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El lenguaje inclusivo y el lado bueno

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lenguaje inclusivo

Pensemos por un momento en el grupo de filólogos que discute sobre lenguaje inclusivo. O mejor, en un grupo de ingenieros diseñando una maravilla tecnológica, o científicos a punto de hacer un gran descubrimiento. Cuando recreamos estas imágenes en nuestra mente, todas tienen un rasgo común: en ninguna hay mujeres.

“Ingenieros” es un plural genérico o inclusivo en nuestra lengua, donde cabe con igual propiedad tanto Gustave Eiffel como Elizabeth MacGill, pero al escuchar la palabra, nuestra psiquis insiste cada vez en recrear solo hombres. No es que nos remita a la estadística de la experiencia; pasa igual si el grupo es de doctores, de abogados, o incluso de maestros o de cocineros.

Este ejemplo motiva comentarios de todo tipo, incluyendo por supuesto, la opinión recurrente sobre la poca importancia que tendrían esas representaciones involuntarias. Y es un buen punto. Al fin y al cabo, el masculino genérico es una convención de la lengua que todo el mundo conoce bien, y su carácter inclusivo, aunque no sea inmediatamente obvio para nuestra psiquis, está garantizado por la Real Academia.

Por demás, a muchos nos molesta esa manera irreverente de subvertir el idioma redefiniendo con liviandad lo que hemos siempre considerado bello y adecuado. El ímpetu con que alguien se hace prosélito de “médicos y médicas”, compañeres o amigxs, levanta las alarmas contra quien nos parece que, en una agitación de rebeldía progresista, no ha valorado suficientemente el sentido del ridículo.

Así, en el mejor de los casos, como tolera el homófobo los desfiles del orgullo gay, toleramos nosotros estas desfachateces lexicales desde la preservación de un credo estético personal que consideramos culto, correcto y, a la larga, el bueno.

Pero si culto y correcto parecen fuera de duda, básicamente porque la Real Academia dejó claro que no hay compañeres que valgan, lo de bueno es todavía un poco confuso. La autoridad que fija el lado bueno no es sencillamente la ley; de ser así la ley Helms-Burton sería indiscutiblemente buena, y malo sería desde vivir en La Habana hasta tener una página en WordPress.

La brújula moral de lo bueno, que es una construcción personal y casi nunca se puede codificar por completo en palabras, o en un lenguaje inclusivo, tiene sin embargo para muchos de nosotros un eje común. Es buena la educación, la salud, la justicia social, la transparencia, la igualdad, el reparto de la riqueza y, de forma general, es bueno apoyar al desfavorecido.

En cierto modo, la consciencia de estar al lado del desfavorecido es en nuestro pensamiento lo más cercano a una brújula moral. Es por momentos lo único que nos salva de perdernos en las complejidades terminológicas y conceptuales de cualquier razonamiento, lo que sirve como punto de referencia para fijar, si no una postura, al menos los términos de un análisis.

Para analizar el lenguaje inclusivo, tomemos por ejemplo la discusión sobre el matrimonio igualitario. Identificar al desfavorecido no nos fuerza necesariamente a apoyar la iniciativa, pero sí nos obliga a considerar los argumentos de oposición fuera de un marco aislado, contrapesándolos continuamente con su alternativa. De modo que votar en contra será inevitablemente concluir que la fuerza de esos argumentos es tal que vale la pena sacrificar la felicidad de miles de personas.

Ese es el valor de la brújula, y esa es la base de la mayoría de nuestras discusiones aún cuando a veces no sea evidente.

Desde el debate sobre la viabilidad del modelo socialista hasta el reclamo de bajar los precios de Internet, nuestra brújula va o debería ir siempre sobre la búsqueda del desfavorecido para intentar al menos hablar en sus términos. No ayuda mucho a veces, porque el desfavorecido no siempre es el mismo para todos o porque diferimos en la manera de entender el modo de ponerse de su lado, pero siempre es una guía imprescindible.

Así, por ejemplo, al enrolarnos en una discusión como la de socialismo vs capitalismo, siempre vamos sobre la mejor conveniencia de uno u otro sistema para los más humildes y no sobre una superioridad esotérica o anclada en tecnicismos. Cuando no nos centramos en el desfavorecido y la mejor manera de ayudarlo, el diálogo es de sordos. Eso incluye un tema como el lenguaje inclusivo.

