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The theory of the last push

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One last opportunity, a plan that will solve everything, one last push. The Cuban exiles hold on to the hope that this time they will manage to change the prevailing political system in the island. Meanwhile, the Granma newspaper announces a legislative timetable which excites its readers. On both shores, there’s a long history of exaggerated optimism and promises with an expiration date, infallible thanks to the short-term memory of the people. J. R. R. Tolkien said that false hope is more dangerous than fear, that’s why it’s worth pointing it out.

When you want to believe in something, doing it over and over is easy. The patience of those who watch the NTV and Fox News is infinite. For that reason, they don’t question the promises Trump made in 2017 or that his results with Cuba are nothing more than propaganda aimed at securing votes. In the island, they don’t speak either about the current economic and social guidelines, whose observance should be media priority. Public attention has a teen spirit, always moving to the next topic in vogue.

That a political group creates an optimistic narrative to energize its followers is nothing new, but that its leaders believe it is. The Cuban government structure gets genuinely excited with the campaign of the moment. Meanwhile, exiles continue to build their identity around an anticommunism stuck in the Cold War, with a memory of Cuba frozen in time and frequent lack of empathy for their fellow compatriots.

Batista’s followers left Cuba thinking they’d be back home in a matter of days. They put their faith in Eisenhower’s trade restrictions, in Kennedy’s invasion and embargo, and so on with ten other presidents. When the socialist bloc crumbled, they took out their bags to return to Cuba, until they had to put them back in their closets. When Bush included the island in his axis of evil, they were perhaps more cautious, but the excitement was there. They day that Trump announced the return to a firm-hand policy, there were tears of emotion in Florida. John Bolton found it easy to go to Miami in 2018 and promise Latin American exiles that the troika of Venezuela, Nicaragua and Cuba would soon collapse; the hard part would be delivering. After a year and a half, Maduro’s government has a stronger hold on power and street protests no longer affect Ortega. In Cuba there are shortages, but the people is far from rebelling, and the conservative sectors within the Party and the government are getting increasingly better positioned.

Ever since Cicero, all political discourses ask their followers one of two things: believing in something or doing something. Cuban exiles have tried both once and again, and still today they place their faith in the will of the current American president, instead of having a dialog with Havana. It’s not much different in the island.

The dreams of a prosperous sugar harvest, a poultry industry that never existed, an infallible energy system or a country of matchless culture, largely remained just dreams. The recent faith in a reform process, in the national debate that engendered the guidelines and in the normalization of relations with the empire were not reciprocated either. Some dreams were not fulfilled due to problems related to the country leadership, other because there were no conditions to do so, others because of external obstruction and even some others by chance. However, unthinkable goals such as the biotechnology development area or subsistence during the 90s crisis, became true. Perhaps the best kept promise has been the one of continuity.

There’s a reason why we always find a new plan: to keep the public interest alive in the cause being defended. In order to do that, it is necessary to excite the public with an objective that’s apparently at hand. Regardless of history proving otherwise, emotion is what matters in politics. The theory of the last push in Miami prolongs the conflict between both countries, and in Cuba it obstructs a long-term look at the island’s problems. When pathos replaces reason and false hopes become the currency, we must alert the public opinion. That’s also our last push.

(Translated from the original)

Ministro, ¿y qué vamos a hacer?

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Por: Tony Antigua
El Ministro de Economía Alejandro Gil gasta un tercio de su entrevista en argumentar los daños del bloqueo. Está bien, ya sabemos que es para una televisora extranjera, pero el pueblo cubano que es el verdadero objetivo del bloqueo, conoce esto muy bien. Y en la Florida, donde están sus promotores y mayores defensores, están muy contentos por el daño que nos han inflingido con esta vuelta de tuerca.
La hipótesis de cómo y cuánto nos desarrollaríamos sin bloqueo es totalmente retórica. Eso no ocurrirá. No van a levantar el bloqueo.
La economía cubana es ineficiente, muy ineficiente y el bloqueo tiene buena parte de culpa. Bueno, parece necesario un milagro para que Sanders gane la nominación demócrata, digan lo que digan las encuestas. Y sería necesario otro milagro para llenar el Congreso de Alexandras Ocasio. Dos milagros necesitamos. Tres, en realidad, porque si se diera el primero, necesitaríamos otro milagro para que en los Estados Unidos ganara la presidencia un candidato que se dice socialista, por más que se explique socialdemócrata y se desmarque del estalinismo.
El verdadero planteamiento que al menos yo quisiera escuchar del Ministro es: bien, el bloqueo existía cuando yo nací y existirá. ¿Qué vamos a hacer?
Una economía que crece al 0.5 %, decrece en términos relativos. Por otra parte habría que tomar en cuenta la real depreciación de los activos fijos tangibles, que en Cuba cuando están totalmente despreciados se vuelven a valorizar, con lo cual el capital de trabajo nunca desciende a pesar de que las capacidades instaladas sufran los que antiguamente (no sé ahora) los profesores llamaban desgaste físico y moral de la tecnología.
Me gustaría una explicación técnica de cómo se contabiliza el deterioro de las edificaciones y como eso se toma en cuenta en los índices de crecimiento. Con el debido respeto, la calle desmiente al optimismo del Ministro en cuanto la posibilidad de mantener nuestros logros. La salud, la educación, el deporte, la vivienda, el empleo, se están deteriorando. La sociedad lo resiente. Y la cultura.
Lo que se plantea, o al menos es lo que yo entiendo, es una versión nueva de lo mismo que se ha hecho antes.
Cuando el Ministro habla de darle una oportunidad a la gestión estatal en Gastronomía, habla de volver a experimentar con lo que ha fallado una y otra vez en los últimos 50 años. Mientras en esa persistencia se gastan recursos y más recursos que poco tiempo después aparecen malgastados, las empresas estatales verdaderamente necesarias, como aquellas que gestionan los recursos naturales del país, están asfixiadas por la carencia de esos mismos recursos.
Hay que destrabar todo y veremos. Porque me gustaría ver a una empresa estatal sin burocracia, pero no sé como seria si cada dólar tuviera que pagarlo a 25 CUP. Hay que trabajar para potenciar la empresa estatal, aunque también me gustaría ver una política de promoción real del cuentapropismo, que no ponga a este más estrés que el que ya tiene. Son complementarios y necesarios.
El pueblo lo dejó claro en los lineamientos hace ya demasiados años.
Podría seguir porque hay más cosas, pero para qué, aquí no parece que vaya a cambiar nada.

