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Los hijos bastardos de la Revolución

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Foto: Claudio Peláez Sordo

La heterodoxia es la posición más incómoda y digna que puede asumir un revolucionario en Cuba, aunque lo consideren bastardo por ello. Desde que Julio Antonio Mella fuera expulsado del partido comunista que fundó, han sido incontables los que han conocido el fuego amigo, la intolerancia de los suyos, parametración y etiquetas. Empujados al borde del abismo, no pocos han saltado a los brazos de la derecha, dando la razón a sus acusadores. Otros han dado lecciones éticas a sus verdugos, pero toma décadas quitarse un cartelito que cualquier funcionario puede atribuir a la ligera y por cualquier motivo.

Son muchos los hijos de la Revolución cubana que han sido rechazados por lo que se consideraba la vanguardia en su momento, de hecho, los grandes héroes del pasado siglo en algún momento fueron excomulgados por el movimiento comunista o el Partido. Estar hoy en esa posición es casi una tradición.

El presidente acuñó el pasado domingo la nueva frase que delimitará la condición de revolucionario en el país: “se es o no se es”. Quizás nuestra experiencia con frases ambiguas no es suficiente, quizás no hemos aprendido lo que hacen funcionarios entusiasmados con ganas de acumular méritos, cuando le sugieren que tienen aprobación gubernamental para cualquier exceso.

La alusión a Shakespeare no podía estar más equivocada, en su soliloquio del tercer acto Hamlet se refiere a la duda entre suicidarse o vivir, mientras ahora se utiliza para hablar de definiciones políticas. Me gustaría saber quién está ejerciendo esa influencia en el presidente, pasando imprecisiones y una visión deformada de los asuntos, pero ni siquiera sabemos quiénes componen el equipo de nuestros funcionarios públicos.

El socialismo en Cuba siempre ha tenido dos caminos: uno de excesos y dogmas, otro de herejía y liberación. El presidente llega al cargo heredando estructuras ideológicas deformadas en un país que vive a la defensiva desde hace medio siglo. Más aún, llega a la presidencia en un contexto de depuración y purga de la esfera pública nacional, encabezada por un sector fundamentalista afincado en estructuras de poder.

No poco de lo que se decide en ideología, está permeado por relaciones personales entre funcionarios y aspirantes a cargos políticos, que compartiendo eventos nacionales y tertulias en casa tienen la capacidad de hacer lobby e influir en la toma de decisiones. Ninguno de los que por juventud o fatalismo geográfico estamos lejos de esos círculos, podemos competir con esa influencia diaria en el presidente.

La Revolución cubana no es la única que ha generado el rechazo a los suyos, esto es casi una regularidad histórica en modelos comunistas. Empezando por la URSS, donde Trotsky se exilió, pero continuó escribiendo. Como su sola existencia era peligrosa para la corriente estalinista que aspiraba a implantar un camino y modelo de revolucionario único, fue asesinado. Vale destacar que fueron varios intentos de atentado en su contra, desde Siqueiros hasta Mercader, los asesinos encontraron santuario siempre en Cuba, protegidos por representantes de una línea dura dentro del movimiento comunista cubano que hoy intenta sobrevivir.

Si hubiera que enumerar la herejía dentro del movimiento comunista cubano habría que empezar por la expulsión de Julio Antonio Mella. El sectarismo era tanto que llegaron a escribir al Partido Comunista mexicano afirmando que el recién llegado a sus tierras era “(…) un perfecto y descarado saboteador de los ideales comunistas, a quien le tenéis que negar toda relación (…) un líder extraviado que no descansa en sabotear, por infinitos medios, nuestra heroica labor (…)”.

De más está decir que los aztecas no les hicieron caso pero el lenguaje de la misiva no puede parecerse más a los bodrios descalificadores con los que hoy se acusa a los desobedientes en Cuba y se les meten en el mismo saco ya sean contrarrevolucionarios, revolucionarios u otros que hasta hace poco sentían que podían tener un espacio dentro del proyecto político cubano.

