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Nuestras insuficiencias y el tiempo

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No conozco ningún economista que escriba y no hable de que hay que apurarse, que hemos perdido tiempo, que el tiempo no alcanza, que está contra nosotros. ¿Por qué esa preocupación con el tiempo?

Es que el mismo resulta ser la variable más importante. Y ya estamos, políticamente, contra la pared. El tiempo ya ha devenido para nosotros una variable política. Llevamos entre 8 y 10 años para poner en practica todas las medidas discutidas y más que aprobadas. Es verdad que la Pandemia, considero, la hemos manejado muy bien. Comenzamos bien y vamos a terminar bien. Ya no estamos lejos del final, en cuanto a Cuba nos referimos.

Sólo debemos evitar que el exceso de entusiasmo haga que el proceso de recuperación de la pandemia no se nos vaya de la mano. Debemos determinar por donde vamos a comenzar. Todo hacerlo paso a paso, con las pausas necesarias. Porque volver atrás sería fatal. Sobre todo, después del ejemplo que hemos dado como país en el control de la Covid-19. Porque esta última le ha resultado traicionera a todos los que se han apurado demasiado.

Pero lo anteriormente dicho, también deviene un reto para nosotros. ¿Por qué? La pandemia que nos viene encima ahora, es la del crecimiento débil, que ya lo sufríamos antes de que comenzara la del Coronavirus.

Entonces, debemos aprovechar para ganar tiempo. ¿Cómo? Comenzando a tomar todas las medidas que debemos adoptar, antes de que termine la pandemia del coronavirus. Y sin esperar al próximo Congreso del Partido. Ya ha habido dos congresos. No es necesario ahora hacer uno más. Tampoco hace falta, ni siquiera es necesaria otra reunión del Consejo de Ministros. En la del día 4 de mayo, ya nuestro Presidente lo dijo todo. Y orientó muy claro, que no debemos continuar haciendo lo mismo. Que debemos innovar.

De lo que se trata ya, es de comenzar a poner en práctica las medidas, sobre las que ya hay consenso. Este último sale de los documentos ya aprobados, de la Conceptualización del Modelo Económico, el Plan hasta el 2030, la reunión del Consejo de Ministros, del día 4 de mayo, donde se discutió lo del Plan del 2021; del consenso entre los economistas; en que todos estamos de acuerdo, detalles más o menos, de qué es lo que hay que hacer.

Y todos estamos preocupados, de que no nos demoremos más.

Porque ya es una cuestión de cuándo, no de qué es lo que hay que hacer. Debemos comenzar ya. Para que cuando la pandemia termine, hayamos avanzado, con algunas medidas y que la gente sienta que la situación comienza a mejorar. Antes de que la justificante lógica y ética de la pandemia se nos agote.

¿Qué debemos hacer?

-Primero que todo, asegurar la alimentación de nuestra gente. Comenzando por solucionar el problema agropecuario y dentro de ello, asegurar el abastecimiento de carne de puerco a la población. Donde ya habíamos acumulado la experiencia de hacer crecer la producción.

Hay arroz; teniendo puerco, así aseguramos grasa y proteína; con eso y lo que hay en los agromercados, aseguramos la comida y se puede esperar por lo demás. Lo que entre de la siembra del ciclo corto; hay mangos, plátanos, cebollas, ajos, pepinos; los frijoles irán apareciendo; los huevos, el pedazo de pollo, y ya con eso le aseguramos lo mínimo fundamental para la comida a nuestra gente.

-Hay que acabar de solucionar lo del pescado para el consumo interno. Eso creo lo solucionamos, con alguno que no exportemos; el pescado de las presas y su procesamiento industrial; abriendo la posibilidad de la pesca y venta privada; lo demás, que la gente lo vaya a buscar a los restaurantes. Que dentro de poco, deben de comenzar a abrir.

Mientras tanto, otras acciones que nos deben ayudar a darle más sostenibilidad a la alimentación, serían:

  • Adoptar medidas para fortalecer la producción industrial agropecuaria. Pagarle bien a los medianos y pequeños productores agropecuarios.
  • Quitarle un poco el dogal tan apretado del comercio exterior, para que puedan importar algunos medios de producción y no tengan que continuar llenando con laticas. Por qué algunos tienen que esperar por la entrega de la maquinaria o el tractor, por parte del Estado, si le podemos dar la facilidad de que lo importen con su propio dinero?
  • Hacer que acopio sea más efectivo y si no funciona, eliminarlo.
  • Eliminar los precios topados de la carne, que no funcionan; el mercado lo haría mejor. Esos precios son los que han creado el problema con la carne de puerco. Que al parecer ya habíamos solucionado y ahora se nos enreda de nuevo y no hay carne de puerco en los mercados de ninguno de los cinco tipos que existen. El puerco ya en los años noventa, funcionó como la mercancía equivalente, es decir, aquella que la población está dispuesta a dar cualquier cosa por ella. Como lo fueron también, en su momento, el cigarro y la lata de leche condensada. Se trata de esas mercancías, que, en medio de las condiciones de escasez, asumen un papel de equivalente importante para la población. Ahora esa mercancía es la carne de puerco.

Pero debemos también tomar otras medidas, para darle solidez a las primeras que hemos mencionado.

  • Fortalecer la producción de los municipios, para tratar de que se autoabastezcan. Creando facilidades para fortalecer la producción local de alimentos.
  • Que los productores locales se sientan estimulados y encuentren buenos precios a ese nivel.
  • Fortalecer la alimentación del puerco, pollos criollos, carnero, conejos, vacunos. Hay productores que han solucionado la alimentación. Maíz, caña, hierbas, plantas comestibles, miel, hojas de fruta bomba, hojas de yuca, azúcar prieta. Hay que aprender de los que inventan para sobrevivir. Y si una cosa ha aprendido el cubano, es a sobrevivir en la escasez. ¿La gente no inventó bistec de cáscara de plátano y ropa vieja de frazada de piso?
  • Hubo un plan para producir soya y no lo hicimos. Ahora la tendríamos como alimento y extensora para la producción de embutidos. Pero como dicen los rusos, “no hay porqué llorar por la leche derramada”. Hay productores de conejos, carnero y puercos y no lo hacen con maíz, ni pienso, ni soya. ¿No aprendimos a sacarle provecho al marabú?
  • Al menos, para la producción de puercos, no creo que sea necesario importar piensos. Sobre todo, si logramos un buen nivel de producción de maíz, que ya se observa la iniciativa de muchos productores y lo complementamos con otras cosas.

