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El síndrome del color pastel

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Foto: Cake Central

Las polémicas sobre el realismo socialista en el siglo XX fueron tormentosas. Allá por los años sesenta, Theodor Adorno publicó un ensayo titulado Lukács y el equívoco del realismo, en el que le reprochaba al pensador húngaro que intentara justificar en términos filosóficos “la rosada “positividad” con la que el Estado social-popular condecora el arte” en los países del Este. Con eso de la “rosada positividad” se refería a algo que nosotros conocemos bien, y que parece ser una constante en los sistemas viejo-comunistas: la tendencia a que el discurso y la estética oficiales se tiñan de palabras melosas, provincianismos y colores pasteles. En fin, lo que en Cuba conocemos como ñoñería.

De esa melosidad que nos empapa tenemos múltiples ejemplos en los últimos años: desde el antológico caso de la cunita que regalaron en Birán por el Congreso de la UJC hasta los más recientes artículos en los que se le exige al pueblo, con la mano en el pecho, que no se burle de los dirigentes en las redes sociales y que sea agradecido. No podemos pasar por alto, por supuesto, el abuso que se ha hecho de los espectáculos de la Colmenita en los actos oficiales, que ha provocado que algunos ya no puedan pensar en la Revolución sin imaginarse la voz afectada de los cantos infantiles.

Empalagosas son también tantas páginas del Granma, en las que se nos invita a conmovernos por el sobrecumplimiento de los planes, mientras que se hace alguna que otra crítica contenida, humilde, y acompañada de las alabanzas de rigor.

La ñoñería parece una constante en la simbología revolucionaria.

Puede parecer extraño que hayamos comenzado hablando de realismo socialista y pasáramos al tema de la ñoñería. El gesto de acero del soldado rojo no parece avenirse muy bien con las palabras azucaradas. Sin embargo, se trata de diferentes momentos de un mismo complejo cultural: ya en el encartonamiento ideológico del realismo socialista, en su apologética irrestricta que pretende sustituir a la realidad, se anuncia esa tendencia a la edulcoración, así como a un populismo estético tan burdo que termina siendo una exaltación de lo pacotillero.

A la larga, la política cultural de los países del socialismo real se demostró como el demiurgo perfecto para hacer surgir por olas la estética de lo kitsch, de lo provinciano, de lo ridículamente moralista. Un problema del cual no escapó Cuba, y al cual Héctor Zumbado le dedicó excelentes páginas en su libro Kitsch, kitsch, bang, bang.

Sería injusto decir que no se ha hecho buen arte en los países socialistas; no obstante, habría que acotar que esta se ha tenido que hacer a contracorriente, en resistencia a la tendencia inmanente de la política cultural de privilegiar lo propagandístico-moralizador. No se trata de que el mejor arte fuera el que se hiciera desde la oposición al sistema: hacer arte de calidad, desde el compromiso con los ideales comunistas pero con calidad, también ha sido un acto de resistencia.

El problema que estamos tratando aquí es estético en su definición más amplia, y como tal sobrepasa a lo artístico. Tiene que ver con la manera en que todo sistema político, o mejor, todo bloque histórico, condiciona la reproducción de una determinada estética. Esta puede encontrarse en el arte, en la manera de vestirse de las personas y en la elección de las palabras. Sobre todo, se la puede encontrar en el discurso del poder.

La función del poder es actualizar los mitos sobre los que se funda una comunidad política.

En los países real-socialistas, y la Cuba actual es un excelente ejemplo de ello, se terminó imponiendo una estética de la edulcoración y del humanitarismo abstracto. Eso no es una casualidad. La causa está en el hecho de que se pretendió sustituir los mecanismos ideológicos de la sociedad capitalista recurriendo para ello a una nueva ideología, en el peor significado de la palabra. La nueva visión del mundo que se intentó difundir no fue el dispositivo adecuado para que la naciente sociedad revolucionaria avanzara por un camino emancipatorio, sino que fue ideológica en el nefasto sentido de hipostasiar la falsa imagen de una sociedad sin contradicciones.

Cuando se proscriben los bordes afilados y se trata de imponer esa deformada imagen de una sociedad en la que todos están siempre de acuerdo, la consecuencia lógica es que el discurso oficial acabe adoptando los ridículos tonos de un Happy Ending hollywoodense.

Se esperaba que la sociedad socialista generara sus propios paradigmas pero, en demasiados casos, quedó atrapada en arquetipos del pasado. Es cierto que el ideal comunista se trata, a largo plazo, de alcanzar una comunidad reconciliada, sin clases sociales y sin contradicciones antagónicas. Pero ese solo puede ser un objetivo a muy largo plazo. Al querer postular la existencia actual de una sociedad sin contradicciones, los poderes socialistas han recurrido al arquetipo tan antiguo como el mundo de la Gran Familia (¿cómo puede haber contradicciones si todos nos queremos como hermanos?).

Y puesto que la familia tal y como la conocemos hasta hoy es patriarcal, a nadie puede sorprender que los Estados socialistas hayan sido tan paternalistas, y que por ese camino hayan terminado en la infantilización simbólica del pueblo, como conjunto de niños a los que el Padre debe colocarles la comida en la boca.

La prensa oficial a menudo nos habla como si fuéramos niños.

Nos tratan como hijos amadísimos que le debemos gratitud al Papá Estado. Por eso el tono meloso y dulzón de su prosa. Es ñoña la prensa incluso cuando nos muestra su reverso, el estilo bravucón con que algunos ideólogos le recriminan al pueblo su falta de disciplina. ¿Qué cosa es eso de protestar por unos adocretos en el parque de G? ¿Cómo se atreven a burlarse porque el Presidente dijo que la limonada era la base de todo? Sí, al parecer son muchos los que creen que es hora ya de disolver a este pueblo y elegir otro.

Está claro que la estética del pastel de cumpleaños es la del Estado o, para ser más exactos, la de la burocracia como clase que se aprovecha de su posición social privilegiada. La estética de la Revolución, que ha sobrevivido a duras penas a la avalancha de moralina azucarada, hay que buscarla en la Nueva Trova, en la guitarra desafiante de Silvio contra la infinitud del silencio.

