Breve diccionario del lenguaje inclusivo

por Alejandro Muñoz Mustelier
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Hará falta un diccionario nuevo. Aunque el secuestro o modificación del lenguaje por algunos grupos no es nuevo, nunca antes habían sido causa de disputa para autoridades de tan disímiles naturalezas como lo son las academias de letras y las fuerzas políticas y sociales. Es cierto, los intelectuales –sobre todo los escritores y estudiosos de la lengua– han sido siempre el complemento directo para verbos como ametrallar, desaparecer, encarcelar; pero nunca por la acalorada discusión sobre el valor de este u otro morfema.

Actualmente existe la sulfurada lucha –por suerte sin los verbos anteriores– entre gobiernos, intelectuales y movimientos sociales por los aciertos o desaciertos, por la razón de ser o no del llamado lenguaje inclusivo. Sin ir más lejos, en el 2018, el mismísimo Arturo Pérez-Reverte amenazó con abandonar la Real Academia de la Lengua Española (RAE) si esta ayudaba al gobierno a adecuar la Constitución al lenguaje inclusivo.

La Academia, por su parte, sigue siendo presionada desde lo político y lo social para que acepte todas las peripecias de esta forma del habla, pero la institución se mantiene en sus trece.

El año pasado, la escritora J. K. Rowling sugirió en twitter que las personas que menstrúan son mujeres. Por ello recibió ataques de todo tipo de movimientos y personas, incluyendo a la actriz Emma Watson, quien, haciendo aquí un resumen, dijo que las personas transgénero también merecen menstruar si así lo quieren –o algo como eso–. De hecho, la cuestión de la Rowling se basa en el hecho de que cometió un pecado al exponer una diferencia entre los géneros.

Este mes, la activista del feminismo Florence Thomas, cansada de malabares lexicales, pidió un uso racional para el lenguaje inclusivo. Se desmarcó del «hijes» y el «todes» y pidió volver al «todos y todas». Rápidamente tuvo su respuesta de parte de quienes argumentaron que hay personas que no se sienten «ellos» ni «ellas», y que no hay por qué andarse con identidades binarias en estos tiempos.

El presidente de la RAE, en visita a la Academia Cubana de la Lengua, expresó que no era posible mantener un discurso desdoblando permanentemente el masculino y el femenino. Mientras, en los medios de difusión nacionales se suele usar a la RAE como referencia, pero se usa el llamado lenguaje inclusivo en un franco «estar a la moda». En resumen, estamos en presencia de un conflicto mediático de dimensiones homéricas.

Conflicto, del lat. conflictus. Sust, masc: Problema, cuestión, materia de discusión.

El conflicto en torno al llamado lenguaje inclusivo se lleva en los medios, como toda batalla post moderna que se respete. Entre noticias de los últimos femenicidios y las recientes masacres centro y sur americanas, salarios no igualitarios y otros tipos de discriminación sexista, observamos cómo en el idioma español, se marcha en una cruzada lexical cuya cúspide sería el cambio de los morfemas de género de muchos sustantivos.

Para algunos trasciende el mero cambio morfológico y la asunción del género gramatical masculino como forma no marcada –la usada para designar ambos géneros: hombre, alumnos, lectores– entraña insondables significados psicosociales y no sólo de estilo.

Estilo, del lat. stilus. Sust, masc: Manera de escribir o hablar peculiares.

El lenguaje es un sistema de sistemas. Está vivo y es extremadamente complejo, sólo comparable con el pensamiento. Lo que se ha dado a llamar «lenguaje inclusivo», no es más que un estilo, una forma estilística dentro del lenguaje, en este caso del idioma español. Por demás, cualquier alusión al «lenguaje inclusivo» es una exageración de conceptos.

Es una sólo forma de hablar, no se introducen términos, no se innovan los códigos ni la estructura de la comunicación, únicamente se intenta modificar –por los motivos que fueren– la percepción genérica con simples cambios fonéticos. Es comprensible entonces no pensar que estas innovaciones constituyan por sí mismas un lenguaje, y sí una «forma políticamente correcta» dentro del español.

Política, del lat. politicus. Adj, fem: que interviene en cosas de gobierno y en negocios del Estado.

