Luego de que el equipo Cuba de béisbol chocara con un muro de calidad de nombre Estados Unidos y se despidiera del V Clásico Mundial con desliz semifinalista de 14-2, han quedado claras un par de cosas:
La primera, nuestra pelota tiene el listón de calidad muy por debajo del de los mejores elencos presentes en el certamen. La segunda, para poder mostrar una versión verdaderamente competitiva, necesitamos de los esfuerzos de todos, o la mayoría de los jugadores que se desempeñan en la MLB, y me refiero a aquellos que se hallan en los rosters principales de 40 efectivos de sus respectivas franquicias.
El desafío
Dicho esto, toca ser objetivos. El duelo entre estadounidenses y cubanos era dispar desde el comienzo, y el marcador final así lo reflejó. No pudieron sortear a una «armada» norteña rebosante de estrellas, que no solo dominan todos los fundamentos del béisbol, sino que también carecieron de fisuras, honrando su condición y también los millones que perciben en la Gran Carpa.
De 14 a 2 fue la victoria del equipo estadounidense sobre Cuba. Foto: AS USA
Ese primer inning en el que únicamente fabricaron una anotación con bases llenas y sin outs fue el presagio de lo que sucedería a continuación. En contraposición, los anfitriones castigaron al pitcheo antillano con 14 inatrapables, de los cuales ocho fueron extrabases, incluidos cuatro jonrones.
Así facturaron anotaciones en todos los actos, exceptuando el séptimo, y fustigaron a cuanto serpentinero se subió a la lomita por Cuba, que de conjunto propinaron además siete boletos, tres pelotazos y dos wild-pitch.
Con esas falencias desde el montículo, y una batería que pese a disparar 12 hits, produjo solo tres de ellos en 12 oportunidades con corredores en posición anotadora. Del lado opuesto Adam Wainwright —con su segunda sonrisa de la lid—, y Miles Mikolas se encargarían de mantener la calma y apagar toda amenaza cubana.
La Ruta del #TeamAsere
La andadura del Equipo Cuba en este V Clásico Mundial de Béisbol venía marcada desde antes del Play Ball inicial por lastres de diversa índole. Resalta la finalmente materializada opción de conformar un Cuba unificado con jugadores de Series Nacionales y otros profesionales de distintas Ligas y la MLB, eso sí, cubanos todos. Los focos y unas diez atmósferas de presión vistieron a cada uno de nuestros efectivos, así como también al cuerpo de dirección.
Si sumamos el hecho de que nuestro debut en Taichung, sería ante Holanda, bestia negra de Cuba en tres ocasiones previas del Clásico desde la edición de 2013—a lo que se sumaban otras dos derrotas sufridas en la última edición de las Copas Mundiales (Panamá 2011)—, muchos no dudaron en vaticinar la derrota como desenlace.
La selección cubana cayó ante Países Bajos en su debut. Foto: Diario AS
La huella indeleble del fracaso volvió a tatuarse en cuerpos y en particular en las mentes de nuestra novena, que ahora sucumbió 2-4 ante los Tulipanes, duelo en el que afloraron los desatinos de antaño: poca productividad con hombres en circulación, solo tres hits (dobles), salieron de sus maderos ante seis lanzadores rivales sin tamaña notoriedad. En cambio, los Tulipanes facturaron tres de cuatro anotaciones con dos outs y pegaron igual cantidad de indiscutibles en nueve comparecencias al home con hombres en posición anotadora.
Recibida esa estocada inicial en el Clásico, la armada de Johnson enfrentaría, con más incertidumbres que certezas, a Italia, en un desafío en el que la tanda de los bambinos castigó de manera quirúrgica al pitcheo de relevo antillano para imponerse 6-3 en diez episodios.
El fantasma de los bates fríos seguía acechando a nuestro line-up, que, si bien conectó ocho indiscutibles, no pisó el plato transalpino hasta el séptimo inning. Mientras, estos facturaron cuatro decisivas rayas en el décimo, a costa de Raidel Martínez y Onelkis García.
Teniendo dos reveses en el morral, la andadura insular en el Clásico semejaba otra muerte anunciada en el plano deportivo; pero no. Con la unidad como premisa, esa que tanto nos urge en todos los ámbitos, una dosis extra de cubanía ycorazón, el #TeamAsere vivió una resurrección; una deseada sin importar mares ni océanos, y con la premisa fundamental de que el equipo de pelota le estaba devolviendo a Cuba algo de luz, y esa sensación de victoria ahogada en sombrías realidades.
(Foto: Kenta Harada)
Así cargaron en sus bates los deseos de los de aquí y los de allá, y como una familia salieron a la grama para cabalgar con contundencia 13-4 sobre Panamá —aupados por 21 indiscutibles, la mayor cifra antillana en estas lides—; y 7-1 sobre los anfitriones de Taipei de China —inescrutable faena del staff de serpentineros que silenciaron a los asiáticos hasta el final del noveno acto.
Dos triunfos medulares que, si bien no borraron todas las adversidades que circundan a nuestra pelota y deporte en general, devolvieron la ilusión y la sonrisa a muchos, con ese espíritu único y capacidad inherente de nadar a contracorriente.
Desde el box, los lanzadores mostraron una imagen hermética, con los saberes esculpidos en los terrenos domésticos, y pulidos con maña luego en otros circuitos de mayor rigor.
Los bateadores se sacudieron de toda presión y ceñidos a criterios de calidad hicieron sonar sus maderos, para catapultarnos del naufragio al éxtasis de cuartos de final.
Nada más y nada menos que de primeros de grupo, en una turbulencia de quíntuple empate, algo totalmente inédito tanto en Clásicos como en otros certámenes de las bolas y los strikes, y gracias al mejor coeficiente (0.139) de carreras permitidas sobre outs sacados a la defensa; toleraron 15 anotaciones y sacaron un total de 102 outs. Ese índice fue superior al de Italia con 0.157 (17 anotaciones permitidas y 108 outs); Países Bajos con 0.186 (19 carreras y 102 outs); Panamá con 0.200 (21 carreras y 105 outs); y los anfitriones 0.295 (31permitidas y 105 outs).
«A Miami se llega por Tokio». Con esa máxima e inyectados con las mieles del éxito se presentaron en el Tokio Dome para enfrentar, por esos caprichos del destino beisbolero a Australia, un oponente al cual desde 1993 hemos doblegado en 16 de 17 duelos. El matiz de este no difirió del de muchos otros: con los Kangaroos respirándonos en el cuello y venciendo in extremis, ahora 4-3, duelo matizado por efectividad a “la hora de los mameyes”.
Cuba superó a Australia en cuartos de final (Foto: Getty Images)
Moralejas
Una vez ahogada la ilusión y culminado el sueño de muchos, hay varias enseñanzas de la andadura de Cuba por este V Clásico Mundial:
Nuestra pelota debe reinventarse desde la base, ceñida a los criterios que rigen el béisbol actual, con inversiones tanto en infraestructura como en capital humano. Eso de alguna manera disminuiría la brecha entre las categorías inferiores y las Series Nacionales, tampoco exentas de lagunas de fundamentos y de diversa índole.
Cuba continúa dando peloteros de calidad a raudales, pero eso no significa que nuestra pelota posea cualitativamente el nivel para pujar en un escenario como el clásico, al menos no hasta que la composición de su elenco sea verdaderamente convocando a aquellos que con mayor nivel cuentan.
La selección de la Isla sigue estando lastrada por la política y otros arquetipos que todavía priman en la Federación Cubana de Beisbol como institución rectora. Tampoco se puede menospreciar el escenario actual que imponen las autoridades del Gobierno estadounidense, específicamente la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro, y el cual impide que los jugadores antillanos que descuellen por su talento, puedan aspirar a crecer en la Gran Carpa por cauces naturales.
Sabemos lo sumamente difícil que ha sido deslindar nuestra pelota de la política, como también lo saludable que sería. Baste recordar el intento de acuerdo truncado entre la MLB y la FCB.
Por ahora toca seguir el desenlace de este V Clásico. Cuba llegó hasta donde pudo, con lo que disponía, más allá de maniobras que desde el cuerpo de dirección pudieron hacerse en algunos momentos puntuales de los partidos.
Detrás de la ilusión y la esperanza devueltas por este #TeamAsere semifinalista, hay muchas otras cuestiones que urgen, para poder hablar verdaderamente de la reinserción de la pelota cubana en la élite.
—Acaba de efectuarse un encuentro que se vivió «como una celebración de amor fraterno».
—Qué bueno que nuestra hija encuentre novio. Me tiene preocupado esa chiquilla.
—Me refiero al Coloquio Patria. Posicionó, en el centro de los debates, «el análisis de los procesos relacionados con la disputa de sentidos».
—Es demasiado coloquial, pero no tiene sentido que le llames «disputa» a la pobre muchachita.
—Deja de ver fotos en el celular y atiéndeme. Hablo de un evento con «una notable presencia estética», que llamó a «entender la dimensión sensible y artística de nuestra política».
—Sí, son verdaderos artistas en materia de hacer política.
—«La Habana ha logrado reunir a un grupo de personas conocedoras que apuestan por estrategias comunicativas que permitan a la verdad ganarle un poco de terreno a tanto pantano de sensacionalismo financiado».
—¡¿Intentan otra vez desecar la Ciénaga?!
—Se discutió sobre una de las manifestaciones menos conocidas del bloqueo: el de Internet.
—Alguien tenía que denunciar a Etecsa por no permitirnos entrar a determinados sitios. O por ser cómplice de los perfiles falsos que abren los cibercombatientes.
