|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Las redes deberían implementar un «gritómetro». Se me ocurre que serviría para medir cuán inflamado está un discurso, y penalizarlo en alcance.Y no es que las redes sean exclusivamente determinantes de lo que consumimos, pero es evidente que el algoritmo influye, y a partir de ahí, quienes hacen comunicación toman decisiones sobre su oferta de contenidos.
¿De qué sirve cuestionarse el efecto de estar siempre expuestos a una comunicación que apuesta por la polarización? El efecto que tiene en ti, en mí, en nosotros. Me atrevo a decir que no son pocos los actores comunicativos que desprecian siquiera hablar de esto: a muchos los afecta directamente; le da claves a los públicos para medir críticamente lo que ven y reciben, sin tragarse de plano la píldora azul con los recursos discursivos que los impulsan a la reactividad histérica sobre otras formas de interacción, esas que priorizan refutar argumentos más que personas o ideologías.
Y es que hay una dimensión de lo polarizante que podríamos llamar la «educación negativa». No solo porque busque permanentemente negar al otro (entiéndase el adversario ideológico u otro distinto de sí), sino porque no apela a emociones positivas, no genera espacios seguros, ni confianza, ni validación que no sea la propia. La comunicación polarizante apela necesariamente a la negación de todo discurso diferente, sin matices, y al descrédito irrespetuoso, violento y a menudo caricaturizado de todo lo que venga de ese otro.
Ir a espacios polarizados, que ya han cultivado y educado a una comunidad / audiencia polarizada, y que por tanto se afirma en sus criterios extremistas e invalidantes, y creer que se puede sostener un discurso distinto es, cuanto menos, una ingenuidad. Lo digo precisamente por la «educación negativa».
Las audiencias que consumen y se identifican con discursos polarizantes interactúan con estos contenidos escalando en severidades y condenas, con un repertorio de posibilidades de emociones y reacciones muy limitado. Primero porque se recurre a la indignación, la ira, el enojo permanente, y la invalidación. El extremo político no admite reconocimiento de absolutamente nada que pueda involucrar al otro, y puesto que necesita además de negarlo, atacarlo, recurre al insulto o la burla humillante o deshumanizante como recursos discursivos.
Las comunidades de espacios polarizados son educadas sistemáticamente, día a día, con el contenido que consumen, en una sensibilidad negativa particular hacia lo opuesto, y a menudo lo opuesto es sencillamente todo lo que no sea reconocido como parte de lo propio. Se educan en ver antagonistas —a aniquilar—, y por tanto en reproducir insultos, calificativos y no diálogo con las ideas, como marcajes identitarios del discurso que comparten. Acostumbrarse a reaccionar siempre de esa forma, solo desde la indignación y la molestia, es un aprendizaje que luego es muy difícil de desaprender.
Pongamos, por ejemplo, el video de un youtuber donde ataca a alguien —estoy segura que como mínimo, alguna vez lo hemos visto—. La comunidad frecuente de ese youtuber, ¿cómo reacciona en comentarios? O con afirmaciones inflamadas donde reproducen el ataque tal cual, o con afirmaciones que lo superan negativamente. De eso se trata la llamada «escalada condenatoria» —otros autores la nombran «espiral de indignación moral»—.
Cuando el recurso es la burla humillante, aplica lo mismo. Por supuesto que puede existir un comentario que lo adverse desde la argumentación, porque un contenido digital tiene alcance más allá de la comunidad frecuente, pero lo más común de ver es la audiencia polarizada reaccionando dentro de la limitada emocionalidad de la polarización. Y lo preocupante de esto, además de naturalizar la violencia como forma de interacción, es que estos entornos reducen al mínimo la capacidad del sujeto polarizado de distanciarse críticamente de un contenido ideológicamente afín. Por eso, toda la agresividad con el adversario se convierte en pasividad con el aliado, lo que hace mucho más difícil romper el ciclo.
La comunicación polarizante se apropia de lo peor que han identificado las teorías de la comunicación en su mirada a lo mediático. Su resultado más significativo es la reducción de la complejidad de la realidad, la simplificación, el patrón de opacidad/visibilidad sobre determinados temas de la agenda pública. Se reduce lo complejo a par de afirmaciones generalistas que como epifanía lo develan todo, y se simplifica desconociendo matices; en no pocos casos, incluso la historia y la diversidad de miradas sobre un mismo asunto.
