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Para una cultura de diálogo

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dialogo

La historia de la humanidad hasta ahora ha sido un itinerario de prejuicios, intolerancia, confrontación y violencia. Muchos de los conflictos que tienen lugar en nuestra casa, nuestra barriada, nuestro país o en grandes zonas del mundo tienen su origen en la obstinación de hacer prevalecer unos intereses y criterios por encima de otros en lugar de concertar los mismos. Constantemente los medios traen noticias de situaciones de confrontación entre países vecinos, y a veces distantes, así como entre sectores de la población de una nación o incluso entre facciones de un mismo partido.

No son pocas las ocasiones en que tales circunstancias desembocan en catástrofes sociales que desbordan el marco de los agentes que las motivan. La obcecación y el atrincheramiento en una determinada perspectiva, la arrogancia hacia lo diferente y el afán de prevalecer priman sobre cualquier otra posibilidad de solvencia y ocasionan verdaderos desastres.

La humanidad debe actuar sensata y comedidamente para alcanzar una madurez conductual que lleve a eliminar o reducir tales niveles de pugnacidad. Para ello considero vital estimular y promover una cultura del diálogo.

Por supuesto, no se puede fomentar una cultura resolutiva, edificante, y benefactora desde una mentalidad inflexible, unilateral, impositiva, discriminadora.

El gran cambio en la sociedad solo se producirá, no como resultado de nuevos sistemas educacionales y comunicativos, sino como producto del desarrollo de una mentalidad armónica en el individuo. Esto significa, ante todo, considerar al otro como nuestro semejante, a pesar de diferencias de raza, sexo, religión o idea política. Además, considerar que, en cualquier situación de diferencias, el diálogo es el mejor expediente para una solución equitativamente beneficiosa.

Una actitud dialogante demanda del sujeto actuante un carácter humanista, tolerante, ecológico, creativo, pacifista. Solo una mente así servirá para resolver los problemas que agobian desde hace centurias a la humanidad, antes que enconarlos, agudizarlos y perpetuarlos.

Sin embargo, una postura de diálogo solo es posible si existe una voluntad constructiva, de evitación y solución de conflictos. Esto conlleva un comportamiento consensual y cooperativo. De manera que el diálogo deviene el modo y agente de cualquier proceso verdaderamente reparador de las dificultades entre grupos humanos. Recordemos que diálogo es sinónimo de compartir. Es necesario que tengamos el sentido de la reciprocidad que nos lleva a compartir ideas, sentimientos, voluntad, propósitos constructivos.

He escuchado muchas veces a individuos que hablan de diálogo pero evidentemente desde una postura equívoca. Se refieren a algún contexto donde ocurre un conflicto y proponen que es necesario ir allí a dialogar. No obstante lo hacen con un sentido de ir a explicar el punto de vista que defienden, pero no con el propósito de intercambiar visiones para llegar a un consenso, sino de convencer al otro de sus postulados.

Si siempre nos mueve el propósito de prevalecer, jamás estableceremos un verdadero diálogo

El diálogo es reflejo del carácter cambiante, relativo, interactivo y complejo de los procesos vitales. Reproduce, como manera de pensar y de ser, la movilidad, la transformación, la armonización de los fundamentos de la vida.

El diálogo no implica una ausencia de conflictos. Sería irreal más que ingenuo pensar en una existencia sin problemas. El despliegue de las potencialidades humanas y la consecución de nuestros sueños más inquietantes nos enfrentan a sucesivas y constantes dificultades. Lo significativo no es la desaparición de los problemas sino el desarrollo de una actitud resolutiva, positiva, sensata y concordativa, dirigida a la solución antes que al afianzamiento y la complicación de las contrariedades.

En las acciones dialogantes debe evitarse dos posiciones peligrosas. Una es que el individuo crea por anticipado que tiene la razón. En verdad, uno solo puede portar otra perspectiva u opinión. El que se cree en posesión de la razón, no solo reduce el carácter complejo de esta, sino que se coloca en un pedestal de terquedad que obstruye la apreciación de cualquier otro matiz posible. La segunda actitud nociva resulta de que el individuo se considere la víctima.

Es difícil establecer una negociación fructífera con alguien que previamente se aferra a una postura que pretende saldar deudas, escamotear responsabilidades, achacar causas, antes que concertar nuevos enfoques. No se puede dialogar desde una posición de pérdida pues no se plantean argumentos sólidos y creativos sino “quejas” y “lamentos” que buscan conseguir una ganancia inmediata y pírrica.

