conciencia de las mayorías sometidas por la abulia y el desasosiego, arengándolas y sumándolas a la campaña por el adecentamiento político y la virtud ciudadana.

Tenía la convicción de que la honestidad en el ejercicio de gobierno se podía alcanzar siempre y cuando lo quisiesen los ostentadores del poder. También entendió que en un partido político las ideas tienen suma importancia, pero es más decisivo que los hombres sepan conducir esas fórmulas con inflexible sentido del deber, equilibrio y acierto. En parte, su énfasis de moralidad no escapaba del típico enfoque voluntarista o idealista que en el arte de la política suele converger en decisiones utópicas o metafísicas, con vertientes no tan ricas como la realidad en que se afincan. Una tendencia más que demostrada por esa maestra vital que es la historia.

Tenía la convicción de que la honestidad en el ejercicio de gobierno se podía alcanzar siempre y cuando lo quisiesen los ostentadores del poder.

Desde su imaginación concibió un paraíso para imponerlo a un contexto complejo. «Chibás fue, a diferencia de Arango y Parreño, no un estadista sin Estado, sino el estadista de un Estado invisible», atribuyó Guanche en otro recio ensayo sobre «el compañero señor».[i]

Si bien no dejan de ser actos absolutamente detestables, nunca será comparable una violación de luz roja o una rapacería de bodega a la «obra maestra» de un prevaricador de cuello blanco. Es inadmisible que alguien ungido de una función constitucional y, por tanto, obligado a brillar más en términos de austeridad, competencias y ejemplaridad que en impostados roles de «mesías de la nueva aurora», sea aun capaz de «rasgarse las vestiduras» en lances propagandísticos para reclamar «confianza» ajena, mientras por detrás del telón desdobla una gestión demagoga y licenciosa. La gente aprecia la humildad y la honestidad porque son especies en peligro de extinción.

Contundente en sus postulados y frenético en su esgrima frente al servilismo oportunista, la compinchería y la apostasía, Chibás comprendió que la corrupción era dovela central en el sistema de dominación burgués. En antítesis, advirtió que la afiliación al sentido de la vergüenza debería ser un ideal supremo antes que vivir sin prestigio. Así legó como herencia que sin importar quién gobierne, corresponde a los ciudadanos empoderarse, cambiar el estado de cosas; así como ser sujeto activo en los asuntos políticos, exigiendo transparencia en la actuación de los gobernantes y poniendo coto a la fermentación e ineficiencia de funcionarios públicos, para impedir a tiempo que siga creciendo, como verdolaga, cualquier mal. En su oficio de metástasis diseminada, la corrupción administrativa necrosa no solo todo anhelo de desarrollo sano y sostenible, sino la posibilidad de conquistar la felicidad común, el fin último de un Estado.

La corrupción administrativa necrosa no solo todo anhelo de desarrollo sano y sostenible, sino la posibilidad de conquistar la felicidad común, el fin último de un Estado.

«La feliz conjunción de factores naturales tan propicios a un gran destino, unido a la alta calidad de nuestro pueblo, solo espera la gestión honrada y capaz de un equipo gobernante que esté a la altura de su misión histórica», pronunció ante los micrófonos de su espacio dominical, el 5 de agosto de 1951. La fatídica alocución quedaría inmortalizada como su «último aldabonazo». Al telúrico grito de: «¡Pueblo de Cuba, levántate y anda! ¡Pueblo cubano, despierta!», se pegó un balazo en el vientre. La impotencia haló el gatillo. Murió tras 11 jornadas de agonía. La apoteosis del martirio.

Se dice que un millón de personas llevó en hombros su féretro hasta la Necrópolis de Colón, en una de las mayores manifestaciones de duelo popular que recuerden los anales; una muestra de su enorme popularidad entre los que vieron en él a un líder orgánico, carismático, con voluntad justiciera de velar los intereses colectivos; la esperanza de edificar la Cuba nueva, una nación de ¡Vergüenza contra dinero! Avergonzado terminó luego de una polémica dilatada y desventurada que puso en tela de juicio su imagen. Pero entre luces y sombras ―como todos―, Chibás sobresalió ―como nadie― por la lealtad a sus principios, al extremo de canjear su propia vida antes que seguir respirando la mofa y la deshonra.