La teoría del último impulso

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Foto: Cato K/CBS Miami

Una última oportunidad, un plan que solucionará todo, un último impulso. El exilio cubano se aferra a la esperanza de que esta vez logrará cambiar el sistema político imperante en la isla. Mientras, el periódico Granma anuncia un cronograma legislativo que ilusiona a sus lectores. En ambas orillas existe una larga historia de exagerado optimismo y promesas con fecha de expiración, infalibles por la memoria a corto plazo de su pueblo. Decía J. R. R. Tolkien que la falsa esperanza es más peligrosa que el miedo, por eso vale señalarla.

Cuando se quiere creer en algo, es fácil hacerlo una y otra vez. Es infinita la paciencia de los que ven el NTV y Fox News. Por esa razón, no se cuestionan las promesas que hizo Trump en 2017 y que sus resultados con Cuba no vayan más allá de medidas propagandísticas para ganar votos. En la isla tampoco se habla de los lineamientos económicos y sociales vigentes, cuyo cumplimiento debería ser prioridad mediática. La atención pública tiene espíritu adolescente, siempre pasando al tema de moda.

Que un grupo político cree una narrativa optimista para energizar a sus seguidores no es nada nuevo, pero que sus dirigentes lo crean sí lo es. La estructura gubernamental cubana se emociona genuinamente con la campaña de turno. Mientras, el exilio sigue construyendo su identidad alrededor de un anticomunismo atascado en la Guerra Fría, con una memoria de Cuba paralizada en el tiempo y frecuente falta de empatía a sus compatriotas.

Los batistianos salieron de Cuba pensando que regresarían a casa en cuestión de días. Pusieron su fe en las restricciones comerciales de Eisenhower, en la invasión y el embargo de Kennedy, así hicieron con diez presidentes más. Al derrumbarse el campo socialista sacaron las maletas para regresar a Cuba, hasta que volvieron a guardarlas. Cuando Bush incluyó a la isla en su eje del mal quizás fueron más precavidos, pero no faltó la emoción. El día que Trump anunció el regreso de la mano dura, hubo lágrimas de emoción en la Florida. A John Bolton le resultó fácil ir a Miami en 2018 y prometer a exiliados latinos que la troika de Venezuela, Nicaragua y Cuba se derrumbaría pronto, lo difícil sería lograrlo. Después de año y medio, el gobierno de Maduro está más sólido en el poder y las protestas callejeras ya no afectan a Ortega. En Cuba hay escasez pero el pueblo está lejos de una rebelión y los sectores conservadores dentro del Partido y el gobierno se posicionan cada vez mejor. 

Desde Cicerón, todo discurso político pide a sus seguidores una de dos cosas: creer en algo o hacer algo. El exilio cubano ha intentado ambas una y otra vez, aún hoy sigue depositando su fe en la voluntad del presidente estadounidense de turno en lugar de dialogar con La Habana. En la isla tampoco es muy distinto.

Los sueños de una zafra benefactora, la industria avícola que nunca existió, el sistema eléctrico infalible o un país de cultura inigualable, por lo general quedaron en eso. Tampoco fue reciprocrada la fe reciente en un proceso de reformas, en el debate nacional que dio lugar a los lineamientos y en la normalización de relaciones con el imperio de turno. Algunos sueños no se cumplieron por problemas vinculados al liderazgo del país, otros porque no habían condiciones para hacerlo, otros por zancadillas externas y algunos por azar. Sin embargo, metas impensables como el polo biotecnológico o la subsistencia durante la crisis de los 90, se hicieron realidad. Quizás la promesa mejor cumplida haya sido la de continuidad.

Hay una razón por la que siempre encontramos un plan nuevo: mantener vivo el interés público en función de la causa que se defiende. Para hacerlo es necesario ilusionar a la audiencia con un objetivo aparentemente cercano, no importa que la historia demuestre lo contrario, en política la emoción es lo que impera. La teoría del último impulso en Miami prolonga el conflicto entre ambos países y en Cuba impide una mirada a largo plazo sobre los problemas de la isla. Cuando el pathos sustituye la razón y las falsas esperanzas se vuelven moneda de cambio, debemos alertar a la opinión pública. También en un último impulso.

Las leyes que faltan

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A riesgo de ser declarado persona no grata por nuestros legisladores amateurs ?tan ocupados en sus profesiones reales y ahora atiborrados al tener que cumplir con el intenso cronograma de leyes complementarias en sus apenas dos sesiones anuales de quince días? debo decir que hay unas cuantas leyes adicionales que han de aprobarse y que no deberían ser postergadas para el período post 2022.

Lo peor es que ni siquiera están comprendidas en el plan y cronograma dados a conocer cuando ya deberían estar funcionando hace rato. Por ahora solo me referiré a tres que considero imprescindibles; de ellas dos son económicas: la ley de quiebras y la ley antimonopolio, la otra corresponde a la superestructura: la ley de cultura.

La ley de quiebras pudiera estar incluida en la tan añorada ley de empresas de abril de 2022, pero parece que esta figura ni siquiera está prevista en nuestro futuro mecanismo económico. Hoy no existe ningún otro país, capitalista o socialista, que no prevea el estado de quiebra ?o bancarrota?, y cómo se debe actuar ante la declaración oficial de quiebra de una persona, empresa, o institución.

El hecho de que en Cuba apenas se hable del tema es casi increíble, más si se tiene en cuenta el carácter ineficiente de la producción en numerosas empresas. Es cierto que las distorsiones contables provocadas por la doble moneda y las múltiples tasas de cambio hacen casi imposible delimitar cuáles empresas son realmente eficientes; pero cuando se unifiquen en un futuro inmediato: ¿cómo se atenderán las numerosas quiebras que ocurrirán? Acaso no es mejor prever esto antes de que llegue la hora de los mameyes.

El artículo 26 de la Constitución del 2019 dice que las empresas: “responden de las obligaciones contraídas con su patrimonio, en correspondencia con los límites que determine la ley. El estado no responde de las obligaciones contraídas por las entidades empresariales estatales y estas tampoco responden de las de aquel”. Mas, tradicionalmente el gobierno cubano ha movido el dinero a su antojo de una a otra entidad suya. ¿Ya se acabó con esa práctica?

Si el Estado es el propietario y una empresa cae en quiebra, o en una cesación de pagos: ¿Quién responderá por lo ocurrido ante clientes, suministradores y trabajadores? Por demás, la economía cubana es cada vez más plural. Hoy los TCP tienen que seguir pagando sus impuestos puntualmente tengan o no ingresos; las UBPC y CPA no pueden reclamar al MINAG por sus incumplimientos contractuales ante los tribunales; y las cuentas por cobrar y pagar fuera de tiempo continúan acumulándose. Acaso una ley de quiebras no contribuiría a poner orden en un estado de cosas que, a todas luces, tiene que desaparecer para que la economía se encarrile definitivamente.