El diálogo, más que a decidir una postura de entre las que se ponen a debate, ayuda a encontrar una nueva posibilidad combinando los mejores argumentos de cada parte. Por eso el verdadero diálogo es siempre fructífero pues cada cual verá que ha colaborado con un grado de solución. El diálogo aspira a la fundación de una plataforma novedosa y sólida, donde las discrepancias queden, si no resueltas, al menos reducidas a matices secundarios.

Incluso cuando no se halle en lo inmediato un resultado beneficioso y factible subsiste un espíritu de construcción y cooperación. Es la actitud dialogante la que hace posible la concordia social. No es tan necesario concertar como actuar desde una disposición concertadora. En ese espíritu, toda acción propenderá a una salida positiva y equitativamente benéfica.

Para que se pueda realizar el diálogo son necesarios el respeto al distinto y la libertad de participación. Si no se considera a cada cual como un semejante con iguales derechos no se podrá dialogar. No está de más recordar al Benemérito de las Américas, “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. De esto deriva otra condición, la absoluta libertad para expresarse. No se puede dialogar con reservas o sin la posibilidad de exponer honestamente nuestras posturas. Por el sentido de respeto al otro, mi libertad no puede limitar la del otro.

De esto se deduce que es fundamental la igualdad. Quienes dialogan son semejantes no por los puntos que ventilan sino por el derecho a ventilarlos sin cortapisas. Esto hace indispensable el aire de la tolerancia. Hay que considerar y permitir ese espacio de diferencia. Por último, no se puede, dialogar solo a partir de opiniones y criterios personales. Estos dejan cabida para clichés y prejuicios. Se precisa información, datos, conocimiento, experiencia, para que el esfuerzo no sea inútil. Los diálogos son sustancialmente provechosos cuando tienen lugar a un nivel semejante de inteligencia.

Dialogar no debe consistir en una convocatoria o un procedimiento eventual. Debe constituirse en modo permanente de ver la realidad así como de actuar y expresarse consecuentemente en ella. Solo por y desde el diálogo el hombre dejará algún día, ojalá más temprano que tarde, de ser el lobo del hombre.

El Tornado

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Un hombre se sienta en el tronco de un árbol que fue derribado por el tornado, descansa un momento mientras retira los escombros de su casa en Regla, Cuba. Lunes 28 de enero de 2019. Foto: AP

El viento se eleva, retumba, crece como una mancha de oscuridad.

Todas las nubes oscuras del tiempo se cierran sobre nosotros.

Parece como si incluso la naturaleza se volteara contra nosotros.

No basta con que la política esté jodida. Que el imperialismo vaya ganando. Que los chavistas estén entre la espada y la pared. Que Maduro sea incapaz de controlar la situación. Que estemos más cerca que nunca de quedarnos solos. No basta que el cerco se cierre.

No basta que este pueblo tan jodido por la historia siga resistiendo entre el desabastecimiento, la corrupción, la apatía, la desidia. Nada parece bastar.

También tenía que llegar un tornado a golpear el lado más pobre de la ciudad. Una fuerza de la naturaleza.

tornado cuba
Foto: AFP

Las casas se han quedado sin techo.

No me arrepiento de estar hoy en Cuba. Entre mi pueblo que ya no ve la luz al final del túnel. Ya no está Fidel. Tenemos que abrir el camino hacia esa luz nosotros mismos. Nosotros solos.

En el momento en que escribo estas líneas me dispongo a partir hacia el lugar de los desastres. A brindar mi mano.

El Tornado no puede ser más fuerte que nosotros.

Martí y el Socialismo

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Foto: AP

Cuando un observador ajeno se asoma a una discusión política entre cubanos queda atónito al constatar que, si bien los revolucionarios tienen a José Martí como inspirador principal, sus adversarios también lo exaltan como paradigma. Tal parece que para ambos bandos Martí es una fuente de derecho espiritual de primer orden, un cáliz divino en torno al cual se dirimen los más feroces combates ideológicos.

En este sentido, la re-interpretación constante del ideario martiano forma parte de la guerra de pensamiento[1]que hoy afecta a toda la humanidad y a los cubanos en particular. Cuestión de fondo en este debate es si existe o no compatibilidad entre los postulados de José Martí y Karl Marx.

Los revolucionarios pensamos que existen posibilidades reales de coincidencia y similitud en varios aspectos que nos permiten ser martianos y marxistas al unísono. En cambio, otros criterios insisten en su absoluta oposición, lo cual pondría en evidencia la incongruencia de los fundamentos ideológicos de la Revolución Cubana y su manifiesta orfandad teórica.

