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Cuatro años de trumpismo y elecciones 2020

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Después de cuatro años de trumpismo, su principal exponente deberá dejar el Despacho Oval y pasará a ocuparlo el demócrata Joe Biden (Foto: AP Photo/Evan Vucci)

El homo sapiens es una especie biopsicosocial y los norteamericanos forman parte de ella. Así pues, todo análisis sobre la problemática en EEUU debe partir de una evaluación que abarque esas tres variables.

Después de un ejercicio de observación directa y participante en dos momentos diferentes de un período de seis meses, y de lecturas sobre historia y actualidad estadounidense, he elaborado algunas ideas sobre lo ocurrido, en líneas generales, desde 2016 hasta hoy.

Resultan entonces, meditaciones que tienen como referente un único universo cognoscitivo, condición que las hace falibles por su falta de generalización. Sin embargo, no debe pasarse por alto que toda gran generalización por lo menos en las ciencias sociales, constituye también una gran equivocación.

I

Donald ganó las elecciones en 2016 porque aprovechó una base electoral que perdieron los demócratas, representantes del capitalismo especulativo y neoliberal.

En el afán de obtener ganancias, estos capitalistas migran desde EEUU fundamentalmente a países del Asia donde la mano de obra es barata; el control medioambiental, un asco; y los políticos locales, en no pocas ocasiones, corruptos mayúsculos, y dejan entonces sin empleo al obrero blanco que, en muchos casos, es religiosamente conservador; en otros, también racista y con una cultura de dudosa reputación niega la existencia de los dinosaurios, acepta que en las escuelas se enseñe el origen del hombre a partir del pasaje bíblico de Adán y Eva, y se agrupan en torno a teorías extremas como que la tierra es plana.

Era entonces solo cuestión de tiempo que un hombre venido del espectáculo televisivo gran parte de la cultura norteamericana, especialmente la de masas, nace, crece y vive del espectáculo se diera cuenta de la oportunidad que tenía entre sus manos y la aprovechara como lo hizo. De ahí su lema de campaña: «Make America Great Again», lo que se traduce al español como «Haz América –Estados Unidosgrande otra vez».

Si esto no se entiende, sería imposible explicar por qué el cinturón industrial, inclinado históricamente al Partido Demócrata, votó como castigo a unos políticos que los abandonaron y cómo un grupo de trumpistas gritaba en una calle estadounidense: «El neoliberalismo es un cáncer».

II

¿Por qué entonces un discurso ultramontano, por xenófobo, racista, misógino y otras malas hierbas, no hizo mella en su base electoral? En primer lugar, porque algunos de ellos compartían y aún comparten dicho discurso.

Recuérdese: no solo de pan vive el hombre. Y hablando de pan, ya sea herencia del gobierno de Obama, resultado de sus políticas proteccionistas o por el privilegio de aumentar la deuda pública a límites insospechables, abroquelado en la capacidad de emitir dólares sin respaldo en oro en tanto, patrón y moneda de referencia mundial o una combinación de ellas–, la economía para aquel que vive de un pequeño negocio o emprendimiento privado, repuntó.

Las cifras macroeconómicas poco importan al norteamericano medio si puede ir a comprar, hacer una parrillada el fin de semana, tomar cerveza y vivir en la tierra de la libertad, aunque lo haga agobiado de deudas. Es así porque el mito de la «excepcionalidad norteamericana», a pesar de los pesares, todavía está en pie. Tanto ha afectado la psiquis de la gente la letanía de que el triunfo dinero y vida cómoda se obtiene solo a partir del esfuerzo individual, que un gran número de personas que antes tenían un puesto decoroso, han debido volverse errantes para conseguir un trabajo.

Sin embargo, para ellos la causa de tal situación no está en las falencias estructurales, sino en que no han trabajado lo suficientemente duro para mantener lo que tenían.

III

Trump es un hombre del concreto, no del silicio. O sea, su fortuna viene del área de los negocios de bienes raíces, modelo que hizo agua a finales de la primera década del presente siglo con la explosión de la burbuja inmobiliaria, y, por mucho que quiera, le resulta muy difícil o casi imposible mudarse hacia una nueva área de ingresos, las tecnologías, sector que ha crecido a cuentas de una expansión planetaria impresionante. De hecho, millones de personas en el mundo pueden no tener y no tienen vivienda propia, seguro médico, trabajo fijo, acceso a bienes y servicios indispensables, pero tienen un celular y están atentos al último grito de la moda en el campo de las tecnologías de la información y la comunicación (TICs).

Esta es, entre otras razones, la causa del repudio de Trump a la internacionalización de la economía y la vuelta a un jingoísmo que recuerda oscuros momentos de la historia universal. Y es que una vivienda media en EEUU no hablo de una de sus torres de concreto, puede costar hasta medio millón de dólares, mucho, mucho más de lo que cuesta el último IPhone.

Es imposible pasar por alto que el actual presidente tiene deudas millonarias y aunque dice que son nada comparadas con su fortuna, no está al nivel de los zares de la tecnología. En un mundo donde lo que cuenta es lo que se tiene y no lo que se es, no tener suficiente puede avergonzar, y el narcisismo es enemigo del escarnio.

Quizá por ello sus críticas al clan de Silicon Valley, plantado no se desestime ello, en California, nicho históricamente demócrata y liberal, con la mayor cantidad de votos electorales en EEUU y considerado la cuarta economía del mundo. No por gusto en ese estado, Joe Biden obtuvo 10 millones 339 mil 277 votos, contra 5 millones 415 mil 568 que se llevó Trump.

No obstante, a pesar de sus críticas al sector, ha hecho uso, como nadie en el gobierno de Estados Unidos, de las herramientas informáticas, a tal punto que puede hablarse de un gobierno en Twitter, plataforma que le ha servido para hacer declaraciones y anuncios desde asuntos triviales hasta temas de estado. Trump comprendió, o sus asesores le hicieron ver, que hemos pasado de una época a otra: abandonamos la época de Gutenberg y entramos en la de Zuckerberg.

Como buen negociante, aprovechó la oportunidad y el potencial que tienen las plataformas digitales para sembrar matrices de opinión, generar dudas e inclinar la balanza a un lado u otro. Imposible olvidar el affairs ruso en las elecciones de 2016, tema por el que fue sometido a un juicio y por el cual, si bien no fue condenado, tampoco quedó totalmente absuelto.  

Sus posturas aislacionistas y el abandono de pactos internacionales en asuntos de cambio climático, responden a la apuesta hacia sectores tradicionales en el constructo histórico de Norteamérica, especialmente el petrolero, dando nuevos aires a la producción de crudo, especialmente el obtenido a partir del fracking, sin importar la contaminación de las aguas y la destrucción del entorno. Es que está haciendo grande a América otra vez.

No extraña entonces que en Oklahoma, Texas y Louisiana –estados donde se produce el West Texas Intermediate (WTI) y el Light Louisiana Sweet (LLS), las corrientes más importantes de crudo en EEUU– ganara las elecciones de 2020 con una cantidad abrumadora de votos respecto a su contrincante Biden.

IV

Cualquiera podría pensar que un presidente como Donald Trump incendiaría el mundo con conflictos bélicos, pero, para suerte de la paz y de los hombres, el Comandante en Jefe de las fuerzas armadas de la primera potencia militar del planeta, no dio inicio a ninguna guerra. Eso sí, ha sido incapaz de culminar alguna de las que heredó, aunque entró en contradicciones con la OTAN, el mayor bloque militar de la actualidad, criticó a los halcones del Pentágono y anunció la retirada o disminución de efectivos en algunos lugares.

Esa posición, aparentemente ambigua para un regente conservador, puede explicarse porque este hombre se nos dibuja no como político, sino como un negociante con poder que evita aquello que pueda restar base a su popularidad y estabilidad como presidente.

Sin embargo, la retirada unilateral del Pacto con Irán y, más peligroso que ello, el no prorrogar el Tratado de Eliminación de Misiles de Corto y Medio Alcance, conocido como Tratado INF, con Rusia, abre las puertas a una nueva carrera armamentística de consecuencias incalculables a partir de un rearme en un mundo cada vez menos unipolar, donde las otras potencias y poseedores de armas nucleares no están dispuestas a ser rendidas por la presión.

Si bien es cierto que no ha iniciado ninguna guerra, sus decisiones han estimulado el mantenimiento de otras –el conflicto Sirio, por ejemplo-– y con su postura aislacionista ha entusiasmado los hornos del complejo militar industrial, cuyos frutos finales no serán expuestos en vidrieras, sino llevados al campo de batalla. Por ello, algunos politólogos hablaban de que, si en esta contienda electoral Trump no salía reelecto, los efectos de su mandato se harán sentir por largo tiempo en los EEUU. Tal es el caso del sistema judicial, esfera a la cual ha logrado llevar figuras jóvenes –y son vitalicios– de franca postura conservadora.

V

Su slogan de campaña, tanto en 2016 como en 2020, hace un reconocimiento tácito: Estados Unidos ha dejado de ser grande. Empero, es preciso fijar en qué sentido lo ha dejado de ser y para quién o quiénes.

A no dudarlo, la hegemonía ostentada por los EEUU hasta finales del siglo XX ha resultado erosionada por diferentes causas: 1) el posicionamiento de China como segunda potencia mundial; 2) la recomposición rusa tras la disolución de la URSS que, a pesar de la declarada admiración de Trump por Putin, le abrió otro frente en Europa; 3) la breve temporada del progresismo en América Latina, que logró debilitar la influencia estadounidense en el área; 4) la grave crisis financiera de 2008 y sus repercusiones, que cuestionó severamente la efectividad y capacidad de la especulación financiera como motor de la economía; y 5) la extensión de la conciencia universal sobre los serios problemas que en el orden medioambiental afectan al mundo, provocados por un modelo insostenible llevado adelante por los estados industrializados.

Así pues, su estampa y modelo comenzaba a dejar de ser canon y referencia absoluta de progreso y libertad; empero, erosionado quiere decir lastimado, no destruido, y a curar esas heridas se dedicó Trump con efectividad para sus huestes. De otro modo no puede explicarse que haya obtenido 217 votos electorales y que por él hayan votado 72 millones 47 mil 893 ciudadanos, lo que lo convierte en el segundo candidato presidencial con más votos recibidos en la historia de EEUU, después de su contrincante Joe Biden que conquistó 290 votos electorales y 77 millones 162 mil 528 populares.

Tal polarización demuestra la supervivencia de atavismos raciales, de género, de superioridad étnica, de frustración socio-económica y una rabia contenida que, a partir de la monumental cantidad de armas de fuego en manos de los ciudadanos, hizo que algunos temieran el estallido de una guerra civil o la aparición de incidentes violentos durante las elecciones. Por suerte para los norteamericanos y una parte del mundo –ya que no se habla de una república bananera–, la cordura se ha impuesto y no se han reportado graves disturbios.

