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Nuestra línea editorial

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Hoy decidimos definir algo parecido a una línea editorial en La Joven Cuba. Somos uno de los blogs más antiguos del país que todavía permanece activo, y durante todo ese tiempo hemos sabido presentar varias miradas dentro de un mismo espacio. Así es cómo seguimos creciendo.

El hecho de que en ocasiones publiquemos textos con los que no coincidamos al 100%, o sobre los cuales los editores tengan opiniones distintas, nos parece más una fortaleza que una debilidad. Representamos así el arco de pensamiento que existe hoy en la izquierda cubana, y afortunadamente eso nos aleja de una falsa homogeneidad que abunda en los medios. A partir de hoy nuestro espacio tendrá permanentemente a pie de página el anuncio que compartimos a continuación:

Como La Joven Cuba es un proyecto colectivo, las opiniones expresadas en este portal son responsabilidad exclusiva de los autores y no representan necesariamente la opinión personal de los editores. Así publicaremos diversas opiniones sobre un mismo tema, siguiendo la política inclusiva expresada por Fidel en Palabras a los Intelectuales, todo lo que no está contra la Revolución, cabe dentro de ella, y así dentro de La Joven Cuba. 

Un ejército de hipócritas se crea de esta forma

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hipocrita

Un ejército de hipócritas se puede crear. No he visto la película, así que no puedo decir si creo o no creo que ofenda la memoria de José Martí: ese no es el punto de estas líneas, de cualquier modo. Supongamos, para abreviar, que en efecto la película contenga una ofensa imperdonable, y que la decisión correcta haya sido olvidar la consecuencia natural de la censura, que es la publicitación involuntaria de obras que de otro modo hubieran pasado inadvertidas.

Imaginaré a continuación una situación de laboratorio, técnica que utilizo a menudo para tratar de entender asuntos que conlleven una implicación moral. Digamos que haya una película no financiada por el ICAIC que sea de principio a fin una ofensa a José Martí. Digamos que de ser censurada su visibilidad no pueda multiplicarse, porque en nuestro país de laboratorio las personas solo vean películas en los cines.

Digamos que no existan redes sociales o formato alguno por medio del cual la gente se entere que se hizo la película. Si fuera censurada y lo mereciera, y algún intelectual de segunda escribiera un artículo profundamente equivocado, defendiendo el estreno de la película, ¿sería lo correcto publicar el artículo?

Odio la partición de las discusiones en dos bandos, el odioso enfoque que dice que si no estás conmigo estás en mi contra.

En general no suelo opinar en los debates sobre la censura parcial o total de determinadas películas cubanas, porque no las puedo ver en los cines y me falta el morbo necesario como para conseguirlas en formato digital. Lo que sí me interesa es opinar sobre el enfoque que toma la mayoría de las discusiones al respecto, el odioso enfoque que dice que si no estás conmigo estás en mi contra.

Odio la partición de las discusiones en dos bandos, la de los imperialistas y la de los revolucionarios, la de los que dicen cosas porque el imperio les paga o porque son unos apátridas y la de los que sí defienden esto, ese estado abstracto de cosas que a menudo se confunde con un ente todavía más abstracto y complejo: la Revolución. Quiero decir, y pido al lector que me perdone si no está de acuerdo conmigo, que un borracho a veces tiene la opinión más sensata, y un profesor universitario la más equívoca.

El borracho no merecerá un diploma de licenciatura por ello, ni el profesor merecerá una expulsión, pero debe separarse la validez de una idea de la integridad moral del que la defiende. De lo contrario se cae en el debate interminable e infructífero que solo termina en el mutuo desprestigio de los contrincantes. Sé que esta separación puede parecer difícil, pero es necesaria, hace falta particularmente ahora.

Regresemos al ejemplo del pequeño intelectual que critique una decisión, supongamos que justa, de censurar tal película. Que ese pequeño intelectual esté equivocado no significa de modo axiomático que se trate de un apátrida, de un traidor, de un contrarrevolucionario, esa palabra engañosa y húmeda, que arribistas, ingenuos y corruptos se sienten en el derecho de usar, y que no pocas veces usan en teatrales, peligrosos despliegues de fervor.

documental muestra joven

A veces los traidores, los enemigos, tienen razón y nosotros somos los que estamos equivocados, y a su vez los nuestros deberían tener derecho a equivocarse sin que por esto alguien los llamara traidores. De lo contrario solo queda la estructura tonta de que siempre los llamados imperialistas están equivocados, y que los revolucionarios tienen la razón, y su reverso, que si alguien está equivocado es de seguro imperialista, y si alguien dice lo que uno quiere es que es revolucionario.

