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José Martí: el homenaje

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Cada 28 de enero, en la pequeña escuelita «José Cadenas» del Jovellanos de mi niñez, el ambiente era festivo. Maestras —todas mujeres—, estudiantes y padres nos organizábamos para celebrar la Noche Martiana. El patio central de la vieja casona-escuela se llenaba de pupitres donde los presentes, sentados cómodamente, disfrutaban de la actividad. Las sencillas cadenetas y una foto enorme del Apóstol eran los únicos adornos.

Nos preparábamos para la velada desde que iniciaba el año. Las maestras escribían los breves guiones y los niños discutíamos apasionadamente a quién le correspondía cada personaje. El mío estaba seguro, casi siempre fui Leonor Pérez, ventajas de una estatura que me hacía parecer mayor.

El recorrido por momentos cruciales de la vida de Martí se lograba con creatividad a partir de fragmentos de su obra poética y en prosa. Ante el público desfilaban La bailarina española, Pilar, Piedad y su Muñeca, Bebé y su primo Raúl, Másicas y Lopi, Meñique y la Princesa… y muchos otros personajes de La Edad de Oro. Se cantaba la canción «Clave a Martí», y se escenificaba su muerte, de cara al sol, con los versos como epitafio. Era un final que emocionaba por igual a niños y adultos.

Aquellos eran los años del Quinquenio Gris, eso lo sabría después, pero las noches martianas no tenían nada que ver con actitudes dogmáticas. Eran una tradición que se remontaba a las escuelitas públicas republicanas, donde abnegadas maestras normalistas convertían su adoración por Martí en un acto vivo y colectivo. Eran las maestras que todavía estaban activas en los sesenta y setenta.

Cuando mis hijas tuvieron edad escolar, no pude evitar la comparación entre esas remembranzas y el modo de conmemorar al Maestro; ahora en matutinos, bajo el sol inclemente, donde, de pie, me parecía estar lejos de la emoción, la creatividad y el entusiasmo de los setenta. Había ocurrido un cambio de siglo, pero otras cosas también habían cambiado.

Los homenajes martianos están en la raíz de la República cubana. Desde los primeros momentos de la independencia, prácticamente todos los municipios y pueblos de la Isla nombraron una calle con su nombre. En 1900 se organizó un concurso público con el fin de seleccionar la figura a la cual se dedicaría el primer monumento conmemorativo republicano, en sustitución de la estatua de Isabel II. La encuesta popular decidió que fuera consagrado a Martí. Fue así que, en 1905, se le erigió en el Parque Central de La Habana una esfinge cuyo costo también se sufragó por suscripción pública.

A partir de 1900 se fue convirtiendo en objeto de devoción popular. Se aclamaron las paradas escolares en recordación a Martí, comenzaron las fiestas martianas, las cenas martianas, las canastillas martianas…

En 1926 su natalicio se celebró por primera vez como fiesta nacional. El 28 de enero fue declarado feriado. El investigador Ricardo Hernández Otero nos dice que su figura fue utilizada incluso con fines de propaganda mercantil, por ejemplo, las grandes tiendas de La Habana dedicaron sus vidrieras a Martí en esa fecha.[i]

La revisión de documentos y prensa de la época republicana permite constatar el lenguaje rebuscado y cursi con que el discurso político presentaba a Martí. Juan Marinello afirmaba en su artículo «El homenaje», publicado en Diario de la Marina el propio 28 de enero de 1926: «Debe pasarse del discurso emocionado, plebeyamente emocionado (…) a la plática fina y penetrante, que lleva su fuerza en su natural sencillez. Debe divulgarse ante todo, la virtud del cubano genial, y con ella, las normas directrices de sus concepciones políticas».

Será en el segundo lustro de los veinte, período de crisis económica y gran efervescencia social, que irrumpirá una nueva asunción de la obra y el legado martianos. Se conocerá mucho más de su figura, se escribirán sus biografías. Como bien afirma Pedro Pablo Rodríguez, uno de sus más importantes estudiosos, «se requirió un distanciamiento que permitiera un acopio de documentación y de información procesada con cierta frecuencia y sistematicidad».

Para la ensayista e investigadora Carmen Suárez, la percepción de Martí se fue construyendo «a través de una pluralidad de discursos, de una manera muy coral, con todas las ambigüedades, contradicciones y perversidades que en ocasiones eso trajo». Ella identifica un discurso que alimenta la imagen popular de Martí. Que alentó, y alienta aún, hipotéticas anécdotas que han pasado por tradición oral: el mujeriego o seductor, el bebedor o hasta el que se utiliza para justificar el robo de un libro.

En las antípodas de esa apropiación popular, Suárez ubica al discurso oficial «de un cinismo vacuo e irritante, que buscaba (…) una especie de cosmético cordial para el poder, recurso con el cual se sintonizaba con los mejores sentimientos patrióticos, sin que la retórica de la invocación a Martí tuviera que ver con la práctica política real».

