Inicio Blog Página 276

Los animales afectivos

11
animales

La primera señal fue el abandono de varias mascotas (incluyendo los llamados “animales de raza”, los que cuentan con un pedigrí) por sus dueños, sin más ni más. La  explicación que el rumor popular propalaba se refería a las mascotas como posibles portadoras del virus que produce la COVID-19. Varios salimos al paso de aquella idea absolutamente infundada y solicitamos a los medios oficiales no hacer alusiones que contuvieran ambigüedad alguna al respecto. Por fortuna fuimos escuchados.

Luego, comenzaron a aparecer, con mayor frecuencia respecto a los tiempos pre- pandemia, casos de animales domésticos callejeros (en especial perros y gatos) atacados brutalmente, me refiero a desuello, asfixia dentro de bolsas de nylon, evisceraciones, muerte por puñaladas o calcinamiento, hasta el hecho más reciente de un perro joven de tamaño mediano apaleado en la cabeza hasta sangrar que fue, además, echado en el fondo de un contenedor para basura en la esquina que forman las calles 15 y 28, en El Vedado capitalino, el cual pese a la rápida actuación de vecinos y protectores murió esa misma noche.

En el cronograma de trabajo de la Asamblea Nacional las regulaciones relacionadas con el bienestar animal están previstas para su legislación durante el año 2021. Para quienes nos hallamos sensibilizados con el asunto y al tanto de lo que ha venido sucediendo resulta una fecha en extremo lejana.

En sintonía con la activación que, en general, se percibe en la sociedad civil cubana desde el 2019, a cada rato aparecen compatriotas organizados en nuevas entidades no gubernamentales que tienen por fin la protección de animales afectivos, o grupos de personas que toman la iniciativa de construir y mantener refugios para los llamados “callejeros”. En ocasiones ambas variantes se fusionan; recientemente una asociación protectora llegó a acuerdos con una cooperativa agropecuaria para poder emplear un área de sus tierras como refugio para los animales desamparados.

animal
Perro callejero en La Habana. Foto: @jawnboyd via Twenty20

Basta con asomarse a las redes sociales para darse cuenta del alcance y la amplitud que el tema está tomando. No ha faltado, por supuesto, la politización del asunto por personas ajenas y no bien intencionadas puesto que intentan desacreditar las intenciones y actividad de los grupos más serios mediante la creación de los fantasmas del mercenarismo  y de la disidencia, mientras uno de estos grupos de protectores, me refiero a “Cuba contra el maltrato animal”, el pasado año logró un estupendo encuentro con los directivos de la instancia correspondiente en el Ministerio de la Agricultura, que en nuestro país es la entidad gubernamental encargada de atender todo lo relacionado con el bienestar animal.

En dicha reunión se consiguieron acuerdos inteligentes, en especial, en cuanto a la relación de las instituciones de Zoonosis con los animales afectivos que se encuentran en las calles, un tema de suma complejidad y sobre el cual existen muy diversas posiciones, sin que falte, además, el necesario conocimiento y, por ende, la comprensión de los amplios objetivos de las instituciones encargadas con este tipo de control que abarca la contención de los procesos de transmisión de enfermedades y vectores desde las poblaciones animales a las comunidades humanas.

A raíz del aumento de las agresiones y la violencia, en general, contra los animales callejeros y de esta otra posición de enturbiar los reales objetivos de la sociedad civil organizada, algunas personas han advertido que bien pudiesen tener estos comportamientos brutales la finalidad de lastimar los caminos de diálogo al interior de la sociedad y sus instituciones que cada vez se hacen más frecuentes y originales.

Los compatriotas preocupados y ocupados en el asunto se mantienen denunciando cada acto de barbarie por los medios alternativos a su alcance (los medios oficiales aún no han sido capaces de cumplir su tarea social al respecto) y auxiliando a las víctimas en todos los casos en que esto es posible, a la par que no cesan de crear conciencia sobre la urgencia de disponer, lo antes posible, de las regulaciones pertinentes que brinden el necesario marco jurídico para la protección animal.

No están ajenos dichos compatriotas a la magnitud y la complejidad que alcanza, en Cuba, el examen del tema del bienestar animal — el cual abarca todas las esferas de la actividad social donde los ejemplares del mundo animal tienen presencia— y, por consiguiente, las dificultades que tiene ante sí la tarea de elaborar los cuerpos legislativos correspondientes, pero a la vez saben y sienten la urgencia que, desde todo punto de vista, que incluye el ético y el educativo de cara a las nuevas generaciones, reviste tal cuestión, en particular en una sociedad como la nuestra, con una sólida tradición humanista a la cual rendimos tributo cada día, empeñada en construir un socialismo próspero y sustentable.

Tal vez el paquete legislativo que intente incluir todo lo referente al término “bienestar animal”, sin duda, una categoría superior, deba esperar hasta el año próximo dada la diversidad y complicación que entraña esta labor, pero de lo que ahora se trata es de examinar la posibilidad de contar en un tiempo más breve con un dispositivo legal que colabore en el propósito de desnaturalizar (mostrarlo como lo que es: una conducta antinatural y amoral) y llegar a disminuir hasta su erradicación determinados comportamientos humanos que infringen daño a los animales con los cuales diariamente convivimos.

Sencillamente, que la violencia no continúe impune. Resulta impensable un proyecto de futuro sin respeto por y responsabilidad con la Naturaleza.

El clasificador en su laberinto

clasificador
Javier Gómez Sánchez e Iroel Sánchez

Como si a Cuba no le bastara con haber perdido su lugar prominente en la producción de azúcar. Por si no fuera suficiente con el hecho de que ya no existen frutas que hasta hace unas décadas eran parte de la cotidianidad tropical. Como si no hubiéramos degenerado en tantas de nuestras potencialidades para crear riquezas. Ahora, para colmo de males, ya el país no es capaz de producir ni un pensamiento o una opinión política propios; también son importados.

Lo que la revista Cuba Socialista había unido hace unos meses por obra y gracia de Karima Oliva y Vibani B. Jiménez, en una corriente única de oposición denominada progresismo, ahora Cubadebate lo separa en dos mitades tras el pase de magia de Javier Gómez Sánchez, pues según su artículo, publicado en el referido sitio la pasada semana, las opiniones adversas al gobierno se dividen entre nosotros en dos tendencias contrarrevolucionarias. Pero, oh nacionalismo derrotado, ambas tienen su origen en EE.UU. Las bautiza y todo: obamistas y trumpistas, o para ser más precisos «la estrategia Trump» y «la estrategia Obama».

