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Una semana cargada de malas noticias

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malas noticias
Foto: La Joven Cuba

Estampida

La noticia es que el Estado cubano enfrenta el peor déficit de profesionales de su historia reciente.

Marlén Triana Mederos, la directora de Educación Básica del Ministerio de Educación, dijo a la Televisión Cubana que, al cierre de septiembre de 2023, faltaban 17.278 maestros en la enseñanza general.

Otro sector clave como el de la salud también sufre una drástica caída. Según el Anuario de 2022, publicado por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (Onei), hay 12.065 médicos y 3.246 estomatólogos menos con respecto a la cantidad de profesionales empleados en 2020.

La reducción de la capacidad adquisitiva del salario, contraído imparablemente por la inflación, es el argumento más frecuente de los profesionales cubanos para explicar por qué deciden abandonar el país o renunciar a su trabajo para buscar empleo en el sector privado.

Esto significa que los emblemas sociales de la Revolución Cubana, preservados incluso durante la crisis económica que siguió a la desaparición de la Unión Soviética, se tambalean en un contexto que no se visualizan soluciones. El sector presupuestado, en el que se encuentran servicios vitales como la salud y la educación, es particularmente afectado, incluso dentro del propio sistema laboral estatal, pues se caracteriza por pagar salarios estáticos que no se ajustan a la devaluación constante de la moneda.

Opinamos que este problema, por trágico que resulte para la calidad de vida de los cubanos, se visualiza en la agenda política como una de las principales prioridades para las máximas autoridades del país. La estampida de profesionales tampoco es un fenómeno nuevo. Hace unos años, el gobierno intentó resolverlo con un aumento de salarios que acabó disolviéndose en la inflación.

La recuperación de estos sectores ni siquiera depende de lo que se pueda invertir en la formación, universitaria o emergente, de nuevos profesionales. Sin incentivos continuarán mudándose al sector privado o al extranjero. Todo indica, ante el callejón sin salida de la crisis, que la escasez de profesionales empeorará sin que los ministerios encargados puedan hacer nada significativo por sí mismos.

Por otro lado, cada vez hay más evidencias de servicios médicos y educacionales de pago, no regularizados ni supervisados por las instancias oficiales. Esta privatización silenciosa y caótica merece una observación atenta en el futuro.

 

El campo marcha atrás

La falta de recursos financieros del gobierno cubano para impulsar la producción de alimentos, es la siguiente noticia

El ministro de Agricultura, Ydael Pérez Brito, dijo en la Mesa Redonda del 23 de octubre que no se han podido pagar «el 40% del combustible diesel requerido, el 4% de los fertilizantes y el 20% del alimento animal».

Esta descapitalización es una causa determinante del retroceso del campo cubano en los últimos años. La producción de carne de cerdo, que llegó a las 199.700 toneladas en 2017, para 2022 sólo alcanzó las 16.500.

A estos datos, el ministro añadió los correspondientes al programa avícola. De ocho millones de gallinas, quedan apenas tres millones, reveló.

Un par de días después, el 25 de octubre, se publicó un decreto-ley sobre cooperativas agropecuarias que deroga una disposición similar de 2018.

Esto significa que la agricultura cubana, o lo que queda de ella, subsiste en un círculo vicioso del que no saldrá fácilmente. Sin inversiones no aumentará la producción, pero sin una producción amplia, con renglones exportables, no habrá un capital mínimo para pagar los insumos.

Nuestra opinión es que se necesita una reforma de todas las relaciones, subordinaciones, controles e incentivos en el campo cubano. Si las medidas que acompañan a la política de soberanía alimentaria no han funcionado desde su promulgación, por el exceso de controles y por la desconexión entre empresas estatales y privadas, es hora de repensar todo el sistema.

El nuevo decreto-ley sobre las cooperativas agropecuarias, que viene a reemplazar a otro reciente, ratifica el interés del gobierno en estimular la eficiencia de este modelo específico, que ya tiene una tradición en Cuba.

Recientemente los medios oficiales han compartido buenas experiencias de cooperativas y la administración del país ha insistido en que deben generalizarse y no ser las excepciones. Nadie está hablando con optimismo de las empresas agrícolas estatales. Algunas ya se extinguieron. La experiencia ha demostrado que son una fórmula obsoleta. El futuro del campo podría ser de las cooperativas y de los pequeños propietarios y usufructuarios. Eso sería más productivo y también socialista. ¿Qué lo impide?

 

Soluciones pendientes

El pasado 28 de octubre la noticia fue que el presidente Miguel Díaz-Canel y las autoridades administrativas de varias provincias se reunieron para evaluar la «recuperación» de los desastres provocados por eventos naturales o errores humanos, como el huracán Ian (septiembre de 2022), la explosión del hotel Saratoga (mayo de 2022) y el incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas (agosto de 2022).

En Pinar del Río, la provincia más afectada por los últimos huracanes, la recuperación está al 51% a más de un año del paso de Ian. Las autoridades pinareñas afirmaron que antes de fin de año se solucionarán los problemas pendientes en los techos.

La rehabilitación de la Base de Supertanqueros de Matanzas no parece haber avanzado significativamente, según lo que revelaron las autoridades. Muchas de las modificaciones están en ejecución o apenas en proyecto.

La rehabilitación del hotel Saratoga tampoco ha avanzado mucho. No han ido más allá de garantizar la seguridad de las estructuras. En cambio, declararon estar priorizando la reparación del edificio de viviendas colindante y de la iglesia bautista.

Esto significa que la respuesta de Cuba ante los desastres resulta cada vez más lenta y desigual, en correspondencia con la crisis económica del país.

Opinamos que se necesita más eficiencia en la prevención de las vulnerabilidades ante los desastres, un trabajo que implica sobre todo a los gobiernos locales. La existencia de comunidades especialmente vulnerables a los huracanes depende, en muchos casos, de viejos errores de planificación que no pudieron ser corregidos en el pasado.

En la explosión del hotel Saratoga y el incendio en la Base de Supertanqueros se presume que fallaron algunos dispositivos de seguridad y prevención. Asimismo, las autoridades no han informado con transparencia sobre las causas de lo ocurrido y el estado actual del cumplimiento de los planes de seguridad y protección en las instituciones con riesgo de desastre en todo el país. Esa opacidad tampoco contribuye a la prevención. Es otro obstáculo.

 

Pérdidas para la cultura y ciencias sociales cubanas

Esta semana fue noticia el fallecimiento de tres intelectuales que, cada uno en su ámbito de creación y reflexión, dejaron una notable marca personal en la cultura cubana.

La investigadora Yesenia Selier, que había nacido en 1975 y murió este 22 de octubre, fue muy conocida en los ambientes artísticos y universitarios de Estados Unidos y en escenarios de activismo antirracista. Su análisis y promoción de las producciones culturales afrodiaspóricas son descatadísimos.

El escritor y activista antirracista Alberto Abreu dijo: «Con la muerte de Yesenia el Movimiento Afrocubano pierde una gran intelectual y activista».

En la madrugada del 24 de octubre murió en Madrid el dramaturgo Raúl Alfonso. Tenía 57 años. «Más que dramaturgo, Raúl Alfonso era un poeta dramático», dijo su colega Norge Espinosa en una emotiva semblanza publicada tras la muerte del artista.

Por último, el 27 de octubre falleció en La Habana María Dolores Ortiz. La doctora Ortiz, como era conocida por el público, alcanzó la estima de millones de personas como panelista del longevo programa de televisión Escriba y Lea. Tenía 87 años. En 2020 había recibido el Premio Nacional de Televisión.

El futuro pertenece por entero al cataclismo

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Ilustración: Brady


Una idea bastante extendida es que la ciencia ficción se empeña en adivinar lo que vendrá. Julio Verne y H.G. Wells acertaron a menudo, al menos en líneas generales, en vaticinar avances tecnológicos y eventos que hoy resultan corrientes. Otros autores, como Isaac Asimov, con todo y el extraordinario volumen (y calidad) de su obra, apenas si pusieron una.

 En realidad, no se trata de eso. Avizorar las coordenadas del porvenir es irrelevante y no demuestra nada; lo que interesa a los escritores, en cambio, es trasladar al futuro (o a otro planeta, a un universo alternativo, etcétera) conflictos y tendencias que ya se verifican en el presente, y mostrarnos adónde podrían llevarnos. Sintetizar dichas tendencias y llevarlas a un punto que parezca tal vez exagerado pero posible, es el pollo del arroz con pollo. Ninguna historia de ciencia ficción es tan fantástica que no tenga referencias a lo cotidiano; ninguna se abstiene de indagar en los vericuetos de la sociedad, en los complicados algoritmos del alma. Uf, sufre, Goethe…

 Bueno, desde ese punto de vista es más fácil entender por qué hay últimamente tantas historias distópicas, tantos escenarios postapocalípticos. Por muy panglosiano que uno sea, a estas alturas casi nadie duda que el mundo vaya a joderse pronto, aunque no nos ponemos de acuerdo ni siquiera en cuándo y cómo.

