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Los pobres y los intelectuales

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Vista de la favela de Turano en Río de Janeiro el 11 de marzo de 2014. Foto: Sergio Moraes / REUTERS

A raíz de la ascensión al poder de varios gobiernos de tendencia derechista en el continente americano, lógicamente que estudiosos y analistas se han dado a la tarea de averiguar las posibles causas de este fenómeno. Uno de los aspectos más enigmáticos y controvertidos es llegar a entender la razón por la que gente pobre vota a favor de sectores que, se supone, no favorecen a las personas más necesitadas.

El desconcierto ha llevado a nombrar a este tipo de personas como “pobre de derecha”. Particularmente el que esto escribe se niega a aceptar tan fácil concepto. Votó por alguien de derecha, pues de tal inclinación. En primer lugar me pregunto si los pobres tendrán, por la forma en que han vivido y las posibilidades que se le han dado, la posibilidad de discernir con diáfana profundidad que es ser de una u otra mano. La pobreza no es de izquierda ni de derecha sino de la parte dislocada y desesperada adonde la necesidad arrincona y esclaviza a las personas. Ya Carlos Marx establecía que la libertad es abandonar el reino de la necesidad. De donde se coligen que estos seres son prisioneros de sus penurias.

Si fuera tan simple la fórmula,  o sea, que los pobres actúan por simple inducción de los medios y el encanto con que los hechiza la vida de los ricos, pues solo habría que desarrollar una amplia campaña de divulgación que muestre lo contrario para contrarrestar esos presupuestos. Pero las campañas existen y los discursos de los candidatos de izquierda no dejan de advertir. Se pudiera objetar que no están en igualdad de proporciones, pero de todas formas hay campañas ideológicas de izquierda, incluso con medios de comunicación propios.

De manera que hay formas de llegar a una gran parte de la población para exponerles las contrariedades de ir por la derecha. Sumado a esto hay que decir que muchas de estas personas han votado por partidos de izquierda en ocasiones anteriores. Entonces, ¿qué sucede? ¿Cómo se produce el cambio? Ninguna respuesta es fácil cuando se trata de opciones que dependen de las aspiraciones y los intereses humanos. Los pobres no son más que víctimas de aquellos que manipulan y medran a costa de su indigencia y su incultura.

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Presidente colombiano Iván Duque saluda a sus partidarios. Foto: Carlos Eduardo Ramírez

Una respuesta tan pronta y fácil como la del “pobre de derecha”, podría llevarnos a reconocer que también hubo el “pobre de izquierda”. Nos referimos a esas masas obnubiladas por himnos y consignas que creyeron en las promesas del “socialismo real” que naufragó en Europa Oriental.

En el caso de esos pobres que, contra toda lógica, votan por gobiernos que, según lo conocido al menos, no los beneficiarán, puede ser que el cansancio y el desespero donde lo arrinconan la precariedad y la frustración los mueva a buscar una salida mediante una decisión quizás irracional pero que les deja un posibilidad abierta. La lógica los guía de la siguiente manera: si algo no funciona, se cambia. No importa hacia donde sea el cambio pero en el acto de variar en sí se abre una oportunidad de que algo se logre. Además de esa eventual esperanza, aplican un castigo a quienes no les han cumplido, lo cual les confiere un transitorio sentimiento de poder.

El fenómeno de la pobreza, por todo lo que engendra la precariedad material y espiritual en el ámbito de la proyección y el accionar humanos, es sumamente complejo y no puede entenderse desde una simplificación ideológica. La pobreza, el hecho de carecer de los medios necesarios para desarrollar una vida física y mental dignas, genera las condiciones para que florezcan la ignorancia, la falta de un pensamiento crítico consciente y un irracional entusiasmo de grupo que no pocas veces lleva a los sujetos por caminos errados. No hay nada más arduo en la educación de las personas que formar una mentalidad analítica, creativa, independientemente sensata que sepa hacia dónde va y cómo llegar hasta allí. Eso en un medio indigente es doblemente difícil.

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La batalla más importante del progresismo en el mundo es contra la pobreza. Foto: Corbyn Wrigh

Hacen falta políticas sensibles y humanamente concebidas que tengan como fin, no remediar en cierta medida la pobreza para alcanzar una base social más amplia, sino eliminar radicalmente la pobreza y ayudar a estos seres a diseñar sus propios proyectos de vida en permanente crecimiento de objetivos esenciales del ser. Obviamente, también se necesitan políticos persuadidos de esta política, que actúen por convicción y no por oportunismo, pues ellos son el rostro de la política y el espejo donde se avizora el mundo de oportunidades que se consiguen de seguir la senda propuesta.

Nada hace tanto daño a determinada política, por muy coherente y positiva que parezca en sus enunciados, que actitudes y prácticas de los políticos (como la corrupción y el engaño) que contradigan lo promulgado.

Hay que estar convencidos de que la erradicación de necesidades básicas puede eliminar en parte la pobreza, pero no tan fácilmente la mentalidad que esta ha modelado. Es por eso sumamente esencial el trabajo educativo y cultural constantes, debidamente concebidos. Por otra parte, la eliminación de la pobreza nunca puede entenderse como una meta de llegada, pues ello no implica la supresión de las crecientes y mutantes exigencias de los sujetos. La satisfacción de determinadas carencias engendra la aparición de otras necesidades y aspiraciones. El ser humano es inconforme por naturaleza.

