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¿Capitalismo sin acumulación?

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Foto: Reuters

Aunque el proyecto de constitución reconoce la propiedad privada burguesa, obstaculiza su propia naturaleza. Si bien la definición que se hace de ella en el artículo 21 –“la que se ejerce sobre determinados medios de producción, de conformidad con lo establecido”- es tan ambigua que pudiera servir también para cualquier otra; es en el siguiente donde se le niega el pan y la sal: “El Estado regula que no exista concentración de la propiedad”.

El absurdo radica en que la propiedad capitalista solo se reproduce de manera ampliada mediante la llamada acumulación capitalista, proceso de conversión de una parte de la plusvalía en nuevo capital. Tal expansión perpetua es lo que permite el crecimiento incesante de las fuerzas productivas en ese régimen mientras que, al unísono, provoca la destrucción insaciable de la naturaleza y de gran parte de lo producido en pos de la obtención de mayores ganancias.

Fue este el as que llevó al triunfo del capitalismo ante otros modos de producción donde predominaba la reproducción simple o parcial, como el esclavista o el feudal. Creer que en Cuba podrá legalizarse un sector capitalista sin que pueda ampliarse incesantemente es como querer enseñarle a un tiburón que deje de nadar tras sus presas.

Lo peor es que este postulado constitucional no es un capricho de la comisión de los 33, sino un reflejo fiel de la política de contención que el gobierno aplica hacia todo el sector no estatal. Analicemos algunos hechos económicos de nuestro entorno actual y apreciaremos los desbarajustes a los que tal enfoque nos está conduciendo en campos y ciudades.

Los campesinos cubanos son todos propietarios de nivel alto o medio gracias a las leyes de reforma agraria y las entregas de tierras en usufructo. Como clase, están más cerca de los antiguos kulaks rusos que de los actuales sem terra brasileños. No obstante, su producción está subordinada a un plan que le impone el MINAGRI y a las veleidades del acopio estatal, verdadero agujero negro que destruye más de lo que lleva al consumidor final.

Las posibilidades de decidir sobre su producción por estudios de mercado, capitalizar sus ganancias en industrias transformadoras, comprar insumos en el exterior, o comercializar sus producciones en el mercado libre le están vedadas por una legislación agraria inapelable ante la justicia ordinaria.

Sus parientes del joven sector capitalista urbano están aún peor. Hasta parece un milagro conjunto de varias religiones cubanas que este sector pueda ser rentable. Sin mercado mayorista que lo abastezca ni créditos favorables, con mínimos encargos estatales y atenazados por incontables trabas, prohibiciones e insaciables inspectores, todavía se las arreglan para competir ventajosamente con sus homólogos estatales.

A siete años de su implementación nadie dice cuál es la magnitud total de las inversiones hechas en el sector, aunque se sabe que les ha entrado una buena cantidad de financiamiento a través de las remesas. A falta de informes oficiales, la mayoría de los cubanistas coinciden con la Economist Intelligence Unit de la CIA en que entre un 30 y un 50% del total de las remesas se emplea como capital. Estamos hablando de más de 500 millones de USD por año, cifra que supera con creces el monto total de inversiones declarado por el Estado.

Además de la recepción de inversión extranjera directa, también tiene otras ventajas sobre las empresas estatales,  entre ellas: la libre comercialización en la doble moneda, disponer de la mejor fuerza de trabajo y los nexos inconfesables con el mercado negro.

Si en todo este lapsus los negocios han sido rentables, me pregunto: ¿cuánta ganancia se ha acumulado en estos años?; si los dueños no la han podido invertir en Cuba por las limitaciones existentes ¿a dónde han ido a parar esos fondos de inversión?; ¿será que junto al monto principal y los dividendos de los remesistas/inversionistas ha estado fluyendo hacia el extranjero capital cubano?, ¿o será que se desvía hacia la economía sumergida?, esa que todos sabemos que existe a gran escala aunque no se hable de ella en público.

Mención aparte para el sector del capitalismo de Estado. Aquí rige el secreto más tremebundo. Ni las empresas del holding militar GAESA, las asociaciones de capital estatal-transnacional, las empresas cubanas en el exterior, o los negocios de capital extranjero 100%, rinden cuentas públicas de su gestión, del total de sus ganancias, ni del capital que reinvierten en la economía cubana. Pareciera que este sector no es parte de la economía nacional, sino una sección enajenada de la que los cubanos de a pie no tenemos derecho siquiera a disponer de información fidedigna.

Lo cierto es que el capital cubano, originado por el trabajo de nuestros proletarios y obtenido por nuestros pequeños y medianos capitalistas, tiene constreñida por ley el reproducirse de manera ampliada. Reconocerlo y autorizarlo para circunscribirlo a una reproducción simple, propia de una aldea feudal, no parece eficaz ni eficiente. De todas formas, él está ahí, perseverante y pujante, y hoy por hoy es la forma más expedita de burlar el bloqueo yanqui al ser el único receptor cubano de capital productivo proveniente de las entrañas mismas del imperio.

La pantalla grande y el mar embravecido

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pantalla grande

En los primeros días de diciembre La Habana acogerá en la pantalla grande la edición número 40 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Volverá a llenarse la calle 23 de amantes del séptimo arte, habrá cola en los cines y todos tendrán la oportunidad de disfrutar de una buena película. Realizadores de alrededor de cuarenta países podrán exhibir su obra. Esta fiesta, que se repite cada año, brinda también una oportunidad para reflexionar acerca de las luchas ideológicas que sacuden el mundo de la pantalla grande en Cuba, las cuales han tenido momentos de particular encono en los últimos tiempos.

Mi profesor de Introducción a las Ciencias Sociales, el ilustre profesor Oscar Loyola, dijo una vez en clase que si algún día se quería buscar material documental fidedigno sobre el período de la Revolución en el Poder se tendría que recurrir al cine cubano.

