Inicio Blog Página 371

Marx y el socialismo

72
marx

Durante mucho tiempo el pensamiento de Marx ha sido asociado a la idea de la construcción de un “proyecto socialista”. Una buena parte de esa concepción se debe a la gran influencia o mejor dicho, a la hegemonía ejercida sobre el marxismo desde la URSS. Eso llegó a nuestro país, y como muestra de ello es el cambio de nombre del PCC (de orientación marxista) a PSP. Más allá de la necesidad histórica que hubo de ese cambio producto de las persecuciones políticas, en la  actualidad, por razones que no mencionaré, es evidente que nosotros los cubanos, al igual que el resto del mundo, asociamos las ideas del marxismo a un pensamiento socialista.  ¿Hasta qué punto es eso correcto?

Si bien es cierto que se puede hablar de la palabra socialismo remontada a los antiguos griegos, específicamente en Platón, que lanza la idea en su famosa obra La República, es necesario rastrear el pensamiento o ideal socialista más cercano a su nacimiento como corriente: en los marcos del capitalismo.

Como corriente, podemos hablar de socialismo a partir de lo conocido como socialismo utópico, en sus dos etapas principales: la primera con Tomás Moro y Campanella y la segunda con Owen, Fourier y Saint-Simon. Hubo todo una oleada de pensadores que se atribuían un socialismo, incluso está Fichte, que hablaba de un “socialismo ético”.

Todas estas formas no dejaron de ser nunca unos cuestionamientos meramente morales, que hablaban de cosas como la ambición y la presencia diabólica en los hombres como los elementos que generaban ese capitalismo explotador.

En eso apareció el hombre el más frío y genial de la época: Carlos Marx, y se dio cuenta que a los males del capitalismo no se le combatía con fe ni con amor, sino primero, entendiéndolos desde las condiciones objetivas que lo generaban. Él no quería ser parte de ese ejército de discurso fácil y vacío, sobre todo porque entendía que eso no representaría un cambio de la realidad obrera. Prueba de ello, es cuando afirma: “El socialismo representaba en 1847 un movimiento burgués; el comunismo, un movimiento obrero.”(1 pág. 105). La palabra socialismo para los clásicos era la idea de un proyecto pequeño burgués que no comprendía el cambio radical de la sociedad.

Es cierto que esto fue dicho en un contexto de imperiosa necesidad de diferenciarse de las ideas socialistas, pero Marx en su madurez continuó con ese rechazo al llamado proyecto socialista. No me resulta raro que refiriéndose a un tipo de socialismo afirmara:

“…el socialismo doctrinario, que supedita el movimiento total a uno de sus aspectos, que suplanta la producción colectiva, social, por la actividad cerebral de un pedante suelto y que, sobre todo, mediante pequeños trucos o grandes sentimentalismos, elimina en su fantasía la lucha revolucionaria de las clases y sus necesidades, mientras que este socialismo doctrinario, que en el fondo no hace más que idealizar la sociedad actual, forjarse de ella una imagen limpia de defectos y quiere imponer su propio ideal a despecho de la realidad social…”(2 pág. 288)

Esto acompaña la idea de qué pensaba Marx del socialismo. En momento de esencial madurez, y comprendiendo cómo aquellos socialistas, solo se habían centrado en un cambio de la distribución social, en modelos como el de Lasalle[1], Marx sentencia:

“…los economistas han venido demostrando, desde hace cincuenta años y aún más, que el socialismo no puede acabar con la miseria, determinada por la misma naturaleza, sino sólo generalizarla, repartirla por igual sobre toda la superficie de la sociedad.”(3 pág. 19)

Todo esto puede quedar como una mera especulación, y bueno, quien sabe, él solo parece que está criticando las prácticas socialistas  y que en realidad tenía todo un proyecto socialista en mente para la clase obrera diferente al de sus contemporáneos. Me gustaría que eso fuera cierto, así nosotros, la izquierda, nos habríamos ahorrado tanta utopía en la mesa de los programas políticos.

Desgraciadamente no fue así, lo más parecido a un programa político dejado por Marx es su crítica al Programa de Gotha (Glosas Marginales al Programa del Partido Obrero Alemán). Aquí, solo vaticina que se comenzará el tránsito a la sociedad comunista con el inicio de un estado en que domine la dictadura del proletariado. Sin embargo, no habla en ningún momento de qué condiciones gestarán ese proceso. Se puede revisar con detenimiento ese texto, pero es imposible que el hombre que quería marcar una línea (y lo hizo) entre sus ideas y los socialistas alegando lo poco materialista que eran estas, de pronto hablara de un proyecto social basado en el socialismo.

Durante años me atormentó esa idea. Pero como dije en un post publicado este mes, existen muchas obras de Marx aún sin desempolvar, y hace poco más de 2 años me llegó una de esas, que solo tiene unos años de publicada y que todavía el marxismo por desgracia no ha agregado a su dossier. En ella, como siempre, otro loco aventurero de la transformación social, Adolf Wagner, hace una serie de exposiciones como si se basara en Marx. Este, con el humor y las ironías que lo caracterizaban le responde:

¨Según el señor Wagner, la teoría valor es ¨la piedra angular de su sistema socialista¨ (se está refiriendo a lo que dicen de su teoría). Como yo nunca he inventado ¨un sistema socialista¨, esto es una fantasía de los Wagner.¨(4 pág. 171), concluye Marx. Aclaro por si es necesario, que ese Wagner se armó una lógica donde según él, Marx tenía todo un proyecto del socialismo implícito en la teoría del valor. La respuesta creo que es clara, él dice que no teorizó nada sobre un sistema socialista.

