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Una pregunta capital

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pregunta

La fundación de una república no es cualquier cosa. Se trata de uno de los momentos más importantes en la vida de una sociedad. A menudo se comete el error de analizar ese acontecimiento solo como acto jurídico, reconociéndose la intervención directa del soberano en una Asamblea Constitucional: así se olvida, sin embargo, la multiplicidad de procesos históricos que confluyen en dicha fundación. Para que una verdadera república nazca, se necesita siempre detrás una epopeya, un acto de creación histórica en la que al menos una parte de la sociedad participe de manera activa.

Así vemos que las repúblicas más importantes de la modernidad nacieron de revoluciones: tal es el caso de las repúblicas francesa y norteamericana, por ejemplo. En el caso español, la proclamación de la segunda república fue el comienzo de un arduo proceso de transformaciones que, podemos afirmar, eran en sí una revolución, la cual le estaba dando forma a la república por venir. Pero incluso cuando no se puede hablar de una revolución en sentido propio, el nacimiento de una nueva república debe estar acompañado de un movimiento cívico, del surgimiento de una conciencia nacional que cristalice en el texto constitucional.

Como suele ocurrir, este, uno de los momentos jurídicos más importantes, tiene mucho de extrajurídico. Lo cual se explica, porque en el acto de fundación de una república no solo se constituye una nueva legalidad, sino también la legitimidad que tendrá esa legalidad. Ese acontecimiento requiere de un discurso legitimador que cale en la conciencia con la fuerza de un nuevo mito. Para la fortaleza y futura salud de una república no es tan importante la legalidad del proceso que llevó hasta su fundación como la cantidad de sangre derramada y la masividad de la participación en la lucha por conquistarla. Esto es así, porque solo cuando el discurso legitimador conecta con las experiencias de las personas que pasaron por un proceso de transformación social, adquiere la fortaleza suficiente para asentar la supremacía de las nuevas leyes.

¿A dónde quiero llegar? Últimamente, cuando leo las opiniones que algunos dan en las redes sociales sobre diversos temas, en las cuales salen a relucir las deficiencias del estado de derecho en Cuba, tengo la sensación de que se está dejando algo importante en el olvido. No es que no sea importante reivindicar los derechos humanos, incluidos los llamados derechos civiles, libertad de expresión, libertad de manifestación, libertad de prensa y libertad de asociación, entre otros. Lo que pasa es hay otro derecho que debe ser defendido con la misma intensidad que el resto, si es que no se quiere perder el norte: el derecho a una comunidad regida por la justicia social.

Los derechos civiles, a los que me refería más arriba, no protegen al ser humano de las asimetrías que genera de manera normal la sociedad capitalista. A duras penas le dan una pequeña ventana de oportunidad para luchar por mejorar su situación. Pero cuando dichas asimetrías se agudizan, una gran parte de la población pierde de facto la posibilidad de ejercer una ciudadanía plena, pues no se puede ser ciudadano cuando no se tiene un sustento material elemental.

En el mundo desarrollado, donde las cadenas globales de valor generan una gran acumulación de capital, la sangre no llega al río, una gran parte de la población puede ejercer efectivamente su ciudadanía y la república sobrevive. Pero en América Latina, la experiencia muestra que el capitalismo periférico, con su orden oligárquico, latifundista, colonial, patriarcal y explotador, arroja a una gran parte de la población a una exclusión y precariedad económica tal que les impide vivir como ciudadanos plenos. Por eso Mariátegui decía que “las repúblicas latinoamericanas no han sido más que falsas repúblicas”.

En América Latina, el discurso de los derechos civiles juega un papel mucho más perverso que en el mundo desarrollado. Mientras que allá en el Norte las circunstancias históricas forzaron a la burguesía a ceder parte de sus privilegios, y a hacer realidad la promesa republicana, aquí en el Sur las oligarquías siempre han entendido la república como SU república. El discurso de los derechos civiles les sirve entonces para blanquear sus sistemas políticos; es una forma de decirle al pobre, al campesino, al indio, a la mujer, “tú tienes los mismos derechos que nosotros, no pidas más”, mientras que en la práctica se le niegan todas las posibilidades materiales para ejercer la ciudadanía. Por supuesto, habría que distinguir dentro de América Latina toda la multiplicidad de matices, momentos contrahegemónicos, las revoluciones parciales, pero es muy largo para hacerlo aquí.

En Cuba, antes de la Revolución, era exactamente igual que en el resto de América Latina, a pesar de los matices. No obstante el carácter popular de nuestras guerras de liberación, y la radicalidad de la propuesta republicana y democrática de Martí, los EEUU se aseguraron con su intervención de que la primera república cubana naciera en el mejor estilo latinoamericano. La oligarquía criolla, principalmente azucarera, se valió del discurso republicano de una forma demagógica, clasista y excluyente.

Ahora bien, conectando con la reflexión inicial sobre la fundación de una república, ¿qué ocurre cuando –como es normal en América Latina—, el discurso legitimador de la república no tiene un sustento en la experiencia del pueblo?

Se derramó mucha sangre y se levantaron muchos mitos en la formación de las repúblicas latinoamericanas. Sin embargo, si se mira con detenimiento, se verá que las oligarquías arrojaron siempre muy rápido al basurero de la historia los contenidos más populares del pensamiento y el discurso generado durante las luchas de independencia. Bolívar murió creyendo que había arado en el mar. A Quintín Banderas lo mataron, en el fondo, por ser negro. El nuevo discurso de las oligarquías siempre fue una verborrea mentirosa, y el discurso de la república y de los derechos civiles se convirtió en una patraña casi sin sustento en la experiencia popular.

Estas falsas repúblicas, además de caracterizarse por la exclusión fáctica de gran parte de la población, han carecido de la fortaleza de una verdadera república soberana. La contradicción entre el discurso legitimador que promueven las clases dominantes y la experiencia vital de la gente común, las ha condenado a una debilidad crónica. Las crisis de hegemonía de estos sistemas políticos son cíclicas.

En Cuba, el sistema político de la primera y segunda repúblicas sufrió de las mismas crisis, por razones similares. El uso demagógico que hacían las clases dominantes del discurso de la república tenía un efecto nocivo para la propia hegemonía de esas clases. Puede llamar a confusión el hecho de que las mayores crisis se dieran no en los momentos “democráticos” sino en los momentos dictatoriales, y algunos han querido interpretar eso como una muestra del fervor republicano del pueblo cubano. Pero las dictaduras de Gerardo Machado y Batista eran parte del mismo sistema que los períodos republicanos normales, ya que fueron salidas que encontraron las mismas clases dominantes a sus contradicciones internas. En general, toda la vida republicana era normalmente considerada corrupta y falsa.