Las plataformas políticas deben armonizarse con los momentos de evolución de las personas y sus anhelos progresivos

En definitiva, el objetivo de cada vida es poder desplegar la mayor cantidad posible de las potencialidades del ser. Es la dialéctica de la vida y por eso ya no vivimos en cuevas ni cazamos con garrotes. Toda estructura política que limite o retarde esa dinámica progresiva de anhelos y empeños, siempre será un lastre a barrer, independientemente de la tendencia que enarbole. Es importante que las personas con conocimiento y sensibilidad investiguen en la esencia del problema y no se queden en lo fenomenológico.

En ocasiones los intelectuales se proyectan como si habitasen otro mundo. Estos, por su formación y su ocupación poseen cierta información, determinadas herramientas que les permiten analizar asuntos de mayor intelección. Pero esto no quiere decir que vivan en otro nivel del mundo ni que sean personas superiores. Mayor intelección no implica directamente mayor calidad humana. Sobran los ejemplos en la historia del pensamiento. Sencillamente son individuos con un modo de pensar ilustrado que pueden usar con efecto público. Sin embargo hay que cuidarse de la arrogancia que suele acompañar a algunos intelectuales que, por pensar que poseen la verdad, creen que los demás son seres de segunda clase. Las actitudes arrogantes que hacen creer que uno es poseedor de la verdad y el otro está equivocado solo enquistan los odios y generan violencia.

El intelectual también tiene que cuidarse de creerse el portavoz del “pueblo”, de “los pobres”. Esto es otro tipo de fantasía ególatra. ¿Quién confiere esa función? ¿Quién le concede esa potestad? ¿Acaso ha consensuado con cada individuo del pueblo, de los pobres, para saber qué opinan y si le dispensan esa facultad? Él no puede ser más que portavoz de su propio pensamiento y, si acaso este lleva alguna verdad genuina, entonces aspirar a aportar una base teórica para que desde ahí, los otros puedan hacer sus propias construcciones intelectuales. Casi siempre los que se creen portavoces son aquellos amparados por algún tipo de poder por el cual hablan y escriben, usualmente, defendiendo esa suave sombra protectora y no precisamente a los pobres.

Siempre me ha parecido central el concepto de Octavio Paz de que el intelectual debe estar equidistante de todo poder para así no tener otros compromisos que los que su conciencia contrae con la verdad y la vida.

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La Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad cumple una importante función como organismo que articula a parte del pensamiento crítico latinoamericano.

El verdadero intelectual cumple su papel con humildad: comparte conocimientos y perspectivas sin imponer su visión. Es fundamental entender la aseveración del maestro Osho en tal sentido: “Cada vez que sientas que eres la excepción, hazte a la idea de que la mente te está engañando.” Además hay numerosos intelectuales que viven literalmente en la pobreza, pues no siempre la obra inteligente legítima y desinteresada se paga con generosidad. Quizás estos son los que mejor entienden la actitud, a veces desconcertante, de sus semejantes.

Es necesario estar alertas pues se empieza sintiendo repugnancia por ciertos actos y se termina sintiendo repugnancia hacia los actores, o sea, los propios seres humanos que mayormente son mártires de los contextos económicos y los rejuegos políticos. En definitiva, en términos humanos, nadie es superior a nadie y lo que se necesita para el logro de un estándar de vida más digno es la transacción, el diálogo, el consenso y la participación inteligente y activa a favor de todo cuanto sea genuinamente bienhechor.

Desafíos

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Ilustración: Garrett Evans / The Hill

Para estar convencida de que los gobernantes norteamericanos consideran a Cuba como cosa propia no necesito referirme a las medidas anunciadas por Donald Trump. Ni siquiera debo centrarme en los últimos sesenta años de tensiones. Repasar la historia de esta Isla desde el siglo XIX hasta hoy es suficiente para constatarlo.

Enorme error el del presidente Trump. Olvidar que los cubanos tienen como valor supremo —por encima de diferencias ideológicas y rumbos políticos— a la familia, ya le costó a los republicanos perder las elecciones en la Florida tras un endurecimiento similar de GW. Bush. Las amenazas del gobierno norteamericano, cuando incursionan en área tan sensible, han sido siempre contraproducentes.

Igual que pasa en Cuba, donde las generaciones jóvenes tienen menos compromisos con la política, entre la emigración de compatriotas residentes en aquel país no funciona el arcaico discurso clasista de los antiguos batistianos. La mayor parte de los que se van de aquí han dejado atrás personas queridas que forman parte de sus vidas y, aun cuando sus opiniones políticas disten mucho de identificarse con el sistema político insular, si el costo para destruirlo es matar de hambre a los suyos nunca lo admitirán.

Estas medidas muestran tanto cinismo y doble rasero que nadie debería apoyarlas.

Veamos: al gobierno venezolano se le presiona pues los EE.UU. declara su decisión de entregar ayuda humanitaria para los habitantes de ese país que sufren por la carencia de alimentos y medicinas; en el caso de Cuba se presiona para que esas carencias sean todavía mayores.

Ahora más que nunca será la fidelidad familiar de la emigración lo que pueda salvar a los cubanos. Una fidelidad que nuestro gobierno no ha sabido encauzar con inteligencia al seguir considerando como extranjeros a sus emigrantes, a los que exige condiciones leoninas en el pago de gestiones, pasaportes y documentos y al no tener en cuenta las solicitudes de flexibilidad que se han hecho constantemente al respecto.