VI

El gran contrincante y vencedor de Donald Trump no fue Joe Biden, sino, un ejército de microscópicos virus causantes de la Covid-19, enfermedad que ha cobrado la vida de más de 220 mil estadounidenses y que también aniquiló su punto de apoyo: la economía.

Así pues, la recesión, el decrecimiento y el desempleo se coaligaron para hacerle doblar la rodilla. Él lo sabía y por tanto hizo todo lo que pudo para minimizar su impacto, evitando la cuarentena y reactivando la producción y los servicios. De haberlo logrado, quizás de nuevo hubiera sido electo presidente. Sin embargo, la táctica para ello constituyó dislate superlativo: burlarse del virus, deslegitimar las orientaciones médicas, abandonar la Organización Mundial de la Salud y culpar a China de la pandemia.

El ingrediente final en la conformación de la tormenta perfecta en su contra fue y es un sistema de salud que, dirigido desde el mercado, no estaba preparado para enfrentar una epidemia de tal magnitud. Se entiende entonces que el arma principal de los demócratas no fuera un programa de gobierno distintivo al suyo o atrayente para otros, sino la crítica al manejo de la pandemia. A fin de cuentas, por muy ególatra o hedonista que sea una sociedad, la vida siempre será la vida.

¿Y las destacadas figuras del Partido Republicano que públicamente se deslindaron de él? Quizá estaban de acuerdo con sus proyecciones, pero no con sus métodos. Algo fundamental: la política, entendida como arte de dominación, no tiene sentimientos, solo intereses. Para un sistema consolidado como el norteamericano, si un representante pone en peligro su estabilidad, es descartado sin el menor miramiento, no importa que se llame Donald Trump. 

VII

El período presidencial de Trump , el trumpismo como movimiento y las elecciones que dieron inicio por correo antes del 3 de noviembre de 2020 en Estados Unidos dejan muchas lecturas. En primer lugar, un país que, a pesar de haber crecido en los órdenes económico, militar, tecnológico y demográfico, aún alberga enormes diferencias sociales entre una masa creciente cada vez menos próspera y un reducido sector cada vez más opulento; que tiene grandes deudas con su población negra y los inmigrantes, componentes humanos que han contribuido decididamente a su esplendor; que solo acudiendo a la razón de la fuerza, en el plano externo, puede presentarse como paradigma de la libertad y los derechos humanos; una nación donde el rédito económico, la más de las veces, se superpone a cualquier otra condición.

Las elecciones, por otro lado, han concitado el interés del mayor número de votantes en la historia de ese país. A pesar de los pesares, el pueblo en mayoría, entendiendo lo torcido del camino elegido hacía cuatro años, decidió rectificarlo con su voto. Son enormes los retos que aguardan al presidente recién electo Joe Biden. Al felicitarlo por su triunfo; Barack Obama los resumió al decir: «[…] cuando ingrese a la Casa Blanca en enero, enfrentará una serie de desafíos extraordinarios que ningún presidente entrante ha enfrentado jamás: una pandemia furiosa, una economía y un sistema de justicia desiguales, una democracia en riesgo y un clima en peligro».

Manzanillo de Cuba, noviembre de 2020

El nuevo giro económico

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La aguda situación de crisis que vivía la economía cubana se ha visto agravada en los últimos tiempos (Foto: http://www.analisislibre.org)

Una serie de recientes acontecimientos en Cuba han castigado la ya precaria economía de la isla, lo cual ha llevado al gobierno a adoptar una serie de políticas y un giro económico que apuntan a una mayor apertura al capital mientras mantiene los controles políticos del Estado unipartidista.

El primero en la lista de recientes desastres que han sobrevenido a la Isla es la pandemia de COVID-19. En comparación con otros países caribeños, a Cuba le ha ido mejor gracias a un sistema de salud pública que, a pesar de su deterioro en los últimos treinta años, aún es capaz de organizar una respuesta adecuada a desastres colectivos como la pandemia.

Así, para detener el contagio, el gobierno cubano adoptó medidas drásticas como suspender el transporte público en su totalidad, y en respuesta a un rebrote de la infección que comenzó a finales de agosto, recurrió a medidas igualmente drásticas en muchas localidades, incluyendo el área metropolitana de La Habana, aunque a principios de octubre redujo las restricciones en la mayoría de esos lugares.

La industria del turismo, la tercera mayor fuente de divisas extranjeras tras la exportación de personal médico y las remesas enviadas por cubanos en el exterior, también se cerró, así como muchos establecimientos comerciales e industriales. La entrada de divisas a Cuba –tremendamente necesarias para adquirir esenciales productos de importación, incluyendo el 70 por ciento de los alimentos que se consumen- ya había sido restringida antes de la pandemia por la cancelación de la exportación de personal médico a países como Brasil y Bolivia, donde gobiernos de extrema derecha habían llegado recientemente al poder.

Además, los cargamentos de petróleo que la isla recibía de Venezuela ­–a cambio de la exportación de personal médico a ese país–, cruciales para el funcionamiento de la economía de la Isla, fueron reducidos como resultado de la crisis política y económica bajo el gobierno de Maduro.

Para colmo de desgracias, Donald Trump intensificó de manera decididamente agresiva el criminal bloqueo estadounidense contra Cuba –motivado en parte por el apoyo de esta al régimen de Maduro– al reducir, o en algunos casos cancelar, varias de las concesiones que Obama había hecho durante su segundo período en la Casa Blanca.

Entre otras medidas hostiles, Trump limitó el envío de remesas de cubanoamericanos a sus familiares, redujo significativamente los viajes a Cuba por parte de ciudadanos estadounidenses de origen no cubano, prohibió que los visitantes estadounidenses en la Isla se hospedaran en hoteles propiedad del gobierno cubano, e impulsó una campaña para desalentar la inversión extranjera mediante la invocación, por primera vez en la historia, del Título III de la Ley Helms-Burton de 1996 (aprobada por el Congreso e instituida como ley por el presidente demócrata Bill Clinton), la cual sanciona a compañías extranjeras que utilicen propiedad estadounidense confiscada por el gobierno cubano a principios de los años 60.

La administración de Trump también ha suspendido licencias que autorizan actividades económicas estadounidenses en Cuba, como la concedida por la administración de Obama a la Corporación Marriott para operar hoteles.

¿Cambiará la política de Washington bajo una posible administración de Joe Biden? El candidato presidencial demócrata prometió seguir los pasos del presidente Barack Obama, moviéndose hacia una normalización de las relaciones políticas y económicas con Cuba. El punto hasta el cual un gobierno de Biden podría hacerlo depende de una variedad de factores que van desde los resultados electorales en Florida hasta las relaciones con Venezuela.

Aunque lo último no fue muy importante con respecto a la política hacia Cuba durante los años de Obama, se convirtió en un aspecto primordial para Trump, quien, siguiendo el consejo del senador Marco Rubio y del entonces asesor para seguridad nacional John Bolton, hizo del apoyo de Cuba a Nicolás Maduro un asunto fundamental y lo utilizó para justificar el recrudecimiento de las sanciones. El hecho de que tanto Biden como los demócratas en el Congreso han apoyado la afirmación del líder opositor venezolano Juan Guaidó de ser el presidente legítimo de Venezuela no promete nada bueno al respecto de que una administración demócrata normalice las relaciones con la Isla.

Poderosos intereses corporativos, tales como importantes firmas de la agroindustria y la Cámara de Comercio de los EEUU, han estado por mucho tiempo en favor de sostener relaciones económicas plenas con Cuba, aunque es difícil predecir cuánto capital político están dispuestos a invertir para lograr ese objetivo. En cualquier caso, una normalización completa de las relaciones políticas y económicas requeriría que el Congreso revocara la Ley Helms-Burton de 1996.

Ello es una posibilidad dudosa, teniendo en cuenta la composición probable de ambas cámaras del Congreso tras la elección del próximo mes, a pesar de que un número significativo de congresistas republicanos han apoyado, en nombre de intereses agrícolas y de otros negocios, la normalización de relaciones. No obstante, el presidente de los Estados Unidos tiene una considerable capacidad para mejorar dichas relaciones bilaterales, aunque la Helms-Burton se mantenga como ley vigente.

Mientras tanto, todos estos acontecimientos han exacerbado considerablemente los problemas de una ya débil economía cubana que ha sufrido de bajo crecimiento por varios años (0,5% en 2019), baja productividad industrial y agrícola, y un muy bajo índice de la sustitución de capital necesaria para mantener una economía al menos en su nivel actual de producción y nivel de vida, mucho menos para lograr un crecimiento económico significativo y mejores condiciones de vida.

Para mayor desgracia, esta situación se ha ido desarrollando en el contexto de una población cada vez más envejecida, un proceso demográfico que comenzó a finales de los años 70 y que conducirá a una serie de graves problemas, como que una fuerza de trabajo en reducción tenga que sostener a un número creciente de jubilados.

En respuesta a las presiones creadas por la reciente profundización de la crisis económica, el gobierno cubano anunció una serie de medidas que harán que el país dé un importante paso más cerca del modelo chino-vietnamita, el cual combina un Estado unipartidista autoritario con un creciente papel de la empresa privada capitalista. Estas nuevas medidas representan la decisión del gobierno cubano de ceder una parte de su control económico en un esfuerzo por adquirir divisas, importar capital y promover un mayor dinamismo y crecimiento de la economía.

Desarrollo de la Pequeña y Mediana Empresa privada

Una propuesta económica que ha sido rescatada es el establecimiento de Pequeñas y Medianas Empresas (PYMES) de gestión privada. Por más de una década, el gobierno cubano bajo el mandato de Raúl Castro ha permitido la existencia de muy pequeñas empresas privadas, las cuales en este momento ya emplean aproximadamente al 30 por ciento de la fuerza de trabajo. Ello incluye cerca de un cuarto de millón de agricultores privados que trabajan tierras en usufructo, lo que significa que la arrendan al gobierno por períodos renovables de veinte años, así como unas 600.000 personas que son dueñas de negocios en áreas urbanas o trabajan para ellos.

La mayoría de estas microempresas están concentradas principalmente en las esferas de los servicios gastronómicos (restaurantes y cafeterías), la transportación (taxis y camiones), y en el alquiler de habitaciones y apartamentos a turistas, probablemente la pequeña empresa privada más lucrativa de todas. En 2014, en un importante documento oficial titulado Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista, el gobierno anunció que permitiría la creación de pequeñas y medianas empresas privadas. Esta noción ha sido recientemente revivida y discutida, por ejemplo, por el presidente Miguel Díaz-Canel, quien ha afirmado que es necesario «destrabar» las PYMES y las cooperativas.

