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Viejos hábitos y frases complejas

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Me duele confesar, luego de haber pasado por más de 17 años de estudio en todas las enseñanzas hasta la universidad, nunca hubo un análisis profundo de la constitución vigente.  Estudiando una carrera técnica solo en la asignatura teoría sociopolítica se trataron algunos aspectos de la misma, pero eso no fue hasta 3er año. De igual manera me siento alarmado ante el creciente interés de todo el pueblo sobre la reforma constitucional, alarmado positivamente.

Pero esto solo provoca que muchos nos enfrentemos por primera vez ante el contenido de la constitución haciéndose indiferenciables los cambios entre una y otra pues no dominamos la vigente. Convencido además que en unos meses luego de su aprobación, volverá a formar parte de todo aquello que nunca se tiene en cuenta en el día a día de los ciudadanos de a pie. Muy a mi pesar, estoy consciente que no se incluirá en una asignatura de ninguna enseñanza básica el estudio de la constitución, los deberes y derechos del ciudadano, ni de los derechos humanos de los que siempre aparecemos abanderados cumplidores en la ONU (o los discursos políticos) pero que nunca se exponen ni divulgan en las escuelas o centros de trabajo para permitirle a cada cual dar su opinión sobre el cumplimiento o no de los mismos.

Con 25 años no he recibido nunca la enseñanza por parte del Estado de cuáles son mis derechos más allá de la educación y salud gratuitas. Recuerdo que, justo antes de entrar a la universidad escuché un comentario preocupante: “la universidad es para los revolucionarios”, al cual respondí con una pegunta ¿qué otra opción hay para los que no se sientan revolucionarios, pero sí quieran tener una carrera universitaria en Cuba? Que, aunque no era mi caso sé que existen, no conseguí respuesta. Luego, gracias al estudio autodidacta de la historia latinoamericana conocí una frase del Dr. Salvador Allende que me hizo cambiar la perspectiva y la llevo conmigo desde entonces para todo aquel que me pregunte si soy revolucionario: “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.

Volviendo al tema de la constitución, un simple ejemplo de muchos. Tanto la vigente como la propuesta mantienen desde el comienzo un enfoque socialista, pero no comprendo cómo puede reconocerse la libertad política de cada cual (Artículo 1) y aun así sujetar a todo cubano a la norma de que su patria es socialista y como tal debe defenderla (Artículo 3). Está perfecto que se castigue a quien traicione a la patria y que se sea máximo deber protegerla, pero la patria no es socialista, ni capitalista, ni feudal. El patriotismo es el sentimiento que se desarrolla como parte de la conciencia individual hacia todo aquello que nos rodea cultural, material, espiritualmente.

No se debe poner apellidos a la patria, a la educación ni al pueblo para no caer en el mismo error de los primeros años de la Revolución, cuando a todos lo que emigraron llamaron gusanos y anticubanos, un término doloroso para aquellos que se sentían y de hecho eran patriotas, pero que no estaban de acuerdo con el sistema del nuevo gobierno, siempre hay sus excepciones, y no me refiero a los terroristas sino a los simples cubanos que partieron por diferencias ideológicas y por problemas económicos, motivos tan válidos como los de quienes decidieron quedarse y construir el proyecto social del que hoy disfrutamos. Defender la patria siempre ha sido tarea de todos y se ha demostrado en las luchas independistas, en todas, que la migración siempre jugó un papel importante y que los que vivían fuera no eran antipatriotas.

Salvar el nuevo texto constitucional de frases hechas y poco convincentes que no reflejan la realidad del pueblo cubano actual, que no es el mismo que se lanzó a las calles hace 60 años, pero continúa con su espíritu revolucionario. Incorporar al sistema educacional marcos o asignaturas que permitan el conocimiento de los deberes y derechos ciudadanos y humanos. Respetar verdaderamente la ideología de cada cubano dentro y fuera de las fronteras políticas y geográficas… más que un deber es una obligación de nuestro tiempo.

El calor de la fogata

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Una fogata crepita suavemente e ilumina la noche. A su alrededor, un grupo de jóvenes se dedica a disfrutar de la vida, de la música y de la mutua compañía. No se puede decir con seguridad si pertenecen a algún destacamento de apoyo a la agricultura, si son estudiantes de acampada o de si se trata simplemente de una excursión organizada por un grupo de amigos. La guitarra se deja arrastrar hacia claras melodías, una risa cristalina atraviesa el espacio. Una mirada seductora, clandestina. Por todos lados, hasta donde alcanza la vista, naturaleza cubana en estado bruto. Grillos.

