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Democracia popular

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Foto: Marco Zanferrari - Flickr

¿Son necesarios cambios políticos en Cuba? La pregunta no es irrelevante: en estos días en que se habla de reforma económica, de medidas rupturistas con el modo en que se han hecho las cosas durante décadas, no son pocos los que han puesto sobre el tapete la necesidad de transformaciones políticas que aseguren para el país un camino de democracia y prosperidad. La respuesta evidente parece ser que sí: Cuba necesita de una renovación y transformación de su política. Lo que habría que preguntarse a continuación en qué dirección deberían ir tales cambios.

La necesidad de los cambios casi no permite discusión. Es harto conocido que el período de influencia soviética nos legó una concepción de la política basada en la hiperconcentración de poder en el cuerpo del Estado-Partido, y en la entronización de una ideología oficial, o lo que es lo mismo, un monoteísmo de los valores. Todo lo cual dio al traste con el establecimiento de diferentes niveles de demonización del disenso. En el terreno económico, esto tuvo su correlato en el dominio indisputado de la burocracia sobre el proceso de producción y distribución. En general, la búsqueda del monolitismo provocó una degeneración de la política, cumpliéndose la advertencia de Rosa Luxemburgo:

“Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna todo en una mera apariencia de vida, en la que solo queda la burocracia como elemento activo. Gradualmente se adormece la vida pública, dirigen y gobiernan unas pocas docenas de dirigentes partidarios de energía inagotable y experiencia ilimitada. Entre ellos, en realidad, dirigen solo una docena de cabezas pensantes y, de vez en cuando, se invita a una élite de la clase obrera a reuniones donde deben aplaudir los discursos de los dirigentes y aprobar por unanimidad las mociones propuestas.”

Ahora bien, valdría la pena señalar que en Cuba se han dado los primeros pasos para una transformación de la vida política. Me refiero a la Constitución de 2019, un documento que, al ser promovido por la alta dirigencia del país, dio muestras de que esta no está completamente ajena a la urgencia de cambios que acompaña siempre a una nueva época. En la nueva Carta Magna, se reconoce la libertad de expresión sin subordinarla a ningún interés, se establece la transparencia como un principio del Estado, se reconocen los derechos humanos y sus garantías, y se dan pasos importantes hacia la autonomía municipal. En general, aparecen un conjunto de herramientas que pueden servir para el empoderamiento de la ciudadanía. El problema está en saber si estas modificaciones son suficientes, o si cumplen las expectativas de todos los que abogan por los cambios políticos.

Se podría decir que la gran ausencia en la Constitución de 2019 es el problema de la oposición política. No queda claro si la constitución protege todos los derechos para las personas que no compartan los valores martianos, marxistas, leninistas o fidelistas que se establecen en su Preámbulo, incluyendo los derechos políticos. Y esa ausencia es aprovechada por los defensores de la tradición de pensamiento liberal, que proponen una solución muy precisa: el regreso al pluripartidismo. Lo cual pone toda la cuestión en un punto muy problemático.

El pluripartidismo es una solución muy limitada para el problema de la hiperconcentración del poder en Cuba.

Solo hay que ver la experiencia del pluripartidismo en los países vecinos e incluso en nuestra historia prerrevolucionaria. En general, desemboca en la formación de una clase política, parlamentaria, que se turna en las diferentes posiciones de poder del Estado, mientras mantiene enajenado de la política a las grandes mayorías populares. En fin, el pluripartidismo acaba en ser un juego de élites. En Cuba, significaría abrirle las puertas a una élite opositora para que pueda recibir su trozo del pastel, mientras el gran poder del Estado como tal se mantiene incólume.

Por otra parte, existen varias razones por las cuales el pluripartidismo en su formato puro es una propuesta problemática para el socialismo cubano. Se trata de una institución liberal, y no en vano el liberalismo es la filosofía política más orgánica al capitalismo noratlántico. Al tratarse de una política de élites en competencia, este sistema es poroso a la intervención del dinero, es decir, a la influencia de los poderes económicos nacionales y extranjeros. De este modo, dado el nivel de articulación de la hegemonía capitalista a nivel global, los sistemas pluripartidistas se convierten en una eficaz herramienta para la intervención de los intereses económicos de las transnacionales y las potencias imperialistas en la política de las pequeñas naciones del Tercer Mundo.

En Cuba, la formación de un partido anticomunista, sería la plataforma ideal para que los poderes extranjeros intentaran desquiciar la política nacional, revertir la opción del pueblo cubano por el socialismo y anular en lo posible las conquistas sociales alcanzadas.

Todo el proceso de la Revolución Cubana, se ha construido desde un anticapitalismo y un antimperialismo radicales, que incluyen el rechazo a las instituciones que resultaron ineficaces para conquistar la soberanía nacional en el período de la república burguesa. Al mismo tiempo, la adopción del pluripartidismo es una de las principales propuestas de sus enemigos históricos. Es por eso que la simple aceptación de esa institución sería prácticamente un suicidio político, sería la señal de que el proyecto socialista y el poder que lo sostiene estarían internamente derrotados y a un paso de la rendición incondicional. No de otro modo sería interpretado tal acto de mimetismo en el cual se adoptara una institución liberal como esta.

Frente a esta encrucijada, lo ideal es que Cuba avanzara en construcción de un modelo soberano de democracia, de corte socialista y popular, no mimético frente al modelo liberal, pero que pueda dar participación a una parte de quienes se consideran opositores, siempre que estén dispuestos a entrar en los cauces constitucionales. La Constitución de 2019 tiene el potencial para permitir dentro de sus marcos esa evolución, convirtiéndose en el punto de partida de nuevas luchas populares. ¿Pero cuáles serían, a fin de cuentas, las características de esa democracia sin pluripartidismo?

Lo primero es que esa democracia debería comenzar por el plano de la democratización de la economía, en el sentido de una auténtica socialización de la propiedad que hoy se encuentra en manos del Estado. La propiedad social debería ser la columna vertebral del socialismo cubano, el lugar donde se construye el grueso de la riqueza nacional, y la planificación debería ser democrática. Se podría comenzar, por ejemplo, por lograr que sean los trabajadores los que elijan a los directivos de las empresas, sobre todo ahora que estas tendrán mayor autonomía y la figura del empresario se fortalece. La actual Constitución abre el camino para avanzar en esta dirección cuando plantea en su Artículo 20: “Los trabajadores participan en los procesos de planificación, regulación, gestión y control de la economía. La ley regula la participación de los colectivos laborales en la administración y gestión de las entidades empresariales estatales.”

Luego está el tema de la participación propiamente política.

Algo que debería quedar claro es que la diversidad política es algo irreductible en una sociedad. Lo que debería caracterizar a un sistema político socialista por sobre uno liberal, no debería ser la exclusión de la diferencia, sino la búsqueda de la cooperación por encima de la competencia. La política liberal es la de una sociedad marcada ante todo por la competencia: es en ese marco que se explica la sustantividad de la dualidad oficialismo/oposición. Una sociedad de transición socialista debería desde la misma estructura del sistema político promover la cooperación, sin pretender tampoco anular por decreto toda competencia por el poder.

En la búsqueda de dotar al sistema de una mayor pluralidad, un camino puede ser la adopción de un pluripartidismo acotado, permitiendo la aparición de otros partidos de corte socialista. Esta experiencia de prohibir la creación de partidos con una ideología específica no es nueva: en varios países se han prohibido la formación de partidos fascistas por ejemplo. En Cuba se trataría de prohibir el surgimiento de partidos anticomunistas. Sin embargo, las experiencias de esta clase de pluripartidismo (que han existido en países del bloque comunista), no han sido muy felices.

Mucho más interesante es la perspectiva de una democracia sin partidos electorales. Se trata de la participación de cualquier ciudadano, a título personal, en el proceso electoral, sin que sea relevante su pertenencia o no a un determinado partido. De ese modo los gobiernos locales y la Asamblea Nacional se conformarían a través del voto popular, sin la mediación de estructuras partidistas. Al mismo tiempo, se mantendría el proceso político a salvo de la corrupción del dinero, llevándose a cabo las campañas con una asignación pública de presupuesto igual para todos.

Como puede observarse, esta idea de la democracia sin partidos no es muy diferente del sistema actual. Solo habría que eliminar o modificar las Comisiones de Candidatura, de tal modo que no impidan la llegada a las instituciones del poder popular de personas con un pensamiento diferente a cierta posición oficial. Esta idea no estaría reñida con la formación de otros partidos o asociaciones de cualquier tipo, formar las cuales es un derecho de los ciudadanos. Por el contrario, es una idea más radical, porque reduce la capacidad de acción y la necesidad misma de cualquier partido. Sobre todo, si este modelo político se acompañara de un desplazamiento lo mayor posible de poder hacia los gobiernos locales, el verdadero núcleo de la nueva democracia.

El Partido Comunista mismo, carecería en este sistema de cualquier participación electoral explícita. Su influencia sobre la sociedad vendría dada solo por su importancia como baluarte moral e ideológico del socialismo. (Ya en su momento Tito le cambió el nombre a la organización para hacer patente este cambio de función, llamándole “Liga de los Comunistas”).

No pretendo sentar de una vez para siempre un modelo exhaustivo de democracia socialista. Se trata de cuestiones complejas, y lo mejor es ser conscientes de las inmensas dificultades teóricas y prácticas para cualquier avance en esta dirección. Sin embargo, me parece importante alertar sobre los pantanos a los que nos puede llevar el ansia de cambios políticos, así como pensar en cuáles deberían ser nuestras apuestas como sociedad. Si debemos luchar por algo, debería ser por la construcción de esa democracia autóctona y verdaderamente popular.

El sentido de la vergüenza

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Foto: Sebastian Bonardt via Flickr

“El más terrible de todos los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza muerta”. Federico García Lorca (1898-1936)

Recuerdo con nitidez los debates en familia, sobre todo con mis hermanos, allá por los años 90 cuando inició el llamado “Período especial”, uno de los más novedosos eufemismos del castellano que se habla en la Isla.

Era yo muy joven, aunque la mayor de los chicos en casa. Tenía muy cerquita, como mis contemporáneos, el referente del socialismo soviético que suponíamos perfecto y de repente se derrumbó. Irradiaba ímpetu, muchas ilusiones y una mentalidad de sacrificio lista para ponerse a prueba, junto con mi inclinación por el debate, la polémica y el liderazgo.

La obstinación de mis padres, combatientes de la Sierra, el llano y ni recuerdo cuántas misiones internacionalistas, también era invariable. Militares para quienes la más mínima inquietud nuestra podía verse como hipercriticismo, cuestionamiento, diversionismo ideológico y un largo etcétera, como ocurría en la cuadra, la escuela y el trabajo.

