—El evento me ha recordado el «cambio de mentalidad de los cuadros y su capacidad para aprovechar la inteligencia colectiva en la búsqueda de soluciones a los problemas que estamos enfrentando». Lo ha dicho Marrero.
—No me referí a «los clásicos», solo hablé «del Clásico».
—Yo igual. Mientras oía la transmisión televisiva me preguntaba cuánto talento se desperdicia en responsabilidades que ponen tope, como en los precios, a esa inteligencia colectiva. Rodolfo, el narrador deportivo, no merece estar ahí, sino invitarlo a los encuentros que pululan en Paseo y Boyeros. No siempre contamos con la perspicacia de un tipo que sentencia, en medio de un juego y con devastadora sagacidad, algo que nadie fue capaz de predecir: «Italia quiere ganar».
—¡Qué bárbaro! Seguramente se contuvo con otra frase que hubiera sido el súmmum de los profetas: «Cuba anhela perder».
—¡Cómo no van a ser derrotados, si cada vez que los televisan parece que están en la cola de la papa y solo quedan de las chiquiticas!
—Es que el rendimiento ha estado tan bajo como el de la caña.
—Moncada, que debía ser «la chispa que prendiera la llama de la rebelión», no le ha dado ni los buenos días a la pelota.
—¿Y qué me dices de Luis Robert en segunda? Lo frieron en un momento en que no hay ni aceite.
—Así es. Ese cátcher tenía la bola escondida, como hacen los… receptores. Robert no supo «comprobar que las acciones van por el camino correcto».
—De haber estado Gil como coach en tercera, le gritaba al doblar por segunda: «¡Tenemos que apretar el paso!».
—Es que no todos se entregan al equipo. «Seguir haciendo Revolución implica la subordinación de los intereses individuales a los colectivos».
—Hará falta otra… estrategia si pretendemos volver algún día a los planos estelares.
—Y otro salario. ¿Imaginas la depresión de los que juegan en casa cuando conversan o debaten con los de la Major League Baseball?
—«El debate sano, mientras se haga por los canales que para este existen, contribuye a mantener la cohesión que nos ha hecho sortear los momentos más difíciles».
—¿Podrá existir un momento más difícil?
—«Hay que guapear», dice el presidente. Fue mucho al Condado cuando estaba al frente del Partido en Villa Clara.
—Pero nuestros atletas están como idos. «Fuera de juego», diría Padilla.
—Los bardos de la prensa cantan a la visita del mandatario como diputado por Santa Clara: «Vibró el orgullo / rodó alguna lágrima inconforme / el amor a la patria y a la historia se puso la pañoleta al cuello y vistió de uniforme / la fuerza de un torrente de ideas contenidas esperaba su momento para tejer el voto por todos / porque todos los días, en cada pedazo de Cuba, hay una porción de futuro».
—«El futuro hecho pedazos», titularía yo ese poema.
—«La era del robot sapiens».
—¿Te place más ese título?
—No. Hablaste de la prensa y recordé un interesante artículo. Versa sobre la creación de robots humanoides con «la intersección de la inteligencia artificial y la robótica».
—Inteligencia artificial sobra. El Consejo Nacional de Innovación analizó «los retos, obstáculos y resultados de las entidades estatales reconocidas hoy como empresas de alta tecnología (EAT)».
—¿No es mejor invertir en empresas que se dediquen a resolver el problema más acuciante de los cubanos: «EAT»? «Vivir y morir con hambre» le llama el periódico Trabajadores.
—No se descuida la jama. Volvemos a una torta que está viva «desde la práctica de hombres y mujeres portadores de una herencia aborigen». Apostamos por el reconocimiento del casabe como patrimonio cultural inmaterial de la Unesco.
—«Unasco» le dicen en las redes. ¿No podrían proponer otra cosa más sustanciosa?
—«Mejor es posible». «Estamos ganando». «Vendrán tiempos mejores». El parte meteorológico es cada vez más conciso.
—Haría falta que la visita de Canel a Planta Mecánica haya tenido como fin «continuar identificando las trabas que aún limitan la aplicación de la ciencia y la innovación en el tejido empresarial cubano».
—Lo clásico. El campeonato está duro. No estaría mal que esa «fábrica de fábricas» ensamblara robots criollos que se reúnan todos los días y den respiro a nuestros dirigentes.
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Una vez más los vaticinios de que las relaciones cubano-norteamericanas comenzarían a mejorar definitivamente este año, han sido desmentidos por la realidad en el terreno.
Como ha quedado demostrado a lo largo de los últimos 64 años, en una relación tan asimétrica entre vecinos cercanos, lo que puede hacer La Habana para modificarlas es muy poco en comparación con lo que puede hacer Washington. Por eso, el actual contexto está marcado por una clara hostilidad del gobierno norteamericano hacia el cubano y una política de «guerra fría»desde aquel hacia este.
Esa política la inauguró Donald Trump en 2017, cuando revirtió el breve momento de normalización que Raúl Castro y Barack Obama inauguraron en diciembre de 2014. A pesar de la buena disposición del gobierno cubano para retomar ese camino de normalización, tanto bajo Donald Trump como bajo Joe Biden, su sucesor, la relación sigue congelada en un conflicto al que Obama intentó poner fin sin éxito.
Se había pensado que con el reinicio de las conversaciones migratorias en abril de 2022, y su continuación a fines de año, las crecientes demandas de actores domésticos (representantes demócratas en el Congreso) e internacionales (nuevos gobiernos en Colombia y Brasil y la Cumbre de la CELAC, en Buenos Aires) para que Cuba fuera retirada de la lista de países promotores del terrorismo del Departamento de Estado; así como la aplastante derrota demócrata en las elecciones parciales en Florida, que la sacaba definitivamente de la lista de Estados en disputa (battleground states); se produciría un clima favorable para que el presidente Biden al fin se distanciara clara y definitivamente de las políticas de «guerra fría» contra Cuba restablecidas por Donald Trump en junio del 2017.
El presidente Donald Trump muestra una orden ejecutiva firmada rodeado de miembros del gabinete y simpatizantes en Miami el 16 de junio de 2017. (Foto: Lynne Sladky / AP)
Se esperaba también que eso llevara a la administración a adoptar una política propia hacia Cuba que se acercara más a la de Barack Obama, quién célebremente proclamó en marzo del 2016 durante su visita a La Habana, que había venido a poner fin al último conflicto de la Guerra Fría.
Aunque la administración ha introducido dos o tres cambios cosméticos en su política hacia la Isla en las últimas semanas, aún quedan al menos tres medidas tomadas por Trump que el actual presidente demócrata no ha tocado: el mantenimiento de Cuba en la lista de estados promotores del terrorismo; la autorización de que ciudadanos cubano-americanos que eran cubanos cuando sus propiedades fueron nacionalizadas en los primeros tres años de la Revolución acudan a los tribunales norteamericanos para pleitear contra inversionistas extranjeros que estén explotando esas propiedades en coinversión con entidades cubanas (Titulo III de la Ley Helms-Burton, suspendido por todos los presidentes republicanos y demócratas entre 1996 y 2019); y la creación de una lista restringida de hoteles donde ciudadanos norteamericanos que viajen legalmente a Cuba no se pueden alojar.