Un grupo de jóvenes, cargados de defectos y virtudes del tamaño del sol, viven su vida a mil años luz del poder de las grandes corporaciones, de las bolsas de valores y otros espectros. Por eso se dedican a disfrutar de esa libertad de canción bajo la lluvia, esa que sus antepasados ganaron con el filo del machete y el plomo de las balas. El monte, templo silencioso del mambí y del miliciano, los envuelve de mil maneras distintas. Pasa la noche como un alegre y misterioso canto.

Una escena similar a esta seguramente forma parte de la vida de la mayoría de los cubanos nacidos después del triunfo de la Revolución, incluso de mi generación. Ella es en sí misma un imaginario y un trozo de la cultura del socialismo cubano, junto a muchos otros. Ha sido en momentos así en los que, para muchas personas, se han forjado las bases sentimentales de su confianza en el proyecto revolucionario cubano. El tiempo va pasando, uno se llena de discursos racionales, de “razones”, de conflictos, pero un día debe volver al lugar lejano, aquel en el que nació la experiencia más genuina.

La crítica está bien. Hace falta la fría mordida de la razón sobre la realidad. Criticamos porque es nuestro derecho y porque creemos que de ese modo también estamos aportando al desarrollo de la sociedad. Sin embargo, de vez en cuando es necesario también recordar aquello que es nuestro orgullo. Es necesario también que el mundo sepa por qué mantenemos la frente en alto. Porque si no, corremos el riesgo de que la crítica sin medida ennegrezca nuestro corazón.

La Revolución Cubana es una maravilla de la historia. Es una maravilla sorprendente que este pueblo de filibusteros, cimarrones y contrabandistas diese a luz uno de los procesos emancipatorios más radicales de todos los tiempos. Y más maravilloso es que el sistema nacido de ese proceso siga existiendo tras sesenta años de enfrentamiento al imperio norteamericano.

Hoy, cuando hemos visto caer o entrar en el caos a otros procesos revolucionarios, cuando incluso países aliados como Venezuela y Nicaragua enfrentan crisis internas, podemos- sin dejarnos arrastrar hasta el chovinismo- sentirnos orgullosos de la solidez de nuestro sistema social. Es cierto que se trata de la misma solidez que podría encontrarse en un viejo soldado de cien batallas, lleno de cicatrices. Es cierto que hemos llegado hasta aquí por caminos ora rectos, ora torcidos. Pero nadie puede negar la victoria que significa que en Cuba puedan desarrollarse sin obstáculos el curso escolar y las campañas de vacunación.

Existe cierta grandeza en que, después de tantas décadas de acusaciones de autocracia, dirigidas a la Dirección de la Revolución, el actual Presidente sea un hombre que una vez fue un joven del centro del país, que oía a los Beatles y recorría Santa Clara en bicicleta. Un joven que nunca pensó en ser presidente de un país. También es loable que ese hombre sea capaz de decir algo como esto, y dejar al desnudo el gigantesco problema de la desconfianza:

“Yo creo que el bloqueo afecta mucho, porque fíjate, cada vez que tú vas a analizar una relación o un aspecto de la vida económica y social del país y empiezas a tratar de deslindar cuáles son las trabas, muchas de las trabas están directamente asociadas al bloqueo; pero otras trabas, que son las subjetivas, las que pueden ser de la conducta, de la manera de actuación, muchas veces han estado condicionadas por la desconfianza que crea el bloqueo y por esa insistencia en que el bloqueo te obliga a actuar como defendiéndote constantemente y analizando mucho qué paso vas a dar, para que no te puedan destruir.”

Sobre todo, existe grandeza en el hecho de que en Cuba siga existiendo un sistema político que reivindica las ideas más proscritas de este planeta. Aquí se ha sabido unir en una sola luz al fuego del Prometeo de Tréveris y a la estrella “que ilumina y mata” de Martí. Aquí tienen su sitio el Che, con su adarga de despiadado amor, y Fidel, el gigante barbado y justiciero. De este cúmulo de ideas humanistas ha nacido la praxis que ha llevado a tantos cubanos a tantos lugares del mundo con una misión internacionalista. De ese fondo ha venido, también, la sabiduría que nos ha ayudado a rectificar, aunque sea tarde, tantos errores.

Alguien tiene que decir todo esto. ¿Y si no somos nosotros los revolucionarios, quien lo hará?

El tiempo ha pasado inclemente, y hemos descuidado un poco la fogata. Ciertamente, es imposible mantener un fuego alto y vivo todo el tiempo. Sin embargo, cuando movemos un poco los leños y soplamos, entonces vemos que surgen las llamas de la Revolución. Es el calor que sentimos en nuestros cuerpos lo que nos da la confianza en que queda todavía mucho camino por andar.

