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Teatro cubano: sobrevivir la escena en crisis

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Manteca, 1993 / Foto: Lessy Montes de Oca

En plena función, cuando la acción de la obra llegaba a uno de sus momentos climáticos, el apagón inundó la sala Covarrubias. Era 1993, y en plena representación de Perla marina, la pieza de Abilio Estévez que escenificaba Teatro Irrumpe, un fallo en el fluido eléctrico paralizó la función. Fueron varios minutos, no muchos por suerte, hasta que la luz regresó a escena, mientras los actores del montaje dirigido por Roberto Bertrand esperaban por ella para seguir adelante.

En el tablado, junto al propio director, estaban Hilda Oates, Walfrido Serrano, entre otros colaboradores y discípulos directos de Roberto Blanco, fundador del grupo. Pero Roberto Blanco no se encontraba en La Habana: como no pocos nombres de relevancia de nuestra escena, había salido hacia otros destinos, mientras el Periodo Especial ardía en Cuba. En medio de una suerte de páramo, donde los apagones podían —con demasiada frecuencia— interrumpir no solo funciones teatrales, en los escenarios persistían algunos que, contra viento y marea, sabían que, en esa oscuridad y luchando contra la falta de transporte y tantas carencias, debía seguirse haciendo teatro.

El Consejo Nacional de las Artes Escénicas (CNAE) había surgido en 1989, como una dependencia del Ministerio de Cultura (Mincult). Marcia Leiseca, quien había tenido a su cargo la Dirección de Teatro y Danza del Mincult, pasó a atender el Consejo de Artes Plásticas, y la relevante actriz y directora cubana Raquel Revuelta aceptó ser la directora fundadora del CNAE.

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Raquel Revuelta / Foto: Portal Cubarte

Se puso en marcha una nueva fórmula de trabajo, que propició la creación de proyectos teatrales, con lo cual artistas ansiosos de probar fuerzas, más allá de las grandes y en algunos casos anquilosadas compañías existentes, podían apostar con obras y experimentos, a fin de dar a conocer mejor sus talentos. Esa era la idea, en teoría, y muchos la defendieron como una opción de renuevo impostergable.

En verdad, ya se habían articulado algunos de esos proyectos previamente: el propio Teatro Irrumpe se había fundado en 1983. Flora Lauten ya dirigía el Teatro Buendía desde 1986. Y Danza Abierta, que llevaba a la cabeza a la coreógrafa Marianela Boán, trabajaba desde 1987. Todo ello anunciaba un panorama promisorio para las artes escénicas en la década de los 90, con espectáculos arriesgados como los del Ballet Teatro de La Habana, o los reclamos que desde La cuarta pared —de Víctor Varela, estrenada fuera del circuito oficial como una inesperada rara avis—, sacudieron esas estructuras en 1988. Lo que sucedió, sin embargo, no iba a hacer que tal idea se cumpliera según tales expectativas.

No fue un año fácil ese 1989. El proceso judicial contra el general Armando Ochoa fue un síntoma de rompimientos que se sumó a la inminente caída del campo socialista: los últimos números de Sputnik y Novedades de Moscú llegaron a la Isla en ese momento, antes de desaparecer por considerarse que ofrecían una visión distorsionada de la historia de la Unión Soviética, aunque en ese abril ocurrió la única visita de Gorbachov a Cuba.

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Visita de Gorbachov a Cuba en 1989 / Foto: AFP

La política movía piezas en su propio escenario, a manera de un teatro de operaciones que desde nuestras costas se agitaba con una mezcla intensa de esperanza, recelo, y desconcierto. Los aires de la perestroika y la glásnot se habían acercado a Cuba, dejando huellas en publicaciones como La Gaceta de Cuba, en muestras de cine, y una discusión que era ya parte de ese ambiente. El Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas ya se había implementado en Cuba por la dirección política en 1986, y el aliento más fresco que en su arrancada dio impulso a nuevas voces, reclamos menos disimulados y gestos más atrevidos.

En las artes, el primer paso lo dieron los artistas de la plástica, con sus performances que rompieron la brecha de las galerías y las academias. El teatro se tardó un tanto en seguirles el paso, pero la influencia mutua entre una expresión y otra, que es un asunto por estudiar a fondo durante ese momento, retroalimentó felizmente a no poco de lo más logrado de la cartelera de esa segunda mitad de la década del 80. En tal horizonte, la creación de los proyectos teatrales era algo más que una novedad: una apuesta por un ámbito teatral de mayor sintonía con las preguntas y demandas de una sociedad en construcción de otras formas de su propia utopía.

Las solicitudes para la creación de nuevos proyectos llegaron a las oficinas del CNAE como una oleada. Eran muchos los actores, actrices, directores incipientes, diseñadores… que querían probar fuerza lejos de los repertorios y sus estructuras piramidales que, en muchas de las compañías existentes hasta el momento, hacían esperar por años a alguno de ellos si querían arriesgarse fuera de esas programaciones. Poco a poco se quebró el mapa de la escena cubana. Muchos de ellos no sobrevivieron más allá del primer gesto. Y la crisis que inundó al país cuando definitivamente se derrumbó de modo aún más grave el socialismo en Europa del Este, anuló apoyos de toda índole que permitían a Cuba mantener en pie, como burbuja tropical, muchas de sus defensas, incluida la posibilidad de asimilar tantos cambios en todas las esferas del país, incluida la cultural. En agosto de 1990, la prensa de la Isla anunciaba una serie de medidas que confirmaban la crisis que muchos ya temían: daba inicio el Periodo Especial en Tiempos de Paz. Y eso alteró absolutamente todo.

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Período Especial en Cuba / Foto: AmericaTV

El teatro cubano, enteramente subvencionado, dependía de los salarios y facilidades de producción que el CNAE le ofrecía —aún es así. Poco a poco escasearon esas fórmulas y garantías. Estrenar se hizo difícil en un país en el que la economía cayó a puntos nunca imaginados, amén de las carencias de combustible, alimentos, transporte, etcétera.

En 1993, ya el panorama tocaba fondo. Para muchos de los que lo sobre/vivimos, ese año quedó marcado en el calendario como uno de los más traumáticos de ese Periodo, cuyo final, oficialmente, nunca ha sido señalado en la historia reciente del país. Pero curiosamente en ese mismo ciclo de 1993-1994, hace ya 30 años, al menos tres espectáculos dieron fe de la capacidad del teatro cubano de acentuar, ante la mirada expectante del público, las preguntas que la prensa oficial tardaba en hacerse, añadiendo a ello un discurso de poéticas diversas, afinadas por sus creadores en pos de esa recuperación del escenario como ágora donde se discutía más allá de lo que podían mostrar los personajes y sus máscaras.

En 1992 había sucedido el affaire alrededor del filme Alicia en el pueblo de maravillas, y la reacción de la prensa había sido enérgica ante las lecturas posibles de la comedia de Daniel Díaz Torres. El clima era álgido, y cualquier señal de posible desvío o disidencia no iba a pasar inadvertida. Pero dramaturgos y directores sabían confabularse para dar mucho más que mensajes llanos y resultados predecibles.

Por supuesto que no se trataba de una práctica ausente en el teatro cubano. Desde los días de la colonia, el espectador criollo sabía leer entre líneas los subtextos que, ya fuera desde el diálogo o la gestualidad de los intérpretes, dotaba a la puesta en escena de otra textura más allá de lo evidente; un mecanismo que el teatro bufo y el de las revistas alhambrescas agudizaron como parte de los dispositivos de la comedia nacional.

La tendencia de la dramaturgia cubana a la parodia y a la alegoría incrementaban esos modos de burlar la censura, echando mano a códigos velados y no tan velados que los espectadores reconocían en plena complicidad, y eso ha perdurado hasta el presente. Pero en aquel momento tan arduo, en un ambiente tan hostil y donde el discurso oficial se esforzó en dar una imagen pétrea de resistencia absoluta que pretendía ignorar las rajaduras del sistema, el teatro, siempre tan volátil y cambiante de una función a otra, reestableció ese puente de diálogo con la platea, y de ahí provienen estas tres obras que a su modo devinieron clásicos referenciales del Período Especial, y por suerte, perduran en la memoria de quienes las aplaudieron y discutieron.

Si partimos de la idea de que el teatro es una concelebración, algo que solo se completa con la reacción del público —y ahí se redondea y se hace realmente efectivo—, puede afirmarse entonces que los montajes de Perla Marina (Irrumpe), Manteca (Teatro Mío) y La Niñita Querida (Teatro El Público), fueron indudablemente algo más que puestas teatrales.

Los textos de Abilio Estévez, Alberto Pedro y Virgilio Piñera tienden entre sí, a la vista de este repaso, conexiones que van de uno a otro, discutiendo la idea mayor de una Cuba que también se entiende como espectáculo, de tono más sombrío, más solemne o festivo, según el matiz que aportó, cada uno de ellos, al tejido mayor de la escena nacional. El acento crítico, la voluntad de ofrecer algo más que color y entretenimiento, la proyección de una discusión ideológica y política desembozada en sus escenas y parlamentos, provocaron que el auditorio celebrara esos montajes como signos de una vida en medio del marasmo o el aturdimiento, renovando la fe —no siempre perceptible— entre los teatristas y sus espectadores.

Con Perla Marina, Abilio Estévez organizó un canto a la cubanidad, una ceremonia coral en la cual la voz de los poetas, la poesía misma — «el género rey de las letras cubanas», como dijo alguna vez el ensayista Jorge Luis Arcos—, explicaba la fundación del País, de la Nación y su utopía, al tiempo que avisaba de sus peligros y desastres.

Perla Marina, 1993 / Teatro cubano
Perla Marina, 1993. / Foto: Lessy Montes de Oca

Gastón Baquero, Lezama Lima, Dulce María Loynaz, Juana Borrero, Julián del Casal, Fayad Jamis, Antón Arrufat, Emilio Ballagas, Eliseo Diego, José Martí… aparecían entre los diálogos mediante citas directas, en un rejuego intenso que, más allá de la intertextualidad, permitía a esos personajes —náufragos llegados a las costas de una Isla aparentemente desierta—, reinventarse y tratar de evitar los errores cometidos anteriormente en sus vidas. Pero la Isla tiene su Virgen, y un personaje misterioso, venido de los versos de Baquero, que se mantienen alerta.

