Crecí en un pueblo ubicado a unos doscientos kilómetros de La Habana. Sandino fue mi burbuja hasta los dieciocho años, cuando la universidad me invitó a migrar para estudiar Periodismo. Volvía cada seis meses a visitar a mi familia. El lugar dejó de ser la nube donde ignoraba al resto del mundo. Sus límites me parecieron más pequeños, una especie de claustrofobia a cuesta de nuevas verdades.
Percibí un sitio distinto viviendo fuera de allí. Varios textos e investigaciones con testimonios mostraron ante mí contextos diferentes sobre el origen de mi ciudad natal. Conocí en el trayecto a muchas personas que también sabían la historia enterrada del municipio, su relación con la región central y los sucesos que allí pautaron la realidad social. Otras imágenes aparecieron ante mis propias perspectivas y, junto a ellas, el interés por documentarlas.
(Foto: María Lucía Expósito/LJC)
El nombre se relaciona con la figura del nicaragüense Augusto César Sandino. La comunidad Sandino se fundó el 22 de agosto de 1964 en áreas de una granja. En enero de 1965 pasó a ser su núcleo poblacional más importante; es decir, el poblado toma su nombre de la granja y el municipio de esta comunidad. En 1976 se fundó el nuevo municipio Sandino, que incluyó, además del anterior con ese nombre, al de Las Martinas, La Fe, Cayuco y buena parte del municipio Guane. Su extensión es la mayor de la provincia Pinar del Río y la quinta del país.
En esta ciudad, fueron reubicados, como parte de la Operación Jaula, más de 3000 ciudadanos procedentes de la zona montañosa del Escambray en la antigua provincia de Las Villas y catalogados como «colaboradores de los guerrilleros anticomunistas».
Una entrevista del diario Granma al combatiente y asesor de la serie televisiva La otra guerra, Luis Rodríguez Hernández, habla del plan que se implementó para quienes serían parte de la población que comenzó a habitar el municipio Sandino:
«Se enviaron a tribunales a aquellos colaboradores capturados e implicados en crímenes, otros fueron trasladados de la zona, fundamentalmente hacia Sandino, un pueblo que la Revolución estaba construyendo en el extremo oeste de la de Pinar del Río, destinado al desarrollo de la agricultura. Para acelerar la obra se involucraron constructores de todo el país».
Los testigos que aún viven en Sandino rememoran que por mucho tiempo no pudieron salir del territorio y en contadas ocasiones les fue permitido ver al resto de la familia.
En 1976 fue ampliado el municipio con la nueva división político administrativa. Se organizó entonces en ocho Consejos Populares de los cuales seis mantienen una población mayoritariamente rural más el área urbana de Sandino como cabecera. La ciudad se fue integrando con nuevas familias. Sería también el nuevo hogar de asentamientos poblacionales dispersos y en condiciones de vida precarios.
(Foto: María Lucía Expósito/LJC)
La mole de prefabricado tuvo en su concepción la mirada y el diseño de Javier Lisímaco Gutiérrez (Maco Gutiérrez), arquitecto de origen boliviano. El interés de Maco por temas urbanos y sociales quedó plasmado en este extenso conjunto residencial. La influencia vino de su paso por la Universidad de Chile, en un contexto donde se vivieron las transformaciones dejadas por la reforma en la enseñanza de la Arquitectura de mediados de la década de los cuarenta del pasado siglo.
Sandino es una de las mayores expresiones de viviendas colectivas desarrollada en Cuba en los años sesenta, época en que se propuso el trabajo con hormigón prefabricado para agilizar el proceso constructivo. El diseño del poblado partía de una comunidad con ordenamiento urbanístico: calles, casas a corta distancia unas de otras, pequeños solares y áreas de servicios y recreación.
(Foto: María Lucía Expósito/LJC)
Las primeras viviendas tenían —y mantienen— la peculiaridad de ser un espacio dividido en dos. Eran dos casas en una, solo delimitadas por losas de canto, que compartían el patio y el traspatio. Así, las familias reubicadas desde Villa Clara, aparte de haber sido insertadas en las labores de construcción, convivieron con las familias nativas de la localidad en ese sistema, a más de 400 kilómetros de sus hogares naturales.
El espacio urbano se divide por zonas —de la A hasta la P— en sentido oeste-este, y lo conforma una serie de tipologías residenciales, edificios públicos y espacios abiertos a la comunidad. Las zonas A y P tienen más edificios multifamiliares que el resto.
Detalle del centro comercial. (Foto: María Lucía Expósito/LJC)
Desde una mirada antropológico-social, la ciudad fue laboratorio para la interrelación de habitantes de distintas procedencias. Sus períodos han estado marcados con el abandono del país por causas políticas, las salidas ilegales desde costas aledañas y la migración interna desde las localidades hacia la zona citadina.
La población es de casi 36 mil habitantes, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas. Esta es la cifra más baja de los últimos cinco años respecto al conteo administrativo de 2015, cuando ascendió aproximadamente a 37 mil.
En distintos puntos de la geografía municipal siguen en pie, con aspecto fantasmagórico, treinta y una escuelas secundarias básicas en el campo. Ellas surgieron de un programa que, en 1971, formó en todo el país a miles de estudiantes que compartían el estudio y el trabajo.
Escuela #29, de las 31 que se edificaron en 1971. (Foto: María Lucía Expósito/LJC)
Estas instalaciones, actualmente en desuso, fueron acondicionadas primero como escuelas latinoamericanas de medicina y luego, en 2012 según la prensa local, como «comunidades agrícolas para fomentar las actividades ociosas». Hoy la mayoría de estos centros permanecen vacíos, salvo uno adaptado a preuniversitario, otro que sirve de albergue a trabajadores y una escuela de agronomía y veterinaria.
Esta esquina de Cuba, vulnerada varias veces por los huracanes, recibió la ayuda del gobierno venezolano con la edificación de 159 viviendas para las familias damnificadas, la restauración de escuelas y la construcción de un grupo electrógeno entre el 2003 y el 2005.
Los más veteranos cuentan que Sandino fue de los territorios que mejor sobrevivieron al Período Especial por tener, además de sus valías agropecuarias, una envasadora de cítricos, una panificadora, una empresa de productos lácteos y confitería y una fábrica de pulpas y conservas. Las dos últimas, en explotación desde 1975, producían yogurt de soya y natural, queso fundido y queso frescal, refresco instantáneo y mezcla para batidos, cakes, dulces en almíbar, panetelas y diferentes conservas. Actualmente el estado constructivo de esas instalaciones es deplorable y la oferta apenas cubre el alto por ciento de la demanda.
Nave de una de las fábricas en desuso. (Foto: María Lucía Expósito/LJC)
En el cruce de la calle principal y un camino de tierra por donde transitan más coches de caballos que vehículos con motor, se avista la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. El inmueble, inaugurado en 2019, es la primera iglesia católica construida en Cuba después de 1959, con ayuda de un donativo de 95 mil dólares hecho por los fieles en el exilio de la iglesia San Lorenzo, en Tampa.
(Foto: María Lucía Expósito/LJC)
Mis abuelos cuentan que los apagones superan ahora las doce horas. En tanto, el alumbrado público es mínimo porque las autoridades decidieron ahorrar electricidad, en contraste con sitios más poblados del resto del país.
La fachada del cuerpo de concreto gris donde termina Cuba estará cumpliendo en dos días cincuenta y ocho años. En mis recuerdos de infancia por estas fechas llegaban los carnavales. Abundaban ofertas de comida en las tiendas y puestos del centro comercial. Noches de fuegos artificiales y carrozas.
(Foto: María Lucía Expósito/LJC)
Con los cambios en la monetización, las tiendas recaudadoras de divisa TRD y Panamericana, junto al Cupet, se convirtieron en tiendas en MLC. La moneda nacional quedó relegada solamente a los mercados ideales y a una unidad de TRD que oferta únicamente agua y culeros desechables.
Los carteles todavía conservan en Sandino el estilo de los ochenta: prometen victoria y continuidad. Mientras, el tiempo ha pasado desapercibido sobre el clima inerte del prefabricado y de una multitud auto-confinada.
Jóvenes soldados cubanos escuchan un discurso del entonces presidente Fidel Castro en el Centro de Convenciones de La Habana, 2 de diciembre de 2005. (Foto: Reuters)
El incendio ocurrido en la Base de Supertanqueros de Matanzas desde la noche del 5 de agosto de 2022, superó las fuerzas y capacidades de los cuerpos de bomberos pertenecientes al Ministerio del Interior, tanto en su adiestramiento como en la disponibilidad de tecnología para rebasar los efectos destructivos del siniestro, un hecho sin precedentes en la historia reciente de la Isla.
Entre los fallecidos figuran varios adolescentes que se encontraban en cumplimiento del servicio militar obligatorio. Según los familiares de las víctimas, algunos de ellos apenas recibieron una preparación que no superaba los quince días. Sin embargo, fueron enviados a la zona del desastre a pesar de ser un hecho que desafiaba la capacidad de los más aptos profesionalmente para enfrentar una eventualidad de tal magnitud. La muerte de los inexpertos profundiza el infortunio de sus familiares y potencia en la esfera pública el debate sobre la abolición del ejército.