En #BajenLosPreciosDeInternet sin embargo, en cierto modo las dos posiciones fundamentales tienen visiones distintas del desfavorecido. Para unos es el ciudadano desconectado que podrá conectarse si los precios bajan; para otros es un ciudadano también desconectado pero que igual no podrá conectarse, y aún comerá peor o tendrá menos medicinas como resultado indirecto de la recaudación de Etecsa.

Aquí de nuevo la brújula que nos sirve para construir la plataforma de análisis no define una posición. Esta dependerá finalmente de nuestra estimación personal de las variantes, que involucra un gran número de juicios de valor, desde la importancia que le damos a la informatización hasta cuánta confianza nos inspiran los mecanismos financieros en Cuba.

Repasemos ahora desde esta perspectiva, como debemos hacer sistemáticamente con todo, nuestra visión sobre el lenguaje inclusivo.  Lo primero será identificar al desfavorecido, que en este caso son las mujeres y las niñas, esas que no aparecen en las imágenes mentales de ingenieros y doctores. Lo segundo es reconocer que a la hora de evaluar las importancias hay que tomar un poco de distancia.

Los hombres debemos entender que nuestra comprensión de esa realidad es cuando menos limitada. Un poco como la del rico que habla de pobreza o la del blanco que habla de racismo, se trata de vivencias que somos incapaces de experimentar y muy a menudo incluso de ver. Tendremos siempre cosas que aportar, pero debemos hacerlo con especial humildad.

Por otra parte, todos, incluyendo las mujeres que estén contra el lenguaje inclusivo, debemos observar el respeto que merecen las diferentes sensibilidades. Si un grupo de mujeres que es cada vez mayor se siente discriminado por un lenguaje centrado en el hombre, si les parece que haber crecido oyendo hablar de científicos, de presidentes y de los logros del hombre moderno las (y nos) ha inconscientemente deformado.

Si les parece que vale la pena intentar revertir en algo ese efecto con un método nuevo, que puede ser radical en lo estético pero que no daña más que una convención lingüística, deberíamos, antes que reaccionar (ahora nosotros) con ligereza, volver sobre el problema en perspectiva, tratando como mínimo de pisar sobre el camino que marca la brújula.

Más allá del uso o no del masculino genérico, o del lenguaje inclusivo, hoy casi nadie es ajeno a la realidad de la discriminación de género. La inmensa presión social, económica y sexual a la que las mujeres están sometidas desde pequeñas, en forma de acoso, de inseguridad, de desigualdad y de falta de oportunidades, resulta para muchos uno de los lastres más insoportables de la modernidad.

Sus raíces afincadas en la tradición machista se desarrollan a lo largo de la vida en forma de sesgos y condicionamientos casi imperceptibles que están hondamente instalados en nuestras sociedades. Es en este contexto que decir “ingenieros” por “ingenieros e ingenieras” contribuye a reforzar la primacía masculina por vía de la estandarización de un modelo que en última instancia no deja de ser cínico; un poco como usar “ricos” para llamar a ricos y pobres o “blancos” para referirse a blancos y negros.

Como en tantos temas de importancia, la cuestión teórica y académica debe ayudarnos y no distraernos de la imperativa necesidad social. En un mundo donde el feminismo está aún en formación, donde los consensos sobre categorías y métodos son todavía débiles, intentemos al menos mantener un escepticismo solidario, siempre dispuesto a confabularse al lado del desfavorecido. En esto como en todo, desconfiemos constantemente de las ortodoxias, e intentemos que la única fuerza que nos movilice provenga exclusivamente de un profundo sentido de justicia social.

Un espectáculo deplorable

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A veces dan ganas de alejarse de todo lo que se relacione con la política. Dan ganas de dejar de escribir, de sumergirse en la profundidad de la vida privada. Y esto es porque los seres humanos casi logran decepcionarlo a uno. Las realidades políticas, en lugar de mostrar experiencias de evolución social y sentido de proyecto, lo que ofrecen es el espectáculo de una mezquindad que lo corroe todo. Hoy más que nunca es palpable la estupidez humana, las paradojas absurdas que ensucian incluso aquello que nació de las mejores intenciones.