En la Isla, esta vertiente de los estudios martianos ha contado con numerosos exponentes. Aunque a veces los argumentos han sido metodológicamente incorrectos al defenderse una identidad absoluta entre ambos sistemas de pensamiento, y hasta un supuesto ascenso dialéctico de Martí hacia posiciones cercanas al marxismo. Verdaderamente, ni José Martí ni Karl Marx necesitan uno del otro para brillar con luz propia en la historia del pensamiento.

Por otro lado, afanarse en buscar frases aisladas que expresen ideas similares de ambos pensadores, solo conduce a un acercamiento artificial y/o a una burda manipulación extra-científica. Intentar dilucidar el contenido de esta relación ha de hacerse desde la lógica interna de ambos sistemas de pensamiento, con toda honestidad y respeto por el ideario de cada uno y las verdaderas circunstancias en que fue expresado.

Exageran los que creen que Martí conoció a profundidad el ideario marxista pues,como era natural en su época, no lo privilegió sobre otras concepciones sociales pro-obreras, como los anarquismos de Mijail Bakunin y Pierre-Joseph Proudhon, o el reformismo de Henry George.

La perspectiva martiana tenía a Karl Marx como uno más entre los pensadores socialistas. Incluso, según el número de veces que hace referencia a esas figuras en sus Obras Completas, no es Marx el más mencionado, sino el agrarista norteamericano Henry George, al cual dedicó varias crónicas en sus Escenas Norteamericanas.

La conocida simpatía martiana hacia los trabajadores y sus luchas, hizo posible que adoptara durante su vida actitudes pro-socialistas que se iniciaron en México y continuaron luego en los EE.UU. Tales acercamientos pueden encontrarse tanto en sus análisis de la sociedad norteamericana, como en sus declaraciones ante las comunidades de obreros cubanos de La Florida, donde los ideales anarquistas alcanzaron fuerte arraigo.

Asimismo, esa amistad sincera por los obreros condicionó sus conocidas prevenciones hacia el socialismo. Entre ellas sobresalen las que expresara a su amigo Fermín: “Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”.[2]

Lo cierto es que en el núcleo del pensamiento martiano hay un evidente componente socialista. Este se manifestó en el compromiso reiterado a los obreros emigrados de que no trabajaban para traidores y que sus sempiternos intereses y aspiraciones de justicia social y democracia política serían reconocidos y puestos en práctica en la república futura pues:

El cambio de mera forma no merecería el sacrificio a que nos aprestamos, ni bastaría una sola guerra para completar una revolución cuyo primer triunfo solo diese por resultado la mudanza de sitio de una autoridad injusta. Se habrá de defender en la patria redimida la política popular […] y ha de levantarse […] un pueblo real y de métodos nuevos, donde la vida emancipada, sin amenazar derecho alguno, goce en paz de todos.[3]

En estos tiempos en que la presencia de José Martí se acrecienta entre los cubanos a tenor con los debates sobre la nueva constitución y los aires de reforma y renovación que se respiran por doquier, vale la pena acercarse nuevamente a sus ideas sobre el socialismo. Una razón demás para sentirlo, no como un héroe de épocas pasadas, sino como nuestro contemporáneo y compañero.

[1]José Martí afirmó: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace. Ganémosla a pensamiento”. Nuestra América. Edición Crítica, Centro de Estudios Martianos, 1992,  p.19.

[2]“Carta a Fermín Valdés Domínguez”, New York, mayo de 1894. Epistolario, t4, pp. 128-129.

[3]“Nuestras ideas”. Patria, 14-3-1892. OC, T1, p.315-316.

Rescatando a Martí

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Foto: Ramón Espinosa/AP

Al revisar la bibliografía sobre José Martí que se generó en los primeros años de la República, se aprecia que salvo el libro Contra el yanqui, de Julio Cesar Gandarilla, publicado en 1913, la faceta antimperialista del pensamiento martiano no tuvo marcada influencia. El criterio de publicación sobre el tema era más compilatorio que analítico.

Según José A. Fernández de Castro, en las primeras décadas republicanas no se conocía casi nada sobre la labor política de Martí en el exilio. Excepción eran algunos libros y folletos de valor informativo publicados por Ángel Peláez y Enrique Collazo. Solo habían trascendido algunas de sus cartas y los trabajos realizados por Gonzalo de Quesada, Roque Garrigó y Néstor Carbonell, que publicaron lo que poseían del Apóstol e investigaban sobre su vida.

En 1918 aparece Granos de Oro, pensamientos seleccionados de José Martí, por Rafael Argilaos. La revista Social lo reseñó de esta manera: “El señor Argilaos, con indudable acierto y buen gusto, ha ido entresacando de cada uno de los trece volúmenes de las obras de Martí publicados por Gonzalo de Quesada, los principales y más notables pensamientos en prosa y verso del apóstol incomparable de nuestras libertades”. En julio de 1919, Social anunciaba: Martí. Cuba Volumen I, una compilación póstuma de Gonzalo de Quesada; y un año después Cartas inéditas de Martí, anotadas por Joaquín Llaverías.