Si nos acercamos en el tiempo, habría que ir a encontrarla en gente como Ray Fernández, cuando convida al taíno a que luche su yuca. Esta es la estética de la herejía radical, la que no es lo suficientemente miedosa como para tratar de embutirle a las personas falsas ilusiones.

Por el momento, parece que tendremos todavía que sufrir por un tiempo las melosidades de nuestra oficialidad. Lo bueno es que ahora, al menos, podemos hacer visible el horror que nos causa.

Desmesuras de pandemia

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Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Aunque no es práctica común a todos los municipios del país, hace poco pasó ante mí la caravana que en Los Palos recoge a los contactos de casos confirmados con la COVID-19. La modorra dominguera de ese pueblo sur-oriental de Mayabeque se quebró con el maullido de las sirenas de carros de policías. Tras una patrulla, medio pueblo congregado en sus portales vio pasar a un auto con médicos, seguido por dos guaguas y otro auto, también con sirena, que se atravesó en medio de la calle como en una película de gánsteres. Venían a recoger a un hombre, vinculado a un caso recientemente confirmado.

La escena era temible, por atípica y desmesurada. Y se volvía aún más dramática puesto que los contactos que iban en las guaguas, colectados en otros barrios, saludaban desde detrás de las ventanas con el rostro colorado y empapado de lágrimas, como si fueran rumbo a Auschwitz para ser gaseados. Terminado el desagradable desfile, una idea se materializó en grito colectivo y rompió el sobrecogimiento reinante entre los vecinos: ¡Qué espectáculo!

Ciertamente, qué espectáculo. Movidos en aquella caravana que consume el combustible faltante para tener siempre disponible alguna ambulancia –porque, vale recordarlo, a la gente aún le dan infartos, apendicitis, o derrames cerebrales- los contactos de los casos confirmados recorrieron el pueblo como los leprosos en el Medioevo. En este caso, las tablillas de San Lázaro que anunciaban su paso fueron aquellas chillonas sirenas.

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Ambulancia cubana transporta casos de COVID19. Foto: Rodolfo Blanco Cué / Juventud Rebelde

Por alguna razón que desconozco, desde que aterrizó en nuestra tropical república, el coronavirus exacerbó esa propensión dañina y casi intrínseca en nosotros a los extremos, a lo surreal. Sobran ejemplos que son caricaturescos para ilustrar eso, mucho más que este, particular y localizado.

Imposible olvidar como después del tremendo esfuerzo bastante exitoso por controlar el virus, las autoridades relajaron las medidas ante la cercanía de los meses de vacaciones y eso trajo este rebrote, más terrible según los números que el brote inicial y que ha comprometido, entre otras muchas cosas, el inicio normal del curso escolar.

Ciertamente, la situación parecía más o menos controlada en aquel entonces y con el lenguaje épico ya conocido quisimos pregonar que habíamos “ganado la batalla”, en lugar de esperar antes de permitir que la gente fuera a celebrar a playas, piscinas y bares. Pero no esperamos y como el virus no entiende de épicas, volvió cariñosamente, gracias a la ligereza de los de arriba y a la imprudente indolencia de los de abajo.

Desmesurada como pocas cosas ha sido también la llamada lucha contra las ilegalidades, que junto a la novela cubana, se ha robado el show de las noches familiares. Ante la llegada de la COVID-19, como si de una esperada visita sorpresa se tratara, con más saña que nunca un ejército de oficiales, guiados por las denuncias de oficiosos, se ha lanzado contra acaparadores, coleros y revendedores.

Han multado y prendido a otros hombres y mujeres que, en muchos casos, llevaban años cometiendo la misma ilegalidad, en el mismo lugar y ante la misma gente. Pero parece ser que su tiempo de correrías se ha acabado y ahora, por antojos pandémicos, deben cumplir con la ley.

Y eso está bien, mejor tarde que nunca. Pero las ilegalidades son únicamente una consecuencia de la precariedad económica que campea desde hace muchísimo; las causas siguen inamovibles, como las rocas prehistóricas de Stonehenge, y la auténtica corrupción muchas veces se esconde tras informes, en oficinas, lejos de colas y sudores, entretenida en reuniones infértiles.

Algunos de esos casos –que han merecido un curioso spot televisivo con el simpático hashtag #NoMarquesMás y la correspondiente frase de Martí endilgada -hacen reparar en otras desmesuras. Un ejemplo es lo referido a los revendedores de divisas internacionales. Ciertamente, el Código Penal cubano establece sanciones para tal delito. Eso es incuestionable. Pero incuestionable es también la existencia de tiendas que operan en Moneda Libremente Convertible (MLC), que se adquiere a partir de divisas internacionales las cuales, irónicamente, resultan imposibles de adquirir de manera legal en Cuba.

Entonces, ¿solo pueden comprar en esas tiendas quienes tengan personas en el exterior que les manden el dinero? ¿No tienen derecho a ellas el resto de los cubanos, esos a los que no se les fue una tía cuando el éxodo del Mariel o un primo en la Crisis de los Balseros? Resulta que ahora a esos que se fueron, para reflotar nuestra economía socialista, sí los queremos, sí los necesitamos. ¿Qué hace quien no tenga manera de obtener las divisas, si muchos productos de extrema necesidad solo se consiguen en esas tiendas?

Otro de los casos paradigmáticos es el del productor ilegal de queso blanco. Sus niveles de productividad, la calidad de su oferta y la inexistencia de esta en el mercado estatal, lejos de despertar la solidaridad ante la detección de un delito, generó cuestionamientos en torno a la incapacidad del Estado de satisfacer muchas demandas y las reservas que existen en el sector no estatal de hacerlo, si no estuvieran estás coartadas por un sin número de trabas, inexplicables en su mayoría.

Tales prácticas empresariales, aun al margen de la ley, contienen la solución a algunos de nuestros problemas más acuciantes, por extrapolación del principio homeopático de que lo similar cura lo similar (similia similibus curentur).

