La actual crisis en Cuba es el resultado de un mosaico de factores, tanto internos como externos. Uno no puede achacar los males económicos de la Isla solo al bloqueo estadounidense, que es sin lugar a duda, una de las principales causas de la crisis cubana.
Es cierto que, por más de sesenta años, Cuba ha tenido que estructurar una economía de resistencia para defender su soberanía. Las evidencias de archivo sobre la política norteamericana son indiscutibles: hablan de crear «caos e inestabilidad» para forzar al pueblo cubano contra el gobierno a través del «hambre y la desesperación».
Junto a esa guerra económica brutal, y vinculada a su impacto, está una política económica del gobierno del PCC, que evidencia sus carencias cada día más. Bajo la justificación del patriotismo, se han encubierto múltiples prácticas de rigidez ideológica leninista —dictadura del proletariado, supuesto iluminismo de partido de vanguardia, cuadros como intérpretes de una clase, cancelación de facciones, etc.—, irracionalidades políticas en las que se pospusieron reformas urgentes desde las preferencias de la generación histórica, corrupciones y privilegios indebidos concedidos a sus hijos y nietos.
Estos factores, internos y externos, interactúan y se refuerzan mutuamente. Muchos analistas políticos y economistas cometen el error gravísimo de discutir la mayoría de los aspectos de la crisis cubana solo en clave nacional y por temática: las mipymes, la política cambiaria, la política cultural, los derechos humanos, la relación con los emigrados, etc. Algunos encubren ese invento con el cuento de que están discutiendo temas técnicos sin ideología. Eso en ciencias sociales es imposible. La clave está en si el analista es capaz de disciplinar su ideología, respetando los hechos y la información disponible sin atormentarla o tergiversar con sus ideas preconcebidas.

La realidad es que hay una causalidad compleja entre lo exógeno y endógeno que varía según el tema y el contexto. En esa dinámica, lo estructural y la agencia de los actores operan en interacción mutua entre la economía y la política. Su análisis, por tanto, debe ser sincrónico e integrado. Eso es un reto para las agendas sesgadas de no pocos analistas y economistas, porque rompe los dogmas de la primacía de lo endógeno, desarrollados sin tomar en cuenta la asimetría de poder internacional o simplemente porque no es lo conveniente a los centros de poder que los pagan o que algunos de esos politólogos o economistas quieren por lo menos, no molestar.
El peso de lo exógeno
Entonces, desde la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, se debe empezar el análisis sobre el actual modelo económico en fase terminal y la desbandada migratoria por el impacto devastador de la guerra económica, ilegal, inmoral y contraproducente, con la que se ha castigado al pueblo cubano por decisiones que fueron y son soberanas desde el derecho internacional.
Lo que corresponde a los grandes poderes en la vecindad de otros países —sean Cuba o Ucrania— que ejercen sus derechos soberanos es, según la ley internacional, aceptar sus decisiones. Eso conviene recordarlo, porque es lo legal y lo justo, aunque es consabido que en muchos momentos, los grandes poderes, se llamen Estados Unidos, Alemania, la URSS o Rusia, no han vacilado en violar el derecho internacional para defender su seguridad o castigar lo que desde su percepción, es un reto a su hegemonía regional.

La evidencia mayor del peso de lo externo en la crisis cubana es por contraste la tenue apertura, sin levantar el bloqueo, que ocurrió en los dos años del deshielo de Obama entre los años 2015 y 2017. El cuadro optimista que empezó a emerger, incluidos los apetitos empresariales que se abrieron en todo el mundo respecto a Cuba, incluyendo su diáspora, fue apenas un grano de muestra del diferente contexto en el que las reformas podrían tener lugar. En contraste, el reordenamiento monetario tuvo lugar, no solo después de la pandemia de covid-19, sino también de las medidas punitivas de Trump, a raíz de los llamados ataques sónicos y la espuria inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo con terribles consecuencias para la situación financiera cubana.
El peso de lo endógeno
Dicho todo lo que es imprescindible sobre el factor externo, corresponde analizar el peso de lo endógeno que tampoco es menor. La actual coyuntura no se entiende sin los errores en el diseño e implementación de políticas económicas de ajuste, especialmente el intento fallido de reunificación monetaria. Pero la crisis cubana tiene razones estructurales más hondas, en primer lugar, el gradualismo excesivo de tres décadas, en los que por decisión de la generación histórica, particularmente Fidel Castro, se perdió el mejor momento —la alianza con la Venezuela Chavista en el momento de récord histórico en los precios de petróleo—, para transitar a una economía mixta en un aterrizaje suave como se plantearon los lineamientos del VI congreso del propio PCC y la constitución de 2019.
Es pertinente cuestionarse también si, en medio de estos problemas estructurales, no hay otros factores en juego que agravan la crisis. Aquí las narrativas económicas tienen un papel significativo. En primer lugar, está la narrativa gubernamental de la continuidad. ¿No es evidente ya tras la intervención de Esteban Lazo en la Asamblea Nacional que declaraciones de dirigentes fuera de época que inexplicablemente siguen flotando son un cubo de agua fría para los espíritus empresariales y las ansias de abrir emprendimiento en Cuba?