A lo largo de la historia numerosos personajes se han puesto ese calificativo,  y va desde economistas burgueses neoclásicos que tanto el marxismo rechaza, pasando incluso por Hitler (nacional socialismo), Einstein y hasta el polémico Bertrand Russell también se decía socialista. Marx vio en los de su época un oportunismo e incluso ignorancia al igual que lo hubiese visto en esos que mencioné.

Sin dudas, él no se sentía atraído por el socialismo como doctrina y no tenía un proyecto bajo esa etiqueta. ¿Seguirá siendo hoy, el socialismo esencialmente lo mismo que el rechazó en su época como utopía y oportunismo?

¿Seguirá siendo una corriente pequeño burguesa disfrazada con un discurso populista y atractivo? No me sorprende que los miembros de la Internacional Situacionista afirmaran que las burocracias socialistas, eran la vieja burguesía que habían encontrado nuevas formas de hacerse con el poder.

Bibliografía

  1. Marx, Carlos y Engels, Federico. Manifiesto del Partido Comunista. Obras Escogidas I. Moscú : Progreso, 1976, págs. 99-140.
  2. Marx, Carlos. La lucha de clases en Francia. [aut. libro] Carlos Marx y Federico Engels. Obras Escogidas I. Moscú : Progreso, 1976, págs. 190-306.
  3. —. Glosas Marginales al Programa del Partido Obrero Alemán. [aut. libro] Carlos Marx y Federico Engels. Obras Escogidas III. Moscú : Progreso, 1976, págs. 9-27.
  4. —. Glosas marginales al ¨Tratado de Economía Política¨ de Adolf Wagner. [aut. libro] Maurice Dobb, y otros. Estudios sobre El Capital. Madrid : Siglo XXI, 1976, págs. 171-183.

[1]  El modelo de Lasalle es lo que se expone en el tristemente conocido ¨Programa de Gotha¨.

Transparencia

119
transparencia

Con total desparpajo una muchacha le cuenta a un grupo que a una amiga le van a comprar la plaza en el preuniversitario por cuarenta dólares. La escena no fue en la sala de la casa – lo que no cambiaría nada- sino rodeada de personas esperando un ómnibus. Lamentablemente no es un caso aislado. Se ven casos parecidos para hacer una cesárea o para una plaza en un círculo infantil.

No es el sistema, sino personas inescrupulosas que se aprovechan de él. Delinquiendo unos, permitiendo otros.

No podemos conformarnos a ver estas cosas con normalidad, porque no puede ser normal. Una nueva clase se va creando. Aunque duela admitirlo es una verdad tan grande como una casa y sus tentáculos corruptores se esparcen por la sociedad. A veces sus efectos son tan sutiles que cuesta darse cuenta, otras son más evidente.

¿Quiénes son los niños que se sientan en los mejores puestos en el aula? ¿A qué niño les toca siempre los personajes principales en las obras de la escuela? ¿A quiénes la maestra mima y le tolera todo? Ahí está la respuesta y lo peor de todo es cuando un niño de apenas 5 ó 6 años se percata de esas cosas y las dice.

No soy psicólogo, pero no dudo de que esas cosas influyan en su formación.

Una acotación. No hablo de las personas honestas que con su trabajo elevan su poder adquisitivo y su nivel de vida sino de los que roban al Estado y se aprovechan de las necesidades del pueblo para acaparar, subir precios y especular. Los que piensan que todo tiene un precio y se lanzan a comprarlo sin medir las consecuencias.

A veces los repasadores son los mismos maestros. Conozco el caso de una maestra que en medio de una reunión de padres se paró y dijo que ella estaba preocupada por la situación de los estudiantes porque: “hasta los que repasan conmigo salieron mal

No hay que ser muy inteligente para llegar a la conclusión que las clases en el aula son de a kilo y que para recibir las de a peso, hay que pagar. No me opongo a que los maestros sean repasadores, si sacan su licencia para esa actividad, pero una de las condiciones que le pondría sería que está prohibido repasar a sus propios alumnos.

El tema es repudiable desde todo punto de vista, pero yo quiero analizarlo como padre. En el afán de facilitarles la vida, a veces los perjudicamos. Los niños que se adaptan a pasar de grado por las “ayudas” de los padres a los maestros, al final fracasarán en la vida.

Los corruptos y los corruptibles aprovechan todos los espacios que les dan. Su gran enemigo es la transparencia. Aprovechemos que nos estamos convirtiendo en una sociedad informatizada y permitamos que el pueblo se convierta en un fiscalizador de los recursos destinados a él.

¿Cuántas plazas tiene el Preuniversitario? ¿Cuántas plazas tiene cada escuela? ¿Quiénes son los estudiantes que adquirieron las plazas? Mientras más transparencia, menos espacio para los corruptos.

