Mucho pregona la propaganda oficialista aquella sentencia que Fidel pronunció en el Vedado el 16 de abril de 1961: «Y por esta Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, estamos dispuestos a dar la vida». Ese día se esbozó, entre la efervescencia, el compromiso del nuevo gobierno con los sectores históricamente explotados, con los marginados, con los desposeídos, con los desempleados, con los humildes.
Cuentan que a los vítores de: «¡Vivan los humildes!» que lanzaba el joven líder, respondían los presentes con ensordecedores: «¡Viva!». Quizás ese momento marcó un nuevo amanecer —al menos al pálpito de la esperanza— para los millones de personas que en Cuba no tenían nada.
La Revolución, desde aquella etapa prematura, se presentó como el proceso de integración social del pobre, del obrero, del campesino; con la ilusión de encauzar su prosperidad. Sesenta y tantos años más tarde, encontramos en ruinas aquella pretensión socialista que, entre metamorfosis y cerrazones, devino un estado totalitario donde la gestión del gobierno, así como sobrados factores internos y externos, tienen sumida la Isla en una crisis económica, política y social sin precedentes.
Los últimos días se han vestido de historia. Luego del paso del huracán Ian, se evidenció la poca preparación que tuvo la dirección del país para hacer frente a este evento meteorológico, y las serias afectaciones del sistema electroenergético tuvieron en apagón de varios días a casi toda la región (probablemente escribo mientras aún hay familias sin electricidad).
Esta situación, potenciada por el creciente rechazo popular a la gestión del gobierno, desencadenó una serie de protestas en varios lugares del Occidente, con mayor incidencia La Habana, donde la población se manifestó para reclamar su derecho al fluido eléctrico en primera instancia, pero que luego trascendió esas necesidades básicas para pedir libertad o la dimisión de las máximas autoridades del país.
La ciudad se llenó de rostros hastiados de tanta pesadumbre, mal vivir, miseria. Rostros que, al sentir el cuerpo ligero y sin miedo, tomaron las calles. El timbre metálico de los calderos percutidos se coló por cada rincón oscuro como símbolo del descontento generalizado que nos ahoga.
La avenida 51 fue plaza de esos reclamos, lo que se relata en un texto publicado en Cubadebate y firmado por Ariel Díaz. Este último, en tono inadecuadamente liviano y vejatorio, hizo gala de un elitismo banal. Desde la sarta de ofensas que profirió a sus vecinos —marginalizándolos de la planta al pelo— pretendió restar peso a que, aun sabiendo que la represión es una constante, las personas cerraran la calle y reclamaran sus derechos.

¿Sabrá Arielito, La Élite, que la marginalidad a que están sometidos esos sectores es consecuencia de años y años de pésima gestión gubernamental, donde siempre el más pobre y desfavorecido tiene las de perder? ¿En qué lugar aprendió, él que se autoproclama de izquierda, las falacias revolucionarias que enuncia? ¿Cómo puede un militante de la «Revolución de los humildes» menoscabar la integridad de sus compatriotas argumentando que se comportan como marginales?
La pobreza normalizada en Cuba propone escenas de desconsuelo, como algunas que con intención burlesca intentó relatar el susodicho cronista en Cubadebate. La alusión a un «paliativo», constituido por sirope y arroz amarillo «grasiento», denota el irrespeto a la población. Muchos perdieron toda su reserva alimenticia a causa del prolongado corte energético, otros tantos no podían cocinar por depender de equipos electrodomésticos.
Por tanto, el intentar suplir el desespero, luego de que es tarea titánica conseguir alimentos, dados el desabastecimiento y los precios estratosféricos del mercado, con una comida de no muy buena elaboración, y por demás a un precio que ni remotamente le corresponde —en mi barrio, Cayo Hueso, también vendieron las cajitas de arroz amarillo y sirope—, es otra vejación a la cual estuvieron sometidas las personas.
Asimismo, se establece en el texto a los «dientes de oro», «los zapatos de marca» o «el iPhone», como elementos anacrónicos en la realidad de estos individuos, incitando a un doble juicio viciado y estableciendo arquetipos que insinúan un prejuicio latente. A su vez, darle un enfoque peyorativo al reggaeton como «violentador sexual» y cuestionar tácitamente la sapiencia o nivel cultural de quienes lo consuman, además de una torpeza inefable, es una forma más de instaurar élites dentro de la sociedad.
Tomando en cuenta estadísticas publicadas por la ONEI, al finalizar septiembre del 2021 solo el 0.5% de los fondos públicos había sido destinado al sector educacional y el 1.0%, a salud y asistencia social. Estos números contrastan estrepitosamente con el 42.3% destinado a inmobiliaria y construcción hotelera. Tales cifras son testigos de la vulnerabilidad de una parte importante de la población cubana, la cual —excepto una minoría privilegiada— presenta altos índices de pobreza.

