Los memes, herederos del sempiterno choteo criollo, hacen más respirable la atmósfera en esa estrategia de supervivencia que consiste en reírnos de todo cuando todo nos duele. Uno que anda por ahí, casi axiomático, reza que «el capitalismo avanza vencido, mientras el socialismo retrocede victoriosamente». «De victoria en victoria», como dicen nuestros mandantes que vamos, cada capítulo del socialismo insular trae nuevos motivos de burla y desconsuelo, como el de la reciente dádiva generosa de la Capital hacia sus vecinas de infortunio, las provincias del interior.
La nota, bodrio de los habituales, apareció en el órgano oficial del PCC capitalino, Tribuna de La Habana, y anunciaba tiernamente en su titular: «Gesto de solidaridad de La Habana para Cuba». En el arranque del texto se avisaba: «En un gesto de solidaridad con el país, La Habana programará cortes eléctricos de cuatro horas, en el horario diurno (de 10 de la mañana a dos de la tarde), en circuitos de la ciudad, con una frecuencia de cada tres días, se anunció en Plenaria de Economía de La Habana».
El cuarto párrafo, citando a la máxima autoridad del Partido en el territorio, ampliaba la información: «Este es el momento de contribuir para que el resto de Cuba tenga menos sufrimiento por los indeseables apagones…no es que a La Habana le van a tocar apagones porque el país no puede, no, es que La Habana se está planteando que se den esos apagones para ayudar al resto del país, siendo justos, solidarios con nuestros hermanos, hermanas, familias, nuestro pueblo, indicó».
Alarma, molestia y revuelo fueron un relámpago en las redes. Y antes de que terminara la jornada del viernes 29, ya Tribuna había «maquillado» el ladrillo. El titular se sustituyó por uno aséptico, intemporal y, de paso, antiperiodístico: «Actuar con mayor responsabilidad para contribuir a los esfuerzos del país»; digno ejemplar de las sentencias-bostezo que han servido como encabezados en la prensa cubana durante décadas. No dice nada. No se mete con nadie. No informa. No incomoda. No es periodismo, pero los jefes quedan contentos.
La primera frase del cuerpo de texto, aquella del «gesto solidario», desapareció. Y el cuarto párrafo, íntegramente, fue levantado en peso.
Resulta una obviedad decir que el enfoque según el cual La Habana, como si fuese una aristocrática región independiente de Dinamarca, se solidariza con las paupérrimas zonas a oscuras de la Isla en ruinas, cae en el franco terreno de la humillación. Era de elemental tacto político y sentido periodístico no presentarlo así.
Sin embargo, si le metemos el bisturí a la realidad nacional en los últimos meses, para no ir muy lejos, el bloque PCC/Estado/Gobierno, sin ni siquiera dar la más mínima justificación a su pueblo, ha seguido la regla no escrita: «apaguemos todo el país, pero La Habana ni tocarla». ¿Culpa de los habaneros? En lo absoluto. ¿Reflejo de la discriminación históricamente ejercida hacia las provincias del campo? Totalmente. ¿Solución de algún modo a la crisis profunda del sistema electroenergético nacional —y de todos los órdenes y esferas de la vida— que enfrenta Cuba? Ni por asomo.
Pero además, muchas otras cuestiones quedan «flotando en el aire», como diría el célebre Bob Dylan, en este lamentable episodio.
En una administración que se ha especializado durante décadas en repartir la pobreza más que en generar emprendimientos y prosperidad, ¿qué y quién gana con fomentar envidias, fracturas, odios intestinos, regionalismos? ¿A dónde han ido a parar los dineros del pueblo que pudieron invertirse en fortalecer el sistema electroenergético e incorporar vías alternativas de generación de electricidad?
¿Cómo se dilapidó el bono de tiempo que supuestamente dieron los grupos electrógenos instalados hace varios lustros, para que se reconstruyeran las potentes termoeléctricas y hasta se crearan otros bloques generadores capaces de alimentar la red nacional sin sobresaltos por roturas, fenómenos meteorológicos o cualquier otro imprevisto? ¿En verdad deciden las autoridades capitalinas mantener o retirar el servicio eléctrico al territorio habanero en lo que el resto del país sufre apagones hasta de 12 horas diarias, en un tristísimo remake de los sombríos años 90, lo más crudo del Periodo Especial?
En un déficit tan, pero tan grande, y tan multicausal según nos han asegurado —roturas, accidentes, falta de combustible, mantenimientos retrasados, obsolescencia de maquinarias— ¿cómo se logró que el 26 de Julio último no hubiese apagones en la nación, para que ningún cacerolazo indignado empañara el júbilo de la efeméride patriótica? Por otra parte, ¿cuánto habrá de sentimiento solidario en la decisión de marras y no de debacle generalizada, en la que ya no es posible, ni siquiera fundiendo todos los bombillos de la provincias campestres, mantener encendida la lámpara led de La Habana?
Triste farsa en la que el miedo reinante nos torna, a casi todos, actores trágicos.
El dirigente que casi implora y explica a su cuadros subalternos que tendrán unos apagoncitos pequeños, ordenados, insignificantes, cada cuatro días y solo de cuatro horas, para ayudar a nuestros hermanos; el cuadro intermedio que sabe perfectamente que ese dirigente no decide nada y todo viene prediseñado desde el «Palacio de la Revolución» (como ya alguien dijo, ¡vaya oxímoron!); el periodista que, sin cuestionarse ni una coma, reproduce la muela barata; el televidente que culpa al periodista o, un poquito más allá, al cuadro intermedio, pero no dirige sus diatribas a los que en verdad «cortan el bacalao»; el observador distante que ni siquiera asume ningún rol, pero es captado por el lente como parte de la infausta escenografía.
Ah, pero también en las tragedias clásicas, muchas veces, los personajes encontraban su destino huyendo de él. Los omnipotentes que, con el interruptor selectivo de la Unión Eléctrica en una mano y el de ETECSA (Internet) en la otra, piensan que se evitarán imágenes como las de la oleada de pueblo que se agolpó frente al Capitolio y bajó por Prado el 11 de julio de 2021. Recuerden que la sangre, cuando hay venas obstruidas, por alguna arteria se derrama.
El bloqueo de Estados Unidos (EE.UU.) a Cuba emerge como leitmotiv en los 109 mil 884 kilómetros cuadrados de este archipiélago. El tema no escapa a ningún discurso político doméstico: aparece en vallas de las carreteras, en los spots de televisión, en libros escolares, en los titulares de la prensa estatal e independiente… Los cubanos parecemos almorzar y comer bloqueo, vivir y morir bajo su mantra.
Carlos Alzugaray conoce bien los hilos con los que se conduce esta política de uno y otro lado. Como ex diplomático cubano, desde 1961 ha representado al país en Argentina, Bélgica, Etiopía, Bulgaria y Japón. Asimismo, se desempeñó como asesor del canciller entre 1992 y 1994 y embajador de Cuba ante la Unión Europea. Máster en Diplomacia y Doctor en Ciencias Históricas, ha sido investigador invitado en el Programa Cuba de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore; en el Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard, ambos en EE.UU., y en el Instituto Universitario Europeo de Florencia, Italia.
Avalado como especialista en las relaciones Cuba – EE.UU., es también autor de dos libros sobre esta temática. Aunque se retiró del cuerpo diplomático en 1996, permanece activo en el ámbito académico y editorial. Actualmente imparte conferencias, escribe artículos sobre política internacional y se encuentra en proceso de edición de su obra Diplomacia imperial y Revolución, Premio Ensayo Casa de las Américas en 2013. A sus 79 años apuesta por que una normalización con EE.UU. puede ser posible, así como la construcción de una Cuba más plural y democrática.
En un artículo publicado en OnCuba, usted plantea que la Isla supuso un tema priorizado en la agenda de política exterior de la Casa Blanca entre 1960 y 1980. ¿Puede decirse que después de la Guerra Fría lo concerniente a Cuba quedó relegado a un asunto de lobby y estrategias electorales?
