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No existe el socialismo pobre

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pobre

El término burguesía ha adquirido contenido peyorativo, desgraciadamente. Por eso es necesario delimitar lo que se considera burgués y su papel en la sociedad. Evitaremos el recuento de cuándo fue una clase revolucionaria, no viene al caso. Como la burguesía explota a la clase obrera, el término adquirió ese tono ofensivo, desde entonces la izquierda ha condenado el adjetivo y todo cuanto sea burgués. Serlo se convirtió en condición de negatividad, distorsionando el concepto.

Cuando se lee a los clásicos, todos los que calificaban de burgueses (o pequeño-burgueses) han sido condenados luego por las fuerzas progresistas. No niego antagonismos, pero debe mirarse con detenimiento y no con el dogmatismo que hace de todo lo burgués un enemigo per se. Hay que delimitar sus tipos. Como mismo Engels lo era, no todo lo burgués es malo, incluso por su papel en la estructura social.

No todo lo burgués es malo

Marx acusaba a Proudhon, no por querer ser un burgués sino porque su teoría era anti-progreso y no aportaba mucho a la liberación de los obreros. Este comportamiento infantil de Proudhon que señalara Marx, ha provocado una confusión que tal parece se refería a su estilo de vida y confort. Ese es otro error teórico de la izquierda: asumir que la comodidad de clase media es ser burgués.

Si tal condición es denigrante: ¿para ser bueno hay que pasar trabajo? Yo quedaría entre los “buenos”, pero no estoy de acuerdo con pensar así. Quienes contratan fuerza de trabajo, incluso de poca significación y peso en la economía, no escapan de esta palabra ofensiva.

No solo le han llamado así a los dueños de capital o con vida confortable, sino también a los pensadores que de una forma u otra tributaban a esos intereses. Así Adam Smith y David Ricardo, por ejemplo, se consideran burgueses en la tradición marxista, “enemigos de los obreros”. En realidad, estos señores no eran dueños de capital o contrataban fuerza de trabajo, sobre todo Smith. Este incluso condenaba la polarización de la riqueza en el capitalismo.

Error teórico de la izquierda: asumir que la comodidad de clase media es ser burgués

Con este panorama, la verdadera burguesía (poseedora de capital y que contrata fuerza de trabajo) ha sabido aprovechar el significado amplio que le han dado los obreros a esa palabra. Mientras sectores extremistas acusan de burgués a todo el que vive relativamente bien (ciertos intelectuales, dueños de negocios e incluso pequeños capitalistas), la maquinaria propagandística del capitalismo y la gran burguesía los acogen en su seno, perdiendo así la clase obrera un aliado.

Los grandes burgueses son los que controlan a la sociedad, pero Marx llamó burgueses a muchos, no por capitalistas sino porque no aportaban a la liberación de los obreros y su sistema de ideas no iba más allá del capitalismo. A pesar de poseer la misma distinción, existe una diferencia visible entre estos tipos de burguesía. Entonces la izquierda no debería considerar igual a todas las formas de burguesía, sobre todo, porque no han jugado el mismo papel en la construcción del capitalismo ni asumen la misma posición respecto a la construcción de una sociedad mejor.

El encendido del motor pequeño

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Los acontecimientos del Día de la Santa Ana de 1953 en Santiago de Cuba fueron un momento de continuidad y ruptura en el movimiento revolucionario cubano, continental y mundial como pocos. Aquellos disparos, que primero fueron confundidos con una trasnochada tanda de voladores, marcaron para la cultura política cubana el rescate de los proyectos de insurrección revolucionaria de la Joven Cuba que habían quedado pospuestos con la muerte de Guiteras en El Morrillo.

La entronización de la dictadura militar con el golpe de estado de Batista que puso fin a la crisis del autenticismo eran la demostración palpable de que la razón de las armas volvía a la orden del día en la historia cubana y, cuando se disipó la confusión inicial de que los guardias se estaban matando entre ellos, Fidel y sus guerreros aparecieron ante los ojos atónitos del pueblo como personajes saltados de las páginas de los libros de historia.

Esta representación social casi inmediata del 26 de julio fue posible porque para aquellas generaciones de cubanos la historia patria estaba viva y era un referente obligado en las aulas escolares y en las conversaciones cotidianas, mientras que sus protagonistas más recientes -los hombres de la Revolución del 30 y los ortodoxos- andaban por las calles y los subversivos e inconformes sabían comunicar sus diferentes puntos de vista sobre la realidad del país, de manera abierta y clandestina, en dialogo permanente con la población, aún a riesgo de sus propias vidas.

La grandeza de Fidel fue tanto en lo táctico, como en lo estratégico. En lo primero porque fue capaz de organizar un movimiento de liberación de carácter nacional en total clandestinaje, sin que los sabuesos de la tiranía tuvieran la más remota idea de la magnitud de lo que se preparaba. Téngase en cuenta que más de mil hombres estaban listos para sublevarse el 26 de julio en todas las provincias del país: organizados, entrenados y preparados psicológicamente tras meses de entrenamiento militar y adoctrinamiento político.

No obstante, a pesar de lo meticuloso del plan de operaciones, los acontecimientos del día se volvieron una catástrofe desde el primer momento en que aquella suspicaz guardia cosaca palanqueó sus fusiles, Fidel les lanzó el carro y el tiroteo se generalizó sin que los asaltantes pudieran franquear la entrada principal. A partir de la pérdida del factor sorpresa ya la suerte estaba echada. Las ráfagas de la calibre 50 de Coroneaux –quien caería años después como un héroe del Ejército Rebelde en el enfrentamiento a la ofensiva del ejército contra la Sierra Maestra- terminaron por impedir la ocupación de la fortaleza.