Qué tiempos aquellos en que las divisiones de los cubanos por personificaciones políticas eran entre quesadistas o aldamistas, miguelistas o zayistas, moruístas o gomecistas… Pobre del sistema ideológico que no pueda reconocer en sí mismo, como a hijas propias, a las diferencias, y deba presentarlas cual exóticos trasplantes, como la progenie bastarda de un extranjero. Solo con eso mostrarían su fracaso y lo indignos que son de un hombre como José Martí, que alegaba: «de los derechos y opiniones de sus hijos todos, está hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos». [1]

En una especie de acto de clasificación, donde se van sacando cosas de una gaveta para ponerlas en otra, Javier Gómez Sánchez nos indica todo lo que es desechable para esa fuerza que vela desde arriba —como Mashenka al pobre oso— por el bienestar y la pureza de nuestras ideas.

La fantasía de Gómez Sánchez, digna de la literatura de ficción, compara a la oposición con dos perros: uno que gruñe (los recalcitrantes, la gente que propone una vuelta firme al capitalismo) y el otro que mueve la cola (los que en apariencia proponen reformar al sistema socialista pero que al final son una cuña para influir, desde dentro, en su bancarrota).

Esta segunda estrategia, «más intelectualizada, menos agresiva y capaz de hacerse simpática», es la principal en opinión del articulista, y la más peligrosa. La relaciona con una serie de demandas sociales que pondera como «justas» pero que, para él, están siendo «utilizadas» con una falsa empatía, como el matrimonio igualitario y la protección animal. A esta corriente pseudo-socialista le suma igualmente los criterios que reconozcan algún mérito en el pensamiento o la historia de la república, o que se encaminen a «manipular históricamente fenómenos como el Mariel, la UMAP o el Quinquenio Gris». El uso de un lenguaje marxista, si sirve para «presentar el “modelo cubano” como absolutamente fracasado» va a parar también a la gaveta obamista.

El clasificador de estrategias se apresura a acuñar que los falsos socialistas también son de derecha, pero enseguida aclara que se disfrazan mediáticamente de izquierda. Su teoría de la conspiración perfecta alega que desde el Norte se potencian la estridencia y vulgaridad de la estrategia trumpista para lograr engañar — nublando su visión—, al ingenuo público que se incrementa con «nuevos lectores jóvenes», los cuales, huyendo de una estrategia, caen en brazos de la otra, la obamista, que sería aceptada como «un mal menor».

Le tengo malas noticias al clasificador. La primera de ellas es que si mira todo lo que ha desechado podrá constatar que la instancia política a la que él representa se va quedando con muy pocos seguidores. Porque le aseguro que no solo son lectores jóvenes los que se sienten representados por las ideas que él deplora. ¿Quieren comprobarlo? Es fácil, permitan que los científicos sociales hagan estudios de opinión sobre lo que afirma aventuradamente ese artículo de Cubadebate.

La segunda cuestión es que con artículos como este no lograrán engañar a nadie. El eterno cuento de Pedro y el lobo ya no les funciona. Es evidente la incapacidad que han manifestado para reformar desde arriba al sistema, y no van a disfrazarla acusando a los muchos críticos que tienen, a los cuales le impiden participar en el proceso. En Cuba ahora los centristas son ustedes, tienen oposición desde la izquierda y desde la derecha, y sí, en algunos puntos sus agendas coinciden, porque temas como el matrimonio igualitario y la protección animal son derechos cívicos elementales que no se enmarcan necesariamente en una trinchera ideológica.

Comprendo perfectamente que le teman más a las ideas socialistas.

Las ideas del socialismo son ajenas desde hace tiempo a gran parte de la burocracia política, parasitaria y anquilosada, que nos dirige. Se afirma en el artículo 3 de la Constitución que el carácter socialista y el sistema político y social son «irrevocables», cuando irrevocables son en verdad los métodos arcaicos y las figuras desgastadas, pero llenas de privilegios, que conducen al país a un destino incierto.

Y vaya que son poco diplomáticos en el Departamento Ideológico del Comité Central del PCC. Con artículos como este echan por la borda —al ubicarlos gratuita e innecesariamente como enemigos peligrosos— al importante sector de la emigración cubana que simpatizó con la política flexible de Obama, que es proclive a negociar con Cuba, se opone al bloqueo y no pretende un cambio de sistema mediante la fuerza o la coacción directas. Sector clave en la política ante las próximas elecciones de aquel país, en momentos de profundísima crisis para Cuba y de necesidad de atraer capitales y apoyo. Sería recomendable que el aparato ideológico se nutriera de analistas políticos. Que esto no es el pacto soviético-alemán del 39; aquí una tergiversación puede ser más costosa.

Es contradictorio que un artículo con esta tesis se publique en un sitio que se denomina Cubadebate. ¿Debate con quién? Si todos los que disienten en Cuba de las políticas del gobierno son productos de importación como asegura Gómez Sánchez, entonces ¿qué contendientes sostienen la controversia? Hasta los teólogos medievales reconocían a sus enemigos como parte de la iglesia católica.

[1] José Martí: Pensamiento político. Prólogo y compilación Emilio Roig de Leuchsenring, La Habana, Oficina del Historiador de la Ciudad, 1953, p. 200.

Allá ellos

38
ellos

La Joven Cuba lleva una década en el ciberespacio como un blog de la izquierda crítica, caracterizado por una moderación flexible que admite comentarios de diversos perfiles ideológicos. Sus posts se cuentan por miles, los comentaristas por decenas de miles, y millones la han leído y compartido en diversos soportes.

Si hurgando en toda esta trayectoria alguien encuentra algún texto donde se hayan asumido posiciones contrarias a la Revolución, afines al bloqueo a Cuba, o que llamen al derrocamiento del gobierno cubano, debería denunciar el caso ante la fiscalía para que el autor, y el medio, sean procesados según las leyes de nuestro Estado Socialista de Derecho.

Si ciertos textos que se publican en ella plantean tesis ideo-políticas que molestan a alguien en particular, existen ya suficientes espacios para el debate de ideas discrepantes –entre ellos, la propia LJC? donde dirimir controversias de este tipo. Pero hay algunos que huyen de las controversias en igualdad de condiciones y prefieren asumir posturas de supuestos veladores de la fe revolucionaria. Incluso intentan contraponer a LJC con su principal inspirador: Antonio Guiteras, creador de LJC original.