En la política exterior de EE.UU. influyen muchos factores, pero siempre resultan determinantes las élites del poder. El interés por Cuba en el siglo XIX fue geopolítico, los padres fundadores dijeron: «esto es nuestro». En 1902, EE.UU. logró lo que quería mediante el modelo «plattista» de la República, pero eso acabó con el triunfo de la Revolución. Por ello, no es de extrañar que en el propio 1959 se determinó no negociar con el Gobierno Revolucionario y poner en vigor una serie de medidas para lograr su derrocamiento.
En sus inicios la posición de Cuba se movió a tres niveles. Primero se buscó un acuerdo para que la Casa Blanca aceptara los cambios, lo cual fracasó porque EE.UU. no estaba interesado en negociar. Ahí surgió la idea del «cambio de régimen», que ha prevalecido a lo largo de los años y es la que existe ahora.
Cuba no tuvo otra opción que apelar a la resistencia y, más tarde, al desafío. Sin embargo —aunque no se reconoce explícitamente— este reto frontal al imperialismo, más conocido como la Revolución Tricontinental, fracasó con el asesinato del Che en Bolivia, para re-emerger de otra forma en la década de los setenta cuando Cuba envió tropas a África y apoyó los procesos revolucionarios en América Central.
Después de esa frustración de 1967-1968, Cuba se alió con la Unión Soviética (URSS), pacto muy conveniente para el país, que además coincidió con la ruptura del aislamiento diplomático en América Latina y el Caribe. La membresía y liderazgo de Cuba dentro del Movimiento de Países No Alineados ayudaron a frustrar las políticas de Washington en el plano diplomático.
Cuba acogió por primera vez la sede una Conferencia Cumbre del MNOAL en 1979. (Foto: Arnaldo Santos/Granma)
Con el fin de la Guerra Fría se resolvieron tres problemas que EE.UU. reclamaba como obstáculos fundamentales para normalizar las relaciones: la alianza con la URSS, la presencia de tropas cubanas en África y el apoyo a movimientos revolucionarios centroamericanos después del triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua. Sin embargo, no se pudo avanzar.
En 1989 Washington vetó toda negociación con La Habana. Sobrevinieron las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996), que codificaron el bloqueo e hicieron imposible su levantamiento por decisión ejecutiva. La política de «cambio de régimen» por medio de «medidas coercitivas unilaterales» quedó consolidada como centro de las acciones de Estados Unidos contra Cuba.
Hoy el panorama con el vecino no ha cambiado porque a nivel simbólico continuamos representando un desafío: el gobierno que no consiguen derrocar. Sin embargo, estoy seguro que los departamentos de Estado y de Defensa concuerdan en que conviene más a los intereses norteamericanos fomentar la cooperación entre gobiernos a través de un proceso de normalización, como acordaron Raúl Castro y Barack Obama en 2014.
Los cambios introducidos por Obama fueron históricos, pero el gobierno cubano los calificó de insuficientes. ¿Cree que se desaprovechó la oportunidad de un mayor acercamiento en ese entonces?
Es cierto que fueron insuficientes, pues las leyes apuntadas impedían ir muy lejos, pero también Cuba desaprovechó las ventajas que significaba la política de Obama porque no hubo consenso al respecto. Un sector dentro del gobierno lo percibió como una amenaza. El dogmatismo ideológico anuló muchas iniciativas que hubieran consolidado la apertura, mientras la burocracia frenaba los cambios aprobados. La excepción fue el MINREX, que viabilizó los avances en materia diplomática y avanzó en los contactos acordados con el Departamento de Estado.
El poco avance en materia económica tuvo su causa también en la ralentización de la reforma aprobada en el VI Congreso del Partido, en 2011. De haberse concretado los cambios que ahí se proponían, la normalización hubiera transitado por caminos más promisorios en lo económico.
Se temía que la atención de EE.UU. al emergente sector privado abriera un espacio de vulnerabilidad. Ya hoy ello se hubiera visto de otra forma, porque cada vez se acepta más al sector privado como lo que son: patriotas que se han quedado a echar para adelante este país. A la mayoría no le interesa el poder político, sino espacios de participación para prosperar en lo personal. Representan un sector al que el gobierno debería escuchar, como al fin parece estar haciendo.
Y no creo que la posición de Obama implicara eso que se ha designado con justeza como «cambio de régimen» que, por ejemplo, ha sido la política de Trump y ahora la de Biden. En su discurso en La Habana, Obama afirmó: «Nosotros no tenemos la capacidad ni la intención de cambiar el régimen en Cuba». Y ello es coherente con su política general de negociar con los adversarios. Esa fue su mayor virtud, aunque aquí haya quien le atribuya los más siniestros motivos.
Las promesas electorales de Joe Biden y su anterior desempeño como vicepresidente de la administración Obama apuntaban a un posible retorno de la normalización de las relaciones. ¿Por qué no ocurrió?
La no aplicación de esa política tiene un nombre y un apellido: el senador demócrata de origen cubano Bob Menéndez, aunque también ha influido el equipo de «guerreros fríos» que está alrededor del presidente. No es una camarilla de modernizadores como fueron los colaboradores más cercanos de Obama.
¿Pueden haber mediado los sucesos del 11 de julio en que este cambio de política no se concretara?
Nadie esperaba las manifestaciones del 11 de julio. Fue un estallido popular dado que el país había tocado fondo. Un año después no tenemos un informe de la Fiscalía General que diga cuántas personas salieron a las calles ese día y cuántas lo hicieron pacíficamente, porque en efecto, el gobierno acepta que hubo manifestantes pacíficos. Ello nos obliga a suspender el juicio sobre si fue «un golpe vandálico estimulado desde el exterior» —como afirma el gobierno ahora— o una manifestación pacífica de descontento popular. Probablemente, la verdad contenga elementos de ambas explicaciones.
A algunos manifestantes pacíficos no se les han seguido procesos judiciales, pero la imagen que queda es la de persecución y posterior acoso —que muchos consideramos arbitrario e ilegal— por parte de órganos designados para proteger la seguridad y mantener el orden. A eso contribuyó el artificio de «Patria y Vida» de Yotuel, invitado a la Cumbre de las Américas. Indudablemente, la imagen que se ha proyectado al exterior ha sido negativa y sirvió de excusa para que Biden mantenga muchas de las medidas dictadas por Trump.
Hay dos conceptos que deberían promoverse en nuestra sociedad: cultura cívica y esfera pública. La protesta pacífica pública debe formar parte de lo lícito y no ser reprimida injustamente. Debemos buscar la igualdad política de todos los ciudadanos y desterrar prácticas como la prisión domiciliaria por cuestiones políticas o los mítines de repudio. Creo en una esfera pública plural en la que los medios de comunicación expongan de manera crítica las problemáticas del país.
¿Cuánto han afectado las sanciones durante la pandemia?
Mucho. Han sido totalmente crueles y punitivas. Han hecho estragos en la actividad financiera y económica del gobierno cubano, con efectos muy negativos para la ciudadanía. Además, golpearon brutalmente al sector emprendedor al limitar la actividad turística.
La política es perversa porque —no nos engañemos— el recrudecimiento de las medidas coercitivas buscaba un estallido como el del 11 de julio, pero a fin de cuentas solo ha servido para que el gobierno cubano se libre de culpas. El gran costo del bloqueo se ubica en el plano político porque estimula la mentalidad de estado de sitio como factor justificante de la represión.
¿Qué implicaciones tiene la exclusión de Cuba una vez más de la última Cumbre de las Américas?
La inclusión de Cuba en las Cumbres de las Américas fue un reclamo desde sus inicios, pero especialmente desde el 2005, en la de Mar del Plata, Argentina. No fue hasta 2015 en Panamá, donde Washington, obligado por el resto de la región, tuvo que aceptar la inclusión de Cuba, que volvió a ser excluida con la llegada de Biden al poder.
