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La sustitución de importaciones

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La sustitución de importaciones ha vuelto con fuerza a la política económica cubana con el dramatismo de presentarse como una cuestión de seguridad nacional. Con el mismo entusiasmo que los burócratas de los 70 y 80 apoyaron que solo exportáramos cuatro o cinco productos e importáramos miles del campo socialista, los de ahora se comprometen a cumplir con este lineamiento partidista/gubernamental sin chistar.

Lo que pocos se atreven a explicar es cómo van a hacer realidad la palabra empeñada ante el gobierno y el pueblo. El problema es que sustituir importaciones es una consecuencia de un conjunto de medidas económicas que se deben tomar y no una tarea del momento para mantenernos entretenidos hasta que se quite el bloqueo, o lluevan los añorados capitales extranjeros que nos llevarán al desarrollo.

América Latina tiene record mundial en este tipo de políticas que trajeron a la par grandes logros y dificultades, aún en los mejores momentos. En los años 60 pareció que la conjunción de astros le era favorable. Fue cuando la aplicación de la política desarrollista de Raúl Prébisch y otros economistas de la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL), coincidió con la decisión del US goverment de invertir cuantiosas sumas en la región para enfrentar la creciente influencia de la Revolución Cubana.

Así se logró un crecimiento sostenido por encima del 5% durante más de una década, la producción se diversificó y se expandió el empleo, las pymes, la clase media y el mercado interno. A su vez, se desató una hiperinflación, crecieron los monopolios estatales y se distorsionaron los indicadores del mercado.

Los principios de la sustitución de importaciones están definidos hace tiempo: subsidios estatales para la producción de sustitutos; aranceles a la importación y tipo de cambio elevado. Ninguno de los tres está presente en Cuba hoy pues el Estado no tiene para elevar la inversión y, en cambio,  le exige a estas empresas sustituidoras ser rentables (¿!), importar sin aranceles y aplicar un tipo de cambio que favorece la importación y no la exportación.

Esto último ha sido uno de los factores principales por lo que los economistas cubanos insisten en la necesidad de terminar con la doble moneda y la multiplicidad de tipos de cambio. En el ínterin, las empresas cubanas no tienen  un referente económico preciso sobre su rentabilidad, lo cual impide que se pueda saber a ciencia cierta  cuáles son realmente las rentables.

La cuestión de fondo es que esta política es muy riesgosa porque niega una ley de la economía internacional: la de las ventajas comparativas y conduce a un proteccionismo que recae sobre los bolsillos de los consumidores. No obstante, ante la necesidad imperiosa que tiene Cuba de equilibrar las balanzas comercial y de pago, el camino de la exportación hay que retomarlo.

De hecho, hoy hasta las grandes economías de menos rentabilidad, como EEUU y Japón han optado por virarse hacia el mercado interno. Incluso China lo ha decidido ante las sanciones y la ralentización del crecimiento en los últimos tiempos. ¿Cómo no hacerlo Cuba que lucha por su supervivencia?

Pero no me queda claro que la política económica cubana actual esté consciente que no es lo mismo aumentar las exportaciones que sustituir importaciones. La experiencia desarrollista latinoamericana mostró que tener que importar los insumos para la industrialización llevó a la quiebra a muchos industriales nacionales.

Lo peor es que el fantasma de la doble moneda crea la impresión subjetiva de que el trabajo de los cubanos no crea valor. Los burócratas pseudo-empresarios y pseudo-economistas que defienden aún este engendro parecen decirle a Marx: “Te equivocaste Moro. En Cuba hemos descubierto que el trabajo que se expresa en CUP no crea valor. Por eso solo nos interesa exportar y sustituir importaciones y al c… el mercado interno.” Ni los mercantilistas del siglo XVI, anteriores a la era industrial, fueron tan confundidos por sus propios mitos.

Para sustituir importaciones habrá que invertir más en la producción nacional, abrir espacios a la inversión nativa y extranjera en las pymes, unificar la moneda para que todos compitan en igualdad de condiciones y la rentabilidad se revele en el mercado, fortalecer el peso como medida de valor y medio de circulación, ampliar las ofertas del mercado interno y gravar las importaciones con fuertes aranceles.

Si la consigna pretende adquirir visos de realidad se necesita un paquete de medidas que incluya, además, ofertas de capital estatal para financiar las mejores propuestas de industrialización sustitutiva, contabilidad rigurosa para saber si realmente es económico fabricar el bien internamente y apertura de la ventajosa y subutilizada Zona Especial del Mariel a los productores nacionales.

A eso se le ha de sumar el apoyo de todos los dioses del panteón cubano y universal y que La Fuerza nos acompañe. Disculpen si parezco un aguafiestas -como Marx- pero es mejor pensar bien primero y hacer después, como nos enseñara Varela. Más cuando se pone en riesgo el empleo del poquito capital público y privado con que contamos y es preciso pisar con pies de plomo para tener un futuro.

Pensar la revolución

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La revolución que tuvo lugar en Francia marcó toda una forma de pensar a aquellas que le sucedieron en la historia. Eso, llegó también hasta la Revolución Cubana. Algunos de los efectos o implicaciones de ese enfoque pueden ser negativos.

Los revolucionarios franceses -aquellos que encabezaron el proceso de subversión de la totalidad social-, creían que la preparación previa de un grupo en el momento de mayor tensión de las contradicciones llevaría a la formación de un alto sentido político de la sociedad, que concluiría con el proceso que cambiaría la dinámica del sistema social. Era la teoría de las luces.

Esa no fue solo la forma de pensar de aquellos galos, era la del sujeto revolucionario. Era por tanto, la manera de pensarse a sí misma, de imaginarse, la Revolución Francesa; y así se propagó como molde. La supervivencia de este prisma se puede apreciar en la importancia de los líderes en la construcción historiográfica que tanto abunda aun.