A esos les recuerdo que Guiteras fue un revolucionario antimperialista, defensor del socialismo –nunca del estalinista, por supuesto?, y de la lucha armada popular, que el PC de su época combatió hasta la saciedad tildándolo de socialfascista y represor del pueblo.  Con su negativa a pactar con él para enfrentar a la reacción desbocada, aquel partido comunista se unió al acoso a que lo sometieron la oligarquía y los militares de Fulgencio Batista hasta matarlo en combate en el Morrillo matancero. ¿Acaso esos acosadores de LJC desconocen esos hechos?

La verdad verdadera es que en la Cuba de hoy se ha conformado una tendencia de izquierda –aún abigarrada e inconexa-, aspirante a reformar el modelo socialista cubano para hacerlo más democrático y libertario, que encuentra en LJC uno de sus medios de expresión. Si los que colaboran en ella son pocos aún, por múltiples razones, los que la leen, comparten y debaten sus publicaciones son muchos, y cada vez más.

Claro que espacios como este tienen que molestar a los que pretenden seguir monopolizando la opinión y los sentimientos de izquierda de la mayoría  del pueblo cubano. Ese grupo de escribidores, que aprueba cuanto haga el Estado/partido, aun cuando las medidas recientes puedan negar lo que defendían a grito pelado hasta el día anterior, está desconcertado. De ahí que apelen al viejo repertorio de calificativos aplicados a todo tipo de disidencia al poder constituido en cualquier lugar y época: traidores, herejes, disidentes, servidores de potencias extranjeras, mercenarios

Solo que, sin evidencias ni argumentos confiables, su rosario de infamias se vira, una y otra vez, contra ellos. En la Cuba revolucionaria y socialista de hoy esos autoproclamados censores solo sirven de lacayos al grupo hegemónico que pone trabas a la aplicación de muchas de las reformas necesarias para flexibilizar la economía cubana y sacarla de las mordazas del estatismo que la han llevado al marasmo actual. Eso que el pueblo llama con razón: el bloqueo interno.

La falacia de identificar la propiedad socialista con lo estatal y negar espacios al empoderamiento real de los colectivos laborales y los municipios, la cooperativización verdadera –no la de las UBPC, por favor!?, las pymes y la inversión de capital cubano; ha llevado al grupo de poder hegemónico a convertirse en el freno principal para la realización de transformaciones plasmadas en documentos que fueron discutidos y consensuados por la mayoría del pueblo, como los Lineamientos, la Conceptualización y la Constitución 2019.

En LJC se insiste en defender esos temas y otras causas afines, como el empoderamiento ciudadano, la igualdad racial y de género, el cese del maltrato animal, el fin de los desmanes en que incurre la prensa constantemente y las decisiones administrativas y judiciales que violan derechos fundamentales de los ciudadanos. Si esto molesta a los que deciden aclamar, sin pensar antes con cabeza propia: allá ellos.

Sería bueno recordarle a esos fanáticos de los de arriba algunas tesis del filósofo matancero Fernando Lles (1883-1949). Él defendía la necesidad de la suspicacia, de la duda científica —a la que denominaba malicia—, para hacer ciencia y política verdaderas. Contrario a la falta de ética de los políticos de oficio a lo largo de la historia, demolía con su ironía a los demagogos, pretendidos sabios omniscientes, y a sus seguidores: los creyentes. Para él:

Todos los retardatarios y perezosos mentales son creyentes. Un credo es el mejor de los lechos para dormir a pierna suelta, con la simplicidad de un bienaventurado. Sospecha, si quieres conocerte; malicia, si quieres superarte. […] Cultiva la suspicacia, por oposición a la fe […]  Deja para esos santos varones de la  omnisciencia, en los que el talón de Aquiles se prolonga hasta el occipucio, la beatitud de su fe. Allá ellos.[1]

[1] Año 1, no.  15,  nov.  1927,  pp.  62-63. en DVD Revista de Avance. Edición multimedia, Ediciones Cubarte, 2015.

Las verdades difíciles

33
verdades
Iroel Sánchez y Alexander Otaola, portavoces del tribalismo político cubano

La mente humana es un órgano para descubrir verdades, no falsedades

Solomon Asch

El espacio público cubano ha devenido en un ecosistema de grupos que creen e intentan representar a la mayoría. Por consiguiente, el debate político nacional es un espacio tribal donde los grupos interactúan poco entre sí y se conforman con alimentar a su base de seguidores. Si las dinámicas grupales juegan un rol tan importante, dediquemos unas líneas al comportamiento humano y su capacidad para discernir verdades de falsedades.

En 1951 el psicólogo Solomon Asch hizo un ensayo de percepción visual en el Swarthmore College. A grupos de ocho estudiantes Asch les fue mostrando una tarjeta con una línea recta, luego otras tres líneas llamadas A, B y C. Una de estas era del mismo tamaño que la recta original, las otras dos eran más largas o cortas. Cada alumno debía identificar qué línea tenía igual tamaño a la original. Lo que ocurrió todavía es objeto de estudio en la psicología social.

Experimento de Asch

En la primera y segunda ronda de tarjetas todos coincidieron en identificar el tamaño correcto. En la tercera empezó el engaño. Antes de comenzar, siete participantes habían recibido instrucciones de responder correctamente en las dos primeras rondas y luego responder erróneamente pero en grupo en la mayoría de las 15 rondas siguientes. El verdadero sujeto del experimento, el octavo alumno, sería siempre de los últimos en responder. El objetivo del ensayo era medir cuántos individuos cambiarían una respuesta obvia por adaptarse a un grupo.

Después de un inicio en el que las respuestas eran unánimes, el sujeto del experimento veía confundido cómo sus colegas seleccionaron una recta mayor o menor que la correcta. Ante la mirada de los colegas que esperaban su respuesta, en el 75% de las ocasiones el sujeto respondió al menos una vez junto al grupo de forma incorrecta, a sabiendas de que estaba mal. La necesidad individual de encajar en el contexto alteró significativamente la respuesta.

Al hacer las mismas preguntas a otros sujetos de forma individual, el margen de error fue del 1%, los errores ocurrían sólo en un contexto de presión social. Las razones para este comportamiento deliberado fueron el miedo a ser ridiculizados (influencia social normativa), la duda inercial de creer a la mayoría antes que a sus propios ojos (influencia social informacional) y el confiar a ciegas en la opinión mayoritaria. La modificación de la conducta y distorsión del juicio personal en el estudio realizado. Imaginen esto en una realidad marcada por burbujas ideológicas.

