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Alcohol en espacios públicos

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No se está hablando de una absurda «ley seca» o «semiseca», por la cual convirtamos al alcohol en un objeto perdido y vedado, y, por lo tanto, codiciado.

Desde mucho antes del inicio de la nueva situación generada por la COVID-19, defendí la idea, junto a otros compañeros, de que en los espacios públicos de nuestro país no se permitiera el consumo de bebidas alcohólicas. Tal sugerencia que no es nada original, pues es algo que se practica en varios países –como México, tan cercano a nosotros– y su incumplimiento implica una sanción que consiste generalmente en una multa si el consumo no va acompañado de violaciones de las normas sociales de convivencia en la que el castigo resulta mayor.

La propuesta nació de la observación cotidiana, especialmente en el municipio de Centro Habana donde transito con más frecuencia, de grupos de alcohólicos reunidos en la calle, sentados en las aceras o en cualquier otro lugar –incluso frente a las escuelas–, alrededor de una botella desde tempranas horas de la mañana. El muro del Malecón ha devenido en una especie de barra gigante, como la del famoso Sloppy Joe’s Bar, de la Habana Vieja, aunque evidentemente más económica.

Algunas de las personas que ingieren bebidas en esos sitios violentan el espacio personal de quienes no lo hacen. Es común también que sean generadores de muchas de las llamadas indisciplinas sociales, la mayoría de las cuales son realmente contravenciones y no merecen únicamente la charla educativa, sino una sanción legal. Son feas escenas de nuestra cotidianidad que sólo contribuyen al desorden y a la distorsión de la imagen de un pueblo que es considerado culto y educado. Sin embargo, pueden ser minimizadas o eliminadas por completo si nos empeñamos en ello, con una iniciativa legislativa que las proscriba en espacios públicos.

Algo al respecto se ha adelantado, pues entre las saludables medidas para el control de la pandemia se ha prohibido la ingestión de bebidas alcohólicas en espacios públicos, el cierre de los lugares de consumo y el expendio sólo en algunos sitios. Hay muchas regulaciones de esta etapa que han llegado para quedarse y sugiero que estas relacionadas con la prohibición del consumo de alcohol en lugares públicos sea una de ellas. No así, por supuesto, con las otras mencionadas ya que no se está hablando de una absurda «ley seca» o «semiseca», por la cual convirtamos al alcohol en un objeto perdido y vedado, y, por lo tanto, codiciado.

Considero que es el momento y el contexto oportuno para esta iniciativa ante una nueva cotidianidad. Para un grupo significativo de personas, esta medida no es adecuada ni simpática: es lógico, pensando empáticamente, que moleste a quienes beban en espacios públicos, lo que es considerado por ellos como un hecho natural y apropiado. A los que deban tomar la decisión les preocupa probablemente la reacción de algunos ciudadanos y las dificultades que se puedan crear en su implementación por las respuestas a la misma, pero a largo plazo será más saludable en todos los sentidos, no sólo desde un enfoque salubrista.

Un detalle de extrema importancia es que, si se mantiene la medida, no quede en el «papel mojado». Si realmente «hay que cambiar todo lo que deba ser cambiado», como se afirma reiteradamente, debe enfrentarse a determinadas fuerzas sociales internas si este enfrentamiento redunda en beneficio de la mayoría y se traduce en mejores condiciones para la convivencia social.

La presencia del consumo de bebidas alcohólicas en los espacios públicos cubanos, además de un modelo negativo en la educación de las nuevas generaciones de ciudadanos, es la expresión de una actitud de tolerancia social incondicional ante el consumo de esta droga, que aunque legal, tiene efectos sobre la conciencia y la conducta.

La discusión está abierta y la propuesta lanzada: ¿beber o no beber en los espacios públicos cubanos? Para algún suspicaz, aclaro que no soy abstemio, aunque este detalle es irrelevante para el debate. La propuesta se fundamenta en el principio de que muchos de los problemas de salud van más allá de ese sector, implicando a otros e incluso a la sociedad en su conjunto. La lucha contra la COVID-19 es el ejemplo más reciente. Apliquemos ese principio a muchos otros problemas sanitarios, entre ellos, los de salud mental.

