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Experimento social y régimen de Cuba

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Experimento
(Foto: Kaloian Santos / OnCuba)

El tipo de régimen existente en Cuba sería tema de debate tan controversial como útil, pero es de los perjudiciales silencios en la Isla. Es lógico, hace más de medio siglo somos un experimento social totalitario demasiadas veces reciclado desde arriba y sin horizonte a la vista.

Nuestra neolengua ha emanado de manipulaciones, extremismos y pensamiento binario fomentados institucionalmente. Domina la propaganda, incluso con insultos a la inteligencia. Casi todos hemos sido víctimas. Señalo apenas dos ejemplos:

1) Dirigentes y medios oficiales repiten que somos revolución y socialismo y el gobierno su encarnación; de ahí las convenientes derivaciones extremas de revolucionario y contrarrevolucionario, pero ni se argumentan ni soportan contraste alguno con la ciencia y la realidad.

2) Sustentar —como hizo Cubadebate, que no somos dictadura porque miles de personas van a la Plaza el 1º de mayo y nadie protesta a pesar de la «poca policía», puede engañar solamente a extraños o fanáticos. Se conocen los métodos del gobierno para lograr tales resultados —entre ellos presiones laborales y control de los sindicatos— y que junto a policías uniformados, cientos de agentes de civil controlan a los ciudadanos antes, durante y después de los desfiles.

Podría objetarse también a este argumento que disponer de cotas de apoyo popular no es sinónimo de buen gobierno, ni de estabilidad política o paz social. Sobran ejemplos, las dictaduras casi siempre tienen apoyos, además, regímenes totalitarios tan diferentes como Italia, Alemania y la URSS los tuvieron y dejaron para la historia desfiles espectaculares.

Detrás de esas puestas en escena suele existir un drama social y político que el poder invisibiliza. De Cuba menciono tres realidades camufladas tras el último desfile, que solo han empeorado desde entonces: 1) más de mil presos políticos; 2) represión contra sus familiares y cientos de ciudadanos por expresarse en disonancia con el poder; y 3) apenas dos días antes del acto en la capital un activista clamó —como  intentaron otros que enfrentan cárcel, exilio o insilio— por la libertad de los presos políticos y el derecho de todos los cubanos a participar en la vida política.

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-II-

No es lo que afirme el discurso oficial y sus seguidores, porque los conceptos nacen de la realidad, no a la inversa; tampoco es lo mismo «opinión» que «ciencia constituida». Desde diversas ramas de ella el modelo cubano ha sido identificado con autocracia, autoritarismo, dictadura y totalitarismo. 

Intente el lector marcar Verdadero o Falso en rasgos de cada uno de esos regímenes políticos y se sorprenderá con las coincidencias, aunque le duela y le ponga mil peros y matices. Sin embargo, ninguna como la última de esas definiciones resume las esencias y evolución del experimento cubano.

El totalitarismo tiene un poco de todos ellos pero se distingue. Al igual que dichas modalidades antidemocráticos, ha mutado —aunque las sociedades no siempre se percatan— desde sus orígenes en los años veinte-treinta del siglo pasado y sus modelos clásicos, estudiados por la filósofa alemana-estadounidense Hannah Arendt.

Aun con sus adaptaciones a tiempos, escenarios y culturas, el modelo totalitario cuenta con rasgos básicos que han trascendido: un gran líder que es incuestionable; Partido e ideología únicos; no se admiten una sociedad civil independiente ni oposición; Estado fuertemente centralista, con carácter monopólico u oligopólico y desmedido sector público, que facilita dirigir y controlar las mayorías; fuertes y múltiples mecanismos de control social; sociedad ideologizada; febril propaganda política, censura, control de los medios de comunicación y manipulación de la opinión pública; movilización extensa, pérdida de poder real del Parlamento y control policial con fuerzas represivas altamente especializadas. 

Cuando tal sistema de dominación se prolonga demasiado y empiezan a subvertirse sus elementos distintivos, inicia un ciclo de quiebre del modelo. Prevalecen la crisis, el aferramiento de la clase política al poder, la represión multiplicada y ciertos ajustes en variantes consideradas postotalitarias.

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Paramilitares armados de estacas reprimiendo a manifestantes pacíficos. (Foto: Reuters)

-III-

La Revolución cubana —una de las más importantes del siglo pasado—, derivó modelo verticalmente dirigido desde los años sesenta. Se fue moldeando con ciertos rasgos autoritarios y sobre todo autocráticos hasta dejar configurado el experimento totalitario mediante la  «dictadura del proletariado». La nueva modalidad de dictadura emanaba del «socialismo real» al estilo de la URSS. Como allá y en otras partes donde se implantó sería realmente «sobre el proletariado»; o «de la burocracia», con poder vertical y absoluto desde la cúpula del Partido.

Cierto que un gran peso lo tuvieron el protagonismo y la personalidad de Fidel Castro como líder. Su aparente indefinición ideológica, que negó inicialmente la comunista, y determinados rasgos de la tradición caudillista latinoamericana, le permitieron incluso restringir con rapidez  —contando con amplio apoyo popular y de sus núcleos cercanos—, derechos políticos, libertades civiles y mínimos democráticos. Todo bajo el manto de una transformación radical revolucionaria por y para los humildes.

Sin embargo, otros factores también confluyeron para determinar ese resultado:

  • Las circunstancias específicas de Cuba en plena Guerra Fría.
  • La existencia de una sociedad agotada y fracturada por años de dictadura batistiana.
  • Los efectos positivos de las primeras medidas revolucionarias para las grandes mayorías.
  • El contexto de euforia inicial propio de las revoluciones.
  • La hostilidad de los EE.UU. y el recurso del enemigo externo y la unidad en torno al gobierno para defender la soberanía.
  • La emigración y los fracasos de quienes intentaron revertir el triunfo o evitar el desenlace que ya suponían.

Líder y élite estuvieron por encima de las leyes y sin control democrático durante más de treinta años. Se renunció al pluralismo político, separación de poderes y elecciones libres. Asimismo, bajo el manto de la unidad se estableció el control cada vez más totalizante del Estado sobre la sociedad. Proceso que contempló la propiedad, institucionalidad, medios y organizaciones políticas, sociales y de masas.

Los quince años que Cuba vivió bajo una insólita provisionalidad sirvieron para articular un nivel de consenso —acompañado de depuración del disenso o lo que podría serlo— que permitiera institucionalizar el régimen totalitario. El impulso final se produjo entre 1968, con la Ofensiva Revolucionaria —cuyo alcance se puede comprender volviendo al discurso de Fidel—,  y 1976 con la nueva Constitución

Amplios sectores de la ciudadanía lo aceptaron, atrapados en el contexto antes descrito o creyendo que era el mejor, o tal vez el único camino para el futuro soñado que el liderazgo prometía. Varias generaciones nacimos en él y parecía que era, aun con problemas, el mejor de los mundos posibles y garantía de la trilogía Patria-Revolución-Socialismo. Sin dudas, al experimento le faltó siempre el «consentimiento informado».

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-IV-

Ha pasado más de medio siglo. La persistencia del modelo, la muerte de Fidel y la crisis estructural y simbólica que vive el país desde los años noventa, explican nuestro «post-totalitarismo», que atendiendo a las variantes del politólogo español Juan Linz, está entre «congelado» y «maduro».

El régimen está estancado por envejecimiento, falta de reacción de la élite partidaria que ha perdido capacidad de articular consensos y, al parecer, también por la purga de quienes intentan reformarlo. Junto al desgaste, se incrementa el debate público con voces disonantes al poder, que a pesar de la represión encuentran eco en parte de la ciudadanía.

Las aspiraciones de amplios segmentos del pueblo son incompatibles con el modelo totalitario que la clase política cubana defiende hace décadas sin llamarlo por su nombre. Entre ellas, las profundas transformaciones que requiere la economía y los reclamos insatisfechos de democracia y respeto a la sociedad civil independiente. Frente a eso se plantan la orgullosa defensa del poder unificado; la altiva pose de Raúl Castro y su negativa a ciertas reformas; el incremento de la represión y la impunidad, ahora respaldados con el nuevo Código Penal.

Superar el totalitarismo, tan bien establecido en Cuba, es difícil pero no imposible. Por un lado, se ha deteriorado el discurso del enemigo externo y del bloqueo como causante de todos los males, asimismo ocurre con la proclamada superioridad del Partido, o del disenso visto íntegramente como mercenario y contrarrevolucionario, y con la tesis de que el tipo de socialismo que existe es el único modo de preservar la soberanía.

Por otro, aunque los métodos para manejar la situación son similares a los de hace décadas, la crisis actual es más profunda y estructural, el desgaste del modelo es también simbólico; el contexto es muy diferente y más complejo —nuevas generaciones incluidas—, y ya no está el líder.

Hemos sido un experimento social sin real consentimiento informado. Las generaciones y problemáticas actuales son resultado de eso. La historia no vuelve atrás pero siempre abre oportunidades, mejor decir como Miguel de Unamuno: «Procuremos más ser padres de nuestro futuro que hijos de nuestro pasado». 

Para contactar con la autora: ivettegarciagonzalez@gmail.com

«Permítanos a nosotros tomar decisión por nuestras propias vidas»

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Nosotros
(Imagen: Obra Manifestación, de Antonio Berni)

Las protestas de los días 11 y 12 de julio de 2021 fueron un test fiable del estado de las estructuras de oposición al Gobierno, o de su endeblez y nula capacidad política para convocar, o al menos intentar de alguna forma capitalizar un acontecimiento de tal magnitud.

Parece bastante obvio que las referidas protestas eran hijas del demoledor impacto social de las medidas económicas tomadas, las consecuencias económicas de la pandemia, así como del inédito reconocimiento oficial de la existencia de un pensamiento de oposición al Gobierno y al Socialismo que habían gestionado palabra a palabra, frase a frase, los autores y ejecutores de la polarización política.

