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El talón de Aquiles

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Foto: Jon Berkeley

La diosa Tetis quiso hacer inmortal a su amado hijo Aquiles. Con cuidado tomó su pie por detrás del tobillo y lo introdujo en las aguas divinas. Pero allí, en el pequeño punto donde sus dedos agarraban el piececito, quedó una mínima zona de la piel que no se inundó de poder. De la mitología hemos conservado la referencia al talón de Aquiles para resaltar la parte más débil e inconsistente de una tesis, proceso o persona.

Nuestro Proyecto Constitucional tiene varios aspectos que deben ser revisados, atendidos y modificados. Muchas personas han ofrecido opiniones sobre esto y otras muchas lo harán aún en las redes y en el proceso de consulta popular. Sin embargo, existe un punto en el referido documento que se convierte en su principal debilidad. Es quizás de lo menos visible pues no se trata de una parte específica del articulado o la estructura y sí una cuestión conceptual que ronda el campo de lo filosófico y atraviesa el Proyecto en su totalidad: la actitud del Partido Comunista de Cuba ante un pretendido Estado Socialista de Derecho.

Ese último concepto (puede consultarlo en el Glosario final del documento) es definido como: “la concepción del Estado que refleja que su estructura y funcionamiento se rigen por el acatamiento a lo establecido en la Constitución de la República y en el resto de las disposiciones normativas que conforman el ordenamiento jurídico”. El preámbulo del Proyecto reafirma la novedad del concepto —que no existe en la Constitución vigente—, al explicar que el mismo fue incorporado “a fin de reforzar la institucionalidad y el imperio de la ley, dentro de ello la supremacía de la Constitución”.

En una primera lectura todo parece indicar que el acatamiento a la Constitución es una norma general y que su supremacía está garantizada. Nada más lejos de la verdad.  El propio documento entra en una contradicción fatal, su talón de Aquiles, cuando en el Capítulo 1, Artículo 5 expresa: “El Partido Comunis­ta de Cuba, único, martiano, fidelis­ta y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado (…)”.

No puede negarse que los creadores del Proyecto fueron consecuentes con su idea de la superioridad del Partido respecto a todo: Sociedad y Estado; tan es así que no existe un solo reglón de ningún artículo que manifieste que dicha institución está obligada a acatar la Constitución. Véanse si no los artículos 7, 8 y 9 que manifiestan el apremio de que todos los representantes del Estado: directivos, funcionarios y empleados se ajusten a lo que ella prescribe.  Insisto, siempre se habla del Estado, y en la referida definición de Estado de Derecho se dice que es la estructura y funcionamiento del Estado los que se rigen por el acatamiento a lo establecido en la Constitución de la República.

En el proyecto de Constitución no se especifica que además del Estado, el Partido también debe acatar lo establecido en la ley.

El imperio de la ley solo existirá en el caso de que todos los ciudadanos e instituciones tengan las mismas posibilidades de ser protegidos por las leyes y de ser castigados por ellas si no las cumplen. Al dejar entonces a una institución como el Partido fuera de esta posibilidad, creamos una especie de demiurgo político que escapa al imperio de la ley y se sitúa por encima de ella.

Es muy importante significar que la esfera de actuación del Partido no se puede reducir al campo de la ideología, pues esa organización —con ramificaciones a los niveles nacional, provincial y local—, también posee propiedades significativas (empresas propias, inmuebles, hoteles y casas de visita, puntos de abastecimiento de combustible, de producción de alimentos, etc.). Ostenta además una enorme cantidad de personas supeditadas directamente en calidad de funcionarios de alto, mediano y menor rango y su correspondiente personal de apoyo.

Al emplazarse por encima del Estado, el Partido, poseedor de todos esos bienes, no estaría obligado a recibir auditorías de la Contraloría General de la República, recién incorporada al texto constitucional aunque ya existente. Este ejemplo devela solo una de las enormes contradicciones en que la situación de superioridad del Partido coloca al Estado de Derecho Socialista.

