La Marina es ese barrio sucio, feo y de mala fama, pobrísimo y de población mayoritariamente negra, que encontrarás en cualquier ciudad de la Isla. La diferencia, tal vez, es la mucha rumba, el guaguancó y la santería afrocubana. Lo otro: no es un barrio de la periferia. Está en el mismo centro de Matanzas.
Los turistas se quedan en el centro histórico. Sin embargo, a unas cuadras, con sus cámaras de fotos, muestran sus pocos deseos de establecer un contacto de primer tipo, «pueblo a pueblo», como le llaman. No entran ni para llevarse una postal más o menos cercana a la realidad que se vive en buena parte de Cuba. No los critico. Son sus vacaciones. La semana libre es para llenarse de belleza y recargar los deseos de seguir viviendo en el primer mundo.
(Foto: Néster Núñez/LJC)
Yo que soy cubano, y matancero, confieso haber sentido también una especie de temor/repulsión parecida a la que pudieran sentir los turistas, si supieran al menos que ese barrio existe. Voy allá, en primer lugar, a comprar comida, porque allí revenden de todo. Te atienden superbién, siempre que pagues sin regatear tanto.
El otro motivo importante por el que voy con frecuencia a La Marina es porque me atrae mucho la gente que vive allí. Siento que para entender los modos diversos en que la humanidad se manifiesta hay que conocer un poco más a esa gente de abajo. Después que juegan dominó, que trabajan, que cocinan o ven televisión… ¿qué piensan? ¿Cuáles son sus ilusiones? ¿Qué los mantiene con vida? ¿En qué consiste la felicidad de sus días?
(Foto: Néster Núñez/LJC)
Una tarde de esas en que lo filosófico existencial me asalta, porque no estoy en mi semana de vacaciones, veo a unos niños en La Marina entrenando boxeo, justo en medio de la calle. Me acerco, por supuesto, y conozco al profe. Juan Esquerré Oña es su nombre. Tiene 78 años y los últimos 25 se ha dedicado a esta faena, de modo totalmente voluntario. En la sala de su casa construyó unos aditamentos artesanales para que sus pupilos aprendieran a tirar ganchos y golpes rectos. Los guantes son reciclados: algunos de la academia provincial de boxeo; otros, traídos por los padres o hechos a mano. Así con todo.
(Foto: Néster Núñez/LJC)
Le pregunto por qué lo hace y responde lo obvio: porque le gusta ese deporte. Allá en los años ochenta, mientras cumplía misión internacionalista en Angola, fue campeón en una competencia entre los ejércitos amigos. Luego regresó a Cuba y no pudo avanzar en el alto rendimiento. Menciona nombres de boxeadores famosos con los que topó en esa época, busca entre papeles y fotos, me muestra un libro impreso a color. «Ese soy yo», dice orgulloso. Ahí estaba trabajando en la imprenta de la Universidad de Matanzas.
(Foto: Néster Núñez/LJC)
Los niños se impacientan, quieren tirar golpes. Esquerré cambia el entrenamiento previsto. Les dice que se pongan las cabeceras, improvisa una demostración para la cámara. Mientras hago las fotos me pregunto si él me ve como un turista que pudiera dejarle donaciones para su desmejorada academia. Hacia el año 2000 el gobierno le dio un lugar donde entrenar a sus muchachos, pero duró muy poco. Estaba en peligro de derrumbe y lo demolieron. También llegaron alemanes y franceses de buena voluntad y algo ofrecieron. Ahora queda una guantilla como único recuerdo de esos tiempos.
(Foto: Néster Núñez/LJC)
Más que ser visto como canalizador de donaciones, me preocupa no lograr responder las preguntas aquellas. Ante la adversidad tremenda que es vivir en un barrio así con un salario de jubilado, me cuestiono: ¿por qué Juan Esquerre hace esto? Me dice que varios de sus atletas han sido campeones provinciales y otros llegaron a la Marcelo Salado, la escuela de La Habana. Méritos justos a su dedicación y entrega.
(Foto: Néster Núñez/LJC)
Pasa un auto pitando, un panadero, otro que vende leche en polvo a 1 500 pesos el kilogramo. Juan pregunta a los discípulos cuál es la combinación que se le tira a un oponente zurdo.
— Dos rectas y un gancho — dice uno.
— ¿A otro que tire golpes rectos?
— Cuatro ganchos y un swing.
Entonces pienso que quizás las repuestas que busco las tengan ellos, los niños. ¿Qué es lo que más les gusta de esto? ¿Qué estarían haciendo si no estuvieran aquí? «Mataperreando», comenta uno. «Viendo televisión», suelta otro». «Vengo porque aquí hago muchos amigos», agrega un tercero.
(Foto: Néster Núñez/LJC)
Los turistas andarán sentados a la sombra de los bonitos bares de Narváez, consumiendo sus tragos. O haciéndose selfies con el antiguo edificio del Palacio de Justicia como fondo. A veces me pregunto qué estarían haciendo si no estuvieran aquí, qué es lo que más les gusta de esto… ¿Cuáles son sus ilusiones? ¿Qué los mantiene con vida? ¿En qué consiste la felicidad de sus días?
El hombre de la leche en polvo vuelve a pasar. Mil quinientos pesos el kilogramo. El yogurt, doscientos cincuenta: un litro y medio. Duró muy poco el edificio que el gobierno le prestó a Esquerré para academia. Terminó demolido. Desde entonces él está en la calle, con sus niños, haciendo lo mismo.
Regreso a mi casa con más preguntas que respuestas, como casi siempre.
A menudo escuchamos que la migración en Cuba es económica, acto seguido muestran las tablas y cifras de la región centroamericana, con la intención de confirmar que vivimos en otro país pobre, intentando abrirnos camino en el Norte; por lo que detrás de esta migración no hay nada «diferente».
La pregunta sería entonces si es realmente económica la emigración de los cubanos, o si se muestra con más carga política. Es decir, si el trasfondo de esa urgencia de mejoras se expresa de la misma forma en Cuba que en otros países de la región.
Cuando analizamos las circunstancias de los países cuyas poblaciones emigran, se perciben grandes diferencias con relación a las de Cuba. Aquí tenemos acceso gratuito a los servicios de salud, educación, cierta tranquilidad y seguridad ciudadanas, además de algunas asistencias y prestaciones de las que adolecen otras naciones.
Si a esto le sumamos el hecho de que muchos cubanos, para emigrar, venden su casa, su carro o su negocio, para pagar los nada baratos trámites o trayectos migratorios, ello implica que muchos tienen casa, carro o negocio. Otros, además, suelen recibir remesas, salarios, compensaciones laborales, beneficios, y un buen número de etcéteras. Cualquiera sea la fuente de esos ingresos no son comparables con países de un alto índice de pobreza. De ahí que resulta altamente cuestionable esgrimir la idea de una emigración puramente económica.
Resulta difícil separar la llamada emigración económica de la emigración política, pues, además de la acumulación de riquezas que pueda tener un país, es justamente la política quien se encarga de trazar las estrategias económicas que pueden generar mayor o menor prosperidad en un territorio.
Entendiendo esto, puede decirse que la emigración cubana actual tiene un fuerte basamento político, porque a pesar de que el ciudadano no va a llegar a un punto extremo de inanición, ni morirá a causa de enfermedades sin cuidado médico, cada vez se aleja más el sueño de construir una vida próspera en su país, porque la política de este no parece tener un plan efectivo para lograr mejoras sustanciales. Todo lo que nos rodea es un discurso político sin una estrategia económica y social que logre presentar un esquema salvador ante la crisis reinante.