Como esperando abril

181
abril
Foto: Reuters

Cuba tendrá un nuevo presidente el mes próximo y quien sea, tendrá el peso de medio siglo de luchas nacionales sobre sus hombros. Dentro y fuera de la isla todos marcan el calendario con las más disímiles expectativas, muchas no serán cumplidas. Para algunos, esta es la oportunidad de rematar el socialismo cubano, otros no quisieran dar este paso incierto y los demás lo ven como una necesidad de la Revolución para ser mejor de lo que es. Todos esperando abril.

Se verán frustrados el mes próximo los que añoran un regreso al pasado, pero el relevo generacional tampoco es garantía de que se camine al futuro. Mientras sigan existiendo los que ven en la inercia dogmática una garantía del poder revolucionario, más cerca está el socialismo cubano del fin. Un hombre no puede cambiar esto, ni siquiera un buen equipo, por eso necesita instituciones dinámicas que lo acompañen a operar cambios profundos, y debe estar en condiciones de hacerlo.

El nuevo presidente no dirigirá el Partido que rige constitucionalmente el país, tampoco tiene por qué asumir ambas funciones a la vez, posiblemente ni siquiera sea estratégico. La mezcla de las responsabilidades de Partido con las de gobierno es precisamente uno de las asignaturas pendientes por resolver. También ayuda a descentralizar más la gestión política, a pesar de que la desinformación sobre su funcionamiento interno propicia una imagen de verticalidad, dentro del Buró Político existen dinámicas colectivas en la toma de decisiones que deben extenderse a instituciones que no operan así.

Nuestra fascinación criolla con los líderes nos tiene emocionados con el mes de abril; mientras las dinámicas que dañan al partido y gobierno permanecen incólumes, el trauma del fin soviético sigue provocando temor a cambios significativos y el contexto de acoso externo arrecia. Concentrados en los factores externos que afectan al país, seguimos posponiendo los internos hasta un día de paz que nunca vendrá. Esto no significa que no se haya avanzado, pero analicen si los logros superan los nuevos desafíos.

Hay que rescatar la campaña por el cambio de mentalidad y volverla a poner en la agenda pública, antes que el dogma le gane. Recuperar la sensación de vivir en un país que cambia, como se planteó Raúl desde el inicio de su gestión. Cuidar el equilibrio entre las fuerzas que componen la Revolución, evitar confundir la unidad nacional con homogeneidad, porque tenemos historia de sectores políticos imponiendo sus preferencias y estilos sobre otros, si tienen dudas pregúntenle a Aníbal Escalante.

Abundan en Internet análisis de las elecciones parlamentarias escritas desde el odio y el desarraigo a la Revolución.

En la pos-guerra fría, el bloqueo que aplica Estados Unidos sobre Cuba agrava la situación interna. Contribuye no solo a ralentizar la actualización del modelo económico del país, sino que favorece la agenda de sectores que han hecho resistencia al proceso de cambios comenzado por Raúl. El próximo presidente debe prestar particular atención a la política exterior de Trump, que vuelve a apostar por aumentar la presión interna, usar a la población cubana de rehén y obligarlos a operar un cambio de régimen en el país.

Quien sea nominado por la Asamblea Nacional el mes próximo, tendrá que lidiar con el fuego estadounidense por un lado y del otro las presiones de sectores en la izquierda con tendencia histórica a la esquizofrenia y las cacerías de brujas. Súmese a esto los planes de subversión y la difícil coyuntura económica, quien ocupe la presidencia no lo tiene fácil.

El relevo político es sensible y llegamos a él con más de un tabú sobre el tema. En el 2018 todavía existen los que piensan que un elogio a las nuevas generaciones y sus dirigentes significa una crítica velada a los anteriores, idea que ha hecho mucho daño. El verdadero problema no es generacional sino de mentalidad. Entre los más jóvenes de nada vale promover dirigentes noveles que no representen a la juventud y que esta no se identifique con ellos, tampoco es efectivo asignar responsabilidades políticas o administrativas a personas de menor edad con una mentalidad conservadora.

Así llegamos a una política de cuadros con dinámicas que promueven la disciplina y la retórica como valor fundamental, que no ha sido efectiva para los intereses de las organizaciones políticas del país, pero parece tener vida propia. Sería valioso una evaluación en estas estructuras sobre los estereotipos y paradigmas que promueve esta política de cuadros y un análisis sobre qué formas de comportamiento político tienen más posibilidades de ser premiadas.

La legitimidad será una variable importante en los cambios que vienen.

La Generación del Centenario se probó en un contexto armado que permitía actos de heroísmo y liderazgos individuales que han trascendido hasta hoy. El contexto de las siguientes generaciones ha sido más discreto en ese sentido, el heroísmo del sacrificio cotidiano es menos propenso a reflejarse en los libros de historia o construir leyendas personales. Y aunque estas generaciones no son menos valiosas o históricas que su antecesora (las jerarquizaciones nunca son buenas) todo nuevo liderazgo necesita fuentes de legitimidad que vayan más allá de nombramientos y votos.