Esta última medida es tan abarcadora que en La Habana hay uno sólo excluido de la lista. Téngase en cuenta que ello refuerza la prohibición de viajar, excepto a las personas que puedan clasificarse en las doce categorías autorizadas, una regulación de por sí bastante engorrosa. Recuérdese que Obama la echó por la borda mediante la aprobación de una licencia general que, junto a permitir las visitas de cruceros norteamericanos a puertos cubanos, tuvo un impacto decisivo en el aumento de visitantes norteamericanos. Esto, a su vez, influyó también en el auge de los negocios privados, perceptible en la Cuba del 2015-2016.
Tres o cuatro acontecimientos en la última semana demostraron que la administración Biden tiene muy pocas intenciones de distanciarse claramente de las políticas de guerra fría que giran alrededor de la aplicación de la presión máxima por medidas coercitivas unilaterales en lo económico y fomento de la subversión en lo político para producir el ansiado «cambio de régimen».
En rápida sucesión, Washington, a pesar de la solicitud oficial de devolución del gobierno cubano, otorgó asilo político a un piloto cubano que cometió un claro delito de secuestro de nave aérea, lo que viola distintos acuerdos bilaterales y multilaterales; canceló, a mitad de su desarrollo, la visita de un grupo de funcionarios cubanos invitados a Estados Unidos dentro del acuerdo de cooperación sobre seguridad portuaria y navegación marítima; y continuó listando a Cuba entre los estados promotores del terrorismo en el informe anual sobre el tema que cubría el año 2021, publicado hace unos días por el Departamento de Estado.
En lo que va de 2023, se han dado algunos pasos que no por positivos dejan de ser muy tímidos, si se tiene en cuenta el negativo estado en que la administración Trump dejó las relaciones. Ellos fueron la reapertura parcial de los servicios consulares de la embajada norteamericana en La Habana, cerrados desde 2017 debido a los supuestos «ataques acústicos», y el restablecimiento de un canal regular para el envío de remesas desde Estados Unidos. No pocos analistas han señalado que la Casa Blanca evitó comentar el informe de la comunidad de inteligencia que exoneraba a la Isla en el tema de los falsos «ataques».
Desde el primer momento el gobierno cubano aseguró que no tenía nada que ver con los «incidentes sónicos» que la administración Trump adujo como excusa para cerrar los servicios consulares en La Habana. Asimismo, ofreció toda la cooperación necesaria y puso a disposición de los investigadores norteamericanos las facilidades imprescindibles para llevar a cabo su trabajo en territorio cubano. Lo menos que merecían tanto el gobierno como los miles de ciudadanos cubanos afectados por la medida, era una disculpa pública oficial de la Casa Blanca y del Departamento de Estado. Eso no se produjo.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump y el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, dijo que creía que el Gobierno de Cuba estaba detrás de los presuntos ataques sónicos contra diplomáticos estadounidenses en la isla. (Foto: Kevin Lamarque / Reuters)
Por otra parte, a fines del 2022, funcionarios del Departamento de Estado adelantaron a distintas fuentes que la administración preparaba un paquete de medidas para facilitar el acceso del sector privado cubano a productos e insumos en Estados Unidos. Todo indica que la iniciativa, que se daba por hecha una vez pasaran las elecciones parciales de noviembre del 2022, ha sido pospuesta sine die.
La administración Biden se ha metido en un callejón sin salida del cual le será difícil salir si no define claramente su posición ante el gobierno cubano. O acepta su legitimidad y amplía la cooperación para avanzar en el proceso de normalización, como hizo el presidente Obama, o acepta el precepto central de la ya fracasada política de «guerra fría», que tiene como centro deslegitimar al gobierno y coaccionar al pueblo cubano para lograr el cambio de régimen. Este es un dilema del cual ninguna administración demócrata ha podido escapar.
Los presidentes Jimmy Carter y Bill Clinton intentaron evadirlo con «medias tintas» y fracasaron. El presidente Barack Obama lo solucionó de la única forma que se puede: dijo claramente que Estados Unidos no tenía ni la intención ni la posibilidad de imponerle a Cuba un cambio y que ese cambio dependía exclusivamente de los cubanos. Estos pronunciamientos, que se sumaron a su conocida posición de oponerse a las sanciones económicas, comerciales y financieras contra la Isla desde 2004, cuando era Senador por Illinois, no le impidieron al mandatario ganar el estado de Florida, tanto en 2008 como en 2012.
Según Juan González, director de América Latina del Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca, la política de Biden hacia Cuba, se ha acordado ya, y no será ni como la de Trump ni como la de Obama. O sea, una «tercera vía», emulando los intentos fallidos de Carter y Clinton. Como aquellas políticas, tiene el claro inconveniente de que no se desmarca del propósito de provocar el derrocamiento del gobierno cubano mediante una combinación de presiones económicas y subversión política. Dado que ese objetivo ha demostrado ser inalcanzable después de reiterados intentos de reforzar la coacción y la subversión, cualquier administración que lo adopte sucumbirá ante las presiones de la derecha en el Congreso, pues siempre se le reprochará que no logró lo que proponía.
Es probable que lo que se vea en los próximos meses, y sobre todo durante el año electoral 2024, sea una administración Biden sin una idea clara de qué es lo que quiere con Cuba: normalización y cooperación o guerra fría y cambio de régimen. Como esta última fue la que le dejó Trump en vigor cuando emitió su directiva presidencial de 2017, por la cual revirtió la de Obama de 2016, no queda más remedio que adoptar un enfoque pesimista.
Más allá de la tendencia hacia las prácticas de «guerra fría» de sus colaboradores, en última instancia el responsable de ello es el propio Biden, quien no ha sabido liderar la política hacia Cuba, como hizo el presidente Obama en sus dos mandatos.
No hay a la vista un gobierno norteamericano que asuma el reto de volver a la vía de la normalización iniciada por el presidente Obama. Mucho menos será eso concebible si el gobierno cubano no supera la crisis económica, social y política que embarga al país y no logra que el mismo avance decididamente por el camino de la prosperidad.
Entre los adversarios más furibundos del gobierno cubano en Estados Unidos, la crisis actual fomenta la narrativa de que la sociedad cubana ahora sí es vulnerable a las sanciones y es el momento de apretar y no aflojar para lograr el cambio de régimen. En un contexto en que las elites norteamericanas han abrazado la “nueva guerra fría” como principal “modus operandi” en política exterior, es presumible que esa narrativa ha sido asumida por el entorno de Biden y hasta por el propio presidente.
La fórmula que posibilitaría al gobierno cubano contrarrestar esta manera de pensar es encarrilar el país de manera categórica en el camino de la prosperidad, acometiendo con audacia y rigor las reformas aprobadas. Esta estrategia sería mucho más efectiva si ello se hace en alianza mutuamente respetuosa y beneficiosa con los emprendedores privados, la sociedad civil y la ciudadanía en general. No se puede olvidar que en un eventual proceso de normalización pudiera haber la pretensión de fomentar el distanciamiento entre gobierno y sociedad civil.