Tocaría a la generación del veinticinco la tarea de reivindicar la dimensión política más radical y antimperialista del pensamiento martiano. Esos jóvenes habían heredado una figura sacralizada que servía más a intereses caudillistas que al análisis de las verdaderas causas de los problemas de Cuba y de su dependencia a los Estados Unidos.

Lo habitual en el discurso político e intelectual de la época era la apelación a lograr, en nombre del Apóstol, la unidad de los cubanos por encima de diferencias socioclasistas. Pero esa percepción se modifica a mediados de la tercera década del pasado siglo, un período de crisis económica y gran efervescencia social. En consecuencia, emerge una nueva asunción de la obra y el legado martianos.

El 28 de enero de 1926 se celebró, por primera vez como fiesta nacional, el natalicio de Martí. A raíz de los homenajes, Juan Marinello afirmaba: “Debe pasarse del discurso emocionado, plebeyamente emocionado (…) a la plática fina y penetrante, que lleva su fuerza en su natural sencillez. Debe divulgarse ante todo, la virtud del cubano genial, y con ella, las normas directrices de sus concepciones políticas” (“El homenaje”, en Diario de la Marina, enero 28, 1926, p. 7).

La dependencia económica de la Isla se había agudizado tras la crisis económica de 1921, y se hizo crítica con el endurecimiento de las tarifas arancelarias por parte del gobierno de Estados Unidos ante la cercana bancarrota del 29. Esta situación explica el hecho de que la faceta antimperialista del pensamiento martiano se convirtiera en objeto de estudio para estos intelectuales.

La visión sobre Martí comenzó a enfocarse entonces en la penetración económica de los monopolios norteamericanos, de la que el genial cubano había sido crítico precoz. En 1928 se publicó en la revista Social “El Panamericanismo de José Martí”, de Emilio Roig (marzo de 1928, pp. 45- 79). Resaltaban en este ensayo los criterios martianos acerca de Estados Unidos y sobre la necesidad de la independencia económica de América Latina.

En ese período aparecieron libros, artículos y ensayos similares. Fue meritoria la labor de Félix Lizaso en el rescate del epistolario martiano, para lograrlo realizó gestiones en diversos países a través de amigos y colaboradores de Revista de Avance en medios diplomáticos y otros. Además, divulgó en Bimestre cubana el texto “Martí americanista”.

Diversas personas contribuyeron a la difusión internacional del pensamiento del Maestro, entre ellos, Alfonso Hernández Catá y Mariano Brull. Este último, desde la representación de Cuba ante el Instituto Panamericano de Cooperación Intelectual, logró que para la Biblioteca de Clásicos del Pensamiento Hispanoamericano, nuestro país estuviera simbolizado por una selección de Martí.

En 1928 se inauguró la Colección de Libros Cubanos, bajo la dirección de Fernando Ortiz, y lo primero en publicarse fueron las obras completas de José Martí. Ese mismo año Jorge Mañach dará a conocer la excelente biografía Martí. El Apóstol.

Se evidenciaba un cambio de actitud en la recepción de Martí por parte de la joven intelectualidad, en lo que influían varios elementos. Como se ha planteado, el viraje del pensamiento martiano hacia posiciones más radicales estuvo marcado, en lo fundamental entre otros factores, en el énfasis que hacía en la forma de propiedad de la tierra como razón de desequilibrio social. Esto se relacionaba con los estudios sobre el crecimiento acelerado de latifundios insulares en manos de compañías norteamericanas, que se denunciaba en esta etapa. De tal forma, se comienza a rescatar el ideario antimperialista que no había sido profundizado hasta el momento.

Esta nueva perspectiva fue planteada desde Revista de Avance: “(…) ya va siendo hora de que en Cuba fundamentemos las opiniones sobre los hechos, y no sobre un misticismo hecho de vagas ilusiones y escrúpulos de teórica dignidad. El patriotismo, si no tiene un sentido realista, se queda en obcecación suicida” (“Directrices”, 15 de julio de 1928, p. 171).

En una entrevista concedida a Julio César Guanche, Fernando Martínez Heredia aseveraba: “Todas las generaciones que han entrado en la vida cívica cubana durante el siglo XX han tenido que vérselas con Martí. Cada una, naturalmente, desde situaciones y condicionamientos diferentes, pero también enfrentando una acumulación cultural previa que incluye a Martí y las imágenes y lecturas que se han hecho de él, y reaccionando frente a ellas”. (La Revolución Cubana del 30. Ensayos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p. 209).