Pero el desastre pudo ser mucho mayor si en la vorágine de la retirada el valeroso jatiboniquense Ricardo Santana Martínez –entonces camagüeyano, ahora espirituano- no se percata de la falta del jefe y regresa en su carro para evacuarlo cuando Fidel se batía, prácticamente solo, ante el avance de los soldados eufóricos.

Lo históricamente trascendente del acontecimiento vendría después cuando las fuerzas políticas y los diferentes actores sociales pudieron aquilatar la magnitud de lo ocurrido y tuvieron que tomar partido ante la magnitud de la carnicería efectuada por los esbirros de Chaviano con los jóvenes prisioneros tras la orden del dictador de matar diez asaltantes por cada soldado muerto en combate.

Puestos ante el dilema de “Tiranía, o Revolución” muchos de los partidos tradicionales, se mostraron incapaces de aquilatar el momento histórico y condenaron el asalto como una vuelta a los métodos violentos de los años 30 y 40. Como si el zarpazo del diez de marzo no fuera razón suficiente para que tuviera que hablar, una vez más en la historia de Cuba, el camarada máuser. No obstante la pusilánime actitud de las camarillas, fueron numerosos los hombres y mujeres de filas de aquellos partidos que combatieron con las armas a la tiranía, unos incorporándose al naciente M-26-7, o al DR-13-3 y otros a organizaciones auténticas que también golpearon al régimen aunque con mucha menos fuerza.

Ante la gesta del 26 de julio, la dirección del PSP se mostró sorprendida y contrariada, tras ser apresados por exceso de celo de los esbirros casi todos sus dirigentes que se encontraban en Santiago celebrando el cumpleaños de Blas Roca y nada sabían del plan de Fidel. Su condena al asalto tuvo tanto de ceguera dogmática que lo tildaron de mero putch voluntarista de carácter pequeñoburgués. Cuando uno de sus líderes, César Vilar, exaltó el valor histórico de lo hecho por los moncadistas no dudaron en sancionarlo con la expulsión de las filas del partido. Solo en la época de la contraofensiva estratégica de 1958 fue que asumieron el papel protagónico del Ejército Rebelde y la figura de Fidel en la Revolución Cubana.

Sesenta y cinco años después, los sucesos del Moncada trascienden como el encendido del motor pequeño que echó a andar el motor grande de la Revolución Cubana. El mayor homenaje a Martí en el año de su centenario. Tras ellos, Fidel se convirtió en un líder nacional de la lucha anti-batistiana. Su derrota transitoria sirvió de muestra palpable de cómo la capacidad de resiliencia de un movimiento político de gente firme y decidida, orientado por un liderazgo inteligente y fiel, capaz de cumplir sus compromisos y de ganarse el apoyo mayoritario de un pueblo indomable, puede llegar a convertir el más triste revés en una brillante victoria  estratégica.

Una aspirina del tamaño del sol

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En uno de sus textos, el poeta y luchador revolucionario salvadoreño Roque Dalton definió el comunismo con una de las formulaciones más hermosas de las que se tiene noticia: dijo que este sería una aspirina del tamaño del sol. Hoy en día, aquí en Cuba, pareciera que ya nadie se acuerda del comunismo, a pesar de que se supone que estamos en un proceso de transición hacia esa forma de sociedad. Existe una especie de acuerdo tácito sobre no hablar del tema. Sin embargo, ya va siendo hora de que nos hagamos cargo de esa utopía, sobre todo porque se supone que la búsqueda de su realización es lo que constituye la esencia de nuestro modelo de sociedad.

Vale la pena volver a hablar del comunismo, sobre todo ahora que, a la altura del siglo XXI, después de tantas victorias, errores y caídas, podemos revisitar de un modo crítico la teoría heredada. Ya estamos en condiciones de disolver algunos mitos, e incluso de hacerle acotaciones a algunas de las tesis que nos dejaron los clásicos.

Existe una especie de acuerdo tácito sobre no hablar del comunismo

Lo primero que habría que precisar es que el comunismo nunca fue planteado por Marx como un paraíso metafísico o una Nueva Jerusalén. El comunismo siempre tuvo un significado muy concreto: una asociación de productores libres, que le daría una forma consciente y racional al conjunto de las relaciones sociales. Lejos de tratarse de una utopía abstracta, en las condiciones actuales del mundo la organización racional de la sociedad constituye una necesidad.

La destrucción del medio ambiente es una realidad. El desarrollo tecnológico descontrolado ha desembocado en fenómenos como la producción de alimentos transgénicos, la creación de armas nucleares y biológicas, la realidad virtual, el mejoramiento del cuerpo humano a través de la tecnología, etc. En el horizonte amenazan con hacerse realidad los sueños-pesadilla de la inteligencia artificial, la «trascendencia» de una mente humana a un soporte digital, la prolongación casi infinita de la vida. La falta de una gobernanza racional de las relaciones entre el hombre y la tecnología, a escala mundial, puede llevar al ser humano a una catástrofe antropológica.

Son pocos los que, desde el mundo académico, proponen el comunismo como una solución a los desafíos actuales. Se habla mucho sobre una revolución contemporánea del saber, sobre la teoría de la complejidad y las epistemologías de segundo orden. Pareciera que en la sociedad del conocimiento se van a resolver todos nuestros problemas. Sin embargo, no importa cuánto varíen nuestros paradigmas epistemológicos, si no se ataca el problema de reformar las relaciones sociales no se puede llegar muy lejos. Mientras la inmensa mayoría de los hombres tengan una relación enajenada con el Leviatán de la producción social, y mantengan esa falsa conciencia que encubre a los muy reales explotadores del trabajo ajeno, no podrá hablarse de una verdadera sociedad racional.