Vivo en un país libre

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Foto: Reuters

Vivo en un país libre.  Hay quienes desde afuera -y otros desde adentro-, se empeñan en hacer pensar lo contrario, pero sé que están equivocados.

Escribo en este blog creado por jóvenes matanceros -ya no tan jóvenes- hace algunos años. En él muestro lo que pienso, como lo pienso y cuando lo pienso.

Me expreso libremente, asumiendo con responsabilidad las líneas que nacen. A veces me dicen que tenga cuidado, que esas cosas no se deben decir. A pesar de ello, no tengo temor.

No sufro de ningún acecho. No he recibido ninguna presión o discriminación de compañeros o de superiores con la capacidad de decidir sobre mi vida. Muchos de ellos saben que escribo, y qué escribo, pero no me señalan por eso. Debaten, me dicen, y cuando no están de acuerdo me lo hacen saber.

Solo he enfrentado -cuando más- alguna mirada que intenta ofender desde lo lejos, desde un comentario agresivo, conservador y fomentado en el desconocimiento de algún extremista de la militancia de carné. Al cual comprendo, porque ese ha sido el papel que han interpretado les toca jugar a algunos en esos espacios.

Sé que a más de un burócrata y secuaces, de saber lo que digo, se deben molestar, porque a nadie le parece hermoso que públicamente se cuestione su labor. Y no dejo de reconocer cierta dosis de arrogancia que puede haber en ellos.

Sé que pudiera pasar, que el dedo de alguno caiga sobre mí, aprovechándose de ese tejido humano donde los de un mismo grupo se cubren la espalda unos a otros.

Incluso, sé de esos momentos cuando domina la misma euforia que hizo guillotinar a muchos y que tanto daño hace a las revoluciones. Práctica, a la que después de todo, no escapamos los cubanos en distintas épocas.

Por otro lado, esos riesgos en los que puede caer todo el que dice lo que piensa,  contribuyen a que se diga que vivimos en un país reprimido. Hay quienes lo dicen explícitamente con valentía de ultramar. Otros son parte de esa verdad, algunos callando lo que piensan y otros intentando hacer callar a los demás.

No se les puede seguir el juego a ninguno. Esos que quieren hacer de Cuba un país de censura, unos para gritarlo a los cuatro vientos y atacar al gobierno, y otros para haciendo uso de ella, mantener sus cargos. Quedarse con las ideas que se tienen y no expresarlas, sería reconocer tal censura y contribuir a esos mezquinos intereses.

No pienso colaborar con eso, ni con esa imagen negativa que se pretende hacer de Cuba. Me expreso sin temor, sé que vivo en un país libre.

El legado de Mandela

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Foto: The New York Times

Si cuando Nelson Mandela fue liberado —tras veintisiete años de prisión, torturas e incomunicación familiar—, hubiera encabezado una cruzada radical para movilizar a la postergada población negra de Sudáfrica; en buena lid no se le podría criticar. Sin embargo, el encierro forzoso, que le arrebatara la juventud, la salud y hasta su matrimonio, como pronto se vio, le había proporcionado también una gran sabiduría. Inteligencia no, esa la tuvo desde pequeño y le permitió graduarse de abogado, pero en el mundo de la política la inteligencia no lo es todo.

Al ser elegido poco tiempo después como el primer presidente negro de Sudáfrica, este hombre, de mirada optimista, dulce y profunda, asombró al mundo al reivindicar los derechos humanos de todos y cada uno de los sudafricanos. Él, discriminado siempre por su color y su ideología, mostró la más decidida postura a favor de la inclusión. “Un país para todos” era su sueño, y parecía una utopía en aquellos momentos dada la actitud de algunos de sus colaboradores y de gran parte de la población, negra y blanca, que seguía percibiéndose en las antípodas condicionada por siglos de alejamiento y desconfianza.

Mandela logró algo que parecía imposible: fundar una patria donde existían territorios aislados por barreras físicas; constituir una ciudadanía donde antes vivieran ellos y nosotros; demostrarle a todos —parafraseando a nuestro Martí—, que sudafricano era más que blanco, más que negro, más que mestizo.