En la pluralidad de voces sobre Martí, es necesario destacar a una capa culta de la población, los intelectuales —maestros, creadores, profesionales— que potenciaron el estudio sistemático de su vida y obra a medida que avanzaba el siglo.

En entrevista concedida a Julio César Guanche, y publicada en La Revolución Cubana del 30. Ensayos, Fernando Martínez Heredia asegura: “Todas las generaciones que han entrado en la vida cívica cubana durante el siglo XX han tenido que vérselas con Martí. Cada una, naturalmente, desde situaciones y condicionamientos diferentes, pero también enfrentando una acumulación cultural previa que incluye a Martí y las imágenes y lecturas que se han hecho de él, y reaccionando frente a ellas”.

Cuando la generación del veinticinco se acercó a Martí, buscaba pulir su arista antimperialista, casi mellada por las loas constantes al independentista que fue. Para lograrlo necesitaron romper con la generación política del mambisado y sus principios rectores: caudillismo y dependencia.

Cuando la generación del centenario alumbró la oscura noche de un país tiranizado, a un siglo exacto del natalicio de Martí, quería homenajear al hombre que le dijo a Gómez —a pesar del respeto que sentía por él— «¡Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento!». Un grupo de aquellos jóvenes asaltó una fortaleza militar y comenzó la lucha contra Batista en nombre del Apóstol, a la cual se sumarían cubanos de diversas clases y sectores sociales, en el llano y en la Sierra, hasta que el dictador fue derrotado.

La lección que ambas generaciones nos legaran es muy obvia. A Martí no solo hay que asumirlo, igual que hicieron ellos también debe ser deconstruido. Es un imperativo cívico reaccionar contra las imágenes simbólicas que desde el poder se nos presentan del Apóstol, solo de ese modo una generación encuentra cauce propio.

Cada época trae consigo maneras particulares de interrogar, de interpretar a las fuentes y de decodificar los símbolos. Pero ese modo de reaccionar debe tener una coherencia política, un ideal subyacente y una intencionalidad cívica. Los bustos de Martí manchados de sangre despertaron reacciones diversas. Reacciones que no es posible clasificar como de adentro o de afuera, de socialistas o de capitalistas, de liberales o de conservadores.

Esa acción fue evidentemente una provocación al gobierno cubano, donde lo que menos importaba era la figura de Martí. Algunos vieron en el vandalismo simples actos de desobediencia civil y pacífica cuando en realidad era otra cosa, Martí era apenas un vago pretexto.

No rechazo a sus autores porque crea que Martí es sagrado, o lo aprecie como un santo, un intocable, un ser lleno de pureza casi mística. Ni siquiera porque desconocieron con su actitud el aprecio que sentía el propio Martí por los próceres de la independencia, hasta el punto de que, sin quitarse el polvo del camino, fue a rendir sus respetos ante la estatua de Bolívar al llegar a Venezuela.

 Las deploro —desde antes de saber que habían sido pagados para ejecutar su acto de rebeldía— porque no son dignas de un hombre que, desde su adolescencia, tuvo el valor de enfrentar las consecuencias de sus actos y se inculpó como redactor de una carta que lo llevó al presidio. De un hombre que actuó, en su afán independentista, a contrapelo de modos de organización caducas y de criterios políticos aparentemente establecidos.

Porque la lectura subliminar que se intentó dar por ciertas personas, de que el significado de las manchas remitía a que en Cuba se ha desconocido al ideal martiano, es una justificación cobarde para continuar postergando lo que ahora sí es factible decir directamente, por su posibilidad real de socialización; con respeto, con contundencia, con fundamentación.

José Martí fue un hombre profundamente subversivo. Lo fue en su escritura, en sus criterios políticos e incluso en su intimidad. No solo pensó una Cuba independiente de España y de Estados Unidos, pensó una República futura que aún Cuba debe construir. Eso lo diferencia de otros próceres y le otorga una pertinencia constante a su ideario. El homenaje que necesita hoy es que revisitemos su doctrina republicanista. Y para eso se necesitan muchas lecturas, mucha civilidad y mucho valor personal, no bustos manchados por manos clandestinas.

[i] Todas las citas que no se precisan son tomadas de «Martí en la República», de la sección Controversia, Temas, no. 26: 81-106, La Habana, julio-septiembre de 2001.

We need to be more like Martí

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like marti

My José Martí is not made of stone. He cannot be offended with the blood of a pig or with any other kind. In any case, blood and sweat could only serve to further the glory he earned with his coherence in seeking the unity of Cubans for an independence that’s still in danger: the blood of those who, standing by their dreams and ideals, have seen it shed profusely for a sovereign nation, whose independence is upheld by the respect for the full dignity of men and women; the sweat of the humble, who, day after day, flex their muscles and use their intelligence for the purpose of honoring the Nation. This is a Nation which belongs to all who deserve it and respect it, as well as to all who dream it, honor it and defend it, even above their own individuality.