Se han ofrecido pocos detalles acerca de qué podrían abarcar estas empresas en términos de tamaño y otras características. Lo más probable es que eso se mantenga en secreto hasta que el gobierno promulgue la nueva ley, que está programada para abril de 2022, referida tanto a las empresas estatales como privadas, aunque diputados del parlamento -la Asamblea Nacional del Poder Popular- han indicado que las regulaciones concernientes a las PYMES se formularán ya este año.

Aun así, se puede obtener una idea aproximada de en qué consistirán esas medianas empresas observando cómo han sido definidas en otros países latinoamericanos. En Costa Rica, por ejemplo, donde las PYMES están muy extendidas y desempeñan un importante papel en la economía, la mediana empresa se refiere a las que emplean entre 31 y 100 trabajadores; las microempresas son las que emplean a menos de cinco personas (el grupo más nutrido de las hoy presentes en Cuba), y la pequeña empresa es aquélla que contrata de 6 a 30 trabajadores.

Chile aprobó una ley que define oficialmente el tamaño de las empresas según los siguientes criterios numéricos: Micro, hasta 9 empleados; Pequeña, de 10 a 25; Mediana, de 25 a 200; y Gran Empresa, más de 200 empleados.

Basándose en esas definiciones, está claro que por su tamaño, las firmas privadas medianas son empresas capitalistas tradicionales. Es poco probable que sean gestionadas únicamente por sus dueños y necesitarán algún tipo de administración jerárquica para conducir el negocio en términos de su planificación económica, su gestión y su producción. El establecimiento de estas firmas probablemente vaya a la par con la intervención de los sindicatos estatales oficiales para «organizar» a los trabajadores, como ya lo han hecho con los mucho menores «cuentapropistas» y sus pocos empleados.

Como en China, los sindicatos oficiales en Cuba no harán nada para representar verdaderamente a los trabajadores en sus relaciones con los empleadores.

El Código de Trabajo de Cuba de 2014

En este contexto es muy importante considerar el Código de Trabajo que ha estado en vigor desde que lo aprobó el gobierno cubano en 2014. Este Código elimina el requisito de compensar a trabajadores cuya plaza haya sido cerrada y permite a empleadores privados despedir a trabajadores sin motivo como parte de su derecho como propietarios. En el caso de empleados estatales, el gobierno también despide a trabajadores al declararlos no idóneos para sus plazas, sin que los afectados tengan mucho a qué recurrir.

El nuevo Código también relaja la jornada de 8 horas, permitiendo que los empleadores la extiendan a 9 horas sin compensación adicional. De hecho, ya hay muchos trabajadores en el sector privado que trabajan turnos de 10 y hasta 12 horas diarias sin cobrar horas extra –lo hacen de todos modos porque su salario básico es más alto que en el sector estatal-.

El Código también permite que los empleadores privados solo concedan un mínimo de siete días de vacaciones anuales pagadas en lugar de los treinta días a los que tienen derecho los empleados estatales. Igualmente, suprime la descarga académica para la superación de todos los trabajadores, así que ello debe hacerse durante el tiempo libre del que dispongan, como el acumulado de vacaciones. Se espera que este Código de Trabajo también sea aplicable al sector económico de las PYMES.

La modificación del monopolio estatal sobre el comercio exterior

Además de abrir la puerta a la empresa privada, el régimen cubano ha relajado muy recientemente su monopolio sobre el comercio exterior, es decir, el control exclusivo que, hasta ahora, ha tenido sobre todas las actividades empresariales de importación y exportación.

Hace poco tiempo, Rodrigo Malmierca, ministro del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera (MINCEX), anunció que treinta y seis empresas estatales especializadas en comercio exterior se estaban preparando para ofrecer ayuda con sus servicios a importadores y exportadores privados, con el objetivo de procesar y perfeccionar sus operaciones extranjeras.

Como un incentivo adicional para estimular estas actividades de exportación privadas -en moneda fuerte-, el gobierno ha ofrecido aplicar un descuento al impuesto sobre las utilidades de las empresas estatales, privadas y las cooperativas si demuestran un incremento en ventas de productos y servicios en comparación con el año anterior.

En 1959, el primer año de la Revolución, cuando la mayor parte de la economía aún estaba en manos privadas, el Gobierno Revolucionario, ante un brusco descenso de sus reservas de divisas fuertes extranjeras, exigió que las firmas privadas cubanas que importasen del extranjero obtuvieran el permiso del Banco Nacional de Cuba para acceder a la divisa extranjera –a menudo dólares- que necesitaban para sus transacciones.

Así el gobierno intentaba ejecutar su plan de utilizar las escasas divisas en importaciones que eran fundamentales para el desarrollo económico del país, en vez de, por ejemplo, en artículos de lujo para uso personal. Aún no se conoce cuánto control tendrá ahora el gobierno sobre las iniciativas de importación/exportación propuestas por el sector privado.

La racionalización del sistema monetario

Las nuevas regulaciones para actividades de exportación, y en especial de importación, estarán estrechamente relacionadas y se verán sin dudas afectadas por las dificultades monetarias que hoy enfrenta Cuba, en particular las concernientes a la escasez de divisas.

Esa escasez también está desempeñando un papel principal en la presente discusión de la unificación monetaria por parte del gobierno, un tema sobre el cual se ha vertido mucha tinta durante años y que adquiere cada vez más protagonismo en las nuevas políticas económicas, y cuya materialización puede que ocurra finalmente durante los próximos meses.

A medida que el gobierno cubano intente integrar cada vez más su economía con la economía internacional, más necesitará regularizar el tipo de cambio entre su moneda nacional y las divisas extranjeras utilizadas por el capital foráneo para sus transacciones. Ello permitiría un arreglo más racional para, entre otras cosas, establecer un sistema de precios e incentivos económicos, y para evaluar los datos económicos.

Por muchos años, Cuba ha tenido operando en su mercado interno un sistema de dos monedas coexistentes, con una parte en dólares y la otra en pesos cubanos. Hasta hace poco, ese sistema fue representado por el peso cubano y el CUC —una moneda cubana no convertible más o menos equivalente al dólar— que estuvo fijada a un cambio de aproximadamente 24 o 25 pesos cubanos por 1 CUC.

Pero el CUC perdió su valor y está en proceso de desaparecer debido a la falta de divisas para respaldarlo. Mientras tanto, la economía cubana se ha dolarizado directamente: los cubanos ahora obtienen acceso a artículos en tiendas especiales en dólares que venden una amplia variedad de productos, incluyendo alimentos, que son muy difíciles de obtener en otros lugares con pesos cubanos.

Los productos en esas tiendas en divisas extranjeras se compran con tarjetas magnéticas emitidas por el gobierno para evitar una especulación informal de monedas en efectivo en el mercado negro. Las tarjetas son el único tipo de pago aceptado en esas tiendas y se basan en depósitos hechos en dólares u otras divisas internacionales en los bancos cubanos, la mayoría de los cuales provienen de remesas desde el exterior.

Sin embargo, con la desaparición del CUC, ya no podemos hablar de unificación monetaria, sino de la racionalización de la política monetaria cubana, particularmente del tipo de cambio entre el peso y el dólar. Como el economista cubano Pedro Monreal ha señalado, los cambios monetarios tendrán que ser parte de un paquete más amplio que implique ajustes de precios, subsidios, salarios y pensiones.

La regularización monetaria del cambio entre el peso cubano y el dólar que se discute hoy en la Isla supone para el gobierno una serie de complicaciones que serán muy difíciles de resolver. Provienen principalmente del hecho que, mientras la población en general ha estado cambiando de 24 a 25 pesos por un dólar, las empresas estatales han disfrutado del económicamente distorsionante tipo de cambio de un peso por un dólar –una tasa que claramente ha favorecido la importación de bienes extranjeros, pero ha dañado la exportación de bienes cubanos–.

La regularización de la moneda en este contexto significa que el gobierno tendrá que intentar lograr la cuadratura de varios círculos para tanto impedir el cierre de muchas firmas estatales que se beneficiaban del subsidio para importaciones del que disfrutaban con el tipo de cambio especial de uno por uno, como para bloquear un incremento de la inflación. Debido a presiones políticas internas y a expectativas populares, es posible que el gobierno se vea obligado a conceder un tipo de cambio favorable al peso.

Si ese tipo de cambio favorable no está acompañado por una mayor disponibilidad de bienes y servicios, ello podría llevar a la inflación. Si se combinan problemas, una falta de sindicatos independientes dejaría a los trabajadores cubanos desprotegidos de las políticas monetarias de su gobierno.

Especialmente importante es el fundamental cambio de política que anunció por primera vez la Ministra de Trabajo y Seguridad Social, Marta Elena Feitó, el 6 de agosto –y que fue luego confirmado el 13 de octubre por Alejandro Gil, el Ministro de Economía y Planificación–, que aumentará sustancialmente la cantidad y variedad de ocupaciones urbanas que los cubanos podrán realizar en el sector privado.

Como parte de sus primeras reformas económicas, Raúl Castro permitió la apertura al trabajo por cuenta propia privado y a la contratación de personal en el caso de un número limitado de ocupaciones que con el tiempo se incrementó a más de doscientas, las cuales luego se reorganizaron en 123 grupos ocupacionales. Vale señalar que este incremento estuvo lejos de ser un proceso lineal y en más de una ocasión el gobierno recortó la cantidad de ocupaciones permitidas en el sector privado.

Según los ministros Feitó y Gil, esa lista de ocupaciones privadas permitidas será eliminada, y es de suponer que se preparará una nueva que relacione sólo aquellas ocupaciones que no se permitirán, tales como, por ejemplo, la práctica privada de la medicina. Ninguno de los ministros ha definido aún una fecha en la que estos cambios entrarían en vigor.

Finalmente, para facilitar tanto las operaciones del sector privado rural como del urbano, el gobierno anunció que aumentaría la cantidad de mercados mayoristas para que los pequeños y medianos emprendedores privados compren alimentos y otros productos al por mayor a precios reducidos. La falta de acceso a este tipo de mercados ha sido un gran problema que ha afectado seriamente la viabilidad de los negocios privados rurales y urbanos.

Para mejorar las cosas, el gobierno anunció muy recientemente que a partir de septiembre comenzará a funcionar un mayor número de mercados mayoristas en las capitales provinciales, aunque las transacciones se realizarán exclusivamente en divisas, lo cual ha sido claramente el principal impulso para esto y para otros cambios económicos.

Si el gobierno cubano realiza todos los cambios que ha anunciado, la economía de la Isla se habrá alejado bastante de la economía altamente nacionalizada de finales de los 80 —más nacionalizada que las economías de la URSS y Europa del Este— para convertirse en una economía fundamentalmente mixta, acercándose así cada vez más al modelo chino-vietnamita. Queda por ver hasta qué punto los cambios propuestos mejorarán el mediocre rendimiento de la actual economía cubana, en la cual el bajo crecimiento económico y la baja productividad han caracterizado tanto a la economía rural como a la urbana por mucho tiempo.

