El resultado de las elecciones en EEUU incidirá directamente en Cuba (Foto: Yamil Lage/AFP vía Getty Images)
Preferiría escribir sobre cambios en la política interna de Cuba, encaminados a evitar una continuidad que es más bien continuismo. Pero como los EE. UU. tienen la pésima costumbre -anterior a 1959- de considerarnos «cosa suya», nos hemos adaptado a verlos como «cosa nuestra», y a sopesar lo que significan los candidatos en sus elecciones; a los efectos, ahora mismo, no de mejores relaciones, sino, desgraciadamente, a nivel de la supervivencia.
De ganar Trump, el escenario económico sería trágico. Su interés por conquistar sectores de la Florida que promueven un endurecimiento hacia Cuba, se ha puesto por encima de su pragmatismo de millonario que, en el 2010, quiso inscribir su marca en el mercado cubano y envió a un abogado a husmear.
No obstante, en el apuro por dar un golpe de impacto, Trump olvida que sus medidas draconianas se aplicarán en medio de una situación humanitaria, que la alta burocracia no se afecta en lo personal, pero la mayoría del pueblo sí; y que esa mayoría incluye desde el más pobre, hasta el pequeño o mediano empresario.
Sin esa presión extra, ya es evidente la deformación estructural de nuestra economía, más que estudiada por los expertos cubanos. Si están convencidos del fracaso del socialismo, ¿por qué no permitir que siga su curso natural? ¿Para qué el empujón? No hay nada que una más que el rechazo común, y nada tan difícil de creer como que intentan «salvarte», a costa de tu muerte.
En consecuencia, de ser reelecto Trump, el gobierno y su aparato ideológico se fortalecerían, incluso en medio de una economía en ruinas, pues recibiría un espaldarazo el discurso de que nuestros problemas son resultado del bloqueo. Y la ira de la gente, depauperada en extremo, responsabilizaría al presidente norteamericano e ignoraría, todavía más, al sector de la oposición que recibe financiamiento del Norte.
Ya se ha indicado que Trump, ideológicamente, es una propuesta menos dañina. El sitio Cubadebate publicó hace poco “¿Una contrarrevolución preferible?”, de Javier Gómez, que clasifica dos vías de subversión: «la estrategia Trump» y «la estrategia Obama»; la segunda -según el articulista, «más intelectualizada, menos agresiva y capaz de hacerse simpática»-, es considerada la más peligrosa. Aunque respondí en su momento, en algo lleva razón: cuando las faltas ajenas son menores, las nuestras resaltan.
Biden fue vicepresidente de Obama; si logra vencer con el voto en contra de la Florida, y si decide continuar un camino de menor hostilidad hacia Cuba, tendría a su favor cosas que Obama debió a su segundo mandato: una embajada abierta y la primera visita de un presidente estadounidense a La Habana tras la Revolución. Claro que también pudo constatar que el intento de buena vecindad no garantizó que el gobierno cubano acelerara un proceso de reformas aprobadas por voluntad propia, y con gran consenso, desde hace más de una década.
Si Biden ganara podría flexibilizarse la situación económica de la Isla, pero se acentuarían las tensiones ideológicas internas (de hecho, se acerca el momento y la campaña marcha a toda máquina contra medios alternativos como La Joven Cuba). Tales tensiones encontrarían una recepción inédita en la opinión pública, potenciada por las redes sociales y el acceso a Internet.
En resumen: las elecciones en el país vecino van a influir, para bien o para mal, en Cuba.
¿Trump o Biden?
Noviembre dirá, porque lo que fue el debate de la semana pasada…
*Este análisis fue publicado originalmente el pasado 7 de octubre en Hypermedia Magazine. Por su actualidad, La Joven Cuba lo reproduce.
La asociación con ningún poder extranjero vendrá a solucionar los problemas fundamentales de Cuba (Foto: AP/Franklin Reyes)
Las inconclusas elecciones 2020 en los USA ya pasan a la historia como las más reñidas e impredecibles de esa nación. Que a veinticuatro horas del cierre de los colegios, el candidato más votado en la historia del país aún no pueda ser proclamado ganador porque no llega a los 270 votos electorales necesarios, da una idea del final de photo finish que nos espera. No solo Cuba, el mundo entero ha estado pendiente de esta batalla electoral donde parece decidirse, más que la presidencia de un Estado, el destino del planeta.
De nada vale que aparezcan comentaristas preguntándose por qué le damos tanta importancia a este escrutinio extranjero. ¡Cómo si quedara alguien que no hablara del tema en estos días! La cuestión no tiene que ver con el supuesto apoyo de socialistas y comunistas a Biden, porque ni él, ni ninguno de los líderes demócratas más radicales ?como Sanders o las chicas del Squad? comparten ideologías de izquierda. Tales calificativos, propagados por Trump y sus acólitos, solo intentan anatemizar a sus enemigos políticos con el fantasma del comunismo que en Estados Unidos es tan rechazado.
Está claro que Biden y Harris en la Casa Blanca no eliminarían el bloqueo, pero también han asegurado que volverían a la política de Obama, cuando las relaciones people to people eran tenidas como arma fundamental en la lucha por destruir el socialismo isleño. Mas, ¿algún cubano puede dejar de notar diferencias sustanciales entre aquella política y la aplicada por Trump y sus consejeros de La Florida? ¿Acaso ocurrió algo parecido a La Coyuntura en la Era Obama? No hay comparación posible entre un candidato que contribuyó a restablecer las relaciones diplomáticas entre ambos países y uno que las clausuró de hecho, bajo un pretexto baladí e irrespetuoso.
Si lo que algunos pretenden es que el único gobierno estadounidense que los cubanos de la Isla puedan preferir sería aquel que eliminara definitivamente el bloqueo, entonces no habrá ninguno nunca. Tras la Ley Helms-Burton de 1995, solo el Congreso de los Estados Unidos, cuando se cumplan determinadas condiciones estipuladas en dicha ley, estaría facultado para eliminar el llamado embargo. Ningún presidente podría hacerlo, por muy cubanófilo que fuera.
Si algo me ha llamado la atención desfavorablemente en estos días es la actitud de algunos emigrados cubanos al apoyar la reelección de Trump en base a su determinación pública de destruir al régimen cubano por cualquier vía. Comprendo que haya cubanos que decidan irse a vivir a otro país; que emigrados en USA sean republicanos, incluso que voten por el excéntrico millonario -como han hecho millones de trabajadores estadounidenses en 2016 y ahora en 2020-. Pero que favorezcan una política de ahogamiento brutal de la población de la Isla con el pretexto de acabar con el poder de los militares cubanos, es una actitud inadmisible que rechazo de plano.
A esos recién llegados al exilio, que en Cuba fueron figuras públicas, cederistas destacados, aplaudieron hasta el cansancio los discursos de los jefes y ahora son los más recalcitrantes defensores de la solución intervencionista para «salvar al pueblo cubano», solo puedo enfrentarlos. Parece que tampoco sirvieron de mucho a su ídolo, porque hasta perdieron el condado de Miami-Dade, ahora en manos de una alcaldesa demócrata, Daniella Levine, de origen colombiano.
Los cubanos que vivimos en la Isla y los de la emigración hemos de asumir que los cambios en la sociedad cubana solo dependen de las reformas que se hagan en la Isla en un ambiente de respeto a la soberanía nacional e independencia absoluta. La asociación con ningún poder extranjero vendrá a solucionar las contradicciones fundamentales de Cuba. Así fue antes -España, Gran Colombia, Inglaterra, Estados Unidos, Unión Soviética, Venezuela-, y así será siempre.
Solo las transformaciones internas abrirán nuevos cauces de prosperidad a nuestro pueblo y harán que los jóvenes aspiren a labrarse un destino promisorio a partir de su trabajo honesto: con respeto al Estado de Derecho que estipula la actual constitución; sin tiendas en MLC y teniendo al peso cubano como única moneda de libre circulación; eliminando las obsoletas restricciones al sector no estatal (TCP, privado, cooperativo y extranjero); pagando a los trabajadores el salario justo acorde con su aporte a la economía, y abriendo espacios a las opiniones críticas y el debate abierto de ideas entre interlocutores de diferente signo político e ideológico.