Hay dos caminos para alcanzar legitimidad en Cuba. El primero se basa en resultados de trabajo y liderazgo sobre la base del ejemplo personal, por esta vía Lázaro Expósito ha llegado a ser el dirigente más popular en el oriente del país. También se puede obtener mediante métodos transparentes de gestión y políticas sociales de vanguardia, así Miguel Díaz Canel fue el dirigente más popular en el centro del país.

Pero el terreno más fértil en Cuba para obtener legitimidad es la comunicación política y la ideología. Los diez años de gobierno de Raúl pueden mostrar victorias concretas contra la adversidad, pero la subestimación del papel que juega la comunicación en el consenso nacional minimizó mucho el efecto positivo de estas victorias en el espíritu nacional. En lo personal no me gustan las comparaciones (y a la dirigencia del país tampoco) pero no puedo omitir que la ausencia de una proyección pública, ante un pueblo acostumbrado al liderazgo carismático de Fidel por medio siglo, dejó un vacío que como el presidente no ocupaba, nadie más podía llenar según la lógica de disciplina militante.

La ideología, la construcción de símbolos y la política pública en general, son deudas en la dirigencia del país. Hago énfasis en la falta de proyección pública porque es un fenómeno que se ha trasladado a todas las esferas y el relevo generacional deberá enfrentar. En tiempos en que deberíamos visibilizar a los dirigentes de todos los niveles, solo los vemos cuando resulta conveniente. Van a los actos, inauguran obras, pero hay ministros en Cuba que pasan más de un año sin comparecer ante la prensa para hablar de su gestión, y luego queremos resolver los problemas con notas informativas impersonales.

La nueva presidencia debe ser efectiva en el uso de la comunicación política.

La otra fuente de legitimidad interna es menos feliz. Puede ser al ajustarse a dinámicas de partido y gobierno que promueven la inercia, pactar con sectores conservadores que definen el marco de lo políticamente correcto, mostrar mano dura con la crítica dentro de sus filas y dar una imagen de “confiable” que nunca es a través de propuestas revolucionarias sino lo contrario. En épocas de trinchera quien cava más rápido es más promovido, quien más acusa a otros de brujería queda exento de dudas, no siempre ocurre así pero es una posibilidad. No me extenderé en este tema con la esperanza de que dichas prácticas comiencen a quedar en el pasado, pero es una esperanza cauta.

Algunos se entretienen en asignar bandos y nombres contrapuestos dentro del Partido y el gobierno cubano, ejercicio inútil. Fuera del país se hace buscando la posibilidad de fracturar la unidad política de la Revolución y quizás enemistar a unos líderes contra otros, los revolucionarios cubanos buscan identificar diferencias para apoyar a los más progresistas sobre otros con ideas y formas caducas, pero el manto que invisibiliza buena parte de la gestión pública y partidista del país lo hace difícil para ambas fuerzas. Es un ejercicio fútil, el clima político actual y la emblemática disciplina en estas instituciones provoca espejismos fáciles, nadie lo hace a su manera hasta que asume determinada responsabilidad, la gestión de Raúl es una experiencia reciente.

Hablar de liderazgo todavía provoca vergüenza y culpa como si fuera sinónimo de demagogia.

El mundo mira a Miguel Díaz Canel como el más posible candidato a asumir la presidencia, mientras el Partido y gobierno cubano no hacen nada por desmentir dicha suposición. Nikolai Sergeyevich Leonov, biógrafo y amigo de Raúl, lo señala como la figura que centra la atención de los politólogos. También quedan frescas en nuestra memoria las palabras de elogio que el propio Raúl le dedicara al inicio de su último mandato en 2013.

raul diaz canel
Raúl Castro sobre la elección de Miguel Díaz Canel a Primer Vicepresidente en Febrero 2013: «reviste particular trascendencia histórica porque representa un paso definitorio en la configuración de la dirección futura del país»

Podríamos argumentar que Díaz Canel ha pagado militantemente un precio en popularidad los últimos cinco años, quizás teniendo condiciones para hacer más pero inmovilizado por el peso de un cargo al que no ha sobrevivido ningún político de su generación. Bajo la lupa de la prensa internacional y los ataques de una oposición que lo describe como el peor mandatario posible, mientras abrazan a Donald Trump. Aún así, sus éxitos en Villa Clara son la referencia más cercana de cómo lidera Díaz Canel cuando tiene libertad para aplicar su programa de gobierno. Pero la apología no es saludable ni es lo que necesita un dirigente cubano.

Lo que necesitará el nuevo presidente, quien sea electo el mes próximo, es que las demás generaciones le den el margen que tuvo Raúl para llevar a cabo su gestión, sin que esto signifique un cheque en blanco. Que sea una continuidad y ruptura a la vez. Continuidad de lo mejor alcanzado en medio siglo de luchas con instituciones que debemos proteger, y ruptura con los errores de modelos socialistas del siglo XX que cayeron por el peso de sus limitaciones. Que además de prósperos y sostenibles, seamos una democracia socialista. Con esa esperanza estamos esperando abril.