Otros textos (Mañach, la Condesa de Merlin, Silvestre de Balboa, José Fornaris, Cristóbal Colón, Carlos Loveira) se integran a este mosaico de voces que nos advierte que, acaso en ninguna tierra, podamos librarnos de nuestros yerros, de nuestras poquedades, aunque el sueño de la Isla, amenazado siempre por el ciclón, sea indivisible de nuestro carácter, nuestra pesadilla y nuestros sueños.

El montaje de Roberto Bertrand, creado al igual que el texto en ausencia de Roberto Blanco y como acto de salvación para Teatro Irrumpe —en ese momento de crisis sin su líder—, apeló al trabajo actoral esencialmente, lejos de la espectacularidad de gran formato que era sello de la compañía. Acudir a una de sus funciones fue comprobar que, como bien señalaba su autor, Perla Marina, lejana de las convenciones de una trama al uso, más que una obra de teatro era un ritual, «un acto de fe». Una fe sustentada en la noción de que nos defiende una cultura, una sensibilidad, una sensualidad y un anhelo de placer para reflejarnos en algo más que en la simple pérdida, o en el adiós que la Reina, uno de sus personajes, reconoce como dolor inevitable.

En Manteca, de Alberto Pedro, tres hermanos se debaten entre si dar muerte o no al cerdo que con muchos esfuerzos han criado en su casa, con la esperanza de poder comerlo en su fiesta de Fin de Año. La anécdota proviene de circunstancias reales, en medio de la carencia de alimentos y tantas cosas no pocas familias hicieron lo mismo.

Programa de mano de Manteca
Programa de mano de Manteca

Lo que hace el dramaturgo, trabajando siempre junto a su esposa Miriam Lezcano como ejes de Teatro Mío, y con asesoría de Vivian Martínez Tabares, es descomponer eso en un repaso de las aspiraciones, individuales, familiares, políticas, fracasadas o no, de Pucho, Celestino y Dulce. La puesta, que tomó su título de un tema de Chano Pozo y que contó con el auspicio de la Fundación Pablo Milanés, nunca tuvo su estreno oficial —según recuerda el actor Michaelis Cué, quien integró el elenco inicial junto a Celia García y Jorge Cao.

Los ensayos fueron abriéndose al público y así se llegó a las representaciones en el Centro Cultural Bertolt Brecht, que comenzaban a las cinco de la tarde para aprovechar la luz natural que entraba por su cristalería. Suerte de comedia negra, Manteca era un análisis puntual de un momento tan crítico, acompañado por la música ejecutada en vivo por Sergio Vitier, y funcionando como un nuevo exorcismo que recordaba en otra escala al que algunas décadas atrás, en 1966, convidaba también Vicente Revuelta a través de los otros tres hermanos de La noche de los asesinos, sobre el texto de Pepe Triana. La escenografía de Calixto Manzanares, que recuperaba elementos dispersos de las producciones del desaparecido Teatro Político Bertolt Brecht, era en sí mismo un símbolo puntual. Lucidez, ironía, retrato frontal sin afeites ni disimulos, Manteca quedó desde ese momento como una de las piezas referenciales de nuestra dramaturgia.

Con La niñita querida también sucedía una especie de exorcismo, aunque esta vez el color, la fuerza de la pachanga y la carga festiva de nuestra cultura, resultaron los elementos que Carlos Díaz conjuró para tal efecto. En 1990, el joven director y discípulo de Roberto Blanco dirigió su fenomenal debut en el Teatro Nacional, con su Trilogía de Teatro Norteamericano. Con parte de ese núcleo, en 1992, creó Teatro El Público, y tras el primer montaje de la compañía (Las criadas, de Genet) regresó triunfal a la sala Covarrubias con esta pieza aún no estrenada hasta entonces de Virgilio Piñera.

Niñita Querida, 1993 / Teatro cubano
Niñita Querida, 1993

La trama se integra a esa serie de obras en cierto modo didácticas que a su manera creaba el autor de Falsa alarma: una quinceañera, que no resiste llamarse Flor de Té, ni las obligaciones de señorita correcta que le impone su madre, acaba ametrallando a toda su familia en su cumpleaños; años más tarde todo parece indicar que su hija también se le rebelará. Escrita en los 70, en los años de la peor censura, y la parametración que tanto laceró al teatro cubano, fue confiada en su mecanuscrito original por Juan Piñera, sobrino del autor, a Carlos Díaz.

Su estreno sacó partido del elemento de jolgorio, que funciona como trasfondo del argumento, y los espectadores ofrecían reacciones delirantes ante el montaje, que también sirvió de tributo, mediante la intertextualidad, a nuestra tradición escénica. El cierre del primer acto, en el cual actores y público agitaban las banderitas de papel y las consignas impresas en nuestra memoria para recibir a la protagonista, es uno de esos instantes en los cuales el teatro cubano rompe la barrera de la cuarta pared y se instaura como acto revelador de lo que somos y lo que hemos aprendido, para bien y para mal, desenmascarándonos a todas y todos.

No fueron las únicas puestas que en ese año incidieron en tal voluntad crítica, desde un trabajo atendible de puesta en escena. Pero estos tres títulos ratificaron, en medio de la crisis, y aun contra algunas acciones de censura, la posibilidad de entender al teatro también como un vehículo que englobaba y daba respuestas a demandas de una sociedad que no era solo el público, en la oscuridad de la platea.

Ahora mismo, en otro instante que parece repetir e incluso dilatar las carencias de aquel Periodo Especial nunca finiquitado, el teatro cubano ha de reinventarse en otras escalas de producción y diálogo con sus espectadores, a fin de mantener su rol en nuestras biografías.

El mejor teatro cubano de los últimos tiempos ha sido por lo general también incómodo, nada complaciente ante los silencios oficiales, y ha recogido ese guante que nos pertenece desde hace mucho en los proyectos de otras agrupaciones (Argos Teatro, El Ciervo Encantado, Teatro de la Luna y otras de algunas provincias: Teatro del Viento, El Portazo…) sin dejar de ser por ello un resultado artístico atendible, labrando otra forma de la memoria en la escena.

Sobrevivir a la crisis debe incorporar a nuestra hoja de vida otras dinámicas, nuevas estrategias que al tiempo que nos recuerdan que el arte no imita ciegamente a la vida, sino que la reproduce y dilata en otra escala de utilidades, metáforas y probabilidades. Acaso para intentar salvar la «gran utopía» habrá que trabajar a fondo desde la otra utopía teatral en la que todos somos a la vez personas y personajes. Si lo que llega a escena será un drama o una comedia, solo lo sabremos cuando llegue —o no— el momento de los aplausos.

El futuro de los servicios sanitarios desde lo privado en Cuba

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Imagen de Referencia / Foto: ACN

Los años de historia que nos tocaron vivir nos arroparon con ciertos discursos sin aparente fecha de caducidad. Casi aprendimos de memoria que la salud pública es una conquista revolucionaria. Y no es menos cierto. Al momento del triunfo revolucionario coexistían poco más de 6 000 médicos en una población de seis millones de cubanos. Tres años bastaron para que la mitad de ellos decidiera abandonar el país, huyéndole a la incertidumbre de la transición y dejando una importante crisis sanitaria en Cuba.

En busca de soluciones, Fidel Castro y el equipo de Gobierno crearon en 1961 el Sistema Nacional de Salud (SNS) bajo los principios de gratuidad, accesibilidad, equidad y universalidad, como un derecho de la población y una responsabilidad del Estado. Se fundaron así 451 policlínicos, cuya célula principal eran los consultorios que acogen al personal médico y de enfermería, o sea, quienes trabajan directamente con la población. Además, se fundaron 150 hospitales y 19 instituciones de investigación que corresponden al nivel más avanzado de atención.

Después de 1961 Cuba alcanzó indicadores sanitarios comparables con los de países de mayor desarrollo económico. Al inaugurar el siglo XXI los grandes desafíos no eran los que hoy persiguen otros países latinoamericanos —mejorar acceso, cobertura e indicadores básicos—, sino encontrar formas de financiamiento eficiente.

Desde su posición de autoridad sanitaria, la Organización Mundial de la Salud (OMS) promueve una Estrategia de Salud Universal que enfatiza la necesidad de mantener en el centro de los debates la gratuidad de los servicios médicos, más aún cuando las contribuciones privadas son una de las formas principales de financiamiento de los sistemas de salud en la mayoría de países.

El artículo 72 de la Constitución de la República de Cuba indica que «La salud pública es un derecho de todas las personas y es responsabilidad del Estado garantizar el acceso, la gratuidad y la calidad de los servicios de atención, protección y recuperación». La Organización Panamericana de Salud (OPS) recoge evidencia importante sobre el modelo de atención del sistema cubano.

América Latina no tiene un comportamiento homogéneo en este aspecto. Basados en las estadísticas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) sobre la base de la información oficial referida a gastos sociales, se puede concluir que la mayor parte de estos son administrados y operados por los ministerios y los programas médicos de los sistemas de seguro social.

Foto: UNNews

Los gastos «de bolsillo» que realiza cada núcleo familiar en forma de pagos por servicios médicos, para la compra de medicamentos y otros insumos, son un estrato fundamental en el equilibrio público/privado del financiamiento de los servicios sanitarios en la región. En ello ha incidido de forma severa la implementación de medidas neoliberales a partir del auge de partidos de derecha, que tienden a asfixiar las políticas sociales, y recortar los presupuestos del sector de la salud y la asistencia social. 

En Cuba, es el presupuesto del Estado, articulado a través del Ministerio de Salud Pública (MINSAP), el que incide en el financiamiento de cada uno de los eslabones del sector. El ministerio, con la debida aprobación del Consejo de Estado y de Ministros, distribuye los fondos entre los distintos niveles y unidades de atención a través de las asambleas provinciales y municipales. Esto garantiza que en los servicios de salud solo participen agentes estatales, como única herramienta para la conservación de un sistema público y de calidad uniforme para todos los cubanos.

A finales de 2009, durante un discurso ante el Parlamento Cubano, el entonces presidente Raúl Castro inició un proceso de trasformación: «sin afectar la calidad de la atención de salud que se ofrece a todos los ciudadanos sin costo alguno e inclusive mejorándola, los gastos pueden reducirse sustancialmente». Pronto se elaboró e implementó un plan de transformaciones dirigido a reorganizar, compactar y regionalizar los servicios sanitarios.