La de Los Ángeles este año tenía como temas centrales salud y migraciones. En ambas esferas, todos los países le reconocen a Cuba un papel fundamental. Sin embargo, la administración Biden, que basa su política exterior en una visión global muy similar a la que tenía EE.UU. durante la Guerra Fría, se propuso no invitar a países con modelos políticos diferentes a los cánones de la «democracia liberal».
Aun cuando la crisis migratoria que enfrentamos está causada por la situación económica del país, no se puede obviar que las facilidades brindadas por EE.UU. para los cubanos estimulan este fenómeno. Debido a que Washington cerró los servicios consulares en La Habana, con la excusa de los oscuros «incidentes acústicos», se puso un alto al mecanismo de emigración legal aprobado por ambos gobiernos desde 1994-1995.
Aunque Cuba siempre ha preferido negociar la solución a los conflictos migratorios con EE.UU. por la vía bilateral, la situación actual lo convertía en un tema regional, que muchos países querían negociar en el marco de la Cumbre.
¿Pudiera interpretarse la exclusión de Cuba y las más recientes medidas de Biden como una especie de contradicción o es parte de la misma política?
La posición de Biden es una vuelta al pasado y, paradójicamente, significa seguir una directriz que se parece más a la de administraciones republicanas. Por añadidura, implica aceptar la cancelación de la política de Obama, de la cual Donald Trump se ufanó cuando firmó su Directiva sobre Cuba en junio del 2017 en Miami.
Mi pronóstico es que en el largo plazo la realidad obligará a Biden o a cualquier presidente demócrata a buscar una postura más cercana a la de Obama, a pesar de la política interna. Por una sencilla razón: no logrará nada de lo que se propone. En el orden interno, Biden tampoco va a perder mucho. Los demócratas ya tienen perdida la Florida y, es un hecho que va más allá del tema Cuba.
Lo que más complejiza el panorama es que la Isla no es una prioridad para EE.UU., salvo por el tema migratorio. Claro, si los republicanos vuelven a controlar la Casa Blanca en el 2024, podemos esperar que busquen aplicar nuevas medidas coercitivas, pero ya quedarían pocas opciones.
Mi pronóstico es que en el largo plazo la realidad obligará a Biden o a cualquier presidente demócrata a buscar una postura más cercana a la de Obama, a pesar de la política interna. (Foto: Mabel Torres/LJC)
¿Hubiera sido la Cumbre una especie de precedente para sentarnos a hablar de otros asuntos?
A partir de los acuerdos migratorios del 95, se mantuvieron conversaciones sobre el tema cada seis meses. El diálogo en torno a otras cuestiones como la seguridad aérea y la colaboración meteorológica nunca desapareció. En varias ocasiones el gobierno cubano intentó expandir estas conversaciones hacia otras temáticas como el medio ambiente o la lucha contra el terrorismo, pero siempre enfrentó reticencias, hasta que llegó Obama. El interés nacional de EE.UU. no debe ser otro que tener relaciones normales con la Isla. Por el lado cubano, el gobierno pudiera intentar acercar posturas con los emigrados y otorgarles mayores derechos y garantías.
Mucho se habla de los beneficios que recibiría Cuba de no existir un clima hostil con EE.UU., pero, ¿qué ventajas pudieran esperar el gobierno y el pueblo estadounidenses de una normalización con Cuba?
A nivel comercial, nuestra cercanía geográfica supone una gama de beneficios mutuos. Hay tres rubros de exportación cubanos que tendrían mercado en EE.UU.: el níquel, el tabaco y el ron. Los que probablemente más réditos obtengan sean los relacionados con el turismo: compañías aéreas, tour operadores y empresas hoteleras, además de que el ciudadano americano podría visitar Cuba con normalidad. Asimismo, el lobby agrícola o las empresas que manejan remesas se beneficiarían de una relación normal.
La colaboración en la industria disquera, cinematográfica o el deporte tendría un efecto muy positivo en la proyección internacional de nuestros artistas y atletas, quienes podrían firmar contratos sin mediaciones políticas. Esa experiencia puede extenderse al resto de empresas estadounidenses que tengan interés en los recursos humanos con que contamos, por ejemplo, los jóvenes que trabajan en el área de la programación y las ciencias informáticas.
El bloqueo significa el acceso vedado a un mercado muy poderoso, lo que limita las posibilidades de muchos sectores que ni siquiera hemos comenzado a explorar. Hay determinados círculos en EE.UU. que saben esto y quieren un cambio que les permita obtener ganancias.
¿Cómo vislumbra el escenario de las relaciones Cuba-EE.UU. en el futuro?
Las relaciones pueden mejorar de dos formas. La primera —y mi preferida— sería que la situación económica de Cuba alcanzara cierta prosperidad a nivel individual y colectivo a pesar de las sanciones. En ese panorama no deberíamos nada a nadie y nuestra posición a la hora de negociar estaría por encima de cualquier chantaje. Lo que describo me parecía muy posible hace unos años, pero ahora lo veo bastante utópico.
La otra posibilidad sería que en la élite de EE.UU. predominara una corriente racional que no percibiera la relación con el vecino desde el conflicto o la dominación. El escenario ideal incluye ambos factores, desde uno y otro gobierno.
Necesitamos sentar bases de confianza mutua y desterrar los estereotipos en torno a los cuales ha sido construida la relación cubano-americana: como la idea miamense de la venganza contra Cuba. EE.UU., como gran potencia, seguirá estando ahí. El camino para los cubanos será hallar una forma civilizada de convivencia sin hacer concesiones inaceptables para nuestra dignidad y autodeterminación como pueblo.
A corto plazo soy pesimista por primera vez en mucho tiempo, aunque sigo apostando por que una relación de cooperación es posible. Creo en los seres humanos y en la voluntad de lograr consenso. Por eso, a largo plazo soy optimista, aun cuando temo que no lo veré. Lo podemos lograr si Cuba toma el camino de la prosperidad, incluso con el bloqueo en vigor.
?Si la sostenibilidad sigue insostenible y la prosperidad no prospera…
?Lástima que no hayas podido ir a la última visita gubernamental. Había que ver la variedad de proteínas que emanaba del estiércol de la granja a donde nos llevaron: vacas, chivos, carneros, conejos, faisanes, curieles cruzados con jutías… En la casa de visitas, la comida inmejorable, y para evitar la picada de los mosquitos una consola de tres toneladas.
?¡Pero es que la mayoría de las 75 medidas son más de lo mismo! Cuando la gente lea que hay que «Estimular la concurrencia directa de las formas productivas al mercado, eliminando un poco la figura del intermediario», «Implementar un programa para la disminución gradual del déficit presupuestario y alcanzar el equilibrio financiero interno del país», «Implementar medidas para incrementar la captación de ingresos en los municipios»… va a preguntarse qué coño se estuvo haciendo hasta ahora.
?Esa medida de «implementar medidas» suena redundante, sí. Hace falta que quienes las implementen no dicten una que exponga: «Hacer mediciones para medir en qué grado las medidas…».
?¿Y qué me dices de «Exigir a los equipos de dirección de las entidades sobre la necesidad de una adecuada formación de precios»? ¿Qué, vamos a proponerle a Torres Iribar que vuelva con la trova de que el amor esto y el cariño lo otro? ¿Fomentaremos la rebaja de precios convirtiendo a las empresas en posadas donde los directivos se amen y procreen utilidades ideológicamente protegidas?
?Ni me lo recuerdes: desde que el presidente convocó al amor para combatir la inflación hay un viceministro que no me quita los ojos de encima. Debe estar esperando a que en septiembre se apruebe el Código de las Familias para irme con todo.
?Yo tú lo pensaba… lo de eliminar las medidas redundantes digo. Fíjate que si lees los Lineamientos del 2011 vas a encontrarte con algunos cuya redacción es casi idéntica a la de estas últimas 75.
