El peso de los años no había mellado su destreza como enfermera. Pero aquel día en particular se veía agotada. Levantada desde las 5:00 a.m. para la jornada de vacunación infantil, eran más de las 11:00 y allí seguía, de pie, sin merienda, sin condiciones de confort en el local donde estaba inyectando. Encima, los padres se comenzaron a quejar por la demora, la cola, la incomodidad de los niños, esperando en un patio en el que no había ni asientos.
Entonces uno de los cuadros de la zona se dirigió, imperativo, categórico, a los protestones. Que parecía mentira, que miraran a esa compañera, sacrificada, impecable en su profesionalidad, y que además debía terminar y salir a vacunar en su casa a menores encamados. Que por favor, no se quejaran más.
La gente, entre apenada y confundida, hizo algo de silencio y trató de tranquilizar a los chiquillos.
***
En la caldera. Estaban dentro de la caldera. Que es como decir, en la misma boca del dragón, limpiando a puro golpe de hierro las incrustaciones que las impurezas del petróleo nacional dejan en los mecanismos de funcionamiento. Hasta allí, entrando por una angosta tubería había llegado el equipo de filmación televisiva. Estos son los obreros de la termoeléctrica, trabajando sin descanso, laborando heroicamente, nos narró el audiovisual.
En paralelo, el discurso del Presidente del país, nos hablaba de eso mismo: del sacrificio, las horas sin dormir, las familias sin atención, el sublime esfuerzo de estos hombres por devolver la corriente eléctrica y atenuar los apagones, ese mal que ya es más cotidiano en la Isla que el insufrible pan de la bodega. «¡Pobrecitos!, —comentó una veterana del barrio—, con esos hombres trabajando así, ¿tenemos derecho a quejarnos?».
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La parada estaba repleta. Aquella guagua, que apareció más de media hora después de su horario, venía ya bastante cargada. La multitud rugió. Entró como un torrente por la puerta delantera y, cuando ya el animal de hierro parecía no poder digerir más, todavía abajo la gente empujaba, se agarraba a la puerta, metía los codos. Si dejaban ir esa, ya pasadas las 6 de la tarde, ¿cuándo vendría la próxima? ¿Y las madres y padres que debían llegar a hacer comida? ¿Y los trabajadores que estaban de pie desde muy temprano y querían al menos alcanzar un baño y un poco de descanso en el hogar? ¿Y los que tenían que ir, sí o sí, a cuidar a familiares ancianos?…
Sobrevinieron gritos, reclamos, hasta ofensas. El inspector de transporte que intentaba organizar la cola, también a grito limpio, apeló entonces a la conciencia de la multitud, y a que pensaran en el chófer, que posiblemente tuviera que terminar su turno y seguir dando rueda, o que si se le rompía una puerta debía arreglarla él mismo, porque en el taller no había piezas, o que, seguramente, llevaba el día tras el volante sin ni siquiera tomarse un café. Algunos siguieron luchando por subir; otros, medio apenados, se apartaron al fin para que la puerta cerrara.
(Foto: Otmaro Rodríguez / OnCuba)
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Tres situaciones, entresacadas de la pura y dura realidad, que dan cuenta de un mismo fenómeno. Si algún mérito ha tenido la clase política cubana de las últimas décadas, y con ella toda su madeja funcionarial, en cualquier nivel y espacio de la nación, es la capacidad para desenfocar —y, por ende, repeler— hábilmente los reclamos ciudadanos. Hablar de gimnasia cuando se le exige magnesia, encontrar escudos humanos para que reciban las lanzas que a ella y solo a ella corresponden.
Claro que una enfermera veterana que, en complejas condiciones, asume sola y sin descanso la vacunación de decenas de niños, no es responsable por la demora y las incomodidades que deban sufrir los menores y sus padres. Claro que esa mujer, que quizá tiene mil asuntos familiares pendientes y aun así está allí, en su puesto, esforzándose al máximo, no es quien origina ningún mal. Pero al ponerla de resguardo y hacer notar, aunque sea sutilmente, que las críticas van hacia ella, se endilga a quienes reclaman la falta de solidaridad, humanismo y cuantas miserias humanas se quiera. Habrase visto, qué gente más desconsiderada.
Obvio que los obreros de una termoeléctrica, que dejan la piel literalmente dentro de la caldera, que asumen turnos de trabajo excesivos, que, a veces, incluso, al llegar a descansar a su casa —vaya ironía— no tienen fluido eléctrico y ni siquiera pueden dormir con el fresco de un ventilador; clarísimo que ellos no son el blanco de las diatribas ciudadanas. Pero el poder los esgrime, los utiliza, usufructúa su heroísmo como si fuese de él, y nos pide entonces, apelando enfáticamente a nuestro corazón, que no nos lamentemos más.
Por supuesto que un chófer dedicado, que tal vez lleva manejando lustros sin un solo accidente, que debe sortear cada día los cráteres que tenemos por calles y hacer rodar los esperpentos que tenemos por ómnibus, por supuesto que él no debe culpas de la escasez de guaguas y la falta de combustible y el retraso, y el malestar y la parada llena y el obstine, el olímpico obstine que día a día nos sacude al ir y regresar de los centros de trabajo o estudio. Pero los funcionarios del transporte, poniéndolo como muro ante las piedras, se limpian ponciopiláticamente las manos. ¡Es la gente, la culpable es la gente, que es tan insensible!
Y no, estimados políticos-burócratas-cuadros-funcionarios-mandantes-repetidores. No. Algún día —quizá no muy lejano— su turbia estrategia discursiva dejará de convencer a los que aún convence. Ya nadie tragará más esa edulcorada píldora. Porque detrás de la mala organización de una jornada en un vacunatorio, del eternamente ineficaz sistema electro-energético nacional o del cáncer del transporte público, sabemos bien quién está, quien ha estado por décadas. Y por favor, ni intenten referirse otra vez al «recrudecimiento» del «genocida»… ya ustedes saben… A ese habrá que derribarlo. A ustedes, también.
Vista del municipio Centro Habana desde mirador del Hotel Paseo del Prado, La Habana. (Foto: Abel Tablada)
Hace unas semanas visité la azotea mirador del hotel Paseo del Prado y me extasié ante tanta belleza durante las horas del atardecer. Al frente, la entrada de la bahía y el Castillo de los Tres Reyes del Morro; rotando a la izquierda, la silueta del Malecón; girando hacia la derecha, el Paseo del Prado, con el Capitolio inmenso rematando la perspectiva. Pocas ciudades en el mundo poseen tanta belleza arquitectónica y paisajística, tanta historia y monumentalidad.
Vista panorámica desde mirador del Hotel Paseo del Prado en Prado y Malecón, La Habana. (Foto: Abel Tablada)
Sin embargo, al mirar hacia atrás, lo que percibí no era para enorgullecerse. A pesar de que mantenía cierta belleza, era una vista triste y gris: la gran masa descolorida y deteriorada de toda la ciudad detrás de esas fachadas de Prado y Malecón.
No es mi intención describir en detalle ni proveer cifras sobre el estado alarmante en que se encuentran La Habana y demás ciudades cubanas, porque resulta obvio ante la mirada y experiencia de todos. No obstante, se debe enfatizar que el deterioro abarca todas las esferas: física, económica, ambiental, sanitaria, estética, moral y espiritual.
Bodega en calle 21 con persona durmiendo en el portal, Vedado, La Habana. (Foto: Abel Tablada)
En las ciudades de la Isla y en especial en la capital, se produce una combinación fatídica de deterioro progresivo y acelerado de todo el fondo arquitectónico y de la producción de una nueva arquitectura de poco valor estético-ambiental. Nunca se había construido en Cuba, —ni por medios propios, ni por parte del Estado—, con tan baja calidad estética, tan pocas consideraciones ambientales y tan pobre calidad constructiva, y nunca antes el deterioro del fondo construido había sido tan generalizado y dramático.
La visión de una Ciudad Maravilla que celebró hace dos años su 500 aniversario, se desmorona ante nuestros ojos a diario. Desde los hechos más lamentables que causan muertes, como la caída de un balcón sobre la acera, techos que se desploman y fachadas que se derrumban enteras; hasta la imposibilidad de que cualquier propietario de una vivienda pueda arreglar sus ventanas, un simple problema de plomería o adquirir pintura para sus paredes. Es un desastre, no natural ni producto de un bombardeo, el que heredan las nuevas generaciones, y al menos deberíamos hacer un esfuerzo por reconocer las causas.
Casa en Ruinas adyacente a palacete Ecléctico convertido en ciudadela en Calle 17, Vedado, La Habana. (Foto: Abel Tablada)
A pesar de los esfuerzos de entidades como la Oficina del Historiador en La Habana, y sus similares en provincias, que han hecho una labor heroica durante décadas, y de los recientes esfuerzos en barrios precarios; a diario vemos cambios que, casi a cuentagotas, van ocurriendo en la ciudad y la han transmutado, de maravillosa, con enorme patrimonio, buen gusto, limpia, avanzada y vibrante, en una urbe que no sabe mantenerse, se va desluciendo, ensuciando, retrasando, empobreciendo, apagando y entristeciendo.
La era Trump, con el aumento de las sanciones, barrió con la ola esperanzadora de los últimos años de Obama y, sumado a los dos de pandemia con bajísimas tasas de turismo; incidieron en que los ingresos, a nivel estatal y privado, se redujeran drásticamente, lo que ha repercutido en la disminución de inversiones constructivas. Pero el problema de la degradación generalizada de las ciudades cubanas es de más larga data y no está solamente relacionado con el capital disponible, por lo que se pueden identificar siete —o más— causas, que son a su vez consecuencia de otras, fundamentales y sistémicas:
La imposibilidad, por parte de privados y entidades estatales, de realizar mantenimientos frecuentes y obras de rehabilitación en edificios con deterioro medio y avanzado, debido a la descapitalización de la sociedad y la inexistencia de mecanismos compensatorios para una mayor asequibilidad de recursos materiales a todas las escalas.
La participación reducida de arquitectos como proyectistas en los procesos de renovación o construcción de nuevas viviendas u otros tipos de edificios, tanto por parte de sectores con bajo nivel adquisitivo, como en los de altos ingresos, siendo estos últimos los de mayor impacto en la transformación del entorno urbano.
La forma de contratación de arquitectos y empresas de proyectos —estatales cubanas o privadas extranjeras— no incluye un proceso de licitación o concurso, y posteriormente de evaluación/aprobación, eficaces sobre la calidad estético-ambiental de las nuevas edificaciones.
El papel relegado conferido a la arquitectura como parte de la cultura de la nación cubana y, junto al urbanismo, el no reconocimiento del impacto de sus valores en la transformación de la sociedad.
El deterioro general de los sistemas de valores y referencias culturales, que combinan el gusto importado de los «nuevos ricos» de países vecinos y la poca formación estético cultural de amplios sectores populares que, si bien se beneficiaron de las políticas educativas del proceso revolucionario, fueron más efectivos en diseminar sus valores estéticos y costumbres que en asimilar los de la parte de la población más educada, rechazados por burgueses.