Uno de los actores en esta problemática son las fuerzas políticas. Muchas de estas se han alineado con los movimientos y las comunidades pro-estilo-inclusivo, y esto tiene una explicación tan sencilla como visceral: la anuencia a su favor en las urnas de todos, incluyendo a este electorado progresista que lleva –a fuerza de exclusión– el ruido y el desbordamiento mediático en su estrategia.

Generalizando un poco, los partidos de izquierda, que históricamente han sido muy conservadores en cuanto a rol de género y al concepto mismo de familia, han descubierto en la semiótica inclusiva una buena iniciativa para sumar seguidores. Los partidos de derecha igualmente han adoptado esta estrategia: es bueno recordar que la Guerra Fría de algún modo nunca terminó en América, sino que adoptó matices «democráticos» –esta es la acepción secuestrada de la palabra.

(Foto: T13)

Con la excepción de algún que otro partido de origen religioso, todos compiten por la «inclusión de los excluidos». No obstante, dentro la labor inclusiva, el estilo del lenguaje es la que menos acción, inversión, o cambios reales demanda. A la vez, es la más mediática, fácil de enarbolar y que ofrece la ilusión de estatus pro igualdad al desterrar al masculino como forma no marcada del género: esto sucede en un continente donde el derecho al aborto todavía parece ser un tema pendiente o digno de algún tipo de debate.

Por otro lado, el hecho de que estos movimientos sociales y comunidades hayan emprendido una lucha por causas justas como los derechos de la mujer, marca de progresista y amigable a cualquier partido o actor político que adopte no ya sus fundamentos, sino sencillamente su semiótica en imagen y sonido.

Es muy cierto que en algunos países han existido verdaderos avances en esta materia -Cuba incluida–, y que existen movimientos políticos completos basados genuinamente en los ideales de empoderamiento femenino e igualdad de géneros. Sin embargo, existen muchos, mayoría pudiera ser, que usan el discurso inclusivo como arma de elección masiva, y lo publicitan en sus medios como estandarte, promoviendo, en primera instancia, este debate sobre la exclusión o no de la mujer en el español.

Exclusión, del lat. exclusio, -onis. Sust, fem: acción y efecto de excluir.

En esta misma facción, pero con intereses propios que se escapan de sumar electorado, las comunidades feministas, progresistas, los movimientos y meros partidarios –sin afiliación a ningún grupo– del uso del estilo inclusivo, argumentan que no se trata de un asunto meramente lingüístico, sino de una imposición patriarcal histórica en la que la regulación, administración e institucionalización del lenguaje ha corrido por parte de los machos, lo cual centra en el modelo patriarcal al habla y a la literatura.

Desde este punto de vista, la forma de nombrar el universo mismo estaría atravesada por la diferenciación jerárquica entre hombres y mujeres, con el dominio masculino por supuesto. Se apoyan en la visión psicoanalítica al exponer –especialmente en la de Jacques Lacan– al lenguaje como estructurador de la realidad y de la visión que tenemos sobre nosotros mismos: lo que no se nombra, no existe.

Entonces, los pronombres «todos», «ellos», o el sustantivo «el hombre» para referirse a toda la especie, excluyen al género femenino, o peor, lo absorben e invisibilizan.

El empleo del lenguaje inclusivo no se libra de los memes.

Algunas mujeres afirman no sentirse aludidas al usarse la forma no marcada en masculino -en un eso no es conmigo- cuando se habla de los trabajadores, los alumnos, los ministros, los médicos, los votantes. Pero lo cierto es que la dicotomía genérica en español trasciende a los asuntos de discriminación sexista y pasa por la estructura de pensamiento del ser humano.

El pensamiento está diseñado de modo tal que discrimine –usado en acepción de separar–, grados y opuestos. Es la forma de clasificar al mundo que rodea al individuo: bueno/malo, placer/dolor. Sí, aquí hay grados positivos y negativos, pero no todos los opuestos son jerarquizables: azul/rojo, arriba/abajo, mujer/hombre, singular/plural, presente/pasado.

Separar no es discriminar; pensar lo contrario sería ver a los transgéneros como una comunidad de grandes discriminadores sencillamente por sentirse de uno u otro género. Si asumimos que la forma no marcada para el español es el masculino en género, el singular en número, y el presente en tiempo, habría que asumir entonces que el español es machista, y también singularista y presentista.

