La primera mala experiencia que involucraba al Coppelia ocurrió en el entorno de mis 10 años. El más añorado anhelo era mi primera salida al Vedado solo. Cuando digo solo, me refiero a sin adultos, porque éramos un grupo de cuatro o cinco jovenzuelos coetáneos unidos por la misma causa.
La mayoría de los militantes que conozco iniciaron «el proceso» de crecimiento a los 14 años, siendo adolescentes, sin formación política y bajo la patria potestad de sus padres.
Yo no soy como el Che. El Che me puso la vara alta. El Che era un hombre de los sesenta de clase media, que le pudo dar la vuelta a Latinoamérica en moto. Yo nunca he tenido una moto, y si intento hacer un viaje como el suyo siendo mujer, es muy probable que termine siendo víctima de la trata de personas.
En todo esto ¿dónde queda el problema cubano? Somos una isla que aún arrastra su grillete colonial, la intoxicación desequilibrada de la república y la utopía frustrada de una revolución. Además, gozamos de ser de los focos preferidos del imperio más grande de la modernidad y el germinador de sucesivos gobiernos autoritarios en distintos momentos de la historia.
Antes de la llegada masiva del Internet, hubo una generación que ingresó a la universidad y pensó en hacer periodismo para medios estatales. Lastimosamente, gran parte de esta generación está decidiendo cesar la permanencia; decidió no ver el cadáver de la abuelita.
José Martí apreciaba en aquellos intentos aspiraciones nobles que merecían respeto y reconocimiento, aunque no consideraba entre las soluciones la eliminación de la propiedad —«el dueño holgado toque a menos»—.
Los medicamentos se adquieren en destinos como México, Panamá o la India y se compran al por mayor y en muchos casos en rebaja. El intercambio se da en la medida de la necesidad de las partes, solo que en este caso hay una de las partes que tiene poder sobre la otra, porque tiene en sus manos un producto vital que escasea.