El capricho de la burocracia política de seguir apostándolo todo al contexto exterior, sin transformaciones políticas internas y sin darle participación a los cubanos en las inversiones, apoyadas por remesas que no solo puedan generarse desde Estados Unidos pues hay otros focos de migración cubana, provoca que ante cualquier endurecimiento del bloqueo seamos frágiles.

Las medidas anunciadas para el 2 de mayo encuentran una situación económica ya precaria, pero también unas redes sociales listas a divulgar cualquier noticia que evidencie que no todos en Cuba estamos expuestos por igual a la pobreza, la falta de víveres y de medicinas.

Nuestro gobierno tendrá que hilar fino pues el discurso del sacrificio ya les queda pequeño.

Cuando las tensiones con el Norte se agudizan, el reclamo usual de nuestra dirigencia ha sido el de cerrar filas incondicionalmente. Esta es otra época, hay que generar cambios políticos; no porque Trump amenace ni mucho menos, sino porque los cubanos los necesitan y los solicitaron. Eso quedó claro en el proceso de consulta popular y serviría para contrarrestar con mayor comprometimiento este nuevo período, que de especial solo tiene el nombre.

La gastada convocatoria a defender conquistas desgastadas necesita rejuvenecer con nuevas conquistas. Ese será el mayor desafío y la mejor respuesta a las apetencias imperialistas.

El extremismo cubano

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Foto: NBC News

Heredero de la inquisición y el conservadurismo español, el extremismo criollo se consagra durante la Cuba revolucionaria. Cuando una parte de él migra a Estados Unidos, se convierte al fundamentalismo en Miami y se pone al servicio de la fragmentación de la nación cubana. El otro se queda en la isla, radicalizándose por los ataques externos y su propia voluntad.

El origen del primero está en los oligarcas y mafiosos que habían aupado a Fulgencio Batista. Los ricos eran conscientes de su clase y de que en revolución no podrían continuar su depredación. Sus acólitos -sirvientes, empleados y mantenidos-, en cambio, no tenían conciencia de clase pero les sobraba oportunismo, arribismo y deseos de triunfar a cualquier costo. Ambos tenían algo en común: un anticomunismo furibundo devenido anticastrismo.

Es harto conocida la historia de como Miami se convirtió en una gran ciudad, en parte, gracias al dinero robado o esquilmado por los batistianos a la Republica de Cuba. Además del trabajo duro de muchos emigrantes que, sin conciencia de clase, solazaron sus nostalgias con la certeza de que no vivirían las penurias que -según les habían enseñado y les confirmó el posterior fracaso del socialismo de Europa del Este-, el comunismo debía proporcionarles.

Mientras, en Cuba se educaba al supuesto hombre nuevo haciendo lo contrario a lo que sugería Carlos Marx. Renunciábamos al estudio de los filósofos clásicos y las fuentes originales -a pesar de la alerta al respecto realizada por el Che a Armando Hart en 1965- y los sustituíamos por traducciones soviéticas, demonizábamos lo diverso -desde Los Beattles hasta La Nueva Trova-, convertíamos el ideal martiano de la vinculación del niño con el trabajo en cercas alambradas, disciplina casi militar, escamoteo de la familia como garante de la educación, todo por una supuesta cohesión en torno al Estado.

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Soldado cubano junto a refugiados en el puerto de Mariel el 23 de abril de 1980. Foto: Jacque Langevin

El segundo gran éxodo voluntario hacia La Florida fue El Mariel”. Este demostró que no eran suficientes las campañas de alfabetización y escolarización, la Ley contra la Vagancia, las guaguas Hino con aire acondicionado, los trenes especiales, el helado Coppelia y las pizzerías. Tampoco ayudaron las Unidades de Apoyo a la Producción, la parametración cultural, educacional y científica, o los manuales soviéticos.  En Cuba persistían los daños sociales y prejuicios heredados del colonialismo y el capitalismo.

Así florecieron el oportunismo, la marginalización de determinados sectores proletarios, el racismo no institucionalizado y el machismo aderezados, que se sumaron a un nuevo prejuicio incorporado por el proceso revolucionario: la intolerancia ante cualquier tipo de diversidad ideopolítica y la señalización de un potencial enemigo en cualquier persona cuya individualidad ostentara autodeterminación entre la masa.

El Mariel se prestaba para “sanear” la sociedad cubana ante el estancamiento de la formación axiológica del “hombre nuevo”. Y a los emigrantes por causas filiales, económicas o políticas, se sumaron otros extraídos de contextos identificados como malsanos: lumpen, homosexuales, hippies, o cualquier sujeto que se considerara portador del “diversionismo ideológico”.

Los que no fueron declarados excluibles por Estados Unidos, mudaron su modo de vida a la floreciente Miami, y ya desde entonces comenzarían a ser usados como peones del odio más rancio del anticastrismo. Aquí habían quedado, junto con los revolucionarios complacientes o críticos silenciosos,  los tiradores de huevos, los comunistas convencidos, los milicianos, el futuro que necesariamente sería de hombres de ciencias.

La agudización de la escasez y la precariedad económica, desde la caída del socialismo de Europa del Este, agudizan el costo social que en términos axiológicos, en mi opinión, arrojan las políticas excluyentes, prohibitivas, parametradoras desde la ortodoxia soviética, que han perdurado a pesar de los cambios generacionales y geopolíticos. Como consecuencia del bloqueo imperialista y la mala administración interna, la retórica política ortodoxa cubana no puede ser sustentada por la producción material, de modo que el desarrollo de los recursos humanos no encuentra realización personal, y la psicología del asediado inmoviliza las fuerzas productivas.