Desde entonces, una buena parte de lo que conocemos como revoluciones –lo hayan sido realmente o no- se han visto en su espejo. Una de los movimientos que no pudo escapar de esa autoconciencia, fue el cubano. En la Revolución Cubana, la vanguardia “que sabe hacer las cosas” ha sido una constante, incluso, sobrevive hasta hoy la tesis de esta como modelo macro de la conducción social en Cuba.

Pero los momentos de cambios sociales no se pueden juzgar, por cómo se autodefinen, por todos esos colores que ellos mismos se ponen, explicaba Marx. Los riesgos de escribir la lógica de la historia estando inmerso en ella, eran asuntos que más de una vez señaló el alemán. Y lo cierto es que lo iniciado en 1789 ha sido sometido a revisiones muy serias, y desde hace varios años que se superó la teoría de las luces.

Se ha aclarado que no se trata de una preparación previa; que el estallido no tiene ocurrir en el momento de mayor contradicción económica; y que no es cuestión del sujeto político, sino del sujeto real -si de revoluciones se trata-. A pesar de ello, la Revolución Cubana por tanto, sus protagonistas, para pensarse a sí mismos, se han quedado atrapados en aquellos viejos esquemas ilustrados, sobre todo, en el último aspecto mencionado.

Lo particular, es que el imaginario social cubano es atravesado por la idea de Revolución. A pesar de que vivimos en una etapa posterior a esta, culturalmente seguimos  dentro de ella –en su dilema a favor o en contra-. De ahí que el cómo pensamos la Revolución, ha determinado cómo nos concebimos, como sociedad, como individuos dentro de esta. El resultado, es que la dimensión del partidismo político desde la cual nos definimos, penetra  las propias relaciones humanas en sus más elementales esferas. Sus efectos no solo van a la práctica política propiamente -y se hacen notar.

En no pocos espacios y ocasiones en Cuba ha sido –o es- más importante la identidad de ser revolucionario, que la propia condición humana; o mejor dicho, el ser revolucionario se convirtió, no en una actitud humanista y que recoja diferentes aristas de la vida humana –asociadas al nuevo sistema de valores construidos en la Revolución-, sino en una actitud estatista asociada al signo político -basta conversar en ciertos círculos, y ver cómo todavía se juzga a la gente por ese criterio-. La apreciación de un sujeto visto desde lo político –en relación al poder del estado-, ha sido más importe que un sujeto visto desde su totalidad humana.

Pensar la Revolución, que ella se piense a sí misma, que nosotros los cubanos la pensemos; no es solo un ejercicio historiográfico o de trazar una estrategia política a favor o en contra, ha sido, sobre todo, una forma de definir lógicas de cómo nos relacionamos como individuos. Por eso, en la medida que veamos la Revolución, no en su dimensión política, sino asociada al sujeto cotidiano, real, natural –en boca de Marx-, en la medida que sea esto último y no lo primero lo que defina, codificaremos también nuestras relaciones sociales en el mismo sentido.

Osadía selectiva

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Foto: Havana Swingers Club

Nuestra televisión se torna francamente temeraria y muestra osadía. Libertad, dirán unos; libertinaje, será la opinión de otros. Nunca se logra complacer a todos. Lo cierto es que la conocida máxima de que todos los caminos conducen a Roma, en nuestros medios se manifiesta de esta forma: todos los caminos conducen al sexo. Sea abordando el respeto y los derechos asociados a la diversidad sexual, o difundiendo la existencia de tendencias aún menos comunes en las prácticas sexuales, estos asuntos son de los más recurrentes en los últimos tiempos.

Pero que nadie se equivoque, constantemente se aprende algo nuevo acerca del tema. Así me ocurrió al ver el programa Pasaje a lo desconocido del pasado viernes, dedicado al tema: Swingers en Cuba. Lo primero fue descubrir que existe algo denominado movimiento o fenómeno swinger. Según lo escuchado y lo que leí después, lo resumo, un poco en broma, más o menos así: onda retro a los hábitos sexuales de la horda, claro que con mayor refinamiento y sin que sean rechazadas costumbres cronológicamente posteriores, como el matrimonio y el tabú del incesto. Qué alivio esto último.

Los swingers son personas que tienen una postura totalmente libre en relación a las prácticas sexuales. Las parejas no se traicionan pues participan —o permiten—, de común y absoluto acuerdo, en el establecimiento de relaciones sexuales con otras personas, ya sea en grupos, individuales, juntos o separados, conocidos o desconocidos…en fin. Que nadie piense en el casi tradicional intercambio de parejas, esto es más transgresor.

Y tenemos club de swingers en Cuba. Y para mí sorpresa estaba invitado a hablar de él su presidente. Muy correcto y protocolar. No aclaró como fue elegido, si directa o indirectamente, sin embargo, explicó el sentido de la organización, las formas de acceder a ella; el incremento constante de la membresía; el uso de las nuevas tecnologías para concertar citas; la situación en otras provincias… Pronosticó también que seguirán creciendo como parte de una tendencia mundial.

Por supuesto que hubo una valoración desde la ciencia, de ello se ocupó la talentosa, amena y excelente comunicadora Patricia Arés, doctora en ciencias psicológicas. Esto dejó aclarado sobre la materia: que es una práctica contracultural de las relaciones sexuales y que no disuelve el matrimonio pues se basa en el consenso de los cónyuges, lo que mantiene a salvo la fidelidad. A cambiar entonces el anticuado refrán, que entre los swingers seguramente es: “Ojos que sí ven, corazón que no siente”.

De que las opiniones son conflictivas dan certeza las reacciones a un comentario sobre las parejas swingers, colgado por el periodista Fernando Ravsberg en su muro de Facebook. A un lado de la cancha algunos expresan: “lo mío es mío… y de nadie más”; otros lo catalogan de “animalidad primitiva”; “difícil de asimilar para muchos”; “triste canto posmoderno a la ausencia del compromiso”; “vamos en retroceso, la sociedad está podrida”…

Al otro lado, unos pocos acusan a los que así piensan de “gente reprimida y convencional” con “moralina rancia y retrógrada” y fundamentan que “las actividades sexuales de cada quien, siempre que sean consentidas, son tan respetables como inclasificables, ya se realicen en pareja, en solitario o en grupo…”.

