Pasaje de ida

por Mabel Torres
Pasaje de ida

En Texas abundan los negocios de comida mexicana, nicaragüense y guatemalteca, existen enormes granjas dedicadas al cultivo de cereales y algodón, y al igual que en Miami o Hialeah, puedes pedir un café en español porque cerca del cuarenta por ciento de su gente es de origen latino. El ambiente rural tejano recuerda a las películas del oeste y a las casas de campo de las familias sureñas más tradicionales, aquellas que cenan fuera los sábados y van a la iglesia los domingos.

También está el otro lado de Texas: su área metropolitana y cosmopolita, donde las personas siempre parecen tener prisa —prisa mientras caminan, prisa por el trabajo, prisa por ganar dinero. En la parte citadina, la vida nocturna se extiende hasta el almuerzo y es posible encontrar un stripper a plena luz del día invitándote a pagar la entrada a un rimbombante local pintado de negro y amarillo.

En el mes y medio que lleva en Estados Unidos, Lisette García* ha conocido ambas caras del segundo estado con mayor población de ese país: ha visitado los campos tejanos, donde residen los parientes que la acogieron hace más de cinco meses; ha subido dos rascacielos del downtown y ha contemplado Austin, la capital, desde un edificio a más de 200 metros de altura.

Al pisar territorio estadounidense el 16 de marzo de 2022, la joven cubana de 28 años se convirtió en una más de los 28 millones de personas que allí viven y una más de los casi 180 mil compatriotas suyos que han cruzado la frontera de México con Estados Unidos desde septiembre de 2021 hasta mediados de agosto de 2022, de acuerdo con la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de la nación norteña.

A su salida del centro de detención migratorio de Piedras Negras, luego de permanecer recluida allí durante cuatro días y tres noches, Lisette no llevaba ninguna otra pertenencia que no fuese la ropa con que iba vestida y su celular. Por el camino había quedado la mochila con la que emprendiera el viaje desde el Aeropuerto Internacional José Martí en La Habana, cuyo interior albergaba tres licras y dos abrigos, cuatro pullovers, mascarillas, el monedero y «una corte celestial: siete estampillas para pedirle a sus santos por el camino».

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Austin (Texas)

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Las líneas siguientes corresponden al testimonio ofrecido por Lisette García* a La Joven Cuba, en el que narra su travesía desde La Habana hasta la frontera sur de los Estados Unidos. La fuente decidió mantener el anonimato para no comprometer el proceso judicial que tiene pendiente, así como proteger la seguridad de quienes actualmente realizan la misma ruta hacia territorio estadounidense. El texto fue construido con mensajes y llamadas sostenidas durante cuatro semanas.

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Cuando recibí la confirmación de que me iba de Cuba llevaba la cuenta exacta de los días que no dormía tranquila: 304, equivalente a 43 semanas y tres días, el mismo tiempo que esperaba que los contagios por Covid-19 fueran en picada, el gobierno abriera fronteras aéreas y pudiera tomar el vuelo rumbo a Managua para emprender la ruta latinoamericana hacia Estados Unidos.

Tomé la decisión de irme en diciembre de 2020, un día en que necesité comprar una pasta de dientes y no encontré en ningún lugar. Pensé en mi juventud, en los hijos que quiero tener y en la posibilidad de una vida diferente a la que llevaba en Cuba.

Para ese entonces un amigo me facilitó el contacto de un hombre que conseguía pasajes a México, Nicaragua o Surinam, donde viajaban los cubanos para comprar ropa y revender luego. Yo no sabía cómo esa persona adquiría los boletos, pero la recomendación venía de cerca y lo consideré confiable. Lo llamé y me dijo que había un pasaje para finales de enero del 2021 por Aruba Airlines.

Con la ayuda de mi hermano que vive en Estados Unidos, pagué 1000 CUC por el boleto y 30 USD por una prueba de PCR que jamás vi. Fui a casa del señor, le llevé el dinero y él me pasó el boucher de la reserva a mi teléfono. Pero al parecer no era mi momento… Volvieron a cerrar el país, cancelaron todos los vuelos y el mío quedó postergado.