Altos funcionarios cubanos han vuelto a demandar que se cambie la vieja mentalidad. Una de las manifestaciones de esta última es la de posponer cambios inevitables pero riesgosos o incómodos para ganar tiempo. La vida, siempre terca, ha demostrado en estos años que esa táctica no funciona más.
Cuando a mi abuela se le cortaba la leche yo era feliz porque de ahí salía la maravilla: el dulce de boruguitas. Yo soy gordita a base de dulce de leche de mi abuela y batidos de guayabas recogidas de su arboleda.
Olga, con ese nombre ruso y hermoso, nació y vivió la mayor parte de su vida en Porvenir, un espacio perdido en el mapa que fue su primer y único amor. En las aguas limítrofes de los ríos Zaza y Caonao lavó mil veces la ropa. Esas aguas eran la fiesta en las tardes en que la familia se reunía para bañarse en el río. De ellas sacaba la fibra de yagua para fregar y los peces. Conservaba el agua fresca en su tinaja de barro y la traía desde muy lejos jalada por bueyes en la pipa, para las labores de la casa.
El río fue en su existencia una metáfora de la vida y la muerte: el río provee y mata. Cuando las aguas crecían, arrasaba todo a su paso e inundaba incluso su patio a un kilómetro de distancia. Mis abuelos se inventaron una balsa para que mi madre y los niños de la zona pudieran cruzar la creciente y llegar a la escuela. Mis abuelos son la balsa de mi familia.
Mi abuela era casi analfabeta. Aprendió a leer y escribir con un quinqué ensuciándose de tizne y desde entonces no paró de buscar y contar historias. El librero era el pase a otro mundo de mi abuela. Allí se podía encontrar lo mismo un libro de aventuras, que de religión o botánica. Se llenó la cabeza de historias y me la llenó a mí cada noche antes de dormir.
Las visitas a la abuela en el campo fueron la magia en mi niñez. Los cuentos de mi abuelo incluían misterios y gente sin cabeza, pero los de ella eran de mujeres que lograban sus sueños. Mi abuela me contaba historias sobre mi yo del futuro, siendo enfermera o periodista, toda una profesional, pero sobre todo: una mujer feliz.
«Yo soy gordita a base de dulce de leche de mi abuela y batidos de guayabas recogidas de su arboleda». Foto: María Lucía Expósito
Si mi abuela no hubiera vendido manteca y huevos suficientes, mi madre no hubiera tenido una casita al graduarse. Si mi abuela, con el alma rota, no hubiera mandado a mi madre con 10 años a una escuela lejos del hogar, ella no hubiera podido ser la profesional que es. Si mi abuela no nos hubiera alimentado hasta el cansancio, yo hubiera sabido lo que era la pobreza en la niñez. Si mi abuela no me hubiera contando tantas historias, yo no podría escribir ahora.
De sus manos salía lo inesperado: las flores de su jardín, los frijoles, la ropa que usé en mi niñez, el payaso de tela que atesoré, la hamaca de sogas bajo la guásima del patio, mi vestido blanco para la obra de teatro a los cinco años y mi madre, que aprendió a ser madre entre las manos de mi abuela.
Ella nunca quiso nada para sí. Cada centavo que ahorró, cada cosa que tenía, el amor que nadie le había dado, la fuerza que a veces no le alcanzaba, todo, lo volcó en sus muñecas: mi madre y yo. Para mi abuela yo era la niña más linda del mundo y lo fui hasta hace unos días.
Anoche se me cortó la leche y me senté frente al caldero a llorar. Mi abuela dejó de existir físicamente lejos de mí, en Cuba, y yo solo la imagino luminosa en su casita de guano y tablas de palma, convirtiendo leche cortada en amor.
Hoy es 8 de marzo y saldré a las calles de Quito por mi abuela. Por los derechos que ella no pudo disfrutar, porque la madre que tal vez seré, vea a sus hijos crecer en un mundo con libros, sin pobreza y sin miedo, porque se reconozca que en los cuerpos de las amas de casa como mi abuela se libran todas las batallas de mundo.
Cuando tenía 7 años, mi tío Pedrito mató a Rosaura, su mujer, «por puta». Al menos eso repetían mis tías: «la pobre, pero se lo merecía». Después de 11 años, cuando ya estudiaba Sociología en la Universidad de las Villas, entendí par de cosas relacionadas con tío Pedrito y Rosaura, su mujer, que nunca fue nombrada como mi tía porque usaba licras y le gustaba ir a los carnavales.
Aun sabiendo que era cuestión de género, estudiando el tema y siendo —cinco años después— profesora de dicha disciplina, seguía sin entender por qué era un feminicidio y no un femicidio. Fue un asesinato de un hombre a una mujer, por ser su mujer, punto. En Cuba no queda ningún asesinato impune, me repetía. El sistema nos protege, somos las flores de la Revolución, y seguía con la consigna. No fue hasta que cambié de rol —en ese mismo sistema—, que entendí que las mujeres en Cuba no somos ni siquiera un número.
Entre femicidio y feminicidio, más allá del asesinato
Feminicidio es una palabra fuerte. Sin embargo, en el imaginario popular se desliga del golpe de efecto que sí provoca la palabra asesinato, aun cuando inequívocamente una contiene a la otra en la totalidad de los casos. No obstante, la primera, por su carácter de violencia estructural y epistémica, es incluso más profunda.
El femicidio, a su vez, viene a ser homólogo del asesinato cometido por un sujeto o sujetos de forma individual; en tanto se considere el ser mujer como motivo para acabar con una vida. Es el hecho de morir por ser percibida como inferior a manos de un hombre, cuyas causas van desde el odio, desprecio, placer y hasta sentido de propiedad sobre la sujeta.
Es un término tan aborrecible en su esencia como inexacto para explicar un fenómeno muchísimo más insondable: al no reconocer en su matriz conceptual el papel del Estado, el término esconde o minimiza todo un grupo de mediaciones sociales y violencias estructurales —como las violencias simbólicas otorgadas a sujetes bajo una lógica patriarcal; modos políticos aprendidos y aprehendidos y la impunidad otorgada por el sistema— que determinan la comisión de estos crímenes, y, por tanto, hacen a dicho Estado corresponsable.
El concepto de feminicidio sí logra resumir lo horrendo del hecho, su carácter sistémico y la culpabilidad del sistema que «pare» tanto a víctimas como a victimarios. Es definido como el escalón último de un proceso perpetuo de terror que incluye las violaciones, maltratos, torturas, mutilaciones sexuales, abuso sexual, violencia física y emocional, maternidad y heterosexualización forzadas, etc.
Es la conclusión de la desprotección de los cuerpos feminizados ante una masa amorfa denominada sistema y que presenta muchas formas de patriarcados, por tanto, sus conclusiones-feminicidios son tan variadas y atroces como diversas sus formas de opresión.
El feminicidio se convierte en un crimen colectivo materializado en cuerpos individuales. Es perpetrado a través de un sujeto/s, pero como ejercicio de semiótica de la violencia, al tiempo que enuncia todo un aparato de poder-dominación-impunidad. Hablar de Estado feminicida es una redundancia, en tanto está implícito en el segundo la responsabilidad del primero. Sin embargo, nunca está de más colocar un sujeto al enunciado.