 La franco-belga-lituana Vesper (2022), de Kristina Buozyte y Bruno Samper, y la británico-norteamericana The creator (2023), de Gareth Edwards, son dos películas recientes que nos presentan sendos futuros, a cuál más sombrío. En la primera, el ecosistema planetario, harto de maltratos, ha enloquecido, pero ni siquiera así los seres humanos aprenden a convivir en paz: los escasos recursos son controlados por una casta que incluso ha manipulado genéticamente las semillas de plantas comestibles, para que los desventurados que no medran en sus ruinosas ciudadelas carezcan de medios de subsistencia. Vesper es una chica que debe cuidar de su padre, herido y postrado, y encontrar alimentos cada día; tiene además un tío tenebroso, una especie de gángster que trafica con sangre de niños. A primera vista es difícil concebir algo más frágil que ella. Su punto fuerte es que conoce como nadie el bosque y sus criaturas; tanto, que crea algunas especies nuevas en su laboratorio casero…

 Sin contar con los elefantiásicos presupuestos de Hollywood, Vesper se sostiene con verosimilitud y elegancia. Para empezar, el diseño del mundo futuro es exquisito hasta en los menores detalles: si los animales han devenido meras leyendas, la flora no deja de experimentar espectaculares mutaciones (hay una planta que dispara sus semillas, a guisa de balas, a los merodeadores). Los efectos digitales no te saltan encima, sino que se integran a la narración como es debido. A menudo violenta, no tanto por lo que se ve como por lo que se esconde, la película ofrece no obstante una salida a través de la humanidad y la bondad, y no, como proponen tantos otros audiovisuales de parecido corte, a través de más violencia.

 ¿Podemos llegar a semejante estado de cosas? Desde luego. El daño infligido a la naturaleza y el clima de nuestra maltrecha canica azul es en algunos aspectos irreversible. ¿Sirven de algo las advertencias? Todo parece indicar que no, lo que no es sin embargo motivo para renunciar a hacerlas.

 The creator presupone un mundo que no es exactamente el nuestro, pues en él los robots son ampliamente utilizados, desde hace décadas, en fábricas y hogares (lo que nos lleva a evocar la pesadilla de Asimov, o más exactamente, de los personajes de Asimov: la ciudadanía teme a los androides, a pesar de que estos tienen integradas las Tres Leyes de la Robótica —palabra esta, por cierto, inventada por el escritor— y salvo contadísimas excepciones, los ha destinado a exploración y minería en otros planetas). Bueno, pues la Humanidad del británico Edwards no les temía, hasta que las máquinas provocan una explosión atómica en Los Ángeles, y entonces el gobierno decreta la aniquilación de la Inteligencia Artificial. Todo el mundo obedece, excepto el Sudeste Asiático… y allá va el buen comando norteamericano a hacer cumplir su ley a esos campesinos desobedientes.

 Supongo que nadie desconoce el meme que muestra cómo ven nuestro planeta los extraterrestres; esto es, Estados Unidos como una gran isla en medio del océano planetario. The creator no se desvía de esa tradición: fuera de USA todo es territorio impreciso, que en este caso parece sacado de un documental sobre la guerra de Viet Nam. Allí van los yumas a salvarnos… pero claro, resulta que los pobres androides no eran malos nada, y hay una criatura encantadora, una robot-niña tierna hasta la ñoñería, y el valiente muchacho de la película se encapricha con ella y cambia de bando y empieza a proteger a las máquinas de los feroces humanos. La moraleja final es que debemos aprender a convivir con la Inteligencia Artificial. O que, si eres el héroe, traicionar está justificado. O también que, si los robots hubieran sido todos feos, merecerían morir.

 La película de Edwards ha tenido una buena recepción de público y crítica. A mí me parece una obra menor, visualmente impactante pero llena de situaciones manidas, de estereotipos dramáticos. Lo importante, sin embargo, es que rompe una lanza a favor de la IA, que ha irrumpido en nuestras vidas y ciertamente ya despierta recelos. ¿Es irracional temer que los robots acaben enfrentándonos y venciéndonos? ¿Se trata del viejo miedo al Golem, al monstruo de Frankenstein, la suspicacia sin sentido descrita por Asimov? ¿O es una preocupación real ante la posibilidad de que estemos cavando nuestra propia tumba?

 Si Vesper vaticina una hecatombe ecológica y climática, The creator nos habla de un futuro en el que coexistimos con máquinas autoconscientes, sensibles, temerosas de la muerte. Más allá de los valores artísticos de una u otra pieza, estamos ante dos desarrollos posibles —¿probables?— de nuestra civilización. Puede haber más (guerras mundiales, pandemias, meteoritos zangandongos, etcétera); en todo caso, cada día parece más claro que lo que está en juego no es si nos salvamos o no, sino quién tendrá el mérito de exterminarnos.

¿Alguien quiere apostar?

Yo no soy como el Che

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Vengo de una familia de militantes comunistas. Mi madre, una pionera rural de las zonas más intrincadas de Villa Clara integró las filas de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) a la misma edad que yo: 14 años. El proceso de selección para su militancia fue riguroso. Pasó varios filtros, eran solo los mejores, los impecables, quienes formaban las filas de la organización vanguardia de la juventud cubana. Para mi abuela, el día en que le dieron el carné a mi madre significó un paso hacia el honor, hacia un estatus que le distinguía socialmente. Mi padre, por demás, fue dirigente campesino de la organización. Participó incluso de cierto Festival de la Juventud y los Estudiantes que se realizó en Cuba y viajó a la Unión Soviética como parte de una delegación de jóvenes militantes, miembros de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).

En mi etapa de secundaria básica yo era una buena estudiante. Había ganado concursos de conocimiento, y ya en 9no grado, tenía todos los besos de la patria correspondientes y las menciones anuales de alumna más integral, pero no quería ser de la UJC. Cuando le dije a mis padres que me iban a dar el carné y no quería, me respondieron que en su tiempo eso era un mérito, que entendían mi postura, pero que aceptara, pues no debía «marcarme políticamente».

Mi marca política se demoró un poco, mas no tardó en llegar y no fue precisamente por disentir dentro de la UJC. Había tanta desorganización en esa organización que ni siquiera pude hacerlo. Con 15 años y un carné en la gaveta llegué al preuniversitario Eduardo René Chibás, de Placetas. Tengo recuerdos vagos de alguien preguntando quién era de la UJC en ese entonces, pero francamente el comité de base de mi escuela no existía. Nunca fui citada a reuniones, nunca supe siquiera quién era la persona al frente; tampoco fue una preocupación que me quitara el sueño, porque a esa altura, mis compañeros y yo no creíamos en UJC, ni partido.

La imagen adolescente que tenía de esas organizaciones eran consignas repetitivas y muchachos con camisas de cuadros a los que ni loca confiaría mis inquietudes políticas incipientes, porque no podía «marcarme políticamente». Tengo reminiscencias de la UJC en esa etapa organizando actos en los que me llamaban para ser maestra de ceremonias, porque desde niña era locutora de Radio Placetas. No se me olvida tampoco el acto de repudio que le organizaron a Antunez, un vecino disidente. Recuerdo también cuando desde sexto grado llevaban a los estudiantes más integrales al campamento de La Tatagua. Esos viajes fueron experiencias muy gratas. Lo que sí no queda en mi mente es que contaran conmigo para algo.

A esta altura me pregunto por qué no me acerqué yo en ese momento a la organización y traté de incidir, de participar. A los 14 o 15 años ya los que hicieron la Revolución estaban en la lucha. Por qué yo, que repetí hasta el cansancio que sería como el Che, no fui como él. Fue porque mi cabeza adolescente estaba harta de significantes vacíos: «revolución es sentido del momento histórico», «pioneros por el comunismo». Ya lo había dicho Silvio Rodríguez: «Nadie sabe qué cosa es el comunismo y eso puede ser pasto de la censura».

Llegué a la Universidad Central de las Villas con el carné de la UJC empolvado en una gaveta. Nuevamente pasaron preguntando quién era miembro de la organización y dudé en responder, pero lo hice. Alguna vez citaron a una reunión, pero no fue casi nadie. Escogieron al secretario de mi aula y desde entonces le perdí la pista a la ujotacé o la ujotacé me perdió la pista a mí.

Una oveja roja extraviada del rebaño

Yo no soy como el Che. El Che me puso la vara alta. El Che era un hombre de los sesenta de clase media, que le pudo dar la vuelta a Latinoamérica en moto. Yo nunca he tenido una moto, y si intento hacer un viaje como el suyo siendo mujer, es muy probable que termine siendo víctima de la trata de personas.

La UJC ha montado su discurso sobre paradigmas inalcanzables: Mella, Camilo, Che: hombres cisheteros los tres. Cuando llegué a la universidad empecé a leer a Marx, Engels, el Che, Fidel. Luego leí a Trotski, Clara Zetkin, Roza Luxemburgo, Alexandra Kollantai y más adelante vinieron los posmarxistas y luego los feminismos negros y decoloniales. Ninguno de esos autores vino de un círculo de estudio ni por recomendación de un secretario general, sino que llegaron de la mano de amigas y amigos que hice por el camino. En ese proceso y en contraste con la inexistencia de la ujotacé me hice comunista.