En lo personal no comparto ni de lejos la filosofía swinger, aunque creo que en el ámbito de las relaciones sexuales deben respetarse las elecciones privadas. Más me preocupa el hecho de que somos surrealistas.

Si la Biblia asevera que será más fácil para un camello entrar por el hueco de una aguja que para un rico entrar al reino de los cielos; yo les digo que en Cuba es más fácil que un club de swingers, o no descarto que hasta de adorador@s del dios Príapos —divinidad fálica entre los antiguos griegos—, se presente en la televisión cubana antes que pueda hacerlo un grupo de anarquistas o simpatizantes del trotskismo, o de defensores de un socialismo antiburocrático; y no menciono otras tendencias so riesgo de que me denominen, cuando menos, centrista.

Reinaldo Taladrid, el conductor del programa, valoró con mucha razón que los swingers, a pesar de que muchos no compartan sus puntos de vista, tienen derecho a explicitarlos. Valioso precedente ese; es una lástima que solamente aplique para hablar de costumbres sexuales y no políticas.

Si continuamos por ese camino, pronto habrá que “cambiar todo lo que debe ser cambiado” en los libros de filosofía, y sustituir ciertas frases, que son casi subversivas, por otras más apropiadas a esta época. Por ejemplo, el aristotélico apotegma: “El hombre es un animal político”, podría mutar en: “El hombre es un animal sexual”; en lugar del descartiano: “Pienso, luego existo”, aquí se diría: “Sexo, luego existo”. Y qué decir de la exhortación de Carlos Marx, que pudiera quedar modificada del siguiente modo: “Proletarios de todos los países, uníos… en la cama”.

Radiografiando Prado y Malecón

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Foto: Silvia / HPS

Quizá Prado ha demostrado que el problema más complejo que enfrenta hoy la sociedad civil cubana, tanto la oficial como la independiente, es la polarización de los medios y consecuentemente de los agentes generadores de opinión. Atrapados por más de cinco décadas en el estrecho marco de dos modelos rígidos contrapuestos, los principales medios de noticias dentro y fuera de Cuba han seguido una vez más un discurso de guerra fría para describir la marcha del 11 de mayo.

En Cuba mutis periodístico, y acaso una breve alusión ya extemporánea presentando la marcha, otra vez, como una provocación contrarrevolucionaria. Fuera de Cuba el abundante reporte de un fracaso, de otro intento inútil de expresión colectiva bajo una dictadura represora. Es muy difícil deshacerse de estos dos discursos no solo para la prensa sino incluso para el pensamiento político individual de los  cubanos. Y esto no significa que pensemos solo en esos términos, sino que de algún modo son esos los términos que anclan la discusión y estandarizan el valor de las opiniones.

Cuán gusana o cuán comecandela es una opinión ha tenido durante mucho tiempo más peso que la opinión misma.

Por eso es necesaria una lectura sosegada de la marcha del sábado, porque por primera vez se ha organizado en la Cuba revolucionaria una manifestación cívica descentralizada. Y si esto no fuera suficiente, baste solo decir que por primera vez, durante esos cientos de metros desde el Parque Central hasta el malecón, vimos marchar en una multitud armoniosa a ciudadanos conocidamente opositores junto a otros que, entrevistados minutos antes por una periodista en la escena, se identificaban orgullosamente como defensores de la Revolución.

En el relato de los hechos habría que comenzar por la suspensión de la conga contra la homofobia y el rol de Mariela Castro. Mariela es la directora del Cenesex, un centro que ha sido por mucho tiempo identificado como la voz de la comunidad LGBT+ cubana, y en muchísimos sentidos la identificación no ha sido inadecuada. Todos en Cuba saben que el Cenesex ha hecho una labor absolutamente impresionante por los derechos y por las libertades de la comunidad LGBT+ y lo sigue haciendo, es algo avalado con hechos y con abundantes logros independientemente de las críticas que se le pueden hacer.

Quizás un día la sociedad civil cubana entregará un premio Mariela Castro a personalidades que han contribuido a la lucha por la igualdad de género. Pero no hay que olvidar que el Cenesex es un centro estatal, no es una comunidad y no tiene que seguir en general reglas de pluralismo en la toma de decisiones. Así este año el Cenesex anunció la suspensión de su tradicional conga contra la homofobia que durante una década fue el equivalente cubano del desfile del orgullo gay.

Las razones dadas, a saber, que el enemigo usaría la actividad para promover su propia agenda, sin más detalle, provocaron el comprensible malestar y escepticismo de buena parte de la comunidad y de una sociedad civil que hoy tiene una presencia y una actividad muy importantes en Facebook y Twitter. La conga claramente es una actividad del Cenesex y por lo tanto la decisión de suspender o no la conga corresponde únicamente a ese centro, no hay nada que imputar. El Cenesex además mantuvo el resto de las actividades de su Jornada contra la Homofobia, incluso la fiesta programada para ese mismo día, si bien cambió el horario de inicio para coincidir con la cita del Parque Central.

Probablemente nadie en ningún caso descartó la posibilidad de que Mariela tuviese información de inteligencia sobre algún plan de los grupos opositores para atentar contra el espíritu original de la conga. Sin embargo muchos decidieron, (y esto es muy importante) aún así, asistir a una marcha alternativa cuya concepción fue tomando cuerpo a medida que el debate sobre la suspensión del orgullo gay se extendía en las redes sociales.

La cita fue fijada para las cuatro de la tarde en el Parque Central y a esa hora desde allí unas 150 o 300 personas, depende de quién cuente, comenzaron a caminar Prado abajo con las banderas de Cuba y del arcoíris en una sola asta, gritando consignas de Cuba diversa y de sí se pudo. Durante la marcha no hubo ningún reporte de declaración contrarrevolucionaria ni tampoco loas a la Revolución, enfocados en la causa del respeto a la diversidad sexual los manifestantes visiblemente emocionados desfilaban con alegría frente a un gran dispositivo de medios oficiales de prensa, exclusivamente extranjera.

