Muchos de los aspectos que se debaten en la sociedad cubana actual tienen que ver con el manejo de la economía por parte de las altas esferas del poder. En ese tema ha existido mucha incomprensión sobre los asuntos que afectan a la población y, como resultado de ello, se ha optado por acusar a todas las voces críticas de ser «agentes pagados para una agenda de cambio», cuando en realidad, los primeros que no respetan los acuerdos concebidos en sociedad son los propios promotores de tales e imprescindibles cambios.
Si nos remontamos al año 2011, es válido recordar que el país realizó un ejercicio ejemplar de participación ciudadana al someter a debate público una serie de políticas denominadas «Lineamientos», que deberían significar un salto cualitativo y cuantitativo en cuanto a producción y desarrollo.
Con el fin de implementar lo que allí se debatió y propuso, fue creada una comisión. La misma erró en sus acciones, como expresara Raúl Castro en su Informe Central al 8vo Congreso, al indicar que: «La Comisión Permanente de Implementación y Desarrollo no logró organizar, de manera adecuada, la participación de los diferentes actores involucrados en la implementación de los Lineamientos». Sin embargo, mientras no se oficializaron sus desaciertos, las críticas que apuntaron a la Comisión de implementación, encabezada por Marino Murillo, fueron igualmente descalificadas al considerarlas malintencionadas.
La pregunta entonces se hace evidente: ¿Quién defiende a un ciudadano común de una acusación de ese tipo, o qué poder real tiene ese ciudadano de hacer efectivo un cambio que beneficie al país?
Bastaría leer los referidos lineamientos, desde el 240 al 254, para comprender que quienes debieron implementar cambios en beneficio del país no hicieron nada, mientras quienes criticaron tal falta de acción o enfoque fueron acusados de enemigos.
Veamos por ejemplo el lineamiento no. 242: Elevar la eficiencia en la generación eléctrica dedicando atención y recursos al mantenimiento de las plantas en operación. Esto fue promovido hace casi doce años —mucho antes de Trump, sus 243 medidas y la pandemia de Covid-19—, y qué ha sucedido al respecto.
¿En qué quedó la intención de ampliar la generación eléctrica a partir de fuentes renovables de energía? ¿Dónde estuvo el verdadero obstáculo al progreso del país? ¿Quién paga por las horas sin electricidad que hemos sufrido este año como consecuencia de no cumplir lo ya pactado. ¿Qué posibilidad de hacer efectivo un reclamo tiene una persona alejada de las instituciones de poder? En otras palabras: ¿Quién nos defiende?
Digamos que usted piense que esas son medidas alejadas en el tiempo, y que, además, apareció una pandemia que hizo cambiar las prioridades. De acuerdo con eso, por tanto, mi siguiente paso sería acercarme un poco, hasta el más reciente texto sobre lineamientos y conceptualizaciones, presentado en junio del 2021, posterior al 8vo. Congreso del Partido Comunista de Cuba —celebrado en abril de ese año— y titulado: «Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista. Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución para el Periodo 2021 –2026».
Este nuevo texto cambió por completo la estrategia del país, teniendo en cuenta que muy pocos lineamientos del documento original quedaron intactos. Después de leerlo, podemos comprobar que las nuevas promesas comienzan a alejarse asimismo de sus postulados.
Por ejemplo, en los aspectos relacionados con el empleo para el período 2021-2026 se concibe: «lograr que el trabajo en el sector no estatal, además de constituir una alternativa de empleo, contribuya de manera efectiva al desarrollo económico y social del país, en especial a nivel local; al encadenamiento productivo con la industria, otros sectores y actividades de la producción nacional y la inversión extranjera».
A pesar de este postulado, hoy apreciamos cómo se han eliminado beneficios fiscales para las nuevas mipymes y se interrumpe el ritmo de aprobación de las mismas, lo que perjudica desde su inicio la consolidación del emergente sector y, por ende, afecta el desarrollo económico y social del país. ¿Y quién protege a esos futuros emprendedores y a nosotros del impacto de la no existencia de nuevas opciones? En fin, se impone nuevamente la pregunta: ¿Quién nos defiende?
Otro asunto tiene que ver con los lineamientos relativos a la política agroindustrial concebidos en el 2021. Son en total diecisiete acápites y, a la fecha, no se ha logrado nada considerable en materia de producción de alimentos, por el contrario, los precios siguen en ascenso y la escasez se mantiene. Leamos lo que enuncia uno de estos diecisiete lineamientos, el 123:
«Incrementar la producción sostenible de viandas, hortalizas, granos, frutas y plantas medicinales, la consolidación de los polos productivos y su encadenamiento con la industria, el turismo, el abastecimiento a las grandes ciudades y la exportación. Las producciones para el consumo interno de la población tendrán un enfoque territorial, integrándose con la minindustria y apoyándose en el Programa de la Agricultura Urbana, Suburbana y Familiar».
Si esto ha sido aprobado como política alimentaria y enfoque para los nuevos tiempos, cómo es posible que el mismo ministro de Economía asegure que este año «no pudimos darle recursos a la agricultura». Es en este punto donde comienza a irrespetarse lo concebido, la población pierde las esperanzas y surgen las bromas que tanto molestan… a los decisores.
En mi opinión, ha existido y aún coexiste un quiebre con lo que se concibe como política de desarrollo; es decir, no se ha sido consecuente con las prioridades estructurales, y eso nos afecta a todos. Ahora bien, lo que más perjudica es que no haya manera alguna de confrontar tales acciones desde espacios de debate que contengan una verdadera respuesta, o al menos una promesa efectiva de enmiendas.
Otra política anunciada en la más reciente redacción de los Lineamientos, explicita que la prosperidad y el bienestar están vinculados a muchos factores, entre los que resaltan: «La consolidación y el enriquecimiento de los valores de nuestra sociedad, la justicia y equidad sociales, la igualdad de oportunidades y de acceso a las mismas, la no discriminación por cualquier distinción lesiva a la dignidad humana».
Empero, y a pesar de tal declaración, se mantienen las expulsiones de centros laborales, que lesionan la dignidad humana al privarse a las personas de sus oportunidades profesionales o de los conocimientos adquiridos durante su formación para lograr un decoroso sustento. Las acusaciones van, desde «pagados por el imperio» hasta «contrarrevolucionarios», aun cuando esas personas son las que vienen advirtiendo sobre las rupturas con las estrategias y cuando los verdaderos peligros para la prosperidad de la nación son el no respeto a lo que está recogido en tinta.
No es posible concluir el análisis sin reconocer los daños ocasionados por el bloqueo, pero un órgano de gobierno, en cualquier esquema mundial, existe para buscar soluciones; y si aquel primer paquete de soluciones del 2011 fue borrado de un plumazo, y el más cercano en el tiempo ya va siendo incumplido ¿quién nos va a defender otros diez años de un mandato de prueba y error.
¿Quién nos defiende de los daños ocasionados por el colero, el inspector, el contra-colero y el contra-contra colero?
¿Quién nos defiende del daño sicológico que implica afirmar que el país avanza cuando la inflación es aberrante y no cede?; ¿Quién nos defiende de declaraciones como: «Con lo que recaudemos en las tiendas en MLC abasteceremos la oferta en CUP»? ¿Para cuál año del actual ejecutivo —tranquilamente en el poder—, habríamos de esperar las prometidas ofertas en CUP?
Desde el 2011 se habla de la necesidad de que Cuba deje de ser importadora neta de alimentos y disminuya la alta dependencia de financiamientos; de asegurar los programas de arroz, frijol, maíz, soya y otros granos; pero, en la cotidianidad, el precio de los frijoles no deja de subir. El asunto no es redactar, sino solucionar verdaderamente lo que se puede corregir con medios propios, o, dicho de otra manera, «emanciparnos con nuestros propios esfuerzos». Si el tema de la alimentación no se ha resuelto en más de diez años, y lejos de eso empeora, cómo vamos a dar cumplimiento al lineamiento que habla de una «alimentación balanceada», o de la tan anunciada «soberanía alimentaria».
Por todo expuesto, me sigo preguntando qué defensa tiene una persona que critica lo que verdaderamente importa, aunque en ello le vayan acusaciones de agente de cambio. ¿Qué posibilidades reales de trasformar la realidad puede tener un grupo de personas con conocimientos en materias económicas y que no logran ser escuchadas, mientras persisten los errores de los tenidos por confiables, que alargan colas y disparan precios. ¿En qué espacio se puede criticar la filosofía de tiendas en MLC sin ser acusado de contrarrevolucionarios mientras Katapulk repleta sus arcas extranjeras mediante la venta de cualquier producto alimenticio?
¿No era la idea eliminar gradualmente la doble moneda y avanzar en la soberanía alimentaria? ¿Dónde está el verdadero freno al desarrollo del país? Vuelve entonces mi interrogante principal ante tanto vaivén conceptual: ¡¿Quién nos defiende?!
Desde el rotundo fracaso de la mal llamada zafrade los Diez Millones, que obligó a Fidel Castro a abandonar —aunque solo temporalmente— el voluntarismo que había caracterizado su política económica; la economía cubana se ha caracterizado por oscilaciones entre una férrea centralización burocrática y períodos de moderada descentralización; entre la adopción de criterios de mercado y su abandono y reemplazo por mecanismos administrativos de «ordeno y mando»; entre cierto crecimiento cuando se producen medidas de reforma y un estancamiento cuando estas son frenadas.
Las reformas, siempre parciales y no integradas desde el punto de vista sistémico, suelen adoptarse cuando la economía está en estado calamitoso, y se frenan cuando inicia una recuperación, así sea leve. De tal modo, hemos pasado en la segunda mitad de los setenta y primeros años ochenta, por la introducción de un sistema de dirección y planificación de la economía que seguía el patrón soviético, al que jamás se le permitió funcionar plenamente y que fue acompañado de cierta liberalización de los mercados agropecuarios y artesanales.