Este juego de palabras es una máquina de cometer errores, una máquina de frustrar revoluciones. Cuando una opinión, por errada que esté, no puede salir a la luz pública y se remite a una interioridad resentida, solo se está creando una falsa apariencia de calma. No dejar a alguien equivocarse en público no hace que las masas se adoctrinen, por el contrario, es el modo más fácil de crear un ejército de hipócritas.

Y no dudo que la situación de la Muestra parezca lejana a estos análisis, al menos a primera vista, pero yo nada más quiero saber qué artículo ha salido publicado en estos días que no coincida con la decisión del ICAIC. ¿Es casualidad? Lo digo porque la inmensa mayoría de las personas que conozco se opone firmemente a la decisión. Y quizás lo peor sea que ya nadie que se oponga haya intentado escribir, aunque lo pensara y lo comentara a puertas cerradas.

Me refiero dentro de los medios estatales, está claro. Y si la película en efecto realiza una ofensa tan terrible, y si en efecto se demuestra que lo moralmente correcto es censurarla, ¿por qué dar por sentado que una defensa equivocada va a eclipsar todas las contradefensas imaginables?

No dejar a alguien equivocarse en público no hace que las masas se adoctrinen, por el contrario, es el modo más fácil de crear un ejército de hipócritas.

Dos hechos me han llevado a escribir este artículo. El primero fue la no polémica tras la decisión del ICAIC. El segundo fue mucho más pequeño, pero creo que condensa todavía mejor lo que quiero decir. En Facebook vi un meme que se burlaba de los socialdemócratas, abajo una foto de Stalin rodeado de niños. Este hombre sí sabía qué hacer con los socialdemócratas, decía la publicación, que había provocado además una cascada de risas y aprobaciones.

Comenté molesto que alguien que se pusiera un nombre como «Fidelista por siempre» debía ser más responsable por las cosas que publicaba, y más teniendo en cuenta las ocasiones en las que se había intentado comparar la Revolución Cubana con el estalinismo, un régimen de cuyos crímenes la imagen de los comunistas todavía no logra desligarse. El compañero que publicó la fotografía de Stalin me acusó de disidente, de traidor, buscó en Google mi nombre y de tan solo ver que había publicado en OnCuba me tachó de mercenario, de lobo disfrazado de oveja, asumió que yo criticaba a la prensa estatal y que me daría miedo definirme como fidelista.

Lo invité a leer el artículo «Muchedumbres», publicado en la misma OnCuba, y lo reté a que me mostrara una sola línea en la que hubiera criticado a la prensa estatal. Acorralado y sin nada más que decir, terminó por llamarme arrogante. Sus últimas palabras fueron algo así como que iba por mal camino.

Las personas deben tener derecho a equivocarse en público.

Todos nos hemos topado con caricaturas semejantes en algún momento de nuestras vidas, que darían risa de no ser porque a menudo ostentan cargos altos y son las encargadas de tomar decisiones importantes en la vida del país. Su error principal no fue atacar a alguien a quien ni siquiera conocía: su error principal fue atacar personalmente al que pensaba diferente a él en vez de establecer un debate.

Tal vez yo era un agente de la CIA o un corresponsal de El Nuevo Herald, eso no debería importar, lo que debería importar era lo que yo había dicho, deberíamos separar las ideas de aquellos que las enuncian, debió haber defendido su postura o haber encontrado los fallos de la mía. Lo más gracioso de todo es que yo me alejo enormemente de las ideas socialdemócratas, pero mi modo de alejarme es discutirlas, no tratar de hacer como si no existieran. Creo que las personas deben tener derecho a equivocarse en público, desde el momento en el que no lo tienen, yo siento que he perdido el derecho a tener la razón.

Tomado de: La Trinchera

El narcisismo americano

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Cuenta la leyenda que el joven Narciso pasaba todo el día frente al río, admirando su propio reflejo en la superficie del agua. Un buen día, intentando alcanzar el objeto amado, cayó al agua y se ahogó, creciendo posteriormente una flor en el lugar del accidente. A veces, los pueblos y colectividades humanas cometen también el error de complacerse demasiado en sus propias virtudes y pierden peligrosamente el contacto con la realidad.

