Para muchas de las familias cubanas, este inicio del verano es cualquier cosa menos una fiesta. Para quien no tiene una Ecoflow que pueda hacer más llevaderos los apagones —la mayoría de los hogares— la llegada de estos meses no puede representar otra cosa que calor, mosquitos, y desvelos por la imposibilidad de tener encendido un ventilador que pueda aliviar las cada vez más calurosas noches tropicales.
Si se carga con la responsabilidad de mantener o sobrellevar un hogar sin privilegios, el día no es menos hostigante. El sol de junio, más que broncear, quema la piel de quien espera durante horas por un triciclo eléctrico que lo lleve al trabajo, o camina kilómetros buscando la mipyme que vende el pollo más barato.
En este fin de curso, los niños de familias trabajadoras, aunque hayan sacado buenas notas, no podrán ir de paseo más allá de los predios hasta donde sus pies les permitan caminar. No habrá playas, ni piscinas, ni viajes al campo. Muchos de quienes se han roto el lomo todo el año para mantener a su familia con el sudor de su trabajo tampoco podrán disfrutar de un ocio accesible; cines, teatros, salas de fiesta estatales permanecen cerrados en casi todos los lugares por la situación energética. El país está sobreviviendo a las agresiones de Trump y Marco Rubio, pero, según el presidente, «con la heroica resistencia del pueblo cubano defendemos la soberanía y apostamos al perfeccionamiento de la enorme obra de justicia social que ha erigido la construcción socialista en Cuba».
Sin embargo, esa «heroica resistencia» tiene formas muy diversas de expresarse en este verano. Algunos se desvelan por el calor del apagón y otros en una piscina de un hotel bailando al ritmo del reggaetón. Para ellos, el Inicio del Verano tiene un significado totalmente diferente.
El llamado «Inicio del Verano» se celebró entre el 29 y el 31 de mayo en el Hotel Resonance Musique de Varadero —aunque parte de la fiesta se extendió también al Meliá Internacional—. Según reportes de medios no estatales estuvo organizado por los proyectos Fiesta Havana y Rey Puma, con la plataforma mediática La Familia Cubana como su principal promotor. No hay información clara del precio de estas entradas; algunas publicidades que circularon en redes indicaban unos 170 USD la noche por dos personas, e igualmente estos reportes señalan que una mesa en la zona VIP costó entre 600 y 1.000 dólares.

El evento reunió a figuras del género urbano cubano como Yomil, Charly & Johayron, Ja Rulay, Wildey, Zurdo MC, El Micha, Hallel Génesis, Helabusador y Rey Tony, entre otros. El equipo de influencers de La Familia Cubana se encargó de documentar cada momento desde adentro: backstage, entrevistas, clips de los conciertos… donde todo el mundo se la estaba pasando «de maravilla», todo brilla, todo abunda y todo fluye…
Entre los asistentes más «ilustres» estuvo el polémico influencer y empresario Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, quien compartió en sus redes imágenes de almuerzos en la Casa Dupont, paseos en moto acuática, fiestas en playa, y un video enseñando el tan mítico, como cada vez menos creíble cartel de «Lo que se recauda aquí es para el pueblo». También aprovechó para comentar que los delfines que protegieron a Elián González en alta mar, ahora estaban trayendo gente desde Miami para el Inicio del Verano, y lanzó su nueva bebida energética: el «Vampirash».
Cualquiera que vea las imágenes sin contexto pudiera pensar que el evento se desarrollaba en Cancún o en Punta Cana, y no en un país «socialista» donde los apagones por lo general superan las 20 horas diarias, el agua escasea, los medicamentos brillan por su ausencia en las farmacias, y cuyo gobierno lleva meses pidiendo ayuda internacional para sostener las necesidades básicas de su población en medio del cerco petrolero impuesto por Estados Unidos.
Por supuesto, la polémica no se hizo esperar. Quien no conozca Cuba pudiera pensar que los que salieron indignados a atacar la opulencia en medio de la «resistencia» fueron los militantes comunistas, enarbolando aquella máxima de los manuales sobre la transición socialista: «a cada cual según su trabajo». Pero no. El periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, no se dio por enterado del suceso. Quienes salieron a indignarse fueron, por lo general, periodistas e influencers de la oposición, en su gran mayoría defensores declarados del capitalismo —en su variante más neoliberal—, ese modelo que asume la desigualdad, no como una distorsión, sino un mecanismo básico de su funcionamiento.