A ello continuó, en la segunda mitad de los ochenta, el período de «rectificación de errores y tendencias negativas», que significó una nueva recentralización de las decisiones económicas, el abandono de los mecanismos de mercado y la persecución y posterior cierre de la actividad privada de los mercados mencionados.
El derrumbe de los regímenes dirigidos por partidos comunistas en Europa Oriental, la disolución de la Unión Soviética y la profunda crisis de la economía cubana de principios de los noventa, condujeron a nuevos aires liberalizadores desde el punto de vista económico —que se refrenaron en la segunda mitad de la década, cuando la crisis se consideró superada.
Dicha crisis obligó —entre otras medidas—, a una reforma de la administración central del Estado, del sistema bancario y financiero, del sistema tributario, a una apertura a la inversión directa extranjera y a la reintroducción del trabajo por cuenta propia. Sin embargo, este último aspecto, que implicaba la reaparición de agentes económicos privados, se ha visto sometido a las mayores presiones dadas las oscilaciones de la política económica.
En el último lustro del siglo XX se volvieron a cerrar los espacios del trabajo por cuenta propia, y solo después de una década tornó a impulsarse esta actividad, ante una nueva realidad de bajo crecimiento de la economía. A esas alturas, ya era evidente que el trabajo por cuenta propia no bastaba para fomentar el crecimiento económico, y que el sector estatal, prácticamente colapsado, ineficiente y lastrado por una densa burocracia, se mostraba incompetente —como ha sido siempre—, para asegurar el desarrollo de la economía.
La dirigencia cubana ha sido incapaz de producir reformas estructurales profundas que impulsen el crecimiento y desarrollo de la economía insular. Ni siquiera se han cumplido los Lineamientos aprobados en el VI y VII congresos del Partido Comunista, y el VIII pasó sin que se rindiera cuenta por tales incumplimientos.
Los problemas estructurales que afectan a la economía, no solo no se han solucionado en las últimas décadas, sino que incluso se han profundizado. Esto se ha debido a los errores de política económica, la falta de sistematicidad e integralidad de las reformas y el predominio de concepciones dogmáticas cuya ineficacia está más que demostrada.
La política económica suele trazarse para alcanzar ciertos objetivos, entre los que normalmente están: promover el crecimiento y el desarrollo económicos; incrementar el empleo; mantener una baja inflación; disponer de sistemas bancario, financiero y fiscal sanos y funcionales; alcanzar y mantener el bienestar social. Obviamente, estos son objetivos generales que es necesario adecuar en función del contexto coyuntural y complementar con otros más específicos.
Cuba se encuentra frente a una crisis sistémica de graves proporciones. Sus rasgos principales pueden resumirse en:
Incapacidad de la mayor parte de la población de satisfacer con sus ingresos las necesidades básicas elementales.
Estancamiento de los sectores industrial y agropecuario.
Insuficiente recuperación del sector turístico.
Desplome de la capacidad exportadora de bienes.
Alta dependencia de las importaciones.
Enorme inflación.
Elevado déficit fiscal.
Escasa inversión extranjera.
Incapacidad para cumplir los compromisos financieros externos.
Poco ahorro bruto interno.
Insuficientes recursos de inversión doméstica y errónea política inversionista del gobierno.
Debilitamiento de la moneda nacional agravado por el sostenimiento de la dualidad monetaria.
Mantenimiento a toda costa del monopolio estatal en actividades económicas fundamentales.
Todo ello caracteriza una situación en la que la mayor parte de la población debe concentrarse en la batalla cotidiana por la subsistencia. Pensar en el desarrollo de la economía y en el bienestar social, parece ahora mismo una quimera. Creer que con el proyecto económico y político de siempre es posible revertir tal tendencia es un absurdo, y pretenderlo desde la política económica es una irresponsabilidad.
En países democráticos con elecciones libres no habría sobrevivido un nuevo período en el poder el grupo político que llevara décadas cometiendo errores y siendo incapaz de cumplir su parte en un contrato social civilizado, que promueva el desarrollo y el bienestar. Por eso, una de las principales causas de los problemas mencionados es la incapacidad de la sociedad cubana para remover, de forma pacífica y democrática, las estructuras políticas que obstaculizan el desarrollo económico y el fomento de las libertades.
Si la dirección del país persiste en reprimir la libre emisión de ideas políticas y económicas que disienten de la línea oficial; si continúa haciendo oídos sordos a la necesidad de solucionar, con medidas efectivas y radicales, los graves problemas económicos; deberán asumir que más temprano que tarde se producirán nuevos estallidos sociales. O continuará la sangría migratoria que, aun cuando pueda ser considerada válvula de escape a las presiones internas, también constituye una pérdida de la fuerza de trabajo requerida, no solo para reconstruir la actividad productiva sino también para asegurar el sostenimiento del sistema pensional y, por tanto, de la población adulta mayor.
Mientras tanto, el discurso oficial se mantiene desligado de la realidad, el dogmatismo continúa determinando el alcance e imponiendo restricciones a las decisiones económicas, se sigue responsabilizando a razones externas de la debacle económica, se apela al sacrificio de la población sin que sea posible asegurar ya que tendrá como resultado algo diferente al empeoramiento del nivel de vida, y se atacan las manifestaciones de los problemas y no sus causas.
Son precisamente esos fenómenos los principales enemigos del ideal socialista y, de persistir, terminarán por destruirlo. Digo ideal, porque en realidad es lo único que queda del socialismo en Cuba. Lo demás es una definición hueca, carente de contenido, expresión de la vulgarización del pensamiento marxista y de su concreción política.
Las barbaridades que ocurren en las inmensas e interminables colas para comprar cerdo, pollo o viandas, no son culpa de los «coleros». Estos son la manifestación de la escasez de productos que resulta de los persistentes frenos que impiden el crecimiento de la producción.
La alta inflación no se debe a la inmoralidad o al egoísmo de los productores privados, sino a la escasa producción; los altos costos de los insumos; la devaluación del peso en el mercado informal, que sigue siendo en la práctica el principal mercado cambiario; y a los aumentos de precios en las tiendas que funcionan en monedas libremente convertibles, cuyo acceso —cuando no se dispone de remesas—, requiere de la adquisición de divisas en el mercado informal. Y por supuesto, también se debe a la monetización de los inmensos déficits presupuestales y a la inyección de dinero, sin respaldo en oferta de bienes, que produjo la llamada «Tarea ordenamiento».
La grave crisis fiscal no se soluciona eliminando las exenciones tributarias a las nuevas mipymes, sino reduciendo el gasto que causa la inmensa e improductiva burocracia, estimulando la inversión y promoviendo el emprendimiento privado para que, en su desarrollo, generen nuevos ingresos tributarios con los cuales asumir un gasto público redimensionado y centrado en las prioridades del desarrollo económico y social.
La promoción de exportaciones no se consigue mediante el sostenimiento a toda costa del monopolio del comercio exterior, sino por el contrario, mediante la libertad de acción de las diversas empresas en el escenario internacional, y que ellas cuenten con un sistema cambiario flexible y libre que favorezca la competitividad internacional de la producción nacional y estimule la sustitución de importaciones.
La mayor oferta de alimentos y otros bienes industriales, no se logra con la persistencia del monopolio de acopio ni con consignas en las que muy pocos creen, sino con mayores inversiones en los sectores industrial y agropecuario, con créditos de fomento y con la creación de condiciones para el estímulo de las actividades privadas y cooperativas.
El desarrollo de las comunicaciones y de la infraestructura tecnológica, no se asegura con el monopolio estatal, que solo reproduce ineficiencia, insatisfacción y altas tarifas; sino mediante la apertura a la competencia con el sector privado, que permita revertir el actual subdesarrollo en estas actividades.
La solución de la actual crisis, que no es coyuntural sino estructural, requiere de una profunda reforma de las instituciones, que permita la democratización de la sociedad, de forma tal que sea posible construir colectivamente un nuevo proyecto de país. Para ello no es necesaria —y ni siquiera conveniente—, la unanimidad, sino la capacidad de construir desde la diferencia, haciendo valer la soberanía del pueblo, que no debe someterse a la dirección de un partido ni a la pretendida inmutabilidad de sistema político o económico alguno.
Desde la época colonial la economía cubana ha sido de las llamadas abiertas, aquellas donde una parte fundamental del PIB se realiza en el exterior del país. Este rasgo, típico de economías modernas, suele volverse tóxico en los países dependientes, que actúan como suministradores de productos básicos o intermedios para el mercado mundial y quedan a merced de sus avatares.
Al triunfo de la Revolución, tal modelo exportador trató de ser sustituido por otro, industrializado y diversificado. Como parte de esa aspiración, y en medio del establecimiento de un socialismo estatizado, se instauró el monopolio estatal del comercio exterior (1960). Aunque anunciado como vital para el enfrentamiento con EE.UU., que inició precisamente en el ámbito comercial, era este un rasgo típico de los regímenes de socialismo estatizado y burocrático.
Se ignoró que el monopolio estatal no funcionó ni en la Colonia, donde los intentos por imponerlo —Puerto Único, Estanco del Tabaco, Real Compañía de Comercio de La Habana…— fueron ampliamente repudiados y burlados por los criollos mediante el comercio de rescate, o contrabando. A mediados del siglo XVIII, el gobierno colonial concluyó que su negocio no era el monopolio comercial, sino el cobro de impuestos, especialmente los de aduana, devenidos fuente principal del erario imperial.