Otra prueba de que la distinción de grados y opuestos rebasa la cuestión de género, es que esta varía de idioma a idioma. En chino, por ejemplo, no hay géneros en los sustantivos. Sin embargo, estos se clasifican de acuerdo a su naturaleza y forma usando múltiples clasificadores: planos, redondos, personas, animales o equipos eléctricos. ¿Es entonces el chino un idioma que segrega por forma y naturaleza, o estas clasificaciones son resultado de sus necesidades y evolución lingüística?

Evolución, del lat. evolutio, -onis. Sust, fem: cambio de forma.

La distribución del género en el español tiene un carácter evolutivo. Sin querer pasear por cementerios lingüísticos, hay que decir que la primera declinación del latín, eminentemente femenina, tenía vocal temática –a, y la segunda declinación, mayormente masculina, –o. Con los procesos de transformación del latín en lenguas romances, se generalizó la –a para los sustantivos femeninos y la –o para los masculinos por una cuestión meramente hereditaria.

La repartición de los géneros a cada sustantivo no atendió a principios patriarcales, sociológicos o elitistas, sino a ajustes morfológicos y, sobre todo, de economía lingüística. Por ejemplo, los nombres de los árboles se daban por lo general en femenino, cuya terminación era –us, como en pinus.

Lo más económico era entonces llevarlo a –o., partiendo de que la economía lingüística y en particular la economía fonética se basan en el uso de la menor cantidad de fonemas para expresar una voz –de ahí las contracciones en el habla popular pa por para, to por todo y na por nada.

Teniendo en cuenta todo esto, en El lenguaje de género y el género lingüístico, José Antonio Martínez explica que «en el masculino genérico, se volatiliza la significación de macho y su concreta referencia al varón como tal, extendiendo en consecuencia su alcance también a la mujer. En ningún sentido –ni semántico ni lógico–, el masculino genérico subordina a la mujer, ni la oculta: ambos sexos quedan igualmente mezclados y negados en su especificidad y diferencias».

Pero la presión de algunos sectores sociales y políticos sobre las academias de la lengua en Hispanoamérica es notable, y quienes abogan por el uso del estilo inclusivo apostrofan de dictadura a estas instituciones, teniendo por tirana a la Real Academia Española.

Dictadura, del lat. dictatura. Sust, fem: régimen que concentra todo el poder en una sola persona o en una organización y reprime los derechos humanos.

Pero en la Real Academia Española no hay un comité de académicos trepados en sillas, promulgando leyes a golpe de báculo. La función de la RAE es reguladora y sistematizadora. Esta institución obedece a la verdadera y legítima dictadura: la del habla. Lo que es masivo, es ley.

De esta forma han institucionalizado verdaderas galimatías –«subir para arriba»–, y han tenido que incluir en sus diccionarios términos antes incorrectos –«freído»–, o cambiar el género de vocablos por fuerza de uso como –«el y la sartén»–. He aquí la demostración de que no son dueños de la lengua, y el día en que el estilo inclusivo sea de uso masivo, su única opción será la de incluirlo en todos los manuales de lingüística y morfosintaxis.

(Fotos: ilustrativas / Qué digital)

Cabe preguntarse entonces si no valdría la pena, sólo por respeto a quienes no se sienten identificados con el masculino como forma no marcada del género, aceptar el lenguaje inclusivo y punto. El problema aquí radica en donde radican casi todos los problemas: la economía.

Economía, del gr. oikonomia. Sust, fem: administración eficaz y razonable de los bienes.

La economía de lenguaje, tanto como la de pensamiento, sigue el principio de lograr la comunicación con el mínimo esfuerzo posible. Dicho de otra forma, la distancia más corta entre A y B no es una elipsis ni un garabato, sino una línea recta. Nuestra estructura de pensamiento no nos permite otra cosa, y la jerga inclusiva no es sostenible desde el punto de vista económico.

Nuestro cerebro nos llevará, invariablemente, por el camino más corto, ese de usar una forma no marcada de género. Usar el lenguaje inclusivo a conciencia implicaría ir tropezando cada pocas palabras, lo que enredaría el discurso hasta la inanición neuronal y convertiría la selección lexical en un acto consciente, algo que han experimentado todas las personas que empiezan a aprender un idioma ajeno e intentan traducir mentalmente cada una de las frases.