Algunas ideas sobre la construcción del comunismo no hacen más que confundir y entorpecer el camino

El comunismo hace posible la racionalidad de las relaciones humanas porque es, ante todo, el reino de la libertad. Se supone que en ese modo de producción la voluntad de todos los individuos se encuentre realizada en el devenir social, de modo que la democracia no sea solo política sino también económica. La democracia se entiende aquí, por supuesto, no como gobierno de la mayoría sino como gobierno del pueblo. Con la democratización de las formas económicas el comunismo hace posible la abolición de las clases sociales, así como la eliminación del Estado. Resulta evidente que el tránsito hacia ese modo de producción puede y debe ser un ideal perseguido por todos los seres humanos; sin embargo, a lo largo de los años se han acumulado representaciones sobre lo que significa la construcción de ese sistema, las cuales no hacen más que confundir y entorpecer el camino.

Es ingenuo creer, como desgraciadamente todavía muchos creen, que la quintaesencia del socialismo es expropiar a los burgueses. La destrucción de las bases del poder material de la burguesía puede ser una necesidad de la lucha de clases, pero no puede ser considerada el non plus ultra de la política socialista. Por otro lado, la imagen que muchos tienen del comunismo se encuentra deformada por una mala interpretación de la famosa frase «de cada cual según su trabajo, a cada cual según sus necesidades». Algunos han sacado de ahí la consecuencia de que la llegada al comunismo es un problema solo de la forma de distribución, lo cual no puede estar más alejado de la verdad, ya que para Marx la producción siempre es lo primero y la distribución se rige siempre por las relaciones de producción.

Lo fundamental en el modo de producción comunista es la creación de nuevas formas de organización de la producción, en las cuales la colaboración libre y fraterna entre productores sea más eficaz que el cálculo de las empresas capitalistas. Y que conste que se trata de eficacia y no de eficiencia, pues el objetivo no puede ser competir con la producción capitalista en su propio terreno. Ese fue el principal error que se cometió en el socialismo real.

Si hay algo en el pensamiento de Marx con lo que deberíamos establecer una distancia, es la tendencia a considerar el comunismo como hijo del crecimiento continuo de las fuerzas productivas. En lugar de poner el énfasis en la abundancia de objetos de consumo que nos espera al final, como si se tratara del tesoro al final del arcoíris, deberíamos recordar que lo esencial es eliminar la dominación y la explotación como componentes de las relaciones sociales de producción y, por tanto, como partes de la estructura misma de las fuerzas productivas. Es muy probable que, mirada con una óptica capitalista, una sociedad en transición al comunismo experimente un decrecimiento económico. Pero se trataría en todo caso de un decrecimiento racional. La transición solo es posible con una transformación total del sistema de necesidades. En esas circunstancias, desaparecerían toda una serie de necesidades que solo tienen sentido en el capitalismo, con lo que la sociedad, a pesar de la reducción en la cantidad neta de producción, sería más feliz.

El principal error que se cometió en el socialismo real fue competir con la producción capitalista en su propio terreno

El primer paso en la construcción del comunismo está en la creación de una nueva relación social de producción, basada en la colaboración y en la socialización de los medios de producción. Las relaciones capitalistas, todavía existentes al comienzo de la transición, deben ser suplantadas como relaciones dominantes, generadoras fundamentales tanto de poder como de sentido. Eventualmente, esas relaciones deben desaparecer. Las relaciones monetario-mercantiles, que no son un sinónimo de capitalismo, probablemente sobrevivan aún mucho tiempo más, hasta que se encuentre un sistema de distribución tan desarrollado que pueda prescindir del uso del dinero.

La sociedad cubana es, en la actualidad, una de las pocas que aun proclaman el comunismo como el ideal que luchan por construir. Sin embargo, todo parece indicar que no nos hemos detenido a pensar en qué entendemos bajo ese concepto. Esto es algo grave, porque poco a poco los ideales que deberían ser centrales se transforman en palabras vacías. Nos vamos olvidando de que las utopías son también necesarias. Cuba sola no va a alcanzar el comunismo, por supuesto, pero vale la pena soñar con esa aspirina. Vale la pena recordar cada día las utopías que le dan sentido a nuestro sufrimiento.

Lo realmente novedoso

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Foto: ACN/Abel Padrón

Luego del debate en el Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) sobre la nueva política de comunicación que se instituirá, me gustaría aportar algunos criterios. La situación de la prensa cubana es incoherente en muchos aspectos. La Constitución vigente norma la existencia del PCC como Partido único; sin embargo, dada la enorme cantidad de órganos oficiales de prensa que posee el mismo, pareciera que debe coexistir en un escenario interno de extrema hostilidad ideológica, lo que es desmentido por las declaraciones de nuestros dirigentes patentizando su confianza en el apoyo del pueblo a la Revolución.

Además del periódico Granma, existe un órgano oficial del Partido en cada provincia, para un total de quince, y prefiero ser cautelosa pues ignoro si en las provincias experimentales de Artemisa y Mayabeque también se establecieron. A todas luces es innecesaria esa abundancia de órganos que no difieren mucho entre sí, pero lo peor es que cada uno es financiado por el presupuesto del Estado, es decir por todos y cada uno de nosotros. ¿Es justo que un país con una situación económica tan compleja como Cuba deba derrochar en proporción semejante, a pesar de que los requerimientos al ahorro son constantes en el discurso político?