La ley antimonopolio es otra constante en las legislaciones actuales de casi todo el mundo, incluidas las de China y Viet Nam. Martí y Lenin coincidieron en que el monopolio en la economía solo conduciría al parasitismo y la descomposición. La práctica económica cubana, con el predominio de grandes empresas estatales ineficaces e ineficientes en numerosas ramas, es una constatación histórica de que esa aseveración nos acompaña cada día.

El objetivo de las legislaciones antimonopolio ?garantizar la competencia entre los proveedores para proteger los derechos de los consumidores en el mercado? es imprescindible en condiciones de una economía multisectorial y de mercado, aunque este sea socialista y planificado. Incluso, las empresas competidoras pueden ser solamente estatales, siempre que tengan suficiente autonomía para acudir al mercado de manera independiente.

Por su parte, en los predios de la cultura constantemente aparecen fenómenos nuevos y de alta complejidad, como corresponde al carácter subjetivo e interpretativo de esta esfera. Mas, la política cultural cubana nunca ha quedado plasmada en un documento concreto[1] y, peor aún, tampoco existe una ley que establezca el marco jurídico para desarrollar la rica e intensa vida cultural que caracteriza a nuestro país.

Periódicamente ocurren en el campo cultural distorsiones e incidentes que traen consigo protestas y debates que involucran al MINCULT, instituciones, creadores y público en general. Casi siempre se resuelven mediante imposiciones y/o negociaciones entre las partes hasta alcanzar un consenso. ¿Acaso no es hora de que Cuba cuente con una ley de cultura que precise los deberes y derechos de todos los sujetos –públicos y privados? en este campo como corresponde a un Estado de Derecho y a una esfera que es escudo de la nación?

[1] Los que se consideran documentos principales de la política cultural de la Revolución son: la intervención de Fidel conocida como “Palabras a los intelectuales” (1961); la “Declaración Final del Primer Congreso de Educación y Cultura” (1971), que dio inicio al Quinquenio Gris; y la “Tesis y Resolución sobre cultura artística y literaria” del I Congreso del PCC (1975). Todos anacrónicos en el contexto actual de la sociedad cubana.

Las palabras, las promesas y los hechos

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Foto: Escambray

Ciertamente es imposible determinar en la actualidad los grados de homogeneidad, diversidad y solapamiento, el peso de las distintas ideas políticas, filosóficas, económicas y sociales que convergieron y definieron inicialmente los contenidos y alcances del anteproyecto constitucional, o interpretar en su totalidad, más allá de los documentos que se han hecho públicos, los factores e intereses políticos que direccionaron al Partido Comunista de Cuba (PCC) a redactar una nueva Constitución, o lo que suele ser históricamente más revelador, las ideas y motivaciones reales de muchos de los actores y participantes en el proceso.

Tampoco es posible evaluar de las informaciones de que se disponen, el papel que realmente jugaron en los cambios que con posterioridad al proceso de consulta popular sufrió el anteproyecto constitucional[1], o cómo fueron percibidas desde el Estado cubano y su aparato político:

1) las dinámicas de participación y de auto-organización que generó el proceso constitucional alrededor de la interpretación y discusión de los contenidos y los alcances de sus artículos;

2) la incertidumbre de cómo se expresarían las tendencias sociales en el referéndum y el peso del pragmatismo ante los objetivos a lograr en términos de índices de aprobación y de una legitimidad deseable para el texto constitucional;

3) la necesidad de sortear las resistencias que algunos de sus artículos generaron y la negociación interna de lo políticamente posible en las formas de presentar los contenidos constitucionales y concatenarlos sistémicamente;

4) la necesidad de manejar en un escenario post constitucional el abanico de aspiraciones, metas y exigencias democráticas provenientes de nuevos imaginarios y subjetividades ciudadanas surgidos como resultado de un proceso de cambio social en relación a las relaciones con el Estado y del funcionamiento de este y de la sociedad en su conjunto.

Sin embargo, es razonable asumir de los elementos de que se disponen, que la urgencia de acometer la modernización del Estado cubano y la creación de un imprescindible marco normativo e institucional preparado para absorber y canalizar un creciente número de disfuncionalidades, contradicciones y desafíos provenientes de las áreas social, política y económica, puede haber sido un elemento esencial de los presupuestos de un elaborado y pacientemente ejecutado proceso de transición de una generación política a otra.

Ello permitió la identificación y uso de lo constitucional y su posterior normatividad e institucionalización, como el eje de los plazos, ritmos y sobre todo del control de un proceso de transición hacia un nuevo régimen político y económico del Estado cubano, capaz de procurarle a este, y a las características esenciales de su sistema político, la estabilidad necesaria para la continuidad de su funcionamiento.

De hecho, la definición del tramo final del proceso de recambio generacional, cuyo punto de consolidación máxima puede ser ubicado dentro de aproximadamente una década, cuando concluyan los dos mandatos constitucionales del actual presidente cubano, puede demostrar hasta qué punto estamos ante un ejemplo de planificación política estratégica en el que lo constitucional no es un punto de arribo final, sino un espacio organizativo que secuencia el diseño general de un proceso político implementado a partir de objetivos, directrices, exigencias y límites muy específicos.

De todas formas, la introducción dentro del cuerpo de la Constitución del 2019 –por primera vez en sesenta años, junto al término de derechos humanos—  de la noción de Estado de Derecho como el elemento distintivo de la misma y de la configuración del Estado cubano[2], así como la ampliación del catálogo de derechos que en ella se hace, conjuntamente a la definición de mecanismos de garantía y defensa de los derechos, es de tal importancia, que rebaza y complejiza extraordinariamente su función organizativa inicial, para constituirse en la zona central de surgimiento de una dinámica de innovación, cambio y desarrollo para el Estado, pero también para la sociedad cubana.

El hecho mismo de que el discurso político gubernamental cobijase esa noción, por lo menos durante el proceso constituyente, fue por otra parte no solo fundamental en su abrupta introducción dentro del discurso político popular, sino también en la progresiva activación y manejo por muchos individuos de un conjunto de conocimientos, experiencias o referentes que provenían tanto del pasado histórico cubano y su fuerte tradición constitucionalista, del fracaso del modelo de Estado que resultó del ensayo del socialismo en el siglo XX, como de las influencias de los procesos políticos que generaron lo que se conoció en términos académicos como el nuevo constitucionalismo latinoamericano.