A todo esto, habría que añadirle el escenario que vemos desarrollarse previo a las venideras elecciones de marzo. La Comisión Electoral nomina a un grupo de diputados para los 470 escaños del Capitolio sin explicar —más allá de una simple biografía— sobre qué base fueron nominados y cómo estos van a legislar, acorde a los intereses de la ciudadanía, o contribuir a la solución de nuestros problemas.
Dicha ausencia de prosperidad en su propio país, sumado a la exclusión de las personas con ideas abiertamente disidentes, ha empujado a muchos a emigrar hacia el destino más fácil, Estados Unidos, y con ellos se llevan sus dolores y heridas no sanadas. Hasta la fecha, no ha existido un reconocimiento tácito de la falta de un plan reconciliador del Estado cubano con estos sectores, por lo cual, muchos de ellos se han convertido en detractores de un necesario proceso de normalización de relaciones entre Cuba con su vecino del Norte.
Cuando la emigración es política, la cercanía con el extremismo y la radicalización en el discurso es mayor. El emigrado lamenta haber dejado su país por motivos de persecución, expulsión, imposibilidad de impactar sobre una política o acceder a puestos de decisión. Aparece así un resentimiento hacia quienes le «obligaron» a tomar el camino del «exilio».
De esas personas que han emigrado pudieran surgir futuras voces de opinión, de confraternidad, negocios, e incluso, pudieran ser los encargados de impulsar la normalización de las relaciones entre ambos Estados. Entonces, ¿cuál sería el resultado si el emigrado llega radicalizado a «la otra orilla»? ¿No es esto lo que ya se aprecia de forma cada vez más evidente? He ahí la importancia de caracterizar, con estudios científicos, las formas que adquiere la emigración para poder contenerla y/o cambiar las estrategias de política interna al respecto.
Seguir el procedimiento de descalificar todo lo que sucede en Estados Unidos, viendo solo la paja en el ojo ajeno, no va a lograr que el fuerte posicionamiento miamense afloje la prédica. Tampoco el hecho de justificar nuestros errores internos con las agresiones y sanciones que recibimos de este país.
Poco se habla en nuestros medios del fallo del ¿ordenamiento?, que se planificó sobre un ¡¡60%!! de inflación. Poco se habla de las tiendas en MLC (Moneda Libremente Convertible), donde se puede ofertar 125 gramos de mantequilla a 2.30 MLC, más de 300 pesos cubanos al cambio informal de esta moneda, lo cual representa más de un día de trabajo según el último dato disponible de salario medio cubano. Poco se habla del absolutismo partidista o comunicacional, para no mencionar la agresividad hacia algunas voces y medios que resultan incómodos e inaceptables.
Cuando el extremismo llega al debate, este muere, nadie más quiere entrar en razones y hoy, vemos ese extremismo tanto en las noticias de «allá» como las de «acá». Son relatos que diseccionan cada aspecto de la vida de cualquiera de los dos países para presentarlos intencionadamente como Estados fallidos, sin reconocer jamás las virtudes que puedan tener ambos.
Aquello no funciona, nos repiten, hay violencia; un policía asesinó a un negro; hay crímenes, corrupción, falta de democracia, desahucios, tiendas vacías… nos dicen los medios cubanos, sin analizar con esa misma intensidad y consistencia las múltiples carencias y problemáticas que tenemos aquí. Los ejemplos sobreabundan a lo largo y ancho de la Isla: una libra de cerdo con hueso puede costar hasta 480 pesos; los medios no estatales son criminalizados; el sindicato no tiene independencia real del Estado; no hay transporte para ir a trabajar; las colas roban gran parte del día y una joven es asesinada en la misma nariz de un policía.
Cuando hablamos de proyecto de comunicación y de prensa, se hace más necesario que nunca la seriedad en las noticias, la concreción y la presentación de los temas e investigaciones con el rigor que exigen los buenos estándares periodísticos. Deberían distanciarse de ese enfoque de destrucción que tienen hacia todo lo que suene estadounidense y que, por tanto, agudiza el extremismo del otro lado del estrecho, así como un entendimiento real desde «esta orilla» de su sistema político.
Esa sociedad anglosajona —con sus aciertos y desaciertos— es el sitio en donde casi dos millones de cubanos se van abriendo camino. Muchos de ellos mantienen con remeses, recargas y envíos, y otras formas, no solo a sus familiares, sino también a los esquemas comerciales de los que dependen muchas empresas en la Isla para obtener su liquidez en «moneda fuerte».
La mayoría de los que para ahí partieron, vieron en algún momento cómo se les cerraban las posibilidades de ser felices en su país debido, entre otros elementos, al empecinamiento o la ineptitud política de quienes no han podido lograr el tan prometido y postergado bienestar social.
En los últimos días se ha hecho visible una polémica entre integrantes del grupo de activismo político La Manigua, Revolución Pa’ Rato, con otros militantes autodenominados de izquierda, vinculados a instituciones en Cuba. El espacio comenzó atacando a la oposición y prosiguió con grupos, medios no estatales y artistas críticos hacia el gobierno cubano. Terminaría confrontando a otros colectivos y personas afines al Estado cubano, que respondieron a partir de la reciente arremetida contra el periodista Francisco Rodríguez Cruz, del periódico Trabajadores.
El presente texto explora la evolución del contenido de los mensajes de La Manigua y particularmente la de su líder, conocido como Rodrigo Huaimachi, con énfasis en las muestras de extremismo. Asimismo, aborda su relación con espacios institucionales y los criterios más relevantes publicados alrededor de la última polémica.
¿Qué es La Manigua?
Según un artículo publicado en la página de Facebook del blog Brújula Sur, a cargo de Roly Medina, su antiguo administrador, el surgimiento de La Manigua, Revolución Pa’ Rato data de 2021, a partir del espacio Blogueros Revolucionarios. Quien crea el canal y el grupo —por tanto, posee su control digital— es el activista político chileno, radicado en Cuba, Rodrigo Huaimachi. Sobre su liderazgo y la participación de varios miembros en ataques hacia otras personas plantea:
«Rodrigo Huaimachi no es solo un miembro de La Manigua: es el propietario de La Manigua según Telegram, es su representante ante el Foro de Juventudes Revolucionarias La Comuna, su vocero, su líder. […]. Los perfiles falsos que han sido sistemáticos en los ataques faltos de ética y vergüenza revolucionaria, tienen un rosario de «reacciones» en Facebook, de los cuales gran parte de su cuota son dispensados por estos administradores, moderadores, o perfiles destacados de La Manigua».
En su Declaración de Principios, el colectivo de La Manigua se identifica como «un espacio plural y diverso, respetuoso» que asume «la defensa de la Patria, la Revolución y el Socialismo como un deber y un derecho inalienable». Sobre su relación con el gobierno cubano expresa que «brindará su apoyo [al gobierno] siempre y cuando garantice la defensa de la patria y sea constructor del socialismo como sistema político». Afirma además que su trabajo «siempre se proyectará pensando en la unidad como arma estratégica».
Activismo y articulación
El espacio de La Manigua ganó notoriedad a partir de los debates organizados en su plataforma en Telegram, como los ocurridos entre el actor y dramaturgo, devenido activista opositor Yunior García Aguilera y Rodrigo Huaimachi, y el perfil anónimo Karlitos Marx.