La trampa

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Nuestro Parlamento actualmente no solo está en actitud de desacato de la Constitución, sino que aplaude a dos funcionarios —uno de ellos, presidente del cónclave—, que sostuvieron una actitud contraria a lo refrendado por el 86 % de la población cubana. (Foto: Tony Hernández Mena)

Escuché ayer a Esteban Lazo Hernández, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, y a la ministra de Comercio Interior, Betsy Díaz Velázquez, dirigirse a la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) que sesiona en su último encuentro del año. Ambos citaron palabras de Fidel Castro pronunciadas en los sesenta y en los noventa. La esencia de las citas era resaltar que los derechos en Cuba son solo para los revolucionarios, jamás para los contrarrevolucionarios.

No es raro que nuestros dirigentes citen a Fidel descontextualizándolo y lo traigan a escenarios donde sus ideas son improcedentes. Tampoco es noticia que Fidel tuviera esos criterios. Nos parezcan bien o mal, como todo líder carismático no se detenía a meditar si lo que expresaba era «políticamente correcto»; intentaba arrastrar a la opinión pública con su oratoria encendida, su habilidad para presentar argumentos y hacer que las personas confiaran en él.

No me extraña igualmente el uso manipulador de los términos revolucionario y contrarrevolucionario. La colega Ivette García González ha dedicado varios artículos («Maniobrando con las palabras»; «Es hora de definir lo revolucionario»; «Antídotos contra la manipulación del lenguaje») a mostrar que son palabras talismán o palabras mordaza, encaminadas a modelar una forma de pensamiento y, sobre todo, de conducta. Si alguno de nosotros hubiera propuesto en los años sesenta, setenta u ochenta… que debíamos abrirnos a las inversiones de capital extranjero, o admitir la propiedad privada en pequeños y medianos negocios, o que era un derecho viajar libremente sin pedir permiso al gobierno; habríamos sido ubicados ipso facto en la categoría de contrarrevolucionarios.

Lo verdaderamente paradójico fue que las referidas intervenciones recibieran entusiastas aplausos de los diputados de la ANPP; de la misma Asamblea que aprobó una Constitución que norma la existencia de un Estado Socialista de Derecho y el disfrute de derechos para todos los ciudadanos y ciudadanas. A Fidel nunca lo hubieran colocado en esa situación. Jamás habría concordado con la aprobación de una Constitución tan osada. Lo suyo no era la hipocresía. «Al pan, pan y al vino, vino». Con él nunca tuvimos un Estado Socialista de Derecho. Como no lo tuvo ninguno de los países del desaparecido socialismo real. Aunque, si reflexionamos bien, tampoco lo tenemos con la Asamblea.

La Asamblea está aprisionada en un contrasentido. Ella misma —en el afán de presentar una Constitución más avanzada que su predecesora— se fabricó una trampa de la que no es posible escapar. En su disposición decimosegunda, la propia Constitución la obliga a habilitar esos derechos en un plazo de dieciocho meses. Pero tal lapso ha sido incumplido y no se informa a la ciudadanía en qué momento se consumará el mandato legal.

En consecuencia, nuestro Parlamento actualmente no solo está en actitud de desacato de la Constitución, sino que aplaude a dos funcionarios —uno de ellos, presidente del cónclave—, que sostuvieron una actitud contraria a lo refrendado por el 86 % de la población cubana.

Cada día constatamos en las redes sociales el modo en que se constriñen las libertades al que piensa diferente respecto al gobierno y se atreve a decirlo. Vemos violentadas a personas que desean ejercer su derecho a pensar y expresarse: expulsadas de las universidades, detenidas en sus domicilios sin que se les haya encausado, impedidas de moverse por las calles, con agentes de la Seguridad del Estado que les amenazan y pueden detener sin que exista una orden legalmente emitida que lo permita.

La conclusión a la que arribo es que hemos aprobado una Constitución que no es viable. Una parte de ella tiende a sostener una situación de vulneración de libertades —concretada sobre todo en su artículo 5— y otra parte reconoce tales derechos y libertades en un Estado Socialista de Derecho, concepto que es definido como: «la concepción del Estado que refleja que su estructura y funcionamiento se rigen por el acatamiento a lo establecido en la Constitución de la República y en el resto de las disposiciones normativas que conforman el ordenamiento jurídico».