Precisamente en el ramo de ese asunto se inscribe la infausta intervención en una reciente emisión de la Mesa Redonda del compañero Sobrino Martínez, quien dirige la Industria Alimentaria, una de las carteras más sensibles por su incidencia directa en el bienestar -o malestar, dado el caso- de la población. El carismático ministro ha puesto al descubierto la incapacidad de algunos actores políticos para liderar procesos fundamentales y ha llevado al extremo lo grotesco del discurso político, en tiempos tan sensibles como estos.

Conocemos qué hacer para combatir el virus y lo estamos haciendo.

También sabemos desde hace mucho qué hacer para mejorar la economía, al menos la parte que nos corresponde, pero por causas que escapan al entendimiento siguen sin materializarse y seguimos entregándonos a extremos que convierten nuestra existencia en un calvario invivible. Tras cada ensayo fallido, debajo de los experimentos y las medidas que no cuajan, estamos los cubanos.

Entre tripas, gallinas decrepitas y toneladas de croquetas imaginarias; sudando la vida en colas permanentes, huyéndole a un virus que se niega a dejarnos, esperando una unificación monetaria que es como un muelle de tira y encoge, sufriendo los últimos capítulos de El rostro de los días y vigilando que del arco de las Antillas Menores no venga un ciclón que nos dé el tiro de gracia, pasa la mayoría de este pueblo sus días de pandemia, soportando, aguantando, sobreviviendo. Hay que ver hasta cuándo.

La verdad del cambio

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Hace unos días pude saber de una antigua compañera de escuela, del tiempo en que asistíamos a la secundaria. Al conversar por teléfono ambas nos alegramos mucho, vivió en México por más de cuarenta años y decidió regresar de manera definitiva a La Habana. En la conversación mi amiga me transmitió una gran preocupación por los cambios negativos que encontró en la sociedad cubana, en un momento determinado del intercambio confesó con cierto dolor: me siento extranjera en mi propio país.

Ella, por supuesto, no pudo observar mi cara, no podía adivinar que yo, que no tuve la experiencia de vivir por un período tan extenso en otro país, también me convertí aquí en una perfecta extraña; he experimentado durante décadas eso que se denomina insilio. Este proceso de extrañamiento me hace sentir a veces como una persona que estuvo como una espectadora al margen del espectáculo.

Vivo en medio de los libros que no me han sido sustraídos –de todo hay en la viña del Señor –, ellos representan mis instrumentos de trabajo y de destierro. Sin embargo, pobre patria de seres humanos que no saben desterrarse en sus fundamentales cometidos, en sus vocaciones esenciales. Con apenas familia, sin ver costumbres y sin sentir compañías, autoevacuada debido al derrumbe de la casa natal, intento transformar este encierro en una mística, en una escritura que me comunique más profundamente con todos.

Me hubiera gustado siempre vestirme con ropa blanca, para evocar de esta manera la memoria tanto de la filósofa española María Zambrano, como de la poetisa norteamericana Emily Dicknson, pero aquí ese tipo de anhelos no se pueden tener. En Emily hay encierro y grandeza, vastedad espiritual, limitada superficie casera en un ilimitado espacio para crear un mundo hecho de palabras.

“¡Disciplina, camaradas, disciplina férrea! Esa es la consigna.” George Orwell, Rebelión en la Granja

Este año de 2020 ha traído -como todos sabemos- consecuencias imprevistas para toda la humanidad. La desatada pandemia hizo que aparecieran otros escenarios donde millones de personas están afectadas. Los cubanos y cubanas vivimos en la actualidad momentos muy complejos, pues la situación nacional venía en franco deterioro en el plano económico mucho antes de la aparición del covid-19.

Ahora nos despertamos con un estremecedor toque de queda, con medidas draconianas para los supuestos indisciplinados y un despiadado cercenamiento al trabajo por cuenta propia. Cuba se ha convertido en un cómodo salón de reuniones y una peligrosa e inmensa cola (o fila, como se le denomina en otros países) para adquirir cualquier alimento.

Nadie olvide que sin la vida sólida económica es imposible todo progreso y toda seguridad en la nación” José Martí

Nos dicen que hay que ir en pos del objetivo de la soberanía alimentaria, después de experimentar un sinnúmero de ensayos-errores durante seis largas décadas, sin pausa y sin prisa, aunque en esa lentitud a muchos se nos fue la vida entera, he ahí un duro detalle. Es una evidencia palpable esta realidad cruda y vergonzosa: el modelo de sociedad diseñado no funciona, si es que podemos hablar de un modelo. Cada vez que entramos en una fuerte crisis es el absurdo total.

Recuerdo que en medio de los espantosos años noventa del pasado siglo, llegó el del Partido de la zona a mi casa, me traía un “turno” para que fuera a comer por una vez una hamburguesa a una cafetería en la esquina. Esa fue la solución a la hambruna desatada. Desde marzo del presente año, los militares organizan las aglomeraciones formadas debido al total desabastecimiento. Formaron un “ejército” adicional de ayudantes que reparten turnos, escanean carnets de identidad para comprar un ridículo nylon con muslos de pollo. ¿Qué políticos son estos que no ponen la mano sobre las fibras reales de la patria, que cierran los ojos para no ver los problemas reales?

El estatismo burocrático se aferra a un discurso en el que se enfatizan palabras bélicas: enemigos, seguimos en combate, batalla, enfrentamiento, trinchera, mercenarios, traidores… Sí, es verdad que en las redes sociales podemos encontrar falsas noticias, vulgaridades, enjuiciamientos infelices. No obstante, también ellas nos permiten acceder a informaciones, noticias, reflexiones, que no ofrecen ni la prensa escrita, ni la televisión nacional.

Dentro del mundo oficial, leemos el diario que es siempre el mismo diario. Es tanto el desparpajo, que a veces te anuncian una película por la televisión y la cortan en medio de la proyección y punto, no hay ninguna explicación. La televisión inventada por el pueblo es “el paquete”, como alternativa al tedio, a la machacona repetición doctrinal, a los viejos programas exhibidos una y otra vez.

Los que intentan resolver un problema no pueden prescindir de ninguno de sus datos. ¿Cómo es posible prohibir a un discapacitado que obtenga un producto necesario, o una mujer que cuide a un niño y viva sola, que salga a la calle?  ¿Cómo es posible que con motivo de la celebración del día de la Virgen de la Caridad del Cobre, aparezcan carteles en Facebook con llamamientos en su nombre a rechazar a los “anexionistas”?

