Inicio Blog Página 320

Salary, justice and prosperity

0
salary

The rise of retirement pensions and salary in the State-budgeted sector, announced by the President, has multiplied debate on Cuban political economy. While the majority is pleased by the measure, some question its appropriateness and effectiveness, or even dismiss it as demagogy. Since I’ve written about the subject and its urgency for years[1], it only remains for me to congratulate the Government for its brave decision to take the bull by the horns. Not doing it would be something like a “damned if you do, damned if you don’t” situation.

When Keynes suggested, in the middle of the crisis of the 1930s, the need for the US Government to inject money into circulation in order to promote immediate growth, the ghost of inflation stood before him. The Englishman answered: “It’s true. It’s an inflationary model, but by the time inflation comes, we will all be dead”. In the Cuba of today, the significance of such a measure also goes far beyond its admittedly inflationary nature.

First of all, the President tackled the issue of inflation right from the start, and he suggested some of the measures which must be implemented in order to raise supply and better balance the depressed domestic market. He required the responsible ministries to implement a combination of increased production and services with capped prices. This guideline is meant to enhance the effectiveness of the measure.

If the guideline is followed, producers of all kinds will stand to benefit from an increased effective demand, with a greater supply of goods and services, and not with the rise of the already exorbitant and monopolistic prices. For a long time, government-run companies, cooperatives and private businesses have preferred destroying products or keeping them shelved to lowering prices. It is time to put a stop to the irrational predominance of sellers over buyers in a domestic market dominated by never-ending shortages and nearly negligible levels of competition.

In a workers’ society it is not possible to perpetuate rampant theft, undue privileges and shady dealings as the main sources of income. For years the educational and ethical function of salary has been underestimated and the consequences have been terrible, to the point of acting as a centrifugal force which has cast thousands of Cuban workers all over the world in search for better salaries. This calamitous situation has lasted long enough.

To my mind, the President’s approach to it as part of a package of measures, not as an isolated act, is as important as the announcement of the salary rise itself. In Cuba, these terms have been erroneously identified with the application of neoliberal policies, as if the economy didn’t have a systemic nature everywhere and any element of it could be changed without affecting –or receiving the effect of– every other element in the system.

With this decision, along with the salary increases –previous and upcoming– in the business sector, money payments for the labor force devoted to this very significant sector with gain weight as the main source for the satisfaction of needs. Thus, the salary will be perceived as something to be prized, not underestimated, even though it has been stated that these are only temporary raises in order to alleviate the problem and pave the way for an upcoming general reform of salaries, state pensions and retirement pensions.

Elements are yet to be known so as to discuss the package in its entirety, but in this first approach the fact that the salaries and pensions of two-and-a-half million Cubans and their families are being substantially raised, that measures are being introduced to appraise the contracted domestic market and allow the rise in nominal salary to be reflected in the real salary, along with the acknowledgment of the need to apply a package of socialist measures in order to reactivate the domestic economy, provide enough elements to support and defend such a decision.

If the less fortunate begin to glimpse the possibility that income as a result of work may come to be the main source of prosperity and social justice, we all stand to gain. There will be all-round benefits, from the results of State-budgeted companies and institutions and macroeconomic indicators, to national security. I am not saying that the pyramid will be set straight, for I have never believed that myth. What will begin to be set straight is the ideal of a fairer and more rational socialist society in the minds and aspirations of thousands of Cuban men and women.

Contact the author at: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] “Rousseau, Marx y Braudel en la Actualización económica de Cuba” (“Rousseau, Marx and Braudel in the Economic Updating of Cuba”), Temas 87-88, July-December 2016.

(Translated from the original)

Otra vez el problema de los intelectuales

23
problema

En estos días retoma fuerza en el debate político cubano, tanto en los espacios oficiales tradicionales como en los alternativos, el tema de los intelectuales. Por la costumbre de que desde arriba se lancen líneas temáticas, aprovecho la ocasión para esbozar algunas ideas sobre “el problema de los intelectuales”.

Este es un asunto que se desvanece aparentemente y reaparece en toda la historia de lo que puede considerarse las luchas progresistas –en su acepción menos gastada—. En Cuba, se suele tener como referencia a las archiconocidas Palabras a los intelectuales, núcleo y columna vertebral para pensar la relación del estado y el gobierno con este grupo social; por tanto, de estos con el sujeto de la revolución –los obreros, el ciudadano de a pie—, en pocas palabras, con el pueblo trabajador que se convertía en protagonista de la subversión social tras 1959.

La evidente diferenciación entre intelectuales y un “mesiánico y revolucionario proletariado” ha venido marcando las posturas hacia intelectuales, como rechazo y discriminación en algunos casos, y en otros, enfocados como un instrumento o complemento de las luchas contra la dominación. Creando esto, incluso, un estigma a la auto-percepción. Hay que recordar aquel poeta e intelectual revolucionario que destrozaba sus versos, que sentía culpa por no ser obrero; por no ser un verdadero “portador” de la condición revolucionaria.

Las tan citadas Palabras…, marcaban una intención de unificación dejando un espacio abierto para la labor intelectual delimitada por la actividad revolucionaria de la cual podían ser parte, o no. En ellas, no se llamaba a borrar identidades, sino a la causa común.