Resultan sobradamente conocidas las alternativas de las familias de clase alta —mediante la corrupción económica y el tráfico de influencias— para evitar que sus hijos pasen por tan exigente periplo. Ello provoca que en las unidades militares estén asignados mayormente aquellos descendientes que provienen de sectores humildes, quienes pierden su vida o sufren lamentables accidentes en períodos de paz.
Eso resultaría evitable con una preparación responsable, así como mediante la instauración de milicias alejadas de prácticas nocivas a la integridad humana. Tal concepción sería enteramente consecuente con los ideales socialistas que el gobierno dice defender. Además, optimizaría los recursos destinados a la defensa del país, al fomentar valores populares en la instrucción de bases formativas que se deben sustentar en la preparación no definida por el abuso de poder, actualmente llevado a cabo por una gubernatura acostumbrada al método de ordeno-mando.
En tal sentido, el presente texto establece un recorrido sobre la abolición y/o democratización del ejército entre diversas corrientes del pensamiento socialista, que en caso de abogar por su mantenimiento, poseen una concepción distanciada de toda idea despótica en torno a la funcionalidad de su proyección republicana.
La abolición del ejército en la tradición del pensamiento socialista
Las fuerzas armadas han servido como herramienta de las burguesías nacionales para acometer procesos bélicos encaminados a la expansión y reproducción del capital, cuya maquinaria deshumanizadora fue calificada por el economista David Harvey como proceso deacumulación por desposesión, llevado a cabo por los países del Norte mediante relaciones desiguales de intercambio. Se establece así una continuidad en las prácticas originarias que dieron lugar al actual sistema capitalista mundial.
David Harvey en su despacho de la City University of New York (CUNY) (Foto: Abel Albet)
La instauración obligatoria del servicio militar universal tiene su génesis en la modernidad, bajo el mando imperial de Napoleón Bonaparte, según refiere el intelectual republicano/socialista Antoni Domènech en su obra El eclipse de la fraternidad (2004). Este edicto generó un profundo malestar entre las clases bajas en Francia a inicios del siglo XIX, al socavar las bases fraternales y populares del republicanismo en función de los intereses de la burguesía.
Las ideas de Marx sobre la abolición del ejército fueron contundentes en sus análisis de la Comuna de París, para la conformación de una sociedad basada en la primacía de preceptos igualitarios. Ellas fueron plasmadas en su libro La guerra civil en Francia (1871), cuando afirma: «…El primer decreto de la Comuna fue la supresión del ejército permanente para sustituirlo por el pueblo armado».
Vladimir Ilich Lenin, en su obra El Estado y la Revolución (1917), aseveró que la abolición del ejército era una de las premisas del régimen socialista como paso necesario para el cese de los antagonismos de clases, al tiempo que pondría fin a la maquinaria burocrático-militar, responsable del sostenimiento de las elites sobre las masas desposeídas. En uno de sus pasajes expresa:
«El ejército permanente y la policía son los instrumentos fundadores de la fuerza del Poder estatal. Pero ¿puede acaso ser de otro modo? (…) Se forma el Estado, se crea una fuerza especial, destacamentos especiales de hombres armados, y cada revolución, al destruir el aparato estatal, nos muestra la descubierta lucha de clases, nos muestra muy a las claras cómo la clase dominante se esfuerza por restaurar los destacamentos especiales de hombres armados a su servicio, cómo la clase oprimida se esfuerza por crear una nueva organización de este tipo que sea capaz de servir no a los explotadores, sino a los explotados».
Mientras la socialdemocracia europea apoyó el militarismo nacionalista en la disputa de dimensiones imperiales que ocasionó el desenlace de la I Guerra Mundial, Lenin había manifestado la voluntad de acometer la extinción del Estado —fiel a los preceptos del marxismo—, con el propósito de quebrar la esencia fundamental de su poderío. Al respecto planteó:
«La burocracia y el ejército permanente son un parásito adherido al cuerpo de la sociedad burguesa, un «parásito» engendrado por las contradicciones internas que desgarran a esta sociedad, pero, precisamente, un parásito que «tapona» los poros vitales (…) merece especial atención la profundísima observación de Marx de que la abolición de la máquina burocrático-militar del Estado es «condición previa de toda verdadera revolución popular».
El decursar de la primera revolución proletaria del siglo XX, sin embargo, condujo a la burocratización del Estado, al predominio de jerarquías en el ejército y a su sostenimiento como mecanismo represivo junto a los órganos de Seguridad. De esta forma, el régimen ruso evolucionó hacia la instauración de formas opresivas en sus relaciones de producción predominantes.
Este hecho permitió que algunos especialistas lo calificaran como «imperialismo», debido a: sus intereses expansionistas, que coartaron las libertades democrático-civiles en los países del este europeo; sus pactos de distribución territorial con el régimen nazi-fascista y el socavamiento mediante las armas de movimientos populares como los de Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), en contra de la soberanía nacional y el principio de «libre autodeterminación de los pueblos».
El giro que adoptara la nomenklatura bolchevique con su influencia en las esferas de poder se consolidó entre 1927-1929, cuando el terror estalinista optó por liquidar toda esencia revolucionaria. Las últimas batallas de Lenin, hasta su muerte en 1924, se concentraron en quebrar el poderío burocrático de la maquinaria política que él mismo había contribuido a establecer.
En esa dirección se encaminaron los esfuerzos de León Trotski antes de que fuera deportado de la URSS. El insigne revolucionario había sido clave en la fundación del Ejército Rojo y un ferviente partidario de su democratización, tiempo antes de que degenerara en feudo de aristócratas distanciados de todo interés de representación social.
León Trotski da un discurso a soldados del Ejército Rojo.
El teórico marxista Tony Cliff, partidario de una concepción socialista «desde abajo», de forma que el control de los medios de producción estuviera en manos de la clase trabajadora, en su obra Capitalismo de Estado en la URSS(1947), analizó el fenómeno del militarismo como una de las más plausibles expresiones de su carácter reaccionario, al afirmar: «el fortalecimiento del Estado ruso, su totalitarismo creciente, solo puede ser el resultado de profundos antagonismos de clase y no de la victoria del socialismo».
Cliff era defensor del principio democratizador en las fuerzas armadas como forma de evitar los abusos de poder, la corrupción y el tráfico de influencias en la institucionalidad uniformada, cuya garantía más certera encuentra mayor viabilidad con la instauración de un cuerpo representado por las bases populares. En tal sentido, expresó:
«Los mandos, los comisarios políticos y aquellos que tenían autoridad en el ejército rojo, empezaron a aprovecharse de sus nuevos puestos en beneficio propio. Trotski les lanzó fuertes críticas; el 31 de octubre de 1920, por ejemplo, en una carta dirigida a los Consejos Militares Revolucionarios de Frentes y Ejércitos, condenó el uso, por las autoridades, de coches oficiales “para elegantes fiestas, ante los ojos de los agotados soldados del Ejército Rojo”. Habló furioso de los mandos que se visten con extrema elegancia mientras los luchadores andan semidesnudos, y denunció las juergas de mandos y comisarios».
El Ejército, la República y el Socialismo en Cuba
El triunfo del proceso revolucionario cubano en 1959, estuvo signado desde fases tempranas por las contradicciones de la Guerra Fría. La inviabilidad del liderazgo nacional en acometer vías sustentables para garantizar la independencia económica ante la hostilidad del imperialismo estadounidense, provocó que la Isla quedara vinculada al bloque conocido como «campo socialista», aunque estudios posteriores de economía política aseveran que ese régimen jamás existió al interior de las fronteras de los países que se identificaban bajo dicho signo político, encabezados por sus Partidos Comunistas.
En los referidos modelos se impuso una concepción que defendía el precepto de partido único de vanguardia, y denostaba los principios de representatividad republicanos, considerados como burgueses. En la praxis, tales fundamentos tributaron al anquilosamiento del aparato burocrático-militar de matiz excluyente, expresado tanto en la deficiente participación política de la ciudadanía como en la falta de transparencia de la gestión pública e impunidad de sus cuadros. Así, se echaban al vacío los postulados de la Ilustración sobre los que se sustentan las bases democráticas del republicanismo.
En los denominados modelos del «socialismo real», existió una amplia expansión de las relaciones monetario-mercantiles, predominio del trabajo asalariado bajo una hegemonía sustentada por la propiedad estatal (no socializada) sobre los medios de producción, relaciones verticales de dominación económica, cooptación de los intereses de la clase trabajadora y diversos sectores de la sociedad civil bajo lógicas autoritarias, como analizó el teórico italiano Antonio Gramsci, sumado a una enajenación del fruto del trabajo por parte de los productores.