Al triunfo de la Revolución, el desenlace de la discusión entre Alfredo Guevara y Blas Roca, fue una victoria contra el dogma en las filas comunistas. Esos años no estuvieron exentos de errores, pero todavía se aspiraba a la construcción de un socialismo cubano, Fidel mantenía a raya lo más fanático del Partido Socialista Popular y el Che se lanzaba contra el Realismo Socialista. Los jóvenes profesores del Departamento de Filosofía comenzaron a dar clases en las Escuelas de Instrucción Revolucionaria, bajo la asesoría de un hispano-soviético al que pronto dejaron atrás.

La búsqueda de un nacionalismo marxista, ajeno a manuales y dogmas soviéticos, coincide con el conflicto entre Fidel y los soviéticos después de la Crisis de Octubre. El hecho de que Fidel hubiera sido proscrito también en su momento por el Partido Comunista debió darle perspectiva, desde entonces se aseguraría de rodearse no solo de cuadros políticos sino de herejes, algo que el presidente actual pudiera aprender.

Cuando comienza en 1971 la importación del modelo soviético después del fracaso azucarero, la ortodoxia inicia su pase de cuentas, adiós revolución autóctona. El cierre de Pensamiento Crítico y la demolición del Departamento de Filosofía fueron un mensaje claro para nuestros abuelos. Afortunadamente, José Miguel Miyar Barruecos (Chomi) en su condición de rector de la Universidad de la Habana, tuvo la lucidez de darle espacio a los proscritos en su centro.

El hecho de que hoy eso sea imposible, incluso si tuviéramos un Chomi, habla de cuánto espacio ideológico se ha perdido en las instituciones. En los 80 otros factores como la Glasnost y la Perestroika trajeron nuevos problemas, luego hubo crisis con pintores y plásticos, no pocos terminaron en la emigración.

En 1996 hubo otra purga con el cierre del Centro de Estudios de América. El CEA era demasiado lúcido y hereje en un momento en que la expectativa del IV Congreso del Partido ya menguaba y ser políticamente incorrecto dejaba de parecerle sexy a las autoridades. No pudieron hacerles mucho más porque su constelación de intelectuales consagrados tenía formas de sobrevivir, pero acusados de quinta columna del imperialismo y estar al servicio de la CIA, estaban varios de nuestros mayores pensadores actuales.

Hoy existen contradicciones entre jóvenes cineastas y las instituciones, la lucha por una ley de cine que no llega y la ausencia de una figura como Fidel que tenga la autoridad y voluntad de darles la cara y buscar una solución en conjunto. La noción actual de que toda discrepancia se debe al coqueteo o influencia del enemigo, no es más que un facilismo para rehuir el debate. Da vergüenza mirar atrás y ver cómo en años de invasiones y crisis nucleares, había mayor capacidad de diálogo interno.

Los sectores más conservadores del aparato ideológico nunca fueron citados por Raúl. Desde que el presidente actual asumió su cargo estos buscaban ese respaldo para utilizar su capital simbólico, ya lo consiguieron. Que Díaz Canel confíe en los funcionarios y estructuras que tiene a su alrededor era de esperar, de hecho, sus recientes palabras seguro tranquilizan a la línea dura que temía fuera demasiado aventurado.

Lamentablemente sus palabras hoy significan luz verde para nuevas purgas y repetir viejos errores. Reducir el espectro político cubano a una dicotomía de “ser o no ser”, que usa como modelo positivo a lo más ortodoxo en las filas gubernamentales, no solo es un cambio radical de la línea fidelista que daba espacio dentro de la Revolución a todo el que no fuera militante contrarrevolucionario, es un grave error teórico y político. Así surgen los hijos bastardos de la Revolución.

El texto que cita el presidente, mezcla fenómenos reales con cruzadas y rencillas personales mal disimuladas. Según Lagarde, los asalariados del pensamiento oficial cubano no existen, la alusión le es tan incómoda que actúa como si el Che no se hubiera referido a nuestra burocracia e intenta desviar la atención hacia otras fronteras. Acostumbrado a las asignaciones verticales, habla de “aceptar” una beca de estudios como si fuera un regalo del jefe, no tiene idea de cuántos jóvenes cubanos estudian fuera ni los sacrificios que implica una beca condicionada a la excelencia académica.

Habla de unión, pero convoca a purgas y depuraciones. Omite el apoyo y vinculación a movimientos internacionales de izquierda porque necesita sugerir doble moral en su acusación. Su exposición totalitaria necesita aniquilar a quien difiera, no sabe que Cuba lo necesita tanto a él como a los nuevos revolucionarios que quiere denunciar, que sin uno solo de ellos le faltaría un pedazo.