Hoy el panorama se ha complejizado. Cuba enfrenta un proceso de «constante reconstrucción» de su modelo económico que no ha encontrado solución a los problemas de la dualidad monetaria y cambiaria. Busca fórmulas para esquivar las medidas unilaterales coercitivas de Estados Unidos que impiden la adquisición de productos básicos para la elaboración de fármacos y otros insumos. Además, afronta las consecuencias de la pandemia de convid-19, el envejecimiento poblacional, la baja fecundidad y la crisis migratoria, sin muchas soluciones viables para un futuro próximo.

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Foto: El Periódico de Aquí

El gasto público en salud incluye los gastos corrientes y de capital de los presupuestos de gobierno central y local, los préstamos y subsidios externos —incluidas las donaciones de agencias internacionales y organizaciones no gubernamentales— y fondos de seguro social de salud, y se expresa como porcentaje del PIB.

Según analiza un artículo publicado en la Revista Panamericana de Salud Pública, entre 1996 y 2004, el gasto en salud en relación al PIB fue relativamente bajo. Luego aumenta de forma sostenida hasta el 13,8% en el 2009 y decrece a partir de ese año hasta 9,1%, producto de los ajustes al presupuesto llevados a cabo. Más adelante se recupera debido al incremento salarial al personal de salud.

Según las cifras de la Organización Nacional de Estadísticas e Información ya en 2021 el PIB de Cuba creció un 1,3% luego de la fuerte caída del año previo. A este incremento contribuyó, en primer lugar, el sector de la salud pública (14,3%). En 2022, el PIB creció un 1,8% e igualmente este sector le fue favorable.

El SNS ha experimentado un proceso de descapitalización bastante importante en los años recientes. Esta afirmación puede verse reflejada en los propios números oficiales: el volumen de inversiones por clase de actividad económica muestra que en el año 2021 se invirtió 20 veces más en Servicios empresariales, actividades inmobiliarias y de alquiler —correspondientes en gran medida al turismo— que en Salud Pública. En 2022 se invirtió 15 veces más en los primeros que en la segunda.

Todo esto confirma la persistencia de una estructura deformada de la inversión en Cuba que llega hasta la primera mitad del 2023. Los servicios empresariales, las actividades inmobiliarias y de alquiler, junto a la inversión en hoteles y restaurantes, concentran el 30,6% de la inversión nacional. En medio de una situación sanitaria que se agrava, la inversión en el sector de la salud representa el 1,4% del total, incluso menos que la de 2022, que fue de un 2%.

Como resultado, hoy el sistema de salud sufre las consecuencias: las instituciones no cuentan con estándares básicos de calidad; la crisis de insumos es insostenible; el personal facultativo del MINSAP ha sufrido una peligrosa disminución en sus filas —solo en el último año 12 065 médicos dejaron sus puestos de trabajo para emigrar al sector privado o al extranjero—; la falta de medicamentos es catastrófica y la escasez nutre el mercado virtual en las redes sociales de más tráfico en Cuba —Facebook, Telegram y WhatsApp—, donde las personas ofrecen comprar, vender, o intercambiar medicamentos sin regulaciones de las autoridades, convirtiéndose en caldo de cultivo para la corrupción, los precios abusivos, la falta de control de calidad farmacológica y de vigilancia, incluso sobre los medicamentos de uso intrahospitalario y de alto riesgo. Los indicadores básicos de salud han retrocedido décadas.

Mercado Informal de Medicamentos en Cuba en la plataforma Telegram
Mercado Informal de Medicamentos en Cuba en la plataforma Telegram

No bastan par de cuartillas para abordar cuestiones fundamentales si se quiere hablar con rigor del estado del SNS. Sin embargo, en el escenario actual están floreciendo las condiciones para que la creciente privatización llegue a servicios que deberían ser manejados exclusivamente por el sector de la salud pública y la asistencia social, si pretendemos ser consecuentes con los discursos que arroparon nuestras conquistas sociales.

Hoy encontramos al alcance de un click negocios privados especializados en «cuidados», como Tatamanía, que ofrecen servicios de cuidados a domicilio, y que incluyen atención a la salud física y mental, acompañamiento al área de salud, cuidados dentro de centros hospitalarios, 24 horas y con servicios de alimentación, higienización, cumplimiento de tratamientos farmacológicos Curiosamente, varios de ellos son llevados a cabo por médicas y enfermeras que han salido del sector estatal para involucrarse en el privado.

En el caso del emprendimiento antes referido, sus estatutos aclaran —porque es básicamente ilegal— que no ofrecen servicios de salud, sin embargo, si se es riguroso con tal concepto, estos sí entran dentro de los deberes de la salud pública y la asistencia social.

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Tomada del sitio web de Tatamanía

Aunque este tipo de servicio es un complemento muy útil a los cuidadores y las personas que por algún motivo no son completamente funcionales, siempre y cuando puedan pagarlos, muestran con antelación a dónde pueden ir a parar las carencias enquistadas de los sistemas sanitarios públicos.

La privatización tiene resultados discutibles, pero lo que sí es invariable es que representa una amenaza para la equidad en el acceso a los servicios. Dentro de las bondades señaladas por los defensores de los servicios sanitarios privados, se señala que tienen un efecto positivo sobre la sostenibilidad del sistema público, ya que lo descongestiona haciendo que incluso ahorre dinero. Sin embargo, múltiples estudios demuestran que la coexistencia del sector privado puede, en realidad, detraer recursos del sector público.

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La privatización de algunos de los servicios sanitarios sobre las condiciones actuales de Cuba sería un camino certero a la agudización de la desigualdad social, cuyas consecuencias serían peores para los sectores más vulnerables, racializados, para les ancianes LGBTIQ+ y/o en condición de calle.  Esta estrecha relación entre enfermedad y pobreza, que se agudiza en sistemas sociales y sanitarios regidos por políticas neoliberales, es conocida como círculo Horwitz e ilustra cómo «hombres y mujeres enferman porque son pobres, se vuelven más pobres porque están enfermos y más enfermos porque son más pobres».

Es difícil señalar con antelación cuál será el porvenir de Cuba, Sistema de Salud incluido, pero si vale adelantarse, mejor agotar todas las fórmulas en que los sectores más vulnerables mejoren —o no empeoren— sus condiciones de vida. Tal vez con el logro de ciertas libertades políticas y/o el perfeccionamiento de los mecanismos de control popular, los futuros ciudadanos puedan intervenir y fiscalizar las diferentes formas de hacer sostenible un sistema de salud: desde el aumento de la cantidad de dinero destinado a este fin, la eliminación de las barreras financieras de acceso a la salud, hasta el uso justo de los recursos disponibles y la responsabilidad que en ello tiene el Estado.

El precio de la dictadura en Chile: la democracia fracturada

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Salvador Allende, con casco y una metralleta AK-47, mientras el palacio de La Moneda era bombardeado por la dictadura /
Foto: La Vanguardia

A 50 años del sangriento golpe de Estado a Salvador Allende, aquellos días de violencia siguen en la memoria de los chilenos. El 11 de septiembre de 1973, el Comandante en Jefe del Ejército, el traidor Augusto Pinochet Ugarte, daría el golpe más duro que ha enfrentado la democracia chilena en su historia.

Desde varios años antes, con ayuda de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el entonces presidente norteamericano Richard Nixon, medios de comunicación contrarios al gobierno como El Mercurio y algunos sectores de la sociedad civil como el gremio de camioneros, se realizaba una verdadera campaña de terror contra el presidente electo democráticamente, incluso antes de que tomara posesión. Esto permitió no solamente organizar a los sectores más reaccionarios bajo la bandera del golpismo, sino también legitimar una de las más cruentas dictaduras que han existido en América Latina y el nefasto sistema económico que nació con ella: el llamado neoliberalismo.

La Operación Cóndor es una herida aún abierta y punzante para muchísimos chilenos. Bajo la dictadura pinochetista aumentaron la pobreza y la desigualdad, y aunque a través de redes y medios suele repetirse que con Pinochet Chile se convirtió en un país más rico, los datos indican lo contrario. Para el final de la dictadura, el país era más pobre que al inicio.

A eso debe añadirse que las cifras de víctimas directas del terrorismo de Estado se cuentan en miles. Gracias al trabajo de las Comisiones de Verdad, se ha logrado oficializar la cifra de 40 175 víctimas entre ejecutados, detenidos, desaparecidos y víctimas de prisión política y tortura. Más de 20 000 niños fueron arrebatados de sus madres y vendidos a personas en el extranjero.

Sin embargo, el pinochetismo está muy vivo. El negacionismo de la dictadura es común entre las fuerzas reaccionarias de la política chilena. Recientemente, el presidente Gabriel Boric, los expresidentes Ricardo Lagos, Eduardo Frei Ruiz, Sebastián Piñera y la expresidenta Michelle Bachelet han firmado de forma conjunta el documento «Por la democracia, siempre», en el que se condena el golpe y se reivindica la democracia. Mientras, los líderes de la derecha se han opuesto a cualquier posibilidad de expresar su rechazo al golpe.

Las similitudes y alianzas que se crean hoy entre las diferentes fuerzas políticas de ultraderecha a nivel mundial, comienzan a tener cierto tufo a primera mitad de siglo XX, por la mayoría de Estados democráticos del mundo, e inclina la correlación de fuerzas políticas hacia la derecha.

Ejemplos como el de El Mercurio dejan en evidencia el tremendo poder que tienen los medios para destruir la democracia, un poder que solamente ha ido creciendo con el paso del tiempo.  Documentos desclasificados por el Departamento de Estado de EEUU este año, demuestran el importante papel que jugó el medio en la creación de una campaña de desinformación contra el gobierno de Allende.

El ex gerente general y ex presidente del directorio de la empresa, Fernando Léniz, sería posteriormente ministro de Economía de Pinochet desde 1973 hasta 1975. El rol de El Mercurio como propagandista del pinochetismo no se detuvo con el restablecimiento de la democracia. Desde entonces, ha encabezado campañas políticas contra varios presidentes y proyectos progresistas, y ha servido de altavoz a la oligarquía chilena y la ultraderecha. Desde rememorar nazis hasta homenajear a Pinochet, en lo único que nunca falla es en actuar como un actor político más de las fuerzas reaccionarias de la sociedad.