Curiosa paradoja, al parecer, la moral comunista cambió de bando. Y hoy son los apologistas del capital quienes se escandalizan ante sus consecuencias más crudas.
Cabe destacar que no siempre fue así. En la Cuba «socialista» de mi infancia (finales de los 90 y principios de los 2000), a pesar de los rezagos del llamado Período Especial, buena parte de las familias trabajadoras aún tenían mecanismos para vacacionar garantizados por el Estado. Los campismos populares —instalaciones modestas pero accesibles, distribuidas en zonas de playa y naturaleza a lo largo del país— permitían pasar unos días fuera de casa a precios módicos. Unido a esto, las organizaciones sindicales gestionaban villas de descanso que se asignaban a los «trabajadores destacados». Igualmente se reforzaba el transporte hacia las zonas de playa en verano, y se ponían puestos de comida económica para que el trabajador y sus hijos pudieran disfrutar la temporada sin que el dinero fuera el único árbitro.
Por supuesto, no era la igualdad perfecta —nunca lo fue—. Los mejores campismos populares casi siempre estaban «reservados» para personas con contactos, en la asignación de villas había favoritismos, y en las guaguas para la playa viajabas como sardina en lata. No obstante, había un piso que compensaba mediante transferencias sociales los salarios que no alcanzaban para hospedarse en un hotel. Un piso que reconocía que el verano, el descanso, el derecho a que tus hijos vean el mar, no podían ser privilegios exclusivos de quienes tuvieran dinero para pagarlos.
Hoy ese piso desapareció. En 2010, Raúl Castro anunció la eliminación de las llamadas «gratuidades innecesarias» como parte de la actualización del modelo económico, y en aquel momento a muchos nos pareció razonable, pues había subsidios que distorsionaban la economía y premiaban el despilfarro. Pero lo que no ocurrió fue la mejora de los ingresos de los trabajadores en el sector estatal, ni una red de protección social que absorbiera a quienes quedaban fuera del mercado que sustituiría estas gratuidades. Por el contrario, la economía se dolarizó más —impulsada por el propio Estado—, mientras los salarios se congelaron, y la inflación hizo el resto del trabajo.
Por tanto, quienes hoy se emplean en el sector estatal —que sigue absorbiendo a la mayoría de los trabajadores cubanos, con presencia dominante en áreas tan sensibles como la salud, la educación, la ciencia, y otros espacios productivos— han quedado en tierra de nadie, sin gratuidades, ni salarios justos. Y el resultado es que hoy ni un médico, ni un maestro, ni un científico, ni menos un obrero de una empresa pública, puede permitirse vacacionar sin ayuda de sus familiares en el exterior o sin un ingreso complementario en divisas.
Por lo que muestran los videos, el Inicio del Verano en Varadero, no se llenó de turistas extranjeros. La inmensa mayoría de los presentes eran cubanos, parte de la misma sociedad de la que salen miles de familias que hoy malviven en la crisis. Entonces es inevitable que nos venga a la mente la pregunta: ¿quiénes son los que pueden asistir a un evento así?
Acá es importante no caer en maniqueísmos típicos como «todos son hijos de políticos y dirigentes». En esas mesas VIP había cubanos de muy diversos perfiles. Están quienes llevan años fuera de la Isla y regresan con divisas ahorradas en el «capitalismo». Están los dueños de negocios privados que han logrado prosperar genuinamente —y vale hacer la distinción, no cualquier negocio, sino uno suficientemente rentable como para destinar cientos de dólares al ocio—. Están los «influencers» que cobran por promocionar esos negocios. Están también quienes supieron capitalizar activos que adquirieron por mecanismos de redistribución social y que durante décadas no tenían precio de mercado, como una casona en el Vedado que de repente se puede vender o alquilar. Y están, no hay que ignorarlo, quienes han acumulado a través del desvío de recursos y la corrupción.
Lo cierto es que, más allá de las razones por las que cada quien tiene dinero —algunas legítimas y otras no—, hoy varios cubanos pueden exhibir que están en condiciones de gastar cientos de dólares en hoteles mientras otros subsisten. Recuerdo que cuando era niño —antes de la ampliación del sector privado en 2016 y la aprobación de las empresas privadas en 2021—, todavía existía un cierto temor a mostrar que se vivía «por encima de las posibilidades». El sistema estaba pensado para que no acumularas, y si lo hacías, la sospecha de que estabas haciendo algo fuera de las normas era inminente. Incluso quienes vivían de las remesas mostraban cierta discreción ante lo que la mayoría no tenía.