Sin embargo, en aquel entonces aún vivía en una burbuja bien resguardada por la comodidad del hogar de mis padres. Cuando me mudé a La Habana, a un barrio de Marianao, a una casa con un librero lleno de textos de marxismo, a un ambiente de personas politizadas que no eran de la ujotacé, me di cuenta de que las organizaciones políticas y de masa de mi país no eran comunistas. Y con esta sentencia no quiero decir que no haya comunistas dentro de esas organizaciones intentándolo.

Recientemente leí el texto: «Entre lo urgente y lo importante (o hacia el ojo del huracán)» publicado inicialmente por el secretario ideológico de la UJC en La Universidad de La Habana, Josué Benavides, en la Revista Alma Mater, posteriormente censurado y republicado en  el blog La Tizza. Antes de referirme al texto les comento algunas vivencias.

El 11 de julio de 2021 varios universitarios fueron apresados. Otros muchos jóvenes —militantes o de la ujotacé— denunciamos el hecho y llevamos cartas al Ministerio de Educación Superior para que fueran liberados. La organización y algunos de la FEU visitaron a los implicados y con la mano en el pecho les decían «yo te entiendo compadre, pero nada se puede hacer» o «esto no te conviene». Sin embargo, la complicidad de la alta directiva de esas organizaciones con los órganos represivos, lejos de proteger a sus miembros, favorecieron el hostigamiento a sus familiares, amigos y compañeros de aula. Esto se aleja mucho de lo que una organización revolucionaria debería ser.

Actualmente los comunistas en Cuba también son censurados y perseguidos. Yo, siendo comunista, tuve que migrar de un país que se dice comunista por mis ideales. Tener una ideología que fonéticamente se parece a la del poder no te exime de disentir de él y sufrir las consecuencias. Incluso diría que, en un entorno autoritario como el cubano, hablar en un idioma parecido al de quienes dirigen te vuelve un problema mayor para el Estado. El discurso de «los que te atienden» comienza por «el camarada confundido» y termina en «el mercenario común pagado por el imperio».

Josué, el secretario de la ujotacé, fue censurado en Alma Mater, la revista oficial por excelencia de los universitarios, y que pertenece a la editorial de la propia UJC. En esa misma publicación, el entonces director Armando Franco se atrevió, después de mucha presión de la comunidad universitaria a publicar «Deudas», la entrevista a Leonardo Romero Negrín y Alexander Hall, universitarios apresados el 11J. A pesar de que el trabajo pasó todos los filtros y fue depurada de la mayoría de las injusticias cometidas con ambos, a pesar del tino de Franco y su equipo, a pesar del buen periodismo que estaban intentando hacer, dicho director fue reasignado a un nuevo cargo y casi todo su equipo se fue detrás de él.

En esa comunidad mal llevada que me gusta llamar «la izquierda crítica cubana» conviven militantes y no militantes de la ujotacé, que nos inventamos organizaciones y blogs que nunca llegan a funcionar del todo por el acoso de la seguridad del Estado cubana y por otros factores como la crisis económica cuya salida es la migración, además de porque a los poderes hegemónicos mundiales que habitualmente apoyan a la oposición cubana, tampoco les interesan los comunistas, sean del signo que sea.

No obstante, sí apuesto a la capacidad de no pocos jóvenes que están en una especie de tregua fecunda ahora mismo sin dejar de pensar y escribir sobre Cuba, aunque con la posibilidad de acción limitada. Esos jóvenes, militantes, no están en la ujotacé, se están yendo del país sin renunciar a sus posturas de izquierda, lo cual no sucede con algunos ex ujotaceanos, que resultan ser de la derecha más rancia cuando ponen un pie en el avión.

Otros de esos jóvenes están también en Cuba trabajando durísimo, pero la ujotacé no quiere «marcarse políticamente» a esta altura, en que los comunistas no están en el gobierno. Además del mea culpa por censurar a su secretario ideológico en el comité de la Universidad de La Habana —que no ha llegado y es posible que nunca llegue—, la ujotacé debería también dialogar de forma inclusiva y transparente con la militancia sin organización sobre las causas estructurales del actual modelo sociopolítico cubano, las que provocan los problemas enunciados en el texto de marras. Lo digo solo como un deseo utópico, pues no soy ingenua y sé que los mismos que censuraron el texto en Alma Mater, depurarían el rebaño disidente. 

Una comunista sin ujotacé

Mi mayor dolor tras la migración fue el no saber cómo afrontar mi militancia estando fuera de Cuba. Esa también era mi mayor incertidumbre al partir. Estaba en el aire flotando la transformación de tantos que se decían comunistas dentro y que el primer supermercado los convirtió a la fe contraria. En cambio, a mí el supermercado me causó más preguntas del sistema capitalista macabro al que había llegado, que del que dejé atrás.

En mi búsqueda de alianzas y militancias, o al menos de gente con la que dialogar, tropecé con muchas organizaciones de izquierda. Supe de cómo las criminalizaban y perseguían y no pude dejar de hacer el paralelismo con una Cuba que también persigue los disensos. Cuba es Marte, decía al principio, pero no, Cuba es un país muy parecido al mundo, aunque el mundo no se le parezca.

Esas organizaciones me mostraron sus luces y sombras: sí, pueden manifestarse, trabajar con la comunidad, ser sociedad civil reconocida, pero a pesar de ser «los disidentes» en su contexto, y si bien existen organizaciones menos dogmamáticas, en su mayoría trotskistas, que han intentado acercarse al tema Cuba con una visión crítica, otras son estalinistas hasta la médula e idealizan la Isla con un fervor que les impide escuchar los males de su sistema político, aunque venga de la experiencia de una comunista. Ahí supe que los males de la ujotacé no son muy diferentes a los de parte de la izquierda foránea, y mi preocupación es que mientras nos entretenemos en la doctrina, el supermercado seguirá ejerciendo su magia.

Admiro y respeto el optimismo de militantes que han decidido dar la guerra desde adentro y creen en la posibilidad de reavivar una organización cadavérica. Yo realmente lo siento, he visto la película muchas veces, además, soy atea y no creo en el espiritismo, sino en el diálogo con los vivos. Un diálogo que, para ser fructífero, debe ser de igual a igual y sin pistola. Cuando sean un poco más como los jóvenes cubanos en toda su diversidad y menos como el Che, llámenme. Hay muchos que todavía intentamos hacer la Revolución.

Cumbre migratoria en un Palenque, y más

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La noticia es que Cuba fue parte de una cumbre migratoria que tuvo como propósito aglutinar criterios y estrategias con vistas a una reunión bilateral que sostendrán México y Estados Unidos para discutir el tema que tanto preocupa a gobiernos de la región.

El presidente cubano Miguel Díaz Canel asistió a la Cumbre de Palenque, en Chiapas, México, convocada por el mandatario de ese país, Andrés Manuel López Obrador, y a la que asistieron también el colombiano Gustavo Petro, el venezolano Nicolás Maduro, la hondureña Xiomara Castro y el primer ministro haitiano, Ariel Henry.

Esto significa que México siente el peso de la migración que, tras distintas estrategias acordadas con Estados Unidos, coloca al país azteca como receptor y anfitrión de al menos 16 000 migrantes diarios, quienes transitan su frontera sur con el propósito de llegar a Estados Unidos. El diálogo entre todos estos gobiernos partió de la premisa de que es necesario resolver los problemas que son causa de que la gente abandone su país.

El presidente Díaz-Canel subrayó en su discurso que en el caso de Cuba las razones económicas comunes para tantos migrantes están presentes en la decisión de abandonar la Isla, pero también otros factores atraen a los migrantes: la existencia de la ley de Ajuste Cubano que tras un año y un día en el país permite solamente a los cubanos pedir la residencia legal en Estados Unidos, y la promoción de la migración por una vía irregular.

Mientras tanto, esta semana ha sido noticia que en lo que va de año y hasta finales de Septiembre, más de 50 000 cubanos han sido autorizados a viajar de manera legal utilizando el parole humanitario, una vía creada por la administración Biden para aliviar la presión en la frontera sur. Si bien esta cifra queda muy por debajo del potencial migratorio, ha significado una alternativa a la vía irregular a través de Nicaragua, aunque aún muchos escogen hacer esa larga y riesgosa travesía.

Esta cumbre intentó concentrarse en las razones por las que los migrantes toman ese riesgo, y los mandatarios identificaron áreas prioritarias en las que hay que trabajar para reducir los números de migrantes:  «autosuficiencia y soberanía alimentaria; protección del medio ambiente; empleo digno y educación; seguridad energética, incluyendo energías renovables; autosuficiencia sanitaria, comercio e inversión intrarregional, y combate al crimen organizado transnacional, al tráfico de personas y la corrupción».