Otro impacto negativo se manifestaría en la esfera axiológica. El aludido artículo 5 declara que el Partido trabaja, entre otras cosas por “desarrollar valo­res éticos, morales y cívicos” en los cubanos. ¿Qué valor cívico puede ser más importante que el respeto a la Constitución de la República? Empezar haciéndolo por casa sería una cuestión de principios, por ello, en lugar de ubicarse por encima de la Ley de leyes, y no permitir que ella le establezca pautas al Partido —como afirmara enfáticamente José Luis Toledo Santander, Presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos de la Asamblea Nacional del Poder Popular —, el PCC debería ser el primero de todos en subordinarse a los preceptos constitucionales.

(Puede interesarle: Video de Luis Toledo Santander sobre la relación entre el Partido y la Constitución. Fuente: OnCuba)

Se informó en la sesión plenaria de la Asamblea Nacional que un grupo de trece personas que estudió por varios años y redactó la primera versión del Proyecto de Constitución viajó a China y Vietnam para revisar experiencias jurídicas socialistas. Por lo visto no tuvieron en cuenta la relación de subordinación de los Partidos Comunistas de esos países a sus respectivas Constituciones.

Todos los intentos por mejorar, por dotar de fortaleza y vitalidad, de nuevos aires, a esta Constitución podrán fracasar. Así le ocurrió a Tetis, que vio morir a su hijo cuando dejó una pequeña zona del cuerpo de este sin protección. Blindemos de verdad nuestra Ley de leyes, hagamos de la definición de Estado de Derecho Socialista una realidad y no una entelequia. Pero para ello nadie podrá quedar fuera de su ámbito, mucho menos el Partido.

Salvar al socialismo, no al modelo

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Entre los mecanismos usados para blindar las constituciones están las llamadas cláusulas de intangibilidad que proscriben la posibilidad de que sea cambiada una parte del articulado o todo el texto de la Ley Fundamental. El actual proyecto cubano tiene dos que corresponden a los artículos 3 y 12. En ambos creo que la redacción debe mejorarse.

En el 12 porque decir que no se puede negociar bajo ninguna forma de coerción convierte en un acto inconstitucional el hacerlo con el gobierno de los EEUU sin que se elimine previamente el bloqueo; a no ser que alguien me demuestre que este no es una forma de coerción sobre el Estado y el pueblo de Cuba. Hallo que es suficiente y realista que se prohíba negociar con una potencia extranjera bajo la amenaza del uso de la fuerza.

Pero el que más me preocupa es el 3. Este trata de la defensa de la patria socialista y declara que traicionarla se paga con las más severas sanciones. A continuación dice: “El socialismo y el sistema político y social revolucionario, establecidos por esta Constitución, son irrevocables”. En esa oración hay que diferenciar dos elementos que no son idénticos.

El socialismo es un sistema económico, político y social diferente al capitalismo. No lo establece ninguna constitución, sino la revolución socialista hecha y defendida por el pueblo. Por tanto, lo que debía postularse en la Constitución como cláusula de intangibilidad es: “El socialismo, como sistema político y social revolucionario escogido por el pueblo de Cuba, es irrevocable”.

Cuando el artículo 3 distingue “El socialismo y el sistema político y social revolucionario, establecidos por esta Constitución” incurre en una redundancia o, en el peor de los casos, establece un principio que petrificaría el actual status quo. De nada valdría tratar de cambiar todo lo que deba ser cambiado si cualquier modificación, sustracción o adición a los elementos del sistema sería inconstitucional, pues es sabido que el cambio de cualquier elemento de un sistema cambia el todo.

Por demás, desde que se establecieron estas cláusulas a esta fecha se han realizado cambios económicos, políticos y sociales importantes no previstos, e incluso proscriptos, por la constitución aún vigente -creación de la Contraloría General de la República, extensión de la doble ciudadanía, aprobación de la explotación capitalista por sujetos internos y externos, reducción sustancial de los servicios de asistencia social, etc.- que no fueron cuestionados jamás como inconstitucionales.

En cambio, para lo que sí puede servir esta parte del enunciado del artículo 3 es para blindar el actual modelo de socialismo construido en Cuba e impedir cualquier modificación que conduzca a abrir las puertas a otros modelos de gestión económica, social y política socialistas que conduzcan a una sociedad menos burocratizada e inmovilizada y sí más dinámica, democrática y participativa.

