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La tríada soberbia-bloqueo-escasez

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Foto: The Economist

La amplia discusión colectiva de los Lineamientos, la Conceptualización, el Plan 2030 y la Constitución 2019 sirvieron para crear consenso sobre varias transformaciones mínimas al modelo cubano que resultaban claras para la voluntad popular. Ahora se hace evidente que, para los que saben, esos textos se acatan pero no se cumplen, tal y como hacían los funcionarios coloniales con las Leyes de Indias provenientes de Madrid.

Si alguien lo duda revisemos el sentido que asumen las transformaciones a la propiedad en esos textos. Es obvio que el reconocimiento en todos ellos de una economía mixta, con otros tipos económicos además del estatal (cooperativas, asociaciones con capital extranjero, TCP, privados, de organizaciones, etc.) implica que el Estado haga dejación de su monopolio en varios sectores a favor de esos otros. Pero ahí es donde se traba el paraguas y no hay forma de que se abra.

Ni siquiera se ha cumplido la orientación expresa del primer secretario ?por entonces también presidente? de que los latifundios estatales entregaran las tierras improductivas para ser repartidas a los interesados en explotarlas. Hoy, más de un millón de hectáreas permanecen sin usar en manos de empresas y sus UBPC satélites, quienes se niegan a deshacerse de ellas y las conservan en barbecho, sin medios para explotarlas, solo preservadas por el inefable marabú.

De la idea, varias veces sostenida, de que se entregarían los centros gastronómicos y tiendas de comercio minorista a los colectivos obreros mediante arriendo, cooperativas u otras formas mixtas, nunca más se ha hablado. El gobierno continúa remozando algunas cafeterías y apostando por el renacimiento de la gastronomía estatal. Mientras, sigue cerrado para los TCP el prometido comercio mayorista, aunque ni aún con esa competencia desleal por la diferencia de costos de producción, logra vencerlos en la preferencia de los consumidores.

Espacio aparte merece la cuestión del comercio mayorista y minorista de bienes, donde los pasos dados constituyen otra vuelta de tuerca a favor del ineficaz monopolio estatal. Desde que en 2013 se cerraran las ventas particulares de ropa y calzado con la promesa de que serían suplidas por la industria nacional y las ventas en TRD, lo único que ha proliferado sin parar es el comercio por encargo de las llamadas mulas que recorren el mundo, desde Haití hasta Rusia, para satisfacer los pedidos de sus clientes.

Cuando recientemente se abrió el comercio en dólares a productos de alta gama parecía que ahora sí el Estado implementaba una política de captación de divisas muy prometedora, pues explotaría al máximo su monopolio en esa rama. Apenas unos meses bastaron para mostrar que ni siquiera en esas tiendas le es posible mantener una oferta estable, por lo que de nuevo las mulas vuelven a partir hacia los cuatro puntos cardinales con sus encargos individualizados.

Ante el bloqueo cada vez más férreo de la administración Trump, el gobierno cubano debería dejar a un lado su obsoleta soberbia estatista y recordar el viejo comercio de rescate que está presente en nuestro ADN económico. Estoy convencido de que las vitrinas y anaqueles de nuestras tiendas no estarían tan vacíos y la irritante escasez sería mucho menor si se pusiera fin al monopolio absoluto de que disfrutan un puñado de super empresas de comercio exterior. Las que, por demás, casi nunca pueden poner los productos en tiempo y forma en el mercado interno.

Cuán diferente sería si mulas, cooperativas mercantiles, pymes y empresas estatales fueran autorizadas a comprar y vender en el exterior, pagando al fisco los impuestos correspondientes –no los impagables que suelen establecerse?. Si a eso le sumamos que, en lugar de limitarla, el gobierno diera un tratamiento preferencial a los negocios de cubanos, tanto de la Isla como residentes en el exterior, el fondo de acumulación se dispararía y las leyes del bloqueo serían casi inaplicables.

Hoy, la Oficina de Control de Activos Cubanos necesita miles de empleados para monitorear el accionar del puñado de bancos y empresas de comercio exterior y sus contados clientes y suministradores. Me pregunto: ¿cómo podría hacerlo si fueran decenas de miles las empresas de todo tipo que vendieran y compraran por el mundo en función del mercado cubano?

La persistente soberbia estatista solo favorece el trabajo de los hombres de Trump, mientras que una mayor  libertad de comercio se lo haría casi imposible. En última instancia, lo determinante es encontrar vías eficaces y eficientes para paliar de alguna forma la sempiterna escasez de nuestros mercados. Si lo hacen estatales, cooperativos o privados no es lo más importante.

Está demostrado que en Cuba hay dinero para respaldar una demanda solvente que hoy se torna inestimable. El Estado no sabe cómo captarlo. Es hora de que se eche a un lado en algunos sectores y deje hacer a los que sepan y puedan hacerlo con más facilidad. La economía y los requerimientos del pueblo están a la espera.