El escritor y miembro de la Real Academia, Javier Marías, en el ensayo Todas las farsantas son iguales, lo explica lúdicamente: «Los ciudadanos españoles y las ciudadanas españolas estamos hartos y hartas de pedir a nuestros y nuestras gobernantes y gobernantas que se ocupen de los niños y las niñas inmigrados e inmigradas, que llegan recién nacidos y nacidas, famélicos y famélicas, desnudos y desnudas, sin donde caerse muertos y muertas.

Nuestros y nuestras políticos y políticas se ven incapacitados e incapacitadas para afrontar el problema, temerosos y temerosas…». Ha quedado claro. La otra opción sería innovar en la fonética a fin de evitar ese via crucis lexical.

Fonética, del gr. phonetikós. Sust, fem: conjunto de los sonidos de un idioma.

Las soluciones que ha asumido el estilo inclusivo han sido peregrinas en algunos casos e insostenibles en otros. El uso de los dos morfemas de género a la vez -as/-os ponía a los hablantes en un aprieto, pues una cosa es leer en silencio y entender lo que «niños/as» significa, y otra intentar decirlo en alta voz.

El uso de la @, hasta ahora unidad de medida casi en desuso y parte distintiva de las direcciones de correo electrónico, cuya pronunciación no es otra que «arroba», también se ha usado para eliminar del todo al masculino como forma no marcada del género.

Parece una solución curiosa y elegante porque es un símbolo que es posible encontrar en cualquier teclado. A simple vista pudiera funcionar, pero a simple oído no tiene un solo respaldo fonético porque no podemos pronunciar otra cosa que su nombre propio dado a que es un símbolo, no un fonema.

Historia antigua y fermentada

Otro de los remiendos al idioma –que no necesita ninguno– fue el uso de la –x, que es un fonema y tiene sus sonidos, varios de hecho. En este caso, el sonido de la «x» es incompatible para cualquier hispanohablante con el sonido de las consonantes que casi siempre anteceden a las vocales de género.

Por último, y en franca superación, se comienza a usar la letra -e. Se ha presentado esta como la solución final, pero tiene su falla cuando el sustantivo posee una carga semántica masculina más allá de su morfema de género, como el «les hombres» o «les padres». En esos casos, falla la inclusión por redundante.

Inclusión, del lat. inclusio, -onis. Sust, fem: acción y efecto de incluir.

En resumen, los luchadores pro estilo inclusivo del lenguaje, si bien están en todo su derecho y tienen una causa justa entre manos, han perdido el norte –aunque esta pudiera ser una frase cardinalmente excluyente para los que vivimos en el sur-.

Si bien el español y cualquier otro idioma tienen mucho de excluyentes, no es en sus morfemas de género donde está el problema, sino en el léxico utilizado para referirse a las mujeres, aunque esa cuestión ya no está en la jurisdicción de las academias de lengua y sí en la de las escuelas, familias, empresas, legislaciones, políticos –esos que usan el estilo inclusivo deliberadamente a costa de la propia comunicación.

El uso de adjetivos despectivos que sexualizan a las mujeres o las convierten en objetos; o el empleo de palabras que denotan femineidad para referirse a debilidad, falta de habilidades, de temple, ausencia de valores éticos; las frases idiomáticas donde lo macho es lo ideal; la asociación de entereza moral con lo masculino; son algunos ejemplos de formas donde el lenguaje se vuelve excluyente y discriminatorio, donde los derechos de la mujer son absorbidos e invisibilizados desde la lengua, donde se le deshumaniza.

Podemos ir al núcleo de la cuestión idiomática desde estas dimensiones, o podemos quedarnos en una lucha hipotética y perdida sobre cómo los morfemas de género discriminan a la mujer: hipotética porque en muchos de los países donde siquiera existe el género gramatical, las mujeres están a años luz de percibir un haz de inclusión; y perdida porque la incomprensión y el maltrato tienen raíces muy profundas en lo social, lo económico y lo político.

11 comentarios

Manuel* 6 marzo 2021 - 6:41 PM

La Real Academia de la Lengua Española (RAE) no establece normas, sino que sanciona usos.

Por ejemplo, la RAE jamás inventó ninguna palabra. En su diccionario simplemente se incluyen las palabras nuevas que inventan los hablantes del español.