Se comenta que la nueva política de comunicación atenderá el tema de la financiación de los medios al buscar alternativas que generen ingresos por vía de la publicidad y el patrocinio, sin que ello signifique la retirada del presupuesto estatal. Me parece excelente que empecemos por casa a dar ejemplo de prudencia en los gastos, pero no debemos pensar que ello es una novedad, sino el rescate de un modo de hacer.

Al reivindicar como propia la raíz marxista del primer Partido Comunista, debemos recordar que su órgano oficial fue el diario Noticias de Hoy, cuya aparición data de mayo de 1938.[1] Este no incurrió en la puritana costumbre implementada por sus sucesores que consideraron una blasfemia mezclar ideología y publicidad. El viejo periódico comunista se subvencionaba por diversos medios: por suscripción popular en menor medida —mediante la venta de “certificados de ayuda”, por valor mínimo de cinco pesos—, y por publicar anuncios de productos y servicios, especialmente de empresarios y profesionales cubanos.

La búsqueda de financiamiento a través de publicidad y patrocinio no es novedosa.

Entre los productos que más se anunciaban mencionaremos Cerveza  Tropical, Cerveza Guinnes Cabeza de Perro, Cerveza Cristal, Maltinas Tivoli y Trimalta, Cigarros Trinidad y Hno., Tabacos “La Marca”, Camisas Perro, Ropa de hombres “El Zorro”, Amplificadores LA-UZ, Jarabe anticatarral Majín, Fenaspirina…

Por su parte, la gama de servicios que se divulgaba era muy amplia, algunos ejemplos son: Casa Ruiz: Compra y venta de muebles; Tiendas como “El Encanto” “La Internacional” y “Fin de siglo”; Salón de Barbería de Rogelio Suárez; Basilio Casanova: Sastre Modelista; Ópticas Iglesias y Royalt; Panadería y Dulcería La Guarina; Cooperativa de Ómnibus; Unión Latina: Cía de Seguros; Fotos Lorenz; Distribuidora Dalia: de las revistas Carteles, Bohemia, Vanidades y Cinema. Por si fuera poco, también anunciaban la Lotería Nacional.

Aunque al inicio no tenía medios técnicos propios, los ingresos obtenidos le permitieron al diario tener su propio taller de impresión, ubicado en Desagüe números 108 y 110, Apartado No. 2422, Dirección Telegráfica: Noti–Hoy, Habana.[2] Noticias de Hoy se dirigía a un público amplio, su  precio era de dos centavos y tenía dos ediciones diarias, una en la mañana y otra vespertina, con cierre a las 3 P.M. Comenzó con un total de diez páginas, y osciló entre ocho y doce hasta 1946, cuando permaneció con esta última cifra. El 10 de marzo de 1940 iniciaron la publicación de un suplemento cultural denominado Magazine de Hoy, con impresión policromática de gran calidad.

Noticias de Hoy era un medio próspero y sostenible, con publicidad incluida.

Todo esto nos permite afirmar —con una terminología al uso—, que Noticias de Hoy fue una publicación “próspera y sostenible”. Y lo fue sin dejar de defender su ideología y de enfrentarse y criticar los males de aquella época.

La ideología no está reñida con la publicidad, es más, si la empresa privada en el capitalismo no opuso reparo alguno en anunciarse en la prensa comunista, considero que la prensa comunista del socialismo no debe oponerse a que los cuentapropistas utilicen sus espacios. Esto debería instrumentarse tanto en el Granma como en los periódicos de todas las provincias. En todos los casos se podría mantener un apoyo del presupuesto estatal para los mensajes y campañas de bien público, pero la mayor parte de los egresos serían asumidos por las propias publicaciones.

Lo novedoso sería un marco legal que proteja a los periodistas y les permita acceso a toda la información que sea de interés público.

Esta ojeada al pasado permite constatar que lo novedoso en la política de comunicación no sería la admisión de la publicidad y el autofinanciamiento de la prensa. La real novedad tendrá que derivarse de la protección legal y laboral a los periodistas y profesionales de la comunicación que ejercen su trabajo. Debiera ser la existencia de normativas que les permitan acceder a la información sin pasar por tantos filtros oficiales que, a fin de cuentas, la obstaculizan. Se debe reconocer el anonimato de sus fuentes como es habitual en otros contextos, incluso en el nuestro que consiente el anónimo como fuente de investigación. Deben determinarse con claridad los asuntos objeto de censura, pero estos deben ser mínimos: la entrada a objetivos militares y el uso de documentos de seguridad nacional, entre los pocos que pudieran constituirse en barreras a una indagación periodística.

Todo lo anterior es una quimera sin que se recoja en un marco legal y sea refrendado en la nueva Constitución. Habrá que esperar en consecuencia a que sea concluido el proceso que generará la nueva Ley de leyes para saber en verdad si el término novedosa se pueda adjudicar a la política de comunicación que se debatió en el congreso de la UPEC.

[1]En 1953 desapareció, como resultado de la ilegalización del Partido Comunista y su consiguiente persecución, para reaparecer en 1959, así se mantuvo hasta 1965, cuando se funde con Revolución y Adelante para dar paso a Granma.

[2]Yinela Castillo y Lisset Hevia: Op. Cit.

Asamblea y Constitución

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Foto: Irene Pérez/ Cubadebate

Las sesiones de la Asamblea Nacional y el debate sobre la nueva Constitución captan la atención de muchos cubanos. Su transmisión en televisión permite que el pueblo vea a sus representantes planteando opiniones y desacuerdos. Claro que todavía falta transmitir por completo este ejercicio democrático y no algunas partes, el día que podamos ver en vivo todo lo que ocurre, habrá total transparencia. Pero este es un importante avance sobre el que La Joven Cuba lleva años insistiendo.