Y sí hubo acuerdos: rechazo a las medidas «coercitivas» (como las sanciones), el acuerdo colectivo de respetar el derecho humano a emigrar, y solicitar a los países de destino la ampliación de las vías regulares, ordenadas y seguras de migración.

Causas y acuerdos en un problema que atormenta a todos: países emisores y de tránsito. Este es el mensaje que llevará AMLO a Biden en la reunión del próximo noviembre.

Nuestra opinión es que la inclusión de Cuba en este grupo, así como las reiteradas menciones a la Isla en discursos e informes como emisora de migrantes, confirman el creciente número de cubanos que están emigrando por vía irregular. El discurso cubano en estas plataformas también pone de manifiesto que si bien Estados Unidos, de una forma u otra, ha intentado pálidamente disminuir la emigración irregular con la aplicación de políticas específicas, en el caso de Cuba la política aplicada tiene como marcada consecuencia el empeoramiento de la calidad de vida, lo cual es una motivación universalmente conocida para emigrar.

¿Quién pone la piedra?

La noticia es que en la última semana al menos tres presidentes latinoamericanos han llamado a un diálogo entre Cuba y Estados Unidos.

Andrés Manuel López Obrador abogará por el vínculo entre Washington y la Habana y llegó más lejos: se ofreció como mediador.

También Gustavo Petro y Nicolás Maduro, en un encuentro bilateral  previo a esta Cumbre, firmaron un documento de acuerdos que incluía promover el diálogo entre Cuba y Estados Unidos.

Esto significa que la crisis económica que sufre Cuba agravada, por el peso de las sanciones así como de la inclusión de la Isla en la Lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo, es del mayor interés de gobiernos de la región, tanto por el peso de los migrantes que generan crisis económicas de esta magnitud, así como una manera de unirse en solidaridad a La Habana.

Nuestra opinión es que el gobierno estadounidense, al desoír una petición prácticamente colectiva de gobiernos cercanos con los cuales tienen que contar para mitigar o solventar la migración masiva, por evitar la ira de determinadas fuerzas conservadoras que se oponen a un cambio de política con Cuba, pierde la oportunidad de disminuir la emigración de cubanos, así como la posibilidad de crear vínculos para cumplir más efectivamente sus intereses de seguridad nacional.

Tantrum

La noticia sería al revés, si el congresista de origen cubano Mario Díaz-Balart estuviese de acuerdo con ofrecer una oportunidad para cubanos que vivan en Cuba. Ni siquiera el empresariado del emergente sector privado merece hendijas abiertas por parte del férreo régimen de sanciones que mantiene la administración Biden, un entramado de limitaciones que engordó durante los años de Trump y que hoy Biden mantiene.

El congresista republicano pertenece a la línea dura contra Cuba, apoya las sanciones y la máxima presión que ha demostrado empobrecer al pueblo y no cambiar el sistema político cubano, como afirman, es su objetivo.

Díaz-Balart afirmó que está en contra de ofrecer cualquier ayuda al gobierno de Cuba, una declaración bajo la premisa de que ayudar a empresarios de mipymes cubanas es «ayudar al Gobierno».

Las declaraciones llegan tras el anuncio de unas medidas filtradas a la prensa de que Biden abriría la pila para permitir abrir cuentas bancarias a empresarios cubanos y otras posibilidades a este sector, unas medidas filtradas a la prensa pero no anunciadas oficialmente.

Esta es una opinión que se convierte en noticia poco después de que una delegación de unos 70 representantes del sector privado cubano estuviera en Miami, en un encuentro que pasó sin penas ni glorias dentro del ecosistema político miamense.

Para Díaz-Balart no hay libre mercado en sociedades cerradas, afirma usando como ejemplo a China, y para desacreditar el creciente número de empresarios cubanos del sector privado que podrían beneficiarse de un vínculo más normal con Estados Unidos.

Esto significa que la vieja guardia del exilio no actualiza su discurso político ni siquiera cuando la Cuba estatizada que les ha dado la posibilidad de realizar un activismo político con tanto rédito, ha legalizado casi 9 000 empresas privadas.

Nuestra opinión es que si bien la voz de Díaz Balart no debería ser medidor de la política más pragmática e inteligente hacia Cuba, demuestra que de alguna manera el discurso de la línea dura de la diáspora sigue siendo utilizado por las fuerzas políticas que en Washington temen, o no quieren, los beneficios de un cambio de política hacia Cuba.

Esperanza hecha en China

La noticia es que culminó con varios acuerdos cuyos detalles no son públicos, la trigésima sesión de la Comisión Intergubernamental Cuba-China. La letra pequeña parece ser promover la ya establecida cooperación en biotecnología entre Beijing y La Habana, y que sean los negocios ya en marcha en este sector, los que marquen el paso de los otros sectores donde urge concretar los consensos alcanzados entre los presidentes de ambos países.

La firma incluye sectores «priorizados», y los informes de prensa señalan que el propósito es expandir la cooperación en energía renovable, turismo, producción de alimentos, y otros.

Esto significan que Cabrisas regresa a la Isla con un espectro de oportunidades de cooperación e inversión que tendrán que concretarse para percibir los beneficios.

Nuestra opinión es que los inversores chinos todavía necesitan ver una oportunidad en Cuba, más allá de la voluntad política, para impulsar nuevos proyectos. Este intercambio de alto nivel demuestra la voluntad de La Habana de establecer relaciones de cooperación con aliados confiables y duraderos en el tiempo.

 

 

Politización de evento deportivo conduce a la violencia

violencia deporte
Foto: La Joven Cuba

Numerosas plataformas de redes sociales y medios de comunicación no estatales informan en las últimas horas de la agresión física que realizó el tetracampeón olímpico cubano Mijaín López contra un activista opositor Damián Montes de Oca Iglesias residente en Chile.

El joven, que portaba una bandera cubana con consignas escritas, había asistido el martes 24 de octubre al juego entre Cuba y Chile en el contexto del certamen Panamericano y desde las gradas voceó, junto a otros asistentes, lemas políticos contra el gobierno cubano.

El video difundido en las redes sociales muestra cómo al terminar el partido, varios de estos activistas se enfrentaron a miembros de la delegación cubana, y en medio del tumulto, Mijaín López golpeó al joven y luego otra persona le quitó la bandera que portaba.

Por los cortes de edición y la lejanía de la cámara, no es posible determinar con claridad si el deportista y el resto de los miembros de la delegación oficial de la Isla actuaron en defensa propia o iniciaron la violencia física contra los manifestantes. En posterior entrevista, el afectado acusó directamente a Mijaín López y a los miembros de la delegación de agredirlo sin que él antes les hubiera «faltado el respeto».

Hasta el momento, el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER) no se ha pronunciado sobre los hechos, ni ha respondido a las acusaciones que se le imputan a la delegación cubana.

No es novedad la politización de los eventos deportivos por parte de grupos opositores que, incumpliendo con las normativas de la mayoría de las instalaciones y federaciones, enarbolan consignas políticas escritas y verbales desde las gradas cuando juega un equipo cubano. Tampoco sería la primera vez que una delegación cubana responde de forma desproporcionada y violenta ante los reclamos de grupos opositores.

El incidente constituye un ejemplo de extremismo en el actual contexto político, que incide en el universo deportivo y contribuye a fomentar los discursos de odio y de negación de quienes piensan distinto, dando lugar a escenarios de crispación que pueden conducir a la violencia física.

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Ponle nombre a tus verdugos: dónde radica «el problema cubano»

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problema cubano
Foto: La Joven Cuba

Yo no me quiero ir de aquí/ Que se vayan ellos/ Lo que me pertenece a mí/ Se lo quedan ellos/ Que se vayan ellos

Bad Bunny

(El Apagón, Un verano sin ti, 2022, voz Gabriela Berlingeri)

 

Según contó el cantautor Pedro Luis Ferrer durante su último concierto en La Habana, no afinaba sus cuerdas en una sala de la Isla hacía siete años. Demasiado tiempo para un público nacional que le demostró cuánto lo quiere. Demasiado tiempo para un artista que en cada obra fragua un canto a su tierra. En varios de los vídeos que circularon luego de sus dos presentaciones en el teatro del Museo Nacional de Bellas Artes, llamó la atención un rezo, un quejido ahogado que compartía Pedro Luis y repetía el público. Algo así: «Ellos hacen como si trabajaran (…) Ellos hacen como si nos cuidaran (…) Ellos hacen como si nos quisieran (…) Ellos…ellos…ellos (…)».

¿Ellos? ¿Quiénes? Puede que los censores que alguna vez intentaron amordazar al artista y condicionar su extenso período de ausencia, o, tal vez, los terribles árbitros de la industria musical capitalista que no permitieron un mayor despliegue de su obra. Quizás aludía a la clase hegemónica cubana que mancilla y oprime a sus coterráneos, o a la terrible embestida neoliberal que empobrece y maltrata a países como Cuba. «Ellos» pueden ser tantos, pueden ser unos pocos, incluso podemos ser todos. ¿A quién dirigía su queja Pedro Luis? ¿A quién, la suya, el público? ¿A quién le espeta Bad Bunny su reclamo popular desde el tan explosivo tema que citamos al inicio? ¿A quién se refieren quienes lo corean con ojos llorosos?

