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Es cosa del sentido común afirmar que la prolongada y múltiple crisis que vive Cuba impacta en la salud mental, individual y social. Como parte de los asuntos que merecen atención urgente, es necesario mirar más a fondo sus manifestaciones, sus causas, y sus potenciales soluciones.
Con esa pretensión, dialogué con algunas personas, cuyo denominador común es trabajar directamente el tema de la salud mental en centros asistenciales, comunidades y espacios docentes. Ellas conversan, acompañan, comprenden y ayudan a personas impactadas por la realidad. Al tiempo que proponen soluciones específicas a cada caso, imaginan modos de organizar la asistencia de salud mental para lograr un mejor impacto.
Como resultado de la riqueza de esas conversaciones, aparecen ideas que, reconociendo la voz específica de cada una de estas personas, he organizado en cuatro temas fundamentales: la salud mental, su condicionante sociocultural, sus manifestaciones concretas en la crisis cubana y algunas potenciales soluciones.
Es cada vez más recurrente escuchar hablar sobre salud emocional.
¿Qué significa este término?
Salud emocional, salud mental, bienestar psicológico, son términos que parecieran ser usados sin saber realmente lo que significan, alerta Isachi Peña Pinos (Licenciada en Psicología, Universidad de la Habana). Se establecen como búsqueda constante del bienestar, de la felicidad, como fin último, parecería que se trata de estar bien a toda costa.
Con esta compresión se pasa por alto que la felicidad no es un punto permanente, sino un proceso, un camino. Estar bien no es un estado constante.
Sin embargo, la salud emocional es un estado de bienestar mental, psicológico, subjetivo, que permite a la persona estar lo mejor posible, desarrollarse, aprender a estar en comunidad.
A esta idea añade Elizabeth Hernández Álvarez (M.Sc en Psicología de la salud, Pinar del Río) que la salud emocional implica enfrentar los desafíos de la vida cotidiana. No se trata simplemente de la ausencia de trastornos mentales, sino de la capacidad de gestionar las emociones de manera adaptativa para lograr un equilibrio ante las adversidades.
Larissa Turtos Carbonell (Dra. C., Psicóloga, Santiago de Cuba) acota que la salud, de forma general, y la salud emocional de forma particular, se relacionan con la posibilidad y capacidad de aprendizaje en el vínculo con los otros. No se es «sano» por no tener conflictos. Es poder usar las emociones, los conflictos, los sentimientos y su relación con las creencias y conocimientos para organizar, entender y transformar la realidad, lo que incluye afrontarla.
Alguien sano emocionalmente logra reconocer lo que le genera malestar y activar recursos para afrontarlo, aun cuando no logre eliminar el malestar en ese proceso.
Para Laziel Cánova Rodríguez (Jefe Departamento de Salud mental, policlínico Docente, Hermanos Cruz, Pinar del Río) implica, además, saber aceptar, resolver y soltar, aprender que cada experiencia es una oportunidad para crecer espiritualmente.
Un término recurrente lo es, también distorsionado, el de resiliencia, asumida como esa respuesta que convierte los problemas estructurales, la sobrevivencia, en gesto heroico, romántico, destaca Isachi. Esto refuerza la idea de que siempre tenemos que estar bien, incluso en circunstancias adversas.
Pero la resiliencia no es sinónimo de «aguantar», tampoco lo es el bienestar, es hacer las paces con lo que sentimos, darnos el lugar y permitirnos sentir diferentes emociones. No siempre es estar bien, no siempre es estar alegre, no siempre es la felicidad a toda costa.
En el contexto cubano, la salud mental, como equivalente de la resiliencia, se manifiesta en frases como, «hay que luchar», «aguantar», «resolver» sin que ello implique la pérdida total de la capacidad para sentir esperanzas a consecuencias del desgaste constante con que se vive, afirma Elizabeth.
Algunas lecturas críticas al término salud mental anotan una suerte de mecanismo de adaptación a una realidad que, básicamente, es la causante del malestar emocional.
¿Este es un asunto meramente personal o tiene condicionantes de carácter sociocultural?
