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Crónica de una misma reunión

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Aún resuenan los aplausos de los delegados al XI Congreso de la UNEAC ante el discurso del Presidente de la República, ¿cuánto ha cambiado el sistema de instituciones culturales desde entonces? (Foto: Estudios Revolución)

Estuve allí. Vi y escuché todo lo que se discutió en la reunión «Abelardo Estorino» del Ministerio de Cultura. Al principio, el ambiente estaría tenso, un poco nerviosos todos. Seguramente se dijo: «Este será un diálogo franco, abierto, sin cortapisas», que «nosotros estamos aquí para escuchar y también dar nuestros argumentos». Vi y escuché todo.

« ¿Qué hacemos en esta guagua?» –nos preguntábamos unos a otros los miembros del Consejo Nacional Ampliado de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), del oriente de Cuba, a quienes nos habían llamado, liberado de nuestros centros de trabajo por tres días, e informado que «a las nueve pasa un ómnibus por Bayamo que deben abordar para que participen en una reunión urgente en La Habana».

Llegamos una madrugada del 2007 bajo los confusos rumores de que un grupo de jóvenes, frente a Casa de las Américas, habían gritado: «¡Desiderio, Desiderio, nosotros también tenemos criterio!». En la mañana, allí estaban Abel Prieto, la doctora Graciella Pogolotti, mi coterráneo Arturo Arango, y otros destacadísimos intelectuales.  Se dijo, con toda razón, que «la Política Cultural de la Revolución está fundada sobre las bases del diálogo», que «la Revolución siempre ha dialogado con los artistas y escritores».

Se hizo notar en la reunión lo de la Patria y la soberanía permanentemente amenazadas y que hay que defender. Que «el bloqueo, la pérdida de los mercados, aquella bronquita con los chinos, la caída del Che en Bolivia, la necesaria reconciliación con la URSS después de la Crisis de Octubre, la Ofensiva del 68» y, bueno, o malo, muy malo: el Quinquenio Gris.

Pero que «la censura del arte y la literatura es incompatible con la construcción del socialismo», frase dicha por el mismísimo Abel que encuentro anotada en una vieja agenda de la época. Un amigo me contó años después que algunas intervenciones de estudiantes del ISA le parecieron tan «fuertes», que esperaba a ver si los de la presidencia aplaudían y luego lo hacía él. «Nunca se sabe quiénes lo están mirando a uno en esas reuniones» -acotó.

Estuve ahí. Vi los sutiles gestos de aprobación cuando el discurso de alguien del auditórium coincidía con los criterios de la presidencia.  Y al presidente del ICRT de entonces, anotar presuroso en la agenda. Escuché a aquel muchacho al que no dejaban trabajar en una emisora municipal de la provincia Guantánamo, donde vivía, porque había puesto musicales de Pedro Luis Ferrer y Frank Delgado.

Y yo protestando porque en el recién abierto canal de televisión en Manzanillo, sólo ponían películas clase C de Hollywood, y aquel 10 de octubre del 2005, el día de nuestra independencia, habían exhibido en Golfovisión el filme «4 de Julio», en el cual U.S. Army salva al mundo de una invasión extraterrestre, el día de «su» independencia.

Y Abel Prieto -otra vez Abel- alertaba sobre la globalización neoliberal y la exportación de su sustento ideológico a través de los productos culturales. Y aquella muchacha, organizadora del Festival de Invierno de Cine-Club de Santa Clara, preguntaba «¿por qué en Caibarién nos han dicho que en los recién inaugurados telecentros municipales está prohibido poner películas cubanas de los noventa para acá?».  Estuve ahí. Nadie me lo contó. Estábamos en una escuela de cuadros de la UJC en Casablanca.

Estuve cuando discutimos, durante un receso en la reunión para merendar, aquella entrevista aparecida en un número de «La Gaceta», revista de la UNEAC, en la cual Juan Formell explica cómo los gerentes de los hoteles para el turismo internacional le dieron un golpe fulminante a las orquestas soneras y de música popular bailable dentro de la isla, después del boom de los noventa, porque les era menos costoso contratar a dos o tres reguetoneros con un background, que a una agrupación como Los Van Van o Adalberto Álvarez y su Son.

Los de la región oriental nos habíamos pasado 44 horas en un tren para llegar a la Biblioteca Nacional José Martí, sede del debate. «El reggaetón es “quítate el cerebro y mueve la cintura”» -dijo no sé cuál trovador al referirse a su uso en actividades culturales en las escuelas y auspiciadas por la UJC.

La inefable locutora Gladys Goizueta Simal, lamentablemente ya desaparecida, entonces jefa de programación de Radio Rebelde, trato de que entendiéramos que «es un género que le gusta a los jóvenes y no se puede privar al oyente de golpe y porrazo de lo que prefiere». «¿Dónde está el rap en nuestras emisoras? Nosotros lo que tenemos es una agencia de rap, no una agencia de reggaetón» -dijo otro. «Otra vez hubo bateo con la policía en el “Patio de María”. Hay agencia de rap, pero no de rock, que nuestro movimiento es mucho más antiguo» -comentó otro más.

Cuando regresábamos de cada uno de esos encuentros, nuestros compañeros, que nos esperaban en la Casa del Joven Creador de Bayamo –Manzanillo aún no tenía-, usaban una invariable broma: «Bienvenidos al mundo real».

Al mundo donde, con todo y la vocación dialogante del MINCULT, se formaba un alboroto incluso a nivel de secretario del PCC porque a un artista naif se le ocurrió relacionar al fongo –una variante del plátano vianda-, con José Martí, partiendo de la tesis de que si el ideario del Apóstol nos había salvado espiritualmente durante el llamado Período Especial, el fongo lo había hecho como alimento. ¡Y parecía que iba a tumbar la Revolución por haber pintado y expuesto tamaña conclusión!  

Al mundo donde, a pesar de las presurosas anotaciones del presidente del ICRT, a la realizadora Georgina Mendoza, de Radio Granma, con 40 años en los medios, incluso como jefa de programación y directora y un currículo de ensueño, la forzaron a jubilarse en plenitud de facultades y le quitaron el proyecto artístico de su vida, únicamente por haberse enamorado e iniciado una relación con un cubano residente en Chicago, ex chofer de ambulancias que jamás hablaba de política.         

Por eso digo que estuve ahí, en la reunión del 5 de diciembre en la sala «Abelardo Estorino» del Ministerio de Cultura. Lo vi y lo escuché todo aun desde mi improvisado estudio en Manzanillo. Y entiendo que el diálogo, sí, es necesario, porque la expresión es consustancial a la naturaleza humana y al ser social, y es el primer paso para la participación y la conciliación.

Pero es sólo eso: un primer paso que va durando muchas décadas, desde Palabras a los Intelectuales, sin que el sistema institucional acabe de dar el segundo paso luego de que Armando Hart impulsara su creación y sin la concreción resultante de cambios profundos, más allá de eventuales ornamentos. 

Aún resuenan los aplausos y los vítores de los delegados en la última reunión, el reciente congreso de la UNEAC ante el discurso del Presidente de la República.

¿Cuánto ha cambiado el sistema de instituciones culturales y el ICRT desde entonces? ¿Cuánto han cambiado las empresas comercializadoras parásitas del talento artístico, por ejemplo? ¿Cuánto han cambiado las estructuras censoras en el ICRT y el MINCULT, dirigidos por el Departamento Ideológico del PCC desde que no podíamos poner a Pedro Luis Ferrer en la radio? ¿Han cambiado como resultado del diálogo o sencillamente han mutado hacia modos más sutiles de dar las mismas vueltas sobre el mismo tiovivo?

Yo estaba en Manzanillo el 5 de diciembre. Estaba en Manzanillo el 27 de noviembre y, de contra, con una crisis de artritis. Pero sé -¡si lo sabré!- que más allá de presuntos o reales vende-patrias, más allá de eventuales cínicos o confundidos, en la determinante mayoría de los participantes en el diálogo o la protesta, gravitaban esas preguntas sin respuestas concretas. Hasta ahora. Responder esas preguntas con hechos, con instrumentación, ejecución y participación consensuada, precisamente, es lo único que puede evitar que en el futuro.

(Más textos de Giordan Milanés)

Del odio

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Vituperios como razones y argumentos en las redes sociales, reyertas por diálogo en los sitios de opinión, pendencias entre partidos como ética política, abusos a niños, golpizas cuando no asesinatos a mujeres, tapabocas a quienes disienten, marchas pacíficas disueltas a porrazos y balas, migrantes en busca de hogar seguro dejados al azar de la intemperie, genocidios en nombre de determinada fe, crímenes raciales, gobiernos impuestos por la razón de la fuerza, guerras por intereses mercantiles disfrazados de asistencia liberadora…

Tal es, en parco resumen, el panorama de este mundo. Una energía, potente como la gravitación universal, pero perniciosa y mortífera, parece hacer girar al planeta.

No hay fuerza más destructiva que el odio. Genera entre las personas constante resentimiento, agresividad, animadversión, rencillas, guerras, ansias de aniquilar al semejante. Pero el odio no solo hace daño al otro. En primer lugar perjudica al propio odiador. Lo sume en un estado de perpetua irritación, de obnubilación que no deja actuar a la sensatez, que enturbia la comprensión, que aleja todo afecto. La persona que odia no conoce la paz interior tan necesaria para acercarse, comprender y actuar debidamente en el mundo.