¿Cuál era el derecho más violado antes de la Revolución en Cuba? Al igual que ocurre hasta hoy en América Latina, en Cuba se atropellaba el derecho a una comunidad regida por la justicia social. Sin esa justicia social, de poco les servían a los guajiros el derecho a la libertad de prensa o el derecho a la libertad de asociación. Sin el surgimiento material de una comunidad capaz de ejercer la ciudadanía, de nada servía la creación desde las leyes de una comunidad ideal con plenos derechos.

En este punto, sé que los defensores de la Constitución del 40 van a querer crucificarme. Me dirán que mis críticas tal vez se ajusten a la primera república, pero no a la segunda, que nació de la Revolución del 30, y que tuvo una Constitución que no era precisamente liberal, sino que fue pionera en el mundo en la inclusión de derechos sociales. Me dirán que la caída de la segunda república no fue culpa de las contradicciones internas de ella, sino de los que la enterraron, empezando por Batista.

Sí, la Constitución del 40 trajo los derechos sociales a la palestra. En muchos sentidos, fue un adelanto de lo que vendría después. Pero algo faltaba. La Asamblea Constituyente no se hizo al calor de la Revolución del 30, ni en el Gobierno de los Cien Días, sino en el gobierno de Batista, cuando la burguesía tuvo la situación controlada. Los derechos sociales llegaron como un discurso más, mientras que el pueblo no tenía la experiencia de haber conquistado de verdad esos derechos. Pues, en la concreta, la Revolución del 30 se había “ido a bolina”. A Guiteras lo habían matado en el Morrillo.

La mayoría de las medidas progresistas de la Constitución del 40 se quedaron sobre el papel. No podía ser de otra forma, pues no se había golpeado materialmente el poder de la burguesía criolla y de su omnipresente aliado, las empresas norteamericanas. Si toda la propiedad del país estaba en manos de esos poderes, y si la experiencia que tenía el pueblo era la del respeto a esa propiedad privada, ¿sobre qué experiencia vivida iba a construirse el discurso de los derechos sociales en la segunda república? Fue una república más fuerte que la primera, sin duda, pero que tampoco alcanzó la fortaleza de una auténtica república soberana. El golpe del 10 de marzo es la demostración de cómo las clases dominantes tenían secuestrada esa república, era un juguete que lo mismo podían implantar que conculcar.

Solamente la Revolución que triunfó el primero de enero de 1959 rompió el círculo vicioso de nuestras falsas repúblicas. Por primera vez se puso en el centro el derecho a una comunidad regida por la justicia social, lo cual llevó a la naciente revolución a enfrentarse a cada una de las formas de asimetría que azotaban a la sociedad cubana. Se enfrentó al racismo, al latifundio, a la explotación de la mujer, y finalmente, tuvo que chocar con la causa profunda del orden social injusto que existía en Cuba: el capital norteamericano. Para poder intentar fundar una comunidad real y material de hombres y mujeres libres, había que empezar por devolver a las manos de la nación los recursos y la economía del país.

Por eso, pensando en la historia, cuando reflexiono sobre la inalienabilidad de los derechos humanos, lo hago también sobre el derecho que tiene todo pueblo a la vida y a construir una comunidad armoniosa con justicia social. Defender este derecho, en el caso concreto de Cuba y América Latina, significa defender el derecho que tenía la Revolución Cubana a quitarle las empresas y los recursos a los norteamericanos y a la burguesía criolla, utilizando incluso la violencia.

Para mí esa cuestión es un parteaguas. Es una pregunta que le hago a mis interlocutores: ¿Defiendes el derecho que tenía la Revolución Cubana a confiscarles sus propiedades a los norteamericanos y los burgueses, utilizando incluso la violencia? Cuando alguien me responde positivamente, entonces puedo creer que realmente le interesa la gente de abajo, del pueblo. Esa persona y yo podemos entonces hablar sobre derechos humanos, cuestionarnos por qué la nueva república surgida de la revolución retrocedió en algo tan importante como son los derechos civiles. Podemos debatir sobre causas profundas.

Pero cuando alguien me dice que no, que no se debió hacer eso, que fue un exceso de Fidel, entonces esa persona y yo no tenemos mucho de qué hablar, pues reconozco a una persona para la que los derechos humanos no son más que una punta de lanza para deslegitimar al sistema cubano.

A Donald Trump y Marco Rubio no les interesa la democracia ni los derechos humanos en Cuba. Sus cálculos son electorales. Detrás de ellos hay otros poderes a los que les interesa castigar la indisciplina cubana. Frente a los desafíos a la hegemonía norteamericana que se verifican en el continente, quieren usar a Cuba para lanzar un mensaje disciplinante. “Vean lo que ocurre con los que nos enfrentan. Medran en la miseria y finalmente tienen que venir a comer en nuestra mano”. Es indispensable darse cuenta de que ellos representan la peor amenaza para nuestra posible democracia.

La fortaleza del sistema cubano está en que construyó un poderoso discurso de legitimación, sustentado en la experiencia de una generación que tomó el control de su país e inició un proceso de emancipación popular. Con la sangre y las ideas de los héroes se construyeron las bases para fundar una auténtica república soberana, algo extremadamente difícil de este lado del mundo. Ah, que no hemos sabido o podido construir una república a la altura de esos cimientos, ya eso es otra cosa.

Los defensores de los derechos humanos, muchas veces, solo ven una parte de las cosas y subestiman el peligro que representa ese Norte que nos desprecia para cualquier posible república cubana. Al mismo tiempo, tienen en alta estima el discurso de los derechos civiles, cuyo desempeño en beneficio de las clases populares de nuestra región ha sido mediocre, mientras que se hacen ciegos para lo que tienen delante, la Revolución Cubana con su impronta anticolonial y contrahegemónica. No ven que el discurso de los derechos civiles en nuestro contexto resultará insuficiente para fundar una auténtica república soberana, y sí será eficaz para servir de plataforma a la restauración de los mismos poderes que existían antes del Triunfo de la Revolución.

Solo levantando ambas banderas avanzamos en el camino correcto: los derechos inalienables de cada individuo y el derecho a una comunidad regida por la justicia social. Por eso, para despejar el camino, repito siempre la pregunta: ¿Defiendes el derecho que tenía la Revolución Cubana a confiscarles sus propiedades a los norteamericanos y los burgueses, utilizando incluso la violencia?