El tiempo que vivimos en peligro

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peligro
Foto: Yamil Lage/AFP

Recuerdo con respeto y admiración a Josefina Vidal. Se encargó por la parte cubana de las relaciones con Estados Unidos durante la administración Obama. A su inteligencia, tacto diplomático y habilidad comunicativa, se sumaban una elegancia, ecuanimidad y carisma que la hicieron muy popular. Algunos amigos compartíamos la esperanza de que pensaran en ella para responsabilidades más altas, tan altas como la presidencia del país.

Cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca y comenzó una escalada de hostilidad que iría en aumento, la hábil diplomática fue liberada de su cargo con la explicación de que, aunque había realizado un trabajo excelente, una administración tan diferente a la anterior requería otro estilo de dirección.

La tesis de que hay que tener un determinado tipo de cuadros y funcionarios para tiempos de crisis no ha trascendido al parecer a otras instancias políticas en la Isla. Solo hay que mirar alrededor para percatarse de los abismales errores que día tras día se cometen por parte del aparato ideológico. El mismo no termina de ubicarse en:

  • El novedoso entorno que ha creado el acceso masivo a internet y las redes sociales, que los ha privado del monopolio absoluto de la información que tuvieron por décadas y ha democratizado su difusión y generado la posibilidad de campañas y denuncias ante arbitrariedades.
  • Un estado de permanente polémica, visible en las redes y fomentado desde el año anterior por la propia dirección del país a raíz de la consulta popular para la redacción de la nueva Constitución; quizás pensaron que al concluir la referida consulta y no requerirse más nuestros puntos de vista cesaríamos de ofrecerlos, ingenuo de su parte, ahora tenemos cómo y no necesitamos de sus convocatorias.
  • La declaración de Cuba como un Estado Socialista de Derecho que visibilizaba mejor las prerrogativas de cubanas y cubanos.
  • La existencia de generaciones jóvenes, cuestionadoras per se, que han encontrado repercusión en generaciones mayores, ya cansadas de promesas incumplidas y reformas demoradas o interrumpidas.

Las personas que están dirigiendo la esfera de la ideología en Cuba se acostumbraron por más de medio siglo a residir en una zona de confort de la que están saliendo sin recursos: carecen de inteligencia y sutileza para la toma de decisiones y la negociación; no están adaptados a ser cuestionados y a dialogar; sus métodos de fuerza y prepotencia quedan al desnudo en un planeta interconectado, donde todo queda a un click de distancia; carecen de argumentos convincentes porque están desconociendo las propias leyes nacionales ante la ciudadanía y ante el mundo.

El resultado es un cúmulo de arbitrariedades, violaciones a la legalidad y errores estratégicos que casi logran que pensemos como país, aunque no del modo en que quisiera el presidente.

El gusto por la censura en momentos en que lo mismo un libro, un documental que una película pueden estar disponibles para todos en segundos, es francamente un signo de bajo coeficiente intelectual e ineptitud estratégica.

La aplicación de castigos desmedidos y limitación ilegal de derechos a ciudadanos cubanos está articulando más a la gente que las consignas de unidad. La vulneración constante de la libertad de palabra, de expresión y manifestación, todas incluidas en la Constitución aprobada, es inaceptable.

Hace poco afirmé en un post: “Sería bueno reflexionar con prudencia si las tácticas (…) en el tratamiento a la oposición no están generando una simpatía hacia ella que hasta ahora le costaba ganar con sus propuestas políticas”.

Los que dirigen la esfera ideológica deberían tener asesoría legal permanente, conocimientos profundos de comunicación social y aplicación sistemática de instrumentos que midan las opiniones ciudadanas antes de lanzarse a una actuación que está dañando la imagen de la Isla. Se necesita un gabinete de crisis para el ámbito ideológico porque el actual está generando más discrepantes dentro de Cuba que sus predecesores. Es un récord, pero muy peligroso. El tiempo que vivimos en peligro, es ahora.

Un documental políticamente militante

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documental
Foto: Sueños al Pairo

Si la Revolución se hubiera caído en el año 1990, si se hubiera cumplido la promesa de los tres días para matar comunistas, lo más probable es que yo no hubiera tenido una escuela a la que ir como un niño feliz. Como yo, miles de infantes que a lo largo de los años del periodo especial pudieron asistir a clases. Además, es seguro que no me habrían enseñado sobre la fabulosa hazaña de los alfabetizadores, no habría sabido quién fue Manuel Ascunce Domenech. La historia de aquellos años habría sido borrada a toda costa.

Hace poco vi el documental Sueños al pairo, y no puedo dejar de pensar que se trata de una obra políticamente militante, una obra que ha decidido qué lado de la realidad mostrar y desde qué enfoque. Eso no me parece mal en sí mismo. Lo que sí me parece importante es que todos lo sepamos, que no tomemos el producto como un reflejo de la realidad objetiva, ni como un trabajo neutral que solo busca rescatar a un músico del olvido. Esto es arte comprometido, como lo era la música que promovía la Nueva Trova en aquellos lejanos años setenta. Solo que su compromiso es con la oposición al proceso histórico de la Revolución.

La obra muestra el dolor de Mike Porcel. Pero la empatía humana que se siente por todo aquel que sufre no es elemento suficiente para que olvidemos las razones por las cuales muchos hemos decidido estar en este lado del conflicto histórico y político. Hoy está de moda demonizar a los que participaron en momentos difíciles del periodo revolucionario, pero ha habido y sigue habiendo razones para seguir del lado de la Revolución, a pesar de los desmanes y las tragedias.