(Tomada del perfil de Twitter de La Manigua)
Huaimachi fue una de las figuras en redes sociales más activas en la defensa de la postura del gobierno cubano ante la oposición, para cuyos fines asumió y legitimó formas de lucha como los mítines de repudio. También estuvo entre los participantes de la sentada «Los Pañuelos Rojos» en el Parque Central, que se organizó en 2021 con militantes a favor del gobierno cubano, coincidiendo con los días en que García Aguilera había anunciado una protesta antigubernamental.
El discurso de La Manigua no se circunscribió a la confrontación con marcados opositores, sino que también fue hacia medios no estatales y sus profesionales, artistas con una obra crítica o que consideraban que «atacaba a la Revolución cubana». Para esto se valieron de recursos como las descalificaciones, las acusaciones sin pruebas de estar financiados por el «enemigo», campañas de linchamiento. Algunas de estas las llegaron a organizar contra figuras públicas, incluso, por solo declinar debatir con ellos en su grupo de Telegram.
(Captura de pantalla de un post publicado por miembros de La Manigua)
Pese a la agresividad de su discurso, La Manigua ha obtenido la acogida de varias instituciones estatales cubanas para la organización de sus eventos, por ejemplo, participó en el encuentro La Comuna, respaldado por la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Dicha articulación entre «espacios emergentes revolucionarios» fue ampliamente celebrada por los medios de comunicación estatales cubanos. El órgano oficial de la UJC lo calificó como un «evento de juventudes heterogéneas trenzadas por el fin común de la unidad».
No obstante la heterogeneidad que puede existir en cualquier grupo humano, el mismo reporte aclara que «prevalece un discurso comunista y se busca extender a todos los espacios emergentes revolucionarios, con la UJC como guía, hacia la transformación política protagonista y creativa», dejando fuera, en consecuencia, a otras formas de militancia e ideas políticas —aun dentro del espectro de la izquierda— en la Isla.
Primer Encuentro para la Articulación y Construcción Colectiva», en el que se plantea la creación del espacio La Comuna. (Foto: Agencia Cubana de Noticias)
De aliado a divisor
A finales de 2021, luego de la salida del país de varios opositores, Huaimachi y otros miembros de La Manigua, empezaron a confrontar espacios respaldados por instituciones estatales, que, según ellos, se alejaban de su concepción del «socialismo» o de la «Revolución». Uno de los enfrentamientos más visibles fue contra el antiguo equipo de la revista Alma Mater. En ocasiones afirmaron que la publicación se estaba desviando de sus objetivos, para luego celebrar la decisión de la UJC de destituir a su director.
Más adelante se suscitaron enfrentamientos con Luis Emilio Aybar e Iramís Rosique, integrantes de la revista La Tizza, ambos vinculados con laAsociación Hermanos Sainz, alegando «sus excesos de vanidad, sus egocentrismos, una agresividad desmedida contra sus propios compañeros, y reiteradas muestras de altanería». También fueron visibles las descalificaciones al profesor de la universidad habanera Fabio Fernández, por sus opiniones en torno el patriotismo en Cuba.
Cruce de línea y respuesta
Aunque los mencionados sucesos habían provocado respuestas de los implicados, la confrontación directa entre La Manigua y sus anteriores compañeros de militancia en La Comuna ocurre a partir de las andanadas contra el periodista y delegado del Poder Popular Francisco Rodríguez Cruz, recientemente elegido presidente de la delegación del ramal de la Prensa Escrita de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC). La motivación para los ataques —protagonizados principalmente por perfiles anónimos vinculados al grupo— fue una crítica del periodista a la gestión del Sistema Eléctrico Nacional.
Ante esto, varias de las organizaciones y activistas, que habían compartido espacio con La Manigua en La Comuna, empezaron a responder de forma frontal. La página El Necio, administrada por el periodista Pedro Jorge Velázquez —quien antes había participado en varios espacios de este grupo—, enumeró los miembros de La Manigua que habían realizado «linchamientos contra revolucionarios» y propiciado «un ambiente de sospecha, acusaciones, intolerancia y dogmatismo en el campo de la Revolución».
Al citado texto se sumaron otras declaraciones como la del blog Brújula Sur y un artículo publicado en La Tizza, el cual expresó: «el llamado “maniwerismo” (sic) se encuentra en el centro o los alrededores de muchas de las discusiones y polémicas más amargas, infértiles y dañinas de los últimos tiempos en las redes sociales. Convendría también separar a las personas que por una razón u otra han encontrado ahí cauce para su militancia, de un minúsculo grupo que de manera sistemática usa esa cobertura para campañas de descrédito y linchamiento».
Asimismo, el imputado periodista Rodríguez Cruz, en un post de Facebook sobre el auge del extremismo, aseveró: «Las personas extremistas son aquellas a quienes les resulta más fácil sospechar que confiar, por causas injustificadas, e incluso sin ningún motivo. […]. No dudemos entonces un segundo en oponernos a extremos y extremistas, en cualquier contexto donde ese malsano fenómeno aparezca. Nos puede ir la vida y el futuro en ello».
Por su parte, La Manigua, en su canal de Telegram, respondió a las críticas en un comunicado en el que alegaron: «¿Qué atacan cuando emplazan a La Manigua? Atacan a un espacio de resistencia mediática y de intransigencia revolucionaria. Atacan la frontalidad con que se apoya la Revolución y sus instituciones. Atacan a quienes no se identifican con las tendencias del activismo político en redes que dirigen su agenda a la fabricación de liderazgos individuales, sobre la base de vínculos y simpatías personales, descalificando a quienes piensan diferente y contribuyendo a la desmoralización pública de las formas de organización colectiva del pueblo cubano».
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En las contestaciones a La Manigua surgidas en los últimos días sobresalen dos argumentos: el primero es el de la ética y el segundo es el del «fuego amigo». Con respecto al primero, cabe destacar que las conductas en el activismo alejadas de la ética no son novedad y han caracterizado al grupo desde sus inicios.
Algunos de estos métodos —como el uso de perfiles anónimos, con un discurso ofensivo hacia la oposición— se han naturalizado en el accionar político vinculado al gobierno cubano. Hasta ciertos «cibercombatientes» de esta orientación han sido entrevistados elogiosamente y citados como fuentes de información verídica en medios estatales. Mientras La Manigua empleaba formas de lucha alejadas de la ética —como las ofensas, campañas de linchamiento y actos de repudio— solo contra la oposición, el resto de las organizaciones y colectivos afines al Estado cubano no parecía alarmarse.
Entonces, quedaría como causa de la reacción actual el problema del «fuego amigo». Cabría preguntarse quién y cómo se define al amigo y al enemigo, si es viable y sostenible alimentar una corriente extremista y pretender que esta actúe eternamente de forma disciplinada, sin definir adversarios propios —más allá de los orientados—, ni utilizar para su combate los mecanismos amorales a los que está habituada.
Este martes Estados Unidos volvió a incluir a Cuba en la lista de países que no colaboran contra el terrorismo. Es esta una designación extremadamente importante desde el punto de vista legal y político, con ramificaciones que afectarán al gobierno en La Habana y a la ciudadanía. La medida demuestra la inexistencia de una política consistente hacia el país caribeño por parte de la administración Biden, que continúa sin cumplir su promesa electoral de normalizar las relaciones bilaterales y mantiene la retórica hostil que promovió la presidencia de Donald Trump.