Para algunos analistas, la parte de la población que no salió a protestar a las calles durante el verano de 2021 es mucho más importante a la hora de hacer un balance de los acontecimientos, o evaluar el posterior desarrollo de la vida política del país. Sin embargo, el hecho mismo de que tampoco saliera, al menos no significativamente, para oponerse a los manifestantes, parecía una compleja incógnita política a despejar en el futuro, más que una garantía de apoyo.

Si los datos empíricos de las jornadas de protestas remiten directamente al perfil sociológico que los inductores y operadores de la polarización política habían ayudado a construir y expandir en sus programas televisivos y artículos: hombres y mujeres jóvenes, estudiantes, intelectuales, negros, mestizos, desempleados y pobres; la imagen de una anciana habanera afirmando en medio de las protestas: «nos quitamos el ropaje de silencio», permite también atisbar la existencia de un ángulo ciego a la hora de entender la formación, movilización y comportamiento de los consensos sociales y políticos en Cuba, sus déficits, fracturas y cursos en el tiempo.

La propia alocución televisiva del Presidente cubano el 11 de julio, y su conocida orden de combate, a pesar de ser considerada por muchos como irresponsable llamado a la guerra civil, era un implícito reconocimiento de que las capacidades de auto-movilización espontánea de las bases políticas del gobierno y de las organizaciones de masas y políticas habían sido comprometidas por la envergadura y volatilidad con que se expandieron las protestas, pero también de la atomización y progresiva disfunción política y social que ellas venían sufriendo, desde incluso antes que las circunstancias de sucesivos aislamientos sanitarios y de reforma económica afectaran su funcionamiento.

De hecho, la represión inicial —prevista en planes de contingencia de acuerdo a los escenarios que avizoraban el impacto que tendría la reforma económica—, recaería fundamentalmente sobre fuerzas policiales convencionales, unidades antidisturbios especializadas, así como reclutas movilizados apresuradamente, y los muchas veces dubitativos integrantes de grupos para-estatales que respondieron al llamado.  

Una hipótesis que compite contra las versiones que sobre los hechos, sus motivaciones y causas dieran las autoridades antes y después de controlar a los manifestantes, es que la represión fuera en realidad el gatillo que desencadenó casos de enfrentamientos entre manifestantes y agentes de la autoridad.

Asimismo, que generara situaciones de agresiones y lesiones a funcionarios públicos (que encuadraban en el delito de atentado), detenciones y/o golpizas, tratos degradantes y abusos, y disparos con armas reglamentarias —causantes de al menos un muerto y un número hasta ahora indeterminado de heridos—, en lo que habían sido hasta el momento de la alocución presidencial, protestas mayormente pacíficas con esporádicos incidentes de saqueos y destrozos de tiendas e instalaciones de comercio y servicios en lugares no protegidos por las autoridades.

Las marchas, casi invariablemente, seguirían el patrón concéntrico inicial que se había apreciado en San Antonio de los Baños, epicentro de las protestas. Empezarían desde las periferias de ciudades y pueblos, nutriéndose desde los barrios más pobres, hasta confluir a sus centros urbanos. Esa ruta es quizás reveladora de algo cuya importancia no se ha valorado lo suficiente: una vez allí, en la mayoría de los casos, los manifestantes se dirigieron a las sedes de los gobiernos municipales, provinciales, o del Partido Comunista. En ningún caso, aun estando débilmente protegidas, se intentó tomar dichas instalaciones por los reclamantes, que superaban en número a los efectivos policiales y trabajadores que las custodiaban.

Las reflexiones que se desprenden, tanto de ese patrón concéntrico como del re-direccionamiento de las marchas hasta los lugares en que física y simbólicamente radicaba el poder, permiten valorar las causas económicas y políticas subyacentes en las protestas e igualmente interpretar sus impactos a más largo plazo.

No todas las inconformidades podrían ser explicadas, ni circunscritas, a las condiciones impuestas por varios ciclos de aislamiento pandémico, sus efectos económicos y psicológicos, o los condicionamientos que imponía a la vida social la política estadounidense contra el Gobierno cubano. Parece más probable la influencia de procesos continuos y prolongados de empobrecimiento y estratificación de segmentos cada vez más numerosos de la sociedad, el deterioro de las infraestructuras públicas que garantizaban los derechos y la seguridad y asistencia social, o su pérdida de alcance y eficacia por recortes presupuestarios y, sobre todo, por una muy baja inversión social en ellas.

Por otra parte, el estado calamitoso e inhabitable del fondo habitacional, la caída en picada de la producción de alimentos, las primeras señales e impactos de una crisis estructural de la producción de energía eléctrica, y la sostenida tendencia al incremento de la desigualdad y diferenciación sociales, también de su percepción social, se unieron de forma catastrófica a los efectos de la reforma económica gubernamental.

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El estado calamitoso e inhabitable del fondo habitacional se unió a los efectos de las reformas económicas (Foto: ADN Cuba)

Una serie de procesos desaceleraron, restringieron y acorralaron dramáticamente los proyectos de vida de la población en contextos urbanos, suburbanos y rurales en un tiempo increíblemente corto:

– Acelerada y súbita pérdida de ingresos, poder adquisitivo y acceso a bienes y servicios básicos experimentada por los trabajadores. 

– Dramática devaluación de sus ahorros e imposibilidad de invertirlos de forma legal y segura antes de que ello ocurriera por inexplicables tardanzas en la entrada en vigor de un nuevo marco para la actividad económica privada. 

– Caída del empleo formal e informal, o su precarización, por la paralización de la industria del turismo y de los servicios asociados a ella.

– Exclusión económica estructural de la mayoría de la población que supuso la dolarización de la economía.

– Inflación galopante, promovida por escasas ofertas de bienes y servicios de las empresas estatales y depresión del comercio minorista.

Las historias de vida, a medida que el grado de diferenciación social entre individuos y grupos aumentaba, reflejaban cada vez más las distancias entre triunfadores y perdedores de la reforma económica; pero también entre los políticos, funcionarios, empresarios y los ciudadanos. Se evidenciaba el declive de más de tres décadas de un modelo de justicia social, y la impotencia e imposibilidad de cambiar su destino para miles de personas.

Por otro lado, que en muchos casos los manifestantes improvisaran diálogos, hicieran peticiones e interpelaran a autoridades y funcionarios frente a las sedes de instituciones gubernamentales y políticas, era demostrativo del nivel de obstrucción de los canales de comunicación política y administrativa con la ciudadanía y de su manejo burocrático y formal.

Que esos intercambios ocurrieran en el espacio tenso y potencialmente inestable de las protestas, era también un paradójico dato de que, a pesar del grado de erosión de la confianza política de los ciudadanos en las instituciones y sus dirigentes —y de la escasa preparación, empatía y capacidad exhibida por muchos de estos últimos para discutir, explicar y rendir cuentas de múltiples problemas de la realidad—; los manifestantes reconocieron y buscaron a las autoridades como interlocutores.

Igualmente, que personas sumergidas en muy difíciles condiciones de vida corearan la palabra ¡Libertad! en lugar de demandas más concretas, no puede ser descartado como poderosa expresión de la percepción que miles de ciudadanos tenían de su realidad política y/o económica, pero también como consecuencia de la arrogancia, insensibilidad, pedantería y comportamiento despótico y autoritario que exhibían no pocas veces las autoridades, o sus agentes.    

Lo explicado hasta aquí —obstrucción de los canales de comunicación política y administrativa con la ciudadanía; persistencia, pese a todo, en reconocer a las autoridades como interlocutores; y percepción de miles acerca de los límites que experimentaban sus libertades políticas a medida que se alejaban del ideal de consenso político y social que las autoridades asumían como válido—, tironeaban ya para entonces al sistema político cubano.

Más de un año después de los hechos, un hombre descamisado y sereno, habitante de un asentamiento improvisado en El Cepem, cerca de Playa Baracoa, al oeste de La Habana, le diría a autoridades y altos grados policiales en las postrimerías de un incidente violento entre fuerzas del orden y vecinos que preparaban una salida ilegal del país:

«Somos cubanos como ustedes, que tienen otra posición en este momento, pero alguna vez se les fue la corriente, alguna vez no tuvieron comida como no la tenemos nosotros hoy. Alguna vez no tuvieron nada como no tenemos nosotros. ¿Qué cambiaron de posición? Felicidades. Permítanos a nosotros tomar decisión por nuestras propias vidas».

Aunque el improvisado discurso fue más largo, la frase: «Permítanos a nosotros tomar decisión por nuestras propias vidas», más allá del contexto de pobreza, represión y migración en que se produjo, funcionaba como resumen de una contradicción política que se hacía cada vez más importante en Cuba.

El quiebre

La represión de las protestas fue, por así decirlo, el fin de una difícil luna de miel del Gobierno con la Constitución de 2019. Aunque es imposible saber con certeza la percepción que ellos y los directivos del aparato ideológico del Partido Comunista de Cuba tuvieron del proceso de apropiación de valores y contenidos constitucionales que hicieron muchos ciudadanos; es absurdo desconocer que en su totalidad provenían de una cultura y prácticas de poder ajenas, cuando no hostiles, a los procesos de autonomía y autodeterminación política que experimentaban muchos ciudadanos, también al sometimiento a la Ley.    

No obstante, puede deducirse que las tensiones políticas previas a las manifestaciones, y los intentos de los ciudadanos de usar dichos contenidos como herramientas para transformar la realidad —que iban desde la protección de animales, creación de asociaciones civiles, defensa de derechos y reivindicaciones de grupos, defensa contra distintas formas de discriminación, y ampliación y eficacia de la participación política, entre otras—, debieron inquietarlos lo bastante como para mirar con desconfianza la paulatina aunque creciente y novedosa repolitización de la ciudadanía que los derechos, libertades y garantías reconocidos en la nueva Constitución habían implicado.