Un día de 1993, el peor de aquellos años, estallé. Casi escandalizando le dije a mi madre que la dignidad no se comía; que me sentía frustrada porque había hecho de todo lo que me enseñaron para ser una mujer exitosa, o por lo menos integrada y con futuro, y sin embargo….. Que, para colmo, ni siquiera me había enseñado a ser creyente y así en ese momento poder encontrar refugio espiritual en la iglesia y que me dieran ayudas (alimentos y aseo) de las que distribuían en diversos lugares. Así, ¡de cuajo!

Había sido un exabrupto, no era mi comportamiento habitual.

Pero solo sirvió para desahogarme. Quedé peor, aplastada, cuando la vi impávida y diciéndome con lágrimas en los ojos: “pero hija ¿y qué diremos nosotros entonces, que tanto sacrificamos, incluyendo, como es mi caso, hasta la crianza de los hijos?…¡Pero hay que ser firmes!, recuerda que los comunistas se mueren con las botas puestas, como dice tu padre.”

Mi actitud era comprensible, ella lo sabía. Unas seis horas antes había salido de mi casa, al otro lado de la bahía, con mi niño de 4 años a cuestas y un bolso con el litro de leche. Iba agotada de cargar agua toda una mañana y con la preocupación de que se echara a perder esa leche, como tantas veces ocurría. Más de 2 horas en una cola para abordar la lancha que cruza la bahía desde Casablanca. Después caminando (no había transporte) desde la Avenida del Puerto hasta el edificio 20 plantas donde vivía mi madre, en Centro Habana llegando a Infanta, para encontrarme al llegar que no había electricidad.

Subir entonces con todo aquello los 16 pisos para entrar corriendo a la casa a hervir la leche, bañar y dar de comer al niño antes de que oscureciera, porque tampoco teníamos con qué alumbrarnos. Y entonces…. ¡sorpresa!, ¡tampoco había gas!. Ahí fue que exploté.

Pero repito, me ocurrió porque somos humanos y llegué al tope. A pesar de todas las dificultades vivía con mucho optimismo debatiendo con mis hermanos, recién graduados de medicina y contabilidad. Eran encuentros tremendos. Me sentía en posibilidad y con la responsabilidad de atender a sus inquietudes e insatisfacciones, especialmente por ser la mayor, del área de ciencias sociales y militante comunista.

Defendía todo apasionadamente y con argumentos: que la pirámide social en Cuba se enderezaría y los profesionales volveríamos a tener el lugar correspondiente; que la situación era coyuntural y tenía por causa factores externos: el derrumbe del socialismo en la URSS y el bloqueo de los EEUU; que todos teníamos un proyecto personal y uno colectivo que era el de la Revolución y que debíamos optar por el segundo; que los problemas –ante la emigración que crecía y ellos valoraban como opción- no se resolverían desde otro lugar sino dentro de Cuba, que había que ser parte de eso, que así se medían los revolucionarios, que era nuestro compromiso, ¡!!en fin!!……

Recuerdo que cuando ya me quedaba sin argumentos frente a tantas críticas por problemas que ciertamente estaban ocurriendo, les decía: “¿saben qué?, no tengo más respuestas, si quieren, es una cuestión de fe, yo sé que saldremos adelante.”

De nada sirvieron mis arengas, ellos optaron por el proyecto personal, yo me quedé sola en Cuba y empezaron a llamarme en broma “la cubanísima”. Me sacrifiqué y salí adelante sin renunciar a mi profesión ni a mis ideas, ¡y sin pedir ni vivir de remesas!. He vivido orgullosa de eso y con la conciencia limpia, aunque ha sido duro. No soy una excepción, es la historia de muchísimos cubanos de mi generación y de otras, aunque cada vez que damos media vuelta notamos con dolor muchísimas ausencias.

Han pasado 30 años.

Y ahora, 30 años después, volvemos a los cambios más radicales, que en sus raíces y manifestaciones se topan con los de aquellos años 90. Reformas profundas en momentos críticos, cuando estamos al borde del colapso. Y entonces, otra vez la memoria….

Recuerdo a Esteban Morales,  quien era mi profesor, diciendo más de una vez: “Es un error que en el discurso político se siga diciendo que son cambios que nos vemos obligados a implementar, que no nos gustarían, etc.. Eso no trasluce convicción, ni permanencia, ni estabilidad y por el contrario, crea incertidumbre, etc…..”

En estos 30 años salimos del “Período Especial”, tal como fue: una situación de extrema carencia de todo, lo básico y lo que no lo era, de máxima austeridad  y sin que se pudiera siquiera seguir un plan; era sobrevivir, dependíamos de la solidaridad y de que llegara el barco con arroz para comer. En 1993 se completó aquella caída cuando el % del PIB fue de -14.9 y al año siguiente empezamos a crecer discretamente con un 0.7%, aunque todavía no se percibía en la microeconomía, pero ya crecíamos, había una luz al final del túnel.

Diez años después, en 2004, el crecimiento fue de 5.8%. Claro, a veces era un dato engañoso porque tenía detrás el no pago de la deuda externa. En definitiva los registros anuales del PIB cubano durante ese lapso evidencian una volatilidad tan alta, que no merece la menor confianza una lectura de tendencias, como  bien ha dicho la Dra. Tania García. Pero algo creció, hasta el 2016 cuando inició la recesión, arrojando cada año un % por debajo de lo planificado, lo cual cuestiona hasta la objetividad de la planificación y los planificadores. Al cierre de 2019 se repitió el resultado del 2016: ¡0.5% de crecimiento!. Y si a eso le sumamos que los desocupados, según Benavides, constituyen el 37.3% de la población en edad laboral, el escenario es de caos y la crisis, estructural y permanente.[1]

En realidad desde que la luz del túnel se acercó y la economía mejoró, se recogió cordel a las reformas de los 90, sobre todo respecto a la iniciativa privada y la descentralización. Aparecieron Venezuela, el CUC y el gravamen, más una política internacional solidaria y extraordinariamente generosa, con servicios y productos de los que muchas veces se carecía en Cuba. Tiempos de aquellas bromas “permuto para Bolivia”, “permuto para Venezuela”…

Lo ocurrido desde el último tercio de los 90 y que nos trajo hasta aquí, fijó en la psicología social las carencias materiales -que para el pueblo nunca desaparecieron- en asociación directa con el Período Especial, aunque en rigor, ya no eran parte de aquella situación extraordinaria. Son consecuencias de las erráticas políticas domésticas y las prácticas sucesivas, de la incapacidad del Estado para gestionar el imperio del que se apropió manteniendo estatalizado lo que realmente debió pasar a ser social hace muchos años, y el predominio de un pensamiento conservador, dogmático y burocratizado en la toma de decisiones y su implementación. Y a todo eso siempre hay que agregar al bloqueo de los EEUU, que junto con la COVID-19, aparecen ahora como las causas (externas siempre) de la actual crisis.

Traigo entonces al 2020 lo que algunos profes y amigos decíamos cuando nos mirábamos todos delgadísimos en aquellos años 90: “estar aquí y haber sobrevivido a esos años, me da un incuestionable derecho a hablar, ¡por lo menos!.” ¡!Porque 30 años es mucho tiempo en el ciclo vital de una persona!!!! ¡Porque a todos los que apostamos con fe y compromiso en los 90, se nos fueron nuestros mejores años!!! Porque ya con fe y compromiso solamente, es imposible.

La fe y el compromiso no bastan.

Es sabido que la mayoría de las medidas anunciadas el pasado 16 de julio estaban aprobadas y recogidas en los documentos programáticos hace años. No la dolarización claro, no nos confundamos, pero el mercado mayorista, por ejemplo, cumplió 12 desde que se anunció con los lineamientos. Todas fueron reclamadas reiteradamente hace tantísimo por economistas, emprendedores y gente con sentido común. Pero se adoptan ahora cuando el escenario interno, el bloqueo y todo lo demás están en su peor momento; cuando, como en los 90, la olla está al explotar y hay que descompresionar de alguna forma.

No basta con que el paquete haya llegado con sendas declaraciones y que en términos de estrategia sea correcto y audaz. En realidad, lo debían y todavía la mayoría no pasa de ser un titular. Solo tres de ellas están claras y en acción. Con una soñaba por el pueblo: la eliminación del gravamen al dólar. La otra, las tiendas en MLC que incluyen el mercado minorista y el tan reclamado mayorista para los privados –que nunca se pensó de esa manera-, podrá ser “un mal necesario” o “imprescindible” para el Estado y sus instituciones hoy, pero no deja de ser una medida desesperada e impopular, y un insulto a este pueblo sacrificado, cuyos sueños de justicia social nos trajeron hasta aquí.

Entonces, compatriotas del gobierno y el Partido Comunista, al cabo de 30 años la fe y el compromiso no bastan porque: 1) no somos los de abajo los responsables de las erróneas políticas implementadas y de las reformas que no se hicieron desde que correspondían; 2) ya estábamos más que en picada mucho antes de la pandemia y 3) tampoco es culpa del bloqueo todo lo que pasa en Cuba; al contrario, la mayor parte de lo que no se ha hecho o se ha hecho mal, nada tiene que ver con eso sino con la voluntad política del gobierno y el Partido.

Frente a estas nuevas medidas quisiera poder decir lo que hace unos días escribió Félix Sautié en un comentario  que en teoría  comparto: “Es necesario un tiempo de gracia para la efectividad que conduzca al éxito”. Pero necesitaría que estuviéramos hablando de Chipre, que yo tuviera la fe de los 90 ¡y que el ciclo vital de los humanos fuera más largo!!!! ¿Cuánto sería esta vez el tiempo de gracia?

Vamos, que 30 años es mucho. Durante los ocho últimos, práctica y discurso político en el más alto nivel se contradijeron en varios tópicos: 1) el gravamen, que estaría mientras hubiera persecución financiera contra Cuba y hoy, cuando hay más, se elimina; 2) el uso de las tiendas en MLC, que por nada del mundo se pondrían y ahora tenemos en principio 72, ya no solo para productos de alta gama sino para alimentos y artículos de primera necesidad; 3) el incremento de los precios, que no se permitirían a los privados y ahora el Estado campea, como antes, con precios escandalosos; 4) la planificación centralizada, joya de las reformas para la asignación de recursos según los lineamientos y ahora exactamente lo contrario y 5) las pymes, reconocidas teóricamente pero de difícil mención y tolerancia a través de los años, al punto de quedar extraoficialmente dentro de los trabajadores por cuenta propia, fustigadas en el Granma hace muy poco, por cierto, y ahora promovidas incluso para el sector estatal.

