He leído con verdadero interés el artículo de Alina Lopez Hernandez, «Cuando de nombres se trata». Recomendaría posponer el tema para otra ocasión más calmada, ahora existen asuntos importantes como para detenerse en el nombre de una institución.
Sobre la experiencia de aquel proceso, conocido como «Gobierno de los cien días», se ha escrito mucho, y mientras más leo descubro nuevas facetas. Entre sus encantos está el beneficio de permitirnos discernir en los asuntos actuales.
Asediados por su majestad, la pandemia, y otros virus iguales o más dañinos, nunca antes hemos necesitado de tanta luz como ahora. Los ejemplos de la historia pasada pueden nutrirnos, no solo para saber más sino para aplicarlos. Buenas intenciones con una estrategia equivocada son iguales a nada. En la vida se tropieza con obstáculos, frente a ellos surgen otros caminos a seguir; solo uno es el mejor, el estratega es el que lo encuentra.
Comparar lo que hicieron los actores de aquella época del 33, puede ayudarnos para esta del 2021. Siempre que converso de asuntos de estrategia, viene a mi memoria el ejemplo llevado a la práctica por Fidel. En el año 58, los rebeldes tomaron prisioneros a soldados norteamericanos de la base de Guantánamo. Fidel los mandó a soltar, no era conveniente luchar a la vez contra Batista y contra EEUU.
El gobierno de Gerardo Machado, para mantenerse en el poder, comenzó a arrastrar más problemas de los que podía resolver. Su primer gran error consistió en volverse a postular por segunda vez para presidente. Aquel hecho acaparó la atención nacional y de ello derivó una división interna: los que estaban a favor de su reelección y los que no.
El dictador Gerardo Machado en la portada del Time del 19 de enero de 1931.
Después, sin ser invitado, apareció el problema económico; igual a como emergió la pandemia en la actualidad. Durante el segundo período presidencial de Machado, Cuba sufrió el impacto de la crisis mundial de 1929, la cual provocó un duro impacto: brusca caída del precio del azúcar de 1.23 centavos por libra en 1930 hasta 0.57 en 1932; imposibilidad de acceder a préstamos internacionales; rebaja de hasta el 60% de los sueldos de empleados y funcionarios públicos, que conformaban una clase media urbana.
Mientras, la amplia clase media rural, particularmente los colonos, sufrían un drástico descenso de las condiciones de vida, completando los elementos suficientes para sucumbir.
La ceguera política que acompaña en ocasiones a los que están en el poder, impidió que Machado viera más allá de donde era recomendable para resolver la situación existente. Una huelga de trabajadores en los ómnibus de La Habana, motivada por una disposición abusiva del jefe del Distrito Central, Pepito Izquierdo, se convirtió en el chispazo necesario para producir la inevitable explosión social. Ellos deseaban alcanzar ciertos objetivos de índole económica.
Sin embargo, ya para el día 5 de agosto la huelga se había convertido en una poderosa ofensiva política contra Machado. Cuando el presidente trató de rectificar, concediendo beneficios a los opositores, ya era tarde.
El 12 de agosto de 1933, Machado partió en un avión para ponerse a salvo de la furia desatada en su contra. Al frente del país quedó un oscuro funcionario, hijo del Padre de la Patria. El 4 de septiembre, en los cuarteles del habanero Campamento Militar de Columbia, las clases, soldados y sargentos se enfrentaron a los oficiales con el fin de exigir pagos atrasados y mejores condiciones de vida.
Carlos Manuel de Céspedes (hijo)
Ante la falta de autoridad de los oficiales por la huida de Machado, las clases lograron su objetivo. Se convertirían en una fuerza tanto militar como política. Le pidieron al presidente Carlos Manuel de Céspedes su renuncia y este accedió. Un gobierno presidido por Ramón Grau San Martín, profesor de la facultad de Medicina a quien los estudiantes fueron a buscar a su casa, ocupó el cargo de presidente.
El conflicto es el motor de la historia, y en este caso comenzaron a aparecer los protagonistas de la nueva cinta por rodar. Welles, embajador de los EE.UU., quería restaurar la hegemonía estadounidense que tanto habían disfrutado. Un embajador norteamericano era considerado un gobernador en Cuba.
El Partido Comunista, acompañado por la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC) y por el Sindicato Nacional de Obreros de la Industria Azucarera (SNOIA) y otros grupos de izquierda, recibían orientaciones del Buró del Caribe, situado en los EEUU. Grau y Guiteras querían beneficiar a las masas con leyes más justas y modernizar el país.
Fulgencio Batista, jefe del ejército, ascendido de sargento a coronel, defendía su posición, aunque todavía no había dado los pasos convenientes para afianzarse. Esperaría el momento para obtener la ayuda del Norte. Batista no continuaba adelantando su posición ante el temor de que los antiguos militares del gobierno de Machado pudieran convertirse en sus jueces. Sin embargo, tenía una estrategia bien pensada para ocupar el poder. Y lo logró.
Un pasaje descrito en el libro Estado y revolución en Cuba, publicado en el 2010 por la editorial de Ciencias Sociales, del investigador canadiense Robert Whitney, arroja mucha luz sobre la época. Hasta ese momento, a los obreros cubanos se les negaba ser contratados para trabajar en su país. La élite comercial española solo contrataba a sus coterráneos, en tanto, los obreros nativos sufrían desempleo. Este horror había resistido durante treinta años de república, porque el mercado de trabajo no estaba controlado por los diferentes gobiernos.
Cuando Grau propuso la Ley del cincuenta por ciento para resolver la injusticia, muchos en el gobierno se opusieron, incluso el propio Guiteras, por temor a la reacción de los comerciantes españoles. Aunque señaló que, si se aprobaba, él la apoyaría. La nacionalización del trabajo era una medida popular, defendía los derechos de los obreros. Durante décadas, las compañías azucareras habían traído cientos de miles de trabajadores desde Haití y Jamaica. Pero nacionalizar el trabajo significaba desafiar a las compañías azucareras.
La CNOC amenazó con una huelga general contra el gobierno. El 21 de diciembre, veinte mil personas marcharon hasta el Palacio Presidencial para respaldar la ley de nacionalización. El gobierno recibió la aprobación y en el ánimo de muchos quedó la sensación de que había hecho modestos avances. Los decretos que transformaron prácticas coloniales recibieron un reconocimiento popular a pesar de las tensiones y presiones de aquel momento.
No obstante la acción combinada del binomio Grau-Guiteras, en enero de 1934 el gobierno cesó. Guiteras murió al tratar de salir de Cuba por El Morillo y en 1944 Grau resultó electo presidente. Una comparación de lo que debió ser y no fue la encontramos en los hombres de aquella época. Batista, de origen muy humilde y pobre de solemnidad, murió millonario en España. Grau, de cuna rica y con una fortuna heredada de su madre, murió pobre y en Cuba.
Karla María Pérez González (Foto tomada de su perfil de Facebook)
En el Artículo 13, inciso segundo, de la Declaración Universal de Derechos Humanos, adoptada y proclamada por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas en diciembre de 1948 y aprobada por Cuba en esa misma fecha, se establece: «Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso el propio, y a regresar a su país».
Hoy se encuentra varada en un aeropuerto de Panamá, la ciudadana cubana Karla María Pérez González (Karly Sut), a quien la Aerolínea Copa informó durante una escala en su viaje de regreso a Cuba, que su país le había prohibido la entrada. La joven cursaba la carrera de Periodismo en Costa Rica y asegura tener en regla toda su documentación, entre la que se cuenta la prórroga del pasaporte cubano.
A nadie le asiste el derecho –ni legal, ni moral– a negarle a una persona su regreso a casa. Exigimos a las autoridades competentes que garanticen el disfrute de sus derechos constitucionales y humanos a esta ciudadana y a todos aquellos que han sido privados de su derecho al retorno.
Posiblemente uno de los ámbitos más prolíficos de nuestro país en estos días poco prolíficos, es ese al que de seguro los psicólogos, sociólogos, historiadores del arte, y demás estudiosos de esto y de aquello, aunque lo denominen con otro término, dedicarán alguna vez enjundiosas páginas: el de la «cibertiradera».
El término «tiradera», heredado del rap y sus géneros asociados, da cuenta de una especie de duelo entre dos partes, con tintes más o menos artísticos, aunque no pocas veces raya en una chabacana vulgaridad. La inclusión del morfema «ciber» nos remite al espacio virtual en el que ocurren las escaramuzas.