Vale señalar, sin embargo, que a pesar de una baja producción agrícola generalizada, las granjas privadas ya han superado a las estatales en la producción de varios cultivos esenciales, como sucedió en Europa del Este durante los gobiernos comunistas.

En sólo poco más de una década, desde que una cantidad sustancial de tierras fuera distribuida a agricultores privados, y a pesar de sus grandes dificultades para obtener acceso a créditos y al comercio al por mayor, instrumental agrícola y otros implementos, los agricultores privados, quienes aún poseen menos tierras cultivables que el Estado, ya producen el 83.3 por ciento de las frutas, el 83,1 por ciento del maíz y el 77.9 por ciento de los frijoles.

Sin embargo, esto no es tanto un testimonio de las maravillas de la empresa privada como del desastre que ha sido para Cuba la agricultura estatal burocrática dirigida desde arriba y de manera centralizada –también fue desastrosa para varios países que componían el bloque soviético–.

En tales sistemas burocráticos, las personas que participan del nivel productivo carecen de incentivos materiales –como un mayor poder adquisitivo– y de incentivos políticos –como autogestión y control democrático de sus centros de trabajo–, cuya ausencia ha conducido históricamente a apatía generalizada, negligencia, irresponsabilidad y lo que Thorstein Veblen llamó «retirada de la eficiencia».

Es esta experiencia vivida y no la propaganda capitalista, la que ha hecho al modelo capitalista cada vez más atractivo para los cubanos.

El contexto político

Un tema crítico que surge de esta discusión es la naturaleza y composición de la dirección política cubana que se enfrenta a la actual crisis y que conduce las propuestas mencionadas quince años luego de que Fidel Castro se retiró, por razones de salud, de su mandato directo del país y fue sucedido por su hermano menor Raúl, el jefe de las fuerzas armadas cubanas y heredero forzoso desde los primeros días del Gobierno Revolucionario.

Al asumir el mando, Raúl introdujo una serie de reformas económicas que abrieron el sistema, de manera moderada, a empresas privadas normalmente muy pequeñas. También promovió un grado significativo de liberalización como, por ejemplo, cambiar en 2012 las regulaciones que controlaban las salidas al extranjero para permitir a los cubanos viajar a otros países. Pero esta liberalización no estuvo acompañada por forma alguna de democratización política. Todo lo contrario. Por lo tanto, la represión de la disidencia ha continuado.

Así, por ejemplo, mientras liberalizaba los viajes al extranjero para la mayoría de los cubanos, el gobierno ha impuesto obstáculos para las salidas de muchos disidentes, ya sea demorando sus apariciones en tiempo en conferencias en otros países o imposibilitándoles viajar al exterior, para lo cual ha elaborado una lista de «regulados» conformada por unos 150 disidentes cubanos que no tienen permitido salir del país.

Debe señalarse que, como en el caso de muchas otras medidas represivas adoptadas por el gobierno cubano, esto sigue siendo, como en tiempos de Fidel Castro, una decisión política y administrativa al margen incluso al propio sistema judicial del régimen. Lo mismo se aplica a los miles de arrestos breves que el gobierno de Raúl Castro ha realizado cada año, en especial para impedir manifestaciones públicas no controladas por el gobierno.

El sistema de partido único continúa funcionando como bajo Fidel Castro, con su enorme control social, económico y político, implementado mediante sus cintas de transmisión, representadas por las organizaciones de masas (los sindicatos y las organizaciones femeninas) y otras instituciones, como las del sistema educativo. Los medios masivos de comunicación (radio, televisión y periódicos) continúan estando bajo el control del gobierno y siguen en su cobertura las «orientaciones» del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

La única excepción de importancia son las publicaciones internas de la Iglesia Católica, la cual, sin embargo, practica una extrema prudencia política y limita la distribución de sus publicaciones a sus parroquias y otras instituciones católicas. Internet, la cual el gobierno ha sido incapaz hasta ahora de poner bajo su absoluto control, permanece como el principal vehículo para las voces críticas y disidentes.

Mientras tanto, ha estado ocurriendo un importante cambio generacional dentro de la dirigencia cubana que plantea preguntas sobre el futuro del sistema cubano.

El nuevo presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, nació en 1960, un año después del triunfo revolucionario. El ocupante del recién creado cargo de Primer Ministro, Manuel Marrero Cruz, un hombre con largos años de experiencia en el negocio del turismo, nació en 1963. Se podría considerar que estos dos hombres realizan una especie de aprendizaje de prueba bajo Raúl Castro, quien a sus 89 años de edad es aún el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, aunque se retirará oficialmente en 2021.

Aún hay otros «líderes históricos» que también permanecen en lo más alto de la jerarquía política. José Ramón Machado Ventura, un médico que por un tiempo fue el número tres después de Fidel y Raúl Castro, y que es miembro del Buró Político, cumplirá 90 años el 26 de octubre. Ramiro Valdés, que ocupó muchos cargos superiores durante los más de sesenta años del Gobierno Revolucionario, incluyendo Ministro del Interior, y que hoy es miembro del Buró Político, tiene 88 años. Varios generales en posiciones de alto rango también pertenecen a la vieja generación.

El general Ramón Espinosa Martín, miembro del Buró Político del CC del PCC, tiene 81 años. En comparación, el general Álvaro López Miera, también miembro del Buró Político, es un joven de apenas 76 años. El general Leopoldo Cintra Frías, Ministro de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) tiene 79 años de edad.

Sin embargo, hay personan más jóvenes, menos visibles que Díaz-Canel Bermúdez y Marrero Cruz, quienes ahora ocupan cruciales cargos de gobierno y cuyo poder es probable que aumente en el contexto de una transición luego de que los viejos «históricos» hayan abandonado la escena. Uno de ellos es el general de 60 años Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, un ex yerno de Raúl Castro, quien es el director de GAESA, el inmenso conglomerado empresarial de las Fuerzas Armadas, el cual incluye a Gaviota, la principal empresa turística en Cuba. Varios oficiales de alto rango del ejército, retirados o en activo, ocupan actualmente cargos importantes en otras esferas clave de la economía.

Las Fuerzas Armadas han capacitado a cuadros técnicos y empresariales quienes, junto a un grupo de técnicos y administradores civiles, han desempeñado por algún tiempo un importante papel en la economía. Muchos de ellos se han convertido en empresarios internacionales que operan en nombre del Estado cubano y han desarrollado amplias conexiones con bancos y otras instituciones capitalistas internacionales.

A ellos debemos añadir a los gerentes de industrias estatales, a quienes el gobierno acaba de otorgar más autonomía. Todos estos funcionarios pueden acabar beneficiándose del anunciado establecimiento de las PYMES, mediante el uso de sus contactos de negocios para obtener el capital que les permita crear sus propias medianas empresas. Ellos constituyen el núcleo de una burguesía capitalista cubana en desarrollo que está emergiendo desde dentro del propio aparato comunista.

Oposición, desafiliación y descontento

Existe oposición política en Cuba, principalmente —pero no de forma exclusiva— en el centro y la derecha del espectro político.

Sin embargo, ha sido políticamente marginada por la represión del gobierno y por la práctica plattista –por la Enmienda Platt impuesta por los EEUU a Cuba a principios del siglo XX y que limitaba la independencia cubana– adoptada por sectores de esa oposición, que en lugar de organizarse y recaudar fondos entre los cerca de dos millones de personas de origen cubano en los EEUU y otros países —tal como hizo José Martí entre los tabaqueros cubanos en Florida para apoyar la independencia cubana en la década de 1890—, ha dependido de limosnas del gobierno estadounidense para sobrevivir a la persecución.

Aunque el gobierno puede haber marginado con éxito a la disidencia activa en la isla, no ha podido detener la considerable desafiliación política con respecto al régimen, especialmente entre las generaciones más jóvenes, que crecieron desde el derrumbe de la URSS y el campo socialista a finales de los 80 y principios de los 90. Debe apuntarse que ha transcurrido casi el mismo tiempo entre 1990 y el presente que entre el triunfo revolucionario en 1959 y el derrumbe del bloque soviético. Este colapso —y la sustancial retirada de ayuda económica a Cuba que lo acompañó— produjo una catastrófica crisis económica y una considerable erosión de la legitimidad del régimen cubano.

Desde entonces, la corrupción pública y privada se ha incrementado notablemente, un fenómeno que fue incluso denunciado por Fidel Castro en un famoso discurso en la Universidad de La Habana en noviembre de 2005, donde advirtió que podría destruir la Revolución desde adentro y así lograr lo que el imperialismo estadounidense llevaba décadas sin haber podido causar.

La actual crisis económica, considerablemente agravada por la pandemia de la COVID-19, se ha sumado al ya extendido descontento originado por la escasez de bienes de consumo. Buena parte de este descontento se ha enfocado en los «coleros» –de «cola», la línea de personas que esperan–, un término comúnmente utilizado para personas que monopolizan los primeros lugares en las omnipresentes filas que se forman  por doquier para obtener los cada vez más escasos productos de primera necesidad o para vender esos lugares a quienes llegan tarde; y para personas que, aprovechándose de ocupar, de una forma u otra, los primeros lugares en la cola, compran todas las reservas de productos para revenderlos a precios exorbitantes.

El gobierno ha sacado partido de la comprensible indignación popular que despiertan los coleros al denunciarles y arrestarles, pero evita enfocarse en las causas económicas del fenómeno, es decir, la escasez de artículos de primera necesidad debido a una insuficiente producción nacional y/o importación.

Sin embargo, el hecho es que, dada la falta de producción agrícola debido al régimen económico y político, no parece haber una alternativa práctica para este problema. Ni siquiera es probable que funcione racionar los productos en divisas que compran los coleros al incorporarlos al sistema de racionamiento en pesos cubanos que ya existe, pues puede que no haya cantidades suficientes para distribuir a todos.

Es difícil identificar las circunstancias bajo las cuales la presente desafiliación y el descontento puedan traducirse en una alternativa política —y aún menos en una democrática y progresiva— para el existente régimen antidemocrático de Estado unipartidista. Es cierto que el cierre por parte de Obama del camino de la emigración cubana hacia los Estados Unidos en los últimos días de su mandato eliminó una importante válvula de escape para la oposición y el descontento en Cuba.

Trump no revocó esta medida concreta de Obama, prueba de que su oposición al comunismo es mucho más débil que su xenofobia y su racismo. No obstante, el cierre de la emigración hacia los Estados Unidos hasta ahora no ha parecido ser suficiente para estimular ninguna novedad política significativa en la isla.