Ellos y nosotros

La entidad abstracta del «ellos» resulta recurrente en los reclamos ciudadanos y discursos políticos, donde los culpables son, simplemente, ellos. Los sujetos presuntamente señalados varían según el contexto y la palabra evidencia una clara separación antagónica con el «nosotros». Ellos nos bombardean, dice el pueblo palestino. Ellos nos explotan, dice la clase trabajadora. Ellos nos asesinan, dicen las mujeres iraníes. Ellos nos empobrecen, dicen en Cuba. Pero retornamos sin respuesta al inicio… ¿quién? ¿Los sionistas o el imperialismo occidental?, ¿los propietarios o las estructuras capitalistas?, ¿los líderes religiosos o la sistémica violencia patriarcal?, ¿el poder político o la injerencia extranjera y sus medidas?

Es menester nominar al verdugo. Hacer partícipe a todos los culpables o causantes involucrados tras un hecho sancionable, es una obligación política. Parcializar y reducir la culpa o responsabilidad entre entes de conveniencia, deslegitima los posicionamientos y falta a la verdad. El oportunismo tras el señalamiento sesgado es un modo de contribuir a los sistemas de dominación que permanecen en torno a nuestra vulnerabilidad social.

En el caso cubano, es curioso el cómo la división en extremos que se promueven desde los diferentes focos políticos, solo halla culpables puntuales y oportunos para la conveniencia discursiva de las partes. Para estos actores, solo una porción mínima del entramado que afecta y condiciona la realidad de la Isla es la determinante. «El inhumano bloqueo que nos agrieta hace décadas», claman algunos, «la centralización totalitaria o la dictadura que no nos deja ser libres», dicen otros. «El imperialismo yanqui», vociferan por un lado, «el comunismo castrista», aventan desde el otro. Al final, todo se resume a una narrativa cerrada, donde se le achaca un problema multisectorial y estructural a una porción de las figuras involucradas.

Para muchos, el ellos reside en la tríada de poder al mando de la gestión nacional (Partido/Estado/Gobierno); para otros, está en las medidas unilaterales coercitivas de una potencia extranjera que busca la injerencia en los asuntos internos de otro país. En ambos casos, delimitan el problema, desenfocan los lentes críticos, en tanto desvirtúan el debate de qué es lo mejor para Cuba. No abunda el ejercicio problematizador para un análisis complejo, sino enjuiciamientos altamente parciales y ostentosos de una presunta ética que les autoriza a hacer de cuervos con los ojos rivales.

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Imagen: Redcn

No es secreto el daño económico y humano que sobre la Isla han dejado las décadas de política hostil por parte del gobierno de los Estados Unidos, por más que Marcos Rubio, Ota Ola, Carolina Barrero y muchos personajes mediatizados intenten negarlo. Ahí están las estadísticas y argumentos que año tras año se entregan en la ONU y son respaldadas por múltiples administraciones tanto de izquierdas como de derechas, las millones de personas que lo padecemos, las tantas víctimas resultantes de acciones indudablemente genocidas en Cuba y contra cubanos. Ahí están, además, los muertos y desaparecidos que intentaron llegar a tierra estadounidense incitados por la política migratoria del norte, la cual prefiere dar la residencia a los cubanos que entraron de forma irregular que otorgarles visa para que lleguen por vías seguras. No hay forma de negar los hechos.

Por otra parte, es imposible no percatarse de la arbitraria e ineficiente gestión política del Gobierno cubano, acentuada en los últimos años, con una nefasta estrategia económica que ha desoído cualquier criterio de experticia, y en su lugar ha privilegiado, por encima de las reales necesidades de los cubanos, a determinados actores, como el grupo empresarial GAESA —que, a falta de cualquier transparencia y control popular sobre sus capitales, funciona como casta militar/empresarial.

Luego de seis décadas de supuesta transformación y transición al socialismo, hoy Cuba es un país empobrecido, hambriento, sin esperanzas, y peor, con un futuro incierto, pues hasta el momento, los actuales gobernantes no han podido mostrar una sola estrategia viable para salir de la crisis. Un país, además, en donde el pueblo, la principal inspiración para cualquier gobierno democrático, ha sido reprimido en múltiples ocasiones al reclamar sus derechos.

Es risible como personajes anquilosados en un letargo eufemístico, hablan de Cuba como «bastión de resistencia socialista ante el imperialismo capitalista», cuando esa resistencia está muy lejos de ser pareja, y vemos a una élite al mando cada vez más enriquecida, mientras empresas trasnacionales explotan a su conveniencia las pocas riquezas que nos quedan como el sector del turismo y nuestro capital humano, sin que esto hasta el momento haya repercutido en el necesario impulso de desarrollo social y equidad que le urge al país. Por si fuera poco, los poderes y la autonomía están centralizados en unas pocas manos que manejan Cuba como su propiedad exclusiva.

Para comprobar lo antes afirmado, solo basta con repasar brevemente las estadísticas que publica la ONEI, o caminar por las calles cubanas y padecer su decadencia, mientras, paralelamente, el litoral norte se llena de hoteles lujosos y grandes inversores consiguen aumentar exponencialmente las brechas de desigualdades, esto con el amparo gubernamental que no rinde cuentas de sus gestiones ante la población.

Por otro lado, el enemigo del pueblo cubano, el ellos que nos precariza, violenta y empobrece, no solo radica en los burócratas o militares que dirigen el país, sino también en quienes con su discurso piden más sanciones e invasiones extranjeras, tras quien llama a su pueblo «cobarde» y le exige que se lance a las calles a riesgo de perder la libertad o la vida, tras el inversor que puso sus dólares en la Isla con un contrato desventajoso adquirido mediante el desespero o la «generosidad conveniente» de algún funcionario, tras el «intelectual» enajenado que desde la teoría vacua —y la distancia privilegiada— pasa por alto el malestar popular y habla de una resistencia que ni sufre ni conoce.

Los polos opuestos y sus «alternativas»

La esencia de la pugna entre el Gobierno cubano y su oposición tradicional de la derecha, cual ha resultado la más visibilizada, financiada y articulada, radica, más que en ideología, en poderes políticos y económicos, intereses fundamentales para determinados bolsillos y cuentas bancarias a las que poco o nada les interesa el bienestar nacional. Tal riña se asienta en moralismos y mutuas injurias, donde cada parte se construye una historia de opresión que, si bien en muchos casos no es falsa, avanza a medias, mientras logra estados de opinión y adeptos que los defiendan.

Pareciera que tales polos opuestos necesitan tanto de su contraparte, que excluyen de la ecuación todo proyecto o postura plantada tangencial a sus respectivos discursos y pretensiones de legitimidad. En esta polarización, de nuevo, se presenta la falsa dicotomía: nosotros o ellos. Un universo donde no existe nada más.

De esta manera, cada parte responde a su agenda y a los intereses de quienes las escriben. Buscan calar en la sien de la gente, mientras asumen su postura como la más conveniente para el futuro cubano. Esto, para un pueblo hastiado y necesitado de transformaciones, es pan caliente, y claro, siempre la mayoría morderá al bando que en ese momento le brinde, al menos, una mínima garantía de que se podrá tener acceso a servicios básicos, y de que la vida no se convertirá en trabajar por la mera subsistencia. No obstante, hasta ahora ninguno ha podido hacerlo.

El Estado cubano ya no puede, siquiera, ofrecer un mínimo de estabilidad en los servicios, incluso en los que en algún momento se enarbolaban como conquistas irreversibles de la Revolución. Por otra parte, cada vez da más evidencias de su desenfado al aplicar el método coactivo y punitivista para lidiar con el descontento generalizado, al punto de cometer arbitrariedades como la represión a las manifestaciones del 11 de julio del 2021, a los cacerolazos de finales del 2022 y a la protesta popular en Caimanera.

Al mismo tiempo, han normalizado la criminalización del disenso, llegando a puntos extremos como la detención arbitraria y en paradero desconocido de actores políticos, como pasó con los artistas Hamlet Lavastida o Luis Manuel Otero Alcántara, también la restricción de movimiento, cercos policiales, cortes de internet o mítines de repudio, cuestión que padecieron activistas como la ya mencionada Carolina Barrero, la creadora Tania Bruguera o el dramaturgo Yunior García, hasta llegar a utilizar la fórmula represiva mediante el poder judicial, como sucedió con cientos de manifestantes del 11j, cinco de Caimanera, y como se intenta hacer con la profesora Alina Bárbara López Hernández acusada de «desobediencia».