Hoy, el trumpismo, el pinochetismo, el bolsonarismo y en general, la ultraderecha, comparten los mismos discursos, narrativas, visión del mundo e interés por reescribir la historia. En el caso cubano, el sector más reaccionario de la oposición, supuestos enemigos acérrimos de «la dictadura castro-comunista» —no se sabe bien si por dictadura o por comunista—, lanzan alabanzas al golpe de Estado del 73, esparcen fake news y afirman que Pinochet salvó a Chile. Parece ser que, para algunos, matar a más de 3 000 personas, torturar, desaparecer a otras miles y destruir la democracia, es preferible a un gobierno democrático y popular de izquierdas.

Y por si fuera poco, no falta el que habla de los crímenes que «habría cometido» el gobierno de Salvador Allende, de lo terrible que «habría sido» para Chile, de cómo «habría convertido» el país en una Cuba o Venezuela. Algunos, incluso, se atreven a decir que «sin Allende no hay Pinochet», en un intento descarado de trasladar la responsabilidad.

Nos quieren vender una historia donde lo que no pasó es peor que lo que pasó e incluso lo justifica. Nunca sabremos qué habría sido de Chile y América Latina con Allende. No nos dejaron saber. Pero sí sabemos lo que fue con Pinochet y no debemos permitir que se repita jamás. Y para eso es indispensable la memoria.

 


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La deuda externa cubana: una solución complicada

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En cualquier análisis sobre la evolución de la economía cubana, especialmente en el desempeño de su sector externo, debe destacarse el contexto internacional, donde indiscutiblemente pesan las medidas unilaterales coercitivas de Estados Unidos, y el deterioro de los términos de intercambio por la propia estructura, tanto de las importaciones como de las exportaciones cubanas. No obstante, en Cuba persisten problemas estructurales de larga data, especialmente la escasez de divisas por las magras exportaciones, las deudas comerciales con un grupo de países siempre crecientes, entre otros factores, que influye en los niveles de producción. Lo dicho, evidentemente, tiene un fuerte impacto en el comercio exterior y la deuda externa del país.

La fragilidad que caracteriza a la economía cubana, y sus dificultades para mantener sus relaciones comerciales y financieras internacionales, colocan el tema del financiamiento externo como un factor imprescindible para alcanzar elevadas metas de desarrollo económico y social en el 2030.

Sucede que la cuestión de la deuda externa transciende las finanzas y afecta el desenvolvimiento integral de la economía; de su adecuado enfrentamiento depende en gran medida la normalización del flujo crediticio procedente del exterior, que aún no llega o se demorará si no cambian las reglas de juego existente en la política económica interna.

Es preciso recordar que al finalizar el decenio de los ochenta y producto de la moratoria de pagos en 1986, la deuda se había prácticamente duplicado respecto al nivel de 1980, y durante los noventa continuó su crecimiento ininterrumpido producto del efecto combinado de elevados intereses, incremento de obligaciones vencidas y capitalizadas, y la contratación de nuevos créditos en condiciones muy onerosas, a lo cual se le añadió la pérdida de las relaciones beneficiosas con el extinto campo socialista.

La incapacidad para enfrentar el servicio de la deuda en Cuba se vieron exacerbadas por diversos fenómenos ocurridos en el primer decenio del siglo XXI, entre estos: el deterioro del sector eléctrico nacional en el 2004; la crisis financiera y económica internacional del 2008; el fuerte incremento del precio del petróleo y de los alimentos en el mercado mundial; el embate de varios huracanes de gran intensidad y los graves problemas de liquidez del sistema bancario doméstico, sumados a la ineficiencia interna relacionados con la poca capacidad exportadora de bienes.

En el 2013, Cuba comenzó a concretar resultados en materia de renegociación y reducción de deudas, en gran medida relacionados con la mayor confianza y credibilidad que inspiraron entre los acreedores oficiales y privados, varias de las reformas económicas y sociales emprendidas por el gobierno de Raúl Castro en el marco del denominado proceso de «actualización del modelo económico» que había comenzado en el 2011.

En esos procesos de renegociación de la deuda, jugó un importante papel el nuevo escenario económico, comercial y financiero entre Cuba y Estados Unidos (EE.UU.), que se creó en la administración Obama. Algunos analistas han partido de supuestos muy válidos, al plantear que los antiguos acreedores de la Isla no querían quedarse al margen del proceso de apertura de las relaciones y, por eso, pretendieron aprovechar las oportunidades que podrían brindarle el mercado cubano.

Debe aclararse que las cifras anteriores son las que recoge el Anuario Estadístico de Cuba publicado en 2023. Aunque las estadísticas deben llegar al 2022, el documento sólo las incluye hasta el 2020. En términos de deuda activa, los montos se refieren solamente a la deuda corriente que refleja las transacciones financieras y comerciales, cuyo saldo está en función de los nuevos financiamientos recibidos y los pagos realizados.

Respecto a esa deuda activa, cuya última cifra disponible en el anuario era de 19 743 millones de dólares hasta 2020, su complejidad radica en la incapacidad del país para moverla o renovarla, ya que sus fuentes de financiamiento son muy pocas. Revertir la crítica situación del financiamiento y el endeudamiento externo de la economía cubana constituye una tarea muy compleja, que abarca el enfrentamiento de múltiples problemas de carácter interno, asociados a la estructura económica e institucional del país y también supone sortear adversas condiciones del entorno internacional en el que se desenvuelven los vínculos externos de la nación.

Otras cifras de la deuda que muestran volúmenes superiores, son publicadas por la entidad de análisis Economist Intelligence Unit Country Report Cuba donde, por ejemplo, en el primer semestre del 2023 se reflejaba una deuda de 27 505 millones de dólares.

También la complejidad de la deuda se refleja en la relación Deuda externa con respecto a las exportaciones de bienes y servicios, que de un 64.1 % en el 2013 pasó a un 225 % en el 2020. Es decir, a modo de ejercicio técnico, se necesitaría destinar más de 2 veces la totalidad de las exportaciones de bienes y servicios del país, para eliminar dicha deuda.

La conjunción de los múltiples factores ya descritos, especialmente la mejoría de las relaciones con EE.UU., provocó el impulso que experimentaron las negociaciones para reestructurar y reducir adeudos externos vencidos, tanto de carácter oficial como privados.

El 12 de diciembre del 2015, luego de dos años de negociaciones, el gobierno cubano y el grupo Ad Hoc del Club de París acordaron reestructurar el pago de los 11 110 millones de dólares adeudados por Cuba, en pasivos a mediano y largo plazo. De estos, se condonaron 8 484 millones de dólares en intereses de mora que representaban el 70 % de la deuda negociada, y los restantes 2 600 millones de dólares se pagarían en un plazo de 18 años, en cuotas gradualmente crecientes.

Dada la crítica situación económica imperante en Cuba, por factores explicados, el gobierno cubano y el Club de París acordaron en 2021 modificar su acuerdo de renegociación de la deuda del país caribeño, en ese momento en situación de impago. Cuba incumplió parcialmente sus obligaciones en 2019, y en 2020 se declaró incapaz de asumir la cuota en su totalidad. Por ello, solicitó una moratoria de dos años para un total de unos 200 millones en pagos atrasados al organismo multilateral, que aceptó solo un año con la posibilidad de renegociar.

La deuda con el Club de París se ha renegociado constantemente, la última reunión para lograr acuerdos de esa índole se efectuó en agosto del 2023, donde Cuba presentó de nuevo su incapacidad de hacerle pagos por el momento, dado que su situación económica sigue siendo de crisis.

Al finalizar 2022, Cuba era el segundo país de América Latina y el Caribe en contraer la mayor deuda con ese Club, con cifras superiores a los 4 800 millones de dólares.

Deuda cubana con el Club de París en millones de dólares. No incluye los intereses atrasados hasta el momento. Elaborada en base a publicación de Pedro Monreal basada en la fuente del Club de Paris.
Deuda cubana con el Club de París en millones de dólares. No incluye los intereses atrasados hasta el momento. Elaborada en base a publicación de Pedro Monreal basada en la fuente del Club de Paris.

Aquí se pueden ver 2 momentos de reducción significativa: el primero en el 2014 por la reducción de un 90 % de la deuda con Rusia, y el segundo en 2015 por el acuerdo con el mismo Club de París.

En uno de sus trabajos sobre la economía cubana, el ex ministro de Economía José Luis Rodríguez expresó que: «El país debe Renegociar y liquidar la deuda comercial de corto plazo para asegurar las importaciones indispensables para el país, segregando fondos específicamente para esos fines. De ser posible, tomar créditos adicionales con este objetivo» y es necesario a la vez «renegociar y liquidar la deuda con inversionistas extranjeros compuesta por dividendos y rentas que no se han podido liquidar en moneda libremente convertible, valorando la alternativa de aplicar un swap de deuda por inversiones».

Acreedores Deuda total millones de USD Condonada millones de USD %
Rusia (2014) 32 200 29 000 90
México (2013) 487 340 70
Japón 1750 1 400 80
China (2011) 6000 2830 47.2
Uruguay 35 35 0
Club París (2015) 11 084 8 484 76.5
Total 51 556 42 089 81.6

Fuente: Publicado en Diario Las Américas el 9 de marzo 2021 basado en Havana Consulting Group.

En años recientes como el 2021 y 2022 se produjeron acuerdos de renegociaciones con China y Rusia. En febrero de 2022 esta última aplazó hasta 2027 la deuda cubana pendiente.

***

La deuda externa se ha convertido en una soga que aprieta cada vez más el cuello del gobierno de la Isla, y al mismo tiempo, repercute fuertemente en el bolsillo de los cubanos. Esta situación agravará aún más la crisis que hoy enfrenta el país. La falta de créditos y divisas impacta en el aumento del desabastecimiento en las tiendas del Estado y hace que los precios aumenten cada día en el mercado informal y de comercios privados o estatales que se rigen por la ley de oferta/demanda, es decir, hay una elevada inflación y un alza considerable del costo de la vida. Al mismo tiempo, la situación tensa aún más las relaciones comerciales entre el gobierno y las empresas extranjeras con inversiones en el territorio nacional, pues están pendientes de pagos importantes de los bancos cubanos por las utilidades logradas en el país.