Las corrientes del chibasismo tuvieron notable influencia sobre la sociedad nacionalista de la época prerrevolucionaria. Incluso, más allá, en similar putrefacción de la politiquería dominicana, Juan Bosch aplicó hacia 1961 el eslogan «Conciencia contra dinero», en empatía con la doctrina del cubano. «Sin la prédica de Eduardo Chibás, sin lo que hizo Eduardo Chibás, sin el civismo y la rebeldía que despertó en la juventud cubana, el 26 de julio no hubiera sido posible. El 26 de julio fue, pues, la continuación de la obra de Chibás», ponderó Fidel Castro ante su sepulcro, adonde acudió el 16 de enero de 1959, apenas hizo su entrada triunfal a La Habana. A la memoria del adalid generacional predijo: «Eduardo Chibás, seguiremos fieles a tus ideas; Eduardo Chibás, juramos cumplir tu obra; Eduardo Chibás, nunca te traicionaremos». Lo auparon cientos de aplausos. Algo cambió drásticamente después. Y fue desvaneciéndose el referente. A la vera de esa tumba anida hoy el olvido.

Aquella filosofía ortodoxa de ética y escoba ―en paralelismo a la carga de Villena― encaja como anillo al dedo de la nueva causa política que ahora convulsiona el magma ideológico en nuestro mapa social. Lo malo es que los cubanos de hoy sean extraños a ese estilo. ¿Qué diría Chibás?


[i] Véase: «El compañero señor Chibás. Un análisis del nacionalismo populista cubano», en La libertad como destino. Valores, proyectos y tradición en el siglo XX cubano, libro Premio Uneac de Ensayo 2012.

Del hambre y la desesperación a soluciones patrióticas viables

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Ilustración: Félix M. Azcuy

«Hambre y desesperación» son las palabras que mejor explican la angustia y hastío que ha sacado a grupos de cubanos a las calles el pasado domingo para protestar contra la falta de electricidad y comida. No se trata de ninguna convocatoria política de la oposición, la cual, sin brújula ni propuesta de alternativas reales, no ha podido ni sabido capitalizar la crisis más profunda que ha vivido el sistema político cubano.

No se trata, siquiera, de una convocatoria de sociedad civil a través de unos intelectuales disidentes o de figuras religiosas, que le piden bondad a todo el que salga a defender al gobierno, sin atreverse a hacer lo mismo con los que apoyan el bloqueo norteamericano, epítome de violencia solo superado por una invasión militar. «Hermanos» también de esos curas y pastores, supongo, son los cubanos bajo la persecución macartista, a los que han hecho actos de repudio en y desde el sur de la Florida por promover intercambios culturales, científicos, y educacionales, o Eulalio Negrín, Luciano Nieves y otros a los que mataron por querer dialogar.

El mensaje no partidista del Papa y de sus obispos resulta una postura mucho más balanceada y justa, pues denuncia las prácticas totalitarias del gobierno y también las sanciones «ilegales, inmorales y contraproducentes». Qué justo sería si sus representantes en Cuba y Miami hubiesen agregado a su listica de pedidos: «hermano cubano dondequiera que vivas: no bloquees ni apoyes que bloqueen a otro cubano». Se les olvidó esa parte de «no a la violencia» pero démosle el beneficio de la duda. La propuesta está en el aire. Arriba que para luego es tarde.

Es desesperación, no un proyecto político alternativo lo que ha sacado a los cubanos a las calles. Es el hastío, el cansancio, y la ira los que provocan la falta de electricidad y el hambre. Incluso si el gobierno colapsara, la carencia de movimientos políticos para agregar demandas, poner propuestas coherentes sobre la mesa —más allá del proyecto anexionista que le tienen preparado— es un legado del que el país no se podrá sustraer. 

Al margen de la indiscutible responsabilidad que le corresponde al gobierno cubano por los errores, abusos y corrupciones de sus funcionarios, «hambre y desesperación» es también el diagnóstico apropiado porque esas fueron las palabras específicas que en secreto entonces, y abiertamente hoy, proclamó perseguir la política estadounidense de guerra económica, comercial y financiera. Están en el famoso memorándum de Lester Mallory en 1960. Claro que la embajada norteamericana no ha organizado ninguna de las protestas, ni le hace falta. Esa protesta tiene de auténtico el hambre que la provoca, el nivel de desesperación y desesperanza que no se entiende sin la premisa de un país intervenido.

