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Hart, Fidel y algunas aristas de la política cultural: el todo en una pieza

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Armando Hart
Fidel Castro y Armando Hart en 1961. (Foto: Associated Press)

Armando Hart fue uno de los principales artífices del dogma histórico que representa Fidel Castro dentro de la cultura cubana. Se dio a la tarea de enmarcarlo como salvaguarda principal de esta última y lo reconoció como estandarte de una realidad que comenzó en enero de 1959 y en la que se sintetizaron las transformaciones sociales propuestas por el proceso revolucionario con las pretensiones ideológicas de sus líderes.

Sin dudar, Hart comulgó estrictamente con los planteamientos y políticas llevadas a cabo por Fidel hasta el día de su muerte, a lo que llamaría: «la Cultura de hacer política de Fidel Castro». Es importante destacar que Hart sirvió en el cargo de ministro de Cultura desde 1976 hasta 1997, y el vínculo estrecho entre las políticas del Comandante y él, son claves para entender disimiles posicionamientos y directrices culturales de esos años y los posteriores.

Declarado martiano, Hart sostuvo la idea de la continuidad histórica de Martí a través de Fidel, instaurando un patrón conceptual que denominó la «política fidelista de fundamentación martiana»,1 un intento de instaurar el nexo entre ambas figuras, que distan tanto en tiempo como en modelos de pensamiento, con un fin de significación mesiánica y redentora.

La comparación entre sus respectivas posturas antiimperialistas, debe hacerse desde el análisis de su antagonismo, enfocado en las propuestas de estructura social que perseguían, no desde la torpeza y el intento oportunista de equiparación. Sintetizar el estudio del pensamiento cubano y la cultura nacional en el arquetipo Martí-Fidel, es ignorar la contribución de un sinfín de ilustres pensadores y creadores a esta labor, así como la de las clases populares, fuente principal de lo que hoy se denomina «cubanidad».

Desde la caída del Apóstol, en 1895, su imagen y pensamiento se trabajaron desde el uso obsesivo de la exaltación, construida como idea del bien, como el derrotero más limpio. Luego de enero del 1959, la instauración de similitudes entre Fidel y Martí se volvió práctica recurrente, y Hart, una de las figuras que más comulgó con este intento. Al mismo tiempo, el propio Fidel utilizó el símbolo Martí, su nombre y sus palabras, para llevar a cabo su labor de dirigencia, muchas veces llegando a reducir la política y la cultura cubanas a un patrón de concepción estrictamente martiano, o lo que él consideró como tal.  

Partiendo de incongruencias en la forma de relacionar ideología, ética y política con la realidad contextual cubana, Hart posicionó al Comandante como non plus ultra de la política cultural del siglo XX, ignorando aportes sustanciales de figuras precedentes que abonaron su acción y desarrollo intelectual. Asimismo, se desentendió de la sintomatología sectaria en la propuesta cultural del líder, que devino ponderación abusiva a su imagen y discurso. Incluso antes del 59, este fue presentado como imperfectible por las virtudes que se le atribuyeron. El tratamiento de hombre intachable, paradigmático y ejemplar que recibió, y aún recibe, sustrajo el derecho al cuestionamiento.

Desde los primeros años de la Revolución esto representó una traba importante en el esquema político-cultural cubano, dado que cualquier postura tangencial a la del entonces Primer Ministro, significaba una afrenta al proceso y, por tanto, al pueblo. De esta forma, se redujo el ideario renovador a la doctrina fidelista. Suponer que la Revolución Cubana fue obra y gracia de Fidel Castro, es ignorar el resto de líneas de pensamiento y toda la sangre derramada en la lucha contra la dictadura de Batista y gobiernos precedentes.

Tal idealización fue acogida por muchas personalidades del gremio intelectual involucradas en la estructura de gobierno, donde Fidel fue colocado como figura concluyente en materia de programas en pos de la justicia social. Así, la instrumentalización de la imagen del Primer Ministro pasó a planos donde fue y es presentado como ser omnisciente y, en casos de mayor reserva, brillante.

Esto trajo como consecuencia la invisibilización de la condición humana de Fidel, quien se convirtió en un emblema de victoria: el «invicto Comandante». Al volverse el símbolo Pop de la izquierda revolucionaria, el emblema patriarcal de un proceso antiimperialista, el histriónico vocero de un sueño de justicia, en fin, la figura histórica; los diversos estratos sociales, políticos y culturales cubanos fueron saturados de sus imposiciones ideológicas, sus programas de uniformización de pensamiento, y su doctrina y entendimiento cultural.

Armando Hart
Luego de enero del 1959, la instauración de similitudes entre Fidel y Martí se volvió práctica recurrente, y Hart, una de las figuras que más comulgó con este intento.

Fidel Castro instauró un enfoque dogmático en las formas en que se debía asumir el ámbito cultural en Cuba, al punto de esquematizar qué era y qué no parte de la cultura; qué aportaba y qué no al nuevo proceso. De este modo, centralizar y segregar fueron tareas de orden dentro de las políticas culturales de los primeros años. Lo anterior queda claro en el documento conocido como Palabras a los Intelectuales, intervención de Fidel el 30 de junio de 1961, como conclusión a una serie de intercambios que tuvieron lugar en la Biblioteca Nacional entre dirigentes políticos y diversos académicos y creadores.

Palabras a los intelectuales, según Hart, constituyó el texto programático y fundador de la política cultural de la Revolución. En ellas, Fidel puntualizó cuáles eran las dinámicas culturales que perseguía el gobierno, caracterizadas principalmente por procesos de segregación y negación de concepciones ajenas a las del nuevo poder político. Apuntó Hart que el ideario fidelista de «unir para vencer» significó la característica primera en su esquema de pensamiento. Esto constituye una falacia inmensa, pues la característica primera de la política revolucionaria fue el divisionismo.

En ese texto se dejó claro el carácter inamovible de la política del gobierno, al expresar que la libertad creativa debería, inequívocamente, estar en consonancia con los designios del proceso. De tal forma, el tono desacreditador ante las demandas de los presentes, la negación a priori de la legitimidad de estas, así como la excesiva demagogia al referirse a un supuesto trato horizontal, no sirvieron más que como modos de instrumentalizar esta serie de quejas con el argumento de que todos los esfuerzos y prioridades deberían centrarse únicamente en la Revolución, descreyendo estas solicitudes como parte de la acción constructiva de la dinámica a la que se aspiraba.

La concepción esquemática que otorgó Fidel al término Revolución, dista desde esos momentos de su sentido más abarcador, condicionando su uso —principalmente en materia de creación—, al mero compromiso de exponer la realidad revolucionaria, así como integrarse a esta desde el ánimo de asentir a todos los dictámenes del poder político. Todo lo que no constituyese una apología, una exaltación de la virtud revolucionaria, era antagónico al orden programático de la Revolución y a Fidel. Desde aquella reunión se normalizó el rechazo directo y sin escalas a cualquier creador que, de acuerdo al Primer Ministro, fuera «más artista que revolucionario».

De este modo se cuestionó la confianza de los creadores en su obra y en el proceso. Fidel llegó incluso a referirse a algunos de los presentes como «escritores y artistas revolucionarios», estableciendo privilegios respecto a otros que, para la óptica del Comandante, no merecían tal categoría. La tajante sentencia «Dentro de la Revolución todo; fuera de la Revolución ningún derecho», es de las tantas evidencias del encuadre segregacionista de las políticas del gobierno. En la mencionada, Fidel suscribe la postura excluyente y punitiva de la política cultural revolucionaria ante cualquier persona/creador/artista que no estuviera en consonancia con los designios y líneas de pensamiento de los que él denominó los «hombres de gobierno» y Hart los «legítimos dirigentes» del país.

Armando Hart
La tajante sentencia «Dentro de la Revolución todo; fuera de la Revolución ningún derecho», es de las tantas evidencias del encuadre segregacionista de las políticas del gobierno.

Al mismo tiempo, el tratamiento a quien mantuviera una ideología opuesta al sistema, desde esos años, se convirtió en una constante vejatoria. Bajo la terminología de contrarrevolucionario, gusano, lumpen o mercenario, fue encasillada toda persona opuesta al gobierno, o incluso a determinadas decisiones de este. El rechazo lo dejó explícito Fidel muchas veces, como por ejemplo, en el discurso que pronunciara en la clausura del acto por el VI aniversario del Asalto al Palacio Presidencial, celebrado en la escalinata de la Universidad de la Habana el 13 de marzo de 1963. Ahí enfatizó:

«Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos (RISAS); algunos de ellos con una guitarrita en actitudes “elvispreslianas”, y que han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides por la libre.

Que no confundan la serenidad de la Revolución y la ecuanimidad de la Revolución con debilidades de la Revolución. Porque nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones (APLAUSOS). La sociedad socialista no puede permitir ese tipo de degeneraciones.

¿Jovencitos aspirantes a eso?  ¡No!  “Arbol que creció torcido…”, ya el remedio no es tan fácil.  No voy a decir que vayamos a aplicar medidas drásticas contra esos árboles torcidos, pero jovencitos aspirantes, ¡no! (…) Entonces, consideramos que nuestra agricultura necesita brazos (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”); y que esa gusanera lumpeniana, y la otra gusanera, no confundan La Habana con Miami».

Harto sabido es que muchos de esos «elvispreslianos», «pepillos», «feminoides», «burgueses», «torcidos», «lumpen», sufrieron los horrores de las UMAP, la expulsión de sus centros educacionales y laborales, así como la marca moralista de no ser aceptados en la sociedad revolucionaria y socialista que comandaba el que ya era líder supremo; el mismo que el 1ro de mayo de 1980, en la Plaza de la Revolución, mientras transcurría el éxodo del Mariel, fue capaz de decir que para esas personas no había lugar en Cuba, que se fueran, demostrando así la omnipotencia política y el carácter narcisista de la que denominaría Hart «Revolución de Fidel».

Volviendo a la mencionada intervención de 1961, el político afirmó entonces que «La Revolución significa más Cultura y más arte». No obstante lo que ocurrió desde entonces fue la normalización del revisionismo y la censura bajo el argumento de que era derecho de las autoridades culturales velar por un arte cuya función radicara en la educación del pueblo. Tal perspectiva sería cuna de arbitrariedades, adoctrinamiento y de la supresión de libertades creativas.

Ese discurso transitó por zonas oscuras en el tratamiento al futuro cultural cubano, al punto de que Fidel declaró que él trabajaba para el presente, no para el futuro; para luego, más avanzadas sus palabras, buscar la validación en el compromiso de la Revolución con vistas al porvenir. Anuló así el derecho de los presentes a reclamar sobre la actualidad cultural. Asimismo, resulta curiosísimo que a la par que se desarrollaba una campaña de alfabetización bajo el lema «la cultura es lo primero que hay que salvar», Fidel aludía en el mencionado encuentro a prioridades por encima de la dinámica cultural nacional.

Desde los inicios, el Comandante propuso una «revolución cultural» como divisa principal del nuevo proceso, sustentada en las ideas de justicia social y del hombre nuevo. Sin embargo, estas intenciones no tenían cabida más allá de las interpretaciones y re-conceptualizaciones de sus líderes, y de su narrativa. Ello se evidencia desde 1959 en documentos como la Ley 169 (inciso A), firmada en marzo, donde quedaba explícito que toda creación cinematográfica tenía que responder a los «fines de la Revolución que la hace posible y garantiza el actual clima de libertad creadora»; o en los plenos poderes otorgados a Fidel como Primer Ministro para aprobar o derogar leyes culturales e instituciones.

Armando Hart
toda creación cinematográfica tenía que responder a los «fines de la Revolución que la hace posible y garantiza el actual clima de libertad creadora». (Foto: Alfredo Guevara, a su la derecha Héctor García Mesa, a su izquierda Saúl Yelín, todos fundadores del ICAIC. Foto Agnes Varda)

De este modo, presentado como estandarte representativo de una nueva dinámica cultural, el Comandante absorbió todos los derroteros estéticos y discursivos que pudo traer consigo el triunfo de enero. Esta forma de asumir la Revolución como feudo, propiedad de una minoría victoriosa, representó desde los primeros años un síntoma agudo de lo que luego sería un sistema totalitario y vertical.

Armando Hart obró como subordinado fiel de las ideas del Comandante, sin cuestionar ni un milímetro de su política, tanto en materia cultural como educacional. Eso lo llevó a señalar a Palabras a los intelectuales como inicio de un proceso trascendental dentro de la dinámica creativa cubana, bajo el criterio de que luego de instaurada esta política, llegó la cultura nacional a su máximo esplendor.