?Te equivocas, cuadro. El pueblo tiene que sentir que la actualización se actualiza y la renovación se renueva. No podemos aferrarnos a proyecciones que hoy se convierten, por cansonas, en trigo para el olvido. Los Lineamientos y el Ordenamiento, sustantivos sin sustancia que para colmo terminan en «miento», debemos ir olvidándolos. Ya lo expresó Díaz-Canel en Cienfuegos: «Nos interesa impedir que el pasado vuelva. El futuro no puede ser el pasado».
—A mí lo que más me impresionó de su discurso fue la sensibilidad de confesar sus más entrañables sueños: «Quiero que los pobres dejen de ser pobres. La gente tiene que dejar de pensar que a los pobres les gustan las cosas de segunda mano y la carne de segunda calidad. No, nos gusta todo primero. La gente quiere y debe comer bien, vestirse bien, ganar bien, salir a caminar, ir a un restaurante…».
—Eso lo dijo Lula, mijito. No oigas más el noticiero desde la cocina. En nuestro país, la etapa primitiva de reformas agrarias, colectivización de la tierra, planes alimentarios y guaraperas cuadra por cuadra y barrio por barrio ha dado paso a la de polos productivos como fase superior en la agricultura. Acabamos de publicar en la Gaceta Oficial la Ley de Soberanía Alimentaria y Seguridad Alimentaria y Nutricional, disposición primera de su tipo dada la ausencia…
—¿De carne?
—…en el ordenamiento jurídico cubano de normativas relacionadas con esta materia. Entrará en vigor en octubre próximo.
—¿En la primera o en la segunda novena?
—¿Cuál es el venenito? Ya quisieran los brasileños tener una ley como esa, que protege el derecho a una alimentación sana…
—Sin colesterol, sin azúcar, sin ácidos grasos, sin…
—…y poder fantasear con treinta libras de viandas y cinco kilogramos de carne por cabeza a todo lo largo del Amazonas.
—Ya lo tendrán si Lula gana y repatria a Betto.
—Mira, mejor termina de redactar las valoraciones sobre las medidas e incluye si te da la gana lo del Ministerio de Medidas, que ya los del Secretariado nos apuran.
Cuando la ciudad de Matanzas se fundó, de este a oeste solo tenía tres calles. La segunda se llamó Ricla, pero por su posición entre la primera y la tercera, otro nombre se le quedó: la calle del Medio. Igual que sucede con el patio de mi casa según la popular canción, la calle del Medio si llueve, se moja como las demás. Y si hay cortes de electricidad, pues se queda sin luz. Si en los barrios hay apagones —y también si no los hay—, los matanceros dicen: «Me voy para la calle del Medio», que no es lo mismo que decir: «Me voy para el medio de la calle».
Calle del Medio
Díganme nostálgico, pero su nombre me recuerda aquella monedita que alguna vez existió y con la cual compraba el matahambre, el polvorón o el pañuelito, que vendían en la merienda de mi escuela primaria en los años 80. Por esa época, recuerdo, con un medio pagabas la guagua. Yo caminaba para ahorrar y porque me encantaba el sonido del medio al caer en la barriga cada vez más llena de mi cochinito alcancía.
Cuando por fin le rompí de un martillazo la cabeza de yeso, había muchísimo dinero: casi alcanzaba para comprarme un trencito eléctrico. Mi mamá hizo una tremenda cola para comprar ese juguete y otro dos que vendían, pero cuando le llegó el turno solo pude alcanzar una linterna soviética, como de lata.
Mi mamá, que siempre ha sido muy buena y comprensiva conmigo, para compensar mi ilusión de niño, me convenció de gastar el resto del dinero en confituras, y nos fuimos para La Habana porque en la calle del Medio, donde siempre han estado los comercios de Matanzas, no vendían ninguna.
Estación de Hersey.
El viaje lo hicimos en el tren de Hersey, uno eléctrico de verdad. Ese ferrocarril, después me enteré, lo mandó a construir un empresario del chocolate, de nombre Milton Hersey. En 1917, fundó un central azucarero con su pintoresco batey, y mandó a construir cerca de 140 km de vías férreas para transportar la caña al central y el azúcar hasta el puerto. Servía además para el transporte de los trabajadores. Una planta del mismo central quemaba el bagazo de la caña y producía la electricidad suficiente para abastecer al ferrocarril, las viviendas del batey y los poblados vecinos en un radio de 40 km. Incluso daba corriente a los tranvías de la ciudad de Matanzas.
Un mal día, el central de Hersey dejó de existir. Otro mal día, mucho más reciente en el tiempo, el tren de Hersey también desapareció. Los muchos medios que el empresario había invertido terminaron perdiéndose. Hoy quedan algunos cables y una estación vacía.
En La Habana compramos galletas de soda, bombones y una caja de queso crema, y tuvimos que regresar en guagua porque se aproximaba el ciclón Kate. Estuvimos varios días sin electricidad en el barrio, cargando el agua a cubos. Las tormentas y ciclones siempre han sido una fatalidad para el sistema eléctrico en esta islita del Caribe.
Piscina de Míster Claude.
En 1930 una tormenta también acabó con 2 km de tuberías que se arrastraban por el fondo marino, y que servían para convertir en energía eléctrica la diferencia de temperaturas entre la superficie cálida y las profundas y frías aguas de la bahía. Se trataba de la primera planta termomarítima del mundo, concebida, construida y puesta en explotación bajo el liderazgo del científico francés George Claude.
Su novedosa tecnología fue un experimento exitoso que generó electricidad durante tres meses consecutivos, y del que hoy solo queda la famosa «Piscina de Míster Claude». Muy cerca de ella queda la termoeléctrica más eficiente del país, la Antonio Guiteras, que se avería con frecuencia porque es de 1988 y ya empieza a ser vieja. Sin embargo, un niño con una alcancía debajo del brazo solo quiere jugar y comer dulces, no entiende la razón para tantos apagones.
Se puede afirmar que todas las termoeléctricas, que eran un montón de cacharros de viejas tecnologías ya en el momento de su instalación por la Unión Soviética, hoy están degradadas en extremo. (Foto: Néster Núñez)
Termoeléctrica Antonio Guiteras.
Ese niño, y todos sus familiares y hasta vecinos y parientes lejanos, que nunca han dejado de contar cada quilo ahorrado, no saben ya qué hacer. ¿Cómo hemos llegado a este punto?
Mientras doblo por la del Medio hacia la calle Cuba, mirando hacia arriba, pienso que la solución no puede ser colgarnos de la tendedera una aciaga tarde.
Algunos habrá que conserven la fe en algo que está allá arriba, en Dios o en la energía universal… Que recen no viene mal, supongo.
Pienso en los otros, en los que ya no creen en nada, los que no pueden más con el calor, con la angustia… esos que rompieron la alcancía hace mucho, si alguna vez la tuvieron. Los imagino lanzándose, en masa, de cabeza al río, más que a refrescar, a nadar contra la corriente.
Absorto en mis preocupaciones me he desviado de la calle del Medio y ya estoy en esta que se llama Cuba. Cuando me percato de que Cuba también es una calle que sube, que me falta mucho por caminar… que no hay transporte público, los particulares cuestan más que todas las monedas que alguna vez reuní en aquella alcancía. Tengo que dejar de pensar para no entrar en cortocircuito, que no se me crucen los cables.
Aunque las condiciones materiales agobian al infinito la vida cotidiana de los cubanos y cubanas de hoy, el grito que más se escucha en boca de los obstinados durante manifestaciones tipo 11-J, cacerolazos o tánganas por los apagones, no es ¡Comida!, o ¡Corriente!, sino ¡Libertad!
Poco a poco, el miedo a la libertad va desapareciendo en cada vez más personas. Pero los que emprenden este viaje han de saber que está lleno de obstáculos y sacrificios. No en balde Martí advertía: «La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio» (OC, T21, p. 108).
Si, según él: «La libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar y hablar sin hipocresías» (OC, T18, p. 304), entonces las libertades de pensamiento y expresión constituyen sus expresiones básicas. Ambas florecen en un entorno de diálogo y persuasión honrados; pero se secan en ambientes opresivos, de pensamiento único y doble moral. Libertad sin diálogo útil y honrado es como pájaro sin alas.