Tal escenario, sin dudas, da una ventaja considerable al otro extremo, que gana cada vez más terreno, aunque tampoco haya dejado claro cómo garantizar el bienestar social en un país subdesarrollado y sobreviviente del colonialismo. Así entran con el discurso del paraíso liberal disímiles activistas, influencers, youtubers, memeros, tuiteros y periodistas, claramente más interesados en la franja derechista, sus ventajas mediáticas y sus sponsors, que en propiciar un diálogo ciudadano enfocado en el desarrollo democrático y soberano.

En esta tendencia a abrazar la narrativa de la derecha más radical, o etiquetas como la de «anti-comunista» —triste existencia la de aquel que solo es capaz de definirse en función de aquello a lo que se opone—, han jugado un papel decisivo las toneladas de propaganda política vacía que impregnan aún los libros de texto con los que se formaron generaciones enteras de cubanos.

Anticomunismo
Imagen: Cuba en Resumen

Esos que alguna vez fueron niños en el escenario del adoctrinamiento escolar, aprendieron a asociar al gobierno cubano con «revolución», con «socialismo», con «comunismo», con Marx; y luego, al salir del mundo perfecto que les vendieron en el salón de clases y chocar con la agria realidad, aprendieron también a asociar gobierno con «escasez», con «apagón», con «hambre», y con «represión». De esa forma, en el silogismo ideológico de socialismo = gobierno = miseria, asociaron finalmente los segundos términos a los primeros, y ahora hallan consuelo en cualquier discurso que diga oponerse a estos, pensando que al acabarse el «socialismo» los males que hoy asocian al gobierno desaparecerán.

Flaco favor le hace el gobierno cubano a su propio discurso al reducir lo ideológico a lo protocolario, mientras la realpolitik ocurre en entornos donde las ideas quedan en segundo plano, y los intereses privados de ciertas élites cobran protagonismo. Ellos son los culpables; los otros, salvadores. En un lado todos claman por la «libertad» de Cuba, mientras del otro, se atoran con la magnitud de la palabra «soberanía», como si fueran términos excluyentes.

«El problema cubano»

En todo esto ¿dónde queda el problema cubano? Somos una isla que aún arrastra su grillete colonial, la intoxicación desequilibrada de la república y la utopía frustrada de una revolución. Además, gozamos de ser de los focos preferidos del imperio más grande de la modernidad y el germinador de sucesivos gobiernos autoritarios en distintos momentos de la historia, que han practicado la verticalidad más que la democracia. Actualmente vivimos el tirijala de odio más desagradable del hemisferio. Entonces: ¿cuál es el problema cubano?

Desde los primeros siglos de colonización la mayoría en Cuba experimenta niveles de vida altamente precarios. La subordinación a poderes económicos externos, al monocultivo cañero y a la centralización de diversos actores dominantes, sus principales causas y antesala de muchos de los males que hoy padecemos.

Lo descrito, junto a la deficiente integración de los ex-esclavos y los sectores más desfavorecidos al instaurarse la república «mediatizada» de 1901, hicieron que el naciente periodo consiguiera asentar y acentuar desigualdades económicas y sociales que los gobiernos republicanos, caracterizados por la permisividad ante la injerencia de capitales norteamericanos, no pudieran resolver. Los intereses de la burguesía isleña y del inversor estadounidense eran más importantes para el poder político, al tiempo que reparar el daño colonial no figuró en la ecuación.

Entonces, ocurrió la Revolución que prometió barrer con los «males de la república», y que en su lugar, posteriormente, ya sea para hacer frente al adversario del norte o por la necesidad de abrazar un modelo autoritario, se plantó avatar del ala soviética en un mundo bipolar. Se creó una dependencia tal —y tan irremediablemente ingenua— que, al caer en los noventa el denominado «socialismo real» al otro lado del océano, la crisis resultante quedó grabada a fuego en el imaginario popular. Nos habíamos quedado solos, sin industria, sin socios comerciales, y con un repertorio de sanciones extranjeras con tendencia a ampliarse regularmente; ahí el discurso de plaza sitiada encontró su esplendor exigiendo cada vez más sacrificios a la gente.

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Portada de Verde Olivo, Ofensiva Revolucionaria, 1968

Mientras tanto, muchas problemáticas de herencia colonial como la discriminación racial, el machismo estructural, la marginación de las comunidades subalternizadas y la brecha clasista de la sociedad, fueron echadas al cajón de lo políticamente inconveniente.

Como antes, el Estado cubano, con su celosa tendencia centralizadora y omniabarcante, se ocupó desde entonces de priorizar, con poca acertividad, el beneficio económico —principalmente a través del turismo— por sobre la justicia social que tanto se pretendió defender, al menos en teoría. Vimos entonces, a cubanos siendo prohibidos en hoteles y ciertos locales, o acusados de acoso al turismo, como si ya no tuvieran, parafraseando al poeta Guillén, «lo que tenían que tener». A partir de la última década, el creciente descuido de los sectores públicos, supuestamente claves, como la salud y la educación, dejan mucho sobre qué dudar respecto a las prioridades de quienes gestionan en la Isla «el dinero de todos».

Así llegamos hasta hoy, a nuestro parque temático caribeño, ineficiente y bloqueado, donde el «órgano de vanguardia del proletariado» se distancia cada vez más de los intereses de las bases para responder a las élites, mientras las conquistas de la Revolución languidecen ante el intento de la burocracia —entendida como clase política y social— de recurrir a las viejas herramientas del capital para mantener el poder a toda costa.

Se hace evidente que aquí, buscar un único culpable, un ellos cómodo y sencillo, es una tarea condenada al fracaso.

 ***

Atomizar la cuestión a un bando u otro, obviar los procesos históricos que estructuran nuestro presente o desentenderse de los hechos para apelar a lo mediatizado y puesto a dedo como verdad, no es un modo legítimo de afrontar la realidad política de la Isla. Se necesita temple y cordura para deshacer los moldes que nos imponen los extremos y la contemporaneidad, y así intentar un recorrido coherente y desprejuiciado hacia el futuro.

Saber identificar a la mayoría de los voceros, las posturas y los procesos causantes y culpables de los males en nuestra tierra, nos dará la madurez y la perspectiva crítica determinante para estos tiempos, donde el oportunismo transita en pendiente y sin frenos. Nuestra experiencia cubana es crucial para la comprensión de fenómenos diversos y oscuros que América Latina anuncia. Ser atentos y críticos, más que un deber, es una obligación política en nuestra región.

Hacer periodismo en Cuba o no ver el cadáver de la abuelita

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Se Busca Periodismo Cubano
Foto: La Joven Cuba

Cada vez son más frecuentes los anuncios en medios de prensa estatales para solicitar desde custodios hasta jefes de redacción, pasando por reporteros, editores, fotógrafos… Al parecer las redacciones están cada vez más vacías y no es de extrañar; hace años que muchos jóvenes periodistas no quieren trabajar en medios estatales. Las razones no son solo las económicas, las ideológicas también han tenido un peso importante.

Mientras que durante años muchos cubanos fingían y «decían las cosas bajito», en los últimos tiempos ha habido un destape de opinión crítica incontrolable con el poder que dan las redes sociales para expresarse, incompatible con el anquilosado sistema de medios oficiales y el monopolio estatal.

Esa libertad ansiada salió sin filtros en las plataformas online, y no se trataba de la llamada disidencia, ni de «gusanos», sino de personas de a pie que necesariamente no tienen una militancia política definida, pero con la necesidad de contar su historia, inconformidades y las quejas que ningún dirigente ve, ni los medios estatales hablan de ellas porque no los dejan, a no ser que sea inevitable..

En cuanto al rol de los medios, estos vacíos en la agenda tampoco corresponden a una falta de deseo o interés de quienes escriben; evidentemente hay periodistas que tienen proyectos de investigaciones sólidas, que terminan modificadas y escondiendo aspectos de determinado fenómeno con tal de «encajar» dentro de los límites de lo permitido, sin ser censurado.

Cuando un tema «caliente» ?aquel que cuestiona estructuras del monopolio estatal y entrevé deficiencias en su funcionamiento e instituciones? es titular en algún boletín, mayormente aparece por la presión que ejerce la opinión pública. De esta forma surgen espacios como válvula de escape, en algunos casos bien llevada, pero desafortunadamente hay otros con aliento justificativo y de escrache.

Sumado a esto, hubo un salto generacional en los ámbitos de la vida en Cuba; una transformación mental y de percepción de nuestra realidad. Los cubanos inconformes e indignados del siglo XXI son hijos o nietos de los que creyeron en el proyecto de Revolución

Antes de la llegada masiva del Internet, hubo una generación que ingresó a la universidad y pensó en hacer periodismo para medios estatales, porque tampoco había otras opciones. Soñamos en revolucionar la prensa nacional. Eso emocionaba, lo confieso.

Luego comenzaron a aparecer otros medios y espacios alternativos. No siempre ahí éramos más libres y felices, pues la libertad de prensa es algo utópico, y en estos medios también existen agendas subordinadas a intereses políticos y el rigor no siempre abunda. A eso debe sumársele la persecución de los órganos de seguridad para que desistas de hacer tu trabajo. Sin embargo, el salario era mejor y resultaba atractivo atrevernos a decir las verdades que el Granma censuraba.