Esta afirmación tiene su base, desde mi punto de vista, en un hecho fundamental: que el cine, la pantalla grande, fue una de las pocas manifestaciones artísticas en Cuba que pudo conservar el impulso genuino de la revolución de 1959, sobreviviendo a los desmanes de la burocracia a partir de 1971. Para comprender esa capacidad de resistencia, no se puede olvidar el papel de Alfredo Guevara al frente del ICAIC, un hombre de irreductible integridad, fiel al mensaje libertario y creador de la Revolución Cubana.

Para los que crecimos con el período especial, el cine cubano fue siempre una sorprendente isla de tolerancia y libertad creativa. Una esperanzadora anomalía. Después, con el tiempo, uno se va enterando de que el ICAIC siempre tuvo enemigos, de que en 1991 hubo un intento de desmantelarlo, de que ha habido películas censuradas. Uno se entera de los prolongados reclamos del gremio de los cineastas, como el de promulgar una nueva ley de cine que sustituya a la Ley 169 de 1959, ya obsoleta en algunos aspectos.

En mayo de 2013, un grupo de reconocidos realizadores cubanos fundaron una especie de grupo de presión llamado G-20 (Grupo de los Veinte). Lo hicieron movidos por la preocupación de que, tras la desaparición física de Alfredo Guevara, algún tiburón de la burocracia viera llegada la hora de poner límites a la creación audiovisual. Además, enarbolaron la bandera de exigir una nueva ley de cine, que le brindara reconocimiento y seguridad a la producción independiente en la pantalla grande, que pusiera reglas claras en cuanto al financiamiento, la producción, la comercialización, la promoción, etc.

El G-20 mantuvo durante casi cinco años una meritoria actividad reivindicatoria. Se reunía con cierta frecuencia en el Centro Cultural Fresa y Chocolate. Entre sus miembros se contaban importantes personalidades del cine cubano, como Fernando Pérez, Rebeca Chávez, Magda González, Claudia Calviño y Arturo Arango.

Sin embargo, desde hace algunos meses el G-20 dejó de existir, en medio de la mayor discreción. Es difícil hablar sobre algo de lo que se tiene tan poca información, sin embargo, no parece que se haya debido a ninguna presión. La hipótesis más probable es que el G-20 haya obtenido los frutos de su permanente diálogo con las autoridades cubanas, acerca de la ley de cine.

Por otro lado, por aquellos mismos días, ocurrió un suceso que sacó a relucir los conflictos ideológicos que se ocultaban bajo la superficie. El ICAIC decidió suspender la exhibición de una de las películas de la 17 Muestra Joven del ICAIC llamada Quiero hacer una película, la cual fue incorporada al evento a última hora por los organizadores, y que contenía frases irrespetuosas hacia José Martí.

Luego, en la conferencia de prensa del 22 de marzo de 2018, convocada por el ICAIC para dar a conocer la programación de la 17 Muestra Joven, se dio un altercado entre los organizadores de la muestra y las autoridades del ICAIC. La prohibición puesta sobre la película se convirtió en tema de dominio público, y sirvió para un largo debate acerca de la censura y los límites de la libertad artística en la pantalla grande.

La cosa no paró ahí, y en mayo fue puesta en circulación vía Facebook una declaración titulada Palabras del Cardumen. Declaración de Jóvenes Cineastas CubanosSe trata de un texto complejo, en el que contrasta la justeza de algunas demandas, como la relacionada con la ley de cine, con el lenguaje un tanto abstracto y fútilmente oposicionista que utiliza. Cada cual debe leerlo para formarse su opinión.

Sin embargo, lo interesante es cómo el Cardumen pretendía ser una especie de movimiento, nacido en las redes sociales, que tomaba cada like como una adhesión. Por esa vía, el Cardumen llegó a contar con el apoyo de las más diversas personas, desde realizadores con inmenso prestigio hasta individuos más relacionados con el activismo político opositor que con el cine.

Cuando uno analiza el suceso en toda su extensión, llega a una interesante conclusión. Aquí estamos más allá del viejo conflicto entre burócratas de cortas luces y artistas imbuidos de espíritu crítico. Lo que se ve es que el abismo ideológico entre el mundo de los cuadros que ejecutan la política cultural y el mundo de algunos de nuestros jóvenes realizadores se ha ensanchado tanto, que es como si hablaran idiomas diferentes.

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Jóvenes cineastas cubanos. Foto: La Jiribilla

Yimit Ramírez (autor de la película), como un Heberto Padilla postmoderno, creyó que estaba siendo hiper-vanguardista con su largometraje, dejando caer una ofensa a José Martí, desde mi perspectiva, ridícula. Él y los organizadores de la muestra viven en una tal burbuja de postmodernismo y nihilismo, que subestiman lo que significa el respeto por los próceres de una nación. Por otro lado, los cuadros encargados de la política cultural se mueven en un entorno tan ideologizado que carecen de las herramientas mentales para entender a esos jóvenes. Y como no los entienden, los tachan de contrarrevolucionarios.

Es imposible no darse cuenta que una parte de los reclamos del Cardumen son legítimos. Para mí fue muy chocante ver que entre sus seguidores había personas de mi generación, que conocí en mi época de estudiante, que forman parte de la historia de mi vida. Sé que su rebeldía es auténtica.

Lo que pasa es que, desgraciadamente, se está dando un proceso en el cual la rebeldía natural que se produce en nuestra sociedad, que debería ser el alimento de la Revolución, su garantía de continuidad, está encontrando su salida por el camino de la postmodernidad y la revuelta abstracta. Al encontrarse frente al muro de una institucionalidad estancada, incapaz de renovar el brillo de los sueños revolucionarios, muchos jóvenes como los del Cardumen sencillamente se entregan al desarraigo postmoderno.