Una de las cosas que hiere mis oídos al ver el documental es la manera en que se dice que en los primeros años de la Revolución ser vulgar era la única forma de encajar. Hay tanto de desprecio burgués por la chusma en esa afirmación. No hay ni un sentido de claridad para darse cuenta que esa masa chabacana e inculta era el pueblo cubano humilde, eternamente humillado desde que los españoles pusieron un pie aquí, y que solo desde 1959 pudo sentirse dueño de los espacios públicos, de su tiempo y de su cotidianidad.

Veo en el documental el punto de vista del pichón de burgués típico de nuestro tiempo, para el que es horrible que en un país la masa inculta se enerve, actúe en colectivo, mientras ven bien otro país en el que los pobres, los negros y los indígenas caminan invisibles con la cabeza baja, pero en el que nadie molesta los divertimentos y privilegios de la clase media.

Las personas ganadas por esta manera de ver el mundo, las cuales en su mayoría no son grandes dueños de capital pero que, usando una frase pasada de moda, tienen oídos para los cantos de sirena del capitalismo, intentarán siempre demostrar que algo está mal allí donde la gente crea en un destino colectivo y actúe como colectividad, que es inevitable que de allí salgan turbas fascistas.

Ese sesgo epistemológico clasista lo noto también en el modo en que se dibuja a los que participan en los actos de repudio. Es el individuo bueno y puro contra la masa salvaje y odiosa. Por ningún lado se cuenta el dolor que había sido para este pueblo el derribo del avión de Barbados. Nunca se cuenta el dolor que fue saber que había corrido la sangre de un joven militar, en los sucesos de la embajada del Perú. Nunca se dice que más allá de Cuba, Latinoamérica era el paraíso de las dictaduras militares. En el documental se minimiza la importancia de las causas colectivas.

La Revolución, como dijera Fidel en Palabras a los intelectuales, es la razón histórica de la nación cubana. Lo que yo entiendo por eso, es que por muchas circunstancias Cuba solo ha podido encontrar un modelo viable de nación nucleándose alrededor de un proyecto de gobierno popular, que hace una opción de clase primero por los humildes. La fortaleza de la Revolución está en los millones de vacunas puestas, en los cientos de miles de niños que salen para la escuela cada mañana, en el derecho a ocupar una plaza o cargo sin distinción de raza, género o extracción social.

Todos sabemos que durante el proceso revolucionario se han cometido muchas injusticias. Sabemos que sobre los indiscutibles logros se han montado también los autoritarismos, y muchos otros vicios de nuestra cultura, muchos de ellos heredados de periodos anteriores. Pero la lucha contra todo lo que está mal, contra lo que ya no funciona como se pensó en un principio, o por lo que nunca se concretó, no puede partir de renunciar a los fundamentos por los que se ha luchado tanto: la existencia de una Cuba de los humildes, con los humildes y para los humildes.

Muchos intelectuales han alzado su voz en los últimos años contra los vestigios de estalinismo y burocratismo de nuestro sistema social y político. Esa lucha de los intelectuales críticos contra los que se parapetan en las estructuras de poder para ocultar sus errores o su incapacidad, tiene toda la razón de ser. Pero tengo que diferir con respecto a muchos colegas y debo decir que esa no es la única contradicción relevante en el panorama cubano. La contradicción entre socialismo y capitalismo sigue siendo relevante, porque una gran parte de los críticos están dispuestos a botar el agua sucia junto con el niño, y trabajan activamente para favorecer la restauración capitalista en Cuba.

Este documental es un escalofriante recordatorio de que esa voz también está presente: la voz del disidente al que la Revolución nunca enamoró sino que solo le mostró su lado feo, la voz de aquel que sufrió una injusticia en nombre del bien. La voz del que solo conoció la libertad al dejarse llevar por la corriente dominante de la cultura occidental capitalista. Podemos reconocer que su dolor es legítimo.

Pero no podemos, para resarcirlo, destruir todo lo que se ha hecho durante la Revolución, no podemos renunciar a la defensa de lo que es correcto. Solo podemos luchar porque la Revolución sea más perfecta y amplia, más inclusiva y amorosa, para que sea capaz de acoger en su seno a todos los cubanos.

Repito, considero que este documental es políticamente militante.

Creo que lanza sus dardos contra la Nueva Trova por un objetivo: golpear la legitimidad de los que representan como nadie el lado lindo de la Revolución Cubana, para que prevalezca la razón de los que solo quieren ver el lado feo. No sé si es un fin consciente y calculado, o si se trata de un sesgo epistemológico inconsciente. Pero me resulta evidente que ese es el resultado que se busca. En última instancia, la obra va a ser utilizada por los que intentan, a cualquier precio, poner a la intelectualidad cubana contra el gobierno, utilizarla de un modo demagógico, para lograr sus objetivos políticos.