Causalidad compleja

No es sorprendente que en paralelo a las protestas se haya desatado un debate de narrativas polarizadas donde toda la historia de los conflictos entre Cuba y Estados Unidos se vuelve a replicar sin perspectiva de entendimiento ni solución.

«Toda la culpa la tiene el gobierno cubano y la ineficiencia permanente del comunismo» dicen los partidarios del bloqueo, quienes dicen que no existe, o peor, que no tiene efectos sustantivos, pero lo quieren mantener. Rara esa lógica con la que se defiende lo que según sus defensores no existe, o no es relevante, o constituye mero pretexto. Solución sencilla contra el pretexto, levantar las sanciones. Lo otro es reconocer lo evidente: los partidarios del bloqueo y todo el que haga la más mínima coalición con ellos, apuesta al hambre y la desesperación del pueblo. Nada de democracia, ni derechos humanos.

Para los incondicionales del gobierno de Cuba, es posible admitir marginalmente alguna pequeña falta, que el pecadillo de funcionarios haya contribuido a la protesta, pero toda la culpa, o al menos casi toda, debe ponerse a los pies de los gobiernos de Estados Unidos.

Muy poca autocrítica sobre la soberbia del partido de vanguardia que ha llevado a tanta pérdida de tiempo para reformar, incluso cuando tuvieron mejores condiciones. Sin ese gradualismo de tortuga, falto de coherencia, secuencia y complementariedad, sin esa obsesión leninista por el control político no es posible entender los niveles de desesperación existentes, con o sin las sanciones.

Las protestas son resultado de la desesperación y el hambre provocadas por una combinación inextricable del efecto abarcador del bloqueo norteamericano sobre la economía cubana y sus posibilidades de reforma y apertura, y los errores, abusos y corrupciones del Estado-partido único. Quien hable de uno de estos factores sin reconocer el otro expone su preferencia por la propaganda, sin búsqueda de objetividad .  

Medios independientes incapaces de ver lo evidente

Si no fuese tan trágico y drástico el efecto de las sanciones norteamericanas contra Cuba, sería irrisorio cómo, en presencia de tanta evidencia, se presentan «argumentos» sin lógica como que el bloqueo no tiene nada que ver con las escaseces, cuando justo en paralelo con la protesta le han impuesto el lunes una multa millonaria a un banco suizo por transacciones con Cuba que no violan ni las leyes de Suiza ni las cubanas, ni las europeas, ni las de convenio internacional alguno.

En la búsqueda de un lugarcito en el circo de mantenidos por la ley Helms, un atraco al contribuyente estadounidense con todas sus letras, ha surgido un numerito más sofisticado. Aparecen unos acróbatas que dicen estar contra el bloqueo pero lo soslayan, o afirman que no se puede hacer nada, ni siquiera tomarlo en cuenta.  Resulta que está muy legislado, así que mejor ni mencionarlo. Como si se tratara de una ley divina entregada por Dios en la zarza ardiente.

Nunca se olvide, toda la estrategia del bloqueo contra Cuba está animada por lo peor de los Estados Unidos. No es Mark Twain, ni Lincoln, ni Emerson ni Whitman. Esta gente de «Cubapa’la calle» está aupada por la patria de Cutting. No es Dios, es Jesse Helms. No hay zarza ardiente hablándole a Moisés; es la cruz encandilada del Ku Klux Klan.

El silencio de varios de los llamados «medios independientes» sobre el peso de las sanciones estadounidenses como causa de los niveles de escasez, «hambre y desesperación» detrás de las protestas es ensordecedor. La ausencia de una mera reflexión sobre documentos desclasificados y disponibles como el memorándum de Lester Mallory, que ilustran el mecanismo cruel, inmoral e ilegal de estimular una rebelión contra el gobierno cubano, a través de un castigo colectivo contra el pueblo cubano, es ilustrativa.

Esas medidas unilaterales coercitivas abarcan hoy incluso al naciente sector privado, semilla de una sociedad económica plural, esperanza de una autonomía que se traduzca un día en un aterrizaje suave para bien de Cuba y Estados Unidos en un sistema de pluralismo político.

La pregunta que estos mercaderes de la supuesta «promoción democrática» eluden responder es cómo serían compatibles la soberanía nacional cubana con la ley Helms-Burton, la legislación norteamericana, por la que reciben su mesada, para promover las protestas, para denunciar al régimen, para decir que las sanciones no son necesarias para entender la actual crisis. Allí empieza el tembeleque: que en Cuba no se debe confundir gobierno con país, ni al partido comunista con la patria; que si la soberanía nacional hoy no puede existir si no es con elecciones multipartidistas para que sea popular y ciudadana; que esas elecciones hay que hacerlas ya bajo el asedio externo sin importar a quién el bloqueo le da ventajas, que es «casualmente» a sus favoritos.