Si en este mundo globalizado las economías suelen encadenarse en amplias cadenas internacionales de valor: ¿es positivo o negativo que Cuba sea un país de economía abierta? ¿Cómo repercute el monopolio estatal del comercio exterior en la eficacia del sector externo? ¿Acaso tenemos en perspectiva un promisorio sector interno que sustituya los ingresos del externo? ¿O es que no tenemos ninguno de los dos?
-I-
Los avatares del sector externo fueron jalonando el camino de la Revolución Cubana. En 1960 se firmó el primer convenio comercial con la URSS. Este incluía la venta de 425 000 Tn de azúcar y un millón durante los cuatro años siguientes, así como la compra de petróleo, tecnologías y otros bienes. Cuando Eisenhower redujo 700 000 tons de la cuota azucarera asignada —primera sanción económica a la Isla rebelde—, la URSS le ofreció comprar todo el azúcar dejada de adquirir por los norteamericanos y suministrarle a su vez todo el petróleo que necesitase.
En octubre de 1960 el presidente de Estados Unidos decretó el embargo al prohibir las exportaciones a Cuba, excepto comida y medicamentos. Por esos días la Isla se retiró del Banco Mundial al considerar que la política de dicho organismo no era efectiva para el desarrollo y expansión de su economía, y que era encauzada «de acuerdo a un plan definido».
La imposición del plan al mercado llevó a la creación del Ministerio de Comercio Exterior (1961), que monopolizaría todas las acciones de exportación e importación del país desde esa fecha.
Durante los debates de los años sesenta entre diferentes modelos de gestión —Financiamiento presupuestario, Cálculo económico, Registro económico—, nunca fue cuestionado el monopolio estatal del comercio exterior. Ni siquiera cuando se disolvió el Ministerio de Hacienda, se redujeron las funciones del Banco y eliminaron los cobros y pagos entre empresas estatales (1965) y se abandonaron las transacciones comerciales con el extranjero.
De hecho, cuando las tensiones Cuba-URSS llegaron al tope (1967), Moscú no dudó en aplicar sanciones comerciales al reducir significativamente sus envíos de petróleo para presionar a la Isla a moderar el apoyo a las guerrillas en América Latina, perjudicial estrategia para su anhelada coexistencia pacífica. No obstante, a partir del segundo semestre de 1968, Cuba se integraría paulatinamente al bloque soviético y los suministros se normalizarían.
En 1972 la Isla ingresa al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) y trata de insertarse en ramas industriales de alto valor agregado. Sin embargo, su aspiración quedó truncada al convertirse en la proveedora de azúcar, cítricos y níquel del grupo a cambio de un tropel de bienes y servicios que la ataron al mercado socialista como no lo estuviera nunca a España o los EE.UU. Tras una década de sacrificios del pueblo para diversificar e industrializar el país, se consolidaban aún más los tres monos (productor, exportador e importador) como rasgo esencial del sector externo cubano.
A partir de 1980, los soviéticos iniciaron una generosa y controvertida práctica, inédita en los anales del comercio mundial: pagar a Cuba en USD por todo el petróleo que la isla pudiese «ahorrar» respecto a lo convenido. El combustible se enviaba directamente a terceros países y los ingresos eran registrados como exportaciones cubanas de petróleo. Estas excedieron los dos millones de toneladas anuales, representaron más de la tercera parte de los ingresos en MLC del país y fueron decisivas en la positiva balanza de pagos insular de aquellos años.
El comercio exterior cubano sufriría dos fuertes impactos en 1986. Primero, los soviéticos rebajaron de manera inconsulta los precios de compra del azúcar, lo cual violaba el acuerdo de 1976 que mantenía constantes los términos de intercambio mediante precios resbalantes.
Segundo, naufragaron las negociaciones con el Club de París, que insistía en imponer un recetario neoliberal y Cuba no siguió pagándole la deuda, situación que no se resolvió hasta las negociaciones del 2015. Esos factores influyeron en que la economía no creciera entre 1986 y 1990 y tuviera que abrirse al turismo en busca de otras fuentes de ingreso.
La situación empeoraría aún más cuando Gorbachov, durante su visita a Cuba en 1989, anunciara el fin de las subvenciones comerciales soviéticas —estimadas en 6 000 millones USD (MUSD) anuales; más de 100 000 millones de rublos en treinta años— para 1991. En ese año, las exportaciones cubanas a CCCP representaron el 38% de las de 1989, y el PIB cayó alrededor de un 25%.
A fines de 1992 la caída era tal, que el intercambio comercial disminuyó 70% respecto a 1989 (algo más de 8 000 MUSD importados en 1989, se redujeron a 2200); el PIB descendió un 24% y el uso de la capacidad industrial un 30%. Al desaparecer la URSS, Cuba perdió su fuente de combustible y se vio obligada a comprarlo a las petroleras internacionales a precios onerosos. Por si fuera poco, a fines de 1993 la Ley Torricelli prohibió el comercio con las subsidiarias norteamericanas. En consecuencia, este bajó, de 725 MUSD en 1991, a 1,5 al cierre del 92.
Aunque el monopolio estatal del comercio exterior fue mantenido en la reforma constitucional de 1992, a partir de las medidas descentralizadoras iniciadas en pos de paliar la crisis del Período Especial se flexibilizaron las posibilidades de operar internacionalmente para diferentes sujetos económicos. El repunte percibido hasta 1999 se sustentó en esta política de mayor autonomía en la gestión internacional, no solo para las nuevas asociaciones internacionales y empresas mixtas, sino también para empresas estatales, centros de investigación y universidades.
No obstante, desde que en 1999 Chávez alcanzara el poder en Venezuela, se apuntó una contumaz involución en Cuba en el ámbito comercial externo. Las asociaciones mixtas fueron limitadas, descartados los negocios inmobiliarios extranjeros y reducido el número de empresas cubanas autorizadas a realizar operaciones directas de comercio exterior. A partir de aquí, proliferaron nuevamente las medidas centralizadoras.
Desde que en 1999 Chávez alcanzara el poder en Venezuela, se apuntó una contumaz involución en Cuba en el ámbito comercial externo. (Foto: La Tercera)
Todo ello ocurrió a pesar de que, en el año 2000, Clinton aprobó la Ley de Reforma a las sanciones comerciales y ampliación de las exportaciones, para permitir excepcionalmente la venta de alimentos y medicinas a la Isla. Con ella se autorizó la exportación de productos agrícolas —condicionada al pago en efectivo y por adelantado— y se prohibieron los viajes de estadounidenses a Cuba con fines turísticos.
A pesar de sus limitaciones la medida resultaba beneficiosa, al permitir la compra de arroz, cárnicos y otros productos de alta calidad a precios inferiores a los de otros proveedores, pues la cercanía geográfica entre los dos países abarataba el pago por fletes. Desde 2001 Cuba ha venido realizando compras a empresas agrícolas norteamericanas, que alcanzaron su punto más alto en 2008 y convirtieron a EE.UU. en uno de sus más importantes suministradores de alimentos.
Parecía que el sector externo, en las manos del Gobierno/Partido/Estado, alcanzaría cotas de eficacia en las nuevas condiciones de LATAM y el mundo.
-II-
El sector externo se reanimó desde 2004, cuando las exportaciones de servicios profesionales de alto valor agregado alcanzaron el primer lugar, tanto en el PIB como en las exportaciones, desplazando de ese modo al turismo internacional, que tuvo ese puesto entre 1990-2003. En 2006, los ingresos por servicios médicos en el exterior alcanzaron el 28% de las exportaciones totales, mayor que los obtenidos por la exportación de níquel y el turismo.
Esta alta dinámica se debió a la demanda, a través de contratos gubernamentales, para programas de mejoramiento social en países del progresismo latinoamericano, como Venezuela, Brasil, Ecuador y Bolivia. No obstante, el hecho de estar sometidos a los vaivenes de la política interna de esas naciones, y los modos peculiares de efectuar la contratación de los profesionales cubanos, hizo disminuir sustancialmente esos ingresos en el último quinquenio.
Hacia fines 2004 se planteó que la economía cubana tenía limitaciones para enfrentar el déficit de la cuenta financiera de la balanza de pagos, retenciones bancarias de transferencias al exterior y un elevado monto de los vencimientos de la deuda. De ahí que se volviera a centralizar toda la divisa del país en las cuentas del BNC (Resolución 92/2004).
A propósito Fidel argumentó: «Hemos ido de la descentralización extrema y ahora tenemos que ir a la centralización extrema, estamos obligados por las circunstancias». Habían terminado los días de la autonomía comercial y financiera para paliar la crisis y la administración retomaba las riendas de los negocios gubernamentales.
Por entonces se incrementaron sustancialmente las relaciones comerciales y financieras con países amigos/aliados: China, Vietnam, Rusia, Angola, Irán, Brasil y Argelia. Asimismo, se anunció que ya la Isla no sería únicamente receptora de flujos de inversión externa, sino que comenzaba a invertir en China, India, Malasia e Irán, en la construcción de hospitales y plantas para la producción biotecnológica. Sin embargo, no he podido encontrar informe alguno de los resultados de esas inversiones públicas cubanas en otros países.
Tras la crisis del 2008, el presupuesto de importaciones se redujo drásticamente y se denunció como inconcebible que el país gastara más de 1 500 MUSD anuales en la compra de alimentos, incluidas 500 000 Tn de leche en polvo. No obstante, las inversiones necesarias para incrementar producciones nacionales alternativas no se han efectuado, por lo que la situación ha ido in crescendo.