Lo que está claro es que la adopción de las nuevas medidas económicas ya expuestas, en particular la legalización de las llamadas medianas empresas, pueden extender y profundizar considerablemente la doble explotación y opresión en Cuba: la que ha ejercido por mucho tiempo el Estado unipartidista altamente autoritario, y la otra, ejercida por las futuras medianas empresas privadas ayudadas por la falsa protección brindada a los trabajadores por los sindicatos estatales, que en la práctica funcionarán como sindicatos de empresas en el contexto de las PYMES. El Código de Trabajo aprobado en 2014 ya ofrece un indicio de lo que está por venir.

La nueva distribución económica del poder que tarde o temprano se desarrollará en Cuba demostrará aún más la urgente necesidad de contar con sindicatos verdaderamente libres, y la necesidad de sustituir el Estado unipartidista antidemocrático que por su naturaleza imposibilita la existencia de sindicatos independientes, por una república verdaderamente socialista y democrática en Cuba.

*Este análisis fue originalmente publicado en inglés en la edición on line de la revista socialista New Politics.

La victoria de Biden y el odio como fuente de desdicha

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La comunidad cubana en La Florida dio su voto mayoritario al candidato republicano Donald Trump (Alan Diaz/Associated Press)

Como a todas las personas que quiero, la derrota de Donald Trump, me ha alegrado la semana. Y el cuatrienio, espero. Pero lo que más me ha gustado es el hecho de que esté dando una patética perreta ante los ojos del mundo. No porque disfrute viendo sus manotazos de ahogado, sino porque ello le desnuda más claramente que nunca.  Después de saber que se ha convertido en un perdedor, su arrogancia le hará difícil convivir consigo mismo luego de recibir una bofetada del tamaño de 4 millones de votos ciudadanos menos y de tener que dar paso a seres más normales y decentes.

De este payaso -un pésimo clown, porque consigue que la audiencia se ría, pero no cuando él quiere; es decir, que se rían de él y no de sus bufonadas-, solo puede rescatarse que ha sido coherente: cada vez que pensamos que tendría una idea racional o un gesto humano, un atisbo de sensatez, un ápice de decoro, una mínima señal de honradez, nos dejó con un palmo de narices. Es cierto que un enfermo no tiene la culpa de serlo, un mitómano patológico no puede dejar de mentir, del mismo modo que un ciego no es culpable de no poder jugar al tenis.

La incógnita de por qué millones de personas le apoyaron febrilmente queda para los especialistas. Porque yo puedo entender la conducta de hipnotizados miembros de sectas evangélicas, de racistas que viven con la nostalgia del apartheid, la de aquellos emponzoñados por su propia malevolencia, la de quienes transitan por el mundo como si la vida fuera un soez reality show y la de los empresarios cuya codicia está por encima de cualquier escrúpulo.  Pero la de las personas que, aún sabiendo que el tipo los ha estafado evadiendo impuestos y predicando la irresponsabilidad ante una mortal emergencia sanitaria, escapa a mi comprensión.

Por los cubanos que residen en EEUU y le apoyaron histéricamente, siento una pena sincera. Bien saben ellos que a Trump solo le importa la cacería impúdica del dinero, y que le interesa un bledo el pueblo de Cuba. Creo incluso que no se trata de que ellos apoyaran la política de Trump y su camarilla contra el Gobierno de Cuba. Estimo que ha ocurrido más bien lo contario: la pandilla trumpista calibró y atizó los resentimientos de los Otaolas criollos para hacerse de ese apoyo.

En cualquier caso, presenciamos la simbiosis entre el rencor de no pocos cubano-americanos y el camaleonismo político que tan bien caracterizara Martí cuando denunciaba, en 1885, «las mañas para obtener votos» en la «nauseabunda campaña presidencial en los Estados Unidos».

Ahora ha emergido en nuestro país una sorda disputa entre quienes sostienen que nada podemos esperar de Biden -contadas las zonas oscuras de su pasado guerrerista y reaccionario- y aquellos que opinan que con él nos esperan tiempos mucho más apacibles y promisorios.  No es que los primeros mientan al caracterizar al nuevo presidente, pero dejan en el tintero algunos elementos esenciales.

En primer lugar, Biden dijo claramente en abril a la cadena CBS 4 News que restablecería la política de compromiso trazada por Obama. Dicha política puede despertar recelos, incluidos los míos, pero sería sin duda mucho menos asfixiante que la sostenida por los halcones que desdeñan el clamor universal contra el asedio imperial. En segundo lugar, es como mínimo miope desconocer que toda victoria política como la conseguida por la campaña demócrata se forjó a través de alianzas que no podrán ser pasadas por alto -con el programa de Bernie Sanders y con la inclusión de Kamala Harris en la fórmula ganadora, por poner dos ejemplos-.

En particular, la carismática vicepresidenta encarna la reivindicación de la multiculturalidad, la oposición al racismo y el rechazo a la xenofobia. Nada garantiza que los compromisos implícitos en esas alianzas sean, a la postre, honrados, pero aquellos que no los perciben, acaso debido a huellas mentales de vieja data, también me apenan.

Hace unos pocos días, Pepe Mujica decía que no sentía odio hacia nadie, ni siquiera hacia quienes lo habían mantenido en una mazmorra durante 11 años, 3 de ellos en estricto aislamiento con su propia mugre. Y aconsejaba -como en su momento hizo Mandela- a quienes preferían empobrecerse recreándose en ese odio, que se sacudieran esos autodestructivos sentimientos.  Me alegro por Mujica. Me duelo por aquellos que permanecen atenazados por el rencor. Ojalá comprendieran que el torvo deseo de que en Cuba pasemos hambre o privaciones, los hace a ellos más infelices que a nosotros.

¿Hacia una «nueva normalidad» Cuba-EEUU?

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Aunque las estadísticas indican un voto mayoritario en favor de Trump, la comunidad cubana de La Florida también está polarizada (Foto: Campaña de Joe Biden)

La mayor parte de los cubanos de la Isla y de la emigración han vivido intensamente los avatares de las difíciles elecciones 2020 en los Estados Unidos, aunque algunos se empeñen en sostener que se trata de un proceso político extranjero que no tiene por qué importarnos, y que cualquier resultado debería darnos lo mismo. Como en tantas otras cosas, los extremistas de ambas orillas coinciden en esto: los de allá, dicen que los de acá deberíamos pensar en trabajar y no en vivir de sus remesas. Los de acá, sostienen que cualquier gobierno estadounidense que no empiece por quitar el bloqueo será más de lo mismo. La ceguera de ambas facciones merece lástima y escarnio.

Los fenómenos sociológicos que han brotado en medio del proceso electoral son dignos de análisis por los especialistas. En las estadísticas publicadas, aunque incompletas aún, el electorado cubano aparece como el único grupo latino que dio su preferencia a la reelección del presidente Trump en Florida (FLA). Aunque apuntaló la victoria republicana en ese Estado, el voto cubano no fue suficiente para conservar su tradicional baluarte de Miami-Dade, ganado por la demócrata, Daniella Levine, de origen colombiano.

Lo que más me llama la atención de las jornadas electorales en FLA es el radicalismo conservador que se extendió por importantes sectores de la comunidad cubana; no por haber votado por Trump, sino por el tratamiento público y notorio dado a la relación con la Isla. Aunque no puedo afirmar que sea mayoría, la apuesta de numerosos votantes por destruir el socialismo en Cuba a cómo de lugar -por sanciones o por la fuerza bruta-, eliminar los viajes y las remesas y romper las relaciones diplomáticas, se tornó delirante. Espero con ansia que haya sido solo una intoxicación colectiva transitoria, fruto del carácter apasionado y superlativo que nos caracteriza.

La historia de los procesos de acercamiento entre la emigración y los residentes en la Isla, por encima de las diferencias sustanciales entre los regímenes de ambos países, es de larga data -mediados de los 70-. Además, acababa de atravesar por unos años de distensión y consolidación (2014-2016) que incluyó el incremento sustancial de las visitas en ambas direcciones, el fomento de los intercambios culturales, académicos y científicos, y la inversión de una cantidad relativamente elevada de capitales -en forma de remesas no declaradas como capital de trabajo, debido a las leyes de ambos países- que vinieron a impulsar numerosos negocios privados (TCP) y cooperativos en Cuba, en burla solapada al bloqueo del gobierno estadounidense.

La tesis repetida en Cuba de que las recientes oleadas migratorias a los EEUU revisten un carácter económico y no político, entra en crisis con la actitud de numerosos jóvenes emigrados que apoyaron abiertamente la suspensión total de relaciones auspiciada por Trump y sus consejeros de la extrema derecha miamense.  Aunque los estudios de opinión coinciden en que muchos votantes republicanos no desean la eliminación de las remesas y las visitas, reitero que la tendencia al aumento del sentimiento aislacionista entre ambas orillas se torna preocupante.

Al interior de la Isla, la expectativa creada porque se lograra desbancar a Donald Trump y triunfara Joe Biden, el ex vice de Obama, comprometido con el acercamiento logrado entre ambos países, rebasó con creces el natural pragmatismo de esa aspiración y caló en el sentimiento y la expectativa de millones de cubanos. Ancianos y adolescentes, jubilados y empleados, trabajadores manuales e intelectuales, vivieron días de inquietud y prestaron una atención que está ausente ante los rutinarios y sosos procesos eleccionarios del patio.

Falta por ver ahora si los decisores y encargados de renegociar los nexos bilaterales en esta segunda oportunidad, muestran el mismo coraje, decisión y capacidad diplomática de los primeros. Gran parte del camino está desbrozado e identificados numerosos puntos de contacto y colaboración, incluso con importantes acuerdos firmados o en diferentes fases de negociación. Hago votos porque así sea. Tanto por el bien inmediato de ambos pueblos, como porque contribuyera a que las necesarias reformas al modelo cubano puedan efectuarse en un ambiente de distensión, respeto mutuo y creciente actividad comercial.

Espero que el triunfo demócrata contribuya a acercarnos a una etapa de nueva normalidad en las relaciones bilaterales,  a partir de los intereses compartidos y el respeto a las diferencias. Para ello tendrían que superarse los escollos que significan el recrudecimiento de los sentimientos extremistas en algunos emigrados y la sempiterna ojeriza y desconfianza de poderosos sectores de la alta burocracia cubana, y sus voceros, a cualquier distensión mutua.

Ojalá las trabas y zancadillas de los defensores del status quo actual puedan menos que la voluntad de entendimiento y normalización de relaciones que debería primar entre países vecinos, ligados por una larga interrelación de todo tipo -económica, política, demográfica, social y cultural-, tan antigua como la corta historia de ambas naciones.