Pienso que las medidas para incrementar la producción de alimentos son elementales.

Un ejemplo desperdiciado es el aguacate. Los mexicanos exportan aguacate. Y ya quisieran ellos tener los aguacates del tamaño que los tenemos nosotros. Aquí hay una fuente de exportación que no aprovechamos mucho.

Todo lo demás, como la dualidad monetaria, muy importante. Las cuentas por pagar y por cobrar, el turismo, la producción azucarera, la producción industrial, las inversiones extranjeras, muy importantes todas, pero, no son las prioridades ahora mismo.

Lo primero, es dedicarnos prioritariamente, a solucionarle la comida a nuestra gente. Es la variable política más importante. Incluso, si avanzamos en otras cosas, pero no solucionamos la alimentación, estaremos muy mal, porque eso es lo que más presiona sobre la gente.

La segunda gran prioridad que considero debemos cumplir es la de poner a funcionar en sistema todas las formas de propiedad.

No debemos demorar más en crearle las condiciones necesarias a la propiedad estatal, para que esta pueda actuar como debe dentro del modelo. Para ello debemos cumplir tres tareas básicas:

  • Presionar sobre la empresa estatal para que ponga en movimiento las prerrogativas que ya se le han dado. Algo a lo que nuestro Presidente también se ha referido.
  • Crear las conexiones entre la propiedad estatal, las pequeña y mediana propiedad privada, las cooperativas y la inversión extranjera. Donde ya contamos con la experiencia, de cómo esto ha funcionado en el abastecimiento de productos alimenticios al turismo.
  • Mientras propiedad estatal, pequeña propiedad privada, mediana propiedad privada, cooperativa e inversión extranjera, no funcionen en sistema; nuestra economía no irá adelante. Pues solo operando de tal modo, con una empresa estatal que haga uso de todas sus prerrogativas y liberada del excesivo centralismo de la planificación, la economía no funcionara, liberando así las fuerzas productivas tal y como se nos hace indispensable.

Creo que, en medio de la Covid-19, se ha realizado un esfuerzo inteligente, coordinado y efectivo, que nos está permitiendo salir adelante con la pandemia. Por lo que no podemos darnos el lujo de perder esa experiencia.

El tiempo apremia, además, porque nuestra situación frente a la política de Trump, se puede complicar aún más.

-Los barcos iraníes con petróleo en camino hacia Venezuela y las intenciones de los Estados Unidos de impedirlo pueden complicar mucho la situación en nuestra área de seguridad casi inmediata.

-Marco Rubio, ahora al frente de la Comisión de Inteligencia del senado, tratará de hacer algo más para afectarnos. Aunque no será solo a Cuba a la que le provocará problemas.

-El ataque a nuestra embajada en Washington es una señal de que la administración estadounidense está dispuesta a retornar a la utilización del terrorismo contra Cuba. Siendo una señal muy grave de que después de casi un mes, ni siquiera se hayan sentido en la obligación de darnos una explicación.

-Ya los Estados Unidos está en el contexto del año electoral. Entonces, a medida que se acerque el momento de las elecciones presidenciales, Trump estará más dispuesto a realizar acciones, para parecer un hombre fuerte. Y como sabemos, somos uno de sus objetivos.

-Hemos pospuesto el pago de la deuda con el Club de Paris, pero de todos modos dentro de unos días debemos cancelarla y eso nos restará dinero para otras necesidades.

-Ya tenemos el verano encima, que no es la época en que nuestra agricultura más produce. Aunque se está luchando con los productos de ciclo corto.

-El final de la pandemia para nosotros no será una panacea, porque el mundo está muy mal y eso en algo nos puede afectar.

-Hay que parar, a toda costa, la delincuencia, pues está afectando seriamente algunos abastecimientos muy importantes, en el momento en que más los necesitamos. Además del problema ético moral que afecta a nuestro gobierno.

Creo que la policía está actuando fuerte y con celeridad, pero no es suficiente, hay que apoyarlos sólidamente con el control máximo sobre el aparato administrativo estatal, el privado y de las cooperativas.

La Contraloría debe mover sus recursos de fiscalización al máximo. Los Ministros, Jefes de Organismos, los privados, los Presidentes de cooperativas, etc. Todos, deben priorizar el tema del control de los recursos. Porque esa es nuestra pandemia inmediata a controlar. Es que en la medida en que los productos escasean, la acción de la delincuencia y la corrupción se exacerban.

De cómo utilicemos el tiempo dependerá mucho el éxito que podamos tener en llevar adelante las tareas, porque todas contienen medidas que ya debimos haber tomado antes. Luego quiere decir, que ya comenzamos con atraso y por demás, bajo amenaza.

Las propias condiciones en que tenemos que desenvolvernos hoy, no nos van a permitir que actuemos de manera lenta, pues las consecuencias negativas de una actuación inadecuada, o con la no necesaria rapidez, se harán sentir de manera inmediata. Y ya no se tratarán solo de consecuencias económicas negativas, sino más que ello, políticas.

El Presidente continúa insistiendo denodadamente en que debemos innovar, acabar con todo lo que no funcione, y darle máxima prioridad a la producción de alimentos. Pero en tal sentido, no han faltado ideas en el circuito de los economistas, que contínuamente hemos estado escribiendo sobre el tema. Más bien lo que han faltado son acciones de parte del Gobierno. Esperamos que con los ultimátum dados por el Presidente, todo comience a funcionar como necesitamos.

Creo que también resulta indispensable comenzar a revisar la situación de algunos cuadros, que parecen no estar funcionando como nos hace falta…

Metadiscriminación o Fantasía Cyberpunk

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Por: A. M. Mustelier

El futuro está aquí, podemos decir tranquilamente cuando desde la pantalla táctil de nuestro teléfono inteligente interactuamos y nos enteramos de lo que ocurre en las antípodas; y aunque decirlo es ontológicamente incoherente, realmente lo pensamos. En este Futuro la falta de información ya no es un problema, en cambio existe la sobreinformación.