La inclusión se hace, una vez más, sin aportar evidencia sobre cómo el Estado cubano apoya acciones terroristas o que puedan poner en peligro la estabilidad de su vecino del norte. También llama la atención el carácter arbitrario de los países listados, con un criterio de selección subordinado a intereses más económicos y políticos que de seguridad.
La decisión no solo restringe el espacio para la diplomacia entre ambas naciones, sino que sostiene una tensión política que dificulta las posibilidades de un proceso de diálogo entre ambos gobiernos. También obstaculiza esfuerzos internacionales para aliviar la actual crisis económica y mediar en la compleja situación de derechos humanos en la Isla. Por último, brinda una justificación al gobierno caribeño para mantener prácticas autoritarias como supuesta «defensa» ante la agresión extranjera.
En materia legal, la designación de un Estado como patrocinador del terrorismo influye en dos áreas: las sanciones y la soberanía. Activa controles de exportación para artículos que necesita el pueblo cubano y restringe el acceso al alivio de deudas y al financiamiento internacional. Además, elimina un derecho del que gozan todos los estados soberanos: la inmunidad ante las cortes estadounidenses. Ese hecho convierte a la nación en vulnerable a demandas sustanciales.
Históricamente, la inclusión en la lista ha sustentado sanciones cada vez más severas que repercuten en la economía y, por tanto, en la población del país listado. Las empresas y organizaciones con sede en Estados Unidos pueden asumir que cualquier compromiso con Cuba estaría prohibido, incluso para actividades que técnicamente se permitan. Las firmas extranjeras pueden estar expuestas a acciones legales en Estados Unidos. A menudo el riesgo de ver manchada la reputación por estar vinculado a un país que forme parte de la lista es tan alto que muchas empresas evitan hacer negocios sin investigar los tecnicismos.
Elanuncio contrasta con la expectativa de las últimas semanas sobre un posible cambio en la política estadounidense hacia Cuba. Señales tímidas de diálogo bilateral y un comentario sobre Cuba del presidente Biden al senador Bob Menéndez, parecían anticipar algún movimiento en el sentido correcto.
Si bien el gobierno cubano tiene prácticas de autoritarismo que afectan a la ciudadanía y se alejan de la búsqueda de consenso, el estadounidense, a pesar de su retórica pro-democrática, insiste en decidir por los cubanos el rumbo político de la Isla, con la actitud —también autoritaria— de provocar miseria como forma de castigo. Atrapados entre ambas fuerzas están 11 millones de personas como «daño colateral».
Todavía resuenan las palabras de Barack Obama en su visita a La Habana cuando vaticinó un futuro de esperanza, protagonizado por la ciudadanía y nadie más. La administración Biden se ha esforzado por mostrar que su política hacia el pueblo cubano es diferente a la que asumió Obama. Y tienen razón, es peor.
Llegó el Miércoles de Ceniza de 2023. En teoría, cerraba el carnaval brasileño, y en la práctica carnavalesca, mis amigos Paulo y Franklin regresaron a casa a las 7:40 a.m. Durante una vigilia de alegría interminable, participaron en el desfile de una escuela de samba1 a las 10:00 p.m. del martes y luego en otra escuela a las 2:00 a.m., ya del miércoles.
Tampoco durmieron mucho Sil, Rosangela y doña Dora, que esperaron hasta casi las 3:00 a.m. para verlos desfilar en la transmisión de la Globo. Sandra se fue a descansar más temprano, porque a las 7:00 a.m. debía estar en la infaltable misa que da inicio a la Cuaresma católica, las fiestas populares y el ritual religioso con su indisoluble presencia en la vida y el imaginario colectivo.
Este fue el ritmo frenético de la última semana para cientos de miles de brasileños y visitantes en Belo Horizonte, al sudeste de la nación. Solo en esta ciudad se calcula que carnavalearon 5 millones de personas y circularon en la economía formal e informal casi 150 millones de dólares.2 Cuando llegué a Brasil en febrero de 2017, en pleno carnaval de Belo Horizonte, pensé que la festividad era exclusiva de Río de Janeiro; pero, para mi asombro, previo a la Cuaresma se celebra de una punta a otra del país. Sería el inicio de varios procesos de descolonización interna sobre la cultura y el pueblo brasileños que he debido desarrollar en los últimos seis años.
Calcomanías alegóricas distribuidas gratuitamente en el carnaval 2023. (Foto: El autor)
Mi primera experiencia carnavalesca, casi mística, fue vivenciar en el Bar Jeremías a personas de diversas generaciones con sus ropas de fantasía y coreando a una sola voz Padres e hijos, de Legião Urbana, banda emblemática del rock brasileño de los 80 y los 90. «Es preciso amar las personas como si no hubiese mañana…», repetían con devoción, y así, en medio de unos carnavales, supe de la increíble calidad del rock brasileño, que curiosamente tomó impulso en plena dictadura militar (1964-1985).
Según afirma el antropólogo Roberto DaMatta en un clásico texto, los carnavales, como parte esencial del dilema identitario brasileño, se convierten «…en un poco de todo, diversidad en la uniformidad, homogeneidad en la diferencia, pecado en el ciclo temporal cósmico y religioso, […] remiten a varios subuniversos simbólicos de la sociedad brasileña, que podrían llamarse un desfile polisémico».
Por otra parte, el propio autor asegura que «…las fantasías distinguen y revelan, ya que cada cual es libre de elegir el disfraz que quiere […]», y es esta «…combinación y esta conjunción de representantes simbólicos (o reales) de campos antagónicos y contradictorios lo que constituye la esencia misma del carnaval como rito nacional».
En la interpretación del estudioso, los «…disfraces de carnaval crean un campo social de encuentro, mediación y polisemia social, porque, a pesar de las diferencias e incompatibilidades de estos roles representados gráficamente por las vestimentas, todos están aquí para “jugar” […] es decir, para unirse, para suspender las fronteras que individualizan y compartimentan grupos, categorías y personas».
Participantes disfrazados para desfilar con sus escuelas en la ciudad de Belo Horizonte. (Foto: El autor)
De los carnavales brasileños me impresiona la forma pertinente en que se utiliza este momento de fraternidad colectiva para hacer campañas de bien público contra el acoso sexual, la homofobia y la violencia patriarcal, y en pro de la democracia.
Para Helena estas fiestas de 2023 tienen motivaciones especiales: «…el carnaval está maravilloso. Es el primero sin Bolsonaro; el del año que viene será mejor todavía, porque va a ser el primero con Bolsonaro preso. ¡Sin amnistía!», y sonríen con desenfado ella y sus amigas.
Helena y una amiga. (Foto: El autor)
Tiago Henrique reconoce ser un folião3 de raíz, aunque este año su participación fue más como vendedor ambulante, para ayudar a su economía. En su opinión el carnaval fue fantástico, y agrega, mientras la carcajada contagiosa brota natural y límpida como manantial de montaña: «…en ese mundo político actual el carnaval está reviviendo en nosotros la llama del saber-vivir… del saber-vivir con alegría, con esperanza, y es eso, es el momento de revivir la llama de alegría que vive dentro de nosotros. En el contexto político actual es eso lo que queremos, vivir en paz, es hora de ser felices… Hagamos la L [de Lula]».
Tiago Henrique, folião de carnaval y vendedor ambulante. (Foto: El autor)
En la concentración del blocoCorte Devassa, Roberta afirma estar muy emocionada, pues cree que «…este carnaval tiene un sentido de retomada. De retomada de la democracia en nuestro país, retomada de las fiestas, de celebración de la vida, ¿eh? Perdimos muchas personas [durante la pandemia]. El contexto político fue muy difícil, pero ahora es momento de celebrar y retomar lo que es nuestro, la calle, el pueblo, la democracia».