Castigar y proteger

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proteger

…Quien verdaderamente vive,

no puede dejar de ser ciudadano y partisano.

La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida.

 Por eso odio a los indiferentes

Antonio Gramsci

En el segundo mes de 2019 los cubanos que vivimos en la Isla nos dimos nueva Ley de Leyes. Una mayoría significativa votó en el plebiscito a favor de la Constitución. Si fue por lealtad o inercia, por convicción o indiferencia, por idealismo o tedio —que de todo hubo—, ello no es lo determinante.

La consecuencia verdaderamente importante fue la aprobación de un tratado legal que obliga a todos a cumplirlo; pero que también protege los derechos declarados de todos. Aun de los que no votaron; o de los que votaron en contra.

Aquí no valen excepciones, el respeto a la ley y la protección legal incluyen igualmente al sector denominado oposición. Nuestro gobierno intenta una actualización de la economía desde hace varios años. He dicho siempre que en Cuba se impone del mismo modo una actualización de la política. A ello agrego que tales cambios deberán incluir las relaciones y el tratamiento que se da a la oposición.

El 20 de diciembre de 2010, el periodista Fernando Ravsberg, por entonces corresponsal de BBC Mundo en La Habana, daba a conocer un cable revelado por WikiLeaks. El Jefe de la Oficina de Intereses en aquella fecha, Jonathan Ferrar, calificaba a miembros de la disidencia isleña como: “personalistas, sin arraigo social y excesivamente preocupados por el dinero”. Esta crítica evidencia los canales de financiamiento desde el gobierno norteamericano al menos a una parte de los opositores en Cuba.

¿Es legal que Cuba intente protegerse de una oposición financiada desde otro país?

Para responder esta pregunta tomemos una hipótesis de partida. Imaginemos que la embajada cubana en Estados Unidos comience a recibir ciudadanos norteamericanos descontentos con el sistema de ese país —por ejemplo, a algunos de los simpatizantes socialistas que han proliferado allá en los últimos tiempos—; les entregue sumas de dinero y apoye una campaña para promoverlos en acciones contra su gobierno. ¿Cuál sería la actitud de la administración norteamericana?

Algunos fundamentarán que en el Norte la oposición es admitida como parte consustancial de la cultura política; cierto, sin embargo, no es así cuando se trata de una oposición financiada por otro país. El juicio político que se le sigue hoy al presidente Donald Trump, parte del supuesto delito de utilizar una potencia extranjera, Ucrania, para inclinar a su favor la rivalidad partidista con el Partido Demócrata de cara a las elecciones 2020. Y todavía se intenta comprobar si Rusia intervino indirectamente apoyando a Trump en las elecciones del 2016.

Cuando ocurrieron el estallido anti-neoliberal en Ecuador y los enfrentamientos internos en Bolivia, se pretendió vincular a Cuba como instigadora de acciones en esas naciones. Esto quiere decir que cualquier país se protege siempre de ser rehén de las decisiones emanadas en otros.

En el caso de la Isla, con mayor razón, la hostilidad tradicional de las administraciones norteamericanas, potenciadas por el actual presidente, le confiere absoluta validez a una legislación que penalice a quienes se presten a recibir financiamiento de EE.UU. para oponerse al gobierno.

Ha quedado respondida la interrogante: sí, es legal que Cuba intente protegerse de una oposición financiada desde el exterior. Resulta inexplicable entonces la actitud vergonzante del aparato de inteligencia cubano, que prefiere recabar pruebas de delitos comunes y no denunciar —y presentar las pruebas correspondientes, por supuesto—, el verdadero delito: aceptar dinero de una nación extranjera para subvertir el orden político. El proceso que se sigue contra José Daniel Ferrer se ha perdido en inexplicables vericuetos para intentar encausarlo como preso común. ¿Por qué se actúa de esa forma?

Mas, ya sea en un proceso por delitos comunes o de otra índole, todos los ciudadanos cubanos deberán estar protegidos por la ley. Debe existir una orden judicial para el arresto, se debe permitir acceso a un abogado y contactos con la familia e incluso, si no es un terrorista o un asesino peligroso, toda persona puede responder al proceso en libertad.

El inadecuado tratamiento de este caso resulta preocupante. No solo porque con ello se incumple la legislación, sino también porque se ignoran razones de naturaleza estratégica. ¿No se percata nuestro gobierno de la necesidad de procurar una correcta imagen al interior y al exterior?

En una relación sumamente hostil con EE.UU.; en un entorno regional que ha variado en los últimos tiempos, pues América Latina ya no es zona de paz y algunos gobiernos de nuevo signo político han deshecho importantes convenios económicos y alianzas estratégicas; en una crisis financiera y un evidente retroceso económico que no tiene nada de coyuntural; es crucial para Cuba un acercamiento con la Unión Europea.

Empezaban a apaciguarse ciertas controversias con el bloque del Viejo Continente por el tema de los Derechos Humanos. La decisión de definirnos en la Constitución como un Estado Socialista de Derecho fue bien acogida. Europa es hoy, geopolíticamente hablando, un aliado nada desdeñable. No solo ha condenado al bloqueo contra Cuba, sino que ha mostrado indicios claros de acercamiento e incita a sus países miembros a invertir en la Isla en tiempos en que es impostergable encontrar socios comerciales y financieros fieles, que se arriesguen a sortear las oscilaciones de nuestra economía.

Desconociendo estas razones de peso, se dieron a conocer imágenes que son contraproducentes por la carga de mediocridad y de burla que contienen. ¡Qué contundencia si se hubiera logrado grabar los momentos en que Ferrer recibió dinero norteamericano, o en que al menos se refiriera a este asunto! Qué mesa ni qué mesa…

Porque no es solo la economía lo que ha retrocedido. ¿Qué ocurre con nuestros órganos de inteligencia? Tenidos por muchos entre los mejores del mundo, parecen jovencitos inexpertos en un juego peligroso por lo que supone esta época, en que las redes sociales visibilizan, a través de fotos y videos, su actuación.

Apostados a las puertas de determinadas viviendas para impedir el libre movimiento de personas que no están sujetas a proceso legal alguno —lo que se ha hecho no solo para intimidar a opositores, sino para evitar que se asista a lugares donde se pueden generar tensiones, como ocurrió con SNET— o saliendo de hogares donde han ido a “conversar”; son retratados, las chapas de sus motos o autos reveladas y, a veces, incluso los nombres, apellidos, seudónimos y cargos en el aparato de inteligencia. Si los fundadores del antiguo G-2 resucitan, creo que se suicidan de la vergüenza.

