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El derrame

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Derrame
(Foto: El Diario)

No relacione el lector este título con accidentes propios del manejo de combustibles fósiles, ni con percances del sistema circulatorio de nuestra anatomía. Me referiré a otra clase de derrame, en este caso de orden social, y usaré el término que, por lo general, se emplea para hablar de impactos positivos sobre la sociedad; esta vez en otra dirección.

No es mi deseo usar categorías de las ciencias sociales para tratar el tema, no pretendo hacer un ensayo científico sino lograr que el lenguaje, que prefiero claro y sencillo, no resulte obstáculo que limite la comunicación con la mayor cantidad posible de personas.

Desde hace décadas nuestros gobiernos respectivos nos dan participación en la vida del país, sobre todo, y casi pudiéramos decir «sin falta», para que, solidariamente, asumamos determinadas consecuencias de desastres naturales, de escaseces de muy diversa índole, de incompetencia de determinadas instituciones. Es entonces cuando las consecuencias negativas de una acción o evento dado repercuten o alcanzan a buena parte de los cubanos de a pie o, al menos, a una cifra mayor que aquella que inicialmente resultara afectada.

Pienso, por ejemplo, en el momento en que la acción espontánea de familias o amigos que se ofrecían a socorrer a los suyos, e incluso darles cobija bajo su techo, ante las calamidades provocadas por una catástrofe natural (y también de otro tipo), pasó a incluirse entre la cartera de soluciones para las instancias de gobierno. Se «derramaban» así, sobre otros grupos de la población, los problemas que inicialmente habían afectado a determinados grupos. Y el proceso ya no transcurría de un modo tan espontáneo, sino que iba conducido por factores de diversa naturaleza, como la compulsión social, para citar uno de ellos.

De este modo, ante una epidemia de dengue hemorrágico se emplea todo un hospital (se puede leer en plural) para aislar y tratar los casos; mientras, los servicios del mismo se cancelan por el momento, no importa demasiado que existan ciudadanos con necesidades impostergables de acceder a tales servicios especializados; ellos, simplemente, deberán comprender la situación y, sobre todo, esperar. ¿Cuánto? Nadie lo sabe o, al menos, no se les precisa. Lo que puedan hacer, cómo van a proceder solo a ellos incumbe. Digámoslo «en cubano»: es su problema.

Traigamos algunos ejemplos, lamentablemente cotidianos. Los vecinos de un edificio, colindante con otro de mayor antigüedad, se ven afectados por problemas con la tubería hidráulica de este último. Varios apartamentos comienzan a padecer filtraciones. No es la primera vez que algo así sucede. Realmente es la cuarta ocasión, antes afectó a otros vecinos del mismo inmueble.

Quienes generan la afectación siempre se declaran insolventes. El Estado no interviene, salvo para hacer un diagnóstico técnico de la situación unos dos meses después del primer reporte oficial. El documento reitera la supuesta obligación de los causantes con los afectados, pero, con ese papel no pasa nada. No puede contra «la insolvencia». Las autoridades del Poder Popular no intervienen. Finalmente: o los afectados resuelven el problema que le causan otros  o… suman su edificio, hasta hoy en buen estado, a los tantos que van componiendo las ruinas de una otrora esplendorosa ciudad.

Como bien sabemos los cubanos, las situaciones de similar naturaleza se multiplican. Ante ellas, la respuesta se ha hecho canon: de repente, un buen día, lo que debiera ser y es responsabilidad del Estado ha sido delegado a la acción ciudadana, sin que esta cuente con medios o recursos para asumir tal carga, asunto este que el Estado no desconoce. Pero, atención, paradójicamente este mismo Estado continua mirando con ojeriza a eso que se denomina «la sociedad civil», de la cual recela porque se trata de un concepto que, en buena tinta, nunca ha entendido.

Se ha realizado con dicho término la operación humana más frecuente ante aquello que puede resultar desconocido, ajeno o que decidimos inconveniente: se demoniza.

Por desgracia, el asunto del «derrame» presenta otras tantas variantes y   aparece con empecinada claridad en el ámbito que define las relaciones entre la ciudadanía y sus órganos de gobierno.

Un ciudadano cualquiera plantea, por las vías adecuadas, algo que no comprende; que, en su opinión, no tiene razón de ser; puede formular, debidamente argumentada, hasta una queja. Lo hace ya a estas alturas —pues ha recorrido el resto de los niveles—, a la instancia superior del campo de actividad social de que se trate. ¿Qué hace entonces esta?

Derrame
La sociedad no avanza con estas estrategias torpes y tristes que tienen por único objetivo el inmovilismo. (Foto: Ernesto Mastrascusa / EFE)

Cual si se tratara de una burla o un escarmiento, lo pone delante del nivel inferior, lo sitúa cara a cara con los funcionarios que nunca han dado respuesta ni se han ocupado del problema —vamos, que ni le reconocen categoría de tal—, para que este ciudadano tenga que escuchar cualquier justificación, cualquier «defensa» del estado de cosas que él está tratando de mejorar, de boca, además, de personas… ¿ineptas?… ¿negligentes? … ¿cínicas?… Elija usted el calificativo, ya que seguro ha pasado por esto. No hay árbitro. Simplemente, como diría un ocurrente amigo, «sigue el jabón resbalando por la bañadera».

¿Motivo? Desde todo punto de vista es más fácil. No exige compromiso por parte de las autoridades superiores, que no parecen dispuestas a llamarle la atención a sus subordinados, ¿será que viven en complicidad con ellos? Entre otras razones, tal vez expongan la tremenda dificultad que supone «encontrar quien desee ser cuadro», como se denomina en Cuba a los directivos tomando el término de la cultura militar francesa (cadre: jefe).

En fin, que la responsabilidad no se asume, se difumina; que la sociedad no avanza con estas estrategias torpes y tristes que tienen por único objetivo el inmovilismo, que la participación ciudadana solo existe en papeles y consignas, que la burocracia hace rato que, en tanto grupo social, se comporta como «clase para sí», con lo cual es profundamente anti y contra revolucionaria, y que nada se parece menos al socialismo democrático y liberador que esta lamentable caricatura.

Por cierto, en la primera línea del diccionario Espasa Calpe de la lengua española figura esta acepción para la palabra Cuadro: «Figura plana y cerrada por cuatro rectas iguales que forman cuatro ángulos rectos».

Siempre me ha gustado sobremanera la idea de que el cerebro es un órgano dúctil, flexible, que posee plasticidad, que las neuronas pueden regenerarse. Imagino entonces algo vivo, en continua actividad y transformación… Respecto a esta idea prometo volver, para referirme a la demonización de la experiencia y de los ciudadanos que felizmente disponen de ella e insisten en ponerla al servicio de la Patria, con el desdén de los mandantes por respuesta. Dejo al lector la tarea de establecer las posibles relaciones entre estos dos últimos tópicos, digamos, las inferencias.    

Los derrotados del concierto de Pablo

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Pablo - derrotados
(Foto: Agencia Reforma)

Hubo un momento en que nos sentamos en el piso de losas, justo debajo de la ventana de la taquilla del Teatro Nacional, en círculo, con las mochilas sobre los pies y el cansancio sobre los hombros; nos sentamos como los amigos que muchos no éramos —ni somos— y en la conversación quisimos recordar una canción de Pablo que estuviera acorde al momento: ninguno pudo —no la sabíamos o quizá no existe. Yo pensé en el poeta Alberto Rodríguez Tosca y su libro de Las derrotas.