De hecho, el mandato constitucional establecido en las disposiciones de la Constitución de 2019 para que se elaborase una normativa que allanara el camino a demandas de protección activa de los derechos humanos ante tribunales por parte de los ciudadanos frente a violaciones de funcionarios públicos; sería obviado por el Gobierno hasta que, después de posponerlo reiteradamente con el pretexto de la situación pandémica, finalmente lo aprobaría dentro del cronograma legislativo del verano de este año.

Las advertencias que algunos intelectuales habían hecho sobre la posibilidad de que el Estado de Derecho que proclamara la Carta Magna acabara siendo un Estado de Derechos del Estado y los funcionarios frente a los derechos de los ciudadanos, se estaba volviendo una muy dura realidad incluso desde antes de las protestas.

Los casos de Luis Robles Elizástigui, joven trabajador por cuenta propia detenido, procesado y condenado a varios años de privación de libertad por exhibir durante escasos minutos en un céntrico paseo habanero un tosco cartón de embalaje en el que aparecía un mensaje de libertad para los presos políticos; el de Karla Pérez González, joven estudiante que había sido privada arbitrariamente del derecho a la educación cuando cursaba su primer año en la Universidad, y a la que años después se impediría entrar al país al concluir su carrera en Costa Rica; y el de Leonardo Romero Negrín, otro estudiante universitario que en medio de una protesta enarbolara un cartel que proclamaba: «Socialismo Sí, Represión No»; ocurridos todos durante la vigencia de la nueva Constitución cubana, eran, sin ser los únicos, suficientemente diferentes entre sí como para identificar la existencia, o si se quiere continuidad, por parte de las autoridades y funcionarios de un patrón de actuación disruptivo de las normas y valores constitucionales.

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Leonardo Romero Negrín

El escaso impacto que tuvo la nueva Constitución en la cultura institucional cubana, la ausencia de esfuerzos y exigencias para adecuar los protocolos de comportamiento y actuación de sus miembros a sus contenidos de derechos y garantías, la promoción sistemática de códigos de cultura política que reñían con su reconocimiento y respeto en las interacciones con los ciudadanos, y el no desmantelamiento de una densa madeja de normas administrativas típicamente inconstitucionales que abarcaban casi todos los aspectos de la realidad; fueron algunos de los factores tenidos en cuenta para pronosticar un escenario en que la eficacia de muchas normas constitucionales se vería sustancialmente afectada, o finalmente cancelada.

Que algunas normas administrativas fueran activadas de forma selectiva y discrecional por funcionarios que no motivaban legalmente su decisión, ni ofrecían posibilidad alguna de recurrirlas —como las que implicaban la prohibición de entrada o salida del país, o de abandonar inmuebles residenciales—, demostraban que, al estilo de las antiguas lettre de cachet, el poder se reservaba interferir en la vida de los ciudadanos de forma particularmente arbitraria e impune.

Para algunos intelectuales, la represión a manifestaciones había sido colofón de un proceso similar a una respuesta biológica autoinmune, pero en este caso contra el cambio de cultura política y jurídica, de creencias, prácticas y ejercicios ciudadanos que había producido la Constitución del 2019. Si fuera posible tal eufemismo, era el inicio de un golpe del Estado contra el nuevo modelo de derechos —y libertades—  políticos que ella reconocía.

Las protestas fueron interpretadas por muchos manifestantes, y por distintos analistas, como ejercicios espontáneos y legítimos de algunos de esos derechos y libertades. No obstante, para el Gobierno —más allá de los desórdenes, saqueos, e incidentes de violencia que se produjeron—, tales ejercicios fueron percibidos como inicio de una intolerable secuencia que era necesario detener y suprimir por todos los medios antes de que se tornara una peligrosa bola de nieve política.

A casi un año de las protestas, el Gobierno pondría a punto dos legislaciones que tenían el rol de antídotos penales y administrativos contra el ejercicio de los derechos y libertades políticas que reconocía la Constitución: el Código Penal y la Ley de Comunicación Social.

Las durísimas penas de privación de libertad impuestas a los manifestantes, habrían servido para disuadir a cualquiera que pretendiera usar los derechos y libertades políticas que reconocía la Constitución de 2019. Era un atajo para recuperar, o consolidar, la iniciativa política interna. Sin embargo, por más efectivo e incluso tranquilizador que pudiera ser tal despliegue de poder, la represión del conflicto era realmente una paradoja en la que la incapacidad política pretendía producir un resultado político.       

Por muchas razones, las protestas fueron extraordinarias en la historia cubana de los últimos sesenta años, pero sería un serio error confundir sus límites temporales con su finitud. En realidad, ellas formaban parte de un proceso político en desarrollo. Pese a la represión, las protestas expandieron increíblemente la apropiación cultural de los derechos y libertades constitucionales; contribuyeron a la consolidación de actitudes, prácticas, experiencias e ideas sobre lo político y lo democrático, que empezarían a mediar de forma cada vez más importante las relaciones e intereses entre la ciudadanía y los funcionarios del Gobierno y el Estado. Y también los sueños y aspiraciones de los cubanos.

Su represión, en cambio, expondría y dejaría irresuelto, pospuesto, el conflicto que aquel hombre, descamisado y sereno, había sintetizado lúcidamente en el litoral habanero como el centro de todas las contradicciones políticas en Cuba.

La celebración a finales de septiembre de 2022 del referéndum para la aprobación del nuevo Código de las Familias, fue, dentro de ese contexto, la oportunidad para muchos de un anhelado ejercicio de tomar decisión sobre sus propias vidas. Para otros, era una elección basada en la afirmación de una cultura política transversalizada por el poder de tomar decisión sobre —y por— otras personas, y no pocas veces excluirlas también, de derechos de los que ellos disfrutaban.

El Gobierno, que monopolizó la campaña por el SÍ, no pudo sin embargo evitar usar dentro de ella un núcleo de nociones y principios que remitían enfáticamente a la legitimidad de la pluralidad, la necesidad de reconocer, proteger y garantizar el respeto a la opción personal, así como proscribir la discriminación y exclusión. El propio Díaz-Canel, en encuentro organizado días previos a la votación, reconocería en la exclusión algo dañino y un factor de atraso para la sociedad cubana. Tal afirmación fue entendida por muchos como acto de hipocresía, que no pasó desapercibido en medio de los enconados debates.

Pero su utilización como argumento, quizás no solo se correspondía a una comprensión personal del terrible drama que había significado —y aún era— para miles de personas que de diversas formas fueron víctimas de discriminación por motivo de identidades y prácticas sexuales. Probablemente su manejo obedecía también a la necesidad de utilizar algunos contenidos fundamentales del paradigma político democrático que manejaban amplios sectores de la población —como parte del cambio político que la Constitución de 2019, las protestas, e incluso la represión, habían acrisolado culturalmente— como punto de apoyo para alcanzar y maximizar consensos sobre una cuestión en concreto.      

Más allá de las repercusiones inmediatas del resultado del referéndum del Código de las Familias —y aunque no fuera prácticamente advertida—, la convocatoria a elecciones municipales hecha a inicios del pasado septiembre, con la que se inicia el ciclo electoral al final del cual podrá ser electo —o re-electo— el Presidente de la República de Cuba, se vislumbraba como una oportunidad mucho más compleja para las expectativas de los cubanos de tomar decisiones políticamente relevantes para sus vidas.

Para el cuarto sistema político vigente en Cuba desde 1959, esta será su primera prueba de funcionamiento electoral. Sin embargo, desde su entrada en vigor en 2019, la respuesta dada a la conflictividad política de la población generó dinámicas y crecientes niveles de exclusión política que podrían influir en la marcha del proceso.

Hay que tener en cuenta que distintas circunstancias internacionales y deformaciones internas de todo tipo, así como los resultados desastrosos de planes y decisiones económicas implementadas por el Gobierno en un corto período de tiempo, han disminuido de forma sensible su capacidad para proponer y articular políticas públicas capaces de lograr la inclusión social y económica de las mayorías.

Esto podría haber comprometido la vitalidad del nuevo sistema político, no solo ya para cumplir su función de soporte eficiente del encauzamiento de consensos, inclusión y participación de los ciudadanos —tal como lograron en buena medida los sistemas anteriores, incluso en momentos de crisis—; sino para renovar formalmente su legitimidad mediante elecciones, o la representación de la diversidad de sectores, clases e intereses de la sociedad.

La acumulación a través de los años de déficits de interrelación y comunicación entre funcionarios electos y ciudadanos, puede haber llegado ya a su punto más alto de rendimiento político. Los ciudadanos cuyas posibilidades reales de comunicarse, ser escuchados, atendidos y representados efectivamente por los diputados nacionales son desnaturalizadas, viciadas, o imposibilitadas; acaban por ser indiferentes, no participar, y desear un modelo diferente al que tienen.  

Para un sistema político que —pese a la preferencia por la elección presidencial directa expresada por miles de ciudadanos en la consulta popular de la Constitución de 2019—, ratificó la elección de segundo grado, será también un enorme desafío que muchas inconformidades, problemas y antipatías de la población hayan sido firmemente dirigidas y personalizadas en el actual Presidente cubano y Primer Secretario del Partido Comunista.

Esta última es, sin dudas, la peor circunstancia que deba enfrentar un político en cualquier tiempo y país. En el caso de Díaz-Canel, puede explicarse por factores diversos, que van desde sus características personales y actitudes, el tratamiento mediático recibido, la vigencia o emergencia de tipos o estructuras de autoridad distintas a la ejercida por él, las percepciones sociales sobre el papel del liderazgo, o su entorno familiar, o imagen y edad; hasta su evaluación a partir de los criterios y expectativas de su cohorte generacional, o de otras generaciones, y la capacidad de lograr una comunicación efectiva y empática a través del discurso e interacciones con los ciudadanos.