Todas esas frases atildadas evaden una respuesta simple. Tan sencilla a la luz del derecho internacional que los abogados del Departamento de Estado respondieron sin titubear, cuando recomendaron a Bill Clinton y Warren Christopher vetar la ley Helms-Burton. Como anteriormente lo fue la Enmienda Platt, es incompatible con la soberanía cubana, y tiene dimensiones extraterritoriales que incluso la hacen incompatible con la soberanía de terceros Estados.

Se deduce entonces que si usted cobra por esa ley, se gana así el pan que lleva a su casita de emigrado, legitima la acción imperial y actúa contra el derecho a la autodeterminación de su pueblo. En la ética martiana de independencia y república social se cree o no se cree. Si se cree en ella, no se puede traer la democracia ni los derechos humanos del pacto fáustico con el látigo intervencionista, el de la enmienda Platt. Esas metas son incompatibles con lo neocolonial y el protectorado.

Claro que la protesta civil es legítima. Aquí lo que se trata es de canalizarla sin ser carne de cañón de aquellos para los que el bienestar de los cubanos no ha importado ni un minuto. El que empuja no se da golpes.  Es el mismo anticomunismo de guerra fría, antinacionalista y antidemocrático que ha prevalecido en Miami, y que vive orgulloso de su legado macartista, de atentados y persecución contra los que han pensado distinto incluso bajo la primera enmienda de la constitución de Estados Unidos.

No hay ruptura de la nueva hornada de los medios supuestamente independientes, con los sectores intransigentes de derecha. Se denuncia la corrupción, el autoritarismo y el irrespeto a la ley por parte del gobierno cubano los martes y jueves, pero para lo mismo de sus afines en Miami, todo es amor y fraternidad, toda la semana. Si la protesta en Cuba quiere ser civil y patriótica tiene que estar a mil leguas de los viejos y de los nuevos contrarrevolucionarios. Se trata de moverse a un futuro diferente post-revolución, no de retorno al pasado.

El patriotismo no puede ser escudo para la picardía del corrupto y la rigidez ideológica

Aunque las responsabilidades no son equivalentes, porque a Estados Unidos no le corresponde arte ni parte alguna en los destinos de Cuba, y es la potencia mundial más importante en una relación asimétrica, el gobierno cubano y varios de sus diplomáticos y funcionarios han mostrado su propia renuencia a asumir las culpas y hacer las transformaciones que tocan.

Con bloqueo o sin bloqueo, no se entiende la gravedad de la crisis sin el récord bochornoso del mal manejo de la economía y las reformas de los últimos 30 años. La crítica debe ir más allá, porque la soberbia de partido de vanguardia, la intolerancia de los sesgos ideológicos contra quien ha pensado diferente, y la preferencia política por el control, por encima de claras opciones de crecimiento económico, precede a la caída del campo socialista. Aquellos vientos sembraron estas tempestades.

Planteada como un objetivo central de la revolución cubana, nunca se logró la soberanía económica que proponía revertir la dependencia; desde la reforma agraria, la industrialización y la sustitución de importaciones por producciones nacionales, en particular de los alimentos. Hubo importantes avances en sectores de avanzada como la biotecnología y una industria farmacéutica propia, y se dinamizaron aspectos de un estado de bienestar en las áreas de salud, educación y deportes. Sin embargo, de un 60% de importaciones de alimentos, y avances importantes en la producción doméstica de arroz en 1959 —para sustituir su traída desde Luisiana y Arkansas—, hoy los niveles de importación de alimentos rondan el 80% del consumo nacional o más.

Los niveles de consumo alcanzados en Cuba, incluso en los años 1980’s no se sustentaban en un desempeño económico propio. Lo especial no fue el periodo que vino después, sino el tiempo bajo subsidio soviético. Ese apoyo no se usó apropiadamente para ensayar un nuevo sistema. Por el contrario, un shock positivo de ayuda temporal se asumió como permanente y en lugar de invertirlo en una estrategia desarrollista, se optó por aumentar el consumo para afianzar la preferencia comunista por el control político.