Es lamentable que talentosos realizadores, salidos de las instituciones de educación artística revolucionarias, pongan su granito de arena en la lucha por destruir simbólicamente esa Revolución. Pero tampoco creo que eso ni el documental sean el fin del mundo. Millones de cubanos, que tal vez tiraron huevos y que se sienten avergonzados de haber participado en actos de repudio, van a seguir votando Sí al sistema, sencillamente porque quieren seguir teniendo derechos sociales, y porque quieren que sus hijos puedan crecer con tranquilidad y tener una escuela a la que ir.

Del autoritarismo a la participación

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Foto: Big Think

La campaña de alfabetización es aún el hecho de mayor trascendencia cultural de la Revolución Cubana. La nacionalización de la enseñanza y la ejecución de la política cultural fundacional de la Revolución, puso esta nación a la vanguardia hasta la llegada del Quinquenio Gris.

Enfrentados a las intenciones hegemónicas imperialistas, los actores políticos cubanos intentan conciliar la ética martiana con el carácter clasista de una revolución socialista a través de procedimientos de persuasión y coerción social, ensayados exitosamente por el socialismo estalinista según la teoría de las masas de Ortega y Gasset. La herencia libertaria de la intelectualidad cubana entraría en contradicción con tal empeño lo cual se agudiza, paradójicamente, con la resistencia de la propia intelectualidad creadora forjada por la Revolución.

No fue posible en Cuba la sovietización de la cultura, pero tampoco nos podemos desprender del todo de esa especie de rémora ideológica autoritaria que enquista las prácticas de comunicación política del Estado cubano. Las relaciones de correspondencia en nuestra sociedad, se configuran a través del control. Así el profesor, el padre, el ideólogo o jefe, escogen el repertorio temático, establecen pautas, castigan o premian con sus evaluaciones y deciden a qué mensajes adjudicarle relevancia social y cuáles no.

El “trabajo político-ideológico» no está a la altura del éxito burgués en convertir los individuos en sujetos y luego en masa, apelando a los aparatos del Estado, según la definición de Louis Althusser. Esto funciona así en contextos que Martin Serrano define como “sistemas cerrados”: la relación entre el sacerdote y los creyentes, en la iglesia; el profesor y sus alumnos en el aula magna, el jefe común y sus subordinados, en el centro de trabajo.

Los imperialistas se superan cada día en el ámbito de la manipulación ideológica y política. Las luchas por los derechos civiles y el fin de la guerra estadounidense contra Vietnam demostraron que ya no funcionaba la coerción ni la inyección de propaganda a una audiencia pasiva para manipularla. Entonces los conservadores, paradójicamente, actuaron de forma dialéctica. Se pasó a la seducción consumista y la absorción mercantil de la contracultura. Así, la agudización de las asimetrías entre los productores de mensajes y sus receptores, dejó de ser un problema para ellos.

Neutralizaron las críticas con el fomento del hedonismo y sustituyeron la relevancia de la respuesta racional por la reacción emotiva. El sujeto interpretante de Umberto Eco, ya no importa. Importa que el consumidor se sienta incómodo hoy, y mañana sabroso. Que se emocione de un modo u otro. Vaya del llanto a la alegría, de la desesperación a la tranquilidad, y viceversa, en un ciclo adictivo. La fórmula del culebrón, inventada por Félix B. Caignet, a escala global multimedia.

Paulo Freyre advirtió la crisis del paradigma de transmisión informacional autoritaria en la comunicación. Pero ningún partido de izquierda en el poder prestó atención a su propuesta alternativa de acción-participación. En el discurso de inauguración del Festival de Cine de La Habana, apenas a un año de Telesur iniciar sus transmisiones, Alfredo Guevara explicó el peligro de replicar, desde la versión de los oprimidos, las mismas fórmulas de la CNN. Pero nuestros ideólogos estaban demasiado entretenidos con “Propagandas silenciosas”, el libro de Ignacio Ramonet que, ya para entonces, era un texto meramente descriptivo de las técnicas que los imperialistas habían estado aplicando desde los años sesenta del siglo XX. Los enunciados de Ramonet adquirirían valor histórico pero no tendrían trascendencia proactiva. Entonces, cuando los políticos socialistas comienzan a entender los mecanismos de seducción, aparecen la blogosfera y las redes sociales, el reguetón, el pop latino, los memes y la gestión robotizada de las reacciones.  El universo de la comunicación humana vuelve a mutar como un virus al que le descubres la vacuna cuando ya se manifiesta una nueva cepa.

La blogosfera y las redes sociales igualmente trasiegan información, pero esta no es bidireccional, sino omnidireccional. Lo que antes se propagaba en una dirección (el oyente que telefoneaba a la emisora, el lector que escribía al periódico, el elector que hablaba en la Asamblea de Rendición de Cuentas) ahora se propaga en una compleja urdimbre donde lo virtual prevalece sobre lo interpersonal, genera tendencias e induce a determinados comportamientos pre-configurados, y ni siquiera nos percatamos del fenómeno.

Se trata de un problema cultural de orden tecnológico, simbólico y discursivo cuya resolución pasa, sobre todo, por lo político. ¿Cómo crear nuestro discurso y superar los métodos hegemónicos hacia una ética de la emancipación? ¿Cómo adelantarnos a la actualización de los métodos de control capitalistas y crear algoritmos propios para la construcción de una sociedad nueva? El único modo es aumentando y mejorando las competencias comunicativas de la nación cubana según, precisamente, nuestra herencia ética martiana y libertaria.