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El presidente Díaz-Canel y varios funcionarios cargan una pesada rama durante un trabajo voluntario efectuado el pasado domingo. (Foto: Facebook / Tribuna de La Habana)

No se puede subestimar el papel que desempeña la trasformación de cuestiones claves de la sociología política de la población cubana que tienen que ver con: los paradigmas de confianza política, exigencia de responsabilidad pública, nuevas formas de entender la democracia y lo democrático, igualdad política y uso y límites del poder, así como de distintas representaciones de la política, su institucionalización, finalidades y funcionamiento, adquiridas por nuevas generaciones de ciudadanos.

Una joven cubana recientemente entrevistada afirmó:

«(…) el arribo al poder en Chile de uno de los líderes de protestas estudiantiles de hace una década (aquí serían vándalos o mercenarios), de Petro en Colombia, o la derrota de Donald Trump en elecciones, son una metáfora de nuestras frustraciones y aspiraciones como generación. Uno siente que tampoco vamos a tener nunca un Mujica, que sea Presidente y siga viviendo en su destartalada casa de siempre, y eso duele, la impotencia duele. Ninguno de nosotros somos elegibles por el sistema. De eso se trata».    

Por otro lado, si durante los debates previos al referéndum del Código de las Familias, y en la propia jornada electoral, llamamientos y argumentos a favor de un voto de castigo contra el Gobierno posiblemente fueron motivadores en la opción del NO, la abstención y la anulación consciente de boletas; es evidente que la sostenida tendencia a la abstención y anulación de votos registrada en los últimos procesos electorales, pudiera ser indicador substancial del grado de desgaste, contradicciones e insuficiencias de un modelo político unipartidista, que nació y se legitimó en circunstancias muy concretas, pero que, por eso mismo, no puede funcionar eternamente a contramarcha de la dialéctica de los cambios sociales sin acabar siendo anacrónico.

Probablemente Rubén Remigio Ferro, presidente del Tribunal Supremo Popular, cuando reconoció en una comparecencia ante medios de prensa en días siguientes a las protestas de julio del 2021 que manifestarse era un derecho, condensaría sin intención lo desafiante que resultaba siempre al poder la frase que Giuseppe Tomasi di Lampedusa había acuñado en su célebre novela Il Gattopardo.

Ciertamente, no era tan fácil hacer que todo cambiara y conseguir que todo siguiera igual.

Decencia

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Decencia
(Imagen: Brady Izquierdo)

?No me grites, que no hay por eso más razón en lo que dices…

?¿Eso es conmigo?

?Qué va, oficial: incapaz de obstruir el buen funcionamiento de una manifestación pacífica. Solo recordaba una canción interpretada por Beatriz Márquez.

?¿No será que la tararea rememorando el aniversario cincuenta del Movimiento de la Nueva Trova? Vaya, por aquello de la canción protesta.

?La Musicalísima no surgió de ahí, pero vale la observación. Raro que el tema no haya sido censurado. No sé hasta dónde llegaría su tolerancia si me oye exclamar: «Merece que pongamos el punto ya final…».

?¡¿Punto final de qué?! Mire que «tolerancia», etimológicamente, tiene ciertas coincidencias con la palabra «tolete».

?La raíz la pone uno según su parecer.

?No se haga el sueco.

?Hacerse el sueco es compatible con el síndrome de Estocolmo.

?Y con el «Esto es el colmo» que alegan ustedes.

?Exacto. Entre las causas de ese síndrome se cita que «la pérdida total del control que sufre el rehén durante un secuestro es difícil de digerir. Se hace más soportable para la víctima convenciéndose a sí misma de que tiene algún sentido, y puede llevarla a identificarse con los motivos del autor del delito».

?Cae usted en su propia trampa. De cierta manera acepta que comete un delito parado donde está, con ese cartel que reza: «Quiero mi luz, quiero tu luz… o irme a Toulouse».

?Estoy sobre una acera ancha, no obstruyo el tráfico, no ofendo a nadie, me dirijo a usted en términos que contrastan con los cánones del presidente cuando se refiere a la «indecencia», a la «vulgaridad» para referirse a quienes claman por derechos. Y alabo la comunicación establecida: ninguno de los dos la tumba, no obstante transmitir en frecuencias diferentes.

?«La preocupación y el planteamiento honesto, el planteamiento decente en medio de una situación difícil lo aceptamos y lo atendemos», ha dicho DíazCanel.

?¿No leyó la línea anterior a esa? Plantea exactamente lo contrario: «No lo podemos permitir. Manifestaciones de ese tipo no tienen legitimidad».

?Cada cual cita lo que le conviene. Prefiero aquel fragmento en que el primer secretario orienta «ubicar de inmediato a las familias que quedaron sin vivienda, que no tienen ninguna solución, en lugares adecuados y con una adecuada atención».

?La cantidad de viviendas que estuvieran disponibles si el Gobierno no se hubiera dedicado a ubicar organismos desadecuados (y desubicados) en viviendas que han quedado sin familia…

?«Un huracán en pocas horas nos destruye a mayor velocidad que a la que podemos recuperarnos». También lo dice el presidente.

?Einstein no supo nada de relatividad ni conoció a Miguelito. Hay que ver la energía con que este último le mete una velocidad a la masa.

?Me estás llenando la cachimba.

?¿Con el tabaco que se perdió en Pinar?

?Con cierto individuo que merece ser convertido en picadura.

?A propósito de las cachimbas: lo de «emplear todas las pipas de que se disponga en los territorios, las especializadas, pero también otras que haya, como se hizo en Mayabeque, donde las dedicadas a distribuir otros productos se higienizaron y se destinaron para servir agua» me deja cierta duda. Que yo conozca, además de agua, en Cuba solo se embasa combustible en ellas. Mucha gente debe estar rumiando en sus estómagos más energía que un turno de la Guiteras.

?En «un país que parece abocado a superar sucesivas adversidades, sin perder la dignidad nacional ni arriar sus banderas», hay quienes, como dice el Juventud Rebelde, se parecen más a su tiempo que a su familia, y con absoluta confianza esperan, «como tantos pinareños, que lleguen a levantarles otra vez el hogar», sobre todo después que han recibido la noticia de que el Estado financiará el cincuenta por ciento de los precios de los materiales.

?La cuenta arroja que, si el Gobierno cobra los materiales con impuestos muy superiores al doscientos por ciento, ese «altruismo institucional» solo hace menos oneroso el tablazo.

?Lo importante es que en las próximas dos semanas pueda reponerse la infraestructura del sistema electroenergético en el occidente…

?…de manera que todos los consumidores reciban los apagones con normalidad.

?Mejor retírese. No todos los policías tendrán la decencia de tratarlo como lo he tratado yo, ni todos los manifestantes la de asegurarme que somos la misma cosa. No quiero cumplir con la tonelada de galletas que asegura el Tribuna se está distribuyendo por municipio, ni creo que los protestones entren en la categoría de «dejarlos mejor que como estaban antes».

?Le haré caso. A juzgar por los «ciclones de trabajo», las tormentas de voluntades» y los «huracanes de esperanzas», Ian seguirá azotando con «vientos de recuperación». Ya lo dijo Cubadebate: «Esta Revolución se hizo para la resistencia».

Después del huracán: Punta de Carta, Campo Alegre, La Tea

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

La guagua avanza despacio. Por los baches habituales, por los cables y los postes eléctricos y los árboles arrancados de raíz y tirados sobre la vía. Cinco días después del paso del huracán Ian, ninguna brigada de linieros ha empezado a trabajar aquí, en esta parte del sur de Pinar del Río. Las prioridades son otras: en La Habana hay protestas.

Llevamos donaciones recogidas en Matanzas: ropas, material de aseo, galletas y barras de dulce de guayaba. No es mucho. Es decirle a esa gente que no están solos, que el resto de Cuba los piensa. Es apoyo moral, empatía y un rato de distracción y felicidad para los niños de allí.

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

Nadie deja de mirar por las ventanillas. El paisaje es angustiante. No hay una casa de tabaco totalmente en pie. En una de las comunidades un hombre pregunta para dónde vamos. Uno de los muchachos del Proyecto Faros le responde que para la playa, Punta de Carta. El hombre levanta el pulgar: «La cosa está mala por allá», dice.

Más mala, querrá decir. Porque lo que vemos en todo el camino son casas de tablas y techos de zinc, la mayoría afectadas. Muchos derrumbes totales. Me llama la atención que no observo matas de guayaba, de mango, de aguacate, de mamey. Cero frutas. Nada que ver con los campos que conozco. Será por el tipo de tierra, me digo.

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

Sí hay algunos platanales pequeños alrededor de las casas, y mucho arroz sembrado. Los platanales tumbados; el arroz, con espigas maduras ya, doblado. Mucho habrá de perderse. No hay tabaco en las vegas. Las tierras están en barbecho. En una casa de tabaco, o en un almacén, llego a ver varias pacas de hojas mal envueltas en lona azul. No es el hambre y la escasez de ahora, es la que vendrá después, pienso.

Punta de Carta está pegada al mar. Uno de los cuatro hombres que pasó el ciclón ahí me dice que, por suerte, el agua entró solo diez minutos y después se retiró. Que no hubo marejada, que lo malo fueron los vientos. Escondido en una construcción estatal, sintió las casas desplomarse a su alrededor. Una por una. Y cuando el techo voló, se escondió debajo de la meseta de la cocina. Aquello fue terrible.