La primera cuenta de este rosario de dimes y diretes que no parece tener final, inició con Patria y Vida, de los muy conocidos Yotuel, Gente de Zona y Decemer Bueno; acompañados por Maykel Osorbo y El Funky, renombrados opositores al Gobierno. La canción, cuyo título se ha convertido en una especie de consigna alternativa, fue lanzada el 16 de febrero y el 17 de marzo acumulaba más de tres millones setecientas mil de reproducciones en YouTube, con doscientos mil «Me gusta» y 6 mil 800 «No me gusta».
Le siguió como respuesta Patria o Muerte por la vida, interpretada por Raúl Torres —quien decidió salirse de la alabanza necrológica— y Annie Garcés, junto a las poco conocidas Dayana Divo, Karla Monier y Yisi Calibre. Se estrenó el 1ro. de marzo y dieciséis días después cuenta con más de 880 mil reproducciones; 7 mil 500 «Me gusta» y la cifra nada despreciable de 101 mil «No me gusta». Es decir, le disgustó a trece veces más personas que a las que le agradó. Un logro del marketing sin dudas.
Patria o Muerte por la vida (Foto: Youtube)
Entre estas dos, que representan el binarismo más visible del espectro político insular, hay otras de menor calado. La última es Patria o Muerte, sin vida ni otro matiz, interpretada por tres agentes del Ministerio del Interior. Yordan Santana, Adrián Ramos y Adrián García, aficionados al Auto-Tune rústico y al rap pro-sistema, convidan en su estribillo: «Ven que te invito a que veas el mundo por mis ojos y veas como la traición invade el corazón, comiéndoselo todo».
«Yo soy cubano»
A un contexto tal, en el que priman intercambios de declaraciones, trifulcas en redes sociales, memes y todo tipo de toxicidades; llegó el pasado lunes 15 de marzo, —lo que la hizo coincidir con el aniversario de la Protesta de Baraguá—, una canción cuyo título es una máxima sencilla y aparentemente alejada de definiciones ideológicas: Yo soy cubano. Sus intérpretes son los talentosos artistas residentes en Estados Unidos, Alexis Valdés y Willy Chirino.
La espiritualidad diferente de esta pieza se percibe desde el inicio. El video comienza con Alexis Valdés intentando arreglar su vieja moto Honda, cuando recibe una llamada de Willy Chirino, que termina invitándolo a su casa para comer frituras de malanga y hablar sobre la canción.
Desde el mismo preámbulo no cantado se recurre a tres elementos clave de la identidad insular: la inventiva —aun después de treinta años viviendo en EE.UU., Alexis intenta arreglar su moto—; la familiaridad —uno invita al otro sin protocolos mediante—; y el gusto por la comida cubana, al que vuelven en diferentes momentos, pues se les ve compartiendo una Ropa Vieja —platillo casi extinto por estos lares— y las mencionadas frituras.
El sencillo texto, —que esta vez no echa mano a consigna alguna—, que se beneficia de un ritmo muy agradable, de la voz excelente de Chirino y no menos armónica de Valdés, y del sonido de la trompeta del mítico Arturo Sandoval; continúa en el camino de apelar a cuestiones esenciales de la identidad para reforzar la idea que transmite su estribillo: «Donde quiera que yo estoy, yo soy cubano; donde quiera que yo voy, yo soy cubano; y en el último rincón, el más lejano, siempre fui, siempre seré cubano».
Como ninguna de sus predecesoras, esta composición contiene un mensaje difícilmente refutable: los hijos de esta tierra compartimos características que nos distinguen y, al mismo tiempo, nos unen en nuestra natural diversidad. «No nos pueden dividir, pues nos juntamos, en este modo de sentir que es ser cubano», es la tesis en torno a la que gravita el tema. El ambiente de crispación que vive el país, ha provocado que se diluya, en medio de acusaciones mutuas, esa certeza simple y profundamente espiritual, tan importante para avanzar en el verdadero sentido de una reconciliación nacional.
La Isla y los cubanos
Sin desconocer los móviles ideológicos —que obviamente los tiene— detrás de esta canción, propongo una invitación cartesiana. Vayamos a las esencias del discurso, a la raíz de las ideas y del fenómeno en discusión: la condición de cubano, la necesidad del cambio y los deseos de reconciliación nacional. Partamos de tales presupuestos medulares, que no por evidentes son menos básicos.
El primero: somos cubanos independientemente de cómo pensemos o dónde vivamos. Lo son Alexis Valdés y Raúl Torres, tanto como Miguel Díaz Canel y José Daniel Ferrer. Lo es Maykel Osorbo, aunque haya pedido una invasión de Donald Trump a Cuba, y también lo es Humberto López, aunque mienta sin pudor alguno. Es cubana Anyell Valdés y lo son también quienes rebuznaban ofensas y pintaban de azul su vivienda en medio de un detestable acto de repudio. Que unos sean decentes y otros no, ese es otro tema.
Los voluntarios terminaron siendo hijos de la República cuando España se retiró con sus vestiduras rasgadas. Lo fueron tanto como aquellos a los que enfrentaron. La condición de cubanos no la da la bondad del alma o de la causa que se defienda. Una madre lo es de todos sus hijos, sean estos santos o demonios.
El segundo: Cuba necesita un cambio. Lo sabe el gobierno, o no hubiera implementado la Tarea Ordenamiento, que es un punto de partida para otros cambios necesarios en la economía. También lo sabe el Partido, o no se prepararía para celebrar el VIII Congreso en el que renovará su cúpula, aunque sea para dejarlo todo «atado y bien atado» cuando el reloj biológico toque las puertas que faltan.
Lo saben los más recalcitrantes opositores, que no ven virtud ni en las zonas luminosas, y los más incondicionales adeptos —que ven luz hasta en la oscuridad más profunda. Lo saben los cubanos de la diáspora, que en su mayoría desean relaciones normales con su país y sus familias. Y, quizás sin tener la claridad del cómo, lo sabemos todos cuando dejamos el alma en una cola, debemos esperar milenios para hacer un trámite sencillo o no tenemos un medicamento que necesitamos.
La frase: «La cosa está mala. Ojalá mejore», implica el natural deseo de un cambio, independientemente del tinte político que este tenga y que está determinado por el pensamiento de cada cual.
El tercer presupuesto es igualmente clave: Cuba es más que un proyecto sociopolítico o económico, es más que un proceso histórico o una ideología; como recordara hace veintitrés años monseñor Meurice Estiú en Santiago de Cuba. Por tanto, la idea de Patria no es privativa de grupo alguno. Nadie en Cuba tiene en sus manos la vara que señala quién es patriota y quién no lo es, porque sencillamente esa vara no existe. Todos los actores son válidos, ningún mesías colocó llaves en las manos de nadie para que administre en su ausencia. No hay aquí primus inter pares, solo pares.
Pares inter pares
Para generar ese cambio e iniciar un proceso efectivo de reconciliación nacional, existe un actor primordial: el propio Gobierno cubano. La capacidad podría poseerla per se. Sin embargo, para desatar esa potencialidad, antes tendría que fomentar una reflexión en torno a si un sistema ideológicamente inclusivo sería posible fungiendo un Partido único como «fuerza política dirigente superior de la sociedad y el Estado».
Que el proceso se genere desde dentro sería muy beneficioso, en tanto implicaría una suerte de «explosión controlada», que permitiría mantener lo bueno logrado en estos años y enmendar definitivamente lo malo acumulado.
Pero sin aspirar a tanto, muchas cosas serían posibles para mejorar la situación actual. No olvido que pesa sobre nosotros un bloqueo de décadas, pero hay soluciones domésticas que el Gobierno podría implementar sin tardar tanto ni esperar por decisiones foráneas.
Veamos apenas un ejemplo: ¿por qué si existe el bloqueo hemos conseguido un desarrollo biotecnológico como el que tenemos? La respuesta: por voluntad política. Entonces, cuál es la razón para no dejar que nuestros campesinos produzcan o que nuestros emprendedores innoven, sin procedimientos absurdos mediante, prohibiciones inexplicables y burocracias que lo lastran todo. La respuesta es la misma que antes: voluntad política.
La negativa de los que dirigen a admitir presiones ciudadanas —consideradas en todos los casos como ajenas y financiadas desde el exterior—, no permite avizorar un escenario de cambios en un plazo cercano. Como expresa la Primera Ley de Newton: «Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él».