Hart ignoró el desarrollo intelectual y artístico anterior a la Revolución, y dejó claro en su discurso por los treinta años de Palabras a los intelectuales, que las inquietudes de las generaciones se remedian con trabajo ideológico-cultural; una evidencia más de su simpatía con la hermeticidad y el adoctrinamiento. Sobre este tema, le había comentado en una carta Ernesto Che Guevara:

«Mi querido Secretario: Te felicito por la oportunidad que te han dado de ser Dios; tienes seis días para ello. Antes de que acabes y te sientes a descansar como hizo tu predecesor, quiero exponerte algunas ideíllas sobre la cultura de nuestra vanguardia y de nuestro pueblo en general.

En este largo período de vacaciones le metí la nariz a la filosofía, cosa que hace tiempo pensaba hacer. Me encontré con la primera dificultad: en Cuba no hay nada publicado, si excluimos los ladrillos soviéticos que tienen el inconveniente de no dejarte pensar; ya el Partido lo hizo por ti y tú debes digerir. Como método, es lo más antimarxista, pero, además, suelen ser muy malos, la segunda, y no menos importante, fue mi desconocimiento del lenguaje filosófico (he luchado duramente con el maestro Hegel y en el primer round me dio dos caídas). Por ello hice un plan de estudio para mí que, creo, puede ser estudiado y mejorado mucho para constituir la base de una verdadera escuela de pensamiento; ya hemos hecho mucho, pero algún día tendremos también que pensar (…)

Es un trabajo gigantesco, pero Cuba lo merece y creo que lo pudiera intentar. No te canso más con esta cháchara. Te escribí a ti porque mi conocimiento de los actuales responsables de la orientación ideológica es pobre y, tal vez, no fuera prudente hacerlo por otras consideraciones (no sólo la del seguidismo, que también cuenta).

Bueno, ilustre colega (por lo de filósofo), te deseo éxito. Espero que nos veamos en el séptimo día. Un abrazo a los abrazables, incluyéndome de parada, a tu cara y belicosa mitad».

En múltiples ocasiones Hart planteó que la Revolución necesitaba superar baches del pasado que se manifestaban en el incipiente proceso, tales como el «dogmatismo anticultural», la «irracionalidad», el «pensamiento tecnocrático»; pero, al unísono, celebraba el talante autoritario e imponente de la doctrina fidelista y su afán caudillista. Su postura colocaba a la crítica como medio fundamental para el crecimiento cultural del proceso, solo que pasó por alto que esta debe estar acompañada de libertades y garantías creativas, cuestiones que en muchos sentidos la Revolución usurpó desde aquellas infaustas Palabras.

Estas simplificaciones del arte y la cultura, enmascaradas de discursos críticos, comenzaron a ser herramientas al servicio del poder político, así como medios para intrumentalizaciones moralistas. A su vez, el tratamiento concedido a la institucionalización como método más viable para el desarrollo cultural, significó maquillar el fin centralizador al que se aspiraba, que potenció la mediocridad, los privilegios de militancia, la burocracia, el nepotismo y la corrupción, así como hermetizar la tarea creativa. Esto se dejó claro desde que Fidel sentenció, en 1961, que era tarea del Consejo Nacional de Cultura orientar el devenir creativo y el desarrollo de los intelectuales y artistas. A día de hoy no son necesarias más evidencias del fracaso de las instituciones culturales en Cuba.

La Revolución cubana significó un suceso cultural por excelencia, al decir de Hart. Aquella estrella de enero del 59 representó, efectivamente, para un amplísimo sector poblacional un despertar, tanto en calidad de vida como en devenir profesional y creativo. Los aportes de la Revolución al entramado histórico de la cultura cubana son innumerables; no obstante, las usurpaciones conceptuales y los atropellos ideológicos fueron infames, al punto de ser, ya en nuestros tiempos, uno de los mayores atentados contra nuestra realidad cultural y nuestra historia.

La cultura y la ideología encerradas y estrictamente regidas por el carácter otorgado desde la política gubernamental, más allá de una realidad contextual que solo era posible evidenciar desde el contacto con las masas, fue de los más lamentables procesos que la política cultural de la Revolución y Fidel pusieron en práctica, y de los cuales figuras como Armando Hart, fueron parte.

Es necesario desmontar muchos mitos, señalar quirúrgicamente los procesos, rebuscar en la historia; así podremos desaprender los dogmatismos que tanto laceran nuestra realidad y esencia como sujetos culturales activos en la actualidad cubana. Queda el futuro en nuestras manos.

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1: Armando Hart: «La Cultura de Hacer Política en la Historia de Cuba», La Cultura de Hacer Política II, Oficina del Programa Martiano, Consejo de Estado, La Habana, Cuba, agosto 2010, p. 18.

Mercado cambiario e inserción internacional de la economía cubana

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Mercado cambiario
(Foto: Europa Press)

En los últimos días se ha observado una reducción del tipo de cambio de las divisas en el mercado informal cubano, que es por el momento el de referencia, ya que la venta de divisas en las CADECA, a un valor fijo adoptado por el Banco Central —cinco veces mayor que el precio oficial del dólar estadounidense—, no es capaz de asegurar la demanda de adquisición de moneda extranjera por parte de la población.

En el gráfico se observa también que el precio del dólar en efectivo supera el de los depósitos para su uso en tiendas en moneda libremente convertible (MLC), y mientras en el mercado mundial un euro (EUR) se cotiza a 1,08 dólares estadounidenses (USD) aproximadamente, en el mercado insular la proporción entre los precios de ambas monedas en pesos cubanos (CUP) es solo 1,018, lo que explica una preferencia por la moneda del país vecino.

Mercado cambiario
Tipos de cambio del mercado informal. (Fuente: El Toque)

Desde el 1ro de enero, tanto el EUR como el USD han perdido ocho CUP, mientras que el MLC ha perdido diez. El desabastecimiento que se verifica en las tiendas en MLC podría ser un factor que explique esta tendencia reciente, mientras que la disponibilidad de efectivo asegura una liquidez inmediata para viajar o acudir al mercado informal de bienes y servicios.

La reciente caída en la cotización de las divisas puede explicarse —entre otras razones— por el anuncio de las autoridades estadounidenses que ofrece treinta mil visas mensuales a cubanos, venezolanos, nicaragüenses y haitianos; al tiempo que se anuncia la deportación de personas que opten por entrar ilegalmente por la frontera norteamericana. El año pasado se produjo la mayor entrada de cubanos en Estados Unidos en los últimos cuarenta años, que superó ampliamente a la ocurrida en 1980 a través del puerto de Mariel.

Como he escrito en otras oportunidades, la crisis de la economía es estructural y requiere de soluciones estructurales. Una de ellas es, precisamente, la creación de un mercado de divisas transparente, con un tipo de cambio único y flexible, establecido por ese mercado y al que accedan libremente tanto las personas jurídicas como naturales.

El mantenimiento de tipos de cambio múltiples, con un tipo oficial sobrevaluado y sin fundamento económico y otro para transacciones de las personas naturales en CADECA, cinco veces más alto que el oficial pero con insuficiente oferta de divisas, lleva al mantenimiento del mercado informal de divisas, que es el único que funciona plenamente con arreglo a las condiciones de oferta y la demanda.

La actual situación genera severas distorsiones a la economía cubana. La dolarización parcial continúa segmentando los mercados, mientras que la existencia de tipos de cambio oficial y del mercado estatal que no reflejan las condiciones del mercado, están impidiendo a las empresas disponer de las señales que envía el sistema de precios relativos.

En tales condiciones no es posible adoptar las decisiones necesarias para mejorar la competividad, y tampoco se logra fomentar la producción nacional que sustituya importaciones si los tipos de cambio en que opera el comercio exterior son irreales y además sobrevaluados.

La dirigencia cubana ha priorizado históricamente mantener el control respecto a la economía y la sociedad, sobre las medidas para estimular el crecimiento y en consecuencia el bienestar de la sociedad, si estas últimas conducen al debilitamiento o pérdida de ese control. La persistencia en la utilización de mecanismos como la administración centralizada de recursos, la centralización de decisiones y los frenos sistemáticos al emprendimiento privado, lejos de favorecer al desarrollo económico lo han obstaculizado.

La economía cubana es abierta, lo que indica que depende en gran medida de sus relaciones económicas internacionales, debido a que con lo que produce no satisface las necesidades materiales de la sociedad. Sin embargo, en las últimas décadas esa dependencia se ha incrementado notablemente, toda vez que su industria está prácticamente paralizada, su sector agropecuario no satisface las necesidades alimenticias de la población ni de materias primas para el sector productivo, y depende de importaciones de combustible para responder a las necesidades energéticas de los hogares, las empresas y demás instituciones.

Cuando un sistema productivo resulta insuficiente para satisfacer las necesidades de la sociedad debe ser complementado con importaciones, pero para poder importar es necesario disponer de divisas, y para ello se necesita exportar. Si no se exporta lo suficiente para importar, resulta necesario buscar recursos externos que pueden provenir de la inversión extranjera directa o del endeudamiento externo. De lo contrario, sería necesario acudir a las reservas internacionales, en caso de que existan, para compensar los déficits externos.

Lamentablemente, los economistas no contamos con la posibilidad de analizar a profundidad la situación externa del país, debido a que la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), no publica los datos completos y actualizados de la Balanza de Pagos Internacionales. De hacerlo, podríamos obtener cifras oficiales no solo del comercio exterior de bienes y servicios, sino de las inversiones foráneas, los pagos por el rendimiento de los capitales invertidos o prestados, los movimientos del endeudamiento, así como los cambios en las reservas monetarias internacionales.

Tal opacidad suele indicar severos problemas en las finanzas externas, lo que desalienta el interés de potenciales inversionistas y estimula el de los llamados «fondos buitres», que buscan ganancias extraordinarias en el alto riesgo que pueden representar los deudores.

La teoría económica en general reconoce la importancia que tiene la inversión en el crecimiento económico. Para mencionar apenas dos ejemplos: Marx decía que la acumulación de capital es la fuente de reproducción ampliada del capital; Keynes, por su parte, esbozó una teoría sobre el efecto multiplicador de las inversiones en la renta. Pero, como enseña la macroeconomía moderna, la fuente de la inversión es el ahorro, y en una economía cerrada solo es posible invertir aquello que se ha ahorrado, por lo que ambas magnitudes deberían ser idénticas.

No obstante, en realidad todas las economías del mundo son abiertas —aunque unas lo sean más que otras— porque ninguna es completamente autárquica y todas se ven expuestas a las relaciones económicas internacionales, por lo que no existe tal identidad entre el ahorro y la inversión.

Los países cuyo nivel de ahorro bruto es superior a sus necesidades de inversión —como China—, exportan ahorro al mundo en forma de inversiones o préstamos. Los países cuyo nivel de ahorro es inferior a sus necesidades de inversión —como Cuba—, importan ahorro externo, es decir, necesitan de la inversión extranjera o de los préstamos externos.

En los últimos años, la situación económica de Cuba podría resumirse en las siguientes características:

  1. Una economía en crisis, que entre 2017 y 2022 muestra una variación promedio anual del PIB de -0,7%, que es como si cada uno de esos años decreciera el PIB en esa magnitud, aunque en realidad solo decreció en los años 2019 y 2020, pero los crecimientos de los otros tres han sido exiguos.
  2. El sector productivo doméstico está colapsado. Sus más importantes ámbitos —agricultura, ganadería y silvicultura; pesca; minería; industria azucarera; industrias manufactureras no azucareras; y el suministro de electricidad, gas y agua— muestran cifras negativas en la variación del producto sectorial en la mayor parte de los años 2017-2021.
  3. Notable deterioro de la infraestructura, y subdesarrollo y escasa cobertura de los sistemas de transporte y comunicaciones.
  4. Las últimas cifras de comercio exterior de bienes y servicios disponibles (años 2020 y 2021) muestran un balance negativo, porque las importaciones superan las exportaciones y ambas decrecen. A falta de otras alternativas para disponer de divisas, las exportaciones de bienes y servicios se convierten en un límite para las importaciones, y si estas son imprescindibles para asegurar necesidades de inversión, de gasto público o de consumo, se convierten en una limitación para el crecimiento económico.
  5. Insuficiente capacidad de ahorro interno bruto, que requiere de la importación de ahorro externo. Sin embargo, la afluencia de capitales por vía de la inversión extranjera directa, e incluso por endeudamiento, está limitada por las sanciones económicas estadounidenses y por la baja puntuación que las calificadoras de riesgo otorgan a Cuba. La incapacidad del país para cumplir sus obligaciones externas, lleva a que cada vez resulte más difícil y costoso recibir recursos financieros del exterior, sin los cuales la economía difícilmente recupere una senda de crecimiento.
  6. La excesiva centralización de las decisiones y el excesivo control sobre las actividades no estatales asfixian el emprendimiento empresarial, que debería ser la fuente del crecimiento económico.
  7. Los errores de política económica han sido responsables en gran medida de la gravísima situación del país, que impacta negativamente sobre el nivel de vida de la población.
  8. La crisis económica ha afectado notablemente a la educación y la salud, que habían sido históricamente los pilares de la política social.