Aquello no era nada descabellado, y mucho menos una excepcionalidad de la Revolución Cubana o de las contiendas socialistas. No se debe olvidar que el pensamiento teórico, que en buena medida recae en manos de los intelectuales, actúa como elemento rectificador de la ideología –dentro de la cual inclúyase la política— y que realizan ambos un círculo dialéctico, donde van a la par condicionándose y traspasándose. La incidencia directa de ese proceso sobre la sociedad civil –entendida desde un enfoque gramsciano—, que es donde se generan las relaciones de poder, le confieren su importancia.

Donde la intelectualidad no ha acompañado al poder político, ha sido echada al lado –con suerte, sin violencia—, donde ha colaborado, ha sido gratificada.

Sabiamente, un joven Fidel Castro señalaba un camino para que el grupo en cuestión fuera parte del proceso. La subversión de la cotidianidad que era la revolución, también lo necesitaba para realizarse.

Necesidad y papel en Cuba hoy

Recuérdese que la clase obrera, por la propia dinámica de su actividad carece de las condiciones para la elaboración inmediata de las ideas para su liberación. Esta, no reproduce directa y espontáneamente a los intelectuales que le sean orgánicos. Siempre cuidando los aires de la superioridad, es en ese punto donde deben actuar los intelectuales. Sin ellos, no habría habido ni movimientos obreros ni revolucionarios. Basta mirar la historia, y brotarán los ejemplos.

No trata dicha idea de un ejercicio de jerarquización y ordenamiento de los grupos sociales. El inevitable y al parecer ascendente fenómeno de la división social del trabajo fomenta esa escisión donde la labor de unos es el ejercicio del intelecto; y debe recordarse que sin dicha división no hubiese aparecido todo lo que hoy entendemos como ciencia. Por tanto, el propio desarrollo social necesita de aquellos que su actividad central sea la de generar ideas y formas de producir y reproducir subjetividades correspondientes a determinados ordenamientos sociales. La desaparición de dichas divisiones, puede ser una meta, no una imposición al presente.

La presencia de la intelectualidad y su praxis específica no es sinónimo de elitismo.

Lo que debe evitarse no es el ejercicio intelectual, sino que este elitismo gane auge en tanto las tareas de los intelectuales se jerarquicen y reconozcan como superiores.

Por otro lado, el intelectual no debe culparse de no ser parte de esa clase obrera en materia de condiciones de vida. Su compromiso con una causa revolucionaria, si es verdadero, deberá asumirlo desde su frente, en el que construya el correlato a la cotidianidad revolucionaria desde sus esferas de las ciencias y las artes.

Hoy, los nuestros no marcan grandes brechas respecto a otros trabajadores, y en muchos casos, en peores condiciones están. Su actividad, la realizan desde las mismas carencias que cualquier otro ciudadano. Pero su rol sigue siendo el mismo: acompañar. Y es que en un país donde el salario medio aun no llena la canasta necesaria para unas condiciones decorosas, el intelectual debe asumir la tarea de la generación de ideas, al igual que en cualquier contexto donde el sujeto revolucionario no cuenta con las condiciones para desarrollar sus herramientas de análisis en pos del mejoramiento social.

Aquella intervención de Fidel logró servir de catalizador para lograr el acompañamiento necesario a la Revolución, y sin el cual esta no hubiese podido avanzar. Pero la diferencia de contextos, lo es también de las necesidades de cada época, por tanto, de la demanda social a los intelectuales. En estos tiempos donde se lanza el llamado desde arriba y desde abajo contra la burocracia, concuerdo con Alina en dónde está la trinchera de la intelectualidad. Crítica no es criticismo, y se sabe a dónde apuntar. Lo que habría que preguntarse es, para quién es eso un problema.

Ni con hechiceros ni con caciques

hechiceros
Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

Esta es la segunda vez que cumplo el deber cívico de polemizar con Carlos Luque. No me molesta hacerlo, es un ejercicio aportador para ambos pues el intercambio de opiniones puntualiza enfoques y esclarece malentendidos.

En la primera ocasión me acusó de “enemiga de la verdad”, un auténtico eufemismo para decirme mentirosa. Ahora, en su texto “El hechicero de la tribu, con permiso de Atilio Borón”, me representa como una persona que se cree superior al pueblo por la utilización de la frase, para él “infeliz” de que “Los intelectuales hemos incumplido durante décadas el rol de conciencia crítica que nos correspondía”, tesis que afirmo en el artículo: “Los intelectuales y sus retos en la época actual”.

Si por el término en cuestión Luque considera que juzgo al intelectual como un ser superior, “juez repartidor de los premios y castigos”, que mira al pueblo desde la altura de su inteligencia, refugiado en una especie de caverna de las ideas de Platón, en un cuartel general del conocimiento; quiero tranquilizarlo en ese punto. Acepto, al igual que el pensador marxista Antonio Gramsci, que:

«Es preciso, por tanto, demostrar, antes que todo, que todos los hombres son «filósofos», y definir los límites y los caracte­res de esta «filosofía espontánea», propia de «todo el mundo», esto es, de la filosofía que se halla contenida: 1) en el lenguaje mismo, que es un conjunto de nociones y conceptos determinados y no simplemente de palabras vaciadas de conteni­do; 2) en el sentido común, y en el buen sentido; 3) en la religión popular y, por consiguiente, en todo el sistema de creencias, supersti­ciones, opiniones, maneras de ver y de obrar que se manifiestan en lo que se llama generalmente «folklore»[1]».