Los fundamentalistas de la ideología criolla son expertos en dañar, marginar, excluir y etiquetar a otros sugiriendo subordinación a Estados Unidos. Hacer daño no solo a uno sino también a tu familia, tus amigos, para dejarte solo. Todo en nombre de la Revolución. La apuesta de la ortodoxia cubana es convertirlo a uno en lo que no es, radicalizar a través de la marginación para demostrar que tenían razón en su acusación. Hoy disfrutan del acceso y las primicias que dan el respaldo institucional.

Quieren una esfera pública con disciplina de trinchera y no de parlamento. Cuando no pueden imponer su posición, apelan a legitimarla a través del presidente o los medios masivos a que tienen acceso. Quieren una blogosfera vertical a imagen y semejanza de La Pupila Insomne, con control y hegemonía de las fuerzas de izquierda. Coqueteando con el poder político para garantizar su influencia.

Martí habló de una República con todos y para el bien de todos, principio que se mantiene en el anteproyecto de la nueva Constitución. En una reunión en el Comité Central, alguien escuchó al presidente sugerir que entre todos debemos hacer lo que Fidel hacía solo. La Joven Cuba quiere incluirse en ese “todos” pero hoy se nos acusa precisamente por ser cada uno nuestro propio Comandante en Jefe.

En los últimos meses Miguel Díaz-Canel Bermúdez ha estado en las calles, enfrentando la corrupción, promoviendo transparencia en la gestión de los funcionarios públicos y ahora anuncia que se hará una cuenta de Twitter. Su discurso de clausura es en un congreso donde los periodistas votan presidente de la UPEC al hombre que desde hace años en La Joven Cuba estamos proponiendo sea promovido a más.

Que el presidente se haga eco del fundamentalismo cubano porque crea o le hagan creer que eso logrará unir algo en Cuba, puedo vivir con eso. Leyendo su referencia al texto de Lagarde, recuerdo a un joven Abel Prieto corrigiendo a Fidel: “usted no sabe el peso, que tienen sus chistes”. Como no sea una broma, tengo suficiente perspectiva y convicción para seguir apoyando al dirigente que conocí de niño en Santa Clara. Si me lo siguen haciendo más difícil: tengo 32 años, soy la tercera generación de revolucionarios en mi familia y el sentido político de mi vida es demostrar que el socialismo cubano no tiene que ser ortodoxo. Hagan lo que quieran.

Los nuevos contrarrevolucionarios

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contrarrevolucionarios

Los nuevos contrarrevolucionarios exhiben credenciales públicas de revolucionarios intransigentes porque son, es tan sencillo entenderlo, los oportunistas de un proyecto político revolucionario.

Los nuevos contrarrevolucionarios sospechan y señalan disidencias en cualquier átomo de pensamiento útil, o diferente al suyo, porque por razones obvias, saben por naturaleza que en una fortaleza sitiada los traidores nunca disienten: traicionan.

Los nuevos contrarrevolucionarios no creen en la justicia, ni en la igualdad de todos ante nuestras leyes y la Constitución, saben que es el legado de la Revolución para hacer el Socialismo en Cuba, regaladle una Constitución de la República a uno de ellos – me consta – invocadla ante ellos y tendréis a continuación un enemigo eterno y al mismo tiempo moribundo – gracias Roque Dalton –

Los nuevos contrarrevolucionarios no reparan por ello, llegado el caso, en violar, conculcar y subestimar derechos conquistados por la Revolución, o por nuestros ancestros, o en condicionarlos, o en justificar públicamente su inaplicación, si ello les hace parecer decididos, firmes y por supuesto, revolucionarios. Saben perfectamente que cuando el Derecho es de todos, para todos, entonces ya nadie puede monopolizarlo, nadie está por encima de él. En la antigüedad a ese sueño de la arbitrariedad se le llamó atinadamente privilegium, que quiere decir, ley privada.