Y no se trata de la ira que es una energía necesaria para proceder con fuerza ante algo que nos lesiona, pero que no deja secuelas. La ira es ocasional y enfocada a un acto, el odio es permanente y se proyecta ante todo lo que el individuo considera inconveniente. Va dirigido no a los actos de una persona sino a la persona misma, pues se ve a esta como causa de nuestras decepciones, frustraciones y derrotas. Al ser un impulso instintivo e irracional actúa de forma desproporcionada y arrasadora contra el objeto de su animadversión.

El odio es fruto de la incapacidad del individuo para la autocrítica, el diálogo y la tolerancia. La arrogancia de pretender que siempre tenemos la razón o el rencor de creer que siempre somos la víctima es lo que genera el odio. Es por eso tan necesario el autoconocimiento, el pensamiento crítico, la sensibilidad ante lo diferente, el razonamiento asistido de sensibilidad humana.

Nadie es perfecto, pero eso no nos hace peores, solo humanos. Saber y aceptar esto nos lleva a una mayor paz interior, a una constante autosuperación y a un espíritu conciliador tan necesario siempre para el equilibrio de las relaciones humanas.

Por su carácter ofuscador y agresivo, que no admite otros argumentos que los de su pasión exacerbada, el odio puede ser fruto de manipulación para tétricas misiones. Precisamente, conocedores de la pujanza demoledora de este sentimiento, muchos capos de masas humanas lo han aprovechado para azuzar a favor de sus propósitos a unos grupos de sujetos contra otros.

Es la virulencia que atizó Franco contra los republicanos, el encono que incitaron los gobernantes pretorianos contra los negros sudafricanos, la carnicería que logró desatar Hitler contra los judíos y otras minorías o el minucioso exterminio de Stalin a sus opositores, solo por citar unos casos conocidos.

El mundo solo tendrá paz cuando nos acerquemos los unos a los otros a consensuar, a compartir y cooperar. Cuando se asuma una actitud así, los bandos y partidos solo servirán para objetivos concretos, pero nunca para la anulación o eliminación del otro.

El otro diferente es solo la parte que me hace comprender que la vida es mucho más que mi yo y lo que creo, y que todos podemos convivir con cordura, comedimiento y respeto. Alejemos con autosuperación esta cualidad aciaga porque, como decía Martí: «El odio es un tósigo: ofusca, si no mata, a aquel a quien invade».

Para contextualizar la crisis

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Foto: EPA/The Economist

El tema de San Isidro parece estarse enfriando poco a poco y por ello puede ser el momento para un análisis desde una perspectiva más amplia, menos emocional.

Lo primero que salta a la vista es la magnitud de la respuesta y la difusión que se le ha dado a este asunto. Creo que es lógico. Visto desde una perspectiva regional, lo vivido en los últimos días es la expresión cubana de la crisis de gobernabilidad que azota la región, agravada por la tensa situación económica y por la pandemia de Covid-19. Sin embargo, si comparamos lo sucedido en Cuba con lo que ha pasado en los últimos dos años en países como Ecuador, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, Chile, Perú, Guatemala y hasta en los Estados Unidos, lo nuestro resulta ridículamente pequeño.

Simultáneamente, dentro del ritmo interno de la nación, estamos en los albores de un nuevo ciclo histórico –al menos, ese es mi criterio–. Este parece ser un momento de transición en el que se están fundando las bases para el modelo que va a regir en las próximas décadas. Cada vez que algo como eso ha sucedido en los últimos 150 años, ha estado acompañado de inestabilidad social. De hecho, el actual período de cambios es hasta ahora el más tranquilo de nuestra historia.

¿Qué papel tienen en este proceso los intelectuales y artistas? Como parte integrante de la sociedad, ese gremio ha jugado un rol en la historia de la nación. Por problemas de espacio no abundo sobre el tema. Baste decir que a lo largo del proceso revolucionario, casi como en ningún otro, la intelectualidad ha estado dividida entre los que apoyaban y los que se oponían, en complejos reacomodos que tuvo momentos de mucha tensión. El más relevante de ellos fue a inicios de la década del 70, a raíz del llamado Caso Padilla y el Congreso de Educación y Cultura que generó el Quinquenio Gris. En la génesis de la actual crisis está el Decreto 349, que es visto con desconfianza precisamente porque se siente como una vuelta a las políticas de aquellos años.

Volviendo a una visión más general los sucesos de San Isidro y, especialmente, al plantón frente al Ministerio de Cultura el pasado 27 de noviembre, podrían considerarse históricos para el caso cubano. Quizás lo más cercano, guardando las obvias distancias, fue el llamado Maleconazo del 5 de agosto de 1994, hace más de veinticinco años.

A ambos sucesos los une el hecho de ser movimientos espontáneos –me refiero a la concentración del grupo de intelectuales y las manifestaciones de diferente tamaño que se dieron en la capital y en algunas provincias–; ambos tuvieron su origen en eventos ocurridos en zonas pobres de la Habana –la falsa noticia lanzada por Radio Martí de que un barco recogería a los interesados en irse del país en 1994 y la «huelga de hambre» de los miembros del MSI–; ambos ocurrieron en momentos de crisis económica, mientras se arreciaba el bloqueo y el gobiernos tomaban medidas que resultaban impopulares –es curioso como el tema de las tiendas en MLC, antes fueron TRD, aparecen en ambos escenarios–; finalmente, parece que ambos tendrán similar resultado.

En cuanto al Estado, ya lo dije: está en pleno proceso de transformación de sus estructuras institucionales y económicas; con una nueva Constitución y una apretada agenda legislativa llamada a ser implementada y, lo más importante, en medio de un proceso de cambio generacional sin precedente en los últimos sesenta años.

De cualquier modo, considero que ha logrado salir airoso de esta crisis, al tiempo que estableció un precedente importante en la relación entre los individuos y las instituciones, legitimando el diálogo entre cubanos dentro de ciertos marcos, lógicamente, como vía para resolver diferencias. Esto hubiera sido impensable en otro momento.

Incluso en los últimos procesos de consulta, ocurridos a raíz de los Lineamientos del Partido y para el proyecto de Constitución, la vía fue vertical, «de arriba hacia abajo». Esta vez ocurre en sentido inverso y eso es particularmente beneficioso para la nación y para el propio Estado, más allá de campañas internacionales –o nacionales– de descrédito que fracasan por estar enajenadas de la realidad cubana.

La soberbia dolarización plástica

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El ministro de Economía y Planificación optó por defender un camino trillado y obsoleto: el de la persistencia de la doble moneda y la captación del dinero de las remesas por la vía de un mercado especial en MLC. (Foto: Yamil Lage/AFP)

La intervención de Alejandro Gil, ministro de Economía y Planificación, en la Mesa Redonda del pasado jueves me sorprendió negativamente, parece el anuncio de una dolarización plástica. En medio de una situación económica crítica como la actual y con la incertidumbre que envuelve las perspectivas del 2021, optó por defender un camino trillado y obsoleto: el de la persistencia de la doble moneda y la captación del dinero de las remesas por la vía de un mercado especial en MLC. Si bien urge obtener divisas por la contracción de los ingresos y los gastos adicionales causados por el exitoso enfrentamiento a la pandemia, hallo que por este camino los perjuicios serán mayores que los beneficios.

De la amplia estrategia económica postulada en julio, lo único que ha sido aplicado de manera relampagueante y creciente en este segundo semestre, es la conversión de las tiendas en CUC a MLC. Su carácter transitorio ya ni se menciona, por el contrario, se enfatiza en su exitoso rol como aspiradora de remesas por la vía de un mercado cautivo. Lo que más me importuna de esta salida mercantilista son tres cuestiones: fundamentación soberbia y obsoleta, extensión indiscriminada y negación del lugar que corresponde el uso del peso cubano como derecho ciudadano. 

La tesis de que el Estado cubano es el proveedor de un pueblo consumidor e improductivo es una falacia de marca mayor. No hay un centavo en las arcas estatales que no haya sido producido por el esfuerzo de los trabajadores cubanos, o las remesas de sus familiares en el exterior. El Estado solo redistribuye centralmente, para bien o para mal, los valores producidos por individuos u organizaciones en la esfera económica.

La comparación con las medidas de 1993 no resiste el análisis. En aquellos momentos, al autorizarse la libre circulación del USD en el mercado cubano, todos tuvimos acceso a él: unos directamente, mediante remesas, propinas o estímulos diversos; otros, como pago por servicios cobrados a los tenedores de USD. Individuos, familias, empresas y otras entidades estatales, productores privados y cooperativos, obtuvieron divisas, lograron satisfacer necesidades y emprender nuevos proyectos mediante la recirculación libre del MLC.

Ahora, cuando las remesas aún se entregan en el moribundo CUC y la entrada de USD por otras vías es limitadísima, el Estado comerciante crea un mercado mayorista cautivo para que los antiguos buhoneros internacionales compren en sus tiendas, mediante tarjetas en MLC, lo que antes adquirían en otros países. Los consumidores cubanos de a pie tendremos que seguir pagando precios exorbitantes para adquirir en la economía sumergida esas mercancías indispensables.