Pareciera que algunos cuadros de la administración del estado no han entendido que se trata de un cambio de época, sistémico. No es extraño, dada su trayectoria, que Lazo diga que la mejor forma de lidiar con el empresario privado es cerrarle el negocio si no cumple estrictamente con la ley. Lo extraño es que Miguel Diaz-Canel o el partido gobernante no le pida la dimisión inmediata después de decir esa barbaridad en el contexto de una economía mixta. Si la política fiscal busca maximizar el ingreso del gobierno por concepto de impuestos, lo último que se necesita es cerrar a los contribuyentes. Sin negocio, no hay impuesto.
Tal actitud oficial de mover las sillas en la cubierta del Titanic, tiene su correlato en el lenguaje catastrofista, que usan algunos críticos de las políticas gubernamentales desde una supuesta distancia técnica. Parecen olvidar que lo que describen como yéndose a pique es su propio país. ¿No estará la retórica de algunos economistas, con su lenguaje apocalíptico, influyendo negativamente en la percepción y comportamiento de los actores económicos?
Narrativas y realidades
Las narrativas tienen un poder que no debe subestimarse. En Cuba con la conexión a través de internet principalmente con la diáspora en el sur de la Florida se está difundiendo una narrativa que solo concibe visiones neoliberales de solución de los problemas con llamados vacíos a la libertad y la propiedad. La bancarización y digitalización bancarias han sido un buen ejemplo.
Si bien es cierto que hay razones objetivas para criticar y denunciar los desmanes gubernamentales, el tono empleado en la discusión es crucial. Más que explicar lo que ocurre, o las opciones de las que dispone el gobierno, dada la difícil situación, algunos nos explican como lo hubiesen hecho ellos dentro de las condiciones ideales.
La sobriedad en el debate es vital para avanzar hacia soluciones concretas. Junto con la crítica, debe venir la propuesta. No basta con señalar los errores del pasado o del presente. Es necesario proponer y discutir implementaciones concretas, adaptadas a la realidad cubana y a sus particularidades. La crítica tremendista sin propuesta es estéril y puede resultar contraproducente al generar dinámicas de profecía autocumplida.

El desarrollo económico de un país no se logra imitando modelos foráneos sin adaptación ni reflexión. El ejemplo de países asiáticos como China, Taiwán, Singapur y Malasia nos demuestra que es posible desarrollarse desde diversas perspectivas ideológicas, y no necesariamente adoptando un modelo estrictamente capitalista o socialista. Es importante mirar esas experiencias y otras más allá de la invocación o trasplante de la referencia miamense y estadounidense. Ninguno de esos casos es paradigma del mito de la importancia de la propiedad, aceptación acrítica de la lógica del mercado, y la instalación inmediata de una democracia liberal. De hecho, las elecciones competitivas con las que se asocian los llamados de libertad, en los casos que han llegado, han aparecido al final y no al inicio del camino.
Es esencial que las voces críticas, sean internas o externas, actúen con responsabilidad. Los economistas y analistas no son meros observadores; su voz tiene impacto y, por lo tanto, conlleva una responsabilidad ética y profesional. En medio de un panorama tan complejo y delicado como el cubano, es imperativo buscar soluciones integradoras, evitando polarizaciones que solo profundicen las heridas existentes.

