Los Estados Unidos son una gran nación. Es un cliché, pero es cierto. Levantado por inmigrantes de todas partes del mundo, conquistada su tierra en virtud de toda clase de esfuerzos y violencias, no por gusto es hoy Estados Unidos el país más desarrollado del mundo. Si hay algo cierto bajo este sol, es que, en la nación americana, como a ellos les gusta decir, se ha trabajado mucho. Las manos de millones de trabajadores han construido rascacielos, líneas ferroviarias, avenidas, fábricas, presas, etc. El pueblo norteamericano es trabajador. Y de la burguesía estadounidense se puede decir cualquier cosa, menos que no sea emprendedora: han colado sus capitales hasta lo más profundo del desierto del Sahara y de la selva amazónica.

Los Estados Unidos, tierra de los pequeñoburgueses escapados de Europa, sitio libre de los restos de la civilización feudal, pudo crecer como el mayor experimento mundial de capitalismo desencadenado. Los padres fundadores tuvieron, además, la audacia de darle a la nación una constitución política muy avanzada para su época. Fueron la primera nación moderna nacida de una Revolución y una guerra de liberación nacional. Con la buena conciencia que les dio ese mito de origen, pudieron implementar una democracia liberal que se adaptaba perfectamente a sus necesidades de sociedad mercantil. Luego, todo fue cuestión del tiempo. Hoy por hoy, las empresas han crecido hasta convertirse en colosos transnacionales. Sin embargo, la constitución sigue en pie. Todavía los Estados Unidos son un país en el que un juez federal cualquiera puede detener la aplicación de un decreto presidencial.

Todo esto es cierto y admirable. Pero no quita para nada el hecho de que los Estados Unidos se han comportado hacia el resto del mundo como un imperio. Sus políticos se desgarran las vestiduras al hablar de la democracia y los derechos humanos, pero por detrás de la fachada autorizan golpes de estado e intervenciones militares. Sin embargo, esta doble moral no se basa únicamente en la hipocresía. La principal razón por la que la política norteamericana mantiene una línea coherente de atropellamiento hacia el resto del mundo, es porque los norteamericanos, tanto la élite como el pueblo llano, se dejan arrastrar por un marcado narcisismo cultural. Es normal que un norteamericano común no sepa casi nada del mundo exterior a Estados Unidos. Para él, no hay gran diferencia entre un latinoamericano, un español o un turco: todos son emigrantes.

Los norteamericanos son víctimas de su propio éxito. La conciencia de su libertad- una libertad que no sale de los marcos del paradigma burgués, pero que está bien defendida por las instituciones-, la conciencia de sus éxitos materiales, les provoca la ilusión de que son el único pueblo con subjetividad en la historia. Dios bendiga a América. El pueblo elegido de Dios. El destino manifiesto. La Doctrina Monroe. Caen en la misma trampa en que han caído todos los pueblos que a lo largo de la historia han tomado el camino de ser imperio. En vano se autodenominan el imperio de la libertad. Será una libertad solo de ellos, y que los demás pueblos recibirán como una pesada carga.

Fue sobre la base de ese narcisismo cultural que las élites norteamericanas lograron el apoyo de la opinión pública para la aventura de intervención en la guerra de liberación cubana, en 1898. Vinieron como libertadores, pero una vez aquí no reconocieron a los cubanos como a sus iguales. Todo el mundo en Estados Unidos vio bien que ese poderoso país determinara los destinos de Cuba, convirtiéndola en un protectorado. Nadie se dio cuenta de que esa bandera de las barras y las estrellas ondeando en el Morro habanero era una ofensa al dignidad de la joven nación, y que eso podría tener consecuencias.

Hoy por hoy, el mundo contempla atónito la actuación de un presidente mamarracho como Donald Trump, que desde la Casa Blanca lleva la política norteamericana a extremos de ridiculez nunca antes vistos. Arrojar papel sanitario a los puertorriqueños o mandar a armar a los profesores en las escuelas, son solo algunas de sus más conocidas salidas. De lo que se trata es de una muestra más de narcisismo desencadenado. Trump solo tiene oídos para sí mismo. No le importa toda la evidencia del mundo: él no cree en la existencia del cambio climático y fin de la historia. America first!