Antonio Gramsci
De igual forma, se establecieron irresolubles conflictos en el campo arte-política que limitaban la plena realización humana —advertidos por notables exponentes del socialismo, como Rosa Luxemburgo—, la extensión de patrones desarrollistas altamente contaminantes que no fueron capaces de generar bienestar social, la represión hacia otras tendencias o corrientes de pensamiento, la instauración de una economía militarizada que sirvió como mecanismo de vigilancia interna, así como la adopción de estrategias intervencionistas en estados vecinos.
Esta realidad ha conllevado a que numerosos autores consideren a tales sistemas como sociedades en las que predominó un régimen «capitalista de Estado» (Tony Cliff), de carácter posrevolucionario/prehistórico (Inmanuel Wallerstein), con un fuerte matiz burocrático (Ernesto Che Guevara), anti-popular (Ernest Laclau), negacionista del marxismo (Herbert Marcuse), con expresiones neo-feudales en su estructura sistémica (Alan Touraine), que demostraron su inviabilidad en establecer ciclos de reproducción de las riquezas bajo formas institucionalizadas eficientes (Michael Lebowitz), lo que condujo al fomento de un mercado paralelo altamente referencial (Eric Hobsbawn).
Por ende, la abolición del ejército en el imaginario político de estos modelos no estaba concebida de acuerdo a los preceptos socialistas. Su existencia era condición necesaria para el mantenimiento de oligarquías que transitaron hacia sistemas neoliberales encabezados por las propias figuras que decían defender los preceptos del «comunismo», aliados a las fuerzas del capitalismo y traicionando los ideales emancipatorios que movilizaron a sus pueblos en defensa de las causas de los oprimidos.
En Cuba, la instauración de milicias voluntarias sería el mejor antídoto contra los anhelos intervencionistas de cualquier nación extranjera y frente a los abusos del poder estatal, que en el caso antillano presenta además escandalosas evidencias de corrupción en su empresariado militar. De igual forma, el actual diseño ofrece escasa preparación técnica a los reclutas y resulta incapaz de sembrar valores humanistas entre los soldados, debido al bonapartismo predominante en su oficialidad, lo que suele transformarse en expresiones de rebeldía por parte de los subordinados.
La adopción de esta forma de ejército reduciría la ocurrencia de hechos lamentables ante la irracionalidad de las órdenes superiores y haría más eficientes los recursos defensivos, al instaurar una mentalidad descolonizada en las tropas dispuestas al sacrificio de sus intereses de clase, contrario a los designios de las autoridades estatales. Dicha proyección está en consonancia con los preceptos del republicanismo socialista y las ideas marxistas, alejada de toda visión oligárquica de la democracia que caracteriza a la actual dirigencia política, revestida de un falso ropaje «progresista y popular».
En el día de hoy cumplo con hacerle al presidente de esa institución, por tercera vez, una llamada de atención sobre un tema que me resulta imposible pasar por alto.
Soy hija de Aureliano Sánchez Arango y resido, desde mi nacimiento, hace ya bastantes años, en este país y pienso continuar haciéndolo hasta el día en que me toque, como a casi todos, mudarme para Zapata y 12. Pero no pienso hacerlo por el momento, sobre todo cuando su organismo logra mover mis neuronas y mi espíritu de justicia.
En el día de hoy, en el Noticiero del Mediodía, ha aparecido un reportaje sobre el aniversario del fallecimiento del Senador de la República, Eduardo Chibás Rivas, presentado por una reportera de nombre Arlen García Rosales.
Refiriéndose a la política de ese señor desde finales de los cuarenta hasta inicios de los años cincuenta, expresó que su último aldabonazo fue por luchar contra la política deshonesta del entonces ministro de Educación del Gobierno de Carlos Prío, Aureliano Sánchez Arango.
Esta alocución, según ella, fue para llamar a la acción y demostrar las corrupciones y desvíos de fondo del Ministro de Educación. Al no poder probarlas, a pesar de que eran popularmente conocidas, se disparó un tiro que se escucha en el reportaje.
Expresó asimismo que el Sr. Chibás había fundado su partido para luchar por una administración limpia, «Vergüenza contra dinero» y la escoba era su lema, para barrer con lo mal hecho.
Por la voz de la persona que narra infiero que es muy joven, pero en realidad eso no puedo demostrarlo, solo su grado de ignorancia sobre los hechos que narra. No sabe la periodista que el Senador había formado parte del Partido Auténtico y que solo fundó, con Milo Ochoa en Holguín, el Partido Ortodoxo cuando se pudo percatar, en una visita que ambos le hicieron al entonces presidente Ramón Grau San Martín, que Chibás no iba a ser el candidato por ese partido en las elecciones de 1948, sino Carlos Prío.
Tampoco conoce la periodista que el Senador era muy amigo de uno de los personajes más corruptos de la época de quien, por cierto, no se habla prácticamente en Cuba, José Manuel Alemán, entonces ex ministro de educación y presidente del Partido Auténtico.
Ni parece haberse enterado de que, una vez fundado el nuevo partido, propuso a Fico Fernández Casas, para atender los asuntos de su política agrícola. Como supongo que esa persona, espero que sea periodista, no conoce al personaje, me tomo el trabajo de aclararle que se trataba de uno de los latifundistas más conocidos de la entonces provincia de Oriente.
Discutible resulta también la posición anti imperialista de este señor pero no estoy dispuesta a darle una clase de historia a alguien que se lanza a hacer un reportaje sin estudiar profundamente lo que dice y sin tomar en cuenta que está cometiendo un delito, que es el difamar a una persona que ya ha fallecido y que no puede, por tanto, responderle adecuadamente. Si no se tratara de un asunto jurídico, sí lo es desde el punto de vista ético.
No sabe esa periodista, o no le pareció necesario decirlo, que ese disparo fue el resultado de una larga polémica pública que tuvo con mi padre, que había comenzado en el mes de junio. Tampoco parece conocer que en los últimos tiempos, por decir que tenía las pruebas de los robos de Aureliano en una maleta que golpeaba constantemente, cuando caminaba por las calles de la ciudad las personas se burlaban de él diciéndole que abriera la famosa maleta.
Ni se enteró de que los propios compañeros de la dirección de su partido, en una reunión en medio de la polémica con Papá, lo tildaron de mentiroso…
Aureliano Sánchez Arango, ministro de Estado, haciendo el discurso de clausura del acto de apertura de la XXV Conferencia anual y conmemoración de las bodas de plata de la Asociación de Técnicos Azucareros de Cuba. (Foto: Buendía)
Realmente, señor presidente del ICRT, estoy harta de tener que escuchar, más de setenta años después, a una persona irresponsable e ignorante, expresarse de esa manera sobre un acontecimiento histórico. Y más cansada estoy de tener que escribirle a quien dirige ese organismo para llamar su atención sobre hechos de esa naturaleza que forman parte de una política inconsciente que permite un análisis superficial de asuntos que competen a muchos, entre otros a mi padre y a mí.
No es admisible aceptar que una periodista se tome la atribución de publicar un acontecimiento con un enfoque errado de la realidad histórica y mucho menos admisible que se lo publiquen sin haber revisado previamente la veracidad de lo que pretende publicar.
Hace años me dediqué a estudiar estos hechos y escribí un libro que le adjunto para que alguien de su institución se tome el trabajo de leerlo a ver si se logra evitar que se repitan reportajes como este. Ahí podrá usted constatar que le advierto a uno de sus predecesores que de repetirse esto, me vería forzada a llevarlo a los tribunales. Lo mismo le repito a usted. Tómelo en cuenta porque la manera en que he vivido hasta el día de hoy no es más que una demostración de que cumplo lo que prometo.
Antes solo podía escribirles de manera personal a directores de periódicos, presidentes de instituciones, etc., y debía quedarme con las ganas de que algún día algún dirigente cualquiera tuviera la decencia de, si bien no publicara mi respuesta o planteara alguna duda pública sobre el contenido de los trabajos publicados, al menos impidiera la repetición de estos hechos.
Ahora, felizmente, existen los medios alternativos y las redes sociales y no pienso permitir que esta difamación se mantenga sin una respuesta adecuada. A estas también les estoy enviando una copia de la presente, con la esperanza de que alguien colabore con mi deseo de que, de una vez por todas, quede zanjada esta situación que afronto desde hace tanto con los órganos de prensa en cualquiera de sus manifestaciones, ya que resulta imposible modificar las versiones sectarias que han aparecido en los libros de historia desde hace no menos de cincuenta años, cuando mi hijo aún cursaba la enseñanza primaria.
De un tiempo a esta parte ciertos medios estadounidenses vienen abordando eventualmente el stock de palabras sucias que emplea el presidente Joe Biden ante situaciones de derrota, pérdida o frustración. Fuck them [cágate en ellos] es una de ellas y What the hell [qué carajo] otra. En cuanto a su segunda al mando, Kamala Harris, dicen que su expresión favorita en esos casos es son of a bitch [hijo de puta]. La oposición republicana se ha despachado ante esos informes, acusándolos a ambos de falta de finesse…
Obviamente un caso de mala memoria, como diría Heberto Padilla. Esto no es nuevo, ni mucho menos exclusivo de los demócratas. En una sociedad que históricamente ha cultivado el lenguaje políticamente correcto, y hasta los eufemismos, las palabras ofensivas y las conductas sociales consideradas inapropiadas han venido subiendo de tono también de un tiempo a esta parte.