Todos reportan sobre todo en todos los momentos: hay noticias, falsas noticias, noticias sobredimensionadas y noticias venidas a menos. Somos una civilización de periodistas pro bono, con visos de humanismo denunciando las injusticias, o lo que a nuestro juicio lo son y aquí entra la subjetividad de cada cual. Pero cuando algo toca por igual la mayoría de las subjetividades ocurre un fenómeno maravilloso: el contenido se vuelve viral (vaya forma de escoger un adjetivo) o trending topic (vaya forma de tener poca fe en el idioma propio). En esencia, el contenido se hace masivamente popular, como cuando grabas a tu perro persiguiendo su propia cola, a que es cómico.

Si es un contenido indignante, como lo es el caso del asesinato del ciudadano estadounidense George Floyd, la reacción es casi homogénea: indignación. Indignación que comparte el que suscribe por motivos obvios. Las reacciones en este futuro son entonces proporcionales al hecho de que todos vemos lo que ocurre todo el tiempo en todas partes: campañas en las redes, blackouts en nombre de la víctima, o para protestar contra el racismo, millones de comentarios rechazando el fatídico hecho, miles marchando en varias ciudades de Estados Unidos, otros que aprovechan y saquean en nombre de los primeros.

Estamos hablando de un acontecimiento global.

He ahí la ventaja de nuestro futuro interconectado, si en Estados Unidos un policía racista asesina a un negro en vivo, la opinión pública toma el poder, las organizaciones civiles asumen su papel como nunca antes se había visto y se aglutinan grupos que jamás habían coincidido en una opinión: monjas, amish, grupos de defensa radicales, miles de policías decentes, homosexuales, reclusos, defensores de la familia, gobernadores, otakus, nerds, hackers, la lista es infinita y engloba a la mayoría de la población mundial. Esto está muy bien.

Pero en nuestro futuro, incluso las protestas justas están segmentadas, se discrimina la discriminación. Si George Floyd hubiera sido un ciudadano Haitiano, Somalí, Yemení o Palestino, toda la interactividad y los millones de periodistas pro bono no hubieran sido suficientes, o hubieran pasado de la noticia asquerosamente y el perrito persiguiendo su cola le hubiera ganado por uno o dos millones de receptores. Aquí entra el fenómeno de la Visibilización, que responde a variables como: situación geográfica, grupo etario y nivel social.

En un solo mes del año 2018 murieron a manos del ejército israelí más de 100 palestinos.

Sí, el 2018 se incluye dentro de este futuro, de modo que todos veíamos lo que ocurría todo el tiempo en todas partes. Si la lógica acampara en nuestras sociedades, la reacción mundial tendría que haber sido igual a la desatada por el asesinato de George Floyd, multiplicado por cien, más un coeficiente por concepto de genocidio extendido en el tiempo, porque según palabras de Rawan Sulaiman, embajadora palestina en La Haya, desde el 2000 hasta esa fecha habían muerto a manos del ejército 9476 palestinos; o sea, el mundo debía haber tomado Israel por asalto, y saturado las redes sociales hasta que los perros mordiéndose la cola no tuvieran significado alguno para la humanidad.

En este futuro también es posible que algún díscolo me aclare que Palestina es una zona de guerra, mientras que el caso de Floyd tuvo lugar en un país en paz y civilizado; y eso me recuerda otra áreas en paz como los intrincados montes de Centro América, donde anualmente mueren a manos del ejército cientos de líderes sociales, o las grandes áreas alrededor de las maquiladoras de México, donde todos los días decenas de cadáveres de mujeres son descubiertos y desenterrados ante la mirada impasible de la prensa y los habitantes locales. En honor a la verdad, el futuro cyberpunk en el que vivimos no sólo discrimina por religión, raza, género, nivel económico u orientación sexual, también discrimina los tipos de discriminación entre discriminación intolerable, y discriminación del tipo: bueno, es triste pero qué se le va a hacer.

Por ahora, conformémonos con que un asesinato, al menos uno, no haya quedado impune.

Soldados del puente

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Foto: AP

A inicios del año 2015 –en un mundo que hoy se nos antoja lejanísimo– la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) me solicitó una breve reflexión a propósito del acercamiento que pocas semanas antes se había hecho público entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos. Fue publicada entonces en un espacio virtual auspiciado por dicha Asociación. Aunque leída un lustro más tarde saltan a la vista cuán lejos quedaron muchas de sus predicciones y esperanzas –arrasadas por la tozuda realidad–, creo que el texto mantiene vigencia en otros aspectos y de cara al futuro. En cualquier caso, queda como testimonio de un momento singular de nuestra historia reciente. Cinco años después.

Una de las mejores fotografías de los años iniciales de la Revolución cubana pertenece a Roberto Salas, y su discreto título es –sin parecerlo– una declaración de principios: Primer día. Aunque la imagen merece un estudio profundo, me limitaré por el momento a señalar un par de detalles. Está tomada en una fecha fácil de precisar (4 de enero de 1961) porque en ella aparece, delante del edificio en que hasta el día anterior había funcionado la embajada de los Estados Unidos, un vendedor de periódicos cuya tez negra contrasta con la de quienes esperan para entrar al recinto, presumiblemente con el propósito de abandonar el país. Sonriente, el vendedor muestra el diario Revolución que esa mañana luce un enorme desplegado en primera plana donde se lee: “¡Viva Cuba libre! / Rompen los E.U. sus relaciones con Cuba”, seguido por la bandera nacional y un poco más abajo, semioculta por el brazo del hombre, la palabra “¡Venceremos!”.

1961

El pasado 17 de diciembre los presidentes Raúl Castro y Barack Obama anunciaron a sus pueblos y al mundo el fin de ese período cuyo primer día había sido retratado por Salas casi cincuenta y cuatro años antes. Pocos acuerdos han logrado, al menos dentro de la Isla, el consenso generado por ese anuncio. Visto desde ella, se trata de una victoria en el sentido de que el gobierno estadunidense reconoció el fracaso de su sostenida política contra Cuba a lo largo de once administraciones y más de cinco décadas; a la vez, el cambio de rumbo tendría lugar sin exigir a la Isla ninguna de las tantas condiciones que se le intentaron imponer durante todos esos años. De algún modo, se trataba de un premio a su resistencia.

Fue relevante, además, que el acuerdo se lograra directamente entre los gobiernos, sin pasar por esa poderosa porción del exilio cubano en los Estados Unidos (y especialmente en el Congreso de ese país) que secuestró durante décadas el tema Cuba. Y resultó importante también que del lado cubano tal acuerdo fuera alcanzado por el llamado liderazgo histórico de la Revolución, lo que permite cerrar un ciclo por quienes fueran sus protagonistas, al tiempo que quita un pesado fardo a la generación que accederá a la dirección del país en las elecciones de 2018.