Falta de sentido de pertenencia, sea entre residentes en un edificio multifamiliar o directivos de una entidad estatal, decisores y servidores públicos a todos los niveles.
Incumplimiento continuado de las regulaciones urbanas por parte de entidades estatales y privados, ineficaz control de las entidades regulatorias y ausencia de mecanismos que, antes de sancionar, instruyan y prevengan las contravenciones urbanas.
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La degeneración de la calidad estético-ambiental de La Habana y otras ciudades a partir de estas causas, se refleja en lo que podríamos llamar categorías de la actividad constructiva o modificadora del ambiente urbano actual:
– Una categoría podría denominarse «precaria o de llega y pon». Son las intervenciones que aumentan como un cáncer por toda la ciudad y combinan la carencia de recursos y la pobre ejecución y diseño. Es la arquitectura característica de la favela o barrios insalubres, hoy llamados vulnerables en Cuba. Constituye un paisaje urbano común en Latinoamérica y otros países de bajos ingresos en África y Asia, y fue eliminado en gran medida en la Isla a inicios de la Revolución.
Sin embargo, por motivo del empobrecimiento de la población y la migración interna, se fue extendiendo nuevamente, no solo en barrios precarios de la periferia, sin servicios e infraestructuras básicas, sino también en repartos considerados de alto valor urbano arquitectónico, como el Vedado o la Víbora, donde proliferan cercas metálicas, carposhes o ampliaciones constructivas supuestamente temporales.
La proliferación de este tipo de intervenciones, junto a fenómenos como la presencia de basura, calles y aceras rotas y una imagen de precariedad general extendida en el tiempo; contribuye a que la gente vaya tolerando y aceptando este estado como parte de su entorno diario y no haga nada por mejorarlo. Ello es nocivo para una sociedad, pues causa un daño antropológico difícil de desterrar.
Intervenciones constructivas pertenecientes a la categoría «precaria» en Calle 25, El Vedado, La Habana. (Foto: Abel Tablada)
Intervenciones constructivas pertenecientes a la categoría «precaria» alrededor de ruinas de palacete neoclásico del Siglo XIX en el Cerro, La Habana. (Foto: Abel Tablada)
– En la segunda categoría, que podríamos llamar «de “nuevo rico” o kitsch», se ubican las soluciones arquitectónicas con mayores recursos y más duraderas, pero sin el asesoramiento de arquitectos o diseñadores. Son realizadas principalmente por privados, pero también en inmuebles estatales.
El resultado es un diseño que no toma en cuenta el contexto y cuyos valores arquitectónicos son considerados pobres, pues incumplen leyes compositivas básicas como la armonía y laproporción y, en muchos casos, se ejecutan con muy baja calidad. En esta categoría se encuentran las ampliaciones o modificaciones de edificios y viviendas con uso de materiales que pueden ser costosos pero que desentonan, o simplemente no cumplen con las regulaciones urbanas de la zona donde se emplazan.
Ejemplo de categoría «nuevo rico o kitsch» en El Vedado, La Habana. (Foto: Abel Tablada)
– Una tercera categoría sería la de «nuevas micros», es decir, la construcción de viviendas por instituciones con recursos, pero sin un diseño adecuado y correspondiente con las necesidades y tendencias arquitectónicas actuales. Una vez pasada la etapa del edificio de micro-brigada, repetitivo y poco integrado al entorno, los nuevos han retomado formas y soluciones de la arquitectura inmediata anterior al período revolucionario. Se toma como referencia al edificio mediano de viviendas de la década del cincuenta, pero sin la calidad constructiva ni compositiva del movimiento moderno de esa etapa.
Son generalmente muy pesados, se distinguen por amplias zonas opacas y ventanas reducidas, con tecnologías constructivas muy artesanales o prefabricadas sin el debido control de calidad. Esto hace que sea una práctica extendida que no se logre una línea recta en una arista y que un muro terminado no consiga una superficie verdaderamente lisa y pulida.
Un balcón con grandes y pesadas vigas para su sostenimiento es otra prueba casi infalible de este tipo de edificación, algo resuelto con mucha elegancia más de medio siglo atrás. Por otra parte, cuando se construyen conjuntos de edificios en varias manzanas, las soluciones urbanas tampoco cumplen con las expectativas contemporáneas en cuanto a un urbanismo inclusivo, diverso, vibrante y sostenible.
Ejemplo de categoría de «nuevas micros». a: Edificio de viviendas en Nuevo Vedado, La Habana. (Foto: Abel Tablada)
b: Entrada principal y caja de escalera de edificio de viviendas en el Vedado, La Habana. (Foto: Abel Tablada)
– En la cuarta categoría, que se podría nombrar «Edificios GAESA», se incluyen las edificaciones que requieren mayores presupuestos. Estos son los nuevos hoteles, inmuebles residenciales de alto estándar y edificios institucionales derivados de acuerdos con corporaciones extranjeras o con entidades nacionales de grandes recursos.
Aquí el problema, más grave aún, es que los proyectos no se licitan y se contrata por parte del conglomerado GAESA a una sola empresa de proyecto extranjera o a un número reducido de empresas de proyecto estatales. Y, para colmo de males, los proyectos con presupuestos aprobados, o no pasan por el tamiz de una comisión de patrimonio y urbanismo o pasan sin ser aprobados, pero se ejecutan de todas formas, justo lo que se criticaba fuertemente a los gobiernos republicanos. Al no haber transparencia en los procesos, ni un periodismo que dé seguimiento, se crea el caldo de cultivo para especulaciones sobre la posible corrupción que pueda existir entre las partes implicadas.
El resultado es la utilización de lotes en entornos de alto valor histórico, arquitectónico o paisajístico para la incorporación de grandes edificios que no solo no le añaden valor, sino que, de acuerdo a la opinión de muchos arquitectos, causan daño a la ciudad por no cumplir regulaciones urbanas, criterios de respeto al entorno construido, normas ambientales y principios bioclimáticos para un bajo consumo energético. En consecuencia, se desaprovecha la oportunidad de constituir una pieza que, adyacente a edificaciones más anónimas, se convierta en un nuevo hito urbano de alta calidad, representativa de la contemporaneidad e identidad citadina y de los caminos a seguir para un futuro sostenible.
Construcción del Hotel K23, que será el edificio más alto de Cuba, en Calle 23 y K, ejemplo de categoría «Edificios GAESA». El hotel 5 estrellas tendrá 42 niveles y 154 metros de altura y es financiado por la Empresa inmobiliaria Almest perteneciente a GAESA. La empresa constructora y de proyecto es la francesa Bouygues Batiment International junto a UCM y DCH. (Foto: Abel Tablada)
Tampoco existe la consulta popular para este tipo de edificaciones con gran impacto urbano. La ciudadanía no tiene voz ni voto y se entera, en medio del período más difícil de la nación, del inicio de la construcción del hotel y edificio más alto de Cuba a cien metros del Habana Libre, o de otros hoteles en puntos neurálgicos de la capital, como Paseo del Prado, o el Gran Aston, a lo largo del Malecón, nuestra más emblemática avenida costera.
En esta categoría se incluyen asimismo renovaciones de edificios importantes, como la Terminal tres del Aeropuerto «José Martí» de La Habana, cuyo espacio principal fue decorado con elementos neocoloniales, que muestran un malogrado uso de proporciones, color y materiales. Pero el mayor daño es de concepto, pues la primera o última imagen que tendrán los visitantes será la de un país que recurre a un pasado pastiche porque no está capacitado para proyectar un presente atractivo y un futuro esperanzador.
Resulta una paradoja lo difícil que es obtener financiamiento para proyectos bellos, con beneficios comunitarios y ambientales como las inconclusas Escuelas Nacionales de Arte, y lo fácil que se consigue para ejecutar obras de pésima o mediocre calidad.
Muchos pensadores han fundamentado el estrecho vínculo entre la política y su expresión en la arquitectura y el urbanismo. Las ciudades son el reflejo de la historia de las sociedades que las han ido moldeando. Los problemas que se aprecian en las mega-ciudades de países capitalistas emergentes, donde el patrimonio edificado ha sido seriamente dañado, las desigualdades llegan a extremos alarmantes y la contribución al cambio climático es sustancial, especialmente en las ciudades latinoamericanas y asiáticas; es consecuencia directa e indirecta de las políticas económicas, la ideología imperante y la forma de gobernar.
Lo ocurrido en las ciudades cubanas durante el período republicano y revolucionario, también es consecuencia parcial de la política y la ideología. Se reconoce, por una parte, que gracias a la ausencia de una inversión capitalista descontrolada en el período post 1959, se salvó y se mantuvo en pie gran parte de nuestro patrimonio constructivo, a la par que se construyeron edificaciones con carácter social que compensaban las grandes desigualdades territoriales.
Por otra parte, sin embargo, existe un cúmulo complejo de causas, más esenciales y sistémicas que las expuestas en este trabajo, que deberían analizarse por arquitectos y otros especialistas para comprender, primero, el desequilibrio en las prioridades que dio el gobierno a un área de desarrollo a expensas de otras —como la arquitectura y el urbanismo—, y segundo, por qué, cuando la arquitectura ha tenido oportunidad de manifestarse de forma esporádica en décadas recientes, no dio frutos tan deseados como en los primeros años de Revolución y anteriores a esta.
Escuela de Danza Moderna, Ricardo Porro, 1965. (Foto: Abel Tablada)
Ello se plantea sin demeritar ejemplos siempre remarcables, tanto en nuevas edificaciones como en la restauración y renovación urbanas de los centros históricos en nuestras ciudades.
Entre las conjeturas que se pudieran analizar, debatir y/o demostrar, están los impactos que, durante el período revolucionario, produjeron en la arquitectura y el urbanismo cubanos ciertas decisiones, tendencias y formas de gobernar.
Como ejemplos, podríamos enumerar los impactos, previstos o no, que tuvieron:
la centralización y estatización de toda la sociedad, que eliminó la rica y diversa tradición de saberes y haceres, siempre en evolución, de pequeños, medianos y grandes negocios y empresas; así como de la sociedad civil cubana, a la que pertenecía el Colegio de Arquitectos; todos parte fundamental de la cultura nacional,
la aspiración de distribuir una riqueza creada durante el período Republicano en forma de inmuebles, tierras cultivables, servicios públicos e industrias, con la aplicación de medidas de corte popular como la Reforma Urbana y la desmonetización parcial de las relaciones económicas, pero sin crear bases e incentivos para su regeneración, a pesar de invertir en el desarrollo educacional de toda la población,
las respuestas a las agresiones constantes por parte del gobierno de los EE.UU., de la clase burguesa afectada por el proceso revolucionario y de parte de la emigración posterior, por la necesidad de supervivencia del estado socialista, lo que, junto a otras razones, redujo considerablemente parte de las libertades y derechos por los que lucharon los cubanos,
establecer en la política de cuadros a todos los niveles, la posición ideológica en tanto prioridad por sobre otras cualidades humanas, a saber: la inteligencia, la preparación, la experiencia y la idoneidad; y hasta por encima de principios como la honestidad,
la personalidad excepcional de Fidel, su forma de gobernar, sus prioridades con el paso del tiempo, y el impacto de esto en la actuación de subordinados y organismos decisores intermedios,
el cambio de mentalidad de gran parte de la población bajo los empujes liberadores de la Revolución, al pasar de ser servidoresde una clase pudiente y dominante a ser iguales, despojándose de la sumisión y rechazando ciertos valores por burgueses; pero, contradictoriamente, no ganando poder de decisión ante el nuevo Estado y, de cierta forma, también perdiendo el respeto o reconocimiento hacia el conciudadano, hacia la contraparte, con la instauración a todos los niveles del « ¿y quién tú eres para…?»,
y quizás la más importante, el impacto que tuvo no haber hecho cambios sistémicos cuando, además de saber que el capitalismo neoliberal no era factible para todos los seres humanos y constituía una amenaza para la supervivencia del planeta; la ciencia, las experiencias y evidencias de otros países también demostraron que el sistema socialista de corte estatista, centralizado y excluyente en varios factores tampoco funcionaba en Cuba ni para los más vulnerables, sobre todo bajo el enorme impacto del bloqueo impuesto por el gobierno de los EE.UU.