Es cierto que toda comunicación mediatizada elige conscientemente qué visibilizar y qué no, y a qué darle espacio y atención, dirigiendo ahí la mirada de la audiencia, lo que en consecuencia también implica dejar de lado otros temas, porque un medio o espacio comunicativo no puede abarcar la totalidad de intereses que se mueven en una sociedad. Todos tienen una agenda. Sin embargo, una comunicación de calidad intenta que esa agenda se parezca a la diversidad de las agendas ciudadanas; selecciona la información acorde a estándares de noticiabilidad y veracidad, y cuando no es seguro dar una opinión, mejor siempre será recurrir al tono y el código informativo con aquello que se sabe con certeza; y esperar antes de posicionarse.
Sin embargo, cuando los actores polarizantes recurren al tono informativo generalmente lo hacen como salida a la desorientación para emitir una opinión, porque hay un riesgo reputacional en equivocarse frente a su comunidad, así que mejor dejar la opinión en manos de la divina sensibilidad polarizada de la audiencia y solo después sumarse a ella. También es recurrente que en la información dada se muestre solo una parte de la historia, y se construya con un titular que asegure emoción negativa. A fin de cuentas se trata de facilitar que audiencias indignadas por la situación que viven, reaccionen a la noticia con molestia, y muchas veces solo leyendo el titular. Signo este de que no se esperan ideas y argumentos, sino emoción inflamada, razón por la cual en no pocos casos los espacios de comunicación polarizante, yendo más allá, rechazan (o descartan) el conocimiento experto, a no ser que les sirva para la reproducción de su discurso y la negación del otro.
(Tampoco creamos que se trata de convertir a los públicos en víctimas. Los espacios polarizados ofrecen recompensas que también configuran el régimen emocional que ofrecen: certezas ante incertidumbres, sentido de pertenencia y superioridad, supuesta claridad moral, identidad).
Pero ¿qué diálogo o intercambio puede existir si no se sabe qué significa reaccionar sobre una idea con otra, responder a un argumento con otro? Si esa habilidad no existe, se prefiere siempre atacar a la persona por encima de la idea. Construir interacciones sobre el debate, no en torno al qué eres (calificativo) o a lo que represento yo, ser superior (exhibicionismo moral), amerita, además de competencias informativas y opinativas, de una sensibilidad empática, reconocimiento del otro, escucha, y de una educación dialógica, que naturalice centrar el debate sobre las ideas. No son los únicos componentes necesarios sobre un fenómeno que trasciende el espacio político cubano, y para el que no hay soluciones mágicas, sobre todo cuando son imprescindibles miradas diversas, desde diferentes campos de experticia.
Pero, sin duda, hay formas de escapar a esa polarización, tanto desde el hacer como desde el consumo. Porque si algo explota la comunicación polarizante —me atrevo a afirmar— es la «incapacidad» de buena parte de sus audiencias de ser conscientes sobre el efecto que les produce en cuanto a emoción inflamada y educación negativa para reaccionar frente a todo aquello que se sienta y escuche distinto. En ese sentido los hace ciegos a la mirada con matices —porque todo tiene necesariamente que ser blanco o negro— y reactivos si encuentran análisis que escapan a la polarización, incluso aunque coincidan con parte de los argumentos; si no se hacen absolutizaciones, el discurso deja de ser atractivo. Por esa razón se trata de un aprendizaje en negativo que no se resuelve fácil; cualquier alternativa que no ofrezca un paquete de recompensas equivalente al que ofrece la polarización, no compite por atención.
Usemos otro ejemplo: una persona polarizada que tiene múltiples cuestionamientos al sistema económico cubano escucha un programa sobre economía donde se le hacen críticas a la gestión económica del gobierno, con las que se coincide plenamente. Si en algún momento el experto señala los efectos de las medidas coercitivas de Estados Unidos, basta entonces con no estar de acuerdo en ese único argumento, para descalificar el resto del programa, aunque esto fuera un 10% de todo el contenido. O por el contrario, un sujeto polarizado defensor del gobierno cubano puede estar viendo un discurso que apuesta por la soberanía nacional y señala las agresiones extranjeras, pero en cuanto escucha la primera crítica interna, deslegitima todo el espacio.