La policía siguió la marcha con profesionalidad durante todo el paseo y por ese lapso todos vimos, más allá de la igualdad de género, cuánto sería posible con una reforzada voluntad de respeto mutuo entre cubanos. Al final de Prado incluso, cuando ya la policía y otros efectivos del MININT cerraban el paso y detenían, aún la esperanza se cifraba en el diálogo. Los vídeos subidos a Twitter tomados cerca del intercambio que se establece entre el oficial que (quizás) estaba a cargo del operativo y la línea principal de la manifestación son de un civismo impresionante dadas las circunstancias.

El oficial hablaba de la tolerancia de la policía que ya había permitido esa marcha a lo largo del Prado visto que la manifestación no tenía autorización ninguna. Y presentaba este argumento sin asomo de arrogancia, en un tono de persuasión inusitadamente llano que contrastaba con aquél de los otros agentes en el momento de los arrestos. Del lado de los manifestantes interpelados la apreciación era comprensiblemente otra, pero se volcaba también en clave de diálogo.

Malecón

El libre derecho de cruzar al malecón, que ya no implicaba siquiera detener el tráfico, porque proponían pasar despacio y organizadamente a ritmo de semáforo hasta la ancha acera frente al mar, era de un sentido común aplastante. La policía sin embargo tenía claramente la orden de no dejar pasar, quizás porque en Malecón la situación sería más compleja llegado el caso de una eventual intervención. En comparación con Prado el malecón es una vía muy rápida, con mucho más tráfico y mucho menos espacio para un margen de maniobra.

Los eventos que se desarrollaron en este punto llevaron al establecimiento de un cordón policial que finalmente impidió el paso a Malecón y a San Lázaro. Llevaron también a un grupo de detenciones con maltrato, cuyas fotos provocaron la vergüenza de muchos incluyendo intelectuales revolucionarios como Silvio Rodríguez, Vicente Feliú, Luis Alberto García y Haydée Milanés.

De forma bastante controversial los arrestados fueron todos ciudadanos abiertamente opositores y en su mayoría heterosexuales. Sobre esto las narrativas vuelven a alinearse en el eje polar. Según el anti-oficialismo, estas personas no hacían nada fuera de lo normal estando allí como cualquier otro manifestante hasta que fueron detenidos violentamente. Según el oficialismo fueron justo estas personas quienes no acataron las ordenes de la policía con el propósito de generar un incidente violento que tuviera impacto mediático.

Es plausible, a falta de más detalles y con escasa evidencia, que la realidad se haya parecido más al segundo escenario, esencialmente porque ni la policía ni el gobierno ganaban nada con generar un incidente violento en ese contexto, muy al contrario. Por otra parte la marcha se había desarrollado con tranquilidad y era posible, como se vio, establecer entre policía y manifestantes un canal de diálogo más o menos decente, justamente porque no había en principio un protagonismo opositor.

En cualquier caso, provocado o no por el grupo de opositores, la violencia se produjo y el impacto mediático también. En ese sentido el saldo es triste: si los opositores tenían una agenda oportunista que usaba e irrespetaba a la comunidad LGBT+ la cumplieron bien y el Cenesex siempre estuvo en lo cierto, si en cambio fue la policía quien provocó el incidente entonces el Cenesex quizás de algún modo involuntario marcó la agenda, y la oposición se anotó gratuitamente el activismo.

Parecería que en este escenario los únicos perdedores son la comunidad LGBT+ y por extensión la sociedad civil independiente. Pero este es el momento de reconocer nuestro propio sesgo y el hecho de que hacemos siempre una lectura polarizada. No es que el Cenesex actuara mal y los manifestantes con todo el derecho del mundo a andar sin permiso por donde quisiesen marcharan junto a una oposición inocente que sirvió a la malvada policía de chivo expiatorio para enturbiarlo todo. No es tampoco que el Cenesex hiciera bien condenando el desfile de una masa de ignorantes donde el enemigo provocó un show que enturbió todo.

No se trata, en suma, de estar más o menos de acuerdo con esos enunciados, en el sentido de una medida de posicionamiento entre un extremo azul y otro rojo. Se trata de reconocer que hay otras dimensiones, reconocer que en esa visión polarizada se pierde mucho de la esencia misma del 11 de mayo.

No es tan difícil de hacer, y lo interesante es que los manifestantes, intuitiva y colectivamente lo entendieron así. Es por eso que la misma multitud que no pudo cruzar al malecón, tras un comprensible momento de frustración, continuó alegre. Y después de los arrestos a los opositores y del cordón policial, cuando el gobierno se apresuraba ya en darles a los detenidos su minisesión de calabozo y el resto de la oposición corría a twittear un episodio de represión contra la comunidad gay, el Prado aún reverberaba con besadas y consignas.

Más aún, como un sacrilegio tremendo para los dogmas lineales de unos y otros, la misma doble bandera que desfiló en Prado ondeaba al caer la tarde en la fiesta hermosa del Echeverría, donde una comunidad y una sociedad civil se encontraba con la otra, pasada ya la difícil decisión de las 4:00 pm, sin aspereza ni exclusión. Celebre quien quiera su triunfo, pero esa bandera doble es un símbolo de unos nuevos tiempos que rompen el molde de la guerra fría. Un tiempo que se abre paso desoyendo los recurrentes insultos que cruzan de un lado al otro, y desmarcándose de los extremistas de ambos lados que son incapaces de ver siquiera algo bueno en la otra esquina.

La sociedad civil independiente llegó para quedarse. Tiene motivaciones propias, se mueve en el medio digital y ha demostrado un poder de convocatoria que no responde necesariamente a las líneas institucionales. Eso es un hecho, es justo y debe alegrarnos porque significa que Cuba está viva. Significa además que estamos frente a uno de los grandes retos del recién estrenado estado socialista de derecho. El legislativo debe apurarse en aprobar una normativa que legalice por defecto las manifestaciones populares en las que el financiamiento exterior no sea demostrable.