En la recién concluida asamblea de la Sociedad de Arquitectura de La Habana se plantearon importantes reclamos y posibles acciones para el gremio de arquitectos y para la ciudad. Ellos pueden ser pasos que contribuyan a detener el proceso de deterioro de las urbes cubanas en las cuatro categorías mencionadas.
El más trascendental fue el llamado a recuperar la posición de la arquitectura dentro de la cultura cubana con el fin de elevar el reconocimiento e importancia que tienen ella y el urbanismo para transformar y mejorar la vida de la sociedad.
El segundo es la pertinencia de admitir el trabajo profesional independiente y no estatal de los arquitectos e ingenieros como una de las formas de trabajo dignas y necesarias para contrarrestar las condiciones descritas en este artículo, además de que sería un potencial freno a la emigración, ya casi masiva, de jóvenes universitarios.
Y una tercera demanda, quizás generalizada en la sociedad, fue la más rápida aplicación de medidas que materialicen los discursos referidos a la liberación de las fuerzas productivas y a los vínculos entre la ciencia y los resultados productivos palpables.
Otros colegas (1, 2, 3) ya se han pronunciado al resumir tales reclamos y propuestas, y se podrían escribir nuevos artículos que abordaran también la necesidad de formación, preparación y superación constante de arquitectos y decisores urbanos.
La ciudad, como la vieron Eusebio Leal y Mario Coyula, y como la valoramos muchos colegas, es una fuente de riqueza y no solo una carga a la que haya que ir apagando fuegos y tapando baches, como la juzgan quizás algunos directivos municipales con poco poder de decisión y presupuesto asignado.
Ejemplos de rehabilitación urbana como método más efectivo para elevar el valor estético, cultural, ambiental y económico a las ciudades cubanas. a: Paseo Cultural Narváez a la orilla del río San Juan, proyecto llevado a cabo por la Oficina del Conservador de Matanzas. (Foto: Abel Tablada)
b: Calle Obispo y Mercaderes, de las primeras áreas restauradas y conservadas por la Oficina del Historiador de La Habana. (Foto: Abel Tablada)
El suelo, las edificaciones, los viales, la vegetación, son bienes a cuidar y aprovechar. Pero son igualmente una fuente de riquezas que hay que saber gestionar, aplicando conceptos de ciclos de vida sostenibles desde el punto de vista económico, social y ambiental para que perduren por generaciones. Y esos gestores deben poseer un mínimo bagaje cultural para apreciar el valor de la ciudad y percatarse de que invertir en rescatar dichos valores y modernizar su infraestructura decadente, es más provechoso a largo plazo que sembrarla de grandes hoteles anodinos y consumidores de recursos.
Las ciudades que aspiramos algunos para Cuba las debemos pensar y construir entre todos, basados en indicadores multifactoriales pero con la participación activa y con el liderazgo de los profesionales, que, además de ser el recurso más valioso de la nación, son el ejército más efectivo contra el bloqueo externo.
Y a este recurso, sensible y en franco declive, no se le debe ignorar y no se le puede maltratar por parte de las autoridades con una pregunta que es la antípoda de la emancipación que ha buscado el pueblo cubano desde los tiempos del Padre Varela: ¿Y quiénes son ustedes para criticar, para proponer, para reclamar cambios o derechos?
Pues somos cubanos y con eso basta.
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(1) Eduardo L Rodríguez: «Arquitectura: Modo de Empleo», Artcronica, no.18, 2021, p.10.
(2) Humberto Ramírez y Universo García: «Panorama actual de la Arquitectura Cubana», Artcronica, no.19, 2021, p. 38.
Hay que felicitar a La Tizza por su iniciativa de abrir espacio a análisis sobre algunos proyectos intelectuales que existieron en la postrevolución cubana, y que terminaron, en todos los casos, sacrificados en el altar de la intolerancia y la pasión totalitaria. A modo de inventario recordaré, aparte de los emblemáticos Pensamiento Crítico y CEA, a Paideia, al Proyecto Castillo, Magín, Habitat Cuba, entre otros.
Creo, sin embargo, que hacerlo con artículos como el de Luis Suárez (LS) sobre el CEA, es contraproducente. Sucede que estos temas son cuartos llenos de humo, y el referido artículo lejos de abrir una ventana, insufla más humo. Aunque no sería honesto si me declarara un fan del pensamiento y la actuación de LS —ni hace un cuarto de siglo, ni ahora— debo reconocer sinceramente sus méritos.
Fue en los años del CEA un hombre valiente, un funcionario letrado que consiguió poses intelectuales meritorias, aun cuando nunca fue —ni es— un intelectual, a menos que echemos mano a la socorrida metáfora gramsciana de «intelectual orgánico» y le agreguemos una aclaración: frustrado por las rigurosidades partidistas.
Asimismo, lo que es en cierta medida meritorio, ha sido también un hombre fiel al sistema político cubano, al que acostumbra a denominar unas veces «revolución», otras «socialismo», o, estirando más: «marxismo cubano». Conmueve su permanencia al lado del «partido» al que concibe cual una entelequia, que para él resume una utopía pero que en la vida real le reprimió y reprimió a su familia, le desposeyó de medios de vida, lo calumnió y humilló de manera pública. Realmente, LS se conduce como lo haría un monje con fe en una doctrina.
Probablemente por eso, la historia que LS nos propone es la antihistoria del CEA. Se trata de un relato de incidentes y hechos como sacado de un informe a una asamblea de balance, con la semi-carta de Raúl Castro subiendo y bajando. Su objetivo fundamental es jurar lealtad y querer demostrar que el CEA —es decir, él— siempre fue leal y orgánico a «la Revolución». Solo por eso el artículo es farragoso. Pero hay algo peor que el aburrimiento: la retinosis ideológica y la falsedad.
Luis Suárez Salazar
Las fotografías de Stalin
LS manipula la historia del CEA, y hace lo que Stalin —y todos sus herederos— hacían con las fotos y las memorias: retoques discriminatorios y eliminación de lo inconveniente. Nunca menciona a figuras importantes como Camilo Domenech, subdirector por varios años e impulsor de algunos pasos progresistas como la revista y la computarización. Tampoco a Gerardo González, quien fue investigador del CEA por diez años y dejó toda una obra dedicada al Caribe.
Cita la participación de Aurelio Alonso en una investigación sobre municipios que dirigí —y es cierto, y agradezco a Aurelio su excelente disposición— pero Gerardo lo hizo por tres años: ¿su contribución no fue válida? Omite a Alberto Álvarez, quien llegó a ser jefe de departamento, y escribió, junto a Gerardo, un libro en 2001 sobre el proceso CEA —Intelectuales vs Revolución— que, gústele o no, es una referencia obligada. ¿Por qué esas omisiones?
A Maurizio Giuliano lo denosta vulgarmente, a pesar de que su libro —El caso CEA: Intelectuales e inquisidores en Cuba— se basó en documentos que alguien del CEA le dio, y que todos celebramos al saberlo. A mí me cita mucho, ¿qué remedio?, pero obvia una parte de mi obra, por ejemplo, un libro sobre la participación en Cuba, un artículo que hizo coyuntura acerca de la reestructuración del consenso, y mis proyectos enfocados en movimientos comunitarios que habían logrado una interesante sinergia con activistas sociales de lo que entonces veíamos como una naciente sociedad civil.
Luego me dedica dos párrafos propios de un apparatchik decepcionado, pero que imagino necesarios para su rito de pasaje hacia la «familia revolucionaria». Me describe saliendo del país por decisión propia, como un traidor a la comunidad nacional, y un falsario reiterado y agresivo contra quienes fueron los colegas del CEA. Obviamente no voy a descender al lodazal de LS, excepto para aclarar dos cuestiones, diría que metodológicas.
Solo recuerdo haber publicado un artículo sobre la historia del CEA, que los lectores pueden leer y contrastar con los juicios de LS. En él, y en otros asuntos colindantes en los que he opinado, siempre abordo el tema con absoluto respeto a todos los participantes, porque francamente creo que, matices aparte, todos se comportaron a la altura del momento. Lo cual, y esto debe quedar claro, no me exime de la responsabilidad intelectual de criticarles cuando se alinean con posturas lamentables referidas a la política interna y exterior del gobierno cubano.
Deseo igualmente reafirmar el único punto que LS no adultera: respecto a los inquisidores que nos violentaron, ocasionaron la muerte de un querido colega y nunca se han disculpado, siempre mantendré una posición pública de profundo desprecio y hostilidad sin cuartel. Si LS ha decidido mantener con ellos una relación de conformidad y armonía para ser reingresado a la «familia revolucionaria», que lo haga.
Yo lo entiendo cuando ofrece una tierna reflexión sobre el pensamiento del presidente cubano Díaz Canel, que, según afirma, nos convocó a todos «con la mirada puesta en el futuro», a seguir pensando para «dotar a la nación de un cuerpo teórico indispensable a este momento preñado de urgencias»; pero le ruego que no me evalúe desde mi incompatibilidad con ese ejercicio de genuflexión masoquista.
El Centro de Estudios sobre América, en La Habana. (Foto: Cubaencuentro)
¿Era el CEA orgánico políticamente a algo en Cuba?
El informe burocrático de LS pretende demostrar que éramos orgánicos a la «revolución» y al «socialismo» cubanos, solo que no fuimos comprendidos y los compañeros de la dirección política cometieron un error que más adelante subsanaron con darnos buenas opciones de empleos y algunas medallas. En el mejor de los casos, ese es un desvarío de LS. Primero, porque en los noventa ya no había Revolución cubana. Ella terminó en la primera mitad de los sesenta y fue sucedida por una etapa postrevolucionaria basada en los subsidios soviéticos. Lo que vivíamos en los noventa era la desintegración de ese «pacto» postrevolucionario.