Por eso, cuando se naturaliza la polarización, se reduce al mínimo la diversidad hacia lo interno de los espacios, porque se genera el temor de indignar a las audiencias con una complejización que escape de los rígidos marcos ideológicos en los que se mueven.
Ahora bien, por supuesto que cualquier trabajo de comunicación, desde lo que se conceptualiza, se piensa en términos de emociones. Apelar al intercambio argumentativo en el ecosistema comunicativo tal y como lo conocemos y tenemos hoy, no significa apelar a la racionalidad y desestimar la emoción. (Imaginemos algún programa de debate muy inteligente pero muy aburrido: fracaso asegurado). Pensarlo desde las emociones que se quieren transmitir es parte fundamental de una estrategia de comunicación, y se construye el producto teniendo eso en cuenta, tomando lo que sirve a ello y desechando lo que no.
Insisto en este punto porque quiero remarcar que el abanico emocional con el que trabaja cualquier producto comunicativo es una decisión estratégica, no es azar, no pasa de casualidad. Una decisión, para lo que nos ocupa, editorial y también política, por tanto, decisión consciente. De ahí que hacer algo distinto a polarizar, es también una decisión, responsabilidad de quienes la tomen.
Me explico un poco más: digamos que una persona puede empezar comunicando de un modo determinado y se da cuenta de que si hace más extremo su discurso ganará en tracción de audiencia, y monetización, relevancia y «prestigio» dentro de su comunidad. Entonces conscientemente decide polarizar más, sonar radical, incrementar los calificativos que usa para desacreditar, asumir los que ya están —para que la audiencia reconozca sus códigos y se identifique— y colocar nuevos si se cuenta con un poco de «creatividad» —que también la hay para lo negativo—. Al paso del tiempo mirar la trayectoria de ese actor desde que empezó permite entresacar qué recursos utilizó para polarizar su discurso, ¡y a su audiencia!
No significa que las audiencias sean ingenuas y pasivas. Siempre hay segmentos importantes y considerables que se invisibilizan un tanto en entornos polarizados, pero que rechazan los códigos de la comunicación polarizante y a quienes la hacen, y que reconocen necesarios los debates y miradas complejizados sobre la realidad. Sin embargo, en el ecosistema comunicativo cubano hoy, para ellos, es para los que hay menos oferta de contenidos. La mayor oferta de contenidos para cubanos es polarizada.
No obstante, vale tener en cuenta que no todo conflicto es polarización tóxica y que lo político comprende conflicto. Y es un error frecuente que espacios políticos y medios de prensa en la Isla intenten borrar el conflicto, para suponer que hay consenso total, o que este es posible sin que existan voces discrepantes o tendencias varias.
El conflicto es inherente a la sociedad, sobre todo en una atravesada por una crisis multidimensional como la cubana. Y no tiene por qué ser un conflicto infértil, porque de ahí pueden surgir soluciones. Sin embargo, para que este conflicto pueda generar algo más que indignación, es imprescindible tener herramientas de diálogo y confrontación respetuosa. Conducir y canalizar conflictos implica que el debate público se centre, más que en descalificar y atacar a quien piensa diferente, en contraponer argumentos e ideas; y esto también significa aprender a ceder y admitir errores, y a reconocer cuándo el adversario tiene la razón. En otras palabras, se trata de apostar por el bien común, por encima de a qué polo político pertenezca el otro —aunque suene idílico—. Ese es uno de los horizontes clave para superar la polarización, no solo en el discurso, sino en la manera misma que tenemos hoy de entender la política.
Dos ideas quiero dejar en claro en esta reflexión. Ese moldeado de la sensibilidad hacia la polarización y la negación del otro es un fenómeno al que contribuyen conscientemente actores comunicativos/políticos, y genera una emocionalidad inclinada hacia la violencia simbólica que puede luego pasar a ser física.