La solución a la deuda solo será posible si el país emprende una ruta de crecimiento sostenido, y eso solo puede lograrse si se implementara una reforma integral de la economía. Instrumentos existen, solo se necesita la voluntad política de aplicar medidas de mayor impacto en la sociedad económica. Otros países como Viet Nam lo han logrado con una base de partida, más compleja como la cubana, y también enfrentando un cerco económico por parte de EE.UU., ¿por qué entonces no mirar esos ejemplos?

Referencias

[1] Anuario Estadístico de Cuba 2020 . Sector Externo . Edición 2022, pagina 6, tabla 8.2

[2] Country Report 2nd Quarter 2023. Economist Intelligence Unit Limited, 2023, page 11.

Los estigmas del 11/9: un golpe, un asesinato y un acto terrorista

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11-9 Golpe de Estado / Torres Gemelas

Aunque es irracional estigmatizar fechas del almanaque, debo reconocer que el 11 de septiembre ejerce en mí un sortilegio aborrecible. Estuve cerca, o vinculado de una forma u otra, a tres acontecimientos fatídicos que acontecieron ese día en 1973, 1980 y 2001 respectivamente: el golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende en Chile que llevó a su trágica muerte y a la entronización de la dictadura de Augusto Pinochet; el asesinato de Félix García, funcionario de la misión de Cuba ante la ONU, en Queens Boulevard, Nueva York, por verdugos de una organización terrorista cubanoamericana; y los atentados terroristas contra las Torres Gemelas en Nueva York y el gigantesco edificio llamado el Pentágono donde se asienta el Departamento de Defensa de Estados Unidos en Washington, por militantes de la organización Al-Qaida.

El asesinato de Félix García me resultó sumamente cercano. Nuestro vínculo en el Minrex, más que de colegas, fue de amigos muy hermanados. En 1970-1973 era visita asidua de la casa que compartía con mi esposa, María Teresa Rodríguez, en Calzada entre E y F, a unas cuadras del Minrex. Su asesinato fue no sólo terrorismo, sino un cobarde acto de barbarie contra una persona inocente. No obstante, por razones de espacio, no me extenderé en esta historia que quedará para posteriores escritos.

11 de septiembre de 1973: el golpe de Estado en Chile.

Fui espectador cercano del golpe de Estado en Chile desde la atalaya de la embajada de Cuba en Buenos Aires, donde trabajé entre 1973 y 1977. Había visto la fea cara de la derecha reaccionaria en ese país durante tres tránsitos por Santiago en julio de 1973.[1] Después del golpe, la tragedia chilena me conmovió personalmente por distintas vías. El terrorismo de Estado aplicado contra la ciudadanía por la brutal dictadura pinochetista alcanzó niveles inconcebibles.

Un solo ejemplo de ello fue el asesinato, con una bomba, del general Carlos Prats y su esposa en Buenos Aires en la madrugada del lunes 30 de septiembre de 1974. Precisamente el día anterior, domingo 29, había compartido con ellos en un almuerzo campestre en la finca de unos mutuos amigos argentinos. El explosivo detonó a unas cuadras del apartamento donde vivía con mi familia, en Avenida del Libertador. Mis hijos tenían entonces 6, 2 y 1 año respectivamente. Para colmo, en mi edificio vivía el agregado militar chileno, dueño de un Chevy azul igual al que la embajada me había asignado. Sin pensarlo mucho, nos mudamos para otro lugar.

Carlos Prats
Carlos Prats / Foto: El Mostrador

Por supuesto, no fue este el único acto criminal de la dictadura pinochetista, ni el más aborrecible. Eran los años del Plan Cóndor, descrito por el periodista investigador John Dinges en su fundamental obra «Los Años del Cóndor: Operaciones Internacionales de Asesinato en el Cono Sur». Pocos amigos militantes de las organizaciones y partidos de izquierda y hasta de centro izquierda escaparon de las garras de los aparatos represivos de las dictaduras de la región. Muchos terminaron en el exilio, en Cuba entre otros países.[2]

Cuando se produjo el golpe, que se veía venir, el principal temor de las autoridades en La Habana y de nosotros en la embajada en Buenos Aires era que el ejército chileno asaltara la misión diplomática en Santiago e iniciara una cacería de cubanos. Dada la violencia y brutalidad con que arremetieron contra el Palacio de la Moneda y contra todos los vinculados a la Unidad Popular —la coalición política con la que Allende llegó a la presidencia—, había que esperar lo peor. La preocupación se acentuaba porque en Chile por esa época había decenas de cubanos regados por toda su complicada geografía, desde especialistas del Inder hasta bailarines del Ballet Nacional de Cuba.

Al final, los peores presagios no se cumplieron. Nuestra sede diplomática no fue asaltada. La dictadura rompió relaciones con Cuba y les dio a los funcionarios cubanos 24 horas para abandonar el país. Para estos la tarea fue complicada. Centenares de cubanos colaboraban con el gobierno de la Unidad Popular, particularmente en el ámbito de la seguridad; muchos de estos últimos tenían pasaportes diplomáticos.

La embajada había acumulado una sustancial cantidad de armas. No sólo había un fusil para cada uno de sus miembros y para el personal de Tropas Especiales que había sido enviado a Santiago, sino también para entregar a la resistencia chilena. Asimismo, complicaba el asunto que un importante grupo de chilenos se había asilado en la embajada en las primeras horas del golpe.

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11 de Septiembre en Chile / Foto: Granma

Había que evacuar con todas las armas posibles y entregar a la resistencia o dejar a buen recaudo el resto. La embajada, con un sótano lleno de armamento, tendría que ser dejada a cargo de algún gobierno amigo. Asimismo, debían quedar bajo la protección de ese gobierno los chilenos que estaban ahí, para quienes habría que negociar un salvoconducto que les garantizara la salida segura del país. Esta misión se cumplió gracias a la entrega del personal diplomático con el embajador Mario García Incháustegui a la cabeza y a la colaboración efectiva y rigurosa del gobierno sueco, cuyo embajador en Santiago, Harald Edelstam, tuvo una actitud ejemplar. Edelstam se mudó para los locales de la embajada de donde no salió hasta que el último asilado pudo viajar al exterior y se logró sacar y entregar a la resistencia chilena el último fusil.[3]

Nuestra embajada en Buenos Aires jugó un papel de colaboración. Recibimos a todos y cada uno de los cubanos que no pudieron ser evacuados desde el primer momento. Algunos se habían asilado en otras sedes diplomáticas, principalmente en la de Argentina, otros cruzaron la cordillera y entraron en territorio vecino. Hubo quienes escaparon por la frontera de Chile con Perú.

En mi condición de funcionario a cargo de los Asuntos Consulares, por lo general tuve que ver con todos estos casos. Como anécdota interesante, debo consignar que no siempre las autoridades argentinas nos entregaron de forma inmediata a los cubanos que llegaron por distintas vías. Estos compatriotas debieron esperar a veces hasta 48 horas en estaciones de policía o unidades militares, en algunos casos después de caminar durante varios días en condiciones de invierno a través de la cordillera que separa a ambos países. Y siempre, cuando me iban a entregar a alguien, me citaban para las 11 de la noche en la sede central de la Policía Federal, un lúgubre y tristemente célebre edificio en la calle Perito Moreno, instalación que sería atacada con una bomba por Montoneros en 1976 con un saldo de 23 muertos y  110 heridos.

11 de septiembre del 2001: el atentado terrorista contra el World Trade Center en Nueva York y contra el Pentágono en Washington

El hecho de haber visto de cerca la cruda imagen de varias formas de terrorismo me hizo particularmente sensible ante el ataque perpetrado el 11 de septiembre del 2001 contra las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York y el Pentágono en Washington. Paradójicamente, pude haber estado en la capital norteamericana por esas fechas, pero no como funcionario del servicio exterior, sino como académico.

En el 2001 ya llevaba 5 años alejado de toda misión diplomática. En 1996, al concluir mi trabajo en Bruselas, donde serví como embajador ante Bélgica y Luxemburgo y jefe de la misión de Cuba ante la Unión Europea, me dediqué a hacer algo que tenía pendiente desde que comencé a colaborar con el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI) en 1982: terminar mi doctorado y obtener una categoría docente principal. Ambos propósitos se lograron en 1998-1999. Era ya doctor en Ciencias Históricas y Profesor Titular de esa institución.

Me incorporé a la comunidad científica de especialistas cubanos en relaciones internacionales y en tal calidad asistí en el 2001 al XXIII Congreso Internacional de Estudios Latinoamericanos (LASA) en Washington del 6 al 8 de septiembre. El grupo de académicos cubanos era muy amplio.

Como suele suceder en este tipo de actividades, muchos de nosotros teníamos compromisos para quedarnos en Estados Unidos después del congreso en alguna actividad de intercambio académico. Aunque ya en enero del 2001 había tomado posesión el presidente Bush, quien después paralizaría dichos intercambios a partir del 2003, este tipo de vínculos gozaba aún del florecimiento que se vivió en los 8 años de la administración de Bill Clinton. Yo tenía proyectado quedarme 10-15 días más como profesor invitado en la Universidad Americana (American University) de Washington por la preparación para un curso sobre política exterior cubana a estudiantes de esa institución.

El destino se interpuso en mi camino y tuve que cambiar mis planes. Poco antes de salir de La Habana para Washington vía Miami, el rector me dijo que tenía instrucciones del Minrex de viajar a China en cumplimiento de una invitación de la Academia Diplomática de ese país, por lo que me indicaba que cancelara la estancia en la Universidad Americana y regresara a La Habana el día 9 para asumir la dirección del ISRI durante su ausencia, pues yo era el vicerrector docente —aunque interino. También me afirmó que por solicitud del Colegio de Defensa Nacional debía impartir una conferencia el día 11.

Me ahorré una situación imprevista. Después de los atentados del 11 de septiembre del 2001 Estados Unidos quedó paralizado y casi todas las actividades se cancelaron o suspendieron. Centros de estudio como la American University debieron cerrar sus aulas por más de una semana, así que mi estancia allí habría sido frustrada de todas formas, como les sucedió a todos los académicos cubanos que, por una u otra razón, se quedaron en Estados Unidos después del Congreso de LASA.