En 1804, en Gran Bretaña, el Obispo Watson diría ante la Sociedad para la Supresión de Vicios con inusual sinceridad: “Las leyes son buenas para los pobres, pero, desgraciadamente, están siendo burladas por las clases más bajas. Por cierto, las clases más altas tampoco las tienen mucho en consideración, pero esto no tendría mucha importancia si no fuese porque las clases más altas sirven de ejemplo para las más pobres; os pido que sigáis las leyes, aun cuando no hayan sido hechas para vosotros, porque así, al menos, se podrá controlar y vigilar a las clases más pobres”.

Los nuevos contrarrevolucionarios otean cotidianamente el horizonte, calculan minuto a minuto donde quiera que estén cada paso que dan, cada palabra que dicen o escriben, son maestros consagrados de la interpretación del pensamiento del superior jerárquico y del silencio, cuando es redituable callar, o sea: ser inteligentes, no meterse en problemas, como dicen entre los suyos.  Los que no son accesibles a ese magisterio de la cobardía administrada son inmaduros, criteriosos, problemáticos, contradictorios y locos. Es mentira: saben que son peligrosos. Les consta.

Es por eso que los nuevos contrarrevolucionarios odian la historia, no sólo porque muchas veces son incultos –  éste es un dato importante –  sino porque quieren condenarnos a que cometamos los mismos errores. Cuando no pueden simplificarla o adulterarla, la historia es para ellos una pesadilla que no les deja dormir. Saben que su conocimiento sirve para la liberación de los hombres y no para su sometimiento, que las ideas, incluso derrotadas, laten en ella.

Los nuevos contrarrevolucionarios han copiado la técnica de la reducción de cabezas de algunas culturas para intentar reducir y empobrecer el pensamiento revolucionario en consignas, la verdad en frases huecas, la pasión en algo inocuo, la libertad en consumo. Saben que en ese pensamiento están las claves para comprender las condiciones de la opresión en cualquier circunstancia. Ahora intentan glorificar ese procedimiento, porque saben que la Revolución es hija de la cultura y de la crítica, porque saben que en Cuba existe una generación nueva, lúcida, anticapitalista y le temen.

Los nuevos contrarrevolucionarios dicen odiar furibundamente el capitalismo, pero le promueven travestido asépticamente como modernidad, eficiencia y prosperidad – las cosas buenas de los malos, dicen, a veces, cuando le disfrutan –  Quisieran borrar de la letra y el espíritu de la Constitución la salvaguarda ideológica que proscribe en Cuba la explotación del hombre por el hombre. Ellos saben que no es una simple frase, que detrás hay una idea sencilla y demoledora, una verdad, el capitalismo no produce pobres por defecto sino por necesidad. Somos anti imperialistas y nadie nos mete el píe, pero que bonito está ese zapato, ¿por cierto que marca es?, les cantó mordaz el grupo Buena Fe a sus cachorros.

Los nuevos contrarrevolucionarios espolean desde cada cota que ocupen el conservadurismo social, político y económico que ya practican en su vida privada, trasmiten su escala de valores como un patrón de éxito, se aseguran que así sea, porque saben que sobre ellos cabalgará el odio, el miedo y la ignorancia del otro, y eso puede bastar para matar la solidaridad, la bondad y la confianza. No dudan ya en devaluar la dignidad, en convertir la vileza en virtud, intentan destruir pacientemente los límites éticos en la impostura de la defensa de lo que no creen, porque saben que del abismo que se abra saldrán de entre nosotros mismos las bestias del pasado.

Los nuevos contrarrevolucionarios están hambrientos de poder, porque están obsesionados con lograr que se pierda en la memoria colectiva el significado de escoger la forma de gobierno republicano y el Socialismo. Necesitan desarmar la noción de ciudadanía y de democracia porque sueñan con una patria de consumidores, amnésica, insensible al dolor del otro, a la suerte del otro, enajenada. Por eso les inquieta más una opinión solitaria que el silencio, la inconformidad que la abulia. Es cosa sabida, también por ellos, que de vez en vez aparece un hombre, o una mujer, una persona sin mayor mérito que la decencia, sin mayor coraje que el hastío, que un buen día dice basta, y eso basta.

Por eso es que los nuevos contrarrevolucionarios saben quiénes son sus enemigos y por lo menos en eso hay que concederles tienen la razón.

Otra cosa es que nosotros no sepamos quienes son.