1/3 En enero-junio de 2022 se alcanzó el segundo mejor registro histórico de exportaciones de pollo USA hacia Cuba en un primer semestre:141 mil toneladas con un valor de 129,3 millones de USD, solamente superado por el 1er trimestre de 2021 (163 mil toneladas/149,4 millones USD) pic.twitter.com/4UMbsQsU3m
La reforma migratoria del 2013 abrió nuevas perspectivas al crecer la cantidad de exiliados repatriados: 14 000 en 2016 y 11 176 en 2017. La mayoría en pos de aprovechar las oportunidades de negocios privados que prometía la nueva Ley de inversión extranjera de 2014, en particular en el mercado inmobiliario y el turismo. A pesar de tales expectativas, no fue adoptada ninguna medida que favoreciera las pequeñas y medianas inversiones de emigrados.
Por el contrario, en ese año se prohibió abruptamente la venta de ropa y calzado importados, aún sin haberse resuelto los problemas de mala calidad de la oferta en las TRD y sus precios exageradamente altos ?generalmente fijados al 240% del costo?, ni haberse potenciado una industria nacional que supliera la oferta de los vendedores, ahora ilegales. Un camino hacia el mejoramiento de la oferta al mercado interno era así clausurado para proteger las tiendas administradas por GAESA.
No obstante, el deshielo Cuba-EE.UU. (2014-2017) trajo un período de alivio al problema de la deuda externa. Rusia resolvió condonar el 90% de los compromisos financieros cubanos (35 000 MUSD), y el 10% restante invertirlo en proyectos conjuntos en la isla. Durante su visita, Putin firmó veintiocho acuerdos comerciales. Japón condonó el 80% de la deuda cubana, cercana a los 1 400 MUSD. México hizo lo mismo con el 70% de su deuda de 478 MUSD, unos 341.
Incluso, en 2015 fue renegociada en buenos términos la deuda con el Club de París, congelada desde hacía más de treinta años. Cuando se rompieron las negociaciones, la deuda era de 7 000 MUSD, pero la demora la elevó a 16 000. Se logró una condonación de 8 500 MUSD, a cambio del compromiso de desembolsar 2 600 en un plazo de dieciocho años para acceder a créditos europeos.
En 2017 Trump firmó en Miami una orden ejecutiva destinada a revertir la reanudación de lazos bilaterales. Dos años más tarde, en 2019, su decisión de prohibir a las navieras traficar hacia puertos cubanos, privó a la Isla de más del 50% de sus necesidades de combustible, dando inicio a la nueva etapa de crisis, denominada la Coyuntura. La incapacidad para tomar medidas que permitieran superarla, la convirtió en una crisis estructural de todo el modelo centralizado y burocrático, de la que aún no se avizora salida.
Para contrarrestar esa compleja situación, la principal medida fue implantar el uso de dólares estadounidenses en las operaciones de ventas minoristas en divisas, importación, venta de mercancías en consignación y en régimen de depósito de aduana entre las entidades importadoras (Resolución del BCC No. 275/2019). La llamada redolarización plástica y su hermana gemela, la «Tarea Ordenamiento», precipitaron a la economía en la sima en que se encuentra actualmente.
Ni abierta, ni cerrada; ni exportadora, ni autárquica; la economía cubana requiere hoy de un reseteo total. Solo un conjunto de transformaciones que permitan abrir cauce a los emprendimientos privados, cooperativos y públicos, y eliminar el monopolio del comercio exterior de manos del Estado, contribuirá a colocar los bienes y servicios de la Isla en los circuitos internacionales del comercio y el movimiento de capitales y fuerza de trabajo; única forma de aprovechar eficazmente las ventajas comparativas que le confieren sus feraces suelos, la capacidad emprendedora de sus habitantes y la prodigiosa situación geográfica, que convierte al archipiélago en el crucero del mundo.
El equipo de Gobierno y partidista que ha manejado durante los últimos años en Cuba la información pertinente y objetiva de todas las ramas del Estado y la sociedad; que ha podido incluso evaluar e intentar corregir a partir de datos y evidencias los errores y deformaciones que ellos suponen; que ha tenido la posibilidad de articular, instrumentar y ensayar propuestas y decisiones como políticas públicas en orden de complejidad sistémica; que ha dominado los umbrales de incertidumbre y los riesgos de cada escenario; ha tenido para poder hacerlo la mayor cuota y concentración de poder posible.
No es cierto, sin embargo, que los que han disfrutado del poder de forma tan extraordinaria, sean electos por el pueblo «para determinadas responsabilidades por un determinado tiempo», como afirmara recientemente el Presidente cubano. La realidad es que ellos son parte de un sistema de formación y selección de cuadros políticos, administrativos y empresariales profesionales, en el que, durante décadas, ascienden progresivamente de acuerdo a requisitos, criterios y evaluaciones que no son públicas, ni dependen de la elección ciudadana.
¿Cuál es para los ciudadanos el costo de la inexperiencia de tales funcionarios frente al gobierno, la administración del Estado, las instituciones y empresas públicas? ¿Cuál es el precio pagado colectivamente cuando sus decisiones han sido erradas? ¿O el de que permanecieran incrustados al Estado cubano, la administración, la toma de decisiones e incluso la conducción política, aun luego de fracasar una y otra vez?
¿De qué modo los ha influenciado el prolongado disfrute de privilegios para ellos y sus familiares, y sobre todo, la diferenciación respecto a la vida cotidiana de los ciudadanos? ¿Qué sabemos de la cultura organizacional, los valores, prácticas y tácticas que aprendieron para ascender y prosperar? ¿Cuál ha sido el importe de la soberbia, arrogancia y pedantería que adquirieron en su ascenso a diferentes estatus de poder como consecuencia de nuestra imposibilidad de exigirles cualquier tipo de responsabilidad y control público de sus actos, o la inexistencia de mecanismos de rendición de cuenta y revocación reales y vinculantes?
Estas son viejas preguntas que necesitan nuevas respuestas. Sin ser las únicas, son interrogantes pertinentes, entre otras razones porque aquello que determina el liderazgo a cualquier nivel en Cuba, así como sus características, realmente transversaliza a la sociedad y al Estado, volviendo estrictamente residual y ritual la elección y participación política de los ciudadanos.
Tal sistema de cuadros no solo enajena a la política de lo público, sino que la absorbe para convertirse en un sistema de relaciones políticas. Es probable que dicho sistema, actualizado recientemente por una generación formada por completo en su interior, esté hoy en un punto óptimo de funcionamiento como estructura de una élite y, dentro de él, sus miembros interactúen y concreten formas de hacer política definidas por haberse convertido para ellos en una ruta de movilidad social, incluso antes de integrarlo.
Esta última no es una cuestión intrascendente, pues remite a cuáles son los valores que promueve el sistema, a los roles asignados en función del estatus que se ocupa en él, pero también a cómo se condicionan las actitudes de los individuos en función de conservar el estatus alcanzado y seguir percibiendo beneficios y logros socio económicos que definen el ascenso social de ellos y sus familiares.
Casa del Ministro de Economía y Planificación en medio de un corte eléctrico.
Si miembros de distintas generaciones ofrecen testimonios sobre dirigentes y políticos capaces de renunciar a sus cargos o responsabilidades por no aceptar disposiciones que creyeron erradas, de no tolerar formas de trato despóticas, arbitrarias y degradantes por parte de sus superiores a los ciudadanos; y también de argumentar lo que pensaban, aun cuando suponía cuestionar lo que decidían sus superiores; no es difícil constatar que ello es hoy un hecho extraordinario y probablemente definitorio del destino de quien así proceda.
En la década del treinta del pasado siglo, Antonio Guiteras Holmes afirmó que no le interesaba el poder si no era para hacer la Revolución. Tal declaración es un lúcido recordatorio de la importancia que tiene la cuestión ética, teleológica y de los límites al poder. No es tampoco algo menor: el poder es un bien político público solo cuando su ejercicio no resulta privatizado y sus estructuras no devienen plataformas para el logro del monopolio y la exclusión.
Todas las sociedades enseñan, pero también reproducen, el tipo de cultura y prácticas políticas derivadas de las relaciones de poder que se promueven en ellas. Por eso, el reverso de la pregunta ¿para qué quieren el poder los que lo tienen hoy en Cuba?, es también una interpelación válida, y de hecho fundamental, para los que no lo tienen, para los excluidos.
Todo el poder, toda la responsabilidad
Se dice que John F. Kennedy en 1961, tras la humillante derrota sufrida por su administración en Playa Girón, afirmó con amargura: «La victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana». Es necesario evadir la trampa de analizar la realidad desde ese enfoque maniqueo.
No se trata entonces de satanizar a un equipo de gobierno que, con independencia de sus decisiones, heredó procesos complejos y contradictorios —cuando no perversos—, en todos los ámbitos de la realidad social y política, y también una difícil situación internacional cuyas repercusiones internas fueron muy importantes. Pero resulta demasiado obvio que la responsabilidad, del tipo que sea, y mucho más si es política, abarca tanto los éxitos como los fracasos.
De modo que, más que reconocer la incompetencia de políticos y funcionarios y su responsabilidad en la actual situación; de lo que se trata es de que las acciones ante las consecuencias que han tenido y tendrán dichas decisiones, sean asumidas como nuestra responsabilidad.
Mientras lees estas líneas, las consecuencias de los actos de cuadros gubernamentales, políticos y empresariales, se extienden por campos y problemáticas diversos pero inter-relacionados, que abarcan la educación, la asistencia y seguridad social, la igualdad política, el funcionamiento del sistema jurídico, el racismo, las infraestructuras viales y de transporte, la política, la democracia y la participación y el desarrollo local. También sobre la esperanza, calidad y viabilidad de los proyectos de vida, la institucionalidad, el comercio exterior, la propiedad y el derecho a la vivienda, la producción de alimentos, la inversión pública y extranjera y su geolocalización territorial, la cultura, la expansión y diversificación de la industria ligera y pesada.