La diferencia entre los intelectuales y las personas que no lo son, no radica estrictamente en su nivel de instrucción.

En mi vida profesional ha sido decisivo el ejemplo de mi padre, un obrero mecánico que tiene hoy 78 años de edad. De él adquirí el amor por la lectura, una buena ortografía y la costumbre de cuestionarlo todo. No entiendo que la naturaleza de un trabajo sea mejor o peor. Los factores que pueden tornar embrutecedora una tarea son las condiciones en que ella se desempeñe y la retribución que se perciba por hacerla. Toda labor dignifica. Lo indigno es no poder vivir del fruto del trabajo que realizamos.

Luque nos ilustra en cuanto a la división social del trabajo y desliza la siempre útil insinuación del pecado original: “hay alguna diferencia entre sudar en el surco y sudar leyendo y pensando o buscando en el ordenador”. Depende, estimado amigo, depende de las condiciones.

Quizás en Chile, donde me dicen que usted reside, sea esta la relación arquetípica que se establezca. Pero yo vivo en Cuba, razono desde mis circunstancias y desde mi experiencia. Y mientras redacto en el ordenador la oponencia a una tesis doctoral que contribuirá a la formación de personal calificado, reviso investigaciones como tutora o escribo un artículo para una revista científica cubana; estoy haciendo trabajo voluntario de manera altruista, pues en nuestro país ninguna de esas actividades especializadas se paga, al menos hasta hoy.

Sin embargo un campesino, también como fruto de su labor consagrada y honrada, puede ganar, vendiendo varias cajas de viandas, lo que podrían ser todos mis salarios de un año. De modo tal, hay que ser más reflexivo cuando se valore el desempeño de un tipo de actividad, física o intelectual, para adjudicarle etiquetas que simbolicen en ellas actitudes más o menos revolucionarias.

Pero volvamos al argumento de la conciencia crítica. En mi opinión, esta trasciende una cuestión de intelecto y se encamina hacia la actitud cívica del sector de la intelectualidad, condición que lo lleva a participar activamente en la vida política de sus países y a influir sobre sus contemporáneos.

Si volvemos la mirada a la historia universal y nacional, constataremos que ha sido eminentemente el sector de la intelectualidad, más preparado que otros para reaccionar enérgicamente ante los mecanismos de dominación —dadas su formación jurídica, filosófica, histórica, sociológica, antropológica, etc.—; el que detentó un liderazgo político y encabezó las demandas de trasformación, por vías pacíficas o armadas. Hay excepciones, es cierto, pero ellas confirman la regla.

No afirmo con esto que un verdadero movimiento de cambios pueda ser exclusivamente intelectual, eso sería elitismo puro y negación del papel decisivo de las mayorías. Varela, Céspedes, Agramonte, Martí, Mella, Villena, Guiteras, Fidel, fueron intelectuales que se inmiscuyeron activamente en la vida política de sus épocas, a veces rompiendo no solo con el poder, sino con el modo de hacer política de sus predecesores.

Las mayorías han necesitado, por lo general, del intelectual como líder.

La dualidad del intelectual-político se fragmentó en los modelos de socialismo burocrático. Allí se le exigió al sector una lealtad monolítica, que fue debilitando el ejercicio del pensamiento crítico, esa conciencia crítica que deplora Luque. Especialmente los intelectuales vinculados a las ciencias sociales, ámbito político de sí, fueron apartados de cualquier aportación. Es sintomático que tras la muerte de Lenin el marxismo soviético no diera mucho más allí en su evolución teórica. La mayoría de aportaciones vinieron de pensadores que se desarrollaban en contextos capitalistas.

En nuestra Isla, los intelectuales marxistas que comenzaron a debatir la teoría, nucleados alrededor de la revista Pensamiento Crítico, fueron apartados de sus funciones y, durante años, movidos como personas incómodas de una institución a otra.

La misma afirmación de Luque: “No dejemos de mencionar aquí a los políticos, esa otra función intelectual y otras muchas subespecies que no vienen al caso”, demuestra su confusión al verlos como algo diferente. ¿Qué era Martí, intelectual o político?, ¿qué fue Fidel?

Entre nosotros el intelectual fue dejando de ser político y, desgraciadamente, el político dejó de ser intelectual y se fue consolidando como clase burocrática, instruida, pero no calificada ni para improvisar un discurso. Fernando Martínez Heredia, alertaba que cuando el marxismo se convierte en una ideología de Estado, va mutando de un mecanismo de liberación hacia una ideología de dominación. En esa metamorfosis la intelectualidad cubana tiene una gran responsabilidad. Su incondicionalidad la fue separando de su función política, que es mucho más que aplaudir y apoyar consignas, y le dejaron esa ocupación a la burocracia.

En los albores de las relaciones humanas, los hechiceros de la tribu eran los encargados de explicar aquellos aspectos del entorno que no eran comprendidos. Creaban así una ilusión de realidad. Su otra función era reverenciar a los caciques. Hechiceros y caciques serían el núcleo de las futuras clases sociales gobernantes.