Como dijera Ariel, un entrevistado, “Ver a Chávez –Hugo Rafael Chávez Frías— por la televisión nacional, primero jurando sobre un Constitución moribunda, y luego teniendo e invocando un diminuto ejemplar de la Constitución venezolana en sus manos en cada discurso, nos dijo a los cubanos que una Revolución podía ser también constitucional. Verlo fue para nosotros una experiencia fascinante, aquí nunca nadie había hablado de la Constitución”.

La afirmación de este ex maestro de 47 años, puede ser ilustrativa de la data de difusión en la sociedad cubana de ideologías cargadas de nuevas ideas políticas y comprensiones del mundo que son disruptivas en buena medida de la experiencia estatal cubana y de las relaciones de los individuos con el entramado de base y medio del Estado cubano, pero también de la importancia y calado en la ideología popular de una tradición política estado centrista y su cultura, que subestimó y desechó la importancia del Derecho como instrumento de interacción en la vida cotidiana y de control de las actuaciones de los funcionarios.

Sin embargo, la evolución de la dinámica de innovación y cambio a que nos referimos, en el contexto de un conjunto de exigencias y demandas de modernización y eficacia social y política que espolean tanto al Estado como a la sociedad, puede expresarse en el predominio o equilibrio de dos tendencias que pueden darse en la implementación del Estado de Derecho en Cuba.

Una en la que este funcione como el soporte de la innovación-cambio-continuidad del sistema político que persigue el proceso desde la óptica gubernamental, que intenta ser, tanto una respuesta política viable a la incorporación, armonización y regulación de muchas de las exigencias que provienen del cambio social que se ha verificado en Cuba, como proporcionar un modelo funcional de sociedad organizada que no rete el orden político existente; la otra, en la que el Estado de Derecho proporcione en las libertades, derechos y garantías reconocidos en el texto constitucional, recursos a la creatividad política y social que pueden ser empleados por sectores, grupos e individuos en la sociedad cubana para la transformación de su realidad y la consecución de metas y aspiraciones, tanto como para evitar interferencias no deseadas, e infames, en el desarrollo de sus proyectos de vida.

Del equilibrio de dichas tendencias de desarrollo del Estado de Derecho pudiera resultar:

  1. la rezonificación y el reforzamiento de la legitimidad de la autoridad política en un ámbito constitucional.
  2. Desarrollo de un prototipo de estructura gubernamental –y de gobernanza— altamente centralizado, capaz de allanar y permitir concretar rápidamente la transformación económica deseada, al mismo tiempo que posibilita intervenir a través de políticas públicas para arbitrar y balancear contradicciones sociales previstas.
  3. el manejo factible de las contradicciones, desigualdades y la intensa conflictividad que se generen de la expansión de un nuevo modelo económico, reencausándolas y despolitizándolas a través de la posibilidad del establecimiento de demandas jurídicas individuales a tramitar y resolver por el sistema judicial.
  4. Dimensionamiento y desarrollo axiológico de la cultura constitucional como un elemento integrante de la cultura política.
  5. reforzamiento del sentido de la autonomía y la autodeterminación de los individuos como parte de la identidad y la cultura política ciudadana; de las iniciativas cívicas y su capacidad de auto organización, asociación y concertación como prácticas inherentes a la sociedad civil y derivadas de la participación y socialización de sujetos motivados a obtener un grado óptimo de satisfacción de sus intereses personales y de la colectividad, mediante la gestión de las libertades, derechos y garantías que reconoce la Constitución y su conversión en valores.
  6. Redimensionamiento de la esfera pública y legitimación del proceso de democratización de las relaciones individuo-Estado.
  7. Juridificación de las relaciones individuo-Estado, y fortalecimiento de las instituciones públicas dentro de un sistema comunicacional que permita la producción, transmisión y circulación de informaciones y acciones políticamente relevantes y necesarias para el funcionamiento político de la sociedad.

La existencia actual de un plan legislativo cuyo cronograma y cumplimiento parece perfectamente ajustado al papel asignado a la Constitución y sus leyes complementarias dentro del proceso de transición, subraya la importancia que le es concedida gubernamentalmente al manejo de los tiempos políticos dentro de esta, pero también el valor específico que tienen –y tendrán cada vez más— las expectativas que genera la realización del Estado de Derecho para individuos y grupos, y su creciente trascendencia para credibilidad del discurso político, y como matriz de evaluación ciudadana de las funciones estatales y de la responsabilidad de los funcionarios públicos.

En tal sentido, el desarrollo de una inédita estrategia comunicacional estatal sobre ese despliegue legislativo y la rearticulación y los cambios institucionales que son necesarios al funcionamiento del Estado de Derecho constituye un vigoroso estímulo de tales expectativas, que coexiste con la ampliación de la esfera pública cubana que ha significado la democratización del acceso a Internet y las redes sociales.

La capacidad de esta última para contener y facilitar debates y propuestas, críticas y sobre todo la interacción efectiva entre individuos, ha producido un significativo flujo migratorio de la participación política física al espacio virtual, empero ha proporcionado una plataforma de denuncia y socialización de situaciones, acciones u omisiones que vulneran los derechos de individuos, así como de interpelación a funcionarios e instituciones en condiciones de inmediatez y transparencia completamente nuevas.

Cuando estamos próximos a cumplir el primer año de la Constitución de 2019, esas expectativas, el arranque y puesta en funcionamiento del Estado de Derecho de los ciudadanos y su propia defensa, lidian con el valor cultural y las resistencias de un núcleo de creencias derivado de prácticas, trasiegos y reproducciones culturales realizados por individuos, o élites de función dentro del aparato gubernamental y político cubano, causante que en muchas ocasiones, decisiones administrativas, o judiciales, que atañen a cuestiones trascendentes a los derechos y los proyectos de vida de los ciudadanos, o de individuos, sean tomadas en función de instrucciones gubernamentales, o de políticas no acordadas públicamente que obedecen a circunstancias y coyunturas de diverso tipo, pero también a intereses personales de funcionarios que actúan, o se abstienen de actuar, teniendo en cuenta diversos factores extrajurídicos.