Esta última frase es crucial, pues a Martí no solo hay que asumirlo, igual que hizo la generación del veinticinco también debe ser deconstruido. Es un imperativo cívico reaccionar contra las imágenes simbólicas que desde el poder se nos legan del Apóstol, solo de ese modo una generación encuentra cauce propio. Cada época trae consigo maneras particulares de interrogar, de interpretar a las fuentes y luego reescribir, rehacer la historia partiendo de sus intereses, de sus cuestionamientos, de sus capacidades o limitaciones.

En los años veinte fue de suma importancia rescatar el antimperialismo martiano, era lo que necesitaba la patria. Martí es fuente esencial para los cubanos, dejémoslo de ver como objeto de adoración, rechacemos al Martí de mármol o de bronce y analicemos su ideario político, su republicanismo. Hacer eso fue lo que confirió un carácter revolucionario a los jóvenes del veinticinco. Develemos al Martí que necesita la patria ahora.

No ver el bosque

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bosque

Recibí con beneplácito le separación del marxismo y el leninismo en el texto constitucional. Reconozco el carácter bienintencionado y el logro que representa esa modificación. Pero sin dejarme llevar por la euforia, me pregunto si esto significa un paso significativo para la salida del dogma.

Asumamos el hecho de que el marxismo es muy variado. Si se habla de este en la constitución -de manera más incluyente- se pasa a aceptar por marxismo a corrientes diferentes del leninismo, por lo que se hacen válidas otras que incluirían al freudomarxismo, al analítico, y hasta otros que pueden ser políticamente complicados como el marxismo-libertario, o el luxemburguismo -que fue muy crítico con el capitalismo de estado que planteaba Lenin-.

No me queda muy claro que la constitución hable de esa inclusión, y de la validación de todo ello, ya que hay tendencias que pueden ser contrarias -dado el carácter altamente politizado en el interior del marxismo- con posturas «marxistas» oficiales. Es decir, reconocer y aceptar  los marxismos, es reconocer y aceptar -sobre todo dialogar- también  una amplitud de posturas teóricas y políticas marxistas que van desde anarquistas hasta socialdemocratas. ¿Es eso lo que busca la constitución?

No sé si proliferará entonces la discriminación «marxista», donde los marxistas oficiales en vez de disidentes, socialdemócratas y centristas, señalarán a los trotskistas, libertarios y consejalistas. Digo esto teniendo en cuenta que cualquier pensamiento puede autodenominarse marxista, a no ser que haya una instancia que determine qué es marxista, cualquiera de los principios de estos deberían ser aceptados.

Por otro lado, hay que ver si ese marxismo de la constitución quiere decir guiarse por Marx, o por las interpretaciones difundidas sobre este. La diferencia es significativa.

Para muchos no es lo mismo ser marxista (que estudia y lee a los seguidores, intérpretes y continuadores de Marx), que ser marxiano, marxista clásico, fundacional (que va directamente a la obra de Marx). No sé si hay una intencionalidad en la Constitución hacia ponderar al marxismo por encima de Marx; si desconoce las diferencias y por tanto, los toma como lo mismo; o si quería referirse a Marx, pero lo cierto es que eso tiene implicaciones.

Dado que Marx es un autor (en el sentido foucaultiano) las lecturas a este devienen en múltiples, pero con repercusión sobre la ciencia social: leer Marx puede derivar en nuevos marxismos. Entonces no es lo mismo que nos guiemos por uno o varios marxismos a la vez (a ver cuándo sirve uno y cuándo el otro), a que seamos el país que más marxismos genere (porque mucha gente lea y use a Marx de guía), o que  se combinen los marxismos ya establecidos con todos aquellos que produzcamos en Cuba.

Todo lo que he mencionado aquí de seguro parece extraño, pero es lo que debería pensarse al ser consecuentes con ese marxismo de la constitución. Veamos por qué.

Imagínese que en la Constitución dijera en vez de marxismo: física, matemática, biología, cibernética, ciencias de la información, etc,  que nos guiaremos por los principios de cualquiera de esas ciencias. ¿Suena extraño, e imposible no?

Carece eso de coherencia ya que cualquiera ciencia no es homogénea a lo interno. Cualquiera de ellas alberga en su interior diferentes paradigmas, puntos encontrados, corrientes, mucha diversidad. Además de que podríamos preguntarnos  cómo sería, si se violan los principios de esa ciencia en la nación que la tome como guía.