Esta contradicción evidente, y sin solución posible, fue una preocupación que explicité en mi artículo «El talón de Aquiles», allí analizaba que:

(…) el aludido artículo 5 declara que el Partido trabaja, entre otras cosas por «desarrollar valo­res éticos, morales y cívicos» en los cubanos. ¿Qué valor cívico puede ser más importante que el respeto a la Constitución de la República? Empezar haciéndolo por casa sería una cuestión de principios, por ello, en lugar de ubicarse por encima de la Ley de leyes, y no permitir que ella le establezca pautas al Partido —como afirmara enfáticamente uno de los comisionados—, el PCC debería ser el primero de todos en subordinarse a los preceptos constitucionales.

Cuando se discutió el proyecto de Constitución en consulta popular, en el preámbulo se reafirmaba la novedad del concepto de Estado Socialista de Derecho, al explicar que el mismo fue incorporado «a fin de reforzar la institucionalidad y el imperio de la ley, dentro de ello la supremacía de la Cons­titución». Pues nada de esto se ha cumplido. ¿Qué hacer entonces? ¿Puede declararse inoperante a una Constitución?

Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com

Dialogar, pero no con el espejo

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En la obra Narciso, del italiano Caravaggio, el muchacho mira su reflejo y siempre lo deslumbra su propia belleza.

A inicios del 2018, ante el llamado efectuado por las autoridades a la crítica y el diálogo sobre asuntos cubanos, escribí acerca de la esterilidad de los supuestos debates entre interlocutores con similares argumentos. Actualmente, cuando muchos y diversos integrantes de la sociedad civil convocan al diálogo interno como alternativa a visiones unilaterales, que pretenden imponer sus puntos de vista cual «solución salvadora» a los problemas nacionales, considero que lo primero es convencernos de por qué es imperativo dialogar y, más aún, debatir.

En Cuba suelen confundirse los términos conversación, diálogo y debate, y no existe mucha práctica en su realización, casi siempre cargada del ritual y la doble moral que acompañan a la gobernanza burocrática. Sin pretender definirlos de manera acabada, podría decirse que conversación es un concepto más general, un intercambio de cualquier tipo entre dos o más personas, desde saludos y parabienes hasta un encuentro entre delegaciones de Estados en conflicto.

Un diálogo ocurre cuando varias personas exponen ideas sobre un tema, mientras un debate implica que coexistan posiciones contrapuestas sobre la cuestión, a tal punto que sea necesario demostrar, criticar, argüir, argumentar y replicar; siempre en un ambiente pacífico y respetuoso de las posiciones del otro. En los debates ha de primar la persuasión, mediante la exposición de evidencias científicas y el razonamiento lógico, al tiempo que se desestiman los argumentos basados en los principios de fe y autoridad.

Cuando se pretende abrir una mesa de diálogo entre partes en igualdad de condiciones, es muy importante tener claridad en los temas que serán sometidos a debate y en la representatividad de los interlocutores, quienes deben gozar de reconocida autoridad y responsabilidad para que los interesados deleguen en ellos. El objetivo final será llegar a acuerdos que contribuyan a dar solución a los tópicos debatidos con el logro del mayor beneplácito posible de todas las partes.

¿Está Cuba hoy urgida de un diálogo nacional? ¿Está el Estado/Partido/Gobierno interesado en dialogar con algún otro factor de la sociedad cubana? ¿Están los grupos que llaman al derrocamiento violento del gobierno y a la intervención extranjera interesados en sentarse a dialogar con representantes del Estado cubano? ¿Cuáles serían las partes que podrían representar a la sociedad civil cubana en una mesa de diálogo nacional? Lamentablemente no tengo respuestas acabadas para estas preguntas iniciales, pero sí puedo adelantar algunas ideas.