En un artículo anterior me refería a la existencia entre la ciudadanía de “una masa crítica que no está de acuerdo con el socialismo de modelo burocrático que tenemos, pero tampoco con la política hegemónica y agresiva del gobierno de Donald Trump. Que rechaza por igual al tipo de oposición pro-norteamericana y a las reacciones de abuso, anticonstitucionales del Minint y la Policía contra dicha oposición”.

Sería bueno reflexionar con prudencia si las tácticas gubernamentales en el tratamiento a la oposición no están generando una simpatía hacia ella que hasta ahora le costaba ganar con sus propuestas políticas.

Si la ley no se aplica por igual a todas las personas, en mi opinión, la Constitución del 2019 va en camino a ser lo que se dice que fue la del 40: “de letra muerta”. Para que seamos un Estado Socialista de Derecho deben cesar los atropellos para-judiciales: detenciones arbitrarias por pocas horas y sin orden de un juez, impedimento para viajar fuera del país a personas que no están sujetas a proceso legal, golpizas desmedidas a opositores que se manifiestan pacíficamente, incluso cuando ese es un derecho que otorga nuestra Constitución.

En lugar de que los agentes estén posando para la cámara, deberían trabajar encubiertos, con profesionalidad. Su fin sería descubrir la conspiración opositora y su financiamiento para subvertir el orden político. E insisto en la obtención de pruebas, pues aquí se ha arraigado la tendencia a acusar de mercenarismo y oposición a cualquiera que explicite críticas abiertamente, y este no es el cuento de “Viene el lobo”.

El ministro de relaciones exteriores de Cuba denunció el 26 de noviembre, según Prensa Latina, “que la embajada norteamericana en Cuba, y particularmente [Mara] Tekach se concentró en los últimos meses en el fallido propósito de reclutar mercenarios, promover la división y la confusión entre la población de la isla”.

Si el propósito de reclutar mercenarios fue fallido, eso demuestra que no todos los cubanos están dispuestos a conspirar contra el gobierno bajo el ala de los EE.UU. No obstante, el tratamiento inadecuado y violatorio de la legislación que internamente se da a la oposición en Cuba, también crea “división” y “confusión”. Es hora de meditar, esto no es una cuestión de fuerza sino de legalidad. La Ley para castigar y la ley para proteger. A todos. También a la oposición.

La Liga cubana de pelota

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El pueblo aficionado al béisbol está convocado oficialmente a emitir sus criterios para sacar al querido pasatiempo nacional del pantano de arenas movedizas en que está hundido. Aprovecho para adelantar el mío: hacer lo que hacen los amantes del béisbol en el resto del planeta Tierra, crear una liga. Los cubanos decimos pelota a este deporte, por tanto, propongo llamarla Liga Cubana de Pelota (LCP).

Creo que al béisbol cubano lo primero que le falta es lo que Napoleón pidió al senado francés para vencer a los ingleses: “dinero, dinero y más dinero”. Este es uno de los deportes más caros y complicados del mundo. Cuba tuvo un alto desarrollo en él gracias a Su Majestad el Azúcar que daba tantos dividendos que hasta una poderosa Liga Azucarera tuvimos, de la que salieron muchos estelares del profesionalismo y de las series nacionales.

El primer escollo para la LCP ya desapareció. Para ir a la Serie del Caribe y poder alquilar peloteros cubanos en ligas extranjeras –ojos puestos en la Gran Carpa? se declaró a los nuestros como profesionales y se les asignó un salario. De un plumazo, borrón y cuenta nueva: adiós a todo aquello de: “la pelota esclava”, “los hombres mercancía” y “la mafia del béisbol rentado”. La ideología fue expulsada del análisis por la propia dirección de este deporte.

Ahora salta a colación que Cuba no quiso eliminar el profesionalismo, sino que fueron las autoridades de los Estados Unidos las que nos cerraron las puertas. En 1959, Fidel declaró que Cuba tenía interés en mantener a los Cuban Sugar Kings ?el famoso equipo cubano que jugaba en las Ligas Menores? en el torneo vecino. Fueron ellos los que prohibieron a los cubanos alistarse en su liga sin renunciar a su ciudadanía, por tanto, nosotros no renunciamos al profesionalismo, sino que fuimos expulsados de él.

Claro que esto ya es un poco más duro de aceptar si se recuerda que Cuba lo prohibió en todos los deportes, no solo en el béisbol, por razones ideológicas. En el extinto campo socialista, el deporte solo podía ser amateur y no se cobraba  por practicarlo a ningún nivel, solo el salario que cada uno percibía en su centro de trabajo. Por tanto, los atletas de alto rendimiento vivían en permanente licencia deportiva: una versión socialista de la antigua botella.

El otro escollo actual es mucho más complicado: ¿de dónde saldrá el dinero para hacerlo? Vuelvo a mirar al resto del mundo, añado las peculiaridades cubanas y hallo cuatro fuentes principales: la taquilla de los estadios, la venta de bisutería deportiva, el presupuesto nacional y los aportes de los patrocinadores. Analicemos cada uno con más detalle.

Estadio de Las Tunas, liga cubana de béisbol. Foto: Ramón Barreras Valdés (Vanguardia)
Estadio de Las Tunas, liga cubana de béisbol. Foto: Ramón Barreras Valdés (Vanguardia)

Lo de la taquilla ya existe. Si antes era gratis, hace años que se paga un peso por ver los juegos. Por cierto, nunca nadie da cuentas de esos ingresos. Incluso los narradores no saben decir cuántas personas entraron al estadio. ¿Será que es información clasificada para no dar datos al enemigo? ¿Alguien pudiera informarme sobre lo ingresado en esta serie? Aunque sea en CUP, miles de pesos son una cifra respetable, creo yo.

De todos modos, bien que podría elevarse el precio de entrada siempre que los estadios invirtieran en asientos y servicios de calidad. Por dejar de sentarme en el suelo –en la antigua Grecia y Roma, los estadios tenían almohadones?, estaría dispuesto a pagar cinco pesos, y hasta veinte si tuviera un palco pegado al terreno, algo que nuestros “precavidos” estadios no poseen por razones que ignoro totalmente.

Lo de la venta de bisutería con imágenes e informaciones sobre equipos, deportistas y estadios es algo que se pide a gritos por la afición desde hace años. Que se pueda comercializar la imagen del Che y no la de Omar Linares me parece increíble. Muchos chicos andan con pullovers de Messi, pero no encuentran ninguno de Huelga, Kindelán, o Cepeda.