Ilustremos con un ejemplo. Si un país se guiara por la física, ¿qué paradigma asumiría de esta? ¿uno para cada circunstancia? Y si alguna política social o algún conocimiento no cumple o contradice a la física, ¿qué pasaría? Igual puede pensarse para un caso con las ciencias de la información, o cualquier ciencia, sin importar cuál.

El sinsentido que presento aquí como parte de un mundo al parecer distópico, es el resultado de llevar consecuentemente la idea de que una nación se guíe por una ciencia ( sin importar su naturaleza).

Resulta que el marxismo también es una ciencia, de ahí que unas líneas atrás construyera un posible escenario para este, para tener idea de cómo podría ser  una Cuba donde la ciencia marxista esté elevada a la constitución.

Tales implicaciones de incluir al marxismo en la Constitución, no ocupan espacio en la proyección de la realidad cubana luego de la implementación de esta, claro está, porque la presencia del marxismo en la carta magna no tiene una connotación de ciencia, sino ideológica, o mejor dicho, de ideología política.  Solo así puede tener sentido que este ahí, y así está puesta.

Entonces, el marxismo es tratado como ideología en la Constitución.

Resulta que uno de los rasgos del marxismo-leninismo -la versión dogmática de la  cual se intenta librar al marxismo en el acto de quitarle su apellido leninista-, es haberlo convertido en un marxismo ideológico, según señala el destacado marxista Michael Heinrich. Para él, dicho marxismo no es más que un reduccionismo del pensamiento de Marx, y convierte sus ideas en un discurso de validación de los intereses de la vanguardia, y para justificar sus decisiones, y que no es más que un marxismo sin Marx. Por suerte, estás ideas ya están algo difundidas.

Parece que los árboles aún no nos dejan ver el  bosque. Aunque se agradece la intención, y hay quienes piensan que es un gran avance para librarnos del marxismo-leninismo (igual podríamos decir dogmatismo estalinista) seguimos dándole una connotación ideológica al marxismo, un rasgo marcadamente estalinista, y que resulta parte esencial de esa construcción teórica.

Crónica de una muerte anunciada

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anunciada
Foto: AFP

Hace unas semanas la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba dio a conocer los resultados de la consulta popular realizada durante más de dos meses para el debate público del proyecto constitucional. Tuvimos la certeza de que el artículo 68 fue el que más polémica generó y que el nuevo texto no se referirá al matrimonio como la unión entre dos personas; en cambio, utilizará el término «cónyuges», más neutral y menos comprometido políticamente. La comisión redactora propuso que el concepto de matrimonio recibiera tratamiento diferido mediante una ley posterior, «como forma de respetar todas las opiniones».

Disímiles mensajes se han hecho eco en la red de redes. Mariela Castro, directora del CENESEX, aludía que «la sustitución de personas por cónyuges… mantiene la posibilidad de que todas las personas podamos acceder a la institución matrimonial» y afirma «que no hemos cedido ni cederemos a los chantajes fundamentalistas y retrógrados que se oponen políticamente al proyecto emancipador de la Revolución Cubana». No me quedan dudas de que en Cuba existen personas comprometidas y con conocimiento en la temática, pero considero que debía haberse realizado un sondeo de opinión preliminar, antes de decidir o no incluir esta temática como parte del proyecto constitucional.

La inclusión del artículo 68 expresaba un mensaje simbólico para el pueblo de Cuba. Nuevos tiempos exigen cambios de políticas, y en este caso, denotaba la voluntad del máximo órgano legislativo y sus miembros de dotar a la comunidad LGBTI de derechos jurídicos que condujeran a niveles superiores de equidad y respeto social; sin embargo, en la política no podemos ser ingenuos, los cambios realizados en relación con el artículo 68 representan un retroceso en la proyección inicial, aunque utilicemos palabras sabias y alentadoras para expresarlo.

El proceso de consulta popular sobre el proyecto de Constitución actuó como un medidor que mantuvo expectante a quienes nos preocupamos por este tema y sus posibles consecuencias. Sin necesidad de apelar a oráculos para vaticinar el futuro, los actuales cambios constitucionales con respecto a la temática podían predecirse. A juzgar por los debates desatados en centros de trabajo, barrios, escuelas, entre otras instituciones públicas, los prejuicios homofóbicos que persisten en la sociedad cubana actual y la labor proselitista desplegada por el fundamentalismo religioso, el artículo 68 del proyecto constitucional representaba la «crónica de una muerte anunciada».