Por tanto no tienen ningún sentido acusar a la RAE de no promover el lenguaje inclusivo.

Alejandro Muñoz Mustelier 7 marzo 2021 - 5:38 AM

Estoy de acuerdo, Manuel, la RAE incluye en sus diccionarios lo que se generaliza en el habla.

Manuel* 6 marzo 2021 - 6:55 PM

«el sustantivo «el hombre» para referirse a toda la especie, excluyen al género femenino, o peor, lo absorben e invisibilizan.»

«Hombre» viene del latín «homo» que no significa varón sino persona. Para varón el latín usaba «vir» de donde viene varón. Por tanto el uso genérico de «hombre» para referirse a toda la humanidad no es ningún rasgo machista del lenguaje, sino que responde al uso literal heredado del latín.

Otra cosa es que el castellano hay evolucionado para —en ciertos contextos— hacer uso de la palabra «hombre» con el significado acotado de «varón».

Gabriel 8 marzo 2021 - 12:09 PM

excelente artículo, el uso correcto del lenguaje está lejos de ser una cuestión de exclusión de género.

Pedro Lorenzo 7 marzo 2021 - 9:14 AM

Les resultades del lenguaje inclusive ne han side les esperades.¡Qué pene tan grande!

刘伟明 8 marzo 2021 - 7:05 PM

我叫刘伟明我是哈瓦那大学孔子学院的学生。我开始学习汉语的时候还没找到这样的问题比如说医生就是医生没有男生还女生都是一样的。但是来中国的时候我看到语言和文化都不一样,比如说中国人梦想是生一个男孩子所以这就是为什么妇女怀孕时不告诉父母性别以避免堕胎的原因。
中国是一个非常好奇的国家,与我们的文化完全不同,在中国不存在女权主义,我希望我的榜样能被理解。
非常感谢您的关注

Harold Cardenas 8 marzo 2021 - 11:23 PM

非常感谢刘维明,我邀请您写一些有关中国女权主义挑战的文章。 我们很乐意发布它。
你好

Alejandro Muñoz Mustelier 12 marzo 2021 - 9:16 PM

为什么用中文对西班牙语文章发表评论?

Alejandro Muñoz Mustelier 13 marzo 2021 - 2:09 AM

Y entiendo tu punto, 刘伟明, ojalá lo hubieras escrito en español. Yo mismo viví más de un año en China, en la Manchuria, Shenyang, para ser más específico, y tampoco noté un ápice de feminismo ni preocupación siquiera por estas cuestiones. Lo que me llama la atención, en un país sin géneros gramaticales como China,es que el hecho de que su lenguaje, inclusivo por defecto, no influye en nada en cuanto al trato, a la discriminación o no de la mujer, justamente es la tesis de este artículo.

MIguel Saludes 9 marzo 2021 - 11:18 AM

Este problema trasciende los ámbitos ideológicos y está más vinculado a este nuevo orden que se nos quiere imponer desde ciertos sectores de poder globalistas, por cierto con base en capitalista liberal. Es el neoliberalismo de nuevo rostro y en uno de sus grandes nuevos proyectos. La cuestión no radica en los derechos de las mujeres o de las comunidades LGTB a la que cada vez se les suman más grupos extraños que están poniendo lastre a las justas demandas de homosexuales y lesbianas, y de mujeres. Se trata de la imposición, en este caso, desde el uso de la lengua, a que las cosas se hagan como lo dictamina un grupo, una entidad o una organización. El no seguirles la cuerda te coloca en las filas de los disidentes (no me estoy refieriendo a Cuba) y como tal veras ejercer en tu contra la represión a veces no tan velada y la marginación. Eso le ocurrió a la autora de Harry Potter por decir una verdad más clara que el agua de manantial libre de contaminantes. Es una especie de dictadura de nuevo tipo y lo gracioso de esto es que los que dicen luchar contra dictaduras de tipo ideológico, asumen la misma postura de aquello que dicen combatir. Se convierten en entes totalitarios. El tema es finalmente muy bueno y voy a conservarlo en mis archivos personales. Gracias una vez más

Alejandro Muñoz Mustelier 12 marzo 2021 - 9:19 PM

Más claro ni el agua -esa libre de contaminantes- , Miguel, gracias.

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