La negación de autorizaciones tiene que ser en lo adelante la excepción y no la regla. El ejecutivo debe garantizar una policía uniformada y claramente identificable que sepa proteger las manifestaciones e intervenir en forma civilizada. Si resistirse al arresto genera una situación difícil la policía deberá ser aún más profesional. Y cuando para inmovilizar a un hombre que se resiste haya como ahora que romperle la cara, el judicial tendrá que estar a la altura de un estado de derecho y enjuiciar apropiadamente.

En cuanto a la oposición, esa que no recibe de los Estados Unidos motivación financiera y a la que asumo pertenecen los detenidos del orgullo gay, es comprensible su ansia desesperada por un trozo de espacio público. No es malo ni bueno, o al menos ese no es el punto. Esa oposición, sin embargo, le haría un bien al país absteniéndose de promover su agenda particular a costa del espacio público ganado con mucho esfuerzo por una sociedad civil que es, como saludablemente debe ser, políticamente diversa.

Esperar esto no es ingenuo, lo ingenuo es ignorar la bandera multicolor y seguir pensando, unos y otros, que la sociedad civil tiene que seguirlos y que el futuro se podrá escribir en blanco y negro.

Las manifestaciones independientes solo han empezado con esta del orgullo gay; seguirán. Nadie tiene que sentir ridículo por este atraso en términos globales. Cuba es un país singular, con una historia muy específica de sueños y frustraciones que no se parece a ningún otro. Un país donde un bistec es un lujo y un doctorado un derecho. Donde si la primera marcha independiente llegó en 2019, la cirugía de reasignación de sexo existe hace más de diez años y tiene cobertura universal y gratuita.

No minimizamos lo que nos falta, vamos a por eso, y debemos ir desconfiando de los  guiones escritos, porque no hay guión para un país como el nuestro. Y en estos momentos quizás la única fuerza que puede ver eso con frescura ciudadana es la sociedad civil. La sociedad civil en sus dos variantes: la independiente, cuidando no plegarse a un discurso oposicionista anquilosado; y la oficialista, zafando poco a poco el nudo gubernamental que la limita.

Las manifestaciones seguirán y el Prado es un lugar ideal, ojalá la próxima sea precisamente para exigir una ley de manifestación. Una con la que comencemos a habitar la realidad tal y como es, multidimensional, donde lo gusano y lo comecandela hacen una arista, no un eje absoluto sobre el que todo tiene siempre que proyectarse.

La cruzada antisocialista de Trump

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antisocialista
Imagen: Politico

Como si el espíritu mesiánico del Papa Urbano II hubiera reencarnado en Trump y su equipo un milenio después, hoy se reiteran los llamados a una cruzada antisocialista a escala planetaria. Los predicadores actuales exigen que se devuelvan a los fieles consumidores los lugares santos de la ideología liberal, hollados por el colectivismo socialistoide durante décadas.

El fundamentalismo antisocialista cubre bajo sus alas a todo el mundo. Desde la política interna estadounidense se extiende sobre China, Rusia, Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Siria, Corea del Norte y –ioh, milagro portentoso!- abarca hasta el Irán teocrático de los Ayatolás. Realmente es difícil encontrar alguna similitud seria entre estos países, excepto su empeño en no arrodillarse ante los dictados de los pretendidos amos del mundo.

Pero la cuestión no es tan sencilla. Los hombres del presidente han sido escogidos con sumo cuidado y algunos de ellos van mucho más allá del jefe en su expediente de luchas antisocialistas para creer que estamos en presencia de una simple conjunción estrafalaria y casual de dinosaurios políticos en el staff de la Casa Blanca.

Si algo saben Trump y sus cruzados es que la crisis de gobernabilidad que recorre el mundo parte de la desconfianza popular hacia los modos tradicionales de hacer política de los agentes del poder hegemónico. Partidos políticos, medios masivos de  comunicación, programas de gobierno y promesas de cambio no surten ya el efecto esperado y ellos lo saben muy bien. De hecho, están al mando del ejecutivo estadounidense no gracias a, sino a pesar de, esos aparentemente todopoderosos factores.

En la cara opuesta de la ideología los fantasmas del socialismo han ganado adeptos de manera evidente. En los propios EE.UU. los discursos socialdemócratas de Bernie Sanders y la carismática  Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) -con 29 años la congresista más joven de la historia de EEUU- suenan cual música celestial en los oídos de millones de trabajadores, jóvenes e inmigrantes que claman por mayor justicia económica, social y racial sin dejarse arrastrar por los mensajes reaccionarios del magnate engreído y sus fans ultraconservadores.

A nivel internacional no le va bien a la administración. Rusia y China no ceden en sus pretensiones de gran potencia, Corea e Irán no se doblegan, Siria y Venezuela no caen, México se respeta y Cuba resiste. Los europeos son reticentes a unirse al carro de las sanciones anticubanas y antiiraníes y, por el contrario, se acercan cada vez más a China y se adhieren con entusiasmo a la Ruta de la Seda como fieles descendientes del pro-chino Marco Polo.

En esas condiciones, qué mejor opción para el grupo de poder imperial que anatemizar a los mensajeros. Si Sanders y AOC piden poder real para el pueblo estadounidense, son meros comunistas en piel de demócratas. Los gobiernos populares que no han caído por las buenas en América Latina, serán sustituidos a como dé lugar. El socialismo será desterrado de este continente por decreto imperial. No importa si tienen dificultades económicas, como Venezuela y Cuba, o si son un ejemplo de la economía continental como Bolivia y Nicaragua.

Hasta ahora el único valladar que ha parado a los cruzados de la Casa Blanca ha sido la resistencia indomable. Los gobiernos que han mostrado debilidad y titubeos en su actuación política han caído (Brasil, Ecuador), pues el lenguaje de fuerza de los Pompeo, Bolton, Abrams y Rubio no cree en negociaciones ni concesiones mutuas.