Por eso en este recuento «no habrá lamento pero habrá un gemido. Un solitario gemido de papel a la luz de dos lunas. La mía, y la vieja luna del mundo sobre cuyas laderas se acostarán hoy con la muerte los derrotados»: el anciano que salió a las cuatro de la mañana de Punta Brava y marcó delante de nosotros, que lo hizo por una vecina que lo quiere mucho y se merecía su esfuerzo; las dos señoras que aman a Pablo, que se pasan horas escuchándolo en sus casas, que tienen anécdotas de conciertos de antes de que mi madre estuviera en primaria, que se tienen que ir a las cinco para prepararle la merienda a sus nietos que regresan del Conservatorio de música; mi amigo y tocayo Fabio, que llegó a las siete de la mañana y solo tiene un pan con jamón en el estómago; la muchacha rubia que faltó al trabajo; el que labora en el INDER y llegó en un P12 (y se irá en uno) desde Fontanar; la rubia cuarentona del short rosado y corto que se indignó, como toda una derrotada, cuando la directora del Teatro Nacional intentó justificar por qué no se le podían vender más entradas al pueblo que desde la noche anterior se reunía ahí.

El concierto de Pablo Milanés, aunque es el próximo 21, comenzó el 14 para algunas personas; para otras, a las cinco de la madrugada del 15, o a las las siete de la mañana, o a las 8 y cuarto. Para un señor empezó a las cuatro de la tarde, cuando se atrevió a gritar «¡el último!», después de que hacía mucho los últimos éramos todos, los quedados.

En el Teatro Nacional, solo la mitad de una hoja impresa pegada a una de las taquillas anunciaba el evento. Las entradas comenzaron a venderse a la 1:06, por una sola ventanilla para atender a muchas personas que esperaban bajo el sol. Sobre la 1:45, una mujer que intentaba colarse, junto a un pequeño grupo de seguidores, comenzó a dar un escándalo. Protestaba a los trabajadores del teatro que trataban de organizar el barullo, e incluso a los policías. Gritaba y se contradecía en sus propósitos: primero venía a comprar entradas solo para unos amigos, luego pedía para ella.

Pablo - derrotados
Hubo un momento en que nos sentamos en el piso de losas, justo debajo de la ventana de la taquilla del Teatro Nacional, en círculo, con las mochilas sobre los pies y el cansancio sobre los hombros. (Foto: Tomada del perfil de Facebook de Luz Escobar)

En taquilla decidieron parar la venta mientras continuara la trifulca, aunque poco después se reanudó, hasta que tocó el turno a la periodista independiente Luz Escobar: por orden de la dirección del teatro hasta ahí se expederían, únicamente los asientos del segundo balcón porque el primero y la platea «ya estaban llenos». Cerca quedaron también de comprar Lynn Milanés y su esposo Hernán, que pese a ser invitados de Pablo, quería adquirir entradas para varios amigos.

Ante reclamos y gritos —también intentos de aclarar la situación por parte del yerno de Pablo— llegó Nereida López Labrada, antigua secretaria general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Cultura y quien desde hace poco ocupa el cargo de directora del teatro. Dio una justificación como si todavía estuviera en su antiguo cargo: habló sin decir mucho y se refirió a «cantidades de entradas otorgadas a los organismos». Ante la desaprobación creciente, respondió que «esos organismos tienen trabajadores», como si los que estuviéramos haciendo la cola fuéramos vagos que no pertenecemos a esos mismos centros a los que se refería. Finalmente, cerró como cierran los que abusan del poder: «la explicación está dada».

Después de eso, se encerró en su despacho —quizá para acomodar el cuadro de Rebustillos que le habían obsequiado en horas de la mañana por su buen desempeño en la dirección del teatro.

Nadie fue capaz de darnos las cifras exactas de cuánto se había vendido en 54 minutos, por más que las exigimos. ¿Bajo qué criterio cerraron la taquilla a las dos de la tarde, si aún existían entradas dado que no pasaron más de sesenta personas?  Según la directora, el teatro tiene 2056 butacas. Si suponemos que cada uno de los que pudo comprar, se llevó cuatro entradas, ¿a dónde fueron las más de 1800 restantes? ¿No pueden los trabajadores del Teatro Nacional hacer elementales cálculos de bodega o es que ya todo estaba calculado y sopesado? ¿Cuánto para la UJC, el PCC, los ministerios y una sombra larga de organismos según la directora?

La cuarentona del short rosado y corto tuvo un ataque. De la boca le salía una baba blanquecina como de epilepsia. «¡El teatro y Pablo Milanés son del pueblo y para el pueblo! ¿Hasta cuándo los barrigones van a mandar? ¿Hasta cuándo el avasallamiento al pueblo? ¡Esto es vergüenza contra dinero, como Chibás!», discursaba enrojecida y dejó mudos a los trabajadores, la policía y un agente de la Seguridad del Estado presente. La gente a su alrededor la aplaudía como tal vez nunca en ningún sitio.

Pablo - derrotados

El yerno de Pablo pedía una salida mediante el diálogo y la comprensión. Se prometieron gestiones y llamadas, pero los minutos pasaban sin respuesta y la gente se iba y se iba, hasta que quedamos unos cuantos con hambre y sin entradas. «Resistíamos con creatividad», como pide una y otra vez Díaz Canel. ¿A qué se puede resistir si no es a uno mismo? 

A las cuatro de la tarde, una trabajadora del teatro pasó para informar que no iban a dar más entradas. Sin embargo, unos minutos antes Hernán nos había dicho que era posible que algo se resolviera. Una hora después, lograría entrar al despacho de la directora donde recibió la confirmación de que de ninguna manera se iban a vender más entradas. Para los pocos que permanecíamos luego de doce horas de cola, era reconocer, parafraseando a Pessoa, que habíamos fracasado y solo nos pasmaba no haberlo previsto. Como el portugués, en ese instante podíamos preguntarnos: ¿qué había en nosotros que pronosticase un triunfo? «No teníamos la fe ciega de los vencedores o  visión certera de los locos». 

No, no teníamos más que sed y ganas de vencer la derrota. Yo era, a la salida del teatro, poco más que el personaje literario que describe Rafael Alcides en un ensayo: «un pobre desesperado que al salir del bar volverá a ser multitud, cifra, nada, me digo, criatura que en un mundo sin respuestas sueña y cae y busca a Dios sin encontrarlo…». 

Con rabia reconozco que no puedo recordar aun nada de Pablo Milanés. Si con Borges cierra Rodríguez Tosca sus Derrotas, con Borges cerraré yo las mías (y las de unos cuantos): «Yo sé (todos lo saben) que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece».

«Cumbre de las Américas» de Biden demuestra visión fallida de Guerra Fría

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El presidente Joe Biden habla durante la ceremonia inaugural de la Cumbre de las Américas, el miércoles 8 de junio de 2022 en Los Ángeles. (Foto: EFE)

La Novena Cumbre de las Américas, organizada por el presidente Biden la semana pasada en Los Ángeles, estaba en problemas incluso antes de que se convocara. La planificación fue errática, sin un tema claro o una agenda establecida hasta el último minuto. Las invitaciones se enviaron solo unas semanas antes del evento, retrasadas debido a una controversia pública sobre si se incluiría a Cuba, Nicaragua y Venezuela. Al final, no fueron invitados.

Altos funcionarios estadounidenses insinuaron desde el principio que la Cumbre estaría restringida a «líderes elegidos democráticamente». Eso provocó el rechazo de varios latinoamericanos, entre ellos el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador. Aunque la nación anfitriona es quien envía las invitaciones a la Cumbre, algunos latinoamericanos consideraron la decisión de excluir a los tres gobiernos como un abuso de las prerrogativas del anfitrión.

Para apaciguar a López Obrador y otros que expresaron preocupaciones similares, la Casa Blanca jugó con la idea de invitar a Cuba a enviar un funcionario de menor nivel o participar como observador. No es sorprendente que Cuba rechazara esta invitación de segunda clase incluso antes de que se la ofrecieran. López Obrador se negó cortésmente a asistir a la Cumbre y envió en su lugar a su canciller. Los presidentes de Honduras, Guatemala y El Salvador también declinaron. En la Cumbre, otros jefes de estado criticaron abiertamente a Washington por no invitar a todas las naciones de las Américas.