La supremacía de los principios, valores y normas establecidas por la Constitución, la correspondencia y subordinación a ella de todos los actos normativos y administrativos del Estado, de sus funcionarios y empleados, tanto como la garantía, defensa y restablecimiento de los derechos constitucionales de los ciudadanos mediante procedimientos legales preferentes, expeditos y concentrados que en la mayor brevedad y con plena prioridad a otros procedimientos pongan fin al quebrantamiento de derechos que se postulan en el texto constitucional, proponen ciertamente un orden distinto de las cosas, pero también la necesidad de una contracultura que en términos de desarrollo de la institucionalidad sustente además la existencia de un poder judicial capaz de ejercer su función sin interferencias estatales o políticas al conocer estos procedimientos y el apego a la norma constitucional de los jueces actuantes.

Obviamente la coexistencia temporal de estas dos tendencias del desarrollo del Estado de Derecho, su predominio o equilibrio, definen dos variables que pueden describir el curso de desarrollo de un nuevo arquetipo de Estado, su plasmación práctica y la confianza política que sea capaz de generar en sus ciudadanos, pero solo a partir de la real eficacia jurídica, social y política que alcance la Constitución del 2019.

Lograr esto último es el auténtico desafío. Como se sabe, las palabras y las promesas suelen ser una hermosa ilusión de la realidad, pero solo los hechos lo son. Es con ellos que dialogan nuestros sueños.

[1] De acuerdo a las informaciones oficiales en el proceso de consulta popular se realizaron 133 681 reuniones desglosadas en: 79 947 de la población, 45 452 de colectivos de trabajadores, 3 441 de campesinos, 1 585 de estudiantes universitarios, 3 256 de estudiantes de la enseñanza media. En ellas se realizaron 1 706 872 intervenciones, de ellas, 783 174 fueron propuestas, de las cuales se derivaron: 666 995 modificaciones, 32 149 adiciones, 45 548 eliminaciones, siendo planteadas 38 482 dudas, de acuerdo a tortuosa metodología de análisis seguida del Grupo de Trabajo que manejó y presentó las estadísticas del proceso. Significativamente el proceso estuvo abierto por primera vez en la historia constitucional revolucionaria a los cubanos residentes en el extranjero. Como resultado de ello fueron recibidas de 58 países, 1 150 modificaciones, 350 adiciones, 406 eliminaciones y 219 dudas sobre el texto propuesto. Ver en: http://www.granma.cu/cuba/2018-12-22/un-texto-enriquecido-con-el-aporte-del-pueblo-22-12-2018-01-12-24, (consultado agosto 2019).

[2] Indudablemente durante la vigencia de la Constitución de 1976 el Estado cubano puedo ser calificado, y en realidad fue durante mucho tiempo, un fuerte y eficiente proveedor de derechos socio económicos y culturales para la sociedad, sin embargo, jurídicamente, un balance crítico minimalista de esta etapa pudiera caracterizarla por 1) alto déficits de cultura jurídica, y específicamente constitucional, en la población cubana, 2) dispersión jurídica y existencia de una amplia urdimbre normativa administrativa asimétrica con las normas, los valores y principios constitucionales, 3) hipertrofia de las facultades administrativas discrecionales concedidas a los funcionarios dentro del Derecho Administrativo cubano, en detrimento de las facultades regladas, 4) subdesarrollo de las normas constitucionales y ausencia de mecanismos y de una jurisdicción constitucional que permitiese la garantía y defensa efectiva por los ciudadanos de los derechos consagrados por el texto constitucional.

Mujeres por cuenta propia

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Por un mundo donde seamos socialmente iguales,

humanamente diferentes y totalmente libres”

Rosa Luxemburgo

El último año en Cuba se ha caracterizado por grandes cambios estructurales, en busca de dinamizar la sociedad y formalizar la economía en sus transformaciones. Conseguir mayor productividad, beneficiar el sector financiero, rentabilidad e independencia del sector cuentapropista; se han enlazado con la necesidad de contemplar jurídicamente aspectos tales como la seguridad social y derechos de trabajo de quienes incursionan en este sector.

Según encuestas realizadas existen cerca de 600 mil trabajadores por cuenta propia hasta finales del año pasado. Cifras oficiales del Ministerio de trabajo y Seguridad Social, afirman que un 32% son jóvenes y un 36% mujeres. He aquí un dato interesante, a pesar de que las mujeres cubanas llevamos cinco decenios participando activamente en el mercado laboral, la desigualdad de género y su construcción social en este ámbito, se han visibilizado más notoriamente durante los cambios económicos fundamentales en las últimas décadas.

Momentos de quiebre fueron las depresiones económicas que surgen a partir de 1989, donde se agudiza una pirámide invertida en la cual las mujeres se vieron profundamente afectadas; siendo estas quienes en mayor número dejaron el trabajo remunerado para ocupar espacios de cuidado de la casa y de personas dependientes. Otro punto contrastante, fue la reapertura en 2010 de los empleos por cuenta propia. Las féminas constituyen un porciento mínimo de las licencias solicitadas, no llegando a alcanzar siquiera el 40% del total de los empleos privados, incluso en las últimas estadísticas del 2019.

¿Serán menos emprendedoras las mujeres que los hombres?

Quizás la respuesta haya que buscarla en la relación entre la base estructural de la desigualdad de género y la construcción social de las relaciones individuales.

Sobre las bases de tres elementos fundamentales, se van permeando las relaciones interpersonales que iluminan muchos aspectos que componen las sociedades modernas tal como las percibimos: El Estado, La familia y El mercado. A través del Estado se regula la participación, la voz y los intercambios de poder a partir de la ciudadanía. La familia suele contemplar la vida emocional, la herencia, la reproducción y la identidad a partir del contrato conyugal. Mientras, el mercado regula los intercambios económicos y la valorización del capital humano.

A esta definición de Teresa Inchaústegui yo agregaría La Educación como otro pilar fundamental, más importante en el caso de Cuba, donde el sistema educativo llega a todas las personas con un plan de estudios unificado. Corremos con una ventaja hermosa, que debemos saber aprovechar.

Teniendo en cuenta la relación dialéctica de estos elementos y su importancia como formadores de sentido en la identidad ciudadana, intentaré encontrar respuesta a mi interrogante desde estas pautas.

Si hacemos un pequeño recorrido por las actividades aprobadas para el sector cuentapropista, vemos que en su gran mayoría están redactadas en masculino. Un pequeño detalle no menos significativo si hablamos de promover voces diversas en este sector. De igual forma se aprecia una falta importante de propuestas profesionales a desarrollar.