Mención especial hay que hacer a la propuesta de incorporar un concepto más amplio de matrimonio, que garantice derechos a la población LGBTI del país. Resulta inconcebible que una revolución esté a la saga de otros países en cuanto a garantizar derechos a sus ciudadanos. El artículo 68 que contiene esta propuesta, deberá ser defendido a lo largo de este proceso porque ya se observan fuerzas retrógradas que buscan privar de estos derechos a una parte de los cubanos. El solo hecho de que se someta a debate es un poco demasiado, los derechos son inalienables y no se llevan a votación. Mucho de lo que hoy son derechos aceptados, como el sufragio femenino o la protección de minorías, fueron impopulares en el momento de su aplicación.

La acumulación de riqueza es otro tema polémico que no está exento de prejuicios a todos los niveles en el país. Solo se habla de licitud al referirse a deportistas y artistas pero la riqueza generada por los trabajadores por cuenta propia se ve con desconfianza. La Guerra de Independencia en Cuba fue iniciada por hacendados y la victoria del 59 se logró gracias a no pocos cubanos acomodados comprometidos con su país. Suponer que la riqueza implica una necesaria desvinculación al proyecto socialista, es un simplismo ignorante de la historia nacional.

También debemos destacar la aparente ausencia en el anteproyecto de un tribunal que garantice el respeto a la Constitución. Cuando Fulgencio Batista dio su golpe de Estado, el joven Fidel Castro lo denunció ante este tribunal. Cuando los teatristas cubanos fueron reprimidos durante el Quinquenio Gris pudieron reclamar sus derechos ante los funcionarios culpables de tales excesos. Después de esto, el tribunal fue eliminado.

Si algo hemos aprendido en los últimos meses, es que la existencia de un gobierno revolucionario en el poder no es garantía automática de justicia sin un marco legal claro que proteja a los ciudadanos. Como este proyecto de Constitución tiene visos de ser superior a la anterior y Cuba se encuentra en un momento de cambios, mejor ponerse colorado una sola vez.

La ruta hacia la verdad

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(A propósito de una información publicada por el Periódico Granma sobre las cartas de la ciudadanía)

Es justo apreciar el ejercicio del deber de transparencia que hizo el periódico Granma en la edición del pasado viernes 13 de julio en relación a la explicación de la ruta que dentro de esa publicación sigue la correspondencia dirigida a su Dirección, al balance general que hace del funcionamiento en el primer semestre de éste año de la sección encargada de seleccionar, publicar y dirigir a los organismos competentes las misivas recibidas, así como de los criterios que establece a esos fines. Como sabemos, la transparencia es una de las reglas a la que debe atenerse estrictamente cualquier institución que funcione dentro de los marcos de la esfera pública, pero es también, esencialmente, uno de los valores superiores que entraña el Socialismo como idea y praxis emancipadora.

En cambio, que se hiciese pública hace apenas unos días la carta que una intachable comunista cubana dirigió como ciudadana a la actual Directora de ese medio con la finalidad de que fuese publicada, y que esa dirección – como la anterior –  desestimó como susceptible de serlo es, en sentido estricto, y como el otro lado de una misma moneda, un sencillo y limpio ejercicio ciudadano del derecho a la transparencia que el Socialismo reivindica y exige como parte del patrimonio de justicia e igualdad que hace suyo e intenta construir en Cuba con el sacrificio anónimo y sereno de ya cuatro generaciones, también, y en esa misma consecuencia y fines, de la libertad de palabra y prensa que concede la Constitución patria a todos los ciudadanos.

Ahora que gracias a la amplia información que ofrece Granma todos sabemos cuáles son los criterios de selección públicos que guían a su dirección periodística para incluir o desestimar la publicación de las cartas de los ciudadanos que a ellos se dirigen, y la manera en que asume su responsabilidad en la racionalidad y alcances de las respuestas que ofrece a sus lectores, resulta aún más incomprensible que la misiva de una madre indignada y dolida ante la impunidad de quienes se creen intocables y se escudan detrás de altos cargos y la complicidad del silencio más denso fuese descartada para su publicación.

Una denuncia – porque ese es el contenido implícito en la carta que no fue publicada por Granma – de la flagrante violación de la letra, el espíritu y de derechos que la Constitución cubana proclama y garantiza para todos, de nuestras leyes y del funcionamiento de nuestra institucionalidad, es preciso decirlo claramente, no es en modo alguno un asunto muy específico y personal, como respondiera el Departamento de Atención al Lector de esa publicación en un depurado estilo burocrático e inaccesible al civismo. Todo lo contrario. Nos atañe a todos.

Esto es y debería ser, por necesidad y urgencia cívica de nuestros tiempos, por cuestión de principios de una Revolución cuyos cimientos se fraguaron con la sangre de los más nobles y desprendidos de sus hijos, porque en ello le va su sobrevida, o por intrínseca decencia humana, algo de cardinal interés general para nuestra sociedad y Estado, y no cabe errar, porque se juega que el dicto martiano y guevariano de sentir la injusticia cometida sobre otro como una bofetada en el propio rostro deje de dimensionar entre nosotros el propósito de la conquista de la justicia toda que nos fue legado no como una profecía estéril y desarmada, acomodaticia y circunstancial, bonita, sino como una condición imprescindible y cotidiana para la garantía de la continuidad de la ética que sustenta la dignidad plena del hombre y la mujer cubana.