La migración irregular fue un tema principal, pero entre ellos, los países excluidos y aquellos cuyos presidentes se quedaron en casa representaron el 69% de los migrantes encontrados por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estado Unidos en abril: casi 180,000 personas. Intentar formular una estrategia para detener la migración irregular sin involucrar a los gobiernos de los países de origen de los migrantes es una receta para el fracaso.

Otras temáticas de la agenda de la Cumbre —la protección del medio ambiente y el cambio climático, la salud pública, el crimen organizado— también son problemas transnacionales que no pueden abordarse eficazmente de manera unilateral. Ahí radica la falla en la disposición wilsoniana de Biden de comprometerse solo con las democracias. A veces tienes que comprometerte con gobiernos que no te gustan para poder lidiar con problemas urgentes. El presidente Obama entendió esto; durante sus últimos dos años en el cargo, su administración firmó 22 acuerdos bilaterales con Cuba en temas de interés mutuo. Trump cortó el compromiso diplomático real con Cuba, y Biden aún no lo ha reanudado en ningún tema además de la migración.

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Intentar formular una estrategia para detener la migración irregular sin involucrar a los gobiernos de los países de origen de los migrantes es una receta para el fracaso. (Foto: Télam)

Biden tiene una fe de larga data en la democracia. Al igual que el presidente Woodrow Wilson antes que él, cree que Estados Unidos tiene la misión de apoyar y fomentar las democracias en el extranjero. Para promover esa causa, convocó una Cumbre por la Democracia en diciembre de 2021, con delegaciones de más de cien países (excluyendo nuevamente a Cuba, Nicaragua y Venezuela, junto con El Salvador, Guatemala, Honduras y Bolivia). Allí, anunció nuevos programas de asistencia exterior destinados a promover la democracia en todo el mundo. «La democracia necesita campeones», dijo en la sesión de apertura, y calificó su defensa como «el desafío definitorio de nuestro tiempo».

El compromiso de Biden con la democracia es loable, pero Washington siempre ve la democracia a través del prisma de su propio interés.

No es casualidad que los tres países que Washington excluyó de la Cumbre de las Américas estén gobernados por gobiernos autodenominados de izquierda. Biden, después de todo, es un político que alcanzó la mayoría de edad en el apogeo de la Guerra Fría, cuando Washington racionalizó las alianzas con los autoritarios de derecha como necesarias para luchar contra el comunismo. Brasil, Colombia, El Salvador y Haití, gobiernos de derecha con credenciales democráticas cuestionables, líderes autoritarios y malos antecedentes en materia de derechos humanos, fueron invitados a la Cumbre de las Américas.

La controversia en torno a la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua recuerda inquietantemente a la controversia sobre la exclusión de Cuba de la Cumbre de 2012 en Cartagena, Colombia. En ese entonces, los jefes de estado latinoamericanos regañaron públicamente al presidente Obama por insistir en que se excluyera a Cuba, y advirtieron que boicotearían la próxima Cumbre a menos que se invitara. Esa rebelión contra el liderazgo estadounidense contribuyó a la decisión de Obama de comenzar a normalizar las relaciones con La Habana en 2014. ¿Biden sacará una lección similar?

En todas las Cumbres desde la primera en 1994, el presidente estadounidense ha exaltado las virtudes de la cooperación, asegurando a sus homólogos latinoamericanos que Estados Unidos quiere una nueva sociedad basada en la igualdad. Pero la perenne demanda de Washington de que se excluya a Cuba, a pesar del abrumador consenso latinoamericano en sentido contrario, desmiente ese hermoso sentimiento. Para los latinoamericanos, la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua es un símbolo de la continua «presunción hegemónica» de Washington, como lo expresó el académico Abraham Lowenthal.

Al anunciar su decisión de saltarse la Cumbre, López Obrador calificó la insistencia de Washington en controlar la participación como «una continuación de la vieja política de intervencionismo [y] de falta de respeto por las naciones y sus pueblos».

El problema de Biden es que Estados Unidos ya no disfruta del dominio político o económico que le permitía dictar los términos de las relaciones hemisféricas, y los latinoamericanos no están dispuestos a aceptar simplemente las prioridades de Washington como propias. Reconstruir el liderazgo de EE. UU. en el hemisferio requerirá que consulte con sus vecinos y los escuche genuinamente en lugar de ordenarles. De vez en cuando, será necesario que dé el paso desconocido e incómodo de ceder ante ellos.

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Publicado originalmente en Responsible Statecraft y traducido con permiso del autor.

Incertidumbre económica y volatilidad cambiaria en Cuba

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(Foto: Envato)

En la segunda quincena de mayo dos anuncios, uno de Cuba y otro de Estados Unidos, produjeron una breve variación de tendencia en el comportamiento de los tipos de cambio del mercado informal.

El ministro cubano de Economía y Planificación anunció la posibilidad de vender divisas a «ciertos actores económicos a un precio más alto que el oficial y más bajo que el informal». Mientras tanto, el gobierno de Estados Unidos decidió adoptar una serie de medidas para reversar algunas de las adoptadas por la administración de Donald Trump respecto a Cuba, entre las que destacan el restablecimiento del Programa de Permisos para la Reunificación de Familias Cubanas; ampliación de los viajes y contactos educativos entre ciudadanos de ambos países; eliminación del límite de mil dólares trimestrales de remesas familiares y autorización de remesas destinadas a emprendedores cubanos independientes.

En pocos días se observó un descenso de los tipos de cambio en pesos cubanos, tanto de la divisa estadounidense en efectivo como del dólar bancario (MLC) y el euro. El 15 de mayo estas divisas se cotizaban en el mercado informal a 115, 125 y 128 pesos cubanos (CUP) respectivamente, de acuerdo con la tasa representativa que calcula El Toque. El 31 de mayo dichos valores habían descendido a 95, 106.5 y 110 CUP, lo que significó una apreciación temporal del peso cubano de 17.4%, 14.8% y 14.1%, respectivamente. Sin embargo, en menos de quince días, las divisas extranjeras han vuelto a apreciarse y el 14 de junio se cotizaron a 100, 114.3 y 115.5 pesos cubanos.

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(Fuente: El Toque)

Lo ocurrido es demostración de la influencia de las expectativas en el comportamiento de ciertos indicadores económicos en los mercados, sobre todo cuando pende sobre ellos una gran incertidumbre.

El mercado cambiario informal reaccionó brevemente hacia la baja en los precios de las divisas, debido a la expectativa a una mayor oferta de dólares en el mercado nacional por el incremento posible de remesas provenientes de Estados Unidos y por la hipotética venta de dólares por parte del gobierno. Algunos tenedores de divisas creyeron que los precios bajarían demasiado y se apresuraron a ofrecerlas; a tenor con ello, los demandantes comenzaron a reducir sus ofertas de compras. No obstante, la realidad es que no existen condiciones para que mejore el precio de la moneda cubana.

Razones de la incertidumbre

En Cuba existen múltiples razones para que predomine la incertidumbre económica. Entre las más importantes podrían mencionarse: profundo estancamiento de la industria, agricultura e infraestructura; alta dependencia y vulnerabilidad externa; inconsistencias en la política económica y falta de voluntad política para el desarrollo de una profunda reforma que conduzca a cambios estructurales; falta de garantías jurídicas tanto en el caso de litigios civiles como penales, que involucren al Estado como parte litigante; así como inmovilismo del sistema político a pesar de su incapacidad no solo para construir una sociedad próspera, sino incluso para asegurar la satisfacción de las necesidades materiales más elementales.