Lo primero sería aprender a leernos a nosotros mismos. Entender el lenguaje del siglo XXI para modificarlo a nuestro favor. Volvernos a alfabetizar, ya no para convertirnos en interpretantes y seguidores de un proyecto político, como en 1961, sino para alcanzar la categoría de participantes proactivos y generadores de alternativas. Luego que el gobierno tenga la humildad de guiar, administrar y propiciar la ejecución de las ideas conciliadas socialmente.

Dejar de considerarnos y ser considerados sujetos de cambio para convertirnos en agentes de cambio. Romper el nudo gordiano de una educación orientada al acatamiento -que se manifiesta en los seguidores acríticos del periódico Granma y en la legión pretoriana de siervos del odio fomentado desde un sector minoritario y putrefacto de Miami-, y convertirnos en instrumento de los propósitos conciliados de nuestra nación. No veo otra manera.

La responsabilidad del artista

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FOTO: CARTEL MUESTRA JOVEN EN SANTIAGO DE CUBA/AHS

Hace unos meses participé en un evento de historiadores y uno de los problemas que se trató fue la falta de investigaciones sobre la historia de la Revolución. Algunos historiadores alegaban que no les correspondía contar la historia reciente, pues el paso de los años es necesario para enfrentarse a una investigación desde el campo de la Historia. Otros hablaron sobre la imposibilidad, en algunos casos, de acceder a información correspondiente a sucesos recientes. Otros dijeron que sí era una deuda de los historiadores relatar, analizar y caracterizar esta época en la que vivimos. Una mujer sabia, Doctora en Historia alertó sobre otra gran carencia: no se ha hecho la historia social de Cuba. Esa historia que también indague en las repercusiones que han tenido los hechos y las políticas en la familia cubana. Una historia que cure las heridas y silencios que componen nuestra cotidianidad.

El éxodo por El Mariel, provocado por los sucesos de la embajada del Perú el 1 de abril de 1980, desencadenó una de las oleadas migratorias más importantes en la historia cubana en la que alrededor de ciento veinticinco mil personas salieron por el puerto. Si bien en los textos históricos y en los materiales sobre la migración en Cuba se hace referencia al suceso, lo cierto es que la mirada se enfoca en los hechos y no en el impacto emocional de los actos de repudio para las familias, los amigos, los hombres, las mujeres, los niños y niñas que se vieron sometidos a tal humillación. No existen espacios para debatir, recordar o analizar aquellos días complejos de tremenda confusión. El teatro lo ha hecho, al menos en cuatro obras publicadas y estrenadas en Cuba.

En la Editorial del Granma del día 7 de abril de 1980 se dictaba a todo el pueblo: “La exigencia, la disciplina y el rigor están reñidos con la blandenguería, la delincuencia, la vagancia y el parasitismo. Nuestro pueblo trabajador piensa unánimemente: «¡Que se vayan los vagos! ¡Que se vayan los antisociales! ¡Que se vayan los lumpen! ¡Que se vayan los delincuentes! ¡Que se vaya la escoria!».”

El teatro ha mostrado la otra parte de la realidad, ha mostrado a las familias, a la gente de un modo humano y sincero. Ha mostrado cómo muchos buenos y decentes se fueron por El Mariel y cómo muchos buenos y decentes tiraron huevos y asistieron a los actos de repudio, confundidos, adormecidos, temerosos, arrastrados por el furor de la masa inconsciente. Creo que es triste revivir esos años, pero también creo que es necesario, valiente y provisor, para que no se repita la historia. Sobre este tema en el teatro estoy haciendo mi investigación de Doctorado en Ciencias del Arte y escribiendo un libro, cuyo proyecto resultó ganador de la Beca Cintio Vitier de la UNEAC en 2018, una muestra de que es importante que los jóvenes queramos saber.

“Sueños al pairo”, tiene encanto y más allá de su repercusión mediática actual, es un importante referente para mi estudio, por tratarse de un material audiovisual hecho con rigor por dos jóvenes que viven y crean en Cuba.

Siguen pendientes para la Historia otros temas espinosos, pero medulares para entender nuestro presente y nuestro devenir, como, por ejemplo: la llamada “parametración” de los 70 y la lucha contra bandidos en El Escambray y su repercusión en la familia cubana. El teatro y el arte los han tratado ya y seguirán, con suerte, hurgando en nuestro oscuro y perturbador pasado reciente, desafiando a la desmemoria, por el bien de nuestros hijos y nuestros nietos, para que los mueva el amor, las ansias de reconciliación y no el resentimiento.

Mientras los historiadores se debaten entre si les toca o no contar la compleja historia de los años de Revolución, con sus aciertos y sus errores, qué maravilla que los artistas de este tiempo, con censura o sin censura, sepan que, definitivamente, les toca a ellos. Ojalá sepan hacerlo desde el amor.