La libertad y el diálogo se desarrollan con la práctica social, mediante la estimulación del pensamiento crítico y la lucha cívica. La ciudadanía adquiere estas capacidades entrenando la mente y el cuerpo en esas lides, corriendo riesgos, cayendo y levantándose para volver a pelear, perdiendo hoy para ganar mañana. Familia, escuela y comunidad han de fomentar tales experiencias como valores individuales, familiares y sociales.
En momentos en que la salud de la nación requiere con urgencia de hombres y mujeres preparados para dialogar en libertad y debatir sus diferentes puntos de vista con inteligencia, honestidad y valor; es importante que ellos estén disponibles. Al referirse a los debates suscitados durante la elaboración de la constitución de Estados Unidos, Martí enfatizaba:
No ha de temerse la sinceridad; sólo es tremendo lo oculto. La salud pública requiere ese combate en que se aprende el respeto, ese fuego que cuece las ideas buenas y consume las vanas; ese oreo que saca a la luz a los apóstoles y a los bribones. En esos debates apasionados los derechos opuestos se ajustan en el choque, las teorías artificiosas fenecen ante las realidades, los ideales grandiosos, seguros de su energía, transigen con los intereses que se les oponen. (OC, t.13, p. 322).
Como político que preparaba a su pueblo para una guerra republicana, Martí buscaba la unidad entre los revolucionarios por encima de sus diferencias, pero nunca la identificaba con la imposición de una voluntad superior sobre las demás. Para él: «Abrir al desorden el pensamiento del Partido Revolucionario Cubano sería tan funesto como reducir su pensamiento a una unanimidad imposible en un pueblo compuesto por factores diversos, y en la misma naturaleza humana».
Procedimiento fundamental sería el diálogo libre, regido por el conocimiento profundo de los problemas a dilucidar, pues ningún grupo encumbrado podría pensar y decidir por el pueblo: «O se habla lo que está en el país, o se deja al país que hable». Solo en esta atmósfera de fomento de la libertad de expresión se consolidaría una voluntad popular fundada en la razón, no en entusiasmos pasajeros, promesas incumplibles o consignas rimbombantes.
-II-
La sociedad cubana actual, a pesar de su alto nivel de instrucción y de la existencia de Internet y las redes sociales, no está preparada para ejercer las libertades de pensamiento y expresión. Estas han sido extinguidas, menguadas o tergiversadas en la conciencia y las experiencias de vida de los habitantes de la Isla, habido el largo ejercicio de los instrumentos de violencia física y cultural con que cuenta el Poder para dominar a la mayoría subalterna.
Llegados a un punto de grave problemática sociológica, antropológica y de psicología colectiva, es preciso efectuar a nivel social un proceso de deconstrucción espiritual capaz de modificar las estructuras mentales aprendidas y aprehendidas por varias generaciones. Este asunto exige de influencias externas, pero más aún de la voluntad y empeño de los individuos. Mientras ello no se consiga, las orientaciones y demandas del grupo de poder hegemónico seguirán siendo aceptadas y/o acatadas por la mayoría, aunque en su fuero interno muchos sospechen que están erradas y que nada bueno podrá esperarse.
Habrá incluso quienes tengan la mente tan adoctrinada por los que saben, que hasta disfruten y agradezcan su triste destino de manera masoquista. Según Martí: «El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que sólo ve la prisión que la encierra y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra». (OC, t.13, p.136).
Uno de los mayores temores que sienten los individuos formados en entornos totalitarios, dictatoriales y radicalizados, al ser puestos en un escenario de necesaria confrontación de ideas, es a quedar en minoría o, peor aún, en soledad, por defender sus criterios. Los cubanos no somos una excepción.
A los aún temerosos de faltar a la sempiterna unanimidad por algún gesto de disidencia o rebeldía, les recomiendo acordarse de Oscar Wilde: «Cuando la gente está de acuerdo conmigo siempre, siento que debo haberme equivocado». y de Goethe: «No preguntemos si estamos plenamente de acuerdo, sino tan sólo si marchamos por el mismo camino».
Sin embargo, el problema no es peculiar de la Revolución Cubana. Cuando la de Octubre empezó a derivar hacia un Estado burocrático militarizado y se prohibieron las opiniones críticas y divergentes, Rosa Luxemburgo planteaba: «Sin una confrontación de opinión libre, la vida se marchita en todas las instituciones públicas y la burocracia queda (…) la libertad siempre ha sido y es la libertad para aquellos que piensen diferente».
Rosa Luxemburgo
La represión a la libertad de expresión y la falta de diálogo en los países del Socialismo Real fueron de las condicionantes principales que condujeron al fracaso estrepitoso de aquel modelo en la URSS y Europa del Este. También en la Isla son factores que erosionan las posibilidades de reformar las diferentes esferas de la vida social y devolver las expectativas de crecimiento y desarrollo a la nación.
Si bien el respeto a la diversidad se ha ampliado actualmente con el reconocimiento de problemáticas referidas a religiones, géneros, animalistas, racialidades, etc.; el desconocimiento de la diversidad política —perteneciente a la primera generación de derechos humanos— constituye una rémora que nos convierte en un pecio totalitario en pleno siglo XXI.
La falta de libertad de expresión y diálogo interno, retarda la transformación del modelo estatizado y burocrático, fosiliza las mentes de amplios sectores de la población, divide a los cubanos y cubanas en extremos irreconciliables, estimula la emigración de la juventud y dilata la solución colectiva y participativa de problemas económicos y sociales, tanto de vieja como de nueva data.
Con el fin de encauzar las soluciones a la aguda crisis actual, es tarea de primer orden lograr echar a andar una mesa de debate libre y abierto de todos los problemas del país y la nación, que son de todos, con la participación de figuras representativas de diversos sectores del pueblo cubano, la Isla y la emigración. Baste recordar este mensaje martiano sobre el respeto a las opiniones diversas en el análisis y tratamiento de los problemas más acuciantes del país:
¡Que los pueblos no son como las manchas de ganado, donde un buey lleva el cencerro: y los demás lo siguen!: más bello es el valle, rodeado de montañas, cuando lo pasea, en grupos pintorescos, encelándose y apaciguándose, el ganado airoso y libre. Si se desgrana un pueblo, cada grano ha de ser un hombre. La conversación importa; no sobre el reglamento interminable o las minimeces que suelen salirles a las asociaciones primerizas, sino sobre los elementos y peligros de Cuba, sobre la composición y tendencias de cada elemento, sobre el modo de componer los elementos, y de evitar los peligros. (OC, t.2, p.17).
Tengo un sabio amigo que suele repetir: «En política, piensa mal y acertarás». Y ese método, donde el pensar mal no significa hacerlo deficientemente, sino buscando lo no dicho, las costuras del vestido, las venas ocultas en el subsuelo; se lo aplica uno a la realidad cubana y deja lecturas que pueden ir de lo hilarante a lo deprimente en un santiamén.
Mirando así, con el esmeril de las tristes experiencias, uno no puede menos que sospechar que nuestros mandantes, y algunas figuras públicas que les sirven de voceros, lejos de informar, ni mucho menos solidarizarse con la debacle generalizada, parecerían burlarse de todos a mansalva.
Qué, si no una burla, lucen las recientes declaraciones del viceprimer ministro y ministro de Economía a nuestros unánimes y exánimes parlamentarios: «En el primer trimestre de 2022 el PIB de Cuba creció un 10.9% con respecto a igual período de 2021, cuando el país estaba prácticamente paralizado […] Es una tasa grande, pero va contra un primer trimestre de 2021 en el que estábamos prácticamente paralizados. En 2021 habíamos decrecido un 12.7».
O sea, que si «crecimos» 10.9%, pero era sobre la base de un decrecimiento de 12.7, todavía andamos por debajo de cero, ¿no? ¡Ah!, pero eso es feo decirlo, es mejor retorcer los números, dorar la píldora hasta el punto de caramelo. Y afirmar incluso, sin que le tiemble la voz siquiera, que mantenemos la aspiración a crecer un 4% para cierre del actual año. ¿Acaso no suena a chiste magistral?