Otro factor de incertidumbre está determinado por el nivel de las relaciones con Estados Unidos. Ambos gobiernos parecen incapaces de establecer puentes a partir de unas relaciones maduras entre los pueblos respectivos. Por otra parte, el signo político predominante en Washington suele marcar el endurecimiento o una mayor flexibilidad en sus relaciones con Cuba.

Mientras tanto, dada la experiencia más reciente cuando el expresidente Obama produjo un cambio significativo de la política hacia Cuba, la respuesta del gobierno cubano —al menos en declaraciones de algunos de sus principales dirigentes— estuvo lejos de propiciar el deshielo y contribuir al establecimiento de un clima de cordialidad diplomática. Este factor afecta de forma inmediata las expectativas relacionadas con la migración y las remesas y, en una perspectiva más amplia, las posibilidades de una relación normal con un mercado cercano y de inmenso potencial.

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Otro factor de incertidumbre está determinado por el nivel de las relaciones con Estados Unidos. (Foto: EPA / Alejandro Ernesto)

Efectos nocivos de la incertidumbre en el caso de Cuba

La incertidumbre económica genera expectativas negativas en los actores económicos, los potenciales inversionistas foráneos y la sociedad en su conjunto, eleva el riesgo país y deteriora los índices de confianza para el desarrollo de negocios.

En el caso específico de Cuba, la salida del atraso secular de varias décadas de estancamiento económico y deterioro del consenso político, requiere de cambios profundos que conduzcan al fomento del emprendimiento empresarial en un clima de libertades políticas y económicas garantizadas por un sistema jurídico que funcione adecuadamente y con independencia de las estructuras de poder.

El alto nivel de dependencia y vulnerabilidad externa de la economía insular está determinado por su deficiente estructura económica y por su insuficiente capacidad de ahorro interno. Por tales razones, el país requiere importar ahorro externo a través de inversiones directas y de remesas, que no solo estimulen el consumo sino que resulten un vehículo para fomentar el emprendimiento productivo doméstico.

En esas condiciones sería de esperar que una mayor afluencia de divisas extranjeras, por las vías antes mencionadas y por el incremento de las exportaciones de bienes y servicios, permitiera estabilizar el mercado cambiario a partir de mayor confianza en las posibilidades de mejoramiento económico y de la vida en general en el país. Sin embargo, la realidad dista de este objetivo.

La crisis actual no es solo económica, sino también política y social. Es una crisis general del sistema, que se expresa no solo en el deterioro de las condiciones de vida, sino en la pérdida de la esperanza en un mejoramiento, debido a la escasa confianza que un sector considerable de la población tiene sobre la capacidad y voluntad de la dirigencia política para producir los cambios que el país necesita. Esta situación se complejiza ante la incapacidad de la ciudadanía de cambiar esa dirigencia mediante un ejercicio electoral pacífico.

La incertidumbre y la falta de esperanza son factores determinantes para el incremento de la emigración de cubanos, que buscan cualquier opción —así sea de alto riesgo para la vida, y con un elevado costo económico—, con el fin de salir del país. Muchos abandonan propiedades y carreras profesionales. Cambian de este modo, una incertidumbre sin perspectivas por otra con posibilidades de mejoramiento.

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La incertidumbre y la falta de esperanza son factores determinantes para el incremento de la emigración de cubanos. (Foto: Reuters)

La volatilidad cambiaria

La volatilidad cambiaria reciente estuvo relacionada con las expectativas generadas por los anuncios antes mencionados, no obstante, es de esperar que se mantenga la tendencia a un peso cubano fuertemente depreciado respecto a las divisas internacionales. De hecho, como ya se dijo, la tendencia se ha invertido, y si bien no ha superado los picos de depreciación alcanzados a mediados de mayo, es posible que se acerque nuevamente, o incluso lo supere, si no se incrementa la oferta de divisas, al menos por las vías tradicionales.

Los fundamentos que explican la depreciación del peso cubano son estructurales y se deben, esencialmente, a los factores siguientes: ausencia de soberanía plena de la moneda nacional, debido a la existencia de un mercado estatal que opera en monedas libremente convertibles y en el que la población cubana debe asegurar necesidades materiales elementales; inexistencia de un mercado formal de divisas regulado por el Banco Central; insuficiente oferta de divisas, debido al bajo nivel de inversión extranjera directa y a la caída de las exportaciones de bienes y servicios; alta demanda de divisas debido a los crecientes requerimientos de importación de bienes de todo tipo y la emigración creciente de cubanos, así como la seguridad que las divisas representan en tanto activos de reservas en condiciones de creciente incertidumbre.

Cuba, como cualquier nación, necesita una moneda fuerte y estable, pero ello solo será expresión de la fortaleza y estabilidad de su economía, de la confianza y credibilidad de la política económica del gobierno y del clima de negocios que se logre crear. Nada de eso se consigue por decreto, requiere de voluntad política y acciones concretas que se traduzcan en una economía generadora de expectativas de prosperidad, tanto para la población residente como para los inversionistas externos. Lamentablemente, esa no es la situación actual del país.

Dos segundos de temor y un futuro que interpela

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Futuro
(Imagen: Tomada del perfil de Facebook de Julio Llopiz-Casal)

Mi postura política es ser madre.

Amelia Calzadilla

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Amelia. Es ese, quizá, el nombre más repetido en las redes sociales de cubanos, aquí y allá, ahora mismo. Amelia, la muchacha que estalló. Amelia, la madre de tres niños. Amelia, la del Cerro. Amelia, la traductora. Amelia, la Mariana. Eternamente, Amelia.

Su directa, en la que comenzó quejándose por los precios de la electricidad para quienes no tienen otra forma de cocción de los alimentos y avanzó en un discurso explosivo y desafiante recorriendo las angustias que aprietan el pecho de madres y ciudadanos cubanos en general desde hace décadas, se ha vuelto LA NOTICIA. Opiniones, llamados, críticas, memes, apostillas, convocatorias, dibujos, canciones, una marejada de otras directas en las que muchos más se sacan de las entrañas sus propias pesadumbres… inundan los solares del ciberespacio.

Aunque para Cubadebate, una de las voces mediáticas del poder en la Isla, se trata de «un ejemplo de manual de lo que se llama gestión de la irritación», con el gran objetivo de «manipularte e inducirte a una respuesta emocional que no es solución», que desconoce que «el país, junto al Gobierno y el Partido, trabaja a brazo partido por salir adelante, sobreponernos, avanzar»; y que «la salida a esta situación es trabajar duro, destrabar los problemas, producir más y no cansarnos»…

Aunque para la burocracia empoderada y sus repetidores de lemas, digo, esta mujer no representa a las más esforzadas y sacrificadas madres cubanas —a juzgar por sus uñas acrílicas, una lámpara de su casa y su cuenta de electricidad de 6 mil pesos—… la gente, los vecinos del batey derruido en que se ha convertido la nación, saben lo que es genuino. Y esta madre, a no dudarlo, es tan genuina que estremece.

Con una licenciatura en Lengua Inglesa y como segundo idioma el francés, según supimos por ella misma en una segunda transmisión, Amelia escogió sin embargo —bajo el rapto tremendo de su indignación— las palabras más claras y duras. Las mejores. «¿Hasta cuándo el pueblo va a seguir pagando las comodidades de ustedes?»; «No hablen más mierda»; «Coño, vendan el país, véndanlo, véndanlo por provincias. A lo mejor a Canadá le importa. Véndanselo, para que creen trabajo, para que la gente se gane su dinero dignamente»; «La gente, cuando no trabaja, se le bota por falta de idoneidad. Y ustedes no son idóneos»; «No quiero escuchar más discursos, ni la madre de un tomate»; «Y como yo hay miles de personas, pa’ que te enteres. Y ni somos gusanos, ni recibimos dinero del Yuma…».