Dirigiéndose a su vicepresidente Dick Cheney, una vez George W. Bush llamó asshole —eso que en España se conoce como gilipoyas y en Cuba como comemierda— a un periodista del New York Times cuando los micrófonos estaban abiertos. El mismo Biden le dio a Obama sus parabienes por su primer triunfo electoral diciéndole al oído: this is afucking deal [este es un jodido trato], expresión que salió al aire porque los micrófonos, de nuevo, estaban abiertos.
Poco tiempo después, en 2010 los manifestantes del Tea Party —que tomaron su nombre de los sucesos de la bahía de Boston, cuando los estadounidenses protagonizaron la desobediencia civil frente al poder colonial británico—, cogieron a la reforma de salud impulsada por el presidente Obama, bautizada peyorativamente Obamacare por los republicanos, como uno de sus pivotes para hacer sus tánganas en lugares públicos. Aprobarla, decían entonces, marcaría el inicio de un Armagedón que terminaría con las libertades individuales de los estadounidenses —algo que, hasta el día de hoy, ciertamente, no ha ocurrido.
Lo cierto es que en medio de aquel ambiente tan emocional como polarizado, el Tea Party quedó grabado en las primeras planas de los medios al gritarle a un congresista demócrata saliendo del Capitolio palabrotas como faggot —voy a traducirla como homosexual, pero es bastante más dura— y expresiones racistas —esa que se conoce como the N[igger] Word, asociada a los linchamientos— contra un legislador afroamericano que fue escupido solamente por votar a favor del plan de Obama.
El Tea Party en Boston. (Foto: NPR)
No mucho después, la irrupción del populismo trumpista marcó un punto de inflexión en estos dominios, un hecho sin precedentes en la política estadounidense. Uno de sus resortes consiste en la idea de que sus representantes, en especial el presidente entonces electo, no son políticos tradicionales y por consiguiente hablan como el «pueblo llano», evidentemente una manipulación, toda vez que la idea de pueblo no se restringe en modo alguno a marginales y desclasados.
Se trata, sin embargo, de una manera casi infalible a la hora de conectarse con esas bases y, sobre todo, de tratar de sumar votos mediante la empatía. Como lo ha resumido recientemente un joven lingüista:
La derecha que ha votado por Trump y que insiste en respaldarlo se inscribe en una ideología de la lengua completamente diferente, según la cual el léxico tabuizado de uso político no posee un valor moral intrínseco. Las vulgaridades del presidente se entienden como meros marcadores de un estilo espontáneo y familiar, alejado de las convenciones del habla de los políticos estadounidenses tradicionales.
De este modo, Trump establece una ética donde la espontaneidad de lo soez es comprendida como transparencia, conjugándose con otros elementos de su performance hipermasculina. Para quienes apoyan al presidente, voces como pussy, cunt y, posiblemente, nigger, no son, en el sentido más literal, solo insultos; son manifestaciones de honestidad, coherentes con el modo de expresarse de un hombre extrovertido, poseedor de autoridad y carácter.
Escribe más adelante:
A pocos días de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 […] cobró relevancia pública un registro en video del año 2005 en el que Trump describía cuán fácil era para él «agarrar [a las mujeres] por el toto» («grab them by the pussy»). Esta grabación causó estupor e indignación en los medios y a lo largo y ancho de todo el espectro político en tanto el comentario en cuestión no solo comportaba una admisión de conducta sexual abusiva […] sino también una vulgaridad y una violencia anteriormente impensables de presentar verbalmente en público.
Y observa:
Este suceso señaló un nuevo momento cultural cuando se mencionó por primera vez la palabra pussy en virtualmente todos los medios de comunicación de Estados Unidos, tradicionalmente cuidadosos con el tipo de lenguaje que utilizan. Este evento marcó una nueva etapa en la relación entre el tabú y el espacio público que prosigue hasta hoy.
En efecto, una remisión sumaria a los discursos del ex presidente en los mítines políticos y entrevistas arrojaría el empleo sistemático de expresiones y frases como las siguientes: Our country is going to hell [Nuestro país se está yendo al carajo], What the hell are we doing? [¿Qué carajo estamos haciendo?], You betyour ass [Pueden apostarse el culo], I don’t give a damn [Me importa un carajo], They’re ripping the shit out of the scene [Están sacando la mierda de la escena].
Todo eso, y más, ocurre porque corresponde a un momento de crisis en la racionalidad occidental y en las reglas de urbanidad hasta ahora vigentes. Las políticas de la ira, como les llaman los propios medios, han tomado de entonces a acá un inusitado perfil público, junto al deterioro de las normas tradicionales del debate político, lo cual indica que el chancleteo se ha vuelto un hecho bastante socorrido en la cultura anglo, ya de por sí bastante mal hablada en el ámbito de lo privado/cotidiano.
«Si no te gusta mi bandera, puedes besar mi culo rebelde». (Foto: Pit Stop Shirt Shop)
Por lo antes mencionado, los republicanos han llevado la mayor parte en ese sparring debido a estrategias discursivas que, además, se sustentan en el miedo al cambio como mecanismo psicológico. Y en gritar bien alto, como en el cuento: ¡lobo, lobo!. Lo primero ha llevado a catalogar de «criminales» y «violadores» a los mexicanos que han pasado la frontera irregularmente. Y el detalle consiste en que las palabras, como decía Zoroastro, no caen en el vacío. Tienen un impacto social que, en este caso, sirve de reforzamiento al racismo y al supremacismo blanco convencionales.
El problema, sin embargo, va más allá. Estados Unidos ha tenido históricamente la capacidad de exportar de manera exitosa modelos culturales. Y este «modelo» particular se ha visto asistido, además, por la omnipresencia de las redes sociales, crecientemente caracterizadas por una invasión de la marginalidad que opera como una gran mancha de petróleo sobre el mar.
La escatología, en una palabra, serpentea para todas partes, incluyendo Miami y La Habana.
-II-
En mayo de 2021 tuvo lugar un suceso hasta entonces inédito en la cultura cubana. Durante un juego de béisbol entre Cuba y Venezuela, llevado a cabo en el BallPark Stadium de West Palm Beach como parte del Preolímpico de las Américas, unos espectadores cubanos aparecieron en TV portando un cartel con la palabra «singao» aplicada al presidente de la Isla, Miguel Díaz-Canel.
Fue el inicio de un proceso que tuvo como uno de sus predios fundamentales las redes sociales y en particular plataformas como Facebook y Twitter. A partir de ahí, o más bien de manera paralela, accionó la propaganda comercial, que para no variar se encargaría de fijarlo en el imaginario local mediante prendas de vestir y otros objetos típicos de ese ámbito.
Más tarde la expresión rompió el velo del enclave e hizo su debut en la cultura anglo, en este caso mediante Mia Khalifa, una ex actriz porno de origen libanés que frente a las cámaras llegó a romper récords de visualización en el sitio Pornhub. Y, por supuesto, también reverberó en la Isla. Primero durante la trasmisión misma del juego por el Canal Tele Rebelde y después durante las manifestaciones del 11 de julio, una expresión adicional de la porosidad Miami-Habana en la época de Internet, el Paquete y la Antena.
El juego en West Palm Beach. (Foto: Captura de TV)
Ese mismo mes, durante la transmisión de los Premios Juventud 2021, el reguetonero puertorriqueño Farruko apareció en el escenario con una camiseta con la bandera cubana y el lema de marras en el pecho. La cadena Univisión censuró la mitad inferior del pulóver con la palabra sucia, lo cual no gustó a muchos espectadores, que consideraron el gesto «de mal gusto».
Los conductores del programa explicaron a la mañana siguiente que habían censurado la palabra porque expresiones de esa naturaleza estaban sujetas a regulaciones de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC por sus siglas en inglés) y no deseaban quebrantar la ley. «No es que no estemos de acuerdo con el mensaje —aclararon por las dudas— es que la palabra como tal no puede aparecer en la televisión y es una regla que se aplica a cualquier cadena de televisión».
Como se sabe, las llamadas malas palabras son casi todas metáforas. De acuerdo con Manuel Moreno Fraginals, el verbo «singar» entró al léxico de la Isla en el siglo XVII, durante el apogeo de La Habana marinera y dadora de servicios a las flotas que iban y venían de la Metrópoli. Denota originalmente, como lo recoge la Real Academia de la Lengua (RAE), la acción de «remar con un remo armado en la popa de una embarcación manejado de tal modo que produzca un movimiento de avance».
Y ese mismo origen marinero lo tienen palabras como «fletera» —al inicio una chalupa que daba servicios a las naos surtas en el puerto habanero—, hoy, sin embargo, desplazada por el vocablo «jinetera» para designar a una prostituta.