Por terrible que fuese la guerra económica, agudizada después de la caída del bloque comunista, no se puede entender el nivel de depauperación que Cuba vive hoy sin la posposición de reformas urgentes, planteadas por economistas —tanto dentro como fuera de las instituciones estatales—, año tras año, y que apuntaban a convertir el país en una economía mixta. Incluso llegado el apoyo de la Venezuela de Chávez, se volvió a perder un tiempo y financiamiento precioso para colocar el país en un nuevo camino de crecimiento, sobre bases sustentables de mercado.  

En lugar de reformar estructuralmente la economía hacia un modelo funcional, el liderazgo de Fidel Castro optó por tratar de reconstruir en todo lo posible el sistema inviable de economía de comando. Bajo un liderazgo sin renovar entonces por casi 50 años, se lanzó la operación Álvaro Reynoso, con la que se desmanteló una parte importante de la industria azucarera, sin lograrse la meta de producir internamente los alimentos que se compraban antes con exportaciones de azúcar. Nadie rindió cuentas.

Cualquiera que fuesen los méritos de la generación histórica de la revolución encabezada por Fidel y Raúl Castro, el diseño de un modelo económico soberano viable no es uno de ellos. La agricultura nacional, piedra angular de la soberanía alimentaria, existe hoy en condiciones históricas de máxima precariedad. La revolución cubana no solo no resolvió los problemas centrales desde la desaceleración de la economía cubana con respecto a los ritmos de crecimiento de la economía mundial, desde los años 20 del siglo pasado, como lo apuntan Bertola y Ocampo en su texto de historia económica de América Latina, sino que agravó los problemas de sostenibilidad.

Diálogo, pluralismo, no violencia y conciliación patriótica

La esperanza de una Cuba mejor no proviene de la polarización, sino del avance que significa el carácter pacífico de la protesta y la sin precedentes disposición de las autoridades cubanas a conversar y buscar entendimientos para desactivar el peligro de una escalada que, más allá de lo local, termine por incendiar la Isla quemando la posibilidad de una transición ordenada con reforma pactada.

Cuba ya ha cumplido su plan de revoluciones. ¿Hasta cuándo los metarrelatos adolescentes sobre conquistar el cielo? De lo que se trata es de iniciar en la visión de Ortega y Gasset una «época plena», de reposo, concordia y virtud para recoger el fruto de tanta era de movimientos.

Ojalá ese diálogo y tolerancia, a los que las autoridades parecen forzadas a regañadientes, comience un proceso de habituación, en el que se normalice la protesta legítima, aquella en la que se optó por la no violencia en la discusión de la diferencia, y hasta se cantó el himno nacional que une, en Bayamo, donde históricamente Perucho Figueredo compuso sus gloriosas notas musicales de «morir por la patria es vivir».

Se rinde honor al sacrificio buscando hoy un compromiso martiano, donde se desactiven las estructuras de hostilidad y sobre la base de una conciliación patriótica, nadie tenga que morir. 

De lo que se trata desde una perspectiva responsable de inspiración martiana —en cuya superioridad ética, repito, se cree o no se cree— es de conciliar conflictos, no de azuzarlos; de poner curas reales donde se asuma a Cuba en toda su complejidad, y profundidad. País plural, diverso, mucho más abierto a la diferencia que en los últimos 60 años, dentro de cotas razonables.

Son legítimos los intereses de cualquier grupo político, siempre que no contradigan el interés público o se conviertan en un obstáculo a un mejor futuro. Esto es válido para la economía con sus precios dictados por la oferta y la demanda, pero también para la política. La experiencia internacional de transiciones a sociedades más abiertas y en alguna medida reconciliadas, aporta un legado de manejo de dilemas en los que el paraíso solo existe para aquellos que estuvieron ya allí. Si no se trata de principios no negociables, que siempre deberían ser pocos, como la soberanía y el culto a la dignidad plena, es mejor terminar a lo Chéjov, con ciertos sabores amargos, que a lo Shakespeare, rodeado de muertos.

Hay alternativas dentro de una economía de mercado, pero no al mercado mismo. Este, en el contexto cubano, debe venir acompañado de un estado empresario, regulador, redistribuidor y desarrollista. Esas funciones, que de por sí son dificilísimas, no pueden ser desempeñadas por un sistema donde la prioridad no es el desarrollo económico y el bienestar, sino la preservación de condiciones favorables al monopolio político del Partido Comunista. A la transición a una economía mixta, imprescindible para derrotar al bloqueo y transmitir señales claras de recuperación, debe acompañar la promesa de que una vez que existan condiciones normales, Cuba se moverá a un espacio de pluralismo político.