Dicho esto, pareciera que desde el punto de vista estrictamente cambiario, y sin hacer referencia en este momento a todos los aspectos de la política económica y a los necesarios cambios institucionales y políticos a los que en otras oportunidades me he referido, resulta imprescindible —en mi opinión— adoptar las siguientes medidas de urgencia.

  1. Abandonar el monopolio estatal del comercio exterior y permitir el libre acceso de todos los actores económicos —con independencia del tipo de propiedad— al mercado internacional de bienes y servicios.
  2. Eliminar las tiendas en moneda libremente convertible y otorgarle al peso cubano la soberanía plena en las transacciones económicas y financieras dentro del territorio nacional.
  3. Eliminar el tipo de cambio oficial fijo, que no guarda relación alguna con la realidad económica del país; abandonar los tipos de cambio múltiples y adoptar un régimen cambiario flexible, en el que el Banco Central tenga capacidad de intervención para frenar las presiones especulativas.
  4. Crear un mercado cambiario legal y transparente, permitiendo su funcionamiento en bancos, instituciones financieras, casas de cambio estatales, así como la actividad cambiaria privada y cooperativa en forma de micros, pequeñas y medianas empresas. Al hacer transparente la actividad cambiaria, el mercado informal pierde su razón de existir y el mercado legal marcaría la evolución de los tipos de cambio y permitiría al banco central calcular una tasa representativa del mercado de referencia para los diversos actores económicos y la población en general.

Lo más probable es que con el funcionamiento de un mercado cambiario legal transparente, los tipos de cambio se muevan hacia valores cercanos al actualmente informal, lo que beneficiaría a los exportadores porque haría sus bienes o servicios competitivos internacionalmente en términos de precios o permitiría un incremento notable de sus ingresos en moneda nacional.

Al mismo tiempo resulta imprescindible que se elimine la mayor parte de las restricciones que limitan el emprendimiento, y se permita el funcionamiento de empresas privadas y cooperativas en muchas actividades en las que actualmente se prohíbe, de forma tal que el crecimiento de la actividad productiva conduzca al aumento de la oferta, lo que permitiría un descenso de los precios y un mejoramiento de la capacidad adquisitiva de la población.

En la medida en que aumente la producción doméstica y el peso cubano alcance la soberanía monetaria interna y su convertibilidad plena, sería muy probable una paulatina apreciación de la moneda nacional y, en consecuencia, un mejoramiento de la capacidad adquisitiva de la población.

Esto no es suficiente, sin embargo, para solucionar la crisis de la economía insular, que tiene en el sector externo uno de sus mayores obstáculos. Cuba debe incrementar sus ingresos por exportaciones, sustituir importaciones con producción doméstica y revertir la tendencia de deterioro de la balanza de pagos y de las reservas monetarias internacionales. Pero nada de eso se logra por decreto o mediante consignas políticas.

Con independencia de las posibilidades de incrementar los ingresos por turismo, que aún no repunta suficientemente, es imprescindible reconstruir los sectores productivos nacionales y la infraestructura. Como quiera que las fuentes domésticas de acumulación son insuficientes, resulta necesario facilitar el acceso al capital procedente del exterior por la vía de inversión directa. La legislación en tal sentido se ha flexibilizado recientemente, permitiendo incluso asociaciones de capital extranjero con empresas no estatales, sin embargo, ello no es suficiente.

No existen razones de peso desde el lado de los inversionistas foráneos para invertir en Cuba. Entre las limitaciones principales podrían mencionarse: escasa dimensión del mercado doméstico; subdesarrollo de la infraestructura de vías, medios de transporte y sistemas de comunicación; ausencia de independencia del sistema judicial cubano en caso de un litigio con las autoridades; mantenimiento de mecanismos de exclusión de derechos de la población cubana residente en el exterior, que en un nuevo contexto político distendido, y solucionado el tema de las garantías, podría invertir en el país; así como persistencia de las sanciones económicas de Estados Unidos.

Hace unos días, el profesor, investigador y ex ministro de Economía y Planificación, José Luis Rodríguez, publicó en Cubadebate un artículo en tres partes en el que analiza los problemas de la inserción internacional de Cuba a través de los años. En la segunda de ellas mencionó que Cuba había renegociado favorablemente préstamos por 54.200 millones de dólares y había obtenido un 82% de condonación, pero a renglón seguido reconoció que después, desde 2016, no había sido posible sostener el pago de la deuda restante.

Mercado cambiario

Como es sabido, esto ha llevado al Estado cubano —entre otras dificultades— a un litigio internacional relacionado con el impago de deudas adquiridas por fondos de inversión de alto riesgo en el mercado secundario. Esta situación, unida a la crisis económica y a la ausencia de datos sobre la situación de las finanzas internacionales, resultan factores que deterioran la calificación del riesgo-país y, por tanto, dificultan y endurecen las condiciones de acceso a recursos financieros frescos que son imprescindibles.

Finalmente, no parece viable que mejore la situación externa de Cuba sin que pueda acceder a organismos financieros internacionales multilaterales y regionales, como el Fondo Monetario Internacional, el Grupo del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. Ello no será posible mientras se mantenga el veto de los Estados Unidos, por lo que resulta imprescindible el desarrollo de una diplomacia activa, que permita reencauzar el restablecimiento de relaciones diplomáticas y económicas normales entre ambos países y el desmonte de las sanciones económicas actuales como resultado de un proceso de negociación.

Para ello se necesitan pasos desde ambas orillas, y para comenzar, no porque Estados Unidos lo exija, sino porque lo requiere la necesidad de reconstruir la nación cubana, actualmente afectada por una fractura profunda.

El gobierno cubano debería abandonar la utilización de prácticas lesivas a los derechos humanos, como el encarcelamiento de quienes han realizado protestas; el hostigamiento o la imposición del exilio forzado a disidentes y críticos del sistema político; indultar a quienes se encuentran presos por motivos políticos y permitir el regreso al país de personas a las que se les ha impedido.

Asimismo, habilitar —mediante legislación complementaria— el ejercicio y no la restricción de los derechos que están contenidos en la Constitución; eliminar las restricciones de permanencia de ciudadanos cubanos en el exterior para conservar sus derechos y propiedades; y restablecer todos los derechos de los cubanos residentes fuera de la Isla en pie de igualdad con quienes residen en ella, incluidos el voto y la capacidad de participar activa y libremente en la vida política y económica nacional y contribuir al desarrollo del país.

No veo otra forma de reconstruir la maltrecha economía cubana, recuperar el crecimiento económico y mejorar el bienestar social que no sea en un sistema profundamente democrático, que admita el desarrollo de libertades cívicas y permita llevar a la realidad la máxima martiana de alcanzar la «dignidad plena del hombre». El camino puede ser largo y lleno de obstáculos, pero vale la pena trabajar porque se construya de forma pacífica, civilizada e incluyente.

Benedicto XVI y las teologías latinoamericanas de la liberación

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Benedicto XVI
Papa Benedicto XVI, sumo pontífice de la Iglesia Católica y jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano (Foto: Maria Grazia Picciarella / Zuma Press / ContactoPhoto)

«Santo súbito, santo súbito, santo súbito», fue la frase que resonó con fuerza durante las transmisiones en vivo del funeral de Benedicto XVI, Papa emérito fallecido el pasado 31 de diciembre. Los gritos eran de fieles que reclamaban su ascenso inmediato a los altares, es decir, que fuera proclamado santo de la Iglesia Católica como los sumos pontífices que le precedieron: Juan Pablo II, Juan Pablo I, Pablo VI…

La iniciativa no es descabellada, pero, con seguridad, los peritos del Vaticano revisarán antes su vida, donde no es un suceso menor la relación de Joseph Ratzinger con las teologías latinoamericanas de la liberación. Para entender el vínculo de Benedicto XVI con el pensamiento católico latinoamericano, es oportuno viajar en el tiempo hasta 1962-1965, en época del Concilio Vaticano II.

Nacido el 16 de abril de 1927 en Marktl am Inn, al sureste de Alemania, cerca de la frontera con Austria, su adolescencia y juventud estuvieron definidas por su país y los tiempos turbulentos del nazismo, así como por su fe. Antes de juzgar su carácter, es bueno tener presente que fue obligado a enlistarse en las tropas hitlerianas y sufrió prisión al tratar de escapar de ese totalitarismo. De ahí que el desmonte de ideologías totalitarias sea una de las premisas en su servicio a la Iglesia.

Hablamos de un hombre con una inteligencia extraordinaria, que estudió Filosofía y Teología en la Universidad de Munich. Dos años más tarde obtuvo un doctorado en Teología y se convirtió en profesor, enseñando Dogma y Teología Fundamental en cuatro universidades alemanas. Once años después de su ordenación como sacerdote, Joseph, de treinta y cinco años, sería consultor, durante el Vaticano II, del cardenal Josef Frings, un reformador que fue arzobispo de Colonia, Alemania. Como joven sacerdote, Ratzinger estaba en el lado progresista de los debates teológicos, junto a no pocos delegados latinoamericanos.

Benedicto XVI
Funeral del Papa Emérito Benedicto XVI, oficiado por el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro. (Foto: EFE)

El Vaticano II sucede en el contexto de la Guerra Fría y la Crisis de los Misiles. En ese encuentro, Ratzinger tuvo un acercamiento tangible con la realidad latinoamericana, y en especial con Cuba. Recordemos que fue uno de los países visitados por él una vez que llegó a Obispo de Roma y, a diferencia de su predecesor, era un Papa que seleccionaba sus viajes minuciosamente.

Dentro de la revolución cultural acaecida en 1968, fueron notables los eventos del Mayo Francés y la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín, donde por primera vez en la Iglesia se habló de violencia institucionalizada y pecado estructural para referirse al capitalismo. En el documento final se expresó que «la pobreza no es casualidad ni es algo querido por Dios, más bien es un pecado nacido en el corazón de un sistema injusto de dominación».

Tales sucesos, marcados por la influencia de la filosofía marxista, hicieron cambiar a Ratzinger hacia una actitud más conservadora, enfrentada al temor de una juventud desenfrenada que rompía el dique de la estructura moral católica que permeaba la humanidad.

En 1977, fue nombrado arzobispo de Munich y, en junio de ese año, cardenal. En los inicios del papado de Juan Pablo II, se le convocó al Vaticano para dirigir la Congregación para la Doctrina de la Fe (dependencia eclesial destinada al control doctrinal y moral, anteriormente conocida como Santa Inquisición). Esa época constituye uno de los períodos más polémicos del cardenal Ratzinger, pues actuó como censor de teólogos y académicos progresistas, entre ellos Hans Küng y Leonardo Boff.

Hoy se habla de teologías latinoamericanas de la liberación, en plural, pues fueron varias las corrientes de pensamiento que surgieron a finales de los sesenta del pasado siglo en América Latina, motivadas por la influencia de la Revolución cubana, y que llegan a nuestros días. Entre sus fundadores destaca el sacerdote Gustavo Gutiérrez, que en su libro Teología de la liberación. Perspectivas, se refiere a la «fuerza histórica de los pobres».

Durante su servicio frente a la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger entendió que la opción revolucionaria de los teólogos de la liberación —dígase Mons. Casaldáliga, Leonardo Boff, Ernesto Cardenal, entre otros—, les llevaba al rechazo claro de la tesis del desarrollismo en la perspectiva de desarrollo económico basado en procesos de industrialización, que influyó en América Latina a lo largo de los años sesenta, setenta y ochenta.

A él le preocupaba la opción radical adoptada por sectores de la Iglesia en el continente, que influenciados por el marxismo impulsaban las luchas de clases y sus consecuencias armadas. Gutiérrez, fascinado por el movimiento de Fidel Castro y el Che Guevara —citado más de cien veces en su referido libro—, así como por la figura-símbolo del sacerdote guerrillero Camilo Torres, justifica la contraviolencia, es decir, la violencia revolucionaria como reacción a la violencia del Estado y el capital. Esa filosofía causaba muchos recelos, tanto a Juan Pablo II como a Ratzinger.