Entre nosotros el discurso ha encubierto muchas veces a la realidad y los intelectuales lo hemos permitido por dos razones: acatamiento acrítico o conveniencias personales. Dejamos de ser políticos y tenemos que recuperar esa función. Esa era mi meditación, más que llamamiento o manifiesto como dice Luque. En ese punto coincido autocríticamente en que hemos sido una especie de hechiceros, aunque no por las mismas razones que esgrime él.

[1] “Todos somos filósofos”, Tomado de El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, La Habana, Ediciones Revolucionarias, 1966, pp. 11-13.

La (otra) política cultural

29
política cultural
Imagen: Alejandro González, 1971. De la serie “Re-construcción. Quinquenio Gris”

La (otra) política cultural no es difícil de reconocer. Desde los barracones hasta las periferias urbanas donde habitaba el incipiente proletariado de La Habana y Matanzas, durante el último cuarto del siglo XIX, se fue sedimentando La Rumba. La poliritmia de los africanos se impuso y evolucionó hasta conformar las esencias identitarias de la nación cubana. España nos legó la danza, la décima, la génesis recitativa que dio origen a La Tonada. Luego ese legado se convirtió en contradanza y danzón, punto cubano. Bailes del chachachá y el casino durante el siglo posterior.

Ni la herencia africana ni la española nos fueron impuestas por centros de poder foráneo. En todo caso esa herencia, contribuyó decisivamente a nuestra emancipación de la metrópoli, como la canción “La Bayamesa” de Céspedes, Fornaris y del Castillo. Fue el resultado estético del sistema de valores sociales en un contexto marcado por la transculturación.

En 1922 surge la radiodifusión cubana. La primera música que transmite  contenía el alma de nuestros genuinos modos de hacer. Los conjuntos soneros, repentistas y trovadores, eran habituales en la programación. El son, la tonada, la canción romántica, la guaracha y el pregón, eran géneros protagónicos. No había ni remotamente una política cultural pero sí había cultura.

La radiodifusión cubana pasaba de artilugio artesanal a empresa capitalista mientras se desarrollaba el disco de vinilo y las poderosas industrias disqueras norteamericanas invadían el mundo. Pero la RCA Victor, CBS o Columbia, no lograron desplazar del espectro radiofónico cubano la música de Ignacio Cervantes, García Caturla, Gonzalo Roig, Ernesto Lecuona, Rita Montaner, el Trío Matamoros, Joseíto Fernández, Pérez Prado, Enrique Jorrín, la Sonora Matancera, Benny Moré, el Septeto Nacional y La Aragón, por una razón simplísima: los pueblos de Cuba y Latinoamérica los seguían prefiriendo.

La interinfluencia entre nuestra música y el jazz, por ejemplo, no pudo subsumir la creación criolla sino, por el contrario, nuestra percusión marcaría la mayor influencia foránea que el jazz haya tenido en su historia. Desde que Chano Pozo, Dizzy Gillespie y Charlie Parker interpretaran «Manteca» en Radio Cadena Azul,  hasta la actualidad. Si en Estados Unidos había un Elvis Presley; en Cuba y buena parte de Latinoamérica estaba Benny Moré.

¿Cuándo y por qué la política cultural cubana se apartó de lo nacional? ¿Fue  con la globalización e Internet o mucho antes, con una pretendida y absurda «cerrazón» a todo lo que nos remitiera antes del 59?

Desintegrados los Zafiros y confinado el «feeling» al Callejón de Hamlet. Fracasado el intento de imponer el mozambique como «ritmo de la nueva Cuba». Entre 1968 y bien avanzada la década del 90, estuvieron dormidos en las fonotecas los discos del Benny, el Trío Matamoros, las cintas de Manuel Corona, Sindo Garay, Teofilito y María Teresa Vera. Los émulos de Papito Serguera y Armando Quesada apostaron por el «inofensivo» pop español al estilo de Los Brincos y los Fórmula V, en programas como Nocturno de Radio Progreso, para «competir» contra el diversionismo ideológico anglófono.

(Puede interesarle: Quinquenio Gris: la música “prohibida”)

Desde entonces hasta la actualidad: ¿Cuántas veces en horarios estelares de las emisoras territoriales o nacionales, fuera de programas genéricos o hacia destinatarios específicos, se radió, televisó o amplificó en un espacio público,  con sistematicidad e intencionalidad comunicativa, una rumba, una tonada, un son montuno, una guaracha, un danzón, un bolero interpretado por un trío, una habanera, una bunga, una pieza de órgano oriental…?

Gracias a nuestra política cultural, toda una generación de cubanos «del interior» descubrimos que Mata Ciguaraya y Melao de Caña eran obras tan cubanas como La Guantanamera, sólo cuando Oscar de León vino al Festival de Varadero. Tampoco supimos que Polo Montañez existía hasta que triunfó en Colombia. Mucho menos que siempre existió un Compay Segundo, un Mongo Rives, un Eliades Ochoa hasta que a María se le ocurrió salir a las calles de Europa y Estados Unidos, sin pintarse los labios, y de la mano de Ry Cooder.