Este experimento no es infalible. Entre sus problemas metodológicos podemos citar una muestra limitada, con sujetos de similar composición social. Además, aunque no sabían de qué trataba el estudio, sabían que era un ensayo científico. Aún así, demostró cómo no es posible entender el comportamiento humano sin ver a las personas en su contexto grupal. El conformismo, la presión grupal y el temor a la desaprobación social, son cadenas invisibles en nuestro comportamiento. Cuba merece un análisis más profundo, pero intentaré citar dos ejemplos cercanos.

Siempre es aventurado clasificar las filas revolucionarias en Cuba. Para ilustrar esta idea distinguiremos dos grupos: los incondicionales al poder político actual (no la revolución) y la izquierda revolucionaria que apoya el socialismo, más a pesar del periódico Granma que gracias a él. Por razones que ameritan otro análisis, los primeros disfrutan de un respaldo oficial que no tienen los segundos. Por razones obvias, tienen un acceso y control de los medios masivos que no gozan los segundos. Hoy me referiré al primer grupo, que el Che Guevara calificara como dóciles al pensamiento oficial, la mayoría de los cuales viven al amparo del presupuesto público.

Hace unos años el Partido Comunista cubano llegó a una encrucijada: creaba diques de contención al debate y apostaba a una autodenominada vanguardia escogida bajo criterios de incondicionalidad, o avanzaba un pensamiento crítico que alimentara la cultura política nacional sin temer a sus contradicciones. Desde el momento en que Raúl Castro dejó de mencionar la búsqueda de un cambio de mentalidad, el segundo camino murió prematuramente. Al primer grupo de incondicionales la dirección del país lo amparó en su ardua tarea de exigir obediencia al segundo, bajo acusaciones de centrismo, progresismo y otros ismos por venir.

Por su protagonismo, Iroel Sánchez es un funcionario de gobierno que a menudo se identifica con este primer grupo.

Ayer el señor Iroel Sánchez dedicó parte del día a encender su grupo de seguidores tomando un texto mío del 19 de Marzo, sin reparar en el contexto de esa fecha. Como fue publicado antes de contar con el conocimiento actual sobre la pandemia, el cálculo de la tasa de mortalidad tenía un error que se corrigió inmediatamente con una nota editorial al final del texto, como es el estándar periodístico. Sin embargo, el señor Iroel Sánchez no sacó fotos ayer al texto publicado en LJC desde marzo: buscó en su buzón de correo la cifra original y la resaltó para maximizar el uso político que quería hacer de ella.

En un experimento de exponer verdades difíciles a un grupo tribal, doy más detalles. El día anterior a mi texto había muerto la primera persona por coronavirus en la Isla. El día siguiente, la cifra de contagios pasaba de 11 a 16, un aumento de casi el 30% en 24 horas. Como dijera el Dr. Fabiano Di Marco en el New York Times el 17 de Marzo sobre la situación en Italia, “es difícil de entender que cada familia tendrá un familiar o amigo que morirá, esa es la situación… es una guerra”. Los modelos de predicción para América estaban marcados por la experiencia inicial en Asia y Europa, la alarma (y no el pánico) era justificada.

El día 20 Cuba cerró finalmente fronteras y comenzó su exitosa campaña contra la pandemia. Una semana después contrasté incluso los errores de la administración Trump con los aciertos del presidente Díaz-Canel. Eso Iroel no lo vio, pero 300 personas lo apoyaron en mi Facebook. 

Las acusaciones simplistas siempre tendrán las de ganar ante explicaciones complejas y lograrán encender a una base fiel- pregúntenle a Trump. El grupo de agitación y propaganda cercano a Iroel lo apoya sin comprobar la acusación, porque viene de uno de los suyos e imaginan que beneficia las preferencias políticas del grupo. Ante un asesinato de reputación en Internet siempre habrá una disyuntiva: si respondes, dignificas al atacante con una respuesta; si callas, otorgas la razón al otro. Sin entrar en el juego de las ofensas, esta transgresión es importante para desnudar las agendas que hay detrás de cada campaña grupal.

Todavía en el experimento de Asch no había premios para ajustarse a la opinión del grupo. En el contexto cubano sí que existen incentivos para seguir ciegamente a esta tribu y sus portavoces que han secuestrado la voz gubernamental. Cuando un sujeto del experimento en el año 51 respondía un error, no era para garantizar condiciones materiales o el sistema de premios que brinda un grupo aliado al poder. Y premios hay en las dos orillas, veamos el próximo grupo.

Alexander Otaola es un emprendedor del entretenimiento político en la Florida.

Con un programa de televisión que rebaja el debate ideológico al reparterismo más vulgar, Otaola aprovecha las esperanzas de quienes desean un cambio político en Cuba y creen que la emoción de su tribu lo hará llegar. La teoría del último impulso, le llamé en un texto anterior. Para su activismo cuenta con el apoyo de una administración estadounidense que no ha logrado cumplir una sola de sus prioridades en política internacional, pero aporta dinero. De hecho, la promoción de un cambio de régimen en Cuba quizás le sea más beneficioso que un verdadero cambio.

En el ecosistema de medios opositores que promueven el macartismo floridano, no abunda el profesionalismo. Tampoco en los programas de televisión que lo reciben. La idea, al parecer, no es superar la propaganda burda que hace el periódico Granma, sino emularla desde el otro extremo. Que la democracia liberal estadounidense no le sea suficiente y se sume a la derecha radical dice mucho de los valores democráticos del nuevo exilio cubano en Miami. No podría concebirse un incentivo peor para convencer a los cubanos de cambiar su sistema político: abracen el trumpismo.

En estos días Estados Unidos vive protestas sin precedentes motivadas por abusos policiales a la comunidad afroamericana. Otaola acusó al Partido Demócrata de estar detrás de la manifestación ciudadana en las calles. Unas semanas atrás el celebrity de Internet me mencionó en su programa, algo que posiblemente intimide a algunos y excita a su grupo. Su comentario tenía tantos errores que no me interesó demasiado. A su incitación al odio y amenazas físicas de sus seguidores sí le dediqué más tiempo en los canales correspondientes. Ahora, ¿qué posibilidades hay de que sus seguidores se cuestionen su compromiso democrático?

El artículo que molestó al señor Iroel tuvo más de 10 mil reacciones en Facebook, positivas en su mayoría. La Joven Cuba es un medio en crecimiento, esa es la razón de su denuncia, no una cifra en un texto. Otaola sabe que para establecer un pensamiento único en la Florida necesita hegemonía sobre el resto de las voces cubanas en Estados Unidos, por eso ataca la diferencia. Por su naturaleza tribal, más allá de los grupos radicales a los que ambos predican, no convencerán a nadie más. En cambio, la posibilidad de acoger varias líneas de pensamiento en La Joven Cuba y concebir un país que no divida a los cubanos por sus preferencias políticas, es una verdad difícil de silenciar.