El peso cubano cumple 104 años

29

Aunque mustio y rebajado a la condición de bala de salva frente a su pariente el peso cubano convertible (CUC) –considerado una poderosa bala trazadora– la verdadera y única moneda nacional cubana sigue siendo el querido y popular peso que este año llegará a su cumpleaños 104. Surgido de la sapiencia reconocida del espirituano Leopoldo Cancio Luna –quien fuera uno de los economistas más brillantes de su tiempo, catedrático de Economía Política y Hacienda Pública de la Universidad de la Habana, secretario de hacienda en el primer gobierno interventor (1900-1902) y luego en el de Mario García Menocal (1913-1920) –, el peso cubano llegó a valer tanto o más que el dólar en varios momentos de su ya larga vida.

Fue el 17 de septiembre de 1914 cuando el senador conservador por Oriente, Francisco Coronado, presentó un proyecto de ley, elaborado por Cancio, para autorizar la acuñación de la moneda nacional (MN), que habría de ser de igual valor a la de los EEUU. En un período no mayor de tres años se recogería la moneda extranjera de la circulación interna. El 29 de octubre fue aprobada la Ley de la Moneda Cubana, sobre la base del patrón oro y teniendo por unidad al peso. Inicialmente, el Banco Nacional, única entidad autorizada, acuñó $33,649,450.80 pesos en oro, plata y níquel. Comenzaría a regir oficialmente como moneda única el 1ro. de diciembre de 1915.

Abril de 1915 fue un mes cargado de emociones y expectativas para los cubanos, pues el día 8 llegó la primera remesa, ascendiente a 461,000.00 pesos; 300,000 de ellos en monedas de oro. El día 10, un flamante Dr. Cancio, padre del proyecto, firmó la autorización para su circulación universal, con una explicación para el público y fotos de las monedas. El 22 se declaró como delito rechazar la MN y se advirtió oficialmente a las entidades que podían ser procesadas por no admitirla como medio de pago. El proceso de puesta en práctica del peso concluyó en septiembre, con el decreto presidencial que prohibía la circulación de la moneda extranjera en todo el territorio nacional.

peso cubano

El peso se mantuvo como una moneda fuerte por mucho tiempo. Incluso tras la devaluación del dólar en los años 70 el peso cubano, liberado de la dependencia a los EEUU por la Revolución, mantuvo su alto valor histórico, por lo que las libretas de abastecimiento de alimentos y artículos industriales eran escondidas al llegar a los EEUU donde era increíble el alto poder adquisitivo que conservaba el peso. Su debacle llegó con la espiral inflacionaria del Período Especial en que cayó hasta límites de 130 por dólar y fue empezado a mirar con desprecio por sus tenedores, acostumbrados a verlo como un poderoso medio de pago.

Tras la autorización de la circulación del dólar en 1994 y el crecimiento de la oferta mercantil en divisas, quedó relegado al mercado normado, el pago de salarios y las obligaciones con el Estado, pero ya dejó de ser un medio de pago universal por lo que perdió su función básica. No obstante, aguantó a pie firme el mal tiempo y empezó a despuntar hasta llegar a ponerse a 21 por dólar en el 2002, una tasa similar a la de su primo cercano, el peso mexicano.

En el 2004, con la desdolarización, contempló estupefacto cómo su pariente raro, el CUC, antes ignorado por el mercado, adquiría categoría de única divisa autorizada, si bien como una ficha representativa del dólar más que como una moneda cubana, pues el peso nunca perdió su condición original. Un año después sería devaluado a 25 respecto a 1 CUC, y ya no se repondría más hasta hoy.

Lo que pensaría Leopoldo Cancio de la doble moneda que nos acompaña desde casi tres lustros es mejor ni imaginarlo. Que en todo este tiempo las empresas cubanas hayan fijado el valor de sus producciones en un devaluado peso y, peor aún, que los cubanos hayan cobrado sus salarios en pesos depreciados para comprar la mayor parte de su canasta básica en el sobreevaluado CUC; es un fenómeno que no cabría en la mente del recio espirituano que tanto hizo por dotar a Cuba de una MN fuerte y universalmente respetada.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

Diálogo generacional: necesario pero ¿posible?

generacional
Foto: Lisette Poole/Wired

Las generaciones que han trascendido en la historia literaria o política, son aquellas que se percatan de que sus aspiraciones, intereses y necesidades son diferentes a los de las generaciones precedentes; y actúan en consecuencia. La frase diálogo generacional dibuja a los jóvenes cubanos como pasivos corredores de relevo que reciben, en lugar de un batón, la encomienda de salvaguardar un estado de cosas.

Una generación se visibiliza precisamente cuando transgrede ese estado de cosas; en el momento en que deja de ser convocada para convocar, en que no permite que se le fundamente para ser ella la que logre fundamentar. Cuando Martí se separó del plan Gómez-Maceo y se convirtió en el blanco de tantas críticas, estaba dando la espalda al modo de hacer de dos grandes revolucionarios y estableciendo otro estilo de organizar la guerra, a tono con la generación que había sido testigo del fracaso que costó una década de vidas y esfuerzos.