En 2022, Cuba fue incluida por primera vez en el Mapa Latinoamericano de Feminicidios que confecciona Mundo Sur, una plataforma feminista con sede en Francia y Argentina encaminada el empoderamiento social y económico de las mujeres latinoamericanas. En Cuba, nos están matando y el Estado sigue jugando a fingir que todo está bien.
Mapa de feminicidios en Latinoamérica. (Imagen: Alas Tensas)
Estado feminicida y activismos feministas
En 1999, Radhika Coomaraswamy, relatora especial sobre la violencia contra la mujer de la Organización de las Naciones Unidas, instó a Cuba a aprobar una legislación contra la violencia de género. En marzo de 2000, la Misión Permanente de la República de Cuba ante la Oficina de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales con sede en Ginebra, entregó una nota verbal en respuesta a las recomendaciones expuestas por la relatora en su informe sobre la visita al país.
Lejos de reconocer las recomendaciones realizadas por la relatora en materia de violencia de género, se dedicó una amplia parte de dicha nota a justificar y criminalizar la intervención por parte de la sociedad civil, así como negar la situación de desprotección de la mujer en Cuba, etc.
Veinte años después, cuarenta mujeres cubanas entregaron una carta titulada Solicitud de Ley Integral de Género en Cuba (conocida como Carta de las 40) a la Asamblea Nacional del Poder Popular y a la Presidenta de la Comisión Permanente de Atención a la Niñez, la Juventud y los Derechos de Igualdad de la Mujer. Una vez más, los ejes centrales iban en torno a la situación de las mujeres en Cuba y la violencia que contra nosotras se ejerce, tocando como fin último el feminicidio.
A menudo estos observatorios son cuestionados en los medios estatales por su carácter independiente; sin embargo, hace un año, como parte del llamado Programa Nacional para el Adelanto de las Mujeres, la viceprimera ministra Inés María Chapman anunció la creación de un Observatorio de violencia de género con datos oficiales en Cuba que sigue esperando por salir a la luz. En ausencia de un registro por parte del Estado, estas iniciativas —con las limitaciones a las que se enfrentan— constituyen la única cifra pública actualizada en el país sobre estos crímenes.
El feminicidio en Cuba, como fenómeno y no como acto a secas, arrastra, no solo lo execrable de los sucesos, sino la criminalización de grupos y movimientos que se encargan de visibilizar y trabajar en torno a los subregistros, el descrédito en cuanto a la responsabilidad estatal de tomar cartas en el asunto, sumado al acoso por parte de la policía política a los familiares de las víctimas para evitar que ofrezcan información valiosa.
El feminicidio no se asume con la connotación política que le es inherente, sino como una de las tantas «guerras mediáticas para desarticular el sistema político y económico». La historia de David y Goliat, la siempre repetida, el imperio que desacredita a un país que juega a ser justo. No es un discurso nuevo, solo que esta vez apuesta con las vidas de sus mujeres.
Los antes mencionados puntos desembocan en la demanda más importante del movimiento feminista cubano: el Estado tiene que hacerse cargo de lo que le corresponde o, en ausencia, permitir que la sociedad civil se organice para solucionar sus conflictos. Más allá del debate sobre el papel del punitivismo en la solución —que sería objetivo de otro texto—, hay medidas que el Estado debe tomar para proteger la vida de sus mujeres.
(Foto: Jorge Torres/EFE)
En primer lugar, reconocer el papel que le corresponde como perpetrador o corresponsable de modos de actuar: la discusión entre femicidio o feminicidio, que puede parecer superflua, solamente denota una necesidad de dicho Estado de desligarse de una situación que le sobrepasa.
En Cuba ocurren feminicidios. Lo demuestran los años de lucha para que se reconocieran los asesinatos a mujeres y la criminalización desde el gobierno hacia grupos y movimientos feministas. En el artículo 43 de la Constitución de la República de Cuba, aprobada en 2019, se recoge la obligatoriedad del Estado de proteger a las mujeres de la violencia de género y crear los mecanismos institucionales y legales para ello; sin embargo, el Estado se niega a implementar una Ley Integral de Género, aun cuando es probablemente el único punto en que estamos de acuerdo casi todas las feministas cubanas más allá de nuestra afiliación partidista.
En 2019, como respuesta a la Carta de las 40, la ANPP expuso la transversalización del tema violencia de género en todo el cronograma legislativo hasta 2028, no obstante, el acto por parte del Parlamento de responder a la sociedad civil ya fue sorprendente por sí solo. Hasta ahí todo bien, pero, a cuatro años: ¿se ha transversalizado el tema en cada proyecto de ley aprobado o siquiera se ha tratado correctamente la violencia de género en las leyes en las que sí se ha colocado? ¿Es efectiva la transversalización? ¿Existe menos violencia de género?
Estadísticas sobre feminicidio en Cuba, el registro inexistente
En el propio año 2019, se hizo pública la Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género (ENIG), aplicada en 2016, en el informe de país que rindió Cuba a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) sobre la implementación de la Agenda 2030. En consonancia con dichos datos oficiales, la tasa nacional de femicidios (feminicidios) fue de 0,99 por cada 100 000 adolescentes y mujeres mayores de 15 años, para un total de 47 en 2016, exponiendo que había decrecido en un 33% en relación al año 2013.
Según se explica en la antes mencionada Carta de las 40, cálculos realizados a partir de estos datos permiten estimar que el número de femicidios (feminicidios) oficial en el año 2013 fue 63. Para un análisis más profundo es importante aclarar que esta encuesta solo toma como femicidios (feminicidios), los asesinatos perpetrados por parejas o exparejas, dato que evidentemente, deja fuera a un monto grande de casos.
Los observatorios conjuntos de la Revista Alas Tensas y la Plataforma Yo Sí Te Creo En Cuba han subregistrado en los últimos tres años y lo que va del año 2023, 126 feminicidios, de ellos en 2019, 11 fueron a manos de parejas o exparejas; en 2020, 24 de ellos; en 2021, 27 de los casos; en 2022, 26 del subregistro total y en el presente año, 10 de un total de 13 verificados hasta el 17 de febrero; para un total de 98 feminicidios perpetrados por parejas o exparejas.
Lamentamos el feminicidio de la enfermera Vanelis, en el poblado de Tuinucú, en Taguasco, Sancti Spíritus, sucedido el 28 de febrero, a manos de su expareja. Lleguen nuestras condolencias al hijo pequeño que la sobrevive, a la mamá de Vanelis y demás familiares. pic.twitter.com/pgVQy89COx
— Yo Sí Te Creo en Cuba (@YoSiTeCreoCuba) March 1, 2023
De acuerdo con estos datos, podemos estimar que alrededor del 78% de los feminicidios subregistrados han sido a manos de parejas o exparejas. Si tenemos en cuenta la notable diferencia entre los datos oficiales y los subregistros de dichas plataformas, se puede especular que la tasa de feminicidios oficiales de 2013 y 2016 solo expone una parte incompleta del problema. Existe un estimado 22% que no está siendo tomado en cuenta, como también debemos recordar que estos números se toman de subregistros con limitado acceso a la información, por tanto, asumimos que los números son, probablemente, mayores que los que aquí exponemos.