Además, sobre las condiciones y posibilidad del ejercicio de derechos y libertades de los ciudadanos y las garantías constitucionales, el cambio y diversificación de la matriz energética del país, el acceso y calidad de la justicia, la investigación, el desarrollo e introducción de nuevas tecnologías, la soberanía económica y otras áreas de la vida social y política.
¿Qué sabemos de la racionalidad que está detrás de las decisiones de dirigentes políticos, funcionarios y empresarios?
(Foto: Tomada de El País)
Apenas podemos tener una idea de las dimensiones reales de la situación en que estamos, poco más allá de las percepciones de la dureza de la vida cotidiana para cientos de miles de cubanos. Pero tales percepciones están mediadas por diversas cuestiones, que van desde los ingresos, la ubicación geográfica dentro del país o el estatus social de los individuos; por solo poner ejemplos que muchas veces son resultado de políticas y decisiones gubernamentales.
Los datos públicos disponibles para los ciudadanos suelen ser insuficientes. Aunque en algunos casos permiten identificar la existencia de decisiones estratégicas —como aquellos que informan sobre la Distribución Sectorial de Inversiones que se ha producido en Cuba en la última década—; no permiten en cambio entender cuáles fueron los argumentos que estuvieron en el origen o continuidad de ellas. Sin embargo, como ocurre en el caso aludido, a menudo son una radiografía de las deformaciones de la economía cubana, sus causas e impactos que, pese a ser públicos, paradójicamente no encuentran un nicho político en que puedan ser analizados, cuestionados y corregidos.
La ausencia de transparencia en los actos gubernamentales y administrativos, también en los políticos a micro y gran escala, ha sido característica inherente al funcionamiento de las estructuras del Estado y el Gobierno cubanos durante décadas. Esto permitió instaurar un régimen de alta concentración de poder y concesión de amplias —cuando no omnímodas— facultades discrecionales a sus operadores frente a los ciudadanos. Incluso cuando se ha intentado otorgar formalmente una autonomía mayor a los municipios y a las empresas enclavadas en ellos, tal característica ha demostrado ser invulnerable.
La trasmisión y acumulación del poder, y las facultades derivadas de estos cambios, potenciaron no pocas veces la individualización y el culto a la personalidad que suelen acompañar a tal situación. Como resultado, ciudadanos y subordinados, en contextos públicos y laborales, han estado eventualmente lidiando con concreciones mucho más negativas y objetivas del uso del poder, al mismo tiempo que se debilitaban sus posibilidades de participación y control.
Robert Klitgaard secuenció hace muchos años el algoritmo de la corrupción en una célebre fórmula: Centralización + Facultades discrecionales – Transparencia. Para los cubanos existen densas zonas de silencio alejadas del debate por diversas formas de digresión del foco de atención ciudadana. Ellas abarcan cuestiones muy diversas: inversión de capitales públicos; negociación, aceptación y ejecución de créditos e inversiones; adquisición de deuda estatal; realización de negocios y licitaciones; formación y ejecución de los presupuestos; contratación de servicios; adjudicación, transferencia y disolución de la propiedad pública. Asimismo: ejecución de los presupuestos de gobiernos provinciales y municipales; pagos por servicios de distinto tipo; concertación de contratos y adquisición y trasferencia de inmuebles.
En general, tales asuntos han permanecido fuera del escrutinio en condiciones de opacidad y secretividad normativamente garantizadas, o por la instauración de prácticas de ocultamiento que contaminan la cultura de las instituciones y la vida social.
No pocas veces, tanto ese tipo de diseño como la secretividad y ausencia de trasparencia de funcionarios e instituciones, se han justificado como necesarios dada la eficacia de agencias estadounidenses que persiguen activos, negocios, planes, o mecanismos de financiamiento y pago de obligaciones del Estado cubano.
Tal persecución es cierta, está legalmente codificada y prevista en numerosas directrices administrativas de la poderosa potencia. Pero en la práctica, al partir de un diseño de concentración de poder y escasa transparencia inherente al paradigma de la experiencia histórica del Socialismo, la corrupción económica se expandido por la sociedad cubana junto a su hermana gemela, la corrupción política.
Este cartel recibe a quienes viajan a Varadero.
La primera es ya endémica, causa gigantescas pérdidas anuales y todo tipo de distorsiones a la economía cubana, así como complejos y extendidos entramados de tráfico de influencias, dentro de los cuales miembros de élites políticas y económicas, a todos los niveles del aparato estatal y administrativo, sostienen relaciones endogámicas para el logro de sus intereses.
La segunda opera como principio general para la impunidad individual, el abuso de poder y la desactivación del Derecho y las normas jurídicas en detrimento de los ciudadanos. La existencia de políticos y funcionarios habituados a informar, pero no a explicar; a pronunciarse, pero no a fundamentar racionalmente; han sido tan naturalizados entre nosotros como la supervisión de nuestras actitudes, criterios y pensamiento político por parte de la Seguridad del Estado; o como las condiciones de vida de funcionarios partidistas a cierto nivel, su acceso a bienes y servicios.
La democratización de la vida económica, social y política, es quizás lo único que podemos oponer a las secuelas actuales y prolongadas en el tiempo, tanto de ese cúmulo de decisiones y consecuencias, como de la arquitectura de poder que las posibilita. Nunca ha sido una panacea, pero como proceso político y necesariamente cultural, la democratización es una barrera que debemos erigir frente a la oportunidad que el menoscabo de nuestra soberanía como ciudadanos da a la vulgaridad y la tiranía del capricho de marginales exitosos, que acabarán por heredar y usufructuar totalmente para su beneficio una concentración tal de poder.
Serán ellos, los marginales —que lo son porque viven al margen de los valores que promocionan como válidos y deseables para nuestra sociedad y en los que muchos de verdad creemos—, los que acabarán por degradar totalmente, sea por el envilecimiento de la costumbre, o por la trasmisión indecente del privilegio en que han convertido el poder, nuestras libertades y derechos.
Los excluidos
Durante más de una década, decisiones económicas gubernamentales han provocado la exclusión y empobrecimiento continuo de amplios sectores poblacionales. Ahora, a medida que se estratifican aceleradamente dichos sectores populares gracias a una reforma económica incoherente, contradictoria e intermitente, y al parecer ya sin derrotero; un cada vez más importante grado de exclusión política es condición para mantener y perfeccionar legislativamente la limitación del acceso del poder que se ejerce. También para enfrentar la oposición y resistencia que esos tipos específicos de exclusión y de violencia producen.
Si en realidad, como he apuntado en otras oportunidades, no existe forma de excluir económica y socialmente sin excluir además políticamente, la enajenación y concentración del poder político en cualquier sociedad conduce siempre a la precarización de su distribución y, lo que es peor, a su socialización, disputa y ejercicio, a partir de las pequeñas y escasas cuotas que están disponibles en la vida cotidiana de los ciudadanos.
Es incorrecto hacer de este un argumento que explique muchos de nuestros problemas, pero las trazas del poder y de la forma de acceder a él o detentarlo, están en la estructura de violencia intrafamiliar y social, de los feminicidios, los maltratos y desprotección al niño, al hombre o la mujer ancianos, también en las epidemias de emigración, suicidios, alcoholismo y enfermedades mentales que experimentamos como sociedad.
Lo que es negado a las mayorías en su forma social y política plena, determina luego muchas veces una secuencia interminable y difusa de ejercicios públicos y privados de apropiación, uso y abuso del poder.
No hay que subestimar el potencial de violencia real y simbólica que esto tiene, las formas en que distribuye, legitima y valoriza al interior del tejido y las relaciones sociales, el irrespeto al otro, a su autodeterminación y autonomía; la manera en la que finalmente configura la condición de víctimas y victimarios, la indiferencia, la desprotección y el desamparo como conductas, o su efectividad para la fractura y devaluación de la solidaridad y la noción colectiva de justicia.
Es imposible cambiar tal estado de cosas e intentar corregir el rumbo de nuestra sociedad sin destruir los mecanismos de exclusión política, sin cambiar las formas actuales de selección y elección de los ciudadanos para cargos de servidores públicos. Debemos oponer a este escenario una racionalidad nueva, que alcance a las normas jurídicas y a las lógicas sociales que las sustentan.
Tenemos que desarmar la cultura de obediencia y simulación que condiciona el acceso y permanencia de tales funcionarios dentro de las estructuras. Hay que eliminar las fuentes de poder de esas minorías silenciosas, que hasta ahora toman —y reservan para ellas— decisiones que nos conciernen y afectan a todos. Debemos librar a los ciudadanos de la interferencia y retaliación sistemática del poder. Se impone sustituir a las personas que han tomado las decisiones que nos han traído hasta el momento actual.
El ciclo electoral que organiza y gestiona el sistema político cubano no va a permitir nada de esto. Ninguna de las personas que usted conoce y admira, que estarían dispuestas a poner el decoro y la dignidad por encima de cualquier otro interés que no fuera servir a los ciudadanos con inteligencia y mesura, con probidad y decencia; serán propuestas y electas.
No es que muchos de ellos anden dispersos ahora por el mundo. Tampoco es que satisfechos del lucro personal y el éxito estén apartados de la vida pública, ni que no confíen en el talento del cubano, en su bondad e increíble nobleza, o que teman alzar su voz para decir basta, y oír y defender a los que sufren. Es que han sido sistemáticamente, y cada vez más, excluidos. El bloqueo a la alternativa que suponen estos hombres y mujeres que usted conoce, o que están ahora mismo sumergidos en la inercia del anonimato y la imposibilidad de ofrecer su inteligencia y capacidad a la política y al gobierno del país, no es, ni mucho menos, el origen del conflicto, sino la manera en que este se expresa políticamente.