¿Cómo no darnos cuenta que el trabajo de Fidel Castro – reproducido por Granma en la propia edición del viernes a la que ahora hacemos referencia –  en el que el joven revolucionario denunciaba desde las páginas de Bohemia el asalto y destrucción del estudio del escultor Fidalgo, faltando apenas seis meses para el 26 de julio de 1953, fue escrito precisamente porque no era, ni podía ser para él, o para el fotógrafo – el  mártir –  Fernando Chenard Piña que le colaboró en la denuncia pública del atropello y la alerta del probable asesinato del artista, o para otros tantos que muy pronto dejarían sobrada constancia de su consecuencia y valor cívico, tan solo un caso muy específico y personal?

Nadie escribe en Cuba, se puede decir con absoluta seguridad, a los medios de prensa institucionalizados por nuestro ordenamiento jurídico – tampoco a los órganos del Estado cubano –  en busca de notoriedad, para mentir, para pedir una prebenda, o para lacerar con malicia y encono la obra humana e imperfecta que es nuestro proyecto. A todos ellos – mucho más al Granma por ser el órgano oficial de los comunistas cubanos –  le escriben los ciudadanos, como sabe hasta el cubano o la cubana más humilde, cuando sienten que se le han agotado todas las vías institucionales, legales, o políticas para solucionar su drama, cuando se ha sido vapuleado por la apatía, la anomia y la mala administración, o la malevolencia de unos pocos, y a pesar de todo ello no les desfallece y falta la vocación y la necesidad de justicia.

Lo sabrán mejor que nadie nuestros periodistas, formados en nuestras universidades en el culto de servicio al otro, al bien común y la honestidad profesional, pero sobre todo los que a ellos se dirigen, los que en ellos siguen confiando. Se les escribe exigiendo justicia, no se les ruega. Y no hay ingenuidad en pensar así, o en obrar así. Pero no es ese un prestigio, una responsabilidad y una coherencia que se pueda aplazar por mucho tiempo sin pagar, por lo menos en nuestro caso, costos muy altos en la reproducción de los valores y las prácticas que hacen al Socialismo posible. Es preciso asumirlo, en Cuba, el drama del otro, su lucha por la justicia por singular y extraordinaria que sea es aún un drama colectivo, y precisamente por eso, porque intentamos continuar siendo en esa palabra hermosa que es el nosotros, más que uno y otro, más que uno por encima del otro.

Sería realmente torpe creer que esa exigencia de justicia, solitaria y áspera, la mayor de las veces amarga y desesperante, ingrata, que se hace a nuestros medios de prensa por problemas de nuestra cotidianidad, o por lo que pueda parecer imposible que ocurra, no es realmente lo que es. Hija del proceso extraordinario que es siempre una Revolución, y de la cultura y la ética de rebeldía que ella acuna, de su sensibilidad, es en realidad una auténtica y contemporánea defensa del Socialismo en nuestras tierras, y por filiación y andadura, una significación de lo que debe ser su democracia y su Derecho, es también una lucha por el débil contra el fuerte, por el bien contra el mal, por la igualdad de todos contra los fueros y privilegios a que unos pocos aspiran. Es también la crítica útil que emerge vivenciada de la profundidad de las historias de vidas de sus protagonistas y que necesitamos para corregir con premura los errores y carencias, para impedir las arbitrariedades posibles y reales que tenemos, porque esas historias son sin duda el relato de nuestros fracasos, el espejo que nos devuelve la imagen de lo que decididamente no queremos ser, de lo que no nos podemos permitir como sociedad.

A finales de la década de los 90 en una provincia del centro del país un alto oficial del MININT arrolló y ocasionó la muerte en un accidente de tránsito a un padre y su hijo que iban en una bicicleta cargando un cake al hogar para homenajear a la madre y a la esposa.  Fue sancionado severamente por un tribunal, y poco después la mujer que sobrevivió sin consuelo a la muerte de su esposo y su hijo, pudo comprobar que aquel hombre, seguía en libertad en un discreto y apartado puesto de trabajo en la propia provincia. Se entrevistó entonces con todo el que pudo, escribió a Fidel. Su carta fue encausada a los órganos competentes de la jurisdicción militar. Las comisiones fueron, entrevistaron, nada cambió.

La mujer, que sería hasta tratada después por algunos funcionarios como contrarrevolucionaria sensibilizó en cambio a muchos en su lucha por la justicia; en su rabia, escribió otra vez a Fidel, amargada, creo recordar con exactitud, le apuntó que le daba ya asco ver un uniforme militar más. Viendo el video en el que Raúl Castro indignado y colérico analizó los hechos con todos los involucrados en ese acto de encubrimiento de la verdad, y que fue tomado porque él estimó era la única forma de que aquella mujer creyera finalmente que la impunidad había cesado, escuchando sus justificaciones, me pregunté en aquel entonces cuáles mecanismos mentales habían logrado que entre tantas personas nadie se hubiese puesto en el lugar de la esposa y madre, en el lugar del otro, en el lugar de la decencia. Así es de banal el mal, la cobardía, y la deshonestidad cuando se le expone.

Pero los hechos son los hechos y no pueden ser disimulados. La carta que la dirección periodística del Granma no quiso publicar a pesar de constarle ya el fracaso de la mediación institucional que asume sin ser esa publicación una oficina de atención a la población, a pesar de constarle por su contenido la pedregosa ruta de desidia e ilegalidad y de silencio seguida hasta su redacción, fue finalmente publicada por quienes en diferencia hoy osan ciudadanamente, como aquel que denunciara hace ya mucho el atropello sobre el escultor Fidalgo.