Así, de interpelar a los mandantes, pasó como un bólido a los mandados/agobiados /reprimidos: «Pueblo de Cuba, madre cubana […]: ¿Cuánto más vas a aguantar?»; «Ya yo no puedo más, y si tú estás como yo, que tampoco puedes más, vamos a unirnos».

Lo que sobrevino y que supongo tendrá ecos por largo tiempo, aunque la lucha diaria por la supervivencia y la vorágine de las redes tiendan al olvido inmediato, fue una llamarada, un calentón más a la olla que los de arriba pretenden mantener por el mango, para seguir cocinando su comodidad y los de adentro reventarán algún día.

No obstante, de los ocho minutos y cuarenta y dos segundos que duró el terremoto Amelia, que tanto habremos de agradecer, hay dos segundos (entre los 8:19 y 8:21 de transmisión) que me impactaron sobremanera. Son aquellos en los que pasa por detrás de la madre, como una leve sombra asustadiza, una de sus hijas. Se asoma fugazmente a la pantalla contra la cual gesticula su mamá y sigue, quizá a un rincón de la casa, tal vez a los brazos de papá o abuela; acaso a contarle a sus hermanitos.

¿Qué será de la vida de esa niña a la vuelta de cinco, diez, quince años? ¿Cuánto habrá visto ya sufrir a su mamá hasta llegar al desborde emocional de esta explosión? ¿Cómo armonizará el discurso triunfalista, que debe escuchar seguramente día a día en la escuela, y las penurias que oye conversar a sus mayores en casa?

¿Y cuando sea una adolescente, querrá estudiar en la universidad, como su madre, o simplemente irse, irse lo más pronto y lejos posible, para tener, al fin, una vida digna que no se sustente en colas, absurdos y ayudas del extranjero para poder comer, calzar y vestir?

¿Qué tiene Cuba que ofrecerle a esta pequeña? ¿Y la salud mental de su madre, que como tantas madres cubanas, sufre golpes constantemente, la acompañará incólume para verla formarse y decidir lo mejor posible su destino?

¿Y sus hermanitos, habrán pasado o pasarán sustos similares a los de ella? ¿Les amargarán su mundo, que ahora solo debería estar poblado de juegos y aventuras? ¿Necesitarán, quizá como la propia Amelia, un remanso de paz y tranquilidad (o hasta ayuda especializada) para estabilizarse entre tantas tormentas?

Son solo dos segundos. Una niña que pasa. Y un futuro, que a ella, a su familia y a nosotros —a todos nosotros— nos interpela con cara llorosa.

Principio y final de una verde mañana

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Principio
(Foto: AFP)

Acaba de terminar la IX Cumbre de las Américas, opacada mediáticamente por el divorcio de Shakira y Piqué. Poco pudieron lograr los organizadores utilizando para los discursos el magnífico Centro de Convenciones de Los Ángeles, el mismo que sirve de sede al principal evento de videojuegos del planeta.

Muy cerca de allí, en las colinas, el famoso cartel de Hollywood domina la ciudad. Pudo aprovecharse como decorado ideal para la foto final de los mandatarios, luciendo sus trajes y sonrisas, porque a fin de cuentas la Cumbre es también un show, con todas sus coreografías, sus selectos invitados, prometedoras frases, cenas y pasarelas.   

De este lado también tuvimos espectáculo. El presidente ofreció un discurso ante los representantes de la llamada sociedad civil, esa que según él no fue invitada a la cumbre. Me armé de paciencia y escuché sus palabras porque, gústeme o no su gestión, es el máximo dirigente del país en que vivo. Sé que es difícil mantener la atención pues, como ocurre con otros de su nivel, no sabe improvisar y genera frecuentemente un discurso monótono, reiterativo y poco convincente. Si ellos no parecen creer en lo que dicen, qué podemos esperar de los demás. En cuestión de oratoria la continuidad ha sido un fracaso.

Como se sabe, no fuimos invitados al evento (tampoco Nicaragua y Venezuela) y eso, como es lógico, motivó rechazo y en algunos casos solidaridad entre los países de la región. Hay tanta hipocresía y desprecio acumulados de unos hacia los otros, que realmente no me sorprendió la decisión del mandatario norteamericano, que aplica palos o zanahorias según sea el conejo.

¿Cómo puede hablarse de una comunidad si se parte de exclusiones? ¿Qué sentido tiene «castigar» a los excluidos bajo el argumento de que son «regímenes totalitarios» si los propios organizadores toman una actitud soberbia, de presiones y discriminaciones? Si el respeto a los derechos humanos, las libertades individuales o lo que algunos suelen definir como democracia, fueran realmente cuestiones cardinales a cumplir por los gobiernos asistentes, no se hubiera realizado ni la primera de ellas.  

En lo personal, no creo que este tipo de acontecimientos resuelva ninguno de los agudos problemas que nos acompañan. Alguien decía que para lo único que sirven estas grandes citas o reuniones, era para retardar el exterminio de la humanidad. Algo es mejor que nada.

Frente a las pantallas, los presidentes fruncen el ceño y se ponen serios, ofrecen sus preocupaciones y promesas bajo un estudiado guión. Luego, regresarán a sus naciones y harán lo que quieran o puedan. La mayor parte de ellos solo estará en el poder tres o cuatro años, así que mejor tomarse las cosas con calma porque, probablemente, los compromisos de unos serán anulados por los miembros de los partidos rivales.

Mientras tanto, la dura vida cotidiana de cientos de millones sigue su curso. Dialogar y prometer son cosas buenas, pasos nobles en un camino que no debe despreciarse; pero responder con políticas públicas duraderas, cercanas a las necesidades reales de los pueblos, sería mucho mejor.

La posición de Cuba resultó, como la del propio Biden, bastante ambigua. Sí, pero no. No, pero sí. Primero, protestamos cuando se dijo que no seríamos invitados. Luego, tras la mediación de López Obrador y las presiones de otros mandatarios, Biden titubeo (aún más) pero el presidente cubano expresó que de igual forma no iría aunque se cursara la invitación. Cuando quedó oficializada la absurda negativa del gobierno norteamericano, Díaz Canel y nuestra cancillería emitieron un comunicado que mostraba nuevamente su disconformidad.

Si consideramos que el evento carece de importancia y deviene en plataforma «imperial de dominación», para qué molestarse en ir y armar tanta alharaca si no somos invitados. ¡Olvídalo! Para tus intereses tienes el ALBA, la CELAC, el CARICOM, los NOAL y todas las letras del abecedario para conjugar e inventarte algunos nuevos.

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Jefes de Estado de los países que forman la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), en La Habana, este viernes. (Foto: Palacio de Miraflores)

Mientras ese tira y encoge ocurría, en el tablero de ajedrez político se movían otras piezas. Biden retiraba algunas de las medidas más lacerantes impuestas por Trump contra Cuba. De este lado se aprobaba la primera empresa privada de un ciudadano norteamericano en la Isla, pero, sobre todo, se liberaba a varios de los jóvenes detenidos por manifestarse el 11 de julio. No es gran cosa, pero Despacito es el tema que más se escucha en Washington y en el Comité Central         

En su discurso, Díaz Canel pide respeto hacia las posiciones o tendencias ideológicas de nuestros países como forma de ver al continente en su diversidad, lo que permitiría que cada nación se exprese como mejor entiendan sus ciudadanos. Dice que, aunque existen profundas diferencias ideológicas entre algunos estados, hay que encontrar caminos de interés común para enfrentar las crisis y la desintegración. Desde luego, hay que oponerse a toda homogeneización cultural y generar espacios para el debate y el disenso con soluciones reales, observando cómo, cada día, crecen las desigualdades, miserias y fenómenos migratorios que deben atenderse.