—No hables así de la empresa telefónica que agradece preferirla. Hay que centrarse «en la unidad y la organización para producir sinergias que puedan enfrentar la maquinaria hegemónica dentro de las redes sociales».
—Basta una revuelta en cualquier parte para que en la central telefónica queden «sinergía» y tumben la conexión.
—A las horas que estamos sin Facebook se refirió el Coloquio cuando habló de que «implica mucho más que un acto de censura y de exclusión, es una restricción al desarrollo individual y colectivo, a la conformación de ciudadanía, a la participación integral en el devenir humano».
—Hay que estar «loquio» para decir algo así.
—«Luchar contra la mentira tiene un precio».
—¡Y qué precio! El otro día vi un spot del primer secretario con música de Rocky III y me comí lo que quedaba de megas. Tuve que comprar más datos, menos mal que en Plan Amigos, que si llego a enemistarme…
—Le fueron con todo al videíto en el encuentro ese en Casa de las Américas. Con Filo informa que «se reunieron para debatir un conjunto de estrategias culturales emancipadoras que ayuden a frenar o por lo menos a blindarnos contra la maquinaria de posverdades, manipulaciones y enajenación que tan de moda está por estos días».
—Ese muchacho es osadía y jocosidad en una misma persona.
—Oni Acosta ha ido más lejos: «El llamado mass media se yergue como el verdugo de estos tiempos para, en sentido nada figurado, cercenar atisbos de resistencia cultural desde el momento en que se posicionan determinadas tendencias en las pasarelas promocionales que inducen o pastorean a un público seductible desde lo emocional».
—La pasarela con música de Survivor nada tuvo de seductible ni de emocional. No sé cómo pude sobrevivir a ello.
—El Coloquio se propuso reinventar los códigos comunicativos.
—A ver si el equipo de prensa del presidente inventa menos, habiendo en él «mujeres y hombres que, desde la humildad de la pluma, describen y razonan sobre el presente, con tinta que bebe tanto en el pasado glorioso como en la epopeya actual que erige el pueblo con empeño y sudor».
—Hay que .«formar profesionales con modelos de prácticas contrahegemónicas» —se dijo en el cónclave— «que resulten de una enseñanza desde la praxis, o sea, formados tanto en el pensar como en el hacer»
—El pensar se ha deformado tanto. El hacer ni se diga. Y la praxis…
—«Con el acompañamiento del pueblo, debemos enfrentar las chapucerías y el mal actuar de algunos cuadros y jefes».
—¡A Canel lo llevan recio! Debe estar haciéndole Tik Tok la cabeza.
—La frase no la expresaron Ana Hurtado y compañía. La pronunció Marrero en un recorrido. Ha sentenciado también que «hay que volar en pedazos lo que le molesta al pueblo».
—Las tiendas en MLC son una estafa, pero no hay que recurrir al terrorismo para eliminarlas.
—Imagino se refirió a «los incumplimientos de los planes productivos y bajos rendimientos» o a que «estamos a las puertas de una hambruna a nivel global, y de ocurrir así no tendremos de dónde importar». A nadie le importa que «casi no se cumplen las 63 medidas aprobadas para estimular la producción», a pesar de los dos años que llevan de implementadas. «El campo se ha quedado sin brazos para trabajar la tierra».
—La hambruna planetaria debe convertirse en oportunidad para la exportación. Habría acá menos barrigas fofas. Pero «en el país se pierden más de la mitad de las producciones de mango cada año». Los norteamericanos nos impiden bajarlos de las matas.
—El viceministro de Economía y Planificación anuncia que «los meses siguientes serán complejos para la economía».
«Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».
Tesis 11 de Marx sobre Feuerbach
***
«Existen en los procesos históricos extrañas recurrencias cronológicas. Ciclos que asombran por sus similares duraciones. Especie de números mágicos que dividen las estructuras temporales». Vuelvo a usar el preámbulo de mi artículo «El gran círculo» para analizar el significado simbólico del siglo transcurrido desde 1923 hasta hoy. La historiografía cubana lo denominó por mucho tiempo el año del «despertar de nuestra conciencia nacional». Juan Marinello por su parte, designó como «década crítica» al período comprendido entre 1923-1933. Pero ¿qué hizo tan especial aquel momento y cuáles son las lecciones que puede ofrecer a la ciudadanía actual?
-I-
En 1921 empezaba una enorme crisis económica y social, bautizada por la historiografía como «época de las vacas flacas». Los bancos cubanos y españoles cayeron en bancarrota debido al desplome de los precios del azúcar desde el año anterior, y se produjo el control definitivo de las finanzas por parte de compañías norteamericanas. Fue además un período de desplazamiento de la riqueza nacional a manos foráneas, apenas un lustro después «once compañías extranjeras poseían la mitad de la tierra laborable de Cuba (…)».1
Aquella república de las primeras décadas había replicado condiciones y mecanismos de subordinación propios de la vieja oligarquía, patriarcal y decimonónica, que mantenían a muchos sectores apartados de la política. Las mujeres no tenían derecho al voto, los campesinos por lo general no eran dueños de las tierras que trabajaban, las personas negras eran preteridas en casi todos los campos sociales, los obreros y las clases trabajadoras eran explotados sin apenas derechos laborales.
Sin embargo, la terrible crisis económica en poco tiempo se tornó política. Especialmente en 1923 aconteció un significativo auge del quehacer popular, un ascenso de la conciencia democrática y de la oposición. Acciones intelectuales, huelgas obreras, movimientos de reivindicación femenina, creación de organizaciones estudiantiles, obreras y políticas que demandaban urgentes transformaciones, fueron síntomas inequívocos de una inconformidad creciente.2
Un axioma político asevera que una crisis no es tal hasta que los actores sociales toman conciencia de ella. Ese fue el año en que tal cosa ocurrió en Cuba. Ayudó a eso la actitud del gobierno de Alfredo Zayas, muy corrupto y subordinado a los intereses norteamericanos pero poco inclinado a la represión.
Hasta ese momento los revolucionarios del 95 habían detentado sin competidores el poder político y simbólico. Su retórica, que apelaba al «honor nacional» y «la dignidad patria», se sustentaba en la consigna: «contra la injerencia extraña, la virtud doméstica». En esencia, pedían a la sociedad evitar enfrentamientos y rencillas políticas internas para no dar motivos interventores a la vecina potencia imperialista.
En su brillante ensayo Cuba 1900-1928. La República dividida contra sí misma, de 1976, Joel James denominó «ascendencia mágica» a la influencia que ejercía sobre la política cubana aquella generación de antiguos revolucionarios devenida clase política; muchos de ellos convertidos en demagogos y vinculados por redes de clientelismo y corrupción. No obstante, dicha influencia estaba llegando a su fin; estaba a punto de concluir el «monopolio político del mambisado».3
Un hecho que evidenció nítidamente la fractura entre los viejos patriotas y la juventud intelectual ocurrió el 18 de marzo de 1923 y se conoce como «Protesta de los Trece». El instante en que el jovencito Rubén Martínez Villena, a nombre de quince compañeros presentes —de los cuales solo trece suscribirían el documento redactado a posteriori— interrumpía un acto oficial del Club Femenino de Cuba que homenajeaba a la educadora uruguaya Paulina Luissi, para interpelar a un ministro corrupto y retirarse del hemiciclo de la Academia de Ciencias, se convirtió en un hito de nuestra historia.
Rubén Martínez Villena
Su intimación al funcionario pudiera parecer poco heroica desde una perspectiva actual, pero hay que reconocer el valor cívico de aquellos jóvenes, casi todos poetas, cuya incipiente obra tenía los avejentados ecos del modernismo; era una poesía quejumbrosa, ensimismada y ascética, a veces patriótica pero de alejamiento social. Al retirarse de aquel salón de actos rompían con la costumbre de agradecimiento sin límites a la historia política de los mambises convertidos en políticos republicanos, tradición recibida en su seno familiar, en sus escuelas y a través de los medios.
Para Juan Marinello (uno de los protestantes) aquel fue el «bautismo de dignidad» de su generación. A partir de entonces se irían desmarcando, paulatina pero decididamente, del modo de hacer política de sus predecesores y buscando un cauce propio. Jamás volvieron a ser continuidad. De las continuidades no nacen generaciones políticas. Cuatro años más tarde el monopolio político de los patricios independentistas entraría en una crisis definitiva con el anuncio de la prórroga de poderes por Gerardo Machado.
En el programa televisivo La Pupila Asombrada dedicado a la Protesta de los Trece que se trasmitió el pasado jueves, Iroel Sánchez utilizó la frase «punto de inflexión» para explicar que aquella no solo fue una protesta cívica contra un acto de corrupción, sino que implicó asimismo una condena al imperialismo. No mintió al decir eso, en pocos años tanto Villena como Marinello y otros intelectuales serían consecuentes opositores al imperialismo.
Ocurre que dijo apenas una parte de la verdad: sí fue un punto de inflexión en aquel momento, pero sobre todo respecto al modo en que la joven intelectualidad se separó de la clase política que se presentaba como revolucionaria y ya había dejado de serlo; atenta solo a sus intereses personales, era un grupo de poder que se representaba a sí mismo.
A partir de entonces la sociedad civil eclosionó en un espectro de tendencias políticas diversas que influirían en el proceso revolucionario de los años treinta. Y aunque en el referido programa el estribillo de una canción afirmaba: se fue a bolina el 33, hay que hacer justicia a un proceso que contribuyó a refundar la política nacional. Efectivamente, la institucionalidad y la normativa generadas en los años treinta permitieron que amplios sectores de las clases medias y de los trabajadores ejercieran protagonismo social y crearan organizaciones que tendrían mucha fuerza dentro de la reconformación del Estado.