En este sentido entra en juego otro factor: los oficios como salida laboral poseen una carga machista dentro del imaginario social. Como en los juegos de la infancia, parecieran divididos en “cosas de niñas y cosas de niños”. Yo al menos no conozco carpinteras, plomeras, electricistas, aunque muchas saben hacerlo a la perfección.  ¿Por qué no formamos parte de ese sector tan bien pagado en Cuba?

Desde otra mirada de análisis, vemos cómo la mayoría de las tareas de menor rédito económico dentro de la paleta de empleos privados, son las que suelen emprender las féminas. Asociadas a roles de cuidado, atención al público o trabajos relacionados con las tareas domésticas.

desigualdad genero
Tomado de: Statista

Quizás muchas de las “normas” con las que crecimos nos han jugado una mala pasada: sabemos dirigir, somos mayoría de graduadas universitarias, pulpo a cuatro manos para cumplir una doble jornada; pero nos educaron fuera de la competencia laboral porque el hombre es quien siempre cumplía el rol de proveedor fundamental de la familia. No lo digo como un generalidad, si como una construcción patriarcal muy arraigada; al tal punto que a las madres solteras suelen decirles que han sido mamá y papá, como si necesitaran una existencia binaria que complemente.

Por otro lado, los proyectos de economía, no contemplan el trabajo no remunerado cubierto usualmente desde el hogar. Dentro de la jerarquía del mercado, las actividades que forman parte de la vida cotidiana poseen un reconocimiento menor, aunque a los efectos de bienestar social e incluso económico, suponen un valor cualitativo igual de necesario que el trabajo remunerado. Una tradición patriarcal liberal, de la cual Cuba no está exenta.

Según un análisis de la Encuesta sobre igualdad de género (ENIG,2016) existen diferencias significativas por sexo en el tiempo dedicado al trabajo no remunerado. Las mujeres emplean 14hs semanales en estas tareas, por encima de su contraparte masculina. Sin embargo, en cuanto al trabajo remunerado, ambos dedican similar cantidad de horas.

Esto constituye una doble jornada no reconocida, enmascarada de un lado tierno y de cuidado que supuestamente es inherente a la feminidad.  Donde ser “buena madre, esposa e incluso hija” implica resetear nuestro organismo luego de las 4 de la tarde; devolverlo a cero y enfrentar otra jornada. Capacidad biológica que supuestamente viene con nuestro sexo asignado al nacer.  Esta diferencia se duplica cuando vemos los resultados de la encuesta en personas que no se encuentran vinculadas laboralmente.

Por consiguiente, existe desigualdad en la carga laboral; condicionada por un conjunto de roles asignados, que a pesar de tantos logros siguen influyendo negativamente en la economía y la calidad de vida de las mujeres cubanas.

Pensemos qué sucede cuando una mujer decide dedicar más tiempo a actividades de desarrollo personal o recreativas. En primer lugar, gran parte de ellas puede alcanzarlo cuando les hijes ya crecieron; aunque esto nos las exenta de comentarios machistas sobre “estar desatendiendo el hogar” (comprendiendo hogar como familia, pareja, cuidado de la casa, adultos mayores, etc.)

En segundo lugar, quienes consiguen no emplear tiempo libre en estas tareas, suelen tener la posibilidad de que otra persona las realice: generalmente otra mujer. Basta con ver los anuncios de solicitud de trabajo de algunas páginas o revisar quién cuida al abuelo durante el día o limpia nuestra casa, si es que tenemos la posibilidad de pagarlo. Una cadena infinita, donde a través de generaciones se legitima la mano de obra femenina desde una mirada estigmatizada y menos valorizada en el mercado. Esta mirada se exacerba con la apertura del sector cuentapropista.

Respondiendo la pregunta inicial: Una doble jornada limita la disposición del tiempo para emprender un proyecto propio. La falta de una base monetaria, creada por esta misma dependencia económica, ya sea mayor o menor, lo asevera. Los estereotipos persistentes y la falta de versatilidad en las propuestas reducen las posibilidades: así si respondes a estos estereotipos de belleza, no tienes hijos, eres soltera y preferiblemente joven, quizás te contraten en buen empleo como adorno imprescindible.

Estamos sin dudas de acuerdo con Marx cuando señala el carácter económico de la producción doméstica como generador de valores de uso por medio de un trabajo. De una actividad humana transformadora. ¿Pero quién paga este trabajo? También cuando lo coloca en el foco de las relaciones de producción capitalistas, como sector explotado en detrimento del mercado.

Bien aplicamos sus tesis, al defender que la liberación de la mujer y su inserción en trabajos fuera del hogar, como elementos fundamentales dentro de la lucha de clases desde inicios de la revolución. Sin embargo, nuestro modelo nos ha demostrado que el patriarcado y sus formas de dominación, persisten aún sin el capitalismo. Es hora agrandar los postulados. Las relaciones de mercado cambiaron al abrir el juego y es necesario contemplar en las legislaciones futuras las garantías necesarias para que sea con todes y para el bien de todes.

De aquellos silencios a estos ruidos

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silencios
Foto: La Demajagua

“Acompáñennos en esta canción que podemos considerar el segundo himno nacional de Cuba”, le pide al público el trovador Adrián Berezaín.  Justo en el acorde donde florece la armonía de las cuerdas, entona junto a Mauricio Figueiral: “No te acuerdas, gentil Bayamesa/ que tú fuiste mi sol refulgente…”

Es la mañana del 10 de abril del 2019 en el Altar de la Patria… “Y risueño, en tu lánguida frente,/ blando beso imprimí con ardor…” Formando parte de una gira del Proyecto Lucas, los trovadores se notan emocionados con la campana y el jagüey de escoltas, y las banderas cubanas enseñoreadas al viento: “Vamos a cantar todos juntos…”

Es La Demajagua, el lugar desde donde se iniciara la Revolución libertaria: “No recuerdas que un tiempo dichoso/ me extasié con tu pura belleza”… Y han hecho muy bien los de «Lucas» al escoger este lugar para comenzar su gira nacional.

Tal vez César Martín, el inefable historiador del lugar, solo murmulla la letra porque su modestia no le permita entonar en voz alta: “Ven y asoma a tu reja sonriendo,/ven y escucha amorosa mi canto…”, Pablo Nogueras, el director del pre-universitario “Julio Antonio Mella”, de Manzanillo, acompaña tímidamente: “Ven no duermas, acude a mi llanto/ Pon alivio a mi negro dolor”…

El resto del público calla. Estudiantes de los preuniversitarios, de los politécnicos, de la facultad de medicina y la escuela de música de Manzanillo, no pueden hacer coro. Funcionarios políticos y gubernamentales, tampoco. Evidentemente no conocen la letra. Lo más probable es que si les preguntas por el último éxito de El Chacal o Maluma con Marck Antonhy, rápidamente te contestarán.  Cada uno de ellos ha reconocido la declaración de “Me voooooy, pa mi casa”, de Cimanfunk pero no pueden cantar lo que, sabiamente, Adrián Berezaín considera “nuestro segundo himno nacional”.