Eso está muy bien, pero presidente, no puede existir una demanda o modo de actuar para el resto del mundo y una deuda siempre pendiente entre nosotros mismos. Candil de la calle y oscuridad de la casa, y es que todas esas acertadas observaciones sobre los otros, pueden aplicarse, letra por letra, al contexto insular.

Hay una cuestión esencial que se llama Ética, pero era verde y se la comieron los chivos. En el discurso habitual de nuestros medios, las frases de los políticos e incluso en la Constitución de la República, se nos habla, una y otra vez, de «principios que no son negociables», una frase que ha sido más horadada aquí que la superficie lunar.

Si resulta inmoral —y así lo expresamos públicamente—, la actitud de un gobierno que tiene un doble rasero para medir sus relaciones o afinidades, no deberíamos nosotros obrar de la misma forma, porque ¿cuál sería el mensaje que estamos ofreciendo? Se dice que los gobiernos no tienen aliados sino intereses. Perfecto, entonces asúmanlo y no me hablen de honestidad, o de valores intocables que la Revolución representa.

En nuestra historia contemporánea existen ejemplos de sobra en que hemos preferido imitar al avestruz, escondiendo la cabeza cuando conviene, y eso no es lealtad sino oportunismo, aunque en ciertos espacios académicos lo llamen geopolítica. Da igual la semántica, los eufemismos o las palabras que se utilicen, a los efectos reales resulta una estrategia igual de sucia y perversa. Con observar la actual posición del país frente a la invasión rusa a Ucrania tenemos un caso.

También se dice por ahí, con mucho acierto, que si no superas a tu enemigo te conviertes de alguna forma en su esclavo. Esa es precisamente una de las mayores paradojas de la Revolución cubana: romper a inicios de los sesenta el ciclo de dependencia crónica hacia Estados Unidos heredado del período republicano, para volver a caer, pasados los años, bajo su égida. Es como aquella canción de Agustín Lara:

Piensa en mí cuando sufras, cuando llores también piensa en mí, cuando quieras quitarme la vida, no la quiero para nada, para nada me sirve sin ti.  

Entre Cuba y Estados Unidos se tiende una fuerte historia de amor, pero de esas que necesita de sacrificios y dolor. Eros amordazado, lacerado. ¿Quién se ata a la cama y quién toma la fusta?  En ambos lados del estrecho de la Florida vive una comunidad dividida que no puede existir sin la otra parte. Pendientes de cada gesto, declaración o artimaña política, los cubanos están atrapados desde hace demasiadas décadas en esa telaraña, que desgraciadamente ha acabado con familias enteras, amistades y compromisos.

Se ha impuesto toda una narrativa del odio, descalificación y desmemoria que, en ciertos sectores de las dos orillas, se extremó peligrosamente en los últimos años. Muchos se han empoderado mediática o políticamente con ese drama, utilizando en apariencia el mismo sujeto de preocupación, llamado Pueblo Cubano, y así viven felices de ese cuento.

Por eso, cuando Obama y Raúl decidieron pasar la página de esa retórica de larga e inútil data, saltaron las alarmas en las mansiones de los fundamentalistas de ambos bandos, preocupados por las negociaciones y los acuerdos. Como los extremos terminan por tocarse, sucedió la curiosa situación de que, por primera vez, «los protectores de la fe» unieron sus fuerzas en el mismo bando, porque no hay nada más revolucionario para ellos que mantener el estatus quo. El bloqueo se erige como ficha clave del dominó, que lo mismo sirve para trancar que para ganar. ¡Con la dictadura castrista no se negocia! ¡Con el Imperio que nos oprime, tampoco! Y así, el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos… 

No debemos olvidar en todo esto que la Revolución surgió como proceso emancipatorio que prometía conquistas sociales y transformaciones culturales inéditas en la región. Fue el «faro de libertad» que por años encandiló a millones en todo el mundo, y también a algunos de los nuestros que se quedaron ciegos y no supieron como avivar la llama.

Entonces aparecieron los dogmas, las órdenes, los principios, porque es más fácil reproducir que hacer. Aquella imagen iniciática y rebelde tenía que ser congelada para las postales y los libros de fotos que se ofrecen a los turistas. Todos sus símbolos pasaron a ser codificados, convertidos en trapos, estatuillas, bustos, cuadros en las paredes; encapsulados en filmes, almanaques, carteles o bisutería para los mercados. La Revolución que conquistó las calles ahora solo aparece en un tshirt.

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Todos sus símbolos pasaron a ser codificados, convertidos en trapos, estatuillas, bustos, cuadros en las paredes.

¡Ah!, pero es importante hablar de Martí. Díaz Canel lo sabe y dedica largos minutos de su intervención a recordar las visiones que tenía el héroe sobre las verdaderas intenciones de Estados Unidos hacia América Latina. De nuevo hay que hablar del imperio y su avaricia, viajar siglo y medio atrás para decirnos lo que todos sabemos. Cortina de humo que elude los reales problemas que importan a esa sociedad civil que lo escucha. Como él no convence a nadie, necesita apuntalarse citando a Martí. Cuando no se tiene nada que ofrecer, ofrece al maestro. Es lo que enseñan en la Escuela Superior del Partido «Ñico López».

El presidente habla de luchar contra el pensamiento hegemónico y yo digo, correcto, pero empecemos por casa. ¿O acaso el Partido no impone un pensamiento dogmático y hegemónico sobre nuestros medios? La organización tiene un control total no solo sobre ellos, sino sobre el destino del país. Son jueces y parte que copan prácticamente todos los escaños de la Asamblea Nacional, el poder judicial, el Consejo de ministros, los gobiernos locales y el Tribunal Supremo. Está detrás de cada ley y decreto. Son una ínfima minoría, pero ostentan un poder abrumador. ¡No!, la culpa de nuestros problemas no la tiene el bloqueo, ese nefasto engendro del cual ustedes mismos se sirven.

Algunos de sus cuadros han llegado a decir, sin que les tiemble la voz, que su autoridad es superior a las leyes y a la Constitución. Se muestran desafiantes, se consideran miembros de una organización eterna que vivirá durante milenios, burlándose así de la dialéctica, y de Marx, Engels y Lenin juntos. Y tales disparates debemos escucharlos con frecuencia en los discursos, leerlos en vallas públicas, en nuestras escuelas, en las consignas que se escriben y reproducen por doquier. Pretenden que el pueblo lo acepte y acate sin chistar. Si esa es la Revolución, han engañado a todos los que un día dieron su vida por ella.

¿Qué puede ofrecerle realmente este gobierno al pueblo como alternativa moral, si solo reproduce el mal que dice desterrar? No se puede cuestionar la violencia de otros gobiernos contra sus ciudadanos, si el nuestro también la ejerce contra los suyos. ¿Por qué resultan justas las demandas y marchas por mejoras salariales, laborales, estudiantiles, campesinas o de cualquier naturaleza en Chile, Colombia, México o Brasil, y contrarrevolucionarias o «financiadas por el enemigo» si se producen por similares cuestiones en Cuba? ¿Cuál es el punto de aplaudirlas en unos y rechazarlas en otro?

¿Por qué Estados Unidos (que es «el país donde crece el mal») debería respetar a las naciones y modelos sociales diferentes, si nuestro gobierno («ejemplo imperecedero de humanismo») es incapaz de hacer lo mismo con sus propios ciudadanos, y castiga severamente a todos los que piensan o desean un país diferente?

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¡Es que ni siquiera se acepta ya un debate público sobre el amplio espectro que pudieran cubrir esas diferencias! Las recientes «acciones» operadas contra la plataforma digital de izquierda Alma Mater, son reflejo de los serios problemas que tiene el Partido para procesar las críticas y análisis sobre la realidad cubana, no importa si son generados desde sus propias filas. ¿Se supone que eso sea revolucionario?