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

Pero ahora está en su casa, una de las más pegadas al mar, martillo en mano. Recogió las tejas de zinc que encontró y él mismo volvió a ponerlas con los viejos clavos. Que no va a dormir a la intemperie hasta que llegue la ayuda del Estado. No sé si eso es resiliencia, o resignación, o valentía. Yo veo a un hombre con un martillo en la mano, reconstruyendo lo suyo. Eso sí: no brilla de entusiasmo.

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

A él mismo le pregunto de qué se vive en el pueblo. Explica que se pesca y van a otro pueblo a vender y a cambiar por viandas u otras cosas. Que a veces llega gente de Pinar a comprar pescado. Que hay casas de temporada. La dueña de una vive en Miami. También es una casa de madera y zinc. ¿Pero vienen de vacaciones? Indago porque no me imagino allí a una familia de la ciudad, con niños. No veo playa por ninguna parte. No es el turismo al que estoy acostumbrado. Vienen a pescar, a pasarse unos días.

Le pregunto por lo que parece una boya mar adentro. Dice que es un bote. Averiguo si él no va a salir a pescar. Me comenta que no, que es por gusto, que se echaría a perder todo porque no hay corriente.

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

En la comunidad siguiente, Campo Alegre, la gente ya sabe que vamos, que estamos entregando donaciones. Los niños esperan juntos porque se enteraron que hay un payaso y uno que canta. Las madres ven la cámara y quieren que transmita sus preocupaciones: el agua de un pozo, que se usa para regar arroz, es lo que están tomando. Que no es potable y no tienen cómo hervirla. El saco de carbón vale mil pesos. Muchos no tienen gas y no hay electricidad.

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

Allí hay varias biplantas que se construyeron para damnificados de ciclones anteriores. El techo de algunas voló. Los propietarios no pueden hacer nada que no sea esperar. Las estructuras son metálicas y se perdieron. Familias completas están distribuidas en casa de los vecinos. Por suerte allí todos se conocen, señala alguien.

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

Otra parada en La Tea, donde hay muchos niños. Un hijo está subido en lo alto, preparando para ponerle, aunque sea, un pedazo de techo a la casa de su padre. La casa se fue completa. Solo quedaron los horcones. Cree que recuperaron material para al menos dos habitaciones.

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

Hay mucha pobreza acumulada durante años, me digo. Dónde están las no-sé-cuántas medidas que se tomaron para estimular la agricultura. No hay en esta zona uno solo de esos tabacaleros ricos de los que se habla en la ciudad. Pregunto por la huella que dejó Murillo, para qué sirvió, qué hizo de bueno. Nadie me responde.

Desigualdades, pobreza y posicionamientos políticos

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Desigualdades, pobreza y posicionamientos políticos
(Foto: EFE)

El incremento exponencial de las desigualdades y la pobreza en Cuba durante las últimas décadas, condiciona posicionamientos/radicalizaciones políticas frente al poder. Es inaceptable, muestra la incoherencia discurso oficial-realidad, la demagogia del gobierno y la enorme distancia entre este y las mayorías.

Ante ellas el Partido/Estado/Gobierno se presenta como encarnación y «continuidad» de una Revolución «de los humildes, por los humildes y para los humildes», pero hace tiempo la realidad niega todo eso. El costo político tiene que ser alto, porque en el imaginario que creó esa Revolución —y el socialismo asumido—, la justicia y las políticas sociales (educación, salud, cultura, deporte, seguridad social, pleno empleo, asistencia social) fueron claves y aseguraron el consenso político.

Si el gobierno derivado de ella venció enormes desafíos, lo que incluye que los ciudadanos aceptaran una y otra vez el sacrificio y renunciaran al ejercicio de derechos y libertades individuales, fue porque las políticas sociales satisfacían necesidades de esas mayorías. Ellas se movilizaban con la esperanza y confianza en el liderazgo y en el futuro, que sería promisorio.  

No obstante, desde hace años nuestra crisis es sistémica. Todo apunta a que las inequidades, la pobreza y la precariedad, a escala territorial y de la ciudadanía, seguirán incrementándose. El reciente proyecto «Visibilizar el cambio: pobreza y sectores vulnerables en Cuba», desarrollado por un equipo multidisciplinario de La Joven Cuba, examinó diversas aristas del problema y ofreció diagnósticos y soluciones que nuevamente parecen ir al vacío.   

-II-

No es este un fenómeno nuevo, sino ocultado por «indeseado» e inconveniente para la imagen oficial del país, de lo cual fue tal vez pionero el inconcluso «Proyecto Cuba» (1969-1970). Se aceleró durante los años noventa, pero nada se compara con lo ocurrido desde 2008, cuando se inició la llamada Actualización del modelo económico y social cubano.

Como parte del proceso comenzaron a abandonarse las salvaguardas de la política social, lo que se muestra en la disminución sistemática del gasto social respecto al PIB e igual tendencia en las inversiones. A tenor con ello, desde antes de la pandemia Cuba es un país muy desigual, con amplias brechas de equidad en todos los órdenes, ensanchamiento permanente de la pobreza e incremento de la vulnerabilidad social y del país. 

En el registro más reciente de la ONEI, tal desequilibrio en las inversiones resulta escandaloso: 36.4% para servicios empresariales, actividades inmobiliarias, de alquiler y hoteles; frente a 2.6% para agricultura, ganadería y silvicultura;  2.0 para salud pública y asistencia social; 0.9 para educación; 1.2 para cultura y deporte y 0.7 para ciencia e innovación.

Desigualdades, pobreza y posicionamientos políticos

A pesar de las numerosas críticas, reclamos y recomendaciones, y aun cuando la propia estrategia gubernamental del 2020 definiera como prioridad la agricultura y alimentación, tal rumbo se mantiene. Y no estamos hablando de un gobierno neoliberal con políticas de choque que merece protestas sociales. Es uno que se autoproclama «socialista» y «revolucionario», pero que no rinde cuentas, no paga el costo de sus errores y cree no merecer siquiera la crítica, mucho menos la protesta. 

Algunas condicionantes verificadas en el Proyecto son:  

1.- Lentitud, falta de secuencialidad, sistematicidad, coherencia, sincronización y eficacia de las reformas económicas, incompletas cuando no erráticas y casi siempre impopulares. La reciente referida al dólar —como avizoraron expertos—, incrementó la inflación, profundizó la marginalización de amplios sectores, atentó contra la capacidad adquisitiva de miles de personas y está lanzando a cientos de ciudadanos a la pobreza. Resultado: récords en escasez crónica de bienes y servicios, apartheid económico, ampliación de la pobreza e inflación incontrolada.

2.- Se han ampliado los sectores sociales empobrecidos, profundizado diversos niveles de exclusión y recrudecido fenómenos como el desempleo, la violencia y el racismo, por ejemplo. Mujeres, ancianos, negros y mestizos son los más afectados por falta de oportunidades, carencia de condiciones básicas para la vida, pensiones deprimidas y abandono institucional.

3.- Empeoramiento de problemáticas que gravitan sobre estos fenómenos, entre ellas: vivienda, transporte, abasto de agua y servicio eléctrico. Dichos ámbitos también han sido víctimas del voluntarismo y exhiben costos de viejas políticas fallidas que el actual gobierno recicla.

4.- Proliferación de barrios empobrecidos y marginales en todo el país. En ellos colisionan todas las anomalías. Como en otros, pero más evidente en estos, prevalecen la poca participación ciudadana y la falta de confianza en las instituciones. El gobierno reacciona con salpicaduras de medidas cosméticas.

5.- Profundización de los desequilibrios regionales entre la capital y el resto del país —sobre todo el oriente— y retrocesos en el desarrollo local. Las inequidades territoriales están en: pobreza y déficits en servicios, seguridad, inversiones, problemas ambientales, empleo, salarios, conectividad, identidad, inserción social, viviendas, recursos comunicacionales y tecnológicos.

Desigualdades, pobreza y posicionamientos políticos
Se han ampliado los sectores sociales empobrecidos, profundizado diversos niveles de exclusión y recrudecido fenómenos como el desempleo, la violencia y el racismo, por ejemplo. (Foto: AméricaTevé)

-III-

En el proyecto de LJC y otros se han propuesto numerosas soluciones. Entre ellas: transformaciones económicas reales y estructurales, políticas públicas pro equidad y contra la pobreza, políticas «afirmativas» hacia sectores marginalizados, sistema de pensionesvivienda, descentralización y otras de empoderamiento ciudadano. 

El Partido/Gobierno/Estado sabe que la crisis es estructural, pero es incapaz de resolverla ni gestionar las demandas populares; menos de favorecer el empoderamiento ciudadano. Gana tiempo descompresionando un poco en lo económico, blindándose jurídicamente frente a la ciudadanía e incrementando la represión, último recurso de su incompetencia.

Estamos en el límite y sin retorno. Llamo la atención sobre: 

1.-El problema de fondo es político, por eso llevamos más de treinta años sin lograr siquiera las reformas económicas requeridas. La opacidad habitual del poder y la ausencia de democracia no permiten a la ciudadanía informarse; menos participar en la toma de decisiones y controlar la gestión gubernamental. Resultado: junto a inequidades, pobreza y exclusiones; se agravan la indolencia de las instituciones y la escasa capacidad de gerencia de la sociedad civil.

2.-Existe una evidente disonancia entre los intereses y prioridades de la clase política y los de la ciudadanía. Camuflada de «Revolución» y «Socialismo» gana fuerza la opresión, en tanto la «continuidad» nos mantiene en un callejón sin salida. Analícese cualquier ámbito, «todos los caminos conducen a Roma»: el modelo. Asumimos la peor variante de socialismo: políticamente totalitario, económicamente inviable y socialmente empobrecedor.