Farruko. (Foto: Remezcla)
La expresión «singao» implica, fundamentalmente, cualidad moral. Se trata de un improperio que puede interpretarse de varias maneras, pero que alude a una persona de acciones desagradables, malvada, ruin y vil, colindante o idéntica a hp. Pero también contiene, por lo antes visto, connotaciones sexuales. Anotemos entonces la siguiente: un hombre sexualmente penetrado por un falo. Una yegua, como en el cuento de Norberto Fuentes en Condenados de Condado.
-III-
«Pingú» es otra palabreja del cubaneo, derivada esta vez de «pinga» (pene). De nuevo, una metáfora: «vara larga o percha» por miembro viril. Define la RAE: «Percha, por lo común de metro y medio de longitud, que sirve para conducir al hombro toda carga que se puede llevar colgada en las dos extremidades del palo».
Anotemos esta segunda propuesta: para los cubanos, tener un miembro viril tan grande como una percha es sinónimo de valentía.
Uno de los primeros usos políticos que conozco de esta palabra se remite a la campaña presidencial 2020, en la que seguidores miamenses de Donald Trump le aplicaron a este último un calificativo probablemente inmerecido en su literalidad: «Trump es un pingú». Uno de sus difusores sociales fue el ex lanzador de los Yanquis de Nueva York, Orlando «el Duque» Hernández, quien para no variar se hizo retratar en un campo de golf con un mocho de tabaco en la boca y con la frasecilla grabada en su gorra.
Orlando «el Duque» Hernández. (Foto: Instagram)
Pero si el suceso de West Palm Beach lo protagonizó una masa vociferante, las protestas del 11 julio en las calles cubanas no se quedaron atrás. Hubo disfemismos para todos los gustos: de un lado, coros de «singao» en el campo opositor, y de otro, «pingú» en el oficialista. Una de estas últimas manifestaciones del «pingú» se documentó en la Isla de la Juventud —por cierto, en medio de niños y adolescentes que participaban en la tángana.
Después, otra vez como para no variar, en la Isla aparecieron celebridades —en este caso, no en los predios del deporte sino de la música— que figuraron en las redes sociales exhibiendo pulóveres con la palabra. Uno de ellos, Arnaldo Rodríguez, director de El Talismán, quien estampó su persona en el Parque Central habanero al lado de una muchacha rubia con nasobuco y el letrero aludido. Y últimamente ha hecho lo mismo Gerardo Hernández, uno de los ex miembros de la Red Avispa y actual coordinador de los CDR.
— Gerardo Hdez. Nordelo (@GHNordelo5) July 8, 2022
En ambos casos, los de aquí y los de allá, lo común es la presencia de usos marginales condicionados/reciclados por el populismo trumpista. Constituyen, sobre todo, evidencias de una relación ancilar, mimética y subordinada de la Isla con el referente miamense, que acaba imponiendo sus códigos. El proceso de reguetonización de lo político, como propongo llamarle a partir de ahora a esta nueva estulticia emocional de dos caras, discurre entonces de Norte a Sur, de arriba abajo, pero insertándose en códigos culturales prexistentes que comparten ambas orillas.
En «Breves alcances sobre el léxico tabú y algunos de sus aspectos glotopolíticos en la era Trump», el lingüista citado al inicio apunta:
En la tierra que orgullosamente proclama ser el hogar de los libres, cuya noción de libertad de expresión es fundamental para su identidad política y su praxis social, han surgido en los últimos años nuevos modos de producción y difusión de signos a través de los medios digitales, en particular los de carácter móvil, donde los límites de lo admisible, de lo vulgar y de lo ético están en constante desplazamiento, alcanzando a un público receptor de tamaño masivo a una velocidad cercana a la inmediatez. Trump se ha valido de estos medios y, de algún modo, los ha usado para posicionarse políticamente…
Y más adelante:
En vez de llevar a la normalización de este tipo de lenguaje, la reiteración constante del léxico tabuizado y su aparente banalización termina reforzando la preeminencia simbólica del tabú sexual, escatólogico y religioso. En la era Trump, como nunca antes, impera un sentimiento de saturación. Todo se impregna de la marca violenta de la ofensa verbal.
De eso se trata, en efecto. Pero también de una cultura falocéntrica y machista sobremanera simplona, aplastada por el peso de una tradición palurda de la que difícilmente podrá sacudirse.
Arnaldo Rodríguez, director de El Talismán, en el Parque Central. (Foto: Facebook)
Primeras horas después de iniciado el incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas, madrugada del día 6 de agosto 2022. (Foto: Raúl Navarro González)
El que calla otorga, había oído decir a mis abuelos, mis padres, mis profesores, y lo asumí siempre como un reto. Sin embargo, tengo más de veinte papelitos con posibles títulos de artículos para este medio y hasta hoy no había salido de mi mutismo, impuesto por múltiples razones. Una de ellas: detesto la violencia aunque sea verbal y no puedo evitar que me depriman los criterios ofensivos, intolerantes y vulgares de todos aquellos que se consideran dueños de la verdad absoluta, que obvian el papel de la crítica y la autocrítica como herramientas de perfeccionamiento humano y social y pisotean a la pobre dialéctica, ubicada hoy en el rincón más oscuro de la memoria.
Además, deploro la forma en que maltratan a nuestro idioma, en un país donde no hay analfabetos; en que el grado de escolaridad promedio de los ciudadanos de más de veinticinco años asciende a 11,5 y en una población de 11,27 millones de habitantes se ha graduado más de un millón de universitarios. Las redes sociales me han develado múltiples facetas de una Cuba que no conocía.
Me duele Cuba, dijo Lezama una vez y se ha convertido en una frase recurrente, que asumo sin pudor ni miedo. Me duele Matanzas porque en ella nací y a ella me debo. Y me duele cada víctima de la injusticia, el despotismo, la lucha por el poder, la arrogancia y la crueldad; sin pretender agotar todos los apelativos que pudiera agregar y que convierten al ser humano en víctima de otros y de determinadas circunstancias en cualquier rincón del planeta. Porque eso somos, ciudadanos de un planeta cuya supuesta especie superior lo ha ido destruyendo como resultado de su ambición.
Matanzas se estremeció en la noche del viernes 5 de agosto, cuando un rayo impactó uno de los tanques del llamado Supertanquero, situado en la zona industrial. Detrás del sonido, las llamas iluminaron la ciudad, seguidas del humo negro que, como fantasma, asumía la dirección del viento. La catástrofe inimaginable, para quienes los tanques estáticos en el borde de nuestra hermosa bahía eran solo una imagen de identidad, se convirtió en un hecho.
(Foto: Néster Núñez)
Entonces, por qué no entender que los muertos son víctimas, primero que todo de determinadas circunstancias, que supongo queden esclarecidas con las investigaciones pertinentes y que de ellas se deriven las acciones para enfrentar cualquier fenómeno similar.
Todo lo vivo tiene su ciclo, pero a ninguno de ellos le correspondía el final. Y si bien los accidentes irrumpen en el ciclo natural de la vida, es también sabido que pueden evitarse, porque detrás de todo lo casual hay una causa, o una cadena de causa-efecto, si aplicamos la dialéctica. De eso se trata, de enfrentar la realidad, de eliminar escollos, de aprender, para transformar y mejorar.
Ser una víctima implica la muerte como resultado de alguna acción o suceso, pero también cuando se ha recibido un daño o perjuicio. No toda víctima es un héroe o un mártir, pero todos los mártires han sido víctimas. El mártir es una víctima que muere o padece por defender sus creencias y convicciones, mientras el héroe se distingue por haber realizado una hazaña, extraordinaria si requiere mucho valor. Por tanto, se puede ser al mismo tiempo, una víctima, un mártir y un héroe. Los dos primeros están relacionados necesariamente, sin embargo, se puede ser un héroe sin ser víctima.
No pretendo convertir un suceso tan dramático en trabalenguas, ni hacer un análisis lingüístico pormenorizado de los términos. Solo deseo resaltar que la intolerancia y el esquematismo nos han llevado al extremo de manipular hasta el significado de las palabras y minimizar las consecuencias de las acciones humanas, cuando debiera ser a la inversa.
El análisis crítico de lo acontecido es el único consuelo que pudieran tener esas familias que perdieron a un ser querido. Las frases e imágenes de triunfalismo hieren su sensibilidad y la del pueblo, de todos los que saben que la vida no se recupera, que el dolor por ello no se mitiga con palabras. El momento es de exigir responsabilidades, de ofrecer disculpas y condolencias y no de cantar Victorias.
Mesa Redonda: Nuevas medidas económicas, con la participación de la vice ministra primera de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, Ana Teresita González Fraga, y la ministra de Comercio Interior, Betsy Díaz Velázquez.
El gobierno cubano ha decidido autorizar la creación de empresas mixtas y asociaciones con capital extranjero en el comercio mayorista y minorista. Para el caso del primero se permitirá establecer empresas privadas de capital totalmente foráneo, todo ello a partir del complejo mecanismo de autorizaciones discrecionales que ha caracterizado la aprobación de proyectos de inversión internacional.