En consecuencia, ni la Revolución, ni la postrevolución fueron nunca socialistas, pues esta cualidad se define por la socialización del poder, y lo que vivimos en esos años fue una brutal concentración totalitaria del poder y el aniquilamiento de todo espacio social autónomo, incluso de las familias. Hoy no es fundamentalmente diferente, solo que el Estado no puede hacerlo como antes, la sociedad no quiere ser como antes y la movilidad social que la postrevolución garantizó se realiza principalmente fuera del país.
Entonces, lo confieso, todos creímos que éramos orgánicos a algo en el sistema, pero en realidad no lo éramos. Los dirigentes que nos visitaban —Hart, Prieto, Alarcón, Robaina, Ross, etc—, lo hacían por pura curiosidad y como una suerte de ducha herética entonces de moda. Las pocas puertas que se nos abrían —yo entré por algunas de ellas— eran iniciativas que nada decidían.
Nos toleraron hasta 1996 por la crisis y por dos razones. La primera, que estaban anonadados ante el estropicio que habían creado. La segunda era más prosaica: el CEA fue una fuente de ingresos, en particular desde mis proyectos. Por ejemplo, todos los meses yo firmaba un recibo por 1,2 mil dólares que eran teóricamente mi salario, los cuáles pasaban a las arcas del PCC. Y cada trabajo de campo, que hacíamos con viáticos escuálidos en pesos, y alojados en lugares muy poco saludables; aparecían en los informes de proyectos con fuertes viáticos en moneda dura y hospedados en hoteles respetables. De esta forma, yo compraba mi derecho, y el de mi equipo, a investigar y eventualmente a opinar.
Por otro lado, el CEA no era homogéneo intelectualmente. Había un grupo de economistas, cuya figura más brillante era Pedro Monreal, que abogaba por un socialismo de mercado (Nove, Kornai, Elson), y que publicó un libro que hizo coyuntura sobre la reforma de la economía cubana. No eran tecnócratas, sí diría que socialdemócratas, y estoy seguro de que si hubieran prestado atención a Carranza, Pedro y Luis, hoy Cuba fuera mejor. Pero ese grupo convivía con otro, donde me incluyo, más inclinado a la izquierda, que centraba su atención en las cuestiones de la democracia, la participación y los poderes comunitarios, y que también publicó varios libros de fuerte influencia, a pesar de que muchos ejemplares fueron destruidos en 1996.
No obstante, en esta convivencia contradictoria no existían brechas insalvables, pues en última instancia estábamos dispuestos a reconocer que la solución cubana pasaba por un uso más intenso del mercado, solo que con espacios autónomos de gestión y contestación social para contrarrestar sus efectos. Rememoro al respecto una frase de Pedro, ellos abogaban por «tanta participación como fuera posible». Aunque marchábamos por sendas diferentes, sostuvimos algunos debates que siempre recordaré con aprecio por la altura de los argumentos y que fueron vitales para mi formación profesional.
En este sentido, el CEA se encaminaba a madurar como una «comunidad epistémica», influyente en el ámbito público en que nos movíamos y con una atención creciente de la sociedad. Recuerdo que el mismo día, a principios de marzo, en que nos comunicaron la decisión del Buró Político de prohibir los estudios de Cuba en el CEA, habíamos concluido un taller sobre economía comunitaria al que asistieron unas sesenta personas, incluyendo alcaldes, activistas comunitarios, etc. Curiosamente, fue esa la actividad que primero impugnaron en una reunión previa al ataque del V Pleno del Comité Central.
No obstante, nuestro radio de acción era limitado y, sobre todo, retráctil, de manera que cuando sonó la alarma del V Pleno, todos los «amigos» desaparecieron. Algunos festejaron la oportunidad de beneficiarse con algunos rastrojos institucionales (por ejemplo, el control de LASA), la mayor parte se escondieron, y los pocos que nos visitaron lo hicieron furtivamente, como para dar el pésame. En resumen, no teníamos partisanos sino transeúntes curiosos.
Esto plantea un drama que han encarado los proyectos intelectuales críticos en Cuba: la inexistencia de una «opinión pública» y de espacios sociales autónomos; en consecuencia, ellos solo duran mientras el sistema consienta la crítica. Es la historia de Pensamiento Crítico y del CEA, aun cuando entre ambos existe una diferencia crucial en cuanto a sus propósitos. Pensamiento Crítico sí fue orgánico a tendencias políticas que aún operaban en la postrevolución temprana (1965-1971); el CEA nunca lo fue. Todo un tema a discutir.
(Imagen: Cedinci)
¿Qué análisis se necesita?
Lejos de los recuentos burocráticos, sugeriría un debate basado en el aborto de las comunidades epistémicas y el costo que ello ha tenido para el pensamiento social cubano. Nuestro principal lastre siempre ha sido la dificultad para establecer vínculos con la sociedad, siquiera académica. La Universidad de La Habana, conservadora como sus casi tres siglos, nunca nos abrió las puertas, y cuando entrabamos por alguna rendija era para hacerlo según reglas acordadas. Siempre hablamos a medias para garantizar la sobrevivencia, por esa razón éramos más conocidos y mejor evaluados fuera de Cuba, pues era allá donde teníamos los mejores podios y nos expresábamos con mayor libertad.
Hoy la situación ha variado en un sentido: existen mayores espacios autónomos, unos consentidos por el sistema —como fue Cuba Posible y continúan siendo los Jueves de Temas—, y otros arrancados a la fuerza, oposicionistas, que comienzan a usar el espacio público, esencialmente virtual, como lugar de acción. Reconozco el mérito de los primeros y admiro profundamente a los segundos. Cabría preguntarse dónde estaría aquel CEA, si aún existiera, y no encuentro una respuesta. Posiblemente porque treinta años después habría tenido que desaparecer, fuera por implosión interna o por el desgaste de la propia vida.
Y aquí termina mi nota. Deseo éxitos a La Tizza por su iniciativa, y no menos a Luis Suárez, a quien, de paso, recomiendo que deponga eso que Nietzche llamaba «la pasión del resentimiento» y que evidentemente está dañando su juicio e imagen, y, como un favor personal, que no me siga usando para sus ejercicios de paleo de lodo. Si no tiene más remedio que hacerlo, que lo haga en otra dirección.
?¿Lo preguntas? ¿Te parece el clásico acto de plantear una duda pararse en piyamas en una azotea, en medio de un apagón a las tres de la madrugada, y gritar «Hasta cuándo» con tres signos de admiración?
?Y calor agregado. Imposible dormir. Tendrá que aceptar que en dichas circunstancias la incertidumbre se suda: «Hasta cuándo el bloqueo», por ejemplo.
?O hasta cuándo vas a hacerte el vivo conmigo. Te la pasas sacándole tiras de pellejo a lo que se hace por aminorar la contingencia energética.
?Una cosa es lo que se hace y otra…
?¿No reparas en que hoy es el solsticio de junio, que marca la llegada del verano, y que cuanto se hizo hasta hoy y se hará es para sostenerlo?
?Hablando de reparación: aún Tallapiedra no aporta megawatts. La puesta en marcha se ha extendido veinte meses, cuando un mantenimiento capital debe durar solo siete.
?Ese mantenimiento es en la capital, sí. La unidad generadora tiene medio siglo, está sujeta a averías imprevistas que se resuelven con el ingenio y la industria nacionales, sin ejecutar gastos en divisas.
?¿A quién se le ocurre hacer mantenimientos con moneda devaluada en una termoeléctrica decrépita que arranca, pero no arranca?
?Se trabaja.
?Usted hace su labor.
?La mía es intrascendente al lado de la de mis compatriotas. «Hay mucha gente trabajando en resolver la actual crisis». ¿No accedes a la prensa nuestra?
?Qué esfuerzo por escribir un país, ¿eh?
?Léela. Mira esa refinería de Santiago apostando por la resistencia creativa…
?¿La resistencia creativa es una pieza?
?Creatividad es poner títulos como «Encendiendo soluciones», «El talento sin apagón», «Dignificar la energía del heroísmo»…
?Cosa linda.
?Eso no es nada. Oye cuánta poesía destila el Granma: «La termoeléctrica Lidio Ramón Pérez, de Felton, es una ciudadela de hierro de matices diversos. Ellos están, lo mismo en el gris azulado de las aspas de la turbina que en la Unidad 2, a punto de ser montada sobre sus pedestales brillantes, luego de un minucioso pulido; en el rojo-marrón originado por la oxidación en enormes segmentos de tubos que serán cubiertos por pinturas protectoras tan pronto se conviertan en largos conductos; en los destellos de las soldaduras mediante las que se unen cientos, miles de elementos; en la plateada envoltura de las láminas empleadas para recubrir las fibras de vidrio que garantizan el aislamiento térmico de extensas y laberínticas tuberías».
?Le ronca la… tubería.
?«Todos son más fuertes que la metálica armazón de la ciudadela a la que dan vida», añade después.
?Yo creía que a las ciudadelas se les estaba dando muerte.
?Deja al periodista que se desarrolle, tiene competencia en el propio periódico: «Darle solución al salidero de un tubo que no deja que la caldera de una termoeléctrica arranque es un aliciente para millones de cubanos que hoy encienden velas, agitan las pencas y esperan, pacientes o no, a que llegue la luz».
?Y se agiten los pencos.
?Échate a Cubadebate: «Como laboriosas hormigas andan los hombres en la planta. Los overoles llenos de grasa, los ojos enrojecidos, el polvillo…».
?No hay azúcar, las hormigas emigran a otros ámbitos.
?Eso se llama periodismo profundo.
?Como el último Havana Club: «Intenso y suave».
?Intenso y suave es el Trabajadores: «El movimiento sindical puede ser determinante para mantener encendida la chispa del ahorro, tema en el que no puede haber apagones».
?Ni con la chispa del ahorro el crudo nacional…
?Existen dos soluciones, siempre que a la población no le dé por ponerse piyamas y subir a las azoteas: una son las fuentes de energía renovables, con proyecciones de una tercera parte para el 2030. Ramiro habla del ciento por ciento.
?Está escapao.
?La otra es el arroz. Ya se emplea en la Empresa Agroindustrial de Granos Los Palacios. Con la adquisición y montaje de una planta gasificadora, se seca el cereal mediante la conversión en energía de la cáscara.
?La solución al problema energético está en las reuniones, en las visitas gubernamentales, en los artículos periodísticos…
?¿Ves? Has entendido que en esos escenarios se decide el presente y el futuro de la nación.
?Ah, no, lo decía por toda la cáscara que se habla.
El muro fronterizo entre México y EE.UU. (Foto: CNN)
Hicimos bien en dejar el taxi y pernoctar en aquella casa. Luego supimos que la policía entra en arreglos con taxistas para estafar a los cubanos y repartirse las ganancias. Decir que nos acomodamos en la vivienda sería una burla, pues aunque era grande y contaba con un patio inmenso, esa noche llegaron a dormir allí unas 170 personas. Lo hicieron sobre cartones, nylon o cualquier cosa que las aislara de la tierra.
