Potenciar el sector privado y no convertirlo en lastre para la economía

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Ariel Terrero

Por Ariel Terrero (ariel@cubaprofunda.org)

En el mundo de la economía, donde las matemáticas generan una hipersensibilidad ciudadana digna de un laboratorio de física cuántica, cualquier decisión enciende polémicas. Sucede hasta con medidas igual de soñadas que esquivas, como las reducciones de precios o las alzas de salarios. Algo oí, por ejemplo, con el sólido incremento salarial acordado para los trabajadores de la medicina a partir de este mes de junio. Aunque ampliamente merecido, por la misión que cumplen en suelo cubano y allende los mares, y por su tributo en moneda dura al país –casi el triple del aporte del turismo-, siempre hubo algún observador contrariado.

La controversia suele arder más con otros movimientos. Es el caso de la Ley de Inversión Extranjera, refrendada por el Parlamento cubano también a finales de marzo pasado.

Eje de una de las recetas neoliberales más dañinas en la historia global, la entrada descontrolada de capital foráneo en naciones del sur ha motivado duras y justas críticas. Con tal antecedente, aparecieron muecas de desconfianza cuando nuestro Gobierno volvió los ojos hacia los inversionistas de otros países. ¿Se propone beber Cuba de tan peligrosa fuente? ¿Renunciará a la soberanía económica?

Tampoco faltaron dudas o cuestionamientos en relación con el alcance real o los beneficios calculados para ese paso.

La ley en verdad solo es la letra. Lo que cuenta es la voluntad y la manera de aplicarla. No faltan ejemplos de alguna disposición legal engavetada, mientras la praxis tomaba por senderos espinosos. A la nueva norma le preceden señales de un cambio sustancial de la política en ese terreno. Aunque en la sesión parlamentaria quedó reiterado el carácter complementario del capital extranjero, sucesivas declaraciones le han reconocido una importancia prioritaria o decisiva, a fin de superar los bajos niveles de crecimiento de la economía cubana.

El jefe de la Comisión de Implementación de los Lineamientos, Marino Murillo, coincidió con economistas cubanos que ven necesario un crecimiento de la economía superior a siete por ciento anual para transitar hacia el desarrollo. No se lograría con el magro avance del producto interno bruto (PIB) de los últimos años –entre dos y tres por ciento-, ni con inversiones extranjeras directas por debajo de dos mil millones de dólares, varias veces lo conseguido en mejores años.

Si el discurso oficial minimizó en otros tiempos esa opción frente al monto siempre superior de las inversiones del Estado, lo cierto es que la asociación con firmas foráneas constituye el puntal de sectores clave en la exportación cubana de bienes y servicios: turismo, níquel y tabaco, por citar tres entre los primeros. También financió una expansión impensable antes en la producción petrolera, alivio energético muy oportuno para nuestro país en los años 90.

Ante tal evidencia, la política suma ahora al abanico priorizado para tal inversión a sectores casi ausentes antes en la mesa de negociaciones a pesar de su importancia, como la agricultura y la industria azucarera.

¿Se rinde Cuba al capital extranjero? No lo creo. Solo lo asume como alternativa necesaria para cualquier economía del mundo, incluidas las más poderosas. Es una fuente de financiamiento y de tecnologías, que posibilita además la formación de las llamadas cadenas productivas o de valor con empresas de otros países, imprescindibles para entrar en mercados externos y ampliar las exportaciones. Prueba su utilidad el flujo de turistas hacia Cuba a cuenta de asociaciones con firmas hoteleras y agencias de viajes europeas desde hace unos 25 años.

Entonces, ¿cuál es la novedad, si ya los cubanos hemos andado por esos caminos? La ley anterior, la 77 de 1995, era bastante avanzada, a mi juicio. La nueva, a tono con la decisión de promover esas inversiones, incorpora reglas más flexibles y otros anzuelos tributarios, para hacer más tentadora a los empresarios extranjeros la oferta de un país que cuenta, además, con el atractivo de un capital humano reconocido internacionalmente por su calificación. También establece principios salariales más justos para los trabajadores de empresas mixtas y asociaciones de similar perfil.

Pero el cambio más importante lo observo por el lado de la intención política, independientemente de las innovaciones en la ley.

Por: Esteban Morales
Existen asuntos en los que la nueva ley mencionada, nos puede crear dificultades, si antes de ponerla en práctica no se hacen algunos ajustes.
Nosotros hemos tenido muchas dificultades con las inversiones internas. Por lo que no debería ser ese el contexto dentro del cual acometiéramos un proceso de nuevo impulso a las inversiones extranjeras.
Tal vez, hubiera valido la pena, demorarnos un poco y formular una Ley General de Inversiones y dentro de ella un capítulo para las Inversiones Extranjeras. Yendo de lo más general a lo particular. Generando así el contexto sistémico dentro del cual se debería mover la inversión extranjera en el país. Porque ahora, ¿cómo aislar Mariel de todos los problemas que tenemos con el proceso inversionista interno? A una pregunta mía, el Co. Ministro Murillo respondió que esa Ley General de Inversiones, estaba en proceso de redacción. Ojala no demore mucho, porque en medio del proceso de Reestructuración para lograr El Nuevo Modelo Económico, creo nos hace falta poder siempre mirar todo en sistema.
Otro asunto que guarda mucha relación con la nueva ley, a nuestro entender, es que hemos declarado que necesitamos entre 2000 y 2500 millones de dólares para estimular el desarrollo de la economía, haciendo crecer el PIB. Ese dinero se podría obtener del ahorro interno, pero este resulta muy insuficiente; o de los préstamos bancarios, con los cuales tenemos muchas dificultades debido al bloqueo financiero de Estados Unidos, razones por las cuales se necesitan con urgencia las inversiones extranjeras.
Sin embargo, ello se contradice con dos aspectos del problema de lo que pudiéramos llamar la recaudación de capital: uno, es la tendencia a negar la posibilidad de que alguien tenga dinero en Cuba para participar en el proceso inversionista. Se niega que haya cierto capital cubano (Cuidado que ETECSA se ha llevado una sorpresa). Negándole al cubano la posibilidad de invertir , y lo segundo, aceptar el dinero de las remesas solo para que este se convierta en empresas pequeñas y tal vez medianas, haciendo además, proliferar la quincallería, el pequeño comercio, los servicios gastronómicos , los pequeños negocios, la compra de carros y casas y el cuentapropismo en general.
Entonces, yo me pregunto ¿dejando que los cubanos inviertan, no podríamos acumular, aunque de a poco, capitales pequeños y medianos, que podrían vincularse al proceso inversionista, junto a la inversión extranjera? ¿Porque desperdiciar esa posibilidad? Además, ¿Cuál es la concepción que subyace tras la medida de impedir que los nacionales inviertan? Mientras estamos ofreciendo al capital extranjero parte de la riqueza nacional? Esto último parece venir de la misma mentalidad que hasta hace un tiempo, impedía que los cubanos fueran a los hoteles del turismo extranjero, tuvieran celulares y vendieran sus carros. Cuando todas estas medidas fueron levantadas, se produjo un resultado que podemos considerarlo como beneficioso. Más de 600,000 cubanos del patio han gastado dentro del turismo en moneda extranjera.