3.-Otra vez se pide a la ciudadanía sacrificio, confianza, ahorro y altruismo; seguir creyendo que la culpa de todo es del enemigo externo y que el gobierno hace todo lo que puede. Pero, por ejemplo, ¿por qué no se transparenta la gestión oficial, se revisan, ordenan y depuran los gastos del enorme aparato burocrático estatal, partidista, de las organizaciones afines y de las fuerzas represivas? Todas ellas estructuras verticales y ampulosas que pagamos los ciudadanos.

4.-Tenemos una problemática demográfica gravísima con efectos múltiples que el gobierno ignora, o empeora, en lugar de encararla. Más de la mitad de la población rebasa los cincuenta años. La combinación de envejecimiento, permanente reducción de la natalidad y récord de emigración masiva ya muestran crisis de remplazo, carencia de fuerza de trabajo y despoblamiento.  

-IV-

Contrario al discurso oficial, la Cuba real es negación de los ideales revolucionarios y de las otrora políticas sociales, aun con sus debilidades y condicionamientos. Una mirada en el tiempo muestra que muy pronto la igualdad para las mayorías se desvirtuó y acompañó de enormes restricciones a los derechos y libertades individuales.

El nuevo proyecto de país socializó y expandió la precariedad como forma de vida. El deterioro sistemático de las condiciones de existencia, visto de una década a otra en ciclos que se repiten, ha vuelto este fenómeno crónico y estructural, con consecuencias a nivel psicológico y conductual que recuerdan la llamada «cultura de la pobreza»: orientación hacia lo inmediato, poca capacidad para planear el futuro, sentimientos de impotencia,  auto marginación de espacios públicos,  inercia y desconfianza en las instituciones, sensación de pérdida de esfuerzos e irreverencia.

Actualmente afloran fenómenos derivados de reconfiguraciones socio-clasistas devenidas antagónicas, del voluntarismo en el ejercicio del poder y el ocultamiento de fenómenos como el de la pobreza. A las tradicionales violaciones de derechos cívicos y políticos, se suman hoy las de carácter económico, social y cultural. A ello se agrega la falta de legitimidad del gobierno, la existencia de generaciones con demandas que no encuentran espacio para ser gestionadas y el incremento de la tensión y protesta social desde 2020. 

Resolver el problema de Cuba implica, en primerísimo lugar, democratizar la sociedad, pero eso es incompatible con el modelo y los intereses de la clase que detenta el poder y goza de enormes privilegios. He ahí la contradicción principal que augura serios peligros para la nación.

Hace unos años Juan Valdés Paz alertaba respecto al riesgo de continuar con recortes sociales, porque quitando los defectos de nuestro «socialismo real», «lo que nos queda es la política social». Pero si ya ni eso tenemos: ¿qué se defiende entonces?, ¿sobre qué bases puede el gobierno de la «continuidad» articular el consenso político?

Con el desplome de las garantías sociales y la expansión de las desigualdades y la pobreza, se ha dado un tiro de gracia a la Revolución y al Socialismo que siguieron las mayorías. Eso, más la intolerancia, incapacidad e irresponsabilidad política del Partido/Estado/Gobierno, explican tres importantes rasgos del contexto y los posicionamientos políticos actuales: 1) evidente cisma en sus bases sociales, donde prima el silencio pero cunden la frustración, inercia y desesperanza; 2) incremento de la tensión social y el extremismo político y 3) el corrimiento de posturas reformistas a rupturistas.

El camino recorrido confirma que solo transitando a la democracia y apegados a la soberanía popular podrán lograrse las transformaciones que el país necesita y asegurar políticas sociales sostenibles por la riqueza creada en condiciones de libertad.

Para contactar a la autora: ivettegarciagonzalez@gmail.com 

Pavel Giroud y la amarga verdad de El caso Padilla

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Pavel Giroud
Heberto Padilla. (Foto: Figa Film)

Heberto Padilla no escribió versos para que otros dijeran: «qué provocación nace de la cabeza de este poeta». Tampoco escribió en su libro que «vivir la vida no es cruzar un campo», para que lo compararan con Boris Pasternak. No escribió Fuera del juego para entrar en otros juegos ni para salirse del suyo. Y si quiso todo lo contrario, también era válido.  

Como algunos escritores de su generación, fue al futuro a través de sus poemas porque le cantó al hombre arrasado por la Historia. Sentía el lamento premonitorio de lo que serían errores del sistema. Lamento agónico. Lamento bolchevique del que hablaba Nabokov. Hubo personas que lo odiaron por provocador, por querer ser un poeta maldito, por hipercrítico unos y por moderado otros. Los poderosos lo encarcelaron. Pero la mayoría lo odió por decir la verdad —al menos la suya—, esa es la poética de Fuera del juego.

«Las verdades amargas son también verdades», dijo Yevgueni Yevtushenko, poeta ruso amigo de Heberto, sobre el libro. Cincuenta y cuatro años después, el cineasta cubano Pavel Giroud (La Habana, 1972) realizó un documental sobre la verdad amarga de El Caso Padilla, proceso que se desató cuando en 1968 los jurados cubanos José Lezama Lima, José Zacarías Tallet y Manuel Díaz Martínez, junto al hispanista británico J.M. Cohen y el poeta peruano César Calvo, no aceptaron presiones de la UNEAC y le dieron el Premio Julián del Casal al poemario.

Siguieron tres años de aislamiento para Padilla hasta que el 20 de marzo de 1971, lo detuvieron a él y a su esposa, la poeta Belkis Cuza Malé, bajo la acusación de actividades contra la seguridad del Estado. Entonces, cuenta en La mala memoria, para ser liberado le tocaba protagonizar una «autocrítica» que escandalizaría al mundo.

Ocurrió a las 9 de la noche del 27 de abril, en la sala Villena de la UNEAC. Hay cartas, transcripciones, despachos de prensa, crónicas, ensayos, libros sobre lo sucedido ese día. Padilla escribió, más de dos décadas después, que toda su autoinculpación estaba recogida en la filmación del ICAIC y que un día, cuando los tiempos cambiaran, serían reveladas. En algunas cosas, los tiempos no cambiaron. Pero ese día llegó. O comenzó a llegar el 18 de septiembre del 2022, cuando en una sala de proyecciones de San Sebastián, País Vasco, España, a 7512 kilómetros de La Habana, vio la luz el documental El Caso Padilla, del cubano Pavel Giroud.

Cuba atraviesa un proceso de crisis sistémica y a un recrudecimiento de la represión a cualquier asomo de disidencia. ¿Cuál es motivo de realizar ahora este documental?

Ese recrudecimiento de la represión no fue condicionante alguna para la salida del documental. El hecho de que coincidan en el tiempo, no voy a decir que es fruto del azar, porque cada uno tiene causas comunes, pero sí escapa de mi control. Ese accionar de las fuerzas represivas en Cuba pareciese un trabajo de marketing montado por nosotros para darle vigencia a un material que está más vivo que nunca. Lo están legitimando cada día que pasa. Y no solo en lo referido a la represión, también en la obligación a auto inculparse, tal cual le hicieron hace pocos días a los periodistas del medio independiente El Toque.

Ha declarado que por razones de seguridad no puede decir quien le facilitó el betamax con la copia de 16 mm de la filmación del Caso Padilla. Pero, ¿desde cuándo está en su poder?

Más que razones de seguridad, es por estrategia. Quiero que ahora se hable de la película, no de cómo llegó a mis manos la cinta. La prueba de que ese evento se puede tragar a la película es que siempre es la primera pregunta que me hacen, aunque en tu caso, es la segunda. Ya lo contaré. Es una historia extensa y aburrida. Nadie en particular me la facilitó. Me la facilitó una situación que se dio. Lo traje conmigo de Cuba y fue aquí donde lo pude ver íntegramente.

Si hemos tardado en sacarlo a la luz ha sido porque tuvimos que proveernos de todo el amparo legal que nos permitiera hacerlo, bien fuera para revelarlo íntegramente o hacer una película con él. A veces muchos colegas hacen las cosas a lo loco, sacan una película y un simple clic la anula por violar una cadena de derechos. Teníamos que estar seguro y el hecho de esperar que se cumplieran cincuenta años formó parte de ese proceso.

¿Hasta qué punto el trasiego clandestino del discurso afecta o condiciona su trabajo con el documental?

Me gusta mucho esta pregunta. Obviamente le da valor, pero desde el principio me planteé una película que tuviera un valor cinematográfico per se más allá de la revelación del material y creo que, tras mucho trabajo, lo hemos logrado. La decisión de hacer la película y no revelar las más de tres horas que tengo en mi poder, es que tras esta segunda, solo se acercarían a ella los mismos que siempre han estado interesados en el caso. Sin embargo, una película que contextualizara el por qué ese hombre está en esa situación podría llegar a mucha más gente, que luego se enfrentaría al metraje total con más información, sin que le sonasen raros determinados nombres, publicaciones o sucesos.

En La mala memoria, autobiografía de Heberto Padilla, el escritor describe el proceso desde los antecedentes con sus visitas a la URSS y otros países socialistas, hasta lo que ocurrió luego del discurso con él y la poeta Belkis Cuza Malé, su esposa. ¿Cuánto se apoyó usted en el libro para realizar el documental?

El libro lo leí terminando la universidad, en los años noventa, recién editado, y me cautivó mucho. No lo volví a leer hasta terminado un corte de la película cercano al final, con el objetivo de precisar citas, fechas y esas cosas. Decidí no tomarlo como referencia por la misma razón por la que no quise entrevistar a nadie vinculado al caso hablándome desde el presente, con ese poder de selectividad en la memoria que nos da el tiempo y todo lo que ganamos con su paso —experiencia, sabiduría y convenientes olvidos. Ese libro, y su título es una prueba de ello, es una revisión desde la distancia.

Pavel Giroud
Pavel Giroud. (Foto: EFE)

¿Una vez vistas las imágenes, cómo interactúan con el texto de Padilla?