Las cooperativas en el modelo cubano

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Coins from different countries
Coins from different countries

Un paso decisivo para la democratización económica en Cuba y la mayor participación popular es el de la descentralización de la propiedad socialista. Esta cuestión exige del fomento de la otra forma de propiedad socialista: la cooperativa, nunca promovida al nivel de la estatal. A estas alturas del proceso, la ampliación de las formas cooperativas apenas se inicia y los acercamientos académicos a ella son aún limitados.[1]

No obstante, es evidente que el sentido de propiedad socialista suele ser mayor en las cooperativas, tanto en las tradicionales Cooperativas de Producción Agropecuaria (CPA) como en las modernas Cooperativas de Producción No Agropecuaria (CNA). En ellas los niveles de participación de los socios en la gestión de los medios, la distribución de los resultados y la toma de decisiones es mucho mayor que en las entidades estatales y se acerca más a su ideal de co-propietarios.

A inicios de la Revolución parecía que las cooperativas proletarias tendrían un rol importante en la naciente economía porque las tierras expropiadas de los latifundios cañeros que no fueran repartidas a particulares serían entregadas a los jornaleros devenidos en cooperativistas. De hecho, la conversión del Estado en gran propietario y productor directo en el agro no estaba prevista, ni en el espíritu, ni en la letra de la Primera ley de Reforma Agraria.

Por el contrario, uno de sus por cuanto estipulaba con toda claridad: “La producción latifundiaria, extensiva y antieconómica, debe ser sustituida, preferentemente, por la producción cooperativa, técnica e intensiva, que lleve consigo las ventajas de la producción en gran escala.” Mas, al poco tiempo, esas cooperativas fueron transformadas en las llamadas Granjas del Pueblo y los ex-jornaleros pasaron a ser trabajadores estatales.

Se creó así un inmenso sector estatal rural que se nutrió, no solo de las tierras expropiadas por el INRA, sino también de la recuperación de bienes malversados por Batista y sus secuaces, las expropiaciones a los colaboradores de la contrarrevolución y los propietarios que abandonaran el país, y la nacionalización de los centrales azucareros norteamericanos y sus tierras. El Estado pasó a ser el nuevo señor del campo cubano y las grandes empresas estatales que ocupaban miles de hectáreas, vinieron a ocupar el lugar de los latifundios privados.

Las ideas contrarias al latifundio de cubanos como Manuel Sanguily –a quien se dedicó la ley?, Ramiro Guerra, y tantos otros que pensaron y lucharon por hacer prevalecer la mediana y pequeña hacienda campesina en nuestros campos, con su producción intensiva y ecológicamente sustentable? quedarían pospuestas una vez más hasta el presente.

En saco roto ha caído el conocido pronunciamiento de Lenin: “el régimen de los cooperativistas cultos es el socialismo”.  Tampoco se ha tenido en cuenta el éxito que ha tenido su extensión en los modelos de socialismo de mercado de China y Viet-Nam. La suspicacia gubernamental hacia ella radica en que la cooperativa es un paso hacia la descentralización y la alta burocracia, apegada a la estatización verticalista, aspira al monopolio estatal más completo sobre todos los medios de producción, fundamentales y no fundamentales.

Pero los hechos son tozudos, y aunque el texto de los documentos principales del partido/Estado cubano ?entre ellos la Constitución de 2019? insisten en el carácter principal de la empresa estatal socialista, los indicadores económicos de los últimos veinte años indican con toda claridad que la tendencia histórica es a la disminución de su importancia dentro del PIB respecto a otros tipos económicos y a la economía sumergida.

Ahora, cuando el inminente proceso de unificación monetaria pende, cual Espada de Damocles, sobre miles de empresas estatales que pueden ir a la quiebra al desvalorizarse su patrimonio y su producción, se discuten variadas opciones para su salvación. Se piensa en subsidiar, privatizar, o aplicar diversas formas del capitalismo de estado –siempre con capital extranjero, único permitido?. Sin embargo, poco se habla de la opción más expedita: su conversión en cooperativas industriales donde los obreros pasen a ser cooperativistas plenos.

A nivel mundial es una variante harto aplicada del cooperativismo y su eficacia ha sido comprobada en todos los continentes. Históricamente, fue una de las formas embrionarias de la propiedad colectiva y ha sobrevivido en varios países como una alternativa a la gran producción capitalista. Desde El Capital de Marx hasta la Comuna de París, las industrias gestionadas por sus propios obreros fueron una de las primeras variantes recomendadas de nacionalización socialista.

Es hora de que los medios de producción que son ineficazmente explotados en manos de empresas estatales cubanas encuentren mejor aprovechamiento en cooperativas surgidas de la clase obrera, y no solo de campesinos y artesanos privados. Prefiero verlos en cooperativas que administrados por capitalistas extranjeros, o por miembros de la burocracia, sus familiares y acólitos, devenidos sorpresivamente en empresarios en diferentes modalidades del capitalismo de estado.

[1] El profesor Víctor Figueroa Albelo, de la UCLV fue su principal promotor durante décadas. Un valioso aporte más reciente es el ensayo “Las cooperativas en el nuevo modelo económico cubano”, de Camila Piñeiro (2013), en su libro: “Repensando el socialismo cubano. Propuestas para una economía democrática y cooperativa”. Ruth Casa Editorial-ICICJM, pp. 107-171.