En el instante en que Rubén Martínez Villena interrumpía un acto oficial para protestar contra la corrupción del gobierno de Zayas nacía otra generación, literaria y política. La Generación del Centenario avizoró una manera muy diferente de recepcionar a Martí y rescatar una república secuestrada por el golpe de estado de Fulgencio Batista. En esos ejemplos primó más la ruptura que el diálogo, eso les confirió un carácter revolucionario.

La frase diálogo generacional dibuja a los jóvenes cubanos como pasivos corredores de relevo que deben salvaguardar un estado de cosas.

Según el viejo diccionario Aristos, diálogo es: “Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas”. Entonces esa conversación  debería ser en condiciones de igualdad que permitiera a los interlocutores ser capaces de exteriorizar y difundir sus puntos de vista.

Las generaciones que mencionamos tuvieron condiciones para esto: todas fundaron organizaciones, formales o informales; gestaron órganos o medios para propagar sus concepciones; mantuvieron una actitud muy crítica respecto a las generaciones que les antecedieron y encabezaron proyectos de cambio…

De acuerdo a lo anterior, la  última generación visible en Cuba sería la que se nucleó alrededor de la revista Pensamiento Crítico, un grupo de jóvenes revolucionarios que alertaba sobre las vías para encauzar un socialismo diferente al soviético. Su clausura interrumpió por muchos años la expresión de varias generaciones que, llenas de inquietudes, quedaron sin medios viables para demostrarlas. Pero el tiempo ha pasado, y la revolución tecnológica en el ámbito de las comunicaciones modificó muchos factores de la ecuación generacional.

En diversos medios digitales se promueven hoy ideas interesantes y valiosas de jóvenes cubanos sobre nuestra sociedad. Paradójicamente, cualquier intento de exteriorizar una visión crítica y diferente sobre ese tema es descalificado, invisibilizado y catalogado con un amplio menú de etiquetas. ¿Es posible que con tales actitudes convoquemos a un diálogo generacional? ¿O se piensa ingenuamente que la generación joven está formada solamente por los líderes de organizaciones juveniles que se muestran combativos y eufóricos al hablar en nombre todos?

Cualquier intento de exteriorizar una visión crítica y diferente es descalificada, invisibilizada y catalogada con un amplio menú de etiquetas.

Decía Berthold Brecht que la juventud  tiene un ímpetu a prueba de balas, pero un optimismo que no tolera desengaños; y las voces jóvenes de hoy no son las que en los ochenta pedían órdenes y solicitaban que les dijeran qué hacer. Tras tantas décadas de experimentos y retrocesos, en medio de un proceso que se considera de cambios, y a través de medios que ya no pueden ser controlados; ha emergido una generación que está proponiendo qué hacer, pero debe ser escuchada, sin prejuicios, en pie de igualdad, de lo contrario será un monólogo y no un diálogo lo que presenciaremos. Los que no somos cronológicamente sus coetáneos pero concordamos con sus ideas debemos apoyarlos.

No existen generaciones históricas, existen generaciones que hacen historia. El movimiento de una sociedad no está únicamente en las continuidades, también está en los cambios, y las generaciones nuevas son las encargadas de eso. Junto a ellas debemos estar. O mejor, debemos ser parte de ellas.

Pregúntale a Murillo

5

El cuentapropismo se mantiene. Las licencias suspendidas volverán a ser entregadas… y sí, los impuestos no van a subir. Esas respuestas las obtuvo una cuentapropista habanera de boca del vicepresidente del Consejo de Ministros de Cuba, Marino Murillo Jorge, durante una movida sesión de preguntas y respuestas entre vecinos del municipio Plaza de la Revolución y doce candidatos al Parlamento y la Asamblea Provincial del Poder Popular de La Habana.

El jefe de la Comisión que implementa la actualización económica en Cuba tomó el micrófono en cuatro ocasiones para aclarar a la ciudadanía interrogantes sobre la dualidad monetaria, el futuro del pequeño emprendimiento privado y la creación de un mercado mayorista para el sector privado. Con buen ánimo, Murillo habló en el tono distendido y directo al que ha acostumbrado a los cubanos en sus intervenciones televisadas sobre el estado de la economía y los cambios iniciados en 2011.

“Voy a ser categórico: no está previsto subir la carga tributaria a los trabajadores por cuenta propia; por lo menos, en el corto plazo. De eso no se ha hablado” dijo el vicepresidente.

“Las licencias que están paradas se van a volver a autorizar. No ha pensado la dirección del país en dar marcha atrás a la idea original del trabajo por cuenta propia. Lo que pasa es que también se produjeron muchas indisciplinas, mucho desorden. El Estado no fue capaz de controlar a tiempo. Se revisó la política, (ya) está aprobada.”

Murillo explicó que se trata de reajustar al cuentapropismo, precisando que actualmente hay 580 mil personas acogidas a esa forma de empleo. “Están terminadas las normas jurídicas que ponen las nuevas reglas del juego. Tiene el presidente que firmar unos decretos. Terminados los decretos, viene un proceso de capacitación y de encuentro con los trabajadores por cuenta propia, para explicarles en qué consisten las normas.”

Estas afirmaciones se hicieron en la noche del pasado 1 de marzo, en el patio interior de la escuela secundaria Rubén Martínez Villena, de El Vedado. Sus palabras actualizan lo expresado ante la Asamblea Nacional en diciembre de 2017.