La postura inicial del sector más conservador del Estado/Partido/Gobierno y de los grupos disidentes apegados al gobierno de los EEUU, el incremento del bloqueo y/o proclives al terrorismo, será la de no dialogar con nadie. Ya ellos tienen su propuesta de solución y no la cambiaran, porque no quieren ceder ni un ápice de su actitud dominante ?real o imaginada? a terceras partes. Durante años han protagonizado una yuxtaposición histórica que, amparada en los patrones de la Guerra Fría, convirtió cada diferencia en enfrentamiento, las disidencias en traiciones y los opositores en enemigos. Esa visión única los convierte en frenos para cualquier oferta de diálogo.

La experiencia de lo ocurrido el 27N muestra cuán fuertes son estas fuerzas y lo dispuestas que están a coaligarse, de hecho, para impedir cualquier intento honesto de dialogar. Si acceden a ello, solo lo harán con sus acólitos, de los que esperan aplausos y lealtad; nunca críticas ni propuestas alternativas. Cuando no pueden desoír a algún crítico desobediente, sus planteamientos son acallados o tomados en cuenta para elevarlos a los de arriba/los que saben, con la promesa de que en algún momento futuro sean respondidos como merecen.

Ese tradicional diálogo con el espejo ya se torna inadmisible en la Cuba actual. La actitud crítica de la sociedad cubana -lenta, pero indeteniblemente- parece haber despertado y echado a andar. La actitud de los jóvenes del 27N cayó como semillas de marabú en tierras baldías. A los mensajes y posturas solidarias de representantes del arte y la literatura de diferentes generaciones, se suman declaraciones públicas de instituciones culturales y de la sociedad civil, que llaman a la apertura de un diálogo nacional más plural e inclusivo, sobre la base de la libertad de expresión y el respeto a los derechos de todos.

Para pensar una agenda de diálogo que sea factible e inclusiva, creo conveniente que se elaboren propuestas y se argumenten medidas y demandas que beneficien al mayor número. Abogados, economistas, politólogos, historiadores, científicos, funcionarios, pedagogos, ingenieros, campesinos, escritores y artistas, obreros y empleados, cooperativistas, TCP, amas de casa, cubanos emigrados y residentes en otros países; deberían participar y argumentar sus propuestas por diferentes vías ?en especial las redes sociales y plataformas digitales? para que la inteligencia colectiva se potencie y dé paso a lo que Rousseau llamó voluntad general, factor principal de cualquier transformación social.

Nota de clase de un profesor sin aula*

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El Socialismo no tiene que ver con subsidiar los derechos, ni la justicia, ni la igualdad, ni la equidad, ni las condiciones para la felicidad, la libertad y la plenitud de las personas; menos con condicionar todo esto a un criterio general de sostenibilidad económica, de rentabilidad, o de lucro. Trata, en todo caso, de hacerlos reales, plenos y universales, como metas inherentes e imprescindibles a su realización.

Recordaremos el contenido de los discursos pronunciados en la Tángana del Parque Trillo y veremos una apelación a ello. Economía solidaria dijeron allí sin vergüenza. Y dijeron más. No pudo aquello ser un diálogo. Será recordado como una interpelación.

La restauración capitalista siempre se inicia por la impugnación, el asedio y distorsión de los contenidos esenciales sobre los que descansa el consenso civilizatorio alcanzado por la sociedad en que se implanta como proceso; por la individualización de los problemas sociales, de sus causas y de las soluciones a ellos, así como por la atomización y enajenación de lo político y la política, ya sea como comprensión de la realidad o como el conjunto de prácticas para transformarla desde la ciudadanía.

Todo ello es realizado por –y en beneficio de los intereses– de élites compuestas por capitalistas anónimos, políticos, funcionarios y académicos aliados y concertados silenciosamente en el asalto del Estado y los derechos, en su privatización y dominio.

Entonces, la ejecución de la restauración capitalista, el asalto del Estado y la desarticulación de los derechos, su privatización y dominio por dichas élites, implica la anulación y desactivación de la noción de democracia y de cualquier experiencia de ella. También, una extraordinaria carga de violencia estructural, física y simbólica que asume y prevé, ya desde sus primeras etapas, tanto las resistencias que pueda enfrentar, como su represión.