Intentar hacer estas transformaciones es un deber patrio en la Cuba de hoy. Hacerlo en el marco de un estado de derecho socialista, al amparo de la nueva constitución, será tarea de todos los que aspiran a mejorar este modelo, en primer lugar, de los legisladores de la ANPP. Lo que hay que preservar es el socialismo como sistema, no el estatismo burocrático como modelo. Otro socialismo mejor es posible.

Nuevos y viejos «revolucionarios»

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La polémica entre lo nuevo y lo viejo ya está para mí agotada desde los tiempos en que Edipo mató a Layo sin saber que era su padre. Y el término “revolucionario” está tan traído y llevado, tan maltratado, edulcorado, tan de moda, que mejor no lo empleo en esta reflexión política, digo, poética. Para ser honesta, prefiero ser básica que aparentar inteligencia. Prefiero la simplicidad que el cinismo. Por eso voy a hablar de malos y buenos.

Los malos son aquellos que sólo pueden ver lo malo. Existen en este país otros malos que sólo pueden ver lo bueno. Y los buenos son aquellos que tienen la audacia, la inteligencia y la sensibilidad para poder ver lo bueno y lo malo de Cuba, del mundo, de la gente y de ellos mismos.

Pero la cosa se complica porque también están los “hamartones” como Edipo, que mató a Layo en un camino, sin saber que era su padre. La “hamartía” es un concepto griego que se refiere a un error inconsciente que comete el héroe en la tragedia clásica. En este caso el héroe perpetra un crimen, pero es medio inocente, porque no era totalmente consciente de su error. Edipo es un “hamartón” ya que su “hamartía” consiste en haber nacido. Si aplicamos este concepto a todos aquellos que no son ni malos ni buenos por conciencia, sino por ignorancia, tendríamos tres tipos de gente en Cuba: los buenos, los malos y los “hamartones” que representan la mayoría y su error inconsciente es haber nacido en esta Isla.

Los buenos, como ya vimos, son superiores, porque hablan, escriben y piensan sobre las cosas buenas y malas. Los malos que sólo hablan, escriben y piensan sobre las cosas malas no son ni mejores ni peores que los otros malos que sólo hablan, escriben y piensan sobre las cosas buenas. Cuando estos dos tipos de malos se enfrentan en una disputa, el ambiente se infesta terriblemente. La estupidez y el ego inundan el aire como la peste a Tebas. Lo peor del asunto es que los mayores perjudicados no son los buenos, sino los “hamartones”, o sea: millones de cubanos que no son conscientes. Esos son los héroes trágicos.

Los malos (los que sólo ven lo malo y los que sólo ven lo bueno) no deberían ser ni periodistas, ni intelectuales, ni filósofos, ni presidentes, ni ministros. A los malos hay que tumbarles el catao y cortarlos en el aire, hay que quitarles el micrófono y taparles la boca con las viejas trenzas con que se ahorcó Yocasta que se templó a Edipo sin saber que era su hijo.

Entonces… ¡Que vivan los buenos! Esos son los únicos que tienen el poder de cambiar las cosas, de salvar a los héroes trágicos, o sea: a los millones de cubanos que aún no saben distinguir. Seamos buenos… esa es, sin dudas, desde los tiempos del Ditirambo, la mejor opción.

La autonomía del municipio

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Uno de los aspectos más interesantes del nuevo proyecto de Constitución es el que tiene que ver con el papel que se le reconoce al municipio. En ese documento plantea la propuesta de que dicha entidad cuente con la autonomía necesaria para el cumplimiento de sus funciones:

 “ARTÍCULO 163. El municipio es la sociedad local, organizada por la ley, que constituye la unidad política pri­maria y fundamental de la organiza­ción nacional; goza de autonomía y personalidad jurídica, propias a todos los efectos legales, con una extensión territorial determinada por necesa­rias relaciones de vecindad, econó­micas y sociales de su población e in­tereses de la nación, con el propósito de lograr la satisfacción de las nece­sidades locales. Cuenta con ingresos propios y las asignaciones que recibe del Gobierno de la República, en fun­ción del progreso económico, el de­sarrollo social de su territorio y otros fines del Estado, bajo la dirección de una Asamblea del Poder Popular y su Consejo de la Administración.