Por tanto, aceptando que lo dicho es la estrategia y que lo hecho (la dolarización parcial) es un mal necesario y transitorio, además de que no es lo fundamental en el mediano y largo plazo, convendría clarificar y consensuar con cuidado y transparencia, en un ejercicio más participativo, cuestiones claves sobre las cuales no se ha dicho nada, o no han pasado de formulaciones teóricas:

  • Cómo se implementará cada medida;
  • Cuál es el plazo para la desdolarización;
  • Cuáles son las medidas compensatorias que por vía de la redistribución paliarán los efectos negativos de las acciones aprobadas;
  • Cuál es la política a seguir para los sectores más vulnerables;
  • Cómo y en qué plazo se aplicará la estrategia para que por vía de la imprescindible descentralización se beneficien realmente los municipios del país, en la mayoría de los cuales hoy ni siquiera se conoce o se ha implementado el irrisorio 1% que deben aportarles las empresas que funcionan en sus respectivos territorios.
  • Cuál es el plazo para rendir cuentas de la recaudación de MLC y su redistribución en beneficios socioeconómicos para el resto del pueblo que no tiene acceso a dichas divisas.

Una cuestión de dignidad y vergüenza.

Ya mis padres no están y sigo sola en Cuba, con mis hijos que ¡ni imaginármelo!, tienen las mismas insatisfacciones que hace 30 años tenían mis hermanos. Nuevamente, como decíamos algunos en los 90, los emigrados (hasta entonces traidores), o los cubanos de la isla que tienen familia en el exterior (FE) enviando remesas, se vuelven en la práctica más útiles porque pueden aportar al país, mientras los demás del lado de acá teníamos entonces  y ¿tendremos? hoy la misión de resistir, volvernos parásitos o mantenernos dignos y orgullosos, pero provocando una dolorosa mezcla de admiración y lástima en los otros.

Sin embargo, así como entonces no me hice creyente para que me dieran donaciones de aseo o comida en una iglesia, ni viví de remesas familiares, hoy tampoco lo haré. Por nada del mundo viviré en Cuba con los dólares de mi familia emigrada. Es una cuestión de dignidad y vergüenza.

“Que sea lo que Dios quiera”, como dicen los religiosos. Y como eso sí se puede elegir en Cuba y el espectro es bastante amplio, tal vez ahora sí me vaya a la religión, al menos para encontrar satisfacción y paz espiritual.

[1] Significa que la persona no trabaja en ninguna de las actividades formales y legalmente reconocidas a pesar de estar en edad laboral. Ver de Joaquín Benavides Rodríguez: “Población, empleo, coleros, especulación y delincuencia”, en Habana Insider, edición 137, julio 28, 2020, La Habana, Cuba, p. 7, en https://www.facebook.com/Habana-Insider-103018817721449/

Unviability

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unviability
Foto: EFE/Alejandro Ernesto

Reforming the national economy has been a sort of Holy Grail for the country’s leadership. In spite of that, the term reform is not commonly used in the official discourse. According to the sociologist and political expert Juan Valdés Paz: ‘In the history of real socialism, the scarce reforms or reform policies have responded to economic crisis or to changes in the strategies of the “socialist transition”, as has happened in the Cuban experience.’

Without it being called a reform, the ‘Process of rectification of errors and negative trends’ was announced thirty-four years ago, with Fidel at the helm. Thirteen years ago, this time with Raúl in charge, the ‘Process of updating of the Cuban economy’ was declared. Having seen the fate of those endeavors, it’s about time we think that something’s being done wrong. The question to be clarified is: what has failed?

The economic measures announced by the president are far from being new.

Several generations of compatriots saw similar measures in the tough 1990s. In any case, the main change is in the environment, with another set of added complications. Beyond the cards for purchases in dollars —a sort of financial corralito, whose dangerous social impact is already being felt—, I remember that after the fall of European socialism, the changes here were applied more quickly. The slogan ‘Without haste, but without pause’ had not been declared yet, which has proven to be a do-nothing policy wearing make-up.

Economist Juan Triana Cordoví in his article: ‘Marches and countermarches: the comings and goings of economic policy. If we all agree, why what should happen isn’t happening?’ keenly analyzes the source of the contradictions between the professed wish to advance and the regressions:

‘With the existence of political and ideological cultures that resist “updating”, with even personal behaviors marked by previous learning, with prejudices, with legislations that are often obsolete, yet still in force, with gray areas that enable “personal interpretations” and that condition, obstruct and delay the best intentions a country may have and make it extraordinarily difficult to reach the desired coherence and with established personal interests that are hard to give up.’

Several countries of the former European socialist bloc attempted reform processes that were ultimately unable to avoid the collapse of the system. That must have left us some experience. I’ve long been haunted by this question: Can one reform the economy of a socialist country without also proposing political reforms? When the Cuban-Dutch journalist Sergio Acosta asked me to contribute a question for the conversation he would have with economist Janos Kornai [1], that’s the one I gave him.

Kornai answered: ‘You sure can, but it wouldn’t be successful […] If you ask about whether it could work, I can tell you that we had the same debate in Hungary at one time. It depends on what you mean when you say “functionality”.

Sergio Acosta: Viability?

KornaiExactly, viability. It can work, but it doesn’t work well […]

My concern grew. The New Economic Policy (NEP), a process of reforms applied in the USSR between 1921 and 1927, had unquestionable successes in liberalizing domestic trade, accepting the creation of small private enterprises and the collaboration with foreign capital through joint forms of property, applying the system of company self-management to fight against bureaucratism and the authoritarian tendencies of the administration, and recognizing the personal interest in labor results. Despite its positive effects, the gradual strengthening of Stalin against the Party after Lenin’s death would have a decisive influence on the end of these reforms.

In 1928, during a meeting, the Secretary General of the Party said: ‘Let’s chuck the NEP the hell away’, something that, in fact, the CPSU had decided to do a few months earlier in its 15th Congress (December 1927), by passing the guidelines of the First Five-Year Plan. Thus began the so-called Stalinist economic model, which was strictly centralizing.

Six years of reforms collapsed under the will of one person.

It so happens that the NEP itself carried the seed of its own destruction. An interesting debate supplied me with other elements for judging it. It occurred between professor, historian, and researcher Samuel Farber, born in Cuba and residing from a very young age in the US, and John Marot, professor at the History department of Riverside University in California. [2]

Farber holds that the NEP should have been protected by a political opening that would have allowed the independent organization of workers and farmers to oppose Stalinism: ‘[…] the adoption of the NEP should have been accompanied by what I called a New Political Policy (NPP). Essentially, by the freedom of peaceful political organization for all those groups willing to respect the original form of Soviet democracy that came to power in October 1917.

Lenin, in the same measure he had advocated for the economic concessions of the NEP, defended the restriction of political freedoms: total elimination of parties and opposition groups, control of workers’ and farmers’ unions within the limits established by the Party and a monopoly on the media.

As a consequence, the Party turned into an increasingly bureaucratized and anti-democratic organization, while the rest of society became an obedient collectivity, unable to organize and press for changes. The same happened in all the countries that applied the model of bureaucratized socialism. It would be like that until the implosion of socialism, which nobody defended because they hadn’t been called to do it.

As Kornai says, an exclusively economic process of reform ‘doesn’t work well’. I believe that one of the reasons for its unviability is the risk that, even as it develops successfully in appearance, it can be dismantled thanks to an authoritative government decision.

When the citizens aren’t actively involved as controllers of the direction, results, and pace of the economic transformations, these run the risk of being dismantled, as it happened in the USSR. But not just there, in Cuba, we also ‘chucked the hell away’ a reform process that started in the 1990s and that —though it didn’t have a proper name or an official baptism— was the government’s response to the scene after the crumbling of European socialism.

Especially in the second half of that decade, an improvement was felt thanks to the relative decentralization of the economy, a greater weight of the market, the permission granted for private initiative, and the diversification of trade partners. However, after the approach to Chávez’s Venezuela, certain flexibility policies in the economy were abandoned.

The approach to Venezuela made Cuba go back to its old centralizing ways.

The private initiative would be slowed down, though it didn’t disappear. Cuba quickly moved away from the relative pragmatism that shortly emerged in the last five years of the 20th century and which would generate incipient indexes of economic reactivation and confidence in finding our own way out.

One great unresolved conflict wherever bureaucratic socialism is enthroned is one of turning state property into truly social property. This aspiration has been a utopia due to the lack of democratization, the mistakes of citizen participation in economic decisions, and the fact that unions cease to be organizations that defend the interests of workers.

Cuba hasn’t been an exception. The bureaucracy among us has become a ‘class for itself’ and it hinders changes and reforms which, though accepted in the discourse, it slows down in practice to the detriment of the majority. The economic reforms devised twelve years ago have not proven their effectiveness, since most of what was wanted hasn’t even been implemented. And this signals an uncertain future for a process of changes that rested on the idea of an economy open to the influx of foreign capital. This capital, which was reluctant since before the pandemic, will now be even more so.

Alicia Bárcena, executive secretary of ECLAC, pointed out that the effects of the pandemic ‘will generate the greatest recession in the region since 1930 (the Great Depression) and since 1914, with the First World War’. The ECLAC also considers that the way out of the crisis will depend on the economic strength of each country, its set-up productive capacity, its access to financing from international bodies (IMF, World Bank) and the forcefulness of its economic response, in which fiscal policy will play a fundamental role.

For Cuba, a -8% decrease in GDP is announced, which is very drastic in terms of an already depressed small economy. There will be no other choice but to set in motion the reforms once and for all if we don’t want to subject Cubans to a period of hardship in the style of the one suffered in the 1990s, or much worse.

The Cuban Constitution of 2019 is much more flexible in economic matters and forms of property than its predecessor, but much more rigid politically. The Party is not only declared the leading force, as it already was, but it’s now also described as superior with respect to society and the State.

This arrogant attitude by the Party belonged to a political model that failed.

In February 1989, the Soviet magazine Sputnik devoted an issue to the stagnation that characterized the period under Leonid Brezhnev’s leadership. In it they asked these questions: ‘Should the Party leadership become a special body of power, sitting above the other bodies? If the Central Committee is a special body of power, how can it be controlled? Can its decisions be challenged for being unconstitutional? Who answers in case a decreed measure fails? If this superior body actually runs the country, shouldn’t the entire people be able to elect its members?’

In this political model the Party is selective, ‘a vanguard’, and not a popular party open to everyone. Then, if it declares itself a force superior to society, it also sets itself above the people. For that not to be the case, the people should be able to elect the Party leadership, and that doesn’t happen. If it sits above all, and it’s not ‘an electoral party’, it’s beyond popular control.

In the Constitution of 2019, the number of appointed positions grew, and the bureaucracy was shielded from the citizens by deeming any contents pertaining to the political system monolithic or immutable. That, together with a relative opening regarding the forms of property, and the possibility that some forms may turn into others, grants a dangerous status to political leaders, whether they belong to the so-called historical generation or not. Thus, they have strengthened a political class which conditions changes to the possibility of seeing their own privileges affected.

Faced with the disruption that the visibility of citizens’ opinions in digital media means for this model and for the political class established by it —something that weakens its monopoly of the media—, the response has been repressive (Decree 370), though unsuccessful. Now we can have an influence on political decisions and become a significant factor in the progress of reforms.