A mi juicio, y es importante aclarar que mi juicio está al nivel de cualquiera que no haya vivido el caso en persona, las imágenes lo validan. Vargas Llosa vio una versión sin terminar de la película y me dijo que muchas cosas que no le creía a Padilla en conversaciones posteriores, las pudo captar viendo las imágenes: mensajes, ironías… Hay un Padilla en el texto transcrito y otro en su performance. Este último se parece bastante al de su autobiografía.

¿Cómo batallar con la tentación de tener esas imágenes casi inéditas a la hora de la edición y el montaje del material?

Pensando como un cineasta que está haciendo una película y no como alguien que va desenmascarar a un régimen con una bomba audiovisual. Pasa a menudo que películas con temas potentes sobre Cuba, se convierten en un «yo acuso a la cruel dictadura» y eso es un error. Ahí entras en el terreno del panfleto. Al «malo» de una película lo define como tal el espectador, no decirle tú —muchas veces desde un cartel inicial— quién lo es. Si lo haces, estás anulando la fuerza dramática de la película. Hay que abstraerse, y es duro, lo sé.

Padilla, Fidel Castro o Cabrera Infante son en mi película personajes dramáticos. Fidel, como personaje, tiene un objetivo: conservar el poder y el control absoluto sobre su reino, pero los intelectuales están criticando demasiado sus prácticas e influyendo con su pensamiento más allá de las fronteras, por lo que ha de coger a uno de ellos como conejillo de Indias y dar un fuerte escarmiento al resto. Al final lo logra: convierte en ovejas mansas a los que como le criticaban. Ese es el arco dramático de ese personaje en mi película.

¿Toda la narrativa del documental está en el discurso de Padilla?

No. Es el material guía, pero entramos y salimos de la opresiva y calurosa sala Villena de la UNEAC constantemente.

¿Cuánto de fuerza y debilidad genera esto para el producto final?

Tal cual ha quedado la película, solo la fortalece, no la debilita nunca.

Usted habló de no querer hacer un panfleto, pero el núcleo que impulsa el material se puede leer como un panfleto en forma de burla o sarcasmo. ¿Su documental pudiera leerse como un panfleto de denuncia?

Creo que ya te la respondí arriba. Si se leyera así me sentiría muy frustrado como cineasta.

Pavel Giroud

Resulta llamativo que con tres protagonistas vivos de los hechos Belkis Cuza, Manuel Díaz Martínez y Norberto Fuentes con implicaciones distintas, usted optó por no entrevistarlos y colocar material de archivo de intelectuales no cubanos también relacionados al Caso, bajo la premisa de que todo recuerdo es ficción. ¿Acaso todo el Caso Padilla no es una gran puesta en escena en sí misma?

El hecho de optar por el archivo como único elemento visual y sonoro condicionó que hayan más escritores foráneos hablando del tema, aunque aparece Cabrera Infante, eso sí, hablando desde el exilio. No hay archivos cercanos a ese momento de ninguno de esos escritores vinculados al caso refiriéndose, ya no al caso mismo, ni siquiera al papel del escritor en una sociedad o a la libertad en la creación. Hay mucho de Belkis Cuza o Manuel D. Martínez, pero lejanos en el tiempo al suceso y ya eso no entraba en mi premisa.

El caso Padilla comenzó como una puesta en escena, con guion, protagonista y personajes secundarios, pero terminó siendo una leyenda gracias a su ocultación. Y está claro que todo lo oculto genera culto.

Ver la reacción y saber las declaraciones de estos intelectuales una vez se observaran en pantalla por primera vez cincuenta años después me parece material para otro capítulo… ¿Qué opina usted?

Opino que has tenido una gran idea y no estaría nada mal que la acometieras tú o cualquier otro creador. De mi parte, doy por cerrado este caso.

¿Quién era Heberto Padilla según Pável Giroud? ¿Qué pretendía si cree que pretendía algo con todo esto?

A pesar de considerarlo un gran poeta, no puedo verlo de otra manera que como una víctima de eso que aún llaman Revolución y ahí es donde se integra a mi universo de personajes. En mi película La edad de la peseta, una familia se separa con la llegada de la Revolución; en Omertá, la llegada de la Revolución aparta a un hombre de la vida que disfrutaba y está en una sociedad en la que no tiene cabida; en El acompañante, un joven militar es privado de sus libertades por contraer VIH y en El caso Padilla, ya sabemos. Padilla no pretendía otra cosa que salvar su pellejo. Tenía dos opciones y escogió la que muchos hubiesen elegido. Se suicidó en vida intentando salvarla.

¿Qué planes tiene con la distribución del documental para los cubanos que viven en Cuba? ¿Habrá alguna manera de verlo online próximamente? ¿Estaría dispuesto a presentarlo en el próximo Festival del Nuevo Cine Latinoamericano?

Yo creo que ya el plazo para inscribirla en el festival, venció, pero aún no siendo así, ni me lo he planteado. No soy de meterme en batallas de antemano perdidas. Lucho cuando hay una mínima posibilidad de vencer y no es el caso. De la misma manera que no quiero que el cuento de como obtuve la cinta haga que se hable menos de la película, no quiero que el ser censurado gane fuerza y se imponga a ella.

Muchos saben aprovecharse de la censura para potenciar la valía de su obra, yo prefiero no hacerlo. Hay quien ha llegado a decirme, desde su posición de derechas, que la película «es el tiro de gracia al Castrismo» y un entrañable amigo, muy de izquierdas y amante de Cuba, que «hubiera preferido haber muerto antes de haberla visto». Lo cierto es que nadie la cuestiona, ni los más furibundos amantes de la Revolución cubana que la han visto, porque estás siendo testigo del terror que hasta ahora te han contado, y cuando te cuentan algo siempre hay un margen de dudas. Aquí no hay duda posible.

Si no han sido capaces de revelar el material en cincuenta años —no sé si se conserva el negativo—, menos capaces serán de exhibir una película que lo contextualiza y lo hace comprensible a todos. Después de su paso por festivales tendrá su estreno comercial. En España ya tenemos previsto su estreno en salas a través de la distribuidora A Contracorriente Films. Luego irá a alguna plataforma con toda seguridad. En el resto del mundo están por cerrarse los acuerdos. A Cuba llegará de la misma manera en que llega la comida a la mesa: milagrosamente, pero llegará.

Códigos, referendos, economía y democracia

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Códigos
Valla parte de la campaña por el SI, en el referendo popular del nuevo Código de las Familias, hoy, en La Habana. (Foto: Yánder Zamora)

El pasado 25 de septiembre, finalmente se aprobó mediante un referéndum el Código de las Familias en Cuba, que incluye el matrimonio igualitario, la diversidad sexual, la gestación subrogada y la adopción homoparental, entre otras cuestiones. La nueva norma recibió el respaldo del 66,87% de los votantes, que representó el 74,01% del padrón electoral. En cualquier país, tanto ese nivel de respaldo como la participación serían considerados muy favorables, pero en el caso de Cuba es el peor resultado de los ejercicios electorales desde 1976.

La campaña en favor del Código, desplegada por el gobierno y los medios oficiales, y por medios y grupos que apoyaban la medida aunque son críticos de la gestión gubernamental, encontró el rechazo de gran parte de los sectores religiosos y de una representación considerable de medios conservadores contrarios al sistema político cubano.

Este código es, sin duda, una norma positiva en el camino de crear condiciones para que se reconozcan los derechos de una parte de la población a construir familias diferentes a las consideradas «normales» en los patrones éticos de diversas orientaciones religiosas.

En mayo pasado, sin embargo, la Asamblea Nacional del Poder Popular aprobó por unanimidad, como es usual, un Código Penal tremendamente represivo, sobre todo en la penalización del activismo político opositor. Para este caso no hubo debate, y mucho menos una aprobación refrendataria. Es decir, para reconocer derechos a diversos sectores de la sociedad se requirió consultar a la población, pero para establecer como delitos lo que en otros países es un derecho, y endurecer las penas a los activistas políticos opositores, bastó el voto unánime de los diputados cubanos.

Si fueran coherentes, las autoridades podrían haber evitado el referéndum y aprobar el Código de las Familias con esa unanimidad que les caracteriza, de espaldas a la realidad diversa que es el país; o podrían someter a consulta popular el Código Penal. Pero es obvio que en este último caso no querían correr el riesgo de ser derrotados en lo que muy probablemente habría sido una consulta popular sobre su gestión.

Códigos
Las autoridades podrían haber evitado el referéndum y aprobar el Código de las Familias con esa unanimidad que les caracteriza, de espaldas a la realidad diversa que es el país. (Foto: Mireya Ojeda Cabrera / Radio Rebelde)

Mientras tanto, a la dura realidad cotidiana de los cubanos residentes en la isla, se unió el paso destructivo del huracán Ian, que causó devastación en la región más occidental del país, incluida la pérdida de vidas humanas y afectaciones a cosechas de tabaco de la región de Vuelta Abajo —uno de los pocos recursos exportables del país—, así como a otros productos agrícolas, destrucción de viviendas, y el colapso del sistema eléctrico nacional, ya golpeado por una gravísima crisis impuesta por las restricciones de combustible y por su obsolescencia tecnológica.

Todo esto ocurre en medio de una aguda escasez de alimentos y bienes de consumo esenciales, de la crisis crónica del sistema de transporte y, sobre todo, del hastío y la desesperanza, agravados por los sucesivos errores en la política económica adoptada por el gobierno y refrendada por la dirección del Partido, además del impacto negativo provocado por las sanciones económicas que mantienen las sucesivas administraciones estadounidenses sobre Cuba.