Pero primero lo primero. Hoy el patriotismo, que habita tanto en el gobierno como en los que simpatizamos con otras matrices ideológicas, tiene el deber de manejar con tino y responsabilidad la ola de protestas que si no cesan sus causas, va a continuar. Por cierto, lo extraño es que haya tardado tanto la normalización de la protesta. Abra un periódico de cualquier país, y en la mayoría, hay y debería haber protesta pública. Lo importante es canalizar la protesta dentro de lo no violento, ampliando lo institucional desde la afinidad. Así se cerrará el camino a alternativas fuera de la cultura patriótica.

El gobierno es el primer interesado en que al frente de las protestas, entre sus interlocutores, haya manifestantes honrados, patriotas, capaces y leales a la soberanía del país. Es un reto pero también una oportunidad para que todos los sectores responsables distingan entre la oposición o disidencia leal al país y la apostasía. El diálogo, que es una urgencia política, debe partir del reconocimiento de las diferencias pero también de la comunidad en la defensa del sueño martiano de una república independiente, con tanta justicia social como sea sostenible, abierta al cambio económico y la promesa del pluralismo.

Diálogo, política y libertad

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dialogo
Ilustración: Félix M. Azcuy

El diálogo parecería hoy más urgente que nunca. Las polarizaciones electorales, políticas, sociales, religiosas y cotidianas así lo sugieren. Dialogar, en la más sencilla e instintiva acepción que refiere la conversación entre dos o más personas que exponen sus ideas de forma alternativa, es casi una rareza en algunos espacios públicos y privados. 

El diálogo, si bien no es el objetivo final de la política, se constituye en medio que la encamina, cuando por política se entiende la búsqueda del bien común, instrumento para remover las asimetrías de poder, e impulso para desmontar las desigualdades históricamente creadas.

Desde esta perspectiva, la política es sinónimo de diálogo y antónimo de monólogo. Es entendimiento y no descalificación. Es el arte de gobierno colectivo y no el «arte de tener la razón». Ella se afianza en la riqueza del debate y la deliberación (pública y privada) y se instituye en el derecho y condiciones para participar, de manera consciente y organizada, en los destinos de la nación.

El diálogo político tiene más probabilidades de prosperar y cosechar resultados sostenibles si incluye a todas las partes interesadas (sociales, gremiales, clasistas, económicas, técnicas, culturales y políticas).

El diálogo político tiene más probabilidades de prosperar y cosechar resultados sostenibles si incluye a todas las partes interesadas.

Hablar de diálogo político como medio para la construcción y sostenimiento de un orden social inclusivo, implica, al menos, esbozar su relación con la libertad. Hoy vivimos la tensión entre la libertad individual de la modernidad, para hacer lo que me plazca, y la libertad como vinculación pública, para hacer lo que debo; tensión verificable entre la competencia y la cooperación, el individuo y el colectivo, el debate y la deliberación.

Pero, para dialogar y deliberar, y también para debatir democráticamente, se requiere del reconocimiento del otro y la otra como interlocutor válido, con su libertad y con su conciencia.

El diálogo político es el sustento posible de una democracia deliberativa y participativa. Es condición para la producción de conciencia individual, gremial, sectorial, clasista, social. Conciencia que solo emana de la práctica política (pública y privada). 

El diálogo político es el sustento posible de una democracia deliberativa y participativa. Es condición para la producción de conciencia individual, gremial, sectorial, clasista, social.

El diálogo político, si bien es un medio para construir ciudadanía, es decir, vínculos democráticos entre el individuo y la colectividad, la comunidad y el conjunto social, al mismo tiempo tendrá límites claros si no proyecta entre sus fines remover las diferencias estructurales, históricas y sostenidas entre la ciudadanía poseedora y la «ciudadanía» desposeída, con accesos desiguales a la política, los derechos y la justicia. 

Llegado a este punto, el diálogo político adquiere una dimensión liberadora. Paulo Freire, quién asumió el diálogo como pilar de su propuesta ética, política y pedagógica, comprendió que existir humanamente es «pronunciar» el mundo, es «transformarlo». Para él, la esencia del diálogo es ese encuentro de los seres humanos para pronunciar el mundo; no privilegio de algunas personas, sino derecho de todas.