Si tomamos como referentes, además, otras formas de feminicidios subregistrados por dichas plataformas y que son menos comunes y difíciles de demostrar, como pueden ser los transfeminicidios, infanticidios, los matricidios y los feminicidios vicarios, el problema toma una connotación política sin precedentes.
El Estado debe reconocer su responsabilidad, tanto política como de deber hacer. Son necesarias medidas estructurales y logísticas que nos permitan sentirnos seguras. Urge legislar sobre un problema que va más allá de grandes imperios y pequeñas islas: a las mujeres cubanas nos están matando y ni siquiera somos un número para las estadísticas oficiales.
El feminicidio no es una guerra mediática contra el sistema, es un fenómeno real que conlleva un acompañamiento estatal. Criminalizar a activistas y grupos feministas solo engrosa un problema que, ya de por sí, es de vida o muerte. Mientras el Estado cubano continúe definiendo el enemigo como quienes luchamos por el derecho a la vida de las mujeres, seguirá siendo responsable por cada nombre que se sume a una lista interminable de madres, abuelas y hermanes que lloran a sus hijas, nietas y hermanas.
No queda más que estar de acuerdo con lo dicho por la activista y periodista Kianay Anandra al ser detenido Fernando Bécquer, luego de un año de lucha de sus víctimas contra un Estado que le regalaba impunidad al agresor: «Agradezcan que pedimos solo justicia y no venganza».
El lingüista y profesor holandés Teun Van Dijk asegura que la esfera política es completamente ideológica y, en consecuencia, lo son también las prácticas sociales y los discursos, pues estos contribuyen a que sean expresadas, aprendidas, difundidas e impregnadas las ideologías políticas.
Sobre la base de lo anterior, este artículo persigue un acercamiento a los rasgos que definen el discurso extremista y ejemplifica cómo se expresan en el discurso que producen y reproducen, tanto afiliados al gobierno cubano como los de la oposición.
Como norma general, aunque se presente en múltiples facetas, cada bando extremista marca los límites de la legitimidad política, catalogando de indignos a sus contrarios y alertando sobre los peligros de simpatizar con tales ideales. Para lograrlo, los discursos se fundamentan en estrategias discursivas. En el caso del discurso extremista, dichas estrategias están enraizadas en una intención de generar polarización y logra desglosarse en otras prácticas:
1. Autopresentación positiva y presentación negativa
La autopresentación positiva y presentación negativa evidencian la constante rivalidad entre grupos extremistas antagónicos. Por regla general, se expresan a través del llamado «cuadrado ideológico», compuesto por cuatro aristas: enfatizar en nuestros aspectos positivos, enfatizar en sus aspectos negativos, minimizar nuestros aspectos negativos y minimizar sus aspectos positivos.
Generalmente, esta estrategia está muy presente en la construcción del discurso que realizan sobre Cuba, tanto el gobierno como una zona considerable de la oposición. Se apela a comparaciones entre el pasado y el presente, estandarizando y simplificando las complejidades de ambos períodos para presentarlos como glorioso o deplorable, según convenga. Asimismo, comienza a ponderarse el pronombre nosotros o el sustantivo Cuba como ideas centrales de una colectividad unida a partir de los intereses comunes.
El discurso político, vinculado al gobierno en La Habana, destaca la representación de una sociedad cubana centrada en el humanismo y una estadounidense centrada en la desatención al ser humano. Es así como se marcan a nivel discursivo los avances de Cuba en esferas como salud pública, educación, cultura, deportes y ciencia; mientras se insiste en la sociedad estadounidense como fallida. Se enfatizan elementos como la explotación laboral o la violencia policial.
Por su parte, el grupo opositor se vale de esta estrategia discursiva para mostrar la imagen de la decandencia, pobreza y estancamiento que se construye en torno a la Isla después de 1959, en contraste con el carácter flexible y de oportunidades para progresar con que se autopresenta la sociedad estadounidense. Ello responde a las lógicas de una propaganda enraizada en la génesis de ese país.
2. Marcas ideológicas nacionalistas
El nacionalismo asociado a sentimientos de amor a la patria y desprecio a quien la amenaza, también deviene estrategia discursiva, ampliamente explotada en el discurso extremista. En este sentido, desde lo discursivo, se exageran los contenidos ideológicos asociados a dichos sentimientos, en dependencia de los intereses políticos y las identidades colectivas que diferencian a uno u otro grupo.
Así, el discurso del gobierno cubano se enfoca en la preservación de la nación y las conquistas del proceso revolucionario. Como parte de esta estrategia, en los últimos tiempos emergieron frases de profunda connotación nacionalista: «Somos continuidad» ?con un recuento implícito de la historia de luchas y resistencias de la nación? y «Cuba es nuestra». Esta última se acompaña con mensajes de refuerzo para marcar la exclusión de otros grupos de cubanos, que no son tomados en cuenta en la construcción del proyecto de nación.
En ambos ejemplos se presenta como un proceso histórico cubano lineal desde sus orígenes, lo cual desconoce las rupturas y contradicciones inherentes a cualquier evolución histórica. Por otro lado, se entienden los logros de ese proceso como exclusivo del grupo vinculado a la postura política e ideológica del emisor, desdibujando además las fronteras entre gobierno, Estado y Patria.
Por otro lado, el sentimiento de dependencia permanente hacia una única ideología, la sensación de un proyecto de nación frustrado o la idea de Cuba como la excepción de toda regla en cuanto a libertades, derechos, oportunidades y el caos de la situación económica, son estrategias que se vislumbran en las marcas ideológicas nacionalistas del discurso opositor.
Se construye entonces un discurso en torno a Cuba, tildándola como un Estado fallido, dictatorial e incapaz de generar prosperidad. Se asume entonces una única salida «patriótica» a la crisis, el apoyo a la oposición para la destrucción de ese Estado y la instauración de una democracia liberal.
3. Técnicas de victimización
La victimización es un fenómeno inherente a los discursos que se acompaña de relatos orientados a legitimar a los grupos como víctimas. Como estrategia, busca resaltar las condiciones desfavorables de un individuo o grupo con el propósito de exonerarlo de responsabilidades, en estrecho vínculo con los sentimientos de solidaridad y compasión.
En el discurso extremista, la victimización suele rememorar hechos históricos en torno a eventos represivos, para mantener latentes los aspectos negativos que provocaron la situación de victimización actual. Se pretende que esos sucesos no vuelvan a repetirse, a la vez que se intenciona la búsqueda de empatía, sentimientos de culpa o reconocimiento de responsabilidades en quien se señala como victimario.