¡Por Dios! Cuba es patria y dolor de todos y no feudo ni capellanía de nadie. Personas que se confiesan no creyentes invocan a la Patrona de Cuba y esgrimen un lenguaje excluyente, agresivo. En nombre de la justicia, se mata la justicia. En nombre del amor, se mata el amor.

En este año de 2020, en el mes que se conmemora la aparición de la Virgen de la Caridad, le imploro que nos ayude al verdadero cambio. Que el valor trabajo reaparezca y que se convierta en un resorte de competitividad para el desarrollo del talento y el bienestar. Que ilumine a los decisores para que perciban que la salvación de un pueblo es antes personal y social, que política.

El odio de ambos lados

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En días recientes se publicó en Granma el artículo El odio no es cubano, referente a ese sentimiento tan dañino y oscuro. En este caso el que a diario se proyecta en las redes y otros medios contra la Revolución Cubana. En dicho artículo se plantean preguntas que parecen sacadas de una torre de marfil, y que ignoran hechos y realidades que los cubanos de acá, muy a pesar nuestro, conocemos bien. Reacción violenta, amenaza rugiente, groseros epítetos por el solo hecho de no coincidir políticamente, son algunas de las expresiones utilizadas para referirse a los que, desde aquel lado, se manifiestan visceralmente contra nuestro sistema político y todo aquel que lo defiende.

Seamos claros. La campaña mediática contra la Revolución Cubana es brutal, ofensiva y en ocasiones ridícula. Los que la llevan a cabo no tienen límites ni escrúpulos. Muchos de los que interactúan en las redes sociales han sido víctimas de todo tipo de insultos cuando defienden posturas favorables a nuestro proyecto político. Esa es una verdad indiscutible.

Pero también lo es que de este lado también se insulta, se ofende y se degrada, y lo peor, que se suele echar en el mismo saco a todo aquel que vive allá y que cuestiona el proceso revolucionario desde cualquier punto de vista. Sí porque, como siempre nos han enseñado, quien olvida su historia está condenado a repetirla, y no podemos olvidar que aquí en Cuba también se fomentó y se fomenta el odio, aunque en el presente los matices sean tal vez más sutiles.

No podemos olvidar las tristemente célebres Brigadas de Respuesta Rápida.

En décadas pasadas estas tuvieron como misión linchamientos morales, y a veces hasta físicos, a todo aquel que quiso emigrar. Si tenemos en cuenta que la emigración es un fenómeno tan viejo como la humanidad, y que parte del deseo natural del ser humano de buscar mejores condiciones de vida, que criminalizaran tan ferozmente a quien quisiera hacerlo, al día de hoy nos parece una barbaridad.

Tampoco podemos olvidar las aún más tristemente recordadas UMAP, en las que se encerró a todo aquel que no comulgara con la “moral revolucionaria”, considerados ajenos al concepto del Hombre Nuevo, vejándose la individualidad y la dignidad humanas de todo el que sufrió semejante disparate.

Tampoco podemos ignorar la intolerancia practicada durante años por nuestro gobierno con todo aquel que se ha atrevido a criticar o cuestionar, desde un punto de vista u otro, ya sea de manera constructiva o no, el sistema imperante, en aras de la unidad a ultranza. Debemos también recordar a los artistas e intelectuales que han sido condenados al ostracismo y al silencio, por disentir o expresar sin tapujos y con transparencia sus opiniones sobre determinados temas.

Es triste, pero los hechos están ahí, y han condicionado la visión de muchos respecto a Cuba, tanto dentro como en el exterior, creando rencores y resentimientos que aún perduran en los que residen fuera del país, principalmente en Estados Unidos.

Algunos odian porque sufrieron en carne propia lo antes mencionado, otros se dejan arrastrar por el contexto, otros lo hacen sin motivos aparentes, aunque es probable que al emigrar ya llevaran dentro el germen del odio, debido a malas experiencias vividas en su país.

Sin embargo, el odio, el desprecio, el insulto, la ofensa, no son patrimonio exclusivo de quienes, desde afuera, atacan el proceso revolucionario. Si usted revisa en las redes los foros y comentarios de partidarios de la Revolución, va a encontrar pequeñas joyas de maledicencia y encono verbal. Malnacidos, mercenarios, gusanos, malagradecidos, vendepatrias, apátridas, son de los insultos y ofensas más decentes que pueden leerse. Lo peor es que reconocidas figuras públicas del gobierno han caído en esta especie de chusmería virtual que muy poco favor nos hace.

Esos adjetivos son también posturas de odio, intolerancia y desprecio.

¿Qué moral nos asiste entonces para criticar a quienes la emprenden contra nosotros desde posiciones extremistas? ¿Qué tipo de disposición al diálogo podemos enarbolar, si, incluso desde el gobierno, se alienta este tipo de comportamiento? ¿Qué decencia y qué respeto vamos a reclamar si no somos capaces de llevarlo a la práctica nosotros mismos? La Revolución tiene derecho a defenderse, es innegable, pero ello no puede convertirse en un pretexto para ofender y denigrar.

El caudal político de la Revolución no es lo que era hace treinta o cuarenta años, la miseria y las constantes escaseces, además de otros factores, han creado mucho descontento, y la reacción a eso no puede ser la misma que la de nuestros enemigos cuando ven que el poder revolucionario sigue en pie.

Más aún, si queremos que nuestros emigrados formen parte del proceso de reformas económicas que pretende llevarse a cabo, no podemos seguir echando a todos en el mismo saco, ni juzgarlos porque decidieron irse de Cuba, ni apartarlos con ofensas e insultos porque no estén de acuerdo con el socialismo como sistema político y así lo manifiesten. Pagarles a nuestros enemigos con la misma moneda es facilitarles el camino.

Hay odio, sí, pero en ambas orillas. Ya es hora que del lado de acá nos llamemos a reflexión. Si los que nos odian persisten en su retórica, allá ellos. Pero nosotros no podemos seguir ese camino. No es sano ni constructivo. Bien que lo sabemos.