Un elefante acostado cómodamente no se moverá sin el estímulo correcto. Sin embargo, el germen de ese estímulo existe hace mucho e incluso todavía es posible contenerlo de manera positiva, pero la morosidad y el atrincheramiento en este tipo de procesos políticos ya se sabe las consecuencias que provoca. Recordemos, por ejemplo, que después de décadas pidiendo la autonomía, el gobierno español se la concedió a la Isla de forma efectiva el 1ro. de enero de 1898, el mismo año que tuvo que recoger sus maletas y retirarse del Palacio de los Capitanes Generales después de haber perdido la guerra. El elefante solo se movió cuando era tarde y, por tanto, pereció.
Podría incluso especularse —y esto ya es pura teoría de la conspiración— que algunos, en las más altas esferas del poder, desoyen reclamos justos, traban procesos y propician un ambiente de confrontación porque, de hecho, quieren matar al elefante. No sería descabellado pensarlo, si se tiene en cuenta que no pocos por esos lares tienen los suficientes contactos y capital para salir bien parados de cualquier convulsión, como sucedió en la URSS y otros países ex socialistas. Con satisfacción mostrarían, años después, en giras por universidades y cenas de protocolo, la cabeza disecada del elefante y dirían: «Yo ayudé a matarlo y lo hice desde adentro». Pero eso es solo teoría de la conspiración.
Si ese proceso efectivo no se genera en una interrelación dialéctica de los de arriba con los de abajo y permite a las instituciones del Estado propiciar espacios de diálogo abiertos a disímiles voces –todas las que en su horizonte tengan la soberanía de la nación–; entonces el cambio puede aflorar de cualquier lugar. Si es así, será tan extremo como extremas sean las posturas de quienes lo dirijan.
Lo que está en juego no es la pervivencia de un proyecto político, finito como todos los de su naturaleza, sino la salud misma de la nación, que es algo mucho mayor. Entender la dimensión espiritual diversa de la cubanidad, respetarla y darle espacios para su desarrollo es imperioso. Los cubanos necesitamos reconciliarnos sobre la base del respeto y el reconocimiento que se deben aquellos que son hermanos. Lo dejó claro José Martí en un poema que muchos rememoran en esta época oscura:
(…)
Algo en el alma decide, En su cólera indignada, Que es más vil que el que degrada A un pueblo, el que lo divide.
¿Quién, con injurias, convence? ¿Quién, con epítetos, labra? Vence el amor. La palabra Solo cuando justa, vence.
Si es uno el honor, los modos Varios se habrán de juntar: ¡Con todos se ha de fundar, Para el bienestar de todos!
(Foto tomada del perfil de Facebook de la Pastoral Juvenil de La Habana)
La «Cuba del futuro» es una frase atribuida al destacado director de cine Fernando Pérez para referirse a los casi quinientos jóvenes concentrados frente al Ministerio de Cultura el pasado 27 de noviembre para reclamar derechos de forma pacífica. El director de películas como Suite Habana e Insumisasdijo: «En esta acción pacífica frente al MINCULT, percibo el inicio de un nuevo lenguaje que le hace falta a la cultura cubana y a este país».
Ese día frente al Ministerio de Cultura se dieron cita algunos jóvenes laicos católicos y sacerdotes. Este artículo busca responder a la pregunta de por qué estaban ellos allí.
A raíz de la irrupción del internet en Cuba, se ha visibilizado la pluralidad de voces que luchan porque sus demandas de diferente índole –religiosas, de clase, género, raza, ambientalistas, ideológicas, artísticas– sean escuchadas por las instancias decisoras de la nación. Para entender el fenómeno, debe volverse a 1959 cuando inició el período denominado por muchos teóricos, como el sociólogo Juan Valdés Paz, «Revolución en el poder».
En cierta ocasión, el fallecido cardenal cubano Jaime Ortega me compartió una anécdota sobre una conversación que sostuvo en la década de los ochenta con el Papa Juan Pablo II, actualmente considerado santo por la Iglesia. Ortega le aseguró que la Revolución cubana era un proceso irreversible y el Sumo Pontífice le respondió que lo único irreversible en el mundo era Dios.
El cardenal cubano Jaime Ortega y el Papa Juan Pablo II (Foto: Palabra Nueva)
En esa ocasión el debate permaneció en una esfera cuasi-religiosa, pero la idea defendida por el cardenal cubano y otros destacados intelectuales católicos, como monseñor Carlos Manuel de Céspedes o los laicos Raúl Gómez Treto, Juan Emilio Friguls, Enrique López Oliva y Wafrido Piñera, tiene elementos válidos, pues parte de que es imposible borrar o invisibilizar la historia que coronó el proceso revolucionario de 1959.
Es una corriente de pensamiento católico que considera como justicia social la derrota de Fulgencio Batista, luego de haber usurpado el poder mediante un golpe de Estado y establecer una dictadura en Cuba. No creían pertinente refutar la idea de la validez de la Revolución, sino que aceptaban su legado. Sus pedidos van en pos de cómo se puede hacer más democráticas las instituciones vigentes en el país.
Pero como todo proceso histórico, la realidad revolucionaria en el poder legitimó su propio camino a través de métodos que sustituyeron de diversas formas – no exentas de errores– a las instituciones que de la sociedad civil de la Cuba anterior e inmediatamente posterior a 1959. En su lugar, se crearon instituciones y organizaciones adscritas a la ideología de los viejos cuadros del Partido Socialista Popular (PSP) con una gran dependencia a la URSS. Es un proceso de institucionalización de la Revolución que se consolidó con la aprobación Constitución de 1976.
Lo que empezó a suceder hace varios años fue que esas instituciones «revolucionarias» comenzaron de a poco a perder su capacidad de aglutinar las bases sociales, producto a un desgaste sistemático de su estructura y tocadas también por la prolongada crisis económica que ha vivido el país con mayor fuerza desde la década del 90 y en la actualidad por la COVID 19.
Nuevos tiempos en Cuba
Entonces en el país ha surgido una nueva generación de cubanas y cubanos que ven cómo sus intereses religiosos, políticos, sociales y culturales, desbordan la institucionalidad tradicional y sus demandas van enfocadas en hacer más democráticas esas instituciones. Es ahí, en la búsqueda de procesos más inclusivos dentro de la institucionalidad existente, donde se puede ubicar la filosofía de los nuevos grupos de participación social católica como Pensemos Juntos o Areópago Cubano.
Deben diferenciarse el surgimiento de estos espacios –en su mayoría virtuales– de articulación con inspiración católica de otras organizaciones emanadas de la misma espiritualidad, como Convivencia que tiene un perfil vinculado a pensar la política. No por esto carecen sus agendas de puntos en común.
Ilustro con un ejemplo mi planteamiento: muchos de los nuevos grupos de inspiración católica que desde la Doctrina Social de la Iglesia intentan generar una voz para dialogar con diversos actores de la sociedad civil, estatales e independientes, no tienen entre sus postulados y objetivos el enfrentamiento al proyecto ideo-político de la Revolución.
Muchos de sus integrantes –destaco la diversidad de sus miembros– reconocen el legado histórico de ese proceso en Cuba. También un número considerable de ellos está en contra del bloqueo/embargo impuesto por los Estados Unidos.
Como expresó el fallecido Obispo de Santiago de Cuba, monseñor Pedro Meurice, durante la visita del Papa Juan Pablo II a esa ciudad oriental, es necesario «no confundir la Patria con una Ideología». La guerra civil que logró el triunfo de 1959 tuvo como artífices a muy diversos sectores de la población, entre los cuales, por supuesto, se cuentan numerosos católicos –vale mencionar, al laico José Antonio Echeverría o al Comandante/Sacerdote Guillermo Sardiñas.
Estos grupos de católicos, en su mayoría jóvenes, no deben ser encuadrados –como casi ningún otro grupo– dentro de la dicotomía «Revolución/Contrarrevolución». Si bien tienen demandas dentro del espectro político, muchas están vinculadas con el desbordamiento del cauce institucional que el sistema político ofrece para su representación.
El plano educativo puede demostrar esto: si se le pregunta a algún joven católico si está a favor de que la educación sea gratuita y universal, la respuesta seguramente será afirmativa. Sin embargo, esa persona que ha sido formada en el sistema educativo socialista probablemente se cuestiona el por qué sus hijos no pueden ser educados dentro de un currículo escolar que incluya religión –en un sentido amplio– y tenga una menor carga ideológica.