Cuando los trovadores terminan la interpretación, uno de los estudiantes susurra: “Esa es la canción de la película ‘Inocencia’, y es verdad. La Caro, mi hija, llega a casa con sus amigos. Me cuenta. Pido detalles: “Yo tampoco me sabía la letra, pa”, se nota avergonzada. Reconozco mi propio fallo como padre mientras me fijo en Facebook en un cartel que anuncia el concierto de un reguetonero, asociado a otro cantante, donde aparece la el nombre de nuestra ciudad, Manzanillo, escrito con la letra «S».

Parece evidente que nuestra generación no les ha sabido cautivar con la trascendencia de que uno de sus autores sea Carlos Manuel de Céspedes, El Padre de la Patria; que la letra fue escrita por el poeta José Fornaris y que, con el tiempo, en medio de la manigua redentora, esos versos se convertirían en símbolo de la rebeldía de los cubanos.

Y ahí están Atilio Borón e Ignacio Ramonet en la Mesa Redonda. Nos alertan acerca de Google, Facebook, las redes sociales. Que si se apropian de nuestra información privada, que si nos estudian las preferencias culturales. Que si los imperialistas tienen una enorme base de datos con nuestras posturas ideopolíticas clasificadas. Que si se inmiscuyen en nuestra intimidad. Todo eso es verdad, Ya Gerhard Maletzke, Yuri Lotman, Teodoro Adorno y Noam Chomski, lo habían anticipado.

De cualquier modo, mucho antes de que Google existiera, ya la responsable de vigilancia de mi CDR, eventualmente informaba a qué hora llegaba a casa, qué libros leía sentado en mi balcón, cuántas camisetas mi madre tendía al sol, o el aspecto de cuánta novia o amiga iba a visitarme.

El problema de los otrora vigilantes es que, con las nuevas tecnologías, no pueden evitar que sean vigilados, y estudiados. De modo similar, para los que antes decidíamos qué música podrían escuchar los jóvenes y cuál no, el dilema es que no anticipamos el día en que, cada uno de los jóvenes, andaría con su tribuna musical a cuestas en forma de bocina portátil o audífonos, y con un Smartphone para bajar lo que quisiera, según su estado de ánimo y sus referentes, sin que nada ni nadie pueda evitarlo.

Y como no los formamos en la diversidad, ahora son presa fácil de los algoritmos que nos mencionan Borón y Ramonet. Mientras nuestros medios seguían apostando a tratar de imponer la música que consideraban “correcta”, o “inocua” en términos de crítica política –de ahí que proliferara el reguetón en Cuba justo después de “el que no brinque es yanqui”—, los estudiosos de la comunicación social y mediática, los psicólogos sociales y los matemáticos pagados por el Imperio, creaban algoritmos para entender las preferencias culturales, sectorizarlas, personalizarlas y manipularlas sutil y eficazmente.

Nosotros: inmóviles en el concepto de masa de Ortega y Gasset. Inertes en el afán de censurar o estandarizar de modo acrítico. Ellos: aprendiendo a explorar y conocer nuestra individualidad, para usarla a su favor. Permitiendo que cada cual, desde Calle 13 hasta Bad Bunny, se exprese como le diera la gana. Ya sabrían cómo aprovecharlo para inocular su modo de vida.

Y ahora resulta que nuestra “masa” se conecta torpemente, como colonizados culturales, con los valores más auténticos de la música cubana.  No sabe que sin son montuno no hubiera salsa, que sin rumba no existiera el reguetón. Que la nueva trova, en realidad, era –es—, rebelde y contestataria. Cuando escucha “Contigo en la distancia” por Cristina Aguilera cree erróneamente que es una canción mejicana.

Por eso, el 10 de abril del 2019, al enterarme de que mi hija no conocía ni la letra ni la trascendencia simbólica de “La Bayamesa”, salgo como un bólido al multiservicio de Etecsa a bajar canciones de La Trova que considero emblemáticas y que, alguna vez, incluso, estuvieron prohibidas en la radiodifusión revolucionaria.

Comienzo por “Resumen de Noticias de Silvio”, y termino por “El loco del tranvía”, de Wilian Vivanco; “Lucha tu yuca, Taíno” de Ray Fernández, y Extremistas nobles de Buena Fé y Frank Delgado que nunca estuvieron prohibidas oficialmente pero que, cada vez que las radiaba, tenía que ir a un consejillo de dirección en Radio Granma a explicar por qué las había incluido en mi producción musical. Eran silencios muy sutiles.

Recuerdo la aciaga tarde en que, debido a un debate en las redes entre Silvio y Pablo, el director de Radio Granma me informó acerca de cierta misteriosa comunicación que prohibía las canciones de ¡Pablo Milanés! y mi: “tendrás que botarme”, y su: “pues te boto”. Por suerte, luego llegó una “rectificación” a través de un email que circuló la UNEAC en el cual, aclaraba, que Pablo Milanés no había sido prohibido.

Podría jurar que el directivo me torció los ojos, recuerdo mientras me digo: “Nunca es tarde para comenzar”, y tarareo: “y doblemos los dos la cabeza/ moribundos de dicha y amor”.

Speaking of Books

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Now that we’re in the days of the books fair, and that it’s become a trend to speak about China and the coronavirus, I would like to recommend a science-fiction work which I believe to be among the most valuable that has appeared lately. I refer to The Three-Body Problem, by mainland Chinese writer Liu Cixin. Of course, as the reader might imagine, it’s not only about science-fiction: the work offers a very interesting approach to the contemporary history of China, its role in the world and what it may represent in the future of civilization.

The trilogy of novels that begins with The Three-Body Problem has been a total success, both in China and in the West. It won some of the most relevant awards, such as the Galawry Award and the prestigious Hugo Award. It impressed me because of the brilliant way in which it interweaves fiction with elements of reality, but above all because of the hints it shows about the Chinese cultural worldview. To make this point, I will have to comment on some parts of the novel, so: spoiler alert!