En opinión de Isachi, en esta disyuntiva se encuentran hoy muchas personas. Pareciera que la salud mental dependiera solo de uno. Sin embargo, conceptos como salud y bienestar emocional tienen que ver con el equilibrio entre la persona y el entorno sociocultural en que se encuentra.
Los otros son muy importantes para este bienestar emocional. Los otros entendidos no solo como las personas más cercanas, las principales redes de apoyo, si no la sociedad en la que se está inserto, los estereotipos que perviven en ella, las expectativas y los ideales de cómo deberían ser, de cómo debería ser yo en sociedad.
En este análisis, Laziel destaca lo familiar como variable, pues en nuestros genes y en nuestro inconsciente genealógico portamos todas las situaciones familiares (conflictos, traumas, patrones y conductas adaptativas o desadaptativas), las cuales constituyen factores que pueden influir, pero no determinar que el sujeto posea o no una adecuada salud emocional.
Sobre este particular, Larissa enfatiza que entender la adaptación y la salud no indica que la realidad tiene la culpa. Sin duda, hay un carácter eminentemente sociocultural, pero como aprendizaje y materia para la construcción de esos recursos de adaptación, y además como trasfondo que valida o denuncia formas de afrontamiento.
La realidad impacta emocionalmente a la persona a través de la evaluación cognitiva que cada individuo hace de la situación en que vive, con independencia incluso de lo objetivo de esa situación. Desde este acierto, Alina María Rivero Brito (MSc en Psicología Clínica, Profesora, Universidad Ciencias Médicas Pinar del Río) ve como un primer marco de análisis el personal, más intrapsicológico, sin que se pueda aislar del sistema de relaciones, de los vínculos con otras personas, con el ambiente, con la sociedad.
Incluso es importante la evaluación que las personas hacen de hasta qué punto todos estos sistemas o estos vínculos satisfacen sus necesidades como individuo.
Para Elizabeth, el malestar emocional en Cuba tiene, indudablemente, condicionantes socioculturales y económicas profundas. Es cierto que la forma en que cada persona maneja estas presiones es única, sin embargo, la fuente principal del malestar es estructural y colectiva.
No es posible separar el estado anímico de un cubano/a de factores como: la precariedad económica crónica, la diáspora familiar, la falta de perspectivas de futuro, la desconfianza en las organizaciones políticas que dirigen el país.
Desde la experiencia clínica,
¿qué impacto consideras tiene la crisis múltiple en la salud emocional de las personas?
Isachi considera que la crisis multifactorial que tenemos en nuestro país incide grandemente en el bienestar de las personas.
Un aumento de la migración, como variable, hace que se ausenten muchos de esos otros que son significativos para nosotros (parejas, hijos, madres, padres, hermanos, amigos, colegas), o que su presencia sea de una forma distinta a la que estábamos adaptados, por ejemplo, la comunicación.
Esto genera efecto de vacío, de abandono, de soledad. También un aumento del estrés, de la sobrecarga, que no es solo sobrecarga laboral por la ausencia de estos otros, sino una sobrecarga emocional porque vamos acumulando los malestares con los miedos, con la angustia, con la incertidumbre, uno de los problemas más presentes hoy.
El aumento de la violencia es otro dato de esta crisis, violencia que se expresa en el miedo a salir de la casa, a estar en determinados lugares.
Se añade el miedo de desempeñarnos socialmente, a vincularnos con otros, el miedo a “yo no sé si el otro me puede hacer daño y por eso no me vinculo”, entonces eso nos aísla más de nuestro entorno.
Otro de los malestares que estamos sufriendo, por ejemplo, es el consumo de drogas. Las crisis en cuanto a las adicciones es uno de los problemas que están presentes en Cuba, resultado de todas estas crisis que hacen que la vida de las personas adictas se desestructure hasta llegar a ese punto.
Elizabeth condensa estas y otras manifestaciones de la crisis en la salud mental en el incremento de la ansiedad generalizada y el estrés crónico. Entre sus principales causas figuran la incertidumbre diaria («¿habrá comida?», «¿llegaré a mi trabajo?», «¿se irá la luz?»). Las personas se mantienen en un estado de alerta constante. Esto se traduce en irritabilidad, insomnio, problemas de concentración y una fatiga que no se alivia con el descanso.