El poder de un grupo viene no solo de la cantidad de personas que lo integren, sino de su unanimidad en contraposición a opiniones disonantes. Cuando dicha unanimidad se destruye, su control se reduce significativamente. Hubo personas en el experimento que no cedieron a la presión grupal, mientras más confianza tenían en sí mismos, menos se dejaron presionar.

El experimento de Asch tiene un último detalle. Cuando introdujo un segundo sujeto en el grupo y eran dos respondiendo correctamente. Cuando el sujeto inicial del experimento no tuvo que decidir solo entre una verdad evidente y la presión de su grupo social, el total de respuestas incorrectas disminuyó de un 37% a un 5%. Si los cubanos han tenido que escoger entre la línea larga de un modelo autoritario y una línea corta de república bananera, como si no hubiera una opción más lógica para el interés nacional, ¿qué pasaría si los acompañamos en su decisión? ¿Qué pasaría si a pesar de las presiones tribales escogemos una línea que no llega ni se pasa en la que todos tengan cabida?

Cuarentena, pan y circo

39
circo

Como casi todo lo que llega de improviso –sea bueno o malo-, a Cuba el coronavirus y su consecuente cuarenta le ha traído cosas nuevas. Además del nasobuco –esa asfixiante mascarita que hace que parezcamos asaltantes de trenes del viejo oeste-, nos trajo cada mañana al Doctor Durán, que ahora es querido casi como a un pariente, pero a quien pocos conocían antes; nos mostró, aunque siempre cubiertos, algunos de los rostros del preparado personal de la biotecnología, y también nos enseñó que las colas, al igual que el universo, están en constante expansión, pues si ya pensábamos que eran largas y permanentes, el pollo ha redefinido nuestros conceptos al respecto.

Pero el coronavirus vino acompañado de más cosas, algunas con un visillo de misterio sumamente interesante, que ha desplazado a Tras la huella del lugar cimero donde lo tenían los amantes del género detectivesco: cada noche el pueblo espera que la voz grave de Yunior Smith –digno sucesor temporal de Rafael Serrano- anuncie el caso policíaco de turno.

Desde grandes desvíos de recursos del Estado -confituras, productos comestibles destinados a población vulnerable, pinturas, materiales de la construcción-, hasta pesca de más de una tonelada de vedadas langostas, los casos son la respuesta añorada y necesaria a la especulación y la ilegalidad que durante años –demasiados, muchísimos- ha campeado a sus anchas entre nosotros, como una sanguijuela que succiona el magro contendido de los bolsillos de la gente y de las arcas de la República y que pende sobre nosotros, como espada de Damocles dispuesta a partirnos el cráneo en dos ante cualquier fluctuación, por mínima que esta sea, de la economía o la política.

Sin embargo, desde el comienzo hasta ahora los casos de la nueva sección del NTV –que nadie sabe si llegó para quedarse o se irá con el nasobuco al hombro cuando la cuarentena acabe- han transitado por el camino incierto de las modas. Algunos han sido sonoros y justificados, por lo que se ganaron la aprobación de las mayorías; otros, sin embargo, parecen excesivos y casi ridículos, con ese aire que tienen las cosas hechas por cumplir para montarse en el tren de lo que está en boga. Algo sí tienen en común: motivan más preguntas que respuestas.

Parece ser que una de las cosas traídas por el coronavirus a Cuba, procedente de nadie sabe dónde, es el nutrido cuerpo de jefes de sector, policías, peritos e investigadores, que de pronto encontraron a la ilegalidad acampando bajo sus narices y se lanzaron entusiastas a erradicarla. ¿Dónde estaban hasta ahora que no vieron nada? ¿Qué pasaba antes con el “pueblo revolucionario” que solo ahora se decidió a denunciar a sus vecinos? ¿Acaso el sentido de los informantes se agudizó como efecto secundario de la cuarentena?

Devenidos por obra y gracia de la COVID-19 en diligentes y eficaces, estos Sherlocks Holmes tropicales se han quitado la modorra con la que hasta entonces habían obrado y cabalgan al combate, protegidos por sus nasobucos y las cámaras del espectáculo, contra algo que ya estaba ahí desde hacía tiempo y utilizan al noticiero de pared para mostrar las cabezas disecadas de lo cazado.

Sus aliados en esta cruzada son los periodistas, cuya virulencia y ligereza varía dependiendo de la provincia. Las cámaras que habían estado destinadas a los hombres y mujeres que continúan en el trabajo y a los que cuidan y atienen a las personas afectadas, ahora también se dedican a hacer estas crónicas, auténticos monumentos casi todas a la superficialidad investigativa.

Van al lugar, graban el espectáculo, apuntan con sus lentes a los acusados –al principio, sin proteger su privacidad-, hacen algunas preguntas de escasa profundidad y predecible respuesta, y montan el show para servir cada noche, como una alegría de sobremesa. Generalmente, no buscan más, lo lanzan y ahí lo dejan, al final todo esto pasará y la vida seguirá igual, como dice la vieja canción española.

¿Ninguno de esos periodistas se ha preguntado –seriamente- de dónde salían los recursos incautados y que solo el Estado posee? ¿De verdad creyeron que esas enormes cantidades de cosas diferentes y valiosas fueron sacadas de los centros estatales por obreros sencillos, ladrones intrépidos o coleros insistentes?

¿Por qué faltan en esos reportajes los directores de las empresas afectadas, los encargados del comercio, los administradores, no como simples declarantes, sino asumiendo las culpas que les corresponden, siendo interpelados como debe ser, pues esos recursos estaban bajo su cuidado? ¿Qué sucede que ninguna de esas investigaciones va contra una entidad del sector estatal o un dirigente que no protegió lo que le fue confiado y que quizás – ¡Dios nos libre!- se mojó también con las salpicas de estas ilicitudes?

¿Por qué no giran su cámara hacia el entusiasmado policía o jefe de sector que dirige el operativo para cuestionarlo sobre su trabajo hasta el momento, pues en la mayoría de los casos los delitos llevaban años cometiéndose? ¿A ninguno le llama la atención esas cosas que una parte del pueblo, los que no se contentan con ver arder las hogueras y disfrutar del olor a carne chamuscada, pregunta cada noche y comenta en las colas al otro día? Parece que esos periodistas también llegaron hace poco.