Ello se hace evidente a medida que nuestra política se interna en la ciénaga de mentiras, cinismo, dobles raseros, sarcasmo y banalidad a que la empujan —día a día y peligrosamente— una minoría soberbia y su coro venal. O cuando la crisis política cubana es prolongada conscientemente, a costa de hundir cada vez más al país en una bancarrota económica que compromete ya el futuro de las siguientes generaciones.
Llevamos décadas desperdiciando y perdiendo una parte importantísima del enorme capital de talento, sinceridad y altruismo que los logros civilizatorios alcanzados aquí en los últimos sesenta años produjeron. Todavía no acaba de envejecer y ser apartada una generación que entregó todo y que hoy lidia amargamente con la indignidad de la pobreza; pero a miles de jóvenes se le abren las puertas de la emigración y son drenados de nuestra sociedad como si fueran un pus, para poder manejar la conflictividad y rebeldía interna, o sentar a la potencia adversaria en la mesa de negociaciones. Todo se conocerá algún día.
A principios del año próximo, cuando los índices de abstencionismo se expresen otra vez de manera abrumadora, y de seguro con valores más altos; no se estarán deslegitimando las ideas de justicia social, democracia, igualdad política y soberanía nacional, ni las luchas contra la discriminación racial, ni ese sueño de la adultez y lucidez ciudadana que es el Estado de Derecho y la plenitud y garantía de las libertades que merecemos; se estará deslegitimando la exclusión política.
Es difícil saber en qué momento después de esto los excluidos asumirán el conflicto. Hasta ahora han evidenciado las estructuras de la exclusión, o han apelado a reglas jurídicas para reformarlas u oponerse a ellas; pero no han creado aún sus propias estructuras. La contradicción esencial de los excluidos es la ausencia de estructuras desde las que oponerse a la exclusión. Mientras ello no ocurra, el conflicto no estará asumido ni planteado realmente.
Todo conflicto político es siempre, en primer lugar, una disputa entre estructuras que ejercen, o intentan participar, disputar o controlar el poder. Pero la existencia política es siempre la condición primera para obtener legitimidad. Los excluidos lo son precisamente porque jamás podrán esperar el reconocimiento formal de sus estructuras por parte de quienes los excluyen para que no puedan tenerlas. Sin embargo, solo lo que existe tiene el privilegio de la acción y de la oportunidad. También del respeto.
La legitimidad de los excluidos es, por tanto, esencialmente, la necesidad de diálogo social sobre la igualdad política, y por eso mismo una declaración de aquello en lo que creen. Ello es, quizás, lo único que necesitan para tenerla: reconocerse en la exclusión.
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Este artículo es un ejercicio de los derechos y libertades que consagra la Constitución de la República de Cuba.
Aunque los gobiernos de Washington y La Habana no han declarado recientemente que existe un proceso de distensión y diálogo, acciones como la flexibilización de los viajes a Cuba, la reapertura de servicios consulares, la visita de funcionarios norteamericanos y la coordinación de ayuda ante desastres en la Isla, auguran relaciones diplomáticas menos hostiles que las desarrolladas durante la administración Trump.
Es frecuente tanto en la historiografía cubana como norteamericana y parte de la prensa, el señalamiento a sectores extremistas de la comunidad cubanoamericana y la Fundación Nacional Cubanoamericana (FNCA) como factores determinantes en las relaciones entre ambas partes. Sin embargo, determinados momentos en el decursar de la diplomacia demuestran que esta aseveración es imprecisa. Que la comunidad cubanoamericana haya sido empleada como plataforma electoral en Florida y por ello el gobierno acceda a ciertas concesiones, no convierte a dicha comunidad en un poder directo en las decisiones de la Casa Blanca.
Al respecto, el politólogo cubano Rafael Hernández planteó: «Resulta cuando menos sorprendente que dos perspectivas tan distintas como las de La Habana y Washington coincidan en la idea de que “la cola mueve al perro” en su apreciación de la ecuación FNCA-gobierno norteamericano». Esta afirmación ha sido validada cuando los gobiernos de ambos países han optado por el entendimiento, a pesar de la oposición del llamado exilio histórico y parte de la comunidad de cubanos radicados en el sur de Florida.
A continuación se explican cinco ejemplos que ayudan a comprender cómo se han desarrollado las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, en medio del clima de Guerra Fría y presiones de la oposición radicada en el exterior. Vale aclarar que, si bien estos hechos no han contado con el beneplácito de sectores extremistas, tampoco han sido repudiados por la totalidad de la comunidad cubanoamericana.
1. Apertura de la Oficina de Intereses
En 1977, durante la administración de Jimmy Carter, ambos países abrieron una Sección de Intereses en territorio del otro, bajo la protección de la embajada de Suiza. Se trató de un avance diplomático que daría paso a posteriores acuerdos.
Dos años más tarde, el presidente Carter nombró jefe de la Sección de Intereses a Wayne Smith, quien sería su hombre de confianza y el encargado de impulsar un acercamiento con el gobierno de la Isla. Este periodo de distensión enfrentó una fuerte negativa del exilio tradicional y la FNCA, a pesar de las ventajas que brindaba a los cubanoamericanos, sobre todo la posibilidad de viajar a la Isla. Por otro lado, debe destacarse que Smith había sido el último embajador en Cuba antes de la ruptura de las relaciones y siempre se había mostrado partidario de una postura de diálogo.
No obstante, a causa del aumento de la presencia militar cubana en países del tercer mundo, Carter firmó la Directiva Presidencial NSC-52. La medida tenía como objetivos reducir las fuerzas cubanas desplegadas en el extranjero y socavar su ofensiva en pro del liderazgo en el Tercer Mundo. Los dos puntillazos finales al proceso de negociación fueron la crisis migratoria del Mariel, en 1980, y la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca en 1981, lo que agudizó el enfrentamiento con el bloque comunista.
Sección de Interés de EE.UU. en La Habana. (Foto: Yamil Lage / AFP)
2. Acuerdos de paz en el sur de África
En diciembre de 1987, una coalición de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (FAPLA), la Organización del Pueblo de África del Sudoeste (SWAPO), de Namibia, y combatientes anti-Apartheid del Congreso Nacional de Sudáfrica, de conjunto con los soldados cubanos, se enfrentaron al Ejército Sudafricano (el más poderoso del continente) y a la UNITA en Cuito Cuanavale. La coalición, comandada por Arnaldo Ochoa y Leopoldo Cintra Frías, dio un golpe definitivo a los sudafricanos, por lo que los obligó a retirarse más allá de la frontera entre Angola y Namibia.
El gobierno racista de Sudáfrica, en desventaja, temía que las tropas continuaran su avance hacia el sur. Esto desembocó en negociaciones de paz en las que intervinieron Estados Unidos y Cuba. A la Casa Blanca le preocupaba que si Sudáfrica se retiraba de la guerra, Cuba pudiera invadir e instaurar un gobierno afín al bloque soviético; mientras que Cuba y Angola temían que ante la salida cubana del conflicto, Sudáfrica volviera a tomar el territorio perdido.
Tras las negociaciones se llegaron a acuerdos de paz y a un entendimiento entre Washington y La Habana: Estados Unidos no intervendría en Angola, Cuba retiraría sus tropas del cono sur africano, y se aplicaría la resolución 435 de Naciones Unidas, que apoyaba la independencia de Namibia.
Una parte de la comunidad cubanoamericana se opuso a estas negociaciones de paz. Si bien la mayoría condenaba el racismo del Apartheid, consideraban que este acuerdo dejaba al gobierno cubano en una posición ventajosa, en especial ante la liberación de Nelson Mandela, quien se declaraba amigo de Fidel Castro y por eso fue mal recibido en su visita a Miami en 1990.
3. Migración más regulada
Los acuerdos migratorios entre Cuba y Estados Unidos han ocurrido en distintos momentos: 1984, 1994, 1995 y 2017. En el acuerdo de 1984 Cuba aceptaba el regreso de 2 746 de sus nacionales, que habían llegado a Estados Unidos durante el éxodo del Mariel.
Las negociaciones de 1994 y 1995 fueron consecuencia de la crisis de los balseros de 1994. Precisamente en ese año, el 9 de septiembre, concluyó en Nueva York una cumbre entre representantes de ambos gobiernos. En la cita, Estados Unidos se comprometió a entregar 20 mil visas anuales a cubanos.
Estos pactos representaron un punto de inflexión en las tensiones existentes durante los gobiernos republicanos de Ronald Reagan y George H. W. Bush. En mayo de 1995 continuaron los acuerdos con el establecimiento de la llamada política de “Pies secos pies mojados”, bajo la cual los cubanos que fueran interceptados por guardacostas norteamericanos en alta mar serían devueltos a Cuba, pero los que lograran llegar a territorio estadounidense, podrían quedarse. Por su parte, Cuba se comprometía a recibir a los deportados y no tomar represalias contra ellos.
En agosto de 1994, cientos de cubanos inician la emigración masiva hacia Estados Unidos en precarias embarcaciones desde las costas del litoral habanero. (Foto: Archivo IPS Cuba)
4. Caso Elián González
En el año 2000 Cuba impulsó la campaña por el regreso al país del niño Elián González, luego de la muerte de la madre, Elizabeth Brotons, quien había intentado migrar de forma irregular en una embarcación hacia Estados Unidos. Brotons falleció en el trayecto, pero el menor de cinco años llegó con vida y fue acogido por familiares residentes en Florida. La familia de Elián solicitó al Departamento de Migración y Servicio de Naturalización que él permaneciera en territorio norteamericano.
En el proceso judicial en Estados Unidos se dictó que, en ausencia de la madre, el menor debería estar bajo la tutela de su padre, por lo que el niño debía volver a Cuba a más tardar el 14 de enero del 2000. La familia apeló entonces a un tribunal estatal y solicitó ayuda a la Fundación Nacional Cubanoamericana. Se generó así una campaña para la permanencia de Elián en Estados Unidos.