Lo cierto es que la decisión de restablecer relaciones diplomáticas y lo que se desprende de ella concluye un capítulo abierto en pleno apogeo de la guerra fría, la cual se vio alimentada, a su vez, por la confrontación entre los dos países. Es obvio, y se ha repetido hasta el cansancio, que se tratará de un proceso largo, zigzagueante y preñado de obstáculos. No es difícil conjeturar que incluso una vez que el bloqueo haya desaparecido o haya sido reducido a un cascarón sin sentido, quedarán importantes reivindicaciones para las que tomará años hallar una solución satisfactoria, como la devolución a Cuba del territorio ocupado por la base naval de Guantánamo. En cualquier caso, el panorama parece significar también un cambio positivo a nivel hemisférico, pues el deshielo debería suponer una distensión a nivel continental y anunciar una nueva forma en que la potencia del Norte se relacionará con sus vecinos del Sur; sin embargo, varias de las tensiones que están viviendo otros países latinoamericanos –en las cuales se asoma de un modo u otro la mano de los Estados Unidos–, atemperan cualquier optimismo exacerbado.

Mirada desde este presunto final podría parecer que la confrontación entre los dos países fue un extraño y evitable incidente, debido a circunstancias accidentales y a la voluntad de políticos empecinados; que la Revolución misma vino a provocar un problema allí donde no existía o que los posibles conflictos pudieron haberse sorteado de manera más o menos amigable; que a fin de cuentas la persistente relación de amor-odio que los cubanos han sostenido con los Estados Unidos ha durado más de un siglo, sin que eso implique, necesariamente, tropiezos mayores. En estos momentos, por cierto, estamos viendo el lado amable de los antiguos rivales. Escuchamos cada día en los medios cubanos a políticos y empresarios estadunidenses de amplia sonrisa hablar de intereses compartidos y de lo mucho que podemos avanzar juntos.

Nadie quiere expresar en voz alta, al menos por ahora, lo que pudiera pasar el día en que los halcones retornen a la Casa Blanca.

Porque así como Cuba intenta ser fiel a sus principios, los Estados Unidos no van a renunciar a ser ellos mismos. De hecho, el propio Obama dejó claro en su discurso del día 17 que aunque la política hacia Cuba cambiara, los objetivos seguirían siendo idénticos. Esta paz no sería, en tal caso, sino la continuación de la política por otros medios. Y si bien todos lo hemos repetido, no es cierto que el bloqueo y el clima de hostilidad hacia Cuba hubieran fracasado, o al menos no es cierto que hubieran fracasado del todo. En no poca medida fueron exitosos al dislocar y distorsionar su economía, y al contribuir a acentuar sus propios errores y limitaciones; lo fueron al empujar al país a un enfrentamiento que no dejaba margen a muchos matices, bajo la lógica de fortaleza sitiada y, en consecuencia, a reforzar el verticalismo y debilitar formas de participación popular y de toma de decisiones por parte de la sociedad cubana; lo fueron al forzar a los habitantes de la Isla a vivir en un estado de excepcionalidad desgastante.

En ese sentido, el nuevo período brinda oportunidades favorables que van desde mejores condiciones para llevar adelante una economía que –también por méritos propios– ha vivido en perpetuo estado de sobresalto, hasta un clima más distendido que favorece una democratización de la sociedad sin las presiones a que estaba sometida y nos permita decidir con mayor libertad lo que queramos. Será importante incluso (aunque parezca un argumento puramente emotivo) para evitar que muera un niño por falta de alguna medicina o equipo que solo pueden adquirirse en los Estados Unidos. Al mismo tiempo se producirá una mayor comprensión y conocimiento entre las partes, un redescubrimiento que ayudará a eliminar prejuicios, y tendrá lugar un mayor intercambio cultural y académico entre los dos países, un flujo de información y tecnologías que en general resultará positivo.

Ese paso decisivo, no cabe duda, abre un anhelado y estimulante escenario. Pero los retos que plantea son enormes e imprevisibles. Porque el desafío no concluye el hipotético día en que las embajadas de La Habana y Washington estén en funciones, el bloqueo haya sido desmontado, el flujo de personas, mercancías y capitales marche sobre ruedas, y los presidentes de ambos países se reúnan amistosos. Entonces, el desafío apenas habrá comenzado.

Para enfrentarlo desde Cuba con conocimiento de causa resulta inevitable formularse una pregunta: ¿Qué proyecto de país queremos y podemos construir en las actuales circunstancias? Hasta hoy, parte de su sentido y de su cohesión se la daba esa misma confrontación con los Estados Unidos, en un momento en que, como en las malas películas, los héroes y los villanos estaban bien definidos. Pero esas posiciones son cada vez menos claras, y no es difícil predecir que dentro de cinco años, por limitarnos a una fecha no muy lejana, el país se parecerá poco, para bien y para mal, al que conocemos.

Cada vez seremos más semejantes, para bien y para mal, a cualquier otro país latinoamericano.

Roto el impasse que impedía a los dos países sentarse juntos a una mesa de negociaciones, es relativamente fácil desbrozar el camino para alcanzar algunos acuerdos básicos. El diálogo se complica, sin embargo, cuando haya que discutir, por ejemplo, el tema de las compensaciones por daños materiales y morales y, más aún, cuando se comiencen a dirimir cuestiones simbólicas. Ya sabemos que no es solo el futuro, sino también el pasado lo que está en juego. Se abren caminos, es cierto, pero qué va a pasar, digamos, cuando pretendan derribarse algunas estatuas y levantarse otras.

No es difícil presagiar que en los próximos años el espectro político cubano se diversificará y hallará sus propios representantes. Hasta ahora los líderes de la Revolución  gozaban de una autoridad histórica y política irrepetible, en la que influía involuntariamente –dicho sea de paso– la política del gobierno estadunidense. Como parte de la dinámica dominante en estos años, la radicalidad del proceso cubano y el apoyo por parte del gobierno de los Estados Unidos a cualquier alternativa, toda oposición se ubicaba, casi de modo tan inexorable como la ley de la gravitación universal, a la derecha de ese espectro. Pero no es extraño que a la vuelta de unos años, en un clima más o menos distendido, se consoliden fuerzas y movimientos que abarquen incluso una oposición de izquierda. Será en ese complejo contexto donde, en no poca medida, deberemos reinventarnos.