My José Martí walks the streets of Manzanillo and Cuba. He is not horrified by the sound systems which amplify vulgar music. In any case, he tries to use his genius to understand the phenomenon, and transform it from the establishment of beauty. He doesn’t try to demonize the social networks or those who –acting out of infection or ignorance– use them to spread anti-values and selfishness. I see him using the bridges that social networks provide to spread love, good faith and reconciliation. He is not deterred by obstructions, or by the hatreds configured by a task force, through the rages and frustrations of the merchants of dishonor.

My José Martí does not get carried away by the excluding trap of blacklists. He doesn’t consider the fellow countryman who makes them an enemy either, although I’m sure he would fight against that with the eloquence and forcefulness of facts, until the matter’s logical conclusion. He would always try to use arguments to engage in dialog with censors, and he would tirelessly seek to conciliate stances. No matter how hard the dogmatic and the extremist should try to offend and exclude my Martí, they would never be able to sweep him into becoming precisely what they would like him to be, not acting on behalf of the Nation, but using it as a pedestal for opportunism, manias and ambitions.

My José Martí is only uncompromising with himself. So much so that his only ‘mistake’ is to dismiss the danger he would be exposed to on a war horse, facing the discharge of Spanish rifles when the cause to which he devoted his life needs him most. This is a Martí unyielding with colonialism, but not with the Spaniard; unyielding with imperialism, but not with the American worker or businessman. This is a Martí who’s uncompromising with a traitor, but not with whoever makes a mistake or acts in a haste to do good to the Nation, or with those who believed the liberation of Cuba should be reached through another path.

And he couldn’t even be killed by that discharge of rifle-fire at Dos Ríos. Not that I would label him with one of those qualifiers, like ‘eternal’ or ‘undefeated’, more suitable for political affectation than for expressing respect for the life and work of great leaders; no. My Martí is alive, because I revisit him once and again, like someone who goes to the workbench of a wise father; like someone who goes to the copper linotype of my gradfather Wanchy, or to the spiritual line of my other grandfather, Gilberto; like someone who goes for guidance, to confront his doubts with an honest friend who doesn’t hesitate to offer his open hand, and brings criticism to my certainties. That’s the Martí I appropriate, with the conviction that other countrymen may have a diverse Martí, and that he doesn’t belong to me alone, or to the official discourse, or to the alternative narrative, but to each and every one of us.

By following Martí, or by trying to do so, I have said and I maintain that I’m willing to engage in dialog with those who have a differing vision of Martí, and even with those who have lost all vision by clinging to their ambitions and to convenience. I reiterate as much. All in the name of Cuba; that Cuba Martí fought for and loved, and the one each one of us fights for and loves; that Cuba without which we would have no Revolution, or mistakes or successes, or the aspiration of building socialism, or any other aspirations. Because without a Nation, all we have left is the detachment, the banishment of the soul. And nothing puts the nation more at risk than sectarianism and becoming entrenched against each other. Martí knows that, and demonstrates it with his work for reconciling and seeking unity among Cubans for the cause of independence from Spanish colonialism, and from the foreseen jaws of imperialism.

If Martí creates a Revolutionary Party, he doesn’t do so to turn it into a bunker from which an elite with power relations may try to put anyone who thinks differently about Cuba on the same level of shame and treachery. The Cuban Revolutionary Party is unique because all those who share its essence, nuances and all, are welcome; because all revolutionaries are welcome; and because for my Martí, anyone who, from personal freedom and integrity, forges the liberty of the Nation, and defends the full dignity of every individual who makes it up, is a revolutionary. That dignity also involves the right to express one’s opinion and to disagree, be it from the government or from the Party itself.

We truly need to be more like Martí.

(Translated from the original)

The Path to Impunity

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impunity
Iroel Sánchez (izquierda) y Manuel H Lagarde (derecha) junto al Ministro de Comunicaciones de Cuba, Jorge Luis Perdomo

On Thursday, January 16, a Cuban government official published in his blog a list of independent media he accused of being ‘platforms for the restoration of capitalism in Cuba’. On the first day, only a few denounced the publication. On the second day, several of the mentioned sites faced difficulties while being accessed from the island. On the third day, the Facebook profile of the state-run radio station Radio Progreso reproduced the list in question for the ‘naïve’ and the ‘uninformed’, clarifying that these were only ‘the more reactionary sites’. Apparently, they left some out, but the list is a work in progress.

Today is the fourth day and the signals are still chaotic. Radio Progreso published with what perhaps was excessive enthusiasm, but they soon took it down from their profile. The strategy by a handful of well-positioned censors in the Ideological Department of the Communist Party and other institutions is still the one of insulting their targets by using expendable people and spaces, not involving institutions if possible. Of course, when the public debate moves beyond their capabilities to impose a specific narrative, they resort to the digital version of pounding the table, which is publishing their opinion in the mass media without allowing others the same opportunity.

Similarly, during the campaign against ‘centrism’ in the summer of 2017, the readers of Cubadebate and Granma knew the opinions of Enrique Ubieta and Elier Ramírez Cañedo, not the ones of Silvio Rodríguez, Carlos Alzugaray or Israel Rojas. Subservience to leaders and a ‘firm hand’, in the style of the former Soviet Union, are still professionally advantageous, unlike taking risks and changing obsolete dynamics.