Lo que primero se presentó como una solución transitoria, adquiere visos de permanente. ¿Y la reunificación monetaria donde queda? ¿Acaso el peso cubano no es la divisa nacional? ¿Por qué el Estado no emplea los mecanismos usuales en todo el mundo: entregar las remesas del exterior en la moneda original y la MN y que sea esta última la única, o principal, que circule en el mercado interno?

Su interés por captar divisas urgentemente se podría armonizar, entre otras salidas, con la instauración de una tasa  justa del USD de las remesas en pesos, basada en el valor de mercado y sometida a un impuesto racional que limite su circulación interna en detrimento del uso del peso. En las condiciones actuales, la tarjeta en MLC viene, más que a sustituir al CUC, a devolvernos a la época en que los trabajadores de los centrales eran obligados a cobrar en vales y fichas para comprar en las tiendas de los dueños.

La extensión indiscriminada de las ventas en MLC a productos y servicios esenciales, golpea fuertemente el objetivo declarado en la Tarea Ordenamiento de que el salario vuelva a convertirse en el estímulo principal para el trabajo. Si los salarios que el Estado patrón paga en pesos no pueden siquiera reconvertirse legalmente a USD, solo los cambistas de la economía sumergida y los revendedores de mercancías ?ahora compradas en Cuba? podrán frotarse las manos. No hay más que buscar en Internet para ver cuántas mercancías de las tiendas en MLC se revenden en todo el país a los que no tienen tarjeta MLC o dinero en ellas.

El artículo 31 de la Constitución 2019 postula: «El trabajo remunerado debe ser la fuente principal de ingresos que sustenta condiciones de vida dignas, permite elevar el bienestar material y espiritual y la realización de los proyectos individuales, colectivos y sociales». ¿Cómo conjugar esto con la venta indiscriminada de bienes y servicios de primera necesidad a las familias en una moneda que no es asequible a los trabajadores mediante su trabajo honesto?

El derecho de los trabajadores a recibir por su trabajo una moneda con capacidad ilimitada para cubrir sus deudas en el territorio nacional es un derecho humano fundamental, pilar de la libre contratación en todo el mundo. Las estrategias económicas que se adopten han de reconocer y respetar ese derecho de una vez y por todas. Nunca habrá un solo camino ante un escenario confuso, siempre habrá otras decisiones que adoptar y soluciones que buscar.

Propuestas para desarrollar la economía se plantean desde inicios de la década del noventa y muchas de ellas no se adoptan por criterios ideológicos y políticos. Es hora de reinventarnos, no de intentar repetir soluciones del pasado que hoy están fuera de contexto y ni siquiera se asumen tal y como se aplicaron aquella primera vez. Crear es la palabra de orden, pero respetando el bien común y los derechos de todos los ciudadanos.

La primavera, the spring is coming

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Como condición para que fructifique una «primavera», es necesario el frío del invierno, en forma de insatisfacciones populares y deseos incumplidos: de la felicidad nunca surgen los cambios, no hacen falta ni son deseados.

Vivimos en un verano casi eterno, por lo que el significado de la palabra primavera nos importa poco. Aquí las cosas no florecen, ni reverdecen los campos, ni brota la hierba después de hibernar por meses porque la naturaleza exuberante es una condición perpetua.

Tampoco en el Medio Oriente ha habido primaveras, pero la semiótica universal dicta que esa estación es el renacimiento de todo y, por demás, a cualquier renacimiento en cualquier lugar le toca ese alias, sea lo que sea que renazca –una guerra civil, la anarquía– y sea para quien sea que renazca –una monarquía, un consorcio, un estado extranjero–. Pero, ¿cuánto toma en concretarse una «primavera» y cómo se logra?

Primero es necesario el frío del invierno, en forma de insatisfacciones populares y deseos incumplidos: de la felicidad nunca surgen los cambios, no hacen falta ni son deseados. Ese es ya un panorama existente aquí y muchas acciones que de él pueden derivarse suelen ser aprovechadas para el diseño de una buena «primavera», aunque sus objetivos nada tengan que ver con esta.

Por ejemplo, la manifestación pacífica del pasado 27 de noviembre a las puertas del Ministerio de Cultura fue una acción legítima cuyo objetivo no era fomentar el caos, sino el diálogo con las autoridades. Por ello, debe permanecer limpia en la mente de todos los actores políticos y sociales de la Isla. Aunque por desgracia este y otros ejercicios democráticos muchas veces sufren de incomprensión gubernamental y son tenidos como oportunidades por parte de proyectos ajenos a los de los demandantes. En cualquier caso, no dejan de ser ejercicios genuinos.

Luego hace falta un dios y su pensamiento y palabra. Digamos en este caso, Gene Sharp, fundador de la Institución Albert Einstein para la «democratización del planeta» a través de la acción no violenta –así de peregrino y absoluto–. Este gran «democratizador», politólogo y escritor estadounidense, que se especializó en «primaveras» y otras estaciones transitorias, sugiere, como una deidad que crea en tiempo récord, sólo cinco días para la implantación de «primaveras» una vez definido el país «invernal». Y así reza su génesis:

El día uno dijo: «Háganse las acciones para generar malestar social en el país». Muy fácil, casi lógico porque para ello se usan los problemas reales existentes, por lo cual la credibilidad de dicha promoción resulta muy verosímil para casi todos los ciudadanos. Es necesario aquí asegurarse de que hayan graves problemas en la sociedad. En el caso de Cuba, primero con la puesta en práctica de todo tipo de sanciones económicas y financieras, y segundo, aprovechando los problemas domésticos como la escasez, el burocratismo, las malas políticas económicas y la improductividad.

Hay que decir que entre los problemas domésticos y los importados desde la injerencia, muchas veces hay una relación simbiótica, aunque no absoluta. Las legítimas insatisfacciones de los ciudadanos en este y otros sentidos, su derecho a reclamar pacíficamente de la forma en que entiendan que serán escuchados, es materia que puede usarse en la construcción de la estación deseada.

El día dos creó –o se robó– los reclamos por la libertad de expresión, la democracia; además de las acusaciones de totalitarismo, violencia política y policial. Vio que eran buenas acusaciones y las montó en las redes sociales, esas que actualmente son tenidas por millones de usuarios como medios de información y donde el término libertad de expresión, por ejemplo, pasó de ser un reclamo justo para llegar a semánticas absurdas.

La creación de grupos y comunidades es algo muy atractivo para el público, por lo cual las redes se esfuerzan en un proceso de retroalimentación donde el usuario recibe las noticias u opiniones que reafirmen sus propias posturas. He aquí el aislamiento casi total de la realidad que pueden proporcionar, ya que en el mundo actual –y en el que fuere– la realidad no es monocromática, sino compleja.

Según un estudio conjunto de la Compañía Estudio de Comunicación y de la Agencia Servimedia, es en Facebook donde se construyen mayor número de comunidades, pero es en Twitter, por su naturaleza, donde las noticias falsas se difunden con más rapidez, con un 70% de retuits más que las noticias veraces. Para colmo, son las noticias falsas de carácter político las que cuentan con mayor facilidad para su difusión, alcanzando al doble de usuarios en una tercera parte del tiempo.

Al tercer día creó la lucha activa por cambios políticos y sociales, la promoción de manifestaciones y protestas violentas, la amenaza a las instituciones porque no bastan en la búsqueda de la «primavera» las noticias falsas y las redes sociales. Debe haber un consenso de lo que es bueno y lo que no, del sentido común, por supuesto, de lo razonable y de lo incorrecto, –si se quiere, lo demoníaco–, para despertar «ideales puros de reivindicación» en sectores como la juventud, por ejemplo, edad que por su naturaleza es dada a las causas justas.

La percepción de lo común y lo razonable es trabajada entonces desde la narrativa de los medios de difusión masiva occidentales –en este caso–, a saber: cómo debe ser un país, una casa, un modo de vida, unas costumbres. Entonces, cualquier cosa que no coincida con esa narrativa, con esa semiótica de lo correcto, pues está mal y debe ser cambiado.

Al cuarto día creó la ingobernabilidad y las operaciones de guerra psicológica. Se responsabiliza al gobierno por los enfrentamientos físicos, editando y tergiversando videos y fotos, o poniendo como la generalidad aquellas acertadas.

En la imposición de algunas «primaveras», sobre todo en el Medio Oriente, se han llegado a difundir fotos de otros momentos y otras latitudes sin el más mínimo reparo. Uno de los informes del Departamento de Defensa de Estados Unidos, asegura que «…la percepción es tan importante para el éxito como el evento mismo. (…) al final del día, la percepción de lo que ocurrió importa más que lo que pasó realmente».

No es necesario que la trampa de la multimedia funcione por mucho tiempo, sólo basta el suficiente para que se cree un estado de opinión pública al que se adhieran personalidades internacionales de la cultura, el deporte y la misma política, como influencers defendiendo la marca de un producto que no han comprado.

El día quinto, por fin con las enredaderas subiendo por las paredes de las instituciones gubernamentales, supo que la «primavera» ya casi estaba ahí. Entonces creó términos, como «renuncia del presidente», y vio que eran bueno. Y mantuvo la presión en las calles, y vio que también era buena. Y con una guerra civil prolongada en pleno apogeo y el aislamiento internacional del país, llamó a la intervención militar y, de nuevo, vio que era buena. Y dijo: «Hágase la primavera». Y la «primavera» se hizo.