No fueron los think tank imperialistas los que nos hicieron creer que la música de Silvio, Pablo, Santiago, Vicente Feliú, Osvaldo Rodríguez (hasta que le dio por emigrar), Miriam Ramos y Amaury Pérez, sólo servía para actos políticos o fechas patrias, para duelos oficiales y días de la defensa. Mientras en los programas jóvenes de las emisoras territoriales se siguió la vida y milagro de Rudy La Scala, Michael Jackson, Celine Dion o Los Bukis, se limitaba/censuraba a Pedro Luis Ferrer, Carlos Varela y luego Ray Fernández. O se «barajan» las canciones del disco Extremistas Nobles de Buena Fé y Frank Delgado.

Así se fomentó esa inapetencia por lo propio, lo cubano o caribeño. Y tal inapetencia se refleja, en la actualidad, en las preferencias creativas de la mayoría de nuestros egresados de las academias musicales, o graduados de nuestras facultades de comunicación audiovisual. La política cultural cubana ha sido incapaz de solucionar esto.

Sin soslayar su influencia, no es sano explicar únicamente con la globalización y las trasnacionales del entretenimiento, que en las vitrolas de los años 50 un chileno llamado Lucho Gatica cantara nuestros boleros, y ahora en nuestras guaguas de Transtur o VíaAzul, los turistas de Chile o cualquier otra parte, oigan el peor reguetón o trap, en vez de música cubana auténtica y de calidad. No por casualidad, los agoreros del odio entre cubanos, presionan desde Miami para eliminar el intercambio cultural entre las dos orillas. Tal es el poder humanizante de la música cubana más auténtica y de mayor calidad. Ellos lo saben. Nosotros, a veces, lo olvidamos en términos de promoción mediática.

Hay que “mirarse por dentro”, -como la letra de aquella canción del grupo Moncada-, artistas, funcionarios y dirigentes de los medios de comunicación, no sólo en el ámbito capitalino, sino en todo el país. Se ha avanzado mucho en el vínculo entre el Instituto de la Música y el ICRT -el mejor ejemplo es el Canal Clave de la TVC-, pero el camino para glorificar lo nuestro es largo y complejo. Este pasa por la mente y los corazones de muchos, acaso mal formados estéticamente, con los que habrá que lidiar, cautivar y seducir desde lo auténtico, en un mundo cada vez más a expensas del mercado cultural, con distancias comunicativas cada vez más reducidas por la tecnología.

No podemos reescribir nuestros errores en el campo de la cultura pero sí evitar otros nuevos. Que nuestra política cultural, en lo que se refiere a la música, sea una sola. Y que la banda sonora que algún día contará la historia de este país, sea la misma que suena en la radio.

Salario, justicia y prosperidad

14
Foto: ACN

La subida de salarios y jubilaciones en el sector presupuestado, anunciada por el presidente, ha multiplicado el debate sobre la economía política cubana. Mientras la mayor parte se celebra la medida, algunos se cuestionan su pertinencia y eficacia, o la tildan de demagógica. Como durante años he venido escribiendo sobre el tema y su urgencia[1], solo me queda congratular al gobierno por su decisión valiente de tomar el toro por los cuernos. Lo contrario sería como querer darle palos porque no boga, y palos porque boga.

Cuando Keynes planteó, en medio de la crisis de los años 30, la necesidad de que el US goverment inyectara dinero en la circulación para promover el crecimiento de inmediato se le antepuso el fantasma de la inflación. El inglés respondió: “Es cierto. El modelo es inflacionista, pero cuando llegue la inflación todos estaremos muertos”.  En Cuba hoy la trascendencia de esta medida también va mucho más allá del reconocido carácter inflacionista.

Lo primero, es que el presidente abordó el asunto de la inflación desde el primer momento y planteó algunas de las vías que deben implementarse para elevar la oferta y equilibrar mejor el deprimido mercado interno. Exigió a los ministerios responsables implementar una combinación de incremento de producciones y servicios con precios topados. Este lineamiento viene a multiplicar la eficacia de la medida.

Si se cumple, los productores de todo tipo podrán beneficiarse por el incremento de la demanda efectiva con una mayor oferta de bienes y servicios, y no con la subida de los ya exorbitantes precios monopólicos. Durante largo tiempo, entidades estatales, cooperativas y trabajos por cuenta propia, han preferido destruir los productos, o mantenerlos inmovilizados en las tarimas, que bajar los precios. Es hora de que se empiece a poner coto al predominio irracional de los vendedores sobre los compradores en un mercado interno dominado por la sempiterna escasez y con un nivel de competencia prácticamente nula.

En una sociedad de trabajadores no es posible eternizar el predominio del robo, las prebendas y los chanchullos como fuentes de ingreso más importantes. Por años la función educativa y ética del salario se ha subestimado y las consecuencias han sido terribles, al punto de actuar como una fuerza centrífuga que ha lanzado a miles de trabajadores cubanos por el mundo en busca de mejores salarios. Situación que ha perdurado en el tiempo.

Para mí, tan importante como el anuncio del aumento en sí mismo, es que el presidente lo haya enfocado como parte de un paquete de medidas, no como un acto aislado. En Cuba estos términos se han identificado erróneamente con la aplicación de las políticas neoliberales. Como si la economía no tuviera carácter sistémico en todas partes y se pudiera cambiar algo sin que afectara –o se afectara- por los demás elementos del sistema.