Los anti-valores persistentes en la sociedad revolucionaria, y buena parte de esos revolucionarios inconformes hasta entonces silenciosos o crípticos, emergen en el contexto de la crisis económica de los noventa, como anticipo de la deformación axiológica estructural que ahora apreciamos: la prostitución, el cohecho y la tolerancia ante el robo sistemático a la propiedad estatal se valorizan lingüísticamente al sustituir las palabras prostituta por jinetera, ladrón por luchador, robar por resolver, tráfico de influencias por sociolismo.

Ninguno de esos comportamientos son propios del llamado “Período Especial”, como generalmente se trata de demostrar, se venían sedimentando en las consignas, las marchas del pueblo combatientes, el uso propagandístico de los medios de comunicación, las guerras internacionalistas, las prohibiciones de esto o aquello, la doble moral y todo lo que nos había parecido trascendente -como efectivamente lo era-, hasta que, no sin sorpresa, el “maleconazo” nos pone la mirada en una Cuba que jamás habíamos visto ni escuchado por televisión o radio, y la emigración ordenada o desordenada se convierte en un fenómeno sistémico y cotidiano.

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El Maleconazo ocurrió en la Habana el 5 de Agosto de 1994

Si bien hay una nación cubana rica en valores humanos: solidaria, profundamente altruista, talentosa artística y científicamente, emprendedora, honrada; coexiste con ésta su antítesis y, lo mismo que la primera ha viajado con la emigración, y encuentras en cualquier otra parte del mundo, por ejemplo, cubanos dispuestos a mandar toneladas de ayuda a los damnificados de un tornado, o exponer su propia vida en la lucha contra el ébola; esa antítesis también ha viajado, y se enquista en la ciudad desde la cual, paradójicamente, se emana más amor filial por Cuba: Miami.

En este mundo donde la tecnología y las redes sociales acercan las distancias comunicativas entre los cubanos de la isla y los emigrados, las manifestaciones de esos valores humanos, y esos antivalores, -o sea, sus valoraciones- son potencialmente manipulables en función de intereses diversos, que van desde el ultraderechismo facistoide y supremacista hasta el más puro estalinismo.

Pero en este texto nos ocupamos de los extremos confluyentes: el de la exclusión ortodoxa “izquierdosa” que ve un contrarrevolucionario en cualquiera que no integre el coro acrítico que aplaude  absolutamente todas las decisiones del PCC, por este lado, y el del odio visceral de parte de los “democratosos” a todo lo que, desde la isla o fuera de esta, contenga críticas constructivas para la Revolución, o la aceptación y defensa de sus logros.

Extremos confluyentes en los prejuicios y daños sociales arriba enunciados, heredados del colonialismo y el capitalismo, y potenciados por la ortodoxia ideopolítica de la isla, aquí, y por el enemigo doctrinal de la Revolución, la explotación capitalista y la nostalgia, desde Miami fundamentalmente.

Aunque con matices diferenciadores, la retórica de la exclusión y el odio en las redes sociales y la bloguería, parte de un mismo principio: cualquier mensaje marcado por la diversidad ideopolítica, viene del enemigo o, al menos sirve a sus intereses. De tal modo, vemos a «democratosos” etiquetar de “comunista” -que en Miami quiere decir “Peor Ser Humano Posible”-, a todo el que se atreva a reconocer públicamente el más mínimo afecto o reconocimiento por alguna arista de la Revolución. De igual forma, vamos a leer comentarios y textos de extremistas “izquierdosos” que le etiquetan la condición de “mercenario” a cualquier sujeto crítico del Gobierno o el Partido cubanos.

¿A quién le sirve la exclusión y el odio?

¿Le sirve a un Partido Comunista anquilosado que necesita más que nunca el reconocimiento de los cubanos y de la integración consciente del pueblo a su programa político? O será que le sirve a los herederos de los enemigos de clase de la Revolución y su carroña, con dineros y medios de sobra para manipular las carencias y frustraciones individuales de los actuales desclasados, que ni siquiera tienen conciencia de clase entre deslumbramientos, créditos y deudas.

¿A quiénes le sirve la descalificación de lo diverso, de la expresión honrada a contracorriente y el asesinato de la reputación de los sujetos que se resisten a adherirse a los extremos de exclusión y odio?

Yo tengo mis respuestas. ¿Y usted?

El plan para salir de la crisis

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Foto: YAMIL LAGE/AFP/Getty Images

Lamentablemente nos encontramos trabados en una especie de túnel, que no podemos estar seguros, si se ensancha o estrecha cada día más. Si nos guiamos por la “tecnocrática” tranquilidad con que se habla del Plan Económico del 2019, la esperanza parece ser la de la estrechez.

Pues no parece ser un plan que impacte duramente en los problemas que nos frenan. Se trata de un plan como el que se ha hecho otras veces. No es nada atrevido, ni riesgoso, con algo que empuje realmente hacia el crecimiento de la economía. Y por demás, de un conformismo que asusta. Nuestro Ministro de Economía, luce hasta contento, cuando dice que alcanzaremos el mismo PIB del 2018.Yo me pregunto, ¿es posible sentirse optimista, creciendo lo mismo de un año para otro, con tanto tiempo que hace ya, no crecemos?