Hoy el escenario es radicalmente distinto. La desigualdad y los privilegios de clase dejaron de ser algo que se oculta para convertirse en algo que se exhibe con orgullo. Cuando se ve a los hijos de los dirigentes en las redes dándose la gran vida ¿quién puede sentir vergüenza por vivir por encima del «pueblo trabajador»? Paradójicamente, la desigualdad solo se vuelve tema de conversación cuando un evento como el Inicio del Verano nos pone de frente esas contradicciones, pero por lo general el debate se queda en un tono moralizante que rara vez logra ir más allá y desmenuzar las causas y consecuencias de este problema.
La socióloga Mayra Espina Prieto, quien lleva décadas investigando pobreza y desigualdad en Cuba, lo explicó con precisión en la entrevista realizada por La Joven Cuba. Lo que está ocurriendo no es simplemente una reconcentración de riqueza, sino el resultado de un proceso que ella llama reestratificación social. Hasta los años 80 el proyecto revolucionario logró un proceso real de desestratificación —la pirámide social se aplanó, la distancia entre la base y la cima disminuyó—, pero ese avance nunca fue completo, y a partir de los 90 comenzó a revertirse. Como bien apunta, «con el agravante de que quienes avanzan hacia las nuevas posiciones que representan mejores oportunidades, casi siempre son grupos que históricamente ya estaban mejor».
Advirtiendo que son cifras que deben tomarse con cautela —pues resultan estimados a partir de datos espejo, ya que Cuba no publica cifras de pobreza por ingresos—, Espina estima que entre el 40 y el 45% de la población cubana no logra cubrir sus necesidades básicas con sus ingresos, mientras que un grupo reducido —la socióloga aproxima que no más del 11 o 13 por ciento de la población— se encuentra en una franja con ingresos muy superiores a la media, con capacidad real de resolver su vida cotidiana de forma cómoda y, en algunos casos, de exhibir los accesos ventajosos que le pueden proporcionar esos ingresos. Entre esos dos extremos, se encuentra una franja intermedia cada vez más inestable que puede caer hacia abajo con cualquier golpe, una enfermedad, la pérdida de un ingreso en divisas, la muerte de un familiar en el exterior…
Esta reestratificación tiene efectos que corroen el tejido social, pues desaparece la confianza en que el esfuerzo conduce a una vida digna, se naturaliza que unos pocos accedan a lo que la mayoría no puede, y se debilita el sentido de proyecto común.
En una sociedad que durante décadas construyó su legitimidad sobre la promesa de equidad, esa erosión tiene un peso político que trasciende la indignación cuando se ve una muestra de opulencia como el Inicio del Verano. Significa que cada vez más personas dejan de creer que el sistema en que viven tiene algo que ofrecerles. Y todo esto tiene un efecto claro sobre la manera en que las familias cubanas organizan su vida cotidiana en medio de la situación actual en la que la inflación, la paralización del transporte público, los apagones y la desaparición progresiva de las transferencias sociales han empujado a cada hogar a buscarse la vida por su cuenta: una Ecoflow para no depender de la red eléctrica; un triciclo para no depender de la guagua; un ingreso paralelo para no depender del salario estatal; compras en el sector privado porque la oferta en pesos cubanos estatal es prácticamente inexistente… son soluciones individuales a los problemas colectivos.
En esa trampa está quizás el efecto más silencioso de la crisis actual —que en ese sentido dista de la transcurrida en los años 90— las soluciones dejan de buscarse en el proyecto colectivo para convertirse en una responsabilidad personal.
Mientras tanto, en el discurso oficial se sigue hablando de resistencia, de justicia social, de soberanía popular, de socialismo, cuando en paralelo la vida cotidiana se organiza a partir de la lógica del sálvese quien pueda, alúmbrese como pueda, muévase como pueda, festeje como pueda. Cuando un sistema obliga a las personas a existir de ese modo, cada vez se hace más difícil convencerlas de que siguen formando parte de un proyecto colectivo. Y cabría preguntarse ¿por qué habría que hacerlo?
Al trabajador que hoy «resiste» el verano con 20 horas de apagón y hace una comida al día, ¿cómo le explicas que en ese mismo país hay quien puede festejar rodeado de lujos? ¿cómo lo convences de que tiene que seguir luchando para salvar el socialismo?