Medios cubanos solicitando periodistas
Medios cubanos solicitando periodistas

Hace 10 años, en las pruebas de aptitud de la carrera de Periodismo, recuerdo que me preguntaron durante la entrevista mi opinión acerca de los jóvenes que emigran. Mi respuesta fue «estoy de acuerdo». En aquel momento yo tenía 17 años y me parecía bien que los jóvenes cubanos tuvieran la oportunidad de ver el mundo, no obstante, pensaba en cuánto me gustaría que el país fuese terreno fértil para aplicar conocimientos, crecer y desarrollarnos, para expresarnos con nuestras diversidades: filosóficas, creativas, sexuales, vivenciales, religiosas, culturales, físicas…

La esperanza se fue deprimiendo. Luego de mi tercera ronda de prácticas preprofesionales comencé a trabajar en Radio Reloj; estaba en segundo año de la carrera. Permanecí en el canal de noticias durante un año y luego de manera indistinta. A pesar de las particularidades del medio y de la agenda, no fue un trabajo hostil.

Meses antes de mi graduación ya estaba muy clara de lo que quería: salir del país para formarme como cineasta y ejercer en mayor o menor medida la profesión del periodismo. Algunos amigos ya habían salido del país a becas y programas de formación; otros pensaban que había oportunidades dentro para un buen periodismo al servicio de la ciudadanía ?estos últimos en muchos casos terminaron por cansarse y decepcionarse aún más que yo.

En cambio, mi prioridad siempre fue mi salud mental. No quiero que el sistema me maltrate, no quiero sentir odio por la frustración que genera ser periodista —estatal o independiente— en Cuba. Es como la decisión de no ver el cadáver de un familiar querido para recordar a esa persona feliz y con vida, y no tiesa y con el maquillaje que le hace otra cara.

Por desgracia —y por suerte— la pandemia atrasó levemente mi salida del país, y este fue el momento en el que Alma Mater llegó a mi vida: posiblemente de las experiencias de trabajo en equipo más hermosas que he tenido hasta ahora.

Alma Mater ?estatal y partidista, pero con el aura de sus creadores y de las plumas que precedieron a mi generación? fue el tercer medio estatal por el cual cobré un salario. Previo y después de Reloj, vino la errónea y arbitraria decisión de ubicarme en Radio Rebelde. Muchos han sido felices en ese tercer piso, yo no. Durante mi proceso de negación en ese dinosaurio, surgió la propuesta de trabajar para la revista.

Jugamos a hacer las cosas lo mejor que pudimos y que nos permitían, y coqueteábamos a toda hora con salirnos de lo que hacían otros. Segura estoy de que la certeza no era tanto lo que queríamos hacer, como lo que no queríamos ser. La dirección de Armando Franco hizo la diferencia; despegó a un medio casi ausente con cosas muy simples: corazón, temas de actualidad, y hablar, sin consignas y sin odio, de lo que nadie se atrevía a decir en un medio financiado por el presupuesto del Estado, por consiguiente, dinero de la ciudadanía.  

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Información publicada sobre la destitución de Armando Franco

El final, del cual no guardo muchos recuerdos en primera persona, fue turbio; como turbias han sido otras destituciones y «explotes» de equipos e ideas que en algún momento resultaron demasiado incómodas a la burocracia. ¿Qué se hizo tan mal que era digno de que no existiera?, o acaso, ¿se estaba haciendo tan bien que era una amenaza? Ayer mismo fue conocido que la revista retiró un texto que abordaba las problemáticas de los universitarios, al parecer, por orientaciones del organismo superior al que se subordina. 

Hoy no llevo bien el conteo de cuánto graduados de mi promoción quedan en Cuba. Con los dedos, quizá, me acerque a completar las dos palmas, y no han pasado cinco años. Uno a uno han ido saliendo por diversas vías porque se agotó el sueño, y porque es muy triste vivir en un país sin un entorno sano para que sus nuevos profesionales quieran hacer cosas buenas.

Yo muy feliz por las y los amigos que aún viven en Cuba y trabajan como periodistas en medios o instituciones estatales, y tratan de hacer y educar con las herramientas que tienen y que les permiten usar. Pero convencida estoy de que buena parte ahora mismo está revisando la página de alguna universidad extranjera, fundación o embajada, porque no se aguanta poner la cara y decir que todo está bien o intentar ser coherente con la realidad de la población, mientras tú mismo haces una fila infinita para comprar gasolina o pollo, y pagas miles de pesos por algo básico.

La responsabilidad de un periodista radica, en mi opinión, en eso, en construir el relato de tu tiempo de la manera más noble y comprometida con el desarrollo social, económico, educacional y cultural de una sociedad.

Con suerte, una parte de los periodistas y comunicadores emigrados logran hacer lo que les gusta: emprender en blogs personales, abrir proyectos con amigos, escribir algún artículo para medios cubanos radicados en el exterior. Gran parte de nosotros hacemos por Cuba, tanto por las oportunidades de trabajo que se dan, como por la satisfacción de estar diciendo algo que dentro no nos animábamos. Ahora, desde la distancia, puedo acceder a fuentes, aunque sean anónimas, y evadir la burocracia de los permisos y las regulaciones.

Lo otro que nos queda a los creadores es ser osados, publicar, producir, seguir formándonos y buscar los espacios en los que nos sintamos cómodos; pues la realidad, al menos por ahora, es que la Isla no es un terreno fácil para expresarnos con libertad. Lo más duro es ser incoherente y ponerte palabras en la boca que no te corresponden o en las que no crees. Y así pasa en el periodismo, la dramaturgia, el cine, la música, la literatura; no es ser un gusano malagradecido, es ser una hija de mi tiempo, comprometida con mi generación y con el futuro de un país que cada vez vemos más incierto ¿En qué va a parar? Esa respuesta no la sé.

En pocos meses serán dos años de no ir a Cuba, y temo encontrar un país vacío, un sitio desconocido, sin las caras que vi durante toda una vida. Lastimosamente, gran parte de esta generación está decidiendo cesar la permanencia; decidió no ver el cadáver de la abuelita.

Diáspora cultural cubana: entre el dolor y el olvido

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Diáspora cultural
Foto: La Joven Cuba

El 21 de octubre Celia Cruz, una de las artistas cubanas más importantes de todos los tiempos, cumpliría 98 años. Si bien el pasado julio diversos medios y personalidades dedicaron artículos e hicieron declaraciones con respecto a los 20 años de su desaparición física, en esta ocasión fueron menores las recordaciones a la Guarachera de Cuba.

Celia, única latina que estará representada en la emisión del 2024 de monedas de 25 centavos que acuñará la US Mint (Casa de la Moneda de Estado Unidos), es a día de hoy, no solo la más representativa figura musical de la Isla en USA, sino la cubanidad misma, ejemplo por antonomasia de la cultura cubana en el extranjero.

Semanas antes, un grupo de artistas cubanos radicados en diferentes países como Costa Rica, Brasil o Estados Unidos, fueron beneficiados con el Programa de becas de resiliencia para artistas cubanos migrantes. Según declara la web de la beca, el objetivo es empoderar a estos creadores apoyándolos económica y formativamente en la ejecución de proyectos artísticos con énfasis en la libertad y los derechos humanos. Entre ellos y Celia hay un hilo conductor: el exilio como plataforma de creación.

Celia Cruz en monedas
San Diego Union-Tribune

Durante mucho tiempo ha prevalecido en las políticas culturales del Estado cubano una visión instrumental de la cultura entendida como «arma de la Revolución». No obstante, ya estos paradigmas fueron subvertidos tras la crisis de los 90. Hasta ese momento, cuando un nutrido grupo de creadores, proveniente de la década del 80 sobre todo, expresan en su obra aspectos vinculados con la realidad política y social de Cuba —muchas veces incómodas para el poder burocrático—, ese pacto social, aunque no se desmorona del todo, indefectiblemente se tuerce de una manera que será imposible «enderezar».

La mejor muestra es cómo, al poco tiempo de caído el Muro de Berlín e iniciado el Periodo Especial —que vio el salvamento bajo el turismo internacional—, una zona importante de la producción artística tiene que subordinarse a los intereses del mercado, al decir de Joaquín Borges-Triana[1]: los pone a crear en función del comercio. Asimismo, muchos otros se van, al no ver en su país las posibilidades de realización creativa, reforzando así el fenómeno diaspórico cubano.

La diáspora cultural

Es importante aclarar que es precisamente en esta década del 90, especialmente a partir de la celebración en 1994 de la conferencia La nación y la emigración, que se comienza a hablar de diáspora. En ese mismo año, el crítico y curador Gerardo Mosquera introduce ese término en un texto que escribe sobre el proceso migratorio artístico de principios de los 90[2].