Con la decisión, unida a los incrementos salariales ?anteriores y por venir? en el sector empresarial, el pago en dinero por la fuerza de trabajo invertida en este sector ganará espacio como fuente principal de satisfacción de las necesidades. Así el salario se percibirá como algo que hay que cuidar, no menospreciar; aun cuando se ha declarado que estos son aumentos temporales para aliviar el problema y servir de anticipo de una próxima reforma general de salarios, pensiones y jubilaciones.

Faltan elementos para hablar del paquete en su totalidad, pero para este acercamiento primero el hecho de que se incremente sustancialmente el salario y las jubilaciones de un sector de dos millones y medio de cubanos y cubanas y sus familias, se introduzcan medidas para justipreciar el contraído mercado interno y que el aumento del salario nominal se refleje en el real, junto a la proclamación de la necesidad de aplicar un paquete de medidas socialistas para reactivar la economía interna, son elementos suficientes para apoyar y defender una decisión como esta.

Si la gente menos favorecida empieza a vislumbrar la posibilidad de que los ingresos por el trabajo lleguen a ser la fuente principal de prosperidad y justicia social todos ganaremos. Desde los resultados de empresas y entidades presupuestadas y los indicadores macroeconómicos, hasta la seguridad nacional saldrán favorecidos. No digo que la pirámide se enderece porque nunca he creído en ese mito. Lo que se empezará a enderezar es el ideal de una sociedad socialista más justa y racional en la mente y las aspiraciones de miles de cubanos y cubanas.

[1] “Rousseau, Marx y Braudel en la Actualización económica de Cuba”, Temas 87-88, julio-diciembre 2016.

Reiteradas ovaciones

8
ovaciones
Foto: José Manuel Correa/Granma

Ovaciones. Reiteradas ovaciones. Tantas que, frente al televisor de plasma, ya no ante el Krim de la era soviética, uno podría confundirse y regresar a la época en que Fidel hablaba por los dos únicos canales nacionales. El presidente combina el enfoque historicista con el método de conceptualizar lo general y definir lo particular. Nos dice a escritores, artistas e intelectuales lo que hace mucho hemos querido escuchar de un representante de las estructuras del poder.

No hay nada que emocione y compulse más a un artista que comprobar que una entidad superior -en este caso, el gobierno de la República-, reconozca que ese artista ha tenido la razón. Si bien Abel Prieto durante su primera temporada como ministro insistía en que las instituciones sólo tienen valor porque existen los creadores que la conforman, nunca antes un presidente del Consejo de Estado lo había dicho así, tajantemente, con todas sus letras. Ni había amplificado el secreto a voces que esa disfuncionalidad institucional burocrática traiga consigo el inmovilismo, el desamparo y la corrupción.

Tampoco ningún representante de la jerarquía gubernamental o partidista había reconocido jamás, pública y mediáticamente, el sesgo ideopolítico a que fuera sometido “Palabras a los Intelectuales” de Fidel Castro. Y menos había connotado lo que sabemos -y muchos hemos escrito o dicho: la preocupante cantidad de funcionarios y directivos que no conocen “Palabras…” o lo han reducido el discurso a una consigna que, a priori, puede interpretarse como excluyente. Todo lo contrario de su esencia inclusiva en pos de la unidad.

Pronunciado por el máximo dirigente administrativo, el discurso de clausura del IX Congreso de la UNEAC ha sido, sin dudas, un planteamiento político que recibe numerosas ovaciones.

Primero porque incide sobre la esfera motivacional de los miembros de una organización necesitada de fe. Fe en el sistema que debe darle vida, y fe en sí misma. Fe en su capacidad de ser escuchada por sus órganos de relación: el Ministerio de Cultura, el ICRT y el ICAIC. Y digo fe porque el resultado de las palabras de Díaz-Canel están por ver.

Si esos delegados al congreso se quedan en las ovaciones y la satisfacción personal que da saber que no se ha estado equivocado, y no llegan a sus territorios con la adarga dispuesta a luchar contra los molinos de viento de la unimencia y la girovagancia, se corre el riesgo de convertir en demagogia lo que hoy mueve a la esperanza.

Segundo porque, a primera vista, aquella definición de cultura general e integral de Fidel Castro no parece ser la pauta del discurso. Infiero -puedo y quisiera equivocarme- que Díaz-Canel trata de circunscribir el rol social del artista y escritor a lo que llama ‘la cultura’ y que valdría haber acotado sus referentes como ‘cultura artística’. De tal modo, uno no puede evitar sospechar que, para él, este congreso de la UNEAC se trata únicamente de los asuntos de la creación artística y literaria, y su relación con el sistema de instituciones que deben sustentar y viabilizar la promoción de la obra estética.

Esta mirada no está mal desde lo organizacional si recordamos que no es posible deslindar lo artístico de los otros componentes de la cultura en tanto huella material y espiritual del trabajo, o sea: de lo jurídico, tecnológico, religioso, ideopolítico. Y que un artista o escritor -o sus promotores-, no puede ni debe soslayar jamás esos otros componentes aunque no les sean esenciales para la creación de la obra en sí.