Es por eso que se tiene que impedir a toda costa el nacimiento del Estado de Derecho, abortar la cultura política y la identidad ciudadana que emana, o crear las condiciones necesarias para que pierda eficacia en la vida cotidiana y acabe por ser una frase hueca del discurso político y, al mismo tiempo, un escarnio de la arbitrariedad y el despotismo a la promesa de procurar la justicia, la libertad y la igualdad política que contiene la República.

Afirma en un foro público una periodista cubana que el presidente de la República llama a algunos «tontos útiles». Es difícil entender tal cosa cuando se piensa en qué significa ser un servidor público. Hay que pensar, seguir pensando, publicar, u opinar, es, en última instancia, no más que una consecuencia.

 

*Este comentario fue publicado originalmente en el perfil de Facebook del autor, motivado por el texto «En Cuba nadie es sancionado por su forma de pensar», publicado en el periódico Granma.

Eusebio Leal: el loco del museo

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«A todos los que en Cuba han luchado por hacer algo diferente y mejor los han tildado de locos. A mí me dicen el loco del Museo» (Foto: Kevin J. Miyazaki/Redux)

Eusebio Leal o el loco del museo. La palabra loco en el lenguaje popular cubano casi siempre posee una connotación peyorativa, incluso estigmatizante. «Loco de mierda», dicen algunos para ofender o denigrar. Históricamente, la Psiquiatría no la ha empleado de esa manera.

Un ejemplo entre muchos es el ahora llamado Trastorno Bipolar, conocido en la segunda mitad del siglo XIX como «locura maníaco-depresiva», y, antes de eso, como «locura circular» o «locura a doble forma», según los clínicos franceses. Actualmente su equivalente técnico es «psicosis», e implica una seria distorsión del reflejo de la realidad, falta de conciencia de enfermedad, síntomas como alucinaciones y delirios con dificultades importantes en la adaptación familiar, laboral, escolar, social en general.

El psicótico es también un rompedor de normas, de reglas establecidas, y adopta conductas que son diferentes a las de la mayoría. Es este rasgo uno de los que más se asemeja al del imaginario popular en su concepción del loco. En este caso, utilizo la palabra en su sentido clásico, tradicional, tal como la empleó la persona a la que voy a referirme. Todo esto es aclaratorio, antes de contar lo siguiente.

Conocí al doctor Eusebio Leal hace años, en el Palacio de los Capitanes Generales, actual Museo de la Ciudad. Me acompañaba mi amiga Silvia Rodríguez, trabajadora social, ya fallecida. Por aquellos días, yo andaba en la búsqueda de testimonios para un libro sobre José María López Lledín, «el Caballero de París», y me resultaba imprescindible el aporte de Leal. Ese hombre educado, culto, conversador agradable y magnífico anfitrión, nos trató como a dos embajadores extranjeros. Así era él con todos.

En esa visita, nos relató su encuentro con el que considero como el más importante personaje popular de Cuba durante el siglo XX. Para ello, Eusebio Leal fue hasta su infancia, cuando jugaba con otros niños en los jardines del Hospital de Emergencias y allí vio y conversó por primera vez con el Caballero, cuya personalidad le produjo desde entonces una especial fascinación. Recordó también que su madre, Silvia Spengler, le ofrecía a Lledín agua y algo de comer en los alrededores de la intersección de las calles Infanta y San Lázaro.

Como petición, me entregó un folleto, «La Habana Intramuros», lujosamente impreso, para que quien era entonces mi paciente, lo firmara a fin de guardarlo como recuerdo. Una foto del personaje aparecía al final del folleto. Sobre la imagen, el Caballero comentaría más tarde que era la mejor foto que le habían hecho. Estaría en la portada del libro que cuenta su vida, «Yo soy el Caballero de París», publicado por personas generosas en España, en la comunidad autónoma de Extremadura, en su primera edición.

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Sobre la imagen, el Caballero comentaría más tarde que era la mejor foto que le habían hecho. Estaría en la portada del libro que cuenta su vida.