La utilización del término diáspora por el intelectual Rafael Rojas, asociado al fenómeno de la migración cubana, supone un descentramiento, atomización traslaticia y fragmentación del territorio por medio de la errancia[3]. En su perspectiva, que no excluye a la dimensión cultural, la máxima diferencia entre emigración y diáspora se encuentra en el carácter de destierro que tiene esta última. No debe olvidarse que, para muchos cubanos emigrados, regresar a su tierra fue sumamente difícil durante mucho tiempo, tanto por las políticas cubanas como por las norteamericanas, receptor principal de la migración de la Isla.  

Diáspora cubana
Foto: HavanaTimes

En el caso de los cubanos que salieron a partir del año 2021, su identidad como migrantes está marcada por un grupo de elementos que ya mencionaba en el año 2006 el investigador Antonio Ajá Díaz: los conflictos de la crisis económica, la desmotivación, el desinterés y la desconfianza en soluciones a corto plazo[4]. Estos nuevos migrantes ya no son una diáspora propiamente dicha, sino que forman parte de un exilio masivo que, riesgosamente, huye de Cuba temiendo por su futuro. A ellos no les es ajena la producción cultural, la cual, desde la agudización de las dificultades económicas y fuertes quiebres entre los creadores y el funcionariado, se ha reconstituido, sobre todo, con rasgos de rencor y rabia.

Estas características tienen una génesis en los años que suceden al restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos, sobre todo en 2015. La visita del presidente Barack Obama días después del megaconcierto de los Rolling Stone y la celebración de la XII Bienal de La Habana, transformaron el ideal cultural de una nación que, con un limitado acceso a Internet y un aislamiento por parte de las grandes industrias culturales a partir del diferendo con Estados Unidos, estaba desconectada de las dinámicas internacionales de producción artística.

Un arte de la fragmentación

Producto de las circunstancias que provocaron el cambio de la realidad social, se comenzó a dialogar abiertamente sobre el fenómeno cubano más constante en nuestra historia: la partida. En el arte, entonces, se acentúa uno de sus rasgos estéticos: la fragmentación, que se enriquece con la necesidad complementaria de la construcción a partir de los fragmentos de una estructura interna consistente. Pero que el arte canalice esta característica sobre otra, responde un problema más profundo de raíz cultural.

La fragmentación, en el caso cubano, siempre irá en dos sentidos: en primer lugar, la cuestión política o macro, intensificada tras los sucesos del 11 de julio del 2021, donde las relaciones sociales de la realidad nacional se dividieron radicalmente entre opositores —o confundidos— y revolucionarios —si se utilizan los términos posicionados por el gobierno cubano en el discurso público—. Artistas afiliados a bandos produjeron un grupo de obras —principalmente musicales— que reforzaban esta postura de apoyo u oposición al sistema político de la Isla.

En segundo lugar, vemos la fragmentación familiar o micro: la más cruda en la actualidad y, en consecuencia, generadora de odio. El exilio, que convierte luego en diáspora a los que se marchan, transforma todos estos sentimientos negativos en el caldo de cultivo perfecto para una producción cultural sustancialmente diferente a las de décadas anteriores.

Del odio al fracaso

Pudiéramos pensar en figuras antológicas de la cultura cubana de la diáspora, como Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, Zoé Valdés, Carlos Alberto Montaner, Albita, los Estefan o la propia Celia Cruz. Cada uno forma parte de un momento migrante diferente, no obstante, comparten miradas similares con respecto a Cuba. En el discurso de cada uno es posible hallar una vocación de odio mezclada con nostalgia; la nostalgia heideggeriana, esa pena o malestar de no estar en casa. Por eso hallamos junto al odio un aderezo, una característica que les es común a todos: la esperanza de un regreso.  Basten dos ejemplos: la carta de Arenas del 7 de diciembre de 1990, momentos antes de suicidarse, y la canción Cuando Cuba se acabe de liberar, de Celia Cruz. En ellos no se encuentra ruptura total; no la habrá nunca sino con la muerte misma.

Hoy, sin embargo, el escenario para la diáspora es diferente. Más allá de la crisis económica, muchos cubanos viven bajo la compleja idea del fracaso. El fracaso visto como permanencia en la Isla, como el último que apague el Morro. Esto ha creado una suerte de sensación colectiva en torno al exilio, pero ya este es un exilio diferente al de las décadas anteriores; es un exilio de sobrevivencia.

La producción artística actual, de cualquier tipo, tuvo una conmoción sin precedentes el 27 de noviembre de 2020. Lo que se desencadenó a partir de los sucesos de esa tarde-noche, sobre todo alrededor del denominado Movimiento San Isidro, definió a muchos artistas a salir de Cuba con el dolor y la frustración convertidos en ira.

27 de noviembre / Ministerio de Cultura
Sentada frente al Ministerio de Cultura el 27 de noviembre de 2020 / Foto: New York Times

Dos meses después, el altercado frente al Ministerio de Cultura fue el colofón de un diálogo truncado. En pocos meses después, una veintena de cineastas, escritores, pintores y actores habían salido de la Isla. A mediados de 2023, mediante becas, reclamaciones, parole o travesías, artistas como Katherine Bisquet, Carlos Lechuga, Yunior García, Daniel Sánchez y otros, engrosan las listas de quienes, tras salir, producen arte con la roña del destierro.

No es extraño que los resultados, tras el asentamiento, responda a la ira, el dolor y el deseo de venganza o de olvido total. En cualquier caso, siempre existe una condena, basada generalmente en el odio que nace de tener que abandonar una tierra sin posibilidades cercanas de regreso. No existe aquí, en la producción cultural de la diáspora actual, una intención de diálogo. No hay ideales ecuménicos de convergencia de criterios.

La cultura del exilio

Se ha intentado ver, de manera errada, a la cultura actual del exilio signada por la toma de una posición muy cercana a la radical visión de Patria y Vida vs Patria o Muerte. En muchos casos se ha vuelto intolerable y excluyente, lo que en cualquier caso es preocupante. En este proceso también median múltiples intereses políticos que exacerban o desalientan ese dolor e ira en dependencia de sus intenciones. Ejemplo de ellos es que muchos de los artistas e influencers que en la época Obama celebraron el intercambio cultural, luego del paso de Donald Trump por la Casa Blanca tomaron una postura de radical distanciamiento contra todo lo que implicara una relación con el Estado cubano y sus instituciones.

Por otro lado, aunque en el exilio contemporáneo se palpa una animadversión hacia el sistema cubano, y por transitividad, a todo lo que implique una realización artística dentro de la Isla; existen también artistas que se desmarcan de esta radicalidad tradicional o histórica, y aunque algunos, incluso, hayan tenido un historial de censura o exclusión en Cuba, coexisten, han logrado hacer paz con ello o, sencillamente, el conflicto le es ajeno.

Pedro Luis Ferrer y Carlos Varela son dos ejemplos muy actuales de lo antes afirmado, pese a que puedan ser considerados «molestos» para las autoridades culturales, no han dejado de visitar la Isla y realizar presentaciones en ella. Asimismo, Pablo Milanés demostró el amor y la devoción que sentía con el arte y la cultura cubanas con aquel concierto inolvidable y, a la postre, último, que realizó el 21 de junio del 2022 en el Coliseo de la Ciudad Deportiva y dedicó a «su mejor público». La visita de Ana de Armas a La Habana en abril pasado como parte de sus vacaciones, es una señal también de que no existe una única postura en los artistas fuera de Cuba, aunque la oposición, la rabia y el odio sean las expresiones más visibles.

Pedro Luis Ferrer
Foto: Claudio Peláez Sordo

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Puede apreciarse en las actitudes reseñadas en este texto lo que el poeta y político martiniqueño Aimé Césaire llamó máquina del olvido, mencionado en su Discurso sobre el colonialismo (1955). Se refería al proceso de colonización cultural que experimentaban las naciones sometidas, durante siglos, a la limitación de sus soberanías y al saqueo por parte de los grandes imperios. En el caso cubano, el proceso para olvidar es posible debido a la utilización de la cultura como mecanismo catártico, donde, se supone, pueda lograrse una limpieza del alma a partir de una creación rabiosa, iracunda. Luego, supone el artista, el cubano se libra de todo aquel mal sabor que le produjo el exilio.

No obstante, la paz total no está garantizada. Volvamos Edwar Said, cuando en el ensayo Cultura, Identidad e Historia, habla de la cultura como algo siempre histórico, anclada en un lugar, un tiempo y una sociedad determinada; pero también como algo que implica la concurrencia de varios estilos y cosmovisiones. La cultura cubana de hoy va más allá de que se haga en Hialeah o en San Miguel del Padrón. La producción artística seguirá siendo una respuesta a las realidades sociales; las mismas realidades a las que no se les puede hacer oídos sordos.

[1] Borges-Triana, Jorge. Nadie se va del todo. Músicos de Cuba y del mundo Ediciones La Luz, Holguín, 2017.

[2] Citado en: Borges-Triana, Jorge. Nadie se va del todo. Músicos de Cuba y del mundo. Ediciones La Luz, Holguín, 2017. P, 7.

[3] Ídem. P, 11.

[4][4] Ídem. P, 14.