Un creador es, ante todo, un sujeto social, un ciudadano en términos jurídicos, y un ente ideopolítico con potencialidades transformadoras y liderazgos. Y no verlo así conduciría a la contradicción antagónica entre el espíritu libertario del artista y el talante enajenante de los aparatos ideológicos del Estado althusseriano.

Hay que obrar. No sólo crear en sentido estético, sino obrar en la producción de contenidos axiológicos que sustenten esos valores del humanismo socialista que mencionó el presidente. Después de un discurso que arranca ovaciones como el de clausura del IX Congreso de la UNEAC, no sería serio ni admisible que tengamos en cinco años más otro cónclave para repetir los mismos problemas y retrocesos.

Espero que, el recién electo presidente de la UNEAC y el ministro de cultura, estén conscientes de ello tanto como, al menos, cada uno de los miembros de sus equipos de dirección. Una situación problémica más enrevesada y difícil de diagnosticar sería si los directivos de cultura en los ámbitos provinciales, y sus mentores de los departamentos ideológicos de los comités provinciales del Partido, también van a ser consecuentes con el enorme riesgo de convertir este discurso en un sainete de los anhelos escamoteados.

No se trata de cambiar estilos, sino esencias.

Cambiar la percepción heurística provinciana de que la cultura artística es un mero instrumento ideopolítico -carne de actos, golpes de efectos propagandísticos y coro de consignas-, por un concepto y su implementación, que pongan el arte en su centro emancipador, cuestionador de nuestra realidad, comprometido cívica y socialmente, y revolucionario en el más holístico sentido de la palabra. Sólo así la esperanza se convertirá en certeza y la ovación en la música sublime de los humildes de la Patria.

¡Qué maravilla es ese papá!

3
papa

Hace varios domingos, el día del padre, recordaba ese dicho popular que afirma: “Papá es cualquiera, Madre una sola”. Tiene tantas interpretaciones como formas de decirlo: cualquiera puede ser progenitor biológico, aunque no se le diga papá; cualquiera puede cumplir la función afectiva que carga la palabra papá, cualquiera puede “dejar” embarazada a una mujer, pero eso no lo convierte en papá… y muchas más.

Sin embargo, madre es una sola ¿Qué vuelve a la maternidad insustituible, que no lo hace con la paternidad? ¿9 meses de gestación y cambios hormonales? No creo que sea diferencia suficiente.

El proceso psicológico de un padre durante esos meses y casi que me atrevería a decir cambios hormonales, por transitividad, es palpable en cualquiera que haya tenido la experiencia de ver a un hombre acompañando el embarazo de su compañera.

¿Cómo sería la lógica del dicho, si son dos madres o dos padres quienes se encargan de la crianza?

La paternidad consciente es un término que se viene mencionando mucho en la Cuba de estos tiempos. Un hito trascendental en las políticas de paridad tomadas en los últimos años lo constituye el Decreto-Ley N° 234 aprobado en el 2003 (hoy N°339), el cual “concede los derechos a la madre y al padre, para propiciar la responsabilidad compartida con la familia para el cuidado y atención del hijo o hija menor de edad” (1)

Sin embargo, desde entonces muy pocos son los hombres que se han acogido a la licencia de paternidad. Es cierto que el decreto, a pesar de ser muy visionario es ambiguo en algunos términos, como no incluir “paternidad” en su título, lo cual puede prestar confusión en cuanto a si son ellos también beneficiarios de las políticas sociales y económicas para garantizar la licencia, pero no es esta la razón por la que tiene tan pocos adeptos.

¿Será que creen que el dibujo animado de la odisea para ser un papá maravilla es real?

Padres

La parentalidad va más allá de un proceso biológico. Es un proceso de construcción social acerca de lo que se considera paternidad y maternidad. Como un hecho cultural, juega un papel fundamental el imaginario social, que vendría a ser como aquella gaveta en la que buscamos algo para intentar explicar las acciones y fenómenos sociales, cuyos elementos vamos transmitiendo en el devenir de la realidad social; de la misma forma los reconstruimos y reproducimos.

Dentro de este entramado de relaciones interpersonales e intergrupales quedamos enlazadxs a otras personas con las que interactuamos cotidianamente. En estos círculos se construyen estas realidades: maternidad, paternidad, vinculaciones y sentimientos de pertenencia.

La construcción social de la paternidad en las sociedades occidentales viene aparejada a tres grandes hitos: la ausencia, el carácter periférico y la desvinculación biológica. El padre en sus funciones de proveedor, protector, como cabeza de familia que tiene obligaciones de carácter material. El padre a quien el imaginario social comprende como un ser periférico, ajeno a las funciones nutrientes, afectivas y emocionales del hijo o la hija. ¡Pórtate bien o se lo digo a tu papá!

Todas ellas constituyen los distintos vínculos parentales que vemos a diario, teniendo como consecuencias fundamentales dos efectos no deseados, a los cuales cierto psiquiatra nombró como: “La culpabilidad materna” en la cual el proceso psicoafectivo de los infantes se atribuye como responsabilidad de la madre, siendo portadora de los males cuando estos no tienen los efectos esperados y “la imagen borrosa” de un padre, que queda revestido por un estado de carencia de afectividad, sensibilidad y ternura, que toma una posición de distancia por miedo a entorpecer el trabajo que se le tiene asignado a la madre.