A process of reforms is not a goal without an expiry date.

Those who lead the reforms must show competence and effectiveness to carry out what has been agreed upon. Time limits must be established to reach the goals and, above all, it must be possible to remove those who do not show real commitment to the transformations from their positions. But none of that is possible in a political model like the one we have.

They have tried to convince us for a long time that giving up this political model means opening up the door to capitalism. It’s about time we become aware that what this model has actually achieved is closing the door to socialism by keeping the system from reforming itself and becoming truly participatory and prosperous.

Contact the author: alinabarbara65@gmail.com

[1] Relevant 93-year-old Hungarian economist. Emeritus professor at Corvinus University in Budapest and at Harvard University, where he taught for nearly fifteen years. He is the author of texts such as Economics of Shortage (1988) and The Socialist System: The Political Economy of Communism (1988). In the latter, he argues that the control economy of a communist party leads to the predominance of a bureaucratic administration of state-owned companies, with centralized planning and the fixing of prices to eliminate the effects of the market, which brings about the economics of shortage. He was the main expert consulted by China for its reforms in the 1980s.

Translated from the original

Eusebio Leal Spengler después de la muerte

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Eusebio Leal Spengler
Foto: Luis Ruiz Tito/Presidencia República Dominicana

Es difícil escribir de alguien a quien lees para escribir: Eusebio Leal Spengler. Tan difícil como hablar de alguien a quien también escuchas para aprender a comunicar. Solo él podía darle permiso a estas letras que pretenden encender luces tenues sobre uno de los temas más abordados por el Doctor Eusebio Leal Spengler.

Los grandes cambios, las grandes transformaciones siempre han tenido detrás hombres con el don de la palabra, el poder del convencimiento. Eusebio Leal Spengler era uno de esos hombres con tan envidiable talento.

Pensaba yo mientras escribía, en hablar de las condecoraciones otorgadas a Eusebio Leal Spengler, pero la información es fácil de encontrar y poco homenaje a él sería el de repetirme. También podría mencionar su obra en el Centro Histórico de la Ciudad, pero no hay mejor experiencia que la palpable.

Lo invito entonces a caminar La Habana Vieja, donde es inevitable percibir su esencia, o -para el foráneo- preguntar quién está detrás de todo ello. Se sabe que de forma omnipresente hay un “genio” (porque salvaguardar la cultura es una genialidad que ayuda a mantenerse a flote). La Habana Vieja es más que un sitio para el paseo sabatino. Es un convite para descubrir la Ciudad y el país en su inquebrantable reconocimiento y relación histórica consigo y con otras naciones.

Leal lo tuvo presente en toda su labor de restauración y preservación del Patrimonio material e inmaterial, por ello La Habana Vieja, es el lugar dónde muchos descubrieron -como yo- a qué dedicarían sus días. Dicho esto, solo si se disfruta el sonar del adoquín con las presurosas pisadas, en medio de muchísima gente intentando aprender, vender, comprar, mirar, enseñar, o simplemente entablar una grata conversación mientras se ven las palomas pasar; puede uno comprender lo fructífero de la lealtad de Eusebio Leal Spengler a La Habana.

«La Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana es heredera y depositaria de la labor desplegada por sucesivos historiadores, desde Félix de Arrate, en la segunda mitad del siglo XVII, hasta Emilio Roig de Leuchsering, cuya fecunda existencia terminó en 1964. La amplia labor de divulgación y defensa de temas del patrimonio habanero que Roig de Leuchsering promovió y llevó a cabo, ha permitido que todo cuanto hacemos hoy tenga un valor de continuidad» (1)

Lo anterior, lo expresó Eusebio Leal Spengler en 1995 a la revista ICOMOS, mientras su labor como historiador de la Ciudad estaba muy lejos del actual deceso. En esa lista de personas entregadas a la incansable batalla por defender La Habana hasta el último suspiro, ha llegado la hora de incluirlo.

La noticia de su muerte la supe-internet mediante- sobre las 11 de la mañana. Recibí un mensaje de mi mejor amiga por messenger: “¿Oye, viste lo de Eusebio?”, y aunque no explicó más, sabía de qué iba. Entonces revisé mi WhatsApp y todos los estados dejaron ver imágenes de Leal con comentarios como “Buen viaje”, “EPD”, “La Habana se viste de luto”… Confirmado.

Otra cruz en el obituario de este año que nos duele.

La personificación del año 2020 se ve como un señor molesto, o tal vez ingenioso que cada semana trae novedades -en su más estricto sentido y relevancia- para avivar emociones. ¡Y vaya manera de lograrlo!

Aunque es inminente el dolor ante la pérdida de quien para muchos es un adalid; lo más útil es pensar en nuestro compromiso después su muerte, puesto que «no se nos pedirá cuenta de lo que se nos quita, sino de lo que no hicimos» (2). Mientras parezca que aún nos habla cuando leamos sus intervenciones, será útil su obra. Eusebio Leal Spengler solo aspiraba a la utilidad de su trabajo, y fallarle en el mantenimiento de su obra sería defraudarlo.

Consciente estaba de nuestro papel y el de unas cinco generaciones anteriores a la nuestra, cuando en 1995 nos identificó como «la generación que ha de someter a juicio la obra realizada» (3) por los de su tiempo.

El justo homenaje y preservación de esta tarea encomendada por el historiador se verá al volver sobre la historia de La Habana y de Cuba, sobre nuestra identidad y lo que significa la nación cubana.

Y creo que es necesario volver porque hay posiciones -que comparan el fallecimiento del Doctor con otros representantes de nuestra cultura-, de las que no me haré eco, pero que más allá de ignorar la magnitud de la pérdida en cuestión, señalan una depauperación del sentimiento de nación en general y un desconocimiento no solo de la obra de Leal Spengler, sino de la historia de Cuba. Y, por ende, carecen de respeto hacia ella.

Ni la juventud, ni Cuba, ni La Habana están perdidas, mas algo pasa en la enseñanza y apropiación de nuestra historia, y es hora de prestarle atención. Evaluemos el estado de la cultura y la tradición cubana hoy día, punto por punto, y encontraremos las justas señales. «La historia es la memoria de las cosas. Una persona sin memoria es una víctima, un pueblo sin memoria es una fatalidad, jamás encuentra su camino». (4)

En estas líneas no pretendo brindarles un Eusebio Leal Spengler perfecto, no intercambiamos lo suficiente como para afirmarlo. Solo tengo dominio de su desempeño como cubano, conservador y profesional comprometido con la obra de La Habana. Basada en ello, si afirmo que fue el hombre que no impuso el amor a la nación cubana. Y cuando digo nación me refiero a lo que somos, a nuestro suelo, al país.

De ese Eusebio hablamos aquí. De alguien que, incluso en medio de una agonía personal por su dualidad cristiano-revolucionaria, reafirmó su voluntad de apoyar la Revolución como única alternativa para el panorama de la época.

Hablo de nuestro PAÍS en este texto. Ese que usted ama, más cuando está lejos. No mezcle desavenencias gubernamentales con su afecto a la isla. Y antes de que comience a refutar, note la diferencia que hay en su corazón entre lo gubernamental y su amor por Cuba. Porque a Cuba, es imposible no amarla, pero a veces parecemos desconocerla.

Eusebio lograba que usted amase a Cuba y la conociese sin imposiciones.

Le bastaba un exhaustivo relato sobre el origen de un parque de La Habana, una tarja, un museo… He aquí la razón por la que podía hablarle a los ancianos para los que procuró hogares en la Oficina, a los adultos que acogió como trabajadores encargados de preservar el patrimonio de la ciudad, a los jóvenes para los que creó iniciativas como la Escuela Taller “Gaspar Melchor de Jovellanos”. También depositó su fe en los púberes para los que cedió A+Espacios Adolescentes; en los niños para los que previó la restauración de la Escuela Primaria Rafael María de Mendive, por solo citar ejemplos.

Llámele don de la palabra, del convencimiento, dominio exquisito de la historia, o fiel compromiso por reparar y creer en «el signo de sumar». El punto es que su «discurso ha sido siempre para todos los cubanos» (4). Quién no lo ha leído, lo ha escuchado o lo ha visto cuando en el empeño por transmitir su respeto por este país, mostraba su versatilidad para enseñar la Cuba que se guardaba.

No hay generación perdida, ni nuestra cultura está del todo mal. Lo reafirmé cuando, horas después, el homenaje virtual pasó de los comentarios de condelencias a: “Hoy y el fin de semana estaremos colgando sábanas blancas en los balcones, en homenaje a Eusebio Leal”. “Favor de pasar a todos sus contactos de La Habana”. (Propongo hacerlo extensivo). “Honor a quien honor merece”.

Y las redes sociales que parecen un enjambre de mediocridad y neurastenia en no pocas oportunidades, esparcieron hoy un justo homenaje que no se encomendó, sino que surgió del pueblo, y ese es el más fidedigno láureo.

«Necesito personas que aspiren a hacer cosas» decía en una entrevista. Y esta es entonces nuestra tarea: la aspiración de preservar y defender cada uno de nuestros derechos y los de este país, no la de transigir por su ausencia. Y este primer paso, este homenaje impulsado desde las redes sociales, me parece un buen signo.

Mi aspiración es que «el mejor de [sus] amores, la mejor de [sus] pasiones, el mayor de [sus] desafíos»: La Habana, siga en pie. Dijo en una oportunidad que, de haber otra vida después de esta, su alma vagaría eternamente por la ciudad. Sería bueno que quedase como ancestro protector de cada esquina habanera y de cada esencia cubana.

«La isla nos invita, y yo hago particularmente mío ese deseo, a conocerla y a amarla. No la vean con ojos judiciales, sino con ojos de amor. Hay mucho por hacer, pero habita en su interior, invisible para algunos, pero real y palpable para mí, el corazón de una generación nueva que hará suyo los sueños y quimeras de la que ya se extingue». Seamos nosotros quienes luchemos por mantener «esta isla, por levantarla, por que sea siempre la más bella» (2).

  1. La gesta de la restauración. Junio, 1995, para Revista Icomos (UNESCO)
  2. Ciudad y natura. Intervención especial en la Conferencia Regional (América Latina y el Caribe) de Geografía, La Habana, 31 de julio, 1995
  3. El concepto de patria. Discurso de clausura del evento Cuba: cultura e identidad nacional, La Habana, junio, 1995.
  4. Dialéctica personal. Entrevista “Indiferente a nada” concedida a la periodista Magda Resik Aguirre y publicada en Juventud Rebelde. 19 de noviembre de 1995.

*Todas las intervenciones se pueden encontrar en La Luz sobre el espejo. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2017.