Es mejor retorcer los números, dorar la píldora hasta el punto de caramelo. (Foto: Portal Cuba.cu)
Dígame usted si no parece también de corte humorístico la reflexión que hiciera el director del Centro de Estudios de Población y Desarrollo, citado por Cubadebate, de que «si bien la cantidad de población es inferior con respecto al cierre de 2021, […] en el primer trimestre de este año se aprecia “cierta recuperación en las tendencias demográficas del país: hay más nacimientos, menos defunciones y las migraciones se mantienen con niveles un tanto estáticos”». Eso, después de conocer, con cifras de la ONEI, que la población nacional en 2021 había decrecido en 68 380 personas; y viendo, a diario, la estampida que ya superó a todos los éxodos masivos de la historia reciente.
Tiene que ser una jubilosa humorada la idea de la Directora del CENESEX y diputada, Mariela Castro Espín —tras una emocionadísima mención a su tío, el Comandante en Jefe, y a su papá, el General de Ejército— de que a su familia le agradecía «la humildad», «la capacidad de escucharnos, de dialogar»; esos valores que no solo les dieron a ellos, sino que «los quieren para todos», es decir, para nos, el pueblo, los Liborios, nosotros. Vaya, no es que se hayan esforzado mucho en demostrárnoslo en las últimas décadas.
También en el terreno de la parodia, para reírse a mandíbula batiente, debe haber estado el discurso del 1er secretario del PCC y Presidente, al cierre del mismo período de sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, cuando afirmó joyas como estas:
– «Nuestra lógica socialista es humanista, contraria a las exclusiones. Nos inspira el ideal de una sociedad mejor, donde haya crecimiento económico sí, pero con distribución equitativa de la riqueza. Luchamos por un desarrollo con igualdad social».
– «Hoy batallamos simultáneamente por mantener control sobre la COVID-19 y enfrentar otra epidemia de dengue; por recuperar la vida económica y social del país; romper el cerco económico y financiero que impide suministros de combustible, insumos productivos, abastecimientos, financiamientos en divisas; estabilizar el sistema electro-energético nacional; […] y garantizar un verano con opciones recreativas al alcance de la mayoría de la población en todo el país».
– «Este país no está detenido. A este país lo quieren detener; pero no estamos detenidos ni nos vamos a detener (Aplausos). Nuestra alternativa está clara y nunca será la rendición».
– «Esta es la tribuna del pueblo consciente de su poder, que exige cambiar todo lo que deba ser cambiado. ¡Y lo haremos!».
Si días atrás, cuando había llamado a la población, es decir, a nos, a «evitar en todo lo posible las picadas de los mosquitos», con los cariñosos apagones de seis, siete, diez horas en el espléndido calor de las noches insulares; en sus conclusiones para la ANPP, se superó en la comicidad.
En el terreno de la parodia, para reírse a mandíbula batiente, debe haber estado el discurso del 1er secretario del PCC y Presidente. (Foto: Ismael Francisco/Cubadebate)
Del mismo tono jaranero debe haberse cargado cuando concibió las palabras centrales pronunciadas en el acto por el 26 de Julio en Cienfuegos. Comparto tres chistes descomunales:
– «Aunque en medio de un lamentable y largo apagón mezclado con el sofocante verano de estos días algunos pueden sentir que nada es peor que la racha de eventos negativos que venimos sufriendo y buscan alivio maldiciendo, en el fondo de sus almas todos comprenden que, ineficiencias aparte, el bloqueo está en la raíz, en el tronco, en las ramas y en los frutos de nuestras dificultades económicas».
– «(…) Tengo muy claros algunos términos: democracia y participación popular, humanismo, voluntad de transformación, creatividad, innovación, compromiso, ideales y pasión revolucionaria».
– «A nuestra generación le corresponde asaltar las fortalezas de la ineficiencia económica, la burocracia, la insensibilidad, el odio. Sobre sus restos construiremos la prosperidad posible».
Definitivamente, las declaraciones políticas del patio son, por mucho, más divertidas que los festivales nacionales Aquelarre o las puestas en escena del Centro Promotor del Humor. Solo que estas bromas, exuberantes, desinhibidas, desternillantes, lejos de causarnos risa, lo único que nos provocan, desde hace demasiado tiempo, es puro llanto.
Dice él: «El bloqueo es hoy mismo la prueba de que el socialismo sí funciona», y para mí no es otra cosa que la prueba de que de socialismo no entienden nada.
«Que lo quiten y verán», añade el mandatario, como si un niño le fuese a decir al guapetón del barrio: seré fuerte si no me pegas. Y ya a esta película no le queda mucho por contar. Queda demostrado que la justificación en esta generación de «revolucionarios» sobrepasa el nivel de razonamiento y que ni siquiera se han leído bien el concepto que les dejaron como estudio individual. ¿Les ayudo?
Yo quisiera salir de este personaje de escribidor y enfocarme en otra cosa, pero siento como si se burlara de mí todo aquel que por mí debería pensar y, por el contrario, lo que hace es gastar tribuna en lágrima. La megacúpula, quiero decir.
Por lo pronto, hoy me voy a sentar a ver Con Filo para que el vocero me restriegue en la cara que Yaime Pérez, campeona mundial y abanderada de esta delegación cubana, no se quedó y la foto que compartí es fake. Admito que eso me daría algo de esperanzas porque ese tipo de noticias me toca una fibra muy débil.
Ya se fue Osleidys, dicen que con coyotes. ¡Dígame usted! Cesar Prieto, Pichardo, y tantos otros. Yo conocí a un tal Leinier que ni de política sabía. «Lo mío es ganar el Capablanca, profe». Y jugué contra Neurys. Jóvenes lindos los dos, de los que solo se puede sentir orgullo por ese afán de triunfo para vencer al que le pongan enfrente. Se imaginan que hubieran dicho: «Ivanchuk es hoy mismo la prueba de que mi Siciliana sí funciona, lo que me gana con otra cosas». Así no le hubiera ganado a Carlsen y lo hizo hace dos días. Ambos se fueron, y Bruzón y Becerra y Amador y Arencibia y todo aquel cuyo coeficiente de inteligencia le dijo que aquí no tenían carrera.
Pero soñaron, levantaron la bandera como la abanderada de la foto y creyeron en la posibilidad de hacer una vida tranquila en un país pobre, aunque funcional. Hoy somos solamente pobres. Cero propuestas creíbles y consignas como balance de fin de año para alimentarnos el ego. Queda demostrado que la riqueza a la que aspira la megacúpula es a un poco menos de colas, a un poco más de divisas y quizás precios menos locos; pero hasta ahí.
En todos los espacios públicos la palabra central es bloqueo, el discurso a desarrollar es sobre el bloqueo y la justificación a la inacción es el bloqueo. No importa la extensión de tierra y mar que tenga la isla, no importa el talento de su gente, no importan las propuestas en todos los medios alternativos, lo que vale es reclamar que el Norte nos acabe de lanzar unas migajas y perfeccionar un Sistema Nacional Único de Pedido de Migajas.
Dicta la ley que los padres van presos si no proveen alimentación y techo o se rompe el matrimonio o pasan los hijos a los abuelos o al estado. Ellos sí que no tienen derecho a pedir migajas. ¡Y todavía hay que escuchar!
Estamos en un punto cero del desarrollo en el que nada funciona, ni siquiera llegar al trabajo para CONTRIBUIR y ganarte unos pocos pesos. Es así como nada se concibe en las altas esferas. No hay combustible y ya. Hubo épocas en que te daban una bicicleta para ir tirando. Y yo pedaleaba hasta Ciudad Libertad. Hoy es el bloqueo y asunto resuelto, pedalea sobre él.