Roberta lista para participar del bloco carnavalesco Corte Devassa. (Foto: El autor)
«El carnaval 2023 fue una victoria, una conquista», me dicen entusiasmados Franklin y Paulo, mis primos brasileños por adopción. «¡Fue maravilloso, retornó todo […] una oportunidad única de encontrar los amigos, hacer amistades, tener unión, algo muy importante para nuestras vidas! Por eso nos divertimos y adoramos ese carnaval».
Franklin y Paulo con sus trajes y listos para desfilar con la escuela Ciudad Jardín. (Foto: El autor)
En su interpretación de los significados del carnaval, coincido con el profesor DaMatta en que: «Las costumbres carnavalescas ayudan a crear un mundo de mediación, de encuentro y de compensación moral. Engendran un campo social cosmopolita y universal, polisémico por excelencia». En ese espacio «Hay lugar para todos los seres, tipos, personajes, categorías y grupos; para todos los valores. Se forma entonces lo que puede llamarse un campo social abierto, ubicado fuera de la jerarquía, quizás un límite en la estructura social brasileña, tan preocupada por sus entradas y salidas».
En esa estructura cosmopolita, polisémica y de mediación, me (re)encuentro yo, un migrante cubano que a los ocho años fue farolero en unos carnavales infantiles de su amada Camagüey. Una idea «descabellada» de mami, creo que para hacerme perder un poco de timidez, y una experiencia única de fuerza ?no podía casi con la farola? y de orgullo por mis orígenes.
El autor del artículo listo para desfilar en la escuela Ciudad Jardín, de Belo Horizonte.
Ahora, 35 años después y a 6 000 kilómetros de Camagüey, Silvania me invita a disfrazarme de cangaceiroy desfilar con la escuela Ciudad Jardín. Lo pienso ?me preocupa mi condición física?, pero por fin me decido: es un momento único y lo viviré. Si caigo me tendré que levantar. Eso es también parte de la vida cotidiana del pueblo brasileño, de mi pueblo cubano, de mis esencias, de mi condición diaspórica de migrante. Y sin dudas lo disfruto, con la misma sonrisa inocente de aquel niño de ocho años con su farola… recordando a cada paso por la avenida Alfonso Pena la letra del gran Renato Russo: «Es preciso amar… como si no hubiese amanhã».
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Este texto contó con la preciosa colaboración de la compañera Silvania Morais para obtener las fotos y las entrevistas.
1. Asociación popular caracterizada por la práctica del canto y el baile de la samba brasileña, generalmente para competir con agrupaciones similares.
2. La cifra en dólares tiene en cuenta el cambio actual de real para dólar, aproximadamente de 5 x 1.
3. Término popular para definir a las personas que participan intensamente en los carnavales, se disfrazan, cantan y bailan sin descanso.
Cuando hablamos de un dilema nos referimos a una encrucijada o disyuntiva, es decir, a una situación en la que se obliga a elegir entre dos opciones igualmente buenas o malas. En Filosofía, es un razonamiento en que una premisa contiene una alternativa de dos términos.
En el ámbito de la comunicación existen las falacias —del latín fallacia, literalmente engaño—, que son mentiras revestidas de argumentos cuyo fin es la manipulación e imposición de una visión sobre otra. Una de ellas es la falacia «del o», conocida también como del «falso dilema». Esta falacia lógica involucra una situación en la que se presentan únicamente dos puntos de vista como únicas opciones posibles, cuando en realidad existen una o más que no han sido consideradas.
La falacia del «falso dilema» es muy usada en el debate político ya que tiende a ser persuasiva al obligar al auditorio a escoger entre dos alternativas. Por lo general, los que proponen las alternativas son conscientes de que existen otras opciones y las ocultan, de ahí que se le denomine también falacia «del tercero excluido». Algunos le llaman falacia «del callejón sin salida», dado que quienes deben elegir pueden sentirse atrapados.
Psicológicamente se reconoce como un «efecto de doble vínculo», al poner a la persona a optar entre dos opciones malas esta se siente confundida, aprisionada en una contradicción irresoluble. Veamos dos ejemplos de falsos dilemas: «Quien no está con nosotros está contra nosotros», dicho por George W Bush en septiembre de 2001. Y este, piedra angular del discurso oficial en la Isla: «A favor del gobierno cubano o a favor del bloqueo norteamericano».
El más reciente falso dilema que nos ha presentado el aparato ideológico en Cuba involucra a dos supuestas alternativas: una izquierda sectaria y estalinista opuesta al cambio y anquilosada en viejos moldes (representada por el grupo La Manigua, Revolución Pa? Rato y determinadas figuras de ese movimiento, como Rodrigo Huamachi) o una izquierda inclusiva, favorable al diálogo, que busca empatizar con otras opciones consideradas revolucionarias (encarnada en el grupo La Comuna y también en otros proyectos y medios que incluyen desde los Pañuelos Rojos o el eufemístico Cubadebate hasta el programa Con Filo y personas vinculadas con tales espacios).
Es tan evidente la manipulación que sorprende el que muchos crean estar ante una batalla campal entre puntos de vista opuestos. Obviamente, el objetivo de tal jugarreta es lograr un posicionamiento de la opinión pública junto a la, en apariencia, menos mala de las opciones.
Desde hace meses he conversado con algunos amigos y colegas alertando sobre el paulatino montaje de esta puesta en escena que, tras muchos ensayos, ha llegado a su representación final, y cuyo libreto —más allá de los dimes y diretes en el ámbito de Facebook y otras redes sociales—, se concentra ahora en dos textos que acaban de publicarse.
Uno es la «Declaración: por la unidad y la ética», que no está firmada pero salió en la página de FacebookEl Necio, proyecto del periodista Pedro Jorge Velázquez, corresponsal de Granma en Sancti Spiritus; el otro se titula «(Sin)Sabores de la Comuna», es de la autoría deErnesto Teuma Taureaux y salió en La Tizza, espacio digital que se presenta como «Un lugar para pensar y hacer el socialismo desde Cuba».
Las alternativas y el tercero excluido
Cuando se consigue identificar una falacia de falso dilema, es posible notar también quién es el «tercero excluido» en ella. En la declaración divulgada por El Necio se establecen desde el inicio dos grandes bandos. Uno es comprendido en la abarcadora categoría: «contrarrevolución cubana» y se le considera «el enemigo». El otro bando es el «bloque de la Revolución», un frente unido ante las provocaciones del «enemigo».
No pensemos sin embargo que estos bandos son las alternativas que nos van a proponer. Para nada. Se apresura el redactor a vanagloriarse de que ya «la contrarrevolución» está en «repliegue temporal» y es apenas «un despojo político que solo aparece como un ruido de fondo y muy baja frecuencia».
He aquí al «tercero excluido», un gigantesco tercero. Han agrupado en el campo de lacontrarrevolución, con absoluta desfachatez, a todos los tipos de disenso existentes en la Isla. Esa no es una estrategia novedosa. de hecho, la había analizado antes en el artículo «Cuba: destino, socialismo y disensos»:
«Comprendo que para la dirigencia política sea más pragmático luchar en un frente que en varios. Pero en Cuba es más realista hablar de disensos, en plural. En mi percepción, que no pretendo imponer, existen tres tipos reconocibles. Sin intentar una clasificación pormenorizada, solo identificaré tendencias generales:
1 Socialistas democráticos (un amplio espectro ideológico que abarca desde marxistas críticos, anarquistas, católicos y cristianos de izquierda, socialdemócratas, ecologistas, feministas, afrodescendientes…). Son proclives a un socialismo inclusivo y participativo, con respeto a la pluralidad y ajeno al modelo burocrático vigente.