En tiempos de reforma de la Constitución cubana, en tiempos de esperanza para el Socialismo en Cuba, es éste un recordatorio demasiado elocuente de que siempre algunos se sintieron por encima de la Ley, también de lo que toca hacer para no justificar lo injustificable. El hecho de que un miembro del Consejo de Estado y un integrante del Consejo de Ministros sean los presuntos delincuentes denunciados ante la Fiscalía de la República por un ciudadano no debería paralizar a nuestras instituciones.

Ya es público, no hubo que esperar política comunicativa, ni permiso. Hago mío lo escrito por un joven abogado en 1953: ¨(…) hemos sido prudentes hasta ahora en ese punto, es demasiado serio para perder el tiempo. No queremos prejuzgar, pero ya los índices están acusando…El Gobierno tiene ahora la palabra¨.

La voz de la nación es de todos

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voz

Conocí a los editores del blog La Joven Cuba (LJC) mientras trabajaba en la Universidad de Matanzas. Desde el principio valoré altamente su perseverancia para mantenerse a costa de prohibiciones y desconfianza, ataques y etiquetas que ya se tornan cíclicos. A Harold Cárdenas en particular me une una entrañable amistad, de las que resisten al tiempo, la distancia y todo tipo de pruebas.

Me mantuve sin embargo como una lectora no muy sistemática del blog y rechacé con amabilidad sus solicitudes iniciales de colaboración. Reconozco sinceramente que me parecía un poco presuntuoso el convencimiento de aquellos muchachos en que el mundo de los medios digitales era la vía para proponer una transformación de la sociedad y la política cubanas que la prensa nacional no personificaba. Discrepé con Harold muchas veces y le advertía, casi sermoneando, que los medios que la gente consume masivamente son los que debían encabezar las transformaciones, que todos no pueden navegar por internet y que el tradicional periódico o los noticiarios televisivos tendrían que asumir una postura más crítica y activa, exigida incluso por la dirección del gobierno.

Casi nueve años han pasado. Yo también cumplí cada uno de ellos y he dejado atrás mi actitud de antaño. Actualmente estoy convencida de que por diversas vías se incrementa el número de cubanos que accede a internet: en sus lugares de trabajo, pagando las elevadas tarifas de conexión, mediante los paquetes semanales, viajando a otros países, o simplemente con la solidaria costumbre de reenviar a través de cuentas y redes de amigos los artículos y noticias que consideran significativos. Igualmente he renunciado a la esperanza de un cambio inmediato en nuestros medios de prensa, que parecen vivir en un aislamiento casi absoluto respecto a la realidad. Segura de que la patria necesita de las ideas de todos para encontrar su camino, constaté también que saludables costumbres como la polémica, la contrastación de ideas y el debate de opiniones, desconocidos en la sociedad y en los medios nacionales, son normales en la blogosfera.

No necesitaba más para decir “sí, acepto”, la próxima ocasión en que mi joven amigo me pidió un trabajo para su blog. Ahora me identifico con orgullo como una colaboradora habitual de LJC. Cada semana hago un ejercicio de catarsis cívica, y sin pretender imponer mis criterios a nadie —eso no funciona así en la red de redes—, pago a mi conciencia una cuota de responsabilidad.

Antonio Gramsci, un marxista italiano que durante años fue invisibilizado en Cuba por la manualística soviética, recomendaba: “es mejor elaborar la propia concepción del mundo de manera consciente y crítica y, por lo mismo, en vinculación con semejante trabajo intelec­tual, escoger la propia esfera de actividad, participar acti­vamente en la elaboración de la historia del mundo, ser el guía de sí mismo y no aceptar del exterior, pasiva y supinamente, la huella que se imprime sobre la propia personalidad”.[1] Eso he tratado de hacer desde que descubrí que es el único modo de destruir la cárcel en que podemos llegar a encerrar al pensamiento, mis escritos para LJC son parte del proceso.

Que Harold estudie en la Universidad de Columbia no es ningún problema para mí. No debe ser un pecado instruirse en universidades capitalistas cuando los gobiernos socialistas de China y Vietnam envían a calificarse allí a muchos jóvenes, y cuando funcionarios de nuestro país permiten en ellas a sus hijos. Y no me inquieta pues en EE.UU. las universidades no tienen que concordar en todo con el gobierno.

Tanto es así, que durante la etapa inicial de expansión del imperialismo norteamericano en las primeras décadas del pasado siglo, desde la Cátedra de Antropología de la Universidad de Columbia que desempeñó por más de cuarenta años, Franz Boas, padre del Particularismo Histórico, desafiaba al etnocentrismo y al racismo, daba la espalda al imperialismo cultural y defendía la tesis de que todas las culturas eran iguales en valor. Con su apoyo y el de su universidad fueron abiertas facultades de Antropología en casi todos los países latinoamericanos. Si la influencia de los gobiernos sobre las universidades fuera determinante es muy probable que Noam Chomsky hubiera sido despedido del Instituto Tecnológico de Massachusetts.

La evidencia más palpable de una crisis teórica es la incapacidad para dialogar con opiniones diferentes, ni siquiera el escolasticismo fue tan lejos. Por ello es muy común que desde el poder se intente desacreditar a las personas que no aceptan, pasiva y supinamente, un solo punto de vista. Es muy fácil desviar la atención afirmando que en Cuba la centralidad de la batalla es entre la lógica del capital y la lógica socialista, cuando se supone que esa contienda debería estar ganada después de más de medio siglo, y si no lo está muchas generaciones nos hemos sacrificado en vano.