“Ya no se abren fosos hondos en torno de almenadas fortalezas”; escribía el cronista, “sino se abrazan con brazos de acero, las ciudades; ya no guardan casillas de soldados las poblaciones, sino casillas de empleados sin lanza ni fusil, que cobran el centavo de la paz, al trabajo que pasa; los puentes son las fortalezas del mundo moderno”. Y añadía: “Mejor que abrir pechos es juntar ciudades. ¡Esto son llamados ahora a ser todos los hombres: soldados del puente!”. Así concluía José Martí su crónica sobre “El puente de Brooklyn”, publicada en La América de Nueva York, en junio de 1883. Ciento treintidós años después un inesperado puente ha sido tendido –salvando fosos y almenadas fortalezas– entre dos enemigos que hasta poco antes parecían irreconciliables. El proceso será arduo y contará con empecinados adversarios, pondrá a prueba la capacidad de Cuba y su pueblo para sortear con entereza las sacudidas que sobrevendrán, estremecerá convicciones y desatará pasiones que parecían dormidas, intentará apuntalar las más variadas formas de restauración conservadora, incluso aquellas que se pretenderán en nombre del socialismo. Nos toca, aun así, ser soldados del puente.

¿Cómo ser jurista y conservar la dignidad en pandemia?

jurista

Los juristas tienen mala fama. Una gran parte de esa fea celebridad proviene de la constante promoción por series de televisión y películas, durante décadas, de una versión carnívora y despiadada de la labor de los que se dedican al derecho, sobre todo los abogados y abogadas.

Para colmo de males, la vida jurídica que más se promueve en Cuba es la de Estados Unidos, lo que crea en la población cubana una imagen de juristas con actitudes a veces extrañas a nuestro sistema jurídico, no porque seamos más limpios sino porque somos distintos.

El derecho es una ciencia, pero también es una práctica política y técnica, que parece ser solo el momento de la puesta en escena del juicio oral pero que es mucho más que eso. Tiene más de dos mil años de enseñanza, de producción de textos sobre sus instituciones, de trabajo profesional de sus especialistas, de acumulación de experiencias en foros y estrados, lo que significa que también guarda una larga historia de justicia y su contrario.

La imagen de los juristas decidiendo la vida de las personas en negociaciones frías, sobre todo presentada a nosotros en programas para la televisión, donde importantes abogados de bufetes privados de los Estados Unidos de América, ganan casos y con ellos millones de dólares, crea en el público una idea de que los juristas son bandidos o auras tiñosas aunque en realidad en cualquier parte hay juristas tramposos, malhechores e inmorales, de la misma manera que esto se da entre médicos, dirigentes, deportistas, artistas o científicos.

La profesión de los que estudiamos derecho no nos hace más honestos, ni más justos, ni más fraudulentos ni más desalmados, solo que en el mundo del derecho es legal, legítimo y necesario que los asesinos sean defendidos, que los agarrados in fraganti tengan un juicio imparcial, que los acusados confesos puedan ser absueltos, y que los casos aparentemente ganados se pierdan por un tecnicismo procesal.

La existencia misma del derecho no garantiza la presencia de la justicia. Los juristas romanos de la época del imperio decían que el derecho era el arte de lo bueno y equitativo, que el derecho debía intentar hacer buenos a los hombres y no solo por medio de las sanciones sino también por los premios, que la justicia era la constante voluntad de dar a cada cual lo suyo, que los jurisconsultos debían ser llamados sacerdotes y que el derecho llevado al extremo de la interpretación literal puede llegar a ser injusto.

Por eso, esos mismos juristas crearon la equidad, la justicia del caso concreto, esa que en manos de los que pueden interpretar cada caso puede ayudar a que el derecho menos adecuado se convierta en la justicia requerida y sanadora.

Los mismos magistrados romanos que tenían la facultad jurisdiccional, en la época en que los jueces eran ciudadanos privados y no profesionales del derecho, fueron asentando poco a poco la práctica de la defensa del más débil, de la presunción de la buena fe en los casos de contenido patrimonial, de los beneficios para los deudores que ya tienen la carga de la obligación a cumplir, por lo tanto el derecho nació en la base de nuestro sistema jurídico, para defender a los necesitados y no para enriquecer a los que ya ostentan de todas las riquezas.

En Cuba el derecho es escrito, no aceptamos la costumbre como fuente de derecho ni permitimos que los jueces creen normas jurídicas en el acto de juzgar, por lo que es fundamental la independencia de los jueces y juezas, y la sabiduría, prudencia y ética de los fiscales y magistrados que tienen en sus manos la interpretación de las normas que solo el pueblo puede legitimar.

Aquí tampoco hay ejercicio privado de la abogacía por lo que los abogados y abogadas que deben representar a los particulares en litigios u otro tipo de procesos, deben ser contratados en Bufetes Colectivos que trabajan bajo la disciplina técnica del Ministerio de Justicia y son una organización no gubernamental, y en los que los especialistas en temas civiles, penales, laborales, administrativos y de familia, ganan salarios miles de veces más pequeños que los de sus colegas de bufetes privados en medio mundo.

La sabiduría popular en Cuba a veces no es tan sabia, como cuando piensa y repite que el que hace la ley hace la trampa o cuando se desesperanza en la horrible verdad de que aquí todo está prohibido, y cuando cree que los notarios y notarias de Cuba están forrados en dinero y son una banda de ladrones peores que los de las Mil y Una Noches, cuando en realidad la ley en Cuba la hacen los legisladores de la Asamblea Nacional y ellos no tienen forma de hacer trampa, algunas cosas solo están prohibidas por nuestra autocensura y los notarios son funcionarios públicos con un salario estatal y grandes posibilidades de caer presos por cualquier error banal.

Los juristas de Cuba, hombres y mujeres de ley, son tan necesarios en la república como la igualdad, la dignidad, la democracia y la limonada, todos estos imprescindibles para mi gusto.

En tiempos de pandemia, al contrario de lo que muchos creen y repiten, de que lo importante no son las normas ni la legalidad de las medidas tomadas por el gobierno, el derecho es una necesidad urgente para conservar la decencia de la sociedad, la tolerancia, el respeto al prójimo, la solidaridad, aunque sea impuesta, la paz, la concordia, la seguridad, la justicia que calma los demonios revueltos por el aislamiento.