2 Pro-capitalistas democráticos (con diferentes matices desde el liberalismo al neoliberalismo e incluyen también algunos de los sectores y minorías mencionados). Se distinguen por su pluralismo político y no rechazan la convivencia con posturas de izquierda.
3 Pro-capitalistas radicales y extremistas (son el otro lado del espejo del Partido único). No admiten la legitimidad de las posturas de izquierda y proclaman la censura del Partido Comunista en un país futuro (…)».
No obstante, la declaración de marras hace tábula rasa de esa diversidad para enunciar que, una vez derrotado el enemigo, el conflicto emergió como hipotético cisma en el otrora «bloque de la Revolución».
La victoria sobre la contrarrevolución, según se expresa, desorientó «a algunas personas», «menos dispuestos al trabajo de comunión, creatividad y consenso que nos exige este momento» que, en su desorientación, «vuelven hacia las propias filas revolucionarias» «los cañones que ayer tenían reservados a nuestros verdaderos enemigos».
Los desorientados son el empresario chileno residente en Cuba Rodrigo González Hidalgo, conocido en redes sociales como Rodrigo Huaimachi, y un grupo de activistas pro-gobierno denominado La Manigua, en combinación con «grupúsculos digitales y perfiles personales y anónimos» (Prometeo de Treveris, Tavarichs Rojo, Marcela Cuba, Ganem Ganem, Tirador Cubano, Tirador Mundial, Julio Baró, Fidelistas por Siempre).
Encuentro organizado por La Manigua el pasado 28 de enero. (Foto: Tomada del perfil de Facebook de Rodrigo Huaimachi)
Traduciendo este affaire a terminología médica, ellos serían una especie de enfermedad autoinmune en que el sistema de defensa del organismo se ataca a sí mismo por error.
Por su parte, los atacados son disímiles, entre ellos: la dirigencia de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), Pedro Jorge Velázquez y su proyecto El Necio, Michel E. Torres Corona y el programa Con Filo, los profesores Ernesto Estevez Rams y Fabio Fernández; Luis Emilio Aybar, actual director del Instituto Juan Marinello; Cubadebate, el periodista Francisco Rodríguez Cruz, el profesor Carlos Lazo y su proyecto Puentes de Amor; Carlos Miguel Pérez Reyes, empresario del sector no estatal propuesto para diputado a la ANPP, y La Comuna, «espacio creado por la UJC para la unidad entre los grupos emergentes y otros ya consagrados».
Veamos ahora el texto de La Tizza, donde hay una mayor elaboración al presentar los motivos de conflicto que dividen a esos bandos. Su autor se ubica en el contexto actual, critica el triunfalismo vano y admite graves problemas a tener en cuenta para trazar estrategias políticas entre las jóvenes generaciones: «la escasez», «migración», la «ansiedad sobre el presente». Le señala a la UJC su anquilosamiento y desgaste simbólico: su «falta de creatividad», «los mismos rituales y las mismas palabras», «sus imágenes, sus tiempos, su discurso».
El proyecto La Comuna, inteligentemente —debe reconocerse—, pretende dotar su relación con los jóvenes de «sentidos más profundos, nuevos y picantes»; crear una «mística», «transformar modos de hacer, pensar y decir dentro de la organización revolucionaria». Se aprecia como parte de una «revolución molecular en proceso» y acepta que dentro de las organizaciones propias del sistema político cubano no se logra ya «satisfacer las demandas de actuación y activismo de distintos sectores jóvenes».
Queda claro aquí un conflicto entre el «estilo» burocrático tradicional y otro que pretende la búsqueda de «mecanismos para transformar nuestras prácticas políticas en áreas tan sensibles como la comunicación, la formación política y el trabajo de base». Se reconoce incluso «la emergencia, activación y protagonismo de colectivos, agrupaciones y organizaciones de signo socialista que operan fuera del marco de las organizaciones tradicionales» con «nuevas luchas, identidades y reivindicaciones que amplían el arcoíris emancipatorio hacia nuevos horizontes antirracistas, feministas, ecologistas, animalistas».
Para Ernesto Teuma, esta perspectiva novedosa y menos sectaria abrió un ciclo político a las fuerzas revolucionarias emergentes, cuyo evento inaugural lo sitúa en «La Tángana del parque Trillo». El autor considera asimismo en este ciclo a la «Sentada de los Pañuelos Rojos» como táctica «que incrementó el arsenal simbólico y práctico de las fuerzas revolucionarias»: «el énfasis en lo artístico, la comunicación desde plataformas digitales, el pañuelo rojo como elemento distintivo».
De acuerdo a su análisis, estos sucesos permitieron «ampliar el margen del disenso y discusión dentro de la Revolución: lo diferente reconocido en la lucha contra lo antagónico». Ante las acusaciones de que desean dinamitar el sistema de organización político juvenil en Cuba, el texto defiende al proyecto de esta manera: «reiteramos que la nuestra es, en verdad, una autocrítica desde el interior de nuestra militancia política, como militantes de la organización y como militantes comunistas a secas».
Y se apresura también a resaltar que las incipientes fuerzas políticas recibieron señales de reconocimiento por parte de la máxima dirección del Partido:
«¿Y si el presidente y primer secretario del Partido Comunista de Cuba no hubiera aparecido en la Tángana? ¿Si no hubiera compartido con los Pañuelos Rojos en la Sentada? ¿O si justo antes de la primera reunión en la que se planteó la posibilidad del evento, no se hubiera reunido con la máxima dirección de las organizaciones juveniles y les hubiera planteado la necesidad de que “la FEU y la UJC se acerquen a otros movimientos de jóvenes que también están aportando mucho a la Revolución”?»
Precisamente en este reconocimiento del Partido está la confirmación de que, más allá del lenguaje inclusivo, estrategias mediáticas nuevas y una proyección que trasciende el marco cerrado de una organización desactualizada en sus estrategias y tácticas como la UJC; no hay realmente una diferencia sustancial. No hay una izquierda mejor que otra. Simplemente, no hay una izquierda.
La izquierda apócrifa
Cuando el 11 de septiembre de 1789, un grupo de delegados a la Asamblea Nacional en Francia se colocó durante una votación (por pura casualidad) a la izquierda del estrado, estaban posicionándose por restringir el poder absoluto del rey y elegían una monarquía limitada por el poder popular. No había allí partidos políticos organizados, sino tendencias.
Ser de izquierda no es usar un pullover con un letrerito, una imagen del Che o una frase de Marx. Tampoco es lucir pañuelos rojos, usar lenguaje inclusivo y salir en actitud performática al espacio público. La militancia en la izquierda no la otorgan una autoproclamación ni una campaña comunicacional. Ser de izquierda es posicionarse contra los poderes instituidos que se desentienden de la justicia social e impiden el ejercicio de derechos a las mayorías despojadas de ellos.