El presupuesto nacional podría cubrir una parte de los gastos de manera equitativa entre todos los equipos. Los de las provincias y municipios también podrían poner lo suyo. De todas formas, el esquema estrictamente territorial lo considero obsoleto y contraproducente hace rato. La propia práctica lo ha superado y hoy es solo un consuelo para la burocracia vividora del béisbol, pues los deportistas juegan donde los contratan. Pregúntenle a Industriales y Matanzas que son los principales importadores a nivel nacional.

Los sponsors sobrarían: cubanos y extranjeros. Empresas de todo tipo, cooperativas, trabajadores por cuenta propia, instituciones, individuos… todos podrían contribuir si existieran sistemas de control de los aportes transparentes y confiables. Precedentes sobran. Ahí va uno de mi experiencia personal: en 2014, la Dirección Provincial de Cultura de Matanzas pagó unos cien mil pesos a la conga del estadio Victoria de Girón por amenizar los partidos. El jolgorio también cuesta.

La estructura que propongo:

—Seis equipos en dos niveles: A y B. Doce en total. Cada uno con su propia junta directiva

—Dicha junta es escogida mediante elecciones entre peloteros y fans.

—Escuela de béisbol, sucursal femenina y equipos de contratación, especialistas deportivos, economía, salud y comunicación.

—Contratos individuales de los peloteros, según oferta y demanda, en moneda nacional y con los compromisos fiscales al uso.

—Calendario similar al de sus homólogas del área.

He dicho y salvado mi alma. ¡¡Play ball¡¡

Liberando la participación

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liberando

La distinción ideológica entre esclarecidos y desorientados que da forma al mecanismo de poder real en Cuba es obsoleta y debe ser superada. No porque asuma la preeminencia del signo ideológico de la izquierda,  sino porque es parte de un sistema ideocrático que enajena la toma de decisiones de forma incompatible con el pensamiento inclusivo y plural de la Cuba actual y de la futura. Esto por sí solo ya es motivo suficiente para pensar en la transición hacia un socialismo verdaderamente participativo, donde la democracia no esté limitada por la ideología.

La ideocracia cubana tiene un nivel formativo en el trabajo político-ideológico que es dirigido fundamentalmente a las masas en tanto contraparte de la vanguardia. Sin embargo, en los últimos años de supervivencia de la Revolución ha sido imposible enlazar siquiera teóricamente el plan de progreso económico y social con el núcleo de la doctrina. Con el endurecimiento de la línea injerencista del imperialismo, el trabajo político-ideológico ha ido adoptando una posición por completo defensiva. Así, el dogma luminoso del hombre nuevo se ha reducido a la inevitabilidad de un fundamento real-socialista como única forma de preservación de la independencia y de las conquistas de la Revolución. Hoy es imposible reivindicar la idea de un hombre nuevo ideológicamente esclarecido tanto así como proponer desde el gobierno un discurso de futuro a la altura de Palabras a los intelectuales.

El nuevo tiempo viene además cargado de una pluralidad que es esencial a la persona real, amplificada por una era de comunicación sin precedente que llegó cuando menos para quedarse. Esa imposibilidad cada vez más fundamental de agrupar a las personas bajo sistemas ideológicos detallados desborda no solo nuestro modelo político real-socialista, sino también el marco pluripartidista de los modelos capitalistas representativos.

Pero si en la lucha histórica por la independencia de Cuba y por la justicia social la narrativa del hombre nuevo nos ha hecho avanzar hasta aquí, ¿cómo puede a este punto una narrativa de la participación, centrada en la persona real, impulsar hacia adelante la construcción de la sociedad socialista? La respuesta podría ser: haciendo que la responsabilidad de la toma de decisiones recaiga, por primera vez en la historia, de forma igual en todas las personas.

Un socialismo realmente democrático añadirá muchos de los derechos individuales enarbolados por las democracias liberales a la gama de derechos y libertades fundamentales conquistados por nuestro socialismo real. Esto, sin embargo, no debe confundirse con la adopción de una institucionalidad burguesa; más bien es el proceso natural en que el socialismo asimila lo que ha sido conquistado y mantenido con mucho esfuerzo por las clases explotadas en diferentes contextos. Pero además, y este punto es esencial, la narrativa de la participación sustentará un modelo de socialismo democrático verdaderamente participativo que será tan incompatible con la sumisión a un partido como con la falacia representativa del menú pluripartidista.

Esta transformación del poder real en Cuba se puede hacer desde la misma institucionalidad existente si comenzamos por liberar los mecanismos del Poder Popular, hasta hoy discípulo obediente del Partido. El Poder Popular, que organiza las comunidades en consejos locales electos en asambleas populares, es una de las más valiosas conquistas de la Revolución y establece un marco institucional para el empoderamiento popular a todos los niveles de gobierno en la república. Es en buena medida el sueño dorado de la izquierda: un diseño hecho con la clara voluntad de dignificar la representatividad política del pueblo, al tiempo que elimina los mecanismos burgueses de dominación de clase. Pero solo funcionará bien si puede separarse del acatamiento ideológico y de la circunstancia de un órgano suprademocrático que le dice todo el tiempo qué hacer y qué no.

El Poder Popular puede entonces usarse como base para el desarrollo del mejor experimento democrático de nuestro tiempo, despojándolo de las trabas formales e informales que conocemos y que continuamente iremos identificando en el ejercicio plural e inclusivo que nos marca el socialismo nuevo. Superando el esquema real-socialista, que es hoy freno más que empuje para un verdadero empoderamiento popular, la carrera por un socialismo democrático en Cuba pondrá a la persona real frente a su país como frente a una obra propia, con institucionalidad y garantías.

El modelo que emerge en la narrativa de la participación es continuidad y es ruptura. Cuando todas las personas sean capaces de influir, seguir y validar con mecanismos dinámicos de representación y canales ágiles de comunicación y supervisión a todos los niveles, los electos estarán en cierto modo mucho más cerca del dirigente sacrificado del pensamiento guevariano. La tendencia a constituir una clase privilegiada, que la persona real experimenta inevitablemente al formar parte de un aparato burocrático, sería minimizada por un electorado plural que como mínimo exigiría transparencia constante. La asamblea nacional asumiría de verdad la dirección del país y los cerebros detrás de las estrategias fundamentales de desarrollo nacional serían conocidos, discutidos y consensuados por el pueblo.