Todavía faltaba su más grande lección. Cuando estuvo seguro de que su proyecto era un hecho, Nelson Mandela —Madiba— se hizo a un lado y dejó que otros dirigieran. La ambición por el poder y la gloria, tan común en los líderes políticos y tan dañina para sus pueblos, no lo deslumbró. Retirado pasó los últimos años de su vida, pero cimentó el más bello ejemplo de respeto, pluralidad, tolerancia y paz. Por ello la Organización de Naciones Unidas ha convocado a una cumbre especial sobre la paz en ocasión del centenario del líder africano. A este homenaje se une todo el equipo de La Joven Cuba.

A medio siglo de la microfracción

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Foto: Corbis

Un joven lector de La Joven Cuba se interesa por saber de la Microfracción (MF), de la que oyó hablar y de cuya existencia no tiene idea. Como precisamente en este 2018 se cumplen 50 años de su desenmascaramiento, de la realización del llamado Segundo Proceso a Escalante y de la condena a sus integrantes, vale la pena revisitarla desde una perspectiva actual.

La MF fue el nombre dado a un grupo de viejos militantes del PSP -y algunos seguidores más jóvenes- que se nuclearon en torno al antiguo dirigente Aníbal Escalante Dellundé para llevar a cabo una actividad opositora a la línea político-ideológica del PCC en el período 1965-1968.

Aníbal era reincidente, pues ya había sido fuertemente criticado y sancionado en 1962 cuando, siendo Secretario Organizador de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), intentó convertirlas en un coto del viejo PSP y limitar la entrada de exmilitantes del M-26-7 y el DR-13-3. Por eso, hoy muchos creen que la MF es lo mismo que el sectarismo de las ORI.

Las críticas principales de la MF a la dirección de la Revolución eran la supuesta penetración de la pequeña burguesía y su ideología en el Comité Central, existencia de una corriente antisoviética en la dirección del partido, marginación de los viejos militantes del PSP, e intromisión de la Revolución en los asuntos internos de los partidos comunistas latinoamericanos con la intención de controlarlos.[1]

Para comprender mejor esto hay que recordar que el contexto de 1968, “Año del Guerrillero Heroico”, era muy distinto al actual. La rebelión anticapitalista de las masas se extendía por las grandes capitales de Europa, América y Asia, y solo la represión más violenta pudo refrenar los intentos de los estudiantes y obreros por tomar el poder.

El joven mundo socialista se fracturaba con la disputa chino-soviética, que dividía al movimiento comunista internacional. Mientras, en Checoslovaquia, un gobierno reformista ensayaba un inédito proyecto de socialismo democrático y de mercado que sería aplastado poco después por las tropas del Pacto de Varsovia.

En Cuba, la herejía de izquierda que significaba intentar hacer un socialismo a lo cubano, mediante la construcción acelerada del comunismo a partir de la creación de un hombre nuevo, parecía estar en su apogeo. La instauración del Poder Local, la generalización del trabajo voluntario y las movilizaciones agrícolas, la extensión de las gratuidades, el rechazo a las relaciones monetario-mercantiles y el apoyo a la lucha armada como vía para hacer la revolución en el Tercer Mundo, eran muestras de un camino alternativo al que dictaba el Kremlin.

Estas notorias diferencias con el modelo estalinista imperante llenaban de temores y dudas al grupo de la MF, que veía en Aníbal al representante de la verdadera corriente ideológica de la clase obrera. De ahí que fomentaran por todos los medios sus apariciones, aunque fuera en velorios de viejos militantes.

La MF consideraba que el Comité Central estaba penetrado por la pequeña burguesía, nacionalista y aventurera; que ya no se publicaban materiales de contenido marxista-leninista; que el Che se había ido por su ideal romántico, anarquista y trotskista, y que ese aventurerismo estaba “en el mando”, que consideraba a Cuba “el ombligo del mundo”.

Por varias vías se acercaron a funcionarios soviéticos, alemanes y checoslovacos con el fin de hacer llegar sus puntos de vista a la dirección de esos partidos y crear un estado de opinión favorable a sus posiciones. Incluso, pretendían que existiese una presión política y económica por parte de la Unión Soviética que obligase a la Revolución a acercarse a ese país. De ahí que la principal acusación que se les hiciera fuese la falta de lealtad al partido y al país en un desvergonzado intento por distanciar a Cuba de la URSS y obtener su apoyo e injerencia en asuntos que solo incumbían al pueblo cubano y al PCC.

No obstante, parece que muchas de sus críticas estaban bien fundadas. De hecho, algunas fueron reconocidas en el acápite Errores cometidos, del informe central al I Congreso del PCC en 1975. Entre los males que denunciaban justamente, se encontraban: las constantes movilizaciones a la agricultura, negación del estímulo material, cambios constantes de los cuadros de un cargo a otro, negación de la planificación, gratuidades que aumentaban el dinero circulante y promovían la inflación, práctica incosteable del trabajo voluntario para superar las mermas de producción, y que la emulación socialista debía estar bajo la responsabilidad del movimiento obrero.