Características parentales transmitidas por una cultura patriarcal donde el rol femenino queda siempre vinculado a lo privado, a lo natural, a lo sensible y lo masculino a lo público, proveedor, hosco, fuerte. Una historia antigua que moldea a los varones desde chicos a estar ajenos a la afectividad ¡que es esa pajarería de ser sensibles!

Llevan a un inevitable juego de policía bueno y policía malo; en el cual ambas partes salen perdiendo.

Una paternidad responsable es una deconstrucción del rol paterno, pero también de la masculinidad como construcción social. Una apuesta a la crianza desde un lugar de paridad afectiva, que propicia un vínculo sano para los infantes, una apuesta a que las próximas generaciones tengan una visión más equitativa de los roles, una mayor sensibilidad para relacionarse, un reconocimiento de sus afectos, sentimientos y qué hacer con ellos.

Es una apuesta a masculinidades menos machistas, donde su responsabilidad no sea “ayudar” sino un rol activo en la educación de sus hijos e hijas. Quizás con esto consigamos que, en un futuro no tan lejano, los hombres no tengan prejuicios para elegir una licencia de paternidad si lo desean.

Si bajan los precios de Internet

7
precios
Foto: Fonoma Blog

Sigo teniendo problemas para conectarme. El rincón de La Habana que habito no parece ser bendecido por las deidades de una buena señal. Soy el clásico usuario que siempre se está quejando. La retórica de la cotidianidad que para decir algo hace alusión al calor, la he sustituido con un protestar por el servicio -calidad y precios- de los datos móviles. Pero intento la pasión no me ciegue.

Sé no que no soy el único en esa situación, soy uno entre millones y hay otros tantos sin navegar desde el móvil. Consciente de que la mejor manera de ayudar a la sociedad no es hacer un llamado al tan gastado deber social, me hago el auto-llamado.  Por eso, más allá de posiblemente ser de los favorecidos con la reducción de precios de los servicios de internet, en medio de la campaña de #BajenLosPreciosDeInternet, propongo pensar algunas aristas.

Si mañana esos precios disminuyen, ¿quién se beneficiará? Sin dudas, todos aquellos que compramos los paquetes de ETECSA. Podremos mejorar el acceso adquiriendo el doble o el triple –dependiendo de las rebajas- de lo actual; o pudiera ser que simplemente se ahorre dinero. Pero es una interrogante si aquellos que ahora mismo no poseen los ingresos para comprar al internet por datos, podrán hacerlo tras bajarse los precios.

Si la reducción de estos, hace que los más desfavorecidos puedan también usar el internet, el panorama tal vez sea favorable. Y solo tal vez, porque el hecho de que un servicio o bien cueste cierta cantidad de dinero, no significa que todos aquellos que tengan ese monto en metálico lo demanden. Entonces, la medida pudiera resultar en que el servicio dé mayor cobertura, o no.

De no quedar los precios -luego de la rebaja- asequibles a nuevos sectores, el efecto sería, o fomentar el consumo de más internet de los que ya con los precios elevados acceden a él, o que estos ahorren su dinero. Cualquiera de estas dos variantes, acompañadas de la permanencia de todos los que no puedan pagarse los datos, dejan un contexto que solo avivará la desigualdad. Esta, no caracterizada por las asimetrías de ingresos, sino en una expresión más acabada: las marcadas diferencias en el consumo de bienes y servicios. Para este caso, sin importar la variante resultante, solo se logrará aumentar las ya abiertas brechas de equidad.

Lo que pudiera ocurrir exactamente si se cumpliera el reclamo de los precios, es difícil de saber. Se necesita el conocimiento sobre comportamiento de la demanda, no de la demanda promedio a nivel social, sino de una por tramos que refleje el comportamiento de esta por estratos sociales, que luego sea traducida en funciones matemáticas respaldadas por censos y modelos teóricos culturales que ofrezcan un mapeo de hábitos de consumo.

Y no parece estar presente ni ser público –también sería difícil toda esa información elaborada en tiempo presente, claro-. Pero siempre se puede apelar a la intuición o al buen sentido y tener en cuenta los posibles escenarios –entre ellos, los aquí  planteados- como respuesta a la falta de información necesaria.

Resulta sabido que muchas personas quieren disfrutar de los datos móviles, pero que sus ingresos no se los permite. Existen esos consumidores potenciales en espera de poder comprar los paquetes de datos. Señal esta –y no es muy difícil de advertir-, de que las rebajas, si tienen la cuantía que permitan que aquellos puedan pagar el nuevo valor, encontrará un efecto favorable. Pero para ello, se requiere que se llegue al punto de garantizar que el nuevo costo supere la barrera de los que hoy enfrentan una restricción presupuestaria.

No se debe tratar entonces de un reclamo a secas, hay muchas condiciones que ignorarlas, sería torpeza. Tampoco debiera ser un debate político. Sin embargo, el alcance social de esta causa señalará –se sea consciente o no- un carácter clasista. Yo quiero precios para que los que los que hoy no pueden, puedan. De no ser así, prefiero esperar, porque se trata solo de una lucha de clase media. No es que esté mal, pero no nos engañemos.