Parece que la vieja disyuntiva entre socialismo y barbarie vuelve sobre el tapete mundial. Al final, siempre la solución fascista está a disposición de la plutocracia frente a la alternativa socialista. Ojalá los pueblos sepan escoger bien entre ambos caminos en esta hora de crisis de los viejos paradigmas hegemónicos del sistema. Ante los cuernos de guerra de los nuevos cruzados vale la pena recordar a Julius Fucik: “iHombres, os he amado. Estad alertas!

El jazz en festival

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Imagen: Girón

Concluyó el Tercer Festival de Jazz en Matanzas. Cuántos momentos de regocijo proporcionó al espíritu ver jóvenes recién salidos de nuestras aulas hacer buena música, unidos a la experiencia de músicos cuyos nombres ya forman parte de la historia de la música cubana.

Obra sinfónica digna de encomio la que nos ofreció en su concierto Alejandro Falcón, que a pesar de su juventud denota un alto oficio en la creación. Su partitura, transida del alma de nuestro folklor, hizo vibrar el canto negro en la elegancia de las maderas, mientras el toque ancestral en los parches evocó el “Monte Espiritual”, heredado de los barrios de esta ciudad mestiza que le vio nacer.

Otros, más allegados a lo popular, aportaron una forma de hacer y decir la música, con natural y espontánea belleza, en la cual  fundieron las raíces negras del jazz con el tronco imperecedero de lo nacional. ¿Latín-jazz?, ¿jazz cubano?, ¿fusión?, ¿post- modernidad? Más allá del término, es una cultura musical de y para estos tiempos, que expresa sus verdaderos valores con el ímpetu que le proporciona la juventud.

No obstante, fue este también un espacio propicio para la reflexión. Algunos de los jóvenes que nos brindaron su arte han transitado por el sistema de enseñanza artística durante largos años, pero a pesar de ello no han accedido al Instituto Superior de Arte (ISA), esencialmente, porque sus intereses profesionales van dirigidos hacia la música popular, y los perfiles de las carreras que allí se ofertan no coinciden con las expectativas de estos músicos.

Tal cuestión nos hace considerar que ya es tiempo de dar respuesta a esta demanda lógica de formación, reflejo del desarrollo de la enseñanza musical en Cuba. La Isla tiene magníficos músicos populares universitarios, que bien pudieran ejercer la docencia si se creara una carrera para el estudio del jazz y la música popular en el ISA.

festival jazz cuba
Foto: Girón

Por otra parte, la formación en la enseñanza media superior no prepara suficientemente a sus futuros graduados en los géneros referidos a la música popular, tanto cubana como latinoamericana. Así se puede constatar en los contenidos de las diferentes asignaturas que componen los planes de estudio.

Para los egresados de este nivel comienza un período de aprendizaje fuera de la academia que durará tanto como lo permitan el desarrollo de sus habilidades y la formación de capacidades inherentes a esta especialización musical. La situación planteada merece un llamado de atención si se tiene en cuenta que estos alumnos, cuando terminan  la enseñanza media, se consideran aptos para integrar diferentes formatos de la música popular e interactuar con un público tanto cubano como  foráneo, con un alto nivel de exigencia. Hacer nuestra música con decoro es un imperativo en la defensa de la identidad y una carta de presentación al mundo para exponer los logros alcanzados por la cultura nacional.

Otra arista del mismo tema, con implicación más comprometida, se nos presenta ante la realidad de aquellos músicos empíricos que, por disímiles razones, no cursaron por el sistema de enseñanza especializada y hoy optan afanosamente por una evaluación artística, para obtener su aval profesional.

Es importante recordar el imperativo que motivó el origen de aquella primera evaluación realizada en 1968, en  un contexto histórico-cultural caracterizado por la nacionalización y/o el cierre de cabarets, casinos, bares, restaurantes y centros nocturnos; razón por la cual fue ineludible instituir el salario fijo, o subsidiado, para los artistas y agrupaciones, como forma de compensación por la disminución de sus fuentes de empleo.

Pasados cincuenta años, aún es esta una herramienta utilizada para que los músicos, fundamentalmente “prácticos”, prueben sus conocimientos y habilidades ante un tribunal con el fin de integrar un catálogo artístico y acceder a un trabajo. La agravante radica en que, en aquella época, los músicos no profesionales podían obtener una preparación a través de las Escuelas de superación profesional para la cultura, que les permitía ascender por niveles en su formación. Actualmente este no constituye un objetivo de esas instituciones. Entonces, se impone la pregunta: ¿dónde pueden superarse los músicos empíricos que se evalúan y, de hecho, están en ejercicio?

Se ha perdido un eslabón necesario en el proceso de formación y desarrollo del músico popular, pues, como en toda época, existen individuos que no han tenido preparación musical oficial en edades tempranas y sería absurdo que quedaran descartados del proyecto de evolución de la música cubana. Deliberar sobre estos aspectos es salud para la música, sobre todo en un momento en que afloran tantos géneros y pseudo-géneros populares de tan mala factura.

(Para leer más de María Victoria Oliver)

Poniente sin utopías

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Imagen: Caveman

Hablemos sobre Poniente. Cuando me enfrento a un producto de alto perfil de la industria cultural del mundo capitalista, trato de evitar dos peligros. Uno es la ingenuidad (creo que tengo ese bastante controlado) y el otro es caer en la crítica paranoica, pues  me recuerda esa idea nietzscheana, según la cual la crítica es el arma preferida de los odiadores de la vida. Trato de no ver el capitalismo como ese sistema cerrado donde todo elemento es solo una pieza del mecanismo de dominación.

La verdad es que el modo de producción capitalista es complejo. Un sistema en el que se superponen diferentes tendencias: unas refuerzan la dominación, otras tienen efectos liberadores. Una obra de arte, por el impulso hacia la universalidad, puede trascender las determinaciones que le impone el papel apologético y afirmativo de la cultura en las sociedades de dominación. Por eso surgen buenas obras de arte incluso en el seno de la sociedad más capitalista.