Al mismo tiempo se anunció que, «excepcionalmente», se aceptará que «algunos actores no estatales» desempeñen actividades de exportaciones e importaciones de forma directa, sin utilizar a empresas estatales como intermediarias —algo que al menos yo reclamé desde el principio, no para algunos sino para todos— pero bajo el control directo del Ministerio de Comercio Exterior e Inversión Extranjera (MINCEX). Las empresas creadas bajo estas figuras podrán operar en el mercado en Monedas Libremente Convertibles (MLC).
Las autoridades reconocen que apelan a estas decisiones ante la escasez de oferta de bienes y muy especialmente de materias primas, insumos y tecnología. Además, por la necesidad de recibir transferencia de tecnología en administración y mercadotecnia.
Ante las críticas de varios economistas al mantenimiento del monopolio estatal del comercio exterior —entre los que me encuentro—, la viceministra del ramo esgrimió una cita de Raúl Castro en la que afirma que abandonarlo sería un «error estratégico». Si el objetivo de un gobierno es controlar toda la actividad económica del país, como parte del control sobre toda la sociedad, sin duda lo es; pero si el interés de la política económica fuera propiciar el mejoramiento del bienestar, el error estratégico es mantener entonces dicho monopolio.
El monopolio estatal tanto del comercio exterior como del minorista, es responsable del desabastecimiento de bienes de consumo en el mercado doméstico, y estos deben importarse porque el sistema productivo establecido —también en manos mayoritariamente estatales— es incapaz de ofrecerlos.
Como quiera que el Estado cubano afronta una notable escasez de divisas y un considerable déficit fiscal (11,7% del PIB en 2021; 17,7% en 2020, pero que ya había sido 6,2% en 2019, y 8,1% en 2018, según cifras de la ONEI), no está en condiciones de asegurar el abastecimiento de las cadenas de tiendas estatales, incluso de aquellas que venden en dólares bancarizados.
Si las unidades de comercio minorista no fueran propiedad del Estado, serían los propietarios —privados o cooperativos— quienes deberían surtirlas porque de ello dependerían sus ingresos. El Estado, en cambio, podría beneficiarse de un comercio doméstico dinámico, a partir de los ingresos tributarios que esta actividad generaría, sin tener que responsabilizarse con los suministros de dicho sistema.
En el discurso oficial se insiste en «cambiar lo que deba ser cambiado» y en «desatar las fuerzas productivas», pero esto no es más que una retórica vacía de contenido real. Desatar las fuerzas productivas —para usar esta categoría del pensamiento marxista— significa eliminar todas las trabas que frenan su desarrollo. No obstante, en cada medida adoptada se incluyen restricciones que limitan su efectividad.
Las autoridades cubanas no son capaces de concebir un país que pueda funcionar sin su control, el cual —como ya he escrito antes— es responsable en gran medida del empobrecimiento y de la persistencia del subdesarrollo. Sin embargo, el buen gobierno no consiste en controlar a la sociedad, sino en utilizar mecanismos reguladores para evitar los fallos del mercado, sin que ello implique que imperen los del Estado.
Al parecer, las autoridades asumen que existe una larga fila de posibles inversionistas esperando por la oportunidad de invertir en Cuba, cuando en realidad las condiciones institucionales del país, su carácter excesivamente extractivista, la estrechez del mercado doméstico debido al escaso poder de compra, la desconexión respecto a cadenas globales de valor, el estancamiento económico, las deformaciones estructurales y el subdesarrollo de la infraestructura; entre otros —además de la discrecionalidad con la que son aprobadas las propuestas de inversión—, son factores que desestimulan la colocación de capital productivo foráneo en la Isla.
Una vez más se apela a buscar fuentes de recursos externos, en lugar de facilitar la gestión de empresas privadas y cooperativas nacionales para que también puedan operar en el comercio doméstico y exterior. En este sentido, deciden discrecionalmente que «determinados actores» privados nacionales puedan acceder de forma directa a operaciones de exportaciones e importaciones, siempre bajo control del MINCEX.
La discrecionalidad es un poderoso instrumento de la corrupción, sobre todo en un país con escasa transparencia institucional y con prácticamente ningún mecanismo efectivo de rendición de cuentas por parte de las autoridades gubernamentales ante el resto de la sociedad.
(Imagen: Cubavisión Internacional)
¿Qué debería hacerse para transformar el comercio exterior y doméstico en Cuba?
En mi opinión, es necesario eliminar el monopolio estatal sobre estas actividades, lo cual significa que tanto empresas privadas como cooperativas nacionales o extranjeras, puedan dedicarse a ellas y contribuyan al presupuesto de la nación a través del sistema tributario. Por otra parte, no existen razones que sustenten que las empresas estatales estén en mejores condiciones para desarrollar las actividades comerciales externas, que en la inmensa mayoría de los países son atendidas por empresas privadas, y en algunos casos también por cooperativas.
Los decisores en Cuba se mantienen apegados a la falacia de considerar socialistas a las empresas estatales, cuando en realidad no lo son porque la sociedad, que en teoría es su propietaria, carece de las posibilidades de hacer valer su propiedad con el control de su gestión.
La liberalización del comercio doméstico e internacional debe complementarse con la eliminación del tipo de cambio fijo sobrevaluado, que se ha establecido de espaldas al mercado y ahora es responsable de nuevas distorsiones de precios que desconectan la economía nacional de las condiciones internacionales.
Con un tipo de cambio único establecido por el mercado a partir de la confrontación entre oferta y demanda, que permita la soberanía monetaria del peso, se podría asegurar la convertibilidad doméstica de la moneda cubana y, por tanto, precios relativos ajustados a las realidades económicas y de competitividad internacional de los sectores productivos y de servicios nacionales. En estas condiciones no habría que vender productos o servicios en divisas extranjeras, lo cual no solo resulta necesario económicamente sino imprescindible políticamente.
Para atraer la inversión extranjera directa se deben superar los obstáculos arriba mencionados, que limitan la mayor participación del capital foráneo en la ineludible reconstrucción de la economía cubana.
Pretender que se mantenga el modelo de economía centralmente administrada, cuando existen evidencias de que en lugar de promover el desarrollo lo frena, es asegurar la persistencia del subdesarrollo, el deterioro del nivel de vida de la población y el aumento de la sangría migratoria.
Dicen algunos por ahí que la gente es pesimista, que solo hace críticas sin ofrecer soluciones. Que todas son burlas, fake news y manipulaciones porque en el fondo lo que quieren es destruir la Revolución, apelando al desaliento y la renuncia. Me detengo un momento para aclarar que los primeros que han renunciado a la Revolución, y desmontado prácticamente todo lo que ella realizó en materia de progreso o beneficios sociales, no son los memes, ni las directas en las redes, ni siquiera el embargo de Estados Unidos; sino son los mismos que, con sus leyes y disposiciones absurdas, dicen sustentarla.
No son los jóvenes que salen con un cartel a la calle, ni los grupos que se manifiestan reclamando derechos, los cineastas que hacen un corto independiente, o aquel que postea su criterio en Facebook, los que dañan al país. No son los medios o plataformas alternativas los culpables de la inflación, la deuda, la carencia de viviendas o la falta de alimentos. Impugnarlos es desviar el asunto, porque el responsable real y único de todo eso es el gobierno. En el caso cubano, este tiene total autoridad y control sobre todos los recursos, bienes y servicios del país.
No son los ciudadanos los culpables del estado de cosas, son las autoridades que toman las decisiones. Si el modelo de sociedad no logra sostenerse hay que buscar uno nuevo. El peor enemigo de una Revolución son los revolucionarios que, una vez empoderados, olvidan lo que fueron y se aferran, no a ideas sino a dogmas y consignas.
Desde luego que hay muchos logros para celebrar en la historia más contemporánea del país. En múltiples áreas, como la ciencia, la educación, el deporte, la salud pública o la cultura hay ejemplos de esa obra. Precisamente por eso, varias generaciones que conocieron tales conquistas perciben con preocupación y angustia su marcado retroceso. No es algo puntual, sujeto a determinadas circunstancias o fenómenos que pueden entenderse, es una erosión palpable, constante y profunda de todo ese entramado que legitimaba un proyecto social.
El desarrollo de las vacunas anticovid es uno de los logros recientes de la ciencia cubana. (Foto: Instituto Finlay)
Como no se sale de un problema para entrar rápidamente en otro, los ciudadanos cada día sienten que las autoridades no tienen el control de la situación. Es natural que aparezcan la frustración y el desencanto. Dictan una ley hoy, mañana otra, y al tercer día anulan la primera. Donde dije digo, digo Diego. Reuniones, «visitas gubernamentales», actos políticos, compromisos y decretos no dejan de sucederse sin que generen a su vez un avance sustancial y perceptible en la calidad de vida de la población. En esa espiral decadente todo vuelve a repetirse como farsa, tragedia y esperpento, juntos. Es lógico que afloren la burla y el abandono, porque quien vive de ilusiones muere de desengaños y, francamente, ya la gente está agotada de sacrificarse.