Tragedia y Resistencia

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tragedia
Foto: @svetlaya via Twenty20

He estado pensando mucho las últimas semanas en el concepto de tragedia: lo que oscurece, y lo que esclarece. Los EE.UU. y el mundo sufren la tragedia del coronavirus, pero los EE.UU. también padecen de los efectos de numerosas tragedias antinaturales, los resultados inexorables de mecanismos diseñados con intenciones dañinas desde el surgimiento del país.

Mientras un nuevo movimiento se manifiesta en las calles y lucha por la libertad de personas de color estadounidenses, tres episodios en la historia del EE.UU. son particularmente relevantes ahora: el período de esclavitud; la Reconstrucción intentada por los estados rebeldes del sur, incluyendo el movimiento populista original; y los sesenta del siglo XX y el movimiento de derechos civiles. Ya que, como dijo un autor sureño famoso, el pasado nunca está realmente muerto—ni siquiera está pasado—deberíamos revisar estos capítulos a ver qué podemos aprender sobre este momento tempestuoso de la historia estadounidense. También necesitamos considerar la larga y dolorosa historia del imperialismo y capitalismo estadounidense para entender qué será el camino hacia adelante para los habitantes de los EE.UU. y el resto del mundo cuando la etapa inicial de las protestas termine.

  1. Orígenes

Los EE.UU. fueron fundados en tierra robada, regada con sangre indígena y cultivada por la sangre de los esclavos africanos. Su esfuerzo, sin ninguna remuneración ni reconocimiento, literalmente se construyó los Estados Unidos. Numerosos bancos explotadores todavía existentes tenían esclavos o invertían en las plantaciones del Sur. Por siglos, el trabajo y el dolor de gente de color fueron el motor de enriquecimiento en el país más poderoso y rico de la historia mundial.

La esclavitud fue un sistema bárbaro y totalitario—familias fueron separadas como si nada, la cultura africana de los esclavos fue reprimida brutalmente, y los esclavos no recibían educación ni los derechos humanos más básicos. Los dueños eran abusadores sin vergüenza ni repercusión legal ninguna. Por supuesto, y contrario a libros de texto e historias populares estadounidenses que distorcionan el registro histórico, los esclavos no eran víctimas pasivas. Siempre hubo resistencia contra la dictadura de los dueños: según algunas investigaciones, más de 250 rebeliones de más de diez esclavos ocurrieron a lo largo del periodo de esclavitud estadounidense, incluyendo la famosa rebelión de Nat Turner. A pesar de esos intentos valientes, el despiadado sistema de esclavitud era profundamente arraigado y duró más de tres siglos en los Estados Unidos desde su principio en el siglo XVI hasta la emancipación de los últimos esclavos en el 19 de junio de 1865, el cual ahora es conmemorado cada año con el día festivo de Juneteenth.

Vale la pena enfatizar los hechos, ya que es fácil olvidarlos debido a demasiada familiaridad. Millones y millones de personas nacieron, vivieron, y murieron bajo un sistema que era un infierno hecho realidad. Este sistema permaneció por más tiempo aún que lo que separa el presente y el final de esclavitud en 1865. La maldad que este sistema creaba y desataba alteró el carácter de los Estados Unidos profunda e irrevocablemente. Por lo tanto, sus secuelas se ramificaron en el tiempo y corrompen el presente, amenazando el futuro del país y de las Americas. A pesar de todo, mucha gente blanca todavía no tiene el valor para enfrentar los hechos. Por eso, tendremos que ahondar en cómo exactamente terminó la Guerra de Secesión.

  1. La Reconstrucción Fracasada del Sur

Después de cuatro largos años de violencia intestina, en el 9 de abril de 1865, la Guerra de Secesión terminó. Más de 1.75 millones de personas habían fallecido. Grandes partes del Sur, en particular las granjas de Georgia, quedaron destrozadas. Las ciudades principales del Sur eran arruinadas, reducidas a cenizas. Era el momento oportuno por una transformación completa que hubiera realizado la promesa incumplida de libertad para todos, especialmente en un Sur básicamente feudal.

Al principio, parecía que los Republicanos Radicales, animados por el triunfo de la Unión, estuvieran dispuestos a hacer lo necesario para imponer una revolución en el Sur derrotado pero aún resistente. Los Republicanos Radicales querían llevar a cabo la plena emancipación de los antiguos esclavos: deseaban que la gente de color pudieran conseguir todos sus derechos civiles, incluyendo el voto, y que el racismo y nacionalismo de la Confederación fueran extirpados cuanto antes. Creían en la igualdad total entre las razas.

Para lograr este programa, abogaban el empoderamiento del gobierno federal, exactamente opuesto a los apoyadores de la Confederación, cuyo eslogan era “los derechos de los estados.” Crearon el Freedmen’s Bureau (el Departamento de Hombres Emancipados) para proveerles beneficios a las personas emancipadas y ayudarles a navegar el nuevo mundo del mercado de labor, ya que la esclavitud no existía. Algunos aliados blancos se mudaron al Sur para enseñar y entrenar la gente de color liberada. Los Republicanos escribieron una ley de derechos civiles y esperaba un proceso sencillo de aprobación.

Desgraciadamente, no era así de fácil. El presidente Johnson, el sucesor de Lincoln, fue muy conservador. Opuso la redistribución de tierra a la gente de color, y vetó la inicia y moderada ley de derechos civiles, diciendo que tenía simpatía con los negros pero no podía aceptar la extensión de poderes federales necesaria para implementar la ley. Dijo que era inconstitucional. En el Sur, surgió una enorme ola de resistencia—el KKK trató de usar una campaña de terrorismo y violencia para mantener el orden racial que había existido antes de la guerra, y numerosas personas de color murieron desafortunadamente en las manos de supremacistas blancas.

Al final, los Republicanos forzaron la aprobación de las Enmiendas XIII, XIV, y XV. La Enmienda XIII tuvo un gran y trágico agujero—dice que “ni la esclavitud ni la servidumbre involuntaria, excepto como castigo por un crimen de que la parte hayan sido condenada, existirá en los Estados Unidos”—el cual ahora sirve como la justificación legal del sistema de esclavitud que existe en las prisiones y cárceles. Hoy en día, muchos prisioneros estadounidenses tienen que trabajar por menos de un dólar por hora.

Los Republicanos también sometieron al presidente Johnson a un proceso de destitución. Después de eso, aprobaron los Actos de Reconstrucción, poniendo el Sur bajo control militar. 20,000 soldados fueron mandados al Sur. Los gobiernos militares protegieron los derechos de las personas recién liberadas—les ayudaron a ejercitar sus derechos por el registro de votantes negros y la supervisión de las elecciones. Los soldados también paralizaron al KKK: enjuiciaron a sus líderes y frustraron los intentos por defender la supremacía blanca. Coaliciones políticas liberales se formaron en el Sur basadas en el apoyo de las tropas ocupantes, la afluencia de norteños comprometidos con la causa de igualdad racial, y el nuevo papel político que la gente negra estaba desempeñando. Mientras tanto, el presidente Grant, un Republicano, trabajaba en ampliar los poderes del gobierno nacional para compeler el cumplimiento con la ley. Por un momento, parecía que este modo de luchar por la justicia racial funcionaría.

Pero desafortunadamente, ese instante prometedor no duraría. Con el paso del tiempo, la voluntad política en el Norte para mantener el Sur controlado se desvanecía. La resistencia no solo era cuestión de la oposición sureña, sino también el resultado de un racismo bien arraigado en el Norte. En la elección presidencial de 1876, las coaliciones precarias que habían formado se cayeron. La elección fue muy estrecha y nadie sabía quién realmente ganó. El Partido Demócrata aprovechó la oportunidad que tenía: consintió cederle la elección al Partido Republicano a cambio del final de la Reconstrucción y la retirada de todos los soldados del Sur.

Después de que se retiraron, los blancos del Sur retomaron el control de los gobiernos estatales y aprobaron leyes discriminatorias para privar la gente negra de sus derechos. Aunque la gente negra disfrutó de sus legítimos derechos por un periodo, su ejercicio fue dependiente de la injerencia activa del gobierno federal, la cual tuvo una fecha de vencimiento. Durante ese periodo, las personas de color lastimosamente no podían obtener el control sobre la tierra, las herramientas, y el dinero que necesitaba para empezar nuevas vidas con libertad verdadera. Debido a esta falta del capital y poder económico para gente de color, la clase de hacendados blancos pudo reinstituir un sistema muy parecido a la esclavitud durante la epoca que siguió a la Reconstrucción: el sistema de aparcería fue casi igual de brutal, mientras que era completamente legal.

  1. El Movimiento Populista Original

Un nuevo movimiento popular—la Alianza de Granjeros—empezó en las Grandes Llanuras después del fracaso de la Reconstrucción. Representaba una revuelta contra el capitalismo desencadenado y un intento por salvar la democracia estadounidense. Los granjeros sufrían de las depredaciones de las grandes empresas del este y querían poner fin a los monopolios y la oligarquía de Wall Street. Desarrollaron un programa claro con exigencias bien pensadas, todas basadas en una gran expansión de los poderes regulatorios del gobierno federal: reforma agraria, institución de impuestos progresivos, control federal del sector bancario, control federal del ferrocarril y las telecomunicaciones, establecimiento de bancos postales, y el reconocimiento del derecho a organizarse en sindicatos de los trabajadores. Para conseguir estas metas, la Alianza organizó manifestaciones con bandas y desfiles.

Encontró cierto éxito: a principios de 1884, solo tenía 10,000 miembros; en 1890, alcanzó más de un millón de miembros. El movimiento comenzó en el centro del país, pero para crear una coalición durable en los Estados Unidos, se necesita una base de apoyo nacionalmente distribuida. La clase trabajadora y la gente pobre en Estados Unidos era multirracial y de diferentes partes del país. Así que, para expandir su alcance, la Alianza tuvo que superar las arraigadas sospechas interraciales e interétnicas en el Sur y en las ciudades del Norte. Esto resultó problemático, tan difícil como romper el control corporativo del proceso político y vencer su fuerte resistencia.

Tomemos como ejemplo a Tom Watson, líder sureño del movimiento Populista. Al principio, fue un defensor de los derechos de las personas de color: abogó por la votación para ellos, y condenó rotundamente los linchamientos. Pero después de algunas derrotas electorales en 1896 y una misteriosa alteración psicólogica, Watson cambió de opinión y cerca del 1900, empezó a atacar a la gente de color usando términos racistas. Su abrupto giro simboliza el aprieto del movimiento Populista. Enfrentado con políticos revanchistas y una campaña de terror racial por parte de grupos racistas armados, el movimiento Populista titubeó—y eso fue la destrucción definitiva de la Reconstrucción y la promesa de democracia social en los Estados Unidos en el fin de siglo XIX.