¿Por qué se quedan satisfechos con mostrar cómo la soga se parte por el lado más débil, por el final de la cadena? Quizás sería recomendable, para ganar en seriedad y transparencia, recorrer toda la cuerda y ver qué es lo que mora en el otro extremo, pues el reino de las leyes no establece distingos entre sus súbditos, por lo que debe aplicarse a todos y no solo a algunos. Si decidimos bañarnos, debemos estar dispuestos a mojarnos, no solo la punta de los pies.

Que las investigaciones aún están en proceso, dirán algunos. Que seguro los corruptos y malversadores también caerán en todos los casos y no solo en unos poquísimos, dirán otros.

Que en el noticiero no se puede decir otra cosa, pensará alguien. Bien, entonces en defensa la integridad, los periodistas a quienes se ha dado la tarea de acompañar esta cruzada, como los servidores públicos dedicados a la verdad que son, deben ser transparentes o guardarse las ganas para luego, esperar a que todo esté claro y dar seguimiento real a los casos –no engavetarlos como casi siempre se hace por estos lares-, porque la falta de transparencia y la parcialidad traen a ellos y al gremio, rechazo y pérdida de credibilidad.

No solo han sido culpables –y lo son, de eso no hay dudas- los nombres y las caras que muestra el NTV. Las investigaciones deberían continuar hasta llegar a la raíz más profunda y, del mismo modo que hoy se muestra cómo suben al cadalso estos ciudadanos que han infringido las leyes de nuestra República, debe mostrarse también cómo los acompañan quienes han sido sus cómplices, esos que es fácil inferir, se esconden, seguros de su suerte como si a una casta superior pertenecieran, tras mesas de oficina y cargos de cualquier tipo.

Son estos días difíciles, lo sabemos. Se hacen grandes esfuerzos por garantizar noblemente y con trabajo, el pan de la gente; también hace falta el circo –diría el poeta romano Juvenal-, pero no de este tipo y no a costa de la integridad, ni sobre la base del espectáculo. Hágase a todos, sin excepciones de tipo alguno, cumplir la ley, con ética y verdad.

La altura de la época

23
altura
Foto: @GlobalNewsArt via Twenty20

En los tiempos que corren, cada mañana uno se entera en las redes sociales de la última barbaridad hecha o dicha por los políticos. Es como si se hubiesen difuminado los límites entre lo que antes era la prensa amarillista y la política real. Llega el momento en que uno se acostumbra, a las locuras y sandeces de Trump y Bolsonaro, a los dimes y diretes, también a los desmanes de la prensa cubana y de sus ideólogos. Pero lo peor es que uno ve cómo ese desbordante espectáculo de estupidez humana que desfila por las social media no augura el fin de los viejos problemas humanos: hambre, guerra, deshumanización, opresión. Por el contrario, el abuso del poder parece convertirse en norma.

Donald Trump aparece como el héroe indisputado de la nueva época. Con él ha llegado al poder el espectáculo carnavalesco, el desparpajo, la mentira constante que sin embargo es honesta. Trump le dice a sus seguidores: te estoy engañando y lo sabes, y además te gusta. La inmensa masa de votantes conservadores norteamericanos va y vota por él, como para hacer gala de su falta de autenticidad; en el fondo, están disfrutando una de las formas de sentirse superior, aquella en la que renuncias a aparentar valores superiores, y declaras firmemente que no los necesitas, porque ya eres superior a los mexicanos, los negros, los liberales, y los comunistas.

Trump encarna el espíritu de una época que se acerca peligrosamente al abismo reaccionario.

No es casual, por tanto, que promulgue por estos días un decreto que pretende limitar la libertad de expresión en las redes sociales. Con su gran saco lleno de fake news y post-verdades, el clown imperial ha reeditado una vieja dinámica de los movimientos fascistas, sacarle el máximo provecho a la libertad de expresión de las repúblicas burguesas en crisis para luego, una vez consolidada la fanaticada, aplastar los derechos de las minorías. Una importante diferencia estaría, sin embargo, en que los viejos fascismos al menos pretendían de boca para afuera preservar una apariencia de seriedad, algo que ha quedado desechado en la versión post-moderna.

Es cierto que también en Cuba el extremismo partidista ha parido algo como el Decreto 370. Pero uno esperaría que el líder del mundo libre no le siga los pasos a la “dictadura” y proclame un Decreto 370 para EEUU. En realidad, más allá de sus diferencias, se trata de dos decretos farsescos. El de Trump, es defendido por alguien que dice querer proteger la libertad de expresión, y acto seguido plantea que cerraría Twitter si pudiera. El cubano, tiene dos incisos que niegan cualquier sentido revolucionario, pero tampoco se atreve a ser verdaderamente estalinista y dictatorial: amenaza con una multa a los que violen las buenas costumbres.

¿Qué significa que tanto en Washington como en La Habana los redactores de decretos estén desbancando de sus papeles a los humoristas? ¿Y qué significa que las bromas vengan acompañadas, o más bien, sean hoy los heraldos del horror? Entre otras cosas, que como civilización estamos en decadencia, y que los ideólogos estrellas en el gobierno cubano tristemente han aprendido a estar a la altura de los tiempos. Vaya, punto para Hegel.

No soy yo el primero en decirlo, pero lo repetiré: la política cubana desciende por ambas partes al nivel de una disputa entre reguetoneros. En lugar de argumentos, tenemos la desfachatez radical de un Otaola, o el cretinismo de los artículos de Lagarde, que reparte la etiqueta de mercenario como si fuera el pan de la libreta.

El efecto Trump ya está en Cuba, con background y resabios criollos.

Esta realidad pone contra las tablas a todos los que tenemos una comprensión de la política que parte de ideales superiores. Porque chocamos con una pregunta que hoy atormenta a muchos en el mundo. ¿Cómo ser efectivos contra alguien como Trump? ¿Cómo se lucha contra la mediocridad y el desparpajo cuando estos están institucionalizados? ¿Qué se hace cuando las personas prefieren la bajeza? ¿Cómo reaccionar cuando los discursos de alto vuelo intelectual o moral les parecen falsos, aburguesados, ajenos?

Lo peor de estos discursos decadentes que se entronizan hoy es que conectan con una parte de la cultura que sigue muy presente a nivel de folklore y sentido común en la gente. No estamos tan lejos todavía como quisiéramos del aldeano medieval, que disfrutaba con las ejecuciones públicas y le arrojaba frutas podridas al prisionero que estaba en el potro. Somos eso aun en gran medida. Las redes sociales no han hecho peores a las personas, en realidad solo han sacado a flote la mediocridad que ya estaba allí.