Benedicto XVI
Gustavo Gutiérrez Merino, Sj.

Las teologías latinoamericanas de la liberación, a tono con la teoría marxista, identificaban liberación con emancipación de las estructuras y, para conseguirlo, el único camino que veían factible era la instauración del socialismo latinoamericano y el nacimiento del Hombre Nuevo. Ello generaba división al interior de las estructuras eclesiales del continente en la época. Al igual que las teologías políticas elaboradas por los alemanes J. B. Minsz y J. B Moltmann, las teologías de la liberación leen el cambio como proceso de salvación y progresiva realización del Reino desde los pobres, que representaban su «principal sujeto histórico».

Ratzinger sabía que los grandes problemas humanos eran, sin duda, universales, y, en cierto modo, intemporales, pero en la conciencia filosófica corren el riesgo de desvanecerse en formulaciones vacías, abstractas, si no pasaban por el tamiz de la pura y dura realidad; y la realidad es siempre encarnada, particular, concreta.

Sus críticos le achacan el desmembramiento de un modelo de Iglesia, pero un importante pensador católico latinoamericano, Alberto Methol Ferré, había escrito que ese conflicto, vivido al interior de la catolicidad del continente en época de la teología de la liberación, le permitió en el siglo xxi pasar de ser una Iglesia espejo a ser una Iglesia fuente.

Antes de su visita a Cuba, en marzo de 2012, Benedicto expresó algo que devela parte de su reflexión respecto al pensamiento elaborado por el marxismo: «Hoy estamos en una época en la que la ideología marxista […] ya no responde a la realidad y si no es posible construir cierto tipo de sociedad, entonces se necesita encontrar nuevos modelos, de forma paciente y constructiva».   

Sin duda, hablamos de una persona polémica, pero es injusto referirse a él como negado al diálogo con otras formas de pensamiento: ahí están sus encuentros con Habermas, Flores D’Arcais o el diálogo y correspondencia con Piergiorgio Odifredi, y con el propio Fidel Castro. Alejado del mediatismo, sus ideas, esbozadas en libros, lo convierten en un Papa teólogo que tuvo, desde el anonimato, un rol tangible en la caída del socialismo real.

Para comprender mejor su relación con la teología latinoamericana de la liberación, es necesario leer su primera declaración formal como prefecto de la Doctrina de la Fe, que se encuentra en la Instrucción Sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, de 1984, y que puede complementarse asimismo con la Instrucción Sobre la Libertad Cristiana y Liberación, de 1986. Esos documentos deben entenderse desde el contexto mundial donde se generaron.

Respecto a su mayor influencia en Cuba, coincido con el historiador Fernández Otaño en que «la visita de Benedicto a la Isla consolidó la incidencia pública de la Iglesia local, antes purgada y diezmada por el Gobierno. Su máxima expresión de acercamiento fue durante la época del deshielo político entre Estados Unidos y Cuba, mediado por la Santa Sede y que sería imposible entender sin el apoyo del difunto Benedicto XVI».

El 11 de febrero de 2013, Benedicto XVI dio un paso que será recordado entre los sucesos de mayor trascendencia del siglo xxi: en latín y sin avisar ?de hecho, solo la periodista de ANSA se percató de lo que había dicho?, anunció su renuncia al puesto del Vaticano. Decisión inédita en la historia moderna de la Iglesia Católica, pues el último en hacerlo hasta ese momento había sido Celestino V, el Papa ermitaño, en 1296.

Las grandes preocupaciones de Benedicto XVI fueron la descristianización de Occidente ?en este proceso entra su enfrentamiento a las teologías de la liberación? y la recuperación de sus olvidadas raíces cristianas; la defensa de la vida desde el nacimiento hasta la muerte; la defensa de la moral natural y, por lo tanto, la condena del laxismo en moral sexual o el matrimonio homosexual; la denuncia de «la dictadura del relativismo» y, sobre todo, la limpieza de la Iglesia.

Para complejizar el debate sobre Benedicto XVI y la Teología de la liberación, antes de retirarse, el Papa emérito promovió la figura del cardenal argentino Bergoglio como su posible sucesor. Lo trascendente es que el sumo pontífice alemán vio en un cura jesuita, latinoamericano y adscrito a una variante de las teologías latinoamericanas de la liberación conocida como Teología del pueblo, las características idóneas para continuarlo en la conducción de la Iglesia. De ahí que por estos días, varios de sus seguidores han argumentado que el problema en el Vaticano no era la coexistencia entre Francisco y Benedicto, sino entre sus seguidores.

Mitos, leyendas, rituales y conjuros

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Mito

En su teoría sobre el establecimiento de los Estados totalitarios, Hannah Arendt demostró el importante papel que corresponde al pensamiento irracionalista fantasioso y los fenómenos del subconsciente en el funcionamiento de la ideología totalitaria y sus manifestaciones estaduales de entonces: CCCP estalinista  y III Reich hitleriano.

Para la Arendt, el totalitarismo se sustenta en la ficción ideológica según la cual todos los hechos que no estuviesen conformes, o no coincidieran con la ficción oficial, serían tratados como carentes de existencia. Por el contrario, los que se escogieran para fundamentarla se transformarían en mitos y leyendas, objetos de fe cada vez más distantes de los acontecimientos reales y el razonamiento libre.

Esta intelectual descubrió la sorprendente semejanza entre los movimientos totalitarios y las sociedades secretas en lo tocante al papel del ritual, al que considera: «el resultado natural de la ficción conspiradora del totalitarismo, cuyas organizaciones supuestamente han sido constituidas para contrarrestar las acciones de las sociedades secretas enemigas».

En el sui generis Estado totalitario cubano se vive una creciente oleada de irracionalismo en el discurso oficial, que apela cada vez más, ya no solo a mitos, leyendas y rituales de épocas pasadas, sino también al conjuro de fuerzas fantásticas para demostrar lo indemostrable: las ventajas del modelo y su prometida longevidad de 62 000 milenios.

Mitos y leyendas

En Cuba permanece uno de los mitos favoritos de los regímenes totalitarios: el de la plaza sitiada a punto de caer en manos del enemigo al menor descuido o desliz de los defensores. El sustrato idóneo para su persistencia es la política errada de los Estados Unidos, que ha usado factores coercitivos como: amenaza de agresión militar, apoyo al uso del terrorismo por organizaciones antigubernamentales y bloqueo económico permanente para doblegar al país.

Para el grupo hegemónico del Gobierno/Partido/Estado, este ha sido el principal pretexto para justificar su poder omnímodo y liquidar cualquier forma de disidencia, facciones o críticas internas. Incluso, ha posibilitado que las autoridades no solo exijan al pueblo obediencia y abnegación, sino también rituales de lealtad y gratitud por sus supuestos sacrificios en pos de conservar a flote el barco de la Revolución en medio de tantos ataques y planes sediciosos de los imperialistas y sus agentes internos.

Derivado del anterior, surge y se fomenta el mito de la unidad totalitaria, que actúa sobre la base real de la necesaria unidad nacional y la no menos importante unidad revolucionaria, pero las trasciende con creces. La unidad totalitaria absolutiza, manipula y corrompe la unidad revolucionaria cuando el sector conspirador de un partido se emancipa de su control interno y alcanza la jefatura.

El tercer componente de esta tríada es la leyenda del jefe infalible y sobrehumano. Según Arendt, los métodos de Stalin para establecerse como líder supremo totalitario fueron los típicos de un hombre que procedía del sector conspirador del partido: devoción por los pormenores, énfasis en el aspecto personal de la política, estilo implacable en el empleo y liquidación de camaradas y compañeros de viaje que se tornaran amenazadores para su liderazgo por cualquier motivo.

Con variantes propias del contexto diferente y las peculiaridades de los dirigentes históricos de la Revolución Cubana, también acá se manifestaron rasgos similares. En la práctica interna del partido, la leyenda del líder omnisciente y todopoderoso garantizó la liquidación de las facciones y la democracia, con el solo argumento de discrepar de la palabra del jefe. Su complemento final fue la admisión en la organización de militantes desinformadas ideopolíticamente y leales solo al jefe supremo.

Históricamente, este proceso ocurrió de manera natural y acelerada durante el proceso de unificación de las fuerzas revolucionarias (1956-1961), cuando la lealtad al liderazgo de Fidel fue opacando las dudas y discrepancias de muchos, primero con la dictadura militar, y luego con la ideología y la práctica del comunismo.

Bajo el lema: «Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista», entraron al nuevo partido no solo luchadores antibatistianos y comunistas del PSP, sino una gran cantidad de advenedizos que corrieron a alistarse en las filas de la  Revolución y jurar lealtad al nuevo status quo en aras de hacer carrera como nuevos revolucionarios marxista-leninistas.

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(Foto: Juvenal Balán / Granma)

Rituales

Los rituales existen en todas las instituciones sociales, pero adquieren un lugar primordial en las organizaciones totalitarias. En esos casos, la fastuosidad y sistematicidad del ritual estatizado viene a sustituir en la psicología social el lugar vacío que dejan los derechos humanos conculcados y la participación libre y espontánea en la vida política y social, constreñida ahora a los marcos de instituciones gubernamentales. Estos ritos se aprenden desde la niñez en la familia y la escuela, y acompañarán al habitante de la Isla hasta sus últimos días en ella.

Algunas de las formas monótonas y repetitivas que adoptan los rituales político-ideológicos son: desfiles, manifestaciones de apoyo al Gobierno/Partido/Estado y repulsa a los enemigos externos e internos, actos de repudio a disidentes, reuniones, asambleas, actos de imposición de condecoraciones y entrega de reconocimientos, intervenciones en los medios oficiales, mesas redondas y paneles —siempre con la participación de ponentes que piensan casi igual y dicen solo lo que no se salga de la zona de confort del grupo de poder hegemónico.  

En el plano íntimo (familiar o amistoso), se manifiesta también el ritual de la catarsis, caracterizado por los diálogos en voz baja donde se hace tábula rasa de las políticas del Gobierno/Partido/Estado, la actuación de dirigentes y las actitudes de compañeros de trabajo, amigos y conocidos. Incluye, como elemento de base, saber seleccionar con precisión el momento y lugar donde se va a ejecutar y, sobre todo, los testigos que van a estar presentes. Es peligroso ejecutarlo en presencia de dogmáticos u oportunistas que puedan molestarse o, peor aún, denunciar al quejoso ante las autoridades.   

También en el plano social abundan los rituales totalitarios. El más extendido es el triste ritual de la subsistencia, que tanto amarga las vidas de cubanos y cubanas de los sectores populares, imposibilitados de satisfacer sus necesidades con holgura. Las colas permanentes para cualquier producto o servicio que se necesita constituyen su forma más extendida; pero abarca también la resolvedera —imprescindible cuando las colas no son suficientes— y el amiguismo, que se liga con el anterior pero lo trasciende en ocasiones.

En el último trienio, el ritual de la subsistencia fue puesto en práctica como nunca antes. Mientras se construían cada vez más hoteles por GAESA; la industria, agricultura, ciencia-tecnología, educación y salud, agonizaban por falta de inversiones; las medidas de recrudecimiento del bloqueo de Trump y la pandemia de la covid-19 azotaron con fuerza, una decisión interna: la Tarea Ordenamiento, hizo desplomarse los niveles de consumo y calidad de vida de la población y provocó la estampida actual hacia cualquier lugar allende los mares.

Conjuros

Hasta un lustro atrás aproximadamente, las políticas del Gobierno/Partido/Estado se fundamentaban en la relación objetivos-recursos-resultados esperados,  aunque siempre el tercer rubro fuera el favorito de la optimista propaganda política y su control por la población se tornara casi imposible. Pero todo cambió al fallar el factor recursos, aquejado por la disminución de inversiones y el deterioro de las infraestructuras, carentes del necesario mantenimiento.

La ruptura de la cadena inversionista gubernamental le ha dejado al discurso oficial la apelación a conjuros como única vía de prometer resultados. El más abarcador de ellos, que engloba a todos los demás, es la llamada resistencia creativa.

El mantra de la resistencia creativa, sin que se asignen medios imprescindibles para desplegarla, se intenta materializar mediante conjuros más específicos, pero no menos vagos y fantasiosos, por ejemplo: «Si el hombre sirve, la tierra sirve» —expresión martiana que hacía referencia al trabajo libre de los campesinos, no al trabajo forzado dirigido por el Estado—; «Hay que producir más para tener más», «Es preciso disminuir las importaciones alimenticias cosechando más alimentos», y otros por el estilo.