Quiero registrar mi desacuerdo

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desacuerdo

En su discurso ante el Congreso de la UPEC, el Presidente de la República, Miguel Díaz Canel, ha citado ampliamente un texto de Manuel Henríquez Lagarde. Sitios web como La Pupila Insomne se han encargado de reproducir ambos, el texto de Lagarde y el discurso de Díaz Canel. Iroel Sanchez, funcionario del Ministerio de Comunicaciones de Cuba, según su perfil de Facebook, se ha encargado de divulgarlo y nos ha llamado a que escuchamos el discurso de Díaz Canel esta noche en el Noticiero Nacional de Televisión. Yo sólo me pregunto: ¿qué nos puede pasar a los que no estamos de acuerdo con Lagarde ni con Iroel, ni, por qué no, con Díaz Canel?

¿Nos suicidamos? ¿Nos callamos? ¿Tenemos derecho a disentir y expresar nuestras diferencias? ¿Y si decidimos tener nuestras diferencias pero no decir nada hasta que la vida, esa testaruda, como el propio Presidente enfatiza, demuestre otra cosa? ¿Hay que aceptar todo como un dogma?

No voy a debatir. Simple y sencillamente quiero registrar mi desacuerdo, con todos los riesgos que ello implica. Pero más allá de si quiero o no debatir, me pregunto, ¿Tengo derecho a tener una opinión distinta o no? ¿Me callo, al estilo de la doble moral que muchos practican, o me arriesgo a que me califiquen de ser uno de esos «nuevos revolucionarios», a pesar de que no he hecho otra cosa en mi vida que servir a mi Patria?

Con todo el respeto que me merece el Presidente de mi país, la última vez que escuché a un estadista utilizar algo parecido al dilema shakespieriano de «se es no se es» fue a George Bush cuando dijo que o se estaba a favor o se estaba en contra de Estados Unidos después de los actos terroristas de la Torres Gemelas. No quiero comparar a Díaz Canel con Bush, pero los paralelos son fuertes. ¿Es esa la política que queremos? ¿Es esa la política que fomenta la unidad dentro de la diversidad que tanto necesitamos? ¿Fue esa la política de Fidel, fue esa la política de Raúl? Ahí lo dejo.


El comentario que compartí ayer, 15 de julio, sobre el discurso del Presidente Díaz Canel en la clausura del Congreso de la UPEC ha tenido distintas interpretaciones. Algunos creen que hice bien. Otros me critican. Todo eso está bien. Sin embargo, hay quién me ha citado fuera de contexto, tratando de poner en mi boca cosas que no dije. Eso no ayuda, pero comprendo que yo lo provoqué. No voy a entrar en un debate sobre el tema. Reflexionando sobre todo ello, creo que lo más prudente es retirarla, siguiendo recomendaciones de personas que me quieren y aprecian y a quiénes yo quiero y aprecio, a pesar de nuestras diferencias. Así que estoy procediendo en consecuencia. Comprendo que mi apreciación puede haber sido inoportuna, desafortunada e imprudente. También puede haber sido desacertada. Le pido disculpas a todos los que piensan que fui irrespetuoso. No fue mi intención.

Revista LJC 17

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Puede descargar aquí el número diecisiete de nuestra revista digital, con un editorial dedicado a la redacción de la nueva Constitución y 8 artículos que abordan la situación ideológica y económica del país. Esta revista se distribuye por el Paquete Semanal y por correo electrónico. Quienes prefieran recibirla en una versión más ligera por correo electrónico, puede escribirnos a jovencuba@gmail.com o descargarlo en: https://goo.gl/AT7DTr

Cuba: una nueva Constitución

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Cuba actualiza su Carta Magna y con ella mucho de lo que este país necesita para continuar el camino que ha decidido emprender. La nueva Ley Constitucional acompañará los Lineamientos de la Política Económica y Social del país, la Actualización del Modelo Económico y el Plan de Desarrollo hasta 2030.

El espíritu progresista que trajo consigo la Constitución de 1940, aun cuando muchas de sus preceptivas quedaron sin promulgarse; el respaldo prácticamente unánime de la  aprobada en 1976, así como las posteriores reformas (1992 y 2002) que sucedieron hasta llegar aquí, marcan la historia de un documento que cambiará el futuro de la nación.