Lo cierto es que el municipio puede llegar a ser el escenario más importante para el fortalecimiento de la democracia socialista cubana.

La transición al socialismo es un proceso complejo, que impacta sobre todas las superestructuras de una sociedad. Es inevitable que se deban crear nuevas instituciones que le permitan al pueblo organizarse y ejercer su nuevo poder. Muchas veces, como en el caso de los soviets tras la Revolución de Octubre, estas instituciones surgen como parte del proceso mismo de la ruptura con la sociedad anterior. Pero también es posible que una institución tradicional, como es el caso del municipio, se convierta en pilar del Poder Popular, sobre todo cuando dicha institución contó siempre con elementos que la convertían en un baluarte de la solidaridad comunitaria.

José Martí llegó a decir que el municipio fue lo mejor que dejó España en América después de la dominación colonial. Se trata de una institución que hunde sus raíces en la tradición política y jurídica de la antigüedad y el medioevo latinos. En la antigua Roma, el municipium era una comunidad que se gobernaba por sus propias leyes. Tiempo después, formó parte de la estructura de poder de la monarquía castellano-leonesa. Básicamente, se trata de una entidad política y administrativa, donde los principales elementos son el territorio, la población y un gobierno que suele ser un órgano colegiado llamado Alcaldía, Ayuntamiento o Consejo. En la mayoría de los Estados modernos en los que existen, suelen ser la entidad político-administrativa más pequeña.

El municipio posee además varias características que lo hacen óptimo para ser la base de un sistema radicalmente democrático. Por su tamaño mismo, este se encuentra más cerca de las verdaderas necesidades de los ciudadanos. La espacialidad del poder municipal cuenta con dimensiones más humanas, cuando se le compara con la de los estados nacionales. Por otra parte, el municipio latino posee una carga histórica de prácticas e imaginarios, en la que se conserva algo de la vieja sociabilidad medieval con sus conceptos de vecino y vecindad. Es el espacio por excelencia para el desarrollo orgánico de la comunidad.

En Cuba, el municipio ha sido una entidad significativa desde los tiempos de la colonia. Tuvo un importante desarrollo durante la república neocolonial y, más recientemente, a partir la Constitución de 1976, pasó a estar organizado en Asambleas Municipales del Poder Popular. Al crearse dichas asambleas, Cuba se puso en la tradición político-administrativa de los países socialistas, pues en el fondo adoptó una estructura equivalente a la de los soviets. Sin embargo, no se perdió la continuidad con lo mejor de nuestra herencia institucional.

El problema con nuestros municipios como escenarios del poder popular y de la democracia socialista es que, por un lado, se basan en el concepto de soviet que surgió de la Revolución de Octubre, pero que, por el otro, arrastran las mismas taras que los soviets territoriales de la Unión Soviética, en la época de Brézhnev. En el momento actual, tienen poca independencia con respecto al poder central, no existe en ellos cultura de transparencia y responsabilidad en la gestión pública, falta un sistema de información de las decisiones, etc. Muchas veces, las instituciones partidistas toman el papel de las del poder popular.

Existen algunos problemas crónicos que debilitan el papel del municipio

Aunque muchas veces los delegados y autoridades del gobierno municipal tienen buenas intenciones, no pueden avanzar con sus planes para resolver problemas de la población por la falta de recursos. La participación popular misma se ha visto debilitada porque la gente no quiere participar en un órgano que no tiene verdadero poder para resolver problemas. Por otra parte, muchas veces los municipios no engloban una comunidad que tiene una identidad unitaria, sino que agrupan varias comunidades o población dispersa. Incluso existen casos de arbitrariedades en la división político-administrativa, que rompen el verdadero tejido social de los territorios.

La decisión de reconocer la autonomía de los municipios, en caso de hacerse efectiva- lo que pasaría por su adecuada codificación en una Ley de Municipios-, podría ser uno de los pasos más importantes en el camino hacia el desarrollo de la democracia cubana.