Cumplí con la petición del historiador y el ilustre huésped de La Habana, con manos temblorosas, ya en su lecho de enfermo en el Hospital Psiquiátrico, dejó estampada su firma en el fino folleto del otro ilustre habitante de la ciudad. Conocía a Leal, pero no recordaba al niño que vio por primera vez en el jardín de un Hospital. «Para Leal», escribió y contó con detalles agradecidos el gesto amoroso de Silvia Spengler. En voz muy baja me dijo: «Guarden los documentos para la historia de la ciudad».

El folleto regresaría en breve a las manos de Eusebio Leal, quien en una ocasión, al referirse a la enfermedad de Lledín, afirmó: «A todos los que en Cuba han luchado por hacer algo diferente y mejor los han tildado de locos». Mencionó a Martí, Chibás y Fidel. «A mí me dicen el loco del Museo». Sonrió y nosotros con él.

Le pregunté si podía ayudarnos a recrear la atmósfera de La Habana en los años en que vivió el Caballero. «Vayan a ver a José Luciano Franco», respondió y observó mi expresión facial, con aquella agudeza que era una de sus características. «De parte mía». Nos enviaba a una personalidad de las Ciencias Sociales que conocía perfectamente esa época y trabajaba incansablemente en el Archivo Nacional de Cuba.

Nos obsequió uno de aquellos viejos discos de vinilo con discursos y otras intervenciones de Emilio Roig.

Después nos vimos varias veces. Presentó mi libro en el Convento de San Francisco de Asís. Nos hicimos amigos. Fue uno de los primeros en llamarme al hospital cuando tuve un infarto. Promovió la idea que se llevó a cabo de colocar la escultura del Caballero de París frente a la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís, y de trasladar los restos de aquel desde el cementerio de Santiago de las Vegas hasta ese lugar.

Volví mucho tiempo después al Museo de la Ciudad de La Habana. Él ya no estaba. Una fila de personas silenciosas con nasobucos y guardando el distanciamiento físico esperaba para firmar el Libro de Condolencias, abierto por su muerte. Entonces escribí, evocando el día que acogió a dos desconocidos con decencia y afecto: «Para el amigo Leal, quien siempre puso un poco de locura a la cordura».

Regresaré al sitio donde se nos convoque para rendirle tributo nuevamente a Eusebio Leal.

(Más textos de Luis Calzadilla Ferro)

¡Alea iacta est!

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A partir del 1 de enero, el CUC comenzará el proceso que terminará con su desaparición.

El anuncio de la puesta en marcha de Tarea Ordenamiento el 1 de enero de 2021 me recuerda aquel pasaje histórico cuando Cayo Julio César cruzó el Rubicón con sus legiones para ocupar Roma y, al hacerlo, exclamó: «¡Alea iacta est!» (¡La suerte está echada!). Todos los que hemos defendido durante años la necesidad de adoptar esta decisión deberíamos estar complacidos, aunque sepamos que en las actuales circunstancias, el éxito de su aplicación está más comprometido que nunca.

La tasa de cambio anunciada de peso a USD ?24×1? tiende a poner en igualdad de condiciones al sector estatal y al no estatal en cuanto a la medición de sus costos, formación de precios y posibles tasas de ganancias. Con la devaluación, ganarán los exportadores y perderán los importadores. Es preciso que sigan aproximándose en lo tocante al acceso a mercados mayoristas, inversiones de capital nacional y extranjero, créditos bancarios y posibilidades de exportación e importación.

Como no se hizo referencia a cuál será la tasa de cambio del CUC de las empresas respecto al peso, asumo que será la misma anunciada para el USD. Así los inventarios en CUC de las entidades estatales no tendrán pérdida alguna, pues automáticamente pasarían a multiplicarse por 24 todas las partidas denominadas en CUC. Arduo trabajo espera a contadores, estadísticos, planificadores, inversionistas y contratistas que tendrán que rehacer todos sus documentos, desde libros de cuentas hasta proyectos de inversión. 

La espera ha sido larga y costosa para el país y los ciudadanos. Más de tres lustros llevamos con dos monedas cubanas, aunque realmente el CUC fue un representante del USD al interior de Cuba. Al inicio, era como su avatar reevaluado. Con el tiempo su acuñación sin respaldo real en USD lo hizo devaluarse tanto que perdió su significado original y pasó a ser una especie de billete de 25 CUP. De ahí que primero las empresas estatales (2015), y luego la población (2020), hayan sido obligadas a volver a la circulación parcial en MLC. Alea iacta est para el CUC.