How did we come to have a political environment where officials make accusations without producing evidence and institutions seem to have a bipolar nature? The origins can be traced back several decades, or to a date as recent as 2017, with the promotion of people with radical agendas to spheres of influence, but there are more immediate antecedents. The person who published the original list of ‘pro-capitalist’ media (which greatly differ among themselves) is the director of CubaSí, Manuel H. Lagarde. It’s not the first time this official is involved in an act of digital bullying. In the summer of 2017, together with Iroel Sánchez, he was one of the leading figures of the digital persecution they now seek to normalize in Cuba. Thanks to that, his influence was on the rise.

Only a year ago, a striking thing happened: the President publicly endorsed the inquisitors within the Cuban government. For years, and even during the most sensitive moments of 2017, Raúl Castro had refrained from taking sides in the public debate between officials and intellectuals on what the limits of the national debate should be. On July 15, 2018, the recently invested President Miguel Díaz-Canel closed the 10th Congress of UPEC (the Union of Cuban Journalists) with a speech in which he didn’t mention any active journalists, but did mention an official: Lagarde.

Making reference to a text in which the director of CubaSí also made ambiguous accusations, the President said in a praising tone: ‘M. H. Lagarde has described with irony, but without euphemisms, the new class of leaders that we’re being sold from those spaces. I recommend a thorough reading of “The New Revolutionaries”’. He went on to read aloud the most visceral fragment of the text. This happened in a few short minutes, but it was shown that day in the National TV News Bulletin, in the Granma newspaper and in any provincial media that follow the Party guidelines. I am far from being an impartial participant in this issue, because I immediately understood I was one of the people being judged, and I published a response. Lagarde confirmed his accusation of me several days later. Being a ‘new revolutionary’ must be the highest praise I’ve ever gotten.

But, how can the director of a national medium stoke smear campaigns and compose a list of official enemies? Why do we still not know the reason for the difficulties in consulting those media on Saturday? How is it possible to operate with such impunity in Cuba? Well, by rewarding and providing fuel for those who light fires in times that require unity. That sort of people is useful for internal purges, but they fragment society and generate wounds that endure in time. This impunity was reached through the arrogance of some, the indifference of others and the mistakes of the President. It doesn’t mean there’s no solution. Whoever empowered that group can also put a stop to it. This time the ball is in the presidential court.

(Translated from the original)

Bella Ciao

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bella

Siempre me ha admirado una frase de Fidel: “Hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos”. Ciertamente, a partir de 1959 surgió no solo un nuevo estado sino todo un bloque histórico, el cual resiste a pesar de las dificultades de todo tipo. La Revolución sigue siendo el eje del día a día nacional, a pesar de que ya no estamos en una época de grandes transformaciones. Ella es la magia espiritual, el fundamento, que hace que muchos soportemos las inclemencias de una cotidianidad hostil.

Resulta cómico ver como se estrellan contra sus rocas los intentos de subvertir el orden político cubano desde una perspectiva pro-capitalista. La más reciente de estas ridiculeces es la operación de los “Clandestinos”, que será recordada por su absurda acción de arrojar sangre de cerdo sobre los bustos de Martí. Todos hemos visto, en cadena nacional, el desmontaje de esta operación fabricada desde Miami. Se trata de algo vergonzoso, incluso visto desde el punto de su eficacia como un acto de desobediencia civil. Sin embargo, los “Clandestinos” son el ejemplar perfecto para un análisis semiótico-político, que nos lleve a las razones de la supervivencia de la Revolución.

Aún no he cumplido los treinta años. Cuando tuve uso de razón, ya la Revolución era una viejita, casi aplastada por el Estado que sobre ella se había construido. No tuve tiempo de conocer a la joven por la que los hombres y las mujeres daban su vida. Sin embargo, he podido ver como la oposición más importante y poderosa que se le hace a ese Estado se le ha hecho desde la reivindicación de un capitalismo tal y como se entiende este en nuestro contexto geográfico: patriarcal, oligárquico, neocolonial, consumista y bananero. Solo en el proyecto revolucionario he visto siempre una comprensión clara de nuestras posibilidades de avance hacia una sociedad de plenos derechos.

La Revolución viene a ser, entonces, no solo un nombre para nuestro orden actual, sino sobre todo un acumulado cultural. Tiene un importante componente de memoria histórica, de saber de dónde venimos, quiénes somos, etc. Además de ser un proyecto. Gracias a ella sabemos que el capitalismo no nos sirve, que no llegaremos al bienestar dejándonos arrastrar por ese río.

Es muy ilustrativo ver, a la luz del acumulado cultural revolucionario, qué tienen para proponer los “Clandestinos” desde el punto de vista simbólico. Evidentemente, desde el principio todo en ellos es enajenación: mucho anticastrismo abstracto, ignorancia pura, junto con un intento de darle una imagen postmoderna a toda la operación. Tal vez por esto último es que utilizan la imagen de un enmascarado sacada de la serie española Casa de Papel. Los “Clandestinos” quieren equipararse con otros rebeldes del mundo, como Anonymous, o los jóvenes que protestan en Chile o Hong-Kong.