Y en segundo lugar: la indignación, la frustración, y la molestia justa con las condiciones de realidad, también pueden producir análisis desde la empatía, engendrar humor no únicamente como válvula de escape, sino también como otro camino de aproximación a mirar la realidad, otro recurso. También puede servir a la escucha y el acompañamiento del otro como sostén. Hacer comunicación desde esa postura conduce a una práctica distinta, que por decisión se aleja de lo polarizante.
¿Esa es una decisión que querrán asumir quienes hoy lideran proyectos comunicativos y políticos sobre Cuba? Lamentable esta respuesta, pero no lo creo.


Es doloroso que el diálogo a lo interno anule al que piense que el camino político es idóneo, perfecto glorioso incluso cuando antes de tomarlo algunas voces anuncian que será un fracaso. A esas personas se le llaman incrédulos o confundidos, se les saca del camino algunas veces. Se vuelve terreno fértil para que la gente se polarice. Yo como científica me niego a pensar que los problemas no tengan solución y abogo por la discusión sin tapujos, y la búsqueda de soluciones, con mente abierta y admitiendo el uso de otras fórmulas. El que hace ciencia está acostumbrado a presentar ideas, teorías, experimentos, a otros expertos que criticarán, descartarán o pediràn mas evidencias. La ciencia es imperfecta pero se autoregula. Es el espacio de confrontación mas colaborativo y acertivo que ha logrado nuestra especie. Y es útil y extrapolable a otras áreas de la actividad human. En el espacio científico el solo deseo de explicar un evento o resolver un problema hace que confluyan personas de credo, geografía, ideología diferente y trabajen de conjunto con éxito. Si los políticos usaran el mètodo científico sería un gran logro para la humanidad. En lo particular para Cuba sería un gran paso y una vía donde haya diálogo abierto sin censura sin descrédito al que muestre ideas novedosas y/o osadas o que entrañen riesgo. No hay mayor riesgo que la rigidez y la inmovilidad del pensamiento. El pensamiento no puede tomar asiento como decía Aute.
Soy español. Cuando tenía unos 16 años, es decir, sobre 1972, conocí a una cubana llamada Rosita que me dio clases de música. Tenía unos 70 años. Era una pianista muy famosa que tuvo que salir de Cuba. Me contó que allí dejó su casa, un piano hecho expresamente para ella y un montón de partituras con composiciones que eran el trabajo de toda su vida. Solo le dejaron salir con la ropa que llevaba puesta. Ni siquiera le dejaron llevarse un álbum con las fotos de su familia. Ademas, no se muy bien cómo, no le dejaron contactar con la familia que quedo en Cuba por ningún medio. Cuando la conocí tendría unos setenta años. Es decir, calculo que a sus cincuenta y tantos años, le borraron todo su pasado y tuvo que comenzar una nueva vida en España sin nada. De repente se encontró sin familia, sin rastro de su trabajo y sin ni siquiera recuerdos tangibles. Me dijo que sus composiciones musicales suponía que estarían pudriéndose con la humedad igual que su piano que dejó en Cuba. Poco después de conocerla se murió. No se si alguien habrá ido a su entierro. Tampoco se si sus familiares en Cuba se enteraron de su muerte.
Volvamos al siglo XXI. Un compañero mío de trabajo es cubano, casado con una española y con hijos españoles. Me contó que durante ocho años no le dejaron volver a Cuba, ni siquiera para asistir al entierro de su madre.
Cosas como estas me recuerdan la famosa frase de un grabado de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”. Esta frase se puede interpretar de muchas maneras. Mi interpretación es que La Razón nos hace soñar en un mundo mejor, pero en ese camino hacia un mundo mejor, a veces caemos en la tentación de tomar atajos que le hacen mucho daño a mucha gente. Así, La Razón crea Monstruos. Y como le hacemos daño a mucha gente, nos terminan odiando.
Los bolcheviques con sus mejores intenciones de evitar la vuelta de la Monarquía a Rusia, exterminaron a toda la familia real rusa, incluyendo niños de cuna. Ese horror pesa como una losa sobre los comunistas actuales rusos, por mucho que se distancien de esos excesos.
Este artículo habla de la polarización en Cuba. Hay una manera de evitar la polarización: no hacer daño.