Ni Trump ni Biden darán solución a los problemas acumulados en la economía y la sociedad cubanas. Únicamente el pueblo cubano tiene en sus manos esas soluciones. Llevarlas a feliz término es un derecho y un deber de las actuales generaciones. Si con el triunfo de la fórmula demócrata Biden-Harris mejoran las relaciones con el poderoso vecino, donde viven tantos cubanos y sus descendientes, bienvenida sea. Tendremos mejores condiciones aquí para hacer lo que nos toca por el bien de Cuba.
Los cubanos, como el resto del mundo, esperan ansiosos el resultado de las elecciones en Estados Unidos (Foto: BBC)
El mundo espera conocer el resultado de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos y en Cuba, por supuesto, también se presta absoluta atención al tema. La Isla y quien ha sido durante poco más de seis décadas su enemigo más cercano y encarnizado, tienen lazos muy fuertes que exceden el hecho de encontrarse separados por unos pocos kilómetros de mar.
Muchos cubanos, que han visto preocupados como en estos cuatro años de gobierno del republicano Donald Trump fueron implementadas medidas que afectaron incluso sus relaciones familiares, esperan que un triunfo del demócrata Joe Biden enrumbe las relaciones entre ambos países en la misma dirección que lo hizo la administración Obama.
Al menos en el plano de las promesas electorales, el antiguo vicepresidente demócrata dejó claro en una entrevista ofrecida a CBS 4 News que «sí, la restablecería -refiriéndose a la política de deshielo de Obama-. En gran parte, volvería a ella. Insistiría en que ellos mantuvieran los compromisos que dijeron que crearían cuando nosotros, de hecho, establecimos la política».
Mientras, Donald Trump, en uno de sus últimos movimientos electorales para atraer el voto más a la derecha de la comunidad cubano-americana de Miami, canceló todas las actividades de la Western Union, una de las vías fundamentales para el envío de remesas a la Isla.
Ambas posturas hacia Cuba, aun cuando los dos casos tienen una importante cuota de hostilidad y deseo injerencista, difieren completamente.
Entonces, el resultado de las elecciones presidenciales estadounidenses incidirá directamente en la vida de los cubanos a ambos lados del Estrecho de la Florida. ¿Qué pasará si gana Trump? ¿Qué, si gana Biden?
La contienda electoral en Estados Unidos está llegando a su fin (Foto: LBJ Library photo by Jay Godwin; BIGSTOCK/bodhichita; Official White House Photo by Shealah Craighead)
El debate final entre Donald Trump y Joe Biden, que tuvo lugar en la noche del 22 de octubre, moderado por Kristen Welker, corresponsal de la NBC en la Casa Blanca y copresentadora de Weekend Today, fue una suerte de anticlímax. Lo fue si se le compara tanto con el primer debate el 29 de septiembre, como con el ejercicio que ambos contendientes llevaron a cabo el 15 de octubre -fecha originalmente reservada para el segundo debate-, al participar en paralelos Town Hall meetings o Cabildos Abiertos.
Aparentemente compulsado por las recomendaciones de sus asesores y por las medidas organizativas tomadas por la Comisión de Debates Presidenciales, el presidente tuvo un comportamiento más temperado, lo que posibilitó, hasta cierto punto, un simulacro de civilidad entre ambos contendientes.
Como notarán los que han seguido estos textos publicados en La Joven Cuba sobre las elecciones estadounidenses, se ha modificado el título de este último. En vez de «round», como en el boxeo u otros deportes, usado en los dos primeros, se ha preferido usar un título más propio del arte dramático: el debate final de la campaña se presenta como un tercer acto final, previo a la caída del telón. Por supuesto, la obra teatral no ha terminado. Para su desenlace el 3 de noviembre, queda, al momento de escribir estas líneas, un poco más de 72 horas.
«Cuando hacen campaña, los políticos no son tanto polemistas o servidores públicos o expertos en política como son actores. Ellos y sus equipos de producción trabajan sobre la imagen, y la lucha política se traduce en proyectar estos constructos culturales a los votantes», ha apreciado en su obra The Performance of Politics, el Profesor de la Universidad de Yale, Jeffrey Alexander, conocido especialista en sociología cultural. Los debates presidenciales en campaña son ejemplos claros de este acerto pues se les puede considerar obras de teatro muy bien coreografiadas por los equipos de campaña de ambos contendientes. Y así sucedió en este último enfrentamiento más normal.
Por supuesto, esta hechura impuesta debió facilitarle el camino al presidente. Después de todo, tiene más experiencia como actor que Joe Biden, gracias a su participación en el programa de televisión The Apprentice, el Reality TV Show que, además, fue su salvación financiera cuando enfrentó problemas con sus inversiones.
La coyuntura política
Pero no puede olvidarse que los principales elementos de la coyuntura política seguían siendo adversos a Donald Trump. Vale la pena enumerarlos una vez más:
La pandemia en Estados Unidos se está transformando no en un elemento coyuntural sino contextual e, incluso, estructural. El debate tuvo lugar cuando el país sufría la tercera ola de alto contagio. El propio 22 de octubre se reportaron 75 mil 64 nuevos casos, sólo inferior a la más alta anterior, 75 mil 687, el 16 de julio. Al día siguiente, 23 de octubre, se estableció un nuevo récord para un día: 85 mil 85. Obviamente, esto subrayaba la tragedia que enfrentaban los estadounidenses, agudizada por la falta de una política coordinada de la administración, encabezada por un presidente que persistía en minimizarla. Excepcionalmente y por primera vez en su historia, el New England Journal of Medicine publicó el 8 de octubre, dos semanas antes del debate, un áspero editorial calificando el liderazgo de Donald Trump de «peligrosamente incompetente» y apelando a los ciudadanos a que expresaran su disconformidad en las urnas.
El segundo elemento coyuntural de importancia lo compone, sin duda, la grave situación económica provocada por la pandemia. El 17 de septiembre, The Hamilton Project, un programa de la Brookings Institution, publicó un informe titulado Ten Facts about COVID-19 and the U.S. Economy, en el cual calificó la situación como sin precedentes por su escala, ya que abarca «shocks en la demanda, en la oferta y en las finanzas». Un mes después, para el día del debate, el estado de la economía no había mejorado ni daba muestras de hacerlo. El país tiene 30 millones de desempleados en este momento, una cifra récord. Y, finalmente, la aprobación de un paquete de estímulo estaba detenida en el Congreso, algo que ya es usual. Si bien la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, anunciaba que se estaba acercando un acuerdo con el Departamento del Tesoro, el líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, bloqueaba el avance debido a que tenía más premura terminar el proceso de confirmación de Amy Coney Barrett como magistrada de la Corte Suprema.
Por supuesto, el tercer elemento coyuntural lo constituyó la ventaja de Joe Biden en las encuestas, algo que también ha tenido una regularidad y permanencia sobresaliente en este ciclo electoral. La prestigiosa encuestadora Quinnipiac University le daba a Joe Biden un margen de 12 puntos en su recuento nacional del 22 de octubre. Adam Nagourney, en un artículo publicado ese día en el New York Times, señalaba que, dado el estado de las encuestas, el presidente Donald Trump necesitaba ganar al menos cuatro de los seis estados en que triunfó en el 2016: Arizona, Carolina del Norte, Florida, Michigan, Pennsylvania y Wisconsin, en los cuales Biden le había sacado una ventaja promedio de 4 puntos, muy superior a la que tuvo Hillary Clinton en aquel momento.
Finalmente, un elemento coyuntural para tener en cuenta fue el hecho de que ya en la fecha del debate, 56 millones de norteamericanos habían votado. Este número representa el 40.57 por ciento del total de votos emitidos en las elecciones del 2016, 138 millones. Esa tendencia se mantiene. Al momento de escribir este texto, ya lo han hecho 63 millones, con la siguiente distribución regional: 31.1 millones en estados «péndulos» o «battleground», para un 43%; 24 millones en estados seguros para el partido demócrata como Nueva York y California, para un 38%; y sólo 9.2 millones en estados seguros para el partido republicano como algunos del Sur Profundo –Deep South-, para un 14.6%.