Es triste ese lado de la historia norteamericana, y es más triste para nosotros los del Sur, que somos los que primero lo sufrimos. Pero si siguen por ese camino, si el pueblo norteamericano no detiene la salvaje fiesta de sus élites descontroladas, si no se dan cuenta de que en este mundo hay cinco continentes llenos de naciones soberanas, las consecuencias de sus actos van a terminar alcanzándolos a ellos mismos. Ya el Imperio está en decadencia. Los del Sur debemos seguir resistiendo, pero no estaría mal que un día los norteamericanos salieran a luchar, como una vez partieron a acabar con la esclavitud, y construyeran por fin ese otro gran país que hizo decir a Martin Luther King la más hermosa frase de la política americana: I have a dream!

El diálogo con el espejo

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El llamado efectuado por las autoridades del Partido y el Estado a la necesidad de la crítica y el diálogo en los asuntos cubanos no parece haber encontrado muchos oídos receptivos en las estructuras de poder a distintos niveles, ni en los medios. En ambos casos lo que se ha extendido es una variante suave y edulcorada: el criticar sin debatir, y con eso basta.

Usualmente, en estas parodias de debates se presenta un tema a discutir, que puede ser más o menos importante y/o actual, y se incorporan varios sujetos (especialistas, o gente común) que -¡oh, maravilla del guion y de la puesta en escena!- piensan todos igual sobre el supuesto asunto a polemizar y casi emplean los mismos argumentos. En tales casos, al moderador solo le queda la tarea de organizar una especie de cola –muy a lo cubano- para que cada uno exponga sus tesis, casi con las mismas palabras usadas por sus predecesores.  Y a esa letanía con forma de monólogo le llaman debate/discusión/polémica/ejercicio crítico/intercambio de ideas/…

Este fenómeno de nuestra cotidianidad se comporta como un verdadero diálogo con el espejo, donde la imagen y el mensaje de todos es más de lo mismo. Constituye un perfecto diálogo entre clones mentales, en el que no existen los imprescindibles protagonistas y antagonistas. No obstante, en ocasiones algunos de los participantes llegan a asumir posturas iracundas contra enemigos que no están presentes, y se ponen al borde de la apoplejía, tal y como si se les subiera el santo en un bembé.

Es preciso defender que cuando se haga una crítica, en especial en los medios, estén presentes los criticados con el mismo derecho a voz y voto que sus detractores. Y que cuando se analicen temas nacionales peliagudos, de cualquier índole, haya representantes de las diferentes corrientes de opinión que puedan contribuir a la mejor comprensión y solución de lo que se discute; aunque no siempre se podrá llegar a consenso al final del tiempo asignado, ni creo que sea ese el objetivo de un debate sincero.

Recordemos que las polémicas se dirimen con argumentos y con lógica, no con reiteraciones hasta el cansancio de los mismos razonamientos, en tono de consigna, más para vencer que para convencer. La unidad en la diversidad se consigue mediante la negociación entre las posturas encontradas, la persuasión y el consenso, todo pasado por el respeto a la diversidad de criterios y las miras puestas en los más altos fines humanos y patrióticos. Al respecto siempre es válido recordar lo que decía El Maestro:

No ha de temerse la sinceridad: sólo es tremendo lo oculto. La salud pública requiere ese combate en que se aprende el respeto, ese fuego que cuece las ideas buenas y consume las vanas, ese oreo que saca a la luz a los apóstoles y a los bribones. En esos debates apasionados los derechos opuestos se ajustan en el choque, las teorías artificiosas fenecen ante las realidades, los ideales grandiosos, seguros de su energía, transigen con los intereses que se les oponen.[1]

[1] “Las fiestas de la Constitución de Filadelfia”. La Nación. 13 de enero de 1887. Obras Completas, T13, pp. 319.

Los frutos del odio

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Nadie es tan efectivo en su misión como el poder hegemónico. Durante siglos le ha hecho creer a los pobres que lo que es bueno para los ricos, es bueno para ellos también. Una y otra vez los pobres votan en elecciones por los mismos que en gobiernos anteriores los engañaron, en algunos casos en más de una ocasión.

Tomemos la emigración cubana como caso de estudio, o para ser justo, a parte de la emigración cubana. A través de los medios de prensa, siempre a su favor, un pequeño grupo de personas en Miami le ha hecho creer a una parte de los cubanos residentes allá, que la solución para Cuba es derrocar el gobierno y regresar al capitalismo.

Una parte incluso se ha creído el cuento, o ha querido creer, que sería posible mantener los logros sociales en Cuba sin la Revolución. Ni remotamente esto será posible cuando se lancen como lobos hambrientos a repartirse la isla como pastel de cumpleaños.