Los juristas entienden de normas jurídicas, pero deben ser ayudados por la justicia del sistema social a comportarse como agentes de la verdad y la equidad porque de no ser así se convertirían en gendarmes de la corrupción y la arbitrariedad.

Quiero hacer un homenaje hoy a mi padre, que me enseñó tanto del derecho, sus virtudes y sus defectos. Él decía que se puede vivir enfermo, resistir toda la vida una dolencia o un padecimiento, pero no se puede resistir la existencia sin justicia.

Por la justicia, sol del mundo moral y lago cristalino para abrevar nuestra sed ciudadana, debemos arriesgar nuestra tranquilidad y despertar al jurista que todos llevamos dentro.

Juan Olaiz, ese insigne desconocido

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Juan Olaiz y la Academia Enrique José Varona

Por: Aries M. Cañellas Cabrera

El problema de los hombres que han marcado una generación sin tener la aspiración de trascender es que es muy difícil escribir sobre ellos. Nadie recogió sus palabras, pues no fueron dichas para ser recogidas, nadie escribió apuntes sobre su día a día, pues eso no era necesario.

Olaiz, o Juan para sus discípulos, fue el mentor de toda una generación de cienfuegueros que luego acudiría al llamado de José Antonio, y en fecha tan temprana como noviembre de 1955 fundarían en secreto una célula del Directorio Revolucionario que muy pronto -tan pronto como diciembre del propio año- se haría sentir en la ciudad con el llamado paro de los 5 minutos o la declaración de Cienfuegos como «Ciudad Muerta» en apoyo a una huelga de los obreros azucareros, de trascendentales influencias en el movimiento revolucionario de la ciudad.

La «Academia Enrique José Varona» era su alma.

Era, supuestamente, un colegio privado, pero Olaiz era maestro no mercader. Muchos de sus alumnos eran recogidos por él de las calles y sentados de gratis en el aula, de su bolsillo sufragaba los gastos de los muchachos con potencial pero tremendamente pobres de la zona, por ello la academia casi nunca tenía dinero para pagar a sus profesores, -que pese a ello seguían acudiendo, tal vez porque los conceptos de Justicia Social, Civismo, y decencia profesional de Juan eran tan grandes que casi significaban un compromiso- y los estudiantes organizaban colectas para ayudar al profesor a pagar las cuentas.

En esas  aulas donde hoy sería imposible -por el estado ruinoso del edificio- poner una placa, una tarde de noviembre del 55 Ángel Quevedo enviado por José Antonio funda el Directorio en la ciudad, al amparo de Olaiz. A partir de entonces esa sería la sede donde la célula dirigente del DR se reuniría.

Juan Olaiz, importante pedagogo cienfueguero y miembro del Directorio Revolucionario
Juan Olaiz, importante pedagogo cienfueguero y miembro del Directorio Revolucionario

Juan Olaiz Ladrón de Guevara nació en Cienfuegos el 6 de Junio de 1908, tan tremendamente humilde que parece un tópico de biografía de los años 60, pero lo cierto es que solo curso estudios públicos hasta el 5to grado en la escuela de los hermanos Maristas, luego de eso fue un autodidacta cuyo nombre está asociado hoy a la fundación de muchas escuelas de la ciudad.

La importancia de la Academia Enrique José Varona en la formación de los jóvenes revolucionarios de la década de los 50 en Cienfuegos seguramente se quedará por escribir, pero lo que si no puede dejarse de decir es la importancia de su fundador en esos jóvenes, tal sería que cuando en enero del 59 huye Batista y en la ciudad se crean los llamados Tríos para gobernar esos primeros días  -que incluían un miembro del M-26-7, uno del PSP y uno del DR13- el hombre escogido por el Directorio para ello sería Juan. Aun así, nunca quiso ser más que un militante de fila.

Olaiz decía que una organización de jóvenes debía ser dirigida por jóvenes.

Este antiguo fundador a su vez del Partido del Pueblo Cubano, y antiguo presidente del Ateneo de Cienfuegos -insigne sociedad cultural de la República- seria en 1976 presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular, y ese mismo año de la Asamblea Provincial.

Olaiz encarnó tal vez como pocos los ideales pedagógicos libertarios del siglo XIX y las ideas estoicas de Marco Aurelio, sin embargo hoy caminan por su ciudad miles de personas que jamás le han oído nombrar, más allá de una secundaria que lleva su nombre.

Para contactar con el autor: ariesmcc@gmail.com

Quarantine, bread and circuses

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Like almost everything else that arrives unexpectedly –whether good or bad–, the coronavirus and the subsequent quarantine have brought new things to Cuba. Aside from the masks –those asphyxiating little items which make us look like train robbers from the Wild West–, it brought us Dr. Durán every morning, who is now beloved almost like a relative, but was previously know by few; it showed us, though always covered, some of the faces of the highly-qualified biotechnology personnel; and it also showed us that shop lines, like the universe, are in constant expansion, for although we already believed they were long and everlasting, chicken meat has helped redefine our views on the matter.

But the coronavirus brought along other things, some of them bearing a highly interesting veil of mystery, which have supplanted Tras la huella (the most popular police procedural Cuban TV show) in the preference of lovers of detective stories: every night, the people wait for the deep voice of Yunior Smith –a worthy temporary successor of Rafael Serrano– to announce the inevitable police case.

Ranging from large expropriations of State resources –sweets, food products meant for vulnerable groups of people, paint, building materials–, to the illegal fishing of over a ton of lobsters, the cases are the long-awaited and necessary response to the speculation and illegal doings which for years –way too many years– have run rampant among us, like a leech that sucks away at the meager contents of the people’s pockets and the funds of the Republic, and that hangs over us like the sword of Damocles, ready to split our skull in two should any fluctuation, no matter how small, affect politics or the economy.

Nevertheless, since the beginning and until now, the cases of the new NTV segment –which nobody knows whether it’s here to stay or will saunter away with its mask over its shoulder once the quarantine ends– have gone down the uncertain path of fads. Some have been resonant and justified, so they have garnered the approval of the majority. Others, however, seem excessive and nearly ridiculous, wearing that scent that things have when they’ve been done in order to jump on the bandwagon. There’s one thing they do have in common: they elicit more questions than answers.