Desde que se dio a conocer públicamente el artículo 68 en el proyecto constitucional, un grupo de iglesias protestantes iniciaron una campaña contra el matrimonio igualitario. Frases como: «Estoy a favor del diseño original, la familia como Dios la creó» fueron utilizadas como eslogan de la campaña, e incluso, colocadas mediante carteles en las puertas de casas e instituciones vinculadas a esa labor proselitista. Un estudiante me comentaba que algunos estuvieron dispuestos a hacer ayunos, convocar marchas y predicar sobre el pecado que representaba el matrimonio entre personas de un mismo sexo, una de las razones que esgrimieron para justificar las consecuencias que se generarían- como votar en contra de todo el proyecto-  si el máximo órgano legislativo de la República de Cuba aprobaba el tema como estaba concebido.

Para ser justos, las campañas del fundamentalismo religioso no quedaron impunes; muchos cubanos y cubanas se unieron para contrarrestar sus mensajes. Sin embargo, los resultados alcanzados nos demuestran que todavía debemos hacer más para desterrar los prejuicios homofóbicos que actúan como muros de contención simbólicos, psicológicos y culturales contra las ideas revolucionarias del proyecto emancipador cubano.

No crean los fundamentalistas religiosos y los homofóbicos que han obtenido un éxito rotundo; Mariela Castro tiene razón cuando plantea que «la nueva fórmula… borra el binarismo de género y heteronormatividad con el que estaba definido el matrimonio en la Constitución de 1976». Debemos apoyar el proyecto emancipador de la sociedad cubana el 24 de febrero de 2019 con un SÍ, pues el nuevo texto constitucional permite una brecha jurídica para generar cambios futuros en relación con la temática.

Resulta necesario concientizar que la lucha por los derechos jurídicos de la comunidad LGBTI no atañe solamente a sus miembros y seguidores. En los marcos actuales de Cuba, se ha convertido en una lucha política; no es posible generar transformaciones emancipadoras que modernicen el Estado cubano, si no se le da solución definitiva a este problema que involucra a toda la sociedad. Aristóteles preconizaba que «el sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice»; debemos generar estrategias certeras desde la teoría, educación y praxis política, para encauzar correctamente la lucha por la aprobación de un Código de Familia inclusivo, que dote a la comunidad LGBTI de los derechos jurídicos que se merecen.

Si lo permitimos

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permitimos
Foto: Alexandre Meneghini/Reuters

a Lisbeth, Mena, Jessica y Marco y Gretel

El Vedado cerca de las nueve de la noche. Y si quieres, es un viernes, hace poco. Cerca de Calzada y Casa de las Américas: un restaurante. Privado. Desde la puerta, el muchacho que ataja turistas nos confunde con turistas. Poca observación sociológica. Ninguna, dice mi novia. De su camisa, negra, en el pecho de uniforme de portero, cuelga un cartel lumínico –pequeño-, con letras rojas como el de la 222 y el A44. Las letras se suceden. No se lee una palabra completa, pero se entiende una frase que se repite: Aquí muere la utopía.

Si hubiera sido un guión de Eduardo del Llano para su Nicanor O´Donell  número 15, algún afectado crítico habría dicho que es algo manido y exagerado –típica estrategia del enano para que el gigante lo vea y no lo pise-. Pero la realidad está allí. Aquí. Como la burguesía, como la pequeña burguesía que quiere ser clase y por ello consume, casi, tanto como la burguesía.

El burgués es el que compra fuerza de trabajo porque, el que la vende, el trabajador, no tiene nada más que vender. Puede que venda otra cosa, un par de zapatos que le traen de Panamá y no le sirven –él usa 46 y le trajeron 45-, pero eso no le da seguridad para vivir. Y está el auto-empleado, que vende a dos pesos el turrón de ajonjolí –frente al café del Brecht, cuando el viejito no ha vendido casi, a tres por cinco-. Y después los mezclan a todos en el sector cuentapropista. Como si el propietario del restaurante distópico fuera un productor y no acumulador de riqueza. Y si lo dejan, de propiedades.

Quienes luchamos para que no entrase a la Constitución el término propiedad privada -porque le daría derechos políticos a la burguesía-. Y para que no la reconociera y protegiera el Estado socialista; quienes pretendimos eso –y lo pretendemos-, no vimos que, en el momento en punto en que todos somos ciudadanos, los burgueses también tienen derechos a ocupar puestos públicos. A ser delegados, y parlamentarios. Y presidentes de la República de Cuba designando primer ministro y gobernadores.