La cara oculta del ICRT

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Ya vemos la cara oculta del ICRT. El pasado sábado, en el programa Pensando en 3D de la televisión cubana, se mutiló la escena final de la película Love, Simon donde dos hombres jóvenes se dan un beso de amor. Los activistas LGTBI se indignaron con razón. Denunciaron la censura en las redes sociales y convocaron a una besada frente a la sede de ese organismo en La Habana. En la mañana del domingo, la página web del ICRT emitió una nota de disculpa por “el error”, prometiendo retransmitir la película sin mutilarla y avisando que se harán los análisis pertinentes. ¿Se sacrificará un chivo expiatorio o nos enseñará honradamente la cara oculta del ICRT?

En un comentario en su blog Segunda Cita, Silvio Rodríguez recordó que otro beso, en aquella ocasión entre heterosexuales, motivó hace 50 años la censura al programa De otra manera. Alguien debió creer, como ahora, que el trasiego de saliva y gérmenes entre dos seres humanos es un serio atentado contra la moral socialista. Entonces no hubo disculpa, ni rectificación inmediata, ni una nota. Tampoco las otras tantas veces que el ICRT ha censurado, omitido y excluido a lo largo de su historia. La película La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, incluso fue anunciada en Cubavisión una noche a fines de los noventa, pero nunca llegó a exhibirse.

Que no siempre el televidente avezado se percate del corte correctivo y sólo se hable de este tema cuando se arme algún escándalo no significa, en lo más mínimo, que quienes hemos trabajado en el ICRT no sepamos que el corte correctivo es una práctica habitual en todas las televisoras del país.

Como el denominado fenómeno El Grito, en la CNC TV de Bayamo, cuando un material que “no debería haberse transmitido” burló el mecanismo censor y entonces los directivos del canal sancionaron a  dos miembros de la UNEAC –entre ellos al actual presidente de Granma-, aunque en aquella ocasión ellos echaron pelea. Tampoco olvidemos aquella disolvencia a negro contra el beso entre las dos chicas que acompañaban a Descemer Bueno, Israel y Yoel durante el paseo en barco de Ser de Sol.

Si aplicamos en sentido estricto lo reglamentado por el ICRT –que sólo se aplica cuando es en contra de un realizador “problemático”-, los responsables de lo que la nota llama “un error” son el director y la asesora del programa Pensando en 3D. Sucede que conozco personalmente a mi coterráneo Ernesto Bosch, director del programa. Puede decirse que asistí a su nacimiento como realizador en la radio.

Es muy posible que yo haya sido el editor del primer documental para la Televisión que  él editara en su vida. Sé que no es homofóbico, excluyente, ni de mentalidad estrecha o prejuiciada. Pero ahora la dirección del ICRT necesita un chivo expiatorio y apuntarán sus cañones contra el Equipo Básico de Trabajo o, si se permiten ir un poquito más arriba, contra el jefe de redacción.

Pero el televidente y el radioyente no saben –no pueden saber-, los dramas que se desarrollan tras las cámaras o micrófonos entre realizadores audiovisuales, jefes de redacción, jefes de programación, directivos de canales y, el personaje principal de esta historia: el funcionario del Departamento Ideológico o miembro del buró del PCC desde donde “se atiende” la televisora.  Quienes nos formamos como artistas en el ICRT sabemos dos cosas:

  1. Si jamás vas en contra del funcionario político-ideológico que atiende la emisora y/o aprendes a adivinar el alcance semiótico que éste espera de nuestro mensaje, tendrás mayores opciones de éxito que cualquier otro.
  2. Si no te arriesgas a reflejar temas escabrosos en tus programas o, cuando te obliga el plan temático (que estoy casi seguro ha sido el caso), te remites inexorablemente al postulado anterior, tendrás mayores opciones de éxito que otros en el medio.

¿Y quién no quiere ser exitoso en un medio tan competitivo?

En los enunciados actuales de las políticas de programación de radio y televisión en Cuba, probablemente usted no encuentre una sola oración homofóbica o discriminatoria. Tampoco hay en la actualidad listas oficiales de músicos prohibidos, ni películas prohibidas, ni otra prohibición de ninguna índole. Quienes, como Ernesto Bosch, nos formamos en una emisora de radio que en 1992, expulsó de su colectivo por homosexual al poeta, ensayista y realizador radial Julio Sánchez Chang, sabemos –o pretendemos saber- cuál ha sido históricamente la postura del ICRT al respecto.

Quienes, como seguramente el jefe de esa redacción, nos hemos formado en un organismo que “dejó correr la bola” de que las películas cubanas, -las del ICAIC, no las de La Muestra Joven, las de Titón, Fernando Pérez, Rebeca Chávez, Nicolasito Guillén, Daniel Diaz, etc.- estaban prohibidas en las televisoras territoriales, según le confesó un directivo del telecentro de Caibarién hace unos años a los participantes en el Festival de Invierno de Cine Clubes de Santa Clara, no necesitamos que nadie nos dé una orden expresa de mutilar la escena de una película que se considere incorrecta para la “moral socialista”.