  1. Los Sesenta y Una Movilización Frustrada

Adelantamos seis décadas. El régimen de segregación en el Sur se había endurecido, codificado en leyes estatales y prácticas diarias. Campañas de sindicalización en los cuarenta y cincuenta habían fracasado, incapaces de atravesar la frontera militarizada del racismo. Pero por fin un movimiento bien coordinado, con líderes capaces y miembros ordinarios listos y determinados, estaba en marcha.

Al principio, el movimiento por los derechos civiles encontró resistencia en el campo de opinión pública. En el mayo de 1961, el 57% de personas creyó que las demonstraciones en el Sur (las sentadas, los Autobuses de Libertad, etc.) dañaría la causa de la desegregación. Siquiera tan tarde como el mayo de 1964, después de muchas protestas, el 74% de personas creyó que las demonstraciones masivas por la gente negra sería perjuiciosas a la igualdad racial. Solo en el final de los sesenta, después de cinco años más de manifestaciones, y con el espectro de violencia racial colgante en el aire, finalmente cambió la opinión pública: el 63% opinó que protestas no violentas podrían alcanzar la igualdad racial en el mayo de 1969.

Cómo ocurrió este cambio de opinión es instructivo. También es educativo como evolucionó el movimiento por los derechos civiles. Inicialmente, con razón, reflejando los problemas más urgentes, se enfocó mayormente en la igualdad básica: el derecho a compartir facilidades públicas, el derecho a la votación sin represalias, el derecho a asistir escuelas integradas, el derecho a no sufrir discriminación laboral. Las manifestaciones en las calles sin duda funcionaron, creando el impulso necesario para que el gobierno federal actuara: no tuvo otra opción que tomar acción legislativa decisiva para hacer que la igualdad racial sea más que palabras vacías.

Pero Martin Luther King y otros líderes del movimiento, incluyendo al socialista democrático Bayard Rustin, reconocía que los derechos civiles no valen tanto sin los derechos ecónomicos. King preguntó, refiriéndose a las sentadas, “¿Qué vale el derecho a sentarse en un mostrador para almorzar si no puedes ni comprarte una hamburguesa?” En los años antes de su asesinato, King empezaba a prestar atención a la necesidad de grandes cambios estructurales a la economía. Fue asesinado cuando estuvo dando apoyo a una huelga de trabajadores sanitarios en Memphis. Estaba a punto de organizar una Marcha de Gente Pobre en 1968 para ganar derechos ecónomicos y derechos humanos universales. King y otros líderes del movimiento querían unificar la gente pobre blanca, los americanos nativos, los chicanos, la gente negra, y otros grupos marginalizados en una coalición poderosa capaz de transformar los Estados Unidos en un país civilizado con socialismo democrático, sin imperialismo ni militarismo. Las Panteras Negras y otras formaciones de poder negro más radicales en algunos casos enfatizaron los elementos separatistas en sus filosofías, pero siempre subrayaron la importancia de socialismo y antiimperialismo para ganar la libertad verdadera. Además, operaron programas de beneficios sociales en sus propias comunidades, ofreciendo un modelo de base de cambio social.

Por desgracia, las inoportunas muertes de King y Robert Kennedy, combinadas con las asesinatos de otros líderes más radicales como Malcolm X (1965) y Fred Hampton (1969) y la sangrienta guerra en Vietnam, conspiraron para desinflar el movimiento. Aunque la Marcha de Gente Pobre sí tuvo lugar, no recibió la atención que merecía, y los sueños de un país y un mundo más justo se desangraron, víctimas de la Guerra Fría y la reacción violenta racista dirigida por Richard Nixon, Ronald Reagan, y el Partido Republicano. En vez de resistir la regresión, los Demócratas se unieron con los Republicanos durante los ochenta y los noventa para aprobar legislación que construyó un sistema grotesco de encarcelamiento masivo y patrullaje descontrolado, escondiéndose detrás de esloganes anticrímenes. Mientras tanto, la historia de imperialismo y intervencionismo que destruía las vidas de gente de color a escala mundial seguía desarrollándose.

  1. El Presente

¿Cuáles lecciones nos dan estos episodios de la historia estadounidense?

Primero, la lucha por el voto libre siempre ha sido central en la lucha por justicia racial: desde el principio, durante la Reconstrucción, el movimiento Populista, y el movimiento por los derechos civiles. Una línea que atravesa la historia estadounidense es el intento por la élite de limitar el electorado—solo así puede mantener su lealtad hacia la idea de democracia formal. En cuanto el electorado se convierta en una amenaza contra el poder racista y capitalista, la elite siempre ha sido dispuesta a tirar su supuesta amor por la democracia, hasta que haya usado la violencia terrorista para reprimir gente de color.

Segundo, y posiblemente más importante aún, la Reconstrucción nunca realmente trataba de corregir las injusticias económicas y el desequilibrio racial de poder. Los antiguos esclavos simplemente eran convertidos contra su voluntad en trabajadores listos para entrar el nuevo mercado de trabajo que los capitalistas habían instituido en el Sur. No recibían reparaciones ni control sobre el capital. El Congreso no aprobó la reforma agraria. ¡La Enmienda XIII ni siquiera prohibó la esclavitud por completo! El fracaso de cambiar las condiciones materiales fue el punto más débil de la Reconstrucción.

Finalmente, podemos ver que la lucha entre el poder federal y “los derechos de los estados” siempre ha tenido implicaciones raciales. “Los derechos de los estados” funciona como un disfraz para preservar la supremacia blanca; el conflicto entre el gobierno nacional y los gobiernos locales es un indicador del estatus de derechos civiles en los EE.UU.

El lamentable fracaso del movimiento Populista nos demuestra que el racismo ha funcionado como un arma contra las movilizaciones populares en Estados Unidos. La inflamación de tensiones raciales sirve como un gran obstáculo contra la unidad de los grupos oprimidos, aunque los grupos marginalizados tengan muchos de los mismos intereses. Como la autora Isabel Wilkerson sugiere en un artículo muy recomendable, el sistema racial en los Estados Unidos debería ser considerado como un sistema de casta.

La experiencia del movimiento por los derechos civiles nos muestra que las manifestaciones obtienen resultados. Pueden cambiar la opinión pública, y pueden forzar cambios legislativos. Su fracaso tal vez fuera cuestión de mala suerte: los asesinatos de King, Malcolm X, Kennedy, y Fred Hampton eficazmente frenaron el impetu del ala radical y la corriente principal del movimiento.

La historia del movimiento por los derechos civiles y el movimiento Populista también recalca la conexión entre la lucha por igualdad racial y la lucha por un socialismo democrático: hay una relación dialéctica entre demandas particulares y demandas universales. Por razones tácticas, en un país con una clase trabajadora multirracial y multicultural, se necesita construir una coalición que unifique grupos distintos para tener posibilidades de derrotar una elite corporativa unida y potente.

Un análisis internacionalista es imprescindible: el papel que los EE.UU. juegan en el escenario internacional es inseparable de la situación doméstica. En otras palabras, el racismo de los EE.UU. contra sus propios ciudadanos y su racismo contra gente de color en países en desarrollo mundialmente tienen un vínculo muy fuerte. Justo por eso, antes de morir King empezó a criticar fuertemente la guerra en Vietnam, censurando el militarismo, el materialismo, y el imperialismo como un trío fatal vinculado con el racismo, y advirtiendo que los EE.UU. arriesgaban una “muerte espiritual.” La consecuencia inevitable de un sistema que menosprecia las vidas de una gran parte de su propia gente es que el desdén por la humanidad vaya a infectar cada célula de su cuerpo político, interna y externamente.

Estamos viendo esto de una manera muy preocupante ahora en Portland y otras partes de los EE.UU., donde tropas federales están reprimiendo manifestantes usando tácticas violentas y claramente ilegales. Para proteger la supremacia blanca, Trump y sus secuaces parecen dispuestos a iniciar un régimen autoritario en la patria estadounidense. Si esa posibilidad perturbadora pasara no sería una coincidencia, tiene mucho que ver con el racismo. Tampoco es coincidencia que las tropas federales estén utilizando las armas y la autoridad que les ha otorgado la Guerra Contra el Terrorismo, la cual ha sido un desastre para personas de color en el Medio Oriente, África, y el sur de Asia.

Pero también hay algunos aspectos prometedores en lo que está pasando en estos tiempos. Las protestas que vemos han durado bastante, y parece que una coalición amplia se está formando para apoyar a los manifestantes. Aunque la mayoría de la agenda de los manifestantes no se ha convertido en realidad aún, la conciencia acerca de la justicia racial está subiendo rápidamente, y la situación económica deplorable también ofrece una oportunidad de movilizar el pueblo para luchar por un orden económico justo.

También es prometedora la energía que se siente en las calles: aunque es tentador rendirse ante los retos que enfrentamos, los manifestantes se dedican a la lucha, venga lo que venga. La historia estadounidense ha sido trágica. Este capítulo no es una excepción: la ejecución extrajudicial de George Floyd por la policía sí fue especialmente despreciable. Aún así, solo fue una instancia en una serie demasiada larga de asesinatos semejantes. Pero la implicación del término “tragedia” es que no podemos evitar ni cambiar nuestro destino. Y afortunadamente, los manifestantes está demostrando, a pesar de todo, que todavía piensan lo contrario.

Inviabilidad

inviabilidad
Foto: Cuba Posible

Reformar la economía nacional ha sido una especie de Santo Grial para la dirigencia del país. A pesar de ello, el término reforma no es comúnmente utilizado en el discurso oficial. Según explica el sociólogo y politólogo Juan Valdés Paz: «En la historia del socialismo real las escasas reformas o políticas de reformas, han respondido a crisis económicas o a cambios en las estrategias de “transición socialista”, tales como en la experiencia cubana».

Sin denominarlos como reformas, treinta y cuatro años atrás, con Fidel al frente, fue anunciado el «Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas». Hace trece años, esta vez con Raúl al mando, se declaró el «Proceso de actualización de la economía cubana». Ante el destino de tales propósitos, ya es hora de que pensemos que algo se está haciendo mal. La cuestión a dilucidar es: ¿qué ha fallado?

Las medidas económicas anunciadas por el presidente distan mucho de ser nuevas.

Varias generaciones de compatriotas pasamos por medidas similares en los duros años noventa. En todo caso, el cambio fundamental es del entorno, con otro tipo de complicaciones añadidas. Más allá de las tarjetas para comprar en dólares —una especie de corralito financiero que tendrá una peligrosa incidencia social, que ya la está teniendo—, recuerdo que tras la caída del socialismo europeo se fue aquí más expedito en los cambios. No se había declarado aún la consigna “Sin prisa pero sin pausas” que ha mostrado ser la maquillada tesis del inmovilismo.

