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miércoles, octubre 28, 2020

Los intelectuales y sus retos en la época actual

Alina Bárbara López Hernández
Alina Bárbara López Hernández
Profesora, ensayista e historiadora. Doctora en Ciencias Filosóficas

(Fragmentos de la ponencia presentada en el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo el 24 de junio de 2019)

Los intelectuales en Cuba no son una capa elitista, sus por lo general precarias condiciones materiales de existencia los acercan a las filas de los trabajadores estatales. Sin embargo, tienen una diferencia significativa con ellos y otros sectores: su preparación les permite valorar el contexto en que vivimos y comunicar sus ideas, alcanzando cierto estatus de autoridad ante la opinión pública, huérfana de enfoques profundos y críticos en los medios oficiales.

Su rol es, por tanto, esencial en el mundo de la política actual, pues, al abrirse a las interpretaciones alternativas de la realidad, amplían la perspectiva de los ciudadanos, algo muy necesario dado el lento e incompleto proceso de reformas que presenciamos en la Isla.

El primer reto será entonces lograr que los intelectuales cubanos continúen su activa participación cívica con el fin de asistir a la ciudadanía en el análisis de las leyes complementarias que ya han comenzado a presentarse y en cualquier otro asunto de pertinencia económica, sociopolítica y cultural.

La intelectualidad insular estuvo polarizada por mucho tiempo de manera simplista entre los que se oponían a la revolución socialista y los que la defendían incondicionalmente. Tal escenario se ha modificado, y entre esos polos extremos se extienden hoy múltiples corrientes de pensamiento que coinciden en la crítica al modelo socialista burocrático, sin que renuncien a un gobierno de esa tendencia.

Acostumbrados a la pugna contra un enemigo histórico, los representantes de la ideología oficial no han sido capaces de reaccionar a la emergencia de un pensamiento crítico que, desde su propio terreno, reclama como propio un marxismo verdaderamente dialéctico, demanda un socialismo efectivamente participativo y percibe a la burocracia como un peligro más terrible que el bloqueo de EE.UU.

Sin que compartamos una ideología única ni mucho menos, bastante daño nos ha ocasionado la unanimidad —que como bien decía José Carlos Mariátegui, es siempre infecunda—, habría que intentar estructurar una trama más formal de intercambio y colaboración entre intelectuales, de encuentros en las redes y fuera de ellas.

Espacios como el que compartimos ahora mismo, en esta o en otras instituciones, permitirán viabilizar no una simple exposición de ideas, sino algo más importante: el surgimiento de proyectos, el intercambio y retroalimentación desde equipos multidisciplinarios, algo poco frecuente en nuestras Ciencias Sociales.

Los intelectuales hemos incumplido durante décadas el rol de conciencia crítica que nos correspondía. La mayoría actuó de buena fe, creyendo que al cerrar filas y mostrar una unidad monolítica defendía a la Revolución. Sin embargo, lo que se garantizó con una actitud así fue darle a la burocracia las llaves de la casa para que la tomara en nombre de todos, y eso fue lo que hizo. Lo dejó muy claro con la aprobación de una Constitución blindada frente a reclamos de mayor participación popular en el proceso de dirección política.

Antes teníamos la justificación, indudablemente cierta, de que nuestras opiniones y análisis no disponían de espacios para ser difundidos. Ya no es así. Los medios digitales se han ido convirtiendo en una opción a las aspiraciones colectivas de la ciudadanía. Solo falta utilizarlos activamente, pero para ello hay que vencer un nuevo reto, a saber: despojarnos del complejo histórico inducido, de renunciar a criticar nuestro sistema ante cualquier arreciamiento de las presiones por parte del gobierno norteamericano. La percepción de que al hacer críticas somos imprudentes pues le damos armas al enemigo, no puede seguir condicionando nuestra actitud de falsa lealtad, y digo falsa porque no es la lealtad debida a quienes en verdad la necesitan de nosotros.

Debemos rechazar al bloqueo norteamericano y su política anticubana, y debemos impugnar con el mismo ímpetu a la burocracia dogmática, que secuestró el sentido máximo de un proyecto socialista: la propiedad realmente socializada y la participación popular en el gobierno de los asuntos públicos.

Pero no bastará con ello. Sería estéril el debate si queda únicamente entre nosotros, ello nos aislaría de la realidad y de la ciudadanía. Otro reto deberá tender a que los públicos sean cada vez mayores. Es importante conseguir que los debates y opiniones lleguen a la mayor cantidad de personas y que estas se incorporen a las discusiones; que sean socializados especialmente entre los que viven en Cuba, ya que las estadísticas demuestran que quienes escribimos en los blogs, y publicaciones digitales y en las redes sociales, a veces somos más leídos fuera de la isla que dentro, aunque los números se han ido incrementando sostenidamente al interior.

La pregunta es: ¿qué hacer para que las grandes mayorías accedan a esa información? El alto precio de la conexión a Internet la hace prohibitiva para enormes sectores de nuestra sociedad, hay que idear alternativas en tal sentido. La situación ideal siempre será la legalización de proyectos editoriales y de espacios para el pensamiento crítico en los medios que son considerados oficiales, no podemos dejar de batallar por esa causa. Pero mientras ello no ocurra, la esfera digital es nuestra arena de combate.

Pero esto conduce al reto de conseguir financiar esos proyectos sin que aceptemos fondos de instituciones y organizaciones abiertamente interesadas en derrotar al socialismo en Cuba, talón de Aquiles de muchas aspiraciones a veces bien intencionadas. Una parte de la ciudadanía deja de creer automáticamente en aquellos que son presentados como mercenarios, es por eso que nuestros ideólogos oficiales distribuyen esas etiquetas con liviandad irresponsable como forma de deslegitimarnos.