Esos cubanos a los que me refiero, van como un papalote para donde los mande el viento del odio a través de la prensa hegemónica. No es un fenómeno que desconozca porque lo he vivido de cerca luego de 10 años en La Joven Cuba y más de 232 000 comentarios realizados en gran parte por representantes de esa parte de la emigración cubana a la que me refiero.

Cuando Estados Unidos decidió que Gadafi era malo, se explayaban apoyando la invasión de la OTAN para derrocar al dictador Gadafi por violador de los Derechos Humanos. Hoy ese país es un caos y sin embargo no dicen una palabra sobre lo que ocurre allá.

Cuando José Manuel Zelaya sufrió un golpe de estado en Honduras los comentaristas de LJC lo justificaron porque decían que Zelaya quería perpetuarse en el poder. Zelaya solo quería consultar al pueblo si querían instalar una asamblea constituyente y fue crucificado. Hace poco tiempo el actual presidente sin hacer consultas, cambió las reglas del juego y se postuló una vez más y para colmo se robó las elecciones cuando perdió.

Los comentaristas ni una palabra.

Cuando Dilma Rousseff era presidenta de Brasil y Cristina Fernández en Argentina todos los días veíamos comentarios críticos hacia sus gobiernos. Hoy no se escucha ni una sola palabra crítica sobre las políticas neoliberales de Temer y Macri.

Sobre Venezuela se habla de dictadura y violaciones de los Derechos Humanos. En México, Argentina y Colombia asesinan sistemáticamente a líderes sociales y comunitarios y ni una palabra por parte de los comentaristas.

Pero para entender mejor el asunto vayamos al caso cubano.

Un interesante artículo  sobre las migraciones, especialmente de los mexicanos, plantea que los migrantes en los Estados Unidos (principalmente en la construcción y restaurantes) obtienen un ingreso neto promedio de 903 dólares, de los cuales envían 262 dólares a la familia, para un 29 % de lo sus ingresos. Según la CEPAL en América Latina la remesa típica por emigrante fluctúa entre 200 y 300 dólares mensuales.

¿A qué dedican los emigrados el dinero que reciben en remesas?

remesas usa

En el caso cubano se plantea que la media de las remesas está entre los 100 y 200 dólares mensuales. Con eso los emigrados cubanos mantienen a sus familias, sin preocuparse de pagar carreras universitarias o una operación del corazón. Sus hijos, nietos o sobrinos están seguros en las escuelas o jugando en las calles sin el temor a ser víctimas de la droga o de un loco con un AR-15.

Un estudio sobre las migraciones afirma que “En la mayoría de los casos el tipo de inmigrante es una persona de escasos recursos, indocumentado, con bajos niveles de educación y socialmente vulnerable”.

Es irónico que algunos pretendan cambiar el sistema que los formó y les permitió ser un tipo de emigrantes totalmente diferentes, por un sistema que crea una masa enorme de personas de escasos recursos, bajos niveles educacionales y socialmente vulnerables.

Vivir en una sociedad donde las 24 horas del día los medios de comunicación se muestran hostiles contra su país, presiona algunos a mostrarse anticomunistas para encajar entre la comunidad o un grupo de amigos. Dejarse asimilar por el odio es éticamente censurable, y peor es que no lo reconozcan.

El 2000 y el 2030

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2000

Nací en la justa mitad de los sesenta, así que puedo considerarme miembro de la primera generación aparecida tras el triunfo de la revolución en Cuba. Para los que fuimos niños y jóvenes en las décadas del setenta y ochenta, el año 2000 tuvo un significado especial. En el imaginario social de aquella etapa –potenciado por la escuela, la prensa, y el discurso político–, se le atribuía una cualidad casi épica que generaría apreciables transformaciones, no solo en la calidad de vida de las personas, sino en el sujeto social, el esperado hombre nuevo. Una canción de Silvio Rodríguez, “Venga la esperanza”, puede describir mejor que mil palabras aquel estado de ánimo colectivo: El dos mil sonaba como puerta abierta / a maravillas que silbaba el porvenir.