Los órganos del Poder Popular cubano están llamados a una necesaria renovación en el sentido de fortalecimiento de la democracia. Es necesario que los criterios de los ciudadanos, cualesquiera que estos sean, tengan un peso y un poder real. Sin embargo, toda democracia necesita blindarse de tal modo que se proteja la estabilidad y la naturaleza del propio sistema político. El sistema socialista cubano debe y puede ser protegido mediante una correcta organización de las instituciones democráticas. ¿Qué mejor manera de alejar la posibilidad de que el socialismo sea derrocado que organizando una democracia de base, centrada en el nivel local? Cuando los ciudadanos pueden desarrollar su libertad política participando libremente en los problemas de su comunidad, que son en definitiva los que más les conciernen, entonces dejan de tener sentido todos los reclamos de pluripartidismo, introducción del neoliberalismo, o abandono del sistema socialista.

La verdadera alternativa al pluripartidismo es la democracia socialista de base, centrada en el nivel local. En Cuba eso fue claramente comprendido por Fidel y quienes conformaron la Constitución de 1976. No existe mejor ejercicio democrático que ese que se ejerce en el barrio, con las manos alzadas, sin partidos ni politiquería. Y nosotros tenemos el deber de aprovechar la tradición comunitaria que tenemos en materia de ejercicios de democracia directa.

El nuevo Proyecto de Constitución nos permite tener esperanzas de que los graves problemas del municipio sean enfrentados. Y es menester enfrentarlos, porque no habrá democracia completa si los poderes locales no cuentan con un presupuesto sólido. No habrá democracia completa si la rendición de cuentas sigue siendo un proceso formal y poco fiable. No habrá democracia completa si los gobiernos provinciales y el gobierno central siguen controlando completamente la vida de los municipios. Se necesitan cambios en las leyes y también mucha educación popular, porque de nada servirá que se le de herramientas de poder al pueblo si el pueblo no extiende la mano para tomarlas.

Queda mucho camino por recorrer, pero todavía el municipio puede llegar a ser el ágora de nuestro socialismo caribeño.

La metafísica del partido

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Muchos conocen aquella afición de los griegos de buscarle un principio al mundo. Apareció Tales diciendo que era el agua, Heráclito que el fuego, Anaxímenes con el aire. Incluso Empédocles, quien dijo que eran 4 elementos. Así continuaron muchos filósofos que intentaban atribuirle una sustancia al mundo. No hacían más que buscar una especie de ente que le antecediera y lo explicara. Sin embargo llegó Parménides, quien hizo de eso que todos buscaban, un principio metafísico.

Desde entonces fue una costumbre inventar sustancias raras e inmensamente abstractas como la mónada de Leibniz o el éter. No pudo escapar al pensar el hecho de tener algo, un elemento superior y trascendental, indivisible, incuestionable y que no había que demostrar. Después de todo, era  muy cómoda una verdad desde la cual se puede explicar el mundo.

Se han desarrollado sobre la base de esto muchos pensares metafísicos, que lejos de dar una explicación, establecen principios puros e inexplicables. Tales principios, hoy se manifiestan de muchas formas. Una de ellas, es en la cual se establece una regla de funcionamiento o del sentido de existencia de algo, sin más explicación o demostración, que llegan a convertirse incluso en “verdades universales” para el pensamiento que deben ser aceptadas.

Las izquierdas no han escapado de esto, y en ocasiones han combatido la fuerza dominante del capital y la explotación, con principios metafísicos que toman forma de consignas. Surge entonces “lo irreversible del socialismo”, “lo invencible” o “lo inmortal” de algo. Cosas que son así, pero no se sabe por qué. Esto se hizo extendido y reforzado por la tradición positivista burguesa que aún domina las mentes, y otra, por ese marxismo -positivista también- que se manualizó y que hizo muchos principios metafísicos.

Uno de ellos, y es de los que más daño nos causó y causa aún, es el asociado con el papel del partido en una sociedad. Según la definición, este es una “fuerza superior de la sociedad” que la guiará hacia el socialismo. Es decir, el partido es un ente con un contenido inherente, puro, y debe “ser guía”. Esto es, dicho así, un puro principio metafísico. Debemos asumirlo, saber y creerlo eterno sin más. Como si su nombre ya le atribuyera todo ese carácter de “salvador”. No importa la sociedad, el contexto, época, características de sus filas; su máxima dirección está conformada por buenos revolucionarios que nos guiarán por el buen camino y debemos creerlo.