Se hace imprescindible entonces tocar con la mano todos y cada uno de los aspectos que intervienen en un proceso como este. Estamos hablando de ordenamiento jurídico, antecedentes históricos, experiencias, principios revolucionarios, derechos y todo lo que implica modificar la Ley fundamental de un Estado.

Crear una Comisión con las características que esta tiene, ha sido una decisión que apoyamos. Es diversa, representa los diferentes sectores y tiene a personas con experiencia y conocimientos suficientes para redactar una propuesta válida, que acompañe los próximos años de Cuba. Pero no por ello, debemos perder de vista el deber y la responsabilidad que como ciudadanos tenemos ante lo que está pasando.

Será este mes de julio cuando se presente el Anteproyecto en la Asamblea Nacional del Poder Popular. De ahí, muy pronto comenzarán las consultas populares, los análisis en todos los rincones de esta Isla y eso, es un paso fundamental para transformar. Cada uno de nosotros tiene que estar reflejado en esos documentos, sentirse partícipe y ser consciente del poder que cada cual  tiene para cambiar las reglas que se aplican al ejercicio del poder estatal. Contribuir a que Cuba se parezca más a lo que queremos se logrará siendo parte, incluyéndonos.

Mucho se espera de esta reforma, sobre todo porque con ella podrán actualizarse también Leyes, Códigos y otros documentos legales que han quedado casi obsoletos en el contexto actual. Más que ideas y documentos, la nueva Constitución de Cuba deberá ser práctica, vinculante, transformadora, progresista y real. Capaz de cambiar todo lo que tiene que ser cambiado y más.

(Editorial de la revista número 17 de La Joven Cuba)

La historia oficial y la historia patria

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Si entendemos por historia oficial aquel conjunto de saberes históricos que se enseñan en las escuelas y que constituyen la parte fundamental de la herencia histórica que es trasmitida a la nueva generación y por historia patria el conjunto de resultados investigativos más importantes acerca de la historia nacional, entonces coincidiremos en que es de vital trascendencia para la educación, la ciencia y la cultura nacionales que exista la mayor coincidencia entre ellas.

Realmente es muy difícil que puedan identificarse totalmente ambos saberes, por cuanto la marcha de la investigación suele ser más dinámica y antecede a la plasmación de los nuevos enfoques y sistemas de conocimientos en los planes de estudio y programas escolares. Por lo general, es en el campo de la historiografía más reciente (artículos, ensayos y monografías) y en la enseñanza de postgrado donde comienza este acercamiento, a partir de la plasmación de los nuevos resultados científicos en cursos, entrenamientos y conferencias especiales, y de ahí van descendiendo gradualmente, mediante la labor del maestro, a los demás niveles, hasta la escuela primaria.

En esta distinción tiene un lugar especial la cuestión de las fuentes de que se nutre cada una y sus correspondientes formas de expresión. Así, mientras que la historia oficial parte de verdades sostenidas por textos ya establecidos en la historiografía y se trasmite en libros de texto y manuales escolares, la historia patria vibra y se renueva con los resultados constantes de las nuevas investigaciones que iluminan sus aspectos, aportan enfoques novedosos a partir de la crítica de lo establecido y enriquecen el súmmum de conocimientos con la explotación de nuevas fuentes primarias (documentos recién encontrados, descubrimientos de la arqueología y otras ciencias auxiliares, declaraciones de nuevos testigos, etc).

No menos importantes son las revalorizaciones de los procesos, acontecimientos y figuras históricas que hacen las nuevas hornadas de historiadores, haciendo valer el reclamo del gran Ramiro Guerra cuando sostuvo que “cada generación tiene que volver a escribir la historia”.  En ese sentido quiero traer a colación un tema que atosiga a muchos cuando se aborda la producción historiográfica en cualquier lugar del mundo, pero, en particular, la que se hace en la Isla: ¿puede ser creíble una historia encargada por el Estado a profesionales pagados por instituciones estatales y destinada irremisiblemente a ser publicada por editoriales también del Estado?, en otras palabras: esa historia estatizada ¿es ciencia, o apología?.