Esto aplica, por supuesto, para la realidad nacional. Desde hace mucho tiempo, estoy convencido de que uno de los puntales que sostienen al gobierno cubano es la vileza de sus enemigos. Solo esa falta del más elemental humanismo, esa crueldad de sus principales adversarios, explica que este gobierno no se haya derrumbado como consecuencia del envilecimiento de tantos de sus propios funcionarios y representantes. Si los burócratas carentes de sensibilidad no han logrado dejar sin partidarios a la Revolución, es solo por el rechazo que suscitan los imperialistas y los contrarrevolucionarios.

La mezquindad de los enemigos es una constante de ayer y de hoy. En su tiempo, fue la que llevó a realizar valientes incursiones armadas en las que se ametrallaban pueblos pesqueros. Más recientemente, la semana pasada, tuvimos una muestra light de la misma miseria moral. Un escritor cubano de nombre Carlos Manuel Álvarez, y que alguien ha llamado «el príncipe de las letras cubanas», publicó un artículo en El País denigrando la figura de Roberto Fernández Retamar como poeta y como sujeto político, sin atender al mínimo respeto que se merece alguien que acaba de morir.

No es que a la Revolución le falten méritos propios para seguir siendo el proyecto hegemónico en Cuba. Las hazañas de nuestra historia nos sirven como fuente de identidad. Esa clase de epopeyas han servido como fundamento durante años. Ante la realidad que muestra el mundo contemporáneo, la resistencia al capitalismo que promueve Cuba es el camino correcto.

Una Cuba de regreso al Consenso de Washington sería menos que nada: la losa bajo la que se sepultarían los sueños de liberación de lo que ha sido la izquierda moderna. La Cuba Revolucionaria es un referente mundial, un actor relevante en los caminos del mundo. Pero, a pesar de que es evidente cual es el proyecto nacional que tiene más legitimidad, más pasado y más futuro potencial, la legión de los burócratas oportunistas se empeña en ensuciar o en mantener sucia la obra de la Revolución. Incluso cuando el camino correcto ha sido trazado, en Congresos del Partido, Lineamientos, Conceptualización, y Constitución, la inercia sigue siendo la principal característica de su comportamiento.

En estos días ha sido tema en las redes sociales el despido de Omara Ruiz Urquiola, que era profesora en el ISDI. Pero para no referirme a ese caso, que no conozco bien, me referiré al de René Fidel. ¿Qué pensamiento habita en la cabeza de aquel o aquella que decide quitarle el empleo a una persona por sus planteamientos políticos? ¿Qué está defendiendo? ¿Acaso ha tenido la sensibilidad de pensar en de qué va a vivir esa persona, o cómo va a ejercer su profesión, en un país como Cuba, en el que ciertas profesiones solo se pueden ejercer con el estado?

Algunos que se preocupan por mí, me han aconsejado que no me busque un problema. Me han llamado la atención de que algo que yo escriba puede afectar mi carrera profesional. No se dan cuenta de que hay algo profundamente mal en ese razonamiento, incluso desde el punto de vista lógico: porque, si este sistema es capaz de sancionarme por hacer uso de mi libertad de expresión, entonces es absurdo haber elegido este lugar para desarrollar mi vida profesional.

Me advierten de una injusticia, y me dicen que mire a otro lado y guarde silencio, para mi beneficio personal. Ellos han asumido la naturalidad de la injusticia. Yo me niego a aceptar esa manera de ver las cosas: creo que aceptar la normalidad de esas malas prácticas es traicionar la esencia de justicia social sobre la que se construyó la Revolución. Me parece que la única posición revolucionaria posible es tratar esas injusticias como anomalías que deben ser combatidas, acorraladas y desterradas.

Alguien puede creer que es un facilismo mío culpar de todo a los funcionarios, que solo son individuos, cuando el problema es sistémico. Pero es que conociendo el poder de la subjetividad humana, y siendo para mí tan evidente el camino de justicia social que necesita Cuba, me asusta ver el anquilosamiento y el acomodo al que tantos pueden llegar. En estos tiempos, cuando sería tan sublime y honroso cambiar la mentalidad, dar una nueva ofensiva para conquistar el futuro, muchos corrompidos por la impunidad y la desidia solo piensan en sus privilegios. Y nosotros se lo permitimos.

Muchas cosas me hacen perder la fe en el mejoramiento humano: la bajeza a la que llegan los opositores, y también los despropósitos de algunos que, en nombre de la defensa a la Revolución, no hacen más que hundirla poniéndose al nivel de dichos opositores. Lo que hacen sí debería ser considerado un crimen contra la Seguridad del Estado.