Aun cuando las claves de la economía, muy susceptible a directivas norteamericanas, no estaban en manos de la nación, y a pesar de marcados contrastes y diferencias en las formas de vida de los cubanos; en esa etapa se legisló sobre cuestiones sociales, laborales y económicas como nunca antes se había hecho. Incluso, la propia Constitución del 40 fue derivada de aquel período.
Una acción política pacífica, como fue la Protesta de los Trece, ayudó a la toma de conciencia cívica y a la expansión de la sociedad civil republicana generando una onda de participación.
-II-
Cien años después, tras una revolución socialista con más de sesenta a su haber, la crisis económica estructural, de vieja data, se evidenció asimismo como crisis general, de carácter social, político y simbólico. El estallido del 11-J de 2021 fue consecuencia de décadas de malas decisiones administrativas, erradas políticas públicas, recorte de gastos sociales, debilitamiento de la justicia social e incompetencia y arrogancia de una clase política caracterizada por su falta de conexión con la ciudadanía, tanto en su forma de vida privada como en su discurso y su proyección.
Es cierto que los catalizadores inmediatos fueron la Tarea Ordenamiento —mal diseñada y aplicada en pleno auge de la pandemia—, la falta de alimentos y medicinas, los desgastantes cortes de electricidad y el aumento de la hostilidad norteamericana durante el gobierno de Donald Trump. No obstante, los factores reales de la crisis cubana están en el desgaste del modelo de socialismo burocrático debido a la misma contradicción irreconciliable que hizo fracasar a sus similares europeos.
«En Cuba se manifiesta un estancamiento de las fuerzas productivas, reprimidas por relaciones de producción que se deciden a nivel político, por ello, sin cambios en esa esfera no avanzaremos. El marxismo considera como una ley la correspondencia entre las relaciones de producción y el carácter de las fuerzas productivas, pues cuando no se manifiesta tal correspondencia, se abre un camino que puede determinar la transición de un régimen social a otro.
En la economía cubana nada es verdaderamente lo que parece. Las relaciones de propiedad, núcleo de las relaciones de producción, se manifiestan como una mistificación de la realidad: la propiedad socialista no es verdaderamente social, ya que ha sido suplantada por una propiedad estatalizada que escapa al control de los trabajadores; y la propiedad privada —reconocida en esta constitución— no es suficientemente privada, dados los excesivos obstáculos con que la rodean las determinaciones políticas. La propiedad cooperativa no despliega sus alas a pesar de todas las declaraciones y lineamientos que en el mundo son.
Este no ser realmente lo que se pretende nos ha llevado a un punto de inmovilidad (…)».
Miles de personas salieron a las calles ese día. Casi mil están en prisión aún, muchas de ellas acusadas injustamente de sedición. Aunque la Constitución refrenda el derecho a manifestación, asociación y libertad de expresión, se cumplirán muy pronto cuatro años de su entrada en vigor y todavía esos derechos no han sido habilitados por una legislación complementaria. En resumen: tenemos derechos y no los podemos ejercer. Eso es algo que la ciudadanía debe proponerse revertir.
Represión en La Habana contra protestantes el 11 de julio de 2021. (Foto: Reuters)
Y todavía el Partido único no ha hecho un análisis político público de la situación. La manera de conducirse por parte del gobierno desde ese momento ha sido superficial, pues no se enfoca en atender las causas de la crisis general, sino en paliar ciertos efectos circunstanciales. Tampoco abrió canales de comunicación horizontales con una ciudadanía que puede interpelarlo abiertamente debido al incremento del acceso a Internet y las redes sociales. Cada vez es más clara la oposición entre el discurso político, francamente demagógico, y la realidad cotidiana que vivimos.
La narrativa oficial sostenida —una conspiración financiada desde el exterior para derrotar al gobierno— ha quedado en entredicho. Por un lado, ante la falta de pruebas concretas; por la otra, ya que la constante referencia mediática a la presencia del presidente de la república y otros dirigentes en barriadas pobres, indica que se supo apreciar muy bien —aun cuando no se reconozca en su verdadera dimensión—, que el abandono, la vulnerabilidad extrema y la falta de participación, fueron componentes clave del descontento.
Las acciones gubernamentales se caracterizan por su tónica asistencialista y populista, pero sabemos bien que el asistencialismo es una ruta ficticia y por lo general poco duradera. La demagogia y las promesas se han incrementado ante las próximas elecciones, proceso ritual en que la clase política que nos dirige se clona dentro de las listas de candidatos a diputados a la Asamblea Nacional.
Mientras ello ocurre, la ciudadanía, impedida de articularse, no tiene posibilidades reales de encontrar una solución mediante el diálogo nacional que la haga participante activa en la vida política, lo cual sería totalmente coherente en un sistema que se autodefine socialista. Aunque la idea del diálogo es aceptada por una parte de las cubanas y cubanos, el gobierno no indica que tenga interés alguno en él.
Por su parte un sector de la oposición extremista, que no me parece mayoritaria al interior del país, no la admite bajo el argumento de que «no se dialoga con una dictadura».
1. Porque no ha sido derrotado y tiene al ejército a su favor.
2. Porque, aun con las falencias del sistema electoral, fue instituido por vías constitucionales.
3. Porque en Cuba no existen condiciones para un levantamiento armado popular, para empezar, el uso de armas es ilegal.
4. Porque gran parte de la sociedad civil desea cambios pero no admite la violencia como medio de lograrlos.
5. Porque una guerra civil es algo que debe evitar cualquier sociedad siempre que sea posible.
(Foto: Maisel López/Sputnik)
No obstante, es obvio que se requiera la anuencia del gobierno para que sea viable la celebración de un diálogo nacional. Esta pudiera ser una propuesta de la sociedad civil, desde abajo, hecha al gobierno y aceptada por este; porque es claro que el propio gobierno no indica su interés en dialogar. Todo lo contrario, está apostando sus energías a las próximas elecciones, y ya sabemos el resultado de ello.
En estos momentos se acumula —y no sólo proveniente de los años de pandemia— una enorme deuda de pobreza. Incluso, hay sectores sociales que viven en pobreza extrema, como los jubilados y pensionados, que prácticamente no tienen cómo sostenerse.
Creo necesario que la ciudadanía, excluida por décadas de la política, empiece a actuar políticamente. Pero la política tendrá que dejar de ofrecer «la injuria como razonamiento», parafraseando a Gastón Baquero. Debemos levantar nuestra voz y presionar pacíficamente desde abajo para ser escuchados. Hay que sustituir los gritos y las ofensas por argumentos profundos. Y en eso la intelectualidad debe ayudar. No porque sea superior a otros sectores sociales, sino porque están mejor preparados para exponer las ideas.
Entre nosotros el intelectual fue dejando de ser político y, desgraciadamente, el político dejó de ser intelectual y se fue consolidando como una clase burocrática, instruida pero no calificada ni para improvisar un discurso. La dualidad del intelectual-político se fragmentó en los modelos de socialismo burocrático, pues se le exigió al sector una lealtad monolítica, que fue debilitando el ejercicio del pensamiento crítico. Los intelectuales hemos permitido que esto ocurra por dos razones: acatamiento acrítico o conveniencias personales. Dejamos de ser políticos y tenemos que recuperar esa función.
La actitud de la intelectualidad republicana puede ser una lección histórica al paso de un siglo.
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1 Ramiro Guerra: Revista de Avance año I, t II, no. 16, 30 de noviembre de 1927, p. 87.
2 Hay que apuntar que entre los estudiantes de la Universidad de La Habana, desde fines de 1922 se había producido la fundación de la FEU, inicio de la reforma universitaria que también en 1923 se radicalizaría.
3 «Al desembridarse de la guía de los viejos caudillos, rechazar la instrumentación por la cual esta se realizaba y romper con la ascendencia mágica de unos y otros sobre la política cubana, los hombres del 25 están cometiendo el acto de toma de conciencia, reafirmación propia y definición de posibilidades y deberes más importantes en toda nuestra historia republicana». Joel James Figarola: Cuba 1900-1928. La República dividida contra sí misma, Arte y Literatura, La Habana, 1976, p. 265.
Se ha cumplido el primer año de la invasión rusa a Ucrania. A pesar de cómo han evolucionado los acontecimientos, tanto la propaganda proPutin —me niego a decir prorrusa, porque Putin no es Rusia—, como ciertos adláteres tropicales, siguen repitiendo falacias que desconocen las raíces históricas. Para agregar leña al fuego, se distorsionan los condicionantes geopolíticos asociados a este gravísimo tiempo en el que el mundo está en riesgo de enfrentar un conflicto desproporcionado, que pondría en peligro la existencia de nuestra especie.
El debate en torno a la invasión rusa a Ucrania constituye no solo un problema de cardinal importancia para las relaciones internacionales contemporáneas, sino permite decantar las posiciones realmente antimperialistas de aquellas que entre «filos» y «fobias» terminan perdiendo de vista que el imperialismo viste diferentes ropajes.
Falacia 1: Rusia está siendo cercada y responde a la amenaza atacando
Después del derrumbe del socialismo burocrático en Europa Oriental y la desintegración de la Unión Soviética, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha incrementado su membresía con la incorporación de antiguas repúblicas soviéticas, así como de otros estados que habían sido parte del Tratado de Varsovia. En 1999 ingresaron a sus filas Hungría, Polonia y República Checa. En 2004 se sumaron Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumania; Croacia y Albania en 2009; en 2017 Montenegro y en 2020 Macedonia del Norte.
En todos los casos han sido solicitudes de los gobiernos de esos países, que buscaron la protección del bloque noratlántico frente a una posible agresión rusa o eventualmente serbia, para el caso de los estados balcánicos, que fortaleció al mismo tiempo las posiciones militares y geoestratégicas del bloque militar.