Mucho antes de que la palabra izquierda designara a una postura política, y hasta el día de hoy, los derechos han sido conquistados desde abajo: plebeyos vs patricios, luchas de los campesinos por tierras, rebeliones de personas esclavizadas en pos de su libertad, sufragio universal, división de poderes, luchas obreras, contra el trabajo infantil, por la jornada de ocho horas, el voto femenino, contra el racismo y la homofobia… Sin excepción, todas han sido conquistas sobre poderes establecidos.
Si eres incondicional a un poder que avasalla a la ciudadanía, discrimina e impide el ejercicio de derechos económicos, políticos y sociales; en ese caso no eres de izquierda por mucho que presumas de ello. Da lo mismo que sean los poderes absolutos de un monarca, de un gobierno conservador, una dictadura militar o un partido único autoritario (capitalista, socialista o comunista).
No es obligatorio ser marxista para ser de izquierda. Tampoco proclamarse como marxista es un salvoconducto a la izquierda. En los experimentos del socialismo real la clase burocrática se designó como tal y era en verdad un grupo privilegiado que suplantó la voluntad popular. Cuando un grupo de poder —afianzado como nueva clase— despoja al marxismo de su método científico, lo reduce a su dimensión ideologizante y lo convierte en ideología de Estado, este deja de ser una corriente revolucionaria para instrumentarse en mecanismo de dominación. A ese punto hemos llegado en Cuba. Es una postura contrarrevolucionaria y debe ser denunciada.
No es obligatorio ser marxista para ser de izquierda. Tampoco proclamarse como marxista es un salvoconducto a la izquierda. (Imagen: Twitter / @kmarxrealista)
La implosión del socialismo, en Europa como en Cuba, prueba que la imposibilidad de arrancar conquistas desde abajo lastró la evolución económica y social e hizo retornar esos experimentos por el camino del capitalismo autoritario. El socialismo burocrático de Partido único imposibilita el surgimiento de una verdadera izquierda, pues el pensamiento crítico socialista es suplantado por una izquierda apócrifa que sustenta a la nueva clase, empoderada sobre la sociedad.
De modo que el falso dilema con el que nos quieren pasar gato por liebre no es admisible. Ninguna de las dos opciones que, según dicen, componen el bloque revolucionario es en realidad de izquierda. Bien claro lo dejó Michel Torres Corona en el programa televisivo Con Filo, Boca de Sauron del aparato ideológico, cuando reprodujo el fragmento de una intervención de Raúl Castro donde se acotan bien los límites de la supuesta diversidad: el Partido único. Eso es lo único que no está en discusión para ser aceptados por el Poder. Solo si admiten ese precepto serán reconocidos como de izquierda por el grupo dirigente.
La declaración es muy explícita al respecto cuando lista los puntos que se consideran tareas comunes a todo revolucionario: «las elecciones del próximo mes, la batalla mediática y la que se da en redes sociales, la batalla cultural, la recuperación económica, la participación popular y la venidera II Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba». Lo de siempre, podría decirse.
Las dos opciones supuestamente en pugna (Comuna et al y Manigua et al) admiten esta causa única no causada, asumen acríticamente el sistema político cubano y aceptan la voluntad del Partido como fundamento de su existencia. Por esa razón son falsas izquierdas que han hecho mucho daño a la causa. Lograron que personas en Cuba que desean reivindicar la justicia social y los derechos populares no se auto-reconozcan como simpatizantes de izquierda por la razón de que creen que ustedes lo son…. y le huyen como el diablo a la cruz.
Si dejamos que prosigan con su estrategia de falsa bandera, aparentando «la unidad dentro de la diversidad», podrían llegar muy lejos. Como me comentó un amigo: en poco tiempo podrían salirnos con dos partidos para aparentar pluralismo, igual que hizo el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo en 1942.
Por el empresario manigüero chileno Rodrigo González Hidalgo, alias Huamachi, no habría que preocuparse. Si continuara molestando, el gobierno podría hacer lo mismo que con el superior de la Orden de los Jesuitas en Cuba cuando criticó demasiado: no le renuevan la residencia y asunto resuelto.
Y por favor, no irrespeten la inteligencia colectiva. Son muy ingenuos si creen que los demás lo son. Estamos saturados de falsas izquierdas y falsos dilemas, pero en este «callejón» sí hay salida.
—Me resultó curioso que en la última reunión de chequeo de la dinámica demográfica no se mencionara la palabra emigración.
—Me lo comentó mi hijo, tres excolegas de la universidad y un profesor nuestro que fue primer secretario del Partido en un municipio de La Habana. Lo hicieron en un chat colectivo desde Miami.
—Se insistió en la «disminución de los nacidos vivos» y del «número de defunciones».
—Los jóvenes no desean llegar a los 18. Apelan al suicidio y se tiran al mar.
—A pesar de que «decrece la población urbana», «aumenta el promedio de personas por hogar».
—Fruto del llamado a la unidad.
—Poseemos una «dinámica demográfica similar a la de los países desarrollados».
—Todavía hay quienes nos mencionan como nación del tercer mundo.
—Se dijo que debe establecerse «una política para aquellos jóvenes que sí quieren estar en Cuba».
—La política para aquellos que no, que espere.
—Leí también que «dentro de las principales acciones previstas se encuentran recursos para prótesis estomatológicas». Me dejaron lelo.
—Cómo explicarte. La situación de los comestibles nada tiene que ver con el eufemismo «ciertas escaseces» («falta de jama» en la jerga popular), ni con que la contienda por la soberanía alimentaria ya la tienen ganada los que llaman a hacerla. El problema es que la gente no cuida sus dientes.
—Hay fórmulas para estimular la natalidad y revertir el hecho de que hace más de treinta años no se rebasa la cifra de dos chamas. El Gobierno entrega viviendas a aquellas mujeres que paran tres o más hijos.
—Di mejor aquellas que «no paran». Los baños de esas casas se entregan con «taza de reemplazo generacional».
—Marrero declara que «tenemos que darles un golpe a todos estos asuntos de la dinámica demográfica».
—Con tal de que el golpe no sea contra las prótesis estomatológicas…
—Yo creo que el punto de inflexión para que un día alcancemos de nuevo los once millones (de habitantes) está en la aprobación de la Ley de Comunicación Social.
—Se queda un tanto ensimismado tu interlocutor.
—Porque estás «en-semen-mado», pensando en las mujeres que estimulen tu fecundidad, revitalicen tu autoestima y te resuelvan el problema de la vivienda. La causa mayor de que los muchachos no «contiemplen» a la Isla en sus proyectos de vida es que no saben la clase de país en que viven.
—En qué clase de país vivimos, sí.
—No lo saben porque no salen de las redes sociales, no conocen que «en Cuba se hace buen periodismo, profundo, reflexivo, marcado por una ética profesional y revolucionaria». El tema está en «crear en los estudiantes capacidad de pensamiento y sentido crítico».
—Que los lleve a regresar a las redes sociales.
—«¿Cómo crear entonces contenidos que, siendo socialistas, no sean aburridos, si los modos en los que nos representamos la diversión han sido en su gran mayoría producidos por la industria del entretenimiento capitalista, colonizadora?».
—Muy fácil: televisando los encuentros con los precandidatos.
—Las nuevas generaciones ignoran que a sus padres no les alcanza el dinero porque el enemigo, «mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales», ha logrado su «objetivo declarado»: «afectar los salarios».
—Entiendo: el imperialismo nos impone su moneda, y el Estado multiplica por diez el valor de los productos para que esos desgraciados no equiparen su plusvalía con el plustrabajo socialista.