Tomado de: Cuba y la economía

Un SOS para infantes cubanos

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Para los que crecimos como infantes disfrutando los muñequitos cubanos de Elpidio Valdés, Chuncha o Cecilín y Coti, resultan inverosímiles estos programas infantiles de la TV cubana que conducen a la banalidad. Ahora que no somos niños y vemos las cosas de otra manera; comenzamos a reflexionar sobre los productos infantiles que consumen niños y niñas en hogares cubanos, y los modos de actuar y pensar que formamos a través de su puesta en práctica.

¿Quiénes conforman en la TV cubana la programación dirigida a niños y niñas? ¿Los programas infantiles pasan por los sistemas de control a los que estamos acostumbrados en otras áreas? De ser así, entonces, ¿cuentan con la preparación adecuada los especialistas, técnicos y funcionarios que se dedican a esta tarea? ¿Se hace una labor consciente para analizar las consecuencias generadas en la formación de los infantes mediante la asunción de patrones alejados de la sociedad cubana que queremos construir.

Debe prestarse más atención a los diferentes códigos comunicacionales, símbolos y mensajes que se transmiten mediante los medios de comunicación a nivel internacional, el andamiaje de la industria cultural y las necesidades que se generan en la sociedad de consumo. A través de sus discursos, los medios de comunicación instauran ejes temáticos y matrices culturales que reproducen el poder hegemónico.

Cuba no está exenta de esta realidad; numerosos especialistas han analizado las implicaciones ideológicas de la guerra no convencional, los códigos culturales impuestos por el capitalismo global y las enormes sumas de dinero que se invierten en la industria cultural por las utilidades que ello genera.

En los marcos de la globalización neoliberal, infantes y jóvenes se convierten en la población más vulnerable del armazón cultural en la sociedad consumista. El consumo de mercancías no necesarias para la supervivencia contiene una re-significación simbólica; el acto de consumir se convierte en el hándicap que genera necesidades en espiral e influye en la construcción de identidades individuales y colectivas para la conformación del denominado homo consumens.

El nuevo status quo de la sociedad consumista se basa en la cultura depredadora e individualista del tener, que incentiva el consumo irracional y desmedido de productos superfluos, a expensas de los daños al medio ambiente o la humanidad en general. El consumismo ha sido conformado como una necesidad que aliena al homo consumens, lo convierte en un ser pasivo, sin deseos de participación real, y estructura brechas cada vez más crecientes en la producción de bienes y servicios entre ricos y pobres.

El colonialismo neoliberal del siglo XXI remarca diferencias culturales, ideopolíticas y socioeconómicas que obedecen a la vieja polémica entre centro versus periferia, desarrollo versus subdesarrollo y civilización versus barbarie. En los actuales intereses geopolíticos, la industria cultural se ha convertido en un instrumento indispensable para someter a las sociedades subdesarrolladas o en vías de desarrollo; de ahí, que la aplicación de políticas culturales dirigidas a infantes y jóvenes ocupe espacios fundamentales.

«Lo esencial es invisible a los ojos», frase paradigmática de El Principito que encierra un halo de sabiduría de ineludible importancia para nuestros niños y niñas. En cambio, invertimos tiempo en transmitir muñes y programas infantiles rodeados de violencia, impregnados de fútiles alabanzas al uso banal de las redes sociales, o donde se resaltan símbolos y códigos importantes de otras culturas, desaprovechándose el potencial que representan valores históricos, culturales y simbólicos de la cultura nacional cubana.

¿Y qué podemos decir de aquellos programas infantiles que remarcan patrones tradicionales de género? Muñes que cosifican a las mujeres como objetos de belleza, reducen sus proyectos de vida al matrimonio mediado por intereses económicos, las legitima como el sexo débil que el hombre debe proteger, y reproduce una realidad ficcionada de princesas y príncipes «buenos», «honestos» y «altruistas», sobre la base de patrones de belleza y estatus económico, como modelos ideales de comportamiento a alcanzar.

La comunidad científica ha demostrado la falsa neutralidad de la ciencia y la tecnología; el uso de las TICs constituye una oportunidad útil para Cuba, si se dirige a la construcción de saberes y valores educativos para la sociedad, donde jóvenes, niños y niñas deben ser priorizados.

Los medios de comunicación constituyen vías certeras para la reproducción de juicios de valor y sistemas normativos, pero debemos aprovechar su papel socializador en la construcción de subjetividades para generar productos culturales que fortalezcan la cultura e identidad nacional, a través del reconocimiento de lo autóctono, en detrimento de imponer lo foráneo como cultura dominante.

Para su logro, se deben alcanzar los niveles de conocimiento en los implicados; sólo así podremos acudir al llamado del S.O.S. para los infantes cubanos. 

¿Camino a un estado de derecho?

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La nueva constitución nos proclama como un estado -socialista- de derecho. Sin embargo la ausencia de un tribunal de garantías constitucionales, es una fuerte debilidad en cuanto a mecanismos institucionales que permitan su realización. Y podemos agregar otro factor: el reforzamiento de dinámicas políticas centradas en un líder.

En el funcionamiento de las sociedades, se puede apreciar, según algunos teóricos, la dicotomía liderazgo-instituciones. Estas, son las expresiones simbólicas de en dónde el todo social en su tendencia resultante tiene depositada la confianza en cuanto a su ordenamiento.  Así, ante la ausencia de una hegemonía cultural basada en el ordenamiento jurídico, político e institucional –el poder simbólico de las instituciones-, se abre paso a la figura de un líder -o conjunto de estos-, como objeto que va a ser esa encarnación y personificación simbólica de la sociedad –al conjunto de normas, principios, valores-  a la que se aspira -al menos como expresión de la que no se quiere-.