El gobierno cubano utiliza los efectos reales de las medidas unilaterales coercitivas, asumidas por Estados Unidos contra la Isla. La nación del Caribe se vale de recursos propios de la estrategia de victimización para denunciar los efectos de esta política extranjera en las esferas de la vida del ciudadano común, como únicos causantes de las carencias en el plano socioeconómico, desconociendo o minimizando así las ineficiencias y los errores en la gestión gubernamental. Asimismo, se utiliza ese estado de vulnerabilidad para justificar rasgos autoritarios del Estado cubano, bajo la lógica de que responden a la defensa ante las agresiones extranjeras.
Atendiendo al punto de vista discursivo, se trata de una estrategia donde se presenta la dualidad gobierno-pueblo como víctima permanente de una política, incuestionablemente irracional, por parte de un enemigo poderoso con pretensiones imperialistas. Se recurre a destacar historias de vida personales y familiares, afectadas por el bloqueo, en especial en el plano de la salud.
Entre los detractores del gobierno cubano es frecuente la construcción de una narrativa que enfatiza los acosos y violaciones de derechos humanos que experimentan los opositores en la Isla, para justificar, por su parte, cualquier acción extremista o poco ética en su estrategia de lucha política.
(Publicación de Twitter de una activista opositora)
Ejemplo de ello fue la campaña alrededor de la activista opositora Anamely Ramos. El Estado cubano no le permite regresar a La Habana y por un tiempo quedó indocumentada y en un limbo legal, hecho que le dificultaría el viaje a Argentina para visitar a su hijo adolescente.
Dichas acciones violatorias de su libertad de movimiento se emplearon como punta de lanza por grupos de la oposición y medios de comunicación para intentar limitar los viajes de otros cubanos. Incluso le exigieron a la administración de Biden que retirara las licencias otorgadas a las aerolíneas norteamericanas para operar en Cuba.
4. Discursos de odio, sentimientos negativos o uso de vocablos con referencias a conflictos
Autores como Katharine Sarikakis y Francisco Seoane Pérez aseguran que los discursos de odio son los nuevos fantasmas que recorren la esfera pública contemporánea. Suelen asociarse a la antesala de la violencia y dan lugar a una polarización afectiva y a una actitud de desprecio hacia el otro, por apoyar una formación ideológica diferente.
En la actualidad, las redes sociales en espacios digitales han contribuido a la proliferación de esta estrategia discursiva. Según Oscar Pérez de la Fuente, resultan contradictorios los temas como la dignidad humana, la libertad y la igualdad, pues se promueve una conexión entre pensamiento y praxis que refuerza hostilidades y la intolerancia entre los grupos antagónicos en el terreno ideológico.
Un ejemplo de ello es la apertura en Facebook, Twitter o Instagram de perfiles con carácter anónimo. Resulta esta una estrategia centrada en denigrar, infravalorar y desacreditar posturas ideológicas contrarias. Varias de estas cuentas, con una orientación afín al gobierno cubano, de manera habitual confrontan el discurso de activistas, periodistas de medios no estatales, o cualquier persona natural o jurídica que critique la gestión de dicho gobierno cubano.
Del lado de la oposición también es posible identificar discursos, tanto de sujetos individuales como de medios de comunicación e influencers quienes, bajo la justificación de ser cómplices de un sistema dictatorial, atacan directamente a individuos o grupos del escenario político cubano.
Para descalificar a su adversario, estos emisores han utilizando en varias ocasiones mensajes con contenidos permeados por prejuicios de raza, género, orientación sexual o clase social. Al hacer esto no se ofende únicamente al sujeto imputado, sino al resto de las personas que comparten sus rasgos, pues se naturaliza el hecho de que esta característica pueda ser motivo de burla.
Por norma general, este discurso se apropia del carácter interactivo de la Web 2.0, para responder, tanto a las publicaciones que realizan quienes asumen puestos de dirección de primer nivel en el gobierno cubano y algunos de sus parientes o allegados, como a quienes, desde una postura de compromiso con el Estado cubano, destacan sus valores y logros en el actual contexto.
5. Exhortación a la transformación social con visión de futuro o hacia un pasado idealizado
El investigador Omar García Olascoaga argumenta que en la retórica extremista, los bandos contendientes enarbolan propuestas orientadas también a la transformación de la sociedad, en aras de legitimar la construcción de un país con características afines a sus propósitos ideológicos.
La distinción entre pasado y futuro como asunto de justicia por el bien público, recurriendo a mecanismos propios de la lógica para tratar de convencer de la necesidad de la continuidad o del retorno al pasado, es otro elemento en el que se fundamenta el discurso extremista.
Desde el gobierno cubano se exhorta a la transformación social con visión de un futuro mejor, aunque no se visibilice a nivel racional la estrategia para lograrlo. Como respaldo se emplean consignas como «Vamos por más» o «Cuba avanza y eso les duele».
Por su parte, subyace en el discurso extremista opositor la añoranza por un pasado idealizado como estrategia discursiva. Es visible una estrategia de «limpieza histórica» a figuras como Fulgencio Batista, cuestionando información verificable sobre sus crímenes; o la construcción de una narrativa, principalmente visual, para demostrar la decadencia arquitectónica de la Isla, en un intento de probar, a partir de casos aislados, la caducidad y el estancamiento en torno a lo que ocurrió después de 1959 en la Isla.
Las anteriores estrategias globales de polarización en el discurso extremista, aplicado al caso cubano, dan cuenta de la multiplicidad de significados en conflicto, sobre la forma de construir e interpretar lo referente al tema Cuba. Esto constituye un peligro para el proceso de construcción de la democracia en la Isla.
En el plano discursivo, la polarización conduce a la pérdida de formas de negociación y compromiso entre las distintas tendencias ideológicas, legitimando formas extremas dentro del terreno político y en consecuencia, rechazando o expulsando opiniones, intereses, ideas o actores.
A la visibilidad y reproducción de esta estrategia ha contribuido la presencia de las redes sociales en el espacio digital cubano. Emplea fundamentos discursivos en torno a la construcción de una nación basada en la exclusión de un «otro» que agrupa, tanto a movimientos políticos contrarios, como a quienes difieren en algunas líneas de la postura ideológica del grupo extremista. De esta manera se legitiman salidas violentas en el conflicto político. Ello dificulta la construcción de estrategias de un consenso para garantizar un diálogo que se encamine a un proyecto plural de nación.
Los Portadores de la antorcha, La Habana. (Foto: Prensa Latina)
Las jóvenes generaciones suelen preguntarse: ¿de dónde sacaban tantos hombres y mujeres de los años sesenta la creencia de qué en diez años Cuba podría superar a EEUU en todos los indicadores (Che, 1961), inundar de carne y lácteos a Europa, o hacer una zafra de diez millones de toneladas de azúcar (Fidel, 1965, 1969)? ¿Es que se vivía en un entorno de alucinación colectiva, o existía algún basamento real para asumir objetivos tan exagerados como tareas nacionales?
Realmente la tendencia de desarrollo de Cuba desde la segunda mitad de los años treinta y sus dinámicas sociales y políticas servía de referente esperanzador para muchas de aquellas rimbombantes afirmaciones. Recuérdese que en 1952, en tres meses y sin esfuerzo extra, se hizo una zafra de 7,2 millones de toneladas; la ganadería cubana era la mejor del área tropical y su economía era considerada la tercera más próspera de LATAM —tras Argentina y Uruguay— y la quinta del hemisferio occidental.