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El año de espera coincidió con el reordenamiento monetario y la crisis económica más grande que he vivido, porque nací en 1995, durante el llamado Período Especial. En 2021 me tocó sentir en carne propia la imparable subida de los precios y un desabastecimiento que me recordaba que con poco más de dos mil pesos —el salario que ganaba en aquel momento como gastronómica— era imposible vivir con dignidad.

Durante ese tiempo intentaba no enfermarme, seguí trabajando, seguí sobreviviendo… Tenía mucho miedo de perder el pasaje y la oportunidad de irme. Viví el pico pandémico del verano y el 11 de julio. Mientras pasaban los meses, más segura estaba de irme de Cuba.  

En esos meses aprendí que hay grupos de Whatsapp donde la gente compra los pasajes. Existe una red de negocios dedicados a mover a los cubanos que desean viajar por Latinoamérica hacia Estados Unidos. Los dueños de estos «emprendimientos» se hacen llamar «gestores».

Tuve suerte que la aerolínea por la que volé no hizo ningún «teje y maneje» con mi boleto. Muchas personas que conocí en este trayecto fueron estafados o les cancelaron la fecha de vuelo el mismo día de su salida.

En ese período logré sentirme acompañada porque tenía dos amigos que también emprenderían camino desde Nicaragua, uno de ellos con pasaje para el mismo día que yo, aunque por otra aerolínea y con escala en países diferentes. La otra persona volaría al día siguiente, así que pactamos esperarnos en Nicaragua.

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Aeropuerto de Managua. (Foto: Houston Castillo/ VOA)

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Mi vuelo salía el 3 de febrero a las 9:30 de la mañana y tenía que estar en el aeropuerto a las 6:00 a.m. a más tardar. Todavía recuerdo la imagen de la terminal. Las personas se empujaban para entrar a hacer el chek in, no muy diferente de las colas de los últimos años para comprar comida o cualquier artículo de primera necesidad.

Yo era primeriza volando. No había montado nunca un avión, así que me guié por unos muchachos que venían delante de mí y repetí cada uno de sus movimientos, para donde ellos iban, me movía yo. Pasé el check in, emigración, y quedé par de horas en la sala de espera porque el vuelo saldría con retraso.

Una vez en el «ave» sentí escalofríos, evitaba mirar fijamente a alguien, pero aquel avión iba repleto de cubanos. Estoy segura de que la mayoría, para no ser absoluta, iba para no regresar. Se les notaba la ilusión y los nervios en los rostros. Yo tenía mi mochilita y algunas pertenencias, pero había quien iba solamente con sus papeles en la mano. No llevaban nada más.

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Todo fue muy rápido en el aeropuerto de Nicaragua, que es bien chiquito. Allí me compré una tarjeta prepagada de 20 USD que servía para llamar desde cualquier punto de Centroamérica. Enseguida hice contacto con mis familiares. Les dije que ya había llegado y estaba bien.

En el hostal me recibieron muy amablemente y me dieron una habitación que debía compartir con una pareja joven de cubanos y su bebé, quienes se encontraban de visita. Ellos eran la excepción, porque todo el que estaba en aquel lugar tenía el objetivo de llegar a Estados Unidos.

La travesía comenzó luego de tres días en la capital nicaragüense. Aquella tarde pagué 600 USD y emprendimos camino rumbo a Honduras. Cerca de la 1:00 p.m. abordamos una guagüita con aproximadamente 20 o 25 personas, incluidos niños y ancianos, y juntos atravesamos Nicaragua. Por el camino nos dimos cuenta de que había más guagüitas. Sumábamos más de 70 personas.

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Cerca de la frontera con Honduras hicimos un segundo pago de 130 USD. Entonces nos montaron en unas diez camionetas, algunas con techo y otras descubiertas. Íbamos unos encima de los otros, apretados, como malamente podíamos. Fue así como tocamos territorio hondureño pocos minutos después de las 10:00 de la noche.