Afortunadamente, existen todavía jóvenes artistas que intentan conjugar la rebeldía con la defensa de los ideales fundacionales de la Revolución Cubana. La Asociación Hermanos Saíz, que recientemente celebró su tercer congreso, es una organización que ha logrado servir de tribuna para muchos de ellos y con un reflejo en la pantalla grande.

Esos jóvenes creadores, reunidos en sus asambleas, debatieron sobre los asuntos más espinosos de la cultura cubana, incluyendo lo relacionado con la ley de cine y con el decreto 349. La imagen que quedó, es la de que todavía existen personas capacitadas para devolverle a la cultura de raíces revolucionarias su brillo vanguardista, y que solo hace falta que se les apoye y se les permita trabajar.

Nuestro cine es, como todo aspecto de nuestra realidad, el escenario de una lucha ideológica. Sin embargo, la libertad creativa en la pantalla grande ha servido para sacar a la luz de un modo genuino lo más valioso de nuestra sociedad, tal y como ocurre con la profe Carmela en la película Conducta.

Solo por eso, vale la pena arriesgarse a que elementos de mentalidad postmoderna se infiltren dentro de nuestro arte. La ley de cine, que todavía no se ha promulgado, pero que según todas las señales se cuece en alguna parte, es como una gran perla que todavía no sale de la ostra. Hace falta que esa ley, cuando salga, si sale, sirva para cimentar esa libertad hija de la Revolución, y que se asienta sobre un mar embravecido.

Yo y mi circunstancia

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circunstancia

Quizá escriba pasado de tono en esta circunstancia. No lo voy a negar. Pero tengo un buen motivo para hacerlo. Se puede notar también cierto resentimiento, molestia e incomodidad en algunos textos. Quizás debiera moderarme, para mantener la imparcialidad falsa; esa que solo es una apariencia, una cierta diplomacia de quien transmite un mensaje. Tal estable proyección pocas veces la logro, pero tengo razones para ello.

Este es uno de esos momentos en que me cuestiono lo que escribo, no por su contenido, sino el ¿para qué sirven? No dejo de pensar en un artículo de Esteban Morales, y repetirme la pregunta ¿quién me lee? Por instantes tengo en cuenta la opción de que todo esto de escribir sea solo un juego, un ejercicio para insertarse en una endogamia de un grupo cerrado y parecer un tipo valiente que  burla la censura ?a la indiferencia de los medios oficiales, que es lo mismo-, y despierta  la verificación de los sensores.

Sé que los medios crean estados de opinión, pero los independientes, ¿a quién? ¿para qué?

Me planteo seriamente una reflexión sobre quiénes escriben en las redes, ¿qué escriben? Encuentro gente con comodidades, que vive fuera de Cuba, otros que viven aquí pero lo hacen con ciertas facilidades y en mejores lugares. Otros reciben dinero del exterior, algunos tienen negocios o familias que los sostienen para “darse a esa vida del pensar”. No dudo que haya quien pase su trabajo, y que dadas sus capacidades podría estar mucho mejor, pero no se les ve en tan grave situación. No digo que sea malo estar bien, sino solo identifico el público potencial, y a la vez, la cantera de los que escriben.

Tal vez por eso, veo la ausencia –o no el peso suficiente- de algunas cuestiones. Nos atragantamos en disputas ideológicas, políticas, administrativas, macroeconómicas, y eso es una señal de la matriz clasista de las redes. La historia del pensamiento, es la de los hombres que lo pensaron, por eso las preguntas de un pensador, dicen mucho sobre él. Entonces, veo cuáles son los problemas que ocupan la mente de los que escriben.

Noto la ausencia de temas como la situación con los materiales de construcción en La Habana, las condiciones de limpieza –por no hablar de la higiene- de algunos hospitales de la capital (dije limpieza, porque para tirar agua no se necesita levantar el bloqueo), el venidero desastre de los taxis, el hecho de que para hacer trámites de vivienda haya que pagar, los niños recogiendo basura en La Habana, la pobreza que asusta; cosas estas que nadie me contó, sino que he podido verlas, y están ahí, solo hay que acercarse.

A lo mejor estos son temas muy simples, conflictivos, muy vulgares para escribirlo y de poco monto intelectual. Puede ser también que quienes escriban no tengan que chocar con esos problemas, o si los vivieron ya los olvidaron, o pasan y miran para el otro lado. Lo que resalta es que esos fallos de nuestro sistema, son típicos blancos de ataque y fuente de artículos que nuestra desvergonzada disidencia aprovecha y expone. No sé si es que la disidencia se apropió de ellos, o que escribir de eso te convierte en disidente.

Hay intelectuales consagrados cuyo nombre les permite correr ciertos riesgos, tocar temas vedados, pero no pasa de ser un coqueteo con el poder

No sé  si es que se desconoce la triste realidad, o no conviene abordarla. ¿Cómo se reacciona correctamente ante ella, ante los que la desconocen, ante los que la ignoran?

Frente a desfavorables panoramas sociales, están los que prefieren creer que es pobre aquel que no ha trabajado y esforzado lo suficiente, pero no soy malthusiano y mucho menos neoliberal; ¡soy marxista!, por lo que sé, que todo ello es generado socialmente por nosotros ?aun con el bloqueo-, así que se puede cambiar. Comprendo el carácter clasista de la ciencia burguesa, que sirve para justificar los defectos de una sociedad, sin culpar a la clase dominante, mejor adaptada, dirigente.

Entonces, cuando se dice  que en Cuba los que no tienen nada -o ganan menos- es porque no trabajan, no me dejo engañar y recuerdo que he visto tantos que trabajan tanto, que lo han hecho toda su vida y tienen nada, y otros que trabajan nada y lo tienen todo.