El economista Juan Triana Cordoví en su artículo: “Marchas y contramarchas: el pa’trás y pa’lante de la política económica. Si todos estamos de acuerdo, ¿por qué no sucede lo que debe ocurrir?”, analiza con certera mirada la fuente de las contradicciones entre el declarado deseo de avanzar y los retrocesos:

«Con la existencia de culturas políticas e ideológicas resistentes a “actualizarse”, con comportamientos incluso personales marcados por aprendizajes anteriores, con prejuicios, con legislaciones muchas veces obsoletas, pero aún vigentes, con espacios grises que permiten “interpretaciones personales” y que condicionan, dificultan, retrasan los mejores propósitos que un país pueda tener y hacen extraordinariamente difícil alcanzar la coherencia deseada y con intereses personales creados difíciles de renunciar».

Varios países del antiguo campo socialista europeo intentaron procesos reformistas sin que pudieran evitar finalmente el colapso del sistema. Alguna experiencia debió dejarnos aquello. A mí me inquieta desde hace mucho esta interrogante: ¿Se puede reformar la economía de un país socialista sin proponer también reformas políticas? Cuando el periodista cubano-holandés Sergio Acosta me solicitó una pregunta para la conversación que tendría con el economista Janos Kornai[1] fue esa la que le entregué.

Kornai respondió: «Poder se puede, pero no tendrá éxito […] Si preguntas si puede funcionar, pues le cuento que en su momento también hubo ese debate en Hungría. Depende de qué usted define por la expresión “funcionalidad”.

Sergio Acosta: ¿Viabilidad?

Kornai: Exacto, viabilidad. Puede funcionar pero no funciona bien […]».

Mi duda se acrecentó más. La Nueva Política Económica (NEP) proceso de reformas puesto en práctica en la URSS entre 1921 y 1927, tuvo indudables éxitos al liberalizar el comercio interior, aceptar la creación de pequeñas empresas privadas y la colaboración con capitales extranjeros a través de formas mixtas de propiedad, aplicar el sistema de autogestión empresarial para luchar contra el burocratismo y las tendencias autoritarias de la administración y reconocer el interés personal en los resultados del trabajo. A pesar de sus efectos positivos, el paulatino fortalecimiento de Stalin frente al Partido tras la muerte de Lenin influiría decisivamente en el fin de estas reformas.

En 1928, durante una reunión, el secretario general del Partido dijo: “mandemos al diablo a la NEP”, cosa que, de hecho, había determinado el PCUS unos meses antes en su XV Congreso (diciembre de 1927), al aprobar las directrices del Primer Plan Quinquenal. Se iniciaba así el denominado modelo económico estalinista, férreamente centralizador.

Seis años de reformas se desplomaron ante la voluntad de una persona.

Ocurre que la propia NEP llevaba en sí la semilla de su destrucción. Un interesante debate me aportó otros elementos a la hora de enjuiciarla. Se produjo entre el profesor, historiador e investigador Samuel Farber, nacido en Cuba y residente desde muy joven en EE.UU. y John Marot, profesor del departamento de Historia de la Universidad Riverside de California.[2]

Farber sostiene que la NEP debió estar resguardada por una apertura política que permitiera la organización independiente de trabajadores y campesinos para oponer resistencia al estalinismo: « […] la adopción de la NEP debería haber sido acompañada de lo que llamé una Nueva Política Política (NPP). Esencialmente, de la libertad de organización política pacífica para todos aquellos grupos dispuestos a respetar la forma original de democracia soviética que llegó al poder en octubre de 1917».

Lenin, en la misma medida que había abogado por las concesiones económicas de la NEP, defendió la restricción de libertades políticas: eliminación total de partidos y grupos de oposición, control de los sindicatos obreros y del campesinado en los límites establecidos por el Partido y monopolio de los medios de comunicación.

En consecuencia, el Partido se tornó una organización cada vez más burocrátizada y antidemocrática, mientras que el resto de la sociedad derivó en una disciplinada colectividad, incapacitada para organizarse y presionar por cambios. Así fue en todos los países que aplicaron el modelo de socialismo burocratizado. Así sería hasta la implosión del socialismo, al que nadie defendió pues no habían sido convocados a su defensa.

Como dice Kornai, un proceso reformista exclusivamente económico «no funciona bien». Creo que una de las razones de su inviabilidad es el riesgo de que, aun marchando exitosamente en apariencia, puede ser desmontado por obra y gracia de una decisión de gobierno.

Cuando no se implica activamente a la ciudadanía como controladora de la dirección, resultados y velocidad de las transformaciones económicas, estas corren el riesgo de ser desmanteladas, como sucedió en la URSS. Pero no solo allí. En Cuba también «mandamos al diablo» un proceso de reformas que se inició en los noventa y que —si bien no tuvo nombre propio ni bautismo oficial— fue la respuesta del gobierno a la situación pos-derrumbe del socialismo europeo.

Sobre todo en la segunda mitad de esa década, se sintió una mejoría gracias a la relativa descentralización de la economía, un mayor peso del mercado, el permiso a la iniciativa privada y la diversificación de sus socios comerciales. Sin embargo, después del acercamiento a la Venezuela chavista se fueron abandonando aquí ciertas políticas de flexibilidad en la economía.

El acercamiento a Venezuela regresó a Cuba hacia sus fueros centralizadores.

La iniciativa privada sería frenada aunque no desapareció. Cuba se alejó con rapidez del relativo pragmatismo que emergió por poco tiempo en el último lustro del XX y que generara incipientes índices de reactivación económica y confianza en encontrar una salida propia.

Un gran conflicto irresuelto donde quiera que se entronizara el socialismo burocrático es el de convertir la propiedad estatal en verdadera propiedad social. Esta aspiración ha sido utópica por la falta de democratización, los fallos de la participación ciudadana en las decisiones económicas y el hecho de que los sindicatos dejan de ser organizaciones que defiendan los intereses de los trabajadores.

Cuba no ha sido una excepción. La burocracia se ha convertido entre nosotros en una «clase para sí» y obstaculiza cambios y reformas que, aunque acepta en el discurso, ralentiza en la práctica en perjuicio de la mayoría. Las reformas económicas concebidas doce años atrás no han demostrado su eficacia pues la mayor parte de lo deseado ni siquiera se ha implementado. Y esto avizora un futuro incierto para un proceso de cambios que se apoyaba en la concepción de una economía abierta a la entrada de capitales foráneos. Esos capitales, reacios desde antes de la pandemia, ahora lo serán mucho más.

Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la CEPAL, señaló que los efectos de la pandemia «generarán la recesión más grande de la región desde 1930 (la Gran Depresión) y desde 1914, con la Primera Guerra Mundial». La CEPAL considera así mismo que la salida de la crisis dependerá de la fortaleza económica de cada país, su capacidad productiva instalada, el acceso al financiamiento de los organismos internacionales (FMI, Banco Mundial) y la contundencia de su respuesta económica, en la que la política fiscal tendrá un papel fundamental.

Para Cuba se anuncia un decrecimiento de – 8% respecto al PIB, muy drástico en términos de una economía pequeña y ya deprimida. No quedará otra salida que echar a andar las reformas, de una vez y por todas, si no queremos someter a los cubanos a un proceso de privaciones al estilo del sufrido en los noventa, o mucho peor.

La Constitución cubana de 2019 es mucho más flexible en materia económica y de formas de propiedad que su antecesora, pero mucho más rígida en materia política. El Partido no solo es declarado como antes la fuerza dirigente, sino que se le adicionó el apelativo de superior respecto a la sociedad y al Estado.

Esta actitud arrogante del Partido fue propia de un modelo político que fracasó.

En febrero de 1989, la revista soviética Sputnik dedicó un número al inmovilismo que caracterizara al período de dirección de Leonid Brezhnev, allí se hacían estas preguntas: « ¿Debe la dirección del Partido convertirse en un órgano especial del poder, que estará por encima de los restantes órganos? ¿Si el Comité Central es un órgano especial de poder, cómo controlarlo? ¿Se puede protestar su resolución por inconstitucional? ¿Quién responde en caso de fracasar una medida decretada? Si este órgano superior de hecho dirige al país, ¿no debe entonces todo el pueblo elegirlo?».

En este modelo político el Partido es selectivo, «de vanguardia», y no un partido popular abierto a todos, entonces, si se declara como fuerza Superior a la sociedad también se erige por encima del pueblo. Para que no fuera así el pueblo debería poder elegir a los que encabezan al Partido, y ello no ocurre. Si está por encima de todos, y no es «un partido electoral», queda fuera del control popular.

En la Constitución del 2019 aumentaron los cargos por designación y se blindó a la burocracia ante la ciudadanía al considerar contenidos pétreos o inmutables cualquiera de los concernientes al sistema político. Ello, unido a la relativa apertura en cuanto a las formas de propiedad, y a la posibilidad de que unas formas se conviertan en otras, le otorga un peligroso estatus a los dirigentes políticos, sean o no de la denominada generación histórica. Así se fortalece una clase política que condiciona los cambios a la posibilidad de ver afectados sus privilegios.

Ante el disturbio que significa, para este modelo y para la clase política establecida por él, la visibilidad de opiniones ciudadanas a través de medios digitales —que debilita su control monopólico de los medios de comunicación— la respuesta ha sido represiva (Decreto 370) aunque infructuosa. Ahora podemos influir en las decisiones políticas y ser un factor significativo en la marcha de las reformas.

Un proceso de reformas no es una meta sin fecha de vencimiento.

Los que dirigen las reformas deben mostrar competencia y efectividad para realizar lo acordado. Deben establecerse plazos para vencer los objetivos y, sobre todo, debe ser posible demover de sus cargos a aquellos que no evidencien su compromiso real con las trasformaciones. Pero nada de eso es posible en un modelo político como el que tenemos.

Han tratado de convencernos durante mucho tiempo de que renunciar a ese modelo político es abrirle las puertas al capitalismo. Ya es hora de que tomemos conciencia de que ese modelo lo que ha logrado en realidad es cerrarle las puertas al socialismo al evitar que ese sistema se reforme y se torne verdaderamente participativo y próspero.

[1] Importante economista húngaro de 93 años de edad. Profesor emérito de la universidad Corvinus de Budapest y de la universidad de Harvard, donde enseñó por casi quince años. Es autor de textos como Economía de la escasez (1988) y El sistema socialista, la economía política del comunismo (1988). En este último argumenta que la economía de control de un partido comunista lleva al predominio de una administración burocrática de empresas estatales, con planificación centralizada y la fijación de precios para eliminar los efectos del mercado, lo que conduce a la economía de la escasez. Fue el principal experto consultado por China para sus reformas de la década del ochenta.

Red Avispa decepciona

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red avispa

La red avispa, película dirigida por el francés Olivier Assayas fue estrenada en Cuba en el pasado Festival Internacional de Cine Latinoamericano de La Habana. Basado en el libro del escritor y periodista brasileño Fernando Morais, el filme prometía la historia de los cinco cubanos acusados de espionaje que cumplieron largas condenas en Estados Unidos. Al tiempo que recreaba algunas particularidades de una parte del exilio asentado en La Florida.