En algunas cosas actuaron como un oráculo, pues sostenían que después de 1970 se impondrían realidades económicas que obligarían a torcer el rumbo, ya que la posibilidad de alcanzar los soñados diez millones era prácticamente imposible. Realmente aquellos errores, sobre todo en la economía, comenzaron a rectificarse apenas concluir la zafra, como si se hubiera estado pensando en ellos desde mucho antes.

Al hurgar en la raíz de la MF sale a la luz la falta de cultura del debate franco y abierto de las opiniones contrarias en el seno del partido y la Revolución; aspectos que la MF, formada por burócratas de la vieja escuela estalinista, intentó sustituir por la conspiración, la manipulación y el cabildeo, más cercanos a la cultura cortesana que a la actitud franca y abierta de los verdaderos revolucionarios.

[1]Ver, de Raúl Castro, “Informe de la Comisión de las Fuerzas Armadas y Seguridad del Estado al Comité Central del Partido”, publicado por Prensa Latina en enero de 1968.

Develando el género: un debate contemporáneo

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A lo largo de la historia, en las sociedades patriarcales se han establecido etiquetas sociales que limitan las potencialidades humanas en función de su adecuación de género. En la humanidad ha predominado el cacicazgo masculino; el hombre constituyó el sujeto histórico dominante y la mujer se convirtió en la dominada. Mediante la dicotomía de lo masculino-femenino se adjudican valores con significaciones antagónicas que, junto a otras categorías como estatus social, raza, nacionalidad, sexualidad, agudizan los niveles de discriminación presentes en las relaciones de poder.

En la red persisten criterios en torno a estos temas, pero han mostrado ambigüedades que suscitan las siguientes interrogantes; ¿cuáles son los orígenes de género y sexualidad? ¿Cuál es su utilidad para el logro de una sociedad más inclusiva? ¿Qué rol debe ocupar la familia, instituciones educativas y culturales, medios de comunicación, poder eclesiástico, el gobierno y la ciencia en la deconstrucción de patrones tradicionales de género y sexualidad?

Durante la segunda mitad del siglo XX ocurría un hecho sin precedentes; movimientos feministas anglosajones develaban los estudios de género. Estereotipos sociohistóricos asignados a hombres y mujeres -junto a roles, identidades y espacios de socialización- fueron planteados como construcciones culturales, desvirtuándose el carácter «natural» e «inamovible» con que se habían enmarcado hasta ese momento. Parafraseando a Simone de Beauvoir «No se nace mujer: se llega a serlo»; ser mujer/hombre y lo femenino/masculino no dependen de la biología per se, obedecen a patrones socioculturales y educativos que pueden cambiar bajo los efectos del ser humano.

Como expone Reina Fleitas «el género devino entonces un concepto que se refería a construcciones o pautas culturales que habían incidido en la formación de una identidad femenina subordinada, mientras el sexo quedaba para explicar los procesos biológicos diversos del ser mujer frente a los del hombre, los cuales atenido a su carácter natural no determinaban diferencias de posición social». No se trataba de ignorar las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, sino que el mal considerado «sexo débil» no continuara en condiciones de «utillaje».

A medida que se profundizaban los estudios de género, aparecían otros problemas que complejizaban las concepciones teóricas y la sexualidad mereció espacios diferenciados de análisis. La teoría queer– término cuyos significados que se ajustan a este particular «extraño», «raro», «invertido», «tarado», «desviado»- fue muy útil para que la comunidad LGBTI de los años 90 llamara la atención sobre la existencia de una sexualidad que había sido considerada «pecaminosa» o «criminal» al transgredir la visión social basada en la heteronormatividad (normas establecidas donde se impone un modelo hegemónico heterosexual). Siendo Judith Butler una de sus principales representantes, se partía del presupuesto que si el género y la sexualidad eran construcciones socio-históricas y culturales, la liberación sexual era posible.

En Cuba, si bien la familia, instituciones educativas y culturales, medios de comunicación, poder eclesiástico, el gobierno y la ciencia han representado canales expeditos para legitimar y reproducir visiones tradicionales al respecto; no se pueden obviar los cambios evidenciados en los últimos tiempos. Ello resulta plausible pues constituyen vías certeras en la aplicación de acciones educativas y culturales, fundamentales para influir en el imaginario social y que se adopten posiciones a favor de las denominadas «sexualidades periféricas».