Ya se que no soy confiable, pero el bloqueo, señor presidente, no es la prueba de que el socialismo sí funciona, es el examen que evalúa si usted tiene derecho a existir como proyecto socialista o no. La función de un parlamento (que no produce) es ponérsela más fácil al que sí produce y mostrar datos objetivos.
Se siguen acumulando fracturas mientras se reúnen y nada esperanzador sale de sus cónclaves que no sean maromas explicativas «La economía se ha recuperado en un diez por ciento». Ni siquiera cambian los voceros. Es confiar en el confiable y esperar que el confiable me dé algo en qué confiar. Puede que hasta probemos con los rublos.
¿A qué punto esperamos llegar antes de flexibilizar la economía y dejar el sollozo por el bloqueo? ¿A qué punto esperamos llegar antes de dedicar todos los recursos disponibles a la producción de alimentos y bienes, tanto con el confiable como con el no confiable, si al final, los dos se van? Dese una vuelta por Luyanó para que vea cuánta gente no hace nada, mientras se vanaglorian de decir que es el sistema más justo posible. En eso estoy de acuerdo, lo que no es este.
Yo considero que queda gente, que queda deseo, que quedan neuronas con las que hacer funcionar un país. Si por allá arriba se prefieren las consignas, desentiéndanse del estrado, pues están votando por la miseria ya no por la pobreza digna, ni por un cambio hacia una mejor gestión de la economía y de la subsistencia misma. ¿Hasta cuándo la frase de la codicia y la ruptura peligrosa¿ Hasta cuándo el sacrificio de un sistema funcional sin un cerebro pensante? Háblese de trabajo, de medidas, de resultados. Convenzan con amor, con unidad, con todos.
Pueden ustedes tener las mejores intenciones del mundo que sin neuronas no hay progreso y sin progreso no hay patria a la cual retornar. Los únicos directivos confiables son los que en balance anual, muestran curvas ascendentes, intentan soluciones y sus gráficos no me dejan criticar. Los otros son derrochadores de corriente y verdaderos demoledores del sistema social socialista FUNCIONAL en el que muchos aún confían.
Para nadie es un secreto que la crisis económica que vive Cuba es de carácter estructural y solo puede remontarse con cambios radicales. Cada día es más evidente que las transformaciones económicas estructurales deben acompañarse de importantes cambios políticos e institucionales que permitan la democratización de la sociedad.
No cabe dudas de que la pandemia tuvo un efecto devastador y que el endurecimiento de las sanciones por parte del gobierno de Trump creó nuevas dificultades económicas, pero a diferencia de lo que expresan algunos funcionarios del gobierno cubano, en ningún caso son la causa de la crisis estructural que, insisto, está determinada por antiguos y sucesivos errores de política económica que hicieron al país más vulnerable y contribuyeron a la profundización del subdesarrollo.
El actual gobierno heredó una etapa de inmovilismo y ha seguido el guión trazado desde hace décadas, según el cual, las transformaciones solo se producen cuando la crisis llega a un grado extremo y, en lugar de abordar una reforma estructural sistémica, ha optado por medidas puntuales, con errores de diseño, secuencia e implementación. A tenor con ello, su política económica ha tenido carácter reactivo frente a la agudización de la crisis, en lugar de anticiparse mediante cambios estructurales.
Errores de política y crisis económica
En otros textos he abordado los errores cometidos en la política económica reciente. Estos errores definen las principales medidas adoptadas en medio de la pandemia. La creación de tiendas en moneda libremente convertible (MLC) echó por tierra cualquier esperanza de unificación monetaria, —aprobada como un lineamiento de política económica en el 6º Congreso del PCC y ratificada por el 7º—, porque revitalizó la segmentación de mercados establecida desde que el dólar comenzó a utilizarse en transacciones domésticas para acceder a bienes y servicios de primera necesidad.
La llamada «Tarea Ordenamiento», en lugar de conducir a la unificación monetaria y cambiaria, logró una pseudo-unificación cambiaria a una tasa de cambio oficial fija y sobrevalorada, por ende, ficticia, porque al precio de 24 pesos cubanos (CUP) por dólar era imposible que la autoridad cambiaria pudiera satisfacer la demanda de divisa extranjera. En consecuencia, ese mercado informal de divisas, que cobrara fuerzas desde que las CADECA dejaron de venderlas, adquirió mayor impulso ante una situación económica especialmente desfavorable y se cotizan a cifras entre cuatro y cinco veces más respecto al valor oficial.
El reajuste de salarios, pensiones y precios, derivado de la devaluación sin respaldo en la oferta de bienes y servicios, condujo a una inflación que ha superado las expectativas de quienes diseñaron la medida, sin considerar adecuadamente los factores de incertidumbre que afectan a los diferentes actores económicos. La necesidad de adquirir bienes de consumo en los mercados en MLC propicia que las divisas se aprecien sostenidamente en el mercado informal, lo que ocasiona que la devaluación se traslade en forma de incremento de los precios por encima de los valores que muestra la estadística oficial, contrayendo significativamente el ingreso real de los cubanos.
El impacto negativo de la «Tarea Ordenamiento», junto al hastío acumulado por las inmensas dificultades de la vida cotidiana y la incapacidad para canalizar políticamente el descontento de la ciudadanía, están en la base de las protestas sociales del 11 y 12 de julio de 2021, en las que participaron, desde trabajadores sencillos hasta artistas e intelectuales, así como cubanos y cubanas que expresaron abierto rechazo a su situación de pobreza.
Pocos días después, se anunció la adopción de decretos que autorizaban las micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes) y las cooperativas no agropecuarias. Desde hace años, varios economistas insistimos en la necesidad de aprobar una ley de empresas que garantizara igualdad de condiciones con independencia del carácter de su propiedad; así como en la pertinencia de autorizar micro, pequeñas y medianas empresas privadas y potenciar las cooperativas no agropecuarias.
Personalmente considero que no debe restringirse la creación de empresas por el tamaño de las mismas, ni por sectores de actividad. Soy partidario del establecimiento de un mecanismo de libertad de emprendimiento, con un marco regulatorio preciso y transparente que evite la formación de monopolios de cualquier tipo. La libertad y la competencia propician un clima adecuado al desarrollo de actividades económicas que se traduzcan en mayor bienestar para la sociedad, especialmente cuando la regulación estatal permite que el bienestar se generalice mediante mecanismos redistributivos.
La apertura de mipymes y cooperativas no agropecuarias fue una decisión correcta pero lamentablemente demorada y con demasiadas restricciones. Este debió ser el primero en la secuencia de cambios económicos para dinamizar el emprendimiento y, sobre todo, la oferta de bienes y servicios.
Política económica y crisis de confianza y de esperanza
El pasado 21 de julio se anunciaron setenta y cinco medidas «para recuperar la economía cubana», una larga lista de buenos deseos pero que no precisa cómo van a lograrse. El gobierno apuesta nuevamente a cambios cosméticos, con algunas opciones que ciertamente representan un avance y otras que contradicen los objetivos propuestos. La redacción de muchas de ellas despide el tufillo burocrático típico de los documentos soviéticos, tan bien asimilados por la burocracia criolla. Me referiré a ejemplos concretos, pues sería imposible abordarlas todas en este texto.
En la presentación del ministro Alejandro Gil, se observa que la primera medida es «Identificar todas las posibilidades para incrementar los ingresos en divisas e implementar las acciones que correspondan». ¿No se supone que eso es lo que debería hacer siempre un gobierno con una concepción estratégica del desarrollo? Pero al margen de esto, una vez identificadas esas posibilidades ¿qué se hará con ellas? ¿Implementar por decreto cuáles son los sectores a desarrollar? Eso es lo que normalmente hace un mercado de forma objetiva, no una oficina gubernamental con alto nivel de discrecionalidad y criterios subjetivos.