No puedo ver eso y no pronunciarme, siento necesidad de decir. Acaso venir de una familia humilde, de obreros, campesinos, milicianos, alfabetizadores, sin más pena ni gloria, sin más reconocimiento que las medallas de destacados, me acerca más a los de abajo, a los intereses de nosotros, que a los de las castas. Algunos prefieren priorizar estos últimos, y en su bien, hacen callar a los de abajo.

Pero, ¿por qué no denunciar algo realmente injusto? El tiempo, espacio y lugar que se requieren para hacerlo no son estáticos, los espacios sociales se reconfiguran en cada época, y la nuestra exige hacerlo en las plataformas digitales, que son ese nuevo espacio que debe ser aprovechado.

Temo que se prefiera callar, antes que ser responsables y exponer todo cuanto esté mal; que se pondere a la vanguardia por encima de las masas.

A veces veo más solidaridad con los cubanos que vivieron en la época de Batista que con los que vivimos en esta; los cuales, pagamos con nuestro comprometido silencio -resultado de invocar al «disciplinado y obediente revolucionario» que llevamos dentro-, la supervivencia de una vanguardia que a menudo puede serlo solo formalmente, pero se afirma a sí misma como abanderada de la Revolución, es decir, como la única barrera a que aquellos nefastos tiempos vuelvan.

Yo sigo creyendo que debemos temblar de indignación cuando se comete una injusticia, sin importar quien la hizo. Por eso agradezco a quienes ejercen el valiente ejercicio de la crítica revolucionaria. La cual no es solo mirar la contracción y el bajo crecimiento económico -?esos son reflejos que hemos construido del problema-, sino el precio del plato de frijoles, que importa más.

Por lo que destaco la urgencia -y no se sienta aludido quien ya lo hace- desde espacios revolucionarios ?e incluso, algunos que no lo son tanto- de ir más profundo, de trascender esa historia de grandes hechos y acontecimientos y mostrar las pequeñas historias, esas que, quién sabe, no sean dignas de la academia y la intelectualidad, esas de las que la disidencia en parte se ha apropiado, pero que son la verdadera historia.

Mi cercanía a esas pequeñas historias que muestran la cara más dura del precio que se paga  por tener el país más simbólico del mundo, es la razón de cierto tono sombrío en mis líneas. Yo también soy yo y mi circunstancia; no puedo escapar de ella.

Si ofendes, me maltratas

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ofendes

Hace unas semanas participé en el Seminario de Violencia de Género en el Instituto Internacional de Periodismo “José Martí” en La Habana y allí pude comprobar las diferentes manifestaciones de violencia que todavía padecen muchas mujeres en Cuba. Tales fueron los casos de varios testimonios, recogidos en el libro Sobrevivientes, que no solo provienen de entornos rurales, marginales, familias disfuncionales y sin educación, como se suele enmarcar a nivel social.

La violencia de género es un fenómeno social mucho más complicado que no obedece a tipos de rostros, edades, estatus social, cultural y económico, ni espacios determinados. Mediante un complejo sistema de reglas, códigos, símbolos y representaciones, las visiones tradicionales en torno al género han estructurado las relaciones de poder entre hombres y mujeres, a través de la hegemonía masculina y la subordinación femenina.

Bien lo demuestra el francés Pierre Bourdieu cuando hace referencia a que el dominio masculino está suficientemente asegurado a través de discursos y costumbres que se expresan mediante refranes, proverbios, expresiones gráficas, rituales, y otras prácticas asociadas a la producción material y espiritual del ser humano. Todo ello ha generado una concepción ideológica que determina la violencia contra la mujer por razones de género.

Pudiera parecernos que estos problemas están anclados en el tiempo y muy alejados de la realidad contemporánea cubana, pues en la actualidad la reproducción de la violencia de género adquiere niveles de enraizamiento social casi imperceptibles, que dificultan su visibilización a nivel social.

A juzgar por las sutilezas que adquieren algunas formas en que se manifiesta, los mitos presentes en el imaginario social, y criterios patriarcales que consideran este y otros problemas de las mujeres como «invenciones de la teoría de género», la violencia contra la mujer se hace más visible tras expresiones físicas y sexuales, mientras la violencia psicológica y económica continúan siendo difíciles de percibir por la sociedad, a pesar de los daños que ocasionan a la autoestima de las mujeres agredidas y de que condicionan su dependencia con respecto al agresor.

En el caso de la violencia física, existen personas que deciden no inmiscuirse pues esgrimen aquel viejo refrán que preconiza: «entre marido y mujer nadie se debe meter»; sin embargo, la violencia contra la mujer no es un asunto privado, sino social, y como tal deben atacarse las causas que lo provocan. Ningún vínculo consanguíneo, matrimonial o de otra índole otorga el derecho a agredir o disponer de otra persona como si fuera un objeto.

Persiste la tendencia a considerar que si la mujer acepta los golpes y no deja al marido es porque le gusta; debemos reflexionar en torno a ello. La violencia pasa por varias fases y antes de manifestarse físicamente, las mujeres agredidas han entrado en un ciclo donde se vuelven frágiles, inseguras y dependientes de su agresor.

Este las aísla de su círculo de apoyo y ejerce su dominio psicológico, lo que las hace incapaces de romper el ciclo de la violencia por sí solas. Las mujeres violentadas no son culpables de sus situaciones, necesitan apoyo para generar estrategias de sobrevivencia que les permita fortalecer y emprender sus proyectos de vida.

No podemos obviar que la violencia de género tiene su origen en el patriarcado como sistema de dominación y este, como bien nos exponía una de las mayores especialistas sobre el tema en Cuba la Dra. C. Clotilde Proveyer, tiene carácter universal, histórico y su capacidad de adaptabilidad le permite transitar de una época a otra, ajustado a las nuevas condiciones económicas, culturales y sociales.