La burguesía nace y tiene intereses políticos. Por ahora no le importan los cargos públicos. Teme al Estado venial, a sus impuestos y burocratismos –no a la burocracia, gentil aliada-. A sus vaivenes. Pero tampoco agradece el que la hayan (re)creado. Para ella su existencia es su propio mérito. Y se queja. Se queja de que no puede acumular propiedades. Y se queja porque no puede tener el consumo que quisiera tener. Aunque importen, claro está, solo para ella – ¡llame ya!-, productos estúpidos y un museo en el Manzana Kempinsky, sin Mella, para que no se asusten. Sin publicar El capital, ni siquiera en el bicentenario – ¿desde cuándo no publican El capital?-.

Ahora todo está quieto. Fotógrafos con asistentes jóvenes, bonitas, bien vestidas, cultas, para salir si no tienen novias. Una productora a tiempo completo y cuestiones domésticas incluidas, como llevar la ropa a la tintorería. No es nadie en especial el fotógrafo, casi todos los artistas plásticos de La Habana tienen asistentes por 100cuc al mes. Especial es la pequeñaburguesía. Y la burguesía.

Que no le gusta que la llamen así, ni a los propietarios privados les gusta que les llamen burgueses. Y al capitalismo no se le dice capitalismo, y a los militantes se les llama activistas. La militancia es para 1968. La más grande derrota de la izquierda revolucionaria que, magia del mercado, la izquierda mundial nostalgia. Aunque todos hoy son verdes socialdemócratas y la estética maoísta se encuentre en Pinterest, con un cartel de Bender Futurama de donde salen rayos de sol rojos y dorados y mira al cielo. Como Mao, y los guardias rojos. Que hoy viven el 0,61 de Índice Gini.

Y militante también es el del partido que se reúne y cotiza y quiere que los trabajadores de su centro laboral crezcan. Esos, los aburridos, los reunionistas. Porque es mejor tener en un saco grande todo lo rojo y decir que desde 1925 hasta hoy no han –hemos- hecho nada. Que se fueron con la de trapo en el 33, y en el 40, y el pistoletazo a Sandalio Junco, y en la lucha armada, y Ordoqui y Edith García Buchaca –imperdonables-. Pero de pronto, no tenemos nada. Y esos fallos lo son todo. Error 404. Ups!

Pero están los pesados. Los que caen mal. La Joven Cuba, el Proyecto Nuestra América, la Red de Jóvenes Antimperialista –desaparecida nadie sabe cómo ni cuándo-, La Tizza –su mejor fruto–, Trinchera, La Luz Nocturna. A veces un poco de whisky left, es cierto, pero también ron malo y sin caras –carísimas- camisetas del Che. Desde otro lugar alguien dice que los jóvenes intelectuales habaneros están desideologizados. Y nos llaman revisionistas. Y comienza la estúpida atomización. Ellos no están mal. Ellos también somos nosotros. Pero no entienden nada. La vuelta del PCE vs. CNT vs. POUM, pam! bang! yo soy más que tú! Y después, después entra Franco, y Macri y Bolsonaro.

Y aquí: la burguesía. Queriendo vender camarones y utopía al ajillo. Deliciosa. Digerible.

Si lo permitimos.

Solidaridad con Venezuela

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Foto: Marcelo Garcia / Miraflores Press

Estos son momentos duros para Venezuela. Ayer 23 de enero, Juan Guaidó, quien estaba al frente de la Asamblea Nacional, se ha autoproclamado presidente, dando así inicio a un proceso de golpe de estado. Donald Trump y su gobierno lo han reconocido como presidente legítimo, en una clara agresión a la soberanía de Venezuela que puede tener consecuencias desastrosas. No está descartado que todo esto desemboque en una espiral de violencia, que puede incluir una intervención militar norteamericana.

En situaciones como esta es necesario acordarse del pueblo, que es el que más va a sufrir cualquier confrontación. Desde Cuba, no se puede hacer otra cosa que enviar un mensaje de solidaridad al país hermano. Solidaridad con las mujeres trabajadoras, con los habitantes de los cerros de Caracas, con los estudiantes, con los militantes chavistas que sinceramente luchan por enrumbar el futuro de su nación, con los trabajadores que solo aspiran a poder vivir en paz, en fin, con todos los que han nacido en esa tierra y la aman.

A lo largo de estos últimos veinte años, los cubanos aprendimos a amar la patria de Chávez y Bolívar, a estar pendientes de todo lo que ocurre en ese hermano país, como si fuera en Cuba. Miles de nuestros médicos han cumplido y cumplen misiones allí, se han creado vínculos sociales, familiares en algunos casos, casi tan fuertes como los que una vez hubo con el pueblo ruso. En este instante de grave crisis, todos debemos pensar en cómo podemos hacer para ayudar a los venezolanos.

Es la hora de afirmar bien alto: ¡Todo por Venezuela! ¡Todo por la soberanía! ¡Todo por la integración latinoamericana! Todo por la paz.