Sin embargo, algunos productos culturales no traicionan su estirpe. Caen, tanto desde el punto de vista formal como de contenido, en los más burdos vicios de la industria cultural. Ese es el caso, por ejemplo, de la última temporada de Game of Thrones (GOT).

elenco juego tronos
Elenco de Game of Thrones en su última temporada

La popular serie, que alcanzó la fama por la consistencia de su trama, por el vigor de sus personajes, por su realismo político tan bien logrado, tuvo un final de espanto. Y eso ocurrió cuando, casualmente, los guionistas no tuvieron ya un apoyo en los referentes literarios de Canción de Hielo y Fuego. En ese final se pusieron de manifiesto todas las taras del establishment cultural occidental, y la magnitud de la crisis por la que está pasando.

En primer lugar, confirmó lo que ya hace algún tiempo es un secreto a voces: se están quedando sin ideas, por lo que tienen que apoyarse en la literatura. El paradigma hollywoodense, con su búsqueda de espectacularidad a cualquier precio, está completamente agotado. No genera ideas y tampoco es capaz de manejarlas. Una vez que los guionistas de GoT tuvieron las manos libres para desencadenar el show, la calidad de serie cayó en picada.

El éxito de GoT siempre estuvo en su mesura, en la calma con la que hilvanaba sus tramas. Por razones de presupuesto, entre otros motivos, la HBO decidió sacar la última temporada en solo seis capítulos. El resultado: metieron La Habana en Guanabacoa, las transiciones de los personajes resultaron artificiales, ficticias, las tramas se cerraron con apresuramiento. Más que capítulos de una serie, algunas entregas parecieron películas con cierre propio, lo cual venía a cortar el suspense necesario en una obra hecha para la televisión. Etcétera.

Pero, si estuvieron mal desde el punto de vista formal, peor fue el tratamiento del contenido. La serie siempre se caracterizó por su realismo político, mostrando entresijos del funcionamiento del poder en las sociedades de dominación. Incluso, y en eso estuvo parte de su atractivo para muchos, mostró el despliegue y las contradicciones internas de un proyecto de rebeldía contrahegemónica, en la trama de Daenerys Targaryen. Pienso, sobre todo, en el modo magistral en que se desarrolló la saga de Mereen.

En esta última temporada, sin embargo, la historia de Daenerys es hecha pedazos por los guionistas, con una saña y de una manera tan burda, que hacen descender la serie al nivel de la propaganda negra de la Guerra Fría. Se nos muestra una inorgánica transformación de la rompedora de cadenas, la heroína que liberó a los oprimidos en la Bahía de Esclavos y que pocos días antes había antepuesto los intereses generales del mundo a los suyos, en la guerra contra el Señor de Noche, en una villana genocida y fascista.

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Daenerys Targaryen en el último capítulo de Game of Thrones. Foto: HBO

Es como si nos quisieran dar un mensaje claro: todos los que tratan de cambiar el mundo, los que quieren romper la rueda, los revolucionarios, a fin de cuentas, son populistas que terminan en el fascismo. Con ese viraje, GoT parece estar haciendo la tarea, cumpliendo con un viejo designio de la industria cultural: desmoralizar y desmovilizar a los que luchan por un mundo mejor, a los soñadores, a los enemigos del status quo.

Y no es que esté mal en sí mostrar la degeneración de una utopía o de un proyecto de liberación. A fin de cuentas, es algo que pasa. Algo real, un sufrimiento y un pasado con el que tenemos que cargar los revolucionarios de todo el mundo. Lo imperdonable es mostrarlo de este modo caricaturesco, propagandístico. En la victoria de Danny no hubo matices. Nos mostraron el triunfo de la Revolución como se lo imaginan los reaccionarios: No aparece por ningún lado el desgarramiento retrospectivo de un Lenin, ni el profundo amor y la ternura de un Guevara; el tío Ho es relegado al olvido.

El mensaje ideológico de la serie es claro: el poder es capitalizado por un conjunto de burócratas moderados

El trono ni siquiera termina en manos de Jon Snow, Tyrion trata de vender como resultado de la revolución el surgimiento de un sistema de monarquía electiva. Es la autocomplacencia de nuestro Occidente conformista y mediocre hablando. En lugar de “la imaginación al poder”, tenemos “la administración al poder”. Para colmo coronan al Cuervo de los Tres Ojos, Bran el Tullido, para sublimar con mística boscosa el aparato de la dominación burocrática y aburguesada. Ese fue finalmente el uso para un personaje que tenía mucho potencial, pero que no pintó nada en toda la serie.

Esta última temporada está plagada de errores y aristas cuestionables. Sin lugar a dudas, se trata de un producto de bajísima calidad que nos hace cuestionarnos qué hemos hecho en los últimos ocho años de nuestras vidas. Pero quise tratar este ángulo de la cuestión, pues me parece sumamente interesante cómo la serie más vista, la de más calidad, aquella que ha marcado la vida de toda una generación, pone su granito de arena en la consolidación de un sentido común reaccionario. No hay espacio para soñar en Poniente.

Yo, de cualquier modo, me voy con Torgo Nudho a la isla de Naath, aunque algunos expertos en Canción de Hielo y Fuego me cuenten que se trata de un paraíso lleno de mariposas tóxicas.

(Para leer más de Yassel Padrón Kunabvaeva)

Segundas lecturas de una decisión

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Foto: Alexandre Meneghini / Reuters

No puedo hablar con propiedad de los sucesos ocurridos durante la marcha alternativa convocada el 11 de mayo en La Habana, pues no estuve allí. Sin embargo, he leído con atención varios artículos que presentan puntos de vista muy objetivos y profundos, como los de Alberto Roque Guerra, Rubén Padrón Garriga, Miguel Alejandro Hayes y un autor que firma como Boris, entre otros. Nada que intente aportar a la narrativa sobre el tema superará a lo que he leído, de ahí que solo pretenda vislumbrar ciertas cuestiones que van más allá de la prohibición, la celebración y la represión de la marcha.