En realidad, este tipo de exhortaciones generales convertidas en lineamientos, medidas y consignas de turno, han existido siempre, solo que ahora no tratan únicamente de elevar el entusiasmo y la entrega a las tareas, sino que se constituyen en la tarea misma. Sus portavoces no son ya exclusivamente figuras de las organizaciones políticas y de masas, sino también el presidente, vicepresidentes, ministros, directores de empresas y demás ejecutivos de la administración, que no están para entusiasmar y sí para asignar recursos a los productores directos y velar por su uso eficaz.

Mitos
(Tómate de @CubaMicons)

Difícilmente pueda detenerse la caída de la economía mientras la reposición del capital fijo y circulante, el mantenimiento y la inversión, sean sustituidos por invocaciones a la fe y esperanza de la ciudadanía y a la caridad de gobiernos amigos. Únicamente la correspondencia más efectiva entre los intereses nacionales, colectivos e individuales de los cubanos y cubanas, y la gestión más acertada de los fondos públicos, en particular los de inversión, pondrá a la economía en los cauces del crecimiento y el progreso.

Realidades y no fantasías, recursos y no lineamientos, libertades y no orientaciones, competencia y no monopolios; es lo que precisan los emprendedores cubanos para desplegar sus potencialidades reales con interés y dedicación.

En vez de andar recibiendo visitas de jefes que van al surco y al taller en lugar de ir a los mercados finales, sería mejor otorgar a los productores —estatales, cooperativos y privados— mayor autonomía en su gestión y librarlos de rituales y conjuros irracionales hasta el ridículo. Así, pronto se vería que la oferta de bienes y servicios crecerá a partir de las demandas del mercado, no de estrategias, campañas y lineamientos confeccionados por la voluntad de un pequeño grupo —los que saben— en sus locales refrigerados. 

El centrismo o la imposibilidad de la crítica desprejuiciada

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(Imagen: Wimar Verdecia / LJC)

La polémica sobre el centrismo en Cuba, que se desarrolló a mediados de 2017, mantiene ecos y deudas en el contexto actual. En aquel entonces, intelectuales y actores de la sociedad civil, que abogaban por una mayor apertura económica y política en la Isla en medio del proceso de normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, fueron acusados de «centristas» por parte de defensores del discurso oficial.

Cinco años después, es posible advertir en lo ocurrido esos meses una antesala a procesos de profunda polarización política en la sociedad cubana y una de las arremetidas más violentas a nivel simbólico contra cualquier posibilidad de construir una nación más plural.

La controversia no fue espontánea, sino que respondió a una campaña mediática liderada por funcionarios del gobierno y del Partido. El término «centrismo» fue empleado en el discurso político y de la prensa estatal para desacreditar dichas voces ante la opinión pública.

El mayor legado de esos ataques fue contribuir a radicalizar políticamente proyectos y personas dentro de la sociedad civil, moviéndolos en algunos casos de posiciones moderadas a una postura antagónica con el Estado.

La campaña trascendió de blogs personales a medios estatales, en los que, como es usual, no se dio derecho a réplica a los acusados. La falta de espacios para el pluralismo en que devino la postura gubernamental, basada en acallar cualquier atisbo de disenso, no consiguió su propósito. Las propuestas de políticas públicas alternativas a las impulsadas por el gobierno cubano continuaron, sin embargo, el Estado limitó las posibilidades de que estas fueran discutidas a profundidad. Las fracturas provocadas durante esos meses fueron útiles a la narrativa confrontacional de cambio de régimen que desempolvaría la administración Trump.

El centrismo político como ideología

A pesar de los intentos por presentar el centrismo como un espacio oportunista y equidistante entre los polos políticos de izquierda y derecha, para el profesor argentino Ángel Rodríguez Kauth es imposible la existencia de un centro puro como espacio de convergencia de ideologías opuestas, pues «si uno de los puntos varía su posición, el centrista tiene que moverse inmediatamente». En la Cuba de 2017 no existía un centro, sino propuestas moderadas o críticas a las posturas de izquierda y derecha tradicional o al gobierno cubano y sus detractores.

Centrismo
Ángel Rodríguez Kauth

Kauth también argumenta el papel de la moderación en la política y su vínculo con las posturas asumidas como centristas: «…moderar es sinónimo de templar o mitigar. Tal acción de morigeración supone la existencia de una situación previa con características de radicalización. […] el moderado tiene que definirse con un programa concreto y sustantivo y, en tal caso, automáticamente se situará a la izquierda o la derecha de otras formaciones próximas, con lo que el declarado centrismo se volatiliza, se esfuma».

Si se admite como válida la lógica antes mencionada, el debate necesitaría incluir qué entender como izquierdas o derechas. Sobre la diversificación de estos polos, el investigador cubano Julio César Guanche polemizó:

«Como ha sido empleado en este debate, el concepto de “centrismo” es muy difícil de encontrar en el debate político en cualquier parte del mundo. La razón es simple: es difícil aceptar que en Cuba, o en cualquier otra parte del planeta, un espectro político pueda reducirse, si se mira a una sociedad real, a una oposición entre dos únicos polos, entre una sola y unívoca derecha y una única y unánime izquierda, como no es el mismo socialismo el que defienden los socialistas, que son una gran familia de tradiciones cercanas entre sí de amigos y “enemigos” fraternos, como los anarquistas, los anarcosindicalistas, los autonomistas, los consejistas, los autogestionarios, los socialistas democráticos, los socialdemócratas, los comunistas, etc.».

Dicha contienda en Cuba, lejos de abordar un debate conceptual crítico sobre qué es el centrismo, se redujo a utilizar la etiqueta de forma arbitraria contra actores que cuestionaban políticas del Estado cubano o su estructura, y hacían propuestas de superación; las cuales se movieron en un amplio espectro político que fue simplificado y reducido a «derecha disfrazada».

«Centrismo» en Cuba

En el contexto de normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos impulsada  por los expresidentes Barack Obama y Raúl Castro, las visibles muestras de agotamiento del modelo socioeconómico en Cuba y la incipiente entrada del Internet; emergieron actores y proyectos que hacían críticas a las políticas públicas y/o proponían transformaciones.

Las principales demandas apuntaban a la economía —dinamización del sector estatal y desarrollo del sector privado y cooperativo—, transparencia en la gestión pública —que incluía la necesidad de publicación de datos  estadísticos—, pero también se enfilaban en la necesidad de la ampliación de los espacios de participación política para que estos contemplaran más el disenso, así como la transformación del sistema de comunicación social.

Aunque años más tarde algunas de estas demandas  serían discutidas en espacios oficiales e incluso implementadas, la respuesta en aquel momento de un grupo de periodistas, funcionarios y otras figuras públicas, fue tildar a estos actores críticos de «centristas». Los ideólogos de la campaña insistieron en que se pretendía:

  • Corromper el pensamiento crítico de la intelectualidad que apoyaba el  socialismo en Cuba.
  • Manipular insatisfacciones con el funcionamiento del sistema político.
  • Atraer a Cuba hacia la derecha y ser caballo de Troya del capitalismo.
  • Dividir a los militantes de izquierda.
  • Limitar el poder del Partido Comunista.
  • Imponer una falsa pluralidad.
  • Desideologizar a la sociedad cubana y reconducirla hacia una ideología conservadora.
  • Tergiversar situaciones, hechos históricos y conductas.
  • Provocar un «golpe suave» o «guerra de tercera generación».
Centrismo
Cuba Posible fue una de las plataformas acusadas de centrista.

La querella tuvo lugar principalmente en el ciberespacio —medios estatales y no estatales, blogs y perfiles en Facebook—, en una era en la que Internet aún no estaba masificado en Cuba. Este factor, unido a la naturaleza intelectual del debate, limitó la discusión a personas vinculadas a la política o las ciencias sociales y humanísticas, en detrimento de lo que pudieran aportar otros sectores.

Entre los acusados de «centristas» figuraron periodistas e intelectuales de diversas posturas ideológicas como Fernando Ravsberg, Harold Cárdenas, Roberto Veiga, Lenier González, Pavel Vidal, María Isabel Alfonso, Arturo López-Levy, Silvio Rodríguez, Aurelio Alonso, Humberto Pérez, Julio César Guanche, Julio Antonio Fernández Estrada, Omar Everleny, Pedro Monreal, Carlos Alzugaray, Carlos Lage Codorniú y Jesús Arboleya.

Varios de los textos «contra el centrismo» fueron compilados en el libro Centrismo en Cuba, otra vuelta de tuerca al capitalismo, del periodista Manuel Henríquez Lagarde,  quien en su prólogo advierte cómo los abanderados de dicha corriente «…ofrecen fórmulas para replantear el socialismo desde nuevos paradigmas políticos y filosóficos (multipartidismo, reformas constitucionales y democráticas, sistema electoral, papel de vanguardia del PCC). […] Critican y atacan a la gestión de las instituciones revolucionarias, especialmente del Estado, el gobierno y las organizaciones políticas y marcan un distanciamiento de lo oficial para generar estereotipos negativos sobre estos en los públicos previstos».

Uno de los proyectos acusados, la plataforma Cuba Posible, publicó una compilación más plural del debate titulada ¿«Centrismo» o ejercicio de la libertad ciudadana en Cuba? que, a diferencia de la antes citada, recoge tanto las acusaciones como las respuestas. 

Una de ellas es la de la intelectual Zaida Capote, quien escribió: «Se ha desatado una campaña mediática para tildar insistentemente de “centristas” a intelectuales cubanos que, víctimas de la penetración cultural, la labor de zapa de la CIA o de sus propias ambiciones […], han expresado últimamente alguna crítica a la labor del gobierno o cualquier preocupación por el futuro de Cuba en términos ajenos a los de Granma o el Noticiero Nacional de Televisión».

En la mayoría de los textos publicados «contra el centrismo» no se reconoce la diversidad de posturas existentes entre las figuras acusadas, que también era resultado de un momento sociopolítico de transformaciones y relevo de la generación histórica de la Revolución. En lugar de aportar de forma respetuosa al debate social, se apostó por la generalización y simplificación de actores críticos, el ajuste de cuentas personales y la utilización de medios que deberían ser públicos —por tanto, al servicio de la ciudadanía—, para defender las narrativas oficiales más conservadoras y silenciar al resto.

La campaña contra el centrismo, además de la visibilización de actores con un pensamiento dogmático y ortodoxo, también escondió una pugna interna entre sectores afines al Estado cubano que apoyaban las transformaciones que estaban ocurriendo y la normalización de relaciones con Estados Unidos y otros que eran partidarios de una postura más conservadora.

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Zaida Capote (Foto: Consejería Cultural. Embajada de España en Cuba)

***

El debate sobre el centrismo en Cuba no ha muerto. La sociedad insular sigue generando cada vez más actores críticos que reclaman transformaciones en las políticas públicas desde diversos enfoques, a pesar de que los antiguos ideólogos de la campaña, sumado a otros que emergieron después, los tilden de falsos progresistas o sigan repitiendo la narrativa de que son instrumentalizados por la derecha.

Asumir como centrista —y además con una connotación estigmatizante— cualquier  crítica, propuesta de moderación o modificación de una postura, sea de izquierda o de derecha, es incurrir en el error de no reconocer la pluralidad de enfoques ideológicos que pueden existir.

Luego de la polémica en 2017, el propio gobierno cubano implementó reformas que pudieran entenderse como una moderación de la propuesta tradicional de «Estado socialista» que había imperado hasta el momento. A su vez, muchos de eso cambios estaban en correspondencia con las propuestas de los llamados «centristas». El reconocimiento de la propiedad privada sobre los medios de producción o la autorización de las MIPYMES es un claro ejemplo de ello; entonces, ¿podría entenderse lo sucedido como un movimiento del gobierno cubano al centro?

En el verano de 2017, el intelectual cubano Aurelio Alonso resumió la reseñada controversia de la siguiente manera: «…la polémica que se ha abierto ahora no me parece dirigida realmente contra el centrismo sino contra el ejercicio de la crítica y la disposición de polemizar desprejuiciadamente, en el momento en que nuestra Revolución más lo necesita y cuenta con más madurez para hacerlo». Dicho ejercicio sigue siendo una asignatura pendiente.

La justicia social en Cuba: muerte en tres tiempos

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Justicia Social
(Foto: Diario Las Américas)

Pocas imágenes ilustran la deriva del proceso sociopolítico en Cuba con tanta claridad como la de Esmeralda Cárdenas Hidalgo —mujer negra, trabajadora de Servicios Comunales, que protestaba por los apagones, la falta de alimentos y la pobreza—; abofeteada y tirada al pavimento de una calle habanera por un hombre que se presentaba como defensor de la Revolución.