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Atentado contra las Torres Gemelas / Foto: Infobae

Mientras volvía a La Habana no podía imaginarme que los días subsiguientes estarían marcados por un hecho de trascendencia global. Estaba impartiendo mi clase sobre política exterior norteamericana en el Colegio de Defensa Nacional en la mañana del 11 de septiembre del 2001 cuando el director —un general de brigada— me interrumpió para decirme que unos aviones habían impactado en las Torres Gemelas. Francamente, estaba tan metido en mi clase que no le di importancia al asunto y seguí como si no hubiera pasado nada.

Tan pronto terminé y vi las imágenes de la televisión me espanté. Fidel Castro, según explicó ese mismo día en un discurso que ya estaba programado en la inauguración del Curso Emergente de Maestros para la enseñanza primaria, en la Ciudad Deportiva, había dado instrucciones de que la televisión nacional transmitiera las noticias sin ninguna censura.

Es obvio que el presidente cubano sí se dio inmediatamente cuenta de la importancia y del impacto que tendrían los acontecimientos de ese día. Y no dudó ni por un momento cuál debería ser la actitud cubana, que resumió en términos explícitos y sintéticos: «Evidentemente, el país había sido víctima de un violento y sorpresivo ataque, inesperado, inusitado, algo verdaderamente insólito». No dudó en agregar: «Era lógico que aquello produjera una conmoción en Estados Unidos y en el mundo, las bolsas de valores comenzaron a derrumbarse, y por la importancia política, económica, tecnológica y el poder de Estados Unidos, el mundo hoy estaba conmovido con aquellos acontecimientos que fue necesario seguir durante todo el día…».

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Fidel Castro el 11 de septiembre de 2001 / Foto: Cubahora

En ese mismo acto, Fidel Castro explicó cuál iba a ser la posición oficial del gobierno cubano con el siguiente razonamiento: «Hoy es un día de tragedia para Estados Unidos. Ustedes saben bien que aquí jamás se ha sembrado odio contra el pueblo norteamericano». Más adelante añadió: «Por eso nosotros —que sabemos no el número exacto, pero que hemos visto escenas impresionantes de sufrimientos y posibles víctimas— hemos sentido dolor profundo y tristeza por el pueblo norteamericano, fieles a la línea que hemos seguido siempre». Y terminó sus argumentos alegando: «Nuestra reacción ha sido la que dije, y quisimos que nuestro pueblo viera las escenas y contemplara la tragedia. Y no hemos vacilado en expresar públicamente nuestro sentimiento».

A continuación, adelantó la posición oficial que, según dijo, ya se había comunicado al gobierno del presidente Bush. Extraigo los elementos centrales:

  • «El Gobierno de la República de Cuba ha recibido con dolor y tristeza las noticias sobre los ataques violentos y sorpresivos realizados en la mañana de hoy contra instalaciones civiles y oficiales en las ciudades de Nueva York y Washington, que han provocado numerosas víctimas».
  • «Es conocida la posición de Cuba contra toda acción terrorista. No es posible olvidar que nuestro pueblo ha sido víctima durante más de 40 años de tales acciones, promovidas desde el propio territorio de Estados Unidos».
  • «Tanto por razones históricas como por principios éticos, el Gobierno de nuestro país rechaza y condena con toda energía los ataques cometidos contra las mencionadas instalaciones y expresa sus más sinceras condolencias al pueblo norteamericano por las dolorosas e injustificables pérdidas de vidas humanas que han provocado dichos ataques».
  • «En esta hora amarga para el pueblo norteamericano, nuestro pueblo se solidariza con el pueblo de Estados Unidos y expresa su total disposición a cooperar, en la medida de sus modestas posibilidades, con las instituciones sanitarias y con cualquier otra institución de carácter médico o humanitario de ese país, en la atención, cuidado y rehabilitación de las víctimas ocasionadas por los hechos ocurridos en la mañana de hoy».

Se trataba de una posición esperable y en línea con lo que sentíamos la mayor parte de los cubanos que vivíamos en Cuba, muchos de nosotros víctimas directas o familiares y amigos de quienes sufrieron atentados terroristas.

Sin embargo, lo que más llamó la atención fue que este enfoque constructivo se mantuvo por algún tiempo, a pesar de que la administración Bush reaccionó ignorando la posición cubana y continuando con sus planes hostiles hacia la Isla. En el transcurso de los siguientes doce meses Cuba ratificó los 12 acuerdos internacionales de lucha contra el terrorismo. Otro ejemplo fue su posición constructiva cuando Estados Unidos anunció la apertura del campo de prisioneros de Guantánamo en enero del 2002.

Pero esos gestos no tuvieron ningún impacto. La administración Bush conservó su posición radical contra Cuba. Mantuvo al país en la lista de Estados promotores del terrorismo y, a tono con la declaración del primer mandatario de que consideraría que cualquier país que no estuviera con Estados Unidos sería considerado un enemigo, comenzó planes activos para derrocar al gobierno cubano creando la Comisión para la Ayuda a una Cuba Libre y designando un coordinador de la Transición en Cuba como parte de la estructura del Departamento de Estado.

Los años siguientes vieron un recrudecimiento de la política de cambio de régimen por medio de medidas coercitivas unilaterales y de fomento de la subversión político-ideológica. Por ejemplo, para el 2003 se paralizaron prácticamente los intercambios académicos.

Los hechos comentados producen un profundo rechazo al terrorismo. Nadie puede ser ajeno a lo que significa sesgar vidas de personas inocentes con el fin de alcanzar objetivos políticos. Cada 11 de septiembre recuerdo estos tres acontecimientos que marcaron mi vida.

Referencias

[1] Para todo el proceso que condujo al golpe de Estado, puede consultarse la excelente obra de Tanya Harmer, Allende’s Chile and the Inter-American Cold War  (Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2011), de la cual hay edición en español.

[2] La terrible historia del general Pinochet y sus vínculos con Estados Unidos puede encontrarse en varias obras del investigador norteamericano Peter Kornbluh, cuyo último libro, Pinochet Desclasificado: Los archivos secretos de Estados Unidos sobre Chile, acaba de ser publicado en Santiago por Ediciones Catalonia.

[3] Para un relato de estos hechos, que incluyen una valoración de la actitud de la dictadura de Pinochet, puede consultarse el libro de Tanya Harmer citado anteriormente.

La disculpa pendiente a Chile

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Foto: AmoSantiago

En la mañana del 21 de septiembre de 1976, en la rotonda Sheridan de Washington D.C., capital de Estados Unidos (EE.UU.), explotó el auto del político chileno Orlando Letelier. Letelier había sido embajador en ese país, así como ministro de Relaciones Exteriores, Interior y luego Defensa, del presidente Salvador Allende Gossens. En el auto, junto a Letelier, viajaban su entonces asistente en el Instituto de Políticas Públicas, la joven estadounidense Roni Moffitt y su esposo, Michael Moffitt. Letelier y Roni Moffitt murieron casi instantáneamente como resultado de las heridas causadas por el acto terrorista. Michael Moffitt contaría luego la experiencia y, junto a la familia Letelier, lucharía por décadas para esclarecer el asesinato y enjuiciar a los culpables, entre ellos varios militantes aun reverenciados como héroes en el exilio anticastrista cubano de Miami. 

Letelier había sido encarcelado en su Ministerio el 11 de septiembre de 1973 por los militares traidores que bombardearon el Palacio de La Moneda. Sufrió tortura por parte de quienes faltaron a su juramento de lealtad a la democracia y a la Constitución chilenas. Gracias a las presiones de la comunidad internacional y a la gestión del político socialdemócrata Diego Arria, quien luego fue embajador de Venezuela en las Naciones Unidas, Letelier fue liberado y fijó residencia en Washington.  Conocía muy bien los EE.UU., pues había trabajado por más de un lustro en el Banco Interamericano de Desarrollo. 

Apenas dos días después del golpe, el senador liberal estadounidense Edward Kennedy y otros convocaron audiencias para enjuiciar cualquier vínculo de la nación norteña con el atentado contra la democracia chilena. En ese contexto, en el que el congreso estaba determinado a fiscalizar las acciones de la rama ejecutiva y tomaba relieve la cuestión de los derechos humanos, la llegada de Letelier a Washington se convirtió en una pesadilla para la junta militar. 

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Orlando Letelier / Foto: ADN Radio

«Si estuviésemos en el gobierno de Eisenhower, nos premiarían como héroes», dijo Henry Kissinger a Nixon. El presidente andaba molesto por las investigaciones del Congreso al apoyo que dio EE.UU. a los golpistas, bajo el pretexto de luchar contra la expansión soviética. Cuentos macartistas contra todo lo que no fuese alineamiento incondicional con la derecha. Allende, el presidente derribado, no era «santo de la devoción» de Moscú. Primero, porque el médico presidente había condenado las invasiones soviéticas a Hungría, en 1956, y a Checoslovaquia, en 1968. Segundo, porque la URSS había demostrado que ni tenía condiciones ni quería construir una relación con Chile como la que tenía con Cuba, en medio de la distensión de grandes poderes de la primera mitad de los años 70. 

Fue la administración Eisenhower, evocada por Nixon y Kissinger, permeada hasta los tuétanos de macartismo, la que derrocó al gobierno de Jacobo Arbenz y colocó la política hacia Cuba en el rumbo de bloqueo, subversión y violación de los principios democráticos norteamericanos que llega hasta hoy. En lugar de dejar correr «la fiebre revolucionaria»  ? como había planteado su embajador Philip Bonsal en La Habana, que siempre estuvo contra la ruptura ? , Eisenhower y su equipo se abocaron a una política «de hambre y desesperación» contra el pueblo cubano para que, al estallar, reventara al gobierno de Fidel Castro. Esa misma visión llevaría más tarde al presidente Nixon en 1970 a hacer «chillar» la economía chilena pues, como decía Kissinger, EE.UU. no tiene que respetar la «decisión irresponsable» de un pueblo como el chileno al elegir el rumbo socialista, aunque lo hubiese hecho, o no, bajo las reglas de la democracia representativa. 