Este camino de cinco días ha sido descrito, con otro nombre por supuesto, por su propio creador, Gene Sharp, en libros y artículos y se ha aplicado en muchos países con resultados muy interesantes. Hasta hoy es casi infalible.

La Institución Albert Einstein, fundada por Sharp, ha sido acusada de haber estado detrás de las llamadas revoluciones de colores que tuvieron lugar en varios países exsoviéticos, y con repercusión en las «primaveras» árabes. Se ha seguido con relativo éxito en Latinoamérica: Venezuela-2002, Bolivia-2008, Honduras-2009, Ecuador-2010, y así, como una lista de olimpiadas en la que compite un solo atleta.

Ahora vemos este modelo de «primavera» en Cuba, en su «segundo día». Ojalá no llegue al tercero. He aquí que los reclamos –justos a mi entender– de reformas a muchas de las políticas estatales, no deben tomar posición alrededor de un «golpe suave», ni luchar en una guerra prefabricada, y sí, lo digo, pagada, donde esos reclamos más que ser protagonistas, son las armas con las que se librará una batalla tras la cual estarán los mismos reclamos sin satisfacer y otros nuevos.

Se ha visto cómo muchos de los ciudadanos que siguen sosteniendo reclamos y reformas se han desmarcado de las agendas ajenas, y esto es positivo; otros no logran discernir la diferencia entre exigir sus derechos al gobierno y la increíble aventura de «disentir», apoyada en la autocomplacencia social que ofrecen las redes.

Y en pos de evitar este «golpe suave» como la brisa, también es comprensible que la semiótica gubernamental dé un cambio profundo, más allá de los eslóganes esquemáticos y las arengas públicas; más allá de accidentalmente unir a quienes protestan por derechos justos y a quienes tienen la agenda de Nerón y quieren ver todo esto arder; más allá de no poder dominar todavía el escenario de las redes –que ahora mismo es El Escenario–; más allá de los uniformados en las calles –que por arte de Facebook se multiplican–.

Una «primavera» caribeña no es una opción viable, por nuestro fuero, por nuestra historia, por las rencillas acumuladas durante décadas a los dos lados del Estrecho de la Florida –porque es de ilusos creer en una guerra estrictamente nacional–, y porque nunca la palabra «primavera» tuvo tantas comillas a su alrededor.

La edad del Capitán

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Cuestiono los desmanes policiacos de estos días: impiden que una persona salga de su casa, día y noche en extrema vigilancia, actos de repudio bochornosos. Eso es puro estalinismo. (Imagen: Del ensayo Toy Story, Cuban Style/Lidice González y Yamel Santana)

En los días de todos los días, […] el sincerismo cunde como calamidad irracional, tonta, grosera. Qué lejos este sincerismo de la confesión de amigo a amigo, o hecha a la propia soledad, musitada casi, balbuceada, apenas expresada, pero necesaria y recibida como un don de la gracia, pues el nacimiento del conocimiento entre dos personas es tan misterioso que requiere su desarrollo como un contrapunto de artesanía y de lo inefable.

José Lezama Lima. Revelaciones de mi fiel Habana, 1949

La panelista soy yo

Todavía no salgo de mi asombro. ¿Por qué debo escribir para hacer aclaraciones de lo que el sábado 28 de noviembre de 2020 dije en un evento denominado «Cambio de Época»? Uno de los expositores de aquel encuentro organizado por el Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela, con el tema «Superar la modernidad», elaboró un documento con sus puntos de vista y lo ha publicado de manera extensa a toda la Universidad de La Habana, en su blog, en Facebook, en el Tribunal Nacional de Filosofía; esto para mí no hubiera tenido la más mínima importancia si no hubiera aparecido una foto con mi nombre.

Cada persona tiene derecho a escribir lo que entienda de un acto en el que estuvo involucrado, eso es muy válido. No obstante, para exponer sus ideas hizo la siguiente declaración: «No estoy de acuerdo con la “panelista”». Pero lo que más perplejidad me ha provocado es que no hizo alusión a mis argumentos. No estoy de acuerdo con ella y seguidamente expresó el colega su discurso con respecto a los acontecimientos ocurridos recientemente en La Habana sobre el caso San Isidro.

Lo que dije

Como el profesor Carlos Delgado ya expuso la estructura de la conferencia, solo me referiré a lo que tuve la oportunidad de presentar ese día. Haré un breve resumen de algunas cuestiones, donde intervine por diez minutos y ello me ha servido para circular por vía digital sin haber tenido la más mínima intención de protagonismo. A continuación el resumen:

  • Muerte Histórica: La unidad de una sociedad se marca en la unidad del tiempo. Escribió María Zambrano en 1951 que la muerte en la historia sucede de varias maneras, como en la vida personal, pero le lleva la ventaja de ser visible, mientras que en la muerte de la persona lo que más nos interesa queda sustraído a nuestros ojos, es decir, desaparece el soporte material. Pero lo que me interesa resaltar aquí no es el significado de la muerte de una persona. En la Historia se suele llamar a la muerte, «decadencia». En el momento en que lo más importante de la cultura y de la vida de una etapa histórica, lo que le da aliento, se convierte en pasado, aparece lo que se denomina discontinuidad. El pensamiento que define lo que va a ser, especifica al mismo tiempo la muerte de lo que fue.
  • Lo que llamamos pueblo es el recipiente del pasado en un perpetuo presente. Él representa la persistencia, la prolongación, el lugar donde recae la creencia de una minoría. Pero ese pueblo no es inerte, en determinados momentos participa en los momentos de creación. Mientras dura esa participación entre el pueblo y esa minoría directora, se vive desde el presente al futuro. Cuando las creencias fundamentales se hacen pasado, se rompe la participación entre el pueblo y la minoría directora.

 ¿Y cuáles son los signos de estos tiempos? Es muy difícil desentrañar el sentido del tiempo en que vivimos.

La edad del Capitán

Estamos acostumbrados a pensar que «todo tiene una solución», me dijo hace varios días por teléfono una amiga que es matemática. Esa frase es parte de una explicación que me dio y que yo comencé a escuchar con cierto desgano. Tenía que escribir una ponencia para el referido panel denominado «Superar la posmodernidad», reto complejo que me tuvo preocupada por lo que supone sentarse al lado de dos prestigiosos filósofos.

Resulta que la pedagoga hizo un experimento con 3 o 4 estudiantes de 4to, 5to y 6to grado de una escuela primaria. En total serían alrededor de 10 a 12 alumnos.  Los puso a resolver un problema de lo que en teoría se denomina «La edad del capitán» y que cobró auge en la década de los 80 del pasado siglo. El ejemplo que usó fue el siguiente, aplicándolo al ámbito rural: Un campesino tiene 48 vacas y 12 ovejas. ¿Qué edad tiene el campesino? Los niños de inmediato comenzaron a reflexionar y a darle respuesta al ejercicio, acostumbrados como están a que toda pregunta debe recibir una respuesta. La mayoría contestó que el campesino tenía 60 años. Fueron pocos los que le expresaron a la maestra que les dio datos de una cuestión y les preguntó sobre otro tema. La especialista confirmó cómo nuestros niños le daban mayor importancia a responder porque suponían que si les hacían una pregunta, pues la misma debía tener una respuesta y, sencillamente, la respuesta era que no tenía solución porque el problema era irracional.

En medio de esa anécdota, la especialista nombró a los autores de esa teoría y mencionó como uno de sus precursores a Gaston Bachelard. Quedé más motivada todavía, un matemático que devino filósofo, fenomenólogo, el cual apuntó: «Cuando se trata de un verdadero trabajo intelectual el campo a explorar es mucho más vasto. Es entonces cuando se accede al error positivo, al error normal, al error útil». El gran teórico añadió: «Confesemos nuestras tonterías para que nuestro hermano reconozca las propias […] Con respecto al mundo de las ciencias sociales, rompamos juntos con el orgullo de las certidumbres generales, con la avidez de las certidumbres particulares».

El espacio intermedio del mundo llamó Hannah Arendt cuando expresó «estamos tan unidos a otros y a la vez, tan separados». También hay algo que quisiera subrayar en esta pensadora alemana: se distanció de los que consideraba «filósofos profesionales», que se subían a las nubes, pues a veces cuando bajan de ella sus intervenciones pueden lindar con el peor de los errores. No es lo mismo soledad que aislamiento: lo primero implica diálogo consigo mismo. No fue una casualidad que Martin Heidegger avalara a Hitler y tiene que ver con la reducción de la pluralidad de voces a un único discurso.

En La Joven Cuba (LJC) tuve la oportunidad de publicar hace solo unos meses un pequeño escrito titulado «La verdad del cambio»:

«En este año de 2020, en el mes que se conmemora la aparición de la Virgen de la Caridad, le imploro que nos ayude al verdadero cambio. Que el valor trabajo reaparezca y que se convierta en un resorte de competitividad para el desarrollo del talento y el bienestar. Que ilumine a los decisores para que perciban que la salvación de un pueblo es antes personal y social, que política».

Me parece imprescindible una idea de José Martí dirigida a su hijo:

«Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud y en ti» -aquí expresé que esa «fe en ti», yo la interpretaba hoy como la fe en la juventud cubana actual-.

Punto, con esas palabras martianas concluí mi breve intervención.