Si logramos mantenernos y crear estos espacios, demostrando autenticidad e independencia respecto a mecenas exteriores, lo que considero el reto más complejo, le daremos a la ciudadanía un verdadero ejemplo de civismo y le mostraremos que es posible un cambio en el cual ella puede ser un agente activo en el financiamiento que necesitamos.

La ética filosófica señala que la libertad se fundamenta en la autoconciencia y la responsabilidad moral. Por tanto, el individuo no puede remitir su propia libertad/responsabilidad a ningún otro. Quien tenga una opinión no debe callarla. El que lo hiciere está cometiendo un acto de castración humana y cívica. Empecemos por ser libres nosotros, los intelectuales, para abrirle a otros una senda cerrada durante muchas décadas.

Las condiciones objetivas para los cambios que Cuba necesita están más que maduras, hay que trabajar para que también fructifique el factor subjetivo. Una crisis no es tal hasta que las personas toman conciencia de ella. En esa tarea los intelectuales tenemos mucho para hacer. Hagámoslo.

8 Comentarios

  1. En general, profesora Alina, estoy de acuerdo con lo que expone en el post.
    Cierto es que los precios de la conectividad en nuestro país es tan elevado, que la hace casi exclusiva para un pequeño sector de la población. También para eso lo son, igual que los hoteles y el derecho antes conculcado de alojarnos en ellos.
    Sin embargo, pensar que un día, bajo la burocracia, se pueda disponer de órganos de prensa plana o radial para expresar un pensamiento alternativo, incluso antiimperialista, es una quimera.
    Pero cuando alguien se expresa de ese modo mediante las tecnologías de Internet, tengo la impresión que más que dirigido a ese pequeño sector de la población que accede, subyace el destinatario -que sí cuenta con todos los recursos- de los órganos de inteligencia o políticos, con la esperanza aún de que le den uso al oído y de alguna forma, a la razón que nos asiste de impedir un día el colapso de nuestro intento de Socialismo Democrático y Participativo tal como lo soñaron Marx y Engels para dar legalidad a la restauración capitalista, que ya muestra avances y que sería la verdadera derrota de nuestro pueblo en su lucha centenaria por su emancipación.
    En ese sentido, quiero creer que el vuelco de la planificación de «abajo hacia arriba» obedece a esos reclamos de participación popular, pero me desanima esa creencia la norma recién aprobada de las cooperativas como apéndices de la «glamorosa» e ineficiente empresa estatal agropecuaria.

  2. Hola Alina, una vez mas …. excelente!

    Mi pregunta a la autora es la siguiente:

    ¿Existe en la Cuba actual una vía para que el que no se sienta marxista, fidelista, comunista, etc pueda expresarse, transmitir sus ideas, agruparse, disentir, y también tener el mismo derecho como ciudadano cubano que poseen los del bando «revolucionario»?

    No es cuestión de tener un modelo socialista o capitalista. La cuestión es tener un sistema que represente al pueblo, lo escuche, trate a cada uno por igual, proteja sus derechos no importa la inclinación política, y eso el socialismo cubano no lo resuelve.

    Solo un sistema verdaderamente democrático y transparente como nuestro Apóstol Jose Marti soñó podrá lograr el cambio que verdaderamente Cuba necesita. Mientras tanto los burócratas y el PCC siguen jugando ajedrez, y la vida de Liborio sigue igual.

    Gracias.

  3. Estimado Carlos, hago mía su pregunta. Si no existen espacios para verdaderos análisis marxistas sobre nuestra realidad, qué le diremos a los que profesen otra ideología que también tiene derecho a ser expresada, saludos.

  4. Es curioso como actúan esos intentos de limpiar a la revolución de su pasado contra la religión.

    Conocí a un cubano de una familia muy religiosa que se metió en un seminario para hacerse cura con solo 14 años. En cuanto se le subieron las hormonas se convenció de que no quería ser cura y se salió del seminario. Inmediatamente, con solo 16 años, le metieron en las UMAP. Cuando salió su padre se había suicidado porque no resistió el acoso que sufría como católico y como dueño de un pequeño negocio que confiscaron.

    Vivió como pudo en Cuba con sus aspiraciones laborales completamente cercenadas por ser católico. Aunque de vez en cuando tenía que hacer gestiones en secreto para que miembros del partido pudiesen bautizar a sus hijos sin que nadie lo supiese. Ahora está emigrado en Canadá. No estaría mal hacerle una entrevista.

    Cuento esto porque me llama la atención como este artículo recoge asuntos tratados en el «Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo»

    En fin, hay que respetar a quienes se toman la religión en serio, pero el tema no hay que meterlo en la política.

    • Conozco una madre cubana que perdió dos hijos varones en accidente de transportación agrícola en la tristemente conocidas UMAP. Sus hijos nunca debieron de haber estado en ese lugar, pero, todos sabemos que fue un error de la «revolución» que le costo a esa madre perder a sus dos únicos hijos varones. El esposo había militado en el M-26, y un par de años mas tarde de la tragedia cometió suicidio. Habian perdido tambien su negocio de sastreria, pequeño, nada burgues, pero era el soporte de ellos, y herencia. Esta familia, que apoyo a esa generación para restablecer la democracia en Cuba sufrió el efecto bumerán que muchos países socialistas/comunistas sufren cuando los «lideres» llegan al poder.

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