Marino Murillo es candidato al Parlamento por el municipio Plaza de la Revolución de la provincia La Habana. Junto a otros nominados, participa en un proceso de presentación con encuentros con los habitantes del municipio, ocasiones que la ciudadanía aprovecha para obtener información de primera mano sobre cuestiones económicas. Murillo dio a entender que esas preguntas han sido habituales durante los recorridos de este año.

Otros candidatos estuvieron presentes: Mariela Castro Espín, quien no tomó la palabra ni recibió preguntas por parte del público, y José Luis Toledo Santander, jefe de la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Asamblea Nacional. Este último comentó características del sistema político cubano, en respuesta a una solicitud presentada por uno de los electores, sobre la posibilidad de elecciones universales para el Consejo de Estado, el órgano colegiado cuyo Presidente es el jefe de Estado y de Gobierno de Cuba.

Tomado de: El Almiquí Político

Otra vez nosotros: los comunistas

38

Acabo de leer un artículo necesario en LJC: Ser comunista en Cuba. Me nacieron otros apuntes y me parecen urgentes. Por ello decido escribir, otra vez, acerca de nosotros: los comunistas.

Primero hay que apuntar que los comunistas queremos una sociedad sin clases y sin Estado, es decir, una sociedad libre en plenitud, donde no haya ni reyes, ni burgueses, ni burócratas, sino productores -es decir, trabajadores- libres; a la cual se llegará a través de la lucha de clases.

 Se ha olvidado que la meta principal por la cual luchamos es la libertad. La dictadura del proletariado, es decir, la supresión de los derechos a los burgueses, es una etapa y no se perpetúa –que fue innecesaria en Cuba, ya que la burguesía desapareció emigrando y auto-marginándose al optar por la vía armada y no constitucional-, de lo contrario nace el riesgo, ya vivido y profetizado por Rosa Luxemburgo, de la dictadura del partido, es decir, de los burócratas.

El haber olvidado la importancia de la libertad -dentro de la justicia social-, produjo que se creyera en Moscú que se podía constituir la sociedad sin clases existiendo el Estado, algo por completo imposible, ya que el Estado siempre será la representación de una clase dominante, o como decía Lenin, la dominación de una clase sobre otra.

No son pocos quienes creen que nuestro planteo de la extinción del Estado es privativo de los anarquistas. Ellos quieren abolir el Estado, desaparecerlo de golpe y prescindir de su empleo en la revolución. Nosotros creemos que el Estado no puede desaparecer de pronto, sino que junto a las clases, a raíz de la lucha de estas, se extinguirá.

Es lógico que exista esta duda: hace años que no se ve en los programas políticos de los comunistas la convocatoria a luchar por la futura extinción del Estado. Ello no le haría gracia a ciertos personajes. Como tampoco les hace gracia que se recuerde la lucha de clases.

Pero he aquí que urge poner los puntos sobre las íes. ¿Qué produjo que se olvidara la libertad como meta en la construcción del socialismo? Fue el estalinismo y no el marxismo. Pero, ¿hay diferencia entre el estalinismo y el marxismo? Aquí hay que dejar clara la diferencia. Stalin, secretario general del partido bolchevique desde 1922 -un cargo que antes no existía, jamás Lenin fue secretario general- nunca entendió a Marx.

La prueba más fehaciente de ello lo muestra con el error de marzo de 1917. Durante la Revolución de Febrero, un mes antes de la llegada de Lenin a Rusia, Stalin convocaba no solo a apoyar al Gobierno Provisional, sino a continuar la guerra con Alemania, es decir, por qué la crítica tan aguda de Lenin a los socialdemócratas alemanes que votaron en el parlamento a favor de los créditos de la guerra, y por qué en consecuencia, los bolcheviques rusos habían dejado de ser socialdemócratas y pasado a ser comunistas.

Stalin nunca entendió que el marxismo es en esencia internacionalista o no es marxismo. De ahí, el otro gran error de Stalin y que esta vez no habrá un Lenin que escriba las Tesis de Abril: después de asumir el poder traerá consigo la teoría de la construcción del socialismo en un solo país y en consecuencia, el gran chovinismo ruso. El no entender el marxismo, provocó no entender a Lenin. Así nació el errado concepto de marxismo-leninismo, al que Fernando Martínez Heredia consideraba como reformista y que nunca fue un instrumento de emancipación de la clase obrera sino de legitimación del Estado soviético.

El fracaso del Estado soviético y las burocracias de Europa del Este está, precisamente, en hacer ver al marxismo como un instrumento de dominación política y no de emancipación. Fracasaron en ello porque el marxismo no se acondiciona, nunca se acondicionó a sus intereses y para ello construyeron una entelequia que, por desgracia, pretendieron hacer ver como “el marxismo,” como si existiera un solo marxismo.

Aquel modelo de socialismo debía fallecer –y desapareció- para poder ser superado. Pura dialéctica materialista. Y no hay de qué extrañarse, eran hombres y mujeres de un pensamiento no liberado, muy acondicionado por su tiempo y más reproductor de los paradigmas burgueses que creador de nuevos y revolucionarios modelos.