La organización patriarcal de la sociedad origina un grupo de problemas estructurales, que constituyen las raíces del asunto en cuestión; a saber: la construcción de identidades femeninas y masculinas en función de patrones sexistas, las diferencias entre hombres y mujeres en estatus y poder, y los patrones de género presentes en los procesos de socialización desde las formaciones tempranas de niños y niñas que determinan comportamientos y modos de actuación, los cuales asumen y reproducen a lo largo de sus vidas.

Cuando la familia, las instituciones educativas y culturales, la Iglesia, los medios de comunicación, la industria cultural, el derecho, la ciencia y el gobierno legitiman y transmiten estereotipos que perpetúan la dominación masculina y la subordinación femenina, se naturaliza la violencia de género; ello limita la capacidad de identificar sus patrones de comportamiento a nivel social y remarca los cimientos que la reproducen, de manera individual y colectiva.

Este es un problema social que atañe a todos; ergo, asumamos de forma responsable, consciente y proactiva la asunción de políticas para su prevención y solución, que conduzcan a una sociedad equitativa donde prime una cultura de paz basada en el respeto de la dignidad humana.

Los otros

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otros

¿Qué diríamos de un artista que no distinguiera más que los dos colores extremos en el espectro? Que es daltónico o medio ciego y que debe renunciar al pincel. ¿Qué decir de un político que no sería capaz de distinguir más que dos estados: «revolucionario» y «no revolucionario»? Que no es marxista, sino estalinista. L Trotsky

Algunos filmes deben ser vistos exclusivamente una vez. Son aquellos que demandan cierta actitud o respuesta del espectador que, una vez lograda, nunca volverá a repetirse. Uno de los más significativos en tal sentido es Los otros, de Alejandro Amenábar, historia de terror ambientada en una enorme mansión donde una madre y sus hijos se sienten obsesionados por presencias espectrales, extraños ruidos, y pesadillas recurrentes.

Sufrimos y tememos todo el tiempo por la amenazada familia, pero… casi en los minutos finales, nos percatamos de la magistral suplantación del director: ellos son en verdad los fantasmas, las almas en pena que aterran a los habitantes de la casa. El realizador transgrede los códigos establecidos por cientos de películas del género y materializa así uno de los engaños más célebres a quienes confiadamente esperábamos que la narración cinematográfica encauzara del modo habitual.

Un escamoteo semejante ocurre actualmente en medios digitales con los temas concernientes al análisis de la realidad cubana. Sitios como La Pupila Insomne y PostCuba, tildan, con simplicidad negligente, como enemigo de la revolución a cualquiera que explicite inconformidades con la marcha del proceso, la burocracia dirigente y la dirección y velocidad de las transformaciones en la Isla.

Como dijera el ex-funcionario del Departamento Ideológico, Jorge Gómez Barata: "Invocar a enemigos del pueblo: la fórmula de los demagogos"
Como dijera a CNN el ex-funcionario del Departamento Ideológico, Jorge Gómez Barata: «invocar a enemigos del pueblo es la fórmula de los demagogos»

Intelectuales comprometidos con el socialismo, prestigiosas figuras reconocidas dentro y fuera de Cuba por su obra y su actuación, son estandarizados con este concepto. No pudiendo demostrar que son amigos del imperio se intenta desacreditarlos presentándolos como enemigos de la revolución.

Una crisis no es tal hasta que los actores sociales toman conciencia de ella, y en esa misión el papel de la intelectualidad es fundamental; por esa razón se teme mucho a su influencia en la creación de estados de opinión, lo que se ha facilitado tras la ampliación del acceso a internet y como resultado de la convocatoria al debate del proyecto de Constitución.

Esta no es una táctica novedosa ni mucho menos. El término enemigo del pueblo se remonta a la época de la Revolución Francesa, pero algunos lo atribuyen erróneamente a Stalin por el abuso que hizo de él desde los años treinta del pasado siglo. Bajo esta acusación, era innecesario que los supuestos errores ideológicos de los implicados en una controversia se comprobasen, y eliminó la posibilidad de que se desarrollaran luchas ideológicas o de que alguien pudiese manifestar su punto de vista respecto a cualquier problema.

Ciertamente existe una gran diferencia entre la URSS del estalinismo y Cuba. Allí los discrepantes eran asesinados; aquí, durante mucho tiempo, fueron segregados de cualquier posibilidad de interacción pública, una especie de ostracismo que es impensable en tiempos de internet.

Parece que el término es muy maleable y puede ser usado por las personas y en los sistemas más diversos. Hace pocos días el presidente norteamericano Donald Trump acusó de “persona horrible” y “enemigo del pueblo” a un periodista de la CNN que insistía, durante una conferencia de prensa, en indagar sobre la incidencia de Rusia en las elecciones que le dieron el triunfo hace dos años.

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Donald J. Trump llama «enemigo del pueblo» a las fuerzas que lo obligan a rendir cuentas en su mandato

Descompongamos el concepto. La primera palabra: enemigo, tiene múltiples significados. Algunos son: opositor, adversario, rival, opuesto, antagonista, discrepante, disconforme, contrincante… En buena lid es indudable el hecho de que quienes argumentan sus opiniones en las redes siempre se oponen o discrepan o disienten… de un estado de cosas. Será necesario entonces precisar de quién, o de quiénes, se es enemigo.