A muchos les puede parecer una pregunta destinada a una sola respuesta: si el Estado controla todo el proceso de formación de los investigadores, funcionamiento de las instituciones, acceso a las fuentes y publicación de los resultados, no puede esperarse otro resultado que no sea el ensalzamiento de hechos y figuras del proceso revolucionario y el olvido de todo aquello que no responda a los ideales de la Revolución. Pero no es tan fácil, el grado de cientificidad de las producciones historiográficas no obedece directamente a la postura ideológica del autor; o el origen público o privado de sus fuentes de financiamiento.

Más que la cuestión de los nexos ocupacionales e ideológicos de los historiadores con el Estado, el punto esencial a dilucidar es el de la actitud del científico ante la realidad histórica y el empleo que sea capaz de hacer de sus competencias profesionales: si el historiador se dispone a hurgar en el pasado para comprenderlo y asumirlo honestamente y no para usarlo como mero bastón o denuesto de las realidades actuales, si es capaz de aprovechar los nuevos enfoques, métodos y técnicas de la ciencia histórica, vengan de donde vengan, para ponerlos en función de descubrir e interpretar las huellas del pasado, el resultado científico brotará inexorablemente y servirá de lección e inspiración de los momentos actuales.

A todo esto se debe añadir la cuota de responsabilidad y el probable margen de error inherentes a toda investigación científica. Sin tener en cuenta estos factores y la disposición a correr riesgos, bien poco tendrá que decir el pretendiente a historiador y su contribución historiográfica resultará intrascendente. Mas, estas condicionantes no solo están determinadas por su ligazón al Estado, ya que los historiadores que trabajan financiados por instituciones privadas, ONGs, universidades, etc., también tienen que responder por el uso de los fondos asignados y la calidad de sus resultados, así como resistir las presiones de los financistas, interesados muchas veces en conducirlos a conclusiones ajenas a los dictados de la ciencia.

La Historia como ciencia es una sola, sea positivista, marxista, annalista, cualitativa; oficial o no; cubana o extranjera; lo que la hace válida científicamente es su concordancia con la realidad de una época, del pensamiento y la acción de los hombres y mujeres que la hicieron y su eficaz plasmación en los textos de los que la escriben.

Presagio de bodas

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Los que nos dedicamos a esto de analizar la realidad cubana con el tiempo nos hemos convertido en augures de presagios, expertos en leer las señales. Por estos días, las señales parecen indicar que se está generando en las altas esferas de la dirección del país un nuevo consenso, favorable a la aprobación del matrimonio homosexual.

Concretamente, son las reacciones que ya han tenido varios grupos religiosos, cuyo contacto asiduo con el gobierno es conocido, lo que nos permite pensar que hay algo de base en esta hipótesis. Lo que se viene diciendo es que la nueva constitución va a abrir el camino para que más tarde ocurra la esperada aprobación.

Esto es una buena noticia. Nunca está de más que se dé un paso hacia la convivencia civilizada con las diferencias. En caso de que se materializase la medida, Cuba podría colocarse realmente entre las naciones que más han avanzado en el reconocimiento a los derechos de la comunidad LGBTIQ. Pero además podría ser una buena ocasión para poner sobre la palestra el estado real en que vive esa comunidad en nuestra sociedad, que no es precisamente color rosa.

Desde hace algún tiempo, el tema del matrimonio homosexual ha motivado las más apasionadas controversias. Mi punto de vista personal es que todos deberían cuestionarse la pertinencia de mantener y validar la institución del matrimonio en los tiempos que corren. Es una ironía que justamente ahora, que tantas parejas heterosexuales se deciden a vivir sin papeles ni rituales de por medio, sean los homosexuales los que comiencen a casarse en masa.

Siempre me ha parecido anti-romántica la ceremonia del matrimonio que instauró el cristianismo, y únicamente justifico esa forma de unión porque en la sociedad moderna es una forma de proteger legalmente a los seres queridos. Sinceramente, solo me han cautivado las fiestas paganas, tal y como las he visto representadas en la literatura y el cine.

Pero si dos personas del mismo sexo quieren casarse, están en su derecho. Después de todo es su vida. Muchos desean hacerlo y es natural, dada nuestra cultura. El matrimonio es visto como una forma de dar reconocimiento social a una unión, algo muy valorado dentro de un grupo tan vulnerable como ese. Sin contar con que sencillamente todos crecimos viendo películas cursis que terminan con una boda, y son muchos los que hallan romántica la idea, sin importar la orientación sexual.