Sobre esa política norteamericana contra la democracia chilena, el exsecretario de Estado, Colin Powell, ha expresado que EE.UU. no se siente orgulloso. De hecho, como ha reflexionado el exministro chileno de Relaciones Exteriores, Heraldo Muñoz, EE.UU. ganaría mucho en disculparse por políticas como las de Nixon, tan contrarias como las de Watergate a la dignidad de una potencia democrática. No hay nada patriótico en construir un relato falso de perfección, ante la evidencia de tantos malos procederes. En este sentido, la frase del comodoro Stephen Decatur, oficial naval estadounidense del siglo XIX, que reza: «Nuestra patria, esperando que ande por el bien, pero nuestra patria, bien o mal» —la frase del comodoro Decatur—, quedó mejor expresada por el senador inmigrante, Carl Schurtz, gran partidario de Lincoln,: «Carl Schurtz, mi patria bien o mal. Si bien para mantenerla bien, si mal para enmendar el mal».  Los que se oponen a un patriotismo abierto a rectificar y pedir disculpas deberían explicar las razones de su soberbia. 

Henry Kissinger y Augusto Pinochet (Chile) en 1976
Henry Kissinger y Augusto Pinochet en 1976 / Foto: interferencia

De esas políticas tan irrespetuosas contra los pueblos, sin credenciales democráticas, salió la oposición anticomunista que conduciría a la colaboración reaccionaria chileno-cubana contra el gobierno de Salvador Allende, antes, durante y después del golpe del 11 de septiembre de 1973. Con independencia de si EE.UU. se disculpa en algún momento oficialmente por su política de cambio de régimen impuesto a través de la guerra económica y la subversión política contra Cuba y Chile, es evidente que parte del exilio cubano anticastrista emprendió acciones contra la democracia chilena. Sería justo, apropiado y conveniente que la oposición cubana reflexione,rectifique, pida disculpas, asuma responsabilidades, condenando a aquellos entre sus filas que no solo participaron en esas acciones sino que compartieron aquellas  posturas pro-pinochetistas. 

Obviamente, se puede ser anticastrista, antidemocrático y pro-bloqueo sin comulgar con la dictadura pinochetista ni con la conexión cubana anticastrista con  el asesinato a Letelier. Sucede, sin embargo, que con esa historia de asociaciones fáusticas a cuestas, desde la conspiración trujillista en adelante, no hay una condena explícita a algunos sujetos como Orlando Bosch, Luis Posada Carriles, Virgilio Paz y los hermanos Novo Sampoll, tratados como «hombres de acción» o «héroes anticomunistas». 

Algunos dirán que esos hechos ocurrieron décadas atrás, pero se colaboró sin objeción pública bajo la idea de la unidad anticastrista con sectores que, aún hoy, los celebran. Si el exilio cubano, las instituciones cívicas, educacionales y culturales afiliadas al discurso opositor anticastrista, o al servicio de la comunidad cubana de Miami, quisieran mostrar credenciales democráticas, tienen en la conmemoración del 50 aniversario del golpe contra Allende, una operación dorada para tomar sana distancia de aquellos comportamientos cavernícolas. Tienen la oportunidad de condenar al senador Jesse Helms, orgulloso de ser «amigo personal» de Pinochet, y sus políticas contra Chile, Sudáfrica y Cuba. 

Una reflexión desde la historia

El Miami anticomunista cubano fue uno de los escasos lugares en el mundo donde se festejó el golpe contra el presidente de los chilenos, electo democráticamente, Salvador Allende. Para entonces, los lazos de solidaridad y apoyo entre lo más reaccionario de la política cubana exiliada y el fascismo chileno del grupo «Patria y libertad» habían encontrado causa común. Ambos sectores coincidían en las críticas al sistema democrático, por darle «libertades» y posibilidades al «pueblo irresponsable» que  ? según ellos ?  no entendía el peligro comunista.

Ni siquiera el presidente Kennedy  ? desde la narrativa cubana de Bahía de Cochinos ?  se ha salvado de la acusación de haber «traicionado» al anticastrismo cubano. En el caso chileno, hubo críticas veladas también a EE.UU. por apoyar a la democracia cristiana, cuyos afiliados fueron tildados de «flojos» por producir un candidato progresista como Radomiro Tomic en 1970, quien buscaba profundizar la reforma agraria y las nacionalizaciones del periodo del expresidente Eduardo Frei (1964-1970). Solo les encanta el modelo neoliberal y radical de derecha de Pinochet. ¿Qué pasa con la soberanía y los derechos humanos como los entiende la ley internacional? No tienen tiempo para esas contemplaciones. Todo es contra el comunismo, que es, desde su pensamiento,  cuanto huela a progresismo. 

No es casual que Michael Townley, el agente de la DINA a cargo del asesinato de Letelier, «nadara como pez en las aguas» paranoides contra «la conspiración comunista» tanto del fascismo chileno como del Miami cubano anticastrista. En 1974, según datos citados por Alan McLeod en su libro Ghosts of Sheridan Circle, comandos de exiliados cubanos ejecutaron el cuarenta y cinco por ciento de los actos terroristas a escala mundial. El término «dialogante», que en general se asocia con posturas civilizadas, fue derogado por «dialoguero». A esos que se estigmatizaban, les pusieron bombas. Y mataron a varios. 

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Michael Townley /Foto: CNN Chile

La necesidad de tomar distancia

La política no es para las vírgenes vestales y, en ocasiones, produce extrañas alianzas. El gobierno de la Unidad Popular tuvo su lista de errores, discursos incendiarios penosos sobre algunos sectores a la luz de la historia, a veces contra la vía pacífica hacia el socialismo enunciada por el propio presidente Allende. Pero esos errores no justifican los horrores de la dictadura: la violación grosera, masiva y sistemática de los derechos humanos por parte de Pinochet y sus partidarios desde el mismo momento en que bombardearon el Palacio de La Moneda. 

En su libro The last two years of Salvador Allende, el exembajador de Estados Unidos en Santiago de Chile al momento del golpe despeja dudas. «Era Salvador Allende un demócrata, que quería transitar por la vía pacífica al socialismo? …mi respuesta es que si lo era». Allende no fue un mártir en defensa de algún totalitarismo: murió protegiendo la democracia representativa. Días antes del golpe, dejó claro al cardenal Silva Henríquez y a la democracia cristiana en la persona de Patricio Aylwin que, mientras él fuese el presidente, «no habría en Chile dictadura del proletariado». 

Eduardo Frei pagó con su vida su coqueteo con fuerzas contrarias a la soberanía chilena y no apoyar con claridad el plebiscito que Allende tanteaba proponer y el general Carlos Prats le aconsejó al líder demócrata-cristiano apoyar.  Contra la democracia chilena, como contra la revolución de 1959 en Cuba, se aliaron los cubanos anticastristas, el fascismo chileno y lo peor de la política estadounidense, representado eventualmente por el senador Jesse Helms.  De esa gente, lo justo, correcto y productivo para cualquier demócrata es estar alerta y  lo más lejos posible. 

Después de los asesinatos y desapariciones de miles de chilenos en los primeros meses tras el golpe, y la exposición de sus crímenes en el escenario internacional, el tirano Pinochet encargó a la infame DINA el asesinato de sus principales oponentes en el exterior. Esa guerra contra los demócratas chilenos se unió a la campaña terrorista lanzada por el exilio radical cubano «contra el comunismo, por los caminos del mundo». No es sorprendente que miembros del mal llamado Movimiento Nacionalista Cubano hayan asesinado a Letelier en la capital de EE.UU. El Buró Federal de Investigaciones (FBI) supo de una lista larga de atentados contra objetivos dentro y fuera de ese país: diplomáticos, aviones civiles, personalidades e instituciones económicas, políticas, deportivas y culturales, que incluyó hasta el Lincoln Center. 

Propaganda del Movimiento Nacionalista Cubano
Movimiento Nacionalista Cubano / Foto: LatinAmericanStudies.org

Para los exiliados cubanos radicales, Pinochet es el parangón latinoamericano del método Yakarta, descrito por Vincent Bevins en su libro homónimo. Son los infames «tres días para matar» y aplicar la limpieza de raíz como cura para los devaneos de la izquierda y lo que perciben como afines. No solo fue el crimen contra Letelier. Según la investigación de John Dinges y Saul Landau que culminó en el libro Asesinato en Embassy Road, el radical anticastrista Virgilio Paz, condenado por la justicia estadounidense, fue el enlace entre la DINA y los fascistas italianos que colaboraron para intentar asesinar en Roma al senador democratacristiano Bernardo Leighton. ¿Dónde está la condena de los cubanos democratacristianos a los que viven orgullosos de haber colaborado con la dictadura acusada de asesinar a Eduardo Frei Montalva?

No es tampoco casual que Pinochet y los cubanos anticastristas radicales agrupados en la Fundación Nacional Cubanoamericana convergieran en los años 80 en la oficina del senador Jesse Helms. Este defensor del segregacionismo racial en EE.UU. y del régimen del apartheid en África del Sur, fue el patrocinador de la «ley» que consagró el bloqueo contra Cuba, y se proclamaba «amigo personal de Pinochet». Entre apoyar al apartheid y apoyar a Jorge Mas Canosa en sus planes de hacer de la soberanía de Cuba una comedia con una nueva Enmienda Platt, Helms recriminó al embajador del presidente Reagan en Chile, Harry Barnes, por asistir al funeral de Rodrigo Rojas, un residente legal en EE.UU. que fue quemado vivo junto a la joven Carmen Gloria Quintana por participar en una protesta pacífica contra el régimen de su «amigo personal». Hablemos entonces de hacer alianza «democrática» con los que iban de la mano y hoy todavía rinden homenaje al senador Helms, como pasaba cada vez que su excolaborador John Bolton pasaba por Miami. 

La evidencia es clara. Primero, que la colaboración criminal entre los anticastristas radicales cubanos y la dictadura pinochetista es un hecho probado por la justicia estadounidense. Segundo, que sin la condena sin ambages a esa colaboración, la invocación a la democracia para la unidad anticastrista es una mera hoja de parra. No puede haber credibilidad democrática sin atender a ese pasado terrorista y denunciar a quienes, orgullosos, se declaran sus continuadores. Tercero, que varios de estos actos terroristas tuvieron lugar en EE.UU., país que refugió y dio apoyo político y militar a los militantes anticastristas, quienes «agradecieron» a Washington violando las leyes cubanas, poniendo bombas en su capital, colaborando con Jesse Helms y lo peor de su clase política y apoyando el bloqueo contra Cuba y los actos criminales de la dictadura de Pinochet. Cuarto, que esas políticas, respaldadas por el exilio anticastrista cubano, además de contraproducentes, son ilegales desde el derecho internacional y moralmente insostenibles, por lo que tanto ellas como sus autores hallan repudio en la comunidad democrática mundial.