Para ser justos, debemos reconocer que no hubo compromisos de la dirigencia cubana que delimitaran concretamente esas aspiraciones en documentos normativos. Fueron discursos apasionados o declaraciones las que tomaban como meta al 2000. En realidad, con un campo socialista aparentemente exitoso y solidario, y con una concepción lineal y ascendente de la historia –falsamente marxista–, creímos, nos llevaron a creer, que la engañosa lejanía de aquel año y nuestro sacrificio cotidiano debían ser suficientes para lograr un futuro ideal.

En ello pudo influir el simbolismo de que no solo era un nuevo año, con diferente dígito inicial, sino nuevos siglo y milenio, tres en uno. No importaba siquiera que los matemáticos, siempre exactos, aclararan que era en el 2001 y no en el mágico 2000 cuando iniciarían el siglo XXI y el tercer milenio.

En 1989, cuando Silvio estrenó su canción, al campo socialista le quedaba poco, en verdad solo un año, y ya era muy claro, como dice otro verso: Pero ahora que se acerca saco en cuenta / que de nuevo tengo que esperar / que las maravillas vendrán algo lentas / porque el mundo tiene aún muy corta edad. Sin embargo, el título de la composición era optimista, no se abandonaba la confianza a pesar de que el plazo no sería el deseado.

El 2030 es otra cosa. No se trata ahora de simbolismos, discursos soñadores, esperas ilusionadas o confianzas indebidas. Es la más pura racionalidad y planificación, según hacen creer dos congresos y una conferencia del Partido, una gran consulta popular y una comisión permanente dirigida por un alto dirigente, miembro del Buró Político de ese Partido, cuya función es la implementación de los lineamientos que conducirán a las metas. Son folios y más folios de documentos donde hasta las comas han sido sometidas a consenso. Todo ello para concebir un Plan de desarrollo hasta 2030, año en el que Cuba deberá ser una nación “soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible”.

Faltan doce años para llegar al 2030 y parece que también “esas maravillas vendrán algo lentas”. Pero ahora quién será el responsable, ¿el campo socialista que ya no existía cuando se concibió el plan?; ¿el imperialismo que siempre ha estado allí, al norte? –y que siempre estará a no ser que descubramos cómo mover nuestra isla de lugar–; ¿a un gobierno torpe y reaccionario como el de Donald Trump, después de haber pasado por Nixon, Reagan y dos Bush y saber que ese tipo de gobernantes son parte de una ecuación geopolítica que tenemos que asumir en cualquier proyecto que emprendamos? Además de que siempre existe la posibilidad de que el electorado vecino puede cambiar de administración después de cuatro años.

Las metas del 2030 son esperadas por todos, pero las dos generaciones que han crecido en los últimos 28 años no tienen memoria familiar que las conecte directamente con el pasado capitalista. Sus vivencias se concentran en el Período Especial y en las crisis cotidianas de sus familias, que les hacen ver más prometedora una vida fuera de su patria que la que han tenido junto a sus padres y abuelos. Ellos no saben del 2000, pero se les ha prometido el 2030, y ya el tiempo no tiene corta edad, que perdone el trovador tanto parafraseo.

Quedan solamente doce años para llegar a la nueva cifra mágica y no creo que podamos esperar por otra. Se ha ido la mitad del tiempo desde que en el 2006 se anunciara el inicio de un proceso conocido como “Actualización de la economía cubana”. ¿Será posible cumplir en tan corto plazo el plan para el 2030? La respuesta deberá ser muy clara y –sobre todo– muy rápida, hay demasiado en juego, empezando por el presente.

Cuba podría ser la Vietnam del Caribe

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vietnam

Durante mucho tiempo los cubanos hemos escuchado hablar acerca de nuestro subdesarrollo. Académicos de toda clase polemizan acerca de las causas que puede tener: que si tiene que ver con el modelo de colonización española, que si se debe al monocultivo y a la monoproducción, etc. No faltan incluso las explicaciones racistas que apuntan a la presencia de negros traídos de África. Pero de lo que casi nadie habla es de las posibilidades de desarrollo que puede tener Cuba. Nadie nos ha explicado cómo puede Cuba llegar a ser un país desarrollado.

Cuando se mira un mapa económico del mundo salta a la vista que existe un reducido club de países que van en primera clase: son aquellos que se subieron al carro del capitalismo imperialista a finales del siglo XIX y principios del XX, Norteamérica, Europa, Japón y Australia. Esos no cuentan para nuestro análisis, ya que es imposible que ningún país pueda subir por la escalera que ellos subieron. Si se quiere encontrar modelos de desarrollo que puedan servir para Cuba, estos tienen que ser buscados en el Tercer Mundo, en países que lograron vencer el subdesarrollo. No se trata, por supuesto, de ir en busca de una receta para aplicarla al pie de la letra. Se trata de aprender de la experiencia acumulada en otras partes del mundo para construir con calidad nuestro propio modelo.