Si alguien hubiera profetizado algo así en la época de los actos multitudinarios, cuando Fidel Castro declaraba que esta era la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, nadie le hubiera creído. Pero no se trata de juzgar un hecho que indica el alejamiento de ideales y principios por mucho tiempo compartidos; es más importante explicar cómo se ha llegado al punto en que la justicia social ha desaparecido como meta del horizonte político cubano.

Primera estocada

La noción de justicia fue una de las apelaciones de la Revolución que más impregnó el imaginario social. Aun cuando era evidente que el proceso fue autoritario desde sus inicios, que cercenó libertades individuales que conducirían con el tiempo a un Estado todopoderoso en detrimento absoluto de la autonomía ciudadana; también es cierto que la gente contó por muchos años con una serie de beneficios, entre los cuales los sólidos y eficaces sistemas de Salud, Educación y Seguridad Social fueron pilares. Hubo una época en Cuba en que la consigna: «Nadie quedará desamparado» no era, como hoy, una burla cruel.

Esa noción fungió como amalgama que permite explicar el mantenimiento de altas cotas de consenso frente a evidentes errores de política económica y social, y a prácticamente ninguna libertad política.

El derrumbe del socialismo europeo, fuente nutricia del modelo insular, dio su primera estocada a la justicia social entre nosotros. Como se ha repetido hasta la saciedad, todos entramos en similares condiciones en el Período Especial, pero no todos salimos igual… y muchos jamás salieron. Desde entonces, la clase burocrática que nos dirige ha recargado en los sectores más pobres su incapacidad para reformarse y desarrollar la economía.

La pobreza ha crecido no solo debido a las restricciones del bloqueo norteamericano y a las medidas del gobierno de Donald Trump —como se afirma con ánimo justificativo—, sino motivada por los propios paquetes de políticas y medidas que en los últimos treinta años, y de manera paulatina, han olvidado la esencia de lo que debiera ser una revolución socialista. Porque concebir como socialismo el control de la propiedad estatal y la planificación económica centralizada, olvidando al humanismo y la justicia social; es lo mismo que pretender disfrutar de una bella melodía únicamente leyendo su partitura.

Fidel Castro estuvo convencido siempre de que defender la justicia social era la forma de mantener, contra todo pronóstico adverso, una base social que sustentara con su apoyo al sistema político. A tenor con ello confirió un peso decisivo al tema, incluso en los años noventa, en que la realidad mostraba los contrastantes modos de vida de personas y familias que recibían o no remesas del exterior; o que trabajaban en el turismo y las firmas extranjeras, con presencia creciente en la Isla.

Las reformas de los noventa incidieron en el aumento de la desigualdad social y la pobreza. Primero, al legalizarse el uso y tenencia de divisas, en agosto de 1993, y cuando en septiembre del propio año fue autorizado el trabajo por cuenta propia. Tales determinaciones, necesarias y positivas, evidentemente beneficiaban más a ciertos sectores sociales.

El surgimiento de tiendas que vendían ropas y alimentos en dólares, dejó fuera de ese mercado a los sectores más humildes, obligados a subsistir con los escasos productos que se podían adquirir por la libreta de racionamiento.

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Durante el Período Especial hubo mayores niveles de protección social que los actuales. (Foto: Hakan Ronnblad)

En 1994, durante los meses de mayo y julio, se determinaron dos nuevas directrices: el aumento de precios y la eliminación de gratuidades. El Estado debía enfrentar un gran déficit presupuestario, intentó entonces sanear sus finanzas incrementando precios y disminuyendo gastos. Anunció con ese fin un considerable aumento de precios en el transporte público, agua, electricidad, servicios postales, combustible y artículos de amplio consumo popular, como tabaco y bebidas alcohólicas.

Subieron un 566 % las dos cajas de cigarros mensuales por libreta de racionamiento; un 270 % el galón de gasolina, un 116 % el costo del pasaje del transporte interprovincial, y 122 % en la electricidad para los núcleos familiares que consumían más de 100 kilovatios hora al mes. Se empezó a cobrar por primera vez treinta centavos mensuales por persona a cada núcleo familiar para sufragar gastos de alcantarillado.

Así lo valoraba Pablo Alfonso en un texto de ese año:

«A mediados de julio el gobierno dio un nuevo paso en su reorganización financiera que algunos observadores han calificado como “política de choque progresivo”.

Apremiado por la dramática realidad económica que enfrenta, el régimen comunista cubano dejó a un lado los sueños del estado paternalista que durante tres décadas fueron acuñados por el respaldo de la ex Unión Soviética. Esta vez el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros suspendió un amplio número de servicios que se ofrecían gratuitamente a la población en las áreas de educación, deportes, cultura y salud pública».

Las gratuidades eliminadas se evidencian en las siguientes medidas:

1.Cobro del almuerzo a estudiantes de la enseñanza pre-escolar, primaria y media, con una tarifa de siete pesos mensuales por alumno.

2.Los matriculados en cursos de idiomas, fuera del sistema regular de educación o de los programas de capacitación de las empresas estatales, tendrían que pagar 20.00pesos

3.Los estudiantes becados debían comprar sus uniformes en la red comercial y recibirían un estipendio para gastos personales con carácter de préstamo.

4.Empezaron a cobrarse las tabletas de Neovitamin 2 que desde 1993 se distribuían gratuitamente para combatir la neuropatía epidémica. Las personas que recibían treinta tabletas mensuales, para cuya producción Cuba recibió ayuda humanitaria, debían pagar 1.50 pesos.

5.Cobro de entradas a museos, actividades, espectáculos y exposiciones en las Casas de Cultura, Comunales y Galerías de Arte.

6.Cobro de servicios en los gimnasios de cultura física, clases de gimnasia musical aeróbica y artes marciales.

7.Cobro de la entrada a competencias deportivas en estadios y salas, de acuerdo a una tarifa de entre 3.00 pesos para palco y 0.50 centavos para gradería.

A lo anterior se agregaba el establecimiento del pago de impuestos por razones diversas y el pago de derechos fiscales para la obtención de numerosos documentos públicos.

Aunque en esa oportunidad no fueron incrementados los precios de la canasta básica normada, los aumentos mencionados representaban un duro golpe al presupuesto familiar de los trabajadores. Si tomamos en cuenta que el salario mínimo en la etapa era de cien pesos, y que un trabajador promedio devengaba aproximadamente 150 pesos mensuales, podremos calcular lo que significaban esas medidas para familias de bajos salarios, con varios hijos, que no recibieran remesas, laboraran en el sector estatal y no se vincularan con el emergente sector turístico.

Las medidas se aplicaron sin distinción a toda la sociedad. Ese sería un enorme error, pues al partir de una serie de privilegios existentes, aumentaban la pobreza de determinados sectores y familias. Es justo reconocer, no obstante, que incluso en medio de la crisis los sistemas de Salud y Educación, si bien muy afectados, no cayeron en los niveles de precariedad actuales.

El programa del médico de la familia se había inaugurado en 1984 y funcionó perfectamente. Contaba con instalaciones apropiadas, excelentes profesionales e interconsultas de especialistas que hacían innecesaria la afluencia y hacinamiento en policlínicos y hospitales. Por su parte, la mayoría de los municipios disponía de servicios de obstetricia y cirugía, lo que permitía que los hospitales provinciales no tuvieran que asumir toda la responsabilidad en esos casos.

Hubo asimismo mayores niveles de protección social que los actuales. Por ejemplo, en 1994 las mujeres embarazadas tenían un programa de apoyo alimentario, que puedo describir con propiedad pues fui una de las beneficiadas. Una vez por semana, y organizado por consultorios, se garantizaba el acceso a un restaurante para una comida gratuita que incluía: fruta, carne y productos lácteos.

La oferta de papa y huevos, sin incremento sustancial de precios, permitió que las familias más pobres, sin acceso a los nuevos mercados en dólares, tuvieran al menos un sustento alimentario elemental, que no existe hoy por la ruina de la agricultura estatal.

El censo correspondiente al 2002, ya ofrecía datos preocupantes en cuanto al desempleo, el limitado acceso a la educación superior de sectores empobrecidos y la grave situación de la vivienda. Sin embargo, la alianza con Hugo Chávez había dado a Fidel los recursos para maniobrar en función de lo que sería su última gran campaña social, conocida con el nombre de Batalla de Ideas. Alrededor de 179 programas se establecieron con el fin de mantener la adhesión de trabajadores y jóvenes al proceso. Uno de los más significativos fue la universalización de la enseñanza.

Se ampliaron las oportunidades educacionales y el acceso a la cultura como vías de superación humana. No obstante, consignas políticas como: «La cultura salva» o «la cultura como escudo de la nación», daban fe de una óptica idealista que romantizaba la situación de personas, familias y barriadas venidas a menos. Entre tanto, se mantenía apartadas a esas personas, barriadas y familias, con preeminencia de población negra, de las nuevas formas productivas. Esos eran los que no podían entrar en la categoría de emprendedores, cuentapropistas y empresarios, pero tampoco de socios de cooperativas jamás creadas.   

La Batalla de ideas tuvo su óptica asistencialista, como evidenció la creación en 2000 de la Escuela de Trabajadores Sociales de Cojímar. Recuerdo que por aquellos años, como profesora de la Universidad de Matanzas, debí asesorar metodológicamente a un grupo de trabajadores sociales. Era en el municipio de Jovellanos, donde un diagnóstico arrojaba resultados alarmantes: personas viviendo en condiciones paupérrimas, familias que dormían en el suelo por carecer de colchones, viviendas en precario estado y carencia de artículos electrodomésticos básicos, como refrigeradores y ventiladores.

Justicia Social
Fidel en la inauguración del primer curso de Trabajadores Sociales en la Escuela de Cojimar, el 10 de septiembre del 2000. (Foto: Fidel, Soldado de las Ideas)

Las inversiones en salud, educación y asistencia social en la referida etapa ayudaron a paliar la situación. La pobreza crecía, pero las personas aún podían acudir a servicios médicos sin necesidad de comprar medicamentos e insumos para ser atendidos. Esto marcaría la diferencia en unos años.    

Segunda —y profunda— estocada

En 2006, con la enfermedad y consecuente retiro de Fidel, quedaba sellada la etapa heroica de la Revolución cubana. Demasiados errores habían lastrado la utopía. Raúl Castro, aún sin ser presidente en funciones ni primer secretario del Partido, favoreció un escenario de enorme expectativa. Su autocrítico discurso del 26 de julio de 2007, generó confianza en muchos sectores.

Su acceso al poder gubernamental tuvo dos períodos bien definidos: uno interino, entre julio de 2006 y febrero de 2008, y uno formal desde esa fecha y hasta 2018. En el primero, lanzó la campaña pro-reforma conocida como Actualización del modelo económico y social cubano, y tomó medidas que devolvían derechos constitucionales a los cubanos: viajar fuera del país, alojamiento en nuestros propios hoteles, compra-venta de casas y autos; todas muy positivas, pero que beneficiaban más a sectores sociales con la solvencia requerida para ejercer tales derechos.

A partir de su nombramiento oficial como presidente del Consejo de Estado, en febrero de 2008, enfatizó en la necesidad de recortar gastos y «gratuidades indebidas». Bajo la consigna «sin prisa pero sin pausas», pronto se constató que la prisa se dirigía más a transformar al modelo social que al económico.

Las medidas adoptadas por entonces afectaron a las personas y familias más pobres: cierre de 24 000 comedores obreros; aumento de la edad de jubilación en cinco años para hombres y mujeres; disminución de la edad de inicio laboral a quince años, es decir, las personas que empezaban a trabajar siendo adolescentes debían hacerlo durante medio siglo para tener derecho a una jubilación.

Más adelante se suspendería el derecho al almuerzo de los estudiantes que no estuvieran becados en los centros de educación superior. Ello afectaba mucho más a las familias pobres, que ahora debían garantizar de sus deprimidos salarios, además del transporte, el gasto que implicaba el almuerzo diario de sus hijos, que a veces tenían dos sesiones de clases o actividades en las universidades.

La situación se agudizaba por la disminución sostenida de inversiones en sectores de impacto social directo, como Salud y Educación, que decrecieron en la misma medida en que aumentaban las inversiones en los sectores del turismo e inmobiliarias.

Justicia social

En un análisis de Mario Valdés para LJC, se explica que el mayor recorte en la inversión de salud ocurrió precisamente durante el gobierno de Raúl Castro (2006-2018), en etapas en que la exportación de servicios médico-farmacéuticos fue la principal fuente de divisas del país, por encima del turismo. Su conclusión lógica es: «Todo indica que una parte sustancial de estos ingresos, lejos de consagrarse a modernizar el sector sanitario, fueron destinados a la inversión en el turismo, rama que apenas cubre sus ingresos por el alto índice de valor importado que tiene por peso de producción».