Ante esta coyuntura tan compleja, aunque el debate fue un poco más civilizado, no se caracterizó precisamente por un análisis profundo de las políticas de ambos contrincantes y de lo que proyectan hacer durante 2021-2025. Ambos fueron con objetivos muy precisos, basados en sus estrategias de campaña. Sin embargo, hay que decir que el presidente tenía que controlarse para no desviarse de su estrategia de campaña, como suele hacer.
Para Trump era vital no sólo proyectar una imagen más convencional, sino defenderse de las críticas de Biden. Ahí aplicó aquello de que la mejor defensa es pasar a la ofensiva. El presidente tenía que producir un hecho que cambiara la dinámica de la campaña y, al parecer, pensaba hacerlo con revelaciones convincentes sobre enriquecimiento y tráfico de influencia del propio Joe Biden a través de su hijo y de su hermano. Finalmente, tenía que provocar que Biden cometiera algún error garrafal que demostrara que no tenía la acuidad o claridad necesarias para ser presidente.
El antiguo vicepresidente, por el contrario, fue con su claro objetivo de que el debate se focalizara en los errores de la administración en manejar la COVID. Asimismo, buscaba tener la posibilidad de exponer algunas de las políticas que piensa seguir y que lo diferencian de las que Donald Trump ha seguido hasta ahora, particularmente en materia de salud y economía. También tenía que evitar dar la impresión de que había perdido facultades. Finalmente, estar listo para responder con firmeza y sin perder los estribos ante los seguros ataques personales que el presidente le dirigiría a su familia y a él.
Teniendo en cuenta este entramado y las respectivas estrategias, no es extraño que el debate, a pesar de su aparente normalidad, fuera tan limitado en lo que a un intercambio sustantivo sobre las políticas de ambos se refiere. No obstante, vale la pena apuntar los elementos centrales.
Sobre cómo enfrentar la COVID. El contraste no podía ser mayor. Trump siguió minimizando su impacto, mientras Biden insistió en la necesidad de tener una estrategia basada en las opiniones científicas y cumplir con las normas de distanciamiento social. Martilló su mensaje principal dirigiéndose a los espectadores: «220 mil muertes. Si no oyen más nada esta noche, oigan esto. Cualquiera que sea responsable por tantas muertes no merece seguir siendo presidente de los Estados Unidos» El presidente sólo atinó a decir que se «estaba yendo» y que ya ha pasado lo peor. Afirmó que la vacuna estará en unas semanas y que movilizará al ejército para suministrarla. Es poco probable que haya convencido a alguien más allá de sus seguidores con estos argumentos.
Cambio climático. Sin muchos argumentos, ambos reiteraron posiciones conocidas. Aquí el presidente, más que contrarrestar a Biden, intentó ponerlo en evidencia con los votantes de Pennsylvania, uno de los estados péndulo en los cuales se practica el fracking para extraer petróleo. Pero el ex vicepresidente hizo un planteamiento más riesgoso, alegando que sí acepta la existencia del cambio climático y que estimulará políticas para terminar con la dependencia de combustibles fósiles. Según reconoció el Wall Street Journal, este fue un debate inesperado. Joe Biden puede haber sido imprudente, pero las encuestas no reflejan que lo haya perjudicado en Pennsylvania como esperaba el Presidente Trump.
Salud. Más allá de sus diferencias en cuanto al enfrentamiento a la COVID, ambos discutieron sobre la Ley de Atención Acequible (Affordable Caer Act que es el nombre oficial del Obamacare). El presidente no ocultó su intención de abrogarla, asunto que ha cobrado mayor relevancia con la incorporación de la jueza Amy Coney Barrett a la Corte Suprema, pero por más que la moderadora insistió en preguntarle, no quedó claro con qué mecanismos la sustituiría para darle seguro médico a los grupos más vulnerables. En tanto, Joe Biden explicó como pensaba mejorarla.
Inmigración. Llama la atención que este tema no hubiera salido antes en ninguno de los debates entre los candidatos a presidente y vicepresidente de ambos partidos ni en el Cabildo Abierto del 15 de octubre. Lo introdujo la moderadora con una referencia a los 545 niños separados de sus padres. Ahí se produjo un intercambio de recriminaciones mutuas en que ninguno de los dos contrincantes salió bien parado, aunque Biden, al final, reconoció que la forma en que el tema había sido tratado por la administración Obama no fue exitosa.
Justicia criminal y reforma. En este tema, al igual que en el migratorio, tanto Trump como Biden tenían el techo de cristal, aunque obviamente era más obvio el caso del presidente, cuyo manejo de las manifestaciones de Black Lives Matter este año ha sido objeto de muchas críticas. No ha ganado apoyo entre votantes que no sean sus seguidores, el argumento de que las manifestaciones han sido violentas debido al estímulo que han recibido del partido demócrata.
Este razonamiento estuvo dirigido a crear el miedo entre los habitantes de los suburbios. Biden tuvo que reconocer que las leyes aprobadas en la década de 1990 con su concurso como senador eran injustas. Trump perdió la oportunidad de aprovechar este lado vulnerable cuando se empeñó en hablar de su persona en términos superlativos, como suele hacer, diciendo que era el presidente que más había hecho por los negros desde Abraham Lincoln y la persona más anti racista en esa sala, lo que obviamente no podía ser cuando se veía claramente que la moderadora es afrodescendiente.
Pero quizás el debate será más recordado por algo que no tenía que ver con las diferencias de políticas y que no pasó. Al parecer la carta que traía Donald Trump bajo la manga para producir el cambio que necesitaba en la dinámica de la campaña era la acusación de que una persona que decía haber estado asociada por negocios con Hunter, el hijo de Joe Biden, Tony Bobulinski, poseía documentación que probaba que ambos, padre e hijo, además del hermano del vicepresidente, James Biden, se habían enriquecido ilegalmente blanqueando fondos de oligarcas rusos.
La idea era que el asunto fuera revelado por el Wall Street Journal. Pero, a contrapelo de ello, Rudy Giuliani, abogado del presidente, había filtrado a The New York Post, parte del imperio noticioso de Ruper Murdoch, el disco duro de una laptop supuestamente propiedad de Hunter Biden en el cual se podía encontrar documentos sensibles sobre sus negocios, muy similares a lo alegado por Bobulinski.
Aunque hay quien asegura que esta sórdida historia puede tener algo de verdad, lo cierto es que el Wall Street Journal decidió matar la noticia y no darle credibilidad después de que fuentes de inteligencia norteamericana aseguraron que detrás de las mismas había una campaña de desinformación de los servicios especiales rusos. Trump intentó poner el asunto sobre la mesa, Biden lo negó y no hubo ulteriores repercusiones. Era el libreto del 2016 contra Hillary Clinton, pero no prosperó.
En los 11 días posteriores al debate nada cambió. El rebrote de la pandemia ha continuado; los indicadores económicos mejoraron, pero no lo suficiente; las encuestas siguieron arrojando guarismos iguales o similares; y se alcanzó la cifra de 90 millones de votantes.
Los republicanos impusieron la confirmación de la jueza Barrett, lo cual puede impactar en un sentido y otro en los electores, pero resulta difícil determinar en qué magnitud. Sin embargo, con ello abrieron el camino a una posible respuesta demócrata nuclear: reformar y copar la Corte Suprema, como intentó hacer infructuosamente Franklin Delano Roosevelt en la década de los 30 del siglo pasado.
Una reflexión final a 24 horas de las elecciones
Desde principios de año, aún antes de que surgiera la pandemia y el presidente la manejara con tanta superficialidad, estaba claro que no iba a ser fácil su reelección. Recuérdese que en el 2016 lo que hubo, más que una victoria de Donald Trump, fue una derrota de Hillary Clinton y del Partido Demócrata.
En poco menos de cuatro años, el presidente no ha hecho mucho para intentar expandir su base. Y sólo con esta le sería difícil repetir.
Trump ha sido su peor enemigo. Ha pretendido repetir sus tácticas del 2016, cuando era un outsider desafiando a las élites. Este año no lo es. Es el presidente y tiene que defender su ejecutoria, que ha sido particularmente ineficaz en el enfrentamiento a la pandemia.
A estas alturas, su situación electoral es precaria, tanto por lo que indican las encuestas -que no son tan exactas como algunos proponen, pero que tampoco son tan erradas-, como porque no se puede ir por la vida echándose tantos enemigos y cometiendo tantas arbitrariedades y esperar que ello no tenga consecuencias.