Sin embargo, es un grave error adoptar la posición del escandalizado, del que cree que los viejos tiempos eran mejores, y quiere restablecer el discurso político a sus viejos y respetables cauces. Esta es la posición de muchos conservadores, liberales y también socialistas, que hoy resultan impotentes cuando tratan de enfrentar los fenómenos de la era Trump. Mi recomendación: lo primero es darse cuenta de que los viejos modelos discursivos siempre fueron bastante ilusorios, siempre fueron funcionales solo a una capa ilustrada de la sociedad, mientras dejaban fuera a la mayoría.

La gente es mediocre en gran medida porque son un resultado de un sistema. El mismo sistema que le daba el usufructo de la palabra y la cultura a una parte de la sociedad. Entonces, esa vieja política republicana, ilustrada, liberal en el sueño de algunos, no puede ser la solución al problema porque es parte del problema. Aquel viejo mundo generó este. Expulsar a los idiotas de nuevo hacia el margen, dejarlos sin voz, es una ilusión antidemocrática, que además se ha vuelto imposible de llevar a la práctica. Lo que se necesita es educación popular, un proceso que permita a la gente por sí misma superar sus vicios y sus tendencias hacia lo peor.

En esta nueva época, los liberales dan pena.

Cuando intentan ridiculizar a Trump, sacarlo del juego, solo quedan mal parados ellos mismos y ni entienden bien por qué. Puede ser que Trump pierda las elecciones en noviembre, pero lo que él representa como fenómeno solo está comenzando y se repetirá. El viejo mundo republicano y liberal, por el que algunos suspiran como si se tratara de una Arcadia, va para abajo por sus propias contradicciones. La principal, porque fue edificado sobre la base del capitalismo, y en la medida en que esa base se corroe se hace imposible mantener lo que sobre ella fue construido.

Esta crisis del liberalismo también tiene un impacto sobre el problema cubano. En primer lugar, deja descolocado el discurso según el cual el sistema cubano es un “régimen” primitivo, en el que los liberales tienen la misión histórica de ser sus enterradores. Sería absurdo pensar que, en un momento en que el mundo no va en esa dirección, triunfe en Cuba una democracia liberal de libro. Hay gente, pobre, que sueña con transiciones a la española o a la chilena, y uno se pregunta de qué lado de la cama están durmiendo.

El problema que tenemos en Cuba no es el mismo que tienen en EEUU, por supuesto. En nuestra isla el orden liberal que Batista puso en crisis, no solo no fue restituido sino que fue barrido. En ese sentido, fuimos unos adelantados a nuestra época. El problema es que en el ansia de ir demasiado rápido, y por las malas influencias, desechamos demasiadas cosas del viejo mundo y dimos forma a nuestras propias clases de horror. Hoy estamos en el doloroso proceso de darnos cuenta de que algunas realidades e ideas del viejo mundo no eran tan negativas ni tan superables de manera sencilla: como por ejemplo el mercado, la democracia y la libertad de expresión.

Lo malo es que en medio de este nuestro proceso, cuando debíamos estar refundando los principios de nuestro sistema socialista, buscando la forma socialista de gestionar el mercado, la democracia y la libertad de expresión, la decadencia general de la civilización nos arrastra a la deriva y nos empuja también hacia la mediocridad. En tiempos de revolución se cometieron muchos errores, y hoy esos errores viven y se agitan como cultura dentro de cada canción del peor reguetón. El peligro es que en este declive universal de los ideales liberales, también sean arrastrados los ideales socialistas, que ya no seamos capaces de reconocer la revolución en nosotros mismos y que quedemos a merced de lo más reaccionario de nuestra sociedad.

Socialismo o barbarie.

El Trump cubano está en las defensas obtusas de Cubasí a Etecsa, en los ajusticiamientos públicos del NTV para diversión de la aldea, en el comportamiento pandillero de los cibercombatientes de más baja calaña, en PostCuba, en las barrabasadas de Granma hablando del problema de la carne en EEUU. Enfrentarlo es tan complejo como enfrentar al otro Trump. Resulta fácil quedar como un utópico, un “intelectual”, alguien alejado de la práctica.

Pero hay que enfrentar a Trump y sus avatares dondequiera que estén. No se puede hacer desde una moralidad escandalizada, ni desde un romanticismo platónico. No se vencen así la payasada y la bajeza. Se le vencen con la práctica decidida de la autenticidad. Nadie se ríe del que es auténtico, del que no pretende ser lo que no es. Es difícil, pero es el único camino.

La limonada y el presidente

46
limonada
Foto: Presidencia Cuba / Facebook

La verdad es que me reí con lo de la limonada. Pero eso no quiere decir que deje de ver las cosas en su justa medida. Para los problemas que hemos heredado, para las deficiencias que tiene el sistema de cuadros en el país, tenemos un buen presidente.

Díaz-Canel ha tenido que pararse en el timón del barco en un periodo lleno de desgracias una detrás de la otra. Y ahora se ha crecido, dirigiendo la lucha contra la pandemia, escuchando y dejando actuar a nuestros científicos. DC es un hombre de ciencia, un ingeniero, pero también un hombre que ha demostrado sensibilidad revolucionaria. Representa lo mejor de su generación.

Ahora, saber si irá más allá de políticas de gobierno y en algún momento hará política de Estado, saber si desbancará trabas económicas, y si pondrá coto a los aspectos más reaccionarios de nuestra sociedad, eso es difícil.

De momento, yo también prefiero un presidente que recomienda la limonada a uno que recomienda el desinfectante. Vamos, que DC queda como un verdadero presidente, un ilustrado, al lado de Trump, Bolsonaro y otros.

La verdad en tinieblas

Memorial de la Segunda Guerra Mundial en Berlín, Alemania. Foto: @ansgar via Twenty20

Los debates en Facebook acerca del breve artículo aparecido ayer en el periódico Granma, de la autoría de Raúl Antonio Capote y titulado «El pacto Molotov Ribbentrop, una luz sobre la verdad», se encaminaron a dilucidar quién había copiado y pegado, si Granma a Wikipedia o Wikipedia a Granma.

Mi amigo Giordan Rodríguez Milanés, siempre acucioso, halló una saga de similitudes en otros medios de prensa, lo que le permitió rectificar su apreciación inicial al constatar que es el propio autor quien ha replicado su escueto texto, con pequeñas modificaciones, en esos sitios digitales, y que la nota de Wikipedia sobre el tema es igualmente suya.

Eso dejaba hipotéticamente aclarado que Capote no le había copiado a nadie, en todo caso a sí mismo. Pero toda hipótesis debe ser demostrada para conquistar, como reza el nombre de un espacio televisivo, «solo la verdad».