Un buen ejemplo para tales movimientos, es la propia Revolución Cubana. La huida de Batista y de una buena parte de las principales figuras de sus instituciones, además de la pérdida de confianza en estas por parte del pueblo, fueron claves para crear un vacío que tuvo como resultado el liderazgo indiscutible de Fidel.

Se aprecia luego de aquellos primeros años previos a la institucionalización, un largo periodo -que nos llega hasta hoy- donde ha coexistido la figura del líder, combinado con la creación de un esquema institucional, que en mi opinión, siempre fue más débil que este. Prueba de ello son las acciones del propio Fidel -en beneficio del país- para las cuales él mismo reconoció que tuvo que saltarse ciertos mecanismos institucionales.

Acompañando esto, siempre ha estado la conformación de una cultura, una conciencia cotidiana, politizada, que acompaña ese modelo y que puede notarse en la difusión de mensajes que han ponderado el culto al líder (y de un conjunto de estos, insisto) muy por encima del culto a la institucionalidad. O para ser más claro, la práctica semiótica del discurso político cubano –no solo en la oficialidad, sino en toda la sociedad- logró crear una simbiosis entre el líder y el esquema institucional, donde la primera se segunda, pero en realidad es solo una dependencia funcional de la relación de liderazgo.

Así, se ha visto, un mensaje que representa el ordenamiento institucional social – el socialismo- siempre asociado a las relaciones de liderazgo, donde ese vínculo termina por lograr en el sentido común del sujeto cotidiano, hacer sinónimo a lo primero de lo segundo, y viceversa.

Terminó siendo el socialismo, el significado del significante (la figura principal y líder de la Revolución). Luego, en la medida en que el socialismo se asociaba al líder, la sociedad  mantenía la producción cultural de liderazgo: tener una figura que representa el orden económico, político y social deseado –vigente-. Fenómeno este que se repetirá en la medida que líder sea mantenido a nivel discursivo a la par de las instituciones, como expresión tal orden social.

Así ocurrió el desarrollo de un esquema institucional, un culto a este (socialismo) que era también un culto a la relación de liderazgo en última instancia. La primacía de esta, donde ocurría que lo primero era solo una herramienta del segundo, y que en conjunto son un sistema armónico, condiciona que el debilitamiento de cualquiera de ambos afecte el devenir de dicho sistema simbólico líder-esquema institucional.

Por eso, la salida de las figuras más emblemáticas, aquellas que encabezan el extremo superior de la relación de liderazgo, y el ascenso de nuevos espacios independientes en diferentes esferas de la vida, a la par de cierta pérdida de eficiencia y credibilidad de algunas instituciones, hacen que la relación simbólica mencionada se vea debilitada. Pero una sociedad que se ha encaminado y conducido de una manera, y desconoce los nuevos actores y espacios, corre el riesgo de intentar repetir las mismas fórmulas acríticamente.

Así vemos hoy una prensa que pretende ponderar a la figura del líder, tomándolo en ocasiones como centro de la noticia y opacando el hecho del que fue partícipe. Incluso algunos han sospechado que se quiere establecer comparaciones con un joven Fidel Castro.

No corresponde a estas líneas evaluar el impacto de tal actividad de los medios estatales. Lo cierto es que mientras sea así, poco se hace. El hecho de que los  medios oficiales continúen presentando al líder como mejor sinónimo de la construcción social en el socialismo, no contribuye a una cultura de que sean las instituciones la fuente simbólica del orden social.

El culto al imperio de la ley –socialista en nuestro caso-, de sus instituciones, es todavía la asignatura pendiente mientras a su lado se ponga a un dirigente, por lo que estamos muy lejos de la conformación de una cultura cotidiana para ese estado de derecho. La ausencia de sus instituciones, son solo el resultado de la ausencia de esa conciencia. Es en la sociedad civil donde se producen las relaciones de poder, de hegemonía, y así lo reflejan los órganos del Estado. Por eso, la principal batalla por un estado de derecho, estaría no en la lucha por un tribunal, sino en la conformación de una conciencia-necesidad en la sociedad civil, que se refleje en la estructura política, y en sus instituciones.

La maldita culpa

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Pueblo rinde homenaje a Fidel Castro en la Plaza de la Revolución, Habana 2016. Foto: Tomas Munita / NYT

Contiene la paradójica dualidad de ser valorado como el protagonista de la historia, el “verdadero jefe de las revoluciones” y, al mismo tiempo, el culpable de los errores que llevan a la decadencia de las mismas. El pueblo es un concepto impreciso pues define a un conjunto de clases, sectores y grupos sociales. Aquel por quien todos hablan. El que toma el poder en nombre de las revoluciones burguesas y de las socialistas, y que luego, aunque por motivos diferentes, ve limitada su participación en la toma real de decisiones.

En épocas de crisis existe la tendencia a juzgarlo por insuficiencias y faltas de las que rara vez es responsable. En medio de la inestabilidad política republicana de 1917, Enrique José Varona, político y filósofo cubano, concebía a la “masa social” como inerte, y recomendaba “gravitar sobre ella con todas las fuerzas posibles para ir poco a poco venciendo su poderosa resistencia”. Sin embargo, no era optimista: “No hay que forjarse ilusiones. El pueblo, en toda su generalidad, es, ha sido y será siempre reaccionario”.[1]

Algunos intelectuales de la generación del veinticinco manejaron ese criterio. Juan Marinello, en carta a José Antonio Ramos de 1925, confiesa: “Yo soy un decepcionado a priori; es decir, que nada me extraña de mi pueblo porque siempre espero lo peor”.[2]

Esa perspectiva variará tras la revolución del treinta, el mismo Marinello es un ejemplo de cambio. La participación popular en la lucha contra la dictadura de Machado primero y de Batista después, contribuyó a eliminar, o al menos mitigar, la opinión peyorativa sobre el pueblo de algunos políticos e intelectuales. El socialismo reivindicó un enfoque trascendental y heroico del pueblo al declararse una revolución nacida de sus entrañas.