Ante esto se debió ampliar la asistencia social para proteger a la población más pobre, sin embargo, lo que se hizo fue reducirla. Como demuestra la periodista Karla R. Albert, «entre 2006 y 2018, el gasto del presupuesto asignado a la asistencia social se contrajo de 2.2% a 0.3%, mientras que el número de beneficiarios como proporción de la población decreció de 5,3% a 1,6%».

Según el economista Carmelo Mesa-Lago, ello se explica «por el lineamiento aprobado en el VI Congreso del PCC en 2011 que terminó la asistencia social a los asistidos con una familia capaz de ayudarles». En el referido documento se dejaba claro que el Estado transferiría a las familias y al mercado aquellas responsabilidades sociales que decidió no continuar asumiendo.

La ley de presupuesto para 2011 evidenció el marcado deterioro de indicadores asistenciales entre 2009 y 2010. El número de beneficiarios se redujo un 61 % en comparación con el 2005, y como porcentaje de la población total pasó del 5,3 % al 2,1 %. En el propio 2010 se recortaron 237 millones de pesos por «depuración de beneficiarios».

En esa etapa hubo una campaña desde los medios estatales que culpaba al pueblo de su dependencia al Estado, como si ello no hubiera sido una directriz política incuestionable.

Llegó incluso a eliminarse, al considerarlos gratuidades indebidas, los estímulos a trabajadores vanguardias que les permitían acceder a instalaciones turísticas; a pesar de que en realidad no era gratis pues ellos sufragaban sus gastos, si bien en moneda nacional. Desafiando cualquier rasgo de decoro, la misma prerrogativa se mantuvo para altos dirigentes y sus familias. Evidentemente «algunos animales eran más iguales que otros».

Durante esos años, aun con medidas que encarecían la existencia cotidiana de la población, no se aumentaron los salarios de manera general, solo a determinados sectores como salud, educación y empresas priorizadas.

Los jubilados —alrededor de 1,7 millones en estos momentos— constituyen otro sector que sufrió las consecuencias de esas políticas. El economista Mauricio de Miranda demostró en un artículo el desfase del sistema pensional cubano frente al incremento sostenido del costo de la vida, y concluye que las pensiones actuales son «insuficientes e injustas» y condenan a la pobreza.

En julio de 2013, Raúl Castro se lamentaba ante la Asamblea Nacional del Poder Popular: «Hemos percibido con dolor, a lo largo de los más de veinte años de período especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás». Esa valoración, en realidad, podía atribuirse como anillo al dedo a la política del Partido y el gobierno cubano, especialmente bajo su mandato, respecto al aumento de la pobreza y el olvido de la justicia social.

Tiro de gracia

Con la designación de Miguel Díaz-Canel como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros en 2018 —luego de la Constitución de 2019 sería presidente de la República—, se proclamaba la continuidad de esa política antipopular. Tres evidencias apuntaban a ello: la apertura de comercios en MLC que han discriminado a una enorme cantidad de personas, la negativa a depósitos bancarios en dólares físicos si no es desde fuera de Cuba, y la tristemente célebre Tarea Ordenamiento, que disparó los precios y la inflación para convertir en nada las pensiones, jubilaciones y salarios.

En fugaz alocución televisiva del 11 de diciembre de 2021, el presidente expresó como objetivos del Ordenamiento: «este proceso se propone ofrecer a los cubanos mayor igualdad de oportunidades, a partir de promover el interés y la motivación por el trabajo». Los políticos dicen una cosa, los datos muestran otra. Al respecto, el economista cubano Pedro Monreal valora: «los datos de ventas minoristas y de inflación en Cuba en el primer semestre de 2022 evidencian dos cosas: un ajuste económico apoyado en la inflación, y distribución desigual del costo del ajuste, con sesgo contra los hogares pobres».

No creo necesario reiterar lo que todos conocemos sobre este fracaso, cuya única consecuencia política fue el traslado de Marino Murillo, cara visible del fallido experimento, a un puesto de menor categoría para el que fue despedido con una ovación por el Parlamento que dice representarnos.  

No obstante, más allá del Ordenamiento, existen consecuencias sociales debidas a décadas de empobrecimiento y ajustes económicos. Las más notorias son: aumento de la mortalidad general, infantil y materna; disminución sostenida de la natalidad; incremento del número de suicidios; crecimiento de la población carcelaria hasta ubicarse entre las mayores per cápita del planeta; un éxodo de proporciones dramáticas y acentuación de la desigualdad.

La insensibilidad de la dirigencia política ante este escenario, llegó al punto de que en el Informe Central al 8vo Congreso del Partido, Raúl Castro —denominado en los últimos tiempos Líder de la Revolución, para asombro de muchos—, reprochó con molestia la «cierta confusión» de algunos cuadros de dirección al emprenderla contra la «supuesta desigualdad» creada por la comercialización dolarizada.

El Partido ha vuelto la espalda a un problema de primera magnitud, que debió ser analizado profundamente y que condujo, menos de tres meses después del referido congreso, a un estallido social nacional. Pero esta no parece ser su intención. Prefiere catalogar los hechos del 11j como una operación financiada desde el exterior para no admitir su responsabilidad histórica y la razón que asistía a los que salieron a manifestarse ese día.

Durante 2018, en la versión original del proyecto de Constitución, la comisión redactora, en un repunte de honestidad, había decidido eliminar el comunismo como horizonte de aspiración futura, lo cual me pareció muy realista pero poco coherente con un partido que se designa con ese nombre. En la versión final sería devuelta a su lugar la referida aspiración, pero ya todos comprendemos que una cosa es la letra de la Constitución y otra la actitud de las autoridades ante ella, sobre todo cuando esas autoridades no tienen las mismas condiciones de existencia de las mayorías.

Justicia social se ha convertido en una frase usada en foros internacionales con el fin de recabar simpatía hacia el gobierno cubano, y también en medios oficiales para un discurso demagógico; pero no en los documentos y declaraciones programáticas partidistas.

Mientras el Canciller Bruno Rodríguez Parrilla, en su intervención ante la ONU del 3 de noviembre del pasado año, aseguró «que Cuba nunca renunciará a su sistema socialista de justicia social (…)», y en el sitio Cubadebate Agustín Lage afirmó hace poco que: «La concentración de la propiedad en personas naturales o jurídicas no estatales es regulada por el Estado, el que garantiza además, una cada vez más justa redistribución de la riqueza, con el fin de preservar los límites compatibles con los valores socialistas de equidad y justicia social»; las proyecciones del Comité Central del Partido para 2023 no mencionan NI UNA SOLA VEZ esas palabras.

La proyección no. 16 afirma la intención de: «Desarrollar políticas públicas para la atención a situaciones de vulnerabilidad y la eliminación de desigualdades, y también orientándonos hacia las políticas públicas para atender diferenciadamente un grupo de problemáticas de nuestra juventud». No obstante, es difícil creer realizables tales políticas en una sociedad cuya pobreza crece exponencialmente, dado que la proyección no. 20 será: «Reducir los gastos y orientar estos a la atención a las situaciones de vulnerabilidad».

En esencia, el Estado pretende el imposible de reducir sus gastos y a la vez orientarlos a una pobreza en expansión, porque eso es aunque la disfracen eufemísticamente de vulnerabilidad. Y lo peor es que no hace partícipe a las ciencias sociales cubanas de estudios que puedan diagnosticar la situación real y proponer soluciones viables, a pesar de que el gobierno de Díaz-Canel se presenta como un gobierno de ciencia e innovación y que la proyección no. 9 es: «Apoyar todos los procesos con la ciencia y la innovación, desarrollando la capacidad de acudir a la ciencia y a la investigación para resolver y atender nuestros principales problemas».

Lo cierto es que las estadísticas hablan de una década perdida para la economía cubana que se extiende desde 2010 a 2020. Pero desde antes, como hemos visto, comenzó el deterioro del pacto social del Estado con la ciudadanía.

El punto de vista de los científicos sociales

La socióloga cubana Elaine Acosta, en su enjundioso texto «Yo quiero fundamento. El 11j en Cuba y la necesidad urgente de una Sociología que incomode», analiza el incremento de la pobreza y la vulnerabilidad y los límites de las ciencias sociales en la Isla para abordar esa cuestión. Ella se hace eco del criterio del economista Pedro Monreal acerca de que existe un «apagón estadístico nacional sobre la pobreza y la desigualdad».

En intercambio con la Dra. Mayra Espina, especialista en Sociología de las desigualdades, me explica que «no hay datos públicos de pobreza desde los estudios del Instituto Nacional de Investigaciones Económicas (INIE) del Ministerio de Economía y Planificación, fueron investigaciones oficiales realizadas en 1994 y a inicios de los 2000, esta última identificó una franja de 20% de pobreza urbana. Colegas me han dicho que se siguen haciendo las encuestas de hogares y se calcula la línea de pobreza, pero no se publica». También aclara:

«El informe voluntario que Cuba ha hecho sobre los ODS para Naciones Unidas ha incluido un cálculo a partir del índice de pobreza multidimensional, pero considero que subvalora por margen amplísimo la magnitud real de la pobreza y declara que el indicador ingresos no es relevante para Cuba, error grande si se considera que el régimen de bienestar vigente ha tenido un corrimiento hacia el mercado y la familiarización, con lo cual los ingresos se han vuelto decisivos para las satisfacción de necesidades».  

La opinión de Espina sobre la importancia de los ingresos es compartida por Monreal, que considera:

«El análisis de la desigualdad social en Cuba, además de los datos que hoy no se divulgan, debe reconocer que la desigualdad no es un accidente social. Es el síntoma de causas “estructurales”: funcionamiento de instituciones que crean privilegios y exclusiones.

Es plausible asumir que parte de la explicación del incremento de la desigualdad en Cuba radica en el efecto distributivo del paquete de política económica conocido como “reordenamiento”, específicamente el efecto diferenciado de cambios en precios relativos.

Asumir que la desigualdad en Cuba tiene causas “estructurales” equivaldría a reconocer el alcance limitado que tendrían las medidas de “ayuda” dirigida a grupos e individuos».

A finales del 2022, una nota del periódico Granma anunciaba que desde el 16 de octubre y hasta el 26 de noviembre se realizaría una Encuesta Nacional sobre la Situación Económica de los Hogares (ESEH), a cargo de la Oficina Nacional de Estadística e información (ONEI) cuyo objetivo era recabar información sobre los gastos e ingresos de la población cubana. Se explicaba que se efectuaría a partir de una muestra probabilística en alrededor de 12 000 viviendas de zonas urbanas en diferentes provincias.

En sus redes sociales, Monreal compartió esta noticia con la siguiente observación: «Con los datos de esta encuesta puede calcularse un indicador de pobreza y también indicadores de desigualdad. Veremos si los publican o si continúa la narrativa de la equidad».

Los economistas Omar Everleny Pérez Villanueva y Mauricio de Miranda comentaron respectivamente: «Hasta ahora nunca fue publicada esta encuesta. Ojalá hayan cambiado los tiempos», y «Amigo, cuando lo vea lo creo. Ya veremos qué pasa. Ojalá hayan cambiado los tiempos pero hasta ahora los cambios que veo no son para bien».

¿Tendrá razón tal escepticismo? Lo cierto es que casi dos meses después no se conocen todavía los resultados de la encuesta, cuyos datos serían de fácil tabulación mediante programas informáticos. Ocultar esa información, que debería estar al alcance de expertos y ciudadanos, indica falta de voluntad política para enfrentar con claridad la situación de la pobreza en Cuba, conocimiento sin el cual será imposible hablar seriamente de justicia social y socialismo.

Cuando en 2002 se aprobó la Ley de reforma constitucional que modificó la Constitución al adicionar este párrafo al artículo 3 del Capítulo 1: «se propone que el carácter socialista y el sistema político y social contenido en ella sean declarados irrevocables», ya ese sistema, en lo social, había empezado a cambiar aceleradamente. Lo ha seguido haciendo a lo largo de más de veinte años. Actualmente no se parece en nada al proyecto social por el que tantos se han sacrificado. ¿Qué es lo irrevocable entonces?  

Bigotes

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Bigotes
(Imagen: Wimar Verdecia / LJC)

—Ando por esta pescadería en una visita que pretende «evaluar las potencialidades de los territorios y aprovecharlas en el propósito de lograr un mejor año en todos los ámbitos para la nación». Y a usted, ¿qué le trae?