Como los políticos actuales no tienen nada que ofrecer, ofrecen promesas. Y cuando estas no son suficientes, evocan al máximo líder. Se producen así extraños rituales, en los que un grupo de jóvenes se creen poseídos por su espíritu y corren por las calles mientras gritan: «Yo soy Fidel». Otros, más introvertidos, prefieren susurrarle palabras a la piedra donde descansan las cenizas del héroe mientras le preguntan qué hacer. Un tercero ve la silueta del comandante flotando sobre la ciudad en forma de nube, y se siente lleno de energía y desasosiego.
(Foto: Laura Bicci)
Mientras esto sucede, ciertos medios o figuras oficiales recurren a comparaciones que no tienen sentido. Vuelven a viajar en el tiempo —esa es una película que les encanta—, y como si hubiésemos vivido en un páramo, nos hablan de la «horrible existencia y destino» que tenían los cubanos antes de 1959, salvados todos gracias a la Revolución.
No sé si en su afán de potenciar el proceso posterior perciben que, contrario a lo que ellos pregonan, la Cuba del presente, con su acentuada crisis y dependencia económica, inflación descontrolada, carencia de viviendas y recursos, corrupción, violencia policial y deterioro social, se parece cada vez más a esa que nos cuentan de los años cincuenta. Si la práctica es el mejor criterio hacia la verdad, baste observar la impresionante cifra de cubanos que han emigrado en los últimos años, muestra palpable de cómo una parte notable de las nuevas generaciones siente que su destino o proyecto de vida no está en la Isla.
Detectar un problema es el primer y necesario paso para buscarle una solución, que no debe ser esconder la basura bajo la cama o aplicar la técnica del parche. La televisión nos muestra al funcionario que visita una cooperativa y ofrece su «sabiduría» al campesino, pidiéndole que siembre más. No importa que después el gobierno no le pague, o no distribuya sus cosechas; porque ya esa parte no saldrá en televisión. Los vemos también recorrer fábricas y empresas donde nuevamente escuchamos: «hay que trabajar, producir más». El presidente visita una comunidad, abandonada por décadas a su suerte, y aparece una santera que le agradece todo lo que la revolución ha hecho por ellos.
En la imagen está el mensaje. Las autoridades hablan, orientan, se muestran diligentes, señalan el surco, las maquinarias; pero los sujetos hacen mutis, caminan, asienten. Automatismo total. No se produce un debate, nadie hace un señalamiento, cambia la línea, se rasca una oreja. Todo se mueve según una dramaturgia falsa, calculada, diseñada en el Departamento Ideológico del Comité Central. Fuera de Cuba dicen que el país es un caos, nosotros mostramos orden y progreso, inspirados en la bandera de Brasil, porque si en algo hemos sido expertos es en aparentar.
Sí, en Cuba se trabaja, se emprenden negocios y proyectos, se ofrecen iniciativas, se hacen eventos, arte, ciencia; la gente sueña y busca, con muchos obstáculos, la felicidad. No somos ninguna excepción, ninguna de esas cuestiones es propiedad de la Revolución. En todas partes del mundo se ansía lo mismo y, salvo que estés bajo un bombardeo ruso o norteamericano, las naciones tratarán de salir adelante.
Lo cierto es que demasiada gente vive aquí de la comodidad que brinda cierto estatus, y hará todo lo que sea necesario para conservarlo. Como aquel personaje del filme Los sobrevivientes(Tomás Gutiérrez Alea-1975), al que «le da lo mismo el socialismo que el feudalismo, lo importante es cogerle la vuelta al sistema». Para ellos ya no se trata de tener una conciencia revolucionaria, sino de ser conscientes de cómo vivir del cuento revolucionario.
No hay nada nuevo bajo el sol. Las señales y alertas de ese deterioro han estado siempre ahí, emitidas desde hace décadas por múltiples vías, pero como vivíamos protegidos por la campana de cristal que significó la adhesión del país al CAME, el gobierno cubano olvidó que éramos una isla y quiso ser continente. En 1980 un guantanamero se convertiría en cosmonauta. Dos años después, la vaca Ubre Blanca rompía un récord Guinness al producir cientos de litros de leche en un día. Fidel llevó aquello al plano de la lucha política y las proezas de la vaca merecían titulares y discursos. A su muerte, en 1985, el Granma le dedicó una nota necrológica y más tarde se le haría un monumento. En La Habana, los ingenieros comenzaban las excavaciones para el Metro y en Cienfuegos se instalaban los cimientos de una planta nuclear.
Ubre Blanca (Foto: Prensa Latina)
Cualquier problema parecía menor, desdeñable, superable. No importaba el bloqueo, rara vez se hablaba de él. Creíamos que elfuturo pertenecía por entero al socialismo y que el imperio tenía sus días contados. El idioma que se enseñaba en nuestras escuelas era el ruso, y con mil ochocientos pesos se podía viajar como turista a todos «los países hermanos». No necesitábamos a Disney ni a Hollywood, porque desde arriba Mashenka nos mira. Un día, todo eso colapsó. García Márquez lo había avizorado en los cincuenta: «La URSS es un gigante con pies de barro». Eso no gustó en el Kremlin y se enemistaron con él.
Recuerdo al sonero Oscar de León cantando en la Ciudad Deportiva: … bájate de esa nube y ven aquí a la realidad, que con orgullo, soberbia y vanidad, no lograrás felicidad. El Período Especial no comenzaba, sino que llegaba a su fin con la caída de todo ese universo idílico que vivimos bajo la existencia del campo socialista. Ya nunca más tuvimos cosmonautas, ni leche, ni Metro, y la planta nuclear, gracias ¿a Gorbachov?, jamás se terminó.
La solución es siempre la respuesta puntual a un problema que tiene que ser expuesto, revelado. Pero si este persiste, y además se multiplica, entonces se trata de algo estructural, profundo. Si en Estados Unidos o cualquier otro país, alguien se manifiesta contra una ley, quiebra un banco, la gente protesta por la inflación, un empresario es detenido por corrupción, la moneda es devaluada, se cierran industrias, crece el desempleo o un presidente resulta destituido; nuestro (inmortal) Partido lo interpreta como ejemplos indiscutibles de que ese sistema no tiene futuro y debe ser superado. Cuando cosas similares ocurren en Cuba, son presentadas como una coyuntura, un hecho aislado, debidamente atendido por «los factores», tratado por la «justicia revolucionaria» o…la sección sindical.
Si se trata de otros, el problema es sistémico; en Cuba, solo es un fenómeno puntual, circunstancial, ¡ah!, y siempre organizado por el enemigo. La técnica es la de anular cualquier activismo ciudadano, presentándolo como algo pérfido organizado por fuerzas externas. Tu acción, o tu derecho a manifestarte, conducen al caos.
(Foto: Cubadebate)
En las escuelas suelen enseñar que la Revolución es justa y pura, y sus errores o distorsiones son achacadas a los individuos que no supieron aplicar las orientaciones del líder o el Partido. Ambos son presentados como una abstracción, separados de las dinámicas del mundo real. Siempre son otros los que se equivocan, y ese otro eres tú, es decir el pueblo, que, como apuntaron cierto día en el Granma, quiere seguir viviendo como pichones, del alimento que les da la madre.
En Cuba, no solo crecimos durante décadas reproduciendo un modelo centralizado y vertical, sino que además dependíamos de las decisiones que tomaba un solo individuo. Y no importa que ese, sin duda líder, con todo su carisma, prestigio y astucia haya sido Fidel; el proceso quedaba resentido desde su configuración pues respondía a la voluntad de una persona que, además, se convertiría en la máxima autoridad del único Partido existente; el hombre que era juez y parte de todos los asuntos de la nación.
No por gusto la gente solía decir que tal o más cual problema ocurría «porque Fidel no lo sabía». Así, se fue conformando la imagen del hombre-dios, del Nostradamus tropical. Estaba en todas partes, podía ver el futuro. Entonces había que esperar a que el máximo líder se enamorara de un proyecto, para que este echara a andar sin vacilaciones. Si visitaba una fábrica, una cooperativa, un centro escolar, una comunidad rural; la gente le decía los problemas que confrontaban porque parecía ser la única forma de que hallar su solución.
¿Y el sindicato, las organizaciones de masas, la administración, el parlamento, las estructuras de gobierno? Bien, gracias. Con Fidel aparecían los recursos, la energía, se movilizaba el talento. Dinos Fidel, que otra cosa tenemos que hacer, coreaba la multitud entusiasta. Y todo eso funcionaba en ambos sentidos, a veces para beneficio de todos, pero en otras para propiciar enormes fracasos y desaciertos.
Cuando su hermano tuvo que asumir la dirección del país, emitió varios discursos relacionados con el estado de la agricultura, los salarios, las deudas a los campesinos, la falta de productividad, la inercia, la errática política de cuadros, la falsa unanimidad o la enorme dependencia del exterior. Todo ese análisis fue justo pero tardío y además… ¿quiénes dirigían la nación? Él también había estado allí, como casi todos los que en ese momento se sentaban a su lado, que ahora aplaudían y apuntaban las nuevas instrucciones en sus agendas.