En respuesta, Fidel Castro inició, junto a Juan Miguel González, padre de Elián, una campaña opuesta, nombrando como «secuestro» la permanencia del niño en Norteamérica y alegando el derecho del progenitor a tener la custodia de su hijo luego del fallecimiento de la madre. Esta querella desde el derecho de familia, se convirtió en una lucha cubana de carácter político.
Pese al escándalo internacional y las mediaciones de los sectores extremistas en Miami, la ley se cumplió y el 22 de abril del 2000 agentes federales irrumpieron en la casa de los familiares que se negaban a devolver al niño tras la resolución del caso. El menor regresó así junto a su padre. A pesar de la fuerte oposición de gran parte de la comunidad cubanoamericana, ambos gobiernos lograron una resolución acordada del conflicto y Juan Miguel viajó a recuperar a su hijo.
5. El gobierno de Barack Obama y restablecimiento de las relaciones diplomáticas
La cumbre del también llamado «deshielo» fue la visita del mandatario norteamericano Barack Obama a Cuba entre los días 21 y 22 de marzo del 2016. Esta acción no estuvo exenta de oposición. Los sectores conservadores consideraban que al venir a la Isla, Obama legitimaba al gobierno cubano. Sin embargo, otros disidentes como Miriam Leyva, fundadora de Las Damas de Blanco, expresaron su apoyo a la nueva política de Estados Unidos respecto a Cuba.
El acercamiento del gobierno de Obama a la nación caribeña trajo múltiples beneficios para el pueblo cubano como el aumento del intercambio cultural y el desarrollo de varios negocios privados a partir de los visitantes norteamericanos, la posibilidad del reencuentro de familias. Luego del cambio de partido en la Casa Blanca, varias de estas ventajas sufrieron un retroceso a partir del enfriamiento de las relaciones.
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Con la llegada a la presidencia del demócrata Joe Biden se han dado pasos encaminados a normalizar relaciones con el gobierno de La Habana, aunque no sean suficientes para considerarlas como un nuevo deshielo. Pueden citarse, por ejemplo, el levantamiento de sanciones emitidas durante el gobierno de Trump, relacionadas con viajes y remesas; la reapertura de determinados servicios consulares y el restablecimiento del Programa de Reunificación Familiar. Destacan también la asesoría técnica norteamericana para minimizar el impacto medioambiental del incendio en la base de Supertanqueros (Matanzas) y la ayuda humanitaria valorada en dos millones de dólares, ofrecida por ese gobierno a partir de los destrozos del huracán Ian.
La visita de funcionarios estadounidenses a Cuba en el segundo semestre del año dan cuentas de mayor cercanía y disposición para el intercambio. En ese sentido, sobresale la presencia en la Isla a inicios de noviembre de la subsecretaria de Asuntos Consulares del Departamento de Estado, Rena Bitter, y de la directora de los Servicios de Ciudadanía e Inmigración de EE.UU., Ur Mendoza Jaddou, quienes viajaron a La Habana para dialogar con funcionarios cubanos sobre posibles soluciones a la crisis migratoria.
Asimismo, en el presente mes los miembros de la Cámara de Representantes por el Partido Demócrata, James McGovern, Mark Pocan y Troy Anthony Carter, estuvieron presentes en la sede de la Asamblea Nacional de Cuba y confirmaron su apoyo a la normalización de las relaciones.
No obstante, el periodo correspondiente a la administración Biden también ha generado acciones que dificultan la relación con el gobierno de la Isla. En ese orden es posible citar la reciente inclusión de la nación caribeña en la lista de países con problemas de libertad religiosa.
En adición, el vicecanciller cubano Carlos Fernández de Cossío recientemente calificó la actual administración demócrata como la que «con más agresividad y eficacia ha aplicado el bloqueo», a lo que añadió que Cuba no pondría obstáculo a ninguna flexibilización, aun cuando fuera solo para el sector privado. «Si esto permite una mayor prosperidad de cualquier sector de la economía, no vamos a poner obstáculos. Si logran concebir excepciones que beneficien a unos y continúen castigando a otros, tampoco vamos a tratar de impedirlo», afirmó Cossío.
Pese a la oposición de sectores extremistas, el entendimiento entre los dos gobiernos ha permitido tomar acuerdos que benefician al pueblo cubano o saldar conflictos internacionales que le han puesto fin a la violencia bélica. Los hechos históricos antes mencionados prueban que sí es posible dialogar desde las diferencias. Ambos gobiernos hoy tienen una posibilidad que no deberían dejar pasar por el bien de su ciudadanía.
?¿Ese es el «Taller sobre herramientas para la comunicación política»?
?El mismo.
?Dígame una cosa: ¿tienen materia prima y personal para reparar el país?
?Estamos enfocados, como dicen Silvio y Pablo, en «virar esta tierra de una vez».
?Lo cantaron hace medio siglo. Ya el proceso se encamina a los 65 años, edad propicia, según las leyes, para la jubilación.
?Se entona ahora «Venga la esperanza». ¿Ha seguido las sesiones de la novena legislatura? Si algo no ha faltado son los «debates severos». Se denunciaron «ineficiencias y obstáculos generados por nuestra propia impericia y errores», se demandó un «plan integral» para «sacudir la inercia, quitar más trabas y superar la autocomplacencia».
?¿Hay autocomplacencia más autocomplaciente que insistir en que «el país avanza»?
?El Partido puede afirmar eso porque «está en el centro de los problemas»,
?¿Y no será el problema mismo?
?«Hay potencialidades y posibilidades para hacerlo; lo que hay que hacerlo de una manera inteligente, comprometida, ágil, buscando eficacia, efectividad y eficiencia en todo lo que se haga». «Cualquiera de las medidas que queramos tomar lleva un mínimo de recursos financieros».
?Uno espera que el software de «la nueva geografía del poder que ha creado la Revolución Cubana» sea un poco más eficaz que el de Palmiche. Que «nuestro paradigma se basa en relaciones sociales significativas, en el concepto de vida útil y felicidad por aportar», o que «la buena noticia es que solo por el camino más difícil se llega a los resultados duraderos» no dice nada.
?Mide muchas Cubas la única que se impone y no todas las que debían ser.
?No la coja con el primer secretario, no fue el único que intervino. Sobre la Ley de Ganadería ha dicho el vicepresidente Mesa: «El nuevo instrumento legal ayudará a poner orden en el campo, a recuperar los servicios técnicos y el control de la masa».
?Control de la masa… Me suena.
?El ministro de Transporte informa que el ferry adquirido por el país para los viajes entre Batabanó y la Isla no entró en funcionamiento por la no conclusión del dragado en el Surgidero.
?No me extrañaría que en el próximo período de sesiones se quejen del dinero erogado en una nave espacial. En Marte se descubren más cosas que las que aparecen en nuestras tiendas.
?Mientras en ese planeta rojo se ha localizado una zona con movimientos sísmicos activos, en Cuba el ministro de Economía se lamenta de que no se ha logrado «el estremecimiento de la empresa estatal».
?Total, a él no se le mueve la tierra bajo los pies.
?Está convencido de que tendremos un mejor año.
?A juzgar por el que termina, el 2023 puede ser solamente pésimo. Las estadísticas se mueven de una manera rara, como los terremotos en Marte.
?En eso tiene razón. El ministro de Agricultura informa que «se incumple la mayoría de los renglones productivos», para dos párrafos más abajo aseverar que «en cuanto a las producciones agrícolas, en 2022 se ha comenzado a registrar una recuperación de estas, en lo que ha jugado un papel decisivo el cultivo de viandas rústicas o tropicales».
?Alimentación rústica. Y hay que oír que la situación es tan compleja y difícil «que acecha en alguna medida la queja, el descontento». ¡¿En alguna medida?!
?El presidente ha sido autocrítico y valiente. Expresó que contamos con ley de soberanía alimentaria, ley de ganadería y ley de la pesca y a los cubanos eso no se les traduce en más comida, más carne y más pescado.
?Cuestión de osadías: la aparición del nuevo Código Penal sí trae aparejada la criminalización de los que protestan por la escasez de comida, carne y pescado.
?Esa ley tendrá que irle duro a la descomposición moral. Marrero Cruz ha dicho que «para ganar el combate contra la corrupción, es vital romper el triángulo conformado por la necesidad, la posibilidad y la codicia».
?El Código Penal y la Ley de la Contraloría se enfrentan a «la corrupción de ciertas capas intermedias que pescan en el río revuelto de las dificultades» y no a quienes no necesitan la codicia porque tienen todas las posibilidades.
?No los lleve hasta la tabla. «Ningún presidente tiene su vergüenza, muy pocos reconocen las insatisfacciones como personales». Díaz-Canel se confiesa el principal responsable de las situaciones que vivimos. Llegó incluso a expresar que siente «una enorme insatisfacción por no haber sido capaz de lograr, desde la conducción del país, los resultados que necesita el pueblo cubano para alcanzar la anhelada y esperada prosperidad».
?Yo le daría otro chance. Ya bastante tiene con buscarse que en su núcleo del Partido se le haga una amonestación pública.
A ocho años del histórico 17 de diciembre de 2014, fecha en la que los gobiernos de Cuba y Estados Unidos anunciaron el restablecimiento de relaciones diplomáticas tras décadas de hostilidad política; resurgen las expectativas de un nuevo acercamiento entre La Habana y Washington.
Desde su fundación, La Joven Cuba ha mantenido una agenda crítica con respecto a las sanciones y la tradicional política de aislamiento de la nación norteña hacia los cubanos. Por ello acompañamos y respaldamos el proceso de normalización iniciado a finales de 2014, a la par que desde nuestras páginas hemos identificado los cambios económicos y políticos que Cuba necesita. Ambos factores representan la hoja de ruta para la construcción del país moderno y soberano que aspiramos ser.