Pero justamente allí se empieza a caer en pedazos su andamiaje. Es que la serie Casa de Papel, por una carambola, ha puesto de moda el Bella Ciao, una vieja canción de comunistas italianos. Resulta paradójico y grotesco ver a Ana Olema postear un texto con el hashtag #CastroCiao. La miseria espiritual de esta oposición pro-capitalista se pone de manifiesto en su ignorancia total de la historia de las luchas por una humanidad mejor. A la hora de la rebelión, no tienen canciones propias, tienen que recurrir a las de los guerrilleros revolucionarios.

A continuación, estos nuevos freedom fighters utilizan las imágenes con los rostros de Luis Alberto García e Isabel Santos, actores protagónicos de la película Clandestinos. De nuevo, ante la falta de símbolos heroicos que padecen, no les queda más remedio que recurrir a la imagen más cercana de verdadero heroísmo que tiene la gente común en Cuba: la lucha guerrillera y clandestina que llevó al triunfo de 1959. Lo cual los hace ponerse en ridículo, porque, ni se parece en nada el clima de este tiempo al clima de terror que se representa en la película Clandestinos, ni están ellos a la altura de las acciones y sacrificios que hizo aquella generación.

Por último, está el contenido de la acción en sí mismo: manchar un busto de Martí con sangre de cerdo. Esto debería estudiarse en las academias de inteligencia como un ejemplo de operación semióticamente fallida. En un país en el que existe consenso alrededor de la figura de Martí, por encima de las diferencias políticas, este ataque estaba condenado al fracaso. Tal vez eligieron los bustos de Martí porque eran más accesibles o porque crearía más espectáculo, pero lo cierto es que solo lograron provocar el rechazo generalizado.

Dicho rechazo tiene una raíz muy profunda. Los anticomunistas, por lo visto, pueden ser tan estúpidos como para atacar a Martí, que no era comunista. Al hacerlo, se desnudan. Lo suyo es la revancha, el odio, el golpe fascista, no la democracia. Por su ofuscación, se ponen en las antípodas del pensador puro, el hombre que prefirió la estrella por sobre el yugo.

Ahora bien, la acción deja una enseñanza. Estas personas viven dentro de una burbuja narcisista y postmoderna, una iconoclasia que llega hasta la estupidez, por eso se preguntan: ¿Por qué no se le puede echar un poco de sangre a José Martí? En la hueca desmemoria e insensibilidad de la acción, puede leerse una prefiguración de cómo sería la Cuba en la que ellos se sentirían felices: un país entregado a las lentejuelas de la enajenación postmoderna, felizmente capitalista y cómodo para cierta élite culturalmente colonizada.

Por eso es que la Revolución sobrevive. Cuando se está del lado del cinismo, de la enajenación, de la burbuja postmoderna, no se puede reunir el valor para una acción heroica. No se puede tener canciones propias. No se puede atacar el Moncada. No se puede vivir en la clandestinidad. Los pocos seguidores que consigas tendrás que pagarlos al contado y en dólares.

Existen muchas razones en la Cuba de hoy para indignarse, para clamar contra la injusticia, para sentir ansias de rebeldía. La apuesta que hacen muchos de los que hoy organizan acciones contra el Estado cubano es la de manipular esas legítimas ansias de rebeldía en función de su agenda y sus intereses, que se pueden resumir de un modo muy simple: traer el capitalismo a Cuba. Esa pretensión, de más está decir, merece nuestro mayor rechazo.

Sinceramente, no sé cómo será el futuro de nuestro país. No sé cómo se comportarán y presentarán las contradicciones. Tampoco sé cuál será el papel que jugará mi generación en la lucha secular por un mayor empoderamiento popular. Lo único que tengo claro es que las mejores banderas para cualquier lucha serán, en nuestro contexto, banderas revolucionarias, anticapitalistas y antimperialistas. El carácter dañino e infértil de la oposición pro-capitalista ha quedado de manifiesto. Salta a la vista.

La hora de las gobernadoras

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gobernadoras
Foto: Granma

A Cuba regresaron los gobernadores y vicegobernadores, pero el movimiento feminista aún no llega. A los nuevos gobernantes no los eligió el pueblo por voto directo y tampoco tenemos un #metoo cubano, pero el país ahora cuenta con un balance de género para asumir, durante 5 años, las riendas de sus 15 provincias.

Quizás se ha logrado una paridad de género, pero sigue pendiente alcanzar un equilibrio de poder. La mayoría de las mujeres seleccionadas son segundas en el cargo y subordinadas a un hombre. Esto no singifica que no sea un avance, pero es cuanto menos parcial.

Más del 70% de las provincias cuentan con un gobernador o vicegobernador del sexo masculino, excepto Camagüey que eligió a dos mujeres. Quizás la idea es que las féminas mantengan a raya los posibles abusos de poder de sus jefes. Pero, ¿es posible hacerlo desde una posición de subordinación? Lamentablemente, este modelo de equidad no fue imitado anteriormente a nivel nacional. Hoy no tenemos una Primera Ministra, pero se nota la voluntad política en materia de género.