It seems like one of the things brought by the coronavirus to Cuba, coming from nobody knows where, is a numerous corps of policemen, district chiefs, experts and investigators, who suddenly found illegality camped under their noses and enthusiastically embarked on its eradication. Where were they until now that they hadn’t noticed? What happened before with the ‘revolutionary people’ who only now decided to report their neighbors? Did the crime-fighting sense of informers sharpen as a side effect of the quarantine?

Suddenly made diligent and effective thanks to COVID-19, these tropical Sherlocks have shaken the drowsiness they had worked with so far, and now ride into the fight, protected by their masks and the cameras of the show, against something that had been there for a long time already, and they use the news as a wall to mount the stuffed heads of those they’ve caught.

Their allies in this crusade are the journalists, whose virulence and flippancy vary depending on the province. The cameras which had been devoted to the men and women who continue working and to those who care for and look after the sick, are now also used to film these reports, most of them true monuments to investigative superficiality.

They go to the place, film the show, point their lenses at the accused –initially without protecting their privacy–, ask some questions with no real depth and predictable answers, and edit together the spectacle to be served up every night, like a sitcom on customs and manners. Generally, they seek nothing more, they show it and they leave it there; in the end this will all pass and life will just carry on, as the old Spanish song goes.

Have any of those journalists asked themselves –seriously– where the confiscated resources came from, which only the State possesses? Did they really think that those huge amounts of different and valuable things were smuggled out of government centers by simple workers, plucky thieves or persistent scalpers?

Why are the directors of affected companies, commerce managers and administrators missing from those news reports, not as simple deponents, but accepting their due blame, being properly asked for explanations, since those resources were lost on their watch? What happens that none of those investigations are conducted against government bodies or against officials who didn’t protect what was entrusted to them, and that maybe –God deliver us!– also tainted their hands with the proceeds of those illegal dealings?

Why don’t they turn their cameras on the delighted policemen or district chiefs who run the operation, so as to question them about their job so far, since in most cases the criminal behavior had been going on for years? Are any of them concerned at all with these things that some people –those who aren’t happy with just watching the wrongdoers burn at the stake while enjoying the smell of charred flesh– ask every night and talk about standing in line the next day? It seems like these journalists were also born yesterday.

Why are they satisfied with showing how the chain breaks at the weakest link? Maybe it would be advisable, to gain in seriousness and transparency, to run up the entire chain and see what lies at the other end, for the rule of the Law establishes no distinction among its subjects and must be applied to all and not just some. If we’re going to jump in the water, we must be willing to get all wet, and not just the tips of the toes.

That the investigations are still ongoing, some will say. That the corrupt and embezzling will also fall in all cases and not in only a few, others will say. That you can’t say more on the TV news, some may think. Well then, in defense of integrity, the journalists who have been given the task of tagging along in this crusade, as the truth-seeking public servants that they are, must be transparent or save the enthusiasm for later, wait until everything is clear and provide real follow-up to the cases –not just shelve them as it’s usually done in these parts–, because bias and lack of transparency bring them and their profession rejection and loss of credibility.

The names and faces of the guilty –and they unquestionably are– which have been shown in the NTV are not the only ones. The investigations should continue until they reach the deepest root and, same as they’ve show today the ascent to the scaffold of these citizens who have broken the laws of our Republic, they must also show how they are joined by those who have been their accomplices; those one can easily infer are hiding, confident of their luck as if they belonged to a superior caste, behind office desks and public posts of any sort.

These are hard times, we know. Great efforts are made to guarantee, nobly and through hard work, the bread of the people. Circuses are also necessary –the Roman poet Juvenal would say–, but not circuses of this kind, and not at the expense of integrity or put on just for the show. Let’s make everyone, with no exceptions whatsoever, abide by the Law, with ethics and truth.

Translated from the original

La equidistancia

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equidistancia

Me acusan de equidistante. Yo solo soy un joven nacido en los peores tiempos de la revolución. Uno más de los que gritó «Seremos como el Che». Uno que intentó ser revolucionario en organizaciones fosilizadas, entre gente que había perdido la esperanza. Nada de eso me hace especial. El blog La Joven Cuba y Fernando Martínez Heredia me devolvieron la esperanza en los ideales socialistas y revolucionarios, a la utopía rebelde, no a la entregada a la inercia. Y estaré siempre agradecido.

Jamás me pondré a la misma distancia de la revolución que del imperio. Jamás enalteceré al viejo capitalismo contra el que mis abuelos lucharon. Espero que se me juzgue por la totalidad de lo que he hecho y escrito. Un texto puede tener una comparación poco feliz, o no, ¿pero acaso mis críticos han leído todo lo que he escrito? ¿Desprenden mis textos alguna fascinación por la república neocolonial o el capitalismo?

Manuel Lagarde puso a LJC en una lista de “medios contrarrevolucionarios”. ¿Es respetable su proceder?

A estas alturas no reconocer que también en nuestra sociedad hay aspectos reaccionarios es muestra de mediocridad y vulgaridad intelectual. La crisis de la civilización y la cultura es un fenómeno del que no escapamos, porque estamos en este planeta también. Una crisis más grande de la que Trump es hijo, pero también la banalidad que atenaza nuestra cultura y nuestra prensa.

Para mí equidistancia es no estar a la altura de los valores de esta revolución. Resolver las cosas con listicas y no con argumentos. Es equidistancia entre la moral de un revolucionario y la ignominia. ¿Quiénes hacen más daño a la unidad entre los revolucionarios? ¿Acaso no son los que se dedican a hacer listas? ¿Cómo es que han permitido que exista algo como PostCuba? La distancia entre el ejemplo de Fidel y el troll de PostCuba sí es abismal.

Creo, eso sí, que se debe buscar la unidad. ¿Para cuándo es la reunión, el diálogo, la búsqueda de cerrar el cisma? Hoy hablo solo por mí.

Living up to the Trump times

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These days, one learns every morning in social media about the latest outrageous words or actions by the politicians. It’s like the boundaries have been blurred between what used to be sensationalist press and real politics. There comes a time when one gets used to the crazy and stupid antics of Trump and Bolsonaro, to the trivial exchanges, and also to the excesses of the Cuban press and its ideologues. But the worst thing is that one sees how that boundless spectacle of human stupidity which parades around social media doesn’t foreshadow the end of humanity’s old problems: hunger, war, dehumanization, oppression. On the contrary, abuse of power seems to become the norm.