Los ejemplos más fehacientes de victoria sobre el subdesarrollo se encuentran en el Lejano Oriente, en el grupo de países conocidos como los tigres asiáticos. Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Vietnam, Hong Kong; y por supuesto, no se puede olvidar al gran dragón, China. Pero el caso de China no nos sirve: se trata de un país demasiado grande, imposible de comparar con el nuestro. El caso más útil de todos es el de Vietnam, un país socialista como Cuba, que además tiene un clima tropical y un territorio largo y estrecho. Vietnam libró una de las guerras más heroicas de la historia, quedó devastado, y hoy por hoy compite en las listas de desarrollo económico. Se trata de un caso digno de estudio.

Por supuesto, cualquiera puede cuestionar la posibilidad de aplicar los métodos de las economías asiáticas aquí en Latinoamérica. Después de todo, la región tiene dos siglos de trayectoria capitalista y no ha dado un solo caso de país altamente desarrollado. Los que más se acercan son Uruguay y Costa Rica, que son excepciones a la regla. Los augures del fatalismo geográfico aseguran que Cuba está condenada al subdesarrollo. Además, afirman que, si la isla alguna vez tuvo un chance de progresar, ella misma se encargó de echarlo por tierra al abrazar la causa del comunismo. Perdidos estaríamos, si le hiciéramos caso a estos augures.

Pero analicemos cual es la causa fundamental del fracaso del capitalismo latinoamericano y que también da la clave para entender el éxito de los tigres. En América Latina solo se han construido economías de factoría enfocadas hacia el mercado internacional, no ha habido la voluntad de construir sistemas económicos que tengan su centro en sí mismos. La clase política de los países latinoamericanos, así como su oligarquía, han estado vendidos al capital extranjero y nunca han gobernado para sus respectivos países. Por el contrario, en los tigres asiáticos el estado ha mantenido una política independiente de intervención sobre la economía, en función de los intereses nacionales. Ese ha sido el denominador común, el estado fuerte, a pesar de las diferencias entre un sistema socialista de partido único (Vietnam), una democracia parlamentaria en estado de alerta permanente (Corea del Sur) y una dictadura militar (Singapur).

Pues resulta que Cuba tiene, por su particular historia, mejores condiciones que ningún otro país latinoamericano para seguir el camino de los tigres asiáticos. Es cierto que, desde cualquier indicador económico que se mire, Cuba es uno de los países más atrasados de la región. Es cierto que nuestros volúmenes de producción y exportación son mínimos, y que parece que estamos por detrás de la mayoría de los países latinoamericanos. Pero tenemos algo que ellos no tienen, independencia, y un estado fuerte al que nadie le puede impedir intervenir en la economía. La independencia, prácticamente el mayor legado que nos dejara Fidel Castro, podría convertirse en un recurso invaluable si lo supiéramos utilizar.

Por supuesto, antes de pensar en cualquier desarrollo sería necesario el final del bloqueo. Cuba necesita resistir hasta que los norteamericanos se den por vencidos en su afán de destruir la revolución y se decidan a negociar con una Cuba socialista. Es decir, hasta que se resignen a tener en el patio a una Vietnam caribeña. Ya no falta mucho para eso.

En un contexto de no bloqueo, Cuba podría utilizar el bajo precio de su mano de obra y su cercanía a los Estados Unidos para llevar a cabo un despegue económico. Las manufacturas que hoy se instalan en China, podrían instalarse en el Mariel, en Santa Cruz del Norte, en Nuevitas. Pero, además, Cuba podría aprovechar el potencial creado por la revolución para convertirse en una potencia en el área de las altas tecnologías: biotecnología, electrónica, robótica y telecomunicaciones. El atraso en cuanto a infraestructura tecnológica podría usarse positivamente, instalando aquí directamente lo más avanzado y experimental que hay en el mundo, a gran escala.