Desde el desgarramiento de este día, y porque sé que mañana voy a seguir siendo el mismo romántico de siempre, lanzo una propuesta: Tomémonos en serio la nueva Constitución. Nuestro pasado tiene manchas pero, si nos concentramos en lo positivo, podemos dar a luz un país donde todo esté al derecho. Decía Rosa Luxemburgo que la libertad es siempre la libertad para el que piensa diferente. Nuestros enemigos son a menudo infames, sí, pero eso no es suficiente pilar para construir el futuro.

El pecado de la carne

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Foto: Julio Martínez Molina / Granma

Ahora que el incremento de salarios está a punto de llegar a los bolsillos menos favorecidos crece la inquietud ante un rebrote de la inflación. Más que un índice de precios topados –susceptible de burlar de mil maneras? lo fundamental para evitarlo sería aumentar la oferta de bienes y servicios que permita realizar esta súbita demanda agregada. Sueño con que se alcance el binomio: mayor salario con mayor oferta.

Más que nunca urge la liberalización de bienes y servicios artificialmente restringidos por prohibiciones inexplicables y limitaciones monopólicas. Algunas posibles medidas para un plazo inmediato podrían ser: rebaja de precios de venta estatales (TRD, autos, etc); extensión de las ventas a crédito y el comercio en línea; uso de cheques y tarjetas de crédito por ciudadanos cubanos y la subida de las tasas de interés para las cuentas de ahorro del BPA.

A ello le sumaría el tan anunciado paso de parte del comercio interior a manos de empresas estatales autogestoras, cooperativas y privadas. Esto permitiría el arriendo y la reanimación de miles de espacios vacíos y subutilizados del MINCIN en bodegas, tiendas y almacenes.

Pero como la ingestión sistemática de la carne de res me es particularmente añorada por mis genes espirituanos[1] –aunque creo que el resto de los cubanos me pica cerca? hago votos por la libre producción y comercialización de la carne de res. De hecho, creo que la carne –así, sin más, la llamamos por allá? es el alimento proteico por excelencia para un país como Cuba.

No hay más que recordar que cuando los colonos trajeron los primeros pies de cría de Andalucía y los abandonaron en esta tierra fértil, sin depredadores peligrosos, la reproducción natural de puercos y reses pronto llenó los montes y sabanas de rebaños cimarrones que se multiplicaban en escala geométrica.

Eso hizo posible que, siendo ya la ganadería la rama principal de la economía cubana ?siglos XVI al XVIII?, las reses ni siquiera se criaran en ranchos. Dos veces al año, en los hatos y corrales de la aristocracia terrateniente se efectuaban las llamadas monterías.

En estos safaris criollos los animales seleccionados eran  cazados cruelmente[2] con el fin de quitarles los cueros y las piezas principales, preservadas con humo y salazones para intercambiar luego con los herejes extranjeros en las bulliciosas ferias del Comercio de Rescate.

Si hurgamos en la historia de la ganadería espirituana, sabremos que en la segunda mitad del siglo XVIII se benefició notablemente con el encadenamiento productivo que supo establecer con la agro-industria azucarera occidental y trinitaria. Por ello el  precio  de las reses alcanzó la astronómica cifra de 32 pesos en 1780.

En ese año la  jurisdicción tenía 336  fincas de crianza, con 47,527 reses; aunque los dueños ocultaban un 30% más para evadir impuestos. El más dañino era el de La Rueda de la Pesa, porque los obligaba a entregar una cantidad de añojos al ayuntamiento para el común. Con ellos el gobierno municipal abastecía anualmente a la población, de menos de diez mil habitantes, con unas 32,880 arrobas de carne a precios irrisorios.

En 1827 se alcanzó, proporcionalmente, el mayor auge de la producción ganadera espirituana. Existían en la jurisdicción 133,168 reses para una población de 42,204 habitantes. Más de tres reses por persona (sin pienso, ni electricidad, peor que en el Período Especial). Entonces, si las reses se dan tan bien en Cuba, ¿por qué se controló tanto el consumo de carne de res desde los años 60?