Una vez más cambiamos de vehículo. En ese tramo íbamos en un par de buses tipo escolares. Era de noche y estaba muy oscuro, apenas veía las luces de un pueblo que parecía estar rodeado por lomas y barrancos espantosos. No sabía en qué lugar del mundo estaba, solo que podría ser cualquier rincón de Honduras.

En la madrugada nos bajaron y nos montaron en otros buses que nos llevaban rumbo a Tegucigalpa, la capital. Ya en ese bus íbamos los 70 y pico juntos; tres, cuatro y hasta cinco personas en un par de asientos, de pie o acomodados en el piso.

Cerca de las tres de la madrugada la policía hondureña paró el bus. Dos hombres uniformados subieron y nos dijeron que estábamos ilegales en ese país y que su deber era conducirnos hasta Emigración, pero si colaborábamos nos podían ayudar. Pidieron 20 USD por persona y nosotros les dijimos que no teníamos para darles esa cantidad porque ya habíamos hecho muchos gastos.

No era cierto, pero teníamos que regatear. Allí viajaban familias enteras y muchos llevaban el dinero contado. Al final pagamos 10 USD cada uno, así que se embolsaron más de 700 USD. A cambio, nos custodiaron hasta el centro de Tegucigalpa en dos motos que viajaban justo detrás de nuestra guagua.

Cuando llegamos a la capital, nos montaron en un bus en el centro de la ciudad a pleno día y nos llevaron para un pueblo que parecía tener mucha vida turística. Debíamos pasar la noche allí. Todo estaba bien organizado y no tuvimos que esperar el salvoconducto que usualmente consiguen los migrantes para transitar sin problemas por Honduras.

Antes del amanecer, emprendimos camino rumbo a la frontera con Guatemala, llegamos a una casa y permanecimos allí hasta la mitad de la madrugada. Así comenzó la quinta jornada de mi travesía.

Pasaje de ida

(Foto: Vatican News)

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En las horas que llevaba con los coyotes o «guías», como los llamábamos, me parecieron gente buena, que habían hecho del cruce ilegal la manera de llevar el pan a sus casas. Siempre nos trataron con amabilidad y respeto. Funcionaban todos como un gran equipo, de manera que cambiábamos de guía en cada país o en cada región, en dependencia de cómo ellos hubieran pactado la ruta. Mantenían absoluta discreción sobre los lugares a los que nos movíamos, evitaban dar detalles de por dónde seguiríamos o los lugares de cada parada.

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Llegamos a la frontera con Guatemala a las 6 a.m. Atravesamos el límite fronterizo a bordo de unas camionetas de las que atrás no tienen techo, sino unos tubos de hierros.

Tras una breve estadía en una casa pequeña durante un par de horas, continuamos la travesía por la ciudad de Guatemala o Asunción, como también se le conoce, hasta un punto localizado a solo veinte minutos de la frontera con México. Allí vivimos la primera parada larga de todo el trayecto. Nos explicaron que la situación migratoria en México estaba muy difícil, con muchos cubanos que iban a deportar. Permanecimos siete días en ese lugar, donde podíamos comer, bañarnos y ver la televisión.

Transcurrida esa semana, echamos a andar nuevamente hacia un pueblo desde donde resultaba más fácil acceder a México, pero en ese lugar tardamos tres días más. En total estuve diez días en Guatemala y desde que saliera de Nicaragua, ya había pagado mil dólares por el viaje.

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México fue la parte más tensa del trayecto porque el peligro de deportación era constante y nos acechaba el miedo de caer en manos de los cárteles de la droga. Se nos pedía mantener el más absoluto silencio y no llamar la atención.

Permanecimos albergados en un pueblo que fue una de las peores experiencias de mi vida. El grupo había crecido en número y éramos alrededor de doscientos cubanos, más una cantidad similar de nicaragüenses, hondureños, guatemaltecos y personas de diversos países de América Latina.

Corría el mes de febrero y hacía mucho frío. El agua de la pila estaba helada y solo había tres baños para alrededor de cuatrocientas almas. Durante las cuatro noches que nos quedamos en aquella casa nadie pudo asearse ni comunicarse con la familia porque no teníamos cobertura. Las condiciones físicas del grupo no eran las mismas de las primeras semanas.