La violencia traerá el caos

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Los actos de repudio son una práctica de larga data en Cuba

Todas las cosas y los fenómenos tienen un límite. En el escenario político e ideológico, puede llegarse a buen puerto cuando las contradicciones se dirimen a través del debate, las leyes y las expresiones cívicas. Pero llegar al extremo de la represión y la violencia, institucionalizada o no, como está ocurriendo en Cuba, conduce al caos y se aleja de los mejores valores de la Revolución. Con ellos nos formamos muchos y en ellos hemos creído siempre.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la violencia como «el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, (…) una amplia gama de actos que van más allá del acto físico para incluir las amenazas e intimidaciones».

La violencia, como forma de dominar y someter ejerciendo el poder, se manifiesta de diversas formas: física, verbal -que implica amenazas, desprecio, subestimación y, casi siempre, precede a la física directa-, de exclusión -impedir a alguien que participe en actividades sociales de su grupo u otros-, emocional -amenazas de privar de algo al otro, de lastimar a sus cercanos, etc.-, económica -privar del empleo, retirar el salario.  

La violencia estructural de base económica supone producir un daño en la satisfacción de las necesidades humanas básicas que afectan la supervivencia, bienestar, identidad o libertad; y que puede provocar violencia indirecta o directa en dependencia del grado de reacción de los desfavorecidos. Por otro lado, la de base política se manifiesta a través de actos violentos del Estado -instituciones militares- o de sus seguidores, contra quienes se pronuncian con objetivo político diferente.  

La denominada violencia cultural se emplea para legitimar las formas anteriores. Ocurre cuando cualquier aspecto de una cultura se utiliza para dominar. Es establecer una norma política, un conjunto de ideas desde el poder y entender que todo lo que choque con eso es políticamente incorrecto. Lo políticamente correcto y la censura, por ejemplo, forman parte de la opción totalitaria que asume el sistema.

Su éxito muchas veces descansa en la idea de que tenemos deseos miméticos. Asumimos la verdad de otros que creemos que son mayoría por miedo a quedar aislados. Así, aparecen más personas que supuestamente comparten los mismos presupuestos y con eso se sigue aparentando que hay una mayoría, cuando en realidad muchos de los que participan piensan lo contrario.

El sociólogo noruego Johan Galtung, se refiere a la variante cultural de la violencia como los símbolos que nos hacen acostumbrarnos a ella. Así se va imponiendo una cultura de violencia: los ciudadanos ven ese tipo de respuesta ante los conflictos como algo normal e, incluso, como la única manera viable de hacer frente a los problemas y contradicciones que se dan en la sociedad.

El peligro de descentralizar el monopolio de la violencia

El monopolio de la violencia es una cualidad consustancial al Estado, tal como expuso Max Weber en su obra La política como vocación. Le compete en un territorio que está bajo su control, como uso legítimo para preservar el orden, para lo cual cuenta con instituciones como la policía y los cuerpos militares. Todo uso paralelo, bajo otras modalidades, solo puede darse si es autorizado por el Estado y las leyes.

Los Estados que no controlan el uso de la violencia no son funcionales. Estado y Gobierno deben ser negociadores, capaces de solucionar en forma flexible y siempre activa los problemas fundamentales de la sociedad, integrar en redes a todos los grupos sociales, intereses y situaciones problemáticas. No debe olvidarse lo expresado por Isaac Asimov: «La violencia es el último recurso del incompetente».

En una escalada de violencia intervienen hasta los peores instintos de los que hablara Sigmund Freud. Facilita el enardecimiento de la gente sobre todo cuando es estimulada a ello. Para el padre del Psicoanálisis, así como para Nicolás Maquiavelo, Friedrich Nietzsche y otros, la violencia era algo inherente al género humano, pero hoy se sabe que es sobre todo conducta aprendida.   

El Marxismo original la vio como un producto de la lucha de clases para transformar las estructuras socioeconómicas de una sociedad. Consideró la existencia de una violencia reaccionaria que usa la burguesía para defender sus privilegios, y otra revolucionaria que destruye el aparato burocrático-militar de la clase dominante y socializa los medios de producción. No la concibe contra los individuos, sino contra una clase y las instituciones en que fundamenta su posición dominante. Por tanto, luego de esa transformación radical deja de ser un medio que justifica el fin.

En política, violencia y represión se relacionan de modo fatal. Represión viene del latín repress?o, acción y efecto de reprimir -contener, detener, refrenar o castigar- a otros, llevado a cabo desde el poder para cohibir actuaciones políticas o sociales indeseadas. Aunque puede ser legal o ilegal, siempre implica una cierta dosis de violencia. Asume función ejemplarizante, porque también busca que los demás se auto inhiban y no reproduzcan esos actos. Si excede los límites legales, los represores anulan derechos legítimos como la libertad de expresión o de manifestación. 

Cuando para reprimir se usa a la masa, se apela a un recurso peligroso y dañino para la sociedad. No me refiero a multitudes, sino desde la Psicología social, al grupo de personas, independientemente del número, que tienen como meta la de reprimir a otro u otros bajo indicación o con la permisibilidad e incluso la protección de autoridades, uniformadas o no. Lo que un individuo hace bajo esas condiciones puede estar contra su naturaleza o disposición a hacerlo de manera individual.

El sociólogo francés Gustave Le Bon, en su libro Psicología de las masas, considera que la masa organizada o masa psicológica es una agrupación humana en apariencia heterogénea y espontánea. Un escenario donde se forma una especie de alma colectiva. Esa masa se caracteriza por una pérdida de control racional, de la personalidad consciente y se maneja con ideas cortas y firmes. Prevalecen sentimientos simples y exaltados, priman la imitación, el sentimiento de omnipotencia y el anonimato que permite al individuo sentirse eximido de responsabilidad.

La masa, que siempre es transitoria porque aparece de repente y se disuelve de igual forma al concluir su misión, se muestra tensa emocionalmente y con una tendencia explosiva que se forma también por contagio mental. El individuo supedita su idea a la movilización colectiva y obedece las órdenes de quienes lo llevan a un estado de fascinación que bloquea su capacidad de discernimiento. Por todo eso, también la masa puede atraer a psicópatas, delincuentes y ciudadanos que ven la oportunidad para actos de venganza personal.

La urgencia de imponer límites hoy en Cuba

Lo que está ocurriendo actualmente en Cuba en las materias descritas, no es nuevo, pero sí mucho más peligroso que antes. Urge privilegiar el sentido común, la memoria histórica y la ciencia para pensar sobre el problema, evitar una escalada y ayudar a transformar el país.

Muchos años tuvieron que pasar para comprender lo que me había ocurrido en un acto de repudio en el que pronuncié un discurso a mis escasos 14 años. Era contra una familia vecina que se iba del país -una señora modista, amiga de mi madre, y sus dos hijos menores con los que mi hermano y yo habíamos crecido-.

Escribir el discurso no fue difícil. Luego el audio estridente, la muchedumbre gritando consignas frente a la casa de ellos y, enseguida, mi turno. Comencé a leer el texto, pero no pasé de dos párrafos: rompí a llorar. Algunos me consolaron y mi madre me sacó de allí, donde según supe continuó una escena horrible. Para los vecinos, yo estaba indignada y me había emocionado leyendo mi discurso. También lo creí, esa noche lloré mucho.  

Tras varias conversaciones con mis padres asimilé aquello como una situación excepcional y extrema para la cual estaba demasiado chica. Pasados los años, comprobé que lo vivido en aquel meeting no fue excepcional y que mi experiencia era simple frente a todo lo que había ocurrido y ocurriría. En el 80 se lanzaron piedras, se golpeó a personas con palos y cadenas, se les escupió, se les arrojaron huevos, excrementos, pintura en sus fachadas, se les agredió verbalmente de modo grosero.  Muchas familias cubanas fueron víctimas de aquellas acciones bárbaras.  

Llegaron los 90, se reeditaron los actos de repudio y se crearon las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida, a las que debíamos incorporarnos en escuelas, barrios y centros de trabajo. Mucho se hizo bajo ese ropaje. Antes y después hubo linchamientos públicos, violencia de todo tipo contra personas que quedaban indefensas, acusadas de delitos que la gente ni siquiera tenía como probar. 

También supe luego que esos actos de violencia no eran espontáneos, ni originarios de Cuba. En nuestra sociedad han subido o bajado de tono, han asumido gradualmente cierto grado de sofisticación y se han adaptado a los tiempos con la tecnología, por ejemplo, pero se han mantenido. Comparado con los 80, hoy se nota menos violencia física directa y pública a gran escala, acaso porque es más selectiva, encubierta o porque son menos masivos los enfrentamientos y hay muchos indiferentes. Al parecer son menos los jóvenes que participan y ya no siempre la masa se compone de los vecinos de quienes son objeto de represión.    

En versión 2020 han estado a la orden del día los mítines de repudio y acciones coercitivas o abiertamente represivas contra quienes disienten. Para eso se alternan autoridades, militares vestidos de civil y grupos de ciudadanos. Son las masas de Le Bon.

Se impide a personas salir de su casa, realizar manifestaciones pacíficas, se incautan celulares o se les borra la información registrada por sus dueños, se vociferan amenazas y obscenidades, se endilgan delitos a quienes disienten o denuncian arbitrariedades, se imponen multas exorbitantes y algunas arbitrarias en medio de una crisis extrema. Y se ha mantenido la separación de profesionales críticos de sus empleos como docentes universitarios, médicos, periodistas, etc.

Ni en los 80 ni ahora esta táctica de enfrentamiento ha sido espontánea. ¿Cómo se conocía en la cuadra quiénes se iban del país en los 80, si las familias lo mantenían en secreto? Si los medios de comunicación son del Estado y la información sobre quienes son críticos del proceso no se expone en ellos ni directa ni indirectamente, la mayoría de los ciudadanos no conoce las ideas y comportamientos de esas personas. ¿Cómo es que se suman para agredir y reprimir de palabra y/o acción a quienes ni conocen bien? ¿Solo porque los convocan y les dicen que los otros son contrarrevolucionarios, gusanos, mercenarios, traidores? Vergüenza para este país.

Represión en tiempos de COVID-19

Considero que el manejo de la pandemia ha sido excelente en Cuba. Pero otros países también lo han logrado sin cuarentenas tan largas, sin culpar a sus ciudadanos de todo lo que no se logra, al punto de que la gente se agreda y se culpe de lo malo que sucede o de las metas incumplidas; o que incluso pida medidas extremas sin calcular las consecuencias de dar un poder desmedido a las fuerzas del orden de cualquier gobierno.