Lo que realmente sorprende es que con todo lo que ha hecho, en particular en lo referido a la pandemia, siga teniendo millones de seguidores. Pero esos millones no van a bastar, porque este año va a votar mucha más gente que en cualquier año anterior.
Lo que estamos viendo en Estados Unidos es un fenómeno político excepcional y sin precedentes. No es solo que las elecciones sean cruciales, que lo son. De lo que se trata es que podemos estar en presencia de un momento crítico en que se espera que la clase política acometa las transformaciones que se requieren, o de lo contrario, se acelerará el sobredimensionamiento imperial que existe en el país.
Esta situación ha sido enfocada por muchos intelectuales orgánicos a este capitalismo tardío, pero quizás valga la pena citar lo que dice uno de ellos, David French, analista político conservador republicano, en el primer párrafo de su reciente obra, Divided We Fall: America’s Secession Threat and How to Restore Our Nation:
“Es hora de que los norteamericanos tomemos conciencia de una realidad fundamental: no se puede garantizar la continuada unidad de los Estados Unidos de América. En este momento histórico, no hay ni una sola fuerza cultural, religiosa, política o social que trate de unirnos más que de dividirnos. No se puede asumir que una democracia de la envergadura de un continente, multi-étnica, multi-religiosa, pueda mantenerse unida para siempre, y no puede mantenerse unida tampoco si nuestra clase política no es capaz, ni siquiera, de adaptarse a un público norteamericano crecientemente diverso y dividido”.
Es una gran oportunidad para las fuerzas progresistas en Estados Unidos, que no pueden perder la iniciativa y tienen que presionar a Biden para que abra las puertas a la transformación de esa sociedad. Por las razones que sea, Obama tuvo la oportunidad de hacerlo, pero fracasó en su voluntad transformadora. Los problemas -racismo, inequidad, supresión del voto, guerra cultural, etcétera- se han acumulado y agudizado.
Veremos qué pasará.
Sin hacerme ilusiones, hay una situación política inédita. El otro día, buscando información, me encontré con un video de Angela Davies siendo entrevistada por la reportera estrella de la CNN, Christian Amanpour. Y Angela decía que en su vida nunca había visto un nivel de movilización popular como el que ha visto ahora.
Creo que es el momento de analizar con más profundidad lo que está pasando. No es más de lo mismo, como se ha comentado en algunos medios, incluso en nuestro país.
Y no es lo mismo que gane Trump o que gane Biden, aunque se reconozcan las falencias de este último, que ha sido un político del sistema por más de medio siglo. Pero detrás de Biden y del Partido Demócrata hay suficientes fuerzas de cambio que no podrán ser fácilmente ignoradas.
Todos somos hijos de la patria (Museo Nacional de Bellas Artes)
I
Constitución
La Constitución cubana del 2019 contiene una contradicción irreconciliable entre determinados derechos que reconoce a la ciudadanía y dos artículos que son esgrimidos por la burocracia gobernante para no permitir que tales derechos sean ejercidos.
La incongruencia fue pública tempranamente. Recordemos la expresión de José Luis Toledo Santander -presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP)- cuando, en una intervención televisada, ante la propia Asamblea y durante el proceso de debate del proyecto de Constitución, afirmara: «la Constitución no le puede trazar directrices al Partido».
Así lo estipula el controvertido artículo 5: «El Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado (…)».
En aquel momento dediqué al tema un artículo, «El talón de Aquiles», donde exponía que el referido proyecto tenía un punto que se convertía en su principal debilidad: «Es quizás de lo menos visible pues no se trata de una parte específica del articulado o la estructura y sí de una cuestión conceptual que ronda el campo de lo filosófico y atraviesa el Proyecto en su totalidad: la actitud del Partido Comunista de Cuba ante un pretendido Estado Socialista de Derecho».
El imperio de la ley solo puede existir en el caso de que todos los ciudadanos e instituciones tengan las mismas posibilidades de ser protegidos por las leyes que de ser castigados por ellas si las incumplen. Al dejar entonces a una institución como el Partido Comunista fuera de esta posibilidad, creamos una especie de demiurgo político que escapa al imperio de la ley, ya que se sitúa por encima de ella.
Aquella preocupación demostró muy pronto tener fundamentos. El 16 de diciembre de 2019, el ministro de Educación Superior, José Ramón Saborido Loidi, que intervenía en una emisión de la Mesa Redonda, levantó un ejemplar de bolsillo de la Constitución que se había aprobado apenas unos meses atrás e invocó el artículo 5 para apoyar las declaraciones de su viceministra primera, que había desatado una ola de críticas y una carta pública -firmada inicialmente por catorce intelectuales y luego por miles de personas-, motivadas por un texto en el que dicha funcionaria justificaba la discriminación por razones ideológicas en los claustros universitarios. La actitud de ambos dirigentes era anticonstitucional, pues desconocían el carácter público y no discriminatorio por ley de la enseñanza en Cuba a todos los niveles.
Desde entonces, cualquier inconformidad, crítica o demanda en pro de una democratización de la política y el sistema electoral cubanos -muchas se hicieron en el proceso de consulta popular- son demeritadas por ideólogos y políticos oficiales que se refugian, además de en el susodicho artículo 5, en dos argumentos: primero, que el artículo 4 del texto constitucional establece que «El sistema socialista que refrenda esta Constitución, es irrevocable»; segundo, que la Constitución fue aceptada por una mayoría significativa de la población con derecho al voto y eso la legitima.
Considero discutibles ambos argumentos. Sobre los contenidos pétreos, o cláusula de intangibilidad, escribí el texto «Crónica de un meteorito», en el que analicé el contexto que condujo, en mayo del 2002, a la convocatoria del gobierno para una iniciativa de modificación constitucional. Entre las inconsistencias de aquella invitación estuvo el hecho de que el voto no fue secreto, sino plasmado en libros abiertos en 129 mil 523 puntos de firmas, la mayoría en cada CDR del país.
Tampoco se exigió, como ahora, que las firmas para encaminar una iniciativa de esa índole fueran registradas ante notario. No se produjeron debates ni explicaciones de juristas y especialistas en derecho constitucional que advirtieran a la ciudadanía qué repercusiones futuras tendría el hecho de incluir contenidos pétreos en la Ley de leyes. Ni siquiera se habló de contenidos pétreos.
Fue una convocatoria política. La gente entendía que se le pedía apoyar al socialismo como sistema y firmó. En tres días, 8 millones 188 198 personas mayores de 16 años, según cifras oficiales, rubricaron en respaldo a la iniciativa de modificación constitucional.
En 2019, diecisiete años más tarde y en medio del proceso de reforma total de la Constitución, pudimos comprobar que el agotado modelo de socialismo burocrático se amparaba en la cláusula de intangibilidad para eternizarse. Estas fueron algunas de las valoraciones que hice a la sazón:
«Los representantes de ese modelo no aceptaron numerosas propuestas generadas en la consulta popular que abogaban por un socialismo verdaderamente participativo, con mayor control sobre los cargos públicos. Los que así opinaron no rechazan la inclusión de la propiedad privada y cooperativa, pero necesitan mayor comprometimiento con el cambio y palpables resultados económicos, reforma general de salarios y unificación monetaria.
Dado que es imposible conseguir trasformaciones reales en la esfera económica y social sin formular asimismo cambios políticos, la lección es harto elocuente, y dramática: a quienes clausuramos en verdad el camino fue a nuestros hijos y nietos. Muchos de ellos no habían nacido en el 2002 o no tenían edad para firmar, pero ahora tienen que acatar una decisión que los afecta.
Otras preguntas pueden ser esenciales: ¿Cuántos de los firmantes ya no viven?, ¿cuántos viven fuera de Cuba?, ¿cuántos desean residir en otro país?, ¿cuántos, de haber sabido la implicación futura, estarían dispuestos a retirar su firma? Ahora, en tiempos de la red de redes, son indagaciones que se pueden realizar».