La nación insultada

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Teresa Melo me insulta desde Cubadebate. Jamás yo la ofendería a ella. Y digo “me ofende” porque si, visto con honradez, me ajusto perfectamente al sujeto que describe en su nota Mi Humilde Gratitud, publicada el pasado 12 de septiembre. No tengo un trabajo estable en Cuba (podría explicar las causas pero no viene al caso), me sobra tiempo para criticar (y efectivamente critico) y no guardo ningún sentimiento de gratitud por dirigente alguno.

Soy un desagradecido, uno de esos parásitos “carente de sentimiento y sentido común y conocimiento”. También fui de los primeros en burlarme del ministro de la industria alimentaria. Tuve que escoger entre la burla y la indignación que me provocaron los disparates. Escogí la burla y la aritmética que, a pesar de mi condición de “figurín diletante y susurrador”, según Teresa, aprendí en mi lejano cuarto grado.

Pero nada justifica un agravio contra Teresa Melo ni otra persona agradecida de este país.

Nada lo justifica. Ni siquiera que no sea la primera vez (y estoy seguro no será la última) que a los críticos nos descalifiquen en un medio de prensa pagado por el pueblo. Eso lo hemos visto con Leopoldo Ávila escribiendo para Verde Olivo, con Miguel Barnet en Granma pidiendo que dejemos la política en su “cuartel general” y hasta con un profesor de física que usa a José Martí para conminarnos a que no estorbemos.

Condenaré siempre cualquier demonización, asesinato de la reputación o linchamiento mediático contra Teresa Melo, Mariela Castro o cualquier otra persona. Soy categórico: no acepto el abuso. Y no lo acepto aun cuando Mariela Castro, por ejemplo, comparta un post de Facebook donde Antonio Rodríguez Salvador considera a Harold Cárdenas “una personalidad victimista” que puede resultar paranoide, y otras lindezas. O que un montón de blogs (también financiados por el pueblo) le llamen despectivamente “el becario” a nuestro editor. O aunque Marcos Cristo dedique todo tipo de epítetos a la doctora Alina B. López y este servidor, sin tener el valor de mencionar nuestros nombres o discutir de frente nuestras diferencias, como le he pedido a él y a otros.

¿Quiere alguien insulto mayor y más irrespetuoso que llamarle mercenario a cualquiera, con absoluta ligereza y sin presentar evidencia alguna? ¿Quiere alguien insulto mayor que dejar sin trabajo a un profesor universitario, doctor en ciencias, por publicar en Rebelión y en este sitio? Ante esto, los memes y las burlas a un ministro parecen cosas de niños aunque no lo sean. En realidad son expresión del descontento de un segmento de nuestra sociedad en una proporción cada vez más creciente que, aunque algunos lo evadan, va a llegar el momento que ningún agradecimiento va a evitar la explosión social.

Hay que romper de una vez el círculo vicioso que legitima el escarnio.

Y no hay que hacerlo sólo por Teresa Melo, o por Paquita de Armas sobre quien un músico y sus seguidores han bombardeado vulgaridades y groserías sin tener en cuenta que esta señora es una persona mayor. Hay que rescatar la decencia perdida, aprender a disentir desde el respeto porque incluso la burla, la sátira y el sarcasmo, precisan un mínimo de dignidad para no convertirse en manifestación de lo peor de nosotros mismos.

Hay que romper ese círculo vicioso por Cuba, por la nación que somos todos nosotros: los agradecidos y los críticos, con sustento y sin sustento, los que dicen ser revolucionarios y viven como oligarcas y también por los que no dicen que sean revolucionarios y comparten con el proletario ese trozo de pan que el ministro asegura tiene más calidad que en muchos otros países. Porque a una nación que no se respeta a si misma, no la respeta nadie.

La telenovela y los medios extremos

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La telenovela ha vuelto. Hay emoción, romance, hijos perdidos, padres encontrados y delincuentes sexuales. Como todos los culebrones tiene su buena dosis de errores y la psicología de los personajes a veces es dudosa, no abundo en esto, ya hay una excelente publicación en este mismo sitio que habla magistralmente sobre el tema. De todas formas la serie se ha convertido en un fenómeno nacional.

Esta propuesta incluso ha logrado imposibilitar a algunos de separar al actor del personaje y ha provocado reacciones desmedidas en plena calle, fenómeno poco común en la isla, espasmos de un latin hólivu ajeno a los cubanos por décadas. Pero todo le pudiera ser perdonado a la telenovela El rostro de los días porque ha ganado en un terreno hostil, donde cualquiera de sus rivales la duplican en fuerza, promoción y recursos.

Netflix, HBO, Discovery Channnel, National Geographic o BBC, bastaría una mirada de desaprobación de alguno de ellos para que cualquiera de las modestas producciones nacionales perdiera el color, el encanto y la audiencia. Lo cierto es que en la batalla por la atención, los medios nacionales se enfrentan a los portentos universales en una reedición de otro culebrón, esta vez bíblico, llamado David y Goliat, en la que Goliat casi siempre gana.

Para hacer más dramática la lucha, las grandes transnacionales de los medios no vienen cada una por su cuenta, sino que llegan de una vez, aliadas, coherentes y juntas en una legión llamada El Paquete Semanal. Además, la aparición de otros medios que también campean por su público hacen de este país algo muy parecido a la Tierra Media –miren qué coincidencia fonética-.

El Paquete en sí parece salido de un culebrón, de una telenovela, le rodea un halo de misterio, podemos ver sus entrañas, verter su terabyte de contenido en nuestras computadoras y así todo no sabemos de dónde vino ni quien lo creó. Se apunta a dos teorías, la primera, llamémosle creacionista, habla de que las mismas autoridades cubanas lo han levantado y fomentado en secreto, de ahí su ausencia de contenido político explícito, ni en contra ni a favor del sistema cubano, y que este no persiga a sus distribuidores a pesar de que según las leyes, esta actividad económica es ilegal.