—Lo entiendes tú, pero no nuestros hijos. No calibran que hemos rescatado la democracia, «echando a los politiqueros de la política». «Cuba es candidata y Cuba elige. Manda Cuba».
—¡Manda… Cuba!
—Sin embargo, «el mundo capitalista sufre una alarmante crisis de confianza en sus instituciones políticas».
—Acá solo sufrimos una alarmante crisis.
—Pero «podemos mostrar un parlamento ecuménico y unitario, del que saldrán las más importantes decisiones, incluyendo la que pone nombre al presidente y vicepresidente de la República».
—Pensé que nos tocaba elegirlos.
—¿Para qué? En una de las reuniones de los candidatos a diputados con sus ratificadores se paró uno y expresó que «tenemos que ser nosotros los que resolvamos nuestros problemas, no podemos pretender que sean los diputados y el presidente quienes lo hagan».
—Mañana mismo voy al Consejo de Estado. Se me ocurren algunas ideas.
El primer pelícano llegó a mitad de octubre, el día 16, bastante temprano en la mañana. José Ramón lo vio en la distancia y agarró la cubeta, encaminándose mar adentro hasta que le llegó el agua al pecho. Cogió un puñado de sardinas y lo lanzó lo más alto y más lejos que pudo, pero el pelícano siguió volando como si nada.
José Ramón esperó con paciencia, mientras se acomodaba su gorrito a lo «Robin Hood», para que el sol no le castigara los ojos. Volvió a tirar sardinas una y otra vez, hasta que la cubeta tocó fondo. Solo así, despacio, como si caminase sobre la mar en calma, regresó con sus 78 años a la orilla.
Ahora lo observo, paseando su mirada por el paradisíaco verdeazulado de Varadero y me pregunto qué piensa. Quizás en aquellos tiempos en los que fue rastrero en el sol reflejándose en la carretera, en el verde de los montes de Cuba: el pie sobre el acelerador, los cambios, la velocidad… su vida en La Habana. O en los hijos que quedaron en la casa de allá de Quinta Avenida.
Me cuesta imaginar a este señor tan calmado llevando otra vida…
(Foto: Néster Núñez / LJC)
?Me jubilé de camionero y vine a vivir a Santa Marta. Como todavía me sentía fuerte, me puse a pescar. Una tarde tiré la atarraya y cogí unas cuantas sardinas. Cuando las estaba vaciando en la cubeta, un pelícano empezó a querer comérselas. Le tiré algunas para que se alejara y ahí vino un turista y nos hizo fotos. Yo le seguí el juego y lancé más sardinas. Más pelícanos vinieron y más turistas con sus cámaras. Después uno me dio un pesito y el otro también y así hice veinte dólares en un rato. Entonces me puse para eso. Al otro día vine e hice lo mismo. Así fue como empezó todo.
José Ramón y sus pelícanos son famosos en Varadero y media parte del mundo. Su curiosa iniciativa, en la que lleva más de quince años, ha contribuido a atraer clientes extranjeros a la llamada casa de Al Capone. En algún momento le pregunto a un empleado si de verdad esa fue la residencia de veraneo del célebre mafioso.
?Claro que no. Una vez, una turista que vino dijo que ella había estado en la casa de Al Capone en no sé qué lugar de Estados Unidos, que esta construcción se le parecía muchísimo. Después no sé cómo se difundió la historia. Fíjate que el nombre oficial es «La Casa de Al», no la de Al Capone.
Pero funciona, me digo. La leyenda del «tipo malo» junto a la belleza del lugar, las aguas transparentes chocando contra el muro cuando la marea sube y el viejo con sus pelícanos casi domesticados, hacen un paquete formidablemente atractivo. Los turistas llegan directo a fotografiarse, avisados ya por los taxistas que los traen desde los hoteles en que se alojan. Después «del show» se sientan a comer langosta, o a beberse unos tragos, en lo que el atardecer hace su magia anaranjada.
(Foto: Néster Núñez / LJC)
Es, quizás, un ejemplo de encadenamiento productivo que la industria del turismo no ha logrado hacia el interior de la economía cubana. Este sector nunca se convirtió en la locomotora que pretendían en los noventas, cuando empezó a desarrollarse. Las cucharas, las sillas, los manteles, el material gastable, todo es importado. Qué poco se produce en esta isla.
Una gaviota se posa a cierta distancia de los pelícanos. Cerca, pero apartada. Por algún motivo oculto, me viene a la mente el refrán que repetía mi abuela: una gaviota no hace verano. ¿O era una golondrina? Mi abuela hubiera rectificado ante mi confusión: Ah, bueeeno, pájaro por pájaro…
En mi infancia, cuando veníamos a Varadero en familia, no nos dejaban pasar a los cubanos hacia esta parte donde José Ramón alimenta a los pelícanos. El límite era el hotel Kawama. Había una barrera y después de ahí, zona vedada. Se decía, creo, que era exclusiva para dirigentes. No sé si desde aquella época ya estaba aquí la casa del mafioso.
(Foto: Néster Núñez / LJC)
?Es un día medio malo hoy, medio muerto? me explica José Ramón, devolviéndome a la realidad?. Si no fuera porque estamos conversando, ya me hubiera ido.
Le pregunto si siempre es así de tranquilo después de la pandemia.
?Ha ido mejorando. Pero no es como antes. Y lo otro es que la calidad de los turistas ha ido bajando.
Me confiesa que él no sabe ningún idioma, que empezó en el «negocio» demasiado tarde que nunca pone un precio a lo que hace. Acepta cualquier propina de los turistas. Y que una vez hasta le regalaron un billete de cien dólares.
?Hay muchos turistas que repiten. Me traen fotos impresas, que tengo por mi casa. Bueno, y también regalos.
Me cuenta que los pelícanos no son cariñosos, no dejan que se les pase la mano. Llegan en octubre o noviembre y se van como en marzo. En ese tiempo en que emigran, José Ramón se dedica a la pesca.
?No siempre regresan los mismo y aunque sean los mismos, vienen ariscos. Hay que empezar otra vez desde cero con ellos. Les tiro sardinas y siempre hay uno que se acerca primero. Cuando ese ya está comiendo casi de mi mano, sé que gané la pelea. Los otros cogen confianza y vienen enseguida.
Un grupo de rusos llega entre risas y tragos. José Ramón le da el guante a una muchacha. El pico de los pelícanos impresiona, asusta alimentarlos. La gaviota también aprovecha para llevarse su parte. Las cámaras de los móviles no hacen flashes.
(Foto: Néster Núñez / LJC)
Cuando José Ramón se sienta de nuevo a mi lado, no pregunto de cuánto fue la propina, pero quisiera que fuera bastante. Que no le pase como al viejo de Hemingway, que llegó a la orilla sin su gran pescado. Sobre todo, porque veo en la piel arrugada de su mano una gota de sangre.
?Por ahí tengo un par de guantes. La mujer mía me regaña porque no me los pongo, pero es que son muy incómodos para sacar de la cubeta las sardinas.
Apenas quedan unos peces en el fondo y da término final a la jornada. José Ramón camina hasta donde parqueó la bicicleta. Un pelícano va detrás de él como si fuera un perro o un gato. Es cuando me fijo que le falta la mitad de un ala.
?No quiero ni pensar en qué le pasó. Yo mismo tuve que cortarle esa parte, que le colgaba. Ya está mucho mejor. Lo malo es que no podrá volar más. Cuando los otros se vayan, voy a tener que llevarme a este para mi casa.