The fictional part, which gives the work its title, tells the story of a civilization in a distant planet with the terrible circumstance of being in a three-sun system. Because of a physical paradox, the trajectory and movement of the three solar bodies is impossible to predict, which makes the climate of the planet completely unpredictable and extreme on occasion. This extraterrestrial civilization, in order to survive, has had to adopt a completely authoritarian and totalitarian organization. Their greatest dream is to discover another planet in the universe which is inhabitable, and which doesn’t have the three-sun problem.

However, one doesn’t know this until the end of the first volume. The story begins in a completely different way to what we’re used to seeing in the genre: in the middle of the Chinese Cultural Revolution. The historical novel component in the work is very well-rendered. Liu Cixin tells us about the travels of Ye Wenjie, a young astrophysicist trapped in the hell of political convulsion.

Ye Wenjie, after seeing the worst side of the Chinese political system, ends up in a secret military base thanks to her knowledge and skill. With the Cold War in full swing, the Chinese are worried that the Americans, or worse, the Soviets, may become the first to contact extraterrestrials. That’s why the Red Coast base keeps sending interstellar solidarity messages from the People’s Republic of China. Years later, the base would be closed, considered a delusion by the very people who built it. Nobody knows the truth: that Ye Wenjie contacted the Trisolarians and invited them to colonize Earth to stop the inherent madness of the human civilization.

I found several things striking in this novel. One of them was the representation of the Cultural Revolution. As a researcher into the history of Marxism, socialism and communism, I continue to view Maoism as something unusual. It’s hard, because at the time it was presented as the alternative, and it proposed to bring to practice some ideas I share, such as the cultural struggle against capitalism and the need for the cultural subject to remain mobilized and have active participation. In Mao’s China, there was even an acknowledgement of the existence of contradictions between the people and the bureaucracy. However, all those good ideas can also be corrupted and manipulated.

The novel shows in all its harshness the cruel madness of the Cultural Revolution: the bands of red guards deployed in the cities, armed young people who had the authority to create their own courts, judge and execute ‘the bourgeois’. It displays the spectacle of fratricidal struggles between those militias, once sectarian hatred surpassed the desire to hunt down a non-existent bourgeoisie, all that within a context of incessant references to the Great Helmsman. I was surprised by the fact that Liu Cixin was able to publish his book in China, given the totalitarian image of that country that we’re sold.

Something else you find striking when you read The Three-Body Problem: the Chinese historical conscience. All of a sudden, you find yourself in the certainty that that people has a history larger than your own, with many layers. For us, history has a path, the primitive community, Classic Antiquity, the Middle Ages, Modernity and Contemporaneity. China has lived through many more stages. They have different ones. Putting myself in their shoes, I felt as if they lived in a planet and civilization different from mine.

I gained a better understanding of why the Chinese perceive they are the center of the world. That’s why they called themselves the Middle Kingdom. For them, the period of colonial dependency on the West is the Century of Humiliation, a bitter period happily overcome thanks to Mao, which would be followed by a straight path to greatness.

Something invaluable for me was gaining access to a Chinese story about Deng Xiaoping’s reforms. We are much more familiar with Perestroika, but know little about the Chinese reforms. The Three-Body Problem shows some snapshots, all the more interesting because they portray how things were like inside that process from the point of view of everyday life.

In the book, it is shown how the arrival of Deng’s time felt like a return to normality. A Faustian time, filled with unprecedented plans and mobilizations, seasoned with political violence and totalitarianism, was followed by a time when the usual commercial flow returned, as well as family life and the tedium of the struggle for economic progress. It was relatively easy, almost like watching the sun rise.

China was a huge peasant country. Despite the incipient industrialization of the Maoist period, which Mao himself partly undermined, that nation gathered all the conditions to reestablish the farmers’ market. They didn’t undergo the phenomenon that, for different reasons, took place in the USSR and Cuba: an oversized urban population, a weak countryside, the need for a price-controlling state. In China, the state kept on controlling, but in a different manner; the commercial life was relatively easy to reconstruct. Additionally, it’s a country with millennia of cultural sedimentation. With a simple snap of the fingers, Chinese society and culture were rebalanced.

It was also interesting to see the treatment Liu Cixin gives to what we might call the dark side of the reform. The events of the Great Leap Forward and later the Cultural Revolution were so traumatic that, once the sense of normality was restored in Deng’s time, Chinese society tried to forget as much as it could. In the book, some characters ask themselves whether some things really happened, and they must answer themselves that they did, because there are traces left: a missing arm, the photo of a dead relative or a friend nobody ever heard of again.

The scene in which Ye Wenjie, now in Deng’s time, meets three former red guards is heartbreaking. There was nothing left of the time in which they were three merciless and fanatical teenagers. They were living ghosts. The reform in China was ruthless, it meant a terrible purge on all levels of the State and the Party, which entailed that former red guards, valuable during the Cultural Revolution, be taken to reeducation camps and forgotten in the middle of nowhere. When she sees them, Ye Wenjie is reasserted in her hatred for the human race.

Here I would like to give a small wink to those who defend swift reforms in Cuba. One of the reasons why the paradigm shift in the island moves so slowly is because it’s been attempted with the same people. In China they didn’t make that mistake. But have we thought of the human cost of doing here what the Chinese did? How many people who have devoted a lifetime of work to the Revolution would be left in total anomie?

The Three-Body Problem offers interesting points of view and insights about China. Above all it shows something we should have realized by now: that nation has civilizing project with its eye on the future, supported by its age-old history. Now that we’re amazed that China built a fully-equipped hospital to fight the coronavirus in ten days, or that they may maintain a 35-million-people quarantine, it would be good to have a look at the message of the book.

The Chinese Communist Party has a plan, not meant for tomorrow, but for one-hundred years or more: to turn China into a center for the accumulation of capital, to reinforce the shifting of global value chains towards the East, preferably towards themselves, to build an international financial architecture to match that of the West, and ultimately to supplant the West as the center of capitalism. All that to reinforce the central role of the Chinese civilization. They haven’t stated as much, but it’s what one can gather from their plans and actions.

That’s a challenge for everyone. Until now, China has been a source of balance in the world, in opposition to the excesses of American imperialism. But it’s worth asking what shapes a Chinese imperialism could assume. On the other hand, for Cuba the Chinese reform is a point of reference which proves the possibility of reconciling the plan and the market, although it’s an example that’s impossible to fully imitate, given the immense initial differences. Also, on a more pragmatic note, Cuba can make good use of the opportunities offered by having good relations with that power.

Well, I believe I ended up talking more about China than about Liu Cixin’s book. But I’m not going to tell you the whole story, right? I recommend finding the eBook. After all, digital reading is the new motto of our Book Fair.

(Translated from the original)