Resulta interesante la metodología en las boletas. Los votantes tuvieron un candidato a gobernador y uno para vicegobernador a propuesta del Presidente, la decisión era fácil. No se trató de una votación, sino de una reafirmación, porque elegir se basa en tener al menos dos opciones.

Y si en la práctica el que eligió fue el Presidente, en la ley también los puede revocar: “corresponde al Presidente de la República: proponer a los delegados de las asambleas municipales del Poder Popular que correspondan, la elección o revocación de los gobernadores y vicegobernadores provinciales”. (Art 128, inciso g.)

Cada día son menos los cargos que se eligen por voto directo en Cuba. Ahora “los ciudadanos cubanos con capacidad legal para ello, tienen derecho a proponer y ser nominado como candidato a delegado a la Asamblea Municipal del Poder Popular” (Ley Electoral, Cap 1, Art 5, inciso b. y c.). El pueblo acudirá menos a las urnas, ya no cada 2 años y medio para elegir a los delegados de la AMPP, ahora cada 5 años. Veamos un resumen de cómo funciona.

Cargos Quién elige?
Delegados AMPP Ciudadanos
Intendentes Delegados AMPP
Presidente y vicepresidente AMPP Delegados AMPP
Gobernador y vicegobernador Delegados AMPP (propuesta del Presidente)
Diputados ANPP Delegados AMPP
Presidente, vicepresidente y secretario ANPP Diputados ANPP
Consejo de Estado Diputados ANPP
Presidente y vicepresidente de la República Diputados ANPP
Leyenda:

AMPP- Asamblea Municipal del Poder Popular

ANPP- Asamblea Nacional del Poder Popular

Corresponde a los ciudadanos votar solamente por sus representantes en la AMPP. En cambio, la AMPP elige a su presidente y vicepresidente, respeta la propuesta del Presidente de la República a la hora de elegir a su gobernador y vicegobernador, y también elige a los intendentes en un plazo de 3 meses posterior a esta elección. Después de que el pueblo pidió elegir directamente a sus líderes, se dejó un único ejercicio de democracia popular y directa, la elección municipal. En cambio, ¿qué poderes ostenta el Presidente de la República en estos momentos?

Qué corresponde al Presidente? Funciones (elección, designación, suspensión, revocación o sustitución)
Miembros del Consejo de Ministros Elige, designa, suspende, revoca o sustituye
Primer Ministro Elige, designa, suspende, revoca o sustituye
Presidente del Tribunal Supremo Electoral Elige, designa, suspende, revoca o sustituye
Fiscal General de la República Elige, designa, suspende, revoca o sustituye
Contralor General de la República Elige, designa, suspende, revoca o sustituye
Presidente del Consejo Nacional Electoral Elige, designa, suspende, revoca o sustituye
Gobernador y vicegobernador Elige, revoca

Es decir, el Presidente controla el poder ejecutivo y el judicial, mientras puede moldear a su voluntad la rama legislativa. En un país que aspira al socialismo en estado de acoso, la separación de poderes es importante, pero no imprescindible si existieran mecanismos de rendición de cuentas y control popular directo sobre el poder.

La antigua Constitución de 1976, otorgaba la más alta autoridad a las Asambleas Proviciales (AP) para el ejercicio de las funciones estatales. La nueva Carta Magna, en ausencia de las AP, otorga la autoridad en la provincia al gobernador. Pero, si el gobernador ostenta la más alta autoridad en las demarcaciones provinciales, ¿por qué los primeros secretarios del Partido son la “última palabra” en la práctica?

Hagamos un ejercicio sencillo, escuche esta noche el noticiero nacional y de seguro habrá algún reportaje donde aparece la figura del Primer Secretario de la provincia y el nuevo Gobernador. Si presta atención a los detalles se percatará de que el Primer Secretario es nombrado primero, no por casualidad.

Reconozco el esfuerzo e interés por colocar a las mujeres en posiciones de poder cada vez más altas. Aún así, algunos tienen la percepción de que este empeño es artificial para lograr cuotas de género (53.22%-46.78%) y obtener el reconocieminto del segundo parlamento en el mundo con más participación femenina. Sería necesario que en el futuro la política de promover féminas no se limitara a llenar cuotas, sino también darles posiciones de poder que les permita desarrollar sus capacidades limitadas por mucho tiempo.

Para ser un país que se presenta como progresista, Cuba no ha tenido una sola presidenta o primera ministra en su historia nacional. Lo opuesto a esta tradición patriarcal es Finlandia, donde gobierna una mujer, hija de padres gays y con menos de 35 años de edad. La isla ya tiene una vicegobernadora en cada provincia, pero no podemos esperar a que el movimiento feminista llegue por gravedad, hay que luchar por él. Para esto son importantes dos factores: participación ciudadana y voluntad política. Veremos si logran ir de la mano.