La preocupación respecto a Rusia está fundamentada en el hecho de que, desde la disolución de la URSS, pero muy especialmente desde que se estableció el liderazgo de Vladimir Putin, este país ha intervenido militarmente en diversos conflictos regionales e internos, ocurridos en algunos territorios de la otrora Unión Soviética. La disolución del Estado multinacional agudizó una serie de conflictos entre nacionalidades y etnias en varios de los Estados sucesores, cuyos primeros enfrentamientos habían tenido lugar en los últimos años de existencia de la URSS.
(Foto: Monarquías.com)
Desde 1992, tropas rusas supuestamente de interposición, están estacionadas en el territorio de Transnistria, autoproclamada república independiente de Moldavia, a la cual estaba adscrito cuando se creó la República Socialista de Moldavia, dentro de la URSS. En la actualidad, dichas tropas son el sostén de las autoridades prorrusas del territorio, a pesar de que desde 1994 los gobiernos de Moldavia y la Federación Rusa habían acordado la retirada de dichas fuerzas.
Rusia ha intervenido en el conflicto entre Georgia y las regiones de Abjasia y Osetia del Sur, que mantenían estatuto de autonomía en los tiempos soviéticos, pero que buscaron su independencia al disolverse la URSS. En la actualidad, ambos territorios son de facto independientes de Georgia, después que en 2008 tropas rusas expulsaron a las fuerzas georgianas de ambos territorios.
Tropas rusas y fuerzas de seguridad han apoyado a los regímenes de Bielorrusia y de Kazajistán en la represión de protestas populares ocurridas en ambos países en 2020 y 2022, respectivamente. En el primer caso, contra lo que fue denunciado como un fraude electoral para favorecer la reelección de Alexander Lukashenko. En el segundo, contra el aumento de los precios del gas, decretado por el gobierno de Kasim-Yomart Tokayév, aunque se trasformó después en un reclamo a favor de la democratización de la más extensa y rica república ex soviética, después de Rusia.
Adicionalmente, varios de los países de Europa Central y Oriental han sufrido la agresión rusa a lo largo de la historia. Estonia, Letonia y Lituania fueron territorios incorporados al Imperio Ruso en el siglo XVIII, como resultado de las victorias de Piotr I sobre los suecos en los casos de Estonia y Livonia (parte de Letonia) y en las particiones de Polonia, en las que se anexaron también el entonces Gran Principado de Lituania y las regiones de Letgalia y Curlandia, hoy pertenecientes a Letonia. Los intereses geoestratégicos de Rusia, buscando una posición dominante en el Mar Báltico, condujeron al sometimiento de estos territorios al voraz imperio euroasiático.
Entre Rusia y Polonia existe una larga historia de desencuentros. A fines del siglo XVIII, en tiempos de la emperatriz Ekaterina II, la Mancomunidad Polaco-Lituana fue objeto de tres particiones (1792, 1793 y 1795) en las que desapareció la llamada «Rzeczpospolita», como estado independiente a manos de Rusia, Austria y Prusia. Cuando el Imperio Ruso se desplomó a fines de la Primera Guerra Mundial y tras la derrota de los imperios alemán y austro-húngaro, Polonia resurgió como Estado independiente y rechazó el intento bolchevique de incorporarla al nuevo Estado de los soviets. Ello condujo a la guerra polaco-soviética de 1919-1921, que concluyó con la victoria polaca y la ratificación de su independencia, reconocida por la Conferencia de Versalles en 1919.
Como consecuencia del Tratado de Riga (1921), la frontera polaco-soviética quedó establecida en la que existía entre el Imperio Ruso y la Mancomunidad Polaco-Lituana antes de la primera partición. Esto incluía territorios lituanos, entre los cuales estaba su capital histórica y actual, Vilnius, así como territorios occidentales de Ucrania y Bielorrusia, que incluían la ciudad ucraniana de Lviv (que en polaco se denominó Leópolis) y la bielorrusa de Brest, conocida entonces como Brest-Litovsk, donde se firmó el tratado que puso fin en 1918 a la presencia rusa en la Primera Guerra Mundial.
Por ello, en 1939, como parte del acuerdo secreto entre la URSS y la Alemania nazi, Stalin ordenó la ocupación de las regiones occidentales de Ucrania y Bielorrusia, incorporadas entonces a las respectivas Repúblicas Socialistas. Al concluir la Segunda Guerra Mundial esos territorios fueron reconocidos como parte de la URSS.
(Foto: Sputnik Mundo)
Besarabia era la región oriental de Moldavia que el Imperio Ruso le arrebató al Imperio Otomano en 1812, pero formaba parte de las tierras históricas en las que se fundó la nación rumana, convertida en reino en 1859 por la unión del resto occidental de Moldavia y el principado de Valaquia. Tras la Revolución Bolchevique, la región proclamó su independencia y votó su incorporación a Rumanía, lo cual fue reconocido por el Tratado de París de 1920, firmado entre Rumanía y las potencias aliadas en la Primera Guerra Mundial.
Sin embargo, como parte de los acuerdos secretos en el Pacto Molotov-Ribbentrop de 1939, las tropas soviéticas invadieron el territorio, junto al norte de Bucovina en 1940. Tras la Segunda Guerra Mundial, la condición de potencia vencedora le aseguró a la URSS ambas regiones. Bucovina del norte fue incorporada a Ucrania y Besarabia constituyó nuevamente la República Socialista Soviética de Moldavia, proclamada en 1940 y a la que se unió el Transniéster que hacía parte de la anterior República Socialista Soviética Autónoma de Moldavia, dentro de Ucrania.
La población mayoritaria de la actual Moldavia se considera mucho más cerca cultural y políticamente de Rumanía que de Rusia. En Moldavia se habla rumano y la decisión de su gobierno de declarar el moldavo con alfabeto latino como idioma oficial, fue el detonante del espíritu separatista de la región del Transniéster que es mayoritariamente rusófona.
Al concluir la Segunda Guerra Mundial, la región checa de Rutenia debió ser entregada a la URSS e incorporada a Ucrania. Como es conocido, Checoslovaquia fue invadida en 1968 por las tropas de cinco países del Pacto de Varsovia, liderados por la URSS para poner fin a las reformas introducidas por el líder comunista checoslovaco Alexander Dub?ek.
Aunque no existían fronteras entre la URSS y Hungría, los tanques soviéticos invadieron el país centroeuropeo en octubre de 1956 para derrocar a su gobierno que deseaba salir del Tratado de Varsovia y declarar la neutralidad.
Finlandia fue arrebatada a Suecia en la guerra de 1808-1809 y se convirtió en Gran Ducado del Imperio Ruso hasta que se independizó en diciembre de 1917. Fue la primera y única independencia aceptada por el régimen bolchevique. Sin embargo, el Ejército Rojo invadió el territorio en 1940 como parte de los acuerdos entre los regímenes nazi y soviético, con el objetivo de anexarse Finlandia y convertirla en República Socialista Soviética.
Pero la resistencia finesa en la llamada Guerra de Invierno lo evitó, aunque debió ceder alrededor del 9% de su territorio en el Tratado de Paz de Moscú. Tras la Segunda Guerra Mundial, Finlandia cedió nuevos territorios adicionales a la URSS y adoptó una política de neutralidad que ha sido abandonada, junto a Suecia, tras la invasión rusa a Ucrania.
Falacia 2: Genocidio ucraniano en el Donbás
La prensa rusa sometida al gobierno de Putin y a la propaganda de su régimen, han esgrimido repetidamente el argumento de un supuesto genocidio ucraniano cometido contra la población ruso-parlante de los territorios separatistas de Donetsk y Lugansk.
Sin embargo, el 27 de enero de 2022, un mes antes de la agresión rusa, la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR) emitió un informe en el que estiman entre 51.000 y 54.000 las víctimas del conflicto, en el período comprendido entre el 14 de abril de 2014 al 31 de diciembre de 2021. De ellos, entre 14.200 y 14.400 habrían fallecido (3.404 civiles, alrededor de 4.400 militares ucranianos y de 6.500 miembros de otros grupos armados).
(Imagen: El Orden Mundial)
A esto debería sumarse un estimado de entre 37.000 y 39.000 heridos (entre 7.000 y 9.000 civiles; entre 13.800 y 14.200 militares ucranianos y entre 15.800 y 16.200 miembros de otros grupos armados). Aunque cualquier muerte por una guerra es una tragedia para quienes la sufren y sus familiares, las cifras de fallecidos no sugieren que haya ocurrido un genocidio, por brutal que pueda resultar todo lo que ocurrió antes de la invasión, que no guarda relación alguna con la catástrofe humanitaria producida por esta.
Falacia 3: Rusia despliega una «operación militar especial para desmilitarizar y desnazificar» a Ucrania.
El 23 de febrero de 2022, Vladimir Putin anunció el inicio de una «operación militar especial para desmilitarizar y desnazificar a Ucrania». Al día siguiente miles de soldados rusos atacaban zonas del norte, el este y el sur del país vecino mientras la aviación bombardeaba varias de las ciudades más importantes. Al parecer, la apuesta del presidente ruso y de los mandos militares del país era una guerra relámpago en la que muy rápidamente vencerían al más débil ejército ucraniano, derrocarían a su gobierno y establecerían uno prorruso, si no se anexaban el territorio completo, aunque esta última opción nunca fue reconocida públicamente.
Desde la desintegración de la Unión Soviética, Ucrania se ha debatido políticamente entre mantenerse en la órbita rusa o alejarse de ella y orientarse hacia la Unión Europea. Las zonas occidental y central han sido más proclives a la alineación con la Unión Europea y las orientales con Rusia.