—Tras la felicidad por el regreso de esas variedades cartilaginosas, ausentes a su puesto laboral desde hace más de un año, me encuentro con que un kilogramo de claria cuesta cuatrocientos pesos. Hablo de una especie cuya cría en estanques, según Ecured, «registra altos volúmenes de captura y bajo costo».

—Cómo le explico: la especie fue introducida en Cuba hace poco más de veinte años, procedente de Tailandia y Malasia. ¿Sabe lo que eso significa? Son miles de millas naúticas en un viaje que, producto del bloqueo norteamericano, muy pocas navieras están dispuestas a realizar.

—Pero hace solo tres años ese recorrido hacía rato se había dado por concluido, y el filete de claria, no el troncho que se vende hoy, tenía un precio trece veces menor. Multiplicado por el Índice Murillo arroja si acaso una cifra de alrededor de ciento cincuenta baros.

—El barómetro de la presión a que es sometida nuestra economía suele registrar límites sorprendentes. De ahí que nos exija ser cada vez más rigurosos con las fichas de costo. Ese pez de cuatro pares de bigotes no deja de ser una de las cien especies más exóticas y dañinas del planeta, y el exotismo se cobra en todas partes. Fíjese que, internacionalmente, su cultivo extensivo no está permitido, debe hacerse en reservorios controlados. Quién iba a sospechar que el azote de huracanes propiciaría su dispersión en los ecosistemas naturales de la Isla.

—Claro, los ciclones son eventos meteorológicos muy raros.

—Aun así, nuestro Gobierno importó su cría intensiva. El factor riesgo, elemento a tener en cuenta para formar precios, no fue óbice para introducir su carne en nuestra dieta.

—A la par que decaía la introducción de billetes en los maltrechos bolsillos, o lo que es igual: se multiplicaba exponencialmente su salida intempestiva hacia las arcas estatales y privadas.

—¡No se prive, hombre! Cada animalito de esos, suelto por ahí en ciénagas, riachuelos y alcantarillas, cuesta al erario público. En sus estómagos se han encontrado jicoteas y hasta pequeños cocodrilos, lo cual incrementa su valor agregado, un aporte para que la economía no se detenga.

—Y vaya «por más».

—¡Eso!, «superarnos a nosotros mismos», que cada uno se pregunte: «qué estoy haciendo para no detenerme».

—O para que no lo detengan.

—Si nuestro principal contrincante (otro de los valores agregados) se saliera con la suya, es decir, se engullera al caimán entero, Cuba desaparecería de la faz de la Tierra y no quedarían ciénagas, riachuelos y alcantarillas para el cultivo de la claria. Así que el precio de ese bicho es lo menos importante. Debemos «evitar que el adversario ideológico erosione el consenso necesario en los asuntos de mayor importancia, diluyéndolos en otros temas de menor alcance o coyunturales».

—¡Usted le sabe!

—Porque soy un empresario revolucionario. Mi deber es «crear una conciencia en todos los cubanos de que, en los temas esenciales legalmente refrendados en la Constitución, no puede haber un paso atrás, y que cualquier decisión concreta es buena en la medida en que no erosione esos principios».

—Vuelvo al principio: ¿cree correcto pagar cuatrocientos pesos, más de tres días de trabajo, por un kilogramo de esa cosa que se mueve hasta dando pasos para atrás?

—¡Por supuesto que sí! Ese dinero circula, ayuda a disminuir el déficit fiscal, y a que el presupuesto estatal cuente con el respaldo monetario para comprar el pienso que alimente a esas criaturas, que luego volverán a las tarimas como tronchos o filetes.

—Me llevo los dos kilogramos, no se discute más.

—¿Discutir dice? Qué va. «Urge escuchar a la gente y beber de la sapiencia popular». «En los debates económicos que ocurren en Cuba, principalmente en las redes, participan personas que, de forma abierta o encubierta, quisieran empujarnos en la dirección que quieren nuestros enemigos reales». Y para reñir con ellos…

—Están las clarias.

—Exacto. «Cuando alguien decide encerrarse en su mundo, pequeño y cómodo, dejando que sus límites no rebasen el bienestar familiar o el éxito propio, está produciendo una pequeña grieta en la solidaridad colectiva, está asumiendo el “a mí qué me importa” como respuesta a las aspiraciones de una sociedad de la cual, gústele o no, ha sido parte y ha recibido la cuota gratuita de beneficios». Que el kilogramo de bigotes baje y no surjan esos desequilibrios económicos «implica trabajar duro, innovar, aplicar la economía circular». «Solo así podremos superar contradicciones, vencer obstáculos y que venga realmente la esperanza».

—¿Esperanza mi vecina?

Una leyenda urbana

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Leyenda
(Foto: Néster Núñez / LJC)

Lo primero que ves es el casco amarillo de constructor, viejo y sucio, y debajo del casco, adentro, a un hombre que vende jabas de nailon. Si necesitas alguna te acercas, siempre desde arriba, porque tú estás de pie y él sentado. También porque eres tú el que paga. Estiras el brazo acercándole el billete, cosa de no aproximarte más de lo necesario, y recibes la bolsa blanquísima donde guardarás tus compras. Él quizás te dé las gracias. Tú responderás «Por nada», y te alejarás sin haberlo mirado a los ojos, restregándote la nariz inconscientemente.   

Entonces, Marcial Carmelo García Vázquez continuará en aquel quicio ganándose la vida del modo en que pueda, y tú, yo, usted, ellos, ellas, nosotros, vosotros, ustedes, retomaremos la vida donde la habíamos dejado antes de desviarnos a comprar la jaba. Si nos cuesta enfrentar su mirada es quizá por temor a ver, en esa miseria evidente, el fracaso de nosotros como como individuos, la frustración del país completo. Y, sin embargo, de Carmelo se dice, entre asombro y duda, que es millonario. Que vive así porque le da la gana.

Leyenda
(Foto: Néster Núñez / LJC)

La primera vez que me le acerqué fue para preguntarle si eso era verdad. Lo que me dijo fue que se ha pasado la vida entera trabajando. Fue cortador de caña, aunque no de los largos, y estuvo en la hilandería Bellotex y en la tenería de Matanzas, que ya no existe.

Pasó por la terminal marítima del puerto como estibador. Allí sí se destacó cargando sacos, fue jefe de brigada y se ganó, en los ochenta, aquellos estímulos que daba el sindicato en los hoteles de Varadero. Después fue barrendero. Los cien metros de calle los pagaban a 19 centavos. Él limpiaba de arriba abajo las vías Milanés, Medio y Río. Ganaba muchísimo dinero. Una parte la guardaba.

Leyenda
(Foto: Néster Núñez / LJC)

Lo interrumpo, veo el momento de insistir: ¿eres o no millonario? Si respondiera con un Sí tal vez me nazca una esperanza. Una posibilidad: no todo está perdido. Si él lo logró… Después me digo que esa misma idea es la que sostiene la leyenda urbana. La necesidad de creer en un futuro mejor. La fe en una vida próspera… Detengo la cadena de pensamientos y busco en el móvil una foto que le hice hace más de tres años.

«Cuando aquello recogía latas vacías de refresco y cerveza, y las vendía como materia prima», me dice. «Y antes de eso, cargaba lavadoras y refrigeradores desde la tienda hasta la puerta de tu casa», rememora. La foto no aparece: Instagram no abre. La conexión está de madre por estos días. La conexión no: Etecsa. Me pide que otro día se la enseñe, y sigue:

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

«Esa fue una época buena. Ahora las cosas están muy caras. La situación muy mala. El carbón mismo te vale cien pesos el saco. Tres o cuatro días te dura. Si es marabú, mangle blanco o guayabo, que aguanta un poquito más, pero no mucho más tampoco. Ni el cedro ni el pino, que son una boronilla. Ah, y la mata de guao.

Ayer yo gasté 235 pesos. Me habían cogido una libra de mortadela en cien pesos, que aquello no era mortadela ni nada. Me la comí así mismo, fría y todo, porque se me echa a perder y gasto los cien pesos, pues no tengo refrigerador. Y que yo critique no quita ni excluye que sea revolucionario.

Aquí hay sus cosas, porque hay mucha gente que no entiende de la Revolución, que hacen esto y hacen lo otro, y lo que están es haciendo daño. En definitiva, cuando el pueblo se una y se enfrente a la situación es que el pueblo va a ir adelante. Es el pueblo el que lo hace todo. La unión del pueblo es lo que va a hacer todo. El pueblo es el que se va a virar y va a responder por el bien de él, no por el bien de ningún mequetrefe de estos que están metidos aquí y allá haciendo cosas que no tienen que hacer.

Leyenda
(Foto: Néster Núñez / LJC)

Y como te digo una cosa te digo la otra. Esto no lo tumba nadie. Y el día que lo intenten tumbar, a mí me tienen que matar. Prefiero dar mi vida antes de verme en las manos del capitalismo. No quiero saber del capitalismo ni p… nada de nada. Y tengo familia en el Norte. Un hermano mío que es el que me sigue en edad. Él se fue por sus gustos y sus cosas porque le gustaba el sistema capitalista, se fue para mejorar su economía. Vino dos veces a mi casa de visita y le dije: de política, a mí no me digas nada. En primera es mi hermano, es mi sangre».

Cada vez que nos encontramos, Carmelo me dice «Mi amigo», y de inmediato saluda con un gesto alegre para que lo fotografíe. Le he tomado cariño. Las jabas que necesito se las compro a él. Le regalo los tabacos de la bodega o algunos cigarros. Pero lo que más le gusta es conversar. Siempre está solo.

Leyenda
(Foto: Néster Núñez / LJC)

Lo veo y me siento junto a él en el quicio, huyéndole a una ratonera artesanal que tiene a su lado. Son estos primeros días del año 2023. «Las jabas están perdidas —me dice—, no hay en ninguna parte». Normalmente las compra a tres pesos y las vende en cinco. Los domingos, día de feria agropecuaria, son los mejores, significan un respiro para el resto de la semana. Luego cambia y me habla sobre la máquina de hacer ratoneras…

Yo, sin embargo, pienso en la muerte del ratón que tiene hambre y sale de noche a robar la comida que dejaste fuera. Cómo será menos dura la muerte, si agonizar durante horas por el efecto del veneno o morir de una vez por un golpe que te parta el cuello o el cráneo. Y de ahí mi mente salta a la eutanasia, el derecho a morir con dignidad. A la vida que llevamos tú, yo, ustedes, nosotros, estos y aquellos.

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

Pero entonces, por suerte, el amarillo intenso y sucio del casco de Carmelo me regresa a la realidad. Le pregunto de dónde salió. Él dice que hace años lo tiene, pero no se acuerda ni cuándo fue la primera vez que se lo puso, y que una vez le salvó la vida. Un viento fuerte arrancó una teja de zinc del techo de su casa y voló directico para donde él estaba. Con la punta le cortó encima de la ceja derecha. «Si no llego a tener el casco, me raja en dos la cabeza».

Tú siempre estás solo. ¿Tienes amigos? ¿Con quién hablas? ¿En qué piensas todas estas horas que estás aquí sentado? ¿Qué pasó con tu vida? ¿Cómo llegaste a esta situación? ¿Qué hiciste el fin de año? Indago.

«El 31 lo pasé aquí mismo. Compré tres raciones de congrí y tres de yuca en La Cuevita, y un pepino de un litro y medio de cerveza dispensada. Pero qué va. Cuando esa yuca se juntó con la cerveza, el estómago se hinchó y el alcohol dijo aquí estoy yo y me emborraché completo. Fui a mi casa y me acosté hasta el otro día. Y así. Me levanté otra vez y vine a trabajar».

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

Está jubilado por enfermedad y cobra mil setecientos ochenta y pico de pesos mensuales. Poco más de diez dólares. Termina hoy su jornada sin agregar casi nada a esa cuenta. O no hay muchos ratones en las casas o la gente se está buscando gatos que los alejen. Lo que sí hay es muchas ratas en las instituciones estatales.

Carmelo mete en el saco la ratonera y los bolígrafos que vende, se incorpora como puede, camina lentísimo, intentando no arrastrar el pie malo. «Es un problema de nacimiento que después se me complicó por unos tendones…».

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(Foto: Néster Núñez / LJC)

La fe en la vida próspera… y Carmelo millonario.

«No me arrepiento por lo que he hecho ni por lo que me falta por hacer. No me arrepiento jamás. ¡Jamás! Si lo único que he hecho es trabajar como un caballo para poder vivir. Y nunca le robé a nadie».

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(Foto: Néster Núñez / LJC)