En Cuba, el concepto revolución se ha asumido como equivalente al de modelo o gobierno. Grave error de oportunismo. Las revoluciones son procesos coyunturales que se caracterizan por su corta duración, implican la toma del poder y la creación de nuevos mecanismos de gobierno. El breve período de una revolución se identifica por la desarticulación de las estructuras económicas, sociales, políticas y culturales; muchas decisiones son espontáneas, carecen de tiempo para el análisis antes de la aplicación, y por ello pueden ser desorganizadas y experimentales; no puede haber, por tanto, una revolución que dure sesenta años.

Pero al identificar al gobierno, con sus aciertos y errores, como la revolución, lo que se pretende es evitar la crítica que puedan recibir de la ciudadanía. Lamentablemente, de este modo paralizan la posibilidad de retroalimentación entre el pueblo y una dirigencia cada vez más alejada de las necesidades, deseos y aspiraciones de cubanas y cubanos, sobre los que se erigen como íconos inmutables.

Igualar gobierno con revolución, no solo monopoliza el segundo sino que lo condena al destino del primero.

Acostumbrados a la pugna contra un enemigo histórico, los representantes de la ideología oficial no han sido capaces de reaccionar a la emergencia de un pensamiento crítico que, desde su propio terreno, reclama como propio un marxismo verdaderamente dialéctico, demanda un socialismo efectivamente participativo y percibe a la burocracia como un peligro más terrible que el bloqueo de EE.UU.

Es ostensible el furor que muestran los hasta hace poco únicos dueños del discurso de la nación. Perciben que su propio análisis, el que utilizaran siempre para examinar de manera crítica los problemas de otros países, también es útil para enjuiciar la realidad insular. A veces no distingo si tanta molestia es síntoma de prepotencia o de agotamiento, pues como bien aseveró Sun Tzu en El arte de la guerra, al referirse a los enviados de un jefe militar: “Si sus emisarios muestran irritación, significa que están cansados”.

El general y estratega chino también nos legó este principio: “Cansa a los enemigos manteniéndolos ocupados y no dejándoles respirar. Pero antes de lograrlo, tienes que realizar previamente tu propia labor. Esa labor consiste en desarrollar un ejército fuerte, un pueblo próspero, una sociedad armoniosa y una manera ordenada de vivir”.

Tienen mucho por hacer entonces, calculen bien el costo de la batalla ideológica que libran en dos frentes, pues en poco tiempo pudieran sorprender a los confiados espectadores que verán en ustedes el espectro de una ideología y en los otros a los reales habitantes de la mansión.

Mentalidad de Guerra Fría

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Foto: AP/Harold Valentine

Desde hace ya varios años, el General de Ejército Raúl Castro lanzó una consigna sobre la necesidad de cambiar la mentalidad. El tiempo pasó, y la mentalidad tomó los caminos que ella quiso; la consigna, por otra parte, ya no se oye tanto. Un grupo de expertos en economía, así como personas no tan expertas, llevan tiempo planteando la necesidad urgente de que haya un cambio en la mentalidad económica. Están impacientes con la falta de prisa. Sin embargo, se brinda menos atención a los problemas de la mentalidad política e ideológica en el proceso de actualización del socialismo cubano.

El pensamiento de izquierda en Cuba siempre fue diverso y ahora se está diversificando aún más. En ello ha influido la propia transformación de la sociedad cubana, así como el mayor acceso a la información. Sin embargo, no se puede dejar de reconocer que existe una amplia corriente de personas que entienden los problemas del socialismo y el capitalismo desde una óptica de Guerra Fría. Podría llamárseles, provisionalmente, los viejos comunistas. Muchos de ellos se formaron justamente durante los años de la Guerra Fría, o vivieron en la estela que esta dejó sobre Cuba. La presencia de ese grupo hace complejo el panorama para una renovación del socialismo, porque se trata de cubanos que mantienen la inercia de mecanismos retrógrados, creyendo, al mismo tiempo, que están asumiendo una posición revolucionaria.

Todavía nadie es capaz de calcular cuánto daño le causó al pensamiento revolucionario cubano la incorporación de nuestra isla al bloque liderado por la Unión Soviética. Pero el daño es real, y está ahí. De aquellos tiempos nos ha quedado una concepción del socialismo como estado de emergencia permanente, de preparación para el combate contra un enemigo que está por todas partes. Nos ha quedado un socialismo en el que la virtud más importante es la disciplina incondicional. El antimperialismo, ese principio básico de nuestra nacionalidad, ha sido deformado por algunos hasta entender el progreso revolucionario como una lucha entre bloques de países, en la que es lícito hacer toda clase de sacrificios, con tal de que un bloque venza al otro.

Comunistas de Guerra Fría que mantienen la inercia de mecanismos retrógrados, creyendo que asumen una posición revolucionaria

En la concepción del socialismo de Guerra Fría, todos los esfuerzos deben concentrarse en fortalecer el estado socialista, y la realización de las promesas democráticas y anti-estatistas han de ser postergadas hasta el día en que el imperialismo sea vencido a escala mundial. Los partidarios de esta visión del mundo terminan dándole prioridad a las cuestiones militares, aspirando a la creación de una especie de Nueva Esparta, en la que no habrá mucho tiempo para esa bobería de la libertad. Se trata de una ideología del aislamiento y del atrincheramiento.

Por supuesto, no se puede olvidar cual es una de las causas de esta manera de pensar: los feroces ataques que las fuerzas imperialistas han lanzado siempre contra las experiencias socialistas. Desgraciadamente, cuando una sociedad comienza el camino de la transición socialista, no puede evitar conservar sus garras. El problema está en no dejar que las garras se conviertan en el elemento más importante. En la Unión Soviética, como en otros lugares, los revolucionarios quedaron atrapados en la lógica del enfrentamiento, y por ese camino comenzaron a parecerse a sus enemigos, comenzaron a aplicar la misma racionalidad que ellos, y así se fosilizaron.

Desafortunadamente, los socialistas no siempre han sabido ser espiritualmente superiores a sus enemigos.