La comunión pareció absoluta hasta que la profunda crisis de los noventa hizo brotar el viejo expediente de culpabilidad.

En octubre de 2009, el periodista Lázaro Barredo publicó el artículo “Él es paternalista, tú eres paternalista, yo soy paternalista…”,[3] que suscitó merecidas réplicas. Allí se quejaba de que “La Revolución fue desde sus inicios un torrente de justicia, que no siempre ha sido correspondido”, y adjudicaba a la sociedad cubana una serie de “vicios o costumbres” que impedían “que nuestro proyecto socialista salga adelante”, uno de ellos era:

El síndrome del pichón: andamos con la boca abierta porque buena parte de los mecanismos que hemos diseñado están concebidos para que nos lo den todo. Usted no va a la bodega a comprar, va a que le den lo que le toca; usted no repara su casa o su apartamento en el edificio, porque además de que no tiene cómo adquirir los materiales, las cosas están concebidas para que le den las facilidades de esa reparación y así es en la mayoría de los asuntos de nuestra vida cotidiana.

En el 2012, poco antes de morir, el cineasta Alfredo Guevara, por muchos años director del ICAIC, sostuvo un par de entrevistas con Abel Sierra Madero y Nora Gámez Torres. En ellas manifestó:

[…] soy portador de una visión casi mística de mi país y de mi pueblo, pueblo en el que no creo, no creo que mi pueblo valga la pena. Creo en sus potencialidades pero no en su calidad. A nosotros siempre nos han querido meter en el molde de la Unión Soviética. Conversando con un intelectual francés sobre las particularidades de Cuba en una ocasión, yo lo quería convencer de que éramos muy diferentes y ese día lo convencí, porque le dije: «Sal a la calle. ¿Tú crees que con esos culos y con esas licras alguien puede entender Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana? ¿Tú crees que es posible eso?» Acto seguido se rió y me entendió. Hay que tomar en cuenta el trópico, dios mío. En el trópico no se pueden aplicar ni siquiera las fórmulas más puras de Carlos Marx.

En julio de 2013, el anterior Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, dedicó casi la mitad de su intervención ante el parlamento a mostrar que “se ha abusado de la nobleza de la Revolución, de no acudir al uso de la fuerza de la ley, por justificado que fuera” y, en consecuencia, se lamentaba de que: “Hemos percibido con dolor, a lo largo de los más de 20 años de período especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás”.[4]

En honor a la verdad, tales enjuiciamientos se moderaron durante un largo período en las declaraciones de los líderes políticos; aun cuando en sus constantes apelaciones y consignas se transmite la impresión de que es el pueblo quien no logra realizar las acciones cuasi épicas que parece demandar de él la dirigencia.

Las demandas gubernamentales son: cambiar de mentalidad, rescatar valores, ahorrar, ser eficiente y productivo, combatir ilegalidades.

La etapa de consulta popular para aprobar la nueva Constitución pareció ser de luna de miel en las declaraciones de nuestros dirigentes acerca del pueblo: todos éramos Cuba. Pero… en cuanto la crisis evidenció, como ha hecho en los últimos días, que viene con fuerzas renovadas, aparecen los punteros dirigidos no ya hacia el pueblo, sino a la población, que es la manera peyorativa que tiene la burocracia de referirse al pueblo, como explicara con mucha razón Mario Valdés en un post publicado en este mismo blog.

Precisamente acabo de ver en la televisión una reunión donde se dirimían asuntos relacionados con el Ministerio de Energía y Minas, en la cual Ramiro Valdés dedicó varios minutos a valorar el tema de la pérdida de valores entre la población como un factor de gran importancia en las ilegalidades.

Fue duro escuchar que “mientras haya quien compre un bistec robado habrá desvío de recursos” y “que es la demanda de la gente la que crea las ilegalidades”. Parece que no quieren ver qué hay detrás de las ilegalidades ni entender por qué personas que siempre fueron honestas tienen que comprar un bistec robado como único modo de alimentar a sus hijos, o a sus padres.

Si las nuevas dificultades de los próximos meses van a ser encaradas así, culpando al pueblo y no haciendo enjuiciamientos profundos y autocríticos, eso puede acarrear consecuencias costosas en la credibilidad del gobierno. No intento establecer una antítesis entre pueblo y dirigencia, pero considero que en las condiciones de la Cuba actual, es en manos de esta y no de aquel -que solo es consultado-, donde existen las posibilidades de transformación que requerimos para que “la culpa, la maldita culpa”, ya no sea de nadie.

[1]Revista de los Estudiantes de Derecho, febrero de 1917, p. 1.

[2]Ana Suárez Díaz: “Cada tiempo trae una faena…” (Selección de correspondencia de Juan Marinello Vidaurreta 1923-1940), Editorial José Martí, La Habana, 2004,p. 57.

[3]Granma, viernes 9 de octubre de 2009.