La cuestión política

He planteado en varias oportunidades que no es viable lograr una actualización del modelo económico y social en Cuba sin que se produzca al mismo tiempo una actualización del modelo político. Ello pasa por el sensible asunto de la asesoría que deben recibir, para la toma de decisiones, las personas que detentan altos cargos.

Ha sido una práctica de las últimas décadas que los dirigentes nombren como sus asesores a figuras de su misma generación o que provienen del mismo círculo burocrático, ya en declive por su edad o porque han concluido sus mandatos. En estas determinaciones han primado más la confiabilidad partidista y las relaciones personales que la competencia y la habilidad como estrategas políticos que debieran tener esos consejeros.

Es ineludible variar esas rutinas y lograr que en los lugares donde se adopten medidas como la de prohibir la marcha —y todos sabemos que no fue en el Cenesex—, existan asesores capaces de desafiar, con opiniones informadas y agudas, las antiguas costumbres del puñetazo en el buró y la espontaneidad arrogante, que no medita más allá de un argumento de autoridad inmediata. Se requiere, en las altas esferas gubernamentales y partidistas, de buenos analistas que sopesen las consecuencias de las determinaciones que se pretenda adoptar.

Aquí nos sobran los analistas políticos internacionales. Capaces de hablar por horas de la situación en… Chipre, pero carecemos de analistas nacionales que cumplan esa función tan importante. Cuba atraviesa actualmente una etapa de gran complejidad, y no es solo económica como parece creer nuestro gobierno. Están confluyendo al mismo tiempo, por una parte, la limitada capacidad de los que dirigen para impulsar con éxito reformas inmediatas desde arriba al socialismo y, por la otra, una capacidad social sin precedentes para luchar por ellas desde abajo.

El monopolio de la información y el control de las opiniones por parte del partido y el gobierno hacen agua por todas partes. Las personas se convierten en factores activos y pueden apoyar causas y agendas de transformación social, aun dentro del sistema socialista. Por si fuera poco, la convocatoria a los debates para la aprobación de la nueva Constitución abrió un capítulo que solo alguien muy ingenuo podrá considerar concluido.

Un buen analista debía haber convencido a los decisores de lo inconveniente de prohibir esa marcha: 1) porque el Cenesex que había capitalizado con éxito tales convocatorias, podría debilitarse; 2) porque era lógico que una parte de la comunidad LGBTI, acostumbrada a desafiar y a lidiar a contrapelo de las opiniones, dada la larga lucha por sus derechos a nivel mundial, no aceptaría pasivamente la decisión; 3) porque aunque se corriera el riesgo de que se escuchara alguna consigna contra el gobierno ello era menos probable si el Cenesex organizaba la marcha como siempre había ocurrido, y aun así era un riesgo menor si se comparaba con la posibilidad de una represión.

La cuestión simbólica

En el imaginario social cubano del período revolucionario, la unanimidad ha sido erigida como valor intrínseco del patriotismo, mientras, la unidad y la disciplina —llámese obediencia—, son actitudes políticamente correctas a las que convocan constantemente los dirigentes.

Hasta ahora, los actos de desobediencia civil ocurridos en Cuba correspondían a agendas las más de las veces sufragadas desde el exterior, lo cual restaba credibilidad a sus demandas por razonable que hubiera sido alguna de ellas. Sin embargo, un acto de desobediencia civil como el ocurrido el 11/5, tan apoyado por figuras significativas del arte y la cultura y por personas que asistieron sin ser parte de la comunidad LGBTI pues simpatizaban con su causa, y a los cuales no es posible presentar como “agentes extranjeros”; potencia la desobediencia civil ante la opinión pública, como un valor que también puede ser positivo.

La cuestión legal

Se acaba de aprobar en Cuba una constitución en la que se introduce por primera vez el concepto Estado Socialista de Derecho y que en su artículo 56 reconoce: “Los derechos de reunión, manifestación y asociación, con fines lícitos y pacíficos, se reconocen por el Estado siempre que se ejerzan con respeto al orden público y el acatamiento a las preceptivas establecidas en la ley”.

La convocatoria alternativa tenía un fin lícito, por el que se lleva marchando una década; era pacífica, nadie ha podido demostrar que llevaran armas o que provocaran algún acto de agresión a los agentes del orden. ¿Qué le faltaba?, ¿cuáles son las preceptivas establecidas por la ley? Ahora que el MININT tiene su sitio digital podrían publicar en él la “metodología para manifestarse”, al decir de un amigo. Ello ahorraría tensiones innecesarias e imágenes tan deplorables como las que todos observamos ese día.

La cuestión de la credibilidad

“Mi querido enemigo” es el título de un libro que leí en la infancia y que vuelve a mi memoria cada vez que percibo el modo en que se denigra, por parte de los que gobiernan, cualquier inconformidad social. “Agentes de EE.UU.”, “mercenarios”, “show orquestado desde…”, son estas algunas de las etiquetas que más se utilizan. En muchas ocasiones tienen razón, es irrefutable que existen organizaciones financiadas desde el exterior. Pero la generalización liviana y sin fundamentos de esa terminología ya funciona como el cuento de “viene el lobo”.

En el caso de la marcha, la directora del Cenesex planteó que era un show orquestado “desde Miami y Matanzas”. Y eso sí es algo novedoso, no por lo de Miami, que es usual, sino por lo de Matanzas. Es el nombre de una provincia y de una ciudad. ¿En cuál de ellas?, ¿quiénes?, ¿la comunidad LGBTI matancera?, ¿qué pruebas tienen de que sea un grupo financiado desde el exterior?, ¿quiénes están detenidos?, ¿cuánto dinero recibieron? En Matanzas nadie sabe nada del tema y muchos preguntan lo mismo que yo.

Es muy cómoda la posición de mostrar lo ocurrido como un trasplante exótico de opiniones foráneas. Ello intenta aliviar las responsabilidades propias y justificar los errores de una decisión que puede seguir teniendo muchas lecturas.

Ojalá muy pronto, en el calificador de cargos de las instancias del Gobierno y el Partido aparezca este: analista político de información nacional.