Hace rato no somos el país que decimos ser, y cada día estamos más lejos del que quisiéramos. Nuestros científicos fueron capaces de crear tres vacunas en tiempo récord, salvando con ellas miles de vidas en medio de una pandemia universal, lo cual es admirable. Nuestros políticos en cambio, con todo el tiempo y los recursos a su disposición, son incapaces siquiera de gestionar una eficaz cosecha de papas, para no hablar del azúcar, cuya última zafra fue de las peores en más de un siglo.

¿Por qué si tenemos el proyecto «más justo y humano que ha conocido la historia», cien mil de nuestros hijos lo han abandonado en un año? El presidente se refiere a los miles de migrantes que conforman ahora mismo las caravanas que avanzan por toda Centroamérica. Pero obvia el detalle de que entre ellos hay no pocos cubanos, nacidos y crecidos bajo la Revolución. ¿Locos desquiciados? ¿Suicidas? ¿Gente simple que no ve más allá de sus narices?

Ahora los nuestros comparten por un tiempo la misma suerte de hondureños, mexicanos y salvadoreños; que deben enfrentar a coyotes o traficantes, sortear la muerte cruzando ríos o selvas, dormir a la intemperie en tiendas improvisadas, aeropuertos y carreteras o en algún cayo perdido en el medio del mar, muy lejos de su patria y familias. Hay toda una tragedia humana aquí, de la que no somos ajenos pero de la que poco se habla. Ellos han empeñado sus ahorros, vendido sus casas y propiedades, sacrificado todo tipo de cosas, encontrando en la huida su única alternativa de cara al futuro.

En mayo de 1959 Fidel promulgó la Ley de Reforma Agraria, que hacía justicia al entregar la tierra a los campesinos, acabando con latifundios y empresas transnacionales. Fue un gran paso en la Revolución. Luego de seis décadas, esa tierra sigue sin producir ni satisfacer las demandas alimentarias mínimas de la población. Entrampada en su propia y extraordinaria burocracia, somos hoy una nación endeudada, ineficaz y dependiente, secuestrada por las fuerzas más conservadoras de ese Partido único. La Revolución no existe, y no por culpa de Estados Unidos, sino de ustedes que acabaron con ella.

Mar y tierra

7
Mar
(Imagen: Wimar Verdecia)

?Acabo de comprar tilapias en la pescadería. A ciento sesenta el kilogramo, setenta y tres la libra. Este país está muy jodido.

?Tú y tus frases tilapidarias…

?Cada uno de esos peces vertebrados ectotérmicos me ha salido en 23,75 pesos, casi un dólar al cambio oficial.

?Lo de ectotérmico parece referirse a una temperatura que lo mismo le da ecto que aquello.

?Por ahí la cosa. Regulan su calentura de acuerdo a fuentes externas, más o menos como los grupos electrógenos, que tienen desequilibrado el metabolismo, pues dependen del diesel importado.

?¿Y las tilapias se importan?

?Por lo que valen parece que sí. Hace año y medio se comercializaban a trece pesos el kilogramo. Han multiplicado su costo más de doce veces, a contrapelo de mi salario, que solo se elevó el triple. Si Canel se entera de que una empresa estatal pone esos precios… advierte por la televisión, con voz afectada por el desconcierto, que no debiera hacerse, que se ve feo entre compañeros.

?O llama al amor, a la confraternidad, a la sensibilidad de las empresas a la hora de poner el producto al alcance de los consumidores.

?Para ser los consumidores quienes sufran el divorcio… del discurso con la realidad.

?La tilapia que va al plato, al serle esquiva una alimentación en base a maíz y soya, está criada con una dieta mayoritaria de excrementos, específicamente de gallinas y cerdos. Estamos ingiriendo toxinas, hormonas, grasas peligrosas y heces de animales. La gallinaza y el estiércol porcino se han escabullido notablemente: no puedes obligar a un pollo o a un puerco a defecar cuando le ofertas lo mínimo para sobrevivir. Alimentadas con methyltestosterona, una hormona altamente tóxica para el hígado, las tilapias pasan por un cambio de sexo para lograr un noventa y ocho por ciento de ejemplares machos.

?Que no se entere la secretaria de la FMC de mi cuadra, por coincidencia mi esposa.

?Hay que decir a su favor (a favor de la tilapia) que es un pescado muy barato. Además de rico en proteínas, contiene vitaminas B y D, hierro, selenio y ácidos grasos omega 3. Cada porción de 100 gramos aporta hasta 20 de proteínas, similar al pollo, y con menos cola. Es un alimento que prolonga la sensación de saciedad…

?…tan presente en los hogares cubanos.

?Sin embargo, los estudios demuestran que hace daño al corazón, al cerebro y al estado de ánimo.

?Nuestro estado de ánimo está dañado no por el pescado, sino por cerebros que, desde el puesto que ocupan, incitan a la animosidad contra el Estado.

?La acuicultura es un negocio redondo. Fíjate que en 1964 se recibieron en Cuba cien ejemplares de la carpa espejo israelí, que tiene ausencia casi total de escamas y una carne más sabrosa que la carpa común. Al puerto solo llegaron con vida diecisiete, para más tarde morir cinco más, quedaron doce para los experimentos de ceba y recría.

?Pero con doce basta…

?Exacto. Se comprobó, gracias al espíritu irredento de esos ejemplares y a nuestras características climáticas, que en Cuba podía llegarse a cinco toneladas por hectárea de agua al año (en China e Israel logran solo dos) y a un costo de cinco centavos la libra, más o menos cinco pesos hoy. Ya en el primer parto algunas carpas llegaron a un millón de ovas.

?«Ovasión» y diplomas es lo que quedó de aquello, ¿no?

?La última vez que vi carpas israelíes fue en el parque japonés del Jardín Botánico, sometidas a una intifada por parte del público asistente.

?El primero de mayo hubo carpas… en todos los desfiles.

?Clarias hay muchas más, y en cualquier fecha. Crecen con inusual fuerza en el ciberespacio.

?La tilapia vino a resucitar en la pescadería de la Esquina de Toyo. La que consumimos acá es la mozambicana. La FAO plantea que su cría es mucho más barata que la de la carpa israelí. Puede llegar a crecer hasta los cuarenta centímetros. Las que hibernan en mi congelador no llegan ni a quince.

?La talla promedio para filetear es de 250 a 600 gramos, entre libra y libra y media. Pueden alcanzar ese volumen en solo seis meses. Hay ejemplares que alcanzan los tres kilos.

?El peso promedio de las mías, no aptas para filete, es de 148,125 gramos. No las dejaron llegar ni a la pubertad.

?Lo que han hecho con esos animalitos es un tilapicidio.

?Es que no son las tilapias, sino nosotros, los que vivimos comiendo mierda.

En Honduras éramos los dieciocho

7
Honduras
(Foto: Periódico Cubano)

Después del desayuno y los buenos deseos del personal del hostal nos despedimos y esperamos afuera por el taxi, que ya estaba coordinado para que nos moviera por Nicaragua hasta la frontera. Por la experiencia anterior, salimos quince minutos antes previendo que se marchara si no nos encontraba. No quisimos alejarnos mucho de la entrada por temor a ser asaltadas. El taxi llegó puntual y dentro venía una señora con su joven hijo, quienes se convirtieron en nuestros compañeros de viaje por casi todo el trayecto.

El día entero lo pasamos viajando por el país. El mejor recuerdo que tengo de ese trayecto es el de un paisaje rural con muchas montañas a ambos lados. A pesar de lo apartado, las  carreteras se observaban en muy buen estado. Paramos solo dos veces ese día. La primera, para almorzar en un cuchitril pequeño. Allí no tuvimos que pagar, todo fue por cuenta de los que coordinaban el viaje. En el lugar coincidimos con otro taxi, idéntico al nuestro, donde venían cuatro compatriotas más.  