Lo peor de todo, es que se sacrifica la realización efectiva de una sociedad superior, no solo en derechos sociales, sino también en libertades y autonomía humana. Siempre se dice que aún no están creadas las condiciones. Resulta admirable la tenacidad con que algunos de estos viejos comunistas se esfuerzan en la defensa del estado socialista, tanto en Cuba como en otros lugares. Pero habría que preguntar: ¿Tanta defensa, de qué? ¿De una promesa cuyo cumplimiento no verá ninguno de los que estamos vivos?

Un grupo de intelectuales de izquierda, en Cuba, hemos comenzado a escribir sobre democracia socialista, autogestión, socialización de la propiedad, descentralización, etc. Pero cuando somos leídos por algunos de estos viejos comunistas se nos tilda de ingenuos, utópicos, o de pecar de intelectualismo. Se trata de una situación paradójica porque: ¿acaso toda esta lucha no se hace para llevar a cabo la realización de un gran sueño?

Cuando uno vive en un mundo ruin, puede llegar a aceptar la naturalidad de la ruindad. Por ese camino, puede llegar a despreciar la utopía. Son muchos de los viejos comunistas, que despachan tan rápido a los utópicos, los que deberían cuestionarse a sí mismos como comunistas. ¿No será que la capacidad de soñar se les ha atrofiado, hasta el punto de que sueñan con cosas mezquinas? ¿Con cosas como la victoria de un presidente de izquierda en la región, o con que Cuba encuentre petróleo en el Golfo? El socialismo es mucho más que regresar a la década del ochenta.

La lucha geopolítica es necesaria, la guerra cultural contrahegemónica también lo es. Pero para que la lucha sea victoriosa puede ayudar mucho el tener por qué luchar. Al mismo tiempo que se lucha en el frente exterior, se debe construir la sociedad socialista en el interior, se deben efectuar reformas audaces. Construir una sociedad superior para los cubanos vivos puede ser efectivo incluso de cara a la lucha internacional, pues no hay nada más poderoso que un ejemplo viviente. En lugar de vivir defendiéndonos del mundo, debemos arrojarnos sobre él, aprendiendo de él lo que podamos aprender, y ofreciéndole nuestro mensaje de solidaridad humana.

Véase que este escrito está hecho refiriéndose a los viejos comunistas, aquellos que no han podido superar la mentalidad de Guerra Fría. No se refiere a los oportunistas de toda laya, que rondan siempre las posiciones de privilegio. Aquellos hombres y mujeres, que muchas veces han sido de los que más se han sacrificado por el pueblo cubano y por la revolución, están equivocados. Pero su error es de la clase que no te hace odiar al errado, sino querer abrazarlo. Decirle fuerte al oído: Camarada, abre esa mente, que el mundo todavía está lleno de colores.

Constituyente vía Internet

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constituyente

Tal y como anuncié en entrevista con Sputnik cuando apenas se iniciaba el debate del anteproyecto de constitución, este fue amplio y profundo como pocos en la historia del período revolucionario. Donde el ciberespacio devino vehículo esencial para los intercambios.

El nuevo escenario comunicativo vino a ampliar y profundizar lo tratado en las asambleas de los centros de trabajo y los barrios. En ambas esferas de la realidad –física y digital–, las intervenciones de los trabajadores manuales e intelectuales, y del pueblo todo, mostraron cuánta creatividad, ganas de participar y responsabilidad política atesora la ciudadanía. También evidencian lo bien que afloran estas características a la primera oportunidad.

Como el marabú en tierras estatales ociosas, de la noche a la mañana brotaron los espacios digitales dedicados a la cuestión constitucional. Si bien no hubo un gran foro de debate, como soñé alguna vez, los principales representantes de la blogosfera cubana utilizaron sus propios foros y secciones para publicar numerosos posts que analizaron y repensaron el documento desde diferentes puntos de vista.

No menos importante han sido los textos aparecidos en las redes informales de intercambio de emails, donde muchos autores, entre los que se encuentran importantes intelectuales del patio, han vertido sus análisis de la propuesta. Incluso, son muchos los que socializaron digitalmente los escritos que presentaron en sus respectivas asambleas laborales o barriales, con el fin de hacerlos llegar a una audiencia más vasta.

A la versión original del anteproyecto se le han añadido, eliminado y transformado diferentes contenidos. Su estructura y redacción fueron enriquecidas con propuestas interesantes y enjundiosas. Quisiera pensar que, al final del proceso, los analistas de la comisión de los treinta llegarán a sopesar estas ideas aun cuando no subieran por el modelo correspondiente.

Falta por ver si este entusiasmo cívico, tan poco usual en nuestra cotidianidad, servirá de veras para enriquecer el proyecto y llenarlo del contenido democrático popular que el pueblo le ha impreso con fuerza en los debates, presenciales o virtuales. Trascendente será garantizar la transparencia informativa en el período que se avecina, cuando las opiniones del soberano pasen a ser codificadas, tabuladas, resumidas, reinterpretadas, debatidas y aprobadas por las comisiones ad hoc y los diputados/constituyentistas.

Como fruto sabroso de estos días queda la prueba fehaciente de los altos niveles de seriedad, convocatoria y responsabilidad ciudadana que ha alcanzado el ciberespacio cubano a modo de plaza pública donde debatir y analizar los temas más complejos y trascendentes de nuestra realidad nacional con responsabilidad y creatividad.

Lejos de ponernos a llorar sobre la leche derramada por no tener una verdadera asamblea constituyente –vieja demanda insatisfecha de muchos, entre los que me incluyo–, los cubanos y cubanas del 2018 usamos el limitado, lento y caro acceso a la Internet como alternativa viable para montar nuestra propia constituyente digital. Y más aún, hacerla extensiva a la mayor cantidad posible de compatriotas a través de los soportes guerrilleros que empleamos usualmente para conectarnos e interactuar en el contexto cubano: las memorias flash, los emails y los mensajes de texto.