La otra teoría, llamémosle evolutiva, habla de un proceso natural, consecuencia del poco acceso a los materiales extranjeros dada la casi nula, o nula conectividad real de la isla con internet, así como la ausencia de transmisiones de televisoras extranjeras, amén Telesur y muy recientemente, Russia Today –Multivisión se podrá incluir-. El caso es que es una opción que deja sin aliento a los medios nacionales por lo abundante y variado de su contenido, robando al ICRT más del 40% de su público sólo en La Habana, según Cubadebate.

Para contrarrestar este efecto, las autoridades de cultura y otras instituciones han creado otro personaje, uno benigno nombrado La Mochila, una especie de Paquete Semanal cuyo contenido tiene un corte mucho más educativo y profundo, aunque sin dejar de atender las opciones sencillamente lúdicas y de entretenimiento; no obstante, con cientos de clientes no ha podido acercarse ni medianamente a su gemelo semiclandestino que suma millones de adeptos, porque como en todo buen culebrón o telenovela, el personaje negativo, el pérfido, el abyecto, no sólo es misterioso, es siempre mucho más atractivo que su antagonista.

Las opiniones sobre la mochila son variadas, pero casi todas giran en torno a trabas tecnológicas y de organización, porque el contenido debe ser aprobado desde un nivel central en la capital con la anuencia de varias instituciones y esto mina su distribución y seguimiento y a casi nadie parece importarle que esté ahí, muerto de risa en los Joven Clubs de Computación. Los usuarios opinan que en general es un compendio de materiales muy aburridos.

Lo cierto es que los materiales de La Mochila son de calidad, algunos casi imposibles de encontrar en otros lugares y son variados en sus géneros y formas, pero el gusto nacional se ha hecho lo suficientemente volátil como para que 600 GB de contenido de calidad no le quiten el sueño a nadie.

Por supuesto que el Paquete Semanal también tiene su dosis de contenido de calidad, pero es una dosis mínima, si no, que lo evalúe el lector: televisión 35%, contenido para móviles 33%, música 29%, películas 2%, publicidad 1%.

Es notable que el 35% del material audiovisual sea sólo de televisión, la cual se resume sobre todo en shows, telenovelas y espectáculos competitivos. Son espacios muy atractivos, capaces de atrapar al público tras poquísimas exposiciones. Además hay material audiovisual independiente como los youtubers, que pueden explicar con facilidad cómo peinarnos, cómo está compuesto su fondo de armario –cosa interesante-, o el top ten de cualquier insignificancia.

Pero el personaje menos cándido de este culebrón es internet, la fuente de todo, incluso de eso que siquiera el pérfido paquete puede contener porque su condición offline lo hace muy poco interactivo: las redes sociales, la comunicación. He aquí un personaje a temer, que hace estragos en el consumo de productos televisivos cubanos y crea estados de opinión muchas veces contrarios a los objetivos del ICRT. No obstante, hasta la fecha es un actor invitado en nuestro país y la mayoría de la población no puede acceder a sus contenidos más pesados en materia de megabytes, ni con toda la calidad  requerida.

Hay quien dice que la batalla que gana el Paquete frente a los medios nacionales, la perderá un día frente a la entrada completa y barata del internet en el país, lo cierto es que en la web un terabyte de contenido actualizado y tan variado seguiría siendo impagable, el Paquete ganaría otra vez, porque además no es un fenómeno simple y sí todo un hito en la economía cubana. Según ABC News, hay que entender que ahora mismo el Paquete quizás sea el mayor empleador privado de la isla, generando más de cuatro millones de dólares al mes.

La televisión cubana, el medio tradicional, el personaje más impopular de la telenovela es el más afectado y es lógico, nuestra televisión ha sido históricamente muy educativa y ha tenido una carga ideológica importante, y según el periodista Rolando Pérez Betancour, la saturación ideológica de los medios nacionales por décadas, ha hecho que el público nacional evite contenidos con carga ideológica. Muy de acuerdo.

Pero tranquilos, la televisión nacional ha comenzado la contraofensiva, intenta reposicionarse en la preferencia y recuperar terreno perdido. Sin embargo lejos de nutrirse de las dinámicas, técnicas de mercadeo, de semióticas actuales y de lograr “espacios -según solicitó Alpidio Alonso, Ministro de Cultura cubano -menos fastuosos que los foráneos, pero con profundidad y asociados al ingenio”, la televisión ha hecho justamente lo contrario.

Se han asumido esquemas ajenos completos de forma indiscriminada y ahora tenemos un grupo de programas bien fastuosos que no se diferencian en nada de sus pares latinos y anglosajones: competiciones televisadas que pueden definir el futuro de los competidores, incluso niños, y otros culturales que ahora rayan un amarillismo farandulero de sábado por la tarde en franco calco de recursos harto utilizados por televisoras de la talla, o calaña –depende del gusto- de Univisión y Telemundo.

Este tipo de programas, los de aquí y los extranjeros son, sin lugar a dudas, los preferidos del público ¿Son los espacios los que condicionan el gusto general, o es el público quien exige estos espacios? Aunque la interrogante final sería, ¿el contenido audiovisual que prefiere una nación la define?

Si tan sólo fuera posible saber qué tipo de contenido han sido los más vistos en cada país, un momento… es posible. He aquí algunos ejemplos: Estados Unidos: Breaking bad, (droga, evasión, policías). México: Narcos (lo de siempre). Finlandia: Madadventure, documental de viajes a países subdesarrollados (esos pobres pobres). Noruega: Skam, serie sobre adolescentes, (trascendental). Kirguistán: Born in USSR, (sin palabras). Japón: Death Note, (esa obsesión con la muerte). Brasil: Latin Lover, (casi una redundancia).

Cuba: quién sabe, es difícil definirlo, escapan a las estadísticas todos esos medios tan multinacionales influyendo en la audiencia de manera informal, pero si es la telenovela, increíble decirlo, sería magnífico, y aunque a algunos nos gustaría que fuera A Capella –¿todavía se transmite?, Escriba y Lea o La Neurona intranquila, tampoco es cuestión de ser utópicos.