La pandemia ha sido también una cobertura para el incremento de la represión, la violencia y el desconocimiento del Estado Socialista de Derecho que refrendamos hace año y medio. ¿Cuántas personas han sido detenidas o encarceladas arbitrariamente? ¿Cuántos cercos a viviendas, arrestos y contravenciones al amparo del polémico Decreto 370 de julio 2020 o fuera de este, sin denuncia previa ni el debido proceso? De eso no se habla en los medios oficiales. Al contrario, sobre el 370, Granma apenas dijo que había «generado algunas dudas» y «preguntas en las redes sociales», cuando en realidad provocó conflictos desde el principio, innumerables denuncias y una ola de protestas en las redes.

¿Por qué, si se consideran actitudes violatorias, no intervienen las autoridades destinadas al orden, con los procederes establecidos, y, por el contrario, se usa a ciudadanos comunes? ¿Cómo se explica que el Estado se muestre tan reticente a descentralizar lo que debe para permitir el desarrollo y, sin embargo, sí descentralice el uso de la violencia, que es legítimamente su atribución en cualquier parte del mundo? ¿Por qué? 

Esas prácticas institucionales y paraestatales deben parar. Así es imposible luchar por el socialismo. Así vamos al caos. El proyecto de la Revolución no se sostiene por la fuerza, ni se defiende usándola bajo ningún ropaje. No es posible que los órganos oficiales del orden deleguen sus funciones y presencien tranquilamente cómo unos cubanos agreden a otros. No somos una sociedad de bárbaros. Respetémonos, aprendamos de la memoria histórica, si no directa, al menos por las referencias de los que vivieron aquellos años. Esas actitudes solo generan más violencia, incentivan el odio, las fracturas de la familia cubana y de la Patria que, en definitiva, es de todos.

Los peligros del trumpismo para la democracia estadounidense

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El presidente de los Estados Unidos es una persona autoritaria y autocrática, acostumbrada a usar la ley en su beneficio (Foto: Tasos Katopodis/Getty Images)

Al parecer, en las elecciones estadounidenses de 2020 no solo se están enfrentando los dos partidos tradicionales de los Estados Unidos –Demócrata y Republicano-; ni dos concepciones ideológicas que, en otra época, no eran sustancialmente diferentes, sino que la disputa en esta ocasión es además entre la defensa de las instituciones democráticas y el intento de destruirlas.

En su intervención desde la Casa Blanca el pasado jueves, el presidente de los Estados Unidos dijo, literalmente, que «Detroit y Filadelfia son dos de los lugares más corruptos del país» y, antes de realizar semejante afirmación, dejó claro que «nuestro sistema es corrupto». Todo esto para negarse a aceptar lo que ya es evidente: perdió las elecciones. Las perdió en el voto electoral y en el voto popular. La tendencia ya parece ser definitiva en los Estados de Pensilvania y de Georgia, en los que la inmensa mayoría de los votos que se están reportando y que pertenecen a los que fueron enviados por correo, se inclinan por Joseph Biden.

Desde hace meses, Trump ha insistido en que habría un «fraude masivo» en su contra, sin aportar evidencia alguna. Incluso ahora, cuando abiertamente acusa de fraude a los Estados en los que se invirtió la tendencia en su contra y al Partido Demócrata mismo, no ha aportado ni una sola prueba.

Trump no es el primer gobernante que pretende destruir las instituciones democráticas, usándolas o acusándolas de corruptas. Varios en el pasado y en diversos países han utilizado la democracia para alcanzar el poder y luego la han suprimido, estableciendo sistemas totalitarios.

Ése es uno de los peligros del trumpismo. El presidente de los Estados Unidos es una persona autoritaria y autocrática, acostumbrada a usar la ley en su beneficio. Así se comportó como empresario y así se ha comportado como presidente. Entre los gobernantes de ese país en los últimos años tiene un récord de despidos de sus colaboradores más cercanos, a quienes no les ha aceptado criterios diferentes al suyo. De acuerdo con muchos de sus excolaboradores, es del tipo de líderes que no los necesita como asesores, sino para que cumplan sus órdenes.

Antes de las elecciones, se negó a confirmar que aceptaría una derrota, en caso de que se produjera. Para él esto no era una opción. Solo lo era la victoria o un litigio en las cortes, aludiendo un supuesto fraude que ya desde antes de la elección estaba denunciando.

Por esa razón, aprovechó el fallecimiento de la jueza Ruth Bader Ginsburg para designar a la jueza Amy Coney Barrett, e inclinar más a su favor la balanza de la Corte Suprema de Justicia, con seis jueces conservadores frente a tres progresistas. Con ello, pretende asegurar fallos orientados a abolir el Obamacare y el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como una posible querella relacionada con las elecciones en el máximo órgano judicial del país. Sin embargo, sería difícil imaginar que la Corte Suprema, por conservadora que sea, se someta a su voluntad, abandonando su misión de preservar la legalidad.

Cuando aun estaban por contar cientos de miles de votos y permanecían varios Estados sin confirmar quién habría ganado en ellos, se atribuyó la victoria y a partir de allí no ha parado de usar las redes sociales y sus propias intervenciones públicas para denostar la elección, acusar de fraude donde quiera que está perdiendo y al sistema de corrupto.

La acusación de corrupción de las instituciones y del sistema puede ser el primer paso para que sus huestes reclamen su destrucción y reemplazo por otras que se acomoden al «líder iluminado». Puede conducir al peligro de una sublevación de sus seguidores que creen fielmente en sus sistemáticas mentiras, porque le siguen, como fanáticos, sin detenerse a contrastar la certidumbre o no de sus afirmaciones. Esto podría significar el inicio de un desorden social de incalculables proporciones que desestabilizaría al país y profundizaría la polarización política que ya lo divide.

De negarse a reconocer la derrota, se crearía una crisis institucional para la cual no existe precedente en el país.

Si la democracia y la legalidad ceden ante las presiones del actual presidente y de sus huestes enardecidas, podríamos estar ante la posibilidad de un golpe de Estado en los Estados Unidos, que se manifestaría en la destrucción de las instituciones democráticas.

Por esa razón, pareciera que es el momento en el que demócratas y republicanos deben cerrar filas para salvar la institucionalidad del país. Todo sistema democrático es perfectible, pero lo que sí ha resultado muy difícil es establecer o restablecer la democracia por vías pacíficas, a partir de un sistema autoritario y dictatorial. Esperemos que ése no sea el escenario por venir y que las instituciones estadounidenses sean capaces de respetar la voluntad popular, con independencia de las diferencias políticas.

¿Qué impresiones dejan las elecciones en EEUU?

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impresiones
El dilatado resultado de las elecciones en Estados Unidos y el proceso en torno demuestra fenómenos preocupantes (Imagen: Ingram Pinn/Financial Times)

Mientras aún se desconocen los resultados de las elecciones en Estados Unidos, seis reconocidos intelectuales cubanos de diferentes campos del conocimiento ofrecen brevemente sus impresiones en torno a este tan peculiar proceso que mantiene al mundo en espera.

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Lo que más me ha impresionado de este proceso electoral es el número de electores que acudieron a las urnas. Es una cifra inédita. Después de haber observado elecciones norteamericanas durante más de cincuenta años, esta es la primera vez que hay tal cantidad de votantes con tanta determinación por resolver cualquier problema a través de las urnas. Debe tenerse en cuenta que se ha desarrollado en medio de una pandemia y con otras crisis en el horizonte.

Dicho esto, sin embargo, es también impresionante el número de ciudadanos que ha votado por un personaje a todas luces inmoral, deshonesto, mendaz. Donald Trump es narcisista, ególatra, racista, misógino. Ha demostrado una total falta de empatía. En lo internacional, se ha comportado como un bully. Y, a pesar de todo eso, 68 millones de norteamericanos han votado por él. Es un fenómeno que vale la pena estudiar con más profundidad.

Por otra parte, también debe reconocerse que 70 millones han votado en contra. Igualmente, hay algo que quiero apuntar: de mis conversaciones con norteamericanos desde 2016, me he dado cuenta de que muchos están de acuerdo con sus políticas, aunque reconocen sus falencias como ser humano. Así que no podemos deducir que los 68 millones que votaron por él, simpatizan con su manera de ser. Sin embargo, parece ser cierto que una parte importante de los 70 millones que votaron por Joe Biden lo hicieron por oponerse a Trump.

Es muy peligroso lo que estos datos revelan: una sociedad polarizada que no parece encontrar, a través de sus instituciones políticas, el liderazgo que necesita para superar las múltiples crisis que la aquejan.

Carlos Alzugaray Treto (Ex-diplomático)

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Estas elecciones han demostrado varias cosas:

  1. Los mecanismos eleccionarios norteamericanos están caducos y se han divorciado muchísimo de la realidad de ese país.
  2. El sistema de votación no es realmente democrático, algo ya demostrado durante las elecciones anteriores cuando Hilary Clinton se llevó el voto popular y no fue presidente.
  3. Ese sistema está manipulado y es manipulable.
  4. Permite que un sector de la población no pueda votar.
  5. Está muy lejos de constituir paradigma de proceso o sistema electoral.
  6. La sociedad norteamericana está altamente polarizada.
  7. La OEA es una institución que da vergüenza, pues a diferencia de las acusaciones y el escándalo que levanta cuando ocurre algo así en América Latina, si sucede en Estados Unidos se mantiene al margen.
  8. Más allá de los votos, resulta terrible que tantos millones de personas voten por un hombre mentiroso, misógino, racista, evasor de impuestos confeso. ¡Vaya valores los de esas personas!

Juan Triana Cordoví (Economista)

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Las elecciones en los Estados Unidos en este 2020 han demostrado la crisis que vive la sociedad norteamericana. Resultan una muestra de la decadencia imperial, esa que también se expresa en la disminución de la hegemonía estadounidense a nivel global. La polarización que vive ese país solo augura tempestades. Asimismo, asusta la fuerza del trumpismo –gane o no la presidencia su principal representante-.

Fabio Fernández Batista (Historiador)

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La gran lección de estas elecciones ha sido que el análisis de la política norteamericana no se deduce por simple inspección de los medios, las empresas encuestadoras, las plataformas partidarias, los discursos de los líderes, las fórmulas ideológicas. Sin entender la cultura política norteamericana, que es el tejido conductivo de todo lo anterior, seguiremos horrorizados o perplejos ante un proceso electoral como este, creyendo que Trump es una aberración y que, una vez derrotado, lo que viene será razonable y predecible. Deberíamos aprender a hacerlo como Martí, que supo entender al gobierno, al sistema, y a la política como parte de esa cultura porque las conoció de cerca.

Rafael Hernández (Politólogo)

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Estados Unidos enfrenta una fractura externa e interna de su hegemonía. El trumpismo, más que Trump, muestra la voluntad de sectores dominantes de profundizar esas fracturas con tal de asegurar sus intereses. Durante la actual campaña electoral y desde antes, se arriesga a deslegitimar el sistema político con tal de mantenerse en el gobierno.