Un efecto inmediato y no menor de la implementación del nuevo socialismo será recuperar el sentido de pertenencia ciudadano, devastado por décadas de crisis y por una verticalidad estatal que responde a las bases solo indirectamente y a través de una matriz ideológica. El papel secundario que hasta hoy ha tenido el Poder Popular, siquiera sea en las cuestiones del municipio, ha lastrado la democracia al punto de que un delegado de circunscripción no es visto como lo que es: una figura política, con la sagrada responsabilidad de influir en el destino del país como miembro de una asamblea municipal. Si logramos que esa percepción cambie, que no exista una circunstancia que una persona real no se sienta capaz de cambiar a través de las estructuras democráticas, fluirá una corriente de ideas de abajo hacia arriba. Representantes cada vez más comprometidos con el elector podrán inundar todos los niveles de toma de decisiones estableciendo nuevos modos de hacer, de supervisar y sobre todo de rectificar con honestidad.

El marco nuevo de la narrativa de la participación es mucho más que anticapitalista, trasciende el concepto mismo de partido político y lo asimila. Si la creación del Poder Popular fue la ruptura con la aparente pluralidad del modelo político burgués, sujeto en realidad a los poderes económicos del capital privado, la liberación del Poder Popular en el socialismo nuevo emancipa finalmente al sistema de los dogmas ideológicos para volverlo instrumento únicamente del pueblo. Es la persona real tomando el destino en sus manos como sociedad justa e independiente, y dejará expuesta como nunca la verdadera naturaleza de la agresión externa y del espejismo capitalista. Ni un socialismo de castas ni un capitalismo de partido único, esta debe ser la dirección de nuestro progreso económico y social; y no hay problema más acuciante, más importante o más decisivo para el presente y el futuro del pueblo cubano.

Con la constitución protegiendo los ejes políticos fundamentales del socialismo nacional, acompañada eventualmente por un tribunal constitucional, la renuncia a la ortodoxia ideológica que es necesaria para el curso de la nueva democracia no implica una desideologización de la sociedad sino exclusivamente de las estructuras participativas. Toda persona real carga una ideología propia de la que es más o menos consciente. Es de esperarse que en una Cuba educada por la Revolución en valores socialistas, todas las vertientes de la izquierda, incluyendo por supuesto la línea del socialismo real, tendrán siempre una gran representación.

Al Partido, que ha tenido la tarea histórica de resistir y preservar el legado revolucionario hasta la actualidad, le esperaría en la Tercera República un rol mucho más de base que implicaría el rediseño de su dinámica interna. Pero antes que eso, en la posición que adopte frente a la concepción y el establecimiento de la nueva narrativa de la participación, le podría esperar uno de los retos más importantes de su historia y de toda la del socialismo.

The struggles for vindication

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vindication
Photo: Europa Press

Recently, a photo of Mon Laferte at the red carpet of the Latin Grammys seeking vindication for women circulated in the social networks. The artist and singer denounced the violence that’s been escalating in her country for several weeks now. Chilean singer Álex Anwandter also protested, by posing with a sign in front of the cameras. Two Chilean sportspeople from different disciplines used their time on the winners’ podium to make the same statement as they received their medals: they covered their eyes for the official photograph, asking for justice for the people who have lost them because of the bullets and the teargas. A similar gesture can be seen in images of different artists, who have used their personal accounts to spread a patent truth which the media manipulate.

‘They are killing, raping and torturing us’ were the words written by the singer, the same phrase visible in the flag held by the athletes and on Álex’s sign. However, the latter images I speak of are not known by many. Mon Laferte’s photo monopolized the headlines, and none of them made emphasis on the loudest words the artist uttered without moving her lips: they kill, they torture, they rape.

The choice of location was not random. ‘The plan, precisely, was to make a public condemnation in a place where it could receive a lot of attention’, she confessed to Europa Press. It wasn’t only the media that shifted the focus of attention. Laferte received all sorts of reactions on her social network profiles. Her protest garnered expressions of pride, admiration and a fair share of rejection. What’s true is that the double standard surrounding the singer’s denunciation raised many questions to be considered.

What’s upsetting in Mon Laferte’s statement? Is it her breasts or the violation of human rights in Chile?

Unintentionally, the singer put many truths on her body, which went beyond the words used. A woman’s body as merchandise is not offensive, see-through dresses and ‘sensual’ poses address no one. But words on the body of a woman who’s not used as an object of desire bring out opinions galore.

The length of the dress or the choice to become a mother are still in dispute. Chile doesn’t have legislation to guarantee legal and free abortions, let alone safe ones. The scarf around her neck is another claim of the Chilean women who have taken to the streets. It’s a scarf raised for all those who have died because of backstreet abortions or have served sentences for having refused to give birth. Is this not a violation of human rights?

The female body has been the ground of historical dispute, not only when we refer to the beauty canons that mean to shape it, but also in the coarsest, most grotesque situations. Violating the body of the wives of soldiers in the ancient wars was a way to assert power, intrusion, and domination.

In the words of Rita Segato, the female body is the frame or canvas on which the moral defeat of the enemy is written.

On the other hand, objectifying an opponent is the only subjective way of losing touch with the part of human condition that shuns violence. Language, in its role of mediator, becomes dehumanizing, and the one attacked is displayed as a threat to a truth one feels it’s within one’s right to safeguard.

In modern-day disputes, forced nakedness, lacerations and violations of women have an intention that goes beyond political conflict. Women bear a doubly meaningful load within the violence of a conflict, and their bodies constitute another ‘truth’ that feels threatened in the midst of political dispute.

Mon Laferte showed her bare torso as an analogy of several territories in dispute. Her Chilean, female body, adorned by nothing more than a green scarf and the words that both Chile and violated Chilean women cry out.

(Translated from the original)

Passiveness and silence

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passiveness
Photo: Canal Caribe

On the evening of Saturday, November 24, at the ‘Céspedes’ Square in Manzanillo, there was a celebration of the 87th anniversary of the first radio broadcast in this city with a –so-called– ‘political-cultural’ gala. In a context marked by food stalls, music and activities for children, about fifty radio producers, journalists, writers and musicians were at the square, along with the First Secretary of the Communist Party, the President of the local government, the representatives of the ICRT (the Cuban Institute of Radio and Television) in the municipality and the province, and several other officials. In front of all, there was the Flag of the Lone Star; a large National Flag hanging horizontally from a balcony, with the red triangle on the wrong side –that is, to the right of the observer–, in clear violation of the National Symbols Law passed less than a year ago.

Apparently, nobody paid attention to the blunder. Nobody, except for a couple of writers from another city who were rushing to get to an activity of the AHS (a Cuban young artists association). They asked who had displayed the flag like that, but the workers at the food stalls who sold snacks and drinks right under it didn’t know. The writers weren’t aware either that the main people responsible for the observation and enforcement of the law in Manzanillo were only a few yards away. They probably didn’t even know them.  The writers took a photo, sent it to me, and yours truly published it with a note in my Facebook wall and in the group AMIGOS DE CUBADEBATE.