Marvelous (Not f…ing Marvel)

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Marvel / Eduardo del Llano / Paquete Semanal
Imagen: Brady Izquierdo

En Cuba, aunque en algunos casos vas consiguiendo los capítulos de una serie todas las semanas (así sucedió masivamente con Juego de Tronos, por ejemplo), por lo general se copian del Paquete temporadas enteras, con poca o nula información previa, y uno se arriesga. Y claro, lo mismo puedes encontrar flores en el estercolero, que estiércol puro.

The Marvelous Mrs. Maisel fue una de esas joyitas inesperadas. No tenía referencias, no sabía nada de ella, pero la historia —y la belleza y carisma del personaje protagónico, Midge, interpretado por Rachel Brosnahan— me atraparon en cinco minutos. Luego, perseguí con saña una temporada tras otra… hasta que este año llegó la quinta y última, snif.

El tema y el planteamiento son sugestivos: en 1958, un ama de casa (judía, neoyorquina, casada y con hijos por más señas) descubre que tiene cierto —mucho— talento para el stand up comedy, área en que su marido pretende iniciar una carrera reciclando material ajeno y sin verdadero ángel para tan dura palestra. Por alguna razón ella lo sustituye para una primera presentación, y termina detenida por la policía. Entonces conoce a Lenny Bruce… ahí se los dejo.

En otro sitio he dejado claro que no me gustó Barbie. Bueno, todo lo que eché en falta en Barbie lo encuentro en esta serie: es feminismo en la posología adecuada, que no lastra el guion ni se torna didáctico. Siendo una chica, decidirse a salir adelante en el stand up a fines de los cincuenta era una pretensión no solo poco práctica sino, a ojos de muchos, inmoral. Siendo judía, casada, hermosa… ya podrán figurárselo. Por si todo esto no bastara, se agencia una manager lesbiana y no exactamente atildada, Susie Myerson (Alex Borstein), que tiene que representar y promover a su artista en un mundo de hombres.

De hecho, el reparto es uno de los grandes aciertos de la serie. Además de la Borstein, brillan Tony «Monk» Shalhoub como Abe, el obsesivo y conservador padre de Midge; Michael Zegen interpretando a Joel, el esposo, y a quien le cuesta lo suyo enfrentar sus prejuicios pero que jamás deja de amar y admirar a su excepcional consorte; Marin Hinkle se convierte en Rose, la esposa de Abe, gélida y estirada, que aprende a valorarse y tener opinión (real y no mimética) gracias a su hija; Kevin Pollak y Caroline Aaron como los inefables progenitores de Joel; en fin, Luke Kirby encarnando a Lenny Bruce, el comediante maldito (también interpretado por Dustin Hoffmann en 1974, en la película de Bob Fosse, y cantado por Dylan en su álbum Shot of love de 1981), cuya relación con Midge… ná, véanla. El punto es que estos y otros personajes secundarios no solo soportan la trama y el desempeño de la Brosnahan, sino que la enriquecen en subtramas bien construidas, divertidas y, sobre todo, creíbles.

Otro punto a favor de The Marvelous… es la puesta en escena. Casi podemos aspirar el humo de los cigarrillos y saborear las bebidas baratas en The Gaslight Cafe (donde en la década entrante se probarían desconocidos como Bob Dylan y Joni Mitchell), contraer urticaria ante el relamido gusto de clase media del apartamento de Abe y Rose Weissman, evitar las cucarachas en el exiguo cuchitril de Susie, reconocer las mesas cuadradas y con bordes de aluminio del café donde Midge se reúne con su representante y esta aborda a pejes más o menos gordos de la industria del entretenimiento…

Sin embargo, a mi modo de ver, la carta de triunfo de la serie es el humor nada farsesco que impregna cada página del guion. No creo haya un solo diálogo del que no salten chispas de ingenio. Y eso no hace ligero el producto, todo lo contrario. Las mujeres luchan por conseguir sus objetivos, pero no son todas brillantes ni perfectas, de la misma manera que los hombres, aunque lastrados por el machismo de la época, no son caricaturas, no estructuran un indiferenciado hatajo de tontos. Los personajes evolucionan, cometen errores, aprenden, vuelven a equivocarse… Algunos tienen mala suerte, y eso está bien, porque a contrapelo de lo que a menudo pretenden inculcarnos, en la vida real la honestidad y el trabajo duro no siempre son bien recompensados.

De la misma manera que resulta evidente el homenaje a ídolos femeninos de la comedia en los años cincuenta y sesenta (Joan Rivers, Carol Burnett, Lucille Ball, que además de talento necesitaban mostrar mucha más firmeza y seguridad en sí mismas que sus colegas masculinos), a través de la relación de Midge con su padre, su esposo y Lenny Bruce, se nos presenta a la protagonista como una abanderada de las ideas más progresistas, de la liberación sexual que llegaría con el movimiento hippie, de disfrutar la vida y explorar los límites personales más allá del breve espacio (doméstico) al que se esperaba que las señoras se confinaran. Y no solo ella: otros personajes como la propia Susie y Sophie Lenon (Jane Lynch) toman el mando, enfrentando tanto los prejuicios de los hombres como los de muchas mujeres resignadas.

La serie, en definitiva, rompe una lanza por el placer y la inteligencia. Midge pronuncia verdaderos discursos desde el escenario, interactúa con el público y desmenuza clichés, pero con material humorístico de primera línea. Encima, lo improvisa todo o casi todo, lo que la lleva a cometer errores, cómo no, sobre todo el que la separa profesionalmente de Shy Baldwin (Leroy McClain), cantante negro que carga con secretos por entonces inconfesables. Y esos errores empujan su carrera al vacío, la fuerzan bien a rendirse, bien a empezar de cero. Y ahí está Susie Myerson, tampoco libre de faltas, pero emblema, si lo hay, de lealtad, para tirarle de las orejas cuando hace falta.

Hace unos meses, ante la subida de precios y la virtual desaparición del transporte, el tipo que me traía el Paquete (y que ya me dispensaba un tratamiento personalizado, sugiriéndome cosas que sospechaba me gustarían) decidió dejar el negocio y buscar otros derroteros laborales. Respeto su decisión, pero lo más jodido es que ahora tengo que salir a cazar películas y series donde aparezcan, y así puede ser que se me escape alguna maravilla como Mrs Maisel.

Si descubren alguna, avísenme.

Un día cualquiera de un cubano cualquiera

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Jorge Bacallao / día cualquiera
Imagen: Brady Izquierdo

Nueve de la mañana

Estoy recostado a la cerca de una casa frente a la cola de la tienda MLC. Yo no vengo nunca a estas tiendas, porque son caras y ya no hay nada que sirva, pero anoche, en un grupo de WhatsApp, me llegó el aviso secreto de que iban a sacar cajas de pechuga de pollo rebajadas, porque caducaban pronto. El aviso parece ser que tan secreto no era, porque aquí hay un mar de gente beligerante y explosiva. Yo llegué como a las cuatro de la mañana, y a esa hora fui el tercero. A las cuatro y treintaicinco era el octavo, y a las cinco y diez, el vigesimoprimero.

Cuando al fin organizaron para entrar llegó una señora, que atisbando las caras de la gente de la fila para encontrar al más débil —o sea, al más educado—, se decidió por mí, me desplazó con una cadera voluminosa y me dijo con toda la certeza del mundo que ella iba delante de mí. Traté de argumentar, pero entre que hablo bajito, que soy incapaz de maltratar a una mujer —mayor de edad menos—, y que la cadera de la señora no me dejaba mirarla de frente, no pude imponer respeto. Además, me ofendió y me gritó. Con toda la entereza que pude reunir, le dije que quien más gritaba no era quien tenía la razón. Ella contestó que la razón no le interesaba, que lo que le importaba era alcanzar pechuga.

Sin esperanzas de pechuga y un tin recondenado de la vida, vine a recostarme a la cerca de esta casa, a esperar que pase el tiempo, que suele mejorar las malas situaciones. Se me acaba de acercar otra señora, que en contraste con la anterior es la mar de amable.

—Mijito, ahora ya no tiene arreglo, pero te lo digo para que lo sepas la próxima vez que vengas a hacer cola aquí. Nunca te recuestes a esa cerca, porque el señor que vive ahí, está cansadísimo de que la gente de la cola se le recueste a la cerca, y la unta con grasa gorda.

Una de la tarde

Llego a la primera parada de la 174. Es un parque pequeñito en un cuchillo que hacen dos calles, al pie de un edificio muy grande.

—Buenas tardes, ¿quién es la última persona, por favor?

—¿Para la guagua o para los antecedentes penales? —pregunta a su vez un señor.

—Para la guagua, para la guagua —respondo yo, mientras otro señor se acerca con una importante información.

—Es la misma cola. Una sola hilera de gente, el que vaya para los antecedentes a última hora va a la derecha, y el que se vaya a montar en la 174, coge a la izquierda. Para evitar regueros y confusiones, ¿sabe?

Siento como si se me licuara la masa encefálica e intentara salir por los huecos de las orejas. No respondo, ni siquiera pestañeo. Solamente empiezo a caminar, destino Lawton, con paso lento. El que me vea de espaldas se preguntará qué es esa figura, en forma de cerca, dibujada burdamente en mi pulóver con grasa gorda.

Seis de la tarde

Este es uno de esos momentos en que me pregunto qué hago aquí. ¿Por qué desperdicio mi tiempo cuando podría estar haciendo otras cosas grandiosas en otros lugares? Miro a mi alrededor y veo gente estancada igual que yo, supurando tristeza y desesperanza. ¿Por qué sigo y sigo? ¿Qué me impide irme? Es que ya llevas muchísimo tiempo aquí, me respondo. Sí, pero ¿cuánto más? ¿Y para qué?

A lo mejor dentro de un rato se me pasa, no siempre estoy del mismo ánimo. Pero ahora, en este preciso instante, no tengo la más mínima esperanza de lograr mis objetivos. He visto cómo la gente abandona y se retira. Uno tras otro. Hay quien resiste más, hay quien menos. Algunos conocidos, otros no. En fin, que acabo de decidirme: me voy, ya no aguanto más.

—Mire, señora, quédese detrás del hombre del pantalón azul, que va detrás de la muchacha bajita que fue a su casa, pero dijo que regresa.