Algunos llevaban un mes o más en aquel sitio, porque habían entregado sus pasaportes y esperaban una visa humanitaria del gobierno mexicano. Sin embargo, en días anteriores se había producido un altercado en las oficinas de migración, por la demora en los papeles de unos haitianos y, como resultado, el local fue destruido. Entonces, todos los que estaban en esa casa quedaron varados. El baño se ubicaba al final del patio. Era forzoso pasar entre los cuerpos yacentes, sin orden ni espacio definido para caminar. La cola para bañarse debía hacerse desde el mediodía, y a veces, a pesar de ser la 1 y 30 de la madrugada las personas permanecían en fila.
Aunque la casa era grande y contaba con un patio inmenso, esa noche llegaron a dormir allí unas 170 personas.
El único espacio disponible que encontramos para las mochilas fue al lado de una montaña de basura de más de dos metros de alto. Estaba formada por bolsas grandes, termopacks con restos de comida, cajas de jugo vacías y cuanta cosa era desechada por los infelices hacinados en el lugar. Naturalmente quedamos horrorizadas, porque el viaje, hasta ese momento, había resultado bien organizado y jamás pensamos encontrar tales condiciones de vida. Para colmo, en el transcurso de la madrugada siguieron arribando grupitos de personas y varios tuvieron que dormir sentados en una escalera.
A media tarde del siguiente día llegaron los jefes. Al ver que no cabían más personas ordenaron sacar la basura en una camioneta y dijeron que una parte seríamos trasladados a otra casa cercana. La siguiente cola fue para intentar clasificar entre los que iban a ser reubicados.
Fuimos conducidos a un apartamento pequeño, rentado a mexicanos, Estos hacen fortuna de todo lo relacionado con los cubanos de paso, sea alojamiento, trasportación, trámites, compras, lavandería o cambio de dólares. Dormíamos en el suelo, sobre edredones finos, hasta que algún grupo salía y heredábamos sus colchonetas. Allí estuvimos varias jornadas sin que explicaran cuándo seguiríamos avanzando. Después de cinco o seis días nos pasaron a otra casa para unirnos antes de proseguir viaje.
Los trayectos en auto tenían en común la enorme velocidad a que conducían aquellos chóferes durante todo el camino. No importaban las curvas, daba la impresión de que íbamos a salir volando en una de ellas. Por suerte los camiones no corrían tanto. Llegamos a un punto muy alto, por encima de las nubes, y permanecimos casi veinticuatro horas encerrados en una casa sin las condiciones mínimas para descansar, ni siquiera para caminar adentro. No había Internet y encima de eso no permitían salir a nada.
Al día siguiente nos sacaron lentamente en pequeños grupos. Comenzamos a descender las elevaciones en medio de un inusitado aumento de las temperaturas y unos preciosos paisajes laterales. Pasábamos de pueblo en pueblo, siempre de noche y corriendo para subirnos a las camionetas. Nos escondíamos todo el tiempo de la policía y dormíamos en colchonetas finas y muy usadas donde nos sorprendiera la noche.
Sentada en ese espacio, pasé la primera noche en México.
En ocasiones, y debido a los controles migratorios, debimos permanecer en el mismo sitio por varios días. Incluso, tuvimos que dormir varias veces sobre la tierra limpia, con apenas una comida por jornada. A veces el arroz estaba crudo y no podíamos comerlo, lo que implicaba el flaqueo de nuestras fuerzas. Se extrañaba mucho el café cubano. Las pocas veces que nos dieron algo en la mañana fue café instantáneo, que para nada sustituía al nuestro.
Una madrugada, durante un largo trayecto por una montaña empinada, apareció un jaguar en medio de la carretera. Estaba a cuarenta o cincuenta metros delante de nosotros y, para colmo de males, caminó hacia las luces del auto. Justo antes de chocar con los focos se desvió e internó en la vegetación. Sheyla sintió pánico y tuve que calmarla, porque se había enterado de un caso muy ¿feo? por esos mismos lugares. Todo ocurrió en segundos.
El chófer no paró hasta más adelante para auxiliar a una camioneta de la caravana que se había averiado. Cuando contamos lo ocurrido, nos dijeron que esos animales eran frecuentes por la zona, de ahí que ningún vehículo se detenga, a no ser por un desperfecto.
La otra vivienda de seguridad resultó una casona en medio de una explanada, rodeada de pequeños árboles y con un inmenso portal. En este nos acomodamos, en el poco espacio dejado por el grupo que nos antecedió.
El baño era muy rústico. Unos palos sujetaban a un nylon grueso, que hacía la función de pared y puerta por un costado. Dentro, una bañera llena de la que debíamos sacar agua con unos cubitos para bañarnos. A partir de la altura de los hombros aquello quedaba al aire libre, y en uno de los lados se hallaba un corral con un puerco enorme. Muy cerca había un río, al que nadie se atrevió a entrar por lo sucio que estaba. Usábamos asimismo unas letrinas improvisadas, construidas al borde del río también con palos rústicos y grandes pliegos de nylon.
En la siguiente casa vi por primera vez un animal muy parecido a una iguana grande. Lo trajeron los albañiles que trabajaban allí. Las señoras que nos atendían lo prepararon. Algunas mujeres sintieron asco y no aceptaron comer por la noche al saber que el picadillo que nos habían dado era de iguana. Una vez cocinada yo decidí probarla y no me pareció mal, recordaba a la carne de pato. Pensé que sin haber visto al animal antes, y una vez cocinado con otras sazones, podía resultar una muy aceptable comida.
Una vez cocinada la iguana, yo decidí probarla y no me pareció mal, recordaba a la carne de pato.
Llegar a Puebla fue lo mejor que nos pasó después de muchos días. Entramos en secreto, como siempre, a un hotel de varios pisos con habitaciones bastante confortables que tenían hasta ducha. Luego, dieron de comer y nos instruyeron en el inventario de lo que sería estrictamente necesario en el último tramo, ya que al entregarnos en la frontera teníamos que dejar todo lo que no lleváramos puesto. Tampoco podíamos salir ni asomarnos a la calle. En la habitación dejamos varias mudas de ropa y un par de sandalias. Me consoló pensar que podían ser aprovechadas por las mujeres que limpiaban, pues muchas estaban en buen estado.
Al otro día, con la misma rapidez con que nos entraron, salimos de ese lugar. Fuimos separados en pequeños grupos de cuatro personas y llevados en taxis a una terminal cercana, donde nos entregaron boletos a nuestro nombre. Montamos un bus grande, bastante cómodo, y comenzamos un recorrido muy largo por carretera, en el que, finalmente, la bolita azul del GPS se movía hacia el Norte.
Después de un larguísimo trayecto llegamos a Guadalajara, donde nos alojaron en un motel de carretera y tuvimos que compartir habitación con dos hombres jóvenes. En ese lugar comimos y dormimos la última noche en México. Estábamos nerviosas y contentas la vez. Luego continuamos viaje por muchas horas, sin bajar más del bus hasta el último pueblo de México: San Luis Río Colorado.
Fue ahí donde, poco antes del amanecer, vimos de lejos por primera vez el famoso «muro», mientras la guagua se acercaba a lo que parecía un pueblo normal, con muchos comercios, farmacias, y almacenes a ambos lados de la calle. Un poco detrás el imponente muro, compuesto por grandes perfiles metálicos de alrededor de cinco metros de altura, tan pegados unos a otros que impiden el paso y dificultan la visibilidad hacia el otro lado. Nuestros corazones latían a prisa, ¿Llegamos?, fue la pregunta.
Adaptados ya a las operaciones «comando», entramos apresuradamente en una casa muy rústica, en la que debíamos esperar el arribo de los demás. Alrededor de cuatro horas después dieron por teléfono la orden de sacarnos. Lo hicieron en camionetas de diez personas. El conductor manejaba por una carretera muy soleada, hablando siempre por teléfono hasta que recibió la orden de parar. Entonces indicó que bajáramos rápido y corriéramos, de prisa y sin detenernos, por la arena hasta un pequeño matorral similar al marabú.
Estábamos esperando el próximo paso de los coyotes
No cabíamos en la casa y montamos este campamento.
Descansábamos donde podíamos.
Dentro del matorral había dos guías más que nos instaban a seguir corriendo pues, según dijeron, había policías por el lugar. Corrimos unos cincuenta metros hasta el borde del río, donde me percaté que fue un error haber dejado las sandalias en el hotel de Puebla. Tuve que tomar la decisión muy rápida de quitarme los tenis, llevarlos en la mano y entrar al agua solo con medias, para del otro lado volver a colocármelos, ya que nos habían explicado que no podíamos entregarnos mojados.
Del otro lado, la distancia desde el borde del río al muro de acero era de aproximadamente cuatro o cinco metros. Creyendo que aún estábamos en suelo mexicano y que para entrar a Estados Unidos había que cruzar el muro, continué corriendo descalza sobre piedrecillas por miedo a que apareciera la policía. Intentaba no perder de vista la fila de los que habían cruzado antes y que venían con nosotras en la camioneta. Los altavoces entonces nos indicaron que hacer. Fue cuando me percaté de que ya estábamos en suelo norteamericano. Solo ahí pude parar de correr… y comencé a llorar.
***
Después de haber superado los trámites migratorios, según conté en el primero de estos testimonios, llegué al aeropuerto de Phoenix. Allí esperé reencontrarme con Sheyla antes de intentar llamar a mi hermano, ya teníamos los teléfonos y pudimos comunicarnos vía WhatsApp. Realmente no tenía idea de cuál sería el siguiente paso.
Mi hermano no había podido ir a recogernos por problemas de trabajo, pero todo el tiempo estuvo al tanto de nosotras. Durante quince minutos recorrimos aquella inmensidad de aeropuerto tratando de cambiar algunos pesos mexicanos. Teníamos hambre porque no nos habían preparado para un viaje tan largo.
Para esa fecha no había pasaje y mi hermano reservó un hotel cercano, un taxi y un Uber de comida. Pasamos la noche en el hotel. Todavía nos asustaba cada pequeño ruido, pensábamos que vendrían por nosotras. Al siguiente día volamos a Miami. Una amiga cercana nos recibió en Inmigración y condujo hasta el carro donde estaban mi cuñada y mi sobrino. Allí fue cuando me pareció despertar de aquella pesadilla, darme cuenta de que mi historia —una más—, había sido real y que mis sueños se cumplían.
16 Abril 2022, Río Colorado, México – Yuma, Arizona
Nos acercamos al primer aniversario de los acontecimientos del 11 de julio que, sin lugar a dudas, impactaron profundamente a la totalidad de la estructura de poder en Cuba, lo que incluye sus niveles de legitimidad, tanto a lo interno como en el plano internacional. Se ha discutido hasta hoy sobre las causas de estos acontecimientos, con puntos de vista polarizados en torno a dos razonamientos esenciales:
a. Lo ocurrido fue un estallido social espontáneo, derivado de la agudísima crisis económico-social que vive el país y la persistente renuencia por parte de la dirigencia a acometer un profundo e integral replanteo de un sistema inoperante desde hace décadas;
b. Lo ocurrido fue un estallido orquestado y financiado desde EE.UU., «la culpa», como ha sido siempre, «es del imperialismo».