Semejante condición ilimitada del poder del partido, ya provocó muchos estragos en la historia del socialismo real

Por su parte, la dialéctica, correlato vencedor de la metafísica plantea que nada es porque sí, sino que depende de un contexto, y sobre la base de entender este, se sabe el comportamiento y las fuerzas que describen el movimiento de algo.

Por lo que si se desea hacer cumplir la intención que se tiene con el partido, lo más propicio sería crear las condiciones para que esto ocurra. Entre ellas, puede ser armar los mecanismos para que sus filas las integren los más capaces para ejercer ese liderazgo. Por otro lado, ante su tan ilimitado poder, podría crearse una dinámica con respaldo constitucional que garantice detener cualquier exceso del uso de sus capacidades o que alguno de sus cuadros pueda sobrepasarse.

Tal vez así, el partido cumpla su misión histórica, porque se creen condiciones para ello, y no por un principio metafísico.

Ecos de los Centroamericanos en Barranquilla

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centroamericanos,barranquilla

No se puede separar el deporte de la política. No por gusto los gobiernos utilizan los grandes eventos, como olimpiadas o mundiales de fútbol, de vitrina para mostrar su país y economía al mundo. Incluso algunos aceleran los procesos de naturalización de atletas foráneos, como España por ejemplo, aun en contra de la opinión de sus propios atletas. Veamos ahora los ecos de los Centroamericanos en Barranquilla.

(¿Sabías que el mejor deportista chileno del 2017 fue un cubano?)

En medio de este contexto cada vez más competitivo, Cuba se mantiene como una potencia, aun cuando tenga varios retos por delante. Los recién concluidos juegos Centroamericanos en Barranquilla, dejaron en algunos un mal sabor, acostumbrados al primer lugar de antaño.

En Barranquilla participaron más de 100 entrenadores cubanos que están trabajando en otros países. México y República Dominicana llevaron a 20 cada uno y Colombia 13. Sólo 19 de estos entrenadores estaban contratados por el INDER y 15 habían abandonado delegaciones deportivas en otras competencias.

Cómo no estar satisfecho con la actuación en Barranquilla si con una delegación 100 % cubana y de los cuales el 66 % era primera vez que asistía a unos Centroamericanos, obtuvimos 102 medallas de oro, solo 30 menos que un país que tiene más de 120 millones de habitantes que Cuba y que ocupa el lugar 15 entre las mayores economías del mundo.

Obtuvimos 23 medallas más que Colombia que tiene cerca de 40 millones de habitantes más que Cuba, tercera economía de América Latina y sede de los Centroamericanos, evento además, que presentó varias pruebas en las que Cuba no compitió porque no están en el calendario panamericano u olímpico.

Si tomáramos en cuenta solo las pruebas incluidas en el calendario olímpico, Cuba hubiese obtenido el primer lugar

A pesar de las limitaciones económicas, Cuba se mantiene como una potencia deportiva y de la pirámide deportiva salen constantemente talentos de nivel mundial. Dos ejemplos:

El salto de 8.66 de Juan Miguel Echeverría es el más largo de la historia para un atleta con menos de 21 años, el anterior era nada menos de que de Carl Lewis y databa de 1981. El salto de 17,41 de Jordan Díaz en triple salto es la mejor marca sub 18 de la historia. El joven Pedro Pablo Pichardo ganó la Liga del Diamante en el triple salto, compitiendo por Portugal.

Los adversarios de la Revolución han utilizado el segundo lugar de Cuba como una supuesta muestra del descalabro de nuestro sistema económico y social. Lo curioso es que jamás asociaron las derrotas de países como México o Colombia ante Cuba con el fracaso del sistema capitalista.

Son otros los tiempos y hoy Cuba compite en un contexto internacional muy diferente al de hace años. El talento está, que es lo más importante, pero ¿está el gobierno cubano al tanto de que el deporte ha sido utilizado como arma política contra nuestro proyecto social? A veces parece que no. Hablaremos de eso en el futuro.

A oídos sordos… tolerancia cero

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Por estos días el debate sobre el proyecto de Constitución de la República de Cuba ha copado la atención de la opinión pública en la Isla. Ello no obedece a la casualidad; la sociedad cubana estaba ávida de atisbos que indicaran «algún cambio», a pesar que la ley de leyes no adquiera una efectiva repercusión hasta la adopción de un adecuado corpus legislativo.