Respecto al argumento que emplaza la legitimidad de la Constitución en el voto mayoritario de la población cubana, tengo los siguientes criterios: 1) en el proceso de consulta previo, los medios oficiales solo presentaron el punto de vista de la burocracia política e impidieron que el debate que se suscitó en las redes sociales, y que contó con análisis informadísimos de especialistas, juristas, historiadores, economistas, entre otros, fuera de dominio público y permitiera una mayor y más profunda reflexión popular. Así lo apunté en el artículo «Mundos paralelos». 2) Que Cuba debe actualizar no solo su economía, sino modernizar su proceso de votaciones. El mismo continúa en condiciones que no garantizan una confiabilidad mayor que el lápiz y la boleta de papel. 3) Si la cantidad de personas que apoyan una decisión electoral fuera siempre sinónimo de una buena decisión, no podríamos criticar, por citar un ejemplo, a Jair Bolsonaro, elegido por el voto mayoritario en Brasil.
La contradicción irreconciliable que existe entre los derechos que enuncia la Constitución del 2019 y la imposibilidad de ejercitar los mismos a partir de la invocación de los artículos 4 y 5, se percibe con nitidez en la violación del plazo que su disposición transitoria decimosegunda estipula: «La Asamblea Nacional del Poder Popular, en el plazo de dieciocho meses de entrada en vigor de la Constitución, aprueba las modificaciones legislativas requeridas para hacer efectivo lo previsto en su Artículo 99, referido a la posibilidad de los ciudadanos de acceder a la vía judicial para reclamar sus derechos»[1].
De acuerdo a esta disposición, y por mandato constitucional, todas las leyes que influyen en el ejercicio de los derechos constitucionales debían haberse dictado ya, pues ha trascurrido poco más del plazo estipulado, si contamos que la Constitución entró en vigor en abril del 2019.
Es cierto que la pandemia ha creado graves dificultades en el funcionamiento de la ANPP, pero ni siquiera se reporta que los diputados estén estudiando -por teletrabajo- documento alguno sobre el asunto. Todavía queda la sesión ordinaria de diciembre, pero estamos casi en noviembre y el tema es demasiado peliagudo como para restringirlo a un brevísimo tiempo de análisis.
A pesar de que es un mandato constitucional, aún esperamos porque los derechos y garantías sean «habilitados jurídicamente para defenderlos y concretar el Estado de Derecho», afirma el Dr.C René Fidel González García, profesor expulsado de la Universidad de Oriente de manera ilegal y arbitraria.
Esa demora injustificada es peligrosa, pues la sociedad cubana se encuentra hoy en una crisis extrema potenciada por diversos factores: la mala administración de la economía por la misma clase política que lleva décadas haciéndolo; el aplazamiento de un proceso de reformas aprobado hace más de diez años; la dolarización de una parte significativa de las ofertas en medio de una escasez generalizada, que enfatiza las diferencias sociales entre los que poseen dólares y los que no; la agudización extrema del bloqueo, la hostilidad y las presiones financieras por parte del gobierno de Donald Trump; las tensiones derivadas de la pandemia global y el choque que derivará de la inminente unificación monetaria, paso necesario, pero que se dará en el peor de los momentos posibles por haber sido postergado una y otra vez.
Este complejísimo contexto, de no eliminarse los factores condicionantes mencionados arriba -o al menos varios de ellos-, podría derivar en un escenario de confrontación que entenderíamos lógico si se tratara de un país capitalista, pero que en Cuba, donde el sistema de Partido único ha creído posible un pensamiento único, será presentado, como habitualmente se hace, cual una agenda financiada desde el extranjero con el fin de subvertir el sistema.
Entonces, la grave contradicción implícita en la Ley de leyes y la no habilitación de los derechos y garantías, podría desencadenar una escalada de represión sin que los ciudadanos estuvieran protegidos legalmente.
II
Represión
Es absolutamente legal que los estados se protejan de una oposición organizada y financiada desde el exterior. Varios argumentos para fundamentar esa aseveración ofrecí en el artículo «Castigar y proteger». En el caso de la Isla, con mayor razón, la hostilidad tradicional de las administraciones norteamericanas, reforzadas por el actual presidente, le confiere absoluta validez a una legislación que penalice a quienes se presten a recibir órdenes y financiamiento de EE.UU. para oponerse al gobierno que, guste o no, es el legalmente establecido.
Y ahí entrarían a desempeñar un rol estratégico los órganos de Seguridad del Estado, cuya naturaleza encubierta y los resultados que tuvieron en otros tiempos para infiltrar a grupos de la CIA y conspiraciones dentro de Cuba con base en el Norte y en otros países los hizo famosos. Pero desgraciadamente no es la economía lo único que muestra señales de decadencia. En el referido artículo razonaba:
«¿Qué ocurre con nuestros órganos de inteligencia? Tenidos por muchos entre los mejores del mundo, parecen jovencitos inexpertos en un juego peligroso por lo que supone esta época, en que las redes sociales visibilizan, a través de fotos y videos, su actuación.
Apostados a las puertas de determinadas viviendas para impedir el libre movimiento de personas que no están sujetas a proceso legal alguno […] o saliendo de hogares donde han ido a “conversar”; son retratados, las chapas de sus motos o autos reveladas y, a veces, incluso los nombres, apellidos, seudónimos y cargos en el aparato de inteligencia. Si los fundadores del antiguo G-2 resucitan, creo que se suicidan de la vergüenza».
Por algún tiempo fue posible hacer creer a la opinión pública que toda oposición en Cuba carecía de raíces propias y solo cumplía órdenes. Ya no es verosímil esa perspectiva. Muchos de los que hacemos análisis políticos críticos e independientes sobre la realidad cubana hemos recibido con facilidad la etiqueta de mercenario del imperio y otros calificativos como para que seamos ingenuos al respecto.
La cuestión no es que rechacemos el socialismo, sino que cada día que pasa los que dirigen el país se ubican, en la práctica, más lejos de ese sistema y pretenden silenciar por igual a los que desean una vuelta al capitalismo y a los defensores de un socialismo democrático.
La unanimidad nunca existió entre nosotros, pero ahora es posible verificarlo por la entrada de internet y el papel de las redes sociales. Numerosas personas aspiramos a trasformaciones económicas y políticas profundas, sin las cuales la nación está condenada al inmovilismo y a una crisis eterna. Por otra parte, la propia Constitución del 2019 garantiza libertades de expresión, movimiento, asociación y manifestación pacífica.
En opinión del abogado cubano José Ángel García Veloso, residente en la provincia de Ciego de Ávila: «Someter a las personas a una ideología determinada es incorrecto; hacerlo por medio de las leyes, peor; en contra de las leyes, utilizando para ello la fuerza pública, es un crimen. La libertad de expresión consiste, precisamente, en poder manifestar lo que es contrario al criterio general u oficial; para cantar vivas no se necesita libertad alguna».
La cuestión entonces es que no se trata de tener derecho a ser iguales, sino de tener el mismo derecho a ser diferentes. Por esa razón me preocupa sobremanera, como intelectual y como ciudadana, el modo en que se reprime a los grupos de oposición y a las personas que han decidido manifestarse pacíficamente en nuestro país. Así lo expresé en los artículos «Segundas lecturas de una decisión», y «El tiempo que vivimos en peligro».
La función de los órganos de seguridad, a mi juicio, debería orientarse a develar tramas conspirativas, recabar pruebas concretas y verificables de la subordinación a un gobierno extranjero y presentarlas a los órganos judiciales competentes para que estos instruyan los casos respetando todas las garantías del debido proceso.
Eso no es lo que está ocurriendo en Cuba. Estamos cansados de ver a personas que son llevadas a interrogatorios forzados, arrastradas por la fuerza, retenidas horas o días sin comunicación con su familia o con abogados, a las que les son incautados sus celulares y otros medios, para ser liberados después sin acusaciones ni proceso legal en su contra. El límite que existe entre la Seguridad del Estado y la violencia o terror de Estado es precisamente el respeto a los procedimientos y normas legales por parte de los órganos de seguridad.
La violencia o terror de Estado consiste en la utilización de métodos ilegítimos por parte de un gobierno, orientados a producir miedo o terror en la población civil.
El artículo «El terrorismo de Estado como violación a los derechos humanos. En especial la intervención de los agentes estatales», de la autoría de Raúl Carnevali Rodríguez[2], fundamenta que a través del Estado se pueden cometer delitos y menciona entre ellos a «Organismos del Estado o grupos paraestatales que actúan sin contrapesos institucionales -asegurando así su impunidad-, imponiendo su autoridad a la ciudadanía, a través de actos violatorios de los derechos humanos, pues es vista como una especie de factor de riesgo que es preciso controlar».