La Iglesia Católica cubana ha incursionado en algunos proyectos educativos. (Foto: Palabra Nueva)
La Conferencia Episcopal Cubana en su último Mensaje de Navidad pidió «que no tengamos que esperar a que nos den desde arriba lo que podemos y debemos construir nosotros mismos desde abajo». Estos movimientos que vinculan tanto a consagrados como a laicos en su mayoría menores de 40 años, se han solidarizado con otros grupos de la sociedad civil, como el 27N o los periodistas independientes, en pos de dar un impulso a temas sociales –desarrollo económico, raza, medio ambiente, clases, libertad religiosa– que tienen escasos canales oficiales para formular propuestas desde la pluralidad.
Para construir una Cuba mejor
En los espacios que pretenden impulsar debe primar la igualdad política y social, entendida como «la libertad política con capacidad de auto-organización, de contestación, de creación y de participación respecto a las decisiones estatales, con poder de decisión de los ciudadanos/trabajadores sobre los procesos que afectan sus vidas; y por igualdad social, el despliegue de la justicia social, la lucha por la eliminación de la desigualdad y la pobreza, y no alguna clase de igualitarismo represivo».
Desde la lectura de la carta «He visto la aflicción de mi pueblo», escrita por sacerdotes y laicos y firmada por más de 700 personas, se vislumbra una visión de lo político como un mapa de la singularidad de cada uno de los actores sociales de nuestro país. Para el documento, lo político debe abogar por que el dialogo con los sectores opuestos a la visión del futuro de Cuba que tiene el Partido/Gobierno, no sea representado como un escenario de confrontación y el odio, sino de conciliación y amor.
Aunque parezca utópico, dentro de los mensajes entre líneas del documento puede leerse la convocatoria para que la institución oficial abogue conscientemente por su democratización. Esto le daría también participación a sectores no afines a la ideología del Partido Comunista, que podrían empezar a sentirse representados por ella.
Entre los grandes desafíos de estos espacios está el descubrir cuáles son los niveles de comunicación que desean manejar con respecto a otros actores. Es sabido que el modo en que nos comunicamos implica siempre una propuesta relacional. ¿Qué tipo de vínculo pretendemos crear –amistoso, competitivo, paternalista, etcétera–?
Por el momento, el primer paso sería definir una estructura sólida de articulación y también localizar los horizontes a los que se desea llegar, paso complejo pues estamos hablando de procesos en construcción donde aún no existe un consenso sobre cuál será el rol de cara al futuro.
Otros desafíos para esos grupos católicos son los de pensar desde el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia cada acción a ejecutar, valorar el poder convocador de la oración –como expresión espiritual del movimiento–; saber poner el acento en las palabras precisas para que sin faltar a la verdad, se puedan construir espacios tangibles de diálogo.
Igualmente debe definirse la naturaleza de la relación a forjar con otros actores, basado en el respeto a las diferencias. Los líderes de esos procesos, muchos de ellos aún sin definir claramente, deben darle la importancia justa a su credibilidad y coherencia para evitar que sean vistos solo como movimientos clericales. Es clave dar desde estas plataformas ejemplos de solidaridad, donde laicos y consagrados se unan para construir en Cuba la verdadera amistad social.
Si se intentara describir esta nueva generación de jóvenes católicos sería bueno dibujarlos como sujetos entrenados en el arte de vivir entre fronteras, sobre todo por el desafío generacional que representa para sus familiares de mayor edad o con militancia dentro del sistema oficial, sus demandas y deseos de participar en la construcción de «la Cuba de futuro». Son muchachas y muchachos sin entrenamiento político y dispuestos a reescribir su historia desde una espiritualidad cristiana cultivada en los deseos de apostar por el bien.
Para muchos, lo que presenciamos es solo un entusiasmo juvenil católico cubano, pero si se leen con detenimiento las acciones realizadas, se da cuenta de la profundidad de los principios que las guían. Es esperanzador ver la dimensión espiritual de sus gestos, pues no tienen como centro el alcanzar beneficios materiales. Sus palabras parecen gritar que no hay evangelización sin los deseos de transformar para bien el mundo.
Para ellos, la acción de construir la justicia social en nuestra nación no encuentra sentido y finalidad en la sola aceptación y transmisión de un contenido conceptual, sino que implica necesariamente la transformación hacia la democracia verdadera. Esta democracia no es la que se queda en lo discursivo de las estructuras de poder que marginan y matan la otredad de la persona y la sociedad. Esa Cuba del futuro soñada por ellos huele a esperanza.
¿Reproduce esquemas machistas el lenguaje? (Ilustración: El Gato y la Caja)
En una ocasión, cuando incluía el gimnasio en mi rutina diaria, noté que el entrenador siempre se dirigía a sus alumnos en femenino. Éramos nueve mujeres y dos hombres y repetía frases como «todas de pie, por favor» o «para el siguiente ejercicio elijan a una compañera». Un día, uno de los muchachos, incómodo ante aquella costumbre, le señaló: «Profe, también hay hombres acá». El profesor se excusó diciendo que como la mayoría eran mujeres le resultaba más sencillo hacerlo así.
Desde este punto de partida se pueden formular muchas objeciones a la actitud del alumno incómodo. La sencillez y la economía del lenguaje fueron suficientes para que el profesor siguiera dando las órdenes en femenino.
El cambio de paradigma significa una mutación en los supuestos básicos generales de una teoría dominante debido a que estos son incapaces de explicar algunos fenómenos que van surgiendo por el camino. Cuando estas dificultades se acumulan y se hacen constantes, chocan con lo establecido y ocurre lo que Thomas Khun llamó «Revolución científica», concepto que engloba la cosmovisión dentro de la que existe la teoría que pretende ser cambiada, con las implicaciones que esto conlleva.
Surgen así nuevas ideas que intentan satisfacer las exigencias que se van formulando. Finalmente queda conformado un nuevo paradigma que gana sus propios seguidores y deviene una batalla intelectual.
El cambio de paradigma en el uso del lenguaje no carga con la responsabilidad de transformar las sociedades, más bien constituye el resultado de esta dinámica y una herramienta para detectar los procesos que van ocurriendo en ellas.
Varios teóricos han señalado el peso del lenguaje en la interpretación de la realidad y en el significado de nuestras relaciones desde diversas disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades. Bastara entonces para lanzar una premisa de George Steiner, especialista en literatura comparada y teoría de la traducción: «lo que no se nombra no existe y lo que se nombra construye realidades».
Podríamos, además, hablar desde el psicoanálisis con los señalamientos de Jacques Lacan sobre la función que tiene el lenguaje en la forma en que el ser humano estructura su entorno: «el lenguaje le da nombre a lo que vive y significado a lo que pasa en su interior. El sujeto emerge del lenguaje. El sujeto es hablado y narrado por el otro». Sirvan estas reflexiones para afirmar que lo que no podemos nombrar y que es extraño a nuestro vocabulario, no lo podremos aprehender.
Expandir el lenguaje para que quepan todos
Por su parte, el lenguaje inclusivo (en cuanto a género), es más que un estilo. Hace referencia a esas expresiones verbales –o escritas– que utilizan preferiblemente un vocabulario neutro y evita las generalizaciones del masculino para situaciones donde aparecen ambos sexos, lo que incluye, además, la presentación de actitudes proactivas y de modelos positivos no sexistas. Se trata más bien de expandir el lenguaje para conformar un diapasón en el que quepa el mayor número de personas posibles, evitar su uso discriminatorio en razón del sexo.
Cartel que usa el llamado «lenguaje inclusivo» (Foto: ADNSur)
El lenguaje no es sexista en sí mismo, sí lo es su utilización. Al usarlo de forma correcta se le podría otorgar visibilización a cualquiera que no se sienta identificado con el uso de tal o más cual morfema y cumplir así con su labor social de romper con los patrones de comportamiento heredados que refuerzan la desigualdad. A la larga, tal vez de forma imperceptible, contribuyen a justificar la violencia –simbólica– perpetuada por los estereotipos, en este caso de género.
Volviendo al ejemplo del gimnasio, tenemos una muestra de lo que sería un uso excluyente del lenguaje, tal vez en su forma inversa, pasando por alto la presencia de hombres en un grupo donde la mayoría eran mujeres. La focalización femenina en una frase dirigida a un conjunto de personas donde coexisten ambos sexos, resulta incómoda para el sujeto masculino porque rompe con el uso tradicional de las generalizaciones lingüísticas. Normalmente usamos la palabra «hombre» donde no solo se dirán todas las razas (en un burdo parafraseo) sino también todos los sexos.
Las palabras son dúctiles y maleables. Pueden perseguir un objetivo social democratizando el lenguaje, por esto surge el llamado a usar ciertas medidas. Se trata, a grosso modo, de visibilizar el género cuando la comunicación lo requiera, (dejando claro el grupo referenciado, usando el desdoblamiento femenino/masculino) y de no hacerlo cuando no sea imprescindible para la comunicación (omitir el artículo ante sustantivos comunes, usar nombres abstractos y sustantivos colectivos).