Al mismo tiempo, la deficiente formación ofrecida en las diferentes instancias educativas, potenciadas por el adoctrinamiento, la corrupción docente, el clasismo, los privilegios de militancia, así como las precarias condiciones de los centros, incentiva el desinterés de un amplísimo sector por la superación y la posterior integración social. Tal realidad se repite en el plano laboral, donde los insuficientes salarios principalmente y otro sinfín de males, y conlleva a que las personas prefieran vías ajenas al estado — en algunos casos, la delincuencia— para sustentarse.
A su vez, las décadas de baja inversión estatal en infraestructura —según datos de la ONEI, a la construcción se dedicó hasta septiembre de 2021 el 2.0% de los fondos públicos—, como la constante migración del resto del país hacia La Habana, entre otros males, tiene a muchas personas viviendo hacinadas y en situaciones paupérrimas. Así, un sinnúmero de personas residen en ciudadelas, viviendas multifamiliares o albergues, sitios donde la propia situación contextual condiciona la marginalidad.
Lo hostil de esos medios desvirtúa la civilidad de sus habitantes, quienes no tienen, en la mayoría de los casos, otra salida —al menos desde lo que su percepción les permite — que asumir patrones de vulgaridad, tendencias antisociales, escasa conciencia cívica, lastres de delincuencia, y por supuesto, marcada pobreza.
El individuo responde inequívocamente al entorno en que se desarrolla y es harto difícil desligarse de sesgos como los que anteriormente describo, por tanto, en estos casos, el gobierno tiene doble responsabilidad. Descreer las necesidades de estos sectores automáticamente invisibiliza un problema latente en Cuba. La insuficiencia de oportunidades que sufren estas personas los marginaliza.
Marginal, y cito textualmente a la RAE, es una persona o un grupo que vive o actúa, de modo voluntario o forzoso, fuera de las normas sociales comúnmente admitidas. Es evidente, sobre todo en la capital, como estos sectores crecen en las narices del gobierno, que no muchos esfuerzos vuelca en reescribir la realidad.
Desestimar acciones como las sucedidas en la Avenida 51, bajo la retórica de que son orquestadas por el enemigo, por delincuentes, por marginales, no hace más que ridiculizar la postura gubernamental ante reclamos de la ciudadanía, toda vez que desnuda la intolerancia de la élite de poder y sus privilegiados respecto a los más vulnerables. Manifestarse es un derecho. Que el pueblo haga público su descontento no puede ser satanizado por ningún gobierno que se plantee democrático, como tantas veces se nos pinta este.
Parafraseando a Cintio Viter, esos a quienes llaman marginales, delincuentes, antisociales, irresponsables, son, en todo caso, los marginales, delincuentes, antisociales e irresponsables de la Revolución; porque, como bien señaló Fidel en aquella sentencia que recordé al principio del texto, la Revolución se hizo para ellos y no puede admitir que continúen siendo subproductos suyos.
Si existe la marginalidad en la sociedad cubana, es consecuencia del desapego gubernamental, que no logró integrar estos sectores en la dinámica a la que se aspiraba, al menos en teoría. No obstante, soy de la opinión de que la Revolución, romántica y narcisista como la conocemos, murió hace varios años, quizás al poco tiempo de nacer, sin haberse desarrollado.
El tema del clasismo y el abierto rechazo a los marginalizados —que ahora llaman vulnerables— es otro atropello contra la ciudadanía. La discriminación de estos sectores es, sin duda alguna, una falta gravísima en el esquema de gobierno que plantea la élite de poder en Cuba.
No está de más recordar que las muertes de Diubis Laurencio o Zidan Batista a manos de la policía, fueron justificadas bajo el infame argumento de que eran individuos de pésima conducta social, lacras, marginales. O lo ocurrido tras el 11 de julio, cuando trataron de opacar la manifestación más grande de los últimos sesenta años en Cuba con la falacia de que los manifestantes eran mercenarios, contrarrevolucionarios, marginales.
Yo crecí en un solar, donde ese arroz amarillo grasiento que el susodicho describe en Cubadebate era probablemente la comida más sabrosa que probáramos en toda una semana; donde mis primos —Goliats aunque sin muelas de oro—, se vieron obligados a dejar la escuela y trabajar desde los nueve años para mantenerse; mi tía, con cinco hijos, tuvo que dejar su profesión de maestra y dedicarse a limpiar pisos parar ganar más dinero. Donde mi primo, con diecitantos años y tenicitos de marca como los del texto, no tuvo la oportunidad de defenderse cuando lo llevaron preso por «peligrosidad».
En ese solar ninguno tendrá derecho a una pensión cuando esté viejo, porque siempre han trabajado por su cuenta y así intentaron malvivir. Escuchábamos reggaetón todo el tiempo y hubiéramos salido a manifestarnos para defender nuestra propia revolución: la de los marginales.
La marginalización, la segregación, la misoginia, el machismo, la LGBTIQ+ fobia, el clasismo, así como el carácter ofensivo, son constantes en varios voceros gubernamentales, donde la retórica del bienestar social merma ante sus propias torpezas. Las últimas jornadas y los tantos desenmascaramientos, vienen a demostrar que de esa «Revolución de los humildes» ni la consigna queda.




