Por eso sería ingenuo escandalizarse porque muchos cubanos ya no sientan apego alguno por la palabra socialismo. ¿Desde qué experiencia concreta podrían sentirlo? ¿Desde un salario estatal que se va en un cartón de huevos y una bolsa de leche? ¿Desde un apagón interminable mientras el vecino se alumbra con el panel que le mandó la familia del «imperialismo»? ¿Desde ver cómo el descanso, el ocio, la movilidad, el acceso al bienestar, se convierten poco a poco en marcadores de clase? Lo que quieren, entonces, es que el capitalismo que ya tenemos de facto se administre y gestione mejor, para que ellos también puedan acceder al capital necesario para una vida digna.
Sin embargo, tampoco en nuestro menú político abundan las alternativas. La izquierda oficial sigue aferrada a una retórica que ya no consigue nombrar la experiencia real de la mayoría, invocando un horizonte igualitario mientras administra una sociedad cada vez más desigual, más fragmentada y más dependiente de soluciones privadas para problemas que antes se asumían como colectivos. Del otro lado, buena parte de la oposición —mayoritariamente ubicada en la derecha— denuncia con razón la hipocresía del discurso oficial, pero suele hacerlo desde una visión idealizada del capitalismo, esa donde «todo el mundo puede llegar» si se esfuerza lo suficiente. El problema es que rara vez se detienen a pensar qué pasa con quienes, a pesar del esfuerzo, no podrán, desde la lógica del mercado, garantizarse un piso mínimo de dignidad, como también ocurre en los países capitalistas subdesarrollados.
Lo que proponen, en la mayoría de los casos, no es un capitalismo con mecanismos de redistribución, con servicios públicos fuertes, con subsidios para personas vulnerables, ancianos o familias pobres, ni un modelo donde la empresa privada conviva con instituciones públicas para garantizar un piso mínimo para todos. Lo que proponen es, más bien, que el Estado se retire y que «San Mercado» regule la vida social. Y en esa sociedad imaginada desde el llamado «liberalismo clásico» ya no debería importar demasiado que algunos puedan festejar en Varadero mientras otros no tienen para comer, porque al final el que festeja sería visto como alguien que se lo ganó, y el que no llega, como alguien que no supo o no quiso llegar.
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A quien de manera genuina se indigna con el Inicio del Verano le digo que no es más que el síntoma del problema. Esos hoteles iluminados en medio de la oscuridad generalizada son la postal que refleja la principal contradicción del modelo cubano. Uno que ha hecho del socialismo y la justicia social su bandera, pero que hoy no puede hacer otra cosa que mal administrar un capitalismo deficiente.
Por eso escandalizarse en redes, o prohibir la próxima edición no resolverá nada. Tapar ese espectáculo apenas serviría para esconder las marcas de una sociedad que hace rato viene reorganizándose alrededor del privilegio, la desigualdad y la capacidad individual por encima del proyecto colectivo. Lo más grave es que esa reorganización ocurre sin asumir su nombre y sin ofrecer tampoco las mediaciones que en otros contextos capitalistas, gobiernos progresistas han implementado para amortiguar la caída de los de abajo o ayudarlos a llegar al medio.
La crisis cubana, tal como hoy como está, resultará insostenible durante mucho más tiempo. Tenga el desenlace que tenga, reconstruir el país, con este sistema o con el que venga, tendrá que ser una tarea colectiva de la cual la gente tiene que sentirse parte. Sin embargo, ninguna reconstrucción será posible sin asumir de frente las causas que nos trajeron hasta este punto, en medio de la asfixia externa y los errores internos que han terminado por vaciar de contenido buena parte de las promesas que durante décadas sostuvieron la legitimidad del proyecto nacional.
Afrontar esas contradicciones implica dejar de administrar sus síntomas, dejar de esconderlas detrás de consignas o de vender salidas milagrosas, y empezar a discutir con honestidad qué país existe realmente, qué mayorías están quedando fuera, pero, sobre todo, qué condiciones materiales, sociales y políticas habría que reconstruir para garantizarles una vida digna, y cómo hacerlo. Todo lo demás —el escándalo pasajero, la indignación selectiva y las promesas fáciles— sigue siendo una forma más de dar vueltas en el vacío.