I will not proceed to questioning how so many people who are supposedly committed to respecting national symbols could overlook such a gaffe. Even if I wanted, I wouldn’t be able to write another Blindness –I am not Saramago. I will, however, try to analyze the logic of those who, in the Facebook group AMIGOS DE CUBADEBATE, showed themselves more indignant about the publication of the fact than about the fact itself. Replies such as: ‘Instead of taking the photo, they should have approached one of the officials and said something’; ‘It’s very easy to just criticize’; ‘Hopefully whoever took the photo was well-meaning’; ‘I think it shouldn’t have been published, it shouldn’t have become a controversy’.

Blaming Hermes of the seriousness of the message he carries, or of not delivering that message to ‘the right person’ is not a new trend in a sector of Cuban society. Such a logic of social self-denial has sustained excessive secrecy; the principle that ‘dirty laundry is washed at home’; that ‘the people’ –in abstract– are to be blamed for lack of discipline, and not those who organize certain actions; or that criticism or complaints in communication platforms solve nothing, and are only helpful to enemies.

What’s relatively new is the possibility of analytically observing the dynamics of a group in the social networks, and of seeing how a sector reacts to a reality that’s different from the model we set for ourselves. The first noticeable thing is that, in a group precisely named AMIGOS DE CUBADEBATE, with over 5,000 members, less than 50 people interacted with the post. There’s at least four possible readings: most of them don’t really care that the National Symbols Law was violated; they have concerns about the law being violated, but they believe this shouldn’t be made public and that there’s no need to have a debate; they believe that denouncing the violation of a law is worse than the violation itself; or they assume whoever denounces it is playing along with the enemy and, therefore, attention should not be paid to them.

Of those who did interact, only 8% argued in one or more comments against the fact itself and in favor of its publication. 16% –twice as many– were more concerned about the publication than about the actual incident. A check of the profiles of those in the latter group indicates that 100% of those who defended the idea of not publishing are or were public officials or leaders.

I understand that the sample is small even to attempt to establish exploratory conclusions. What’s in the mind of the thousands who preferred passiveness and silence is shrouded in mystery. That’s what’s really worrying.

It’s really not necessary to point out that local media made absolutely no reference to the flag being incorrectly displayed, even though nearly every journalist in town was at the Manzanillo square. Nevertheless, beautiful pictures of our flag have started to pop up in some of their profiles. There one can see it hoisted in the wind, with a deep blue sky in the background, proud and unashamed. Of course, I’ve given a “Love” reaction to all those pictures, though I understand that they in no way solve the problem of a blindness it seems Saramago himself would fail to comprehend.

(Translated from the original)

Amores y solo amores

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amores
Foto: Bienvenidos a Cuba

Amores, y solo amores en Cuba. Mientras el odio arrecia, los trovadores convierten “al grito  y al llanto en arte”. Los “agoreros de las falacias” no perdonan la coherencia de vivir y soñar “de atreverse con la vida” y “aceptarle el puñetazo”.  El cantautor intenta “tratar de comprender lo que pasó”, consciente de que “la impostura en un suicidio a pleno sol”.

El emperador lo dejó muy claro desde sus primeros berreos: desmontaría todo acercamiento y búsqueda de la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Obviamente, en el mundo actual, los impactos psicosociales de cualquier política hay que potenciarlos y se verifican en las plataformas comunicativas: los medios ya tradicionales, la blogosfera  y las redes sociales. Si antes un emperador sin bufones era aburrido, en la actualidad es ineficiente sin una vanguardia que se encargue de  tronchar el vuelo de la libélula.

Cuando el dinero corre, sobran los aspirantes a bufón imperial. Fluyen las babas del  descrédito y demonización por las comisuras de los pretorianos del rencor. Eventualmente felices los rabiosos de una orilla. Eventualmente tranquilos  los cobardes y acomodaticios que, desde  la cota propia, habían  dejado de dormir  desde que el emperador anterior, fresco y jovial, se ganara la simpatía de una buena parte del mismo pueblo que nunca dejó de intentar atenazar.

Pero así somos los comunes: solemos creer más en un discurso, una sonrisa y la aparición en una comedia, que en las persistentes multas del Departamento del Tesoro a quienes comerciaran  con la isla maldita o, en oposición, tampoco creer en el desarrollo de las fuerzas productivas desde la iniciativa individual y la participación ciudadana sin el padrinazgo del Estado.

Persistentes, como el infante herido que se niega a dejar de mirar el ocaso, tal vez el último ocaso, los artistas continúan viviendo  la prisión y la libertad de la fe como remedo  contra  “ser otro eslabón del cinismo”. Hacen uso de la capacidad de retoño. Si una verdad se sostiene, aún bajo tierra, en algún momento tendrá que germinar… y germina.

Escuché Carnal, el disco de Buena Fe “antes que solo fuera himno y vítores”, en medio de ese  preludio aún espeso y desafinado,  que todo parto trae consigo. Música, solo música. Ni cartas a la novia, ni tesis doctorales, sino “provocaciones al viento”, sinceridad para acariciar con amor a quienes se arriesgan a romper el odio. El más violento y contundente golpe en modo belleza  para devolver el rencor y la rabia a los aspirantes a bufones imperiales y los viejos jinetes del horror.

Canciones, solo canciones. Sin estribillos pegajosos ni construcciones melódicas utilitarias de fácil repetición. Un reto para quienes –sobradas de simpatías—, aún se ven a sí mismas sobre los hombros del compañero de la universidad, o aquellos que veinte años después se aferran a la entrepierna de la amiga prohibida y  pegada a su cervical mientras el coro proclama que no nacimos ángeles.

Claro que no nacimos ángeles, ni lo somos los diletantes, ni menos los trovadores. Los ángeles no crecen ni maduran como mis hermanos de la buena fe. Los ángeles no dudan, no son atacados en las redes sociales, no  tienen que escoger entre la dignidad y una gira escamoteada. Los artistas honrados, coherentes, patriotas, sí tienen que hacerlo. Y, sin son cubanos, mucho más. ¡Hasta los quieren obligar a que se pronuncien acerca de lo que no desean hacer!

Es por eso que, aún si haber escuchado el producto final, cuando  Israel me compartió fragmentos de aquella conversación con un médico cubano que le sirvió como una de sus fuentes inspiradoras para la canción “Valientes”, supe que Carnal, además de solo música y canciones, sería un disco que connotaría ese potencial de decencia y comprensión mutua que todo Ser Humano, incluso los de peor calaña, llevamos dentro.