Confieso que el tema me ha sido difícil de asir y aún no tengo una respuesta acabada. No he encontrado una ley, o disposición expresa, que prohíba la libre comercialización de la carne de res. Incidieron varios factores y hallo que las exigencias represivas de la lucha contra bandidos (LCB) fueron las que primero determinaron que se prohibiera a los campesinos la libre matanza y la obligatoriedad de entregar las reses a los mataderos estatales.

También la extensión del consumo masivo garantizado de carne de res abrió las puertas a su riguroso control. Los años 60 fueron de racionamiento equitativo de carne fresca, que llegaba puntualmente a las familias cada nueve días (la novena) en dos categorías alternas (primera y segunda) y daba generalmente para dos comidas. Al mismo tiempo se expandió el consumo de carne enlatada –la carne rusa?, tanto en el consumo familiar como social.

Por su parte, la ilusoria pretensión de convertir a Cuba en una potencia mundial ganadera, gran exportadora de productos lácteos, determinó que se restringiera el sacrificio para tener más leche –aunque siempre se sacrificaron toros y añojos, no vacas lecheras?. Así, matar una res, vender y comprar su carne devinieron pecados. Nos convertimos en adoradores de Visnú.

Con el tiempo la prohibición caló tan hondo que cuando vino la crisis de los 90 y se levantaron otras muchas ?hasta la circulación del dólar? los bistés siguieron desterrados. Mas, desde 2014, en Sancti Spiritus se disparó la población ganadera con el establecimiento de los nuevos precios de compra que permiten llegar hasta 7 CUP la libra si el añojo domina varios idiomas –recuérdese que cualquiera puede vender carne de cerdo al Estado a 13.5 CUP? y el acceso a los productores a tierras ociosas para producir ganado.

Lo cierto es que la prohibición de comerciar, unida a una crianza cuasi europea, ha frenado la producción por décadas. Buen momento este para romper las ataduras y no pensar tanto en clarias, avestruces y jutías para la proteína animal cuando podemos disfrutar a cada rato de una buena ropa vieja. 

[1]Sancti Spiritus es la segunda región ganadera en la historia de Cuba. Hoy es la única provincia cubana con más reses que habitantes.

[2]Con el fin de cuidar las pieles se les cortaban los tendones de las patas con una especie de guadaña y luego eran rematados de un lanzazo.

The Golden Republic

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Pseudo-republic, limited republic or neocolonial period. That’s what it’s been called in the past. For some time now, historians are calling it, with somewhat less spitefulness, bourgeois republic.

To give birth to it, rivers of blood ran for decades in the fields and cities of the island. To defend it, two revolutions were organized: in the 1930s and in the 1950s.

Generations of Cubans stood in the way of tyranny so it couldn’t hinder it. Unlike what happened in other nations in the region, no despot who tried to violate it reached one decade in power.

She gave birth to our parents and grandparents, good men and women who knew what love for the Homeland meant. ‘Not foolish love for the land or the grass our feet tread’, but rather ‘insurmountable hatred for those who oppress it’ and ‘eternal resentment for those who attack it’.

In his poem ‘El sitio en que tan bien se está’ (‘The place where you feel so well’), Eliseo Diego outlines an intimate republic which transcends mere forms of state: Tendrá que ver cómo mi padre lo decía: la República. (…) lleno el pecho, como decir la suave, amplia, sagrada mujer que le dio hijos. // Como si fuese una materia (…) una parte cualquiera de su vida. (You’ll have to see as my father used to say: the Republic. (…) with a full chest, was like the soft, wide, sacred mother who bore him children. // As if she were substance (…), a part of his life like any other). Republic. A word which, as my friend Javier says —his son, like her, was born on may 20— the poet transmutes ‘into realization, into hope, into solid vital fruit of all Cubans, into a symbol of the present and the future’.

Historiographical discourse after 1959 degenerated the Republic into an archetypal stage, a well of iniquities and disparaging adjectives: puppet governments, appropriation of public funds, political and administrative corruption, gambling and prostitution… among other similar terms. That’s how it is described in the History textbooks at schools. That’s how schoolchildren learn about it from their tenderest youth. Against all common sense, the Stalinist period in the former USSR has received a more benevolent treatment than our wretched republic.

Can it be denied that it had some of that? No. But, along with the shadows and dark corners, the lights it undoubtedly had must also be acknowledged: the freedoms it guaranteed her citizens; giving birth, by force of popular pressure, to the most progressive constitution of her time: the one from 1940; the fact of having been the most tolerant country in the Western hemisphere with regards to ideology; and having educated her children with the most noble civic principles.