Oliver Assayas, posee una extensa trayectoria multi premiada en las plataformas cinematográficas. Había dirigido con loables resultados Doubles vies, Las horas del verano, Finales de agosto y principios de septiembre e Irma Vip. Al director sumamos un elenco de lujo: la española Penélope Cruz, el mexicano Gael García Bernal, el venezolano Edgar Ramírez, el Brasileño Wagner Moura y la cubana Ana de Armas. Parecía un éxito seguro.

Para los cubanos sería una historia familiar, pedazo de nuestras luchas, de tribunas, de carteles de repudio al imperio; reflejado todo en la gran pantalla. Una película, además, casi de género histórico, aun cuando su director la bautizara como un thriller de espionaje.

Lamentablemente, todo quedó en la expectativa.

Tanto el guión como la dirección de arte resultaron en una puesta en escena decadente. Recrear la ciudad de Miami en los años 90 quizás era un reto bastante grande para los realizadores. Bien es sabido, los costos de construir fachadas y ambientes de épocas pasadas es difícil, pero no pudieron hacerlo peor. Un sinnúmero de gazapos hacen que el más inocente de los espectadores pierda la atención a la historia, ya de por sí floja en el guion.

La Avenida de Boyeros pudo haber sido filmada como una de Miami y resultar realista, pero aparecían nítidamente en una escena (conversación entre los personajes René y Juan Pablo) un ómnibus urbano P2, un rutero amarillo y un transmetro marca Yutong. Ninguno de esos modelos de autobuses se fabricaba en los años 90.

Las casas de La Habana que sirvieron de locación también pudieron ser perfectamente creíbles si en la cocina de Ana Margarita (interpretada por Ana de Armas) no aparecieran los artefactos de la Revolución Energética en Cuba. En el año 2006, cada cubano obtuvo por proyecto gubernamental una olla multipropósito y una arrocera. Pues, en la supuesta cocina de Ana Margarita, década del 90, Estados Unidos, hay olla reina y arrocera.

Otro de los errores más visibles ocurre cuando el terrorista Raúl Cruz León va a colocar la bomba en el Hotel Tritón. Sale el cintillo de la película, para esclarecer el nombre del lugar: “Hotel Tritón”, y en la puerta del edificio se lee claramente el cartel real filmado: “Hotel Riviera”, incluso llegan a coexistir ambas informaciones, “Hotel Tritón”, “Hotel Riviera”.

Cuando han trascurrido una hora y ocho minutos del largometraje, interviene la figura del narrador. Según el diario catalán Periódico Español en su versión digital este “funciona como entradas de la Wikipedia leídas en alto”. El resto de la información había sido mostrada a través de cintillos y la nueva voz irrumpe con desentono.

A pesar de ser Red Avispa, una película de espionaje lo menos que nos recrea el guion es espionaje. Muy poco se mostró del funcionamiento del trabajo de los infiltrados en Estados Unidos, y aunque el locutor hace una referencia, la información termina siendo escaza y poco aclaratoria al respecto.

El filme no va de los agentes cubanos.

Es la historia de amor de René González y su esposa Olga Salanueva. Mientras, en montaje paralelo conocemos al agente Juan Pablo Roque y su pareja Ana Margarita. Esta última subtrama queda confusa en cuanto al papel de Roque en el exilio y su regreso a Cuba.

En tanto, Antonio Guerrero, Fernando González y Ramón Labañino ni siquiera tienen diálogos en La Red Avispa. Hay demasiados personajes, algunos desaparecen a mitad de la trama, como el ya mencionado caso de Roque. Resulta engorroso ver tantas historias sueltas e inconexas.

La revista New Magazine ha apuntado que “se ha querido construir un conjunto muy grande y complejo que no se ha tratado bien, porque no se ha profundizado en ninguno de los asuntos tratados y porque algunos ni siquiera se han cerrado. No en el sentido “final abierto”, más bien en el sentido “se le habrá olvidado al director que esto está abierto?”

A pesar del nivel de sus protagonistas, solo vimos una cinta donde españoles, mexicanos, venezolanos, brasileños interpretan personajes cubanos, cada uno con un acento distinto y alejado de cómo se habla en la isla. Por su parte Ana de Armas, cubana, habla casi todo el tiempo en inglés.

No es el caso de Penélope Cruz, quien demostró crecerse y sobresalir para ser uno de los pocos aciertos de la cinta. En varias entrevistas la actriz dijo haber estudiado muy duro para lograr el acento cubano. Y aunque su propósito quedó a medias, Penélope consiguió emocionar con su personaje, creíble y bastante cercano a la Olga que conocemos.

El sitio los Interrogantes considera que “estamos ante un intento fallido de lo que podría haber resultado en una película fascinante. Lamentablemente su director se pierde en alargar escenas que no añaden información a la historia, reunir gran variedad de géneros en un mismo metraje y, entremezclar situaciones y momentos que terminan por parecer inconexos”.

El mayor acierto de la Red Avispa, es la justeza histórica.

Y es también su mayor punto de discordia para uno y otro bando político. Los sucesos con las avionetas de Hermanos al Rescate, el ataque terrorista a playa Tarará, y las bombas colocadas en los hoteles dejan claro las actuaciones tanto del gobierno de la Isla como de algunos de los grupos políticos de la diáspora cubana de Miami.

Las avionetas de Hermanos al Rescate sí violaban el espacio aéreo de la isla, y los cinco sí eran agentes del gobierno cubano haciendo trabajo de inteligencia en Estados Unidos. En ambos sentidos la película es objetiva.

Otro acierto pudiera considerarse la representación cinematográfica de varias figuras célebres en el diferendo Cuba-Estados Unidos: Jorge Mas Canosa, José Basulto, Posada Carriles, Raúl Cruz León, y hasta Gabriel García Márquez como mediador del conflicto. No fue el caso de las imágenes de archivo utilizadas con declaraciones de los presidentes Bill Clinton y Fidel Castro, ambas le dieron a Red avispa un tono de documental medio caricaturesco.

Por lo pronto me niego a creer que Red Avispa formará parte de la memoria histórica de este suceso en Cuba. Pensar cómo hubiera sido el filme hecho por un realizador cubano queda en el terreno de la especulación. Pero sigue siendo necesario que nuestro cine salde esta deuda enorme con patriotas y hechos cruciales en la historia de la nación.

Hacer la rebeldía

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Foto: AP/Str

Todavía hoy, en 1953, estaban matando en Santiago de Cuba a los de la Generación del Centenario. Por lo menos uno de ellos, llevado junto a otros a un lugar cercano a la Granjita Siboney para ser fríamente asesinado después de haber sido torturado y golpeado, vejado y ultrajado hasta el infinito que puede ser cada segundo en esas circunstancias, murió de un infarto y no como el resto de sus compañeros del impacto y el destrozo de carnes, músculos y huesos de las balas.

¿Habrá realmente muerto allí de horror ante la certeza de la muerte que se le iba a procurar, o no habrá soportado antes un gramo más de dolor, soledad y terror, de desamparo, en una sala de tortura improvisada pero macabramente eficiente en el Cuartel Guillermón Moncada?

Nunca se tendrá certeza de las circunstancias reales de ese grotesco y sobrecogedor final. La autopsia del cadáver levantado del sitio, no aportará otros datos que permitan dilucidar esa pregunta. Permanece muda, cerrada a cualquier especulación, casi con seguridad, para siempre.

El miedo, se sabe, no es escaso nunca en un hombre valiente, acaso porque nadie ama la vida más, porque nadie aprende a disfrutar la vida más, que aquel que la arriesga.

Se dice fácil: arriesgar la vida, pero hay siempre un camino entero de determinación y coraje en esa multitud de pequeñas decisiones por las que pasa una mujer o un hombre para ir de las palabras a los hechos. Al final de él, no pocas veces se pierde de verdad lo que se arriesga.

monumento moncadistas
Monumento a Julio Máximo Reyes, Miguel Ángel Oramas y Remberto Alemán, combatientes del Moncada.

La carretera que pasa frente a la Granjita Siboney en la ciudad de Santiago de Cuba está sembrada de monumentos sobrios y sencillos, casi rústicos, que dan testimonio de la existencia de ese tipo de hombres.

Salvo uno, no distinguiré aquí yo de sus compañeros al que murió junto a ellos como uno más, la mayoría de los monumentos recogen sus nombres de tres en tres. Bajo el nombre de cada uno de ellos, o al lado, aparece siempre la ocupación por la que eran distinguidos antes de morir estos hombres: uno fotógrafo, otro lechero, aquel otro chofer. Salvo unos pocos, pertenecían a ese linaje oscuro que se pierde la mayor parte de las veces en el olvido de los pueblos.

Se conocen cuáles fueron sus hechos. En cambio, los sueños, las pasiones, los amores y angustias de los hombres son tragados, devorados y oscurecidos siempre por sus hechos.

El defecto físico que lo atormentó, la herida infrigida por la mujer amada, la rabia del hambre en la memoria de niño, el goce y el vértigo de cada caricia de una lengua, los zapatos nuevos, la risa y el juego en el piso con los hijos, la cerveza fría, el poema que no se atrevió a entregar por el desdén posible, la película que quería ver, son fragmentos de algo que jamás, ya nunca más y para siempre, podrá ser reconstruido.

Quedan las imágenes, es cierto, alguna que otra vez las imágenes nos devuelven los gestos, risas, el calor de sus voces, sus miradas. Como ésta en la que aparece José Luis.

jose luis tasende
José Luis Tassende, minutos antes de ser asesinado tras el Asalto al Cuartel Moncada.

Es cierto. En ella el hombre está ya sumergido en el cataclismo de los hechos que aún no alcanzan a devorar su vida, a convertirla en fragmentos imposibles de volver a unir como el todo magnífico y al mismo tiempo común que ha sido hasta hace muy poco.

Se puede interrogar la imagen de ese hombre: hágalo.

Tratar de observar otra vez su mirada, tratar de entender que nos dice desde la lejanía y profundidad de los hechos que una foto ha salvado para nosotros sin poder siquiera salvar la vida del hombre que vemos en ella.

Es posible que la foto no le diga nada, también que aparte de ella la vista rápidamente, o que vuelva una y otra vez a ella, tal como hará más tarde, intentando verse a sí mismo en la oscuridad y el brillo de unos ojos, que poco después de hecha la foto, se cubrirán por breve tiempo de un denso manto blanco y acuoso.

No se asuste. Es ciertamente imposible interrogar la imagen, la mirada del hombre que hay en ella, o en cualquier otra, o a cualquier otra mirada, cuando en realidad nos estamos interrogando a nosotros mismos, y a nuestros propios hechos.

Nos falta la rebeldía, nos hace tanta falta hacer la rebeldía, que deberíamos darnos cuenta que está mal que su día en Cuba sea feriado.