El país, inmensamente rico en recursos mineros y considerado también una despensa de alimentos, ha sido tremendamente afectado por la corrupción doméstica y al igual que Rusia, su transición hacia el capitalismo facilitó la formación de grupos oligárquicos que se apropiaron de forma mafiosa de recursos públicos en el proceso de privatización postsoviética.
Combatientes del batallón Azov con una bandera nazi (Foto: WikiCommons)
La existencia de grupos profascistas y xenófobos en Ucrania no refleja un fenómeno exclusivo en este país, sino en varios países europeos, incluida Rusia. En países democráticos son cada vez más numerosos los movimientos ultraderechistas que se aprovechan de fenómenos tales como la crisis económica, el desempleo, los costos reales de una globalización desigual y la creciente migración procedente de países subdesarrollados. Todo ello para ganar adeptos entre los afectados por estos procesos, en su intención de utilizar las vías democráticas para establecer regímenes iliberales y totalitarios, tal y como ocurrió en los años treinta del siglo pasado.
En cualquier caso, la población ucraniana que votó por Volodimir Zelenski, en aquel entonces un outsider de la política nacional, solo conocido por la serie televisiva «Servidor del Pueblo», lo hizo inspirada en una promesa de lucha contra la corrupción y su rechazo hacia los políticos tradicionales que en un amplio espectro habían facilitado, o sido ineficaces con la corrupción rampante que afectó al país desde la disolución de la URSS, pero también en contra de la política ultranacionalista desplegada por Petro Poroshenko, su predecesor y oponente, derrotado en esas elecciones.
Lo demás es conocido. Las protestas del Euromaidán, desarrolladas principalmente en las regiones centrales y occidentales ucranianas, para oponerse a la suspensión del Acuerdo de Asociación a la Unión Europea, decidida por el gobierno prorruso de Víktor Yanukóvich, reforzaron el nacionalismo ucraniano, incluso el extremista. El gobierno intentó limitar el derecho a la protesta, lo que motivó un recrudecimiento del conflicto, la destitución por parte de la Rada Suprema y posterior huida hacia Rusia del gobernante.
En medio de los desórdenes, se produjo la declaración de independencia y posterior ocupación rusa de Crimea y la ciudad autónoma de Sebastopol, anexadas a la Federación Rusa mediante un referéndum que la comunidad internacional no ha reconocido como válido.
Mientras tanto, las fuerzas prorrusas, con apoyo militar y económico del gobierno de Putin, se hicieron con el poder en las regiones de Donetsk y Lugansk y proclamaron sendas «Repúblicas Populares», independientes de Ucrania que, en ese entonces ni Rusia reconoció, aunque las apoyaba.
Esta secesión provocó el estallido de la guerra en el Donbás de 2014-2015, a la que se intentó poner fin ?sin éxito? con el alto al fuego establecido por el Protocolo de Minsk (2014). Estos acuerdos establecían, entre otras medidas, la retirada de los grupos militares ilegales; otorgamiento de un «estatuto especial» que incluyera una descentralización del poder en dichas regiones; realización de elecciones anticipadas en la región de acuerdo con las leyes ucranianas y aprobación de un programa de reconstrucción económica para el Donbás.
(Imagen: Página 12)
Ante el incumplimiento por las partes involucradas, se adoptó el Acuerdo de Minsk II (2015) que establecía el alto al fuego inmediato; la retirada de todo el armamento pesado del territorio; creación de una zona de seguridad; adopción de una «autonomía temporal» en ambas regiones; retirada de tropas extranjeras; reforma constitucional en Ucrania que incluyera el reconocimiento de la descentralización y la adopción de una legislación permanente que reconociera las particularidades de ciertos distritos (porque no todos son rusófonos y prorrusos) en ambas regiones; así como la restauración al gobierno de Ucrania del control de todas sus fronteras, incluidas las que la separan de la Federación Rusa.
Tampoco Minsk II fue cumplido por las partes en conflicto, incluida Rusia y continuaron los combates entre las fuerzas ucranianas y las separatistas apoyadas por el país vecino.
Desde finales de 2021 se incrementó la concentración de tropas rusas en la frontera oriental y nororiental de Ucrania, aunque diversos funcionarios oficiales de ese país negaron su intención de atacar a su vecino. A inicios de 2022 se intensificaron los enfrentamientos entre tropas ucranianas y separatistas, apoyadas por Rusia, con acusaciones desde ambas partes sobre el origen de los ataques.
Ello se vio agravado por las gestiones del gobierno ucraniano de ingresar tanto a la OTAN como a la Unión Europea, que fue respondida por Putin con la supuesta «operación militar especial» que, en realidad, ha sido una invasión en toda regla. Después de fracasados intentos por conquistar Kyiv y Járkiv, las principales ciudades ucranianas, atacadas por aire y tierra, ha logrado establecer un corredor en el este y el sur de Ucrania que une los territorios separatistas con la península de Crimea, anexada desde 2014.
Además de este territorio, Rusia terminó anexando ilegalmente las zonas separatistas de las regiones de Donetsk y Lugansk en el este y Jerson y parte de Zaporiya en el sur de Ucrania.
Zonas de Ucrania ocupadas por Rusia. (Fuente: Epdata)
En un acto público convocado el día del aniversario de la invasión y efectuado en el estadio moscovita Luzhniki, Putin afirmó que Rusia “luchaba por nuestras tierras históricas, por nuestro pueblo”, lo que no deja lugar a dudas de que el objetivo estratégico es la supresión de la independencia ucraniana y muy probablemente ello también podría incluir a Moldavia o al menos a Transnistria.
El 14 de febrero de 2023, el portal noticioso swissinfo, citando fuentes noruegas, cifraba las pérdidas de vidas humanas, tanto civiles como militares, entre 30.000 y 40.000, de los que entre 6.600 y 7.000 serían civiles. Se han denunciado casi 65.000 presuntos crímenes de guerra, la mayor parte de los cuales se atribuye a tropas rusas.
Entre los casos más notorios se menciona el ataque ruso al hospital de maternidad de Mariúpol, así como las muestras de cadáveres de civiles en las calles de Bucha con las manos atadas encontrados tras la retirada rusa. También existen acusaciones de torturas de prisioneros rusos por parte de fuerzas ucranianas. Alrededor de ocho millones de ucranianos se han visto obligados a abandonar sus hogares, emigrando a países vecinos, de los que solo una muy pequeña parte ha regresado al país. Varias ciudades han sido devastadas por la guerra y otras severamente afectadas por ataques de misiles rusos.
Realidades, ética y geopolítica
Las falacias no pueden esconder las realidades. Rusia ha invadido Ucrania con la intención de suprimir su independencia y recuperar lo que el gobernante ruso llama «tierras históricas» o desmembrarla, anexando por la fuerza las zonas oriental y sur del país, ricas en recursos naturales y ubicadas estratégicamente para un acceso dominante en el Mar Negro, al peor estilo imperialista.
Pareciera que, mediante la combinación de un conservadurismo extremo, nacionalismo exagerado y reforzamiento de los valores tradicionales de la iglesia ortodoxa, Putin pretende restaurar, de alguna forma, el viejo Imperio Ruso.
A menudo se esgrime el argumento de que Estados Unidos y la OTAN marginaron a Rusia y la consideraron un enemigo después de la desintegración de la Unión Soviética. Lo que sin dudas debió ocurrir es que, de la misma forma que se incorporaban a la OTAN los antiguos países socialistas e incluso las ex repúblicas soviéticas del Báltico, se hubieran incorporado Rusia, Bielorrusia, Ucrania y los Estados del Cáucaso.
(Foto: Ivar Heinmaa)
Sin embargo, eso no fue lo que ocurrió. Bielorrusia devino un régimen dictatorial desde 1994; Ucrania se ha debatido en una fuerte inestabilidad política, lo mismo Georgia; se han agudizado los enfrentamientos entre Armenia y Azerbaiyán y en las repúblicas de Asia central se han instaurado oligarquías como resultado de la metamorfosis del viejo liderazgo comunista, devenido nacionalista y religioso. Mientras tanto Rusia, después de una etapa de anarquía económica y política bajo Yeltsin, se transformó, poco a poco, en el régimen autoritario que Putin ha impuesto al país, con el apoyo cómplice de la mayor parte de las fuerzas políticas con representación parlamentaria, incluyendo a los comunistas.
La ausencia de un sistema democrático real en Rusia y su intervención directa en diversos conflictos de los Estados periféricos, alejó la posibilidad de una plena integración de este país en los mecanismos de defensa colectiva, que se amplió precisamente cuando el Kremlin comenzó a reforzar su influencia en los conflictos religiosos y lingüísticos que salieron a flote con la desintegración del Estado multinacional.
No cabe dudas que la expansión de la OTAN ha debido preocupar a Rusia, pero los países que se han adherido a ella tienen una larga historia de desencuentros con el gigante euroasiático y han sido ellos los que han solicitado su incorporación a la alianza atlántica.
A pesar de su no inclusión en la OTAN, Rusia fue incorporada en el Grupo de los Siete + uno en 1997, que terminó llamándose Grupo de los Ocho. A pesar de su menor peso económico, se reconoció su peso político en el grupo coordinador extraoficial de la política económica mundial, que también reunía a Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá y que, sin embargo, nunca incorporó a China. La expulsión de Rusia de este grupo se produjo como consecuencia de la anexión ilegal de Crimea en 2014.
La invasión rusa a Ucrania ha estado motivada por intereses geopolíticos imperialistas que en poco difieren de los que determinaron acciones similares de otras potencias en tiempos pasados y presentes. Por ello, las acciones de un imperialismo no justifican las de otro, especialmente cuando ello se traduce en acciones que causan la muerte de seres humanos, desprecio por su vida y, en resumen, violación de la soberanía nacional de Estados independientes.