Lo absurdo es que algunos comunistas aun hoy, incluso ciertos cubanos, quieran seguir creyendo que la crítica al estalinismo, incluso el empleo de este término, daña la imagen del socialismo cuando el daño fue causado por Stalin y sus continuadores. No existe hoy un motivo por el cual vindicarlo, ni a él, ni a Pol Pot, ni a Joaquín Ordoqui.

Nosotros, los comunistas que hemos nacido con esa historia detrás de nosotros, antes de lamentarnos por ella, avergonzarnos u ocultarla debemos mostrarla, estudiarla, explicar por qué estos no fueron comunistas, que no entendieron ni a Marx ni a Lenin, que solo querían detentar el poder, o en el mejor de los casos, construir el socialismo, pero con las muy melladas armas del capitalismo.

El Socialismo Real y la realidad cubana

92
realidad

El viejo concepto de Socialismo Real -o  realmente existente-, usado en la época de oro del campo socialista europeo como su equivalente, me recuerda, por su pretencioso carácter de exclusividad, los versos de una pegajosa canción cubana de salsa que dicen: “Somos lo que hay (…) Somos lo máximo”. Definir un modelo de socialismo como REAL porque haya sido el único tipo existente en un momento determinado y considerar a todos los demás como falsos, o utópicos, por no haberse podido concretar en una revolución triunfante fue una sagaz iniciativa de los teóricos del socialismo burocrático desde la época de Stalin para intentar justificar y eternizar su status quo.

Según ese razonamiento, el mero hecho de existir a toda costa -y a todo costo- les confería carta de triunfo frente a sus detractores de izquierda (trotskistas, eurocomunistas, guevaristas, etc), a la vez que los ponía en igualdad de condiciones con las potencias capitalistas en la mesa de negociaciones. De nada les valió el subterfugio semántico a la hora de defender su modelo carcomido ante la ira de las masas populares.

En Cuba nunca llegó a generalizarse, ni en el discurso oficial ni en el lenguaje coloquial, salvo en las charlas y conferencias de algunos académicos filosoviéticos. No obstante, hallo que la burocracia cubana le ha encontrado un sustituto tropical en el traído y llevado concepto de la realidad cubana.

Aunque la experiencia histórica de la Revolución Cubana es única e irrepetible –como todos los procesos históricos- y cuando se quiere hablar de ella seriamente no es posible dejar de lado algunas de sus peculiaridades, como el liderazgo histórico de Fidel; el pertinaz conflicto con los EEUU, expresado en el bloqueo económico más largo e impopular de la historia; y la preservación de la unidad revolucionaria, la apelación a las reales y supuestas características de la realidad cubana le ha servido al poder burocrático para justificar muchas de sus andadas.

Así, la realidad cubana parece justificar cualquier desastre económico, desde los bajos rendimientos agrícolas, sea por exceso de lluvias o por sequías -a veces creo necesario que alguien explique a los dirigentes del sector que en Cuba hay dos temporadas, una de lluvia y otra de seca, desde que la Isla emergió del océano en este lugar-; hasta el poco capital invertido en la Zona Especial del Mariel, cuatro años después de su apertura. No obstante, las palmas en esta cuestión se las lleva el tema del secretismo.

Es este un atributo sine qua non de la hegemonía burocrática, cuyo modo de actuación presume del secreteo y la compartimentación, mientras aborrece la transparencia y la rendición de cuentas al público, de forma tal que la burocracia habite en una especie de agujero negro para los extraños. Sin tierras que rentar, capital para invertir, o inteligencia que alquilar, solo puede vivir parasitariamente, de ahí que sus mayores ingresos le lleguen casi siempre de manera subrepticia, ilegal e inmoral, por lo que requiere de una pseudo información económica que oculte las fuentes de su buen vivir. Y ahí es donde el concepto de realidad cubana le viene como anillo al dedo.

Con el pretexto de lo complicada y peligrosa que está siempre la realidad cubana, el sistema estadístico cubano se ha tornado tan enrevesado e ininteligible que ni los organismos internacionales lo aceptan, mientras que cuestiones medulares para todos los ciudadanos (as) como: ¿hasta cuándo tendremos la llamada doble moneda?, ¿cuántos CUC hay circulando respecto a la masa de dólares que supuestamente representan?, o ¿por qué no se pueden hacer fotos en una TRD? se convierten en temas intocables como atributos secretos de la realidad cubana.

El concepto se contamina cuando se le asocia al llamado cubaneo, supuesto sinónimo, no de alegría y agilidad mental, sino de chapucería, suciedad, indecencia y malos tratos, rasgos no atribuibles a ninguna tradición ni peculiaridad cubana, sino a la desidia y la falta de civismo que trae consigo la hegemonía burocrática en cualquier sociedad.

Los exorcistas de estos elementos falsamente atribuidos a la realidad cubana son conocidos: la participación popular, el control obrero, la democratización de la toma de decisiones, la rotación de los cargos y el derecho a la información veraz y completa. Esos han de ser elementos de un verdadero Socialismo Real que no pueden ser ajenos a la realidad cubana ni a la de ningún pueblo.