Como he expresado en otras ocasiones, las sanciones económicas estadounidenses solo podrán ser desmontadas por el Congreso de ese país. Sin embargo, es mucho lo que puede y debe hacerse en Cuba para salir de la profunda crisis estructural en la que está inmersa, agravada recientemente por los efectos de la pandemia del Covid-19, la destrucción de parte de la base de supertanqueros de Matanzas y ahora por el huracán Ian.

Particularmente, el colapso del sistema eléctrico ha tenido afectaciones gravísimas sobre la vida de la población. Muchas familias han perdido sus alimentos después de tres o cuatro días sin energía y todas sufren las inclemencias del agobiante calor. En consecuencia, en diversos lugares del país, especialmente en La Habana, se han producido protestas sociales, muchas de las cuales añaden al reclamo de la reconexión eléctrica, la crítica a la gestión gubernamental y también el grito de «LIBERTAD».

Aunque esta vez con un poco más de tacto que en el pasado estallido social del 11 de Julio, dadas las circunstancias inmediatas, las autoridades, incluyendo al presidente, siguen insistiendo en el carácter «contrarrevolucionario» y «mercenario» de muchos de los que protestan, aun cuando la mayor parte de ellos son personas desesperadas, que ya no pueden más porque están hartas de tantas vicisitudes en cada una de sus acciones cotidianas. Sin embargo, al igual que en aquella ocasión se han utilizado fuerzas militares y de policía vestidas de civil para reprimir a manifestantes.

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Represión a manifestantes en El Vedado. (Foto: America TV/ El autor)

En medio de las difíciles condiciones de vida de la mayor parte de la población, los medios de comunicación oficiales y los mecanismos de divulgación ideológica del Partido Comunista de Cuba (PCC) ofrecen sistemáticos partes de victoria, y no cejan en el empeño de mostrar un infundado triunfalismo, que desacredita no solo a la dirigencia del país sino al sistema político como un todo y pone en entredicho, entre una proporción cada vez más significativa de la población, categorías políticas como: «Revolución» y «Socialismo».

A pesar de las opiniones críticas de una serie de economistas y de las sugerencias de otros, la dirección del Partido y del gobierno han mantenido una política económica errática; han insistido en no abordar los problemas económicos en su integralidad; han fallado en la definición de la secuencia adecuada de las medidas, pretendiendo solucionar problemas de la esfera de la circulación sin realizar los cambios necesarios en la producción.

Asimismo, persisten en el mantenimiento a toda costa del modelo de administración centralizada y de la preeminencia de las empresas estatales, muchas de las cuales son ineficientes y le cuestan a toda la sociedad. 

En clara muestra de voluntarismo fijaron una tasa de cambio oficial del peso cubano lejana a las condiciones del mercado, apelaron al desacreditado expediente de los tipos de cambio múltiples sin el músculo necesario para influir en el mercado cambiario y, recientemente, afirmaron con soberbia que no se renunciaría al monopolio estatal del comercio exterior, a pesar de que la lógica racional sugiere liberalizar esta importante actividad económica para un país como Cuba con alta dependencia de sus relaciones económicas internacionales.

Esto ocurre porque el sistema político e institucional del país no solo lo permite, sino lo estimula. Es un sistema que asegura un poder totalitario e indiscutido por vías institucionales y legales, lo cual deja a la oposición, o a quienes cuestionen ese poder, únicamente con la alternativa de la protesta social, con el agravante de la persistente manipulación que se hace de los derechos ciudadanos.

Varios son los problemas que evidencian la ineficacia del sistema para satisfacer las necesidades de la sociedad, aunque sea muy eficaz para asegurar el carácter dominante de la burocracia en el poder. Sin pretender agotar el tema y consciente de que cada uno de ellos implica una reflexión aparte, listaré algunos de los principales:

1) a pesar de que el artículo 3 de la Constitución de 2019 establece la soberanía del pueblo, del cual dimana todo el poder del Estado, no existen los mecanismos legales para que el pueblo pueda ejercer esa soberanía de forma efectiva;

2) el pueblo carece de la posibilidad de elegir directamente a sus gobernantes o de revocarlos mediante un ejercicio electoral;

3) el carácter de «fuerza dirigente de la sociedad y del Estado» que se otorga al PCC, permite a este colocarse por encima de la Constitución y de las leyes;

4) el carácter «socialista» del país —léase el sistema político totalitario que cada día es menos socialista en realidad— es «irreversible» según la  Carta Magna, con lo cual se obliga a las generaciones futuras a aceptar un sistema que para ellas puede resultar ajeno;

5) no existe un equilibrio de poderes independientes, con lo cual, en la práctica, tanto el sistema judicial, como el órgano legislativo y los entes de control se someten a las directrices del PCC e incluso al ministerio del Interior y la Seguridad del Estado; y

6) los derechos reconocidos en la Constitución no están reglamentados, lo que permite a la Seguridad del Estado, la Fiscalía y los Tribunales interpretarlos a discreción, convirtiéndolos en papel mojado.

Por estas razones es muy difícil que la crisis económica se solucione sin realizar una transformación fundamental del sistema político, afectado por una crisis de confianza que unida a la crisis económica están generando la mayor estampida migratoria de los últimos cuarenta años.

Los casos de China y Vietnam, en que se ha logrado una mayor prosperidad económica en el primero y un mejoramiento sustancial del nivel de vida en el segundo, manteniendo el carácter totalitario y anti-democrático de sus respectivos sistemas políticos, demuestran que para mantener la estabilidad política se requerían transformaciones económicas radicales orientadas hacia el mercado.

En ambos países, la población en general vive mucho mejor que hace cuarenta años. Para una parte considerable de las referidas sociedades, desde que se iniciaron las reformas el liderazgo político no solo ha sido garantía de ellas sino su principal impulsor. Nada de esto ha ocurrido en Cuba y ya ese modelo no resulta suficiente y tampoco deseable para una parte considerable de la ciudadanía.

Ante la grave crisis solo cabe una salida democrática. Es tiempo de aceptar las nuevas realidades políticas por duras que resulten para algunos. Entre ellas menciono:

1) en la actualidad el liderazgo del país cuenta con el menor nivel de respaldo ciudadano desde 1959;

2) el PCC, lejos de constituir una organización política de vanguardia y fuerza dirigente de la sociedad, va a remolque de los tiempos sin ofrecer alternativas viables para salir de la crisis y no ha sido capaz de exigir cuentas a su liderazgo por el incumplimiento de los Lineamientos aprobados en el VI y VII Congresos, y

3) el respaldo que recibió el Código de las Familias no es endosable al Partido y al Gobierno, sino que refleja el apoyo de gran parte de la sociedad que decidió defender derechos humanos que no estaban reconocidos legalmente, incluyendo los de algunas minorías.

¿Qué pasaría si se somete a plebiscito el mantenimiento del artículo 5 de la Constitución o el carácter único del PCC? ¿Qué pasaría si en una consulta popular se busca refrendar el carácter «irreversible» del sistema político cubano o la elección directa entre alternativas del presidente de la República y de los presidentes de los gobiernos provinciales y municipales?

¿Qué pasaría si se permite al pueblo decidir entre mantener el sistema electoral actual o la posibilidad de elegir directamente a los diputados entre candidatos que no necesiten ser autorizados por una comisión de candidatura? Las únicas respuestas válidas serían las de las urnas. Estas y otras muchas son cuestiones de urgencia nacional y deben ser abordadas tanto desde un punto de vista político como ético y moral.

Nayib Bukele luchará por segundo mandato

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(Foto: La República.Pe)

El mandatario salvadoreño Nayib Bukele anunció sus intenciones de volver a luchar por la silla presidencial en los comicios de 2024, hecho que ha despertado la polémica en el país, pues la reelección inmediata está prohibida por la Constitución.

Las declaraciones ocurrieron durante un acto conmemorativo por la independencia de El Salvador, en el que Bukele afirmó: “Después de discutirlo con mi esposa Gabriela y mi familia, le anuncio al pueblo salvadoreño que seré candidato a la presidencia de la República”.

La Constitución de ese país incluye seis artículos que prohíben a un mandatario de El Salvador volver a ocupar el máximo puesto del ejecutivo de manera inmediata. Uno de los más citados es el 154, que apunta: “El período presidencial será de cinco años y comenzará y terminará el día primero de junio, sin que la persona que haya ejercido la Presidencia pueda continuar en sus funciones ni un día más.”
Asimismo, el artículo 248 prohíbe expresamente cualquier tipo de modificación, enmienda o resolución que vaya en contra de la alternancia en el poder.

Sin embargo, Bukele ya había previsto este obstáculo desde mayo de 2021 cuando —con el respaldo del Congreso, donde su partido es mayoría—, expulsó a cinco jueces de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ).

Meses más tarde, los magistrados de la CSJ, entre los que se incluyen un ex asesor suyo y un abogado del director de la Policía, emitieron un fallo que autoriza una posible presentación del presidente en las elecciones generales. “Atar la voluntad del pueblo a un texto que respondía a necesidades, contextos o circunstancias de hace 20, 30 o 40 años ya no es una interpretación de derechos, sino una restricción excesiva disfrazada de seguridad jurídica”, sentenciaba la Corte.

La decisión de Bukele tensa el panorama político en El Salvador y viola el Estado de Derecho, pero no sería la primera vez que esto ocurre durante su presidencia. Precisamente en marzo, el gobernante de 40 años impuso en el país un estado de excepción y suspendió algunos derechos constitucionales, en respuesta al aumento de la violencia por parte de las pandillas.

Si bien los valores de la democracia cobran sentido a partir de las circunstancias histórico-concretas, en conjunción con los preceptos culturales e identitarios de una nación, el respeto al orden constitucional se erige como pilar fundamental de cualquier sociedad moderna.

El escenario de los próximos meses se presenta decisivo para El Salvador. De concretarse la candidatura de Bukele, será el pueblo del país centroamericano quien tendrá la última palabra.