Estas medidas no representan una amenaza para la gramática ni para el principio de economía del lenguaje, sino que garantizan su capacidad de adaptarse a las transformaciones de las que somos parte indisoluble.
Ricardo Ancira, profesor de Literatura y Español de la Universidad Nacional Autónoma de México, empieza su texto Les nueve regles. Gramática militante con una frase curiosa: «Le transformación que sufriría le españole si le población adoptara le lenguaje incluyente, tante el le hable cotidiane comx en le diccionarie de le Real Academie de le Lengüe». En efecto, la frase resulta ilegible pero, comparando con el devenir histórico del lenguaje, vale destacar que, por ejemplo, los escribanos del siglo XVI hacían uso desmedido de abreviaturas inventadas para tomar nota a más velocidad.
Un ejemplo más reciente y que responde a la introducción de ciertas formas tecnológicas en nuestro contexto, es el uso de la telefonía móvil en Cuba y los mensajes de texto (SMS) –carísimos en sus inicios– donde la población usaba abreviaturas para ahorrar caracteres –y con ello, saldo. Esos SMS eran igualmente ilegibles, pero que formaban parte de un «consenso popular» tipo: «voy a salir pa tu ksa», «spram n la skina pq no c bien dond s».
Mofarse del uso de las estrategias tipográficas que se apegan sobre todo a las redes sociales (el uso de la @, la x y la –e) no es difícil, basta un poco de ingenio y ortodoxia. Lo que requiere un poco más de profundidad es pensar qué hay detrás de la idea que tenemos sobre el lenguaje y su manera de acogerse a los cambios sociales.
No quepan dudas de que la institucionalización del lenguaje ha sido históricamente una tarea de hombres, por lo que nuestras formas de comunicación están inscritas en el sistema patriarcal, más allá de las declinaciones latinas y sus terminaciones neutrales.
Las advertencias de los puristas de la lengua ralentizan transformaciones que resultan necesarias para los tiempos que vivimos. No se deben sentir como un peligro. No abogo por transformar el castellano y entorpecer la comunicación, sino por ver lo que hay detrás del telón y el dinamismo que este cambio de paradigma defiende. Aún más si esto contribuye a no reproducir la idea de que hay comportamientos, valores, espacios propios de hombres o mujeres, por tradiciones arraigadas a la sociedad.
Si bien es cierto que el uso cuidadoso del lenguaje inclusivo no da garantías para la equidad de derechos en ausencia de esfuerzos reales a favor de esta causa, este no debería ser visto con recelo ni tomarlo como amenaza a la pulcritud del lenguaje. Las intervenciones en él a través de la experiencia del otro nos permiten incluir y visibilizar a un mayor número de personas. Esta posibilidad que nos brinda nuestra lengua materna, como el sistema vivo que es, solo puede ser positivo.
Entonces, eliminar expresiones como «el hombre es dueño de su propio destino», denominar a la mujer por sí misma y no por su relación con algún sujeto masculino, desdoblar palabras, omitir artículos, es un aporte que se hace desde la cotidianeidad y que coadyuva a la deconstrucción de estereotipos, a vivir nuestras vidas en estado de inclusión y asombro ante la gran diversidad humana.
«Larga vida a la Revolución Socialista Mundial» (Ilustración: Aleksandr Samokhvalov/Hoover Political Poster)
La política es la expresión concentrada de la economía, (…) no puede dejar de tener supremacía sobre la economía (…) El socialismo es imposible sin la democracia.
Vladimir Ilich Lenin
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El centenario de la Nueva Política Económica (NEP) permite valorar la grandeza de la Revolución que la inspiró y comprender por qué y cómo se torció el rumbo al socialismo. Desde diversas corrientes de pensamiento, los comunistas polemizaron en aquellos tiempos fundadores acerca de la nueva estrategia y otros temas medulares inconclusos y vigentes. Se trataba de cómo construir el socialismo y legitimarlo como opción emancipadora frente al capitalismo.
En poco más de tres años desde el triunfo, Rusia había salido de la guerra imperialista, enfrentado la contrarrevolución, la guerra civil y la intervención de potencias extranjeras. Resistió el bloqueo y aislamiento político al que la sometieron las potencias capitalistas. La economía y la sociedad se centralizaron y militarizaron entre 1918 y 1921 mediante el Comunismo de Guerra, estrategia que permitió resistir y ganar, pero a costa de generar condiciones dramáticas que escalaron a la crisis política.
Las tensiones eran notorias desde fines de 1920 y la esperada «revolución mundial» no se concretaba. En ese contexto, en marzo de 1921 durante el X Congreso del Partido Comunista (bolchevique), se aprobó la NEP. En el centro del cónclave estuvieron la nueva estrategia y se retomaron la democracia, el papel y funciones del Partido Comunista, el Estado y los sindicatos.
Lenin y Trotsky (ambos en el centro de la imagen) entre soldados y delegados del X Congreso del Partido Bolchevique (1921).
En aquella etapa, los debates desde actitudes que obedecían a corrientes de pensamiento diversas sobre el socialismo, fueron amplios, públicos y fértiles. Los militantes elaboraban ideas y plataformas que se socializaban en espacios como la prensa, circuitos académicos y sociales, reuniones y congresos partidistas anuales.
Sin embargo, ese inédito ejercicio de democracia derivó hacia el autoritarismo y la lucha fraccional, que no obedece a presupuestos ideológicos para influir en política, sino a las pugnas por el poder que se traducen en alianzas efímeras, personalismos, demagogia sin principios, componendas y ajustes de cuentas.
Polémicas y corrientes durante los años de la NEP
En 1921, cuando se aprueba la NEP, coexistían dentro del Partido cuatro corrientes políticas con influencias, en mayor o menor medida, del marxismo, la socialdemocracia y el populismo ruso. Dos de ellas fueron protagónicas, en primer lugar frente a la NEP: la promotora, encabezada por Lenin con apoyo de varios sectores bolcheviques y figuras relevantes como N. Bujarin, y la liderada por L. Trotsky, que se le oponía con respaldo de Y. Preobrazhenski y otros bolcheviques.
Las otras dos corrientes opositoras tuvieron más participación y visibilidad en determinados temas, que no eran nuevos sino que el contexto del novel diseño económico hacía más preocupantes. Una era el Grupo del Centralismo Democrático (GCD), conformado desde 1919 con viejos bolcheviques liderados por T. Sapronov y V. Obolenski-Osinski. La otra era la Oposición obrera (OO), vanguardia de los sindicatos, que integraban funcionarios bolcheviques bajo el liderazgo de A. Shiliapnikov.
La NEP implicaba desarrollar una economía mixta que daba espacio a la propiedad privada, estimulaba la cooperativa y reservaba al Estado únicamente los sectores fundamentales. Lenin entendía que con esos cambios económicos, la gradual eficiencia de las formas socialistas y el acompañamiento de la educación de las masas, el socialismo terminaría imponiéndose. Para él, ese era un modo más lento pero seguro de llegar al socialismo si se controlaban los inevitables riesgos.
El grupo de Trotsky, que se identificaría luego como «oposición de izquierda», consideraba que tales medidas tendrían consecuencias económicas negativas a largo plazo, que eran concesiones al capitalismo y, por tanto, traición a la Revolución y a los principios comunistas. Además de concepciones diferentes sobre la acumulación, por ejemplo, influía el temor al riesgo, cierto apego a los métodos del Comunismo de Guerra y preferencia por la centralización y planificación estatales. Algunos de los seguidores de esta tendencia matizarán sus posiciones a partir de los argumentos leninistas y las luchas que sobrevinieron.
El tema de la democracia fue trascendental por su transversalidad en los demás tópicos. Los centralistas democráticos y los de la oposición obrera la consideraban lesionada en diversos ámbitos. Los primeros habían sido muy activos en las discusiones sobre la dirección única o colegiada. Criticaban la centralización y la concentración del poder en una minoría del Partido y lo que percibían como distorsión del centralismo democrático, que en su visión era «burocrático» y «autoritario». También rechazaban la burocratización del Partido y la frecuente intolerancia hacia opiniones diferentes.
La excelente obra de A. Kollontái, La oposición obrera, expone los temas de discusión en esos años y las opiniones del núcleo homónimo. Este reclamaba que el Partido y el Estado debían estar separados, incluso en el plano personal, y que todos los cargos dirigentes debían serlo por elección y no por designación, práctica a la que consideraban un «rasgo característico de la burocracia (…), [que] nutre el carrerismo, ofrece terreno favorable al favoritismo y a toda clase de fenómenos perniciosos (…)» y solo tenía un beneficiario: la burocracia misma.