En el caso del poder eclesiástico, las Iglesias de la Comunidad Metropolitana (ICM) han actuado como contraparte a posturas tradicionales adoptadas dentro de la Iglesia Católica y otros devotos de la fe cristiana. Un estudiante me comentaba las manifestaciones públicas adoptadas por algunos «extremistas», que utilizan a Dios como «fachada» para esconder posiciones homofóbicas. Le preocupa que esos hechos recientes sean analizados como estados de opinión y presionen a la sociedad cubana y el gobierno, cuando en realidad no todos los católicos y cristianos asumen actitudes tan «retrógradas».

Sus preocupaciones pueden tener fundamento, a juzgar por criterios que persisten en algunos «corrillos políticos». Al interior del Partido Comunista de Cuba (PCC) coexisten varias posiciones; algunos consideran a los integrantes de la comunidad LGBTI como personas de «dudosa moral»; otros reconocen la necesidad de respetar sus derechos, pero no creen que deban ser centro de atención del gobierno ante problemas más concretos; existen casos que deciden no expresar sus opiniones quizás como resultado de una «educación machista»; y otra posición aboga por el amparo jurídico de sus derechos y que expresen su sexualidad sin ser objeto de tabúes y manifestaciones de discriminación.

Esperemos que enfoques políticos anclados en el tiempo no se interpongan; remover construcciones sociohistóricas y culturales sobre género y sexualidad, aprehendidas y reproducidas socialmente, pudiera conducirnos a posiciones más acertadas en la sociedad cubana. Resulta insoslayable «tirar de los hilos» para motivar a una reflexión colectiva; ¿sojuzgar, limitar?consensuar y tolerar, verdaderas claves para el debate contemporáneo.

El Estado Socialista de Derecho

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Art.1: “Cuba es un Estado socialista de derecho, democrático, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos…”

Así, con el enunciado exergo, se inicia el nuevo Proyecto de Constitución de la República de Cuba que, desde el pasado 13 de agosto y hasta el 15 de noviembre del año en curso, ha comenzado una etapa de discusión popular, masiva e inédita en relación a otras partes del mundo. Pero, más allá de lo novedoso de su formulación, convendría recordar cuándo surge el término “estado de derecho”, cómo es entendido política y académicamente hoy y qué de particular puede tener su empleo en el contexto actual de construcción del modelo económico y social cubano.

La expresión Estado de derecho, en términos convencionales, es equivalente al concepto hispano “imperio de la ley” o a lo que los anglosajones denominan “Rule of law” que significa regular la existencia del Estado a partir de leyes concretas[1]. Pero aunque algunos autores se refieren a Inmanuel Kant como precursor intelectual del concepto[2], tampoco es falso que su origen etimológico parece remontarse a la doctrina alemana del “Rechtsstaat” (Estado constitucional o de derecho) que se hizo pública, próximo a la segunda mitad del siglo XIX, para oponer el naciente estado burgués a la política estatal aristocrática[3].

El Estado de derecho, sin embargo, vinculado, sobre todo, a resaltar valores de los sistemas políticos capitalistas, pero utilizado también para denigrar la legitimidad de estados como China, Vietnam, Corea del Norte o Cuba, ha sido presentado a través de dos dimensiones básicas.

Una primera dimensión, más formal, que hace depender el poder del Estado, con todas sus estructuras y funciones, de procedimientos legales establecidos, lo que no necesariamente excluye los llamados estados autoritarios[4] por su potencial apego a determinadas normas y regulaciones jurídicas[5]. Y otra dimensión, más compleja aún, predominante en los espacios políticos y académicos contemporáneos, y “cuantificada” por lo que se ha dado en llamar Índice del Estado de Derecho[6], que considera no solo la existencia formal de leyes que regulen, globalmente, el Estado, a través de sus estructuras, mecanismos y funciones, sino que normen también sus contenidos y límites, lo que llega a precisar, con mayor profundidad, su relación con el ciudadano en concreto y la sociedad civil en su conjunto.