Puede afirmarse que en Cuba se manifiesta claramente lo que Carnevali Rodríguez denomina «grupos paraestatales». Es decir, aquellos «que actúan sin contrapesos institucionales». Solo basta apreciar el modo en que son convocadas y estimuladas personas que por su carácter civil no poseen prerrogativa alguna, con el fin de golpear, gritar, ofender e impedir el libre movimiento de los opositores, y que estas personas actúan violando la ley impunemente ante la mirada de los oficiales de la Seguridad del Estado que desconocen así, entre otros artículos de la Constitución, al 47: «Las personas tienen derecho al libre desarrollo de su personalidad y deben guardar entre sí una conducta de respeto, fraternidad y solidaridad».
La violación fragrante y pública de la Constitución, comprobada en la demora en habilitar los derechos que ella declara, y en el trato que se da a los que deciden ejercitar la libre expresión y la manifestación pacífica como modo de disentir, debe influir en que la ciudadanía asuma un rol más activo y comprometido con el texto constitucional que fue aprobado el pasado año.
III
Ciudadanía
El revolucionario marxista Antonio Gramsci, que perdió la salud en una cárcel fascista de Italia de donde salió para morir, nos dejó un reclamo que personificó con su ejemplo: «Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes».
Soy de una generación que fue educada en el rechazo a la injusticia. Desfilamos contra la guerra imperialista en Vietnam. Condenamos las matanzas de Soweto y Sabra y Chatila. Gritamos de horror ante los crímenes de las dictaduras militares en Latinoamérica. Miles lucharon en una guerra lejana como la de Angola…
Ese internacionalismo revolucionario venía de una tradición solidaria que, en la vieja república, organizó brigadas para apoyar a los republicanos españoles, que denunció las intervenciones de EE.UU. en Nicaragua, República Dominicana y Haití. Pero, a diferencia de los revolucionarios del treinta que condenaban por igual la injusticia en Cuba y en cualquier lugar del mundo, los educados tras 1959 fuimos cerrando los ojos poco a poco a nuestro entorno, mientras los manteníamos abiertos hacia otros.
Como resultado, no marchamos en apoyo a los reprimidos en las UMAP o a los parametrados tras el 1er Congreso de Educación y Cultura. Permitimos, y/o participamos en actos de repudio donde fueron golpeadas y ofendidas muchas personas que decidieron residir fuera de Cuba. Hemos llegado a naturalizar el uso de fuerzas de choque formadas por ciudadanos que deciden mantener dentro de sus viviendas a otros ciudadanos porque no les parecen suficientemente revolucionarios para que transiten, como es su derecho pleno, por las calles.
El historiador romano Tito Livio decía en sus discursos una frase que retomaría Maquiavelo siglos más tarde: «La patria se debe defender siempre con ignominia o con gloria, y de cualquier manera estará defendida». Se equivocaba: si la Patria se defiende con ignominia, se la ofende. Y es ignominia gritar, humillar e injuriar al que piensa diferente y quiere reivindicar sus derechos contenidos en una Constitución que, por muchas limitaciones que tiene, los consagra.
Pero no solo incurre en descrédito el que se presta a participar en esos actos viles, sino igualmente el que observa sin tomar una postura cívica al respecto.
Por suerte, la posibilidad de contrastar opiniones en los medios digitales y redes sociales va dando frutos. Así veo con satisfacción que importantes intelectuales comprometidos con el proceso revolucionario han manifestado una crítica a los hechos de represión ocurridos hace pocas semanas. Carlos Alzugaray, analista político y por muchos años diplomático, apoyó en su muro de Facebook la postura de la profesora y psicóloga, Carolina de la Torre, que rechazó los actos de repudio. Estas fueron las palabras de Alzugaray:
«Nuestra Constitución proclama que Cuba es un estado de derecho socialista. Pues, entonces, hay que cumplirlo. Cuestión de principios y ética. Pero también es una cuestión de claridad y probidad política. La imagen que estos hechos y otros más proyectan es de intolerancia hacia las opiniones críticas. No es la imagen que más conviene y está en interés del país. Es necesaria una reflexión y una rectificación. Con todo el respeto para todos los involucrados».
Muchos pensamos así. Vivimos momentos complejos en Cuba. La Constitución del 2019 fue elaborada por una comisión que perpetuó un modelo político que contradice en la práctica una gran parte del articulado que garantiza los derechos de las cubanas y cubanos. La ciudadanía aprobó con su voto un Estado Socialista de Derecho, pero solo en la letra; en la práctica y en el espíritu se mantiene un Estado Partidista de Derecho.
Esa situación, vinculada con el escenario actual, propicio para que se produzcan hechos de confrontación, con la consiguiente respuesta de los órganos de Seguridad del Estado y sin la habilitación de los derechos y garantías ciudadanas, requiere de madurez y compromiso por parte de la ciudadanía. Debe ser obligación nuestra exigir a la ANPP la habilitación de los derechos y garantías a que están obligados por la Constitución, reclamar a los órganos de seguridad el cumplimiento de los procedimientos legalmente establecidos y advertir que nadie está por encima de la ley. De continuarse el camino actual, las consecuencias podrían ser infaustas.
[1] Algunos de los derechos que la Constitución de 2019 garantiza en sus artículos: Art. 40. La dignidad humana es el valor supremo que sustenta el reconocimiento y ejercicio de los derechos y deberes consagrados en la Constitución, los tratados y las leyes. Art. 41. El Estado cubano reconoce y garantiza a la persona el goce y el ejercicio irrenunciable, imprescriptible, indivisible, universal e interdependiente de los derechos humanos, en correspondencia con los principios de progresividad, igualdad y no discriminación. Su respeto y garantía es de obligatorio cumplimiento para todos. Art. 42. Todas las personas son iguales ante la ley, reciben la misma protección y trato de las autoridades y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin ninguna discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual, identidad de género, edad, origen étnico, color de la piel, creencia religiosa, discapacidad, origen nacional o territorial, o cualquier otra condición o circunstancia personal que implique distinción lesiva a la dignidad humana. Todas tienen derecho a disfrutar de los mismos espacios públicos y establecimientos de servicios. […] La violación del principio de igualdad está proscrita y es sancionada por la ley. Art. 51. Las personas no pueden ser sometidas a desaparición forzada, torturas ni tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes. Art. 52. Las personas tienen libertad de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio nacional, cambiar de domicilio o residencia, sin más limitaciones que las establecidas por la ley. Art. 56. Los derechos de reunión, manifestación y asociación, con fines lícitos y pacíficos, se reconocen por el Estado siempre que se ejerzan con respeto al orden público y el acatamiento a las preceptivas establecidas en la ley. Art. 55. Se reconoce a las personas la libertad de prensa. Este derecho se ejerce de conformidad con la ley y los fines de la sociedad.
Para este sábado había sido convocada una manifestación bajo el lema “Queremos libertades económicas NO + MISERIA” (Foto: CubitaNow)
¡Muy buenas! Para este sábado, 31 de octubre, había sido llamada una manifestación que, como de costumbre, no sucedió. Convocada supuestamente por el sector cuentapropista, sus reclamos al gobierno se enfocaban en la escasez de productos generalizada. La protesta ha pasado prácticamente desapercibida, más allá de varias denuncias realizadas por grupos opositores donde aseguraron que algunos de sus miembros habían sido detenidos para impedir su participación.
También, esta semana se ha viralizado en redes sociales un texto publicado el pasado 18 de septiembre por el periódico Venceremos, órgano oficial del Comité Provincial del Partido Comunista en Guantánamo. El escrito formaba parte de la sección Instantáneas, dedicada a compartir las quejas de la población, y se refería a una petición para cambiar de lugar las confituras exhibidas en la vidriera de una tienda de productos en MLC.
Somos La Joven Cuba y este es nuestro resumen semanal de la agenda pública del país.
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Como es casi costumbre, las protestas convocadas por sectores de la oposición al gobierno no logran participación popular. Para este 31 de octubre habían llamado a una manifestación pacífica de carácter nacional, bajo el lema “Queremos libertades económicas NO + MISERIA”.