Uno de los temas que más polémicos es el Artículo 68, donde se plantea:

El matrimonio es la unión voluntariamente concertada entre dos personas con aptitud legal para ello, a fin de hacer vida en común. Descansa en la igualdad absoluta de derechos y deberes de los cónyuges, los que están obligados al mantenimiento del hogar y a la formación integral de los hijos mediante el esfuerzo común, de modo que este resulte compatible con el desarrollo de sus actividades”. (pp. 12-13)

Comentarios sobre el matrimonio igualitario y su pertinencia o no para Cuba suelen ser escuchados o leídos a través de la TV, la red de redes o determinados corrillos. Detractores, críticos y simpatizantes han centrado su atención desde disímiles perspectivas; a saber:

  • Los que se han manifestado a favor de que se respeten los derechos de los homosexuales y se amparen desde el punto de vista jurídico, mediante el matrimonio.
  • Los posicionamientos divergentes en torno al tema.

Algunos manifiestan su desacuerdo pues aluden que en Cuba existen otros problemas más concretos y sustanciales; otros consideran que el matrimonio homosexual es antinatural, inmoral y desvirtúa los principios del cristianismo; existen casos que muestran su preocupación o lo consideran un insulto a la educación futura de los niños; y por último, una cuarta posición es reflexiva sobre la poca preparación cultural que tiene el pueblo cubano para aceptar dicha problemática.

diseño cubano
Foto: Clandestina

Si tenemos en cuenta el carácter patriarcal de la sociedad cubana, con sus rezagos machistas, no debe llamar nuestra atención semejante revuelo. Los avezados en la temática conocemos, lectores de La Joven Cuba, a qué obedecen los posicionamientos divergentes en torno al tema; no se trata de juzgarlos, sino de ayudar a deconstruirlos… para construirlos desde nuevas perspectivas.

No existen problemas más importantes, que para quienes sufren sus consecuencias; el homosexualismo no se contagia, obedece a una orientación sexual tan natural para el que la asume como para los heterosexuales; si fuera una regularidad que la orientación sexual de las parejas influyera en los infantes, ¿cómo se explican los niños homosexuales resultado de parejas heterosexuales?; y, por último, es cierto que todavía queda mucho por hacer, pero la sociedad cubana hoy tiene más preparación para la inclusión de este tema que hace 60 años atrás.

(Puede interesarle: Presagio de bodas)

A través de la historia, en las sociedades patriarcales la existencia de la homosexualidad ha sido considerada como pecaminosa o criminal; las normas sexuales fueron establecidas para hombres y mujeres a partir de un modelo hegemónico heterosexual, y aquellos que transgredían dichas normativas eran marginados por la familia, instituciones culturales y educativas, los medios de comunicación, la Iglesia, el Estado y la ciencia.

La Revolución Cubana comenzó a dar solución desde bien temprano a los derechos de las mujeres mediante proyectos orientados por la Federación de Mujeres Cubanas (FMC); empero, coincidimos con Mariela Castro-Espín cuando plantea que mientras avanzaban aquellas políticas las posiciones sexistas se resistían. En su opinión, el predominio de una cultura patriarcal y homofóbica, históricamente arraigada, legitimada y reproducida, influyó en la no aplicación de políticas dirigidas al respeto y aumento de la tolerancia por aquellas personas que transgredieran las estrictas normas de género y sexualidad.

Aquel contexto histórico era sumamente complejo y aunque nada justifica la presencia de lugares como la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), donde se enviaron a personas de «dudosa sexualidad»; es justo reconocer que, paulatinamente, se alzaron voces para deconstruir los patrones tradicionales de género y dirigir una educación sexual inclusiva.

Mediante la FMC, las Cátedras de la Mujer en las universidades del país, el Centro de Estudios de la Mujer, el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), la Red Iberoamericana de Masculinidades, entre otras. Varias personas han mostrado su interés por este tema, ante la importancia que revierte para Cuba.

Cambiar las mentes de las personas es una tarea harto difícil; a juzgar por el francés Fernand Braudel: «los encuadramientos mentales son prisiones de larga duración». Claro, esto no debe ser tomado como pretexto para justificar posicionamientos homofóbicos o comentarios fuera de contexto. Se trata de aprender a convivir con el otro y hacer más saludable la vida en sociedad; escuchar es la palabra de orden. oídos sordos… tolerancia cero.