Se añaden a esta manifestación los cuadros depresivos y la apatía: no se visualizan mejorías en el horizonte, lo que conlleva a una profunda tristeza y desmotivación. Los duelos múltiples y no resueltos: seres queridos que no están, los proyectos de vida truncos. No hay tiempo para procesar una pérdida antes de que llegue la siguiente.
Los conflictos relacionales, las somatizaciones, los intentos suicidas agudizan el panorama.
Alina agrega una perspectiva sensible: la situación es particularmente visible entre niños, niñas y jóvenes. El impacto de la desestabilización o de la función educativa de la familia, del poco tiempo de comunicación de calidad se verifican en situaciones vinculadas a las relaciones entre coetáneos por temas de poder y prejuicios, estereotipos que llegan ser verdaderos problemas.
La forma en que los niños y niñas expresan la propia ansiedad familiar, con preocupaciones que trasciende su edad, con una disfunción de su rol queriendo resolver problemas o preocupándose por situaciones de la vida cotidiana o de la situación de los padres.
Tengamos en cuenta la agravante de que en hogares disfuncionales la respuesta es indirectamente la agresión, el maltrato, el desplazamiento; los niños y niñas como víctimas de esta problemática en una relación de subordinación.
Elizabeth agrega la mirada de género a este panorama. Los perfiles de pobreza o vulnerabilidad tienen rostro de feminidad. Las mujeres, con salarios igualmente bajos, suelen llevar la carga mental y física de la «resolución» de los problemas del hogar, que muchas veces se hacen más complejos, pues la falta de corriente dificulta la realización de tareas cotidianas como cocinar o conservar alimentos, lavar, bombear agua… Esta sobrecarga es un factor de estrés crónico y ansiedad de origen claramente estructural y patriarcal.
Aumenta la violencia de género (física, psicológica, económica) provocando un profundo daño emocional. Y en el caso de los hombres, la presión social sobre ellos para que sean «proveedores exitosos» choca frontalmente con la realidad económica cubana, donde es casi imposible. Esto genera sentimientos de fracaso, impotencia y frustración que no pueden expresarse abiertamente, lo cual alimenta problemas de salud mental.
Las personas históricamente marginadas, como las racializadas o pertenecientes a la comunidad LGBTIQ+, suelen ver agravada su situación, ya que enfrentan mayores dificultades para acceder a empleos ventajosos. Además, sus redes de apoyo tienden a estar conformadas por personas en condiciones similares de vulnerabilidad. En el caso de hombres gays, mujeres lesbianas y personas trans que alcanzan la tercera edad, la situación actual puede tener un impacto particular.
Larissa considera que, más que la crisis, el problema está en que se eliminó, poco a poco, la capacidad de aprender de la realidad como base de la adaptación. La Revolución intentó satisfacer todas las necesidades en corto tiempo, por lo que muchos crecimos sin tener que aprender de la realidad ni tener que transformarla.
Se nos eliminó la necesidad de aprender y luego la centralización del poder y las decisiones eliminaron la posibilidad de pensar, arrasando incluso con los gustos y patrones familiares y personales: no importa qué te gusta, hay que ser médico, hay que ser internacionalista, hay que ser de la juventud. La crisis está dada porque es una sociedad totalitaria donde «el hombre se pierde en la masa».
Estamos viviendo una adaptación reactiva y no activa, por tanto, la sociedad misma está enferma emocionalmente, porque no ha desarrollado recursos, mecanismos para transformarse. Este fenómeno se conoce como «desesperanza aprendida»: no hay más nada que hacer, solo sufrir.
Si pudieras participar en la elaboración de pautas generales de un programa nacional sobre salud emocional,
¿qué aspectos recomendarías tener en cuenta?
En un contexto tan deprimido y con una situación de crisis tan grande, afirma Isachi, es muy difícil hacer un programa nacional sobre salud emocional, para eso hacen falta bases estructurales que no tenemos y que resultan bastante improbables.
