En Cuba no parece que vayan a cesar las malas noticias, mientras no tengamos las buenas de que el Poder, finalmente, sometió su trono a la voluntad del pueblo.
El enfoque según el cual La Habana, como si fuese una aristocrática región independiente de Dinamarca, se solidariza con las paupérrimas zonas a oscuras de la Isla en ruinas, cae en el franco terreno de la humillación
En lugar de morir de risa, las bromas de nuestros políticos, exuberantes, desinhibidas, desternillantes, lo único que nos provocan, desde hace demasiado tiempo, es puro llanto.
La confiabilidad política, la incondicionalidad militante, el «compromiso» con la causa que desde las alturas se dice defender, constituyen las prioridades, el primer objetivo, de todas las instituciones y organizaciones
Si algún mérito ha tenido la clase política cubana de las últimas décadas es la capacidad para desenfocar hábilmente reclamos ciudadanos y diluir las culpas