Necesitamos ser más martianos

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martianos

Mi José Martí no es de piedra. No puede ser agraviado con la sangre de un cerdo ni con otro tipo de sangre. En todo caso, la sangre y los sudores solo servirían para enaltecer su gloria ganada con la coherencia en aras de la unidad de los cubanos por una independencia que aun sigue en peligro. La sangre de los que, aferrados a sus utopías e ideales, se ha derramado profusa por una nación soberana, cuya soberanía se sustente en el respeto a la dignidad plena del hombre y de la mujer.

Los sudores de la gente humilde que, cada día de la semana, tensan sus músculos e inteligencias en aras de la Patria. La Patria que es de todo el que la merezca y la respete, y la sueñe y la honre, y la defienda por encima, incluso, de su propia individualidad.

Mi José Martí camina por las calles de Manzanillo y de Cuba. No se horroriza ante los audios que amplifican música vulgar. En todo caso, intenta usar su genialidad para comprender el fenómeno, y transformarlo desde la consagración de la belleza. No procura demonizar las redes sociales ni a quienes –desde el contagio o la ignorancia—, las usan desde los antivalores y los egoísmos. Lo veo aprovechando los puentes que las redes sociales propician para sembrar amor, buena fe y reconciliación. No lo asustan los “parones” ni los odios configurados desde la task force a través de las rabias y las frustraciones de los mercaderes de la deshonra.

Mi José Martí no se deja arrastrar por la trampa excluyente de las listas negras. Tampoco considera enemigo al compatriota que las elabora, aunque estoy seguro de que lo combatiría, con la elocuencia y la contundencia de los hechos, hasta las últimas consecuencias.

Trataría siempre con argumentos de dialogar con el censor, y buscaría hasta el cansancio la conciliación de posturas. Por mucho que el dogmático y el extremista injurien e intenten excluir a mi Martí, no podrían jamás arrastrarlo a convertirse precisamente en lo que quisieran que fuera ese dogmático y ese extremista en aras, no de la Patria, sino como pedestal de oportunismos, manías y ambiciones.

Mi José Martí solo es intransigente consigo mismo. Tanto que su única “equivocación” es desdeñar el peligro al que se expondría sobre un caballo guerrero ante la descarga de fusilería española cuando más falta le hace a la causa para la cual consagra su vida.  Un Martí intransigente con el colonialismo, más no con el español. Intransigente con el imperialismo, más no con el trabajador o emprendedor estadounidense. Un Martí intransigente con el traidor, más no con el equivocado o el sujeto de la prisa por hacerle el bien a la Patria, o con aquellos que entendieran el camino de la liberación de Cuba en otro sendero.

Y ni siquiera pudo ser muerto por aquella descarga de fusilería en Dos Ríos.  No es que vaya a endilgarle uno de esos calificativos de “eterno” o “invicto”, más propios de la cursilería política que del respeto a la obra y vida de los próceres; no. Mi Martí está vivo porque lo revisito una y otra vez, como quien va hasta el banquillo de mecánico de un padre sabio. Como quien va al linotipo de cobre de mi abuelo Wanchy, al cordón espiritual de mi otro abuelo Gilberto.

Como quien va a orientarse, a confrontar sus dudas con el amigo sincero que no vacila en brindar su mano franca, y le pone crítica a mis certezas. Ese es el Martí del que me apropio con la convicción de que otros compatriotas pueden tener un Martí diverso y de que no es solo mío, ni del discurso oficial, ni de la narrativa alternativa, sino de todos y cada uno.

Siendo martiano, o intentando serlo, he dicho y sostengo que estoy dispuesto a dialogar con esos otros que tienen esa visión otra de Martí, y hasta con los que han perdido toda visión aferrados a sus ambiciones y conveniencias. Lo reitero. Todo sea por Cuba. La Cuba por la que Martí luchó y amó, y por la que cada uno de nosotros amamos y luchamos.

La Cuba sin la cual no tendríamos Revolución, ni yerros ni aciertos, ni la aspiración de construir el socialismo, ni ninguna otra aspiración. Porque sin nación solo queda el desarraigo, el destierro del alma. Y nada como el sectarismo y el atrincheramiento de los unos contra los otros pone en riesgo la nación. Martí lo sabe y lo manifiesta con su labor de reconciliación y búsqueda de la unidad entre los cubanos en aras de la independencia del colonialismo español y de las fauces imperialistas que anticipa.

Si Martí crea un Partido Revolucionario no es para convertirlo en bunker desde el cual una élite con relaciones de poder trate de equiparar con la desvergüenza y la traición a todo aquel que piense a Cuba distinto. El Partido Revolucionario Cubano es único porque todos los que comparten sus esencias, con todo y matices, caben en él.

Porque todos los revolucionarios caben en él, y porque para mi Martí, revolucionario es todo aquel que, desde la libertad personal y la honradez, forja la libertad de la Nación, y defiende la dignidad plena de cada individuo que la integra. Una dignidad que también pasa por el derecho a opinar y a discrepar con, y desde el gobierno y con, y desde el propio Partido.

Necesitamos ser, en verdad, más martianos.