No es poco lo que adeuda EE.UU. en materia de hostilidad, subversión y agresiones. Es una dimensión que no puede ser ignorada, lo confirman sesenta y tres años de semejantes prácticas y es bien conocido. Pero —y este es un gran pero, como acostumbro a decir—, la responsabilidad de lo acaecido el 11 de julio recae, desde hace décadas, en la obstinada política de mantener el sistema tal cual funcionó en los primeros tiempos de la Revolución y sus alianzas internacionales de entonces, máxime cuando tal inmutabilidad se manifiesta en una época en que la dirigencia que reemplazó a Fidel Castro carece del talento, audacia, creatividad, legitimidad y atributos de este.
Si se aceptara que lo ocurrido el 11-J fue obra de la política de EE.UU. y sus replicantes de Miami, le estaríamos haciendo un enorme reconocimiento y favor a estos dos factores luego de sesenta y tres años de sostenidos fracasos. Sería un mérito más que inmerecido.
El pasado 1ro de Mayo pudo el gobierno cubano mostrar todavía un aparente apoyo de masas, cosa que lejos de darle sustento para acometer más profundas transformaciones del fracasado modelo, desató una ola de triunfalismo (algunos lo llaman triunfalismodefensivo) mediático que muy poco o nada tiene que ver con el agravamiento de la crisis económico-social y política que sigue erosionando la hegemonía del sistema.
Una vez más el gobierno echa mano a las respuestas represivas —así lo demuestran el recién aprobado Código Penal y las exageradas sanciones penales a un elevado número de detenidos el 11-J—, como contraparte inoperante para aplacar y superar dicha crisis.
Mientras, un sinnúmero de intelectuales cubanos provenientes de diferentes esferas —unos más viejos y otros más jóvenes pero siempre leales a la Revolución— han venido insistiendo en publicaciones, blogs y entrevistas en dos cuestiones capitales: a. Que la responsabilidad principal por el 11-J recae en la persistente y empecinada posición gubernamental de no emprender las transformaciones indispensables y b. Que de no acometer tales cambios, la experiencia del 11-J puede repetirse en algún momento relativamente cercano.
La experiencia del 11-J puede repetirse en algún momento relativamente cercano. (Foto: El Mundo)
Con mucha claridad, Félix Sautié ha advertido recientemente en su blog acerca de los peligros de un nuevo estallido social, pero centrando los problemas en los pésimos niveles de gestión de las autoridades gubernamentales y su burocracia.
De nuevo permítaseme parafrasear dos ideas claves de Fidel Castro: a. El socialismo no sirve ni para nosotros mismos (famoso testimonio a un periodista norteamericano) y b. La situación se caracteriza por una batalla de ideas. Pregunto, primero: si Fidel consideraba al socialismo como era entendido en esos tiempos de fines de los 80 del siglo pasado, como algo superado o desfasado, ¿qué se hizo para superarlo? Muy poco o nada. Y segundo: si Fidel planteó que la batalla de ideas era esencial en la nueva situación, creo que no se refería a echarle mano a un asfixiante Código Penal, acciones policiales y sanciones aparentemente legales y reservadas solo para crímenes mayores, que no es el caso con el estallido, ¿qué tiene que ver esto con la confrontación de ideas? Nada; simplemente todo lo contrario.
La canción Patria y Vida, que nació entre los integrantes del Movimiento San Isidro, pese a su relativo impacto mediático en las redes sociales y a que fuera premiada con un Grammy; en poco tiempo agotó su posible potencial movilizador. Hoy nos enfrentamos a experiencias muy diferentes. Por ejemplo, Amelia Calzadilla, una mujer joven, madre de tres hijos e hija de revolucionarios, que con enorme fuerza y energía, salida de la nada, ha logrado producir un impacto sin precedentes, nacional y en medios internacionales, mediante un uso inteligente de las redes sociales.
Ella grabó y difundió una enérgica, breve, concisa y demoledora presentación de la situación actual en que vive la mayor parte de los cubanos en la Isla. Parecerá a algunos algo poco trascedente, mientras que los medios oficiales en Cuba procuran restarle importancia, denigrándola. Ambos se equivocan.
Su repercusión ha sido enorme, incalculable. Nadie en la disidencia financiada por EE.UU. —como destaco siempre—, ha tenido el impacto, resonancia y apoyo que tan breve declaración ha conseguido en el escenario político de Cuba. La razón es una: interpretó correctamente las agonías diarias de la gran mayoría, de sus reclamos elementales; en tanto su índice acusador no se dirige a dirigentes subalternos, sino a las más altas instancias.
Supo desatar una oleada de simpatía y apoyo. ¿Podrá traducirse en algo más orgánico y movilizador? Probablemente no, pero ello no debe en lo absoluto restarle importancia. ¿Influirá más directamente sobre los diseños de reforma del gobierno? No puede pasarse por alto ni subestimarlo.
Suenan ya las alarmas como nunca tras el estallido del 11-J. Bien pudiera ser un simple chispazo, pero no olvidemos aquello de que «una chispa puede encender la pradera» (para no olvidar una famosa frase) y cabe agregar: mucho más cuando pronósticos muy serios apuntan a una posible repetición o algo similar a lo del 11-J. ¡No se puede jugar con fuego!
La política no implica todo el espectro ético de los seres humanos, pero con el devenir del tiempo y la especialización de las formas de organización social ha ido ganando una gravitación amplia y determinante en nuestra existencia. Nadie escapa a sus vicisitudes, designios, torpezas o dividendos.
Si bien numerosas personas, sobre todo en el propósito de no crearse aprietos que, en ocasiones pueden ser riesgosos, señalan que no les importa o «no se meten» en política, sin embargo no pueden escapar de ella e incluso la ejercen por defecto, pues ella deriva regulaciones y prácticas que influyen en gran medida sobre la actuación cotidiana de dichos seres. Si no vas a la política, ella de todos modos vendrá hacia ti.
Un ejemplo elemental: en este momento escribo estas líneas con buena disposición e ideas precisas, pero supongamos que inesperadamente me cortan la electricidad. Esto no solo implicaría que me cercenan lo que tenía en mente hacer, que por disgusto se desestructure mi pensamiento sobre el asunto y que pierda un importante tramo de mi tiempo, sino que mi estado de ánimo se irrite. Mi disposición psíquica se ha alterado negativamente producto de una acción dirigida por cierta norma política. Justificada o no.
Además, el propio hecho de resolver no «meterse» en política es una postura de tal índole por rechazo, sobreentendiéndose que al sujeto no le interesa cómo es administrada la sociedad en su entorno. Ya Aristóteles afirmaba que el ser humano era un zoon politikon, pues si bien vivía en colectividad como los animales (zoon), tenía la facultad y disposición para organizar provechosamente esa vida compartida (politikon). Podía construir un espacio común ordenado: la ciudad, donde los individuos: ciudadanos, llegaban a cohabitar sin antagonismos insuperables pues los regía la civilidad, o sea, la política.
De aquí que se haga necesaria no solo nuestra educación en esa esfera, sino nuestra más consciente determinación de participar crítica y activamente en su dimensión vital, que establece y orienta una significativa porción de nuestra existencia.
No obstante, con el tiempo, la política se ha ido profesionalizando cada vez más y ha hecho surgir una nueva categoría profesional: el político de carrera. En sus inicios, la política —forma derivada del latín politicus que lo adquirió de la palabra griega para «civil»— se refería al modo en que el conjunto de ciudadanos de un país interactuaba para decidir acuerdos y proyectos sobre cómo organizar su vida civil del modo más eficaz y beneficioso.
Aristóteles afirmaba que el ser humano era un zoon politikon.
Si bien en teoría su resultado debería en toda ocasión implicar una acción provechosa a todos; producto de las complejidades del ser humano, así como de las inevitables diferencias en los modos de percibir y proyectar la forma y el contenido de la existencia entre unos y otros, no siempre una decisión será universalmente bien acogida. Es por ello que para lograr una coexistencia política favorable sea imprescindible un elemento esencial: el consenso, esto es, hallar el compromiso que menos perjudique a los individuos para realizar exitosamente alguna aspiración.
De esta creciente separación y especialización de la actividad política, desde la construcción colectiva de los ciudadanos a la proyección y decretación de acciones por un cierto grupo «representativo», ha surgido una creciente enajenación de la acción política entre dirigentes y dirigidos. Esto es, ha pasado el control de la organización de nuestras vidas de manos de los propios ciudadanos al desempeño de un número reducido de funcionarios.
Estos últimos, por el propio hecho de centrarse en observar la sociedad en perspectiva general; en conocer mediante disímiles mediaciones las preocupaciones, dilemas y aspiraciones de sus súbditos; en pensar cómo diseñar acciones para organizar, estimular, sustentar, preservar y encaminar las existencias de estos; se convierten en una suerte de sector supra-común de individuos. De modo que, gradualmente, el ámbito donde actúan se distancia del mundo exacto y complejo en que viven los ciudadanos.
A esto hay que añadir que un dirigente se guía por cierta plataforma ideológica que responde a los intereses del grupo o partido al que representa. Se sabe que la ideología es una formulación más o menos constante de determinados juicios que se consideran necesarios y decisivos para la consecución de ciertos fines.
Como la misma se concibe como una suerte de fin ideal deseable para alcanzar la redención humana, no es difícil entender que la visión ideológica en el curso de una práctica prolongada llega a sustituir el conocimiento de la realidad concreta común. Esto se hace más factible si no hay una intervención directa, sistemática y crítica de los implicados, sobre todo desde diferentes posiciones de discernimiento, en su evaluación y actualización,
Si bien el concepto realidad virtual es de uso bastante reciente, impuesto por el desarrollo de la información digital, su existencia es tan vieja como el ser humano, pues desde siempre la mente humana ha creado un ámbito donde lo pensado y ansiado se da por hecho. Es algo muy evidente en la ideología, pues la misma es un constructo ideal a partir de principios, juicios, conceptos y generalizaciones que se conciben, no como aspiración, sino como posibilidad concreta.
De ahí que toda ideología cristalice en utopía, espacio inexistente pero expresado como realidad palpable. Es una de las razones por las cuales los políticos, incluso a su pesar, se distancian cada vez más de su base social, pues mientras los sujetos tienen que enfrentar cada día la ardua existencia y gestionar su mejor desempeño en ella, los dirigentes, convencidos de la infalibilidad y progresismo de sus preceptos ideológicos, que los han llevado al puesto que ocupan, se atrincheran con mayor determinación en ellos como única manera de solventar la existencia.
El escritor rumano Norman Manea hablara de «felicidad obligatoria» bajo el régimen de Ceaucescu, pues en una sociedad así, todos están obligados a ser felices según los supuestos de la ideología en el poder. (Foto: Hooland)
Es algo palpable en el modo en que manejan actos como el diálogo o las respuestas a sus subordinados. Tales acciones no se conciben específicamente como un intercambio donde cada parte expone sus asuntos y una y otra ceden en ciertos elementos, hasta construir una base de aceptación que permita avanzar a una solución más admisible y benéfica para todos.
Por lo general, para los funcionarios dialogar quiere decir acercarse a los que tienen otros pensamientos y exponerles cómo deben entender lo que no entienden y qué causas motivan que las cosas sean como son, a pesar de que los receptores de estas exposiciones no les vean lógica o beneficio, porque no puede ser de otro modo a menos que se traicionen los presupuestos que guían el honor del sistema elegido.