Nosotros los malagradecidos

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malagradecidos

A raíz de la mesa redonda en la que intervino el ministro de la industria alimentaria, se han desatado en el ámbito social cubano, y en las redes, críticas, comentarios, burlas, memes, en fin, lo habitual cuando una figura pública mete la pata hasta el fondo y su repercusión va más allá de su figura, ya que estos hechos suelen traer a la palestra otros que en circunstancias normales permanecen ocultos bajo la sombra feliz del silencio.

No voy a referirme a lo que dijo el ministro o cómo lo dijo, quizá lo haga más abajo. ¿Se acuerdan de los memes de Trump y el desinfectante? Muchos fuimos testigos o partícipes de las críticas, comentarios y cuestionamientos al presidente de la nación más poderosa del mundo por semejante disparate. Muchos nos reímos y disfrutamos con los memes sobre el tema que a diario salían en las redes.

Una de las cualidades que distinguen al ser humano es la risa, la burla a lo que consideran terriblemente estúpido o ridículo, y es, corríjanme si me equivoco, una válvula de escape en situaciones de estrés. Es lo que permitió, por ejemplo, que en lugar de dispararle en la cabeza o mandarle un misil teledirigido, el mundo entero riera a mandíbula batiente de la pifia del magnate.

Toda figura pública se expone al escrutinio público.

Los cubanos tenemos una idiosincrasia moldeada por las penurias y el carácter alegre que nos distingue. El choteo forma parte natural de nuestra cultura y nos ha ayudado a sobrevivir en los peores momentos, ya sea individual o colectivamente. Hasta en los velorios se hacen chistes. En las guaguas, cuando la gente, desesperada por tanta espera, trata de montar en medio de empujones y codazos, pasando unos por encima de otros, usted ve a muchos desternillados de la risa, como si estuvieran en pleno zafarrancho de cosquillas. Y es que el humor es consustancial a nuestro modo de ser. Y quien intente quitarnos eso tiene la batalla perdida.

Sin embargo, en estos días, luego de la transmisión de la susodicha mesa redonda y todo lo que desató, en algunos medios oficiales, se ha juzgado de ingratos, parásitos, malagradecidos, y hasta de pagados por el enemigo, a todos aquellos que en las redes se han reído de la aparente incapacidad y falta de preparación del compañero ministro, y digo aparente porque siempre hay que dar el beneficio de la duda. Desde siempre los cubanos hacemos chistes a costa de nuestros dirigentes, y nos hemos reído de sus inconstancias y desaciertos. La diferencia es que ahora podemos exteriorizarlo en las redes sociales, que para mal o para bien llegaron para quedarse.

Al parecer las instancias del gobierno y los medios oficiales no se han enterado de ello. Todos recordamos aquel infeliz artículo del periódico Granma, en el que se cuestionaba al equipo del popular programa Vivir del cuento por las paródicas representaciones de cuadros y dirigentes de distintos niveles. Ya sabemos lo que vino después. Es que nuestros funcionarios gubernamentales, tan serios y solemnes, tan impecables, tan impolutos y omnisapientes, tan perfectos, nunca se equivocan, no admiten errores, y por eso es injusto que los cuestionemos y hasta nos dé un ataque de risa cuando vemos que hablan como salidos de una película de ciencia ficción.

Pareciera que los cubanos vivimos llenos de comodidades y sin carencias, gracias al trabajo eficiente y sin fisuras de nuestros cuadros. Vaya, que seríamos unos ingratos si mostráramos descontento en forma de chistes y burlas. En fin, que la intervención del compañero ministro de la industria alimentaria merece un diluvio de aplausos, y montones de gestos y frases de agradecimiento por haber informado al pueblo con tanta coherencia, con explicaciones transparentes como el agua químicamente pura, y, sobre todo, por dejarnos el estómago lleno con el par de mil millones de toneladas de comida que se producen.

Tenemos todo el derecho del mundo a reírnos y burlarnos.

¿Acaso no basta con las penurias y miserias que estamos pasando? ¿También debemos rendirle culto a la mediocridad, la falta de lucidez, la mala gestión y la caduca verborrea de justificarlo todo con el asedio del bloqueo? ¿Debemos sentirnos agradecidos por eso? ¿Debemos sentirnos agradecidos porque nos quieran alimentar con tripas y croquetas? En los países desarrollados también se fabrican embutidos para perros y gatos. ¿Acaso nos toman por idiotas? Tripas de cerdos y vacas. ¿Y la carne, compañero ministro, quién se la come?

Si soy un ingrato, un malagradecido, un parásito que no aporta nada a la sociedad por reírme de los desaciertos de nuestros dirigentes, y plantearme estas interrogantes, entonces sí, lo soy. Si nuestros funcionarios no quieren ser objetos de risas y burlas entonces aterricen, acaben de poner los pies en la tierra, porque nuestro pueblo, que usa el humor y el choteo como válvula de escape, y que además goza de un alto nivel de instrucción, no tiene un pelo de tonto y va a seguir riéndose de todo y de todos cada vez que le dé la gana.

La guerrita de los girasoles

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¿Lo viste? Mariela Castro reveló que Fidel tenía a Oshún de santa tutelar y que el amarillo no es ya el color de los traidores.

¿Lo leíste? La oposición ha querido reclamar para sí a la santa mambisa.

¿Te enteraste? Ahora lanzar un hashtag puede resultar de-li-ca-do. Se ha desatado una ligera tormenta de fuego digital por parte de los extremos habituales de la discusión política nacional.

¡Muy buenas! Somos La Joven Cuba y este es nuestro resumen semanal de la agenda pública nacional. Por lo totalizador que ha resultado el debate, hoy dedicaremos nuestro resumen a hablar sobre la #RevoluciónDeLosGirasoles y las diversas reacciones que ha provocado en el espacio público digital de Cuba, así como al “asunto de las gallinas decrépitas” y la discusión que ha provocado cierto comunicado del Banco Metropolitano.

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 En el principio fueron los caracteres de Mariela Castro Espín. “Gracias Cachita por protegerlo, por amparar a Fidel y a la Revolución Cubana. Oshún no aceptará ofrendas de mercenarios y traidores a Cuba”, escribió en su cuenta de Twitter.

Se refería, claro está, a la convocatoria a una #RevoluciónDeLosGirasoles, lanzada por la plataforma opositora Cubadecide y la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), que tanta polémica ha desatado en la última semana.