Nos sentíamos mal alimentados, mal bañados y el cuerpo no respondía igual. Las personas vomitaban con más facilidad a bordo de los autobuses o las camionetas, algunos habían enfermado con padecimientos estomacales… los niños lloraban, se quejaban.

Dicen que son los jóvenes quienes emigran y, por ende, si tienes un hijo lo llevas contigo; pero me emocionó mucho ver a tantas personas de la tercera edad ponerse en riesgo para salir de Cuba y empezar una nueva vida, cuando ya no quedan las mismas fuerzas y los sueños de juventud parecen cosa del pasado.

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El siguiente movimiento rumbo al centro de México lo hicimos a bordo de unas furgonetas en grupos más pequeños. Nos tuvieron en medio del campo en unas casas de palo hasta por la noche. Cuando retomamos la carretera, subidos encima de unos camiones como si fuéramos ganado. Ya empezaban a sentirse los nervios a flor de piel.

La policía de emigración parecía respirarnos en la nuca todo el tiempo, llevábamos casi treinta días de viaje y estábamos desesperados por llegar. Teníamos miedo de que nos encontraran y nos regresaran a Cuba después de tanto esfuerzo.

Una noche los guías nos dejaron solos en la casa, porque tenían noticias de que muy pronto caerían las autoridades en el refugio donde nos encontrábamos. Ellos no iban a arriesgarse a ser atrapados, así que designaron como encargado a una persona del grupo, un migrante como nosotros, a quien le dieron indicaciones por el teléfono de que saliéramos del lugar.

Casi sufrí un ataque de asma porque eran como las dos de la madrugada. Al principio íbamos medio agachados y luego tuvimos que empezar a correr por un terreno desértico. La arena pesa mucho al correr e impide el avance, pero no podíamos detenernos. Había que correr.

No sabíamos hacia dónde nos dirigíamos, sino que teníamos que estar atentos a las indicaciones del muchacho. Él era quien decía: «agáchense, caminen por aquí, brinquen por allá, sigan recto…». No recuerdo cuanto tiempo estuvimos perdidos en estampida hasta que llegamos a la ubicación correcta donde nos esperaban unos carros.

En ese momento nos pidieron que los hombres fueran para un lugar y las mujeres para otro. Yo no me dejé convencer. Si íbamos juntos teníamos que permanecer así porque no sabíamos los riesgos a los que podríamos exponernos. Al final la gente permaneció unida, con sus compañeros más cercanos o sus familiares.

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Policía Federal en México

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Después de esa experiencia nos sentíamos en peligro. El grupo de migrantes había crecido mucho. La bulla de tantos cubanos juntos era otro riesgo al que nos exponíamos. Nos preocupaba nuestra seguridad y los tres decidimos cambiar de guía.

Nuestros familiares, quienes pagaban cada tramo mediante transferencias bancarias, contactaron con otro coyote. Tuvimos que liquidar dos mil dólares por cada uno para que nos trasladaran hasta un punto donde nos esperaba el nuevo guía, que cobraría mil quinientos restantes, porque el cruce por México tenía un valor de 3 mil quinientos dólares.

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Había trascurrido un mes y cinco días de la travesía cuando empezamos a trasladarnos rumbo a Piedras Negras, localidad fronteriza del estado de Coahuila, que colinda con Texas. Avanzábamos en una calma aparente. Acercarse al río o al desierto aumenta el peligro de ser capturado por la policía a la caza de migrantes ilegales. Formaba parte ahora de un grupo de diecinueve personas, lo que adormecía mis nervios y los malos augurios.

Crucé el Río Bravo al mes y ocho días después de salí de La Habana. Pasamos primero diez y después nueve. El muchacho más alto entró de primero para marcar el paso y medir la profundidad. Nos juntamos en la orilla y formamos una cadena, cada uno sostenía la mano de su compañero. Con nosotros iba una niña pequeña que era la prioridad de todos.