La Segunda República (1940-1958) no solo creó la Generación del Centenario, sino también una economía que, aunque llena de desproporciones y desigualdades sociales, era una de las más modernas y florecientes del Tercer Mundo. Por ello La Historia me Absolverá no habla de crisis económica, sino de lograr una sociedad más justa y democrática acorde al nivel alcanzado por la economía cubana.
El proceso de ruptura radical de la Revolución con aquella sociedad capitalista cubana sigue llenando libros y artículos, pero, ¿cuánto de continuidad hubo entre la Segunda República y la Revolución en el Poder?
-I-
El devenir de cualquier sociedad es un proceso inevitable de continuidad y ruptura. Ellas constituyen las dos caras de una misma moneda: el desarrollo humano. La continuidad sola se aferra al pasado y el peso del lastre no permite a la sociedad avanzar. Sus apologetas se vuelven estatuas de sal como la mujer de Lot. En política, asumen posturas conservadoras y retardatarias del progreso.
Los que absolutizan la ruptura con lo anterior son nihilistas que destruyen un patrimonio nacional que no les pertenece solo a ellos, sino a todo el cuerpo social presente y futuro. La historia abunda en ejemplos de ambos tipos de extremismos.
Cuando un grupo que asume el poder se comporta como nihilista y establece un nuevo tipo de relaciones haciendo tabula rasa de lo anterior se genera un verdadero historicidio. Su resultado es la aparición de sociedades atrofiadas, donde el desbalance entre continuidad y ruptura hace parecer que lo nuevo surge de la nada, sin antecedentes económicos, sociales y culturales provenientes de la época anterior.
Si estos nihilistas luego de afianzarse en el Poder se vuelven continuistas que pretenden eternizar tal modelo desproporcionado, entonces la situación se agravará aún más. Para enfrentarlos y tratar de enmendar lo contrahecho habría que rescatar y revalorizar elementos sociales desaparecidos, maltratados, olvidados y menospreciados durante mucho tiempo. Algunos hasta podrían parecer falsos y sobrevalorados a mentes ya nubladas por el adoctrinamiento y el oportunismo.
En Cuba, el enfoque metafísico de priorizar la ruptura y el olvido del pasado republicano se manifestó en todas las esferas de la vida social desde 1959. El hecho de que el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 rompiera con la sucesión constitucional de los poderes públicos sirvió de fundamento para negar la sociedad anterior como un todo tiránico y corrompido.
Esta concepción se fortaleció cuando la agudización del conflicto interno y externo entre defensores y opositores de la Revolución socialista facilitó la implantación de una dictadura militar en forma de Gobierno Revolucionario Provisional que concentró todos los poderes de la Nación en un pequeño grupo de poder hegemónico. La adopción posterior del modelo de socialismo estatizado burocrático de raíz estalinista amplió el abismo entre continuidad y ruptura mediante el adoctrinamiento totalitario.
En textos y programas de la historia oficial, la República —designada como Mediatizada, Pseudorrepública o Protectorado— se convirtió en un agujero negro del que solo se vislumbraban corrupciones políticas, huelgas obreras y represiones a comunistas. El desarrollo económico, social y cultural alcanzado por el país y su rica sociedad civil en las dos décadas anteriores del medio siglo republicano no se mencionaba.
Las comparaciones sesgadas entre los indicadores sociales de antes y después de 1959 no reconocían que el origen de los cuantiosos fondos que ahora se distribuían más equitativamente se hallaba, no solo en los subsidios soviéticos motivados por su interés geopolítico de sostener una Cuba socialista cerca de EEUU, sino también en el despilfarro de las riquezas creadas durante la Segunda República.
Pero más que en lo económico y sociocultural, la herencia de la Segunda República marcó el diseño y presentación del propio modelo político revolucionario donde la dictadura militar y la ideología comunista se dieron la mano, pero no por vez primera.
-II-
Con diferente forma de llegar al poder y gobernar en sus dos mandatos (1940-1944; 1952-1958) fue Fulgencio Batista el primer y el último presidente de la Segunda República. En el ínterin se sucedieron los gobiernos auténticos de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío (1944-1952).
El más interesante elemento de continuidad política entre la Segunda República y la Revolución está en varias de las prácticas políticas y modos de gobernanza que introdujo Batista en su primer período de gobierno y algunas del segundo. En la primera ocasión llegó al poder por elecciones, representando a la Coalición Socialista Democrática, una amplia plataforma política donde los comunistas eran de sus aliados principales.
No obstante, los vínculos entre Batista y el PC provenían de la época anterior (1935-1940) en que se consolidó como el Hombre Fuerte del país, amo del ejército, apaciguador de conflictos y benefactor popular. Desde el Gobierno, Batista apoyó importantes actividades comunistas como el I Congreso del PCC, en Santa Clara —del que hoy casi nadie habla— y el constituyente de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), liderada por Lázaro Peña (1939).
La colaboración con el poderoso movimiento obrero cubano permitió a Batista en ese año realizar una exitosa visita oficial a México, donde fue objeto de varios homenajes y actos que le organizaron Vicente Lombardo Toledano y el movimiento obrero mexicano, entrevistarse con el presidente Lázaro Cárdenas y hablar ante el pleno del Congreso.
Ese año, el PC se fundió con Unión Revolucionaria dando lugar al Partido Unión Revolucionaria Comunista (PURC), con Blas Roca y Juan Marinello como líderes. El Hombre —como llamaron los comunistas de entonces a Batista— facilitó también la creación de la Federación Nacional de Obreros Azucareros (FNOA), dirigida por Jesús Menéndez.
Desde la presidencia, Batista optó por utilizar las experiencias comunistas en el manejo de los trabajadores y los apoyó destruyendo a sus enemigos trotskistas, estableciendo relaciones diplomáticas con la URSS (1942) y reconociendo jurídicamente a la CTC (1943).
A cambio de ello y con el pretexto de no perjudicar la colaboración económica a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, la CTC restringió las huelgas solo a casos excepcionales. Entre 1940 y 1944 el movimiento obrero obtuvo aumentos salariales por 464 millones de pesos, elevación del salario mínimo, semana laboral de 44 horas y otras conquistas que compensaron parcialmente el alza del costo de la vida. En 1944, el PURC borró la palabra comunista de su nombre y comenzó a llamarse Partido Socialista Popular.
En el ámbito económico, Batista estableció varias medidas de corte keynesiano que fortalecían el papel del Estado en la conducción económica, tales como la creación de la Oficina de Regulación de Precios y Abastecimientos (1940), con la que por primera vez en Cuba el Estado asumía la conducción de la política de precios y la distribución.
Tras el establecimiento de la tiranía en 1952, Batista unió el Ejecutivo y el Legislativo bajo su potestad durante dos años, aunque el Judicial quedó independiente. Esto fue posible porque sustituyó la carta magna de 1940, por los llamados Estatutos Constitucionales, elaborados con el fin de darle una fachada jurídica legal a su régimen. Tras la farsa electoral de 1954 y su «elección» como presidente —considerada espuria porque se presentó solo a las elecciones— restableció en 1955 la Constitución del 40 y la tripartición de poderes.