Debido a una pregunta del público presente que no puedo reproducir, pues, a diferencia del profesor que hoy me interpela en las redes, yo no grabé, expresé que los jóvenes de San Isidro y los que estuvieron ante el Ministerio de Cultura tenían inquietudes y experiencias que tal vez nosotros no tuvimos. En los dos casos, esas personas, atendiendo a los postulados de la Constitución cubana, tenían derecho a expresar sus opiniones, a decir libremente sus inquietudes, pese a que los puntos de partida de algunos eran diferentes.

Puse algunos ejemplos: no es lo mismo vivir en San Isidro, que en Nuevo Vedado o Miramar. Además, puse el ejemplo de cómo algunas prácticas de los esclavos en el siglo XIX cubano hoy nos parecerían reprobables, como el disimulo. Ante la cantidad de horas que eran obligados a trabajar en los ingenios, los esclavos simulaban que trabajaban. Huir hacia el monte fue otra práctica, al final nos legaron el cimarronaje. Hoy sentimos orgullo del cimarronaje intelectual.

También aludí a la necesidad de tener en cuenta una ética de la compasión, donde las nociones éticas fundamentales no sean ni el bien, ni el deber, ni la dignidad, sino el sufrimiento y la sensibilidad por el dolor de los demás.

Ante una intervención de mi colega de que esos jóvenes debían de ser tolerantes, añadí que la tolerancia debía de partir de ambas partes. Esas fueron, en esencia, mis palabras.

Lo que no dije, pero también pienso

No podía robar un tiempo que ya no teníamos en la mencionada actividad. Siempre es así en programas de este tipo. ¿Por qué la tolerancia debe ser de ambas partes? Una vez viajé a la ciudad de Holguín con los ideológicos del Minint que hicieron un evento en ese lugar. Me pasaron la invitación desde la institución para la que trabajé por cuarenta años y acepté. Debía hablar sobre el tema del civismo en Cuba. El respeto fue tremendo, me sentí muy halagada.

Años después, en el tiempo que cuidaba a mis padres y por ello me levantaba de madrugada –4:00 a.m. – para lavar sábanas, bañarlos, darles el desayuno, etc., ese mismo profesor que hoy me involucra en una actitud «sospechosa», me citó para la publicación de un libro sobre Pensamiento Sociológico Cubano. Me dijo: «Si vienes después de las 10, pierdes la oportunidad de entregarlo». Esa oportunidad no podía perderla, él me brindó esa tremenda posibilidad.  Lo que él no supo nunca fue que estuve a punto de caer presa.

A las 9:30 a.m. logré alquilar un carro para un viaje de 5 minutos. El almendrón que tomé fue interceptado por la policía no sé por qué motivo, sencillamente el policía quería revisar los documentos del chofer. Con toda la calma del mundo le dijo a este último que bajara y estuvo interrogándolo. Yo no podía más de la impaciencia al pensar que el trabajo de mucho tiempo, en condiciones extremadamente difíciles por mi papel de cuidadora, se volvería nada por una llegada tarde.

«Por favor –le pedí al agente del orden–, usted no ve que hay personas en este país que tienen que trabajar». «Se hubiera levantado más temprano» –me contestó muy cínicamente. Me subió toda la ira del mundo al pecho, sentí que era demasiado, no pude más: « ¡Qué clase de hijo de puta es usted!». No tenía ni la más mínima idea sobre las consecuencias de la palabra desacato.

Fue una falta de respeto infinita, una falta de profesionalismo tremenda. Era para que el policía me hubiese pedido perdón. Me hizo bajar del carro, tuve que entregar el carnet de identidad, me estaban chequeando por la planta y me iban a llevar para la estación por «desacato». Tenía que entregar mi libro a las 10:00 a.m. Me eché a llorar sin que me costara ningún trabajo, el stress del cuidado de mis padres me tenía siempre alterada. El agente me dejó ir ante el llanto.

Cuestiono los desmanes policiacos de estos días: impiden que una persona salga de su casa, día y noche en extrema vigilancia, actos de repudio bochornosos. Eso, profesor, es puro estalinismo. ¿Por qué el filósofo no ve estos detalles? Se han puesto a pensar cómo se sentiría un ser humano cuando lo atacan de esa manera. ¿Hay derecho a cometer ese acto terrible de violencia?

Ahora se habla de «golpe blando», pero ¿y la «dura realidad» que este pueblo ha sufrido durante décadas esperando un bienestar que nunca llega? Estremece la realidad, estremece: colas para comprar pollo vigiladas por militares, escaneo de carnets. Este es ahora el sentido de la vida cubana: ¿qué sacaron en las tiendas?

Los catedráticos se asombran de las vulgaridades, de comportamientos inadecuados. Y sí, la ética es un estilo, no una obediencia a la norma, sino la forma de entrar en relación con ella. El que tiene estilo no es el que cumple la norma, sino el que en cada momento trata el deber desde una situación. Apelo a José Lezama Lima: «Es muy peligrosa la reacción ante los excesos halagadores, pues suelen engendrar náuseas y sofocos».

Estimo que hay otras formas de mancillar la bandera de una nación –con esto, aclaro, no coincido con tirarme arriba el símbolo nacional de ninguna forma, ni tan siquiera como pullover– como es promover la desunión entre los cubanos dividiéndolos entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, hacer florecer el estatismo burocrático, mantener un único discurso, forzar la unanimidad y un pensamiento anquilosado, darle golpes a mujeres por diferencias políticas. Eso es también, mi amigo, cagarse en nuestra bandera.

No hay nada más reaccionario que los revolucionarios profesionales, porque creen poseer o hasta encarnar la esencia de la revolución, por lo que frustran cualquier esperanza de que se reconozca lo nuevo y hasta lo declaran contrarrevolucionario. La delegación de poder no puede dejar al pueblo fuera de juego. Pudiera decir muchas cosas más, pero ya estoy más calmada.

Ahí está mi respuesta, sin ánimo de polémica, de confrontación. Soy una simple ciudadana de este país, tal vez una profesora que siempre hablará sola. 

Entuertos cubanos de lo político-ideológico

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ideologico
El marxismo-leninismo, que nos llegó de la URSS y forma parte de las causas del fracaso del socialismo en Europa del Este, es el que sigue refrendando el PCC (Imagen: E. Artsrunian, 1963).

Reflexionar en Cuba sobre el llamado «trabajo político e ideológico» puede parecer extemporáneo. Sin embargo es importante para entender las causas de algunos complejos fenómenos actuales. También confirma la necesidad de repensar el socialismo y el modelo social cubano.

Hace poco tuvo lugar una interesante polémica entre cuatro intelectuales que comparten generación y fueron dirigentes en diversos niveles y momentos del país: Félix Sautié, Fidel Vascós, Humberto Pérez y Joaquín Benavides. Se publicó inicialmente en Segunda Cita y después fue replicada en otros espacios.

El debate quedó inconcluso y me dejó pensando. Así que con todo respeto y desde la distancia generacional que me separa de los polemistas, ofrezco algunas ideas.

La noción de ideología y política, la relación entre ambas y las dimensiones de cada una, son puntos de partida básicos. La vinculación es estrecha. La primera, como conjunto de ideas fundamentales de una persona, una colectividad o una época en términos políticos, jurídicos, morales, estéticos, filosóficos, etc.

La segunda, en tanto actividad que a partir de cierta ideología se orienta hacia la toma de decisiones de una clase o grupo para alcanzar objetivos relacionados con la toma y/o ejercicio del poder político. Desde el siglo XIX, los partidos políticos y determinadas asociaciones constituyen su forma superior de organización.

Como sistema de valores que trata de explicar cómo es y cómo debería ser la realidad social, la ideología política también es importante para comprender lo que guía el análisis acerca del «trabajo político e ideológico». Félix Sautié lo define como «un conjunto de acciones e ideas, referidas a la educación, divulgación y/o defensa de (…) una determinada ideología y a su sistema de divulgar, educar, aplicar y/o defender sus concepciones específicas».

I. Algunos desacuerdos interesantes

Los disensos en esa polémica se encuentran en la dialéctica y flexibilidad o no de la ideología y teoría que defienden, en principio Marxista, esencialmente Marxista-Leninista; el papel de la práctica como legitimación de esos elementos conceptuales; los errores cometidos en la esfera del trabajo político e ideológico, sus causas y las prioridades actuales.

Llamo la atención sobre dos cuestiones que sobresalen en el debate:

  1. La debilidad de la labor política e ideológica, a pesar de tener el poder político, dominar los principales medios y vías de formación y divulgación ideológica, tener una guía exclusiva del Partido Comunista de Cuba y haber contado durante 56 años con un líder como Fidel Castro. Varios son los argumentos, pero lo cierto es que no ha dado los resultados deseados y esperados por el gobierno y el PCC. Los polemistas consideran esa labor «prácticamente obsoleta en algunos aspectos esenciales», «desactualizada». Y es cierto desde hace tiempo. Hoy asistimos a una fractura del consenso y la hegemonía que consiguió el liderazgo del PCC durante mucho tiempo.
  2. La raíz de algunos de los principales conflictos que arrastramos hoy y que nos limitan para repensar el país y avanzar, es el predominio de esquemas mentales que bloquean el diálogo, como la dicotomía de amigos y enemigos. Significa que quienes no comulguen con los preceptos ideológicos y de la política práctica que dicta el poder, que se atribuye la representación del Socialismo y la Revolución, son el enemigo o están al servicio de este. Y no hay cómo salvarse de semejante esquema mental. La reiteración de un lenguaje de emergencia y confrontación, a través del cual se convoca muchas veces a la unidad, asegura la dominación y la cesión de derechos y aspiraciones de los ciudadanos. Es la visión del Marxismo-Leninismo refrendada en los congresos del PCC desde 1975.