Esta segunda manera de entender el Estado de derecho que, expresamente excluye los llamados estados totalitarios[7]y que, según los medios de difusión y la convicción conformada en millones de personas, suele llamarse “democracia plena”, se articula alrededor de tres ideas esenciales que no deben ser soslayadas:

  • Primero, la existencia de la división clásica de los tres poderes: Legislativo, ejecutivo y judicial que no solo cumplan funciones autónomas y diferentes, y despersonalicen las decisiones, sino que tampoco, por separado, puedan tener jurisdicción decisional sobre los otros poderes.
  • Segundo, la habilitación de un conjunto de mecanismos y procedimientos que, al tiempo que regulen, legalmente, la elección de representantes a las distintas instancias de poder del Estado, también normen, desde el punto de vista legal, las vías para revocarlo.
  • Y tercero, la garantía de que toda norma jurídica y cualquier funcionario del Estado cuando las aplica, respete, promueva y consagre los derechos esenciales que emanen de la naturaleza de las personas y de los cuerpos intermedios que constituyen la trama de la, tradicionalmente llamada, sociedad civil. Es lo que exige la existencia de regulaciones jurídicas que protejan a los ciudadanos (independientes o agrupados en empresas privadas o cooperativas,  ONG, iglesias, asociaciones sindicales, partidos políticos y, entre otros grupos humanos, los movimientos sociales) de los potenciales desmanes del poder público.

En este sentido, para legitimarnos, en Cuba, como “Estado de Derecho” y democrático, no basta con declarar políticamente que tenemos un Estado institucionalizado, con funciones y límites, bien diferenciadas legalmente, que nada tiene que ver con la  tripartición de poderes[8] defendida, en particular, desde Occidente. Tampoco es suficiente recordar que disponemos de una Ley (No.89/ 14-sept.-1999) de Revocación del mandato que, por diferentes causas, y a diferencia de la mayoría de los Estados, permite poner fin, en cualquier momento, a la condición de representantes públicos.

Además, no obstante ser cierto que disponemos de un amplio historial práctico de beneficios sociales, en las esferas de la salud, la educación, la cultura, así como en la seguridad y asistencia social, igualmente debemos probar que, desde el punto de vista legal, tampoco hay impunidad para ningún funcionario del Estado, en especial, cuando viola derechos ciudadanos plasmados en nuestra Constitución, lo que requiere un análisis más detallado.

[1]Según los autores J. Mark Payne y Pablo Alonso, para que exista un Estado de derecho debe coincidir que el Derecho, sea el principal instrumento del gobierno, que la ley sea capaz de guiar la conducta humana y que los poderes la interpreten y apliquen congruentemente. Ver: República del Perú: Evaluación de la gobernabilidad democrática. Madrid (2007): Universidad Complutense, Instituto Complutense de Estudios Internacionales. p. 66.

[2]Sobre todo, por ejemplo, a partir de su propuesta acerca de que los hombres tienen la obligación absoluta- imperativo conceptual- de regular su conducta y de su defensa del principio de separación de poderes en ramas legislativa, ejecutiva y judicial.

[3]Fue a partir de esa fecha, con la publicación del libro “La ciencia de la política alemana de acuerdo a los principios de los Estados de derecho” (Tübingen, 1833), de Robert von Mohl que comenzó a utilizarse el término. Para mayor precisión ver del autor Antonio Javier Abellán (2015), La doctrina del Estado de derecho. Montesquieu ha muerto, parte IV, http://entierradeinfieles.blogspot.com/2015/04/la-doctrina-del-estado-de-derecho.html> [10/2/2016].

[4]La Ciencias Política occidental considera “autoritario” a aquellas ideologías, movimientos y estados, cuyo liderazgo, no admite crítica. Se caracteriza por el abuso de poder en detrimento de las libertades ciudadanas. El término toma relevancia con el nacimiento del fascismo. Para ampliar ver: “Autoritarismo”, en Diccionario de la lengua española(23.ª edición). Madrid: Espasa (2014)

[5]Autores como Joseph Raz son partidarios de usar el término Estado de derechoen sentido formal, reduciendo el estado de derecho al principio de legalidad. Él decía: “Un sistema jurídico no democrático, basado en la negación de los derechos humanos, en una gran pobreza, en segregación racial, en desigualdad sexual y en la persecución religiosa puede, en principio, conformarse a los requerimientos del Estado cualesquiera de los sistemas jurídicos de las más ilustradas democracias occidentales. Esto no significa que este sistema sea mejor que aquellas democracias occidentales. Sería un sistema jurídico inconmensurablemente pero sobresaldría en un aspecto: en su conformidad al Estado de derecho”. Ver: La autoridad del Derecho. Ensayos sobre derecho y moral, 2ª ed., Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, (1985), México, pág. 264

[6]Según el World Justice Project (WJP), la referida segunda dimensión del Estado de Derecho “Justicia Mundial”, se mide por 47 criterios agrupados en los sgtes 8 parámetros: el control de los poderes gubernamentales; ausencia de corrupción; orden y seguridad; protección de derechos fundamentales; gobierno abierto; cumplimiento de la ley; acceso a la justicia civil; y acceso a la justicia penal (Project, WJP Rule of Law Index 2014, 2014), lo que hoy se evalúa en unos 100 países.