En enero de 1959, entrarían nuevamente en reposo para no regresar más. El Consejo de Ministros aprobó una nueva Ley Fundamental, que le atribuía potestades legislativas, incluyendo la modificación de esta propia Ley Fundamental. A partir de ese momento fueron el primer ministro y su gobierno los facultados para hacer las leyes y ejecutarlas.
En lo económico, el tirano Batista fue un promotor de la política llamada del Gasto Compensatorio, que concebía un crecimiento del mercado interno mediante la expansión del gasto público. Para compensar los efectos de la crisis del sector azucarero, se crearía una infraestructura moderna que propiciara las inversiones extranjeras no azucareras y un proceso autónomo de industrialización.
Sin embargo, el incremento del gasto público se ubicó en inversiones en la esfera de los servicios y sólo una ínfima parte se dedicó a la agricultura no azucarera o a la industria. En poco tiempo, esta política provocó el despilfarro de las reservas en divisas del país, saldos negativos en la balanza de pagos, incremento de la deuda pública y concentración de las inversiones en obras improductivas.
Aunque el crecimiento desigual y deforme de la economía cubana se acentuó, en 1958 aún quedaban importantes reservas en los demás sectores para volver a la senda de la inversión productiva. Pero tras el establecimiento del Gobierno Revolucionario esos problemas se reprodujeron con creces debido a la ampliación de gastos en servicios sociales, defensa y el aparato administrativo-ideológico.
Alianza entre el caudillo y grupos de poder militar con los comunistas para conducir a los trabajadores como las hormigas pastoras a las bibijaguas, normas constitucionales que distorsionan la gobernanza democrática, políticas de gastos «compensatorios» para intentar estimular el crecimiento, fueron prácticas que nacieron en la Segunda República y han sido llevadas al extremo por la Revolución en el Poder.
Los resultados de extender ad infinitum durante la etapa socialista el populismo caudillista sin respaldo económico, propio de los gobiernos batistianos, influye en la crisis económica estructural nacional que atraviesa el país en nuestros días. Solo que ahora apenas existen ya reservas para recomenzar, ni se avizoran posibilidades reales de que nuevos actores sean capaces, en lo inmediato, de desterrar de una vez tales políticas.
—A que no adivinas cuál será la solución definitiva de los problemas más acuciantes.
—¿Hay alguno que sea «menos acuciante»?
—Déjate de subterfugios semánticos y súmate con la ruleta rusa a mis elucubraciones.
—Si la cosa viene desde Rusia, debe ser la visita del general de ejército Nikolai Patrushev, secretario del Consejo de Seguridad de la Federación. No creo que Cuba acepte ayudar militarmente a Putin para enfrentar la agresión ucraniana.
—Esa obsesión tuya de que nuestro país apoya la operación especial que enseña a los campesinos ucranianos a sembrar trigo… Ni Cuba (que pertenece, a pesar de lo que avanza, al Grupo de Países Menos Adelantados) ni Rusia (que lleva un año sin adelantar mucho en su excursión transfronteriza) están en condiciones económicas para ello. De esa visita lo único que puede esperarse es una donación de carros «patrushevros». Así que frío frío…
—Se ha divulgado «el contenido de un acuerdo entre los gobiernos de México, Brasil, Colombia y Cuba para enfrentar la inflación y contenerla». «Por ejemplo, si Argentina registra aumentos injustificados en un rubro como la indumentaria, podría acudir a uno de los socios, como Brasil, para obtenerla a menor valor por un periodo determinado, a cambio de otro ítem más asequible».
—Cuba puede ofrecer estrés a cambio de que Brasil envíe alcohol. Su consumo mitigaría… el estrés por el precio injustificable de todos los rubros. Pero no es eso.
—Tiene que ver, di que sí, con medidas domésticas para enfrentar el alza desmedida de la salida legal e ilegal de… dinero de las arcas familiares. En Cienfuegos se realizan «batidas contra vendedores agrícolas ilegales, distorsionadores de precios, acaparadores y otras figuras que atentan contra el correcto desarrollo de las dinámicas sociales». El periodista las define como «una de las rectas de enfrentamiento directo al delito más sistemáticas y de mejores resultados en la provincia».
—Así que rectas. Qué manera de tirar curvas con «medidas adicionales como la venta forzosa o el decomiso». Ya lo oirás cantando, a ritmo de la comparsa Dinámica Social, que «Cienfuegos es la ciudad que más me cobra a mí». Pero prosigue.
—«Es el momento para un nuevo maquillaje, la panacea de la renta básica universal, cantidad que sería entregada a todo habitante para que satisfaga sus necesidades básicas, trabaje o no trabaje».
—¿Se refiere a los 1538 pesos con que el Ordenamiento aseguró la vida?
—«Hay revolución en la moda, en los desodorantes, en las toallas sanitarias, en el papel higiénico. Revolución en todo, mientras no haya revolución en nada».
—Ese libelo debe ser resultado del «corte interesado de la presencia revolucionaria en las redes». «Meta cerró de un tirón 363 cuentas de Facebook, 270 páginas, 229 grupos y 72 cuentas en Instagram»…
—…haciendo invisible el cumplimiento de nuestras metas. Pero el artículo lo reproduce Cubadebate, se titula «Maquillando el cadáver del capitalismo». Se murió y no me enteré.
—Llevaba décadas de pura agonía.
—Ya me tienes acomplejado, no pongo una. Voy a hacer un último intento de ser proactivo, como nos piden nuestros más conspicuos guías. Canel, por ejemplo, acaba de hacer un llamado a la «creatividad, mente abierta, romper trabas e incluso aprovechar lo que ya está estipulado y no se implementa porque se desconoce».
—O se desconoce porque no se implementa.
—El presidente considera «primordial seguir perfeccionando la labor del Poder Popular y con ello continuar propiciando espacios de debate, de participación popular, esencia y raíz del genuino y democrático proceso eleccionario que vive el país».
—Espacios de debate que no incluyan discutir sobre el proceso eleccionario que, en su perfección democrática y con la consigna «¡El voto, unido, jamás será vencido!», nos ahorra elegir.
—Marrero ha sentenciado que hay que tener «mucho optimismo, visión de futuro, esperanza y la seguridad de que vamos a salir adelante».
—Es fácil. Para eso Cuba es miembro pleno de los Menos Adelantados.
—Es el título de una reseña sobre el Pleno Provincial del PCC.
—Ríndete entonces. Mi entusiasmo por la solución definitiva no viene dado por esos acontecimientos trascendentales que mencionas, sino por la política de arrendamiento en pos de aprovechar locales subutilizados e improductivos. Se les consignan a diversos actores que solicitan gestionar dichos inmuebles para emprendimientos locales u otra modalidad de gestión no estatal.
—¿Tan importante es lo del arrendamiento?
—Imagina cuánto podría resolverse. Yo mismo, en estos días, estoy pujando una oficina para un proyecto ahí. Pero llamo, llamo, y ni Canel ni Marrero me contestan.