Dicha convocatoria aseguraba textualmente que, “producto de la ineficiencia y lentitud del gobierno cubano en sus gestiones y en realizar los cambios que la realidad y el pueblo demandan, muchos cubanos protestaremos el día sábado 31 de octubre en toda Cuba”. Seguidamente aclaraban que “los manifestantes deben usar nasobuco y respetar la distancia física de 1,5 metros.
El documento de la convocatoria, divulgado a través de redes sociales, exigía al gobierno cubano los siguientes 5 puntos:
1- Que el gobierno de Cuba autorice y facilite la entrega a nosotros, el pueblo, de las donaciones humanitarias llegadas desde el extranjero, independientemente de quién sea el donante.
2- Que el gobierno entregue a los emprendedores la libertad de importar directamente del extranjero, mercancía sin límite de cantidad ni tipo, sin que medien las empresas estatales. (Excepto drogas, armas y explosivos).
3- Que el gobierno autorice a los campesinos cubanos a importar suministros y equipos, vender sus productos tanto a la población como para exportación con total libertad, sin imponerle límites de cantidad de productos ni de precios.
4- Que el gobierno autorice mediante licencia de trabajo, la compra-venta de productos. El comercio es legal en el mundo entero y por tanto los revendedores deben ser legalizados.
5- Eliminar el límite de propiedades y bienes que los cubanos podamos comprar así como eliminar el límite de activos que los cubanos podemos poseer para producir bienes o servicios.
Para la protesta sugerían diferentes puntos de las ciudades capitales de provincia, aunque aseguraban que cada cubano podía hacerlo desde donde estimara conveniente. Sin embargo, durante la jornada de este sábado no se registró ninguna actividad fuera de lo normal en los puntos donde supuestamente se reunirían “muchos cubanos”.
Los grupos opositores y medios de prensa que divulgaron la convocatoria a la manifestación apenas se han referido al tema, más allá de algunas denuncias de supuestas detenciones arbitrarias para impedir que periodistas independientes y activistas políticos asistieran al inexistente evento.
Por ellos, en las últimas horas se informó desde varios medios radicados en Miami sobre la presunta detención a Camila Acosta, periodista de CubaNet, mientras que José Daniel Ferrer, líder de UNPACU, alertó sobre agresiones policiales a miembros de su organización.
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La sección Instantáneas, del periódico guantanamero Venceremos, publicaba el 18 de septiembre pasado un texto donde se solicitaba que fueran cambiadas de lugar las confituras exhibidas a través de la vidriera de la tienda de productos en MLC ubicada en las calles Los Maceos esquina a Prado.
Fragmento de la sección Instantáneas, del periódico guantanamero Venceremos.
Según el texto, varias personas sugirieron a la gerencia de la tienda cambiar de lugar el expositor de dulces, de forma tal que los niños no lo vieran desde la calle, porque para los padres sería “complejo explicarles la imposibilidad de comprarlos por no tener acceso a esa moneda”.
Más de un mes después de publicado, la queja se viralizó en redes sociales, provocando una ola de críticas de diversos sectores que, en su mayoría, atacaban la existencia de las tiendas en MLC, un tema recurrente en cualquier debate nacional. Recientemente, el propio periódico anunciaba que el gerente general de la Sucursal Cimex Guantánamo respondió que habían escuchado las sugerencias de la población y las confituras fueron trasladadas de lugar. Problema solucionado.
Respuesta de la gerencia de Cimex para “solucionar” el problema de las confituras demasiado visibles.
Una breve para finalizar:
Desde hoy, 1 de noviembre, en todo el país se atrasó una hora a las manecillas del reloj y se restableció el horario normal. Con esta medida, Cuba vuelve a coincidir con el resto de países del hemisferio norte. Sin embargo, el nuevo horario implica mayor demanda de electricidad debido a que oscurece más temprano.
Desde la Oficina Nacional para el Control del Uso Racional de la Energía (ONURE) se hizo un llamado al ahorro en hogares y centros de trabajo.
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La Asamblea Nacional del Poder Popular aprobó cuatro nuevas leyes (Foto: CMKX Radio Bayamo)
¡Muy buenas! Como habíamos adelantado en el resumen semanal de hace 7 días, la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) se reunió en su Quinto Período Ordinario de Sesiones. En el encuentro fueron aprobadas cuatro leyes -del Servicio Exterior; de Organización y Funcionamiento del Consejo de Ministros; de Revocación de los Elegidos a los Órganos del Poder Popular, y del Presidente y Vicepresidente de la República- enfocadas directamente en fortalecer el orden institucional del Estado.
Por otra parte, ha sido noticia que los 407 puntos de pago de Western Union en la isla cerrarán en los próximos 30 días, según dijo la empresa FINCIMEX en un escueto comunicado publicado en su página de Facebook.
Somos La Joven Cuba y este es nuestro resumen semanal de la agenda mediática del país.
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El miércoles transcurrió el V Período ordinario de sesiones de la ANPP, y reunidos de manera virtual, los legisladores cubanos aprobaron por unanimidad cuatro leyes encaminadas a fortalecer el aparato institucional del país. Las nuevas normativas aprobadas fueron las siguientes:
–Del Presidente y Vicepresidente de la República: La jefa del Grupo de Asesoría Jurídica del Consejo de Ministros, Elba Martínez Amador presentó el proyecto de ley que pauta el ejercicio de las funciones del Jefe del Estado, el ámbito de actuación del vicepresidente, así como las relaciones con órganos, organismos y entidades estatales, los ciudadanos y las organizaciones de masas y sociales. Dos de las novedades del proyecto de ley son la rendición de cuenta del presidente ante la ANPP y el otorgamiento de condecoraciones y títulos honoríficos.
–De Revocación de los Elegidos a los Órganos del Poder Popular: El jefe de la Comisión Permanente de Asuntos Constitucionales y Jurídicos, José Luis Toledo Santander, presentó el proyecto de ley que establece los procedimientos de revocación de delegados a las asambleas municipales, presidentes y vicepresidentes de los consejos populares; presidentes y vicepresidentes de las asambleas municipales, gobernadores y vicegobernadores; diputados, presidente, vicepresidente y secretario de la Asamblea Nacional; miembros del Consejo de Estado, y presidente y vicepresidente de la República.
–De Organización y Funcionamiento del Consejo de Ministros: Presentada por Elba Martínez, jefa del Grupo de Asesoría Jurídica del Consejo de Ministros, la ley establece los procedimientos de trabajo de este órgano, la funcionabilidad del Primer Ministro, los miembros y atribuciones del Consejo de Ministros, así como la forma y diversas acciones como el derecho de interpretación constitucional o el control de constitucionalidad de determinados actos. La ley reglamentará el funcionamiento gubernamental.
–Del Servicio Exterior: Presentada por el canciller Bruno Rodríguez, la nueva ley está encaminada a jerarquizar y organizar en un solo cuerpo legal todo el contenido estructural y de funcionamiento del Estado en cuanto al servicio y la acción exterior.
Asimismo, la agenda parlamentaria contempló el Informe de Liquidación del Presupuesto del Estado del 2019, la Estrategia económica y social para el impulso de la economía y enfrentamiento a una crisis mundial prolongada provocada por la COVID-19 y la Ratificación de los decretos leyes y acuerdos del Consejo de Estado
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La empresa FINCIMEX, entidad financiera cubana propiedad del conglomerado militar GAESA, anunció a través de un comunicado publicado en Facebook que todas las sucursales de Western Union dentro de la isla cerrarían en las próximas semanas.
“Es ampliamente conocido que el 70% de la red de puntos de pago está conformada por empresas incluidas en la lista de entidades restringidas, por lo que incluso sin la gestión de Fincimex como representante de Western Union en Cuba, se verían obligados a cerrar”, decía una parte del comunicado.
De esta forma, y como se preveía luego de conocer las nuevas regulaciones de la Oficina de Control de Activos Extranjeros de Estados Unidos, oficina perteneciente al Departamento del Tesoro, será imposible el envío de remesas hacia Cuba, al menos por los canales autorizados hasta el momento.
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Dos breve para finalizar.
El pasado martes 27 de octubre se anunció que el candidato vacunal cubano contra la COVID-19, Soberana 02, comenzará la fase I de ensayos clínicos, tras recibir la aprobación del Centro para el Control Estatal de Medicamentos, Equipos y Dispositivos Médicos (CECMED).