La esencia de la batalla, y lo que más molesta, es que muchos representantes de la intelectualidad estamos convencidos del abismo existente entre una ideología política que se declara marxista y la inexistencia de un método dialéctico materialista en el análisis y solución de los problemas. La crisis radica en el divorcio entre la teoría y la práctica, entre el discurso y la realidad. Sí, la testaruda realidad pasa la cuenta a los que confiaron en que un cambio de personas sin cambiar los métodos, las estructuras y las leyes podía encauzarnos por un camino de transformaciones verdaderas, no es mi caso, sí el de Harold.

Una de las críticas que se han hecho a las Ciencias Sociales en los países del socialismo real, fue el anquilosamiento y empobrecimiento teórico que sufrieron por la imposibilidad de contrastar con un pensamiento, no ya de derecha o divergente, sino apenas crítico, en su propio terreno. El carecer internamente de una contrapartida nativa que favoreciera la polémica y que nutriera al propio pensamiento de izquierda con espacios en que pudiera desarrollar una cultura del debate en su enfrentamiento teórico y de principios, el encerrarse en nichos asépticos e intentar adaptar la realidad a un discurso preconcebido en lugar de partir de la realidad para comprenderla y lograr, entonces, transformarla, significó un costoso saldo. Aprendamos de aquellos fracasos.

No podemos dejar a los periodistas la tarea titánica de salvar la nación, ella es patrimonio común de todos los cubanos. No queremos que nuestras agencias de noticias sean entregadas a los brazos del mercado y sus periodistas a la calle. Necesitamos con urgencia que las agencias de noticias reflejen los verdaderos problemas y necesidades de la sociedad cubana y que los periodistas sean protegidos por las leyes de la nación para que puedan cumplir sus funciones.

Es cierto que nunca fue tan retador y desafiante el panorama mediático, pero más cierto es que ese panorama no va a cambiar. Las reglas del juego son diferentes a las de décadas anteriores, y los cubanos ya descubrieron, antes de que lo hiciera el congreso de la UPEC, que el acceso a la información, la comunicación y el conocimiento es un derecho ciudadano, y como bien público va a ser defendido, porque la voz de la nación es de todos.

[1]Antonio Gramsci: “Todos somos filósofos”, en Cuadernos de la cárcel.

Ser o no ser

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ser

Hay río revuelto por estos días y muchos han salido a pescar. El discurso de Miguel Díaz Canel, específicamente la cita al artículo de Lagarde ha calentado las redes sociales. Desde mucho antes de ser presidente Díaz Canel era blanco de una campaña de desprestigio a través de videos filtrados, personas que criticaban su gestión como secretario del Partido entre otras cosas. La cita que hizo en el discurso lejos de molestar, le supo a gloria a algunas personas.

Las revoluciones no se hacen con los que no lo son. No lo digo yo, lo dijo Martí, y con esto aclaro que estoy plenamente de acuerdo con el criticado “se es o no se es” expresado por Díaz Canel en el discurso. El problema no es ese sino el grupo de personas que se han tomado -o se la dieron- la tarea de decidir quién es y quién no.

No olviden que uno de esos entusiastas afirmó que en LJC la palabra Revolución estaba prohibida y ese comentario fue respaldado por los mismos de siempre.

Uno de los comentaristas en LJC escribía: “Le llegó la hora. Tatu, lo pusieron a escoger de qué lado esta lo cual no es muy difícil saberlo ya que por el blog de Iroel les pusieron nombre a algunos de los nuevos revolucionarios e incluye profesores de la Universidad. Te sumas o te vas de la Universidad ya que es solo para revolucionarios.”

Reproduzco el comentario porque desde ayer veo a personas mostrando su descontento por las palabras citadas por Díaz Canel. Algunos mostraron su desacuerdo con no tener la posibilidad o el derecho de opinar o criticar, pero yo no me siento en lo más mínimo aludido.

¿Es cierto o no que el gobierno de los Estados Unidos y algunos europeos dedican dinero a subvertir el orden interno en Cuba?   Para saber eso no hay que esperar que lo diga WikiLeaks porque es récord público, es más ni siquiera se preocupan por ocultarlo.

¿Es cierto o no que algunas personas escriben para esos medios, cobrando por escribir? También es cierto. Cada cuál lo justificará a su manera, pero es una verdad innegable. Respeto la opinión de todos, pero no se puede hacer revolución, desde un medio que tiene como objetivo destruirla.

Las palabras de Diaz Canel no iban dirigidas a aquellos que piensan diferente y lo dicen públicamente sino contra los que forman parte de esos medios dedicados exclusivamente a manipular la realidad cubana. Ya dije antes que no soy cool, digo las cosas como las pienso y no para que sean políticamente correctas.

En política los errores siempre cuestan y cuestan caro. Si hay pruebas pues a mostrarlas, con nombres y apellidos, pero cuando se generaliza entonces solo se crean las condiciones para que de manera muy hábil los que nada bueno quieren para Cuba, traten de aprovecharse para sembrar la duda. En este caso contra Díaz Canel.

Finalmente. Mucho se ha debatido si el texto de Lagarde aludía o no a Harold Cárdenas. Quizás yo no sea la persona ideal para opinar porque he dicho antes que Harold primero fue mi alumno, luego con el tiempo se convirtió en mi amigo y ahora lo considero un hermano, pero me atrevería a asegurar de que sí Harold fuera un cuarto de lo que dicen que es, ya hace rato -para satisfacción de muchos en Cuba- se hubiese pasado a la contrarrevolución.

Bastante lo han intentado con bajezas de todo tipo, incluyendo cosas que él por discreción no ha querido hacer público pero que han afectado a sus seres queridos. Yo no me preocuparía por Harold que dice lo que piensa y lo dice de frente sino por los que no tienen el valor de escribir con sus nombres y utilizan seudónimos para supuestamente defender la revolución. Flaco favor que le hacen.