Aunque a lo largo de la historia en las relaciones internacionales se han impuesto intereses, siempre es posible que no sean precisamente los de la clase dirigente de los países, sino aquellos que permitan asegurar la paz mundial y el respeto a los derechos humanos.
En el horizonte actual no se avizora una solución militar al conflicto entre Rusia y Ucrania. La guerra de desgaste terminará afectando no solo a ambos países, sino también al mundo entero por su impacto en la economía mundial. Continuarán muriendo personas inocentes y se destruirán más ciudades. En la medida en que el conflicto se extienda en el tiempo, es Rusia quien lleva las de perder, porque es el país agresor: carece del valor moral de la defensa de la Patria frente una agresión externa, algo que favorece a Ucrania, que es el país agredido.
Se impone negociar y evitar a toda costa el estallido de una conflagración nuclear, pero ello no puede ser, como en los tiempos de Hitler, a costa de la soberanía de Ucrania. Una base para una solución negociada necesitará partir del respeto a las fronteras y la soberanía de ese país como Estado soberano, así como encontrar los caminos para que dicha soberanía considere las especificidades culturales de las comunidades ruso-parlantes del Este ucraniano.
La posible neutralidad ucraniana, sin embargo, podría asegurarse a través de un compromiso internacional que incluya a Rusia y que garantice la inviolabilidad de sus fronteras estatales. Una paz que sacrifique a Ucrania solo incrementará el apetito expansionista del nuevo imperialismo ruso, tal y como ocurrió con Checoslovaquia en 1938 con el vergonzoso Acuerdo de Múnich.
En los últimos años se ha vuelto habitual la proliferación en las redes sociales de haters o trolls, individuos o grupos que atacan a otros con insultos verbales y manifestaciones de agresividad.
En el presente trabajo se aborda el fenómeno del «discurso de odio», particularmente en espacios digitales. Se analizan definiciones y enfoques de la literatura especializada y se examinan las principales características de estas expresiones en el ecosistema digital cubano. Asimismo, se esbozan propuestas de soluciones a partir de lo que recomiendan algunos organismos que han estudiado el fenómeno.
Un término a debate
El término «discurso de odio» sigue generando polémica. Las Naciones Unidas lo definen como discurso ofensivo dirigido a un grupo o individuo y que se basa en características inherentes (como son la raza, la religión o el género) y que puede poner en peligro la paz social. También agrega que se puede materializar en cualquier forma de expresión, incluidas imágenes, dibujos animados o ilustraciones, memes, objetos, gestos y símbolos y puede difundirse tanto en Internet como fuera de él.
Por su parte, investigadores como Iginio Gagliardone lo asumen como expresiones discriminatorias que deshumanizan, degradan e intimidan a sus víctimas y pueden aumentar el antagonismo entre grupos sociales al punto de desencadenar salidas violentas a los conflictos como, por ejemplo, el Genocidio de Ruanda en 1994.
En contraste, el profesor de Derecho Penal de la Universidad Rey Juan Carlos, Rafael Alcácer Guirao, considera que es un término cargado emocionalmente y utilizado, en muchas ocasiones, con una finalidad persuasiva, configurándose su ámbito de significado en función de las valoraciones e intenciones del hablante de censurar una determinada clase de discurso y de excluirlo, de ese modo, de lo que se considera social o jurídicamente lícito.
Discurso de odio y redes digitales
El ecosistema de socialización digital, caracterizado por la participación y la personalización, ha demostrado sus capacidades para influir en las agendas públicas, construir matrices de opinión, así como visibilizar y expandir mensajes que expresen ideas o posicionamientos políticos como correlatos de lo acontecido en el entorno offline, que en el espacio de las redes sociales adquieren mayor alcance y permanencia. Un artículo publicado en la revista de la Universidad Complutense de Madrid identifica como elementos que posibilitan el auge de discursos de odio en redes sociales los siguientes:
Posibilidad de anonimato: el emisor del mensaje puede ocultarse bajo una identidad falsa o anónima, y por tanto, evitar las consecuencias legales de su discurso;
La pertenencia a una comunidad: los algoritmos de redes sociales refuerzan la pertenencia a comunidades ideológicas materializadas en grupos virtuales que pueden organizarse en enjambres o mareas de indignación para responder a otras comunidades o usuarios que se asumen como enemigos;
Desdibujamiento de la responsabilidad humana: al estar actuando el sujeto mediante un dispositivo tecnológico, minimiza la responsabilidad en los mensajes que emite y tiende a plasmar expresiones que no diría si tuviera al interlocutor de frente.
Las redes sociales habitualmente tienen diversas políticas para neutralizar el discurso de odio, aunque sean diversas las concepciones sobre este y las formas de contrarrestarlo. No obstante, a menudo medios de prensa internacionales han cuestionado la falta de transparencia en los mecanismos para la aplicación de la censura. En adición, figuras o grupos políticos de muy diversa índole han acusado a dichas plataformas de aplicar sus normas para favorecer o perjudicar, respectivamente, a bandos afines o contrarios a la ideología de sus administradores.
Discursos de odio en las redes sociales cubanas
En 2019 el gobierno proporcionó el acceso a la red de datos móviles. La apertura de internet en Cuba catapultó el uso de redes sociales, que han adquirido suma importancia como mecanismos de comunicación gubernamental y a la vez como espacios de confrontación ideológica.
Desde ese mismo año, el decreto ley 370 castiga la difusión a través de las redes públicas de transmisión de datos, información contraria al interés social, la moral, las buenas costumbres y la integridad de las personas. Si bien los términos «moral y buenas costumbres» resultan ambiguos, pudiera entenderse que este instrumento legal brindaría protección a las personas cuando se publica algún discurso ofensivo contra su integridad.
Asimismo, el Código Penal cubano aprobado en 2022 sanciona como «Delito Contra el Derecho de Igualdad» a quien promueva o incite a la discriminación, sea con manifestaciones y ánimo ofensivo de su edad, sexo, género, orientación sexual, identidad de género, origen étnico, color de la piel, creencias religiosas, origen nacional o territorial o discapacidad, o cualquier otra lesiva a la dignidad humana.
En ambos instrumentos legales destaca la ausencia de la afiliación política como uno de los motivos de discriminación. Aunque medios, funcionarios y activistas afiliados al gobierno cubano suelen utilizar el término «odiadores» para referirse a comunidades opositoras, en el discurso político oficial se han naturalizado y se mantienen varias expresiones que calificarían como discurso de odio, de las cuales la más común es la de «gusano», para aludir a personas de la oposición o que disienten del sistema político en la Isla. Tal vez te intereseCinco alertas de que puedes estar ante un discurso extremista
En las redes sociales este correlato es sumamente visible. Además del ya nombrado «gusano», para referirse a la oposición, se emplean otros sustantivos que refuerzan la comparación con insectos, como garrapatas o cucarachas. Asimismo, se ha utilizado la homofobia, el racismo y el sexismo para atacar a activistas opositores, llamándolos jineteros (trabajadores sexuales) o utilizando la orientación sexoafectiva para desacreditarlos.
Por su parte, en una zona de la oposición es visible un discurso de odio que también emplea comparaciones con animales ?como las clarias? para referirse a los defensores del gobierno cubano. A los descalificativos por raza, género y orientación sexual, se le suman otros por las formas de los cuerpos o enfermedades. Asimismo, se recalca la idea de que todos los que se asumen como comunistas lo hacen por ignorancia o por oportunismo y deben ser castigados si en Cuba se instaurara un nuevo sistema político.
Consecuencias y posibles soluciones
La naturalización del discurso de odio legitima el uso de elementos narrativos asociados a prejuicios y discriminaciones. Termina hiriendo no solo al sujeto implicado, sino a toda una comunidad que puede compartir ese mismo rasgo. Unido a esto, anula cualquier posibilidad de diálogo y deja a la violencia como único camino para la solución del conflicto.
Organismos como la Unesco, el Ayuntamiento de Barcelona y el Observatorio Proxy han elaborado herramientas para contrarrestar estas expresiones en redes sociales y fuera de ellas. Las principales sugerencias se pueden resumir:
Poner en agenda pública las problemáticas que generan los discursos de odio, así como sus causas y consecuencias;
Fomentar debates en la ciudadanía sobre las manifestaciones del discurso de odio, cómo identificarlas y combatirlas;
Educar en derechos humanos y civiles.
Promover el pensamiento crítico y el pluralismo como mecanismos para la resolución de los conflictos políticos y evitar que lleguen a escaladas violentas;
Implementar sistemas de alfabetización ciudadana en temas de funcionamiento de redes sociales y en herramientas para el debate cívico;
Denunciar los discursos de odio utilizando los mecanismos de las propias redes sociales u otros espacios como los medios de comunicación;
Impulsar activismos que se opongan a los discursos de odio y empleen formas de lucha basadas en el respeto al adversario.
Si bien este fenómeno no está circunscrito a Cuba, un acercamiento desde las particularidades de la Isla conduce a la necesidad de promover el reconocimiento de los argumentos desde el respeto al otro y a su derecho legítimo a participar en el debate político. Todo ello sin acudir a palabras o frases que dañen a individuos o grupos, erosionen su integridad, perpetúen estereotipos discriminatorios o generen matrices de opinión con énfasis en la ejecución de actos agresivos, motivados por sentimientos de odio.
La confrontación es inherente a las luchas políticas, pero estas pueden operar en el marco del respeto y el civismo. Si no ocurre, la posibilidad de una solución violenta de los conflictos está cada vez más latente.