Valga esta experiencia para demostrar lo importante que resulta, en la Cuba de hoy, disponer de una blogosfera rica y diversa, que sirva no solo de complemento a los espacios tradicionales de participación, sino de alternativa a los canales establecidos por la gobernabilidad burocrática para entorpecer, más que facilitar, el libre flujo de opiniones y la participación ciudadana.

¿La gallina o el huevo?

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Cuando escucho al secretario de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) decir que no se implementará una reforma salarial hasta que los obreros sean capaces de crear mayor cantidad de riqueza, recuerdo a Marx cuando alertó: “la manera cómo se presentan las cosas no es la manera como son; y si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría”.

Hace tres años escribí bastante al respecto, pero muy poco ha cambiado desde entonces.[1] La complejidad del problema amerita responder a dos preguntas:

  • ¿Cómo es que el Estado-comerciante considera justo subir los precios de bienes y servicios, antes subsidiados, para recuperar los costos y obtener elevadas ganancias donde antes obtenía pérdidas por gratuidades indebidas, mientras posterga indefinidamente el derecho de los trabajadores a cobrar un salario acorde al incremento del costo de la vida?
  • Si no se trabaja más y mejor porque el Estado-empleador no paga salarios estimulantes, y este dice que no lo hace porque se dispararían los precios de las mercancías en una creciente espiral inflacionaria, estamos entonces ante una aporía sin solución en los marcos socialistas, al estilo de: ¿quién fue primero: la gallina, o el huevo?

Esa justificación patronal –en Cuba, también sindical? para no subir los salarios es tan vieja como el capitalismo. Marx demostró en El Capital que es falsa. El patrón no le adelanta dinero al obrero para que produzca, sino que es el obrero el que vende a crédito su fuerza de trabajo para cobrar después que el capitalista haya vendido el producto y recuperado la parte correspondiente al salario.

En las condiciones de la transición socialista no es honesto referirse a la fuerza de trabajo de los trabajadores si no es para considerarla como una mercancía que se compra y se vende en el mercado de trabajo a partir de la Ley del Valor. Los criterios para determinar su precio (salario) deben ser: el costo de la canasta básica; la cantidad y calidad del trabajo que aporte cada uno al producto final y la demanda efectiva de ella en las diferentes ramas de la economía.

Tampoco puede concebirse al salario mínimo como equivalente solo al valor de la canasta básica, porque somos personas del siglo XXI, no bueyes. Marx hablaba del mínimo físico «regulado por una ley natural», pero añadía que el valor real de la fuerza de trabajo «no solo depende de las necesidades físicas, sino también de las necesidades sociales históricamente desarrolladas, que se convierten en una segunda naturaleza».[2]

En la práctica económica mundial existe consenso en cuanto a los requisitos del añorado salario justo: estar de acuerdo con la clase de trabajo que se realiza; ser suficiente para cubrir las necesidades fisiológicas y psicológicas de los trabajadores y sus familias (comida, ropa, vivienda, educación, ocio, etc.); estar unido al rendimiento en el trabajo; ser similar a los de otras empresas de la misma localidad para los mismos trabajos; y estar ligados al resultado económico de la empresa, así como participar de sus beneficios.

A tenor con ello, la política salarial también debe compensar los aumentos del  nivel de vida de manera equitativa, de tal forma que, en la misma medida que los costos van subiendo a lo largo del tiempo, también se eleven los salarios de los trabajadores.

Por lo general, estas acciones se basan en una subida de sueldo anual teniendo en cuenta el costo de la vida, a partir de la subida del índice de precios al consumidor. De modo tal, el trabajador no se sentirá desamparado al percibir que, haciendo el mismo trabajo, cada vez tiene acceso a menos bienes y servicios ya que todo es más caro.

No aceptar estas verdades elementales en la teoría y la praxis económica conllevó a que el salario se convirtiera en una caricatura y no cumpliera con su función elemental de estimulación. Esto potenció un rosario de calamidades económico-sociales, tales como: baja productividad e intensidad del trabajo; crecimiento de la pobreza absoluta y relativa;  hurto y malversación de los bienes estatales; doble moral; disminución de la tasa de natalidad por debajo del nivel de reproducción de la población; migración interna de profesionales altamente calificados hacia ocupaciones de menor complejidad en ramas con más posibilidades de realización económica, como el turismo y el TCP.

La desmotivación salarial actúa como una fuerza centrífuga que provoca la llamada emigración económica, verdadera diáspora de trabajadores cubanos, sobre todo jóvenes y técnicos de alto nivel, que se van a cualquier lugar del mundo ?haya o no Ley de Ajuste Cubano? en pos de salarios más justos.

La aplicación de una reforma salarial sería inútil sin el estímulo al mercado interno, que debería ser el escenario natural para la realización de las mercancías pero que hoy está tan vilipendiado que los empresarios piensan primero en exportar que en abastecer a su propio pueblo.

El Estado comerciante debe acabar de resolver el problema del abastecimiento al mercado interno, o dejar que otros lo hagan. Para ello tendría que gastar más en importar bienes de consumo y fomentar la producción nacional. Mas, lo primero sería aplicar precios acordes a la demanda efectiva, no a los caprichos de una absurda política comercial, más interesada en expoliar a los consumidores ocasionales que en vender grandes volúmenes de bienes y servicios que hagan crecer la economía.

[1]“Rousseau, Marx y Braudel en la actualización económica cubana” (Mención de Honor en el concurso de ensayos Temas 2015). Temas No. 87-88, julio-diciembre, pp.119-128.

[2]El Capital, t.3, cap. L.