Todo el talento del cubano se gasta en adaptarse al momento, la gente no es consistente y siempre necesitan que alguien piense por ellos. (Memorias del subdesarrollo– Tomás Gutiérrez Alea-1968)
Por cierto, nada de lo expresado por Raúl era nuevo. Todas esas lecturas o críticas al modelo cubano ya se habían realizado por economistas, agricultores, investigadores, artistas; pero la burocracia estimó que no era el tiempo adecuado para atenderlas.
Recuerdo su viaje por carretera hasta Camagüey, donde debía ofrecer el discurso por el 26 de julio en el 2007. En el trayecto quedó tan impactado por el abandono de los campos, invadidos por el marabú, que cambió su intervención y dedicó prácticamente todas sus palabras al asunto. Fue un discurso inusual, de fuertes críticas, donde señaló varios problemas que frenaban la economía cubana ¿Nadie había alertado sobre ese fenómeno? ¿Por qué tienen que esperar a que el presidente dé las órdenes? Pues justo porque así de lamentable funciona el modelo de socialismo burocrático. Pienso que si en lugar de viajar por carretera hubiese tomado un avión, hoy al despertar, el marabú seguiría allí.
En sus primeros tres años, Raúl derogó impopulares y viejas leyes o restricciones que afectaban la vida de los ciudadanos. Eran reclamos que al Partido nunca le preocupó mucho atender. Desmontó también parte del Programa Batalla de Ideas, impulsado por Fidel desde inicios del 2000, que había generado extrañas estructuras económicas y administrativas paralelas a los organismos del Estado. Sus reajustes no quedaron ahí, sino que también sustituyó a prácticamente todos los cuadros del partido o la juventud que su hermano había promovido a los más altos niveles, pero que ahora, en rara carambola del destino, resultaban corruptos, oportunistas, ambiciosos y penetrados por los servicios de inteligencia extranjeros. Su hermano, y padrino de todos, los lapidó con aquella reflexión: «quisieron beber las mieles del poder sin haber hecho nada a cambio».
Dos importantes figuras de la política cubana, Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, fueron destituidas en 2009. (Foto: Heraldo.es)
¿Qué es hacer algo por la Revolución? Visto el ejemplo anterior, ninguno de los nacidos después de 1959 hemos hecho algo que merezca la pena. Tal parece que somos simples epígonos, figuras de papel, piezas en un ajedrez político donde otras fuerzas deciden nuestro destino. Tú vas aquí, el otro allá. Hoy tienes que acatar una orden, mañana otra, porque eso es lo que requiere el país. Tienes, además, una deuda eterna con la Revolución, pues lo que eres se lo debes a ella. Miguel Díaz-Canel, que vio las barbas de sus vecinos de generación arder, lo tuvo claro, y en la primera oportunidad que le ofrecieron dijo: «Somos continuidad».
Cierto día, el país se sorprendió con la noticia de que se iniciaban nuevas relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Se liberaron los presos, se abrió una embajada, se filmaron blockbuster en La Habana, se multiplicaron los negocios, se borraron viejos prejuicios, arribaron los cruceros, se hicieron reformas; se dio un paso adelante. Cuando Raúl levantó el brazo de Obama en el Gran Teatro de la ciudad, la ortodoxia revolucionaria y los radicales de Miami comprendieron que tenían que mover sus fichas para regresar al estatus quo. Interesante momento ese, donde los enemigos se sienten traicionados y deben unirse por una misma causa.
Raúl Castro y Barack Obama impulsaron el deshielo entre ambos países. (Foto: Granma)
Fue bastante significativo lo que ocurrió algunos meses después de la visita de Obama. Raúl ofrecía a la Asamblea Nacional algunos detalles e informaciones sobre el curso de ese acercamiento, de pronto, alguien le envía una nota y Raúl comenta que, desde la mesa, intentan censurarlo porque le advierten que tenga cuidado con lo que dice, ya que el acto se estaba trasmitiendo en vivo por la televisión nacional.
Cuba y Estados Unidos, he aquí el verdadero pájaro con las dos alas de nuestra historia. Toda nuestra existencia gira alrededor de ello. Se hizo una revolución para romper con tal dependencia y hoy tenemos una nación atrapada en esa madeja, pendiente de lo que decida el gobernante de turno en la Casa Blanca. Abro, cierro, quito, pongo. Cuatro palabras que condicionan la vida de millones.
Los defensores a ultranza de la Revolución dicen que no tenemos alternativas. El bloqueo (y no el limón) es la base de todo. Para ellos, cualquier apertura real con el vecino del Norte implicaría la entrega del país a sus intereses, la pérdida de nuestra cultura e identidad. Incluso, van más allá, al decir que nos convertiríamos en algo similar a Puerto Rico.
El miedo les devora el alma y, además, los traiciona. ¿Somos o no invulnerables? ¿No es eterno nuestro socialismo? ¿Y el Partido, no era inmortal? ¿Acaso no estamos preparados para resistir y vencer en los peores escenarios? Pero bueno, cuando se trata de cuidar ciertos privilegios y una casa en Miramar, Siboney o Nuevo Vedado, hay que inventarse todo tipo de justificaciones y aparentar que se defiende a la Revolución.
¿Y el pueblo, qué pinta en todo esto? Poco. Mientras los dirigentes se ponen de acuerdo en cómo hipotecar o vender todo el país —habida cuenta de su enorme deuda y carencias—, el pueblo, que fue viril y soberano… sigue haciendo colas.
La ayuda solidaria a Cuba llega desde Guyana. Foto: cortesía de autor
Al conocerse en Guyana la noticia de la explosión de la base de supertanqueros de Matanzas, varias personas: guyaneses, cubanos, venezolanos, dominicanos, y otros, perteneciente a diferentes organizaciones, se comunicaron con MEGA 102.1 FM y Hola Guyana, para ofrecer condolencias al pueblo de Cuba y preguntar ¿en qué puedo ayudar?
Desde la farmacia privada SVS Farmacy, en Georgetown, la capital, se recibió una donación de varios insumos, entregados por su dueña junto a su mensaje de solidaridad.
La solidaridad hacia Cuba llega desde Guyana. Foto: Alfredo Ballesteros.
Otros amigos, que prefirieron el anonimato, han hecho llegar más donaciones. Estamos almacenando todo en el Hostal El Sol, donde sus dueños y equipo de trabajo, otra vez se disponen para ayudar en lo necesario.
(Foto: Alfredo Ballesteros)
(Foto: Alfredo Ballesteros)
Quien redacta este texto ha enviado comunicaciones a varias aerolíneas, incluyendo a Caribbean Airlines, y a la embajada cubana en Georgetown, buscando alguna vía para enviar los insumos a Cuba. Hasta el momento no tenemos acuse de recibo. Mientras, seguimos almacenando lo que llega: trócar, vendas, gasas, almohadillas sanitarias, gel de mano, mascarillas, jeringuillas, entre otros. Aceptamos y agradecemos cualquier ayuda.
(Foto: Alfredo Ballesteros)
Para las solicitudes de ayuda, la dueña de la radio MEGA 102.1 FM ofreció sus frecuencias. Por su parte, la joven y popular cantante guyanesa Kaiya Music decidió usar su influencia mediática —entre las personas de habla inglesa— con el fin de comunicar a sus seguidores sobre lo ocurrido y estimular la idea de un grupo de amigos, que ha venido creciendo.
Este 12 de agosto, el gobierno de Guyana se pronunció a través de su propio presidente, Dr. Irfaan Ali, que afirmó «El gobierno de Guyana está listo para ofrecer apoyo humanitario». Además, reiteró:
«El Gobierno y el pueblo de Guyana se unen a mí para expresar nuestra sincera solidaridad y apoyo al Gobierno y el Pueblo de la República de Cuba en su lucha para contener el desastroso incendio en una instalación de almacenamiento de petróleo en Matanzas. Extendemos nuestras condolencias a quienes han perdido a sus seres queridos y rezamos por una pronta recuperación de las víctimas. Guyana está lista para brindar apoyo humanitario (…)».
Los pueblos de Guyana y Cuba han mantenido buenas relaciones durante largo tiempo. Por solo citar tres ejemplos: en 1987 el festival del Caribe, en Santiago de Cuba, fue dedicado al pueblo de Guyana; decenas de médicos guyaneses se han formado en la Escuela Latinoamericana de Medicina, y otros jóvenes de este país estudian actualmente allí; entre tanto, médicos cubanos laboran en Guyana (sea de misión o de contrato).
Muchos otros cubanos aportamos a este pueblo, que recibe y agradece. Aquí fundamos, desde diciembre de 2019, la radiodifusión en español, estrechando los vínculos culturales. Estas muestras de solidaridad me hacen recordar al Maestro y su sentencia de que Amor con amor se paga.