El diálogo político es el encuentro de los seres humanos para «saber y actuar». Es un generador de pensamiento crítico. Es fuente de poder desde las interacciones, posibilidad del encuentro entre semejantes y diferentes, actitud que impugna al autoritarismo, la arrogancia, la intolerancia, el fundamentalismo. Es acto creador, lugar de encuentro donde no hay ignorancias, ni sabidurías absolutas. Es relación horizontal en la confianza. 

El diálogo político es el encuentro de los seres humanos para «saber y actuar». Es un generador de pensamiento crítico.

La historia de las luchas populares por la emancipación fue el contexto desde el que Freire legó su comprensión sobre el diálogo, descrito también como «acción cultural dialógica» que prolonga el acceso al poder como «revolución cultural». Poder entendido como «poder-hacer-con-otros» y otras para la reconstrucción de la sociedad.

Mirar este asunto desde un lugar histórico, ideológico y clasista específico conduce a entender que, para hablar de revolución liberadora, se precisa la mediación del diálogo para que los y las desarropadas, las y los sufrientes, los y las condenadas de la tierra, las y los pobres pronuncien el mundo.

Dicho de otra manera, la emancipación popular es, también, acción cultural manifiesta en lo dialógico. Pero es, sobre todo, desmonte de las estructuras de desigualdad política y cultural que consagran cualquier forma de dominación, incluyendo la desigualdad de oportunidades para acceder al diálogo.

La emancipación popular es, también, acción cultural manifiesta en lo dialógico. Pero es, sobre todo, desmonte de las estructuras de desigualdad política y cultural.

La «acción cultural dialógica» (colaboración, unión, organización, síntesis cultural), subvierte el sistema de injusticia y opresión que opera desde un carácter «antidialógico» (conquista, división, manipulación e invasión cultural). Sistema que sostiene y reproduce los intereses de quienes, para perpetuar sus privilegios, no permiten, no desean, no promueven el diálogo. El carácter antidialógico es condición política de los sujetos antagónicos de la libertad. 

El tema del diálogo político está en boga. Postularlo requiere entender que, en última instancia, hace parte de un proyecto de relaciones humanas que, en la inclusión, dignificación y humanización, propicia la búsqueda del bien común entre semejantes y diferentes.

Diálogo y soberanía

Debemos dar vía expedita al diálogo. Debemos hablar, ponernos de acuerdo, exponer sentimientos e ideas. Debemos conversar para pactar. El diálogo es un antídoto al odio y a la represión; desarma tanto al fundamentalismo como a su hermano menor, el sectarismo. El diálogo es condición de los proyectos colectivos, de la socialización del saber y del poder. Viabiliza la justicia, la equidad, facilita enmiendas a los pactos sociales y sugiere profundidad política en el tratamiento a los asuntos de la nación.   

No perdamos de vista que la falta de diálogo sostenido, plural y naturalizado dentro del ordenamiento cubano, también es causa del estallido social del 11 de julio.

El enfoque que sostiene la función del diálogo como válvula de escape para las tensiones acumuladas en cualquier sociedad no desvía su afirmación como derecho, como modo sostenible para dirimir los asuntos públicos y privados, no solo como amaine a la crisis, sino como definición de la cultura política en una nación defensora de la justicia, la dignidad y la soberanía.

Asumir el diálogo como parte del metabolismo político cubano es el cambio estructural más significativo que demanda el actual contexto de la Isla, así como la cotidianidad del gobierno público y la sostenibilidad del proyecto nación. El diálogo mira de frente a los límites deliberativos y participativos de la institucionalidad cubana y sugiere ajustes en la norma y en la conducta.

Asumir el diálogo como parte del metabolismo político cubano es el cambio estructural más significativo que demanda el actual contexto de la Isla.

Este es un asunto complejo en medio de un país con heridas recientes. No es una salida sin contexto, es un reto a la habilidad de reconstruir pautas de convivencia social y política tras un profundo estremecimiento, tras la explosión de tensiones e inconformidades causadas también, lo reitero, por los límites al diálogo que hemos sobrellevado.

¿Por dónde empezar?

Tomemos en serio que el término diálogo se abrió a la palestra pública con el mismo rigor y urgencia que el tema de las tiendas en Moneda Libremente Convertible (MLC), la inflación y las carencias.