La segunda parada fue en una gasolinera, para reabastecernos de combustible y comprar refrescos y galletas. Como en Nicaragua no se usa mascarilla, el taxista recomendó que nos la quitáramos para no llamar la atención.  En las tiendas y lugares públicos sí es de uso obligatorio. En cada parada nos sorprendía la gran variedad de productos en exhibición, a pesar de que eran zonas rurales y empobrecidas.

Supimos que nuestros compañeros de travesía venían de una provincia del centro de Cuba, como muchos de los que fuimos encontrando a lo largo del camino. Fue curioso descubrir que había muy pocos habaneros.

Al caer la noche, y sin previo aviso, el taxi se detuvo y el conductor ordenó que montáramos en una camioneta que estaba parqueada delante. En aquel momento recordé las palabras de un amigo que había realizado el viaje algunos días antes: «En esta historia los cubanos somos la mercancía, la carga por carretera, y ellos la base de transporte y nos van pasando de camión en camión».

En la oscuridad no se veía nada. Sin embargo, algunas leves luces indicaban que varios taxis habían coincidido en ese punto. A todos nos ordenaron abordar la camioneta. Recogimos las mochilas y subimos rápidamente en la parte de atrás. Tuvimos que apretarnos mucho para caber en el pequeño transporte y llegar a la primera casa de seguridad, desde donde cruzaríamos hacia Honduras.

La vivienda era muy humilde. No tenía portal, solo una sala amplia y dos cuartos, uno con una cama grande y baño y otro con dos camas y dos colchonetas en el piso. En los cuartos colocaron a las mujeres; los hombres durmieron en colchonetas. Éramos en total quince personas, porque en el asiento delantero de la camioneta venían dos mujeres más.

Honduras
Pueblo nicaragüense.

Al día siguiente empezamos a explorar el lugar. Parecía una zona del campo cubano, un pueblito muy humilde con caminos de tierra, casas de ladrillo o bloque sin repello, y techos de planchas de metal. Los caminos carecían de asfalto, pero se veían muchas motocicletas de varios modelos y alguna que otra camioneta. En cada casa había, como mínimo, un trasporte. Fue chocante ver lo humilde de las casas y del poblado y tantas motos de gasolina de marcas reconocidas. Mi hija preguntó si no había motos eléctricas y tuvimos la impresión de que muchos no sabían qué cosa era aquello.

Había varias tiendecitas, algunas eran sencillos espacios dentro de las viviendas destinados a la venta de los productos más variados: medicinas para la digestión, para la gripe, para dolores o para fiebres. Vendían además tenis, chancletas, cuadernos escolares, cigarros, refrescos, galletas de varios tipos, chocolates, jugos y frutas naturales. En fin, todo lo que desde hace mucho tiempo está vedado para el cubano de a pie. La primera vez que fui a la más cercana, ubicada a menos de sesenta metros de nuestra casa, escuché a un muchacho flaco y bajito decir «¡Coño, chama, mira pa? esto. Hasta libretas para los niños hay aquí!»

El guía dijo que debíamos quedarnos en ese lugar por dos noches. A la mañana siguiente llegaron dos muchachas y un joven que iban a cruzar con nuestro grupo. Ya no seríamos quince. Durante el trayecto nos identificaban por el número de personas a trasladar. Al principio fuimos los quince, luego los dieciocho, los veintinueve o los cuarenta y uno. Otras veces solo éramos los ocho que hicimos la travesía juntos.  

El día transcurría bastante rápido, entre la cola para bañarnos y las visitas a cuanta tiendecita descubría alguien, a pesar de que queríamos seguir viaje lo antes posible.

Cruzar a Honduras fue fácil, lo difícil llegó después. Por la mañana, tras el desayuno, nos montaron de nuevo en la camioneta por unos pocos minutos, luego debimos esperar en un sembrado a que dieran la orden de cruzar hasta una carretera al pie de una montaña.  

Enseguida llegó un bus amarillo, igual al de los escolares norteamericanos, al cual subimos temerosas, bajo la mirada de gente sencilla que observaba cómo un grupo de dieciocho raros abordaba rápidamente y en absoluto silencio al transporte.

El coyote que nos debía pasar al otro lado, había advertido la noche anterior que ese trayecto resultaba un ochenta por ciento seguro, pero que aunque ellos lo tenían todo estudiado siempre podía surgir algún imprevisto. Además, nos dio instrucciones de cómo proceder en ese caso. Nos tocaría entrar en el veinte por ciento de la funesta estadística.

No puedo precisar si transcurrieron cinco o diez minutos cuando de pronto el bus se detuvo y subieron unos militares que pidieron las identificaciones. Bajaron a todos los de pasaporte azul, los cubanos que habíamos acabado de subir y cinco venezolanos que ya estaban ahí. Desde la calle pudimos observar con angustia que la camioneta continuaba la marcha sin nosotros.

Esa fue la primera vez que vimos hombres con armas largas, como si estuviésemos en medio de un territorio en guerra.  Para todos los cubanos eso fue un shock ya que jamás habíamos percibido algo similar. Nos retiraron los pasaportes y pidieron que nos pusiéramos en fila, unos al lado de otros, para una foto grupal. Pasamos a ser un número más en las estadísticas de indocumentados que entran a Honduras para seguir camino.

Honduras
El grupo esperando el bus.

Dijeron que eso era un delito grave y les explicamos que nos dirigíamos al pueblo donde se otorgaba el salvoconducto del gobierno hondureño para atravesar el país y continuar viaje al Norte. Creo se llamaba Danly o Danlí ese pueblo. En ese momento de tensión a nadie se le ocurrió ofrecer dinero a la policía, ni ellos hicieron nada que nos diera la confianza de intentar el arreglo.

No les importaron nuestras razones e hicieron que marcháramos por un camino perpendicular a la carretera, que bordeaba un barranco tenebroso. Tuvimos que hacerlo unos detrás de otros. Después de una corta caminata devolvieron los pasaportes y nos indicaron doblar y caminar por un estrecho camino de tierra, paralelo a la carretera unos cien metros.  Al finalizar el mismo estábamos devueltos a Nicaragua.

En ese tramo nadie abrió la boca, pero después, al comentar el incidente, comprendimos que varios íbamos pensando que nos podían matar y ni siquiera necesitarían sepultarnos. Absolutamente nadie sabía de nuestra existencia por esos parajes.

Continuamos caminando en silencio, por unos trillos que hacíamos al pasar entre arbustos de café recién cosechados. El fango era terrible, ya que la noche anterior había caído un aguacero tan fuerte que incluso llegamos a pensar que no iban a cruzarnos hacia Honduras.

De nuevo la montaña quedaba a la derecha y a la izquierda, el barranco. Arrancamos bien, pero al poco tiempo empezamos a resbalar y caímos unos detrás de otros. En la primera caída me golpeé la rodilla, que ya venía lesionada, y me pegué duro en el codo y en el hombro derecho al tratar instintivamente de amortiguar el golpe. El sufrimiento no podía ser mayor.

Deambulamos entre los arbustos sin ruta definida. Lo mismo había que subir un desnivel de un metro, cruzar un riachuelo, que  bajar una distancia similar, siempre entre arbustos mojados. Pronto nos fuimos quedando rezagadas, ya que los más jóvenes iban a la cabeza y resbalaban menos. Por suerte el más flaco del grupo, al que apodé el grillo, nos ayudaba en los tramos más difíciles dándonos la mano o cargando nuestras mochilas. No a todos los hombres les importábamos por igual.

Anduvimos tres horas por esos caminos inciertos, hasta que finalmente, al llegar a un desnivel del terreno, terminamos tirándonos voluntariamente al fango para, al deslizarnos, cubrir la diferencia de altura sin lastimar más nuestros cuerpos, que ya no aguantaban la carga de humedad y fango en aquel paraje en medio de la nada.