It wasn’t as golden and perfect as they’ve left the effigy of the Republic kept in the National Capitol, after the restoration works that concluded only a few days ago with an official ceremony. However, they were meant not so much to renovate a damaged statue, but to revamp an unfair historical image we have eroded the representation of our past with for more than half a century.

(Translated from the original)

No hay atajos al progreso

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Foto: Fernando Medina Fernández / Cubahora

Cuba no tiene un problema de demanda, tiene un problema secular de oferta. No es claro cómo controlar los precios ayuda a incrementar la producción. Existe una obsesión con el nivel de precios, pero se habla poco de cómo hacer crecer los ingresos.

El poder adquisitivo depende de ambos factores. Plantear que el control de los precios nos permite proteger el poder adquisitivo de la población no resuelve el problema de creación de riqueza. Ese sí es un asunto de capital importancia, pero entiendo que es incómodo tratarlo porque nos conduce a los fallos esenciales de nuestro modelo, a los que se les sigue dando de lado, andando por las ramas.

Mantener los precios bajos, además de desincentivar la producción, tiene efectos regresivos en la distribución del ingreso, para aquellos que gustan hablar de equidad. Todos se benefician de precios bajos, y los grupos de altos ingresos se benefician proporcionalmente más. Si intervenir en las decisiones del sector privado constantemente para resolver los problemas que el sector estatal no ha podido atender durante tanto tiempo, es el concepto sobre el papel del sector no estatal, perdimos el tiempo redactando la nueva Constitución.

Convóquese un espacio para que nuestra población conozca otras opiniones. La medida ha resultado muy popular, pero sólo porque no se pueden dar a conocer otros criterios. Ir tan lejos en la supresión de los pocos espacios de funcionamiento del mercado, solo se podría justificar como antesala de un proceso de mucho mayor calado en el orden monetario.

De momento soy escéptico, no hay atajos hacia el progreso. La tarea tiene que hacerse, de forma correcta.

(Tomado del Facebook del autor)

Un nombre no es un país

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Foto: Trabajadores.

Varias veces le he escuchado decir al Presidente: “Hay que pensar como país”, y es verdad. El país es lo más importante. El país más allá de un nombre, de la idea individual por justa que parezca o, en realidad, lo sea. El país somos todos. Cada uno, con nuestra diversa potencialidad. Pensar en el país, y actuar en consecuencia como en el triple play de la pelota donde cada cual se anticipa lo justo a la trayectoria de la bola, llega a la posición exacta, hace el movimiento correcto, captura, le lanza al otro jugador que hace lo suyo y así, hasta completar con éxito la perfecta combinación. Sé muy bien que no siempre el triple play se logra, que un milímetro tardío puede frustrarlo.  Pero ha de honrarse la virtud de quienes se lo proponen, y sueltan la vida en el intento de completarlo.

Un deporte como el béisbol puede resultar la metáfora de un país. Razón por la que, quizás, a la mayoría de los cubanos nos duelen tanto las derrotas en los campeonatos en los cuales participamos. Al menos, que la pelota fuera la metáfora de un país nos hicieron creer aquellas narraciones de Bobby Salamanca y Eddy Martin de los jonrones de Marquetti, Casanova, Linares; y los discursos en los que veíamos el amateurismo como símbolo de un sistema de valores alternativo al profesionalismo. La metáfora de la victoria que, al cambiar el mundo y quedarnos a la saga, se convierte en metáfora de la derrota porque seguimos aferrados a rutinas que ya no nos funcionan.

Porque si algo tienen los símbolos es su veleidad cuando cambia el referido. Ese incontrolable conflicto entre su trascendencia en la subjetividad y la negación dialéctica del objeto que lo sustenta. Pensar como país no debería ser, de ningún modo, aferrarse a un sistema simbólico cuyos referidos ya no son propicios objetivamente. Aquel ideal del deporte revolucionario, poseyó en su momento una trascendencia simbólica.

Pensar como país es entender que los deseos y el sistema de creencias propios pueden estar en contradicción con los del otro. Que nunca dos personas partirán del mismo punto. Que uno de los dos jardineros tendrá que detenerse, o hacerse a un lado, y dejar que el otro capture la pelota. He visto jugadas en que un infield captura, y le entrega al otro, que está de frente a la base, para que lance más cómodo y saque el out. Eso también es pensar como país.