Por eso es frecuente la orientación, consistentemente expuesta por los diversos medios, de la necesidad de explicar al pueblo, educarlo, hacerlo entender, convencerlo… Es como si la colectividad humana que ellos dirigen estuviera conformada por sujetos mal informados, de escaso desarrollo mental y poca capacidad reflexiva para entender sus propios asuntos.
Los líderes, sobre todo los que creen encarnar los designios de sus pueblos, consideran que su pensamiento resume y expresa el de los demás, su forma de proyectar la vida implica la de los otros, y su concepción de la felicidad es la que beneficia a todos. De aquí que el escritor rumano Norman Manea hablara de «felicidad obligatoria» bajo el régimen de Ceaucescu, pues en una sociedad así, todos están obligados a ser felices según los supuestos de la ideología en el poder.
En tal estado de determinación vertical: de arriba hacia abajo, nunca el flujo de conocimiento se verifica en sentido contrario: del pueblo hacia los dirigentes. Lo que sube desde la base social es contestado y reformulado según la perspectiva oficial para que los emisores comprendan y acepten debidamente el por qué las cosas son como son y no como ellos las piensan.
Incluso en el caso de funcionarios de mejor voluntad se observa esa convicción que los hace creer que ellos sintonizan y expresan el interés popular. Llegan a considerar que por su visión más informada y panorámica, por su permanente intercambio con «representantes» de la población, por su constante empeño en trabajar en la dirección de los asuntos públicos; se hallan en mejor disposición para saber lo que desea el pueblo y, por ende, ese mismo pueblo debe aceptar consecuentemente lo que se les indica.
Se entiende que nadie como ese mediador del pensar y el sentir general puede exponer mejor los intereses y preocupaciones generales ni disponer mejor su realización. Esto llega hasta a la delimitación de ciertos conceptos para imprimirles el sesgo personal del líder. Así, libertad, desarrollo, felicidad, etc., vienen a ser lo que el líder entiende por cada uno de ellos, y entonces la sociedad se debe ajustar a los mismos.
Un elemento principal para extender esta perspectiva de concepción infalible y verdadera de lo que se expresa por el grupo de poder, es el apoyo en los medios. Estos, comúnmente asociados al grupo gobernante, no solo se encargan de difundir los juicios e ideas de los que dirigen, sino que realizan profusas campañas para fundamentar y justificar «teóricamente» lo que se concibe oficialmente. De modo que el individuo tendrá que vivir en una perpetua confrontación entre lo que padece y lo que le exponen.
Los medios trabajan desde la perspectiva de una visión orientada en conseguir una sublimación de la realidad. (Foto: History, Culture and Legacy of the People of Cuba)
No pocas veces tal dicotomía lo lleva a dudar de sus propias ideas y a asumir superficialmente lo que se le informa. Los medios trabajan desde la perspectiva de una visión orientada en conseguir una sublimación de la realidad, para razonarla y exponerla de modo que coincida con la fundamentación oficial.
Súmese a esto que los políticos viven en condiciones que distan de ser semejantes a las de sus súbditos. Cuentan con mejores condiciones de vida, con determinados beneficios resultantes de su posición, sin sufrir el necesario tráfago para resolver la subsistencia cotidiana, en un mundo de relaciones con individuos que propugnan similares conceptos e ideología, moviéndose de una reunión a otra donde se habla un lenguaje común y se toman decisiones sin mayores confrontaciones ni refriegas.
Incluso acercándose al medio que dirigen mediante visitas sorpresivas a lugares donde se han adoptado las medidas pertinentes para que el resultado sea el esperado, y poniéndose en contacto con una porción de la población debidamente orientada de sus deberes. Todo esto coadyuva a que no haya confrontación entre lo que estos políticos creen que es y lo que manifiestamente ven.
De aquí lo inadecuado, para el mejor desempeño y progreso de un país, de eternizar en su puesto a algún cuadro, pues con el paso del tiempo no solo se fosiliza en sus creencias y juicios, sino que se hace más distante la relación realidad objetiva-realidad ideológica. De este modo, por lo general, gradualmente los políticos pierden la percepción real del ámbito de los sujetos que dirigen, pues se encasillan en el mundo de sus ideas, perspectivas e intereses y tienden a ver lo que creen, como lo que es; y lo que resulta distinto es entendido como una anomalía de aquello que creen.
Es así como la política se enajena de la realidad y, a la vez, como los subordinados no perciben una debida correspondencia entre lo expuesto y lo que viven, la realidad se enajena de la política, constituyéndose un mundo ambiguo e ilusorio.
Con el fin de que la política no derive en enajenación y cumpla mejor su función de procedimiento eficaz para organizar la vida de los ciudadanos, es necesario que se dinamice y actualice lo más objetivamente posible mediante el constante diálogo ciudadano.
Para ello, es necesario que se den posibilidades de participación efectiva en la adopción de acuerdos y compromisos a la mayoría de los ciudadanos. Que se estimule el pensamiento crítico así como la crítica bien intencionada y fundamentada. Que se acepte el disenso cívico y la mayor diversidad de pensamiento y análisis sin prejuicios ni rechazos. Que se permita el desarrollo de una sociedad civil auténtica y espontánea, sin compromisos únicos con el sistema político en ejercicio.
Que se viabilice el desarrollo de medios de comunicación alternativos que permitan el más amplio horizonte de información y análisis para una colaboración más plena y consciente de los ciudadanos en los asuntos de la polis.
Indagar en los orígenes de los extremismos políticos y fenómenos de radicalización que tipifican la sociedad cubana conduce inexorablemente al mundo de la economía. El establecimiento de un sistema económico estatista, planificado y gestionado de manera centralizada y vertical, trajo consigo un torrente de experimentación voluntarista, basado en dogmas ideológicos, consignas radicales y promesas de futuro.
Elemento distintivo en este proceso han sido los cambios en el sistema empresarial a partir de fundamentos más ideo-políticos que económicos. Esas lluvias trajeron los actuales lodos, en tanto el sujeto principal de la economía cubana no es la empresa socialista —como reitera el discurso oficial—, sino una supra-entidad concreta: GAESA, que actúa totalitariamente como una verdadera Empresa-Estado.
El afán por superar la competencia y anarquía de la producción en el sistema de libre empresa, estuvo presente desde el inicio del proceso revolucionario. Sin saber cómo hacerlo, pero con poder para intentarlo una y otra vez según el método de prueba-error, el Gobierno/Partido/Estado ha impuesto formas variopintas a la empresa estatal hasta derivar en el todopoderoso holding oligopólico actual.
-I-
En agosto de 1960, la Ley de Nacionalización de las Empresas Extranjeras marcó la primera incautación masiva de la gran propiedad capitalista en Cuba. Incluyó los monopolios eléctrico y telefónico, dieciocho refinerías, treinta y seis centrales azucareros, sesenta y una empresas textiles, once cines, trece grandes comercios y otras empresas.
En septiembre de ese año se nacionalizó la banca norteamericana (Bank of Boston, City Bank y Chase Manhattan). En octubre, tras la prohibición de exportaciones a Cuba —excepto comida y medicamentos—, dictada por el gobierno de EE.UU., nacionalizadas las restantes 166 empresas estadounidenses. Asimismo, serían intervenidos forzosamente los bancos cubanos, el resto de las corporaciones extranjeras y 382 grandes firmas de capitalistas criollos (industriales, comerciales y de transporte).
Las empresas cambiaban de nombre y eran dirigidas por un interventor —por lo general un joven oficial del Ejército Rebelde, o cuadro del PSP—, asesorado por un consejo de obreros seleccionados y los pocos ingenieros y técnicos que quedaban. Los insumos estadounidenses se sustituían paulatinamente por soviéticos y se trataba de mantener el flujo productivo normal.
La visión de la economía socialista cubana funcionando como una gran empresa la planteó el Che al ser nombrado ministro de Industrias (1961). De esa forma, pretendía establecer un método socialista de gestión que superara el modelo de capitalismo periférico existente, a partir de aprovechar el amplio bagaje de experiencias y saberes acumulados por las filiales criollas de grandes monopolios estadounidenses.
En la parte técnica, nuestro sistema [el de financiamiento presupuestario (SFP)] trata de tomar lo más avanzado de los capitalistas y por lo tanto debe tender a la centralización. Esta centralización no significa un absoluto; para hacerla inteligentemente debe trabajarse de acuerdo con las posibilidades. Podría decirse, centralizar tanto como las posibilidades lo permitan […] No podemos tener una General Motors que tiene más empleados que todos los trabajadores del Ministerio de Industrias en su conjunto pero sí podemos tener una organización, y de hecho la tenemos, similar a la General Motors.
Ernesto Che Guevara en el desempeño de su cargo de ministro de Industrias. (Foto: Granma)
Para ello estableció dos tipos de empresas: las nacionales consolidadas —por diferentes ramas— y sus respectivas fábricas. En todas, la estructura de dirección, simple y ejecutiva, era la misma: un director y tres jefes de departamentos: Económico, Producción e Intercambio. A ellos se añadían, el Sindicato y el Consejo Técnico Asesor.
Su diferencia principal con el tradicional sistema soviético de cálculo económico (CE), imperante en los demás sectores, estaba en la concepción de la empresa. Según el Che: «Mientras para el sistema de financiamiento presupuestario una empresa es un conglomerado de fábricas o unidades que tienen una base tecnológica parecida, un destino común para su producción o, en algún caso, una localización geográfica limitada; para el sistema de cálculo económico, una empresa es una unidad de producción con personalidad jurídica propia».
Pronto, las empresas industriales consolidadas y grandes propiedades agrarias comenzaron a mostrar una tendencia decreciente de la producción y la productividad del trabajo, achacable tanto a problemas extraeconómicos (bloqueo, gastos de defensa, éxodo de especialistas, etc.) como a factores ligados a la falta de motivación interna y errores en la gestión.
El desbarajuste productivo, éxodo de clases medias —más de 200,000 profesionales, directivos, técnicos, empleados y obreros calificados entre 1960 y1962—; disparidad de formas de gestión y agotamiento de los stocks acumulados, hizo que en 1963 el PIB cayera al 0,2% y la zafra disminuyera hasta 3 882 500 TM, la más baja del país hasta el Período Especial —¡aunque ocho veces mayor que la de 2021!
Para superar las diferencias entre el SFP y el CE, Fidel implantó un nuevo sistema: el Registro Económico (1965-1975). En este se negaba el uso de relaciones monetario-mercantiles entre las empresas y la contabilidad comercial. En su lugar, se promovían las gratuidades, horarios de conciencia y trabajo voluntario.
Unido a ello, en 1968 se lanzó una radical Ofensiva Revolucionaria,mediante la cual se estatizaron forzosamente todas las pequeñas empresas privadas urbanas —unas 57 600—, lo que incluía a tiendas minoristas de alimentos y productos industriales, pequeñas fábricas (chinchales), restaurantes populares (fondas) y demás producciones y servicios personales o familiares, hasta los limpiabotas. Cuba pasó a ser el país de la comunidad socialista con el mayor volumen de propiedad estatizada: 100% en las ramas principales; excepto en la agricultura, donde ascendía al 70% del suelo cultivable.