II. Conviene ir a la raíz de los problemas

El espectro sociopolítico e ideológico cubano es más diverso desde los años 90 del siglo pasado. Sin embargo, en las altas esferas del poder, la ideología política, con apenas algunos matices, es la misma de los años 70 y 80. Una parte de la sociedad civil la acepta por convicción; la mayoría, por reproducción mecánica de un modo de pensar y actuar inculcado durante décadas. Eso explica el mosaico complejo y a veces inexplicable que presenciamos hoy. 

Desde inicios de los años 70, Cuba –a través de su gobierno y Partido Comunista– se unió oficialmente al campo socialista, cuya ideología oficial, emanada de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), era el Marxismo-Leninismo. No todo se aplicó de modo dogmático y sectario, pero en la esfera de lo ideológico fue esencial.

El Marxismo, que es un conjunto de teorías y doctrinas derivadas de la obra de Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895), es una de las tres principales corrientes de pensamiento universal y tiene un amplio espectro en todo el mundo. Importantes aportes al ámbito que ahora interesa pueden encontrarse en obras de Rosa Luxemburgo (1871-1919), Antonio Gramsci (1891-1937), Luis Althusser (1918-1990) y autores de la Escuela de Frankfurt, como H. Marcusse (1898-1979), T.W. Adorno (1903-1969), E. Fromm (1900-1980), J. Habermas (1929- ), entre muchos otros.

El Marxismo-Leninismo es la interpretación estalinista del pensamiento marxista, cuyos antecedentes se encuentran en el folleto de Stalin, publicado en 1926 con el título «Cuestiones del Leninismo». Sus bases fueron definidas en la segunda mitad de la década del 20 y se consolida como ideología oficial de la URSS unos años después, bajo mandato de Stalin. Fue una época en la que se conocían apenas unos cuatro o cinco textos de Marx, predominaban los manuales y los textos divulgativos, un Marxismo vulgar.

Esa variante soviética del pensamiento marxista incluyó ideas originales de Marx, de Lenin y de autores afines, desconociendo a las demás escuelas adscritas al Marxismo. Consagró la dictadura de la burocracia sobre la clase trabajadora y un Estado fuerte con partido único. Casi una negación del Marxismo por parte de la burocracia estalinista. Con toda la carga sectaria y excluyente se reproduce en una relación de subordinación en la Internacional Comunista y los países del otrora Campo Socialista hasta el fin de la Guerra Fría.

Varias generaciones de cubanos, que se formaron hasta el nivel universitario en base al Marxismo-Leninismo exclusivamente, descubrieron durante los años 90 a la mayoría de esos autores antes mencionados. Por obra de las circunstancias en que surgió, es esta la teoría más articulada y, al mismo tiempo, la más dogmática y simplificadora del Marxismo.

Ha sido la base que guía la «lucha ideológica» y el «trabajo político e ideológico» en Cuba. Un repaso de los siete congresos del PCC –1975, 1980, 1986, 1991, 1997, 2011 y 2016– permite identificar algunas regularidades que explican las posturas asumidas en la polémica referida y la situación actual.

III. Regularidades y carencias

-Los congresos efectuados entre 1975 y 1986, con extensión a 1990, refrendan de modo reiterado la asimilación y generalización a toda la sociedad del Marxismo-Leninismo como «punto culminante y logro superior de la evolución del pensamiento económico, político, social y filosófico de la humanidad» y como «instrumento científico indispensable para realizar con éxito las tareas de la construcción socialista», según queda expresado en las Tesis y Resoluciones de la Plataforma Programática del Partido Comunista de Cuba.  

-Desde el IV Congreso, de 1991 en adelante, esa reiteración en el discurso político fue matizada para dar espacio a lo nacional: la historia de Cuba, sobre todo la épica y la figura de José Martí. El matiz se refleja en la dinámica sociopolítica, aunque a escala del trabajo político e ideológico práctico se mantienen las mismas características del Marxismo-Leninismo.

-Entre las que más laceraron la formación del pensamiento y la evolución de la sociedad cubana durante esas décadas, cuyas manifestaciones y efectos llegan hasta hoy, se encuentran:

  1. Esquematización del pensamiento para el análisis de los problemas de la sociedad.
  2. Identificación del gobierno, el PCC y el modelo socialista, asumido como la esencia misma de la Revolución y único camino para la nación.
  3. Prioridad de la crítica al enemigo externo: el capitalismo y, especialmente, los EEUU.
  4. Intolerancia frente a manifestaciones críticas de derecha e izquierda, estas últimas consideradas como revisionistas y lesivas a la unidad del pueblo en torno al gobierno.
  5. Clasificación de «enemigo» o al servicio de este a todo el que disiente, junto a otros apelativos denigrantes.
  6. Excesiva discrecionalidad de la información, amparada en la hostilidad de los EEUU. Generalización del «secretismo» y, consecuentemente, la desinformación de la población respecto a los asuntos públicos. Durante mucho tiempo el cuadro se completó con la imposibilidad de los ciudadanos de conocer otras realidades directamente –solo se podía viajar de modo selectivo a países socialistas–, o informarse con libertad sobre lo que ocurría en el resto del mundo.
  7. El trabajo político e ideológico se desarrolló a través de un sistema vertical de relaciones que abarca a toda la sociedad. Priorizó la formación de cuadros y funcionarios del PCC, el Estado y las organizaciones de masas, la educación en todos los niveles, el control de los medios de comunicación –prensa plana, radio y televisión–, la política editorial, las organizaciones políticas, sociales y de masas principales –UJC, CTC, CDR, FMC, ANAP– y la cultura artística y literaria. Algunos ejemplos pueden ilustrarlo:   
    1. Respecto a la educación, en el discurso de clausura de la sesión diferida del III Congreso del PCC, el 2 de diciembre de 1986, Fidel expresó: «que el trabajo político y revolucionario venga desde la niñez, desde que son pioneros, (…) desde que están en el círculo infantil. Y el Estado socialista tiene todo: círculo, educación, todos los niveles de educación, hasta el universitario, lo tiene todo. ¿Puede o no puede hacerse?».
    2. Bajo la dirección del PCC, en su condición de «educador, organizador y conductor de las masas», se crearon centros de superación política e ideológica, escuelas provinciales y nacionales, centros de estudios regionales y luego, de la historia de Cuba.
    3. Se creó una importante base poligráfica, con unidades en todas las provincias: periódicos, revistas, libros, afiches y otros materiales de carácter político propagandístico, respaldando también a la UJC y organizaciones sociales y de masas importantes.
    4. Durante el quinquenio 1981-1986, solo la Editora Política del PCC tuvo una tirada superior a los 60 millones de ejemplares, publicó 746 títulos, incluidas 15 intervenciones y entrevistas de Fidel, según el Informe Central al III Congreso del PCC. Para establecer la comparación, en esa fecha, 1986, la población de Cuba era de 10 millones 183 mil 900 habitantes y entre militantes y aspirantes del PCC se contaban 523 mil 639 personas, poco más del 5% del total. La cifra más alta, según los documentos partidistas, es la del 2011 cuando el país contaba con 11 millones 236 mil 700 habitantes y la militancia rondaba los 800 mil, alrededor del 7%. Cuba alcanzó una de las más altas proporciones de periódicos por lector entre los países del Tercer Mundo. Se distribuyeron anualmente cerca de 400 millones de ejemplares de periódicos nacionales, más de 90 millones de los provinciales, 62 millones de revistas y unos 13 millones de ejemplares de publicaciones extranjeras afines.
    5. Sobre los medios de comunicación –prensa, radio y televisión– primó el enfoque triunfalista, la reiteración de los mensajes y las debilidades mencionadas antes. Para eso, el PCC se apoya en las instituciones estatales, la estructura partidista y de la UJC; y como complementos, la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Esta visión de los mecanismos informativos y de la cultura puestos más en función del «deber ser» comenzó a distanciar a los medios principales de la realidad concreta y de los ciudadanos y a minar la propia credibilidad de sus diseñadores y ejecutores.

IV. Actualidad

La realidad es muy terca, como se vio en los intentos reformistas entre 1981 y 1986 y también desde los 90, a pesar de sus costos. Estos se identificaron como desviaciones o cambios indeseados, pero inevitables. En una interpretación invertida y perjudicial, el trabajo político e ideológico se consideró como la vía fundamental para el avance de la sociedad y la edificación del socialismo.

Estamos en el 2020. En la Constitución vigente, aunque menos reiterado y explícito que en la de 1976, se refrendan tanto en el preámbulo como en el artículo 5, el sustento del Marxismo-Leninismo con su vocación centralista, estatista y unipartidista.

Según la Enciclopedia Colaborativa Cubana (Ecured), la ideología política del PCC tiene cuatro componentes: «Comunismo, Antimperialismo, Marxismo-Leninismo y Martiano».