Otra muestra: «Implementar un programa para la disminución gradual del déficit presupuestario y alcanzar el equilibrio financiero interno del país». ¿De qué manera? Para disminuir el déficit hay dos opciones: reducir el gasto público o aumentar los ingresos presupuestales. La sociedad cubana está perdiendo oportunidades de ingresos fiscales con las restricciones que se mantienen al emprendimiento, porque por vía de un sistema progresivo de impuestos podrían obtenerse importantes recursos resultantes de la dinamización de la actividad económica.
En realidad, resulta imprescindible una nueva ley tributaria que apunte a un sistema fiscal progresista e incluyente y permita que un gobierno —ojalá elegido democráticamente— cumpla su función de asegurar la oferta de bienes públicos y desarrollar un programa orientado a la superación de la pobreza que hoy afecta a tantas familias cubanas.
La idea de reducir el gasto público se pretende con una medida enunciada, pero sin mayor concreción: «Redimensionar el sector presupuestario, optimizando su funcionalidad». Sería mejor si se aceptara de forma clara lo que realmente hay que hacer, que es disminuir el excesivo gasto resultante de una administración central y territorial abultada, ineficaz y con funciones paralelas en muchos casos; del cargo al presupuesto estatal de las organizaciones políticas y sociales; y del sostenimiento de los diversos mecanismos de control político y social, entre otros.
Tienen mucho sentido las medidas relativas a la reducción —que podría ser mayor— de las tasas arancelarias para la importación no comercial de ciertos bienes, así como la posibilidad de formar empresas mixtas entre entidades estatales y privadas, entre privadas y extranjeras y entre las tres.
No obstante, en este último caso se percibe el mecanismo del cuentagotas utilizado para realizar transformaciones económicas, así como el carácter improvisado con el que se adoptan medidas que deberían tener enfoque estratégico y sistémico y ser resultado de una construcción colectiva en la que participaran diversos actores sociales, incluidos especialistas. Resulta necesaria la elaboración de una ley de empresas que no tenga como objetivo determinar sus límites, sino expandir sus posibilidades.
Sin embargo, la perla del paquete es el anuncio de la apertura de un mercado cambiario «diferenciado» para la población y los turistas, sobre lo cual he insistido antes. Reitero ahora que se trata de un error más que generará nuevas distorsiones económicas.
Hasta hace pocos meses, los funcionarios cubanos insistían en que la tasa del mercado informal no reflejaba la realidad pues el monto principal de transacciones cambiarias se realizaba a través del sistema estatal. También afirmaban que no podían vender divisas porque no las poseían, e incluso, llegaron a prohibir los depósitos de dólares en efectivo en las cuentas en moneda libremente convertible, aludiendo que había reservas que no podían ser utilizadas dadas las sanciones de Estados Unidos, lo cual contradecía el otro argumento que mencionaba la inexistencia de suficientes reservas para operar el mercado. ¿Qué cambió desde entonces en cuestión de poco más de un año?
«Identificar todas las posibilidades para incrementar los ingresos en divisas e implementar las acciones que correspondan», aseguró Alejandro Gil.
Para nadie es secreto que el mercado informal de divisas permite la obtención de beneficios a sus operadores. Pareciera que el gobierno, que tozudamente, defendió la irracional tasa de 24 CUP por USD, ahora está decidido a recoger rentas con el establecimiento de un mercado diferenciado para la población y los turistas, con un tipo más al alto que el oficial.
Con ello se produce un retorno a los tipos de cambio múltiples, que generaron distorsiones macroeconómicas y de precios y han probado su ineficacia donde quiera que se han implementado y, de paso, se aspira a participar de la apropiación de rentas emanadas de los diferenciales cambiarios. A la par, se refuerza la discrecionalidad de los decisores, que históricamente se ha caracterizado por la opacidad.
Por otra parte, el mantenimiento de una tasa sobrevalorada en el comercio exterior contradice los objetivos de aumentar las exportaciones y reducir las importaciones, porque los productores de bienes exportables no hallarán estímulos en recibir 24 CUP por cada dólar exportado en tanto los turistas reciben muchos más pesos por sus dólares vendidos. Los importadores, mientras tanto, se benefician de una tasa que les permite importar a precios más bajos en pesos porque logran obtener dólares —si se los asignan— a un precio relativamente más bajo al que se opera en otros mercados. Esta medida impugna los objetivos de promover exportaciones y sustituir importaciones.
En mi opinión, es imprescindible eliminar el tipo de cambio fijo y adoptar uno flexible, único para todas las transacciones dentro del país, que resulte de un mercado libre, aunque inicialmente, para evitar la especulación, se establezca una banda de intervención del banco central cuando el tipo oscile excesivamente por encima o por debajo del central.
Para ello se necesita un banco central independiente que adopte sus decisiones con fundamento técnico y en función de facilitar el crecimiento y controlar la inflación. En ese escenario, considero imprescindible que se garantice la soberanía del peso cubano en todas las transacciones del país y se elimine el mercado en moneda libremente convertible que, además de constituir un error económico, es un grave error político porque mantiene a una parte importante de la población, que no recibe ingresos en divisas, al margen de la posibilidad de satisfacer necesidades básicas.
Los vaivenes de la política económica en Cuba, la excesiva discrecionalidad que se reservan los decisores y el prácticamente inexistente control social sobre la gestión del gobierno e incluso del parlamento, han cimentado a lo largo de los años una crisis de confianza de una parte importante de la sociedad respecto a quienes dirigen el país. Esto no puede ser demostrado por un estudio sociológico científicamente fundamentado, entre otras cosas porque no se permite realizarlos fuera de los canales oficiales y jamás se divulgan los resultados de los encargados por las autoridades.
A pesar de ello, la crisis de confianza se hace evidente en la nueva estampida migratoria de los últimos meses, que ya superó la cantidad de los que emigraron por el Mariel en 1980, en las opiniones vertidas por muchos cubanos en diversos medios alternativos que resultan de la diseminación de las redes sociales, así como en la cotidianidad de los ciudadanos sencillos.
La crisis de confianza se hace evidente en la nueva estampida migratoria de los últimos meses. (Foto: Cubacute)
Nuevamente se desangra el país al perder miles de jóvenes con capacidad productiva y de emprendimiento, muchos de ellos profesionales, en medio de una verdadera crisis demográfica determinada también por el descenso de la tasa de natalidad y la elevada esperanza de vida, que refuerzan una marcada tendencia al envejecimiento de la población. Esta situación tendrá impacto nocivo en las posibilidades de crecimiento económico y en la superación del subdesarrollo y la pobreza.
La crisis de confianza presente en parte de la sociedad cubana, se ha convertido además en una crisis de la esperanza. Varias generaciones han realizado un inmenso sacrificio personal en sus vidas con la expectativa de que estaban contribuyendo al desarrollo y, en consecuencia, a mejorar el bienestar de la sociedad con el fin de impactar positivamente en la vida de sus hijos, nietos y demás descendientes.
Lejos de lograrse esto, la economía cubana ha retrocedido notablemente, al punto de comprometer la sostenibilidad de las principales conquistas sociales de la Revolución de 1959. Mientras tanto, el pleno desarrollo de las libertades individuales y la construcción de una sociedad democrática y plural son una quimera en el sistema político del país.
Las condiciones actuales en que se desenvuelve la vida en la Isla son suficientes para explicar un nuevo estallido social, que podría rebasar las proporciones del anterior y cuyas consecuencias serían terriblemente dolorosas para muchas familias.
El gobierno debería reconocer que los tiempos cambiaron, que los discursos y la propaganda vacua no son suficientes para asegurar la estabilidad social, y convocar a toda la sociedad a un proceso libre, pacífico e incluyente de transformaciones económicas y políticas que conduzcan a la construcción de una verdadera República democrática «con todos y para el bien de todos», basada en el respeto a las libertades humanas, la pluralidad de ideas y posiciones políticas y el derecho de todas ellas a constituir una opción de gobierno.
O de lo contrario, persistir en el desconocimiento de estas realidades, creer que es suficiente con expulsar a los disidentes más visibles y amedrentar a quienes protestan, y en algún momento enfrentar una nueva crisis política. La alternativa es entre el sentido común y la soberbia.