La consigna «Valen todos», tomada del nombre de una telenovela brasileña de moda en Cuba por 1992, sorprendió a la mayoría de los cubanos. De inmediato se desplegó una extraordinaria campaña, que dura hasta hoy, para convencer a las personas de que el «novedoso y revolucionario concepto»1 es un aporte a la democracia electoral.
Quienes seguíamos de cerca el proceso de instauración del poder popular, desde sus inicios en la década de los setenta, quedamos impactados: Veíamos en televisión, defendiendo que votáramos por todos los propuestos, por ser igualmente valiosos, a quien antes había afirmado exactamente lo contrario: que el elector debe tener siempre la posibilidad de escoger al candidato de su preferencia. Lo que hasta ese momento había sido correcto se convirtió de repente en incorrecto, y viceversa.
Desde hace al menos dos milenios, se repite que hay tantos pareceres como seres pensantes (quod homines, tot sententiae, afirmaban los latinos), y es imposible reunir en un mismo lugar, pongamos por caso un parlamento, a varios cientos de personas unánimes en un criterio. Pero desde su nacimiento el funcionamiento de la ANPP desmiente este axioma: En ella la unanimidad de criterios, sostenida por décadas, es la norma.
Es innegable el aporte conceptual: Las sesiones de la ANPP son la excepción a la regla general de la diversidad natural de pareceres. Lástima que tantas personas, en Cuba y el resto del mundo, no valoran de forma positiva esa excepcionalidad.
No hace falta entender nada, pues no hay nada que entender; tampoco hace falta entender por qué en las elecciones cubanas el verbo elegir no significa, como en el resto del planeta:
seleccionar, escoger, preferir de entre un grupo de posibilidades lo que se considere mejor
Lo que hace falta es acatar la consigna y votar por todos, para mantener la unidad de la nación y salvar la patria.
Acatar es un principio inviolable en cualquier religión. No cumplirlo es incurrir en soberbia, pecado capital: Si hoy elegir es seleccionar, selecciono; si mañana es ratificar lo seleccionado por otro, ratifico. Una «voz autorizada» lo estableció así, y ella nunca se equivoca. Hurgar en los archivos para averiguar si en otras ocasiones la «voz autorizada» afirmaba algo diferente es incurrir en herejía, también pecado grave.
Recientemente, en uno de los muchos programas de TV dedicados a las elecciones (en Cuba los candidatos no hacen campaña con dinero procedente de su bolsillo o de donaciones, nos recordó una profesora en el programa…, pagado con fondos públicos) se mencionó la demonización de las elecciones por parte de «algunos enemigos», y se repitió que el voto es libre y nadie está obligado a aceptar la candidatura tal cual aparece. En otras palabras: Se puede votar por todos o por uno solo, y se puede votar en blanco.
Pasemos por alto las descalificaciones; no merecen contestación. Veamos la afirmación de que votar en blanco demuestra que el voto es libre, esgrimida contra quien cuestione el modelo «Valen todos».
Soy libre de votar en blanco, incluso de no acudir a votar. Pero, ¿cuál es el valor de esa libertad? Como en Cuba el voto no es obligatorio (no solo aquí, tampoco en otros países,), puedo abstenerme de asistir al colegio electoral y no pasa nada. Simplemente, como en otras partes, no entro en las estadísticas; apenas soy un ciudadano que declinó hacer uso de un derecho constitucional.
En cuanto a la «libertad» de votar en blanco en la ley cubana, es un nuevo concepto de «libertad» que acaso se deba incorporar al diccionario del español. Es similar a la libertad concedida al hijo pequeño: «Puedes ponerte esos zapatos si quieres, pero no me sales de casa». Como él ansía salir a jugar, «elige» ponerse los zapatos que le impongo. ¿Fue libre su elección? ¿Eligió los zapatos, o acató mi decisión? Similar es mi derecho al voto en blanco.
Invito a leer la ley a quien desee comprobar si es como afirmo o no.
El enemigo demonizador del proceso electoral no son los opositores al gobierno ni quienes, sin serlo, denuncian el «Valen todos». Quien demoniza el proceso electoral es la propia ley. Por algo la propaganda nunca cita más que uno o dos artículos generales.
No pido a nadie creer cuanto afirmo. Solo insisto: Si, en lugar de repetir consignas o acatar dogmas, usted busca la verdad, aplíquese a la lectura de la ley. En particular, deténgase en sus artículos 115, 119, 121, 123, explícitos en cuanto al voto en blanco. Todos establecen lo mismo: apartar las boletas anuladas y las boletas en blanco, contabilizar solo las que tengan votos válidos. Y los votos válidos son: por uno, por más de uno, por todos. El resto, según esos artículos, no cuenta.
Por mi parte, he leído muchas veces el texto de la ley. Por eso me opongo a ella. Solo aclaro: Con mis textos no hago propaganda ni al voto en blanco, ni a la abstención, ni a nada. Apenas expongo la realidad de una ley contraria a un elemental principio democrático, en un país cuya Constitución afirma la existencia de un Estado de derecho. Tampoco juzgo a quienes componen la lista de nuevos diputados, pues no es mi costumbre juzgar a nadie; además, no los conozco, y no opino de lo que no sé.
En cuanto a los miembros del actual parlamento, nunca hago alusiones personales, pero al menos sé de uno quenunca debió ser diputado; sin embargo, lo es y continuará siéndolo en la próxima legislatura. En su momento, esa persona impidió la discusión del proyecto de Constitución a los miembros de la organización que presidía, y calificó públicamente de elitistas a quienes exigimos nuestro derecho a hacerlo.
Tampoco olvido que ninguno de los actuales diputados cumplió su juramento de respetar y defender la Constitución, pues asistieron callados a la mutilación de su artículo 46 durante la presentación del Código Penal, que impone la pena de muerte para muchos delitos, la mayoría políticos. Precisamente, la parte mutilada del artículo 46 establece, a la letra, que «Todas las personas tienen derecho a la vida».
Curiosidades matemáticas
Propongo un pequeño ejercicio de aplicación de lo estipulado por la ley electoral y el principio «Valen todos», para comprobar cuán democrático resulta el proceso.
Imaginemos un colegio electoral X de un municipio grande X, o un municipio muy pequeño X, donde se «elige» dos «candidatos», Juana Pérez y Juan Pérez, para dos puestos en el parlamento —ante todo, olvide el significado del verbo «elegir» en los diccionarios; recuerde que la acepción cubana es novedosa.
Total de electores en el registro: 4 000 (4 000, pues, es el 100% de votantes posibles en ese lugar). Si se producen:
1 000 abstenciones (electores que no votaron): 3 000 pasa a ser el 100%.
500 boletas anuladas (tachaduras, consignas, etcétera): 2 500 pasa a ser el 100%.
500 boletas en blanco (electores que no gustan de ningún «candidato»): 2 000 pasa a ser el 100%.
Primer resultado: El universo de 4 000 se redujo a la mitad. El total de votantes contabilizados como 100% es ahora 2 000, o sea, la mitad de los electores registrados es el total. Si esos 2 000 votan:
Votos «unidos»: 800 (40% de boletas válidas)
Votos por Juana: 600 (30% de boletas válidas)
Votos por Juan: 600 (30% de boletas válidas)
Ello nos da:
Total de votos obtenidos por «candidato» (sumados los «unidos» a los individuales):
Juana 1 400 (70% de boletas válidas)
Juan 1 400 (70% de boletas válidas)
Segundo resultado: Ambos candidatos recibieron el 70% de los votos válidos emitidos y son «elegidos» democráticamente, con elevado porcentaje de aceptación, por el voto libre, individual y secreto de los electores de ese municipio. Aunque, en realidad, cada uno cuenta con el apoyo de solo el 35% de la totalidad de los ciudadanos registrados en el padrón electoral del distrito electoral, (4 000).
En resumen, gracias al «carácter democrático diferente» de nuestra ley electoral, un diputado puede «representar» a un municipio habiendo sido «elegido» solo por el 30% del total de un distrito electoral.
Y no hay que olvidar que el distrito electoral «elige» a una parte de la «candidatura» del municipio, no a toda, con lo cual ese porcentaje pudiera ser menor al hacer la suma de todos los distritos.
Una curiosidad: Entre Juana y Juan suman 2 800 votos (el 140% del universo), aunque el total de boletas válidas sea 2 000. Ello es debido a que existe la posibilidad de votar en el primer círculo, que significa que uno aprueba a los dos. La propaganda va dirigida a que se vote en ese círculo; esto es, al «Valen todos» / Voto unido.
Realmente, un concepto muy especial de democracia.
***
1: El nombre original «Valen todos» ha mudado para el políticamente correcto «Voto unido»; sigo usándolo para un mejor entendimiento del tema, pues el concepto no ha variado: Quienes aparecen en la boleta merecen estar en los escaños de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), y debemos aprobarlos en conjunto, puesto que así lo decidieron quienes saben más que nosotros).
En homenaje a la fundación en 1892 del periódico Patria, órgano difusor del Partido Revolucionario Cubano creado por José Martí, el 14 de marzo se celebra el Día de la Prensa cubana.
A la par que se conmemora el hecho histórico, la fecha es oportuna para reflexionar sobre el rol de los periodistas en el escenario mediático actual, marcado, en muchos casos, por la parcialización y radicalización de las agendas, y la pérdida de credibilidad, como reflejo de una sociedad cada vez más compleja y polarizada.
Corresponde a los periodistas el compromiso ético con el oficio, con la ciudadanía y la construcción de un país más democrático e inclusivo. Corresponde el análisis profundo, la crítica certera, el acercamiento realista y la defensa de la soberanía. Corresponde el abordaje honesto de los temas que nos duelen, que nos preocupan, que nos afectan, más allá de preferencias políticas.