¿Y el peso cubano?

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El hecho de que el 17 de este mes de septiembre se cumplan 104 años de la presentación de la propuesta de ley que instauraba el peso cubano como nuestra primera y única moneda nacional (MN) y que él no aparezca ni mencionado en la propuesta de constitución que estamos analizando me obliga a volver sobre el tema.

(Artículo relacionado: El peso cubano cumple 104 años)

Vale recordar que, apenas un mes después, en abril de 1915, se declaró como delito rechazar el peso y se advirtió oficialmente a las entidades que podían ser procesadas por no admitirlo como medio de pago. Su puesta en práctica concluyó en septiembre de ese mismo año, con el decreto presidencial que prohibía la circulación de la moneda extranjera en todo el territorio nacional.

Hace catorce años, cuando se tomó la decisión de sustituir el dólar, que circulaba libremente en el mercado cubano desde la aprobación de la dualidad monetaria en 1993, por un billete cubano que lo representara (BCC: Resolución 80, 2004) empezó a hablarse, de manera festinada, de la existencia de dos monedas cubanas.

Realmente el CUC nunca ha sido una MN, sino una representación del dólar al interior de las fronteras cubanas que debía sustituir, uno por uno, a los $ que entraran al país. En otras palabras, una ficha para el consumo interno que sustituyera al $ real –el cual quedaría a disposición del BCC, CADECA mediante- y que no tiene valor alguno como divisa internacional. Una especie de nueva dolarización a lo cubano.

El CUC nos permitiría blindarnos ante las maquinaciones a que nos exponíamos con el uso de la moneda imperial en transacciones internas y externas. Desde entonces, aunque no se penalizaría la tenencia de divisas foráneas, ni se prohibirían las cuentas de ahorro en esa moneda, sí se obligaría al cambio de las divisas para su uso en la circulación monetaria interna. Realmente, hoy ya nadie puede saber si los CUC que hay en la calle, y los que se siguen imprimiendo, representan realmente la cantidad correspondiente de dólares.

Aquella fue una respuesta política, soberana y soberbia, al incremento de las presiones estadounidenses, quienes habían multado exageradamente a un banco suizo que prestaba servicios a Cuba de cambio de los dólares en efectivo recaudados en la red de ventas en divisas. Adicionalmente, se desestimularía la entrada de remesas y otros flujos nominados en dólares estadounidenses, a favor de los euros y otras divisas, al imponerle al $ un gravamen del 10% para su cambio en CUC.

Con la extensión en el tiempo de esta anómala situación, vinieron los problemas archiconocidos que han creado un desbarajuste mayúsculo en la economía cubana y motivaron que, en el 2013, el Consejo de Ministros adoptara el acuerdo de comenzar a trabajar en el proceso de reunificación monetaria. Cinco años después estamos esperando aún el famoso Día 0, en que diríamos adiós al advenedizo CUC y volvería a reinar el legítimo soberano de la circulación mercantil cubana: el peso.

Más allá de disquisiciones monetarias, mi preocupación actual es que en el proyecto de Constitución que discutimos no aparece por ningún lado la reafirmación del peso cubano como nuestra MN. Por eso insisto en que debe haber un artículo que lo proclame a los cuatro vientos y que demuestre la intención real del gobierno de volvernos a la normalidad cambiaria y monetaria.

Yo no sé qué cálculos se hacen y para cuándo será el Día 0, pero dudo mucho que al país le vaya peor con una moneda única que con las dos, tres o cuatro que funcionan hoy, a lo que se suman las varias tasas de cambios diferentes entre CUC y CUP (1×1, 1×2, 1×10, 1×23, 1×24, 1×25) y la inevitable desconfianza internacional y nacional respecto a cualquier dato de la economía insular. Lo cierto es que nadie puede saber a ciencia cierta cuál es el valor real de lo que producimos e intercambiamos en medio de este huracán en que se ha convertido el cálculo de la actividad económica cubana por haber renunciado durante tanto tiempo a nuestro añejo y querido peso cubano.