Pensar como país es reconocer que una nación no es el nombre de una persona por enorme que sea su mérito histórico o sus cualidades. Que no hemos aprendido esa lección, lo demuestra toda la parafernalia periodística alrededor de la figura de Rey Vicente Anglada, actual mánager del equipo Cuba de pelota, como si fuera el Mago de Oz que va a resolver los problemas estructurales de nuestros deportes colectivos, entre ellos, claro está, el béisbol.

¿Y dónde están los que apostaron a Anglada por la victoria en la pelota, sin atenerse a esos problemas estructurales de nuestros deportes colectivos?

Espero anden reflexivos, que entiendan que ni Anglada, ni Carlos Martí, ni Civil, ni Roger…. Ninguno de ellos mientras haya Higinios y Aragones. No es por una cuestión de nombres y apellidos, ni por personalizaciones, sino por la mentalidad que esos nombres portan y la estructura de gestión obsoleta que conforman.

Un ejemplo exitoso es que ya Alcides Sagarra no está y aún tenemos un equipo de boxeo competitivo a nivel mundial.

En saber que un nombre en sí mismo, un líder –impuesto o verdadero—, sin el concurso de todos y cada uno,  casi nunca es la solución y puede convertirse en el problema cuando concentramos en este todas nuestras esperanzas, cuando le adjudicamos más de lo que humanamente puede hacer. Así le vamos insuflando un autoritarismo desmedido, un poder suprapersonal que no puede ostentar en detrimento la aplicación de la ciencia y la técnica, los saberes y los compromisos colectivos.

Un nombre no es un equipo de pelota, tampoco un nombre es un país. Como no lo es un gobierno; y mucho menos una auténtica Revolución.

Un país somos todos si nos crecemos en el amor, el trabajo y el compromiso. Si lloramos las derrotas y saltamos de alegría por los triunfos. Si aprendemos a reconocer las fallas, y las aprovechamos para ser mejores desde lo individual y grupal.

Un gobierno somos todos si cada uno ejerce los derechos cueste lo que cueste, y le duela a quien le duela, sin esperar que aparezca un nombre a hacerlo por nosotros.

Una Revolución auténtica somos todos si asumimos que somos perfectibles y transformables. Si tenemos la honradez y la humildad de entender cuándo ya no podemos con el reto que se nos plantea porque la vida cambió, y la historia tiene sus leyes imperecederas de renovación, su dialéctica.

Todos, juntos y diversos, podemos ser el jonrón que tanto deseamos.

LJC en la industria del porno

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Mientras hacía mi tesis de grado hace muchos años –no diré cuántos para que no adviertan mi edad— averigüé que el famoso Paquete Semanal es distribuido por cinco grandes paqueteros que se encargan de armarlos con el contenido que decidan y una red lo hace circular por toda Cuba.

Que si el paquete se conforma desde la UCI –Universidad de Ciencias Informáticas— y de ahí sale a los repartidores; que si se bajan los contenidos desde “los canales” que se alcanzan con grandes antenas proporcionadas por “el enemigo”; que ese mismo “enemigo” paga el Internet a quienes arman el Paquete; que si se aprovecha la conexión desde los trabajos en oficinas estatales –entre otros mitos que prefiero dejar en el imaginario popular—, afloraron como posibles maneras de distribuirlo, durante la extensa investigación que se prolongó casi un año.

Pero eso no es lo que más me quedó. Al entrevistar a uno de esos grandes paqueteros y preguntarle sobre en qué se basaba él para estructurar y depurar el contenido que ponía –al menos en el suyo— me dijo:

—Mira mami menos pornografía y contrarrevolución yo pongo de todo. No quiero problemas. Tú no ves que si pongo algo de eso me tumban el negocio. Yo no quiero lío’ con nadie. Yo aquí tranquilito en lo mío.

Desde 2017 la revista La Joven Cuba (LJC) se distribuía a través del Paquete pues no todo el mundo podía tener acceso a Internet y sus creadores consideraron este como un espacio más para llegar al público lector interesado en temas sociales y políticos cubanos analizados y contados por la juventud del país.

El año pasado dejaron de salir porque se quedaron sin recursos y sin colaboradores suficientes para generar tantos contenidos. Entonces, LJC se quedó solo con su página web.