[4]Intervención de Raúl Castro en la Primera Sesión Ordinaria de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el 7 de julio de 2013. (Versiones Taquigráficas-Consejo de Estado).

Los hijos de los dirigentes

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Foto: Margot Castañeda

Últimamente se ha hecho habitual que uno se encuentre en las redes sociales con revelaciones sobre la vida privada de altos dirigentes cubanos y su familia. Este es un asunto delicado. La maquinaria propagandística de la guerra cultural contra el socialismo cubano ha identificado como uno de sus objetivos cuestionar la integridad ética de los dirigentes, presentándolos a ellos y sus familias como corruptos que viven una vida de lujos a espaldas del pueblo.

Uno puede encontrarse con fotos y artículos, en los que se muestra cómo algún descendiente de un líder revolucionario viaja en yate, o se saca fotos en París, o desayuna en alguna cafetería de lujo de las mejores de La Habana, o posa junto a una bandera norteamericana. En las conversaciones de la calle, se habla de que si tal familiar de un dirigente es dueño de tal o más cual bar, o se pasa todo el tiempo viajando, o cualquier cosa por el estilo.

De manera habitual, estos chismes son imposibles de verificar. Sin embargo, el mensaje se queda en las mentes, ya que no existe una versión oficial con la que puedan ser contrastados. El acostumbrado silencio que rodea la vida privada de los dirigentes, que tan efectivo fue en otra época, hoy juega en su contra.

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El nieto de Fidel, Tony Castro, comparte sus fotos en redes sociales. Fotos: Instagram

No me interesa caer en la denuncia de ningún caso concreto, máxime cuando la información al respecto se pierde en las brumas de lo inalcanzable. Me interesa más profundizar en el fenómeno social que es claramente perceptible. En Cuba, como en otras sociedades fuertemente burocratizadas, tienden a surgir privilegios familiares de diferentes tipos, no solo en los niveles más altos, sino también en los niveles medios de la burocracia. Lo cual no quiere decir que no existan también funcionarios muy honrados y sacrificados, ajenos a la corrupción: ellos son las excepciones que confirman la regla.

El alto nivel de vida de muchos hijos de dirigentes se puede explicar por diferentes motivos, desde razones legítimas asociadas a vínculos familiares con el extranjero y sus propias carreras profesionales, hasta la simple corrupción, elemento que no se puede descartar en un país donde la propia Contraloría General valora en millones los daños económicos asociados al descontrol. En el medio, existe una multitud de formas sutiles en las que la posición de un dirigente puede facilitar mejores oportunidades de ascenso social a su familia.

Existen varios elementos que, en el caso específico de Cuba, ayudan a entender el fenómeno. No pretendo justificar a nadie, solo quiero ayudar a entender.

Un factor que influye es que los salarios nominales de los dirigentes suelen ser muy bajos. Eso implica que, para poder tener una vida medianamente cómoda que les permita cumplir con sus funciones, esos dirigentes reciban un grupo de “facilidades” como pueden ser un carro, dieta, celular petrolero, Internet, etc. La cosa se complica porque, además de las “facilidades”, en esos ambientes se acostumbra a hacer “favores”, que son oportunamente compensados. Casi sin notarlo, los dirigentes pueden caer en una forma sutil de tráfico de influencias.

Otro elemento a tener en cuenta, es que muchas veces los hijos y familiares se aprovechan de la posición que ocupa su pariente. Puede verse muy a menudo el caso de dirigentes que son personas austeras como individuos, pero que no saben lidiar con las aspiraciones materiales de sus hijos.

Con demasiada frecuencia suele verse el caso, extraño y lamentable en sí mismo, de líderes revolucionarios que no han logrado transmitir a sus hijos sus ideas. Esta paradoja, que se repite en tantos hogares cubanos, es uno de los mayores obstáculos para que haya una continuidad de la Revolución y del Socialismo.

Un factor que no puede olvidarse es el contexto socio-clasista. En la actualidad, en Cuba, existen grupos de personas que tienen un elevado nivel de consumo. De una u otra forma, honesta o no, han logrado que los viajes, las fotos en París, etc., sean parte de su vida cotidiana. Esto influye, porque poco a poco va surgiendo una especie de “farándula” a la que todos quieren pertenecer. Los hijos de los dirigentes, acostumbrados a una vida de “facilidades”, son susceptibles a los encantos de esa vida llena de lujos.

De más está decir que todo esto le hace un daño terrible a la causa del socialismo. Estamos en una época en la que ya casi no existe la privacidad. Cualquiera puede encontrar una foto indiscreta. Y cada foto de esas que se esparce por las redes debilita la confianza y credibilidad de los dirigentes.

En un país como Cuba, que ha sufrido todas las formas de la austeridad, difícilmente podrán ser respetados aquellos líderes que no practiquen ellos mismos y su familia, la austeridad material. No se trata de que el presidente vaya por ahí con los zapatos rotos. Pero es necesario un equilibrio.

Como he dicho antes, el origen del problema está en tener una estructura burocrática excesivamente empoderada. Si a los dirigentes se le pagara lo suficiente para vivir de forma adecuada, si sus cuentas y las de su familia fueran de dominio público, si existiese un control popular y una rendición de cuentas de los dirigentes sobre sus gastos personales, todo esto se evitaría.

Mientras exista la burocracia empoderada, mientras haya sombra e inconsistencia alrededor de la vida privada de los dirigentes, habrá espacios para la impunidad y tentaciones para la corrupción. Y seguirán apareciendo las dañinas fotos.