Camino a la impunidad

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impunidad
Presidente Miguel Díaz-Canel junto a Manuel H. Lagarde en julio 2014. Foto: CubaSí

El jueves 16 de enero un funcionario del gobierno cubano publicó en su blog un listado de medios independientes a los que acusó de “plataformas para la restauración del capitalismo en Cuba”. El primer día pocos denunciaron la publicación. El segundo día varios de los sitios mencionados presentaron dificultades en su acceso desde la isla. Al tercer día, el perfil de Facebook de la emisora estatal Radio Progreso ofrecía a los “ingenuos” y “desinformados” el listado en cuestión, aclarando que solo eran “los sitios más reaccionarios”. Al parecer omitieron algunos, pero es una lista en construcción.

Hoy es el cuarto día y las señales siguen siendo caóticas. Radio Progreso publicó lo que quizás fue un exceso de entusiasmo, pero pronto lo retiró de su perfil. La estrategia de un puñado de censores bien posicionados en torno al Departamento Ideológico del Partido Comunista y otras instituciones, sigue siendo injuriar a sus objetivos utilizando personas y espacios desechables, de ser posible sin involucrar a las instituciones. Por supuesto, cuando el debate público supera sus posibilidades de imponer una narrativa específica apelan a la versión digital de dar un piñazo sobre la mesa, y es publicar su opinión en los medios masivos sin darle la misma oportunidad a otros.

Así, durante la campaña contra el “centrismo” en el verano del 2017, los lectores de Cubadebate y Granma conocieron la opinión de Enrique Ubieta y Elier Ramírez Cañedo, nunca la de Silvio Rodríguez, Carlos Alzugaray o Israel Rojas. La guataconería con los dirigentes y la «mano dura», similar a la extinta Unión Soviética, siguen resultando profesionalmente ventajosas, a diferencia de asumir riesgos y cambiar dinámicas obsoletas.

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Iroel Sánchez (izquierda) y Manuel H Lagarde (derecha) junto al Ministro de Comunicaciones de Cuba, Jorge Luis Perdomo

¿Cómo llegamos a tener una política donde los funcionarios hacen acusaciones sin mostrar evidencias y las instituciones parecen tener un carácter bipolar? Los orígenes pueden buscarse décadas atrás, o en fecha tan reciente como el 2017 con el ascenso a esferas de influencia de personas con agendas personales radicales, pero hay antecedentes más cercanos. Quien publicó la lista original de medios «pro-capitalistas» (tremendamente distintos unos de otros) es el director de CubaSí, Manuel H. Lagarde. No es la primera vez que este funcionario participa en un acto de bullying digital, en el verano de 2017 y junto a Iroel Sánchez fue uno de los protagonistas de la persecución digital que hoy buscan normalizar en Cuba. Gracias a eso, su influencia estaba en ascenso.

Hace apenas un año y medio ocurrió algo llamativo: el presidente respaldó en público al sector inquisidor dentro del gobierno cubano. Durante años e incluso en los momentos más candentes en el 2017, Raúl Castro no había tomado partido en el debate público entre funcionarios e intelectuales sobre cuáles debían ser los límites del debate nacional. El 15 de julio de 2018, el recién nombrado presidente Miguel Díaz-Canel clausuró el X Congreso de la UPEC en un discurso donde no mencionó a ningún periodista en funciones, pero si a un funcionario: Lagarde.

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Clausura del X Congreso de la UPEC. Foto: Presidencia de Cuba

Refiriéndose a un texto donde el director de CubaSí se dedicaba nuevamente a las acusaciones ambiguas, el presidente dijo en tono elogioso: “M. H. Lagarde, ha dibujado con ironía, pero sin eufemismos, la nueva clase de líderes que se nos vende, desde esos espacios. Recomiendo la lectura completa de Los Nuevos Revolucionarios”. Acto seguido leyó el fragmento más visceral del texto. Esto ocurrió en unos minutos, pero fue exhibido ese día en el Noticiero Nacional, en el periódico Granma y en cuanto medio provincial que respete las orientaciones del Partido. Estoy lejos de ser un actor imparcial en ese tema porque entendí inmediatamente que uno de los enjuiciados era yo y publiqué una respuesta, Lagarde confirmó su acusación hacia mí días después. Ser un “nuevo revolucionario” debe ser lo más elogioso que me han dicho.

Pero, ¿cómo el director de un medio nacional puede animar campañas de desprestigio y hacer un listado de enemigos oficiales? ¿Por qué no sabemos aún la razón de que el sábado no se pudo consultar tales medios? ¿Cómo se llega a tener tal impunidad en Cuba? Premiando y alimentando a quienes encienden hogueras en tiempos que requieren unidad. Gente así es útil para las purgas internas, pero fragmentan una sociedad y generan heridas que perduran en el tiempo. A la impunidad se llegó con la soberbia de unos, la indiferencia de otros y los errores del presidente. No significa que no tenga solución. Quien empoderó a este grupo también puede ponerle coto, en esta ocasión la pelota está en cancha presidencial.