«Nace este periódico, a la hora del peligro, para velar por la libertad, para contribuir a que sus fuerzas sean invencibles por la unión», escribía José Martí en el número inaugural de Patria.
Un siglo y tres décadas después, los periodistas cubanos tienen el desafío de contar una nación diversa y contradictoria, que desde hace mucho superó los límites geográficos del archipiélago. A ellos, quienes ejercen la profesión honestamente y en pos de un mejor país, el abrazo y la felicitación de La Joven Cuba.
El triunfo de la Revolución cubana, el 1ro de enero de 1959, significó la apertura de un proceso que ofreció indiscutibles garantías en el acceso a derechos vetados para sectores específicos de la población. Se estableció así un nuevo pacto social que abrazó en corto tiempo la idea de la construcción socialista como alternativa al orden capitalista existente en Cuba, luego de instaurada la República en 1902.
El escenario de «Guerra Fría» y la hostilidad del gobierno estadounidense contra el joven proceso revolucionario, propiciaron que la Isla se inclinara hacia el bloque soviético; en tanto se fomentaba a los movimientos guerrilleros y otros grupos rebeldes contra el capitalismo oligárquico de los estados periférico-subdesarrollados en América Latina. Dicho accionar se emprendió acorde a la teoría marxista de incentivar una revolución mundial, en busca de respaldo regional y hemisférico ante el aislamiento a que estaba sometida la nación caribeña, luego del ascenso victorioso de 1959.
Sin embargo, desde los primeros años del triunfo resultaron evidentes los métodos de censura política hacia los creadores en las distintas esferas de la cultura: cine, artes escénicas, artes plásticas, poesía y literatura. Se materializó así la represión parametrizada en numerosas manifestaciones artísticas dado sus postulados críticos y/o confrontacionales. La autonomía universitaria quedó maniatada por las autoridades y regida por una política regulatoria de su ingreso en las aulas, no exenta de reproducir mecanismos de discriminación múltiples.
A su vez, se promovió la unificación estadocéntrica e hiper-institucionalista del Partido-Gobierno (1965) e impuso el monopolio estatal sobre los medios de comunicación y producción (1968). Resultaron suprimidos los mecanismos democráticos para la manifestación pública; la participación electoral de las bases en la elección de sus principales dirigentes quedó sepultada junto a la legitimidad del disenso pacífico y la fiscalización popular del funcionariado mediante la criminalización de la huelga. Todo ello junto a otras tácticas de control e instrumentalización político-social, aduciendo al escenario de excepcionalidad indefinida generado por la hostilidad estadounidense.
La estructura política se inclinó hacia el bloque de países que asumían los modelos de «socialismo real o histórico». Estos regímenes se distinguieron por el pleno dominio y control administrativo del Estado sobre las actividades económicas. Dicha realidad condujo a la caída generalizada en los niveles de productividad y la sostenida ralentización de su crecimiento; escasez de bienes de consumo; deterioro sistemático de la infraestructura y las restricciones efectivas a la libertad individual, sustentadas por un ideal igualitario de colectivismo forzoso y ultra-ideologizado.
A su vez, predominaba una extensa corrupción asociada al desvío de recursos hacia el mercado informal, dada la insuficiencia de los salarios para satisfacer las necesidades básicas. De igual modo estuvo ausente una política de inversiones dirigidas a la diversificación de la industria, enfocada en quebrantar el carácter primario mono/exportador como elemento medular del subdesarrollo y el desfase tecnológico.
A pesar de los indiscutibles logros en materia social, propiciados por elevadas inversiones en deportes, cultura, salud y educación, el país se caracterizó por la ausencia generalizada de libertad, sublimada por el carisma de un liderazgo caudillista [distinción corporeizada en la figura del Secretario General del PC]. A tenor con ello, la cultura jurídico-constitucional de la ciudadanía se deterioró ante la ausencia de mecanismos institucionalizados que respondieran de manera regulada ante los intereses de las clases populares.
(Imagen: Eladio Rivadulla)
En contraposición a los derechos del trabajador fueron disueltos los sindicatos laborales. La autonomía obrera fue suplantada con la disolución masiva de cooperativas entre 1961-1975, pasando a engrosar la enjundiosa lista de propiedad estatal. Todo ello se produjo en un contexto de marcado carácter autoritario en el manejo de la política por la composición dirigente, dada la matriz centralizada, partidista y burocrática del modelo imperante.
Dicha realidad condujo a la sostenida militarización de la economía en el sector empresarial, con las nefastas consecuencias que su monopolización bonapartista ha generado para las mayorías.
El marxismo predominante se caracterizó por el mimetismo hacia los postulados filosóficos importados desde la Unión Soviética (1961-1990), combinados con los metarrelatos discursivos de una narrativa nacionalista que invisibiliza zonas trascendentes de la resistencia anti-hegemónica. El carácter revolucionario de la teoría, enfocado en el cambio de las realidades de opresión sistémicas, fue subvertido por los fundamentos vulgarmente dogmáticos de una clase partidista/dirigente [reproductora de la dominación política, la explotación económica y el empobrecimiento social].
Otras particularidades del territorio resultaron ignoradas por los presupuestos de homogeneización que propiciaron su empleo como ideología de estado, acorde a los intereses de la clase política en el poder.
Del «socialismo de estado» a la transición (neo)capitalista oligárquica
La profunda crisis que azotó al país con su entrada en el Período Especial (1990-1994), abocó a la Isla a la etapa de dificultades materiales más profunda de su historia. El advenimiento de tan precario contexto, generado por la caída del denominado «campo socialista europeo», afectó todos los órdenes de la economía cubana, propiciando una tercera ola migratoria hacia los Estados Unidos. Este éxodo, por su carácter humilde y racializado, ocasionó fuerte desprecio [xenófobo/racista] entre la burguesía cubana instalada al sur de la Florida, dando atisbos excluyentes de sus «postulados democráticos».
La debacle de los años noventa en Cuba ratificó la dependencia histórica hacia potencias foráneas, extendiendo así la condición colonial de la que no escapó su dirigencia comunista, en el establecimiento de relaciones económicas desiguales con sus aliados del este. En tal sentido, fueron silenciadas por el liderazgo cubano durante más de cuarenta años, las críticas realizadas por el revolucionario internacionalista Ernesto Che Guevara desde una militancia marxista radical, favorables a la autonomía económica de la Isla como única condición capaz de garantizar su soberanía nacional.
Las reconfiguraciones producidas en este período, resultado de las políticas gubernamentales para «afrontar la crisis», dieron lugar a numerosas concesiones al capital privado (extranjero y local). Estas medidas generaron nuevas dinámicas que se proyectaron de inmediato en el escenario interno, dadas las singularidades que definieron el proceso de inserción cubano en la economía mundial, bajo las «reglas del juego» establecidas por las potencias occidentales.
La democratización del régimen político no estaba concebida en el imaginario de su dirigencia, incapaz de comprender que el despotismo trae consigo resultados infaustos en la productividad. A su vez, dichas transformaciones han propiciado el resurgir del racismo, el aumento de la desigualdad y la oligarquización del modelo por la clase dominante, dada su concentración exponencial de capital-poder.
Las alternativas libertarias de izquierda ante el nudo gordiano de la crisis en Cuba
El gobierno cubano se ha valido de un supuesto carácter revolucionario para negar el derecho a la existencia de otras organizaciones o agrupaciones auto-identificadas como de izquierdas en Cuba. La clase política dirigente ha cancelado las posibilidades de existencia autónoma de grupos no confrontacionales de proyección anticapitalista, feminista, antirracista, anarquista y ecosocialista (desplazados a la oposición). Dichos colectivos resultan portadores de líneas programáticas alejados del centralismo estatista e institucional, que suele ahogar mediante sus métodos de cooptación y/o accionar represivo cualquier iniciativa autogestiva.
(Foto: PCC)
En esta zona se ubica un amplio sector de la sociedad civil cubana, que en sus perspectivas asumen alternativas otras [populares, socialistas, descolonizadas y republicano-democráticas], cuya existencia coadyuva a re-pensar la participación pública mediante la implementación de innovadores mecanismos para la redistribución del poder, las riquezas y la deliberación participativa en la toma de decisiones que conciernen a las realidades de los distintos sectores sociales.
Las izquierdas críticas en Cuba han tropezado con el muro de la maquinaria institucional fosilizada. Se suele capitalizar el crédito absoluto de una narrativa falsamente socialista, con el fin de sostener los privilegios de la clase dominante y sus mecanismos de control totalitarios.
De tal forma, resulta inviable toda alternativa proyectada en ampliar las bases populares de radicalización democrática con énfasis en la justicia reparativa, la descolonización del saber/poder, el quiebre con los niveles de contaminación ambiental y la explotación obrera a que es sometida la clase trabajadora cubana, dada las relaciones sociales de producción existentes, típicas de un modelo «capitalista de estado».
El escenario de liberación social exige el accionar movilizativo de una ciudadanía consciente ante el panorama de concentración cada vez mayor de las riquezas en aquellos sectores tradicionalmente hegemónicos. Está dirigido a lograr el establecimiento de una estructura capaz de generar riquezas de manera equitativa, ecológica, cooperativa, dinámica y sustentable.
Los ideales libertarios de una alternativa socialista popular, sintetizan la esencia emancipatoria, descolonizada y contrahegemónica de las izquierdas críticas de proyección anti/poscapitalista, en función de consagrar los valores del socialismo democrático como propuesta alternativa a la hegemonía monopólica de la militancia autoritaria/estalinista que dictamina los resortes arbitrarios del poder político en Cuba.