El extremismo económico llegó a su clímax entre 1969 y 1970, etapa en que todos los recursos nacionales se volcaron a la realización de una zafra de diez millones de toneladas, versión antillana del Gran Salto Adelante de Mao. El funcionamiento del sistema empresarial prácticamente se detuvo ante el drenaje de mano de obra, insumos y producciones para las necesidades de la zafra, como si de una guerra se tratase.
«Viva la victoria del método revolucionario del presidente Mao».
Los efectos desastrosos de esos errores de idealismo obligaron al Gobierno Revolucionario a adoptar el modelo soviético y aceptar la llamada «división socialista internacional del trabajo». Según los intereses del CAME, se asignó a Cuba el rol de suministradora a gran escala de tres productos primarios (azúcar, cítricos y níquel) para la comunidad socialista, a cambio de un tropel de mercancías y servicios provenientes de aquellos países a precios subvencionados.
Tras años de esfuerzos y privaciones de todo un pueblo por obtener la independencia económica, se volvía al viejo paradigma plantacionista de los tres monos —productor, exportador e importador—, con niveles de dependencia exterior mucho mayores que los alcanzados en la Colonia y la República. No obstante, las relaciones preferenciales con la URSS y el CAME permitieron a la Isla obtener pingües ingresos y mantener artificiales niveles de consumo durante casi dos decenios.
La industrialización derivó hacia grandes empresas nacionales y provinciales, como los complejos agro-industriales azucareros (CAI), que revivieron los bateyes y las comunicaciones; industrias transformadoras; grandes fábricas con materia prima importada y una vasta de red de talleres de mantenimiento industrial, transporte y fabricación de partes y piezas.
En la misma medida en que se extendía el nuevo Sistema de Dirección y Planificación de la Economía basado en el CE, el consumo familiar se fue ligando indisolublemente a los ingresos personales y empresariales, lo cual reproducía una de las contradicciones del sistema económico soviético: Estado vs empresas. Frenar la autonomía empresarial y devolver la hegemonía absoluta al poder central sería uno de los objetivos de la llamada Rectificación de Errores y Tendencias Negativas (1985-1989).
Tres acontecimientos trascendentes para el mundo empresarial ocurrieron en 1987: creación del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB); inicio del Sistema de Perfeccionamiento Empresarial del MINFAR; y creación del Contingente Blas Roca, abanderado de una supuesta fórmula donde los factores de movilización política se vincularían con una apropiada racionalidad económica.
El CIGB, como empresa socialista de alta tecnología, impulsó la creación de otros centros de investigación/producción (Biocubafarma) y los éxitos mundiales de Cuba en campos de la biotecnología médica y farmacéutica. Como forma de organización empresarial socialista constituye el mayor éxito histórico de la empresa socialista.
Con la llegada del Período Especial (1990) hizo su entrada un nuevo sujeto económico: el capitalismo de Estado. Aunque nunca es mencionado por ese nombre en el discurso oficial, sino por el de sus formas empresariales (mixtas, asociaciones, concesiones, sociedades mercantiles), ese cóctel entre propiedad estatal y capital trasnacional no puede catalogarse de otra forma.
Con el tiempo, los socios han estrechado su relación hasta conformar un extraño dúo, que ya no parece ser de compañeros de viaje sino de hermanos siameses en completa hibridación. Así, desde arriba, la sociedad socialista se va convirtiendo en su contrario: un capitalismo de Estado que explota a las clases trabajadoras desde su triple condición de propietario, patrono y comerciante.
El botón de muestra de este sector es la publicitada Zona Especial de Desarrollo del Mariel (ZEDM). Inaugurada en 2013 como supuesta punta de lanza y eslabón más dinámico de la economía cubana, su funcionamiento ha sido demasiado lento. Hasta 2019 solo había recibido 2,300 millones de dólares en inversiones de una treintena de países y contaba con cincuenta negocios aprobados (veintinueve extranjeros, doce empresas mixtas, dos asociaciones internacionales y siete de capital cubano), aunque solo veintiséis estaban operando.
En 2011 se aprobó la liberalización y ampliación del trabajo privado personal y familiar (TCP). Desde entonces, comenzó a entrar al país a través de las remesas una cantidad inmedible de inversiones con el objetivo de ser fuente primaria de financiamiento a negocios privados.
Como contrapartida, en el sector estatal se adoptaron medidas centralizadoras bajo el paraguas de una nueva etapa de transformaciones. La más importante fue la creación de las Organizaciones Superiores de Dirección Empresarial (OSDE), mediadoras entre los ministerios y la empresa con el pretexto de separar las funciones estatales de las empresariales y adecuarnos, supuestamente, a lo que se hacía en el mundo.
La nueva estructura empresarial tendría niveles de control: Junta de Gobierno/ OSDE/ Empresa/ Unidad Empresarial de Base (UEB). Esta última es la única creadora de valor y carga con los enormes costos de todo el andamiaje administrativo mencionado, que den ser pagados por el consumidor final. Su principal efecto fue la multiplicación de la burocracia, al convertirse las OSDE en mini-ministerios y frenar la autonomía empresarial al reducir a las fábricas, centrales y hoteles a la categoría de simples UEB.
Sin embargo, el nivel de extremismo económico es tan elevado que en un mercado desabastecido, creciente solo en divisas foráneas y con precios fuera del alcance del ciudadano común, uno de los problemas mayores de las empresas estatales son los enormes superávits de muchas de ellas. En los dos primeros meses de 2022, 479 empresas estatales reportaron utilidades por encima del 150%.
-II-
Al tiempo que se ignoraban las propuestas de medidas para estimular los sectores privado y cooperativo e impulsar la empresa estatal —restitución del peso como medio de circulación único; eliminación de las OSDE; derechos de exportación e importación libres de la explotación de entidades monopólicas; paso del comercio interior y exterior a manos de empresas estatales autogestoras, cooperativas y cuentapropistas, etc.)—, un Leviatán empresarial crecía en la sombra y engullía todo lo que produjera amplias ganancias en divisas.
Desde que se implantó el bloqueo estadounidense, el Gobierno Revolucionario intentó burlarlo mediante operaciones económicas encubiertas. Tales prácticas crearon amplios márgenes para la corrupción y el desvío de recursos entre sus ejecutantes, cubanos y extranjeros. Las más conocidas fueron las Causas 1 y 2 de 1989, que terminaron con el fusilamiento de héroes militares, prisión del ministro del Interior y cuasi absorción de esa poderosa institución por el MINFAR.
Arnaldo Ocho durante el juicio de la Causa 1. (Foto: OnCuba)
Al ocurrir la apertura a la circulación del USD y crecer los intercambios con la emigración, el control de las remesas fue entregado a la corporación CIMEX SA, creada en 1978 en Panamá por la inteligencia cubana. Para hacerlo, se instituyó Financiera CIMEX SA (FINCIMEX, 1984). Otra empresa, Havanatur SA, se encargaría de los viajes de los exiliados a Cuba. El mercado interno dolarizado también estaría controlado por CIMEX.
En 1995, se organiza el holding GAESA (Grupo de Administración Empresarial, SA), al que se otorgó el control de docenas de grandes empresas en varios de los sectores más rentables en divisas: Cubanacán (turismo), Gaviota, SA (hotelería), Servicio Automotriz, SA (alquiler de coches para turistas), Tecnotex (importación-exportación de tecnologías y servicios), Agrotex (agricultura), Sermar (astilleros), Geocuba (cartografía), etc.
Los negocios de GAESA irían ampliándose desde el período centralizador iniciado en 1999 (reducción de asociaciones mixtas, eliminados los negocios inmobiliarios extranjeros, disminuidas las empresas cubanas autorizadas a realizar operaciones directas de comercio exterior, reavivada la animosidad hacia el trabajo privado, etc.). En 2006 absorbió a CIMEX (inmobiliarias, bancos, restauración, gasolineras, supermercados y almacenes).
Durante 2009, el Gobierno decidió extinguir el grupo CUBALSE y asimilarlo a CIMEX. De ahí se beneficiarían distintas empresas de GAESA al transferírsele, entre otros activos, la red de estaciones de gas Oro Negro, arrendadoras de autos, y una naviera con destinos regulares a Centroamérica y el Caribe.
GAESA desplazó en 2011, mediante un pago millonario, a la multinacional italiana TELECOM ITALIA del floreciente negocio de la telefonía celular cubana. Un año después, el Gobierno otorgó a ETECSA los derechos del servicio de la telefonía celular para las comunicaciones móviles terrestres hasta 2036 y la autorizó, hasta 2023, a abonar el cinco por ciento de sus utilidades netas al Estado cubano en pesos cubanos, no en dólares.
Igualmente GAESA pasó a dirigir, en 2013, la recién creada ZEDM, la más importante inversión extranjera efectuada en la Isla en el período revolucionario. Construida por el grupo brasileño Odebrecht, es uno de los puertos más modernos de la región y enclave decisivo en las relaciones comerciales, actuales y potencialmente futuras, con los EE.UU.
(Foto: La República)
En 2017, la referida mega-corporación asumió al grupo Habaguanex, de la Oficina del Historiador de la Ciudad, con su vasta red comercial del Centro Histórico de La Habana, área privilegiada para el turismo y los cruceros. Al año siguiente, ETECSA habilitó los servicios de navegación por zonas wifi, Nauta Hogar y datos móviles desde los celulares. Aunque el precio continúa siendo uno de los más caros del mundo, el país se ha convertido en uno de los que más rápidamente ha crecido en la navegación por Internet en los últimos años.
La ampliación de la cantidad de internautas ha hecho crecer asimismo el acceso a información no controlada por el Gobierno/Partido/Estado y contribuido a crear espacios de debate sobre los asuntos cubanos en el ciberespacio. En ellos, la esfera económica ocupa un lugar primordial.
Uno de los temas recurrentes en el último trienio es el creciente fondo de inversiones dedicado por GAESA a la construcción de hoteles, aun en medio de la pandemia, lo que contrasta con la crisis en los demás sectores de la economía nacional.
¿Será que los intereses particulares de maximización de la ganancia de esta supraentidad se hallan por encima de las necesidades de la nación? La falta de información pública sobre sus finanzas y operaciones y la imposibilidad de controlarla por entidades civiles, incluyendo la Contraloría General de la República, hacen difícil responderlo con evidencias.
Por demás: ¿es GAESA una entidad del MINFAR o una empresa de capital privado? No está claro. Sea civil o militar, estatal o privada; el extremismo de constituir y privilegiar una supraentidad empresarial que controle las esferas más rentables de la economía cubana, va más allá de cualquier experimento socialista anterior. Según se observa, constituye un oligopolio in extremis que se multiplica, parasitando el corpus nacional a partir de privilegios monopólicos, que afectan tanto al resto del sistema empresarial como a la inmensa mayoría de cubanos y cubanas, residentes dentro y fuera de la Isla.