Los partidarios de esta corriente se pronunciaban «por el retorno al espíritu democrático, a la libertad de opinión y de crítica en el seno del Partido» y entre los miembros de los sindicatos. Les preocupaba el distanciamiento de las élites dirigentes partidistas respecto a la militancia y la sociedad. Consideraban que «la condición imprescindible para sanear el Partido y para expulsar el espíritu burocrático» era retornar a la práctica de que todas las cuestiones esenciales de este y el Estado fueran «examinadas por la base antes que la síntesis de este examen fuera considerada por la cumbre».
Lenin entendía que el Partido debía ser una vanguardia muy selectiva en el plano ideológico y cultural, para canalizar los intereses y objetivos de la Revolución y el Socialismo a través de sus militantes. No dijo que debía estar estructuralmente por encima de la sociedad ni que debía ser único. Hablaba de hegemonía, pero su énfasis era en la función dirigente, y ya para entonces se habían prohibido los otros.
Por otro lado, las discusiones sobre el papel y las tareas de los sindicatos fueron enconadas. Las posturas coincidían en la educación y la propaganda como una de sus funciones, pero la Oposición obrera iba más allá e insistía en que estos, en lugar de ofrecer su «concurso pasivo a las administraciones del Estado» debían «participar» activamente en «la dirección de toda la economía nacional», máxime ante la nueva estrategia económica. Defendían el control obrero, la autonomía, el papel de los sindicatos en la gestión económica y el requisito de su beneplácito para ocupar cargos en las fábricas.
Lev Trotsky (Foto: BBC)
La corriente de Trotsky proponía integrarlos a la administración y que participaran en la gestión económica; mientras, la leninista, con la mayoría del Comité Central, se le oponía al acentuar su papel como órgano de defensa de clase.
Finalmente, el Congreso aprobó la resolución «Sobre la desviación sindicalista y anarquista dentro de nuestro Partido», que condenaba a la Oposición Obrera al considerarla una desviación incompatible con la militancia partidista. Dicha resolución, y la titulada «Sobre la unidad del partido», tuvieron consecuencias lamentables. Esta última orientaba la disolución de las facciones opositoras. Ambas trascendieron como coartaciones a la tradición democrática de la organización y sirvieron al autoritarismo y la represión de toda disidencia con Stalin.
Las corrientes opositoras representadas en el GCD y la OO quedaron debilitadas aunque continuaron defendiendo sus ideas. La primera se sumó, dos años después, a Trotsky. La segunda se disolvió en 1922, cuando sus demandas e intento de solucionar el conflicto («Declaración de los 22») fue rechazada en la Comintern y en el XI Congreso del PC. A pesar de ello, sus posiciones se mantuvieron en el Grupo de Trabajo Obrero de la organización.
De las corrientes de pensamiento a las pugnas y el ocaso
Una segunda fase transcurrió entre 1924 y 1927. Tras la muerte de Lenin, en enero de 1924, estuvo marcada por la puja en relación con la NEP, la escalada de Stalin y los cambios de posiciones. Stalin se había mantenido arropado en la mayoría leninista hegemónica, con L. Kámeniev y G. Zinóviev como aliados. Su ascenso a secretario general, en el XI Congreso (1922), se había subestimado por la fuerza del liderazgo de Lenin. Pero tendría fatales consecuencias.[1]
De un lado estaba la Troika, integrada, desde la enfermedad de Lenin, por Stalin, Zinóviev —presidente de la Internacional Comunista— y Kámenev, presidente del Consejo de Trabajo y Defensa. Siguiendo a Stalin se manipulaba el ideario leninista, se torpedeaba la NEP, se estimulaban la burocracia y las prácticas antidemocráticas.
«¡Recordad a los hambrientos!» (Cartel sobre la hambruna de 1921, por Iván Vasilevich Simakov (1921)
Del otro lado se hallaba la Oposición de Izquierda (s) presidida por Trotsky, que enfrentó una arremetida abierta del poder desde el XIII Congreso, en enero de 1924 y ya sin Lenin. El precedente clave: cartas de Trotsky y de otros cuarenta y seis destacados líderes soviéticos, («Declaración de los 46»), enviadas al Buró Político del Comité Central del PC. En ellas expresaban preocupación por las decisiones arbitrarias y dictatoriales del Buró Político, incluyendo la supresión por la fuerza de movimientos disidentes. Además, solicitaban una reunión urgente del Comité Central para discutir y resolver el dilema.
Poco después surge la Oposición Unificada, también liderada por Trotsky, a la que se sumaron Kámenev, Zinóviev, el Grupo de los quince —que derivaba del GCD con Saprónov y I. Smirnov— y otros.
En ese contexto, el XV Congreso (1927) del PCUS terminó de allanar el camino para el abandono oficial de la NEP y el avance de la reacción estalinista. Las polémicas ya eran públicas, se limitaban a la cúpula partidaria y los conflictos se agudizaban con las llamadas «medidas extraordinarias». El final fue la expulsión de Trotsky y otros muchos opositores en dicho cónclave.
Se empezaba también a aplicar el famoso —por tenebroso— Artículo 58 del Código Penal, que costaría miles de vidas bajo el cargo de «sospechoso de actividades contrarrevolucionarias». En consecuencia, proliferaron desde entonces los presos políticos, unificados bajo la etiqueta «enemigos del pueblo».
La última fase de enfrentamientos al interior del Partido ocurrió entre 1928 y 1930. Stalin enarboló el gran salto al socialismo con la industrialización y la implementación del Primer plan quinquenal, que sustituía oficialmente a la NEP. Ya no podían existir legalmente las agrupaciones de oposición, que fueron acusadas de «desviacionismo». Como resultado, se reeditaron «medidas extraordinarias» que agudizaron las diferencias.
Al frente de la fracción estalinista solo quedó, informalmente, la denominada Oposición derechista, liderada por Bujarin, A. Rykov y M. Tomsky. Era el reducto de la «unificada de izquierda» y otros nuevos, entre ellos algunos ex aliados de Stalin. Se consideraban seguidores de la línea de Lenin y por tanto de la NEP. Desconfiaban del éxito de los planes quinquenales. Habían flexibilizado un tanto sus posiciones en medio de la pugna de 1927, pero no coincidían con el gran salto ni con el autoritarismo estalinista. No obstante, casi todos los protagonistas y miembros de los grupos opositores no sobrevivirían a las purgas estalinistas.
Stalin y Bujarin
En ese tiempo se produjo un mayor acercamiento de los Centralistas Democráticos y los de Oposición Obrera, que intentaron rescatar el ideal de la Revolución de octubre. Estos valoraron incluso la idea de fundar un nuevo Partido Obrero Comunista Ruso y una Federación. Existe un interesante estudio de Michael Oliver sobre la evolución de esas dos corrientes.
De la luz a las tinieblas: lecciones desaprovechadas
Con la NEP, la URSS consiguió la recuperación económica en varios sectores y se reanimó la vida cultural y científica del país. Su impulso favoreció la creación de la URSS, en diciembre de 1922, y la proclamación de la Constitución de 1924. Sin embargo, la apertura propiciada por las reformas no se acompañó en el ámbito de lo político; este, por el contrario, se restringía. Fue precisamente el control férreo del Buró Político, en detrimento de otras opiniones, dentro y fuera del Partido, lo que condujo al boicot de la NEP en el mediano y largo plazos.
Los vicios y deformaciones provenientes de la burocracia y el funcionariado se incrementaron durante el ascenso de Stalin. En su texto «El esplendor que pasmó el mundo», la profesora Dinorah Hernández Sánchez demuestra la importancia creciente de este sector, que sería, a la postre, una de las causas del desplome de fines del pasado siglo. En 1927, el 75% de los delegados al XV Congreso del PCUS eran funcionarios permanentes del Partido, a pesar de la insistencia de Lenin: «¡Un aparato para la política y no una política para el aparato! ¡Una buena burocracia al servicio de la política y no una política al servicio de una (buena) burocracia!»[2].
En el complejo escenario internacional e interno de una Revolución asediada que intentaba transitar al socialismo, el secuestro acelerado de la democracia, la contradicción entre apertura en lo económico y constreñimiento en lo político, así como las pugnas dentro del Partido y la escalada de una personalidad como la de Stalin, terminaron por torcer el rumbo.