Nada sería fácil, ni color de rosa; un contexto de crecimiento económico acelerado e intercambio comercial con Estados Unidos provocaría grandes presiones sociales, culturales y económicas. Con más razón Cuba debería seguir siendo socialista, comprometida con los valores nacionales y con la ayuda a los más débiles. También debería evitarse retornar a la dependencia con Estados Unidos, para lo cual puede servir una mayor diversidad de las fuentes de inversión. Además, está el problema demográfico, el envejecimiento poblacional. Sería muy deseable que, en ese contexto, los cubanos en el exterior comenzaran a retornar y trajeran consigo su dinero para invertirlo aquí.

Por supuesto, Cuba no dejaría de ser un país turístico, pero al menos dejaría de ser un país solo turístico, con todos los males que eso trae. Lo que sí se debería es extremar, en ese escenario, las medidas de protección del medio ambiente, que se encontraría en serio peligro.

Estas son solo algunas ideas, quizás demasiado optimistas, sobre cómo podría ser el futuro de Cuba. Me parece que se mueven por completo dentro del espíritu de los lineamientos del Partido. El tiempo dirá si nuestra nación está destinada a vencer, económicamente hablando, o no. Necesitamos esa victoria, por nuestros hijos y nuestros nietos.

Tomado de: La Luz Nocturna

La Patria también es humanidad

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Sin dudas Martí es el más universal de los políticos cubanos, como bien afirmara Fidel. El carácter internacionalista de la revolución que preparaba la hacía “para bien de América y del mundo”, pues intentaba fundar a tiempo unas Antillas libres y fuertes que pudieran detener el expansionismo norteamericano hacia el Sur. Con esto no solo se salvaría la independencia de la Madre América sino que se garantizaría el equilibrio del mundo al evitarse una conflagración entre las potencias mundiales en este entorno nuestro.

No obstante la visión cosmopolita de Martí ha hecho creer a algunos que se puede aplicar/utilizar/manipular su pensamiento con fines propagandísticos a partir de frases aisladas y esto lleva casi siempre a grandes equívocos como el que ocurre con el apotegma “Patria es humanidad”, el cual, por obra y gracia del corte y pega, se usa muchas veces para decir lo contrario de lo que el Apóstol expresó.

Sucedía que en el contexto de aguda lucha de ideas que se vivía en vísperas del estallido revolucionario del 24 de febrero, una de las armas favoritas de los colonialistas era contraponer la ideología mambisa con otras corrientes del pensamiento revolucionario de la época, como las anarquistas y socialistas, quienes encontraban obsoleto el desgastarse en guerras por la independencia de una nación cuando parecía que ya había llegado la hora de lanzarse a la revolución mundial para liberar a toda la humanidad oprimida, lucha que tendría como escenario principal a Europa y los Estados Unidos. Es a esta idea antinacional a la que Martí se contrapone cuando afirma:

Cada cual se ha de poner, en la obra del mundo, a lo que tiene más cerca, no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno, y más fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor, y más naturalmente, en aquello que conoce, y de dónde le viene inmediata pena o gusto: y ese repartimiento de la labor humana, y no más, es el verdadero e inexpugnable concepto de la patria. Levantando a la vez las partes todas, mejor, y al fin, quedará en alto todo: y no es manera de alzar el conjunto el negarse a ir alzando una de las partes. Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer;?y ni se ha de permitir que con el engaño del santo nombre se defienda a monarquías inútiles, religiones ventrudas o políticas descaradas y hambronas, ni porque a estos pecados se dé a menudo el nombre de patria, ha de negarse el hombre a cumplir su deber de humanidad, en la porción de ella que tiene más cerca. Esto es luz, y del sol no se sale. Patria es eso.[1]

He copiado aquí el párrafo in extenso para que pueda apreciarse el razonamiento del apóstol en su totalidad. Incluso algunos han tratado de mostrar la citada expresión aislada como el concepto de patria más acabado de Martí; como si este no se considerara un ciudadano de América y del mundo desde su temprana juventud dada sus reconocidas militancias masónica y bolivariana.

La prédica martiana pudo más que las doctrinas europeas y muchos anarquistas (Enrique Roig, acuerdos del Congreso Obrero de 1892) y socialistas (Carlos Baliño, Diego Tejera, Fermín Valdés) se incorporaron a la Guerra Necesaria entre los primeros, pues asumieron que de lo que se trata no es de diluir la patria en toda la humanidad, sino de comprender y asumir que lo que hagamos por el bien de la patria es una contribución al avance de toda la humanidad en la porción de ella donde nos ha tocado vivir.

[1] Sección “En Casa”, “La Revista Literaria Dominicense», Patria, 26 de enero de 1895. OC, T5, p.468.