Asumamos que es tan importante quitarle el tope a las palabras, las ideas, las percepciones y las propuestas país, como al precio de la malanga, la lechuga y la carne de cerdo.

Entendamos que las reformas inconclusas que también nos trajeron hasta aquí, no son solo económicas sino políticas. Dialogar sobre ellas es prever la prolongación de la crisis.

Intuyamos que la mera mención del término «diálogo» no significa precisamente que se dialogue sobre él. Hacerlo es escuchar, respetar y reconocer derechos en quienes tienen enfoques diferentes.

Reconozcamos con humildad las meteduras de pata, las descalificaciones a las ideas divergentes, la censura, la criminalización y el agravio moral a personas patriotas —sí o sí— que defienden líneas de pensamiento variadas, incluso de raíces socialistas y comunistas.

Reconozcamos con humildad las meteduras de pata, las descalificaciones a las ideas divergentes, la censura, la criminalización y el agravio moral.

Comprendamos que, si persiste en unas pocas personas el derecho autoasignado de velar por la pureza moral de la nación y del socialismo, incluso con el uso de espacios y recursos públicos, habrá poco que hacer.   

Evitemos la cacería de brujas o de pollos a quienes pretenden organizar espacios de reflexión y propuestas, institucionales o no, para contribuir a la reflexión y consolidación de los pactos que nos debemos: políticos, sociales, económicos, jurídicos y culturales.

Aupemos la existencia de espacios diversos como han sido Pensamiento Crítico, el CEA, Revista Temas, Espacio Laical, Cuba Posible, Articulación Plebeya, La Tizza, etcétera; voces de la nación, pero ninguna la nación toda.     

Asumamos en rigor qué significa dialogar para el partido único de la nación, cómo encarar ese desafío sin mesianismos, con pluralidad y con encuentros de base que alberguen todos los pensamientos de la nación soberna. 

Pactemos el legítimo límite entre quienes apostamos por la soberanía antiimperialista y quienes coquetean con la anexión. Pero dejemos reiteradamente claro cuáles son esos límites, los modos de manifestarse, de ser penalizados y las competencias para hacerlo.

Pactemos el legítimo límite entre quienes apostamos por la soberanía antiimperialista y quienes coquetean con la anexión.

Organicemos los medios públicos de información para que accedan a ellos la pluralidad de visiones, interpretaciones y propuestas que abriga el amplio campo del proyecto de nación justa, digna y soberana. Evitaremos así que jóvenes, en una sentada pacífica frente al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), sean detenidos y encausados por pedir 15 minutos de palabra.

Recordemos que información y formación son imprescindibles para sostener un diálogo cualificado. Facilitar el alcance del pueblo a visiones distintas sobre un mismo asunto es fraguar su capacidad soberana.

Incluyamos el diálogo como estrategia para sobrevivir en la plaza sitiada, como contenido para el desarrollo, como potenciación de las capacidades internas, como impulso material y espiritual a las fuerzas productivas del país.

Reconozcamos que el bloqueo estadounidense estará presente por mucho tiempo, sus intenciones perversas tienen raíces fuera de nuestro alcance. No nos salió bien defendernos en voz baja o con tapabocas. La democratización socialista es nuestra mejor defensa contra él. No sé si será viable, pero sé que no queda más que intentarlo. El diálogo sería un buen comienzo.

Procuremos que en nuestras escuelas se explaye como materia de estudio la cultura del diálogo. Todo cambio social requiere su reforma educativa. Este sería un buen punto para hacer sostenible un orden político dialogante.

Comprendamos que el diálogo no se restringe a las maneras en que la sociedad interpela al Estado. Tiene que ver, sobre todo, con cómo la sociedad, sus organizaciones, sus estructuras de producción de bienes y servicio, sus grupos y clases sociales, se relacionan entre sí. Por ello, el diálogo político es condición para la producción de conciencia individual, gremial, clasista y social.

Advirtamos el diálogo como anclaje político de nuestra soberanía. Este encamina la política entendida en términos de bien común, es instrumento para remover las asimetrías de poder, e impulso para desmontar las desigualdades históricamente creadas: diálogo como práctica política que nutre la conciencia cotidiana de la soberanía.  


La Joven Cuba publica el presente texto de Ariel Dacal basado en trabajos anteriores sobre la necesidad de superar los extremismos y fomentar el diálogo.