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En Hamburgo, Alemania, eran las diez menos veinte de la mañana del 1 de abril de 1971. Una bella y elegante mujer de profundos ojos color de cielo entra en la oficina del cónsul de Bolivia y, espera pacientemente ser atendida.

Mientras hace antesala, mira indiferente los cuadros que adornan la oficina. Roberto Quintanilla, cónsul boliviano, vestido elegantemente de traje oscuro de lana, aparece en la oficina y saluda impactado por la belleza de esa mujer que dice ser la australiana, y quien días antes le había pedido una entrevista.

Por un instante fugaz, ambos se encuentran frente a frente. La venganza aparece encarnada en un rostro femenino muy atractivo. La mujer, de belleza exuberante lo mira fijamente a los ojos y sin mediar palabras extrae un revolver y dispara tres veces. No hubo resistencia, ni forcejeo, ni lucha. Los impactos dieron en el blanco. En su huida, dejó atrás una peluca, su bolso, su Colt Cobra 38 Special, y un trozo de papel donde se leía Victoria o muerte. ELN.

¿Quién era esta audaz mujer y por qué habría asesinado a “Toto” Quintanilla?

En la milicia guevarista había una mujer que se hacia llamar Imilla cuyo significado en lengua quechua y aimara es Niña o joven indígena (ahora considerado un insulto en Bolivia). Su nombre de pila: Mónica (Monika) Ertl. Alemana de nacimiento que había realizado un viaje de once mil kilómetros desde la perdida Bolivia con el único propósito de ajusticiar a un hombre, el personaje más odiado por la izquierda mundial: Roberto Quintanilla Pereira.

Por Eduardo

Soy un cinéfilo desde que siendo un niño me quedaba despierto hasta altas horas de la noche, esperando con entusiasmo las muestras de la cinematografía mundial que pasaban por nuestra televisión. Por aquellos años, que ahora recuerdo con nostalgia, además de los ahora motivo de culto, “muñequitos rusos”, me deleitaba con viejas películas norteamericanas de todo tipo, interpretadas por estrellas de los años 30 a los 50, que no tenían, como ahora, la necesidad imperiosa de ser bellas, o bellos, para triunfar en Hollywood. Mis favoritos eran Bette Davis, Joan Crawford, Humphrey Bogart, Edward G. Robinson, James Cagney, y sobre todo Errol Flynt.

A las 6. 00 PM, tocaba su turno a un espacio de cine mexicano o argentino, con películas rancheras o de las estrellas del tango. Soy un afortunado que a los 9 años conocía, por haber visto todas las películas que filmó en vida el gran Carlos Gardel, las letras de todos sus tangos más famosos. Ah, y sin vergüenza digo que extraño enormemente las películas soviéticas, sobre todo aquellas relacionadas con la historia de sus luchas en defensa de la Patria y su Revolución.

Hace un año repusieron en una copia restaurada en Rusia, la epopéyica “Liberación”. Mi niño me acompañó en mi nostálgico reencuentro con uno de mis filmes favoritos. En el capítulo primero, cuando observó la recreación de la gran batalla de tanques del arco de Kursk me comentó – Papi, ¿Y ya los rusos generaban gráficos con computadoras? Mi respuesta cubana fue – No mijo, eso que tu ves en pantalla no son gráficos computarizados, son tanques de verdad, porque esos rusos eran unos locos de las películas de guerra, y recreaban la historia de tal manera, que en aquella época nadie les superaba haciendo filmes bélicos.

Pero una de mis nostalgias mayores es que crecí viendo filmes cubanos que realzaban nuestros valores nacionales, sobre todos aquellos que relataban los avatares de nuestros luchadores por la independencia en todas las épocas. Sufrí con el General José en su “Odisea”