Hace algunos días estaba comentando con un amigo y me dijo que necesitaban volver a entrar en el Paquete, hoy que tienen un grupo más grande de colaboradores y que pueden sostenerlo.

Soy una persona a la que se puede llamar “apolítica”. No me gusta ni un poco meterme en esos temas pues considero que es maravilloso conservar amistades. Tengo como principio no hablar de religión ni de política con ningún amigo para no perderlo. Lo mío es la literatura. Pero me pareció buena idea ayudarlo con el tema de su (re)inclusión en el Paquete.

Antes de salir a lucharle un puesto a la revista, leí algún que otro artículo, solo por saber qué era lo que debía defender por mi amigo.

Cuando llegué al mismo gran paquetero al que había entrevistado durante la tesis me dijo:

—Mira, ni me hables de esa gente. Tengo orientaciones de no poner nada de esa revista aquí.

—Pero y eso por qué. ¿Dónde está el problema?

—Ni idea. Pero mi respuesta es no. Tú no ves que vinieron algunos funcionarios a advertirme y me dijeron que no.

—Chico, pero tú no me decías que lo único que no ponías en el Paquete era porno o contrarrevolución.

Me fui y me quedé pensando en por qué la revista ya no podía salir en el Paquete. Volví sobre los textos. Leí y releí todo lo que pude de la web y por más que intenté comprender no pude. Sigo sin ver la contrarrevolución por ninguna parte.

Espero que los que estén detrás de la LJC tengan mucho éxito en la industria del cine XXX.

La República dorada

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Pseudorrepública, república mediatizada o neocolonia. De estas formas ha sido denominada. Desde hace un tiempo algunos historiadores la designan, con menos ensañamiento, república burguesa.

Para que naciera corrieron, durante décadas, ríos de sangre en toda la Isla. Por defenderla se hicieron dos revoluciones: la del treinta y la de los cincuenta.

Generaciones de cubanas y cubanos no permitieron que la tiranía le pusiera frenos. A diferencia de lo ocurrido en otras naciones del área, ningún déspota que la violentó llegó a cumplir una década en el poder.

De sus entrañas vienen nuestros padres y abuelos, personas de bien que sabían lo que era el amor a la Patria. “No el amor ridículo a la tierra o a la hierba que pisan nuestras plantas”, sino “el odio invencible a quien la oprime” y “el rencor eterno a quien la ataca”.

En su poema “El sitio en que tan bien se está”, Eliseo Diego esboza una república íntima, que trasciende la mera forma estatal:

Tendrá que ver cómo mi padre lo decía: la República. …

lleno el pecho, como decir la suave, amplia, sagrada mujer que le dio hijos.

Como si fuese una materia, una parte cualquiera de su vida.

República. Palabra que, al decir de mi amigo Javier—cuyo hijo nació como ella, un 20 de mayo—, el poeta transmuta “en realización, en esperanza, en duro fruto vital de los cubanos, en un símbolo de presente y futuro”.

El discurso historiográfico posterior a 1959, hizo degenerar a la República en una etapa arquetípica, pozo de iniquidades y adjetivos denostadores: gobiernos títeres, robo de fondos públicos, corrupción política y administrativa, juegos y prostitución… entre otros términos análogos. De ese modo la describen los libros de texto de Historia en las escuelas; así la aprenden los escolares desde su más tierna edad. Contra todo sentido, más benévolo ha sido el tratamiento que se ha dado al período del estalinismo en la antigua URSS que a nuestra desdichada república.

¿Podrá negarse que tuviera un poco de todo aquello? No. Pero junto a las sombras y los rincones oscuros, habría que reconocerle también las luces que sin dudas poseyó. Las libertades que garantizó a sus ciudadanas y ciudadanos. Haber parido, a fuerza de presiones populares, la constitución más avanzada de su época: la del 40. El hecho de haber sido el país más tolerante del hemisferio occidental en el campo ideológico y de haber formado a sus hijos en los más elevados principios cívicos.

No fue tan dorada y perfecta como quedó la efigie de La República que se guarda en el Capitolio Nacional, después de la obra de restauración que hace apenas unos días concluyó con un acto oficial. Sin embargo, no era tanto una estatua dañada lo que apuraba renovar; sino una imagen histórica injusta con la que durante más de medio siglo hemos erosionado la representación de nuestro pasado.