Un hombre alto y fuerte la cargó sobre sus hombros y así nos adentramos en el agua. Corrimos con suerte al no ver ningún policía. El paso por el río fue muy peligroso, de verdadero pánico. La presión del agua en el primer tramo nos tambaleaba, pero permanecimos con paso firme y supimos acomodarnos.

Al otro lado nos recibió la migra americana. Les dijimos que éramos cubanos y nos pidieron algún documento que permitiera identificarnos. Yo entregué mi carné porque no llevaba pasaporte. También les facilité la dirección de mi familia en Texas. Nos quitaron los teléfonos, todas nuestras pertenencias y las prendas mojadas que guardaron en una bolsa. Fuimos en un camión hasta el centro de detención migratoria de Piedras Negras.

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En el centro me tomaron las huellas y me dejaron bañarme. Luego me ubicaron en unas carpas hechas de unas lonas blancas y transparentes, dispuestas de forma tal que que en el primer cubículo puedes ver a las personas de cuatro cubículos más atrás. Cada carpa cuenta con un televisor y un reproductor de DVD, con el que proyectan películas de muñequito. Ahí teníamos agua, manzanas, barritas energéticas, papitas, galletas.. para disponer a nuestro antojo. También nos daban desayuno, almuerzo y sándwich por la noche.

Durante los días que permanecí en Piedras Negras conviví con personas de muchos países de América Latina: haitianos, argentinos, nicaragüenses, mexicanos, venezolanos… Andábamos todos con unos nylons plateados y una colchoneta para dormir. Así es como sobrevives en ese lugar. A medida que la gente se marcha, reúnes más nylons para hacerte almohadas y dormir mejor, porque ahí lo único que se puede hacer es dormir y comer.

Para mí fue la etapa más desesperante de toda la travesía porque nadie me llamaba ni para preguntar mi nombre. En cambio, veía cómo pasaban a buscar a otras personas para interrogarlos o rellenar formularios. Luego supe que de las personas que entraron conmigo algunos estuvieron menos tiempo detenidos y otros hasta un mes.

Temprano en la mañana del cuarto día, mientras tejía trenzas en el cabello de una muchacha que había conocido en el último trayecto, vinieron los oficiales y dijeron nuestros nombres. Me entregaron mi antiguo teléfono y otro para estar localizable.

Llegué a una iglesia del sur de Texas donde me recogería mi hermano cuatro horas después. Lo vi, nos fundimos en un abrazo que supe eterno y le dije: «Este es el día en que, por fin, he llegado a Estados Unidos».

10 comentarios

El inagotable, Orlando J Martinez 5 septiembre 2022 - 7:00 AM

Ahora en Texas o Miami, estas en gravisimo riesgo.
¡Y no sabes lo que te pierdes!

Segun Cubadebate más de 3700 cubanos hoy existen porque si se llegan a cometer el error de ir a vivir a los Estados Unidos, ¡Ñampiti gorrion!

Esteban 5 septiembre 2022 - 9:29 AM

Y todo porque nuestro país es miseria y desesperanza por los cuatro costados.
Triste nuestra realidad y miles compatriotas más intentarán el mismo camino.

Manuel Figueredo 5 septiembre 2022 - 10:17 AM

” Este es el día en que, por fin,he llegado, a Estados Unidos .
¡ Bienvenida a tierras de Libertad !

dario 5 septiembre 2022 - 9:43 AM

en cuba ,con los pies; en chile con los votos : no !!! al socialismo radical.

Eva 5 septiembre 2022 - 9:56 PM

Bendiciones infinitas ya eres libre!
Gracias a la vida llego viva y sana
Cuantos mueren en ese intento ? Es tan triste lo qué pasa !!
No imagino cómo estarían sus familiares, cada día un suspiro de alivio y el insomnio por la preocupación ! Que tristeza , 1 mes y 8 días !
De los inmigrantes cubanos ninguna cadena de Cuba, ni el menticiero, ni teleSUR, ni RTODAY hablan!! somos fantasmas para ellos? Hasta cuándo la prensa internacional estará ajena a eso ?
Hasta cuándo tendremos que sufrir esta dictadura que se atreve a publicar casos similares de otros países y no se mira el ombligo ? Cuántos cubanos mueren en esa larga y Arriesgada travesía por la libertad?
Gracias a la autora gracias a LJC