Donald Trump appears as the undisputed hero of the new era. He has brought about the rise to power of farcical spectacle, insolence and a constant yet honest brand of lying. Trump says to his followers: ‘I’m deceiving you, and you know it, and you like it.’ The huge mass of American conservative voters goes out and votes for him, as if to celebrate his lack of authenticity; deep down, they’re enjoying a form of feeling superior, that in which you renounce the feigning of superior values, and firmly declare that you don’t need them, because you already are better than the Mexicans, the blacks, the liberals and the communists.

Trump embodies the spirit of a time which dangerously approaches the reactionary abyss.

It’s no coincidence, therefore, that he would recently threaten to sign a decree aimed at limiting freedom of expression in social media. With his big bag full of fake news and post-truths, the imperial clown has rehashed an old dynamic of fascist movements: taking maximum advantage of the freedom of expression in bourgeois republics in crisis, so that later, once the fanatic base has been consolidated, they may crush the rights of the minorities. One important difference, however, would be that old fascisms at least pretended to maintain an appearance of seriousness, something which has been discarded in the postmodern version.

It’s true that party extremism has also begotten something like Decree 370 in Cuba. But one would expect that the leader of the free world not follow in the steps of a ‘dictatorship’ and proclaim a Decree 370 for the US. In fact, differences aside, both decrees are preposterous. In Trump’s case, it’s defended by someone who says he wants to protect freedom of expression, and immediately afterwards states that he would shut down Twitter if he could. In the Cuban case, it has two subsections which deny any revolutionary sense, but it doesn’t dare either to be truly Stalinist and dictatorial: it threatens those who violate orderliness with a fine.

What does it mean that in both Washington and Havana the drafters of decrees are supplanting comedians in their jobs? And what does it mean that jokes today accompany, or rather herald, the horrors? Among other things, it means that as a civilization we are in decadence, and that the stellar ideologues in the Cuban government have sadly learned to live up to the times. So, point for Hegel.

I’m not the first one to say it, but I’ll say it again: Cuban politics has degenerated on both sides to the level of a feud between reggaeton singers. Instead of arguments, we have the radical cheekiness of Otaola, or the idiocy of the articles by Lagarde, who doles out the label of mercenary as if it were bread by the rationing card.

The Trump effect is already in Cuba, with indigenous background and bad habits.

This reality puts all of us with an understanding of politics based on higher ideals in a tight spot, because it brings us to a question that haunts many in the world today: How can we be effective against someone like Trump? How do you fight against mediocrity and insolence when they are institutionalized? What can you do when people prefer baseness? How should we react when they view highly intellectual or moral discourses as false, bourgeois or alien?

The worst thing about these decadent discourses which are exalted today is that they connect with a part of the culture that remains rather present at the level of folklore and of people’s common sense. We’re still not as far as we’d like from the medieval villager, who enjoyed public executions and hurled rotten fruit at the prisoner in the rack. We’re still that in great measure. Social media have not made people worse, they’ve actually only brought to the surface the mediocrity which was already there.

Nevertheless, it’s a grave mistake to assume the position of the outraged, of the one who believes that old times were better, and wants to restore the political discourse to its old and respectable course. That’s the position of many conservatives, liberals and also socialists, who are today impotent when trying to face the phenomena of the Trump era. My recommendation: first realize that the old discursive models were always rather illusory; they were always functional only for a learned stratum of society, while leaving out the majority.

People are mediocre in great measure because they are the result of a system, the same system which granted usufruct of the word and of culture to a part of society. Therefore, that old republican, illustrated and liberal politics that some dream of cannot be the solution to the problem because it’s part of the problem. That old world begot this one. Expelling the idiots to the margins once again, leaving them without a voice, is an antidemocratic illusion, which has also become impossible to carry out in practice. What’s needed is popular education, a process which would allow people to overcome their vices and their worst impulses by themselves.

In this new time, one feels sorry for liberals.

When they try to ridicule Trump, to get him out of the game, they only manage to make their own image suffer, and they barely understand why. Trump may lose the election in November, but the phenomenon he stands for is only beginning, and it will repeat. The old republican and liberal arcadia that some pine for is crumbling down due to its own contradictions. The main one is because it was built on the foundations of capitalism, and as those foundations erode, it becomes impossible to sustain what was built on them.

This crisis of liberalism also has an impact on the Cuban problem. Firstly, it messes up the discourse according to which the Cuban system is a primitive ‘regime’, in which liberals have the historical mission of being its undertakers. It would be absurd to think that, at a time when the world is not heading in that direction, a by-the-book liberal democracy should triumph in Cuba. There are people –poor fellows– who dream of Spanish-style or Chile-style transitions. One only wonders what fuels their delusions.

The problem we have in Cuba is not the same that they have in the US, of course. In our island, the liberal order that Batista brought to a crisis not only failed to be restored, it was swept away. In that sense, we were ahead of our time. The problem is that, in the desire to move too fast, and because of bad influences, we discarded too many things from the old world and gave shape to our own kinds of horrors. Today we are in the painful process of realizing that some realities and ideas from the old world were not that negative or that easily surmountable: for example, the market, democracy and freedom of expression.

The bad thing is that, in the midst of this process of ours, when we should we refounding the principles of our socialist system and seeking the socialist way to manage the market, democracy and freedom of expression, the general decadence of civilization drags us along and pushes us too towards mediocrity. In times of revolution, many mistakes were made, and today those mistakes live and writhe as culture within each song of the worst reggaeton. The danger is that, in this universal decline of liberal ideals, socialist ideals should also be swept along, so that we’re no longer able to recognize the revolution in ourselves, and are left at the mercy of the more reactionary side of our society.

Socialism or barbarism.

The Cuban Trump lurks in the obtuse defenses of ETECSA made by Cubasí, in the public lynchings of the NTV for the amusement of the village, in the gangster behavior of cyber-fighters of the lowest ilk, in PostCuba, in the claptrap Granma publishes about the problem with meat in the US. Facing it is as complex as facing the other Trump. It’s easy to end up as a utopian, an ‘intellectual’, someone out of touch with what’s practical.

But Trump and his avatars must be resisted wherever they are. It can’t be done from a position of outraged morality, or from Platonic romanticism. Clownish stunts and baseness are not defeated that way. They are vanquished with the determined practice of authenticity. Nobody laughs at someone who is authentic, who does not pretend to be what they aren’t. It’s difficult, but it’s the only way.

Translated from the original