El recrudecimiento del llamado bloqueo, durante los años de mandato del presidente estadounidense Donald Trump, ha tenido un impacto negativo sobre la ciudadanía cubana, que enfrenta una economía en abrupto descenso, con la correspondiente escasez de productos y servicios de primera necesidad, y que por demás, debe sufrir los efectos de un cerco financiero y comercial de la mayor potencia económica del planeta.
Durante la época conocida como «deshielo», que se extendió hasta el final del tiempo que Obama ocupara la Casa Blanca, ambos estados avanzaron en temas relacionados con el comercio, la migración, el enfrentamiento al narcotráfico, la lucha contra el cambio climático y el intercambio cultural.
Raúl Castro y Barack Obama. (Foto: Granma)
El acercamiento entre los dos gobiernos tuvo un impacto positivo en el sector privado de la Isla, beneficiado a partir de la visita de turistas estadounidenses. Asimismo, hay que mencionar las ventajas en los ámbitos académico y científico, en tanto fueron meses de gran intercambio y visitas en ambos sentidos.
No obstante, en aproximadamente el año que duró el proceso de normalización, los principales reclamos de Cuba —entendidos como la derogación de las sanciones económicas, en especial aquellas respaldadas por leyes y que por ende solo el Congreso podría eliminar, unido a la devolución de la Base Naval de Guantánamo— no fructificaron para la Isla.
Con la llegada de Donald Trump a la presidencia, las conversaciones y el intercambio bilateral sufrió grandes retrocesos. Entre los principales reveses figuran la retirada de gran parte del personal diplomático de la embajada en La Habana, el congelamiento de la entrega de visas, la restricción de vuelos y los obstáculos para el envío de remesas.
(Foto: Redradiove)
Aun cuando el panorama actual da señales de avances en materia diplomática, de ahí que recientemente funcionarios y congresistas estadounidenses hayan visitado Cuba, se retomara el Programa de Reunificación Familiar y se restablecieron los servicios consulares; el mandato de Biden no ha representado cambios significativos a nivel político.
La Joven Cuba insta a la administración Biden a cumplir su promesa electoral de normalizar relaciones con Cuba y poner los intereses de ambos pueblos por encima de las diferencias ideológicas. También exhortamos al gobierno de la Isla a generar incentivos que hagan posible esta mejoría en las relaciones. La normalización no solo es acto de justicia con el pueblo cubano y la comunidad internacional, también generaría dinámicas de apertura económica y política para el país que son de interés nacional.
Entonces el novio besó al novio y el público aplaudió. En realidad ya se habían casado antes, legalmente, y sus firmas figuraban en aquel documento notarial, así que cuando se besaron ya eran esposos. «Divinidad del amor, bendice estos anillos y haz que los que los llevan puestos reciban siempre la abundancia de tu gracia: amén, ashé, namasté, gasho y salom», había dicho Elaine Saralegui, pastora de la Iglesia Metropolitana en Cuba (ICM) que ofició la ceremonia.
Y ellos, los novios, Yoelkis e Israel, Israel y Yoelkis, encendieron cada uno sus velas, y luego las juntaron para dar vida a un fuego nuevo, una vela mayor. «Que sea esta luz que han encendido juntos la que ilumine sus días, que llene de calor el nuevo hogar que están conformando…».
(Foto: Néster Núñez / LJC)
Tres días después los visité en su casa. Israel jugaba con Alfa en lo que se hacía el café. «Casarme, aparte de todo lo nervioso que estaba, fue algo muy lindo porque jamás y nunca pensé que siendo homosexual en este país me pudiera casar», dice. ¿Y el momento más lindo?, pregunto. Israel se toma su tiempo: baja la cafetera, sirve el café, mira a Yoelkis con una alegría casi infantil. «Para mí lo más lindo fue cuando mi abuela, que yo pensé que no iba a venir, me esperó con su vestido, ella que nunca ha usado un vestido jamás. Se paró y me abrazó muy fuerte y empezó a llorar».
Israel es de Santa Cruz del Sur, en Camagüey. A los seis meses de ser novio de Yoelkis le dijo a su familia que era homosexual. La verdad es que nunca lo dijo: lo dejó escrito en un papel. En el ómnibus, de regreso a Matanzas, recibió una llamada de su hermana: «Tata, ya todo el mundo lo sabe. Acuérdate que siempre vas a contar conmigo. Papá es el que está muy mal».
(Foto: Néster Núñez / LJC)
Israel se deprimió y estuvo quince días sin hablar con su familia, hasta que recibió una llamada de su tío: «Oye, qué te pasa, por qué tu no llamas para acá. Espérate que te pongo a tu abuela». Y la abuela le dijo: «Al final tu siempre vas a ser mi hijo nieto. Yo estoy aquí, yo te voy a apoyar».
Lo interesante vino después, la primera vez que Israel y Yoelkis se aparecieron juntos en Camagüey. «Los amigos del padre —explica Yoelkis—, me preguntaban si podían hablar con Israel, si podían abrazarlo como siempre hacían». «Por la casa de mi padre pasaron personas que hacía años no veía. Imagínate, venían a ver al hijo de Israel que había salido del closet y que, además, había llegado con el novio», cuenta Israel y se ríen recordando el momento, la sensación de ser como objetos museables.
(Foto: Néster Núñez / LJC)
«Llegó el pollo a la bodega, vamos a buscarlo todos juntos, es más o menos la idea. Pero después, como al mes, ya mi papá hablaba más por teléfono con Yoelkis que conmigo. Media hora, cuarenta y cinco minutos… y yo: -Vean acá, ¿él ni tan siquiera se despidió de mí? -Ah, sí. Me dijo que te diera un beso».
Los recién casados rememoran otros momentos emocionantes: la confusión de los anillos, que si van en la mano derecha o en la izquierda, la alegría y la proeza de haber reunido a veinticuatro camagüeyanos en Matanzas, la presencia del abuelo de Yoelkis, de más de noventa años, la visita a una amistad muy querida que no pudo venir a la fiesta y la tradicional caravana de autos recorriendo la ciudad, pitando, escandalizando.
(Foto: Néster Núñez / LJC)
Les pregunto cómo se vivió eso, la reacción de la gente. «Normal, saludaban, gritaban felicidades… gente de cualquier edad, no solo los jóvenes. Hubo alguien que siempre bajó la cabeza cuando pasábamos. A saber qué es lo que piensan, pero esto es mi derecho y lo siento si tienen otra mentalidad», expone Yoelkis.
Desde Afroatenas y el Callejón de las Tradiciones, en la barriada matancera de Pueblo Nuevo, Yoelkis ha sido un intenso activista por los derechos de la ciudadanía LGBTIQ+. En su momento, estuvo en desacuerdo con que sacaran el artículo 68 del proyecto de Constitución, y luego, con que llevaran a plebiscito el nuevo Código de las Familias. Ahora mismo, aunque el matrimonio igualitario es un hecho, considera que quedan nuevas luchas por delante:
«Es muy difícil llegar a donde te casas y tener que tachar con un bolígrafo la A de novia, y poner una O, porque los papeles no están todavía ni arreglados. Otra cosa… Yo quise que Kiriam Gutiérrez fuera mi madrina de boda, con toda intención. Kiriam es una mujer trans y yo le expliqué a la notaria lo que sucedía, pero la notaria se rige por la ley así que, a la hora de firmar el acta de matrimonio, el nombre que estaba puesto era el del carnet de identidad de Kiriam, y eso va contra su identidad.
Fue difícil, y estuve incómodo, pero eso me sirvió para recordar que todavía hay derechos que no se han conquistado. Falta una ley integral contra la violencia de género, y falta una ley de identidad de género.
Hoy seguimos diciendo que en este país hay que pedir perdón por todos los crímenes cometidos contra la ciudadanía LGBTIQ+, que últimamente se están queriendo invisibilizar con discursos baratos y sin sentido. Hay que educar a las personas, porque si bien ya hoy los homosexuales tienen el derecho de casarse legalmente, hay lugares donde simplemente es muy difícil hacerlo por la mentalidad que predomina.
Entonces sí, hay todavía muchas luchas en el horizonte, aunque defender derechos agota, te estigmatiza, te segrega, te aleja, y hay otros sinónimos alrededor nada buenos para la salud física y mental de uno… es complejo. No vamos a ser ni héroes ni mártires, porque no es lo que buscamos».
(Foto: Néster Núñez / LJC)
Israel ha estado mirando a su esposo con admiración, con amor. Compañero de Yoelkis durante los últimos tres años, conoce bien los sinsabores que trae consigo el activismo en Cuba.
«Fue estar de la mano de muchas personas que me han acompañado en las luchas. Me faltaron amistades que yo quiero mucho, que no están en Cuba, que tuvieron que salir de aquí. Pero había una mesa que estaba cargada de esa energía. Los celulares y los whatsApp estaban todos activados, y muchos de ellos también disfrutaron de la boda. Fue un momento en el que nos pusimos a pensar en los demás. En los que no habían llegado, en todas las personas que han muerto en el camino, en todos los que desearon esa felicidad en su vida y no la pudieron tener aquí, en su país».
(Foto: Néster Núñez / LJC)
Para cambiar el ánimo le pregunto por la noche posterior a la boda. «¿Luna de miel? Si no hay ni abejas, ni hay miel en la Tierra, ¿qué va a haber una luna con miel? Como está la situación, es casi imposible. Así que no podemos vivir todo el sueño hetero burgués, hay que vivirlo por pedacitos. La luna de miel es seguir juntos. Seguir en lo mismo, en lo cotidiano: lavar, cocinar, recoger los regueros que dejó la boda… Hoy es domingo y la gente todavía sigue llamando y felicitando».