El 25 de octubre de 2013, una escueta «Nota oficial del Gobierno de la República de Cuba» anunció que se había adoptado el acuerdo de comenzar a trabajar en el proceso de unificación monetaria. Durante 2014 y 2015 aún parecía que era inminente, pero luego el proceso se ralentizó.

Hace un año, por esta fecha, la declaración del presidente durante su discurso en la clausura del IV Período Ordinario de Sesiones de la ANPP de que en el 2020 se desatarían las fuerzas productivas del país y que para ello «lo más apremiante es el ordenamiento monetario», sonó como música a los oídos de la mayoría del pueblo/población. En aquel momento escribí:

Lo que más me preocupa es que se prometa liberalizar las fuerzas productivas mientras se posponen medidas imprescindibles para lograrlo, tales como: unificación monetaria, reforma general de precios y salarios, empoderamiento de los colectivos laborales, extensión y apoyo al sector no estatal, y mayor descentralización de empresas y municipios. A base de visitas de los dirigentes a empresas y localidades y reportajes televisivos más exhaustivos de las reuniones no se aumenta el PIB.

El año 2020 fue transcurriendo bajo el signo de la Covid-19 y las reformas se congelaron ante la urgencia de la lucha por la vida. Cuando se combinaron la debacle económica mundial, la disminución de los ingresos y el incremento de gastos por las medidas anti-pandemia, volvieron redoblados los llamados a retomar la senda de las transformaciones. La suerte estaba echada, alea iacta est. En julio, el gobierno dio a conocer una estrategia para enfrentar la crisis que llenó de expectativas a buena parte del pueblo; pero la inminencia de las elecciones en los USA, con su presumible cambio en la Casa Blanca, hizo extender el compás de espera.

De aquel conjunto de medidas, solo una fue implementada ipso facto: la dolarización plástica. Primero fue aplicada a los llamados productos de gama alta y media, pero luego, en octubre, se extendió a bienes de amplio consumo hasta alcanzar la mayor parte del mercado estatal no normado. Y este es el factor que más me preocupa ante la decisión recién anunciada pues, como bien apuntara el presidente, es preciso tomar medidas para evitar una inflación galopante por la combinación de una oferta insuficiente de productos, subida de los precios y una mayor demanda efectiva al crecer los salarios y jubilaciones, remesas y otros ingresos.

El mantenimiento por largo tiempo de la partición del mercado interno en dos segmentos: uno bien nutrido ?en tarjetas USD? y otro magro hasta la saciedad, en MN, solo puede llevar a la depreciación veloz del peso cubano. Quizás se piense en un reacomodo de las CADECAS para la compra del USD por los consumidores, en una especie de déjà vu de mediados de los noventa. Eso solo multiplicaría la dolarización hasta convertir al peso en un despreciable token –moneda privada de los antiguos centrales– y abriría las puertas al arribo creciente del comercio en criptomonedas, recargas de ETECSA y la recirculación del USD en la economía sumergida. 

Alea iacta est. Esperemos que esta vez los topes de precios puedan ser sostenidos por medidas coercitivas hasta que la oferta se recupere con la producción agropecuaria de la campaña de invierno, el incremento de las importaciones y las producciones de la industria nacional. Sigo apostando porque los beneficios de la reunificación serán mayores que sus peligros, pero es preciso el incremento productivo interno y/o de las importaciones para equilibrar el mercado. Es la hora de abrir cauces a las mpymes, cooperativas y el TCP como vías rápidas de producir para el mercado interno y estabilizar el peso.

El primer paso se ha dado. Ojalá vengan otros que lo complementen y el peso cubano recupere su lugar como divisa nacional. Los cubanos y cubanas tenemos derecho a disponer de nuestro viejo y querido peso como expresión de lo que cada uno aporte a la riqueza nacional. ¡Éxitos a los trabajadores y empresas que mejor lo hagan, y cuidado especial a aquellos mayores que han dejado su vida en el trabajo y a los niños y adolescentes que constituyen el futuro de la nación!