Lo cierto es que no debe ser un programa solo del Ministerio de Salud Pública, o solo de la Sociedad Cubana de Psicología o de Psiquiatría. Se debe involucrar a otros actores: gubernamentales, instituciones estatales, proyectos comunitarios, así como a nuevos actores del sector privado que tengan alguna responsabilidad en estos procesos.
Debe fortalecerse la atención primaria, sumamente deprimida hoy. Ante la carencia de profesionales de la psicología, se debe capacitar a todo el personal asistencial en primeros auxilios psicológicos, en el trato digno hacia las personas, empático, que estén preparados para un primer acercamiento, primera orientación y acompañamiento.
Elizabeth complementa esta idea con la potenciación de promotores de salud mental: capacitar a líderes comunitarios, maestros, médicos de familia y trabajadores sociales para que sepan detectar signos de alarma y ofrecer un primer acompañamiento.
Isachi comenta que desde la Sociedad Cubana de Psicología se ha pedido la inserción del psicólogo o la psicóloga en la institución de educación. Ese rol no existe, lo que existe es el profesional de la psicopedagogía.
Esto es fundamental para trabajar las habilidades emocionales desde las primeras etapas de la vida, también la prevención del acoso, de la violencia. Este acompañamiento y orientación familiar de las edades tempranas fomenta la inteligencia emocional en la niñez.
Otra incorporación necesaria serían las casas de acogida y servicios de atención y acompañamiento para víctimas de violencia de género.
Se debería desarrollar campañas de sensibilización sobre los malestares emocionales, normalizar pedir ayuda profesional. Entre sus contenidos, por ejemplo, normalizar que no siempre se puede estar bien, explicar los efectos del estrés crónico, enseñar técnicas de autocontrol, desmitificar la terapia psicológica, presentándola como un acto de autocuidado y no como algo para «locos».
Es importante develar la mediación en las redes sociales, desmentir falsos contenidos. Hay muchas personas consumiendo contenidos no beneficiosos para la salud mental, lo cual está causando mucho daño.
Puede añadirse a ese programa establecer atención online, como una plataforma, llamadas la «telepsicología» que es un acompañamiento a distancia para aquellas personas que no puedan moverse o que tengan dificultades de transporte; establecer líneas telefónicas para este acompañamiento puede ser una de las alternativas.
Por último, pudiera ser asumida la cultura, el arte, también el deporte que es muy beneficioso para liberar el estrés, como herramientas para elevar el bienestar psicoemocional de la población en sentido general.
A estas propuestas la especialista Elizabeth añade llevar talleres de manejo de estrés, grupos de apoyo y psicoeducación a los barrios, centros laborales y escuelas. Fortalecer las redes de apoyo social, que son el primer escudo contra el malestar.
Larissa propone desde su práctica, trabajar un análisis de la realidad desde la responsabilidad y el posicionamiento interno y social. Esto implica activar nuevas visiones e interpretaciones de la realidad, para encontrar la explicación que se ajusta más a la posibilidad de cambio. Luego activar, reestructurar, crear, sanar el vínculo incluso consigo mismo, y con los otros y las otras.
Un punto a tener en cuenta es la especificidad de los grupos vulnerables, por ejemplo, trabajar con los jóvenes la construcción de proyectos de vida en un contexto adverso; abordar con los adultos mayores la soledad, el abandono y la precariedad económica; apoyar a familias de emigrantes en el manejo de la separación y los duelos complejos; ofrecer respiro y apoyo a las personas cuidadoras.
Como asunto global, las autoridades del país deben reconocer abiertamente las causas estructurales del malestar. No se puede pedir «pensamiento positivo» a quien está en la miseria.
Las estrategias deben enfocarse en fortalecer la agencia personal y la resiliencia comunitaria, sin obviar la necesidad de cambios estructurales que alivien las fuentes de dicho malestar. La salud emocional colectiva es también un indicador de la salud de la sociedad.
Como parte de estas pautas, Alina comenta que se debe educar, desde la comprensión del lugar de las emociones en el comportamiento humano, en la solución de problemas, en la capacidad de empatía, en la capacidad de comunicación adecuada, en la capacidad de autodeterminación, de reconocimiento de emociones.