Ramón Izquierdo Delgado 5 septiembre 2022 - 11:24 PM

“Durante los días que permanecí en Piedras Negras conviví con personas de muchos países de América Latina: haitianos, argentinos, nicaragüenses, mexicanos, venezolanos”
Es un relato conmovedor, una demostración que el capitalismo ha destrozado Latinoamérica, un ejemplo no de la “Libertad” de la que habla el Sr Figueredo sino de la desigual distribución de los ingresos globales propio del capitalismo. Y sobre todo que cuando hay países de bajos ingresos POR REALIZAR IGUAL TRABAJO las personas cuán aves migratorias hacia allí se dirigen.
Gracias a la autora por compartir sus vivencias y el deseo de mucha suerte en su nueva vida

narciso 6 septiembre 2022 - 5:35 AM

Manuel das con eva y otros del foro vergüenza ajena en cuba hay libertad tan es asi que los que se marchan de cuba quieren regresar rapido para ostentar bastante a los que e quedaron y con cadenas y sortijas de oro que en miami no se pueden poner a riesgo de perder la vida y sobre todo vienen cargados de pacotilla a venderle a los que se quedaron hay que tener poca vergüenza para decir que no hay libertad si no hubiera libertad no vendrian

Manuel Figueredo 6 septiembre 2022 - 6:57 AM

Narciso con esos argumentos usted lo que hace es enredarse más en la pata de los caballos. Das lástima. Decir que en Cuba hay libertad es como decir que no hay miseria y represión. Eso es un ultraje para este foro y todo el pueblo que lo lee .

Revenge 6 septiembre 2022 - 7:28 AM

Eso es lo que quisieran los mandantes para que se le den todos los negocitos turbios que tienen montados a costa de las remesas y del deseo de especular del que viene a Cuba. El problema es que han convertido a Cuba en un pais no vivible ni disfrutable, por lo que esa cuenta no va a dar. Antes, a un emigrado les salia mas barato darle a los familiares un bienestar pasable en Cuba, que llevarselos para su pais. O irse de vacaciones a Cuba, que a cualquier otro lugar. Pero han exagerado en montarle el teledrama a Biden y en las aspiraciones de lo que quieren que paguemos los de afuera. Han vuelto a Cuba un infierno de escasez, churre, tristeza, miseria material y moral, donde ni con dinero se vive bien. Todo el que tiene cuatro pesos para pagarle la travesia al hijo o a la abuelita, lo esta haciendo no por deseo sino por deber humanitario. Ya no son los 90, amigo.

Ramón Izquierdo Delgado 6 septiembre 2022 - 12:26 PM

Sr Narciso
Usted tiene toda la razón.
Ha dejado DESARTICULADO al Sr Figueredo, ya que el Sr Revenge no da argumentos.
Si Cuba no fuera libre los cubanos que se han ido, unos 180 mil números redondos según se dice, no salieran por el aeropuerto con total libertad.
Quien se va de un país que no sea libre no viene a el a disfrutar de sus hoteles caros con su familia en Cuba y los he visto en mi viaje a Cuba de mayo-junio.
Como usted dice esos gordos y gordas que vienen de Miami a Cuba no vinieran llenos de oro que nadie les arrebata.
¿Por qué los que se marchan de Cuba salen sin oros? Porque desde que lleguen a Centroamérica son hombres y mujeres muertos.
¿Por qué esos migrantes que salen de Cuba por Nicaragua no se quedan en Honduras, Guatemala, México o Belice?. No les digo Nicaragua porque me va a decir que es una dictadura, ya saben donde gobierna alguien que sea amigo de Cuba es dictadura.
¿Por qué siguen hacia EE UU y no se quedan en alguno de estos países?
DECIRLO foristas que no les va pasar nada: porque van buscando lo que todos los latinoamericanos, los altos salarios en Norteamérica.

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