La censura a la oposición, la compartimentación de la información y el secretismo, que tuvieron como precedentes lamentables la resolución de 1921, la excesiva discrecionalidad con el testamento político de Lenin —que no fue publicado hasta 1956— y la reducción de los debates en la cúpula del Partido sin participación de las masas, hicieron su parte. Derivaron en prácticas unanimistas, de doble moral y silencio cómplice ante el poder. Fenómenos que hasta hoy acompañan a los socialismos.
El discurso triunfalista de Stalin en el XVI Congreso (julio 1930), fue el colofón de la traición a los ideales de octubre y al aporte de tanto pensamiento fértil que intentaba tributar al socialismo. Con razón la profesora Natacha Gómez afirma que la Revolución Rusa no se perdió en 1991, «se estaba desintegrando desde fines de los años 20».
***
[1] En los libros Mi vida, Coyoacán, México, 1930, y en el de Isaac Deutscher, Trotsky el profeta desarmado, LOM Ediciones, Santiago, 2015, se describen las vivencias y las concepciones trotskistas, así como los turbios manejos de Stalin desde esa época.
[2] Dinorah Hernández Sánchez: «El esplendor que pasmó al mundo», conferencia magistral por el centenario de la Revolución Rusa en la Universidad de Panamá, noviembre de 2017.
OP: Tema de presentación del programa Charla de Sobremesa (Invitados: Magdalena Zaldívar y Ángel Arturo Vázquez Araño)/Spot de los CDR/ Cortina musical.
LOC: ¡Bienvenida, Magdalena, a nuestro programa Charla de Sobremesa! Estamos encantados de tenerte otra vez aquí.
MAGD: Muy buenas tardes, Yuniel. Me siento muy agradecida por la invitación… ¡Qué frío hace aquí! No pensé…
LOC: También damos la bienvenida a nuestro invitado especial de la tarde. Nuestra sorpresa de hoy: el veterano periodista Ángel Arturo Vázquez Araño, ¡un maestro de generaciones de profesionales de la comunicación! Cátedra viviente, pozo de sabiduría, depósito de experiencia… ¿Te gustó el café, Magdalena?
MAGD: ¡Delicioso! Un poco redundante después del potaje de chícharos del comedor de la emisora, pero con una temperatura ideal. Tienes que enseñarme cómo…
LOC: ¿Sabías que Vázquez Araño comenzó su carrera como comunicador durante la última etapa de nuestras luchas libertarias?
LOC: Era el propio Vázquez Araño el encargado de llevar la planta montaña arriba y montaña abajo, cuando los mulos se ponían negativos y se rehusaban a cooperar. ¿Lo sabías?
MAGD: Bueno, escuché…
LOC: ¡Exactamente!, fue Vázquez Araño quien redactó cada uno de los discursos que el Comandante debía pronunciar por la radiodifusora clandestina, pero como nuestro líder histórico no entendía su letra, jamás se arriesgó a leer ninguno al aire.
MAGD: Sí, escuché…
LOC: A Vázquez Araño también puede considerársele un pionero de la prensa plana ya en el período revolucionario. ¡Estoy seguro de que has escuchado sobre esto!
MAGD: …
LOC: Los periódicos Noticias de Hoy y Revolución se fusionaron el 3 de octubre de 1965, y Vázquez Araño ocupó el puesto de director del nuevo órgano de prensa durante toda la mañana del día 4. Y así, al menos por algunas horas, nuestro invitado especial de la tarde de hoy estuvo al frente de cada uno de los órganos de prensa, emisoras radiales y televisoras provinciales y municipales que se han fundado en el país desde 1959 hasta la actualidad.
MAGD: Sí…
LOC: Vázquez Araño estuvo presente en cada momento importante de la historia de nuestra Revolución, desde la entrada de la caravana rebelde a la capital, hasta el último discurso de nuestro presidente durante aquella tángana espontánea… Pero bueno, Magdalena (RÍE), aunque sabes cómo disfruto escucharte, dejemos que sea el propio Vázquez Araño quien nos dé detalles de su intensa vida profesional…
MAGD: Yuniel, se le ve pálido…
LOC: ¡Está frío!
MAGD: ¿Se mueve?
LOC: ¡¡¡No respira!!!
OP: Cortina musical.
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El equipo de La Joven Cuba felicita a los profesionales del periodismo cubano este 14 de marzo, Día de la Prensa en nuestro país.
Fructuoso Rodríguez, José A. Echeverría. [illegible] al Príncipe ... [illegible]. Estudiantes presos, álbum de 1954.
La memoria histórica de una nación es la espina dorsal que sostiene la identidad nacional, la que permite a futuras generaciones compartir sentimientos, posturas éticas, ideológicas, religiosas o estéticas. Ella constituye el proceso sociocultural más importante para preservar la huella de una cultura y, como tal, debe ser rescatada, restaurada, resguardada, conservada, estudiada y difundida en un constante ciclo de desarrollo multidisciplinar que asegure la imparcialidad y objetividad de lo tratado.
Si partimos del precepto de que un país es más que la suma de sus sucesos, es en el análisis objetivo de lo unitario y lo antagónico que se enaltece la nación. Entonces, sobran acá los intereses sectarios.
La manipulación de la memoria histórica responde a intereses parciales, dogmáticos o personales que rara vez alcanzan, a largo plazo, su objetivo. La intención es dejar, a los ojos de actores futuros, la imagen de una sociedad que pudo haber sido más que eso. Ejemplos de lo anterior abundan en la historia: los egipcios borraron a la faraona Hatshepsut de los monumentos del Imperio Nuevo, quisieron invisibilizar su figura. Vano intento, milenios después se sabría de ella.
Forma parte de la labor del historiador, amén de todos los aspectos que conformen su análisis subjetivo de la realidad, tratar los hechos en su integralidad. La historia total dignifica la labor y enriquece el enfoque, aunque tal cometido pueda parecer una quimera en un mundo profundamente matizado por intereses de todo tipo.
El discurso histórico alrededor de la historia de la Revolución está desbalanceado, fragmentado; inclinado manifiestamente hacia una visión ventiseísta, que deja un notable espacio de interrogantes y vacíos. Una parte importante de esa zona invisible la ocupa el Directorio Revolucionario 13 de marzo.
Hace un año, en un artículo-respuesta a la controversia desatada alrededor de la emisión del programa Mesa Redonda del 13 de marzo de 2020, Rosario Alfonso Parodi, al referirse a este tema, hacía una conclusión clave: «Si ese discurso es de desmemoria, si es chato, maniqueo, denostador de lo que algunos creen no tributa a la alabanza y gloria de unos pocos, ese día, esa convergencia va a ser desigual; ese día podrían lograr que la Revolución viva una crisis de identidad, desde donde hacerla escorar».
La desigualdad en el discurso se manifiesta en dos aspectos fundamentales que lastran la memoria histórica del Directorio Revolucionario: primero, la escasa presencia de la organización en los estudios de la historia de la Revolución en todos los niveles de la pirámide formativa de la enseñanza; segundo, la sustitución de los espacios y la tergiversación o disminución de la épica revolucionaria del Directorio.
Presencia de la organización en los estudios de la historia de la Revolución
El primer aspecto es el más abarcador, pues el estudio de la historia de la Revolución en el sistema educativo empieza desde la asignación de nombres a las escuelas y centros. Relacionado con ello, se manifiesta un aparataje de influencia visual y cognitiva que incluye fotos del mártir —o del hecho— en los murales y las aulas, conocimiento de su biografía desde el preescolar, trabajos investigativos, convocatoria a concursos, etc.
Para analizar este aspecto sería necesario contar con los nombres de todos los centros de estudio del país. Tal listado no fue posible hallarlo, pero sí uno aproximado —disponible en ECURED: «Instituciones Educativas de Cuba»— del cual se tuvieron en cuenta 660 instituciones. La selección para el análisis incluyó a las provincias que tuvieran la mayoría de sus instituciones docentes presentes en la lista, pues en ciertos casos aparecían provincias con muy pocas escuelas declaradas.
El resultado es revelador: del total de 660 escuelas y centros, 117 nombres (17%), pertenecen a la categoría que denominamos «del siglo XIX»; 178 (26%), a la categoría «M-26-7» y solamente 27 (4%), a la categoría « Directorio Revolucionario». El resto de las denominaciones fueron incluidas en una categoría mayoritaria que llamamos «otros» en la cual se cuentan: internacionalistas, otras organizaciones revolucionarias, figuras o hechos internacionales y personalidades del mundo de la cultura.