Sin embargo, el tercero no remite a su contenido real, sino al Marxismo, identificado como «la doctrina revolucionaria de Marx y Engels, un sistema íntegro y armónico de concepciones filosóficas, económicas y políticas sociales (…)». El Marxismo-Leninismo se revela al presentar a Lenin y la Filosofía Marxista Soviética con el referente de Stalin. Este, que nos llegó de la URSS y forma parte de las causas del fracaso del socialismo en Europa del Este, es el que sigue refrendando el PCC.

La asimilación acrítica del Marxismo-Leninismo fue un retraso frente a la fertilidad que tuvieron las ideas en Cuba durante los años 60. Terminó lacerando la hegemonía del liderazgo de la Revolución. Esta se mantuvo durante un tiempo prolongado debido a: 1) el beneficio que reportó a las mayorías las medidas revolucionarias; 2) el monopolio de la información, ejercido de modo férreo y coherente con el ejercicio político; 3) la formación marxista-leninista exclusiva a todos los niveles y por todas las vías; 4) el liderazgo de Fidel Castro, quien contó «con una aceptación y seguimiento mítico por parte la mayoría absoluta del pueblo», como bien señala Humberto Pérez; 5) con lo anterior se combinó la inconsciencia de las mayorías acerca de los alcances y consecuencias de la nueva dependencia a la URSS y a los países del Campo Socialista. Quienes por su edad o nivel cultural eran conscientes, la aceptaron por su confianza en Fidel, la imagen de éxito que llegaba de la URSS frente a los problemas del capitalismo, la perspectiva de un futuro promisorio para Cuba y la idea de que las fallas del proceso se irían corrigiendo poco a poco.

Ninguno de esos elementos da frutos más allá del corto y mediano plazos. Solo el primero se sostiene en la realidad social y exige actualización permanente, pero se ha sacrificado una y otra vez por los atrincheramientos ideológicos.

Concluyo con un excelente pensamiento de Fidel Vascós: «Defender en exceso a una ideología determinada conlleva el peligro de convertirla en un dogma y aplicar sus consideraciones de una manera sectaria. Es lo que yo entiendo por fundamentalismo, que puede ser islámico y también marxista y leninista. Para evitar este peligro, la ideología que se asimile debe ser suficientemente dialéctica para comprender sus límites en un momento histórico dado e incorporar nuevos conceptos y nuevas formas en su aplicación práctica, aunque provengan de partes de otra ideología».

Los límites de la libertad de expresión

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libertad
Debe existir un Estado fuerte, soberano, que se comporte como garante del orden y de los intereses de la sociedad, pero que se rija por leyes claras y que no invada la libertad individual.

En un artículo anterior de mi autoría, también publicado en La Joven Cuba, expuse lo referente al derecho a la libertad de expresión. A causa de los comentarios en el propio sitio y en las redes sociales, me di cuenta de que era necesario profundizar en torno a los límites de esta.

I

Los derechos o libertades individuales no son ilimitados. La concepción del derecho individual es consustancial con el límite, al menos, el que proporciona el derecho equivalente de los demás individuos y los intereses de la sociedad y del Estado. Por ello, a partir de los propios instrumentos internacionales que reconocen estos derechos, se establecen sus restricciones o los principios para establecerlas.

El ambiente en el cual se insertan estos derechos es algo muy importante que debe ser reiterado y tenido en cuenta. En nuestro caso, un Estado socialista de derecho, de justicia social y democrático, como se declara en el artículo 1 de la Constitución.

Este postulado, junto a las reglas del debido proceso y, dentro de estás, la ampliación del acceso a justicia y el régimen de protección judicial de los derechos constitucionales –esto último, aún pendiente de ley de desarrollo– fue motivo de satisfacción para muchos. Principalmente los juristas lo vimos con beneplácito desde que conocimos el anteproyecto de la Carta Magna y esperamos con agrado su aprobación y proclamación.

Declararse en la Constitución como un Estado de Derecho, introduce un elemento de juicio importante para la evaluación de la actuación y alcance del poder estatal. Ya se dijo antes que el concepto de Estado de Derecho no puede ser cambiado arbitrariamente.

La idea del Estado de Derecho es equivalente a lo que el prestigioso jurista italiano Luigi Ferrajoli denomina «Estado formal de derecho». Este consiste en «cualquier ordenamiento en el que los poderes públicos son conferidos por la ley y ejercitados en las formas y los procedimientos legales establecidos» o «aquellos ordenamientos jurídicos modernos, incluso los más antiliberales, en los que los poderes tienen una fuente y una forma legal».

Siguiendo al jurista argentino Roberto Gargarella, apreciamos que la legitimidad que gana el sistema jurídico cubano a partir de compromisos constitucionales, estampados en un texto de amplia aprobación popular, deben cuidarse con celo, y proyectarse, más allá del discurso escrito, en la vida de la sociedad. También notamos que hay lados por los cuales se llena con generosidad el mandato y otros, insuficientes por completo, cuando entre ellos no tiene por qué existir una relación inversamente proporcional.

Cuando nos pronunciamos sobre la libertad y los derechos, cuando invocamos la Constitución o las leyes internacionales sobre los derechos humanos, somos mirados con cierta ojeriza. Ya ese hecho es una infracción de la libertad individual y un acto de erosión del Estado de derecho.

No necesariamente la libertad –con la suficiente amplitud en lo civil, político y económico, como para sentirse realizado y feliz en una sociedad que funcione– nos lleva al liberalismo.

Mi concepto es contrario al liberalismo. Considero que debe existir un Estado fuerte, soberano, que se comporte como garante del orden y de los intereses de la sociedad, pero que se rija por leyes claras y que no invada la libertad individual.

Es como lo pensaba Agramonte, quien expresó en aquel memorable discurso sabatino en sus tiempos de estudiante de la Universidad de La Habana: «La centralización llevada hasta cierto grado es, por decirlo así, la anulación completa del individuo, es la senda del absolutismo; la descentralización absoluta conduce a la anarquía y al desorden. Necesario es que nos coloquemos entre estos dos extremos para hallar esa bien entendida descentralización que permite florecer la libertad a la par que el orden».

II

De que los límites tienen que estar bien definidos no tenemos dudas. Sin embargo, eso no quiere decir que deben ser demasiado estrechos; por el contrario, deben tener suficiente amplitud como para que los ciudadanos se sientan cómodos y puedan respetarlos sin muchos sacrificios.

En su libro «En tiempos de blogosfera», la profesora Alina B. López Hernández, con lógica jurídica, nos dice: «No deberían existir límites a la creación y la expresión. Pero en el caso de que existan, es lo correcto saber, con honestidad, cuáles son. Cuando se conoce qué es lo que no puede decirse es lógico asumir que todo lo demás está permitido».

Ciertamente, el método utilizado por el derecho en lo tocante a las personas, es la regulación negativa, o sea, el individuo vive en libertad y puede hacer todo lo que considere conveniente. Las normas no determinan lo que debe hacerse, sino permiten que algo sea realizado en la mayor medida posible, con determinados límites y regulaciones que le impone el Derecho.

En el ámbito del ejercicio de la libertad de expresión, se comporta de esa forma –no se conocen excepciones–: el individuo puede expresar todo lo que desee, en la forma y por el medio que estime conveniente, hasta los límites impuestos por la ley. Por esa razón, la determinación de dichos límites con la mayor precisión posible, es muy importante. Se requieren leyes claras.

Aquí quiero precisar algo: para ejercer los derechos contenidos en la Constitución no es necesario esperar a que se dicten las normas complementarias. Para el ejercicio de algunos de estos derechos, como el de prensa, manifestación, asociación, sí deben esperarse normas que los provean de mecanismos para su ejecución, pues necesitan autorizaciones administrativas o de otra índole, pero solo parcialmente para determinadas variantes de su disfrute.

III

Un aspecto que hay que tener en cuenta en el ejercicio responsable de la libertad de expresión es que, tradicionalmente, la doctrina jurídica de la materia ha considerado, en caso de derechos en conflicto, particularmente con actuaciones de la autoridad, que se debe hacer ponderación de derechos. Es decir, sopesar los derechos en conflicto o el derecho con la intervención pública de que se trate, a fin de armonizarlos o determinar cuál debe prevalecer.

Para ellos, existen tres criterios fundamentales: la idoneidad, cuando se obtiene un fin constitucionalmente legítimo; la necesidad, cuando es el medio más favorable dentro de todos los idóneos o el único del que se dispone; y la proporcionalidad, cuando el provecho obtenido se compensa con los sacrificios que implica para los derechos de otros y para la sociedad en general. En Cuba, dado que no hay tribunales constitucionales, se carece de doctrina judicial al respecto.

El ejercicio de los derechos debe ser responsable y necesario, pues la vida en sociedad es algo muy complejo y sensible. El ciudadano no puede ejercer su derecho porque sí, porque lo tiene y puede, sino con un fin útil y necesario, sobre todo cuando avizora la posibilidad de afectar el derecho ajeno o violar normas de convivencia social.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 29, inciso 2, establece que «en el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y libertades de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática».

Por su parte, el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos, a renglón seguido de la disposición sobre las libertades de opinión y expresión, en su artículo 19, sitúa una pauta importante: advierte que el ejercicio de estos derechos entraña deberes y responsabilidades especiales, por lo que pueden estar sujetos a ciertas restricciones. Estas deberán estar expresamente fijadas por la ley y ser necesarias para asegurar el respeto a los derechos o a la reputación de los demás y la protección de la seguridad nacional, el orden público, o la salud o la moral públicas.