[7]El término “totalitarismo”, cuyo origen también se vincula al denominado estado “totalitario” que se promovió bajo el mandato del fascista Benito Mussolini en Italia, parece haberse empleado, por primera vez, a partir de 1941, para denominar al nazismo alemán. Una parte no despreciable de la literatura universal llama estados “totalitarios”, como otros autores los denominan “estados autoritarios”, a países donde, se considera, existe una negación de la libertad y los derechos individuales, desconociendo además la dignidad de la persona humana. Esa misma literatura no solo considera “estados totalitarios” a las monarquías absolutas, sino también a todas las experiencias de construcción del socialismo conocidas hasta hoy, comenzando por el mandato de Stalin en la antigua URSS.

[8]La tesis fue promovida por el Barón de Montesquieu, en su obra de 1789 El Espíritu de las leyes (Edit. Porrúa, México, 1992, p.104). Allí auguró acerca de la necesidad de crear toda una estructura del Estado, conformada por instituciones de carácter ejecutivo, legislativo y judiciales, que garantizara la existencia de un balance adecuado y justo, respectivamente, entre los poderes del Monarca, el parlamento y los jueces, de manera que ninguno impusiera sus prerrogativas sobre el otro.

Verdades de fe

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Algunos por ahí hablan de tener fe. Algo que después de 150 años de marxismo, es una vergüenza. El marxismo cuestiona verdades, no se dedica a aceptarlas, y mucho menos en actos de fe.

No han faltado en la historia de la humanidad sistemas de ideas que defiendan una verdad. Cada cual, por lo general se decía tenerla y más de una disputa se generó, en teoría, política o cualquier área. Llegó un momento, donde ante tantas “verdades”, no se podía distinguir cuál era la correcta. Tal dilema debía resolverse, y entonces se llegó a otro punto: estas debían ser demostradas.

Se llegó después a un nuevo problema: demostrar la existencia de Dios ¿Podía el hombre cristiano hacerlo para argumentar su fe él? Hubo dolores de cabeza en el feudalismo alrededor de tal ser trascendental, donde era muy común encontrar medievales discusiones “de esquina” sobre esto, hasta que uno de los grandes ideólogos de la iglesia, Santo Tomás de Aquino, sentenció que había verdades que se demostraban y otras, de fe. Problema resuelto, hay cosas que simplemente se aceptan, y una de ellas es Dios. Fue muy cómodo entonces exponer careciendo de argumentos, y apelar al todopoderoso.

Esto no duraría para siempre, con Descartes se iniciaba un movimiento de la filosofía moderna que partía de la duda, y cuestionaba. Siendo consecuente con ello explicó muy bien la existencia de Dios porque para él, tal verdad no podía ser solo de fe. Luego Kant, expuso que se podía probar la existencia de Dios, y también su no existencia. Entonces había un dilema para la razón, dos verdades tenían las mismas posibilidades de realizarse. Se podía creer con certeza que Dios existía, pero también que no, cada cual escogía la suya.

Por suerte, vino Hegel dudando de todo y resolvió eso: cada verdad solo tiene sentido dentro de un sistema teórico-lógico, y solo en estas existen. Por ahí le entró el agua al coco y Karl Marx, heredero y punto cumbre de la herencia hegeliana, continúo tal línea e intentó legar una gran enseñanza a lo que sería el marxismo: poner todo en tela de juicio. Con ello se iba más allá, se debían cuestionar las demostraciones, y el propio pensamiento que las generó.

Cientos de años transcurrieron para que estuviesen creadas las condiciones para el surgimiento de un materialismo dialéctico. Muchas escuelas y corrientes marxistas han tenido que desarrollarse para que este se ganara su lugar como ciencia. Pero todo eso se tira por la borda cuando algunos funcionarios y militantes comunistas comienzan a afirmar que hay cosas en nuestro sistema político -verdades políticas- que no es necesario demostrar.

Tal parece que estas personas ya no pueden siquiera demostrar su verdad y hacer que esta dialogue con otra. Han preferido regresar tan atrás en la historia, llegar al templo medieval junto a Santo Tomás, para afirmar que hay cosas en las que simplemente hay que creer, porque son verdades de fe, y acusar a quien no las crea, de su falta de esta.

¿Y el legado de Karl Marx? Debo reafirmar entonces que trocarlo con Santo Tomás de Aquino, en un país abiertamente marxista es una vergüenza, por razones obvias. En política tampoco puede haber verdades de fe.