Cuando vi cantar a los estudiantes norteamericanos de Carlos Lazo, en el Teatro Karl Marx, confirmo ese afán de querernos los humanos –y los cubanos— de todos lares y de todos los credos, por más que los ideólogos de la aversión nos acosen a cada instante, y nos quieran hacer creer que las diferencias y los disensos pesan más que los determinantes familiares y los valores humanos.

En definitiva se resume en amores, y solo amores.  En la certeza de que “somos la misma humanidad, todos ante un mismo acertijo”. No tenemos derecho a pedirles más sin dar, por lo menos, la natural decencia y comprensión mutuas a cambio, y la buena fe.

*Todos los entrecomillados son versos de Israel Rojas Fiel.

Nuestra época y la de Pablo

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A la derecha, Pablo, junto a un grupo de compañeros de Santiago de Cuba, mientras hacía su estancia por esta ciudad, a causa de sus gestiones organizativas para el Congreso Nacional del Ala Izquierda Estudiantil. Foto: Radio 26

“¿Qué es la época de Pablo para los cubanos de hoy?”, preguntaba Fernando Martínez Heredia en un ensayo.[1] Es cierto que también afirmaba: “La historia no vuelve nunca de cualquier manera, la memoria histórica nunca es inocente”.[2] Pero a la memoria histórica hay que entrenarla, pues desde los mecanismos del poder, que incluyen a la historia oficial, a veces se escoge lo que es preferible rememorar.

En ese ejercicio de recuperación, especie de adiestramiento para evitar el alzheimer de Clío –la musa de la historia—, ninguna fuente es tan útil como los epistolarios. Elías Entralgo los denominaba “literatura de soliloquio y confesión” y consideraba que revelan, mejor que otros documentos, el carácter y la personalidad de una figura, pues a través de las cartas se podía lograr un “desahogo del ánimo”. Aseveraba que con su lectura “no solo podemos reconstruir el itinerario espiritual de la personalidad (…) sino también la topografía cultural y moral de la época”.[3]

Cartas cruzadas es la recopilación de la correspondencia, activa y pasiva, de Pablo de la Torriente Brau que se generó entre abril de 1935 y agosto de 1936.[4] Este fue su segundo exilio neoyorquino y coincide con el declinar de la Revolución del Treinta en Cuba. El joven revolucionario, comunista por convicción, aunque no por militancia, vive el drama del desarraigo cultural, el clima hostil, la pobreza, el alejamiento de la familia y los amigos y… lo peor, el convencimiento de que había que empezar desde cero a impulsar la lucha por la liberación.

Debemos este libro a Víctor Casaus, director del Centro Pablo, que compiló las misivas, prologó el texto, elaboró las notas que ayudan a los lectores a identificar figuras, publicaciones y hechos; y lo principal, dio una estructura peculiar a su propuesta al presentarla como un espacio donde se entrecruzan existencias. Su pretensión fue que se acercara en lo posible a la vida, donde “mueren y nacen gentes, hay alegrías y tristezas y combates y miserias y esperanzas, como en una novela, o mejor, como en la vida misma que estas cartas en su diálogo evocan”.[5]

Martínez Heredia valoró el conjunto de cartas reunidas por Casaus como una “formidable colección”.[6] Sin dudas es así. Con su lectura emerge ante nosotros una época verdaderamente difícil para un revolucionario, o al menos para uno que se mantenía fiel a la idea de que la revolución era necesaria. Que para él no era la que había derrotado a Machado sin demoler estructuras semicoloniales, y tampoco la que encabezaba el Partido Comunista, con una estrategia desacertada y una ideología dogmática que presentaban como la única vía posible. Fue aquel un período de desconcierto, pues el campo de los conflictos y las distancias de Pablo con el Partido Comunista se fue ahondando, no así su convencimiento de que era impostergable una transformación radical de la sociedad.

Un intercambio epistolar es significativo en el conjunto. Se trata de las misivas cruzadas entre Pablo y su mejor amigo, Raúl Roa, en diciembre de 1935. Ambos eran simpatizantes de la línea del Partido Comunista, aunque sin ser miembros, no obstante, sus cartas permiten ilustrar uno de aquellos momentos en que el camino partidista se hacía confuso. A Pablo le preocupaban algunos acercamientos del Partido hacia sectores políticos no revolucionarios y los argumentos débiles que manejaba para hacerlo. “Porque yo creo que la dialéctica también tiene moral”, escribió. “Para nosotros la dialéctica debe ser una espada flexible: flexible, pero de acero. Y siempre una espada”.[7]

Por ello funda en el exilio otra estructura para la lucha, la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA), de izquierda, clandestina e insurreccionalista. No logran sostenerla y ese intento fallido define su destino: se va a España a contrapelo de las opiniones de Roa y otros compañeros. De allá no regresará.

Pero nadie muere totalmente si fue tan coherente como Pablo. Su voz resonante, su sentido del humor, su fuerza inquebrantable, su espíritu invencible y su desafío a contrarrevolucionarios, seudorrevolucionarios y oportunistas, son traídos de vuelta por esas cartas cruzadas, que, como bien alega su compilador: “están atravesadas por el viento magnífico, áspero y luminoso de la revolución, porque los hombres que hablan en ellas estaban buscando, en tiempos muy difíciles, el camino para llevarla adelante, en medio de «la torrentera» de la historia de que habla Roa”.[8]

Ese tiempo difícil nos acerca a Pablo, pues nuestra época también tiene sus propias torrenteras, y las experiencias de alguien que supo ser consecuente en circunstancias adversas es hoy un testimonio invaluable. Recomiendo entonces la lectura de este libro, que narra el fracaso de una revolución y transmite el aliento necesario para empezar otra.

[1] Fernando Martínez Heredia: “Pablo y su época”, La revolución cubana del 30. Ensayos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007.

[2] Ibídem, p. 1995.

[3] Elías Entralgo: “La paradoja histórica de Luz y Caballero”, prólogo al Epistolario de José de la Luz y Caballero, Editorial de la Universidad de La Habana, 1945, p. XXII.

[4] Pablo de la Torriente Brau: Cartas cruzadas, Ediciones La memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, (segunda edición), 2012.

[5] Víctor Casaus: “Prólogo”, Op. Cit., p. 27.

[6] Op. cit., p. 187

[7] Citada por Fernando Martínez Heredia en: Op. cit, pp.183-184.

[8] Víctor Casaus: “Prólogo”, Op. Cit., p. 27.