Ese gobierno se ha orientado a la recuperación de dicha hegemonía, basada en algunas de sus fortalezas, o, alternativamente, acumulando la fuerza política y social que les permita imponer la misma orientación estratégica a cualquier gobierno demócrata.

Pareciera que el establishment se da un tiro en el pie al sacrificar una de las principales fuentes de su legitimidad, pero se trata de realizar un control de los daños ya producidos, a saber, la transición geopolítica en curso y la polarización de la sociedad norteamericana.

Juan Valdés Paz (Sociólogo)

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Nunca pude imaginar que el presidente en funciones de la mayor potencia mundial actuara de maneras tan extremas más a título personal que como la primera figura pública de ese país. El encargado de velar por el orden constitucional en Estados Unidos se ha convertido en el instigador de protestas públicas, hablando de fraude sin que existan pruebas de ello. A partir de estas elecciones, Estados Unidos no podrá nuevamente presentarse como consejero en materia de democracia ante ningún otro país del mundo. No dieron el ejemplo.

En otro sentido, los records de votantes demuestran una altísima polarización en esa sociedad. No se han enfocado en mirar a su país como un todo que está atravesando una de las más grandes pandemias que ha existido en los últimos tiempos y que ha costado miles de muertos en los últimos días de campaña y elecciones, sin que exista un plan nacional adecuado, ni la vacuna que Trump había prometido para estas fechas.

Omar Everleny Pérez Villanueva (Economista)

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Por quién doblan las campanas en Cuba y EEUU

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EEUU
Cuba siempre ha estado entre las apetencias y los intereses geopolíticos de los gobiernos de Estados Unidos

El año 2020 quedará marcado por dos acontecimientos: la pandemia de la COVID-19 y las elecciones en los EEUU. Este último no es global por su naturaleza, pero sí por el significado que para muchísimos países, entre ellos por supuesto Cuba, tiene la reelección del republicano Donald Trump o la elección del demócrata Joe Biden.

Las elecciones en los EEUU siempre han sido de particular interés para el resto del mundo, pero estas han tenido varias situaciones extraordinarias y algunas inéditas en ese país. Casi todas están signadas por las características psicopatológicas del actual mandatario y la circunstancia de coincidir con la pandemia, sus tremendos efectos en ese país y el mal manejo que la actual administración ha hecho de la situación sanitaria.

Muchos cubanos han estado en soberana vigilia por las elecciones del poderoso vecino. Hasta cierto punto, es lógico.

La complejísima conexión sociocultural, política y económica con los EEUU ha marcado nuestra historia. Para bien, porque la interinfluencia cultural ha constituido un nutriente más de ambas culturas y porque aquel ha sido escenario donde se han situado y difundido importantes proyectos socioculturales y emancipatorios cubanos.

Para mal, porque Cuba siempre ha estado entre las apetencias y los intereses geopolíticos de aquellos gobiernos, lo cual derivó en una patología de las relaciones internacionales con graves consecuencias para este pequeño país del Caribe.

Lo cierto es que el nacionalismo de los cubanos de la Isla no puede comprenderse sin tomar en cuenta el antimperialismo que fue calando hondo en generaciones a lo largo de más de un siglo. Durante los últimos 61 años ha prevalecido una política hostil abierta en todas sus modalidades por parte de las administraciones estadounidenses hacia Cuba, con altibajos y ciertos esfuerzos de distensión, pero permanente.

El último de esos empeños negociadores llegó a una meta hasta entonces casi vista como imposible: el restablecimiento de las relaciones bilaterales, la reapertura de embajadas, y la visita del presidente norteño, el demócrata Barak Obama, en 2014.

La administración que cumple sus cuatro años en la Casa Blanca y pugna por otro período más, abrió un cisma. No sólo revirtió lo que se había logrado, sino que ha profundizado las sanciones contra Cuba sin importar ni siquiera la pandemia.  

A punto de cerrar el proceso electoral

A las 5:16 p.m. de ayer miércoles, 4 de noviembre, Joe Biden acumulaba 264 votos y Donald Trump, 214, acercándose más el primero a los 270 votos electorales necesarios para decidir por quién doblarán las campanas en la principal potencia mundial. En cualquier caso, se evidencia la fuerza que aun en las condiciones y consecuencias de este traumático gobierno republicano, tienen los sectores conservadores en ese país. Conviene tomar nota de eso.

Muchas consideraciones podrían hacerse en estas horas finales del proceso electoral. Sin embargo, como no soy especialista en la materia y este es un espacio breve, prefiero centrar la atención en los siguientes tópicos relacionados con el debate de estos meses y que tienen mayor significado para Cuba.

Sobre EEUU:

  1. Por más que haya sido errática y seamos críticos de la política exterior de la administración Trump y las agresiones a Cuba en particular, el voto de los ciudadanos estadounidenses se decide por la política interna, más pragmáticamente, por el balance de la economía, el sistema impositivo, el empleo y otros indicadores de ese ámbito.
  2. Como otros procesos electorales, el estadounidense ha recibido críticas, especialmente por la elección indirecta del presidente a través del sistema de Colegio Electoral con sus 538 compromisarios en representación de los 50 Estados más el Distrito de Columbia. Lo que implica que el voto popular no coincida siempre necesariamente con el que realmente da la victoria, que es el del Colegio (votos electorales, 270 como mínimo). Así le ocurrió a Hillary Clinton cuando ganó Donald Trump en el 2016.
  3. Para muchos resulta increíble que con los desastres en materia política y diplomática, migratoria, racial y en otros aspectos de su ejecutoria, Donald Trump haya alcanzado hasta el momento tantos votos. Sorprende que justo en La Florida, donde viven tantos inmigrantes, haya obtenido, aunque con estrecho margen, más votos que su contrincante: 5 millones 658 mil 404 (51.2%) contra 5 millones 283 mil 904 (47.8%).
  4. Algunos han achacado la responsabilidad de lo anterior a los cubanos que viven allá. Sin embargo, todo indica que justo en los condados donde viven más cubanos, Trump perdió. De todas maneras -y a reserva de estudios que convendría hacer sobre la inclinación de una parte de los cubanos emigrados durante los últimos años hacia la tendencia republicana-, otros factores deberían considerarse: no todos los inmigrantes tienen derecho al voto y muchos de los que pueden hacerlo se sustraen de participar en política por diversas razones. Ya se sabe que generalmente cuando hay abstención se beneficia la derecha. No obstante, en esta elección se han movilizado más ciudadanos a ejercer su voto. Hasta antier, 3 de noviembre, y por adelantado lo habían hecho alrededor de 97 millones, 70.8% de quienes lo hicieron en el 2016.

Sobre Cuba

  1. Cierto que el origen de los tantos intereses de Cuba en las elecciones de los EEUU obedece a las raíces mencionadas arriba. A lo cual se suma nuestra idiosincrasia y psicología que es de posiciones extremas, apasionadas, de contingencias. Pero ese seguimiento ha tenido a veces visos obsesivos durante estos meses, lo cual se ha manifestado de varias maneras.
  2. A pesar de nuestra tradición de lucha por la independencia y soberanía frente a poderes extranjeros -léase España y EE.UU.- en realidad no hemos superado la dependencia, que no solo se lleva en la economía y el comercio, sino también en las mentalidades.
  3. Por eso, en los análisis de los cubanos de la Isla se superponen ideas y posiciones diversas, algunas contradictorias. En parte generadas por el pueblo y en gran parte sembradas y estimuladas por el discurso oficial. En definitiva influyen como ideas rectoras y esquemas mentales las siguientes:
  • Las crisis recurrentes de Cuba obedecen al bloqueo económico, comercial y financiero de los EEUU. No sólo al carácter extraterritorial, sino a que no podemos comerciar directamente. Sin embargo, hoy estamos dolarizando la economía, que es uno de los principales lastres a la soberanía.
  • El principal responsable de los problemas e insuficiencias del país en materia democrática y de Estado de Derecho, es el gobierno de los EEUU por su hostilidad hacia Cuba. Por tanto, mientras eso no cambie, Cuba no podrá realizar cambios en dichos ámbitos.
  • Así se ha extendido la idea de que el futuro de Cuba depende de quién gane las elecciones en los EEUU. Si gana Biden, respiramos -nadie habla de desarrollo, se habla de respirar-; si gana, Trump vamos al abismo.
  • La confrontación entre ambos países seguirá siempre porque cualquier partido es lo mismo, gane quien gane. Sin embargo, estamos pendiente de esas elecciones como si en ello nos fuera la vida.
  1. Se supone que lo mejor que puede pasar, antes y ahora, para la continuidad de los esfuerzos de Cuba por el desarrollo en condiciones de paz, así como para la relación entre ambos países, es la opción demócrata. Aunque contraria a la Revolución y la institucionalidad cubana, permite a ambos gobiernos negociaciones difíciles, pero en paz y con probados pasos de avance, beneficiosos para el pueblo bajo el paraguas del intercambio cultural y académico, determinada flexibilización del bloqueo, etc. Sin embargo, cuando se produce un paso de avance en la ruta de una administración presidencial de ese partido con el gobierno cubano, como ocurrió con el presidente Barak Obama en el 2014, se desatan de este lado las críticas más enconadas a su proyección desde los mismos segmentos que en principio no se mostraban opuestos, al contrario. Ahora se está repitiendo ya la misma fórmula, desde ayer miércoles, día 4, cuando amanecimos con la puntuación favorable a Biden. Enseguida empezó a circular esa matriz de opinión negativa en medios como Granma digital, con varios artículos, y en Facebook, por Iroel Sánchez, con muchos post en menos de 14 horas, entre otros. Se reanuda la carga contra los demócratas, porque «son lo mismo».   
  1. Curiosamente, las peores crisis en las relaciones bilaterales, incluyendo la cuestión migratoria, han ocurrido con las administraciones demócratas. Las republicanas mantienen la confrontación de modo más sistemático y agudo, pero no llega a la crisis extrema de un éxodo, invasión o algo similar. Sin embargo, en el ámbito interno, la republicana facilita al gobierno cubano la articulación del consenso, refuerza la idea del enemigo externo, permite distraer la atención hacia los problemas domésticos, al tiempo que se activan y refuerzan los sectores conservadores dentro de la clase política nacional.

Deberíamos terminar con ese círculo vicioso que algunos llaman de «te odio, pero te quiero» con los EEUU, ahora manifiesto en sus elecciones. Deberíamos desterrar la mentalidad colonial que no demuestra realmente nuestra independencia por más que la pregonemos. Ese lastre se mantiene, corroe a las fuerzas vivas de la sociedad y sirve para apostar por el inmovilismo.

Terminemos de poner el catalejo al revés para que podamos construir un proyecto de país soberano, realmente socialista y democrático, a pesar de los EE.UU. y de quién esté de turno en la Casa Blanca.