Tales datos pueden aportar varios análisis que no son objeto de este trabajo, pero lo que sí queda claro es que, en lo relativo a nombrar las escuelas y centros educativos, el resguardo, estudio y difusión de la historia del Directorio es seis veces menor que el de la organización que fue su homóloga en el tiempo.
Un segundo aspecto de este primer punto son los programas de la asignatura Historia de Cuba en los distintos niveles de enseñanza. En el libro de texto de noveno grado no llega a cuatro páginas el contenido que menciona, como otras acciones y sucesos, los temas relacionados con el Directorio. Sucede algo similar con el libro de texto de duodécimo grado. Es prácticamente el mismo enfoque e igual cantidad de contenido.
En el caso de la enseñanza universitaria, lo típico es que en un programa de 64 horas ninguna clase se dedique por entero a tratar la historia del Directorio, lo cual es comprensible debido a la necesidad de condensar, en tan poco tiempo, tanto contenido. El mayor problema estriba en que, de una unidad que como mínimo tiene diez horas —que abarcan solamente la etapa comprendida entre el 52 y el 59— nunca se destinan más de dos en total al Directorio.
El alumno vuelve a recibir —con un enfoque más integral que en enseñanzas precedentes— la información relativa a los héroes indiscutibles del Moncada, las etapas de la lucha en la Sierra, el fracaso de la huelga del 9 de abril, el llamado de Fidel a la huelga general, etc. Pero nada se les dice del paro de los Cincos Minutos, ni de las declaraciones de «Ciudad Muerta», no se les habla del triunfo del paro azucarero de diciembre del 55, gracias al respaldo del ya existente Directorio, y, en la mayoría de los casos, los estudiantes siguen creyendo que este se fundó el 24 de febrero de 1956.
En la distribución de contenidos, están justamente incluidos Abel, Renato, el temple de Melba y Haydee, el derroche de coraje de Camilo y Che en su marcha a Las Villas. En cambio, nada de Machadito —ni su posterior calvario— volviendo a entrar a Palacio para rescatar a un miope Juan Pedro; se omiten también la importancia de la colaboración de la columna del Directorio para la toma —junto al Che—, de la zona central, así como la enorme muestra de unidad de esta columna al poner toda su base logística del centro del país en función de socorrer a unos desfallecidos invasores; tampoco existen, en los programas, las mujeres del Directorio.
Imagen tomada por el fotógrafo Liborio Noval el 13 de marzo de 1957.
Es usual incluir muchas veces un seminario sobre el Moncada y La Historia me Absolverá, en tanto, el asalto a Palacio no pasa de una mención que, la más de las veces, atribuye falsamente un carácter suicida al hecho. Si conocemos esas lagunas en la manera de abordar la historia del Directorio, podremos comprender la naturalidad con la que, hace un año, transmitiendo desde el antiguo Palacio Presidencial, una periodista manifestó, en un programa de televisión, que esos muchachos habían ido a un suicidio.
El desconocimiento, soslayo y ninguneo de la historia del Directorio está tan enraizado, es tan profundo el daño a la memoria histórica de la organización, que pensamientos como ese son, según mi experiencia de más de veinte años de docencia, la imagen típica con que los estudiantes abandonan las aulas.
Tal ignorancia podría haber sido atenuada con la difusión, a través de editoriales cubanas, de libros relativos al tema; sin embargo, la presencia en los catálogos de dichas instituciones de publicaciones afines al Directorio es ínfima. Una simple ojeada a las librerías del país permite apreciar que no abundan, como regla general, materiales de este tipo.
Sin que sea exhaustivo, entre lo que existe cito algunas memorias, como las de Julio García Oliveras, Enrique Rodríguez Loeches y, más recientemente, las de René Anillo. Vale destacar también la excelente novela Empecinadamente vivos, de Rodolfo Alpízar Castillo, publicada por Letras Cubanas en el 2011 y a libre descarga en internet, que es una historia novelada sobre los hechos de Humbolt 7. Del historiador Newton Briones es Víctima o culpable. La delación de Humbolt 7, interesante libro bajo el sello de Ruth Editorial y a la venta en Amazon.
No es este un asunto menor. Gran parte del conocimiento histórico se forma a través de lecturas, de modo que las personas asumirán como herencia histórica lo que conocen, y desecharán, o no incorporarán, aquello que ignoran. El paso de los años hace el resto, hasta terminar por desaparecer de la memoria de la nación a hechos y figuras. ¿Acaso ha escuchado la media de los cubanos y cubanas hablar de Mujeres Oposicionistas Unidas?
El punto anterior está matizado —aunque no explicado— por un hecho objetivo: el difícil acceso a los archivos del Directorio Revolucionario 13 de Marzo. El fondo que existe en el Archivo Nacional —la última vez que este articulista acudió a revisarlo fue en el año 2013—, es la minúscula parte de uno mayor que se encuentra ubicado en la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, a la cual el acceso es mucho más restringido.
Sustitución de los espacios, tergiversación y disminución de la épica revolucionaria del Directorio
Una etapa muy importante de la memoria histórica es la conservación y restauración de los espacios, con el fin de mantener los referentes que posibilitan codificar la historia en el imaginario social y perpetuar los legados. El Directorio ha sido absorbido, diluido, como parte de un proceso de continuidad y aparentes reconocimientos.
¿Qué significa para la memoria del Directorio que sea Palacio el Museo de la Revolución? Podría parecer un reconocimiento, un homenaje, el usar como símbolo del proceso el lugar donde cayeron tantos asaltantes de esa organización. Pero no lo es, es una sustitución, una homogeneización de la individualidad en el todo. El Directorio apenas está en ese lugar. Cuando uno lo visita, si no cuenta con una guía, puede salir sin haber visto siquiera los orificios de bala. Lo que queda, al recordar, es el conjunto escultórico del Che y Camilo, las camisas y otros objetos de los moncadistas.
La sustitución de espacios no tiene, sin embargo, su peor ejemplo en el Museo de la Revolución. El caso más significativo es la desaparición del parque Zayas para la erección del Memorial del Granma. Literalmente, en ese lugar donde tantos mártires del Directorio cayeron, los símbolos del M-26-7 reemplazaron el espacio físico y la memoria histórica de los hechos. El camión de mudanzas parece ilustrar, como una ironía, la transmutación.
Parque Zayas, actual Memorial del Granma, y del Palacio Presidencial.
Siempre existirán explicaciones alternativas que intenten justificar lo anterior. Podrá apelarse a argumentos que no negarán lo analizado. Como también será posible achacar a la incapacidad de un funcionario sin nombre los sucesos que me fueron referidos por Natalia Bolívar —y publicados por Julio César Guanche en entrevista realizada a esta heroína—, referentes a la colocación, en la antigua Quinta Estación de Policía de Playa, de una tarja que afirmaba que ese lugar había sido asaltado en noviembre de 1958 por comandos del M-26-7, cuando se sabe que fue una acción del Directorio.
La homogeneización y sustitución de los espacios afecta la memoria histórica del Directorio, pues tergiversa y disminuye la épica de la organización, perturbando además la imagen unitaria que siempre proyectó. ¿Acaso conoce la media de los cubanos que las armas que quedaron del asalto a Palacio fueron enviadas a Frank País por la dirección del Directorio para ser subidas a la Sierra? Sé, por mi experiencia docente, que cuando se relatan los refuerzos de armamentos y hombres con los que Frank refuerza y socorre a la guerrilla, no se menciona este aporte.
¿Y la alocución de José Antonio? En los últimos años me he ocupado de preguntarle a mi hija y a mi hermano menor, que viven en provincias diferentes, si les ponen la grabación con sus palabras ante los micrófonos de Radio Reloj. Llevo años recibiendo un «no» por respuesta.
En la memoria popular el Directorio corre el riesgo de desaparecer, de su memoria histórica ya se han eliminado ciertas tradiciones. Indague en las calles qué ocurrió el 30 de julio y por qué es el Día de los Mártires. Pregunte igualmente qué sucedió el 20 de abril. Comprobará —como me ha ocurrido en aulas de tres provincias—, que la mayoría puede identificar y relacionar la primera fecha con acciones del M-26-7, mientras casi ninguno acierta que la segunda es la masacre de Humboldt 7.
El rescate, restauración, resguardo, conservación, estudio y difusión de la historia del Directorio es una necesidad. La historia de la Revolución es incompleta sin ella. La homogenización lacera el discurso histórico y abre una brecha injusta en la comprensión del proceso, lo cual afecta no solo al legado del Directorio, sino a la propia memoria de la nación.