Como historiadora, y profesora por muchos años de Historia Contemporánea de Europa, considero que el artículo de marras sepulta los verdaderos hechos desde su primer párrafo. En él se afirma: «A menudo se critica, y no sin razón, el tratado Molotov-Ribbentrop, firmado entre la URSS y la Alemania nazi, el 23 de agosto de 1939. Este tema ha sido utilizado constantemente como ingrediente de la “historia oscura” escrita contra los soviéticos en la Segunda Guerra Mundial».

A partir de aquí el autor esgrime el viejo subterfugio de distribuir responsabilidades para disminuir culpas. Su tesis es simple: no es justo criticar que Stalin firmara un pacto de no agresión con Hitler en agosto del 39, si ya Chamberlain y Daladier habían suscrito, en septiembre del 38 —a nombre de Inglaterra y Francia respectivamente—, el Pacto de Munich con el propio líder alemán.

Es cierto que la política de apaciguamiento de Inglaterra y Francia echó leña al fuego de los planes nazis. La complacencia de esos gobiernos permitió a Hitler la ocupación de los Sudetes checos, zona montañosa de mayoría alemana que había pasado a formar parte de Checoslovaquia cuando este estado surgió, como consecuencia de la desaparición del imperio Austro-húngaro tras los tratados de la primera posguerra.

En Munich se permitió el desmembramiento de Checoslovaquia y se le dio luz verde a Hitler, eso es innegable. ¿Se podía culpar a los soviéticos por querer proteger sus fronteras firmando un pacto de no agresión con Alemania ante una guerra que era inminente? Claro que no.

La pequeña luz que el articulista había encendido sobre la verdad se apaga en este preciso instante para dejar en tinieblas las verdaderas razones de la crítica que ha merecido el pacto Ribbentrop-Molotov, suscrito apenas nueve días antes de la invasión fascista a Polonia que marcó el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Su críptica frase «no sin razón» había quedado en el limbo. Porque lo que ocultó en su artículo es que el pacto incluyó una cláusula secreta que admitía que en el caso de que Alemania comenzara la guerra, la URSS aseguraría sus fronteras a lo largo de toda la zona occidental y ocuparía territorios de países colindantes con el fin de protegerse.

Esto se hizo realidad cuando dos semanas después de la penetración germana en Polonia, tropas soviéticas ocuparon casi la mitad de esa nación entrando por las fronteras orientales. Además, invadieron las repúblicas cisbálticas (Letonia, Estonia y Lituania); la Besarabia, que incluía una parte de Moldavia quitada a Rumanía y la vecina Finlandia, que finalmente fue la única que consiguió resistir la agresión y los bombardeos soviéticos sin ser ocupada.

La existencia de esa cláusula fue un secreto bien guardado hasta que en 1945, durante la toma de Berlín, soldados británicos que revisaban papeles sobrevivientes a la quema por la parte alemana, encontraron documentos alusivos al tratado. Sin embargo, la Unión Soviética negó de plano las acusaciones y se mantuvo en esa posición durante medio siglo, asegurando que las tropas aliadas habían falsificado los documentos para desprestigiar su papel en la guerra. No será hasta 1989, cuando se produjo una protesta masiva en los países cisbálticos, que fueron desclasificados los documentos y reconocida la existencia del vergonzoso acuerdo secreto con Alemania.

Me gradué como profesora en 1988 y jamás escuché hablar sobre dicho asunto.

Los libros de texto que utilizaba tampoco incluían el tema. Fueron las revistas del período de la Perestroika que circularon en Cuba (Tiempos Nuevos, Novedades de Moscú y Sputniks) las que me aportaron los primeros elementos de juicio. Pero mi discernimiento se fortaleció al recibir, en los inicios de 1990, un folleto, que aún conservo, publicado por la agencia Novosti, el cual fue entregado a las carreras de Historia de los Pedagógicos vía Ministerio de Educación. Era un envío de Horacio Díaz Pendás, excelente metodólogo Nacional de esa asignatura. Allí aparecían las imágenes de los documentos y los detalles del despliegue militar soviético, con mapas incluidos.

No es posible que Capote ignore que el Pacto Molotov-Ribbentrop sí tiene una «historia oscura» y que no son acusaciones infundadas las que se han hecho en tal sentido. Si vamos a comparar hagámoslo con honestidad, respetando los hechos y no tergiversando la historia; que no es lo mismo haber alentado a Hitler a invadir Europa, como hicieron Chamberlain y Daladier, que haberse convertido en su compañero de aventuras guerreristas como hizo Stalin.

Aunque es cierto que muchos enfoques ideológicos han intentado minimizar el decisivo papel de la URSS en la derrota del fascismo, tampoco es el caso que neguemos la responsabilidad que tuvieron en los inicios de la guerra. La idea de que la firma del Tratado era para ganar tiempo con el fin de fortalecer su ejército y resistir mejor a una futura agresividad alemana, pierde terreno cuando se sabe que Stalin, lejos de reforzar al ejército soviético, represalió a la mayor parte de su estado mayor, no modernizó los armamentos y desoyó a sus agentes infiltrados que, como Richard Sorge desde Tokío, alertaban de la fecha fija en que Hitler los invadiría.

Ante un artículo tan débilmente sustentado y tan falto de veracidad, la pregunta que se impone es ¿por qué el periódico Granma acoge este texto? ¿A quién se complace con esa visión parcializada de la Historia? Este viejo fantasma da vueltas desde que, en el año 2005, el presidente ruso Vladimir Putin tratara de justificar la actuación de Stalin al firmar el acuerdo, asegurando que se debió a la necesidad que tuvo para proteger la nación. En diciembre del pasado año, defendió el pacto en una reunión con los líderes de la Comunidad de Estados Independientes en San Petersburgo, aunque reconoció que este incluía protocolos secretos: «Sí, allí hay una parte secreta sobre la división de ciertos territorios, pero nosotros no sabemos qué hay en los otros acuerdos de los países europeos con Hitler, ya que mientras nosotros desclasificábamos esos documentos, en las capitales occidentales se guardan bajo la categoría de secreto».

Putin, a pesar de que justifica el pacto, reconoce la existencia de la cláusula secreta; Capote ni eso. En lo que ambos coinciden es en la comparación del pacto Ribbentrop-Molotov con el de Munich.

Vistas las injustificadas omisiones y el sesgo desinformador del artículo, sugiero un cambio de título. Mi propuesta: «El pacto Molotov Ribbentrop, la verdad en tinieblas».