En el artículo 20, refiriéndose a los mismos derechos, establece que estará prohibida por la ley toda propaganda en favor de la guerra y toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituya incitación a la discriminación, la hostilidad o la violencia.

Estas disposiciones traen de la mano el carácter excepcional de las restricciones, su necesaria e indispensable definición expresa, así como la imposibilidad de determinarlas de forma ejecutiva y discrecional. Sin embargo, esta discrecionalidad penetra, directa o indirectamente, cuando, aún establecidas de forma legal, las disposiciones son confusas, ambiguas o contradictorias, porque permiten por la vía de la interpretación un amplio campo de maniobra para las autoridades y funcionarios encargados de aplicarlas. Esto ocurre, por ejemplo, con el famoso Decreto Ley No. 370, particularmente, con las indefiniciones terminológicas del inciso i de su artículo 68.

Como es obvio, los límites que se establezcan no pueden desnaturalizar al derecho reconocido. Por tanto, no deben ser muy estrechos ni pueden establecerse impedimentos con el fin de afectar la emisión de una opinión, juicio, idea o pensamiento o para evitar su propagación en la sociedad, por el simple hecho de no coincidir con el criterio oficial o de la mayoría, grupo, clase o corriente política.

IV

Los límites, naturalmente, tienen dos bordes: un borde  interno, que da al individuo y que fija el ámbito del ejercicio de los derechos; y un borde externo, que marca el lugar hasta el que los demás individuos, autoridades estatales y la sociedad en general, puede llegar. Entonces, fijar el límite confiere una doble protección.

La Constitución, en primerísimo lugar, es en sí misma un límite. Por una parte, al poder y a su ejercicio arbitrario y caprichoso; por el otro, al abuso y al exceso en el ejercicio de los derechos. Estos límites legales no pueden justificar la arbitrariedad y la actuación extralegal. Las propias leyes que los establecen son contentivas de la solución jurídica de su infracción, que en el caso de nuestro país están determinados con esmero para el lado de la autoridad y a nivel básico, para el lado del individuo, pero el asunto de la protección es otro tema. 

El artículo 45 de la Constitución dispone: «El ejercicio de los derechos de las personas solo está limitado por los derechos de los demás, la seguridad colectiva, el bienestar general, el respeto al orden público, a la Constitución y a las leyes».

Es muy interesante de esta redacción la utilización del adverbio «solo», lo cual revela una coincidencia con los conceptos actuales en reconocer gran amplitud de los derechos individuales, como regla, con límites muy precisos y excepcionales, basados en el interés público y el derecho ajeno.

Ahora, los verdaderos límites jurídicamente atendibles, conforme al principio de legalidad que establece el artículo 9 de nuestra Ley fundamental, son los que impone la propia Constitución y las leyes. Aunque parezca obvio, algo indica que hay que recalcarlo.

Los derechos de los demás, la seguridad colectiva, el bienestar general y las normas de orden público, tienen que estar incorporados a una norma jurídica. No se trata de que por sí solos y conforme a la opinión de alguien con más o menos poder, puedan valer como tales. Se podría decir que ya están, a raíz del mismo precepto que los enuncia, pero no basta, porque aquí aparecen simplemente declarados, por tanto, es necesario instituir su contenido y alcance.

En el artículo 90, establece que el ejercicio de los derechos y libertades previstos implican responsabilidades. A la vez, determina doce deberes generales, entre los que se encuentran los de los incisos b) «cumplir la Constitución y demás normas jurídicas»; e) «guardar el debido respeto a las autoridades y sus agentes»; y g) «respetar los derechos ajenos y no abusar de los propios». Estos son los que se relacionan directamente con la libertad de expresión.

V

En orden de importancia, después de la Constitución, encontramos los más poderosos límites del ejercicio de la libertad que conoce la sociedad: la temible ley penal, que prohíbe y sanciona conductas en las que un individuo puede incurrir en el ejercicio no atinado o abusivo de sus derechos.

Las figuras o tipos delictivos –descripción objetiva de la conducta sancionable– deben construirse en la ley con suficiente claridad y concreción, como medidas con un fin adecuadamente relevante y legítimo, con la ponderación entre derechos y en atención al bien jurídico protegido. Igualmente, la represión penal necesaria para ese fin debe ser la menos gravosa, donde opera el principio de ultima ratio –último recurso para proteger bienes jurídicos cuando los demás mecanismos han fallado–. Finalmente, debe apreciarse como una limitación con más ventajas que sacrificios, pues, de lo contrario, nada justificaría la represión desde esta perspectiva.

Es doctrina en materia constitucional y de derechos humanos, que el Derecho Penal no puede convertirse en un factor de disuasión del ejercicio de la libertad de expresión y que su utilización como tal resulta indeseable en un Estado de Derecho.

De esto se desprende que a la hora de examinar un caso penal, hay que tener en cuenta que el derecho fundamental prevalece sobre el delito. De aquí que no deban examinarse los hechos en base al ejercicio legítimo del derecho y desde la perspectiva penal al mismo tiempo, sino se deberá determinar separadamente y con el orden de preferencia que establece la jerarquía de los derechos. En primer lugar, si la conducta en evaluación no está protegida por el derecho de ejercicio de la libertad de expresión, y solo después, determinar si hay coincidencia entre la conducta y el tipo penal.

Las figuras contenidas en la Ley No. 88 «De protección de la independencia nacional y la economía de Cuba», así como en el titulo correspondiente a los delitos contra la seguridad del Estado, del Código Penal, son de las que mayor relación guardan con el derecho que se está comentado y tienen una amplitud considerable. Por tal razón, por una cuestión fundamental de prudencia, se debe identificar lo más claro que resulte posible el límite con dichas conductas, aunque generalmente las previstas van más allá de la simple expresión.

Conforme al Código Penal vigente los delitos comunes de desacato, difamación de las instituciones y organizaciones de los héroes y mártires, difamación, calumnia e injuria, y el delito contra el derecho de igualdad, son los que pudieran infringirse con más frecuencia por medio del ejercicio defectuoso del derecho a la libre expresión.

De estas prohibiciones penales se desprende, en apretado resumen, que el ejercicio de la libertad de expresión no autoriza a difamar, denigrar, ultrajar, ofender o menospreciar a las instituciones de la República; a las organizaciones políticas, de masas o sociales del país; a las autoridades, funcionarios públicos, o a sus agentes o auxiliares; ni a los demás ciudadanos nacionales y extranjeros.

Tampoco puede usarse dicha libertad para la discriminación o la promoción o incitación a la discriminación, con manifestaciones que puedan obstaculizar el disfrute de los derechos de igualdad establecidos en la Constitución y las leyes. Tampoco difundir informaciones o comentarios que fomenten criterios de superioridad u odio racial o incite a cometer actos de violencia contra cualquier raza o grupo de personas por razones de sexo, género, orientación sexual, identidad de género, edad, origen étnico, color de la piel, creencia religiosa, discapacidad, origen nacional o territorial, o cualquier otra condición o circunstancia personal que implique distinción lesiva a la dignidad humana (Constitución de la República, artículo 42).

No profundizo en la conducta contenida en el inciso i) del artículo 68 del Decreto Ley 370, que sanciona con multa y decomiso por  «difundir, a través de las redes públicas de transmisión de datos, información contraria al interés social, la moral, las buenas costumbres y la integridad de las personas» por varias razones que seguramente analizaré en otra ocasión. Pero particularmente porque su imprecisa redacción, ámbito de aplicación y autoridades de calificación del comportamiento, impide reconocerlo como límite válido del derecho que estamos tratando, aunque de hecho lo es.

VI

No deben ni pueden existir más límites para la expresión que los que establecen las leyes. Todos los demás que se impongan son ilegítimos y deben ser rechazados.

Cuando los ciudadanos se exceden en el ejercicio de sus derechos y afectan con ello la protección de la seguridad nacional, el orden público o la salud o la moral públicas, cometiendo conductas concretas infractoras de la ley penal –no basta con que sean moralmente reprochables– deben ser procesados, juzgados y sancionados conforme a la ley, con las garantías del debido proceso.

Si el exceso afecta derechos particulares, como la honra o la reputación de otro u otros ciudadanos, entonces corresponde a estos, y únicamente a estos, ejercitar las acciones que le competen.

Por tal razón, es indispensable dotar de acción –facultad de activar un proceso judicial– al ciudadano, así como el derecho a réplica con todas las garantías, en el ámbito de la prensa escrita y los demás medios. El ciudadano debe ser el principal guardián de sus derechos e intereses. En estos casos, el Estado debe mantenerse distante, a las espera de que el ciudadano utilice esas armas que les ha provisto, y cuando lo haga, asistirlo debidamente.

En conclusión, los límites existen, los que se pueden exigir están ahí, establecidos en leyes, demasiado estrechos o con cierta amplitud, muy claros o algo confusos, pero eso lleva otra discusión. Lo objetivo es que están ahí y hay que respetarlos desde ambos lados. Esa es única manera de honrar el compromiso contraído el 24 de febrero de 2019 por la sociedad y el Estado, por el pueblo y por el poder, o si se quiere, por el poder soberano del pueblo.