Lo interesante del ICRT es que, después de la guerrita de los emails sobre el Quinquenio Gris, nunca, jamás, un directivo o el funcionario político-ideológico ha vuelto a hacer públicas sus órdenes de censura o exclusiones por homofobia o intolerancia. Ni siquiera el jefe del grupo metodológico de la radio en Granma, en 2009, supo explicarle a su esposa bautista que apareciera un travesti en una serie aprobada por él.

Como bien dice la nota, a lo mejor ninguno de los directivos actuales del ICRT es homofóbico, en este caso. Pero tampoco ningún directivo del ICRT se ha ocupado de organizar debates y talleres de actualización, entre sus realizadores y funcionarios a todos los niveles, en los que se deje explícitamente claro que mutilar la obra artística de otros, avalada y reconocida estéticamente, es en todos los casos irresponsable, irrespetuoso e indigno. Que no nos hace mejores revolucionarios ni contribuye a la política cultural de la Revolución, sino lo contrario.

De tal modo, sugiero a la presidencia del Instituto Cubano de la Radio y la Televisión que, en vez de buscar el “culpable” de un “error”, aprovechen este asunto para mirarse por dentro, con esa dignidad que mencionan, y hagan pública esa mirada desde el reconocimiento de sus disfuncionalidades históricas y estructurales como organismo.

 Entonces sí merecerían mi más profundo respeto.

At the beggars table

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beggars

With the title ‘Cubanidades’, the Argentinean political expert and philosopher Atilio Borón has published an article which intends to explain ‘what Cuba is and what the mystery of the rebellious island is’.

One may agree or not with many of his statements, made without much desire to seek depth and, in my opinion, with an intimate sense of admiration for the Cuba which has received him for years as a friend and a left-wing scholar. But the following immediately attracted my attention in the text, since it’s one of the ideas that remains editorially highlighted in its reproduction by the Cubadebate website, and because I was surprised to find it as part of the proposed explanation:

‘Cuba is a fine table with rice and black beans, fried green bananas, slices of pork, roast lamb, lobsters and fish stuffed with shrimp. There are tamales on the casserole and yucca with garlic sauce, pork cracklings and lemon too. And there are also soups that bring you back to life, delicious ice creams, incredibly sweet desserts and an elixir called coffee. Cuba is mojitos, piña coladas; and to round off the banquet and find delight without end there are exquisite rums and incomparable cigars, which are unique in the entire world.’

‘Is this a left-wing intellectual?’, a colleague has asked in the social networks. The worst part is that, indeed, as an intellectual he is left-wing, as is the Cuban medium which immediately replicated his text, or the professionals which will set out tomorrow to highlight other portions of the article and the sensibilities of those who may react to what can be seen as something halfway to being a credible idea within the coarse and fatuous promotional flyer of an improvised tour operator, or as an insult to the people which has built and upholds with sacrifice, patience and incredible everyday nobility the rest –and more– of what’s described in the article; but can never be seen as an argument to explain what Cuba is and what the mystery of its rebelliousness might be.

I don’t know either if they will give us a moralizing and stern speech early in the morning, or at noon, as it happens at times, or if they will keep quiet in their social media profiles, waiting for the next opportunity to demand the full weight of the Law falls on criminals, or on anyone left without a drop of power while they see that very Law being trampled and mocked once and again as in an atrocious spell, as an inexorable curse by those who do have power.

What I do know and frightens me isn’t the opinion of a scholar, ill-suited to our reality, yet coherent with the mirages caused by the formalities of protocol, or with the capacity of his own pocket. What alarms me is that there may exist –and ultimately become empowered among us– a new left, so obsessed and happy about the beauty of its things, that it can end up believing that we may mistake our poverty and prosperity –the Cuban qualities which may coexist in our struggles, failures and successes, in our dreams– with their vanities.

‘Welcome to the beauty!’, they seem to be saying without shame or humility to the hundreds of thousands of impoverished and lonely old people who can have lunch and dinner thanks to the protection guaranteed by the State, to the millions who anxiously stand in long lines for vile ground meat or rationed eggs, because that’s their fundamental and above all most democratic source of protein. For them, and for the majority, Cuba hasn’t been a ‘delight without end’, not before and not now, and that’s why our metaphorical David isn’t small.

If feel that, as a society, we are enthusiastically and flippantly entering –others may long be fully enjoying it already– a time of cynicism, in which reality would be conceived as a consumer product, so that those who cannot really escape it may get to do so.

We are in dire need that once again the heroes of good may rise from among us; the heroes of decency and honesty, those that the other Cuba, the one made up by the great people, encourages with the injustices that befall it, and when the small people are at their most arrogant.

We must take note of the dangerous ethical decline that’s taking place, of the political and social conservatism which now emerges connected to economic power, or with the hidden and shameful desire for power, in order to prosper and make rich through our misfortunes. We must understand the deep roots and the expansion of the culture, the values and the practices of that successful fringe, and of the way in which they have infiltrated our institutions and managed, for now, to corner ethics and civic responsibility.

Of that ethical decline, of those sustained exercises of opportunism and cowardice, profitable and exploited by them, we shall expect the worst evils. But we must never forget that the beggars table is also political, as dignity is virtue.

(Translated from the original)