El mismo día se conoció la triste noticia del fallecimiento del crítico y director cinematográfico Enrique Colina, conocido especialmente por haber conducido durante más de 30 años el programa televisivo de apreciación cinematográfica 24 por Segundos y por ser director de gran número de populares documentales.
Enrique Colina fue, además, colaborador de LJC, que publicó a modo de homenaje uno de los artículos que escribió para nuestro medio.
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Con el fallecimiento de Enrique Colina, el ejercicio de la crítica cinematografica -y del ejercicio de la critica del arte en general- pierde uno de sus más valiosos exponentes (Foto: Internet)
La muerte de Enrique Colina es un golpe para el cine y la crítica cubana. Pocas veces se ha visto en la televisión nacional forma tan eficiente y amena de diseccionar una película, con la objetividad a que el oficio obliga, ni la motivación a consumir cine de quienes seguían su programa. Salvo excepciones, quizás profesionales así estén extintos porque la relatividad del arte existe en su misma esencia y de ahí se agarran la mediocridad y la corrupción para hacer de las suyas, alegando que no hay arte malo, sólo arte, de modo que ponderar esta u otra obra depende de la subjetividad del individuo.
Si fuera así, todos los críticos podrían tomarse la vida sabática o probar suerte en otros campos más útiles: la cienciología, las artes adivinatorias, el estudio de la hidrología del Sahara. Por suerte no es así, ya que el arte, como sistema al fin, puede ser sistematizado, de ahí que existan academias, teorías y movimientos, y que la calidad o trascendencia de una obra sean palpables. Por eso la crítica es un elemento esencial en el desarrollo y consumo del arte, y Enrique Colina fue uno de sus mejores representantes.
Del mismo modo que la competencia -leal y justa- impulsa las economías, estableciendo puntos de referencias y saltos de calidad, la crítica logra asentar un precedente de calidad tanto estético como discursivo. Pero en los medios estatales cubanos, la crítica se ha tomado tan a pecho lo relativo del arte que incluso el mismo Marcelito Duchamp, al que le importaban nada el talento y la formación, hace muecas de asco.
Esta relatividad a la hora de ejercer la crítica en Cuba se traduce en el ejercicio de validación de cualquier obra y de la legitimación mediática de los artistas atendiendo a afiliaciones institucionales, preferencias políticas o contactos -entiéndase palancas- que tengan. Nada tiene que ver con hacer disecciones estéticas serias, ni con orientar al público hacia el consumo de lo mejor de cada manifestación.
Esta crítica nacional es extremadamente inclusiva y es incapaz de evaluar con objetividad ya que está sujeta al presupuesto ideológico de defender lo propio, tomando en cuenta como tal a todo lo que surja de artistas inscritos en instituciones estatales, o sea, hacer una crítica objetiva, donde algunos salgan mal parados, sería devorar a los hijos al modo de Saturno. Por eso la prensa plana rebosa en elegías, panegíricos y alabanzas o lo contrario, en muchos casos se limitan a reseñar las obras.
La crítica se mueve entre la brevedad pobre de juicio, y un barroquismo técnico que deja afuera al público, como si el objetivo para el crítico fuera demostrar su dominio del tema, volviéndose endógena. O sea, estas críticas ultra especializadas sólo son material para los críticos mismos, ya que a veces ni los propios artistas alcanzan a entenderla. ¿Es su objetivo dejarnos a todos fuera? Enrique Colina no hacía así.
En cualquier caso, nos quedamos fuera, nos interesa un comino la mayoría de estas opiniones sosas o muy edulcoradas y seguimos forrajeando por aquí y por allá, como recolectores paleolíticos, un poco de “buen arte”. Por ejemplo, una noche en el teatro -y aquí hay mucho teatro- se vuelve incluso emocionante cuando, frotándonos las manos, preguntamos “qué me tocará, qué me tocará”.
Luego toca una obra que se aleja de nuestro gusto y ya lo emocionante se vuelve frustración, porque ir al teatro es de hecho un juego a la ruleta rusa, es apostar por todo lo alto- aunque las apuestas sean ilegales-. Sucede porque para los medios todas las obras son loables; las escenografías, impecables; y el argumento, inolvidable. Aquí yace el fenómeno de lo endógeno: al crítico mediocre de teatro le parece que una obra de teatro que hable de teatro es sumamente interesante –la repetición viene al caso-.
El cine también sufre del “trabajo” de la crítica, porque a pesar de que las muchísimas salas se mantienen vacías casi todo el año, si por arte de utopía el público se decidiera a asistir regularmente, no tendría otra orientación cinematográfica que la que reciben de uno o dos programas televisivos -estas son las excepciones-, a saber, La Séptima Puerta, Cuadro a Cuadro, Historia del Cine y las de otras latitudes llegadas en el El Paquete, o Netflix, que aunque a veces puedan ser críticas plausibles, toman de base a otro público y otras realidades.
Pero el problema no es sólo la ausencia de una crítica seria y objetiva así, por complacencia estatal, sino la existencia de la otra, la de los Carteles, las piñas y las mafias blancas, el intercambio de influencias y el contrabando de alabanzas. La televisión y la radio, por su inmediatez y masividad, quizás sean los medios más propensos a este fenómeno. El espacio que tuvo Enrique Colina en nuestra televisión fue la excepción, no la norma.
Aclaro que la cartelización de la crítica no es un problema sólo de Cuba, pero lo normal sería que hubiera, además de estos comerciantes de la opinión, un núcleo duro, consistente e imparcial como referencia, y aquí este núcleo, si existe, es invisible. Estará sentado en las academias, o criticando desde medios artísticos online, alternativos, desapercibidos para la mayor parte del público que sigue teniendo en la prensa plana, la radio y la televisión su pan de cada día.
Lo curioso es que el arte mismo ha superado a la crítica en su primaria función de criticar. Abel Prieto, ex Ministro de Cultura, dijo que “hacer crítica al sistema desde el arte era un acto revolucionario” y el arte, quizás la actividad creativa humana más perseguida de todos los tiempos, ha logrado en la Cuba actual un cambio de rumbo para empezar a ocupar su papel cuestionador y crítico de la sociedad, la política, el humano en sí. Entonces, ¿por qué la mismísima crítica de arte obvia descaradamente su principal objetivo? Hacen falta más críticos como Enrique Colina, que no temía a cumplir su parte.
Ya es hora de crear espacios donde se diseccione de verdad el arte, se hagan visibles las críticas a libros cubanos, y así los libros mismos, sin presuponer que porque hayan sido lanzados -más bien, arrojados sin ganas- por editoriales nacionales, hay que alabarlos; donde al fin haya sinceridad con la música, y no se cambien adjetivos lisonjeros por ceucés –pronto por ceupés-, aunque esto deforeste el panorama musical cubano y queden en desuso muchas latas y palos.
Donde cualquier creador de performances no llegue a la gloria tomando las mismas latas y palos para hacer una instalación; donde se sepa bien a dónde mirar, qué esperar, porque a pesar de que para gustos los colores, necesito saber el color para ver si va con mi gusto, y así evitar la monocromía cultural en que se está sumiendo la isla.
En esencia, es necesario abrir camino a la crítica de arte real, porque no es un problema de ausencia de críticos profesionales: desde los artículos académicos hasta los medios alternativos se puede observar una profusión de trabajos bien pensados, objetivos y orientadores, y haciendo la salvedad de algunos críticos de medios estatales, como Rolando Pérez Betancourt, Mario Masvidal, o los fallecidos Rufo Caballero o el mismo Enrique Colina -aquí faltan algunos-, lamentablemente la visibilidad de las críticas de calidad, y por consiguiente, de las obras y artistas en cuestión no es óptima.
Sigue la mayoría del público en el forrajeo, usando las referencias elementales como opiniones de amigos y vecinos o apostando a portadas a la hora de leer un libro, a carteles a la hora de ver una obra de teatro, y a Carteles a la hora de entender los valores musicales de alguna canción. Mientras, los espacios nacionales -radio, televisión y prensa plana- siguen ocupados por la Crítica Relativista Hortelana, que ni critica, ni deja criticar. Sí, la muerte de Enrique Colina es un golpe para el cine y la crítica cubana.