A pesar del hermetismo que rodea el contenido del anteproyecto, hay señales positivas en cuanto al matrimonio igualitario, pero debemos tener cuidado de no caer en triunfalismos y convertirlo en un nuevo plan de la economía. Contrariamente a lo que muchos creen, muchos homosexuales ni siquiera creen que el matrimonio sea el problema fundamental. Existen otras cuestiones que merecen ser atendidas, y que podrían quedar opacadas por los fuegos artificiales de la dichosa aprobación, como por ejemplo la vulnerabilidad social de la comunidad LGBTIQ.

Es sabido y está ampliamente documentado que en Cuba se da una mayor incidencia de casos de abuso dentro de ese grupo. Las personas con identidad sexual no heteronormativa se encuentran más propensas a ser víctimas de la violencia, padecer segregación social, contraer VIH, etc. La inclusión no puede quedarse en un papelito firmado, sino que debe hacerse real.

Ya hace casi dos siglos Marx escribió un texto llamado La cuestión judía, en el que habló de la diferencia entre la mera emancipación política y la emancipación humana. Mientras estén dadas las condiciones para que los homosexuales vivan de espaldas a la sociedad, adoptando conductas lesivas a su dignidad, siendo objeto del desprecio y la segregación social, de nada servirán leyes ni bodas, que se quedan en un aspecto meramente formal. La comunidad LGBTIQ debe incorporarse como agente de pleno derecho en la vida social, de un modo práctico.

La Revolución Cubana estuvo guiada por los valores ilustrados de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre todos los seres humanos. Es cierto que en los años sesenta, con el ascenso de la moral revolucionaria hubo también un reforzamiento relativo del patriarcado.

En aquellas condiciones, bajo el acoso continuo del imperialismo, se desarrolló un ideal espartano de hombre revolucionario y de mujer revolucionaria, que no dejaba espacio para nada intermedio. Se cometieron muchos excesos. Pero, con los años, ha visto la luz la verdadera posición revolucionaria con respecto al tema, la única coherente con la sustancia de la Revolución.

En este oficio de augur se aprende que algunas veces las señales engañan. Esperemos que no ocurra esta vez, y que para el año que viene tengamos un montón de casorios por aquí.

Viene Díaz Canel

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http://www.cubadebate.cu/noticias/2018/07/11/diaz-canel-en-visita-de-gobierno-a-la-provincia-de-matanzas/

Nuestro presidente se mueve por toda Cuba y allí por donde pasa el pueblo sale a verlo, a saludarlo. No es poca cosa que en Cuba la gente salga a saludar espontáneamente a un dirigente, si lo hace es porque “algo” los lleva a hacerlo, en este caso es el carisma de Díaz Canel y las esperanzas que el pueblo ha puesto en él.

Declararle abiertamente la guerra a la corrupción y promover mayor transparencia en la gestión de los funcionarios en Cuba son dos de los mayores aciertos en los primeros 100 días de su gestión. Recorrer toda Cuba ha dejado claro que el presidente quiere ver las cosas por sí mismo, que no sea un informe adornado el que se lo cuente.

Desde fuera -como siempre- tratan de sembrar la duda y el desaliento, aunque Díaz Canel se las ha puesto difícil y aún no logran articular un “plan de ataque” único. Hasta ahora sólo se han dedicado a hacer fintas, estudiando al rival, que como siempre es superior a ellos.

Lo primero que hicieron fue decir que la elección de Díaz Canel había sido “a dedo”, obviando que en muchos países la elección del presidente tampoco se realiza de manera directa -entre ellos Estados Unidos, la mano que mece la cuna- y jamás han recibido críticas por ello.

Dicen además que la figura de Díaz Canel es puramente decorativa, que no manda, que el verdadero poder está en manos de Raúl y los militares. Eso no se lo creen ni ellos mismos.

No será nada fácil para el nuevo presidente resolver problemas que llevan años acumulándose, sobre todo porque el contexto internacional sigue siendo hostil, pero sin dudas va por el camino correcto.

Díaz Canel está haciendo un gobierno de calle, al estilo de Fidel cuando recorría toda Cuba y conocía de primera mano los problemas que aquejan al pueblo. Solo así se pueden tomar las mejores decisiones.