 El Presidente de la República de Cuba, Miguel Mario Díaz Canel Bermúdez, retweeteó un artículo de Ricardo Ronquillo para Cubadebate, donde apuntara que a la convocatoria a la #RevoluciónDeLosGirasoles le faltó originalidad y base social, fracasando en su búsqueda de “crear paralelismos entre las condiciones que desembocaron en otras «floridas revoluciones» o intempestivas primaveras, árabes o de otras regiones”.

Mientras tanto, medios de comunicación opositores ratificaron la convocatoria y la valoraron de positiva, pues habría resultado en una demostración de musculatura exitosa.

“Revolución de los Girasoles”: una prueba de vida de la oposición cubana

Activistas de derecha radicados sobre todo en Miami manifestaron su satisfacción por el resultado de la convocatoria, mientras denunciaban los arrestos arbitrarios, sobre todo a militantes de la UNPACU, así como a otras personas, dígase Berta Soler- lideresa de las Damas de Blanco- o Luis Manuel Otero Alcántara.

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 Una típica lucha por la hegemonía simbólica: por un lado se intenta re-semantizar a la Virgen de la Caridad del Cobre a un signo político (“la libertad de Cuba”) e inyectarla de activismo entrecomillado (“la libertad de Cuba solo podrá ser mediante una oposición de derechas”) y por el otro se destapa una vertiente religiosa insospechada, con vistas a trazar una línea virtual: para creer en Cachita, o incluso en Oshún, hay que auto nominarse revolucionario, según una definición bastante estrecha del término.

 El hecho de que el gobierno se escandalice por convocatorias tan simples como portar un girasol, colocarlo en una ventana y otras de carácter pacífico, puede revelar un deje autoritario. ¿La Revolución es tan frágil como para peligrar porque José Daniel Ferrer se prenda un girasol en la solapa? Como señalara nuesto amigo meteorólogo y colega en LJC Yassel Padrón Kunabvaeva: “el gobierno no es de porcelana. No se rompe porque lo critiques”.

Más allá de un bufar y marcar territorio necesarios, la estrategia comunicativa de las autoridades gubernamentales -digamos, de sus voceros- ha resultado torpe. Si aceptamos que la #RevoluciónDeLos Girasoles no era más que una provocación, ¿hacía falta legitimarla? ¿No resulta esto el equivalente en comunicación política a dispararse en el pie por matar a una mosca amarilla?

¿Se acuerdan del treinta de junio? Entonces todos hablaron: El Estornudo, Mauro Torres, El Guerrero Cubano, Mónica Baró, Nuestra América, Pedro Jorge Velázquez et al. La crítica arreció. Los “sucesos del treinta de junio”, dígase la persecución a periodistas, las detenciones arbitrarias, la convocatoria muerta en su parto, su cooptación por parte de la derecha trumpista y la reacción mediática de voceros y partidarios de la gubernatura configuraron una matriz de opinión de la cual resultaba imposible eludirse.

En cambio, ahora la matriz de opinión partió de extremos. De los antes mencionados, solo hablaron Mauro Torres y El Guerrero Cubano- dos cuentas al parecer falsas, a todas luces manejadas no precisamente por ciudadanos individuales y voluntarios- mientras que voces representativas de espacios menos polarizados prefirieron abstenerse. Resulta interesante. Pareciera que a muchos todo el asunto les resultó francamente ridículo.

Encima, el equipo de campaña de Donald Trump felicitó por Twitter a los cubanos con un fervoroso “¡Que Dios los bendiga!”.

También lo hizo Joe Biden desde su cuenta personal, apuntando que tanto él como su esposa Jill rezaban porque el amor y la compasión que la Virgen inspira llenen nuestros corazones.

Además, ambos se refirieron a ella como “Cachita”. ¿Mera curiosidad, o tienen muy claro las vibraciones en el suelo? Ciertamente resulta una lección discreta de comunicación política, aunque cuesta imaginarse a Trump diciendo “Cachita” en un discurso. ¿Ca-chee-ta? ¿Nuestro presidente devolverá el gesto felicitando al Partido Republicano el día en que se celebre la creación del alambre de púas?

Solo resta lamentar, por motivos ideológicos, que el camarada Kim Jong Un no nos haya felicitado.

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Para cerrar, en otro orden de noticias:

  • El Banco Metropolitano intentó despejar las brumas provocadas por un audio que ha alcanzado ya difusión nacional donde se enunciara como fecha para la reunificación monetaria el próximo 1ro de octubre. Además, el comunicado señaló que serían eliminados los mensajes que circulan extraoficialmente y que “crean incertidumbres entre nuestros clientes”. La entidad bancaria no señaló como se haría esto, ni en qué disposición legal se ampararían, ni quienes serían los encargados de llevar a cabo esta tarea. Cabe la hipótesis de si sería bajo la sombrilla del tan socorrido Decreto 370, o involucraría autoridades del Ministerio de Comunicaciones.

El Banco Metropolitano concluyó su comunicado solicitando disciplina y apelando a sus clientes a consultarles respetuosamente todas sus opiniones.

  • Continúan las reacciones digitales “decrépitamente gallináceas”. Bajo el título “UNA GALLINA DECRÉPITA TAMBIÉN MERECE UN TRATO DIGNO EN LAS REDES”, una página en Facebook defendió el derecho de las aves a ser respetadas, repudiando “los chistes circulantes acerca de la edad venerable de estos animalitos y la explicación mal comprendida de un ministro”. Según dicha publicación, es meritorio aprovechar el exceso de tripas de una gallina senecta para alimentar a la población. Vendría a ser una solución que alivia un problema tanto a nuestro pueblo, víctima de un férreo e inhumano bloqueo, como a las propias gallinas, quienes merecen una vejez digna y saludable. Mientras tanto, internautas han recordado con cierta felicidad los tiempos en que a los contingentes obreros se les alimentaba con semejante manjar. Como bien señalara José Raúl Gallego, suena a estribillo de una canción de Chocolate MC: “Tú eres una chancleta sin suela y tú una gallina decrépita”.

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